Autoestima

Table of Contents

1. Autoestima
2. Prefacio
3. El Hombre En La Creación
4. Amor Y Comprensión
5. El Hombre Como Criatura Caída
6. Autoestima Y Orgullo
7. Versículos Mal Empleados
8. Cristo - Su Amor Y Comprensión
9. «Un Hombre En Cristo»
10. «Vive Cristo En Mí»
11. Ocupación Con Cristo
12. Efectos Prácticos En Nuestras Vidas
13. El Espíritu De Dios
14. Juicio Propio
15. «Entregados a Muerte»
16. Gozo Y Paz

Autoestima

El material básico de este artículo fue dado originalmente en forma de cuatro conferencias para jóvenes en Lassen Pines, California, en agosto de 1991. Debido a que el material ha sido considerablemente retocado y revisado, no se ha retenido el formato original, sino que se ha dividido en varias secciones menores.

Prefacio

La cuestión de la «autoestima» es un tema de gran actualidad en el mundo en nuestros días, especialmente en América del Norte y en Occidente en general. Hace menos de veinte años, este tema apenas si se mencionaba. Ahora se nos bombardea con este término por todas partes, e incluso se da a niños muy pequeños cursos de autoestima en las escuelas. Se supone que la carencia de la misma es la razón subyacente de casi todos los males humanos, y se supone que la restauración de la autoestima constituye el remedio para casi todos los problemas.
Hace un tiempo, mientras esperaba ser visitado, tomé un ejemplar de la revista Selecciones de la sala de recepción. Me llamó la atención un artículo titulado «Palabras que hacen milagros», y querría citar dos párrafos de aquel artículo.
Cada uno de nosotros tenemos una imagen mental de nosotros mismos, la propia imagen. Para que la vida sea razonablemente satisfactoria, esta propia imagen ha de ser tal que podamos convivir con ella, que nos pueda gustar. Cuando nos sentimos orgullosos de nuestra propia imagen, nos sentimos confiados y libres para ser nosotros mismos. Funcionamos de una manera óptima. Cuando nos avergonzamos de nuestra propia imagen, tratamos de ocultarla en lugar de expresarla. Nos volvemos hostiles y difíciles para la convivencia.
Es un milagro lo que le sucede a una persona a la que le ha subido su autoestima. De repente le gustan más los demás. Es más amable y cooperador con los que le rodean. La alabanza es el pulimento que ayuda a mantener su propia imagen brillante y resplandeciente.
Esta cita representa la manera actual de pensar en el mundo, y también entre muchos cristianos. Aunque en esas palabras hay ideas que son muy ciertas, también hay cosas erróneas.
Una parte del problema para afrontar esta cuestión reside en que hasta ahora no hay un verdadero acuerdo acerca de cuál es el significado de la «autoestima». Se han propuesto varias definiciones, pero incluso en círculos educados no hay un acuerdo general. Es evidente que este término significa cosas distintas para distintas personas.
Como sucede con todas las cuestiones morales y espirituales, los cristianos deben apartarse de la sabiduría humana, y escudriñar la Palabra de Dios. Pedro nos dice que «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder» [el de Dios] (2 Pedro 1:3). Pablo dijo a los corintios que «la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios» (1 Corintios 3:19). Con la ayuda del Señor querría acudir a la Palabra de Dios, donde encontramos la respuesta a todo lo que atañe a nuestro andar como cristianos en este mundo. La sabiduría del hombre no puede añadir nada a la Palabra de Dios.
Esta cuestión es difícil, y soy bien consciente de mi falta de una comprensión total del tema. El hombre es un ser complejo, y algunas de las consideraciones relativas a este tema tienen que ser experimentadas más que plenamente explicadas. Asimismo, 1 Corintios 13:12 nos dice: «Ahora vemos por espejo, oscuramente», y aquí la palabra «oscuramente» comunica el concepto de algo que es enigmático. En tanto que la Palabra de Dios nos da una perfecta luz para cada paso de nuestra senda, no siempre da satisfacción a nuestra curiosidad ni da respuesta a todas nuestras preguntas. Recordemos esto cuando encontremos aspectos de este tema que puedan estar más allá de nuestra comprensión.
Hay muchos temas que la Palabra de Dios nos presenta que están más allá de la comprensión humana. La mente del hombre puede solamente llegar hasta cierto punto, y luego nos damos cuenta de que estamos en el ámbito de lo infinito. Generalmente, esas cuestiones se componen de dos verdades que deben mantenerse en equilibrio, y que sin embargo la mente humana no puede conciliarlas de una manera plena. Creo que la dignidad humana en la creación y la depravación humana como resultado de la caída son dos de esas verdades. El hombre natural intenta reducir esas verdades a un nivel que podamos comprender, y con ello siempre cae en un error de un lado o del otro. Es triste tener que admitir que caen en ello incluso verdaderos creyentes, al tratar de imponer una estructura de factura humana sobre una verdad que Dios nos ha dado en Su Palabra. La respuesta correcta que debemos dar es adorar con humildad a Aquel que ha querido revelarnos tales cosas, dándonos cuenta de que nuestras mentes finitas no pueden abarcar lo infinito en su totalidad. Podemos apreciar esas verdades, y equilibrarlas en nuestras vidas, pero sólo en tanto que caminemos en comunión con Aquel que nos las ha querido revelar.
Para dar una cierta estructura al tema que vamos a tratar, querría considerar al hombre en tres posiciones o estados. Primero, el hombre en la creación antes de la caída; segundo, el hombre como criatura caída; y tercero, el hombre en Cristo. Según vayamos avanzando se desarrollarán otras consideraciones en relación con esas tres posiciones.

El Hombre En La Creación

En Génesis 1 tenemos la maravillosa historia de la creación, que culmina con la creación del hombre en el día sexto. El versículo 26 dice: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.» La palabra «imagen» tiene aquí el sentido de representante, de modo que el hombre debía ser el representante de Dios sobre la tierra. «Semejanza» comporta el sentido de parecido moral, en que el hombre estaba en relación directa con Dios y que tenía unos afectos en relación con el resto de la creación que eran consonantes con el hecho de ser la cabeza de la misma.
Al final del día sexto, leemos: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31). En este contexto, debemos reconocer en el hombre a la obra de Dios, y el hecho de que Dios lo pronuncia como «bueno en gran manera». La elevación del hombre por encima del resto de la creación es sumamente pronunciada, y le fueron dadas unas cualidades que le hacían especialmente idóneo para una posición tan exaltada en la creación de Dios. En tanto que a causa de la caída el hombre ha perdido gran parte de la «semejanza» de Dios, sigue siendo el representante de Dios en la tierra. Sigue habiendo una dignidad inherente al hombre por su posición en la creación, incluso tras haber caído.
Parte de la dignidad y posición del hombre como cabeza de la creación incluye las diversas capacidades que Dios le ha dado, y que no han sido concedidas a la creación inferior. Una persona, por ejemplo, puede tener una enorme capacidad matemática. Es indudable que esto ha sido dado por Dios, y que estaría presente incluso si el hombre no hubiera pecado. Otro puede tener capacidad para la música, o quizá una gran destreza manual, cosas éstas que el hombre habría poseído sin la caída. Es apropiado y justo que se dé reconocimiento a esas cualidades, tanto por parte de la misma persona que las posee como por los demás. En este sentido, el término «autoestima» no es malo, pero quizá sería mejor el término «propia imagen» o «propia valoración». Decir que soy indigno con respecto a lo que Dios me ha hecho, o depreciar las cualidades que he recibido de parte de Dios, es encontrar falta en la obra de Dios, y viene a ser una acusación contra Él.
De nuevo, esto pone en evidencia la dificultad del término «autoestima», porque no significa lo mismo para todos. Me parece que se trata de un término deficiente, porque hace que nuestros pensamientos se centren en nosotros mismos. Como veremos más adelante, Dios quiere que volvamos nuestros pensamientos a un Objeto fuera de nosotros mismos: el Señor Jesucristo. Pero, si se usa el término en relación con el hombre en su creación, puede suceder que no comunique un sentido totalmente desacertado.
Pablo pensaba en algo parecido al escribir a los filipenses, cuando dijo: «No mirando cada uno por lo suyo propio [sus propias cualidades], sino cada cual también por lo de los otros [las cualidades de los demás]» (Filipenses 2:4). Solemos ser muy conscientes de nuestras propias cualidades, y a la vez muy propensos a no reconocer las que puedan poseer los demás. Por otra parte, los hay que no se dan cuenta ni siquiera de las propias cualidades con las que Dios les ha dotado.
En Mateo 25:14-30 encontramos la parábola de los talentos. Pone ante nosotros la soberanía de Dios al dar diferentes capacidades a diferentes personas. (En la parábola de las minas en Lucas 19 encontramos el equilibrio a esto, donde se nos presenta la responsabilidad del hombre.) En tanto que los talentos pueden incluir dones espirituales, creo que también nos presentan nuestras capacidades naturales con las que nos ha dotado Dios, y por cuyo uso cada uno será considerado responsable. Apocalipsis 4:11 dice: «Señor . . . tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.» Por esa causa fuimos creados y recibimos las capacidades que poseemos. El hombre con sólo un talento representa claramente a un alma que fue a una eternidad de perdición, pero Dios le consideró responsable por no usar para provecho aquello que le había sido encomendado. No había usado su energía y capacidad en la voluntad de Dios.
Resumiendo, vemos entonces que Dios ha creado al hombre para Su agrado, y que le ha dado una dignidad como cabeza de la creación. Asimismo, Él nos ha dado unas capacidades específicas, que no tenían nada que ver con la caída, y que somos responsables de reconocer y usar para Él. En este sentido, debemos tener de nosotros mismos la imagen que Dios tiene de nosotros. No hacerlo es menospreciar al mismo Dios y tener pensamientos erróneos acerca de Dios. Usar el término «autoestima» para describir esto no es algo totalmente erróneo, pero sugiero que hay un mejor lenguaje que podemos utilizar para comunicar este pensamiento. Esto nos lleva a la siguiente consideración.

Amor Y Comprensión

Todos hemos sido creados con unas ciertas capacidades que hemos recibido de Dios, y con una necesidad básica de amor y comprensión. Sin embargo, la mayoría de nosotros conocemos o hemos oído hablar de personas a quienes se ha dicho, quizá desde su más tierna infancia, que no valían para nada, que nunca podrían hacer nada bien, que no tenían nada que ofrecer. Esto sucede con frecuencia en el mundo en general, y, triste es decirlo, también con frecuencia entre los creyentes. Esta clase de actitud es claramente contraria a la Palabra de Dios, como hemos visto. Sabemos que las vidas de tales personas a menudo acaban de manera desastrosa, a no ser que se ponga remedio al mal.
En 1 Juan leemos: «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Juan 4:7-8). La necesidad de ser amado y comprendido forma parte de cada uno de nosotros. Cuando una persona no recibe amor y comprensión, se suscitan dificultades en su vida. Algunas veces, esas dificultades se vuelven abrumadoras, de modo que la necesidad de amor llega a ser más importante que la vida misma.
En verano de 1980, una mujer llamada Judith Bucknell fue asesinada en Miami. Su asesinato hubiera podido llegar a ser un dato más de una larga estadística excepto por su diario. Aparentemente, era joven, atractiva y llena de éxitos, pero su diario se levanta como un monumento a la terrible soledad que experimentaba. «¿Quién va a amar a Judith Bucknell? — escribía ella — . Me siento tan vieja. No amada. No deseada. Abandonada. Utilizada. Quiero llorar y dormir para siempre.» Su apariencia externa era de felicidad; gozaba de un buen trabajo, de vestidos elegantes, y una hermosa vivienda: todos los accesorios de «una buena vida». Pero escribía: «Me encuentro sola, y quiero compartir algo con alguien.» El dolor de su corazón no podía quedar satisfecho con cosas materiales ni con relaciones superficiales, porque estaban ausentes el verdadero amor y la verdadera comprensión.
Sin duda alguna, este es el pensamiento que se expresa en el Salmo 63:3, donde se dice: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.» El salmista había aprendido que la misericordia, la inclinación favorable hacia uno, era más importante para él que la vida, y la había encontrado en el mismo Señor. Si reducimos la mayor parte de nuestros problemas a un común denominador, es probable que los ingredientes ausentes sean el amor y la comprensión. A veces se identifica la autoestima con la necesidad de ser amado y comprendido, pero de nuevo el término es deficiente. El término «propia imagen» es más preciso, pero también tiende a llevarnos a pensar en nosotros mismos.
Mostrar amor y comprensión a otros involucra complacer a alguna otra persona, no a mí mismo, y esto nos lleva al fondo mismo del problema. El yo gusta de ser servido, mientras que el amor gusta de servir. Si yo quiero ser servido, alguien tiene que hacerlo, y cuando todos quieren ser servidos, se suscita una dificultad evidente. Para que yo pueda gozar de amor y de comprensión, alguien tiene que ponerme por delante de él mismo. Pero por naturaleza nos ponemos a nosotros en primer lugar, y apenas si será necesario observar cómo abunda esta actitud en el mundo en la actualidad. Cuando todos demandan amor y comprensión, pero pocos están dispuestos a dar lo uno y lo otro, entonces nos encontramos con un problema muy extendido. Es cierto que el hombre natural puede expresar una medida de amor y de comprensión, porque, como veremos en la siguiente sección, Dios en gracia ha preservado la creación de los plenos efectos de la caída del hombre. Sin embargo, el verdadero amor y comprensión sólo se pueden aprender contemplando a Cristo mismo.
Un joven, al crecer, debe darse cuenta de que Dios le ha dado capacidades que no estaban relacionadas con la caída. Por ejemplo, quizá un niño exhibe una capacidad con sus manos, y puede trabajar bien con herramientas. Unos padres sabios y amantes observarán esto, y alentarán esta capacidad. Quizá le comprarán herramientas y le facilitarán un medio donde pueda desarrollar sus capacidades. Elogiarán sus esfuerzos, incluso si inicialmente sus trabajos son algo burdos. Otro niño puede mostrar dotes para la música; unos buenos padres reconocerán esto y lo alentarán con unos medios adecuados. Todo esto es bueno y legítimo, y se encuentra en la Palabra de Dios.
Proverbios 22:6 dice: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.» Para llevar esto a cabo, debemos reconocer que cada niño es diferente, y que no podemos tratarlos de manera idéntica. Esto involucra conocer «al niño» y reconocer el tenor de «su camino». Los padres deberían amar a todos sus hijos por igual, pero tratarlos como si fuesen iguales es un error, y es contrario a la sabiduría de la Palabra de Dios.
Los elogios forman una parte importante de este aliento, y a menudo nos olvidamos de la gran importancia que tienen para un niño. He conocido a padres que nunca elogiaban a sus hijos por miedo a que se volvieran orgullosos. Debemos recordar que los niños pequeños, como Samuel, pueden no conocer aun al Señor. Ellos contemplan el mundo con los ojos de aquellos que más significan para ellos, generalmente sus padres, y a veces otros adultos como parientes cercanos o maestros. La mayoría de nosotros podemos recordar cuán grande ha sido la influencia que han tenido estas personas sobre nosotros durante nuestros años formativos.
Así, podemos ver que todos hemos sido creados con una necesidad básica de amor y comprensión, y que es justo que se dé provisión de lo uno y de lo otro en cualquier esfera donde hay influencia y autoridad. Allí donde están ausentes el amor y la comprensión, hay siempre dificultades, y a menudo calamidades.
Algunos preguntarán de inmediato: «¿Y qué sucede con aquellos que no reciben este ingrediente tan importante en sus vidas? ¿Están acaso abocados a las dificultades y a las calamidades a las que hemos hecho referencia?» Antes de responder a esta pregunta, debemos considerar al hombre como una criatura caída.

