Meditaciones sobre el libro de Josué

Table of Contents

1. Josué 1
2. Josué 2
3. Josué 3
4. Josué 4
5. Josué 5
6. Josué 6
7. Josué 7
8. Josué 8
9. Josué 9
10. Josué 10
11. Josué 11
12. Josué 12
13. Josué 13
14. Josué 14
15. Josué 20-21
16. Josué 22
17. Josué 23
18. Josué 24

Josué 1

El libro de Josué, en el Antiguo Testamento, nos presenta en figura el tema que desarrolla el Espíritu Santo en la epístola a los Efesios, en el Nuevo Testamento, el cual expone en esta carta los resultados gloriosos de la obra redentora de la cruz y la posición celestial de la Iglesia en Cristo su Cabeza.
El pueblo de Israel estaba por terminar sus numerosas y largas jornadas a través del desierto: unos cuarenta años había tardado el viaje, el que en once días hubiera podido realizarse: “once días de viaje hay de Horeb camino de la serranía de Seir, hasta Cades-Barnea”, nos dice Deuteronomio 1:2; ¿por qué tanta demora? Ahora bien, Moisés había muerto, y para la congregación de Israel se trataba de pasar el río Jordán bajo la conducción de un nuevo guía, y luego tomar posesión del país que Dios había prometido, destruyendo a los pobladores idólatras y enemigos que lo ocupaban. La cuarta generación del patriarca Abraham había vuelto de Egipto y, por otra parte, la maldad del Amorreo había llegado a su colmo: el juicio de Dios estaba en víspera de caer sobre Canaán (véase Génesis 15:16).
En cuanto a lo que nos concierne, nosotros cristianos, la Canaán nuestra son los lugares celestiales, donde ya entramos mediante el poder del Espíritu Santo, quien nos ha unido a un Cristo muerto y resucitado, y que nos hizo entrar en Él, en tan bendita posesión; pero podemos gozar por anticipación de esta gloria que Jesús se adquirió, y en la cual nos quiere introducir pronto con Él. Para lograr tal propósito, hemos de luchar, librando el combate de la fe contra las potencias espirituales que nos disputan el libre goce de estos bienes celestiales que por Cristo son nuestros (Efesios 1:3; 6:12).
A esta lucha se refiere el apóstol Pablo escribiendo: “no tenemos nuestra lucha contra carne y sangre, sino contra los principados, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales ... ”. Es bajo ese poder que estábamos esclavizados antes de ser convertidos, siguiendo la corriente de este mundo; ahora debemos luchar en contra de ella; y a la vez, apropiarnos cada pulgada del terreno espiritual que Dios nos ha dado en herencia. Para concretar, recordemos el ejemplo del apóstol ya citado, quien con una energía indomable, no sólo conquistaba almas para Cristo, “llenándolo todo del Evangelio” (Romanos 15:19), pero llevándolas en el pleno goce de las bendiciones divinas mediante sus escritos y predicaciones (Colosenses 1:27-29).
La diferencia entre Israel y nosotros consiste en que el primero había terminado su marcha en el desierto en el momento en que entraba en Canaán; mientras que el pueblo cristiano se encuentra al mismo tiempo, por no decir en el mismo momento, en las arenas del desierto como en las fértiles praderas de Canaán. El provecho que sacamos de nuestra doble posición a la que se refieren las epístolas a los Filipenses en cuanto al desierto, y a los Efesios en cuanto a Canaán, es extenso: pues el primero nos enseña que necesitamos ser humillados y probados para que conozcamos lo que hay en nuestros corazones (Deuteronomio 8:2), y como respuesta a estas pruebas, tenemos el privilegio de poseer los recursos divinos, abriendo Dios Su mano para nutrirnos de Su maná y haciendo correr de la “Roca” aguas abundantes para nuestra sed ... y al mismo tiempo, nos encontramos en los verdes pastos y en las aguas apacibles de nuestra Canaán, un rico lugar donde gustamos las primicias celestiales, sentándonos en paz a la mesa aderezada allende el río Jordán, con un Cristo celestial sentado en la gloria, a la diestra de Dios.
El Conductor
En el momento en que comienza esa nueva etapa de la historia de Israel, Josué está llamado a tomar la conducción del pueblo. Este hombre digno de nuestra atención aparece por primera vez en Éxodo capítulo 17, cuando el combate contra Amalec; esta aparición del jefe de los ejércitos de Israel, en esta oportunidad, nos otorga la clave de su carácter típico. Mientras Moisés (tipo en esta circunstancia de la autoridad divina íntimamente asociada al sacerdocio celestial y a la justicia de Cristo, tipificados en las personas de Aarón y Hur) estaba en la cumbre del monte alzando sus manos a favor de Israel que lucha, había abajo, en el campo de batalla, un hombre asociado al pueblo, quien le encabeza, un hombre “en el cual estaba el Espíritu”, dirigiendo la batalla de Jehová; este hombre era Josué. Para nosotros los cristianos, es Cristo; pero Cristo en nosotros y en medio de nosotros, realizada Su presencia por el poder del Espíritu Santo.
Como Moisés había sido el conductor inseparable de Israel en el desierto, así será también Josué, conductor inseparable de Israel en Canaán. “Ponga Jehová, el Dios de los espíritus de toda carne —había podido Moisés— un hombre que esté sobre la congregación, que salga delante de ellos, y que entre delante de ellos, y que los haga a ellos salir y entrar, para que no sea la congregación de Jehová como ovejas que no tienen pastor”. Por lo cual Jehová contestó a Moisés: “Toma contigo a Josué hijo de Nun, hombre en quien está el Espíritu, y pon tu mano sobre él. Luego le presentarás delante de Eleazar sumo sacerdote y delante de toda la congregación” (Números 27:16-19). La autoridad sacerdotal de Cristo y Su poder como jefe de Su pueblo están aquí: Eleazar y Josué, íntimamente unidos para el bien de su pueblo; pero la segunda depende de la primera: “Josué se presentará delante de Eleazar el sacerdote, quien inquirirá por él, por medio del Urim, delante de Jehová. Por su respuesta ha de salir, y por su respuesta ha de entrar, así él como todos los hijos de Israel juntamente con él” (versículo 21).
Josué, como el nombre de Jesús, significa Jehová Salvador; veamos en qué momento de su actuación Josué ostenta el carácter que lleva su nombre. Es precisamente en la extraordinaria obra de la conducción de Israel desde las orillas del río Jordán, pasando a través de sus profundidades, y luego en las victorias que aseguraron al pueblo la plena posesión del país de la promesa. Pues en este sentido Jesús es nuestro Salvador: “Puede salvar hasta lo sumo a los que se acercan a Dios por medio de Él”, y es igualmente en ese carácter de Salvador que vendrá para introducir de hecho a los Suyos en el cielo: “nuestra ciudadanía está en los cielos; desde donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo ... Y aparecerá por segunda vez, sin pecado, para la salvación de los que le esperan” (Filipenses 3:20; Hebreos 9:28).
El país y sus límites
“Levántate, pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que doy a los hijos de Israel”, leemos en el versículo 2 de nuestro capítulo. Orden terminante pero que encierra no sólo una gran responsabilidad, sino también una imposibilidad a vista humana: se debía cruzar el Jordán, una barrera infranqueable que separaba al pueblo de Israel de la tierra prometida. ¿Para qué hubiera dado Dios esta orden si no se podía cumplir? Pero, había dado también el hombre bajo cuyo mando se podía cruzar el río: Josué, sólo él; otro hombre no hubiera sido indicado para ello. Además la heredad de Canaán era un puro don de la gracia de Dios: “la tierra que Yo les doy a los hijos de Israel”, les pertenecía por promesa directa de parte de Jehová; y como Dios había dado el país, también había dado el hombre para poseerlo. Ahora no se trataba solamente de tener la promesa sino de entrar en posesión de la tierra prometida.
Ahora bien, tenemos todas estas cosas, pero en el sentido espiritual: la pura gracia de Dios nos ha dado el cielo, nuestra Canaán, pero no podemos entrar allí sin haber pasado primeramente a través de nuestro Jordán, es decir la muerte y la resurrección, pero con el Hombre, nuestro Josué, que es Cristo en el poder del Espíritu Santo. Para vivir una vida feliz, el cristiano debe apropiarse de sus bendiciones celestiales, de lo contrario se asemejaría a un pobre rey inválido, viviendo en el extranjero, y que nunca hubiere transitado en sus propios dominios. Sin embargo en Canaán hay enemigos; y esto es un hecho importante que caracteriza el país: hay obstáculos, y por doquier pondremos el pie, surgirá un adversario. Pero hay una promesa, y de las más valiosas: “nadie te podrá hacer frente —dice Jehová a Josué— en todos los días de tu vida ... es decir, hasta que hayas establecido el pueblo en posesión definitiva del país”.
