Capítulo 5:14-20: La fe demostrada por nuestro cuidado a los enfermos (física y espiritualmente)

{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{{tcl31}tcl30}tcl29}tcl28}tcl27}tcl26}tcl25}tcl24}tcl23}tcl22}tcl21}tcl20}tcl19}tcl18}tcl17}tcl16}tcl15}tcl14}tcl13}tcl12}tcl11}tcl10}tcl9}tcl8}tcl7}tcl6}tcl5}tcl4}tcl3}tcl2}tcl1}
Versículos 14-18.— En la antigua economía mosaica, si una persona andaba rectamente con Dios, se le prometían las misericordias de Dios en su vida cotidiana. Una de esas misericordias era gozar de buena salud. Una persona fiel y obediente podía contar con ser preservada de la enfermedad (Éxodo 15:26; Deuteronomio 7:15). Sin embargo, en la cristiandad, este no es necesariamente el caso, aunque hay un especial cuidado preservador “de los que creen”, por encima del cuidado que Dios tiene de todos los hombres (1 Timoteo 4:10). Ser un creyente del Señor Jesucristo no significa que estemos exentos de enfermarnos. Por ejemplo, el apóstol Pablo anduvo con Dios pero tenía “flaquezas” en su cuerpo (2 Corintios 12:7-10). En la presente economía, Dios usa tales cosas como enfermedades en el camino de la fe para enseñarnos valiosas lecciones y para formar nuestro carácter cristiano.
Por lo tanto, es un error pensar que la llamada del Evangelio incluye una promesa de riqueza y de libertad de enfermedades. Aquellos que predican este falso “evangelio de prosperidad” están mezclando principios judíos con el cristianismo. Tal mensaje se aprovecha de la naturaleza codiciosa de hombres y mujeres caídos y los atrae a la profesión cristiana por razones ulteriores: ganar salud y riqueza. En muchos casos no ha habido una verdadera obra de fe en sus almas en absoluto. Las Escrituras indican que Dios puede permitir que enfermedades nos sobrevengan como medio para corregirnos, si es necesario. O, puede permitir enfermedades en nuestras vidas incluso cuando estamos andando rectamente. Independientemente del caso, si la enfermedad nos toca, necesitamos entender que todo lo que sucede en nuestras vidas es permitido por el Señor para nuestro bien y bendición. No debemos considerar la enfermedad como un accidente, sino que debemos ver la mano del Señor en ella. Este principio fue mencionado en el primer capítulo de esta epístola.
La oración de los ancianos
Versículos 14-15.— Bajo el antiguo pacto, Dios fue fiel a todo lo que había prometido. Incluso cuando se habían alejado de Él, y tuvo que castigarlos, se acordó de ellos con misericordia (Habacuc 3:2) y les dio manifestaciones de Su poder sanador cuando algunos estaban enfermos. Los extraños sucesos que ocurrieron en el estanque de “Bethesda” son un ejemplo de esto (Juan 5:1-5). Un ángel bajaba cada cierto tiempo y movía las aguas del estanque y la persona que primero entrara en el estanque era sanada. Como estos actos de misericordia eran intermitentes, una persona tendría que esperar bastante tiempo para que se produjera tal acto de Dios, y la bendición que se dispensaba siempre se basaba en que la persona tenía que hacer algo para obtenerla (Gálatas 3:12).
Ahora que estos judíos conversos estaban en terreno cristiano y se encontraban dónde estaba “el nombre del Señor”, tenían un recurso para casos de enfermedad superior a lo que habían conocido en el judaísmo. Una persona enferma podía “llamar a los ancianos de la iglesia” para que fueran y “oraran por ella”. La ungirían “con aceite” en el nombre del Señor Jesús, y su “oración de fe restauraría al enfermo” (LBLA). No se trataba de algo intermitente, como en el caso del estanque de Siloé, sino de algo que podía hacerse en cualquier momento. Llamando a los ancianos “de la iglesia”, la persona manifestaba fe en el hecho de que ahora había un nuevo lugar donde descansaba la autoridad del Señor: en la asamblea de los santos reunidos en Su nombre (Mateo 18:19-20; 1 Corintios 5:4).