El Hombre Como Criatura Caída

Hemos visto que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, desconocedor del mal, y que Dios pudo declarar el producto de Su obra como «bueno en gran manera». Sin embargo, este hermoso estado de cosas persistió sólo por un tiempo muy breve, y el hombre introdujo el pecado en este mundo al transgredir la única prohibición que Dios le había puesto. El pecado se introdujo en la creación de Dios y estropeó todo lo que Él había hecho. Toda la creación ha padecido como resultado de la caída del hombre, su cabeza, pero el hombre, como ser más exaltado, ha sentido quizá el efecto de la misma más que el resto de la creación.
Es importante que cada uno de nosotros se dé cuenta de que hemos nacido en este mundo con naturalezas pecaminosas y caídas como resultado de la introducción del pecado en este mundo. David se refería a este hecho cuando dijo: «En pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5). También leemos en Romanos 5:12: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.»
¿Qué relación tiene esta solemne verdad de la caída del hombre con nuestro tema? En el siglo pasado, un joven acudió a un cristiano mayor que había andado con el Señor durante muchos años. El joven le preguntó si tendría un consejo para un joven que estaba justo comenzando en la vida cristiana. Su respuesta fue breve y al punto, porque le dijo: «Aprende bien cinco palabras: “La carne para nada aprovecha”.» Esta cita, de Juan 6:63, presenta de manera muy sucinta una verdad de importancia capital. El pecado, habiendo entrado en este mundo, ha afectado a cada parte y parcela de nuestro ser.
Este efecto del pecado en todas las facetas de nuestras vidas se ilustra con lo que le sucedió a un hermano en Cristo que gestiona una vaquería y que tenía una excelente manada de vacas. Compraba su pienso (alimento seco para animales) a una gran compañía que también fabricaba pesticidas. Una vez algo del pesticida se mezcló en fábrica con el pienso, y esta mezcla la vendieron en una bolsa sencillamente etiquetada como pienso para ganado. Era un potente veneno, y el resultado fue que toda su manada de vacas tuvo que ser sacrificada y enterrada. Lo más perturbador fue que no hubo suficiente con librarse del pienso envenenado. Había afectado a la descendencia de las vacas que no habían muerto y había contaminado el granero y muchas cosas en el granero. Apenas si había algo que no hubiera quedado afectado por aquel tóxico, y se precisó de mucho tiempo para normalizar las cosas. El pecado en este mundo es algo parecido. No es algo que afecte aisladamente a algunas cosas, como quizá nos gustaría pensar. No, sino que ha afectado a todo, a cada parcela de nuestro ser.
Sabemos que todos hemos pecado y que tenemos una naturaleza pecaminosa, pero, ¿nos damos cuenta de que el pecado ha llegado a cada parte de nosotros, como personas individuales naturales?
Muchos de vosotros sois conscientes de que hay diferentes tipos de personalidad, y que de una manera general todos podemos encuadrarnos en uno de esos diferentes tipos (o en una combinación de ellos). Por ejemplo, hay algunos que son muy trabajadores, disciplinados y buenos organizadores. Esas son las personas que pueden dirigir cualquier cosa, y que generalmente hacen mucho en este mundo. Es indudable que esas cualidades les fueron dadas por Dios, y es correcto decir que habrían poseído esas cualidades incluso si no hubieran caído. Pero esas personas suelen tener un aspecto negativo, porque a menudo son arrogantes e intolerantes con los demás. Pueden ser sarcásticas, y a menudo no trabajan bien con otros. Puede que lleguen a la cima del mundo de los negocios y que accedan a posiciones directivas, pero a veces no son queridas por sus subordinados.
Luego hay aquellas personas mucho más abiertas y amistosas, y que son lo que podríamos designar como «personas orientadas a la gente». Son intuitivas, pueden sentir los sentimientos de los demás y reaccionar de una forma apropiada. Generalmente, tienen muchos amigos y caen bien. De nuevo, tenemos aquí un rasgo dado por Dios, y habría formado parte de ellos aparte de la caída. La faceta negativa es que esas personas suelen tener un problema de autodisciplina, y encuentran difícil disciplinar a otros. Encuentran mayores dificultades para mantener puntualidad en sus compromisos, para gestionar sus asuntos de una manera ordenada, y para tomarse sus responsabilidades en serio.
Lo que vemos en las personalidades humanas, incluyéndonos a nosotros mismos, es en parte lo que Dios creó en Su sabiduría, y en parte lo que el pecado ha introducido. Vemos belleza en la naturaleza, y reconocemos la obra de la mano de Dios, pero luego vemos la ruina que el pecado ha introducido. El hombre natural, sin la sabiduría de la Palabra de Dios, no puede relacionar esas dos cosas. Encuentra que el mundo es una mezcolanza inextricable de bien y mal. Sólo la Palabra de Dios puede hacernos ver cómo esas cosas pueden coexistir en el mundo.
Esos aspectos negativos de nuestras personalidades forman parte del efecto de la caída del hombre. Cuando tiene que ver con nosotros mismos, ¡cuántas veces presentamos excusas diciendo, «es que soy así»! La implicación es que se me tiene que aceptar como soy, porque así es como el Señor me ha hecho. Pero eso no es conforme a la Palabra de Dios. «Formidable y prodigiosamente he sido hecho» (Salmo 139:14, RVR97), y esto incluye nuestra constitución mental además de la física. Sin embargo, los efectos del pecado son demasiado evidentes en nosotros, mental y físicamente. Deberíamos reconocer las capacidades con las que Dios nos ha dotado, pero nunca atribuir a la mano de Dios aquellas cosas que el pecado ha introducido en este mundo.
El pecado no ha arruinado toda la creación por un igual. Mientras que la creación entera ha sentido los terribles efectos del pecado, Dios ha preservado este mundo de los plenos efectos de la caída del hombre. Recordemos al joven rico que acudió al Señor Jesús, queriendo conocer qué debía hacer para heredar la vida eterna. Cuando le dijo al Señor que había guardado todos los mandamientos desde su juventud, se registra que «Jesús, mirándole, le amó» (Marcos 10:21). Aquí no tenemos el mismo pensamiento que el amor de Dios hacia este mundo tal como se expresa en Juan 3:16. Es cierto que el amor de Dios se dirige a todos en este mundo, pero este versículo en Marcos 10 muestra más bien el amor que el Señor Jesús sintió por un hermoso carácter, uno que tenía un verdadero deseo de hacer lo recto. A veces nos encontramos con aquellos que de natural tienen una disposición muy atrayente, así como nos encontramos también con los que son lo muy contrario de esto. Aquí el Señor amó a este joven por lo que era de natural. Pero la conversación que siguió con él reveló lo que realmente estaba en su corazón.
Cuando el Señor le dijo claramente lo que le faltaba, quedó desvelado su verdadero estado delante de Dios. Pensaba él que podría alcanzar la vida eterna guardando la ley, pero las palabras del Señor pusieron en evidencia que estaba faltando a la misma esencia de la ley. Cuando le preguntaron al Señor Jesús cuál era el primer mandamiento de la ley, contestó:
«El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» (Marcos 12:29-31).
Si el joven rico hubiera amado a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, habría seguido gustoso al Señor Jesús. Si hubiera amado a su prójimo como a sí mismo, habría dado con agrado sus bienes a los pobres.
Es humillante darse cuenta de que a menudo Dios no escoge a las personalidades más agradables, sino más bien a aquellos que parecen más gravemente afectados por el pecado. Pablo nos dice en 1 Corintios 1:27-28: «Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es.» Nos sentimos atraídos a aquellos como el joven rico que presentan de natural las personalidades más atrayentes, pero a menudo los tales no sienten interés por el evangelio. Luego, quizá encontramos al Señor salvando a aquellos a los que de natural menospreciaríamos. Todo esto tiene el efecto de cumplir 1 Corintios 1:29, que dice: «A fin de que nadie se jacte en su presencia.» La gracia de Dios se magnifica al llevar a los peores de este mundo a Cristo y exhibirlos por toda la eternidad como trofeos de Su gracia.
Esto nos lleva a otro punto, de lo más importante. ¿Qué hay acerca de aquellos aspectos de nuestras personalidades que no son malos, de aquellas capacidades que hemos recibido de parte de Dios? ¿No podemos acaso ufanarnos algo por ellas, y en este sentido estimarnos a nosotros mismos? Podemos admitir que somos pecadores, y sin embargo sentir que hay cosas buenas en nosotros que podemos desarrollar.
Tenemos que darnos cuenta de que incluso aquellas capacidades que Dios nos ha dado están afectadas por el pecado, debido a que nuestra naturaleza pecaminosa, indudablemente bajo el control de Satanás, emplea esas capacidades para el mal. En tanto que las capacidades mismas no son malas, se les puede dar un mal uso.
Supongamos que alguien tenga capacidad para las matemáticas. Como hemos visto, no hay nada malo con esta capacidad, e indudablemente fue dada por Dios. Pero Satanás, usando el pecado como palanca, quiere tomar esta capacidad y usarla para un mal fin. Así, los hombres han empleado sus capacidades para la física y las matemáticas para construir bombas que tienen ahora la capacidad de destruir el mundo. Otro puede que tenga capacidad para la música, mientras que algunos que puedan no tener capacidad para la misma tienen sin embargo oído para apreciarla. Es indudable que esto es también parte de la bondad de Dios para con el hombre. Una vez más, el diablo usa la música para ocupar las mentes de los hombres con placer y para apartarlos de pensar acerca de cuestiones eternas. Es algo solemne que la primera mención de música en la Biblia tiene relación con la familia de Caín. Caín salió de delante de la presencia del Señor, edificó una ciudad y procedió a rodearse de todo lo que pensaba que le haría feliz, pero dejó a Dios fuera. Fue uno de los descendientes de Caín (Jubal) el que «fue padre de todos los que tocan arpa y flauta» (Génesis 4:21). Esto no significa que la música sea nada malo, pero subraya el hecho de que el pecado usurpa incluso aquellas cualidades que Dios ha dado, y nos lleva a usarlas para malos fines.
Vayamos un paso más allá. Supongamos que las capacidades de que Dios nos ha dotado son empleadas de una manera correcta. ¿Estamos entonces haciendo lo que agrada a Dios? ¿Podemos entonces recibir algún crédito nosotros mismos? No, porque incluso al hacer lo que es recto, como criaturas caídas sin Cristo, el motivo será siempre malo. Entrará el orgullo, incluso si uso mi capacidad con un buen propósito. Esto nos conduce a nuestra siguiente consideración.

