Capítulo 5

La perfección aquí significa el estado de un hombre adulto. Hay mucho contraste, y en cierto sentido más contraste que similaridad, en la alusión que se hace hebreos a los tipos del Antiguo Testamento. Estamos ahora en una posición diferente; aquellas cosas que fueron antes eran sólo una sombra, en lugar de darnos una percepción clara de nuestra posición. Aunque eran figuras, no revelaban lo que tenemos ahora en nuestro tiempo presente. Nosotros tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo; ellos tenían el velo para cerrarles el paso. En este pasaje es importante ver el contraste. Cristo es el Sumo Sacerdote. «Todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres [aunque Él no fue tomado de entre los hombres, como es innecesario decir], es constituido ... para que se muestre paciente con los ignorantes ... puesto que él también está rodeado de debilidad.» Aquí tenemos contraste, aunque se toma la imagen general. Ellos eran débiles, y tenían que ofrecer por sí mismos, así como por el pueblo. Si no vemos esto, podemos cometer grandes errores al establecer estas analogías. La aplicación de una analogía absoluta en ellas nos apartaría de la verdad. Hay ciertos límites de verdad que guardan el alma: por ejemplo, la expiación. El sacerdocio de Cristo tiene lugar en el cielo. Tiene que ser ejercitado de manera continua en el lugar donde adoramos. Adoramos en el cielo en espíritu, y ahí queremos a nuestro sacerdote. Aquellos sacrificios eran memoria de pecado; nosotros no tenemos más conciencia de pecados. El sacerdote está ahí, una vez por todas, en virtud del sacrificio hecho una vez para siempre. Y aunque de hecho fracasamos, nuestro lugar es siempre Cristo en el cielo. Cuando se interrumpe la comunión, el sacerdocio elimina el obstáculo.
Observemos la dignidad de la persona llamada a este oficio: «Tú eres mi Hijo.» La gloria de Su Persona es reconocida en orden a Su sacerdocio. «Yo te he engendrado hoy», v. 5. Él era tan verdaderamente un hombre como cualquiera de nosotros, sin la naturaleza pecaminosa. No era exactamente como Adán ni como nosotros. Adán no tenía «conocimiento del bien y del mal»; Cristo si lo tenía—Dios lo tiene. Pero ahora los hombres tienen conocimiento del bien y del mal, y, con ello, pecado. Cristo nació de mujer, pero de una manera milagrosa. El manantial era sin pecado, y sin embargo tenía conocimiento del bien y del mal.
No podemos sondear quién era Él. Nuestros corazones no deberían ir a escrutar la Persona de Cristo, como si pudiéramos conocerla en absoluto. Ningún ser humano puede comprender la unión de Dios y Hombre en Su Persona—«Nadie conoce al Hijo sino el Padre.» Todo lo revelado podemos conocerlo; podemos aprender mucho acerca de Él. Al Padre le conocemos: «Ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.» Sabemos que Él es santo; sabemos que es amor, etc. Pero cuando trato de sondear la unión entre Dios y el hombre—nadie puede. Sabemos que Cristo es Dios, y sabemos que es hombre—hombre perfecto, exento de pecado; y si Él no es Dios, ¿qué es para mí? ¿Qué diferencia hay entre Él y otro hombre? Cristo vino en la carne. Todo sentimiento que tenga yo (exceptuando el pecado) lo tuvo Él. La cita aquí procedente del Salmo 2: «Yo te he engendrado hoy», no se refiere a Su Filiación eterna, sino a que nació en el mundo en humillación. Es llamado para ser sumo sacerdote. Tiene este llamamiento como hombre, no como siendo tomado de entre los hombres. La gloria de Su Persona viene en primer lugar. Contemplado en la carne, fue engendrado de parte de Dios; en nuestro caso, «lo que es nacido de la carne, carne es». Pero Él es, en Su misma naturaleza, asociado a Dios, y asociado con el hombre. Él es el «árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos» (Job 9:3333Neither is there any daysman betwixt us, that might lay his hand upon us both. (Job 9:33)). Puedo imaginarme limpio cuando estoy lejos de Dios; pero cuando comparezco delante Dios, sé que Él «me hundirá en el hoyo» (cf. Job 9:3131Yet shalt thou plunge me in the ditch, and mine own clothes shall abhor me. (Job 9:31)), etc. «Su terror no me espante.» Dios quita el temor por medio de Cristo. Cristo era perfecta santidad, y estaba dispuesto en toda obediencia. Su humildad era perfecta; el temor es quitado por Él; Él es, incluso como hombre, el Santo—de aquel lado pone la mano sobre Dios, y del otro pone Su mano sobre nosotros; así por ambos lados Él es el árbitro para poner Su mano sobre nosotros dos.