Santiago dice: “El Señor lo levantará”. Nota: el poder de la sanación no está en los ancianos, aunque algunos individuos de aquella época pudieran tener el don de la sanación (1 Corintios 12:9). Ni es el poder en el “aceite” que los ancianos usan. No se trata de cuánta fe tengan los ancianos o cuánta fe tenga el enfermo, sino de tener simple fe en el Señor Jesús con respecto a este poderoso acto de sanación. Es “el Señor” quien lo levanta. Por lo tanto, todo el crédito y la alabanza deben ser para Él.
Algunos han pensado que este procedimiento (de ungir a una persona enferma con aceite) era una provisión judía especial para esa época cuando las cosas estaban en transición del judaísmo al cristianismo, y por lo tanto, no es algo para los cristianos de hoy. Esto se deduce del hecho de que los apóstoles usaron el aceite de la unción en su ministerio terrenal, que era un ministerio que tenía que ver con el reino que se establecía en la tierra (Marcos 6:13). Por lo tanto, como somos ciudadanos celestiales en la cristiandad (Filipenses 3:20), concluyen que no deberíamos emplear tales rituales en esta economía. Sin embargo, hay cosas externas que se usan en las ordenanzas cristianas; el pan y el vino se usan en el partimiento del pan, el agua literal se usa en el bautismo, y las hermanas llevan la cabeza cubierta. Estas son cosas externas que son usadas literalmente en el cristianismo de hoy. Por lo tanto, no hay razón para pensar que el uso literal del aceite en estos casos es algo que no debe ser practicado en el cristianismo. El hermano H. A. Ironside menciona en su libro sobre la epístola de Santiago que los hermanos Darby y Bellett actuaron sobre estos versos en muchos lugares en Dublín, y hubo muchas sanaciones notables que resultaron. El hermano J. B. Dunlop relató que pidió personalmente a los ancianos que oraran por él en cuatro ocasiones diferentes, y cada vez fue levantado.
Enfermedad a causa del pecado
El hermano Darby escribió: “No dudo de que una gran parte de las enfermedades y pruebas de los cristianos son castigos enviados por Dios a consecuencia de cosas malas a Sus ojos, a las que la conciencia debería haber prestado atención, pero que descuidó. Dios se ha visto obligado a producir en nosotros el efecto que el juicio propio debería haber producido delante de Él” (“The World or Christ” [“El mundo o Cristo”], p. 10).
Si la enfermedad de la persona es el resultado del trato de Dios con ella a causa de pecados específicos en su vida, y está arrepentida, Santiago dice que sus pecados “le serán perdonados”. Lo afirma como una promesa. Este es un ejemplo donde el perdón gubernamental y el perdón administrativo se unen. El perdón gubernamental tiene que ver con Dios viendo arrepentimiento en uno de Sus hijos descarriados y levantando la disciplina (castigo) que Él puede haber puesto sobre él. Sigue el perdón restaurativo, que tiene que ver con la persona errante que es restaurada en su alma a la comunión con Dios a través de la confesión de sus pecados (1 Juan 1:9). El perdón administrativo tiene que ver con los ancianos (actuando en conjunto con la asamblea) administrando el perdón a un creyente arrepentido (Juan 20:23). También puede estar relacionado con la restauración de una persona a la comunión de los santos si ha sido apartada de la Mesa del Señor (2 Corintios 2:10).