Autoestima Y Orgullo

Hemos visto que cuando el hombre fue creado, Dios pudo decir del producto de su obra que era «bueno en gran manera». Así, el hombre era bueno, en el sentido de que era desconocedor del mal, y de que poseía una semejanza moral con Dios. Esto no significa que fuese santo, o siquiera justo, porque ambas cosas implican un conocimiento y aborrecimiento del pecado. Había una hermosura moral en el hombre en su inocencia, y hasta este punto había una semejanza moral con Dios, pero en ningún sentido era igual a Dios.
Soy consciente de que a muchos de vosotros os dan cursos en autoestima, tanto en la escuela como en el mundo laboral. En muchos casos, se mezcla con ello algo de filosofía de la Nueva Era. Para los que no estéis familiarizados con ella, todo el énfasis de la llamada filosofía de la Nueva Era es la ocupación con nosotros mismos, hasta el punto de declarar que todos somos dioses, y que la misma esencia de Dios está dentro de cada uno de nosotros. Se nos induce a pensar muy bien de nosotros mismos, diciéndonos que somos, de hecho, realmente dioses. Este es el trágico fin de mucho del actual pensamiento acerca de la autoestima. Cuando es el hombre, y no Dios, quien deviene el punto de referencia, el hombre acaba deificándose a sí mismo.
Cuando el hombre fue creado, todo era hermoso porque era la obra de Dios. El hombre no había hecho nada para producir el bien del que estaba rodeado, y en su estado de inocencia y de bondad moral no había orgullo. Es indudable que podría reconocer las cualidades y capacidades de que Dios le había dotado, pero en su comunión incólume con Dios no había todavía surgido el orgullo en su ser. Con la introducción del pecado, se ha introducido la soberbia, y la Palabra de Dios no nos deja lugar a dudas de que se trata de uno de los peores pecados. «Los ojos altivos» encabezan la lista de cosas que el Señor aborrece (Proverbios 6:17), y más adelante el mismo libro nos dice que «abominación es a Jehová todo altivo de corazón» (Proverbios 16:5). Luego, en el Nuevo Testamento leemos que «la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:16). Muchos otros versículos de la Palabra de Dios nos muestran que la soberbia es un pecado de enorme gravedad.
El pensamiento erróneo básico que colorea la mayor parte de los actuales conceptos de la autoestima es que una apropiada autoestima incluye orgullo, y que el orgullo mismo es bueno. Nuestra anterior cita de la revista Selecciones hablaba de que debíamos estar «orgullosos de nuestra propia imagen» para poder sentirnos «confiados y libres para ser nosotros mismos». El espíritu del orgullo ha impregnado tanto de nuestro mundo actual que entra en casi todos los departamentos de la vida, quizá sin que nos demos demasiada cuenta de ello. Debemos comprender a la luz de la Palabra de Dios que cada forma de soberbia es mala, y un pecado contra Dios.
Para comprender el tema de la autoestima de una manera apropiada, debemos darnos cuenta de que el orgullo es una falsa respuesta al éxito. Tenemos tendencia a sentirnos orgullosos de nuestras capacidades naturales, pero debemos ser conscientes de que todas ellas las hemos recibido de Dios. Somos susceptibles al orgullo incluso de nuestros caminos de pecado, quizá creyendo que hay en ellos algo de bueno.
¡A menudo defendemos nuestra naturaleza pecaminosa y caída y sus acciones, en lugar de condenar la una y las otras! Si alguien me dice que tengo mal genio, probablemente lo negaré, o encontraré algún defecto en la persona que me lo dice, a fin de esquivar el intento de alcanzar mi conciencia. Si alguien me dice que exagero en lugar de decir la verdad, lo negaré vigorosamente, y quizá diré a otros que el que me ha dicho tal cosa es un calumniador y maldiciente. Es una treta bien conocida en el mundo que cuando se nos acusa de algo, tratamos de desenterrar toda la «suciedad» que podemos acerca de nuestro acusador, para evitar hacer frente a algo que pueda ser cierto. Raras veces estamos dispuestos a admitir que estamos en un error, incluso ante nosotros mismos. Nos hiere en lo más vivo de nuestro orgullo. Creo que el mayor obstáculo para avanzar en nuestras vidas cristianas es nuestra mala disposición para admitir cuán malo es realmente el pecado en nosotros, mientras que el primer paso a la felicidad es darnos cuenta de la ruina que el pecado ha introducido, y con ello no tener confianza en nosotros mismos.
Yendo un paso más allá, somos aun más propensos a enorgullecernos de aquello que la gracia ha obrado en nosotros. Los corintios se habían hecho culpables de ello, de modo que Pablo les dice: «Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Corintios 4:7).
Hablamos acerca de los que tienen una «deficiente autoestima» y de otros que tienen una «elevada autoestima». A menudo se trata de caras opuestas de la misma moneda, la moneda del orgullo. El que tiene una «deficiente autoestima» se siente deprimido y molesto porque su propia imagen no es la que él cree que debería ser. En realidad, tiene una autoestima muy elevada: lo que le sucede es que la realidad no se ajusta a sus ideales. No acepta la forma en que Dios le ha hecho. (Nos estamos refiriendo ahora a las aptitudes que ha recibido de Dios, no acerca del pecado.) ¡Cuántas veces no nos habremos mirado en el espejo y deseado de corazón ser más altos, con un color diferente de cabello, ser más listos, o quizá que tuviéramos otras cualidades que el Señor no nos ha dado! ¡Cuántas veces no he contemplado a otros participando en actividades deportivas, y he deseado poseer algo de su capacidad! Según proseguía la vida, descubrí que muchos de los que eran tan buenos en actividades atléticas deseaban una mejor actuación en los círculos académicos, donde quizá algunos de nosotros nos sentíamos algo más cómodos. Parece que siempre deseamos lo que no poseemos. Triste es decirlo, Satanás obra en nosotros a través de nuestras naturalezas pecaminosas para hacernos sentir desgraciados acerca de lo que Dios nos ha dado, y para consumirnos con deseos por talentos que Él no nos ha dado.
El que tiene una «elevada autoestima» cree que ha llegado a un cierto punto, cuando no ha llegado en absoluto. Tiene una propia imagen irreal, ¡mientras que otros lo evalúan de una manera generalmente mucho más realista! Ya conocéis a esta clase de persona: se trata de alguien que está siempre pensando en sí mismo y en lo que puede hacer. La encontramos inaguantable, y no queremos tenerla a nuestro alrededor.
Pero quizá me dirás: «Me siento satisfecho de mí mismo. Estoy justo en medio — no tengo una autoestima excesiva ni baja.» Esto es lo que está intentando comunicarnos el artículo de Selecciones: que debemos ser conscientes de cuál es nuestra propia imagen, y estar orgullosos de ella. Esto también es malo, porque el orgullo, como hemos visto, está siempre condenado en la Palabra de Dios. En tanto que debemos reconocer las capacidades que hemos recibido de Dios, debemos darnos cuenta de que nunca seremos felices si nos ocupamos con nosotros mismos, porque el orgullo siempre entrará. Se dice que en la actualidad hay una epidemia de deficiencia en autoestima en nuestra sociedad. Seamos sinceros, y reconozcamos que lo que hay es una epidemia de orgullo. Es el resultado de centrarse en el hombre, en lugar de en Dios.
La sabiduría de este mundo dice que tenemos que edificar la autoestima del individuo. Se nos dice que debemos tomar a las personas y mostrarles que tienen buenas cualidades, que son personas valiosas, que tienen capacidades que pueden desarrollar, y que pueden estar orgullosos de sí mismos. Que debemos mostrarles que son miembros útiles de la sociedad, que tienen algo que hacer en este mundo, y una contribución importante que dar. Esto está muy bien hasta cierto límite, porque muchos no llegan a ser conscientes de sus capacidades naturales debido a la carencia de un aliento, amor y comprensión apropiados. Pero si esta manera de actuar me lleva a centrarme en mí mismo, estaré siempre ocupado con mi yo, bien de una manera positiva, bien negativa. Y el orgullo siempre tendrá tendencia a introducirse, si yo soy el objeto de mi propio corazón.
Antes de abandonar mi práctica clínica, solía llevar a cabo muchas operaciones de cirugía. Y hubiera podido dejar que mi capacidad como cirujano llegase a ser mi fuente de autoestima: eso es lo que el mundo nos dice que hagamos. En tanto que cualquier capacidad que tuviera era dada por Dios, y por ello algo que reconocer y usar, hubiera sido un error que fuese una causa de orgullo. Un colega mío, que era anestesista y colaboraba mucho en mis operaciones, descubrió que yo tenía una motosierra, y que la usaba con frecuencia para cortar leña para nuestro hogar. Me dijo que era un insensato, que un solo desliz con aquella motosierra me podría arruinar una de las manos, o ambas, y poner fin a mi carrera. Esto era verdad, y si mi autoestima hubiera residido en mi capacidad como cirujano, entonces la pérdida de mis manos hubiera significado no sólo el fin de mi carrera como cirujano, sino también el fin de mi autoestima.
Todo lo que poseemos en este mundo, sea salud, capacidad, posesiones o cualquier otra cosa, es muy frágil, y podemos perderlo con suma facilidad. ¿Vamos a edificar sobre cosas temporales, y que se pierden tan fácilmente? Muchos hacen precisamente esto, y por esto se pone tanto énfasis en la autoestima. Pero el problema no desaparece con ello. Más bien, parece estar empeorando. Esto se debe sencillamente a que todo el concepto de autoestima tiende a basarse en lo que el hombre pecaminoso es, y en cosas que no sólo no pueden dar satisfacción en ningún caso, sino que además se pueden perder con facilidad.
¿Qué hay acerca del peligro de hacer un cumplido y que con ello la persona se enorgullezca? Algunos padres pocas veces dan ninguna alabanza a sus hijos, por temor a que se enorgullezcan de sí mismos. Todos hemos tenido a personas con autoridad sobre nosotros que nunca nos hablaban sino para decirnos que habíamos hecho algo mal. Los hijos en este tipo de hogares, o las personas que trabajan bajo supervisores así, no encuentran un buen ambiente en el que crecer o en el que trabajar. ¿Está mal entonces que un marido diga a su mujer que es hermosa, o a su hija que su nuevo vestido le sienta muy bien? ¿Es peligroso hacer una observación sobre el traje nuevo de alguien, o decirle que ha hecho un buen trabajo?
Aquí tenemos un punto de enorme importancia. Hemos visto que todos necesitamos amor y comprensión. Cuando decimos a alguien: «De veras me gusta tu cabello; te cae muy bien», o «has hecho un gran trabajo; no creo que nadie lo hubiera podido hacer mejor», ¿qué es lo que estamos comunicando? Sugiero que la persona a la que se le han dicho esas cosas se va complacida porque ha agradado a alguien a quien quería agradar. Los hijos buscan el amor y la aprobación de sus padres, y cuando sus padres los elogian, son conscientes de que han agradado a aquellos que más significan para ellos. No hay nada de malo en ello, y tenemos ejemplos de eso en la Escritura. Pablo elogia a los corintios cuando dice: «nada os falta en ningún don» (1 Corintios 1:7). En la segunda epístola, donde trata de la cuestión de las dádivas cristianas, les dice que se había jactado a los de Macedonia, «que Acaya está preparada desde el año pasado» (2 Corintios 9:2). Es indudable que esto significó un aliento para ellos, porque ellos habían complacido a su padre espiritual. El Señor mismo nos alienta de vez en cuando en la senda cristiana al dejar que otros nos digan que lo que hemos hecho por ellos ha tenido un efecto benéfico.
Quizá el ejemplo más hermoso del uso recto de los cumplidos aparece en el Cantar de los Cantares. Allí la esposa no tiene altos pensamientos acerca de sí misma, pero luego se regocija en la estima que el esposo tiene de ella. Él la inunda con su amor y con todo lo que ve en ella, mientras que ella, como respuesta, sólo tiene amor hacia él, y habla de él. El gozo de él reside en ella, y lo expresa de una manera plena, pero todo esto sólo hace que él sea más encantador para ella, y así ella habla sólo de él. La única queja que ella tiene es que no tiene una mayor capacidad para gozar de él. Todo esto es un ejemplo maravilloso del uso apropiado de los cumplidos, y de la reacción correcta ante ellos.
Satanás querría, usando nuestra naturaleza de pecado, corromper todo esto. Él toma este cumplido o aquella palabra de aliento, y nos sugiere: «¡Qué persona más maravillosa debes ser, para ser tan hermosa!», o «¡Qué personaje más notable debes ser, para poder hacer un trabajo como este!» Luego comienza a arder la llama de la soberbia, y todo queda estropeado, porque el orgullo es pecado. Agradar a alguien de una manera correcta no es malo, pero estar orgulloso de ello es nuestra naturaleza caída convirtiéndolo en pecado.
A veces puede que sea muy fina la línea entre ambas cosas, pero esta línea está siempre ahí. Existe el peligro de hacer demasiados cumplidos y también el de no hacer ninguno. He conocido a los que nunca hacían un cumplido porque tenían miedo que resultase en orgullo en la persona a la que iba dirigido. El resultado era que la persona citada comenzó a pensar: «No puedo hacer nada bien, ¡porque siempre que intento alguna cosa, todo lo que consigo son críticas!» Esta no es la manera divina de actuar, porque la manera divina es la de alentarnos. Nos es necesario recibir la reacción del otro para saber cuando lo estamos haciendo bien, y cuando no. Por otra parte, es igualmente cierto que Dios quiere apartar el yo de mi centro de atención, de modo que me ocupe de agradarle a Él. Cuando hacemos algo agradable para el Señor, es sólo debido a que aquello que Él nos ha dado mana de nuestras vidas. Me gustó un comentario que me hizo una hermana mayor en Cristo hace algunos años: «Un poco de elogio para elevarte, pero no suficiente para hincharte.» Expresó muy bien con ello lo que enseña la Palabra de Dios.
Alguien me dio recientemente un folleto de CareLines [Líneas Solícitas] para el mes de agosto de 1991, y su mensaje se ajusta mucho a nuestro tema. El versículo citado era: «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5). Luego el comentario era como sigue:
La autoconfianza respecto a que puedo hacer cualquier cosa porque soy bueno no es un pensamiento escriturario. La confianza en Dios, porque Cristo me da precisamente lo que necesito para usarlo para Él y para Su gloria, es la forma que debería adoptar nuestra confianza. No se basa en nosotros mismos, sino en Dios. Él es la fuente que da el don, y el poder para llevar las cosas a cabo. No nosotros. Jesús es Aquel que murió para limpiarnos de nuestros pecados; no lo hicimos nosotros. Cerciorémonos de que otros ven que nuestra confianza es realmente confianza en Dios, y que yo, como persona, no tengo confianza en mí mismo.
El orgullo es siempre mencionado de manera negativa en la Palabra de Dios, y es siempre condenado; la confianza es casi siempre mencionada como algo positivo, por cuanto lo que se tiene a la vista es la confianza en Dios. ¡Pero esto se tratará más adelante!