El sacerdote en Israel tenía que presentar ofrendas para purificarse a sí mismo. Cristo es apto en Sí mismo sin necesidad de esto. Solamente Aarón fue ungido sin sangre; sus hijos después del sacrificio.
En cuanto al oficio, en Cristo hay una perfecta competencia. Él es el Hijo, y por ello idóneo para Dios. Él es Hombre, y por ello mismo idóneo para mí. No estoy aquí hablando acerca de Su sacrificio, sino de Su Persona. Luego viene el oficio, «declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec», sin comienzo de días, etc., no como el hombre con descendencia de uno a otro, «según el poder de una vida indestructible», sin genealogías. Así se establecen estos grandes principios acerca de Su Persona y oficio—el Hijo y sacerdote según el orden de Melquisedec. Antes de asumir este oficio, hay otra cualificación necesaria. Aquí habría una dificultad (no en el sacerdocio terrenal, porque estaba conectado con el tabernáculo terrenal y con el culto celestial, sino) ahora que tiene lugar en un lugar celestial, y que el culto es en el cielo. Entonces el sacerdocio tiene que que ser desempeñado en el cielo. Él no puede tener experiencia de debilidad allí. ¿Qué debe hacer? Pasa por todo ello primero.
El sacerdocio supone un pueblo reconciliado con Dios. Había el Día de la Expiación, y los oficios sacerdotales diarios proseguían con la reconciliación para el año. El Día de la Expiación ponía el fundamento para el sacerdocio para aquel año. Luego, aquel día el sumo sacerdote representaba a todo el pueblo—ponía su mano sobre el macho cabrío de la expiación a fin de efectuar su reconciliación (este no era su oficio continuo): lo cual hizo Cristo en la cruz, como víctima y representante. Él dio Su propia sangre. Sufrió por el pueblo además de representarlo, y luego entró dentro del velo, en virtud de la reconciliación que ha cumplido. Uno de estos machos cabríos era la suerte de Jehová (el otro era del pueblo), y la sangre era puesta sobre el propicia­torio. En esto no había confesión de pecados. El hecho de la sangre de Cristo sobre el propiciatorio es la base sobre la que se proclama misericordia a todo el mundo, hasta para el más vil pecador en el mundo. Pero supongamos que venga una persona y diga: «Descubro el pecado obrando en mí: ¿cómo puedo acudir a Dios?» La respuesta es que Cristo ha llevado tus pecados; Él te ha representado ahí, confesando tus pecados sobre Su propia cabeza; y Dios ha condenado el pecado en la carne, en Cristo. Una persona es a menudo más agitada ante la actuación presente del pecado en él que por todos sus pecados pasados. Pero a esta persona le digo: Dios ha condenado el pecado en Cristo. El carácter de Dios ha sido glorificado, Su majestad y justicia, amor—todo ello ha sido vindicado en la cruz. La verdad de Dios queda vindicada. Él dijo: «El día que de él comieres, de cierto morirás», y Cristo muere en su lugar. Entonces, cuando se despierta mi conciencia, no es suficiente ver que Dios ha sido glorificado en la muerte de Cristo: siento mis pecados delante de Dios. Luego veo que Él ha confesado mis pecados; y ahora, como Sacerdote en las alturas, Él me mantiene en el poder de la reconciliación consumada.
