El Amor Lo Puede Todo [Folleto]

El Amor Lo Puede Todo
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Love Conquers All
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#7448
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4 pages
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En Inglaterra y en tiempos del célebre Oliverio Cromwell, un joven delincuente fue condenado a muerte por mandato del propio general, cuya sentencia sería cumplida a la puesta del sol de cierto día y que el toque de queda dado por la campana de la torre de la iglesia sería la señal para su ejecución.

La novia del reo suplicó a los jueces para que no dieran muerte a su novio, pidiendo insistentemente su perdón, pero sus esfuerzos fueron en vano. En su desesperación ofreció una suma de dinero al campanero para que no tocase la campana en el fatídico momento, pero éste rehusó.

Llegó el día temido y la novia decidió hacer su última tentativa para salvar a su novio, aunque culpable, tan amado por ella. Antes de la hora fijada para el cumplimiento de la sentencia, la muchacha entró en la iglesia y sin ser vista por nadie se deslizó hacia la torre del campanario y subió sus escaleras hasta lo alto de la torre. Momentos antes de la hora fatal se agarró al badajo con todas sus fuerzas, para que éste no hiciera sonar la campana, cuando el campanero tirase de la cuerda desde abajo. Como éste era muy sordo, no se apercibió que a pesar de sus fuertes tirones de cuerda, la campana no se hizo oír, aunque ésta en la torre iba oscilando, golpeando en la angostura del campanario a la joven, cuyo cuerpo quedó magullado y sangrante y rotos sus vestidos.

Cuando el campanero creyó haber cumplido con su cometido, se fue, mientras en el lugar de la ejecución se hallaba el gran soldado Cromwell esperando con impaciencia el sonido de la campana que tardaba en producirse. De pronto irrumpió en escena, y llorando voz en grito la muchacha quien echándose a los pies del general le contó lo que acababa de hacer, suplicándole una vez más el perdón para su amado.

Tan impresionado quedó Cromwell ante el cuadro que presentaba la joven, sangrando su cara y manos y toda magullada, sucia y sus vestidos rotos, con la angustiosa súplica en su mirada, todo ello prueba del profundo y verdadero amor de la muchacha por el condenado, que hondamente conmovido le dijo, «Vete y no temas, tu amado no morirá; no habrá otro toque de campana.» Y acto seguido el general revocó la sentencia y libertó al preso.

Una vez libre, el joven abrazó a su novia que estaba llorando y cubrió de besos sus heridas, anegado en llanto por la emoción.

A ella le debía su vida por todo lo que había padecido y hecho por él.

Amigo lector, hubo una gran y bendita Persona que mostró un amor más excelente y sublime que éste, y que pagó un precio más alto que la joven de nuestra historia, ya que Él dio Su vida para librarnos de la condenación y del infierno por toda la eternidad si confiamos en Él. Esta persona es el bendito Señor Jesús, quien “se dio a Sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad” (Tito 2:14). La novia hizo un sacrificio (no de su vida) por su amado, pero cuán diferente fue con el Señor Jesús y nosotros: “Apenas morirá alguno por un justo … pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:7-8).

Isaías nos describe lo que Cristo pagó por nuestro rescate, “el justo por los injustos [nosotros], para llevarnos a Dios” (1ª Pedro 3:18): “Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él” (Isaías 53:5).

Sobre nosotros pesaba la condenación a causa de nuestros pecados. El Señor Jesús vino en Su infinito amor por nosotros los pecadores, para salvarnos al precio de Su propia vida, haciendo así posible que los pecadores pudiéramos salir libres. Sus sufrimientos y agonías del Calvario, Su sumisión al vituperio y la vergüenza de la cruz son pruebas de Su inmenso amor por nosotros, que éramos indignos de tal compasión. Él es nuestro sustituto.

Si te reconoces culpable delante de Dios y bajo sentencia de perdición eterna por tus pecados, la salvación está a tu alcance, poniendo tu fe en la obra de Cristo en la cruz a nuestro favor. No demores más, y ¡entrégate a Cristo ahora mismo!

 

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