Un pueblo de esclavos que no conocían nada acerca de guerras se aproximaban al Mar Rojo. Toda su vida habían pasado apacentando ovejas, recogiendo paja y haciendo ladrillos bajo el yugo de Faraón. Su sufrimiento fue cruel y gimieron bajo el látigo de sus opresores. Al ser librados por el poder del Señor empezaron a dejar Egipto y fueron al desierto rumbo a Canaán; llevaban provisiones, masa para hacer pan y tesoros que les dieron los egipcios. ¡Partieron para nunca volver!
Pero Faraón no quiso perder a sus esclavos y fue tras ellos para capturados. Los hijos de Israel al alzar sus ojos miraron hacía atrás y vieron a la caballería y al ejército de Faraón, la primera potencia mundial en aquella época, que les perseguía. Delante de ellos se encontraba el Mar Rojo y detrás un ejército numeroso, equipado y experimentado para la guerra. ¡Qué encrucijada para el pueblo de Dios!
¿Has pasado por algo semejante? Tal vez digas: Nunca he sido esclavo de nadie. Un esclavo está obligado a realizar todo tipo de trabajos y tiene como dueño a alguien que no puede ni sabe amar: es una vida totalmente difícil. Satanás es un amo muy duro que sabe odiar y tener encadenada a toda persona en prisiones de pecados. Entonces, ¿cómo podrá ser libre? ¡He aquí la respuesta! Solo por medio de la sangre de Jesucristo somos liberados y comprados para Dios, pues por Él somos libres de la pena de muerte que pesaba sobre nuestras cabezas. Pero ¿qué sucederá con aquellos que rechazan a Cristo?
El pueblo de Israel cuando se encontraba en Egipto fue protegido de un juicio que cayó sobre todo primogénito. ¿Cómo fue protegido? Mediante la sangre de una oveja sacrificada (figura del Cordero de Dios) rociada en el dintel y en los dos postes de cada puerta; aunque el temor se había apoderado de todos. De manera similar, muchas personas han acudido a Cristo; pues temen a la muerte y también a Satanás y a su poder, pero reconocen que son débiles y claman a Dios por su liberación. Entonces, ellos reciben de inmediato la protección eterna mediante Su sangre.
¿Y qué sucedió con Faraón, figura de Satanás? Los israelitas también clamaron a Dios. Considera lo que aconteció. Moisés dijo: “Jehová peleará por vosotros y vosotros estaréis tranquilos”. ¿Tranquilos con un ejército detrás que les persigue y con el mar enfrente? Pero al continuar la lectura encontramos que “el ángel de Dios que iba delante del campamento de Israel, se apartó e iba en pos de ellos”. ¡Sí, entre ellos y el enemigo! ¡Dios también se ha colocado entre nosotros y Satanás! Entonces el mar Rojo, figura de la muerte se abrió ante ellos y cruzaron en tierra seca. “Y siguiéndolos los egipcios, entraron tras ellos hasta la mitad del mar, toda la caballería de Faraón, sus carros y su gente de a caballo”. ¿Sabes lo que pasó? Las aguas del mar se volvieron y cubrieron a todos los enemigos de Israel. La palabra de Dios dice claramente: “no quedó de ellos ni uno” y añade que “Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar”. Cuando el Señor murió en la cruz venció a Satanás y a la vez nos libró de su poder para siempre; ahora podemos contemplar la cruz y ver allí a nuestro fuerte enemigo completamente derrotado: nunca más va a poseernos como esclavos, pues somos libres para servir al Señor.
La redención significa que hemos sido comprados de nuevo para ser libres (liberados, devueltos mediante el pago de un rescate). Si creciese el temor y las dudas nos fastidiasen tan solo echemos una mirada a la cruz donde Cristo venció al enemigo para siempre. Así como los israelitas miraron los cuerpos muertos de los egipcios, nosotros también podemos ver que somos completamente libres del poder de Satanás: libres para servir al Señor.