Versículos Mal Empleados

A menudo es necesario desaprender conceptos errados antes que podamos aprender las cosas bien. En la actualidad se están enseñando muchos conceptos errados acerca de la autoestima, a veces incluso en un contexto escriturario. Antes que empecemos a tratar conceptos más positivos acerca de esta cuestión, es necesario mencionar dos versículos que han sido mal empleados, incluso por parte de creyentes, para dar unos conceptos erróneos acerca de la autoestima.
Efesios 5:28 dice: «Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.» Este versículo ha sido tomado por algunos como significando que uno no puede amar a su mujer (o a ninguna otra persona) de manera apropiada excepto si se ama a sí mismo. Pero no es este el sentido del versículo. Lo que se nos expone aquí es sencillamente la preciosa verdad de que cuando un hombre y una mujer están casados, Dios los contempla como una carne. Que un hombre ame a su mujer debería ser cosa tan natural como amarse a sí mismo. ¿Acaso Dios tiene necesidad de mandarnos que nos amemos a nosotros mismos? No, eso lo hacemos sin necesidad de que se nos impulse a ello. Todos de natural nos cuidamos bien a nosotros mismos, y Dios está sencillamente diciendo aquí que si amas a tu mujer, te amas a ti mismo, porque ambos sois una carne, y que si destruyes a tu mujer por cualquier medio — la crítica, la infidelidad o cualquier otra forma — , te estás destruyendo a ti mismo. Se debe decir de manera enfática: no tenemos aquí ninguna justificación escrituraria para el amor propio.
Luego tenemos Mateo 22:39: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», pasaje que ha sido tomado como una justificación escrituraria para el amor propio. Una vez más, el amor a uno mismo se da por supuesto, y lo que la ley ordenaba al hombre era amar a su prójimo como a sí mismo. No hay mandamiento a amarse a uno mismo. Este pensamiento no se encuentra en la Palabra de Dios.
Luego, Filipenses 2:3 dice: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.» He oído a algunos decir que está bien que uno se estime a sí mismo siempre que también estime a los demás como mejores que uno mismo. Si llevamos esto a su conclusión lógica, esta interpretación resultaría en los casos peores en una baja autoestima, porque en último término tendríamos que considerar que todos los demás son mejores en todas las formas que nosotros mismos. Una vez más, no me parece que éste sea el significado del versículo. El pensamiento es que todos nosotros, sean cuales fueren nuestras capacidades naturales, nuestros dones espirituales o nuestra fidelidad al Señor, podemos siempre contemplar a otro creyente y ver una cualidad, un don o un rasgo deseable de carácter que nosotros no poseemos. También podemos mirarnos a nosotros mismos y contemplar un pecado que nos acosa y que otros no tienen. Si estamos caminando con el Señor, veremos el bien en otros, y a la vez reconoceremos nuestras propias faltas. No tendremos problema alguno para estimar a otros como mejores que nosotros mismos, porque buscaremos lo mejor en los demás. Si pensamos en nosotros mismos, será más bien para juzgar nuestros fracasos que para hincharnos por lo que somos o por lo que hemos hecho. Este versículo, desde luego, no es la justificación escrituraria para la autoestima tal como este término está siendo actualmente interpretado. Deberíamos permanecer ocupados con Cristo y los demás, y no con nosotros mismos.

Cristo - Su Amor Y Comprensión

Hasta este punto, hemos tratado mayormente acerca del aspecto negativo de la autoestima, señalando cómo la presencia del pecado lo ha arruinado todo en la creación de Dios. Hemos visto que incluso aquellas cosas que Dios ha dado se usan para un mal fin, y que el orgullo entra fácilmente y estropea incluso los sentimientos más rectos. ¿Cuál es entonces la respuesta para todo esto? ¿Hay alguna manera de poner todas estas consideraciones en una perspectiva correcta? Creo que sí la hay. Como con todas las otras cuestiones de la vida, tenemos que introducir a Cristo. En Él, mediante Su Palabra, encontramos la respuesta para todo. Como alguien me dijo: «La respuesta a todo para el creyente se encuentra junto a la cruz.»
En nuestras observaciones bajo el encabezamiento «Amor y comprensión», hemos señalado que ser amado y comprendido son cosas esenciales para cada ser humano, y que la privación de esas cosas ha provocado graves dificultades, y ocasionalmente calamidades. ¿Qué sucede con aquellos que no han recibido esos importantísimos factores en sus vidas? Sabemos demasiado bien que el pecado ha arruinado incluso este aspecto de nuestras vidas en muchas ocasiones. Quizá algunos de nosotros proceden de hogares cristianos donde se daba el amor en gran medida, e incluso en hogares en los que Cristo no es conocido está presente con frecuencia el amor. Pero sabemos que tristemente está ausente de muchos hogares, haciendo las cosas muy difíciles para los niños que crecen en medio de tal ambiente. Éstos tienden a contemplarlo todo a través del color de sus experiencias.
He hablado con algunos que encontraban difícil creer que Dios les amaba, debido a que habían conocido tan poco amor en sus vidas. Habían buscado amor y comprensión en sus padres, y, al no recibirlo, encontraron difícil creer que nadie más les amase. A otros se les había dicho toda la vida que carecían de valía y que no eran buenos para nada, y con ello encontraron difícil creer que nadie pudiera apreciarlos, o que tuvieran capacidad alguna para hacer nada. Aun otros habían vivido tanto de sus vidas bajo la sombra de una terrible experiencia, quizá desde su infancia, y habían sido incapaces de recuperarse de aquello.
Hemos visto que la sabiduría humana propone una respuesta para este problema, e intenta convencer a la persona acerca de su propia valía, de su capacidad y de su importancia en este mundo. Este enfoque puede tener un cierto mérito al hacer consciente a la persona de sus capacidades que ha recibido de Dios. Sin embargo, no llega suficientemente lejos, porque el resultado lógico es sólo orgullo por una parte, o frustración por la otra.
El año pasado, mientras mi esposa y yo disfrutábamos de un viaje en automóvil por la costa occidental de los Estados Unidos, me volví a ella y le dije: «Sabes, una necesidad básica de cada ser humana es amor y comprensión.» Ella respondió: «¿Qué sucede si no lo recibes? ¿Qué sucede si creces en un ambiente duro?» Puede que algunos de los lectores de estas líneas procedáis de hogares así, y (¿me atreveré a decirlo?) algunos de vosotros podéis proceder de asambleas donde parece haber poco amor y comprensión. Puede que intentéis hacer algo de todo corazón, y sólo conseguís críticas por ello, bien en casa, bien fuera. ¿Habéis tenido la experiencia de intentar ayudar y que os hayan rechazado, diciéndoos que no podéis hacerlo bien? Quizá comencéis a preguntaros cuál es vuestro papel, y qué debierais estar haciendo.
Ya nos hemos referido al Salmo 63:3, que dice: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.» El versículo 1 dice: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas.» Dios provee amor y comprensión a aquellos que han estado privados de lo uno y de la otra, no debido a lo que somos, ¡sino debido a lo que Él es! Es Su misericordia, Su disposición favorable, lo que necesitamos más que todo, ¡y Él nos la dará incluso si nadie más lo hace!
«Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebreos 12:2-3).
Dios nos ha dado un ejemplo, y este ejemplo es el Señor Jesús. Aquí el énfasis recae en el andar práctico del creyente, y el Señor Jesús nos es presentado como un ejemplo. Hubo Uno, nuestro Señor Jesucristo que (lo digo con reverencia) estuvo satisfecho con la aprobación de sólo Uno. El Salmo 88:18 dice: «Has alejado de mí al amigo y al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas.» El Salmo 69 es uno de los Salmos Mesiánicos, que hace referencia profética al Señor. El versículo 20 afirma: «El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé.»
¿Te sucede, nos sucede, que a veces nos encontramos diciendo: «Nadie me comprende; parece que nadie me ama ni se cuida de mí»? Creo que a veces el Señor Jesús nos lleva, a ti, a mí, al punto en nuestras vidas en el que nos pregunta si estamos dispuestos a seguir si tan sólo tenemos Su aprobación y Su amor. ¿Cuál fue el gozo que fue puesto delante de Él, en Hebreos 12:2? Creo que fue el gozo de hacer la voluntad del Padre, y Él es un ejemplo para nosotros. Dios le privó en la cruz de todo posible consolador. ¿Para qué? En parte, para mostrarnos que nuestro bendito Salvador podía pasar por todo aquello sin apoyos humanos. ¿Estamos dispuestos a ello? ¿Estás dispuesto a decir: «Señor, tu amor y tu aprobación son suficientes»? Yo no soy responsable de la falta de amor y comprensión que pueda haber experimentado en mi infancia, pero Dios me considera responsable como persona madura en lo que atañe a mi reacción ante tales experiencias, porque me ha dado todo lo necesario para capacitarme para vencerlas.
Me doy cuenta de que esto es más difícil para unos que para otros. Algunas personas son de natural más resistentes, y pueden capear las críticas con mayor facilidad. Otras parecen poder sobrevivir a la carencia de amor y comprensión, mientras que otras quedan totalmente devastadas. Que cada uno de nosotros aprenda a decir: «Señor, ayúdame a aprender viviendo a la luz de tu amor y comprensión.» Nunca seremos plenamente felices en nuestra vida cristiana hasta que podamos decir: «Me sentiré satisfecho si tan sólo gozo del amor del Señor en mi corazón, y tengo en mi alma la conciencia de que estoy haciendo Su voluntad.»
Cuando hemos alcanzado el punto de necesitar sólo de Su aprobación, de Su amor, de Su comprensión, sucede entonces una cosa maravillosa. Descubrimos que el Señor nunca nos deja del todo sin compañerismo, amor, cuidado y aliento. No: Él sabe que necesitamos la ayuda y el aliento mutuos, y nunca nos dejará totalmente a solas.
Ha habido ocasiones en mi vida en que he sido llevado al punto de decir: «Señor, tu amor es suficiente.» No me refiero a que haya jamás experimentado un rechazamiento total de parte de todos aquellos de los que esperaba amor y comprensión, pero ha habido tiempos en mi vida en los que he sentido que el problema que estaba experimentando difícilmente podía compartirlo con nadie más. Quizá hayas pasado por esta experiencia. Es maravilloso, bajo esas circunstancias, sentir al Señor casi tocando tu hombro con Su mano y alentándote a proseguir, diciéndote que Él comprende, que Él te ama y que se cuida de ti. Pero en cada una de esas situaciones, Dios ha enviado a alguien a darme ánimo, una palabra de aliento, un empujón, como solemos decir. A veces era sólo una palabra bondadosa, pero era precisamente lo que necesitaba. El Señor sabe cuánto necesitamos este impulso, y Él nos lo dará, justo en el momento adecuado. Luego nos ocupamos con Él, dándonos cuenta de que el estímulo, aunque haya venido de nuestros compañeros cristianos, procede en último término de Él mismo. Lo miramos a Él, no a otros, ni siquiera a nosotros mismos. Al considerarlo a Él, y todo lo que Él padeció, nos ocupamos con Su perfección, y nos damos cuenta de que Él nos compensará por aquello de que el pecado nos haya privado.

«Un Hombre En Cristo»