Cabe destacar que hay dos palabras diferentes usadas aquí en el idioma original que se traducen “enfermo”. La primera aparición (versículo 14) tiene que ver con la enfermedad del cuerpo, pero la segunda aparición tiene que ver con angustia y opresión de la mente (versículo 15). El segundo uso de la palabra sólo se utiliza en otro lugar en las Escrituras, donde dice: “Fatiguéis en vuestros ánimos desmayando” (Hebreos 12:3). Esto indica una angustia mental. El punto al mencionar esto es que tanto si la dificultad es física como mental, el Señor puede usar la oración de fe de los ancianos para levantarla.
Este pasaje muestra que la enfermedad física o las angustias mentales pueden estar relacionadas con el bajo estado espiritual de una persona. Como se ha señalado, el contexto de este pasaje en Santiago tiene que ver con la sanación de la enfermedad debido al pecado en la vida de uno. Sin embargo, el hecho de que diga: Si estuviere en pecados ... ”, muestra que no todas las enfermedades son el resultado del juicio gubernamental de Dios a causa de una conducta pecaminosa en la vida de una persona. Respecto a esto, el hermano Darby escribió: “Sin embargo, sería falso suponer que todas las aflicciones son de esta índole. Aunque a veces lo son, no siempre son enviadas a causa del pecado”. Por lo tanto, los ancianos pueden ser llamados a orar por una persona cuando no hay un pecado específico involucrado. Sin embargo, de 1 Juan 5:16 aprendemos que los ancianos necesitan tener discernimiento espiritual en cuanto a si deben orar por el individuo de esta manera. Dice: “Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que ruegue”. Esto significa que en algunos casos, si los ancianos disciernen que es una enfermedad “de muerte”, puede que no se sientan en la libertad de orar por su sanación.
Más allá de esto, se debe señalar que el enfermo debe “llamar” a los ancianos. Los ancianos no deben interferir con lo que Dios está haciendo en la vida de una persona y ofrecerse a ir para orar por ella. Dios honrará la fe del enfermo al llamar a los ancianos, incluso si el llamado es débil.
Versículo 16a.— Santiago continúa mostrando que es posible que la sanación, por la que los ancianos han sido llamados a orar, se vea obstaculizada. Si la persona tiene ofensas pendientes hacia los demás que no ha resuelto, o guarda rencor contra alguien, o no perdona a una persona por alguna razón, tiene que abordar estas cosas primero (Mateo 5:23-24; Marcos 11:24-26). Santiago dice: Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados” (LBLA). El uso de las palabras “por tanto” y “para que” demuestra que aclarar estas cosas está relacionado con el proceso de sanación. Por lo tanto, la confesión a la que Santiago se refiere aquí es la que la persona que desea ser sanada debe hacer a quienquiera que haya ofendido, para que no haya nada de su parte que obstaculice el proceso de sanación.
En el cristianismo, debería haber una franqueza y transparencia entre los hermanos. Si hemos ofendido a alguien, y lo hacemos “a menudo” (capítulo 3:2, traducción J. N. Darby), deberíamos querer arreglar las cosas confesando nuestra ofensa a aquel a quien hemos ofendido. Y así, Dios respondería con gusto a nuestras oraciones en relación con nuestra sanación física. Santiago no está animando a los santos a revelarse al azar unos a otros los pecados que han cometido antes de ser salvos, que han sido juzgados y lavados en la sangre de Cristo. Sería un ejercicio inútil y, en muchos casos, bastante contaminante. La confesión a la que Santiago se refiere aquí indica una ofensa de la que la persona que busca la sanación puede ser culpable, y que tal vez haya causado una ruptura de la comunión entre hermanos. Su punto es que no podemos esperar ser sanados de una enfermedad física, haciendo que los ancianos oren por nosotros, si tenemos algún asunto que no está resuelto con un hermano o una hermana.
Las oraciones de Elías
Versículos 16b-18.— Santiago nos da algunas palabras alentadoras en relación con el poder de la oración. Dice: “La oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho”. Para ilustrar el poder de la oración, nos remite a dos oraciones de Elías (1 Reyes 17–18). Para que no pensemos que este hombre era un super creyente cuya vida de oración no podríamos igualar, Santiago nos recuerda que era un hombre “sujeto á semejantes pasiones que nosotros”. Elías tuvo sus errores, pero aun así Dios respondió a sus oraciones de una manera notable. Fueron respondidas según la bondad del corazón de Dios, no según la fidelidad de Elías. Esto debería animarnos a orar.