Vemos aquí, como se ha observado frecuentemente, que Canaán no es el cielo como lo encontraremos cuando de hecho iremos allí; nuestra Canaán actual forma el conjunto de nuestras bendiciones espirituales en las cuales entramos, ocupándonos de ellas por medio de la Palabra de Dios y de Su Espíritu de una manera inteligente y personal, pero con Cristo. Pues bien, en este sentido, nosotros también encontramos obstáculos y enemigos que nos impiden el libre goce de nuestra Canaán; y bajo este punto de vista, el cielo constituye la actual esfera del combate cristiano. Pero ¡preciosa promesa, la misma que fue dada a Josué: nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida! Lector, ¿comprendiste el alcance de tal promesa? Nuestro Dios nos asegura la victoria no por un día solamente, mas por todos los de nuestra vida: nuestro divino Josué está con nosotros, “todos los días hasta el fin del siglo”. ¡Qué seguridad es la nuestra! Sabemos que jamás algún obstáculo pudo hacer frente a Jesús en todo el tiempo de Su andar terrenal; y la mayor de Sus victorias la conquistó sobre la muerte misma; Su triunfo es también nuestro.
Apenas —dice Dios— tú encontrarás al enemigo sobre tu camino, él se dispersará. ¡Adelante pues! podía exclamar Israel; el enemigo no nos puede hacer frente. ¡Pobre Israel, tú lo verás pronto ante la ciudad de Hai! No eres más que un juguete en las manos de Satanás, no hay fuerza en ti mismo y lo deberás aprender por experiencia. Tu fuerza está en Cristo: “nadie podrá subsistir delante de ti”, había dicho Jehová a Josué.
Después de estas promesas, el Dios de Israel da la descripción exacta de los límites de Canaán, porque este país tiene sus fronteras. ¿Cuáles son? ¿Dónde están? Tan alejadas y extensas que Israel no las alcanzó nunca en su historia pasada; sólo en la gloria del reino milenial heredará por el Cristo, que una vez rechazó, la totalidad de su tierra. Para nosotros, los lugares celestiales, como lo dijimos, son nuestra conquista actual, pero ¿podremos medir la extensión de nuestra herencia? Como Israel, la conocemos en parte; sin embargo el día viene cuando “lo que es en parte se acabará ... ahora conozco en parte, pero entonces conoceré a fondo así como también fuí conocido” (1 Corintios 13:12).
Los límites del país de la promesa consistían en un gran desierto, una gran montaña, un gran río (el Éufrates en este caso), y un gran mar. He aquí pues lo que se hallaba fuera de ese país bendito, y a lo cual el pueblo no podía ni debía poner su pie; ¿no descubrimos allí al mundo con todas sus características morales? su aridez: el desierto; su poder: la montaña; su prosperidad: el río; su agitación: el mar. En cuanto a la aridez del desierto, Israel acababa de atravesarla haciendo la experiencia que no había allí ningún recurso; y que sólo el pan del cielo —el maná— y el agua de la roca lo había sostenido a través de esas soledades. Tales son, amados lectores, las características de las cosas que no nos pertenecen: ni la aridez del mundo, ni su poder, ni su prosperidad, ni su agitación, pueden satisfacer nuestras almas. Pero sí, para ellas es Canaán, el cielo: Canaán con sus combates, sin duda, pero con sus victorias: Canaán con nuestro “Josué”, Jesús, y el goce apacible de posesiones infinitas, resumiéndose y concentrándose todas alrededor y en la persona del Cristo resucitado, sentado en la gloria.
Cualidades morales necesarias para entrar en Canaán
“Ten fortaleza y buen ánimo; porque tú harás que este pueblo herede la tierra” (versículo 6). Esto es la fortaleza y el ánimo que el apóstol Pedro llama la virtud, una de las primeras cualidades para la conquista; la que sigue inmediatamente a la fe. La fe les daba la seguridad de poner por doquier la planta de su pie, pero la virtud debía serle añadida para tomar posesión de la heredad prometida. Notad todavía que esta virtud no tiene su fuente en nosotros como tampoco estaba en Israel, sino en Josué, y para nosotros está en Cristo: “¡Bienaventurado el hombre cuya fortaleza es en Ti ... . irán de fuerza en fuerza, se presentarán delante de Dios en Sión” (Salmo 84:5-7).
Para ir en conquista de nuestros bienes, es de suma importancia recordar que nuestra fortaleza está en Cristo; ¡cuántos cristianos lo olvidan, y buscan su capacidad espiritual en sí mismos, creyéndose fuertes para el combate! Su búsqueda, si no los conduce al desaliento, no termina sino en el contentamiento de sí mismos. La fuerza para la conquista no está en la capacidad carnal sino en Cristo, en Cristo para nosotros. ¿Y por qué Él nos la quiere dar? ¿Acaso para engrandecernos a nuestros propios ojos o gloriarnos de ella? Lejos de esto. Esa fuerza nos llevará siempre en el camino de la obediencia; es lo que descubrimos en el versículo 7: “Que tengas fortaleza y seas muy animoso para cuidar de hacer conforme a la ley que te prescribió Mi siervo Moisés: no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra”. La obediencia vuelve al hombre humilde, le otorga el carácter de aquellos que son los modelos para entrar en el reino de Dios, es decir los niños. La fortaleza que proviene de Dios nos vuelve pequeños, hace al hombre nulo para que la potencia de Cristo sea ensalzada.
De esta verdad tenemos un hermoso ejemplo en la persona de Gedeón: el Ángel de Jehová se le aparece y le dice: “Jehová es contigo varón esforzado y valeroso”. Pero inmediatamente Gedeón, mirándose a sí mismo (en lugar de mirar a Jehová), tiene conciencia de su flaqueza: “Y he aquí” —contesta— “que mi familia es la más pobre en Manasés y yo el menor en la casa de mi padre ... Y Jehová le dijo: ciertamente Yo estaré contigo” (Jueces 6:12-16). La presencia de Dios, pues, y Su fortaleza, están íntimamente unidas, y teniendo la presencia divina consigo, Su fortaleza viene a ser la de Gedeón. Tal era también la experiencia del apóstol Pablo: “No temas, sino habla, y no guardes silencio: porque estoy Yo contigo, y nadie te acometerá para maltratarte; pues que mucho pueblo tengo en esta ciudad”. La misma experiencia podemos hacer en nuestro caso: “tenemos este tesoro” —Cristo en nosotros— “en vasos de barro para que la soberana grandeza del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Corintios 4:7).
La obediencia se guía siempre por la Palabra de Dios; allí está el secreto del poder: cuidar de hacer conforme a toda la ley de Moisés que le ha sido mandada. Moisés había hablado directamente a Josué, pero hay algo más; Jehová agrega: “No se aparte de tu boca este Libro de la ley”, como Pablo había hablado a Timoteo “ante muchos testigos”, agrega también: “ocúpate de la lectura”. Junto con la energía divina, un cuidado diligente es necesario para apropiarse de los pensamientos de Dios por Su libro; y conociéndolos, podremos andar en el camino de la obediencia: “medita en él a fin de obedecerle”. A menudo leemos la Palabra de Dios para instruirnos, y la instrucción es buena; otras veces para enseñar a los demás, cosa excelente sin duda; pero ¿la leemos habitualmente con el fin de obedecer con diligencia? Si así fuera, ¡cómo cambiaría el curso de nuestra vida cristiana! Nuestro texto agrega todavía: “medita en él de día y de noche”. Hay cristianos que leen un capítulo de su biblia todas las mañanas, y quizás ¡ah! un versículo ... ¿es esto meditar la Palabra de Dios día y noche? ¿Y nuestras ocupaciones? diréis vosotros. Pero, preguntamos: ¿os nutrís de la porción de Dios al través de vuestras ocupaciones diarias para alegría de vuestras almas y guiaros en el camino de Cristo? Esto es el secreto para realizar la extraordinaria promesa que se nos da a continuación: “harás prosperar tus caminos y todo te saldrá bien”. ¡Poderosa seguridad!
El versículo nueve nos proporciona otra y última regla de conducta: “No temas ni te amedrentes, porque Jehová tu Dios es contigo donde quiera que vayas”. ¡Qué potencia otorga la certeza de la presencia de Dios con nosotros! Como lo vimos ya, toda indecisión en la marcha, todo sobresalto, todo temor delante del enemigo, desaparecen; se goza la presencia de Dios dondequiera, en cualquier lugar, porque está conducido por su Palabra. La presencia de Dios, el Libro de Su ley, y una santa vigilancia para obrar conforme a la voluntad divina, son los factores que deben gobernar el corazón para librar los combates de Jehová y gozar los bienes celestiales. Así pues, antes que Israel diera un sólo paso en la tierra prometida, Dios establece los principios de su lucha en el comienzo del libro de Josué, entregando a los luchadores bruñidas armas con que obtendrán la victoria.