Hemos considerado al hombre en la creación, y al hombre como criatura caída. Consideremos ahora al hombre en Cristo. Ya hemos visto que el pecado entró en el mundo por la desobediencia del hombre, y que ha afectado a cada parte de nuestro ser. Debido a la entrada del pecado en este mundo, cada uno de nosotros tiene una naturaleza pecaminosa, caída. Hemos visto que el pecado toma incluso aquellas capacidades que hemos recibido de Dios y las usa en mal sentido. En la última sección hemos dicho que la respuesta a todo para el creyente se encuentra junto a la cruz. A fin de comprender esta declaración, debemos considerar la verdad que se expone en Romanos, capítulos 6, 7 y 8.
En el libro de Romanos hasta el versículo 12 del capítulo 5 tenemos el examen de la cuestión de los pecados. Queda establecida la culpabilidad absoluta de todo el mundo, y luego se presenta la obra acabada de Cristo como el único remedio. Luego, desde Romanos 5:12 hasta el fin del capítulo 8, se presenta ante nosotros la cuestión del pecado en su raíz y principio. Debemos ver con claridad el problema del pecado si queremos ver la respuesta escrituraria a la cuestión de la autoestima.
Es importante ver que cuando Dios nos salva, Él no perdona nuestra naturaleza pecaminosa y caída, y tampoco la quita. El Señor Jesús dijo a Nicodemo: «Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:7). Cuando acudimos como pecadores culpables, Dios perdona nuestros pecados y nos da una nueva vida en Cristo. Ahora el creyente tiene dos naturalezas: una que es desesperadamente pecaminosa y que no puede agradar a Dios, y una nueva naturaleza que es verdaderamente vida en Cristo y no puede pecar. La presencia de estas dos naturalezas es causa de conflicto en nuestras vidas.
La vieja naturaleza de pecado nunca mejora a lo largo de toda nuestra vida. Está siempre con nosotros, y es igual de mala después que he sido salvo durante veinte años que como lo era antes de ser salvo. Dios quiere que yo exhiba mi nueva vida y su naturaleza en mi andar cristiano, pero, ¡cuántas veces intenta reafirmarse la vieja naturaleza! Por eso pecan los cristianos, y la ocupación en el yo y el orgullo son parte de esos pecados.
En Romanos 5 tenemos la verdad de que la sangre de Cristo ha quitado mis pecados. En Romanos 6 aprendemos la verdad adicional de que en la muerte de Cristo Dios vio la muerte de nuestro «viejo hombre». «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado» (Romanos 6:6). Ahora, el mandamiento es: «Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:11). Antes de la muerte de Cristo, nunca se mandó a nadie que se considerase a sí mismo (es decir, el viejo hombre) como muerto. Más bien, había sido puesto bajo la ley hasta la venida de Cristo. «La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo» (Gálatas 3:24). Ahora Cristo ha muerto y resucitado. El creyente, identificado con Cristo, puede decir que él también ha muerto al pecado, y con ello el pecado ya no tiene más dominio sobre él. Ahora Dios nos contempla no como pecadores caídos, sino como aquellos que tenemos nueva vida en Cristo. Debemos permitir que la nueva vida y naturaleza caractericen nuestro caminar cristiano, y debemos reconocer que hemos muerto al pecado.
El acto del bautismo nos expone esta nueva posición. Al pasar por el bautismo, el creyente confiesa su identificación con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Ya no está identificado con un mundo pecaminoso que ha rechazado al Señor Jesús, sino que forma parte ahora de la familia de Dios. Ha muerto al pecado. Ya no ha de andar más en sus antiguos caminos de pecado; ha de andar ahora «en novedad de vida» (Romanos 6:5). El pecado en mí — mi naturaleza vieja y pecaminosa — ya no tiene más derechos sobre mí. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).
Este conflicto entre la naturalezas vieja y la nueva queda expuesto de una manera práctica en Romanos 7. Aquí tenemos al hombre verdaderamente renacido y gozando de una nueva vida, pero todavía no ha experimentado la liberación del pecado. Igual que en el caso de muchos de nosotros, el hombre en Romanos 7 descubrió que en tanto que tenía una nueva vida y quería hacer lo bueno, no tenía poder para ello. ¿Cuántos de nosotros hemos querido sinceramente vivir la vida cristiana, pero encontrando constantemente que pecábamos a pesar de nosotros mismos? ¿Cuántos de nosotros no hemos encontrado, en palabras de Romanos 7:15, que «lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago»?
¿Cuál es la razón de que somos incapaces de conseguir la victoria? Encontramos la respuesta en el versículo 18. Debemos llegar a la conclusión escrituraria de que «en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien». Tantas veces estamos dispuestos a admitir que hemos pecado, pero no estamos dispuestos a admitir que no hay nada en nosotros que tenga mérito alguno delante de Dios. No estamos dispuestos a reconocer que no hay absolutamente nada en nosotros en la carne que Dios pueda aceptar — todo ha quedado arruinado por el pecado — . Más aún, debemos llegar a la triste conclusión a la que llega el Apóstol en el versículo 24, cuando dice: «¡Miserable de mí!» No sólo es la vieja naturaleza incorregiblemente mala, sino que nuestra condición es increíblemente desgraciada. Es penoso reconocer esta realidad, pero es esencial, si queremos ser liberados del pecado. Es sólo cuando esto se hace realidad en nuestras almas que dejamos de tener ninguna confianza en nuestra vieja naturaleza de pecado y que nos volvemos a Cristo. Por eso dice la última parte del versículo 24 y el versículo 25: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.» La liberación viene no mediante la ocupación con nuestro yo y tratando de mejorarnos a nosotros mismos, sino mirando fuera de nosotros mismos, a Cristo. Entonces encontramos liberación inmediata, porque estamos ocupados con lo que Cristo es, y no con lo que nosotros somos.
A menudo retrocedemos horrorizados al darnos cuenta de lo verdaderamente terrible que es nuestra naturaleza pecaminosa. No queremos admitirlo, de modo que defendemos nuestra vieja naturaleza de pecado, o la excusamos, en lugar de admitir que es tan mala como parece. El camino a la liberación es admitir plenamente lo que Dios ya nos ha dicho en Su Palabra, que «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso» (Jeremías 17:9). Que nuestra naturaleza sea tan mala como Dios declara que es: Dios la ha condenado en la cruz, y en la muerte de Cristo he muerto al pecado. «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (Romanos 8:3).
Romanos 8 nos presenta la bendita posición del creyente que ha sido liberado del pecado. No sólo son lavados mis pecados, sino que he sido liberado de la ley (o, del principio) del pecado y de la muerte. Ya no estoy ante Dios como un pecador arruinado, sino que estoy «en Cristo Jesús» (Romanos 8:1), no andando «conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:4). En lugar de tratar de mejorar la naturaleza de pecado, sencillamente me aparto de ella, reconociendo que ante Dios estoy «en Cristo» y que tengo una nueva vida en Él.
Hace años había más gente que quemaba leña y carbón para calentar sus casas, y los deshollinadores eran muy numerosos. Como puede que sepáis, al quemar leña y carbón, se acumula en las chimeneas una sustancia que se llama creosota, y si no se limpia de manera periódica, finalmente el resultado es que la chimenea se enciende. Esos deshollinadores pasaban por las casas con regularidad y limpiaban chimeneas para ganarse la vida. A veces, las chimeneas eran lo suficientemente grandes como para que chicuelos y hombres entrasen en ellas para hacer la limpieza, y podemos imaginarnos cuánto se ensuciaban. Se quedaban cubiertos de hollín de la cabeza a los pies. Veías a esos hombres ir de casa en casa, todos ennegrecidos, con sus escobones y otros utensilios sobre el hombro.
Ahora, dejad que os haga una pregunta: «¿Cómo os ensuciaríais más: abrazando un deshollinador, o luchando con él a brazo partido?» Si reflexionáis un momento, estaréis de acuerdo en que no habría mucha diferencia: de una manera o de la otra os ensuciaríais sin remedio.
Si comparamos el deshollinador con nuestra vieja naturaleza pecaminosa, la aplicación se hace evidente. Al diablo no le preocupa si abrazamos el pecado o si estamos constantemente luchando con él, porque de una manera o de la otra quedamos contaminados. Lo que hemos de hacer es apartarnos del deshollinador, mantenernos bien lejos de él. Esto es lo que nos dice la Palabra de Dios que debemos hacer cuando nuestra naturaleza pecaminosa intenta actuar: sencillamente, debo apartarme de ella, y dejar que el Espíritu de Dios ponga a Cristo ante mí. Cada verdadero creyente tiene al Espíritu de Dios morando en él, y el Espíritu de Dios es el poder de la nueva vida. Volveremos a esto más adelante.

«Vive Cristo En Mí»

Hemos visto que la verdadera posición cristiana es la de estar muerto, sepultado y resucitado con Cristo. Por lo que atañe al pecado, Dios lo ha condenado en la cruz. En la muerte de Cristo, Dios vio la crucifixión de mi viejo hombre, y la cruz fue el fin de todo aquello que yo era como criatura pecaminosa de la raza de Adán. Ahora tengo derecho a asumir esta posición en la práctica, y a considerarme como «muerto al pecado, pero vivo para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:11). Con esta bendita verdad en mente, podemos pasar a ver la verdadera respuesta, la respuesta escrituraria, a la autoestima.
El título de esta sección procede de un versículo en Gálatas: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).
La sabiduría de este mundo, como ya hemos visto, nos dice que debemos desarrollar nuestras buenas cualidades, y hacernos conscientes de nuestro potencial. Debemos darnos cuenta de que somos personas valiosas, y de que tenemos una contribución que hacer. Se nos dice que debemos tener fe en nosotros. Ya hemos comentado que hay un cierto mérito en llevarnos a reconocer aquellas capacidades que hemos recibido de Dios, pero si no se expone y trata de manera explícita el factor del pecado, esta enseñanza nunca resolverá el problema de la autoestima.
La ocupación con nuestro propio yo siempre acabará o bien en orgullo o en abatimiento. Todo ha quedado manchado por el pecado, y o bien nos hincharemos por lo que somos, o nos deprimiremos por lo que no somos. Es indudable que en algunos casos esa enseñanza desarrollará en alguna persona una cualidad o capacidad, de modo que la gente dirá que funciona. Sin embargo, este enfoque nunca puede llevarnos más allá del ámbito de nosotros mismos. La base para la autoestima es sumamente frágil y puede perderse con suma facilidad. El que se ocupa de sí mismo nunca es verdaderamente feliz.
Lo que necesitamos es dejar que Gálatas 2:20 se apodere de nuestras almas. Necesitamos ser conscientes de qué significa ser «crucificados con Cristo». El «yo» aquí es lo que yo era antes de ser salvo, el «yo» que yo era como hijo de Adán, y como miembro de una raza pecaminosa y caída. Al poseer una nueva vida en Cristo, tengo derecho a decir que el viejo «yo» ya no es más lo que yo realmente soy. Ante Dios, estoy «en Cristo», y debo dejar que la nueva vida que Cristo me ha dado sea el «yo» desde ahora en adelante. Por cuanto ésta es realmente la vida en Cristo, puedo decir con verdad que «vive Cristo en mí».
Dios puso a prueba al hombre a lo largo del Antiguo Testamento, y toda esta prueba demostró sólo la total ruina del hombre en su condición caída. Ahora Dios ha acabado con el «primer hombre», y comienza de nuevo con Su Hombre, el Señor Jesucristo. La maravillosa verdad es que cuando el primer hombre (Adán, y en último término nosotros) falló en todo lo que Dios le había encomendado, Dios presentó a Su Hombre, el Señor Jesucristo. Cristo fue fiel en cada una de las áreas en las que había fracasado el primer hombre, y todos los propósitos de Dios serán cumplidos en un hombre, Su propio Hijo amado. Este es el significado del Salmo 8:4-5, que dice: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.» ¡Con una maravillosa gracia, Dios ha querido asociarnos a ti y a mi con Él, y nos ha dado nueva vida en Él! En lugar de esperar algo de parte del hombre, Dios está poniendo algo en él. ¡La respuesta de Dios no es la autoestima, sino la «Cristo-estima»!
Leí una historia hace algo de tiempo, que creo que ilustra muy bien este extremo. Había una mujer joven que había tenido una infancia y juventud muy dura. Algunos de vosotros tendréis una experiencia de esto. Sus padres y otros le habían dicho continuamente que no podía hacer nada a derechas; como resultado, tuvo problemas graves cuando llegó a las primeras etapas de la vida adulta. Para un observador casual, todo parecía venirle de cara. Era atractiva, tenía buenas capacidades naturales y era una verdadera cristiana, pero sencillamente parecía no poderse quitar de la cabeza la idea de que no valía para nada. Acudió a psiquiatras y a toda especie de grupos de autoayuda, pero parecía que nada le servía. Finalmente acudió a un cristiano que estaba dispuesto a escuchar su historia y a tratar de ayudarla. Le contó su situación, cómo parecía que nunca podía hacer nada bien, y acabó diciendo: «Sencillamente, tengo constantemente la sensación de que no valgo nada.»
Después de escucharla atento durante largo rato, la miró y le dijo con voz suave y gentil: «Quizá es que no vale nada.» Él se estaba refiriendo, naturalmente, a su naturaleza pecaminosa, no a las capacidades de que Dios la había dotado. Podréis imaginaros su reacción. Lo miró de hito en hito con los ojos llameantes, y le dijo: «¡Nadie me ha hablado nunca antes de esta manera! Mi psiquiatra me dice siempre que soy una persona valiosa, que debo creer en mí misma, que . . . » Entonces él la interrumpió con esta pregunta: «¿Y ha funcionado?» «¡No!,» le repuso ella, «¡pero no estoy dispuesta desistir de mí misma, todavía!»
Debemos estar dispuestos a desistir de nosotros mismos en cuanto a nuestra naturaleza pecaminosa, si ha de vivir Cristo en nosotros. Para ser salvos, tuvimos que llegar a desistir de nosotros mismos, y tenemos que hacernos conscientes de la ruina total del «viejo hombre» si vamos a caminar como cristianos en el camino derecho. En tanto que nos centremos en nosotros mismos, las cosas nunca estarán bien. Dios quiere que nuestra nueva vida en Cristo tenga una expresión práctica en nosotros.
Quizá digamos: «¡Oh, lo he intentado, pero no me ha valido. Sencillamente, parece que no me es posible!» Entonces somos como el hombre de Romanos 7, que estaba intentando hacerlo con sus propias fuerzas. Siempre habrá una lucha, y siempre perderemos hasta que nos apropiemos de lo que Cristo ha hecho por nosotros en la cruz. Así como tuvimos fe de que la sangre de Cristo fue suficiente para quitar nuestros pecados, así debemos tener fe de que nuestro «viejo hombre» fue crucificado con Cristo. En ambos casos, la fe cuenta con la estimación por parte de Dios de la obra acabada de Cristo. La fe cree aquello que, a la vista de Dios, es un hecho ya consumado: que en la muerte de Cristo yo morí al pecado. Entonces tengo poder para actuar sobre la base de Romanos 6:9, y me considero como muerto en la práctica. Entonces adopto la perspectiva que Dios tiene de mí mismo, que el «yo» real es ahora el nuevo hombre, la nueva vida que poseo en Cristo.
Si tengo una nueva vida en Cristo, ¿es posible que yo pueda fracasar en algo que Dios dé al nuevo «yo» para llevarlo a cabo? No, porque todos los recursos de Dios están a disposición de quien esté andando por el camino de la obediencia, y dejando que la nueva vida de Cristo se exprese. Esto parece algo elemental, y sin embargo es algo asombroso. La nueva vida, que siempre actúa para agradar a Dios, no puede fallar en nada de lo que haga.
Pero el reto de dejar que la nueva vida se exprese en nuestras vidas es probablemente la mayor dificultad con que se encuentra cada cristiano. Lo mismo que la joven a la que he hecho referencia, no estamos dispuestos a desistir de nosotros mismos y a reconocer que nuestra naturaleza pecaminosa no puede hacer nada para agradar a Dios. Queremos ser más como Cristo. Hablamos acerca de ello, quizá cantamos acerca de ello, pero la realidad subyacente es que nos gustamos demasiado tal como somos. No es amor propio lo que necesitamos, porque esto sólo me llevará a ocuparme con lo que soy por naturaleza. El antídoto es estar ocupados con Cristo y gozar de Su amor en nuestros corazones. Entonces mi ocupación será con lo que Él es y no con lo que yo soy.
En la vida de Gedeón vemos un ejemplo de aprender a apartar la mirada de uno mismo para fijarla en el Señor. El Señor había liberado a los hijos de Israel en manos de los madianitas debido a sus pecados. Cuando el ángel del Señor acudió a Gedeón y le dijo que el Señor iba a usarlo para liberar a Israel, su respuesta fue: «Ah, Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre» (Jue. 6:15). Pero estaba dispuesto a ser obediente, y el Señor le condujo gentilmente. Cuando todavía no podía ser persuadido de ir adelante, el Señor le respondió bondadosamente cuando puso el vellón de prueba en dos ocasiones separadas. Luego, para mostrar que la misión debía llevarse a cabo en Su poder, el Señor redujo su ejército a sólo trescientos hombres. Finalmente, mandó a Gedeón que descendiera al campamento de los madianitas, y allí al acecho oyó una conversación dentro de una de las tiendas que le convenció de que el Señor iba a darle la victoria. Gedeón obtuvo la victoria, pero de una manera que el Señor recibió toda la gloria. Gedeón no tenía nada de qué jactarse, porque era evidentemente la mano del Señor. Con esto ilustró la Escritura: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10).
Después de la victoria, cuando los hombres de Efraín mostraron su enfado con él porque pensaban que no les había dado el puesto de honor, la actitud recta de Gedeón se manifestó en su respuesta a ellos. En lugar de exhibir orgullo, la gracia les dio crédito por lo que habían hecho, mientras que Gedeón adoptaba el puesto inferior. Los malos sentimientos quedaron anulados porque Gedeón no quería fama para sí, y estaba dispuesto a dársela a otros. Más tarde, cuando los hombres de Israel quisieron que Gedeón fuera rey sobre ellos, rehusó, diciendo que era el Señor quien debía reinar sobre ellos.
Contrastemos esto con Jefté unos años después, que evidentemente tenía un verdadero problema con su orgullo. Rehusó acaudillar al pueblo en batalla contra los hijos de Amón, a no ser que prometieran hacerle su jefe si los libraba. Luego, cuando los mismos hombres de Efraín volvieron a molestarse, Jefté les respondió con dureza, y siguió una guerra civil en la que murieron cuarenta y dos mil. El mundo diría que tanto Jefté como los hombres de Efraín tenían una deficiente autoestima, pero la palabra correcta a usar aquí es orgullo.
«Oh,» dirás quizá, «pero es que si no tengo un cierto orgullo en mí mismo, no me preocuparía por mi apariencia, por cumplir bien en mi trabajo, por cuidar de mi casa, etc.» Mi difunto suegro me contó una vez que de joven le había hecho a su padre esta misma pregunta. La respuesta de su padre fue: «Hijo, si cada vez que sales de la puerta y vas a la calle, cada vez que vas a trabajar, cada vez que te relacionas con otros en cualquier manera, te acuerdas de que eres un hijo de Dios, y que todo lo que haces y dices afecta a Aquel a quien perteneces, esto se cuidará de todas las cosas como tu apariencia, trabajo, etc., pero sin dejarte lugar alguno para el orgullo. Si recuerdas que has sido enviado al mundo para agradar al Señor, harás todas estas cosas bien, pero con un Objeto fuera de ti mismo.»