Antes que ofreciera el sacrificio, había caminado la senda que recorrían las ovejas. Esto fue antes que comenzara Él a representar a Su pueblo—«en los días de su carne», algo pasado, antes de ejercer el sacerdocio. «Cuando ha sacado fuera todas las propias [ovejas], va delante de ellas» (Jn 10:4) en los caminos de la tentación, del dolor, de la dificultad. Por ello, Él es llamado «el autor y consumador de la fe», no nuestra fe allí. Nosotros pasamos por nuestra pequeña porción de ejercicio de fe. Él pasó a través de todo. Moisés rehusó los tesoros de Egipto; Cristo rehusó todo el mundo. Abraham «habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena». Cristo fue un extraño en todo el mundo. En todo Su camino le vemos no protegiéndose mediante Su poder divino, sino soportando todo lo que pudiera soportar un corazón humano. No hay una prueba que no haya soportado. Si hablo de una conciencia bajo convicción, éste es un asunto distinto. Él soportó lo que es causa de esto: pero fue en nuestro lugar en la cruz. En una manera aún más profunda, lo tomó todo sobre Sí mismo. ¡Qué dependencia más absoluta! «Ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte», etc. Especialmente en Getsemaní estuvo consciente del pleno poder de aquello con lo que había venido a enfrentarse. En Su camino debemos seguirle, y «andar como él anduvo». Pero en Getsemaní tenemos otra cosa—en aquello estuvo Él a solas.
Hay tres etapas en la vida de Cristo. Al principio fue tentado, en primer lugar, a satisfacer Su propia hambre, y luego con todas las vanidades de este mundo; pero no lo quiso; no había venido para esto. Lo siguiente fue más sutil, y la respuesta que Él dio fue: «No tentarás al Señor tu Dios»—No pondrás a prueba al Señor. Tentar es no confiar. Cuando el pueblo tentó al Señor, subieron al monte para ver si Dios les iba a ayudar. Cristo no iba a tomar estas cosas de manos de Satanás. Ata al hombre fuerte, y éste se aparta por un tiempo; luego Cristo se dedica a despojarlo de sus bienes: a sanar los enfermos, a resucitar los muertos, etc. Había acudido un poder en gracia, perfectamente capaz de liberar a este mundo del poder de Satanás, de liberarnos de las consecuencias del pecado, de toda la miseria y desgracia presentes.
Pero había algo más profundo; el hombre aborrecía a Dios: no quería a Dios. «Los designios de la carne son enemistad contra Dios» (Ro 8:7). En un lugar le rogaron que se apartara de sus límites. A cambio de Su amor recibió enemistad. Este mundo habría sido un lugar ya liberado si le hubieran querido aceptar, pero no le quisieron; ¡y el hombre aprovecha la ocasión de que Dios se humille y se ponga al alcance del hombre tratando de librarse de Él! Esto nos lleva a otro punto. Habiendo asumido la causa del pueblo, tiene que aceptar las consecuencias. Satanás dice: si no me das mis derechos sobre ellos, tienes que sufrir. Satanás acude y emplea todo el poder que tiene sobre los hombres para disuadir a Cristo de proseguir. En el huerto de Getsemaní Él llama a esto «la potestad de las tinieblas», y dice: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad», etc., pero ellos no pudieron velar con Él; quedaron profundamente dormidos. Como Satanás tiene el poder de la muerte, lo arroja sobre Cristo. ¿Retrocede Cristo? No, sino que estando en agonía, oraba más intensamente. No se defiende. Hubiera podido echar a Satanás atrás, pero no nos habría liberado si lo hubiera hecho. Nunca pidió que fuera quitada de él ninguna otra copa; pero no podía estar bajo la ira de Dios sin sentirla. Fue oído a causa de Su temor. Descendió a la profundidad en la que Satanás tuvo un pleno poder sobre Su alma. Estuvo en agonía, en conflicto, pero mostró una perfecta obediencia y dependencia: «No se haga mi voluntad, sino la tuya.» Estaba sólo clamando tanto más intensamente a Dios, y luego dejó que Su alma bajara a las profundidades del poder de Satanás. Si no se hubiera entregado, los que fueron a prenderle se hubieran vuelto con las manos vacías; retrocedieron y cayeron al suelo. Entonces se presenta a ellos: «Yo soy [Jesús nazareno]; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos» (Jn 18:8). Él se interpone para cubrir la brecha. Va a la cruz; y allí, antes de entregar Su alma a Su Padre, ha bebido aquella copa; luego Su alma vuelve a entrar en la presencia de Su Padre. Habiendo pasado por el poder de Satanás en muerte («esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas»), va hacia adelante; Dios lo levanta de entre los muertos, y le da un puesto en la gloria. Él es el Hombre glorificado, como el segundo Hombre—perfecto. Esteban le vio como «el Hijo del Hombre» a la diestra de Dios.
