J.H. Smith
(continuación del número anterior)
“Y como llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto de los ejércitos, mas a Pablo fue permitido estar por sí, con un soldado que le guardase. Y aconteció que tres días después, Pablo convocó a los principales de los judíos; a los cuales, luego que estuvieron juntos, les dijo; yo, varones hermanos, no habiendo hecho nada contra el pueblo, ni contra los ritos de la patria, he sido entregado preso desde Jerusalem en manos de los romanos; los cuales, habiéndome examinado, me querían soltar, por no haber en mi ninguna causa de muerte. Mas contradiciendo los judíos, fui forzado a apelar a César; no que tenga de qué acusar a mi nación. Así que, por esta causa, os he llamado para veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel estoy rodeado de esta cadena” (versículos 16-20).
“La esperanza de Israel” es el Señor Jesucristo, su gran Mesías; así fue escrito de Él en el Antiguo Testamento: “¡Oh Jehová, esperanza de Israel! todos los que Te dejan, serán avergonzados; y los que de Mí se apartan, serán escritos en el polvo; porque dejaron la vena de aguas vivas, a Jehová” (Jeremías 17:13). Jehová del Antiguo Testamento es Jesús del Nuevo.
“Llamarás su nombre JESÚS, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). ¿El pueblo de quién? ¡Israel el pueblo de Jehová!
Desde la conversión de Saulo de Tarso, hasta su llegada a Roma, su predicación de Cristo, que es el Hijo de Dios, fue contradicha por los judíos, los cuales, además, procuraron matarle.
Ahora, ¿cuál fue la actitud de los judíos vueltos a Roma algunos años después del edicto del emperador Claudio, que los había echado fuera de Roma?
“Entonces ellos le dijeron: Nosotros ni hemos recibido cartas tocante a ti de Judea, ni ha venido alguno de los hermanos que haya denunciado o hablado algún mal de ti. Mas querríamos oír de ti lo que sientes; porque de esta secta notorio nos es que en todos lugares es contradicha. Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales declaraba y testificaba el reino de Dios, persuadiéndoles lo concerniente a Jesús, por la ley de Moisés y por los profetas, desde la mañana hasta la tarde. Y algunos asentían a lo que se decía, mas algunos no creían” (versículos 21-24).
Cuando el Señor Jesús, ya resucitado de entre los muertos, reprendió la insensatez de los dos discípulos en el camino hacia Emaús, Él, “comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de Él decían” (Lucas 24:27). Y Pablo habló en la misma forma a los judíos en Roma, pero ellos eran inconversos, no discípulos, y sólo una parte de ellos recibieron la palabra con fe.
“Y como fueron entre sí discordes, se fueron, diciendo Pablo esta palabra: Bien ha hablado el Espíritu Santo por el profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y de los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos taparon, porque no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane. Séaos pues notorio que a los gentiles es enviada esta salud de Dios; y ellos oirán. Y habiendo dicho esto, los judíos salieron, teniendo entre sí gran contienda” (versículos 25-29).
Cuando los pobres judíos oyeron que Dios iba a bendecir a los gentiles en vez de ellos, no quisieron oír más, y se fueron. Así terminó su triste historia de incredulidad escrita en el libro de los Hechos, la de una oposición tenaz a la gracia de Dios.
“Pablo empero, quedó dos años enteros en su casa de alquiler, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando lo que es del Señor Jesucristo con toda libertad, sin impedimento” (versículos 30-31).
Pablo estaba impedido de moverse libremente, pero seguía predicando el reino de Dios y lo tocante del Señor Jesucristo, a pesar de la cadena de César; y los animaba a los creyentes en Roma: “muchos de los hermanos en el Señor, tomando ánimo con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor” (Filipenses 1:14). Sentía pena también, puesto que algunos predicaban a “Cristo por envidia y porfía” (Filipenses 1:15). Pero dijo: “¿Qué pues? Que no obstante, en todas maneras, o por pretexto, o por verdad, es anunciado Cristo; y en esto me huelgo, y aun me holgaré” (Filipenses 1:18).
Durante su prisión en una casa alquilada, él escribió las siguientes epístolas: Efesios, Filipenses, Colosenses, Filemón y Hebreos (ésta es anónima, pero su contenido revela quién fue el autor). ¡Cuánto bien resultó del encarcelamiento de Pablo para la Iglesia del Señor!
De dos o tres pasajes en estas epístolas, deducimos que Pablo fue libertado después de haber aparecido la primera vez ante Nerón: “fui librado de la boca del león” (2 Timoteo 4:17). Léanse Filipenses 1:23-26; Filemón 22; Hebreos 13:23.
Así se cumplió la palabra profética del Señor Jesús: “instrumento escogido Me es éste, para que lleve Mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque Yo le mostraré cuánto le sea menester que padezca por Mi nombre” (Hechos 9:15-16).