Ocupación Con Cristo

El verdadero cristianismo hace todo de Cristo, y nada del yo, y es en el yo donde está la esencia de cada problema en la vida cristiana. ¿Por qué hay (y lo digo avergonzado) tantas divisiones en la actualidad entre los cristianos? ¿Por qué no se mantuvo la Iglesia unida como al principio? Se debe a que el hombre quería tener un puesto, en lugar de dejar que Cristo lo fuera todo. Cada falsa enseñanza, sin excepción alguna, da alguna gloria al hombre y resta de la gloria de Cristo.
Si tú y yo estamos ocupados con Cristo, y nuestros pensamientos se apartan de nuestro propio yo, esto tendrá un efecto asombroso en nosotros. Las personas nos contemplarán y dirán (no que sea este nuestro deseo, pero sucederá): «Parecen estar en paz consigo mismos. No tienen problema con la autoestima.» Tendremos una dignidad moral en nosotros que otros podrán designar como autoestima, pero no es autoestima, es «Cristo-estima». ¿Por qué? Porque el creyente que está ocupado con Cristo no tiene pensamientos elevados ni bajos acerca del yo, sino que más bien ha dejado de pensar en el yo. La esencia del verdadero cristianismo es no tener pensamientos altos ni bajos del yo, sino no pensar en el yo en absoluto. ¿Qué deberíamos hacer cuando nuestras mentes comienzan a llenarse de pensamientos del yo? Sugiero que debemos echarlos en el acto de nuestras mentes. Podemos decir con verdad que esos pensamientos proceden del yo, y que el yo no es el «yo» correcto que debe reinar en nuestras vidas ya más. No le debo nada al yo, ya no tiene más derechos. Reconozco que se trata de un ataque de Satanás, que intenta emplear el yo para hacerme pecar. Sencillamente, me aparto de ello, porque ahora estoy «en Cristo», y Él debe reinar en mí.
Cuando hacía prácticas para el carnet de conducir, una de las cosas en que insistían era en que debía mirar a lo lejos para dirigir el volante. Nos decían que no mirásemos al frente del vehículo ni a la parte de la carretera inmediatamente delante de nosotros, sino que debíamos poner la mirada a varios cientos de metros carretera adelante. Así el auto iría en línea recta, tomaría las curvas con más suavidad y la conducción sería más suave. El mismo principio es de aplicación a la vida cristiana. El creyente que pone los ojos sobre sí mismo tendrá un curso «en vaivén», y no podrá andar un camino recto. El que está ocupado con Cristo y no se preocupa de sí mismo hará un camino recto, porque su mirada la tiene fuera de sí mismo. Trataremos acerca de algunos puntos prácticos tocante a esto en la siguiente sección.
Podemos tener la certidumbre, en base de la autoridad de la Palabra de Dios, de que hay más en Cristo para alentar nuestros corazones que en nosotros mismos para desalentarlos. ¿Nos contemplamos a nosotros mismos y nos sentimos desanimados y deprimidos? ¿Pensamos en cómo hemos fracasado, en los males que hemos cometido, en las cualidades de que carecemos, y más y más? Satanás nos querría tener ocupados con nosotros mismos de esta manera, y la sabiduría mundana nos dirá que tenemos que creer en nosotros mismos, que debemos pensar positivamente y decirnos a nosotros mismos que podemos hacerlo. De lo que debemos ser conscientes es de que Satanás quiere que nos ocupemos con nuestro yo, y no le preocupa si es en sentido positivo o negativo. Todo viene a ser lo mismo, y con ello nos priva de nuestro gozo en Cristo. Sólo el Espíritu de Dios puede llenar nuestros corazones con las cosas de Cristo, y apartarnos de nosotros mismos.
De nuevo se suscita la cuestión: «¿No debemos reconocer las capacidades que Dios nos ha dado, y utilizarlas?» Sí, desde luego, y encontramos esto expuesto en Romanos 12:3: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» ¿Implica este versículo que es correcto pensar alto de nosotros mismos, pero no demasiado alto? No, no es este el sentido del pasaje. Más bien, el pensamiento es que debo reconocer las capacidades con que Dios me ha dotado y la obra que Él me ha confiado, y llevarla a cabo. Debemos recordar que este versículo aparece en Romanos capítulo 12, y que hemos de pasar por los capítulos 6, 7 y 8 para llegar ahí. Cuando hemos comprendido la verdadera posición cristiana como muertos, sepultados y resucitados con Cristo, entonces se introducen nuestros talentos, para que los usemos para la gloria de Dios. Hemos de reconocer lo que Dios nos ha encomendado que hagamos, y no pensar más alto de nosotros mismos de lo que deberíamos: no querer hacer algo para lo que no somos idóneos. Incluso en los cristianos puede entrar el orgullo, y podemos querer hacer algo que Dios no nos ha encomendado. Esta exhortación nos guarda de ello. Así como cada miembro del cuerpo humano tiene una función, así cada miembro del cuerpo de Cristo tiene una función.
Reconozco que algunas de esas consideraciones son difíciles de explicar de una manera totalmente armónica, y ya se ha dejado en claro al comienzo de este artículo que algunas de estas cosas han de ser experimentadas más que explicadas. Aunque no hay nada en la Biblia que se enfrente a la sana razón, hay muchas cosas que van más allá de la razón, porque es un libro de Dios, y trata de cuestiones más allá de la comprensión humana. Por ejemplo, la Biblia enseña tanto la soberanía de Dios como la responsabilidad del hombre. La mente del hombre no puede conciliar esas cosas de una manera completa, pero es sólo la insensatez de la estrecha mente humana la que negará una de ellas para enfatizar la otra. De la misma manera, es difícil para el hombre natural conciliar el reconocimiento de sus capacidades naturales con su total depravación como resultado del pecado.
Para la mente espiritual, esas aparentes contradicciones no presentan dificultad alguna, porque «el espiritual discierne todas las cosas» (1 Corintios 2:15, RVR77). Viene a ser sólo otra maravillosa dimensión de la Palabra que Dios nos ha dado. En las cosas naturales, nos es necesario aprender las definiciones de las cosas antes de aprender las cosas mismas, mientras que en las cosas espirituales debemos frecuentemente aprender las cosas mismas en comunión con el Señor antes de poder definirlas.
Nuestro tema contiene algunas de estas cosas, una de las cuales se ilustra en la vida del Apóstol Pablo. Pablo podía hablar de sí mismo como el primero de los pecadores (1 Timoteo 1:15), y podía también decir que era «menos que el más pequeño de los santos» (Efesios 3:8). Esas palabras no eran meramente una elevada retórica, porque Pablo reconocía claramente cuán pecaminoso era su «yo» natural. Nunca se olvidaba de que había perseguido a la iglesia de Dios antes de ser salvo. Por otra parte, no sentía dificultades para reconocer lo que la gracia había operado en su alma, de modo que podía decir: «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Corintios 15:10). Como siervo de Cristo, podía decir: «Y pienso que en nada he sido inferior a aquellos grandes apóstoles» (2 Corintios 11:5), y, «antes he trabajado más que todos ellos» (1 Corintios 15:10), pero añadiendo luego: «pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Corintios 15:10). No había orgullo en ello, aunque la tendencia estaba presente, porque Dios le envió un «aguijón en la carne», para que, como explica él, «la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente» (2 Corintios 12:7). Cuando las objeciones de algunos en Corinto le obligaron a hablar acerca de cuánto había sufrido por Cristo, pudo decir: «Lo que hablo, no lo hablo según el Señor, sino como en locura» (2 Corintios 11:17). No le agradaba hablar de sí mismo. Deberíamos contentarnos con ser cualquier cosa o nada en tanto que Cristo sea glorificado, y éste era el propósito de Pablo. ¡Que sea también nuestro propósito!
De esclavitud, de noche y pesar
Vengo, Jesús, vengo, Jesús;
A libertad, luz y bienestar,
Vengo, Señor Jesús.
De enfermedad a dicha y salud,
De la pobreza a tu plenitud,
De mi pecar a Ti en gratitud,
Vengo, Señor Jesús.
De mi vergüenza, pérdida y mal,
Vengo, Jesús, vengo, Jesús;
Para entrar en gloria eternal,
Vengo, Señor Jesús.
De mi tristeza a dulce solaz,
De tempestad a calma y tu paz,
De mi agonía a vida veraz,
Vengo, Señor Jesús.
William T. Sleeper

Efectos Prácticos En Nuestras Vidas

Es probable que algunos de vosotros os estéis preguntando si es realmente posible llevar esto a cabo en nuestras vidas de una manera práctica, o si se trata sólo de unas bonitas ideas teóricas. ¿Podemos esperar vivir esas cosas en realidad, o eran sólo para cristianos destacados como el Apóstol Pablo? No penséis ni por un momento que otros no han tenido las mismas dificultades. Si conocierais la agonía por la que han pasado otros al tratar de poner esas cosas en práctica, os daríais cuenta de que no es fácil para el yo (1 Pedro 4:1). Alguien ha dicho: «La verdad es cosa sencilla; somos nosotros los complicados.» Si veis a otros cristianos que parecen haber puesto esas cosas en práctica, ello se debe sólo a que las han afrontado en presencia del Señor. A veces ha costado muchas lágrimas. Un viejo poema expresa esto bien:
Vates habrá cantando dulces trovas
En la luz de la corte celestial
Que explicarán de aquellas dulces notas
«¡Aprendí mi cantar en un erial!»
Y subirán en el hogar paterno
Retumbantes himnos de alegría
Que en medio de sollozos se aprendieron
En la desventura más sombría.
En tanto que esas cosas no vienen con facilidad, no deberían inducirnos a desistir, como quizá tengamos inclinación a hacer. Si creemos la Palabra de Dios, que en la muerte de Cristo también hemos muerto al pecado, entonces hay poder ahora a nuestra disposición, por la fe, para considerarnos como muertos al pecado. Podemos contar con que Dios será fiel a Su Palabra. Lo que necesitamos es corazones bien dispuestos, porque la Biblia fue escrita para corazones bien dispuestos. Si hay un verdadero deseo en nuestros corazones para ser más como Cristo, entonces Dios obrará en nosotros.
La sustancia de este librito fue originalmente dada en forma de conferencias a jóvenes en Lassen Pines, un campamento juvenil en California. En esas situaciones, experimentamos a veces tal gozo en Cristo y tal felicidad en nuestros corazones, que pensamos que nunca más podremos sentir desaliento. Luego descendemos de aquella experiencia «en la cumbre» sólo para descubrir que aquello no era el mundo real, y que tanto el mundo a nuestro alrededor como nuestra naturaleza pecaminosa permanecen sin cambios. A veces, los problemas parecen hasta algo peores, porque Satanás nos hace objeto de un ataque especial, debido a que hemos estado gozando tanto del Señor. ¿Hay respuesta para este dilema?