Ahora podríamos suponer que había llegado al final de Su servicio, tras humillarse a Sí mismo y hacerse obediente, como siervo, hasta la muerte. ¿Qué más hay? Veamos Juan 13. ¡Va a ser ahora tan siervo como antes!
Hemos visto tres cosas relacionadas con Su sacerdocio, además de Su Persona. Él ha caminado por el mismo camino que nosotros hemos de andar; sólo que Él lo hizo sin fallo alguno, a lo largo de todo él, e incluso hasta la muerte. Este es un punto: Él comprende el camino. Existiendo pecado, Él muere. En Su vida se ve santidad. El segundo punto está en hacer propiciación por los pecados del pueblo: se presenta sangre. Tercero: Él es un hombre perfecto en la presencia de Dios. Así, tengo el camino recorrido, el pecado expiado, y un Hombre vivo en la presencia de Dios—un Abogado, a Jesucristo el justo. El fundamento no queda alterado. La justicia se mantiene. Él ha hecho la propiciación por nuestros pecados. Él ha pasado por todas las pruebas del camino, y es por Dios proclamado o saludado como («declarado») Sumo Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Pasa por la prueba, y lleva a cabo la obra, antes de entrar en la presencia de Dios, donde está ahora en perfecta justicia. El orden de Aarón no era en absoluto el orden de Cristo. Cristo posee el orden de Melquisedec; pero la analogía es conforme al de Aarón.
Versículo 10. ¿Cuál es el orden de Melquisedec? Bendición. Él bendijo a Abraham de parte de Dios, y a Dios de parte de Abraham. Cuando llegue la plenitud del tiempo de bendición para el cielo y la tierra, la tendrá Él como la tuvo Melquisedec. Será alabanza y poder. Tenemos de esto una anticipación ahora (cf. 1 P 2:9). Cuando estemos con Cristo en la gloria, manifestaremos Sus alabanzas. Mientras Él está dentro del velo, no habiendo aún salido, no asume este título de manera pública; no ha venido la bendición externa. ¿Por qué? ¿Acaso está indiferente? ¿Tardo acerca de Su promesa? No, sino que si Él erradica todo pecado mediante juicio, los hombres tienen que perecer; pero Él es paciente, no queriendo que ninguno perezca. Mientras Cristo está dentro del velo, está actuando la operación del Espíritu, recogiendo a míseros pecadores. Él tiene ahora el derecho, pero no su exhibición. Es, por ello, según la analogía de Aarón. Entramos en espíritu con Él, para ofrecer allí sacrificios espirituales. No ha llegado la exhibición de Su poder, pero nosotros estamos dentro del velo: por ello, el apóstol los apremia para que vayan siguiendo hacia la perfección, el crecimiento hasta la plena estatura. ¿Cuál es mi medida del hombre perfecto? En cierto sentido, Adán era un hombre muy imperfecto, y lo que tenía en inocencia pronto lo perdió de todas maneras (imperfecto, por ello, en el sentido de ser capaz de perderlo); y, desde luego, el hombre no es perfecto ahora en su estado adámico. ¿Dónde, pues, se encuentra la perfección? En el Hombre en el cielo. La tengo en el conocimiento de mi posición actual en Cristo, no que de hecho ya esté allí yo mismo, sino en Él; y nosotros llevaremos «la imagen del celestial», perfeccionados en este sentido. El Padre lo ha sentado a Su diestra. Entonces, supongamos que tengo el conocimiento de esto, soy llamado a caminar como tal. Entonces, ¿por qué perfecto? Porque tengo comunión con Él, asociación con Él donde Él está.