Los que entran en Canaán
Después de haber presentado al conductor de Israel, el país de la promesa, y las cualidades morales para entrar en Canaán, este capítulo nos habla también de los que son llamados a entrar allí: es el pueblo de Israel, pero dividido en dos bandos: nueve tribus y media y las de Rubén, Gad, y la media tribu de Manasés; la heredad de estos no está en Canaán, pues habían elegido su posesión cerca del desierto que acababan de cruzar.
Estas dos tribus y media no rehusaron entrar en el país de la promesa como lo hiciera la generación precedente, cuando unos cuarenta años antes, los espías enviados por Moisés habían hecho desmayar el corazón del pueblo (Números 13 y 14). Los combatientes de Rubén, Gad, y la mitad de Manasés, como lo leemos aquí, se asocian a sus hermanos que van a cruzar el río Jordán, hallándose en las primeras filas para combatir; pero no para entrar en posesión del país. El territorio que habían elegido, ubicado entre el desierto y el Jordán, les pareció el país apropiado para su grande muchedumbre de ganado; las circunstancias y las ventajas materiales de esos lugares habían orientado su elección. Ahora bien, podríamos comparar la posición de estas dos tribus y media con la de una multitud de verdaderos cristianos; y se podría decir hoy que son más bien las nueve tribus y media que han elegido sus dominios entre el desierto y el Jordán. Su cristianismo no lleva sino un carácter terrenal, no tienen el país de la promesa, el celestial, como razón de su vida; son las circunstancias y las necesidades de cada día, la abundancia o la escasez, las majadas para sus rebaños o las ciudades para sus negocios, lo que constituye el fondo como el motivo de su vida cristiana. Sin embargo, no les falta fe a estos cristianos; al contrario, hacen la experiencia que el Señor se interesa a todas sus circunstancias, prueban la bendición material que le piden; pero limitan los ejercicios de esa fe ya sea a sus negocios o a sus campos. Pero, recalquémoslo, el cristianismo que acabamos de describir no es mundano, sino terrenal.
Cuando Israel rehusó seguir adelante, prefiriendo volver a Egipto en lugar de subir a la conquista de Canaán cuarenta años antes, diciendo: “¡Constituyámonos un capitán y volvámonos a Egipto!” (Números 14:4), ofrece allí el tipo de cristianismo mundano, casi apóstata; mientras que, en la circunstancia que nos ocupa, Rubén, Gad y Manases simbolizan a los cristianos que limitan sus experiencias con el Señor a las circunstancias terrenales de su vida. Amados lectores, esta tendencia a rebajar nuestra vocación celestial a un nivel meramente terrenal, se manifiesta con frecuencia; y con mucha pretensión a un poder espiritual, poco se conoce más allá de un Cristo en el cual se confía para los detalles pequeños o grandes de la vida diaria. Ahora bien, si el Señor nos conduce a través de este mundo, no es para hacernos reposar aquí; “los verdes pastos” y “las aguas apacibles” del Salmo 23, no son ni la hierba, ni las majadas, ni las ciudades de este mundo, sino los abundantes pastos del país de la promesa, nuestra Canaán celestial. Es de suma importancia confiarnos en Cristo para todos los detalles de nuestra vida, para los trabajos del campo y de la ciudad; Dios nos guarde aminorar esta confianza, que nos debe caracterizar, pero ¿saboreamos desde aquí la felicidad donde está Cristo glorificado? ¿Experimentamos la atracción divina que nos saca de la influencia mundana que nos rodea, introduciéndonos como muertos al mundo y resucitados con Él, en lugares celestiales? A esta altura, no es el “mucho ganado” que es el motivo del andar, o el arreglar su vida más o menos fielmente según lo que se posee ... se marcha al compás indicado por el apóstol: “ciertamente aún estimó todas las cosas como pérdidas por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y téngolo por estiércol para ganar a Cristo”. Y quería que todos sigan su ejemplo: “Ninguno que milita se envuelve en los negocios de esta vida para que pueda agradar a aquel que le alistó por soldado” (2 Timoteo 2.4).
Notemos que en el caso de las dos tribus y media, de buen o mal grado, todos los soldados debieron cruzar el Jordán; para muchos cristianos verdaderos sucede lo mismo: combaten contra la incredulidad, contra el poder de Satanás, anuncian las buenas nuevas de la salvación en Cristo muerto y resucitado, pero la posición celestial donde esta misma muerte y resurrección los ha llevado de hecho les es totalmente desconocida. Entremos pues con resolución en las aguas de nuestro Jordán que tiene la virtud de desembarazarnos de todos nuestros impedimentos, de nuestro “yo”, para luego tomar posesión de nuestras bendiciones en Cristo, gozándolas por la fe y el poder del Espíritu Santo; esta es la enseñanza que nos presentan los capítulos 6 y 7 de la epístola a los Romanos, y el camino a la vez, para llegar a los bienes del capítulo 8. Notemos además que los que quedaron en estas poblaciones construidas entre el desierto y el Jordán no pudieron experimentar realmente las profundidades de las aguas que los separaban para siempre de las soledades que acababan de recorrer durante cuarenta años. Sin embargo, aunque les faltó la experiencia, se hallaban representados todos en las doce piedras colocadas en el fondo del río, como también en aquellas que fueron levantadas en el país de la promesa. ¡Cuán aleccionador es todo esto!
Hermano cristiano, ¿realizas prácticamente tu muerte en Cristo, como tu posición celestial en Él? ¿Te hallas del otro lado del río de la muerte, o se te basta leerlo en la Biblia? Sepas que estás en Cristo, que tú eres miembro —no de una secta— pero sí, miembro del cuerpo de Cristo, cuya expresión es ese “un pan” en la mesa del Señor que cada primer día de la semana en la Cena, se parte para recordar Su muerte, y donde está tu lugar.

Josué 2

Rahab
En la segunda parte del capítulo primero hemos visto dos clases de personas llamadas a cruzar el río Jordán para entrar en el país de la promesa: la primera, el pueblo, son los que no han dejado nada del otro lado del río; la segunda, las dos tribus y media, son los que como soldados van a la lucha para ayudar a sus hermanos; pero, todos sus bienes están del lado del desierto; volverán allí luego la conquista terminada; el carácter moral de estos últimos, como lo vimos, no está a la altura de su llamamiento.
El capítulo dos que se ofrece a nuestra meditación nos presenta una tercera clase de personas: son los gentiles, personificados en Rahab la ramera. Son aquellos que participan por la fe al goce de las promesas de Israel, el antiguo, pueblo de Dios. Rahab era pagana, por su nacimiento pertenecía a esta vasta clase de personas a la cual se refiere la epístola a los Efesios con estos términos: “acordaos que en aquel tiempo estabais sin Cristo, estando extrañados de la ciudadanía de Israel, y siendo extranjeros con respecto a los pactos de la promesa: no teniendo esperanza, y sin Dios en el mundo”. Además, entre estos mismos paganos, Rahab era una mujer de mala vida; si la epístola a los Efesios que acabamos de citar presenta la posición gentil en contraste con Israel, la epístola a los Romanos detalla su espantoso estado moral: “Atestados de toda injusticia, maldad, codicia, malicia; llenos de envidia, homicidios, riña, engaño, malignidad”, etc., a lo que la epístola a los Colosenses agrega: “muertos en vuestras transgresiones”. Es esta situación la que personifica Rahab. Pero después de haber recibido la gracia y sus efectos, vienen a ser de aquellos que alaban al Señor con Su pueblo: “Alabad al Señor todos los Gentiles, alegraos, Gentiles con Su pueblo”; y para recordar una verdad más importante aún, son hechos “coherederos, y miembros de un mismo cuerpo, y copartícipes de la misma promesa” (Romanos 15:10; Efesios 3:6).
En efecto, el poder de la gracia no se detiene ante ningún obstáculo; pero, para ella es mucho más difícil vencer una honrada incredulidad que la miseria manifiesta de una ramera o de un ladrón. ¿Quiénes son los que se arrepintieron los primeros al oír la predicación de Juan el Bautista? “De cierto os digo, que los publicanos y las rameras os van delante al reino de Dios ... dijo el Señor a los religiosos y doctores de la ley, porque vino Juan a vosotros en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron: y vosotros al ver esto, no os arrepentisteis después para creerle” (Mateo 21:31-32).
La gracia divina tiene un mensaje a favor de Jericó; y sus portadores saben a dónde hay que llevarlo; la misericordia de Dios no se equivoca de lugar y señas, porque si Rahab es una pecadora, es una pecadora que ha oído. En efecto, la Palabra de Dios había llegado a ella: “hemos oído”, dice a los espías; las noticias oídas encerraban el juicio para los incrédulos, pero traían la gracia y la salvación para los que creían. La fe en este mensaje, oído antes que los espías llegasen a su puerta, puso inmediatamente la conciencia de Rahab bajo el peso del juicio: “Y como lo hubimos oído se nos derritió el corazón y no ha quedado ya aliento en hombre alguno”. Como su pueblo, ella también está atemorizada; pero mientras que en “los incrédulos” no hay más aliento en hombre alguno, este temor ha sido para ella que creyó, el principio de la sabiduría: porque es el temor de Jehová. Este temor la hace mirar a Dios, e inmediatamente adquiere una convicción: “Yo sé que Jehová os ha dado la tierra”.
Ahora bien, si los espías son la señal del juicio que se cierne sobre la ciudad, llevan también la gracia y la salvación para los que se someten a la voluntad de Dios, y reciben su mensaje: el Evangelio verdadero presenta también estos dos aspectos, otorga una certidumbre a los que, después de haber oído, temen; saben que Cristo ha vencido a Satanás, y sería de balde permanecer en las filas de un jefe vencido; sabe que ha sido establecido un día en que Dios ha de juzgar al mundo con justicia y que la ira está a la puerta. ¿Qué hacer entonces? Rechazar el mensaje oído sería de balde; pero si Dios ejercerá el juicio, también obrará en gracia y ofrece ésta al que oye, que cree, y tiembla a Su Palabra. Rahab, pues, busca su refugio en este mismo Dios quien es el único recurso para el pecador que debe caer bajo Su juicio.
La fe no es la imaginación humana que hace deducciones o que ve las cosas bajo las formas y el color que se le antoja; no arguye sus conclusiones sobre posibilidades o probabilidades; ella dice: yo sé, porque he oído lo que Dios ha hecho; tal es nuestra fe. Los hechos en que la fe de Rahab se apoya, datan de unos cuarenta años atrás: “Hemos oído decir cómo Jehová secó las aguas del Mar Rojo delante de vosotros, cuando salisteis de Egipto”. Pero la fe tiene también el recuerdo de hechos recientes: “Y lo que hicisteis a los dos reyes de los Amorreos que estaban de la otra parte del Jordán, a Sehón y Og, a quienes destruisteis completamente”. Nuestra fe recuerda y hace suyos hechos antiguos que datan de dos mil años atrás y mucho más aún, todos los que la Palabra de Dios ha revelado a la fe; para ésta, lo que es pasado, es siempre actual, y lo que parece ser lejano aún, está a la puerta.
Otra cosa caracteriza a Rahab; los espías se presentan a su puerta, ¿cómo los recibirá? Si ella es enemiga de Dios en malas obras, si es una pobre gentil que no posee ningún derecho a su favor, si su moralidad es dudosa, ella, sin embargo se coloca del lado de Dios; recibe a los mensajeros en paz; así lo testifica Dios: “por fe Rahab, la ramera, no pereció con los que rehusaron creer; pues ella acogió a los espías en paz”. Se reconcilia presto con el adversario mientras éste está por llegar. Toda demora hubiera sido fatal: “Antes que durmiesen, subió a ellos”. Entregarse al sueño esa noche hubiera significado su destrucción. Rahab ahora no peligra solamente por los ejércitos destructores que van a llegar, sino porque el pueblo que la rodea, su propio pueblo, se ha constituido enemigo de Dios mientras ella se ha reconciliado con Él. El rey de Jericó busca a los mensajeros de Josué para matarlos y así desembarazarse del testimonio de Dios; Rahab los estima, los pone a salvo porque sabe que es el único medio de Dios que le hará escapar tal juicio: de la conservación de este testimonio depende su salvación. Notad que la fe de Rahab no necesita ver a Jericó rodeada del ejército de Jehová para estar segura de su destrucción: esto no hubiera sido fe porque la fe es la seguridad que se tiene de cosas esperadas, la prueba que hay de cosas que aún no se ven. La respuesta que recibe es tan inmediata como completa: no solamente recibe la salvación del Dios de Israel, pero, como alguien lo ha dicho: Rahab se identifica con el Israel de Dios. “Ahora pues, ruégoos me juréis que salvaréis nuestras almas de la muerte”, dice a los mensajeros de Josué. ¿Cuál es la respuesta? Hela aquí: “Nuestras almas responderán de la vuestra hasta la muerte”, contestan ellos. La contestación es digna de Dios; la fe de Rahab halla en otros (y nosotros en Cristo), la garantía por sustitución que la muerte y el juicio de Dios no la alcanzarán. Rahab y los suyos se hallan de tal manera identificados con el pueblo de Israel, que aquellos que recibió bajo su techo pondrán sus propias almas por ellos: morirán en su lugar si alguien los toca. ¿No es lo que nosotros hemos hallado en Cristo, de una manera mucho más excelente? “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió” (Romanos 8:34).
Esto no es todo: un delgado cordón de grana, símbolo de la sangre derramada de Aquel que pudo decir: “Mas Yo soy gusano, y no hombre”, basta a la fe de Rahab, como garantía visible. Y como la sangre del cordero pascual pintó de rojo el dintel y los postes de las casas Israelitas en Egipto alejando el juicio del ángel exterminador, así este cordón de grana atado en la ventana de una casa que estaba “sobre el muro” protegerá a todos los que allí se habrán reunido, cuando el mismo muro se desplomará al sonido de las trompetas de Jehová. Agreguemos todavía que los dos mensajeros de Josué son los fiadores vivos a favor de Rahab, como para nosotros el Cristo viviente es nuestro fiador delante de Dios, en la eficacia perfecta de Su sangre vertida en la cruz: “Con la virtud de Su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9:12). La fe de Rahab no espera que Israel haya cruzado el Jordán, ni el último día antes que se desplomasen las murallas de Jericó, para atar el cordón de grana; apenas los espías se han ido, sin perder un instante, Rahab ata a la ventana la preciosa prenda de su salvación y la de toda su casa. Su fe, que es diligente, tampoco se esconde: se manifiesta altivamente mientras el juicio está todavía del otro lado del obstáculo que Israel no había franqueado aún; y en quien el enemigo podía contar; y desde la ventana proclama a Cristo —en figura— y la eficacia de Su sangre para salvar a la más miserable de las pecadoras y a todos los que se acogen bajo la misma señal.
En fin, Rahab no es solamente un ejemplo de fe, sino el de las obras de la fe. Sabemos que hay obras muertas, éstas no son producto de la fe; y hay una fe muerta, aquella que no produce obras. Santiago hace resaltar en su epístola que la fe sin obras es muerta, y para apoyar su declaración, presenta dos ejemplos: los de Abraham y de Rahab; ejemplos que nadie hubiera buscado, y los frutos aludidos reciben el reproche del mundo. En efecto: ofrecer a su hijo en holocausto como lo hizo Abraham; traicionar su patria como Rahab —o quebrar un vaso de alabastro para dilapidar su único bien, un perfume de gran precio como María— son actos que el sentido humano condena, que el mundo censura y castiga a sus autores; mas Dios los aprueba, porque el móvil de ellos ha sido la fe, una fe inteligente que pesa las cosas en la balanza de Dios. Aquí no se termina todavía la historia de Rahab: su nombre está escrito en la portada del Nuevo Testamento, y unidos en un mismo vínculo encontramos también los de Ruth, de Thamar y de Bathseba en la genealogía del Mesías en quien pusieron su esperanza. ¡Privilegio insigne, recompensa de la fe verdadera que quiere marcar con letras indelebles el nombre de quien ha obrado con su poder, en el Libro de la vida!

Josué 3

El Jordán
Los dos capítulos anteriores que podríamos llamar preliminares nos han llevado al cuerpo, es decir la parte principal del relato. Para entrar en el país de la promesa, Israel debía cruzar el río Jordán. ¿Qué es, pues, el Jordán?
Hasta el punto donde hemos llegado con nuestro relato, la salvación de Israel había sido caracterizada por dos eventos de suma importancia: el primero, la Pascua; y el Mar Rojo el segundo. Para comprender el alcance espiritual del tercer evento, es decir el paso del Jordán, nos es necesario poseer aquel de los dos primeros. Cada uno de estos tres hechos nos presenta un aspecto de la cruz de Cristo, pero apurémonos en decir que la cruz encierra para nosotros una riqueza infinita; pues, todos los símbolos y figuras del Antiguo Testamento no alcanzan a presentar toda su profundidad y extensión.
Sin embargo, entremos en unos detalles: en la Pascua hallamos la cruz de Cristo cual abrigo para el pecador: “Tómese cada uno un cordero ... se ordenó, y lo inmolará toda la congregación ... y tomarán de la sangre, y la pondrán sobre los dinteles y los postes de sus casas ... pues Yo pasaré aquella noche, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto ... y veré la sangre y pasaré de vosotros”. La misma necesidad que tiene Israel de un sacrificio, comprueba que se hallaba bajo peligro de muerte tanto como los Egipcios; y no era sino sólo bajo esa sangre que se hallaba al abrigo. El castigo deba caer sobre todos, y no es por algún merecimiento que recompensar que Dios da a Israel el medio de su salvación; el amor de Dios proveyó el sacrificio que alejó el juicio divino: tal es el Señor Jesús para nosotros. Su sangre derramada detiene a Dios cuyo castigo debía caer sobre el pecador: es la expiación; mantiene a Dios afuera, por así decirlo, mientras pone en seguridad adentro al que obedece por fe: “Veré la sangre y pasaré de vosotros”. No olvidemos nunca que es el amor de Dios que ha provisto el único sacrificio capaz de encontrar Su propio juicio que jamás hubiéramos podido evitar.
La Pascua nos enseña otra verdad todavía: la sangre derramada era la de un cordero cuya carne debía ser asada al fuego: “Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida al agua, sino asada al fuego, su cabeza con sus pies y sus intestinos”. Cristo nuestra pascua ha sido sacrificada, escribe el apóstol: Él ha padecido de la manera más completa, exteriormente y en las profundidades infinitas de su alma, el juicio de Dios, a nuestro favor y lugar; como la acción directa del fuego, sin agua por intermedio, debía ser el medio de preparación del holocausto para el alimento, así la Palabra de Dios nos ofrece a un Cristo que podemos asimilar. Mientras la sangre protege al que se cobija bajo su eficacia, Él es el alimento para su corazón: “Mi carne es verdadera comida ... el que come Mi carne y bebe Mi sangre, en Mí permanece y Yo en él”. Además, la comida pascual debía ser acompañada con hierbas amargas: ¡ah! amado lector, si el alimento que Cristo nos da, Su propia carne, es de sabor agradable al paladar espiritual, no debemos olvidar el sentimiento profundo de la amargura que le ha causado nuestro pecado, pero, el pecado que para nosotros es absolutamente expiado; es en “Moría”, esto es, amargura de Jehová, donde el Hijo vació la copa que el Padre le dio, mezclada con la hiel de nuestro juicio.
Si en la Pascua hemos hallado el abrigo y la expiación, el primer aspecto de la cruz de Cristo, en el Mar Rojo hallamos un segundo: la redención; en efecto, si el cordero pascual detuvo el cuchillo del juicio alzado en contra de Israel en Egipto, recibiendo él su golpe, en el Mar Rojo, Dios interviene como Salvador a favor de los Suyos perseguidos por Satanás. El momento era crítico; la situación terrible: “¡perseguiré, alcanzaré ... dijo el enemigo!”. Éste quería recobrar su presa; Faraón y su ejército iban a aniquilar a Israel, acorralado entre su espada y el mar. El pueblo de Dios se halla sin recurso frente a la destrucción, y es incapaz de combatir; en este momento, Dios interviene; “estaos quedos, y ved la salud de Jehová ... Jehová peleará por vosotros y vosotros estaréis tranquilos”. Dios interviene a favor de Israel tomando, por así decirlo, contra Sí mismo a los enemigos que están en contra de Su pueblo. Así es para el pecador: el poder de Satanás lo empuja hacia la muerte, la muerte cual juicio de Dios: “Porque está establecido a los hombres que mueran una vez, y después el juicio”. Ahora bien, es necesario que el alma tenga que vérselas con este último; tarde o temprano, directa y personalmente, debe estar colocada en contacto inmediato con la muerte, cual expresión del juicio de Dios. El pecador no tiene medios para escapar, no tiene armas para luchar contra Satanás, y está sin recursos frente al poder de la muerte. Es en esta situación extrema que Dios interviene, la vara de Su autoridad judicial se extiende, no contra el pecador, sino a su favor sobre el poder de la muerte, el mar, que hubiera debido ser su sepulcro: “Alza tu vara —ordena Jehová a Moisés— y extiende tu mano sobre la mar, y divídela; y entren los hijos de Israel por medio de la mar en seco”. En vez de ser un abismo, se torna en un camino, camino seguro que llevará a la orilla opuesta a los que entraron allí por el poder de la fe (Hebreos 11:29).
¡Horas solemnes! cuando todo un pueblo en las tinieblas de la noche, alumbrado por la columna de la gloria de Dios que lo conduce, pasa entre estas murallas líquidas, esas masas alzadas por la poderosa acción de un “recio viento oriental” (el viento que sopló en la tormenta en el Gólgotha); ¡en lugar de engullirlo, le son una protección! La solemnidad de esas horas permaneció grabada en el recuerdo de todos y para siempre, mientras que su horror desapareció por la eternidad. Ahora bien, hallamos en toda esta escena algo que conmueve a todo creyente: encuentra aquí la muerte y el juicio sufrido por otro, el Señor Jesús. Él se presentó por nosotros. “¿Por qué sigues clamando a Mí?” dijo Jehová a Moisés (Éxodo 14:15), y en el jardín de Gethsemaní oímos a Aquel, cuya frente se cubrió de sudor de sangre, que con ruegos y súplicas pidió ser librado de la muerte. “Dí a los hijos de Israel que marchen ... y entren los hijos de Israel por medio de la mar”. “Echásteme en lo profundo” —dijo el Señor— “en medio de los mares, y rodeóme la corriente, todas tus ondas y tus olas pasaron sobre Mí” (Salmo 69:13). “Las aguas han entrado hasta el alma, y la corriente Me ha anegado” (Jonás 2:4,6). En las tres horas tenebrosas de la cruz, Cristo ha llevado el castigo judicial de Dios en contra del pecado; abandonado de Dios, Cristo llevó entero este horror de la muerte; sólo Él lo sintió en las profundidades infinitas de Su alma santa para abrirnos el camino hacia el cielo.
Si el pueblo atraviesa el mar a pie firme, significa que el juicio divino no halló nada que juzgar en él. El juicio se agotó sobre la Víctima en la cruz; puede subir sano y salvo a la orilla opuesta, donde hallamos, en figura su resurrección. Esta es la enseñanza que presenta el Mar Rojo. El pueblo redimido prorrumpe ahora en alegrías del otro lado: es salvado, pero el ejército adversario ha hallado su destrucción y su tumba donde los rescatados hallaron un camino. Todo espanto ha pasado, no queda ningún enemigo. Y este corresponde para nosotros a la hermosa expresión de la epístola: “Así que, por cuanto los hijos participan en común de carne y sangre, Él también de la misma manera tomó parte en ellas, para que, por medio de la muerte, destruyese a aquel que tenía el imperio de la muerte, esto es al diablo, y librase a aquellos que, por temor de la muerte, durante toda su vida estaban sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).
Pero, notémoslo bien, lo que nos da parte a esta victoria, es la fe: “Por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los Egipcios hacer lo mismo, fueron sepultados”. Mientras la fe atraviesa la muerte, el mundo que lo intenta por su propio poder, encuentra el juicio divino y las enfurecidas aguas del “rey de los espantos”. Los Egipcios probaron el camino por donde entró Israel, y como el mundo de hoy con su religión se mezcla a los salvados, cree en el mismo Dios, predica el mismo Jesús, tiene la misma Biblia, pero le falta el poder de la salvación que procede de una fe viva en la muerte y resurrección de Jesús; la muerte cual juicio de Dios será el sello de su perdición.
En los acentos de alabanza del pueblo redimido, librado del adversario, hay otra exclamación de un valor positivo: después de haber subido del Mar Rojo, como tipo de la muerte y resurrección de Cristo, preguntémonos cuál es la extensión de la liberación operada a nuestro favor. Esa liberación que se llama la salvación, sencilla palabra, tiene para nuestro corazón, una perspectiva inigualable, que toca al mismo cielo. En efecto, si por un lado el enemigo ha sido destruido, y esto es el aspecto más reducido de la salvación, ésta nos llevó al mismo cielo: “Condujiste en Tu misericordia a este pueblo al cual salvaste; llevástelo con Tu fortaleza a la habitación de Tu santuario ... Vosotros visteis lo que hice a los Egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a Mí ... Cristo padeció una vez por los pecados, el Justo por los injustos para llevarnos a Dios ... habiendo de llevar a la gloria a muchos hijos, hizo consumado por aflicciones al Autor de la salud de ellos ... por Él tenemos los unos y los otros, acceso al Padre, por un mismo Espíritu”. Bendición infinita de un pueblo escapado de la muerte, salvado de la esclavitud, llevado por un camino nuevo y vivo en la presencia misma de Dios. Si para este pueblo su salvación es motivo de alabanza, los frutos de esa obra son todos para su Autor.
En toda esta obra, ¿cuál era la actuación de Israel y cuál fue la nuestra? Absolutamente nula. La salvación nos es traída por la libre gracia de un Dios que no nos exigió nada, lo pidió todo a Cristo en la cruz, pero que halla Su satisfacción en ser un dador soberano, un dador eterno. “Porque por gracia sois salvos, por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Notemos aquí que, en la Pascua como en el Mar Rojo, la magnífica ostentación del poder de Dios está atribuido a la fe; “Por fe celebró Moisés la Pascua ... por fe pasaron el Mar Rojo”. ¿No es esto una maravilla de la gracia de Dios que todo lo hace y lo atribuye luego a los que le obedecen? (Hebreos 11:28-29).