El Espíritu De Dios

Recordemos que Dios nunca nos da instrucciones en Su Palabra que sean imposibles de cumplir. No, sino que Dios ha puesto al creyente en la posición sumamente bendita de estar «en Cristo», y ahora le emplaza a que viva en conformidad con la posición en que ha sido puesto. En Su Palabra, Dios nos da toda la instrucción que necesitamos para ello, y nos da el poder para hacerlo. Este poder es el Espíritu de Dios.
Sólo el Espíritu de Dios puede ministrar a Cristo en nuestras almas y apartar nuestra atención de nosotros mismos. Romanos 8 pone esto ante nosotros: «Porque los que son conforme a la carne, ponen su mente en las cosas de la carne; pero los que son conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mentalidad de la carne es muerte, pero la mentalidad del Espíritu es vida y paz» (Romanos 8:5-6, RVR77).
Podemos preguntarnos con razón qué significa «la mentalidad del Espíritu». Si somos verdaderamente salvos, tenemos vida en Cristo. Es la vida en abundancia a la que se refería el Señor Jesús en Juan 10:10, y tiene el propósito de ser vivida en el poder del Espíritu de Dios. Esto es muy descuidado entre los cristianos en la actualidad, porque en lugar de ser guiados por el Espíritu, tratamos de vivir la nueva vida en nuestras propias fuerzas.
Recientemente, leí un libro escrito por un cristiano acerca de la cuestión de conocer la voluntad de Dios. Todo su énfasis era que teníamos que emplear nuestro propio criterio dentro del marco de la Palabra de Dios, y que en tanto que lo que quisiéramos hacer no fuese contrario a la Palabra de Dios, podíamos sentirnos libres de emplear nuestro mejor criterio para tomar una decisión. Esto es totalmente contrario a la enseñanza del Nuevo Testamento, porque debemos vivir no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
En Juan 14:16, el Señor Jesús hace referencia al Espíritu Santo como el «Consolador», y nos dice que Él Lo enviará para que permanezca para siempre con nosotros. Quizá «consolador» sea la mejor palabra de que disponemos en la lengua castellana, pero no comunica de manera adecuada el concepto que contiene el término griego original parakletos. Esta palabra se traduce también como «abogado» en 1 Juan 2:1, y significa «uno que se encarga de todos tus asuntos y se cuida de ellos». ¿Nos damos cuenta de que tenemos una Persona de la Deidad que habita en nosotros para cuidar de nosotros en todas las formas posibles? Sí, Él está aquí para ello, pero, ¿le dejamos que Él conduzca y guíe como deberíamos dejarle? ¿O confiamos en nuestros propios pensamientos, en nuestra propia fuerza, y le contristamos admitiendo el pecado en nuestras vidas?
No tenemos que pedir ni impulsar al Espíritu de Dios que nos guíe. Más bien, lo que tenemos que hacer es eliminar los obstáculos a Su obra. Cuando estamos en un buen estado de alma y no hay en nuestra conciencia ningún pecado sin juzgar, entonces el Espíritu de Dios nos ocupa con Cristo y trae gozo a nuestros corazones. Cuando hemos pecado, entonces el Espíritu de Dios tiene que ocuparnos con aquel pecado hasta que lo confesamos y experimentamos el perdón de Dios (1 Juan 1:9).
Vemos entonces que el Espíritu de Dios es el poder de la nueva vida que tenemos en Cristo, pero aquel pecado que admitimos en nuestra vida contrista al Espíritu (Efesios 4:30), y le estorba llevar a cabo Su verdadera obra. Somos responsables de tratar acerca de los obstáculos a Su obra, y éste es el tema de nuestra siguiente sección.

Juicio Propio

Hemos visto que debemos considerarnos «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:11). Cuando hemos visto nuestra verdadera posición cristiana como muertos, sepultados y resucitados con Cristo, entonces nunca podremos quedarnos satisfechos con nada menos que esto para nosotros mismos. Por la fe aceptamos lo que la muerte de Cristo ha hecho por nosotros y aceptamos el hecho de que hemos muerto y resucitado con Él. Pero, ¡con cuánta facilidad recaemos en nuestras viejas maneras de hacer! Hemos de acudir a 2 Corintios 4 para descubrir cómo podremos vencer esta tendencia.
En 2 Corintios 4:10 leemos: «Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.» Esto es un paso más adelante que el de considerarnos muertos al pecado. Podemos tomar esta bendita posición delante de Dios, y es bueno hacerlo así, pero entonces encontramos que nuestra vieja naturaleza pecaminosa no acepta fácilmente ser puesta en el lugar de la muerte. Encontramos que Satanás no nos deja en paz sólo porque nos consideremos como Dios nos ve, como muertos y resucitados con Cristo. Cuanto más queramos vivir para Cristo, tanto más la vieja naturaleza levantará la cabeza. Más aún, cada nueva verdad que el Espíritu de Dios nos revele encontrará su correspondiente rechazo en alguna parte de mi vieja naturaleza.
Cuando era más joven, solía contemplar a los mayores que parecían estar andando con el Señor, y parecía que la vieja naturaleza quedaba «quemada» tras un tiempo. Al hacerme yo mayor, me di cuenta de lo falso que era esto. Se trataba más de que aquellos que parecían estar andando con el Señor habían aprendido en su medida a no tener confianza alguna en aquella naturaleza pecaminosa. Habían aprendido la verdad de este versículo, de que es un ejercicio diario, horario, constante, del juicio propio, para mantener la naturaleza de pecado en el puesto de la muerte.
Hay un significado muy especial en la manera en que este versículo está redactado. Observemos que no dice: «Llevando en el cuerpo siempre la realidad de que estoy muerto al pecado.» No, sino que debemos llevar en nuestros cuerpos «la muerte del Señor Jesús». Es la realidad práctica de aplicar la sentencia de muerte a los deseos de nuestros cuerpos naturales. El Señor Jesús apela a nuestros corazones, y nos recuerda que le costó a Él Su vida, a fin de que nuestro «viejo hombre» pudiera ser «crucificado juntamente con Él».
Nunca podremos andar de manera apropiada como cristianos a no ser que seamos continuamente devueltos a la cruz. No es suficiente que conozcamos de una manera intelectual que Dios quiere que estemos ocupados con Cristo, y no con nosotros mismos. Y fallaremos continuamente a no ser que nuestros corazones sean tocados por el hecho de que le costó al Salvador Su vida para que nosotros pudiésemos considerarnos como «muertos al pecado, pero vivos para Dios». Nunca podremos separarnos de este mundo de una manera correcta a no ser que recordemos que fue este mundo el que llevó a nuestro Salvador a la cruz. Dios apela a nuestros corazones más que a nuestros intelectos, porque es sólo cuando nuestro corazón está en su sitio que podemos vivir la vida cristiana de manera apropiada.
No es el que más sabe quien resulta el mejor cristiano, sino el que más ama. Querría alentarte a leer la Palabra de Dios, y también el excelente ministerio escrito disponible, porque ponen a Cristo delante de ti. Pero el conocimiento mismo no te guardará: la Persona de Cristo ha de llegarte a ser preciosa. A veces vemos a un sencillo creyente que conoce relativamente poco acerca de las Escrituras, pero que parece estar más cerca del Señor que nosotros, y que parece tener más gozo en su alma. Quizá nosotros hemos sido criados en un hogar cristiano y hemos sabido esas cosas desde nuestra más tierna infancia. Puede que hayamos sido salvos durante muchos años, y que conozcamos tanto más. ¿Y por qué no tenemos ese gozo? Se debe a que el sencillo creyente está gozando lo que conoce de Cristo, mientras que nosotros hemos dejado que se introdujese algún obstáculo.
Es posible que preguntes: «¿Cómo adquiero este amor en mi corazón para el Señor? ¡Quiero amarle más!» Un hermano que ahora está con el Señor solía recordarnos una y otra vez: «Nunca intentes amar más al Señor de lo que lo amas! ¡Sencillamente, piensa en cuánto te ama Él a ti!» Si hemos sido llevados de vuelta a la cruz y estamos ocupados con el amor del Señor para con nosotros, entonces nuestro amor fluirá hacia Él, y encontraremos que esas cosas se nos aclararán más y más.
Puedo oír a alguno de vosotros decir: «Pero es que tú no sabes las dificultades y problemas que tengo en mi vida. Tú no sabes de qué clase de hogar vengo yo, la situación laboral a la que tengo que hacer frente cada día. No sabes la soledad y las tentaciones a las que he tenido que hacer frente. Es fácil hablar de esas cosas, ¡pero qué difícil es ponerlas en práctica!»
Para responder a esa objeción, leamos Jeremías 2:13: «Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.» Una fuente es un manadero continuo de aguas, mientras que una cisterna es sólo un lugar donde guardar agua. Una cisterna es algo bueno, pero si hay una grieta en ella, toda el agua se va, y es inútil. Deberíamos preguntarnos qué vamos a tener: ¿la fuente, o la cisterna rota? Podemos encontrarnos contemplando este mundo y decir que carecemos de amistades. Si no podemos tener amistades cristianas, entonces quizá buscaremos amistades mundanas. Otros pueden contemplar las cosas materiales, o una profesión, creyendo que esto les satisfará. Algunos mayores pueden centrarse en sus familias, o en viajes o en una afición. Aunque no hay nada inherentemente malo en esas cosas, tenemos que darnos cuenta que se trata en todos los casos de cisternas rotas. Mi alma tiene que quedar poseída de la verdad de que sólo Cristo puede dar satisfacción a mi corazón.
¿Y qué acerca del servicio para el Señor? Puede que me diga a mí mismo que saldré a predicar el evangelio; quizá esto dará satisfacción a mi corazón. Puede que decida ir a algún país extranjero y servir al Señor. O puede que me centre en la asamblea local, y que dé todas mis energías para hacer de ella un lugar feliz, porque quiero verla crecer, y cuidarme de que mis hermanos tengan buen ánimo. ¿Me hará feliz alguna de esas cosas? No, ninguna de ellas. «Pero», me dirá alguno, «¿no son ésas cosas buenas que hacer? ¿Acaso no nos manda el Señor que prediquemos el evangelio y que animemos a otros creyentes?» Sí, pero todas esas cosas dejan de alcanzar el más alto motivo que Dios ha puesto delante de nosotros. En todas esas cosas, nuestras miradas quedan demasiado abajo. Si emprendo la predicación del evangelio y quizá no veo demasiada bendición, seré propenso al desaliento. Si hago de la familia el centro de mi atención, puedo descuidar lo que debo al Señor.
¿Cuál es la respuesta a todo ello? La Palabra de Dios nos enseña que debemos poner nuestra mirada por encima de todo ello, en el mismo Cristo. Cuando lo tenemos a Él ante nosotros, no dependemos de nada aquí abajo para nuestra felicidad. Él es inmutable, y cuando nuestros corazones están ocupados con Él, hay una firmeza, serenidad, paz, que nada puede sacudir. Si nuestro gozo dependiera de nada aquí abajo, incluso de las cosas mejores, entonces el estado de nuestra alma oscilará hacia arriba y hacia abajo dependiendo de cómo van las cosas aquí abajo. Dios quiere elevarnos por encima de todo ello.
¿Acaso el estar ocupados con Cristo nos hará descuidar nuestras responsabilidades en esta escena? No, porque el pensamiento de que queremos agradarle en todo nos lleva a desear hacerlo todo para Él, y ello de la mejor manera posible. No descuidaremos nuestro trabajo, nuestra familia, la asamblea local, ni siquiera a nosotros mismos. Pero todo eso no será nuestro objeto; más bien, querremos hacerlo todo para Cristo.
Uno de los mayores problemas entre los cristianos hoy es que usamos los fracasos de otros en el cuerpo de Cristo como excusa para nuestros propios fracasos. Hacemos depender nuestro gozo de la conducta de otros, y hacemos depender nuestra capacidad para vivir como cristianos del modo en que otros andan.
Digo, con todo el convencimiento, que nuestro gozo en Cristo no debería depender de nadie más. En caso contrario, entonces hemos permitido que algo se interponga entre nosotros y el Señor, y Él nos ama demasiado para dejarnos ser verdaderamente felices en tales circunstancias. Nuestra dicha puede permanecer por un tiempo, pero entonces el Señor nos pondrá a prueba, quizá quitando a aquel de quien depende nuestra felicidad, o permitiendo que sobrevenga alguna prueba en nuestras vidas. Entonces se hace evidente que nuestro verdadero objeto son otros y otras cosas, y no Cristo.
Conocí a un hermano que se fue de la asamblea donde estaba porque había dificultades allí. Pensaba que si se llevaba a su familia a otro lugar, las cosas irían mejor y su familia sería más feliz en el Señor. No funcionó, porque ni nuestros hermanos ni la asamblea deberían ser la fuente de nuestro gozo. Si no podemos vencer en la situación en la que nos encontramos, no podremos vencerla en ninguna parte. Esto es de aplicación a una situación familiar, a un problema laboral, a la asamblea local o a cualquier otra situación. Cristo puede dar la gracia para cualquier circunstancia en la que Él nos ponga. Mis hermanos pueden llegar a ser para verdadero aliento, y una asamblea feliz es una gran bendición, pero ambas cosas son útiles sólo hasta el punto en que pongan a Cristo ante mí.
Naturalmente, el Señor puede conducirnos a veces a cambiar nuestras circunstancias, y con ello puede quitarnos de alguna situación difícil. Entonces podemos sentir agradecimiento por la eliminación de la prueba, y tomarlo de las manos del Señor. Pero sólo el Señor puede guiarnos en tales casos, y deberíamos estar muy en Su presencia, no sea que emprendamos el camino por nuestros propios motivos, y no debido a que es Su pensamiento.
Querría clarificar que no estoy refiriéndome a ninguna situación en la que el Señor no quisiera tenernos. A veces pedimos ayuda al Señor en una situación en la que Su única voluntad es que no estemos en ella. En tal caso, debemos abandonar aquella situación al precio que sea, como, por ejemplo, en una actividad en la que estemos asociados en yugo desigual con un incrédulo. No podemos vencer cuando estemos en clara desobediencia a la Palabra de Dios. Pero si se trata de una situación en la que nos haya puesto el Señor, deberíamos someternos a lo que Él ha permitido y aprender la lección que Él nos quiera enseñar. Nuestro siguiente tema es de mucha ayuda en relación con esto.