¿Dice algún cristiano: «Estoy al pie de la cruz»? Cristo no está al pie de la cruz. La cruz pone al creyente en el cielo. Cristo está en el cielo. Si estás al pie de la cruz, no has llegado aún a Él. Estás esforzándote en los pensa­mientos de tu propio corazón, y no le has seguido en fe donde Él está. ¿Cómo observo el efecto de la cruz ahora? Estando en el cielo. He entrado a través del velo rasgado. (No se debe menospreciar a quien esté allí; pero uno no ha llegado mediante la cruz al otro lado del velo si sigue al pie de la cruz.) Si estuvieras dentro del velo, te conocerías en todo lo peor—en la carne no mora el bien. Es hermoso ver un alma ejercitada incluso de esta manera, como el hijo pródigo en la provincia apartada: pero no había vuelto aún a su padre, no había descubierto dónde estaba él. Había una mezcla del yo, de desconocimiento de su padre, y hablaba de ser un jornalero. No es humildad, como piensa la gente, estar alejado de Dios, diciendo: «Apártate de mí, porque soy hombre pecador», como lo hizo Pedro. ¿Es humildad la insensibilidad a la bondad de Dios? El pródigo no podía dictar ni prescribir cuando tenía a su padre colgado de su cuello; no tenía lugar en aquella casa como jornalero. No es humildad: es una mezcla de yo con el conocimiento de estar alejado de Dios. ¿Dónde vas a ponerte? Tienes que tomar el lugar de Cristo, o ninguno. Esto es lo que se significa aquí por perfección. Sólo hay una manera de entrar: es Cristo que está en la gloria. No tenemos derecho a ningún otro lugar. ¿Cómo está Cristo allá? No en virtud de Su sumo sacerdocio, sino en virtud de la ofrenda por el pecado en favor nuestro. «Te he glorificado en la tierra.» «Padre, glorifica a tu Hijo.» Ésta es la razón de que el apóstol habla del evangelio de la gloria. Cristo está en el cielo, testigo de la perfección de la obra que ha hecho; vv. 13,14. La leche es adecuada para un bebé, y la vianda fuerte para un hombre adulto; esto es lo que se significa. No busquemos el lugar que tenía el judío piadoso, sino el que tiene Cristo. Entonces les sigue advirtiendo, si están tan sólo sobre esta base judaica.
En la cruz, Cristo bebió la copa. En Getsemaní la anticipó. La muerte y el juicio ya se han desvanecido; Cristo no puede morir. La victoria es completa. Los pecados han sido quitados, y Él ha ido, consiguientemente, al cielo; y esta victoria es nuestra.
Nada parecía ser mayor carga para el corazón de Pablo que mantener a los santos al nivel de sus privilegios. Ellos veían que Cristo había muerto por ellos (y esto no ejercía sobre ellos el poder que hubiera debido ejercer), pero también estaban resucitados con Él; estaban en Cristo en lugares celestiales, dentro del velo; y ¿cómo estaban viviendo aquellas realidades?: «Habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche.» Hay mucho amor en el corazón inmediatamente después de la conversión. Y hay otra cosa: cuando uno está recién convertido, todas estas cosas son más fáciles de comprender que cuando estamos más acostumbrados a oírlas y se interpone el mundo. Cuando el corazón está lozano, el entendimiento va con ello. Hay un gran sentido en esta palabra «llegado a ser» (cap. 5:12) aquí. Veamos el estado en que estaban (cap. 10) cuando aceptaron gozosamente el saqueo de sus bienes, sabiendo que tenían «una mejor y perdurable herencia en los cielos». Sabiendo que tenían herencia en el cielo, estaban dispuestos a sacrificar lo que tenían aquí. Cuando Cristo no tenía este puesto en el corazón, no estaban dispuestos a desprenderse de estas cosas, y la comprensión de las cosas celestiales también quedaría embotada. La lozanía de los afectos y la inteligencia van juntos. Cuando el sol resplandece con todo su fulgor, se ven claramente las cosas a distancia. Si es oscuro, hay más dificultad. Durante el día uno puede andar por las calles sin pensar en el camino—uno lo conoce. Pero por la noche se tiene que mirar y reflexionar acerca del camino. De la misma manera sucede con las cosas espirituales; hay menos resorte, menos capacidad de comprensión, menos claridad, cuando nuestros corazones no son felices. Mi juicio es claro cuando mis afectos son cálidos. Los motivos que actuaban antes dejan de actuar cuando mi corazón es recto. Puedo contarlo todo en este mundo como basura y estiércol cuando mis afectos cobran fuerzas. «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mt 6:21).
«El alimento sólido es para los que han alcanzado madurez»; no para personas que han hecho grandes progresos, sino para adultos. Había cosas difíciles de explicar, porque ellos eran duros de oído. El secreto de todo esto es que habían perdido la lozanía del afecto. Es serio pensar que podemos perder la lozanía del afecto y la inteligencia: pero «al que tiene, le será dado, y tendrá más». Hay bien y mal que discernir; es en este sentido que me he referido a encontrar el camino.