En conexión con la primera oración de Elías: “que no lloviese”, no debemos mirarlo por sus cualidades imprecatorias, sino por su ejemplo de orar inteligentemente y en la corriente de la mente de Dios. Sabía por las Escrituras que si el pueblo se apartaba de Dios, Dios los castigaría negándoles la lluvia (Levítico 26:1-20; Deuteronomio 11:17). Como el reino del norte de Israel (las diez tribus) se había apartado de Jehová y había adoptado la adoración de Baal como religión, Elías sabía lo que se avecinaba y oró de acuerdo con los caminos de Dios en el asunto. No nos corresponde a nosotros, en esta economía cristiana, orar contra las personas de forma imprecatoria, es decir, invocar maldiciones y juicios sobre ellas. Elías no es un ejemplo para nosotros en esto.
La segunda oración de Elías en el Monte Carmelo está registrada en 1 Reyes 18:41-45. Es en relación con la restauración de la nación descarriada de Israel a Jehová y su consiguiente bendición. Tres años y medio después de la primera oración, Elías “otra vez oró, y el cielo dió lluvia, y la tierra produjo su fruto” (versículo 18). Esto es algo que sin duda queremos imitar en nuestras oraciones. Debemos desear el bien y la bendición de todos los hombres y orar con ese fin. Esto es lo que hizo Elías.
Santiago no menciona el fervor con el que Elías oró en aquella ocasión. Pero al volver al relato en 1 Reyes 18, vemos muchos elementos significativos de la oración ferviente de este hombre justo, todos los cuales necesitamos tener en nuestras oraciones.
Elementos de la oración de Elías en el Carmelo
•  Inteligencia: Dijo: “Una grande lluvia suena” (versículo 41). El pueblo se había vuelto hacia el Señor, y como resultado, Elías sabía que la voluntad de Dios sería abrir los cielos y enviar la lluvia, porque Dios siempre recompensa la obediencia (Deuteronomio 11:13-15; 1 Juan 5:14, “conforme á Su voluntad”).
•  Comunión: “Elías subió á la cumbre del Carmelo”. Esto implica cercanía a Dios (versículo 42a; Juan 15:7, “Si permanecéis en Mí ... ”).
•  Humildad: “Postrándose en tierra” (versículo 42b).
•  Dependencia: Él “puso su rostro entre las rodillas” (versículo 42c).
•  Fe: Dijo: “Sube ahora, y mira hacia la mar” (versículo 43a; Colosenses 4:2; Efesios 6:18, “velando en ello”).
•  Perseverancia: Dijo: “Vuelve siete veces” (versículo 43b; Efesios 6:18, “con toda perseverancia”).
•  Confianza: Dijo: “Sube, y di a Acab: Prepara tu carro” (versículo 44, LBLA; 1 Juan 3:21-22, “Tenemos confianza en Dios”).
La restauración de un hermano descarriado
Versículos 19-20.— El tema a lo largo de todo este pasaje ha estado relacionado con la restauración de individuos que se han desviado del camino. Hemos visto a los ancianos de la asamblea orando con respecto a la restauración de un creyente que ha estado enfermo debido a que la mano disciplinadora de Dios ha sido puesta sobre él. También hemos visto a Elías como ilustración de la necesidad de orar en comunión con la mente de Dios en relación con las personas que han retrocedido. Pero ahora, en estos dos últimos versículos del capítulo, tenemos el ejercicio de los hermanos de ir tras un creyente descarriado y traerlo de vuelta.
