Capítulo 7

La Apostasía Y El Anticristo
Durante el intervalo entre el arrebatamiento de los santos y la manifestación de Cristo, la tierra será el escenario de algunos de los sucesos más terribles que jamás hayan sucedido a lo largo de su historia. Entre estos habrá la apostasía — el público rechazo de toda profesión de cristianismo, con la negación tanto del Padre como del Hijo (1 Jn. 2:2222When therefore he was risen from the dead, his disciples remembered that he had said this unto them; and they believed the scripture, and the word which Jesus had said. (John 2:22)), y la manifestación del hombre de pecado, el hijo de perdición, también conocido como el anticristo. Pablo nos ha dejado una instrucción sumamente clara y precisa acerca de estas cuestiones. Unos falsos maestros habían intentado sacudir la esperanza de los creyentes en Tesalónica proclamando que el día del Señor ya había sobrevenido. Es con el propósito de confrontar este error que escribió: «Ahora, por a la venida de nuestro Señor Jesucristo y nuestra reunión con Él, os rogamos, hermanos, que no seáis movidos fácilmente de vuestro modo de pensar ni seáis alarmados, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, como que ya hubiera llegado el día del Señor. No dejéis que nadie os engañe en manera alguna; porque ese día no viene sin que venga primero la apostasía, y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o que es objeto de culto; de modo que se siente en el templo de Dios, pretendiendo que él es Dios» (2 Ts. 2:1-4, trad. del Gr.). Por ello, somos claramente advertidos de que «la apostasía» y el hombre de pecado serán vistos en el intervalo entre el arrebatamiento de los santos y el Día del Señor. Porque el apóstol fundamenta su exhortación a estos creyentes sobre la venida de nuestro Señor Jesucristo, y de nuestra reunión con Él. Como otro ha explicado este pasaje: «Su reunión con Cristo en el aire era una demostración de la imposibilidad de que el Día del Señor ya hubiera llegado. Además, con respecto a esto último él presenta dos consideraciones: primero, que aquel día no podía haber llegado ya, porque los cristianos no estaban todavía reunidos con su Señor, y ellos debían volver con Él; en segundo lugar, el hombre de pecado que tenía que ser juzgado en tal ocasión todavía no se había manifestado, de modo que el juicio no podía caer todavía».
Sobre esta base el apóstol pasa a exponer que hasta que la Iglesia sea arrebatada no se puede alcanzar esta consumación y materialización de la maldad. «Y ahora vosotros sabéis lo que impide, para que á su tiempo se manifieste. Porque ya está obrando el misterio de iniquidad: solamente espera hasta que sea quitado de en medio el que ahora impide; y entonces será manifestado aquel inicuo» (vv. 6-8). Así, bajo la luz de este y otros pasajes, podemos seguir un poco el tema de «la apostasía» y del hombre de pecado.
1. La apostasía. Fue prevista y predicha desde los más antiguos días del cristianismo. Más aún, nuestro Señor mismo señala claramente a la misma en algunas de Sus parábolas, y nunca se refiere a ninguna difusión gradual de la verdad hasta que todo el mundo sea llevado a confesarlo como Señor. En cambio, Él compara el reino de los cielos, tal como se ve en el mundo, «a la levadura» (y la levadura en las Escrituras tiene en general el significado de corrupción) «que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado» (Mt. 13:33; véase también la parábola de la cizaña, y la del grano de mostaza, en el mismo capítulo). Pablo, además, dice a los ancianos de la iglesia en Éfeso: «Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos» (Hch. 20:29-30). Y pasando por alto sus alusiones a esta cuestión, encontramos en sus dos epístolas a Timoteo (1 Ti. 4; 2 Ti. 3) unas descripciones expresas a los males de los «postreros tiempos» y de los «tiempos peligrosos» de los «postreros días». ¿Y, de hecho, que puede ser más directo y enfático que el pasaje que hemos citado de 2 Tesalonicenses? Porque en el mismo advierte a los santos a quienes escribe que el misterio de la iniquidad ya está obrando, y que, aunque reprimido por el momento, al final, cuando la restricción sea levantada, ascenderá con tanta rapidez y poder que, rebasando todos los límites, llegará finalmente a su consumación en aquel terrible hombre que se opondrá y exaltará contra todo lo que se llama Dios, y exigirá y recibirá el homenaje que sólo se debe a Dios. Pedro también se refiere a la maldad de los días postreros, y también Judas, y especialmente en lo referente a su forma de apostasía; y en Apocalipsis se nos deja ver su forma final en «Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra» (Ap. 17:5).
