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Juanita esperaba a su esposo que llegaría pronto del trabajo. Se encontraba nerviosa. Esa tarde había comprado un Nuevo Testamento, con el dinero que cuidadosamente habían ahorrado ella y su esposo. El vendedor ambulante que había tocado las puertas de su hogar parecía ser digno de confianza. Sin embargo, había vacilado en comprar el libro que el vendedor le había ofrecido, insegura de cómo el sacerdote aceptaría su compra. Por fin se decidió, y dijo, «No puedo rechazar, señor, pero si acaso cometo pecado espero me sea perdonado.»
Cuando Santiago, su esposo, llegó a casa, Juanita tímidamente le enseñó el libro. Justo como había temido, él cansado, la regañó por haber gastado su dinero. «Pero», dijo ella, «el dinero no es todo tuyo, Santiago. Yo compré mi dote cuando nos casamos. El dinero era tan tuyo como mío.»
«Dame el libro,» gritó Santiago malhumorado, arrebatando el libro de sus manos.» Si dices que el dinero era mitad tuyo y mitad mío, pues bien, el libro lo es también.» Bruscamente abrió el libro, lo partió por la mitad, reteniendo una mitad, y arrojando la otra a Juanita.
Varios días mas tarde, Santiago se encontraba en el bosque cuando de pronto recordó el libro roto. Lo sacó para averiguar su contenido. Era la sección final del Nuevo Testamento. Lo había partido en el evangelio de Lucas. Comenzó entonces a leer la primera hoja de su mitad.
“Iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lucas 15:18‑19). Cautivado en la lectura, terminó aquella historia. Sin embargo, aquella lectura había suscitado una serie de preguntas. ¿Qué había hecho aquel hijo?—Aquel hijo pobre que se encontraba perdido. ¿Porqué se había desterrado? ¿En qué lugares había andado? ¿Qué lo había hecho regresar? Aquellas preguntas lo seguían, pero como su orgullo era mas grande, no le pedía la otra parte del libro a su esposa.
Entre tanto, Juanita, leía su mitad, meditando acerca de su contenido. Su interés por aquel libro fué aumentando, hasta que llegando a la última hoja, su interés creció aún más. El hijo menor—su viaje, su romería, su pecado, su miseria, el cambio maravilloso en su manera de pensar. “Y yo aquí perezco de hambre. Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:17‑18). Allí la historia terminaba.
¿Qué sucedió entonces? ¿Le daría la bienvenida el padre? El corazón de Juanita añoraba por una respuesta positiva. La historia aun le causaba llanto, pero no tenía el valor suficiente para preguntarle a Santiago.
Cierto día, Santiago regresó a casa sintiéndose más cansado de lo común. Comió su sopa y pan como lo solía hacer. Al fin dijo, «Juanita, ¿recuerdas aquel libro que partí por la mitad? La parte que a mí me tocó contiene una historia maravillosa, pero solo el final. No puedo descansar hasta que sepa el principio. Tráeme tu mitad.»
«¡Oh, Santiago! Esa historia siempre está en mi mente, solo que yo no tengo el final. ¿Recibió el padre al hijo obstinado?»
«Sí, ¿pero cuál fue el pecado que los separó?»
Ella trajo su mitad y se arrodilló al pie de la silla donde se encontraba sentado su esposo. Juntos leyeron toda la historia hermosa narrada en el capítulo 15 de Lucas, y el Espíritu Santo, el cual había estado obrando en los corazones de ambos, les reveló el mensaje escondido de aquella parábola.
Esa fue la primera de muchas ocasiones en que junto al calor del fuego, y después de haber comido su pan y sopa, leyeron muchos de los escritos contenidos en la Biblia. Ambos le entregaron su corazón y vida al Señor Jesucristo.
Santiago y Juanita aplicaron esa historia a sus vidas. ¿La ha aplicado usted a la suya? Así como ellos, nosotros debemos confesar a Dios que hemos pecado.
Volvamos a nuestra pregunta, ¿recibió el padre al hijo obstinado? Lo hizo, porque “cuando aún estaba lejos, lo vió su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (Lucas 15:20). Dios también le dará a usted la misma bienvenida si usted se acerca por medio del Señor Jesucristo quien dijo, “Nadie viene al Padre sino por Mí” (Juan 14:6).
“Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). “La sangre de Jesucristo Su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
¿Le aceptará usted como su Salvador personal?