Volvamos al Jordán. La expiación fue realizada en la Pascua: la redención, en el Mar Rojo; aquí, en el Jordán, se adquiere el estado propicio para entrar en posesión del país prometido. Entre el Mar Rojo y el Jordán, Israel había atravesado el desierto; esta distancia consta de dos partes distintas: en la primera hasta el monte Sinaí, fue la gracia la que conducía al pueblo; la misma que lo había rescatado de Egipto, comprobando por ella los recursos de Cristo a través de todas las flaquezas de los que protegía: “Todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebieron de aquella roca espiritual que les iba siguiendo: y aquella roca era Cristo” (1 Corintios 10:3-4).
En la segunda parte del viaje, o sea después del Sinaí, Israel se encuentra bajo el régimen de la Ley, el cual deliberadamente ha escogido; es entonces cuando el pueblo es probado para que conozca lo que hay en su corazón: experiencia que era indispensable. La prueba demostró el estado carnal de Israel, vendido al pecado, no teniendo en él ninguna fuerza. Hasta su propia voluntad era enemiga de Dios, rehusó obedecer a Su ley, se rebeló aún cuando se trató de ocupar “la montaña de los Amorreos” para entrar en posesión de las promesas. Es de esta experiencia, pero en sentido espiritual, que el cristiano se entera y que debe realizar por sí mismo cuando medita el capítulo siete de la epístola a los Romanos; y llega a las mismas conclusiones.
El estado moral de Israel constituía pues un obstáculo absoluto que le cerraba el paso hacia Canaán; y cuando llega al fin de sus experiencias en el desierto, he aquí el Jordán, un río desbordante que se opone, con justicia, al avance del pueblo. El Mar Rojo les había impedido salir de Egipto, pero el Jordán les impide entrar en el país prometido; como frente al Mar Rojo, Israel carece de recursos propios para cruzar el río; intentar hacerlo, significaría ser engullido por las corrientes. Precisa alguien que le abra el camino.
Encontramos aquí, en las aguas del Jordán, un nuevo tipo de la muerte; vencerla, significaría la victoria no sobre los Egipcios como en el Mar Rojo, sino sobre “Israel mismo”, es decir el hombre en Adam y con él al mismo tiempo, la victoria sobre el poder de Satanás en nosotros por “la carne”. Pero ¿cómo salvar estos obstáculos? Nos hallamos sin fuerzas; la corriente del juicio de Dios en contra del “viejo hombre” nos llevará. “¡Hombre mísero que soy!”, exclama Pablo; “¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?”. Pero, aquí también la gracia de Dios lo ha provisto todo: el arca de Jehová conducirá a Israel; no solamente le hará conocer el camino por el cual debe andar —pues jamás había pasado por estos lugares— mas también el arca se asociará al pueblo consigo mismo para cruzar el río de la muerte, y dejar en su lecho lo que no puede pasar a la otra orilla.
Los sacerdotes, representantes del pueblo, deben cargar sobre sus hombros el arca del pacto, y pasar delante de Israel; ella es la expresión de la presencia del Dios viviente y debe conservar su preeminencia: “Entre vosotros y ella haya distancia como de la medida de dos mil codos” (algo más de mil metros); sin embargo, los ojos del pueblo fijos sobre ella verán cuando los pies de los sacerdotes tocarán las aguas del río; y vosotros saldréis de vuestro lugar y marcharéis en pos de ella. “No Me puedes seguir ahora”, dijo el Señor a Pedro, “mas Me seguirás después”, después que los pies del Vencedor de la muerte hubiesen sido marcados por ella: “mirad Mis manos y Mis pies, que Yo mismo soy”. Era el arca del pacto del Señoreador de toda la tierra que debía pasar la primera en el Jordán, pero, no sin ellos: una potencia victoriosa del poder de la muerte se encontraba aquí asociando a Israel a Su victoria.
Caro lector, quedémonos aquí unos instantes, reposemos en la ribera del Jordán. Tres días de descanso habían sido ordenados antes de pasar (versículos 1-2). Consideremos lo que todo aquello significa. Si Israel debía meditar allí, con más razón nosotros debemos detenernos frente a la cruz: todo lo que éramos en la carne, allí ha hallado su fin. Cristo entró en la muerte y nosotros con Él: “Soy muerto al pecado, muerto a la ley, estoy crucificado con Cristo, sepultado con Él”, son los acentos del creyente en su liberación; mis ojos fijos sobre Cristo ven terminar allí en medio del río del juicio mi personalidad de hijo de Adam; pero ven también en Él una potencia victoriosa que me lleva y me introduce en Su vida resurrecta, allende la muerte, en pleno goce de la victoria.
Sin duda, la muerte no está todavía del todo “sorbida en victoria”, como lo muestra nuestro texto: “Y aconteció que cuando los sacerdotes que llevaban el arca del pacto de Jehová subieron de en medio del Jordán volviéronse las aguas del río a su lugar, y corrieron como antes sobre todos sus bordes”. “Mas”, —proclama la epístola— “cuando esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: sorbida es la muerte con victoria”. Porque en esperanza somos salvos, y esperamos, aguardando la adopción, es decir, la redención de nuestro cuerpo. Entonces el lugar donde está nuestro Precursor, más allá de todo aquello que puede retenernos de este lado del cielo, vendrá a ser el nuestro también: “Los muertos en Cristo serán levantados sin corrupción y nosotros seremos transformados”. Mientras tanto, por la fe, podemos hacer nuestra ya la exclamación del apóstol: “¡Gracias a Dios que nos da” [no dice que nos dará] “la victoria por el Señor nuestro Jesucristo” (1 Corintios 15:57).
En el Jordán hallamos pues la muerte a lo que somos por naturaleza adámica, y el comienzo de un nuevo estado en la potencia de la vida resurrecta con Cristo; esta muerte y resurrección nos introduce desde luego en nuestra Canaán, es decir en todos nuestros bienes celestiales. Hemos visto en estas últimas líneas que la fe en Cristo, tal como Él nos está revelado en el Jordán, nos otorgó la liberación de nuestro viejo hombre y la posesión de una nueva naturaleza.
El alma creyente, después de largas experiencias, experiencias que podríamos comparar a las que hiciera Israel durante los cuarenta años en el desierto, sabe por fin —y es Dios quien se lo revela— que nada pudo hacer para lograr su liberación “del viejo hombre”. Para saberlo tuvo que llegar por fe al goce de un hecho, no por realizar, sino realizado ya a su favor cuando Cristo muerto colgaba de la cruz: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él, para que fuese destruido el cuerpo del pecado ... ¿o no sabéis [pregunta el apóstol], que somos sepultados juntamente con Él, plantados juntamente en Él a la semejanza de Su muerte?” (Romanos 6:3-6). Largo tiempo me he admirado de la extrema sencillez con que Pablo expresa el descubrimiento de este hecho capital, acompañada por cierto de una felicidad desbordante; mientras que fue necesario para llegar a este descubrimiento, todo el curso del capítulo séptimo a los Romanos, describiendo las amargas experiencias de un creyente que todavía ignora esa liberación, agregando un grito desesperado al encontrarse en una situación espantosa y sin salida: “¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”. Y, sin transición alguna, este grito da lugar a aquel de gratitud y alegría: “¡Gracias doy a Dios por Jesucristo, Señor nuestro!”.
La razón de esa sencillez me parece ahora muy clara: el alma ha descubierto que su liberación —que con tanto afán trataba de lograr— era un hecho que Dios había cumplido desde mucho tiempo atrás; como lo dijimos, cuando Cristo colgaba de la cruz, y fue puesto en el sepulcro. Entonces en la calma y la paz que inunda su alma, el creyente puede decir: “Estoy muerto porque estoy en Cristo, muerto con Cristo. Y vivo, porque estoy en Cristo, vivo con Él, y Él vive en mí” (Gálatas 2:19-20; 6:4; Romanos 6:10; Colosenses 2:20).
Esta verdad no pertenece al dominio de la inteligencia, el razonamiento no la explica, y a menudo la memoria no la recuerda; ¡cuántas veces he visto almas trabajadas tratar de apoderarse, por así decirlo, de esa liberación mediante grandes esfuerzos humanos! Tras un largo trabajo de espíritu, creían haber alcanzado el significado de esta obra; ¿y qué resultado obtenían? Bastaban unas pocas horas para disipar lo que creían haber logrado por sus esfuerzos, como sucede a hojas muertas que un soplo barre de la noche a la mañana.
¡Ah! la liberación no se adquiere de un salto, no la gozamos sino después de una larga experiencia que enseña lo que es el “viejo hombre”, “la carne”. Y sin esta experiencia la liberación no es disfrutada, como tampoco podía existir el Jordán para Israel, antes de haber cruzado el desierto. Para hablar claramente, la liberación no es una experiencia, sino un estado en que el creyente se halla por la fe, cual una obra cumplida para él, afuera de él, tal como sucede en cuanto a la redención; y no es experimental sino sólo cuando el cristiano goza de sus benditos efectos.
Lo que acabamos de decir, nos explica por qué no encontramos en las orillas del Jordán ningún enemigo acosando a Israel, como los había habido antes de pasar el Mar Rojo; y si los hay, es el mismo Israel en “la carne”, como la nuestra, pero sepultada en el Jordán. Y esto nos explica también por qué no se oye prorrumpir en cantos de alegría como después del Mar Rojo. ¿Cómo cantar cuando se conoce que hemos necesitado ser sepultados con Cristo?

Josué 4

Las doce piedras en Gilgal
Tal es la significación del río Jordán para nosotros; y antes de entrar en una serie de experiencias nuevas (eran ya pasadas la del desierto de Sinaí, la experiencia del viejo hombre; la del Jordán, el conocimiento adquirido por la fe que fuimos transportados de nuestra asociación adámica a una nueva posición en un Cristo muerto y resucitado), Dios quiere que tengamos constantemente bajo nuestros ojos, el memorial de la victoria que se acaba de obtener: “Tomaos de aquí, del medio del Jordán” —ordena Jehová a Josué— “del lugar donde están firmes los pies de los sacerdotes, doce piedras, las cuales pasaréis con vosotros y las asentaréis en el alojamiento donde habéis de tener la noche” (versículo 3); y este lugar fue Gilgal. ¿Qué significan estas doce piedras? Representan las doce tribus de Israel, rescatadas de la muerte por medio del arca que había penetrado allí, en el lugar mismo de donde fueron arrancadas; además el arca había detenido el curso de las impetuosas aguas para que Israel franqueara el río. Tal es el doble aspecto de la obra de Cristo a nuestro favor: arrancados de la muerte, la franqueamos también, “llevados sobre alas de águilas” para penetrar en nuestra Canaán celestial. Estas piedras fueron alzadas cual un monumento a la entrada de la tierra prometida, en Gilgal, lugar donde el pueblo tendrá que volver siempre, para ser una señal destinada a recordar a las generaciones futuras el paso del río Jordán: “Estas piedras serán por memoria a los hijos de Israel para siempre”.
Como Israel otrora, somos los trofeos de la victoria obtenida sobre la muerte: Cristo ha descendido en ella, y como estas piedras, fuimos arrancados de allí y traídos a una vida nueva en Su propia resurrección: “Nos dio vida juntamente con Cristo, y nos resucitó juntamente con Él”. En Él hemos franqueado la muerte: “Y asimismo nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Efesios 1:19; 2:5-6). Hay más: si las piedras de Gilgal a la entrada de Canaán constituían un memorial para Israel, para nosotros ese monumento es Cristo: “El Primogénito de entre los muertos”, resucitado y entrado en el cielo, pero el Primogénito entre muchos hermanos: no está solo, estamos unidos a Él, como las doce tribus de Israel formaban un solo monumento en Gilgal. “Un pan es que muchos somos un cuerpo”. “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11).
Ahora bien, Dios quiere que este memorial produzca un efecto moral correspondiente; en efecto, el creyente resucitado con Cristo lleva sobre sí mismo el carácter imborrable de Su muerte como el de Su resurrección, es lo que significa este texto: “Sepultados con Él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con Él” (Colosenses 2:12), y si Su muerte es mi lugar, ¿puedo vivir todavía en las cosas que he abandonado a Cristo, con las que por gracia Él cargó y que dejó en el fondo del Jordán? “Porque el haber muerto, al pecado murió; mas el vivir a Dios vive ... así también vosotros pensad que de cierto estáis muertos al pecado, mas vivos a Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”. He aquí pues el efecto moral que debemos realizar en nuestra vida al contemplar el memorial de la muerte y resurrección del Señor.
Si el Jordán significa nuestra muerte y resurrección con Cristo, las doce piedras en Gilgal presentan su memorial visto en Cristo, fuera de la muerte y entrado en la gloria, pero se necesita el poder del Espíritu de Dios para su realización práctica, diaria, aquí abajo. Todo el pueblo había pasado las aguas del río pero quizás muchos de ellos eran indiferentes —como lo son tal vez hoy día muchos cristianos— para inquirir el significado del monumento de Gilgal, de estas doce piedras que decían con voz clara a Israel: “Pensad que de cierto estáis muertos al pecado, mas vivos a Dios en Cristo Jesús Señor nuestro”. Allí encontramos los dos lados de la vida del cristiano: un lado negativo: muerto al mundo, y el otro, el positivo: vivos a Dios. Quedemos siempre de este lado, como “piedras vivas”, donde “todo lo que es verdadero, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza”, forma la vida normal del cristiano, y brinda los frutos para Dios, quien también los ha producido (Filipenses 4:8).
Las doce piedras en el fondo del Jordán
Si las doce piedras en Gilgal hablaban a la conciencia de Israel, otro monumento alzado en medio del Jordán hablaba seriamente a su corazón: “Josué también levantó doce piedras en medio del Jordán, en el lugar donde estuvieron los pies de los sacerdotes que llevaban el arca del pacto; y han estado allí hasta hoy” (versículo 9). Estas piedras, ¿qué ojos podían verlas ya que las aguas corrían por sobre todas sus riberas? Ellas no podían ser conocidas más que por la fe, y tampoco ser el símbolo de una vida resurrecta, victoriosa de la muerte; estas piedras eran esencialmente el monumento de la muerte. Las de Gilgal, en Canaán, son las de Cristo en el cielo; las que están en el fondo del Jordán son las de un Cristo descendido en la muerte; bien lo sabemos: “Y eso de subir, ¿qué quiere decir sino que descendió también a las partes más inferiores de la tierra? El que descendió es el mismo que ascendió muy por encima de todos los cielos, para que lo llene todo” (Efesios 4:9).
En efecto, cuando pienso en las piedras en el fondo del Jordán, mi corazón está en comunión con Cristo en la muerte; vuelvo a la ribera del río, me siento allí frente a esas aguas profundas y digo: he aquí mi lugar; es allí donde estaba, es allí donde Él entró por mí, allí me libró de mi “viejo hombre”, lo dejó con Su vida en el fondo de la muerte; las aguas me han sepultado en Su persona bendita, y le oigo como si Él desde allí hablara: “Estoy hundido en cieno profundo y no hallo dónde asentar el pie, he entrado en honduras de agua, la corriente Me ha anegado” (Salmo 69:2).
¿Qué Te ha obligado, oh Salvador amado, a tomar este lugar? Tú jamás tenías que haberlo ocupado, mas Tu amor por mí Te ha hecho descender allí; sólo Tú, habiendo dejado Tu vida, tenías el derecho de volverla a tomar, pero no la quisiste volver a tomar sin mí. Ningún otro motivo a no ser el de la gloria de Dios, que yo había deshonrado, hubiera podido hacerte bajar en la muerte. Y no solamente has detenido victoriosamente las aguas del juicio de Dios por mí, librando solo el combate hasta que todo lo que Jehová había mandado fuese consumado, y que todo Tu pueblo hubiese pasado (versículo 10), mas estas mismas aguas han pasado sobre Ti, en ellas veo lo que la muerte fue para Tu alma santa, el juicio de Dios que yo había merecido. “Un abismo llama a otro a la voz de Tus canales”; —clamaste— “todas Tus ondas y Tus olas han pasado sobre Mí” (Salmo 42:7). Aquí vuelvo a encontrar el recuerdo del amargor, que sólo Tú probaste, de esta copa que Tú solo podías apurar por mí. El monumento permanece hasta hoy, como la cruz queda cual testigo eterno de un amor que aprendí a conocer en el Gólgotha, donde mi corazón, ahora, puede contestar a la voz de Tu clamor: “Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has desamparado?”.
En el marco de este cuadro, reparad todavía lo que nos dice el versículo 18: “Y aconteció que cuando los sacerdotes portadores del arca del pacto de Jehová subieron de en medio del Jordán, y las plantas de los pies de los sacerdotes hubieron salido a tierra seca, volviéronse las aguas del Jordán a su lugar, y corrieron como antes, llenando completamente todos sus bordes”. La sentencia es ejecutada, “el viejo hombre” es sepultado, la condena pasada, la muerte es vencida, —pero ésta queda—. Lo que antes era un obstáculo para entrar en Canaán, obstáculo anulado por el arca, se torna una vez franqueado, en lo que nos separa para siempre, no solo del lejano Egipto, del desierto de Sinaí, mas también de nuestro “yo”. Amados lectores ¿estamos satisfechos de haber concluido con todo lo que pertenece a nuestra personalidad en la carne y en Adam? De lo contrario, no podrá haber gozo duradero en el país de Canaán.