«Entregados a Muerte»

Hemos hablado acerca de la importancia de estar «llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús», pero el versículo que sigue de inmediato nos lleva un paso más adelante. En 2 Corintios 4:11 leemos: «Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.» Podemos haber sentido la necesidad de llevar en el cuerpo la muerte del Señor Jesús, e incluso podemos haberla llevado hasta cierto punto, queriendo realmente hacer frente a aquello que no agrada al Señor. Si siempre lo hiciéramos de manera perfecta, el versículo 11 no tendría que estar ahí. Pero el Señor ve cosas en nuestras vidas que nosotros no vemos — quizá cosas que no consideramos demasiado malas, quizá una actitud a la que hemos estado acostumbrados durante largo tiempo, o algún motivo oculto que no pensamos que esté ejerciendo tal efecto en nuestras vidas. Entonces somos «entregados a muerte»: una declaración enérgica. ¿Qué significa esto? Significa que el Señor permite circunstancias en nuestras vidas para exponer ante nosotros aquel motivo oculto, aquel pecado que no vemos, o que al menos no consideramos demasiado grave. Es la misericordia de Dios la que hace esto, porque entonces podemos ver con más claridad qué es lo que está estorbando nuestro pleno goce de Cristo, y podemos librarnos de ello. Pero, ¡cuántas veces nos rebelamos contra los tratos del Señor con nosotros, y no aprendemos la lección! Consideramos las circunstancias en sí mismas, o quizá a las personas involucradas en ellas, y rehusamos dejar que el Señor nos muestre que Él ha permitido la dificultad.
Tenemos que recordar que nunca hay causas segundas para Dios. Cuando hemos aceptado la prueba como de parte del Señor, y sólo de parte de Él, entonces podemos acudir a Él en el espíritu de Hebreos 12:11, ejercitados en la disciplina, y descubriendo que produce «fruto apacible de justicia». Si hay otros involucrados y han actuado injustamente con nosotros, podemos dejar esto en manos del Señor; Él tratará con ellos. Que Dios nos dé la gracia para aceptar todas nuestras circunstancias de parte de Él, y luego ir a Él y preguntarle por qué las ha permitido. Si lo hacemos así, entonces Él puede mostrarnos cosas en nuestros corazones que tenemos que afrontar. Entonces la vida de Jesús se exhibirá más y más en nosotros, en lugar de la vieja naturaleza de pecado. Si este es el propósito de Dios en las pruebas, ¿no hace que todo ello valga la pena?
Nunca deberíamos permitirnos el lujo de la autocompasión. A todos nos gusta hacerlo en ocasiones. Hemos oído de gente que celebran lo que se llama «una reunión de plañideras». Varias personas (¡a veces sólo dos!) se reúnen y a su turno se van relatando los males que han sufrido de parte de otros, de cómo han abusado de ellos, de la manera en que los demás se han aprovechado de ellos, y así. Hay una sutil satisfacción en relatar todos esos males, y que luego alguien te diga: «¡Oh, qué terrible; qué lástima!» Yo mismo he sido culpable de esto alguna vez, y he tenido que admitir ante el Señor que no era otra cosa que pecado. Con ello dejaba actuar a mi naturaleza pecaminosa. Dios nos ha dado el ejemplo de Uno que siempre sentía compasión por los otros en cada situación, incluso cuando él estaba en medio del más atroz sufrimiento. Cuando estamos ocupados con Cristo, Dios nos dará la gracia de sentir simpatía incluso por aquellos que nos están haciendo el mayor daño.
Para ilustrar cómo el Señor Jesús quiere que vivamos, querría referirme a un incidente en Su vida.
«Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres: Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. Él les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre. Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos. Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:20-28).
Aquí, el Señor muestra a Sus discípulos que el cristianismo no está caracterizado por lo que encuentra, sino por lo que introduce. Nuestro bendito Salvador vino no para ser servido, sino para servir, y Él nos ha dejado un ejemplo para nosotros. ¿Te encuentras en alguna situación difícil en casa o en el trabajo? Dios te dará la gracia para hacer frente a tal situación, primero de todo dándote paz en tu alma acerca de esta situación, y luego ayudándote a mostrar algo del amor y de la gracia de Cristo a otros. ¿Hay una situación difícil en tu asamblea local? El Señor puede también usarte para ser ayuda. Un andar piadoso coherente nunca dejará de ser observado.
Cuando el Señor estuvo en el huerto de Getsemaní (lo digo con reverencia), podría haber pensado sólo en sí mismo. En lugar de esto, Sus pensamientos se dirigían a Sus discípulos, y les dijo: «Velad y orad, para que no entréis en tentación» (Mateo 26:41). Cuando llegaron los soldados para prenderle, dijo: «Si me buscáis a mí, dejad ir a éstos» (Juan 18:8). Cuando Pedro le negó luego, el Señor se volvió y lo miró, indudablemente con una mirada afectuosa y compasiva. Cuando le clavaban en la cruz, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Cuando el ladrón a su lado, que hasta hacía poco le injuriaba, le dijo: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino», Él le respondió: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:42-43). Cuando vio a Su madre junto a la cruz, como hijo mayor de la familia asumió la responsabilidad de disponer para su bienestar, y la encomendó a Juan. En todo momento, Sus pensamientos fueron para los demás y no para Sí mismo. De seguro que tú y yo nos inclinamos en humilde adoración ante una gracia tal, dándonos cuenta de que nunca llegaremos a ello mientras estemos aquí abajo. Como hemos observado antes, Dios está comenzando esta obra en nosotros aquí abajo, y si Cristo está llenando nuestros corazones, entonces podemos pedir la gracia para reaccionar ante las diversas situaciones como Él lo hacía. Si me centro en el mal que otros están haciendo, yo mismo actuaré mal. Si centro mi mirada en el Señor, en tanto que otros puedan hacerse culpables de malas acciones, podré reaccionar haciendo lo bueno.
Si alguien está haciendo algo bueno, podré sentir con ellos y ser para ayuda y aliento de ellos. Pero si están haciendo algo malo, podré sentir por ellos. Puedo acudir al Señor por la gracia para serles de ayuda, incluso si estoy sufriendo por el mal que estén haciendo. Esto es siempre algo difícil, y a veces hay situaciones en las que, hablando humanamente, parecería totalmente imposible. Hay situaciones en las que el mal hecho es tan grande y el daño emocional tan profundo que parece imposible tener gracia para sentirlo por el que ha hecho el mal. No querría en absoluto minimizar la gravedad de algunos de esos males. Pero luego somos devueltos a la cruz, y allí se nos recuerda Hebreos 12:3: «Considerar A AQUEL que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.» Nadie ha pasado nunca por dolores como los que padeció nuestro bendito Salvador, y Él los pasó en solitario. Lo que le guardó (y de nuevo lo digo con reverencia) fue el gozo que había sido puesto delante de Él, y en esto Él nos ha dejado ejemplo. Creo que lo digo con todo mi corazón, que en tanto que la diferencia entre una situación y otra pueda serlo de grado, el principio se mantiene. Una situación puede que demande más gracia que otra, pero «Él da más gracia» (Santiago 4:6). Decir que puede haber una situación que pueda surgir en nuestras vidas en la que Él no podría dar gracia para actuar en conformidad a Su Palabra significa negar Su total suficiencia.
Recuerdo una vez que estaba hablando con una muchacha que procedía de un hogar muy difícil; su padre no la había tratado demasiado bien. Después de escucharla por un cierto tiempo, pude simpatizar con el dolor que ella sentía. Tenía todas las razones para sentirse amargada y resentida acerca de lo que había experimentado. Cuando llegué a conocerla un poco mejor, y habíamos hablado acerca del remedio para aquellos sentimientos, le dije: «¿Puedes ir más allá de tu propio dolor y sentir simpatía por tu padre, que probablemente se siente también dolido, y necesita ayuda?» Ella nunca había pensado en esto antes. La sabiduría mundana diría que hemos de expresar aquella ira, que tenemos que confrontar al que ha hecho el mal, que tenemos que hacerles sentir cuánto hemos sido dañados. Pero la sabiduría de Dios nos muestra que podemos llevar nuestro dolor al Señor y tratarlo con Él a solas. (Y es importante tratar con este daño: encubrirlo y pretender que no nos ha sucedido nada no es la respuesta.) A veces, un amigo y confidente de confianza pueden sernos de mucha ayuda para ayudarnos a resolver las muchas emociones en conflicto en un momento así. Pero si no tenemos a mano a una persona así, recordemos que el Señor Jesús pasó la agonía de la cruz en el huerto de Getsemaní a solas con Su Padre. Allí fue donde le brotó el sudor en Su frente y donde pidió al Padre si podía pasar la copa de Él. Luego, ante el mundo, Sus pensamientos pudieron dirigirse a los demás.
No está mal expresar el daño sentido, y quizá dar salida a los sentimientos que se agolpan en nuestros corazones; no, sino que es más bien una cosa muy necesaria al hacer frente a algunas de esas terribles experiencias. Tampoco está mal confrontar a quien mal ha hecho y hacerle ver cuánto nos ha hecho sufrir. Si se hace de una manera correcta y bajo las circunstancias adecuadas, puede que sea de gran utilidad para resolver la cuestión. Pero recordemos que el Señor lo comprende mejor que ningún otro. Luego Él nos dará la gracia, primero para gozar de paz en nosotros mismos, y luego para tener los mejores sentimientos hacia el que ha hecho el mal.

Gozo Y Paz

Si estamos andando con el Señor, descubriremos que podemos mostrar amor y solicitud por otros, y que podemos olvidarnos de nosotros mismos. No tenemos necesidad de preocuparnos por nosotros mismos, y esto nos hará felices. Deberíamos poner al Señor Jesús en el primer lugar en nuestras vidas, y hacer que nuestro objeto sea complacerle. Luego deberíamos mirar a nuestro alrededor, a otros, y pedir al Señor cómo podemos serles de ayuda. Si hacemos esas cosas por este orden, descubriremos que el Señor se cuidará de nuestra dicha sin que nosotros pensemos en ello. Pero si seguimos al Señor para ser felices, probablemente no lo seremos, porque éste es otro motivo falso; es otra cisterna rota. A veces disfrutamos de unas ocasiones de gozo especial, como, por ejemplo, cuando pasamos tiempo en compañía de otros cristianos alejados del mundo. Como he mencionado antes, podemos gozar tanto del Señor bajo esas circunstancias que pensamos que nunca podremos volver a sentirnos infelices. Quizá digamos: «¡Quiero aferrarme a esto! ¡Quiero gozar de esta dicha en todo momento!» Lo que deberíamos estar diciendo es: «Quiero seguir a Cristo. Quiero vivir para Él y ser más como Él. Quiero agradarle más, por amor a Él.» Entonces nuestro motivo será verdadero, porque estaremos ocupados con Él, y no con nosotros mismos. Agradar al Señor Jesús es el más alto motivo que pone ante nosotros la Palabra de Dios.
Las ocasiones de especial gozo son como el entusiasmo que sentimos cuando apretamos a fondo el pedal del acelerador y reducimos una marcha para hacer un adelantamiento. Nos encanta la sensación de poder que sentimos con ello, pero nunca pensaríamos en conducir cincuenta kilómetros en tercera. El auto no está hecho para operar de esta manera, y tendremos que poner marcha directa después de haber llegado a una cierta velocidad. Del mismo modo, los rápidos o las cataratas de un río pueden formar un hermoso paisaje y ser una necesidad para renovar el oxígeno del agua, pero no constituyen la parte más productiva de un río. Generalmente, los peces no viven en los rápidos, y los ríos llenos de rápidos no son buenos para la navegación. Es la parte quieta y plácida del río la más útil, y es el funcionamiento constante del auto a una marcha normal lo más útil para llevarnos de uno a otro lugar.
En tanto que el Señor puede darnos unos tiempos de un especial gozo, yo daría más significación a la paz que al gozo. La paz para el creyente tiene un doble sentido. En Juan 14:27, el Señor Jesús dijo a Sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy.» Creo que la primera mención de paz se refiere a la que tenemos en Romanos 5:1, que es la paz que viene de saber que todos nuestros pecados están perdonados, y que nada tenemos que temer del juicio de Dios. Pero la segunda mención de paz es la que el Señor llamó «mi paz», y esta era la paz que Él tenía en el cumplimiento de la voluntad del Padre y en el conocimiento de que Su Padre estaba ordenando cada circunstancia para Él como el Hombre perfecto, dependiente. Esta paz nos ha sido dada, y podemos gozar también de ella en la medida en que no haya nada entre nuestras almas y el Señor, de que Él sea nuestro objeto, y que estemos tratando de agradarle.
Deberíamos siempre andar en paz, aunque no siempre podamos andar en gozo. El Señor fue el Varón de dolores, pero Él estuvo siempre andando en aquella paz que denominó «mi paz». El dolor es una parte necesaria de la vida cristiana, y no deberíamos esperar lo contrario. Estamos siguiendo a un Cristo rechazado en un mundo que sigue estando contra Él. Pero Él ha pasado también por él, y como legado nos ha dejado Su paz.
Los más dichosos cristianos son aquellos que ni siquiera piensan en sí mismos, aquellos que tienen los corazones llenos de Cristo, buscando agradarle, y luego ocupados en el bien y la bendición de otros. Pero, de nuevo, que no lo hacen buscando ser felices, ¡sino para agradar al Señor! Piensa en Su felicidad, no en la tuya. Encontrarás que esto dará un brillo a tu rostro, un impulso a tu andar, y aquella confianza con la que los cristianos deberíamos andar. Moisés no sabía que su rostro resplandecía, pero otros sí lo vieron. Al andar con el Señor, habrá en nosotros una dignidad moral que los otros verán, y sabrán esto de nosotros, que hemos estado con Jesús.
Cuando contemplamos la cruz maravillosa
En la que el Señor de la gloria fue a morir,
Nuestra gran ganancia cual nada contemplamos,
Y desdén echamos sobre nuestra altivez.
No dejes, Señor, que vayamos a jactarnos
Más que en la muerte de Cristo, nuestro Dios;
Las frivolidades que buscan seducirnos,
Ofrendar quisiéramos por su gran amor.
De cabeza y manos, y pies del Padeciente,
Fluye mezcla rara de amor y de dolor;
¿Dónde tal amor y dolor juntos hallamos,
Dónde espinas fueron corona de esplendor?
Pobre ofrenda nuestra sería el universo,
Si este fuera nuestro para poderlo dar;
Un amor que toda capacidad trasciende
Pide nuestra alma, y vida — todo el ser.
Isaac Watts