Para comprender correctamente esto, se debe tener presente que cuando los santos sean arrebatados, la Iglesia en su forma externa, es decir, la Cristiandad profesante, permanecerá todavía aquí. Sólo los cristianos genuinos serán arrebatados en las nubes para recibir al Señor en el aire. Por ello, habrá miles (por no decir que millones) de creyentes sólo de nombre que serán dejados atrás. E indudablemente la profesión formal de cristianismo se mantendrá de momento; y las iglesias y capillas y otros lugares en los que se reúnen los profesantes cristianos seguirán con sus servicios religiosos como antes. Se tocarán las campanas, y las congregaciones, aunque disminuidas en número por la ausencia de los hijos de Dios que habían estado entre ellos, seguirán reuniéndose; se cantarán himnos, se rezarán o elevarán oraciones, y se pronunciarán sermones. Pero ahora que ha marchado Aquel que detenía el desarrollo del misterio de iniquidad — el Espíritu de Dios habitando en la Iglesia — , el mal se lanzará desbocado, y corazones que antes eran remisos a recibir enseñanzas de carácter incrédulo, que socavaban la autoridad de la palabra de Dios y las doctrinas fundamentales del cristianismo, caerán totalmente bajo su influencia. Sí, en el solemne y terrible anuncio de la Escritura: «Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia» (2 Ts. 2:10-11). Así serán gradualmente preparados para caer bajo la influencia y el poder del anticristo, y con ello para abandonar de manera completa incluso la forma de cristianismo. Y es digno de mención, como otro ha dicho: «que la apostasía se desarrollará bajo las tres formas en las que el hombre ha estado en relación con Dios: la naturaleza  — es el hombre de pecado sin freno, que se exalta a sí mismo; el judaísmo  — se sienta como Dios en el templo de Dios; cristianismo  — es a esto que se aplica directamente el término apostasía en el pasaje que nos ocupa (2 Ts. 2). ¡Qué perspectiva más horrenda! ¡Y qué triste observar este misterio de iniquidad operando tan claramente en el presente, levantando osado su cabeza en los púlpitos de la Cristiandad y proclamando, abiertamente, doctrinas que subvierten los fundamentos mismos de la verdad revelada, y con ello preparando el camino, en el momento en que la Iglesia sea arrebatada, para la manifestación del hombre de pecado!
2. El anticristo. Si consideramos ahora un poco más de cerca el carácter de este personaje, tendremos una más clara comprensión de toda esta cuestión. Es designado como el hombre de pecado, etc., como ya hemos visto en relación con la apostasía; pero podemos encontrar rastros de él tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En Daniel 11:3636And the king shall do according to his will; and he shall exalt himself, and magnify himself above every god, and shall speak marvellous things against the God of gods, and shall prosper till the indignation be accomplished: for that that is determined shall be done. (Daniel 11:36) es designado como «el rey», y en Zacarías 11:17 como «el pastor inútil»; pero es en las epístolas de Juan que se le designa específicamente como el anticristo (1 Jn. 2:18-22; 218Then answered the Jews and said unto him, What sign showest thou unto us, seeing that thou doest these things? 19Jesus answered and said unto them, Destroy this temple, and in three days I will raise it up. 20Then said the Jews, Forty and six years was this temple in building, and wilt thou rear it up in three days? 21But he spake of the temple of his body. 22When therefore he was risen from the dead, his disciples remembered that he had said this unto them; and they believed the scripture, and the word which Jesus had said. (John 2:18‑22) Jn. 7). En Apocalipsis se le designa como una «bestia».
Ahora bien, es necesario comprender claramente que el anticristo no es un término figurado de algún principio o sistema de maldad, sino que designa a una persona real. Quien se tome el tiempo para leer los diversos pasajes en los que se menciona, lo percibirá en el acto. Además, hay razones también para concluir que no será un gentil, sino un judío. Así nuestro Señor, sin duda aludiendo a esta encarnación del mal, dice: «si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis» (Jn. 5:4343I am come in my Father's name, and ye receive me not: if another shall come in his own name, him ye will receive. (John 5:43)); y esto sería inconcebible si no perteneciese a la propia nación de ellos. De hecho, se presentará como Mesías en su antagonismo a Cristo, y por ello es designado como «el rey» en Daniel, que, refiriéndose a él, dice que «del Dios de sus padres no hará caso», lo que señala claramente su linaje judío así como su carácter de apóstata. De hecho, nos dice que «se engrandecerá sobre todo dios; y contra el Dios de los dioses hablará maravillas, y prosperará, hasta que sea consumada la ira; porque lo determinado se cumplirá» (Dn. 11:3636And the king shall do according to his will; and he shall exalt himself, and magnify himself above every god, and shall speak marvellous things against the God of gods, and shall prosper till the indignation be accomplished: for that that is determined shall be done. (Daniel 11:36) y ss.).
Si pasamos ahora al libro de Apocalipsis, encontraremos allí la descripción tanto su ascenso como el carácter de sus acciones. Pero, antes de introducirnos en esto, será necesario llamar la atención del lector a las Monarquías Gentiles (a las que se ha hecho una breve alusión en el último capítulo); tres de ellas precederán al anticristo, y la última será coetánea con él. Según le fue revelado a Daniel, y anunciado por él a Nabucodonosor, cuatro monarquías irían cubriendo el tiempo hasta el fin. Las de Babilonia, Medo-Persia y Grecia han aparecido y pasado. La cuarta, simbolizada por las piernas de hierro, y por «sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido», es la última; porque en la visión que vio Nabucodonosor, «una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. ... Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra» (Dn. 2:34-3534Thou sawest till that a stone was cut out without hands, which smote the image upon his feet that were of iron and clay, and brake them to pieces. 35Then was the iron, the clay, the brass, the silver, and the gold, broken to pieces together, and became like the chaff of the summer threshingfloors; and the wind carried them away, that no place was found for them: and the stone that smote the image became a great mountain, and filled the whole earth. (Daniel 2:34‑35)).
Esta última monarquía es el Imperio Romano — primero en su energía prístina y en su fuerza irresistible, expuesto bajo el emblema del hierro, y luego en su última forma en diez reinos, prefigurado por los diez dedos, unidos entre sí en una confederación bajo un jefe supremo. Luego se nos describe en Apocalipsis 13 primero de todo la ascensión del poder imperial, esto es, del Imperio Romano en su forma final. Juan dice: «Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez diademas; y sobre sus cabezas, un nombre blasfemo» (Ap. 13:1). Citando las palabras de otro: «El mar expone la masa informe de la gente en un estado turbulento del mundo — de gentes en gran agitación, como las olas agitadas del océano. Y es de esta masa anárquica y en confusión que surge un poder imperial». Y «la bestia» que surge de esta manera está caracterizada por tener siete cabezas y diez cuernos, lo que nos prepara para la declaración de que «el dragón le dio su poder y su trono, y grande autoridad» (v. 2), por cuanto encontramos al dragón mismo así distinguido en el capítulo anterior (Ap. 12:3); y se debe observar que esta transferencia de características, como indicativas de la fuente del poder de «la bestia», es subsiguiente a la expulsión de Satanás del cielo (Ap. 12:9). Esto queda indicado además de otra forma. «Las coronas estaban sobre las cabezas del dragón, pero sobre los cuernos de la bestia; es decir, en el Imperio Romano tenemos el ejercicio del poder representado como cuestión de hecho, pero en el caso de Satanás meramente como cosa de principio, o como la raíz de la cosa. Se trata de una cuestión de fuente y de carácter, no de historia».
Así, aquí tenemos expuesta la forma final del Poder Gentil, animado y energizado por Satanás, y que posee en sí mismo todos los rasgos que caracterizaban a cada uno de sus predecesores (v. 2; véase Dn. 7:4-64The first was like a lion, and had eagle's wings: I beheld till the wings thereof were plucked, and it was lifted up from the earth, and made stand upon the feet as a man, and a man's heart was given to it. 5And behold another beast, a second, like to a bear, and it raised up itself on one side, and it had three ribs in the mouth of it between the teeth of it: and they said thus unto it, Arise, devour much flesh. 6After this I beheld, and lo another, like a leopard, which had upon the back of it four wings of a fowl; the beast had also four heads; and dominion was given to it. (Daniel 7:4‑6)). Las siete cabezas significan las sucesivas formas de poder que han existido, pero que aparecen ahora concentradas en «la bestia»; los diez cuernos son reyes, y estos diez se unirán finalmente bajo una cabeza suprema. «Y los diez cuernos que has visto, son diez reyes, que aún no han recibido reino; pero por una hora recibirán autoridad como reyes juntamente con la bestia. Éstos tienen un mismo propósito, y entregarán su poder y su autoridad a la bestia» (Ap. 17:9-13). Habrá tal exhibición de poder como el mundo jamás la habrá visto; y por cuanto tanto su fuente como su fuerza son satánicas, se dirigirá plenamente contra Dios y Su pueblo. «Y abrió [la bestia] su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo. Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos. También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo» (Ap. 13:6-8). Será un tiempo de antagonismo abierto contra Dios, y por ello de terrible tribulación para los santos.
En relación con todo esto surge otra «bestia», pero no del mar, como fue el caso de su predecesora, sino de la tierra, por tanto en un momento cuando existe un gobierno estable, bajo el orden y el poder, desde luego, de la primera bestia. Esta es el anticristo. Tiene «dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón» (v. 11). Así, es un imitador de Cristo, a la vez que Su antagonista directo; pero su voz revela su verdadero carácter. Y actúa, como se observará, como una especie de representante de la primera «bestia», ejerciendo el poder de aquella, y «hace que la tierra y los moradores de ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada» (v. 12). Además, realiza milagros, o aparentes milagros, con los que engaña a los moradores de la tierra, y hace que hagan una imagen de la primera bestia y la adoren. Y para cumplir de manera más efectiva sus propósitos, tiene poder para «infundir aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase. Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre» (vv. 15-17).
Así, habrá una especie de falsa trinidad, compuesta de Satanás, la primera bestia y el falso profeta (Ap. 19:20); y el objeto de todos sus esfuerzos será excluir a Dios de la tierra, y usurpar Su puesto en los corazones de los hombres. La primera bestia, como se verá, es el poder secular supremo; la segunda, o anticristo, que actuará bajo la primera, tiene su dominio en la esfera religiosa; por su parte, Satanás es quien las inspira y potencia. Aquí no podemos entrar en detalles adicionales, por cuanto veremos algo más de las actividades del anticristo en relación con la gran tribulación. Pero será bueno recordar que todas las operaciones de error, que todas las actividades de las mentes de los hombres, aparte de Cristo, tienen sólo un objetivo: porque la tendencia de todas ellas finalmente se manifestará a un acerbo antagonismo contra Dios y Su Cristo. Juan advertía a los creyentes de su tiempo que el espíritu del anticristo ya se manifestaba en el mundo (1 Jn. 4:33He left Judea, and departed again into Galilee. (John 4:3)); y es necesario, por tanto, y especialmente en un tiempo en el que la incredulidad se está volviendo más osada, mantenerse en guardia, y ponderar bien todos estos rasgos del venidero hombre de pecado, para que podamos ser preservados, en la gracia de nuestro Dios, de toda asociación con aquello que, por cuanto se origina en Satanás, es también la señal de la hostilidad contra Cristo. En nuestro momento presente es especialmente necesario estar vigilantes, porque han aparecido muchas indicaciones de que Satanás está sumamente empleado en movilizar y formar sus fuerzas para el conflicto venidero. Pero, como siempre sucede, sus movimientos son sumamente sutiles. No se atreve todavía a presentarse en abierto antagonismo contra Cristo; pero puede influir, y lo hace, sobre las mentes de los hombres contra doctrinas fundamentales del cristianismo, y para este propósito usa a maestros reconocidos del mismo. Nuestros enemigos son los de nuestra propia casa. Pero en tanto que nos adhiramos a la palabra de Dios, rechazando la sabiduría humana y los razonamientos humanos, y busquemos ser guiados solo por el Espíritu Santo, escaparemos del lazo y nos mantendremos fieles a Cristo.