Capítulo 13

Las exhortaciones finales, esto es, las de este capítulo, están llenas de importancia, y se dan, como sería de esperar por todo lo que se ha visto, con vistas al caminar propio de los santos en este mundo, los cuales tienen a Cristo compareciendo en presencia de Dios por ellos. Por eso, estas exhortaciones no suben a la altura de las comunicaciones dadas en Efesios, porque el tema en toda la epístola ha sido el llamamiento celestial, no el misterio de Cristo y de la iglesia.
El amor fraternal ha de continuar a pesar de todos los obstáculos. La hospitalidad no debe ser descui­dada, si queremos que nos suceda como a Abraham. Debemos recordar a los cristianos presos y a los que sufren malos tratos, considerándonos a nosotros mismos y nuestras propias circunstancias. El matrimonio ha de ser honrado, y se debe buscar la pureza tanto dentro como fuera de este estado. Nuestra conducta ha de ser sin avaricia, contentos con lo que tenemos, porque Dios será fiel a Su palabra acerca de Su continua solicitud, incluso en cuanto a estas cosas; por lo que decimos confiadamente: «El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.»
El Espíritu Santo les manda luego a los santos (v. 7) que recuerden a sus conductores que les habían hablado la palabra de Dios, siendo el resultado de su conducta digno de consideración, y su fe digna de imitación. Ellos habían partido, pero Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Que no se dejaran, por tanto, llevar por doctrinas diversas y extrañas. La gracia es lo que establece el corazón, no viandas, mediante las cuales nada aprovechaban aquellos que andaban en ellas. Es un error pensar que los cristianos no tienen altar: tienen uno, del que no tienen derecho a comer los que sirven al tabernáculo. Esto es, los judíos han perdido su puesto de privilegio, que ahora pertenece de una manera infinitamente más bendita a los que tienen a Jesús. En nosotros, lo mismo que en Él, se encuentran los extremos de oprobio aquí y de gloria arriba. No era así con Israel. Ellos tenían el campamento, y no podían traspasar el velo. Y sin embargo incluso ellos tenían el más notable tipo de otro estado de cosas. «Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.» Los cristianos tienen que llevar ahora la cruz, esperando el cielo con Cristo. Todo terreno intermedio ha desaparecido junto con el viejo pacto. Pero si esperamos la gloria, no debiéramos alabar menos sino tanto más continua­mente, ofreciendo a Dios, por medio de Jesús, el fruto de labios que confiesen Su nombre, y sin olvidar los sacrificios de hacer el bien y de la ayuda mutua.
Además, somos llamados a obedecer a nuestros pastores, y a someternos a ellos, porque «ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta». No se trata de que tengan que dar cuenta de las almas de otros, sino de su propia conducta con respecto a otros. La obediencia por parte de aquellos por quienes velan sería una gran cosa para estos conductores, para poder llevar a cabo su tarea con gozo, y no quejándose, porque esto sería sin provecho para los santos.
El apóstol pide sus oraciones, lo que puede hacer con buena conciencia, ocupado en la obra de gracia, y no en la debilidad y fracaso de un andar descuidado. Además, se las rogaba para poderles ser restaurado tanto más pronto.
¡Y cuán bendita y apropiada para sus necesidades y consuelo es su oración final! «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.»
El nombre de Pablo no aparece al final como tampoco al principio; ello por evidentes razones en una carta a los santos de la circuncisión. Pero, ¿quién más habría hablado así de Timoteo? El escritor estaba en Italia, y envía el saludo de los que estaban allí. La corriente subyacente del apóstol es evidente para la mente espiritual.