Es precisamente lo que se desprende de la posición de los hombres armados de las dos tribus y media cuya posesión estaba allende el Jordán; con sus hermanos pasaron el río en tren de campaña para luchar, pero dos cosas no llegaron a conocer de una manera duradera: el valor del país de la promesa y el significado del río de la muerte. Este no los detuvo cuando volvían para reunirse nuevamente a los suyos, a sus ganados y sus bienes que los esperaban a la orilla del desierto; el país de su elección reclamaba sus afecciones mientras que sus hermanos gozaban del país que Dios les había dado, y veían con un suspiro de satisfacción, en el Jordán, la barrera que los separaba de todo lo que no tenía ya ningún valor a sus ojos, y de las tristes experiencias pasadas. Nosotros los cristianos, no podemos desandar este camino sino a la única condición de negar prácticamente nuestra posición celestial en Cristo.
“En aquel día, Jehová, engrandeció a Josué en ojos de todo Israel” (versículo 14). Tal fue una de las consecuencias del paso del Jordán; así también engrandeció Dios a Aquel que se humilló hasta la muerte y muerte de cruz, pero con una gloria mucho mayor, la gloria de Dios ha exaltado a Jesús “como Príncipe y Salvador, a fin de dar arrepentimiento a Israel, y remisión de pecados” (Hechos 5:31). Pero antes que esto se realice de una manera mucho más gloriosa en tiempo futuro para este pueblo, lo ensalzó desde luego, como en figura lo podemos contemplar en la persona de José a quien Faraón exaltó y delante del cual, en su carro, los Egipcios se debían arrodillar. Más tarde fue el turno de sus hermanos a venir a postrarse ante él, pero antes de ser reconocido por ellos, José recibe de Faraón una esposa; y es lo que para Cristo se verifica plenamente, cual resultado y en virtud de Su obra redentora, en el goce actual de la Esposa, don que recibió del Padre mismo.
Además, Este lo dio por “cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es Su cuerpo, la plenitud de Aquel que hinche todas las cosas en todos” (Efesios 1:22). Tal es el título y Su honor para siempre. Pero el Señor tiene otras diademas: se sentó ya en el trono de Su Padre, así lo revela Apocalipsis 3:21; más tarde se sentará en el trono de Jehová, unido al de David; es lo que en figura la Palabra nos muestra cuando Dios mismo “engrandeció a Salomón en extremo a los ojos de todo Israel” (1 Crónicas 29:23-25).
Hallamos todavía otro rasgo de la exaltación de Cristo que pertenece al futuro, en la persona del rey Ezequías: después de la liberación de Israel con el juicio de las naciones, en la persona del Asirio: “Ezequías fue muy engrandecido delante de todas las naciones ... muchos trajeron ofrenda a Jehová, a Jerusalem” (2 Crónicas 32:23); entonces se realizará la escena gloriosa que nos revela el profeta Daniel; en visión, entró en el cielo donde vio llegar al Hijo del hombre, a quien “le fue dado dominio, y gloria y reino, para que todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieran”, confirma esta visión el Señor cuando anuncia que Él mismo, cual Hijo del hombre, se sentará sobre el trono de Su gloria ante todas las naciones (Mateo 25:31).
Mientras tanto, los que Él se digna llamar Sus “hermanos”, lo aclamamos desde luego como Señor, en el tiempo de Su rechazo y ausencia; decimos con el apóstol enajenado: “Por lo cual Dios también lo ensalzó a lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y los que en la tierra y los que debajo de la tierra ... y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor a gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:8-11).

Josué 5

La circuncisión
En el capítulo primero hemos hallado los principios morales requeridos para tomar posesión del país de la promesa; en el segundo vimos que, cuando se trata del cielo, Dios traspasa los límites israelitas —Su pueblo según la carne— para introducir allí aquellos que están fundados sobre el principio de la fe, los gentiles en la persona de Rahab y los suyos. Los capítulos tercero y cuarto nos revelaron el camino para entrar en Canaán, y el quinto a su vez nos entregará el secreto para obtener la victoria.
Desde luego, esta porción del libro de Josué comienza mencionando a los enemigos: “Y cuando todos los reyes de los Amorreos que estaban en la otra parte del Jordán al occidente, y todos los reyes de los Cananeos que estaban cerca de la mar, oyeron cómo Jehová había secado las aguas del Jordán delante de los hijos de Israel hasta que hubieron pasado, desfalleció su corazón y no hubo más espíritu en ellos delante de los hijos de Israel”.
Todos los reyes de Canaán desfilan así debajo de nuestros ojos, pero, la potencia de Satanás en que confiaban ha sido ya quebrantada en el río de la muerte: “Como oyeron que Jehová había secado las aguas del río, desfalleció su corazón”. Ahora bien, es exactamente lo que tenemos al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles: la muerte había sido vencida, el Señor había acabado con el poder de Satanás, sin embargo, a pesar de haber crucificado al Señor, los reyes del mundo, los príncipes y sacerdotes de Israel con la misma ciudad de Jerusalem temblaban frente al poder de la proclamación de la victoria de Jesús. Basta escuchar a Pablo disertar sobre la justicia, la continencia y el juicio venidero para que el gobernador Félix sea espantado.
Pero a pesar del miedo que domina al enemigo, éste es todavía demasiado poderoso para Israel; Dios debe poner en condición a Su débil pueblo para hacerle marchar en el camino de la victoria. ¿Por qué medio? Por la circuncisión. Extraño, dirá alguien. En efecto, ni bien se acaba de mencionar a todos los enemigos, lejanos o cercanos, el relato sigue así: “En aquel tiempo Jehová dijo a Josué: hazte cuchillos afilados y vuelve a circuncidar la segunda vez a los hijos de Israel”. ¡Preparación singular para ser llevados a la victoria! Pero es así: Dios empieza por despojar a Su pueblo de todas las armas, los recursos que éste podría hallar en sí mismo; estos no lo podrían llevar sino a una derrota completa. La capacidad humana, el poder de la “carne”, no sirven para alcanzar los bienes celestiales; además Dios no los quiere, los juzga y los pone de lado: esto es lo que representa la circuncisión. Este tema nos obliga a extendernos un poco.
La circuncisión espiritual que es el despojamiento del “cuerpo de la carne” en Cristo, es un hecho cumplido a favor de todo creyente como lo es la “liberación” en las aguas del Jordán, que realice o no su alcance. La enseñanza apostólica sobre “la circuncisión de Cristo” que es la nuestra, es clara y de una belleza sin igual; ante todo presenta a Cristo: “porque en Él” —escribe el apóstol— “habita toda la plenitud de la deidad corporalmente”. Todo está en Cristo, deidad y humanidad, nada le falta; pero un poco más adelante somos nosotros los que tenemos todo en Él, nada nos falta: “en Él estáis cumplidos” (Colosenses 2:9-11). Él es nuestra perfección. Ahora llega la circuncisión: “En el cual también sois circuncidados (o despojados), de circuncisión no hecha con manos, con el despojamiento del cuerpo de la carne, en la circuncisión de Cristo”. No solamente no hay nada que agregar a aquellos que están en Cristo, pero tampoco nada que quitarles; todo está ya quitado: han sido despojados de su personalidad adámica.
Cristo, el segundo Adam no puede estar junto con el primero; sois despojados de él, es un hecho cumplido en la cruz una vez para siempre. Un poco más adelante, en el versículo 12, vemos que ese despojamiento es un acto que se torna personal, realizado en cada uno: “Sois sepultados juntamente con Él en el bautismo”. Este pasaje abarca la circuncisión de Cristo en sus dos aspectos: el hecho cumplido una vez en la cruz, y su símbolo (el bautismo) en nuestra personalidad. He aquí pues dos hechos bien establecidos. Pero, agrega el versículo leído: “En el cual también resucitasteis con Él, por la fe de la operación de Dios que le levantó de los muertos”. He aquí la circuncisión de Cristo en toda su extensión, y corresponde a las dos importantes verdades representadas ya por el Jordán: la muerte y la resurrección con Cristo. Ante Dios somos completamente despojados de nuestra personalidad adámica, y cumplidos en Cristo resucitado; todo esto nos está presentado aquí por motivo de la lucha que va a empezar.
Para que no haya confusión posible entre la circuncisión israelita, y la de Cristo, es decir la nuestra, Pablo establece claramente el contraste que hay entre ambas, deduciendo a la vez otras consideraciones: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que rendimos culto por el Espíritu de Dios”. En efecto, si “la carne” no puede tomar posesión de los bienes celestiales, tampoco puede rendir culto al Padre en Espíritu y en verdad; para gozar este privilegio es menester haber terminado con el viejo hombre y recibir el Espíritu Santo. Luego, el apóstol agrega otra particularidad a la circuncisión de Cristo: “Nos gloriamos en Cristo Jesús”.
La carne, aún la religiosa, no se gloría en otra cosa sino en sí misma: en ordenanzas, en los mandamientos, en enseñanzas humanas, en todo lo que puede tener una apariencia de sabiduría y de sacrificio, hasta en duro trato del cuerpo, pero todo ello para la satisfacción del “yo religioso” (Colosenses 2:21-23). ