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Las Escrituras, desde el principio hasta el fin, nos muestran el lugar especial asignado a la mujer...El tema qu abordaremos en estas páginas es el lugar que, según las Escrituras, le corresponde a la mujer dentro de la Iglesia.
El lugar de la mujer
Extracto: Todo lector cuyo interés sea el bienestar de otros y no exclusivamente el suyo, estará de acuerdo en que Dios ha dado a la mujer un papel especial y maravilloso en la familia y en la sociedad. También el lector podrá reconocer que la mujer está capacitada de un modo especial para desempeñar este papel que ningún hombre podría asumir de manera satisfactoria. Las Escrituras, desde el principio hasta el fin, nos muestran el lugar especial asignado a la mujer. Presentan su lugar en la creación, en la caída de la humanidad, bajo la ley en el Antiguo Testamento y bajo la gracia en el Nuevo Testamento. Vemos también, a través de la Palabra de Dios, que la mujer tiene su propia esfera de servicio y que esta es una esfera bendita y necesaria.
El tema que abordaremos en estas páginas es el lugar que, según las Escrituras, le corresponde a la mujer dentro de la Iglesia. Sin embargo, para entender este tema adecuadamente, será de gran ayuda que consideremos primero el lugar de la mujer en la creación, en la caída, bajo la ley y en el hogar. Discernir el rol que Dios le ha dado en todas estas esferas nos dará la información básica o «de fondo» para considerar y entender el lugar bíblico de ella en la Iglesia.
Su lugar en la creación
En Génesis 2 podemos ver que el hombre fue creado primero y que, de la costilla de Adán, Dios hizo una mujer y la trajo al hombre para que fuera su ayuda idónea. En 1 Corintios 11:8-12 el Espíritu de Dios hace el siguiente comentario sobre esto:
Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles. Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios.
Aquí hay una presentación de la verdad en cuanto a la relación del hombre y la mujer. Es una presentación sagaz y precisa que, por otra parte, es expresada de una manera exquisita.
El solo hecho de que la mujer haya sido tomada del hombre prueba su igualdad con él. Ella no es inferior, sino igual a él, su “ayuda idónea”. Hay igualdad, pero junto con la igualdad hay diversidad. La mujer fue hecha para el hombre y para estar con él a su lado. Nunca fue el propósito de Dios que la mujer fuera una criatura independiente, apartada del hombre. Fue Su propósito que ella se asociara con él y que juntos fueran una sola carne, simbolizando la unión de Cristo y su prometida esposa, la Iglesia. La mujer nunca resplandece tan brillantemente como cuando está cumpliendo cabalmente el oficio para el cual fue creada. Este objetivo es, ante todo, ser la “ayuda idónea” del hombre.
No obstante, debemos notar que el solo hecho de que la mujer haya sido creada del hombre indica que él es su cabeza. Esta es la conclusión que el Espíritu de Dios pone ante nosotros en los versículos de 1 Corintios 11 que hemos citado más arriba. Por lo cual en vista de su lugar en la creación “la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza (es decir, una señal de la autoridad del hombre, a la cual ella está supeditada), por causa de los ángeles” (v. 10). El apóstol dice: “Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer” (v. 3). Por causa de este orden divino en la creación, la mujer debe reconocer la jefatura del hombre. Y ella debe llevar en su cabeza la señal de esa autoridad. Esto quiere decir que debe cubrir su cabeza, especialmente cuando ora o profetiza y cuando está en la asamblea (v. 5-10). Los ángeles deben ver el orden de Dios tanto en la creación como en la Iglesia.
Más adelante tendremos algo que agregar con referencia al cubrimiento de la cabeza por parte de la mujer. Por ahora no haremos más que referirnos a esto en conexión con el lugar de la mujer en la creación, la cual reconoce al hombre como su cabeza. La cubierta, según la Escritura, prueba de una manera visible este reconocimiento.
En 1 Corintios 11:14-15 el apóstol se refiere a la naturaleza como evidencia adicional de aquella distinción que existe entre el hombre y la mujer y del apropiado lugar de sujeción que a esta le corresponde. “La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello”. Dios le ha dado cabello largo a la mujer y cabello corto al hombre a fin de establecer una característica que haga distinción entre ellos. A la mujer le es natural tener el cabello largo, así como al hombre le es natural tener cabello corto.
El cabello largo, en las Escrituras, generalmente es un símbolo de dependencia, sumisión y modestia, atributos que deben caracterizar a la mujer como “vaso más frágil”, al cual el hombre ha de dar honor (1 Pedro 3:7). El pasaje de 1 Corintios 11 habla del cabello de la mujer como de una gloria. Una mujer manifiesta la gloria y la belleza puestas sobre ella solamente cuando permanece en el lugar de dependencia y sujeción dado por Dios, al mismo tiempo que mantiene su carácter femenino. Cuanto más femenina sea la mujer, tanto más bella es a los ojos de Dios. Cuanto más trate de parecerse al hombre, tanto más pierde su verdadera belleza y virtud.
La expresión “La naturaleza misma ¿no os enseña…?” da pie a una aplicación más extensa de nuestro tema. La constitución física y el temperamento del hombre y los de la mujer difieren mucho el uno del otro. En su sabiduría, Dios puso grandes diferencias entre las características físicas, mentales y emocionales del hombre y las de la mujer. Le ha dado al hombre superior altura, fuerza y capacidad para razonar. En contraste feliz, Dios ha dado a la mujer gracia, natural dulzura y viveza mental, todo lo que la capacita para desempeñarse en el círculo doméstico. Es muy evidente que el Creador los ha constituido así por naturaleza para ocupar lugares diferentes y separados. Es igualmente notorio que se deben completar o complementar el uno al otro.
De tal manera sabemos, a través de la creación y la naturaleza, que la mujer tiene en la sociedad un lugar distinto al del hombre. Más tarde veremos que el lugar que Dios le ha dado en la Iglesia está en armonía con su lugar en la creación y en la naturaleza. Su lugar en la creación fija su lugar en la Iglesia. Su sitio en la naturaleza es ilustrativo de su lugar en la gracia, o sea su relación como una mujer cristiana con Dios. Los dos lugares son inseparables. Dios no da a la mujer ni al hombre un lugar en la Iglesia que contradiga el lugar que a ellos les corresponde en la creación y en la naturaleza.