En el caso de la persona que ha estado enferma, Dios ha usado su enfermedad para hacerlo volver al Señor. Al dirigirse a los ancianos, pide ayuda. Por lo tanto, el arrepentimiento ha estado obrando en esa persona. Pero en la situación que vamos a considerar, la persona no está pidiendo ayuda. Por lo tanto, la obra del arrepentimiento aún no ha comenzado en su alma. Este último caso, pues, es mucho más difícil. Aunque se trata de una tarea monumental, Santiago hace recaer sobre sus hermanos la responsabilidad de ir y traerlo de vuelta. ¿Cómo lo harán? Para que alguien vuelva al Señor, debe haber arrepentimiento, que implica un cambio de mentalidad y un juicio sobre todo lo que se ha hecho mal. Por eso, los que buscan restaurar al hermano descarriado deben ministrarle de tal manera que su corazón y su conciencia sean alcanzados.
Además, hay que señalar que los que deben hacer esta obra restauradora no son necesariamente los ancianos de la asamblea. Santiago simplemente dice: “Y alguno le convirtiere [trae de vuelta]”. Este “alguno” puede ser cualquier hermano o hermana que tenga a la persona descarriada en su corazón. Todos somos “guardas de nuestro hermano” (Génesis 4:9), y a todos debería importarnos lo suficiente como para ir por él. Abram fue tras Lot y lo trajo de vuelta (Génesis 14:14-16). El apóstol Pablo se refiere a este necesario ministerio en Gálatas 6:1: “Hermanos, si alguno fuere tomado en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con el espíritu de mansedumbre; considerándote á ti mismo, porque tú no seas también tentado”. Nota: Esto no requiere un don especial. Lo único que se necesita es espiritualidad y una auténtica preocupación por la persona que ha errado. Esto nos llevará, no sólo a orar por él, sino también a ir tras él y traerlo de vuelta, si es posible.
Santiago trata de animarnos en esta labor, diciendo: “Sepa que el que hubiere hecho convertir [trae de vuelta] al pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados”. Esto no está escrito para el hermano descarriado, sino para los que se preocupan por él. Muestra que trabajar para restaurar las almas es un trabajo gratificante. Dios concede alegría y un sentido especial de Su aprobación a quien va tras un hermano o hermana descarriado. Salvar a la persona “del error de su camino” se refiere a que se le impide, mediante el arrepentimiento, profundizar en el pecado, y sentir así las consecuencias gubernamentales del mismo. El castigo de Dios seguirá a un creyente descarriado, incluso hasta acortar su vida en la tierra mediante “muerte”. Muchos hijos descarriados de Dios han muerto prematuramente bajo la mano castigadora de Dios debido a su falta de voluntad para juzgar el curso del pecado en el que estaban. Eclesiastés advierte: “No hagas mal mucho, ni seas insensato: ¿por qué morirás antes de tu tiempo?” (Eclesiastés 7:17).
El que trata de restaurar al hermano descarriado puede enterarse de pecados en la vida de la persona, pero “el amor cubre multitud de pecados” (1 Pedro 4:8, LBLA) y no difunde esas cosas ante el mundo para enturbiar aún más el testimonio cristiano. El amor cubre lo juzgado y desechado.
Esta obra de buscar el bienestar y la restauración de los demás es otra evidencia de que una persona tiene fe. Si realmente creemos en el Señor Jesús, amaremos a otros que creen en Él, y si uno de esos creyentes se desvía del camino, el amor en nosotros buscará restaurarle (1 Juan 5:1). El amor divino en un creyente buscará llevar a la persona descarriada al arrepentimiento para que se juzgue a sí misma y regrese al Señor. Si una persona no es un verdadero creyente, sino un mero profesante, no se preocupará por una persona descarriada, y así, manifiesta evidencia de que no es verdaderamente un creyente.
*****
En resumen, hemos visto a Santiago desafiando a los que tienen fe a exhibirla de diversas maneras en las situaciones cotidianas de la vida para que quede claro a todos que son verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo.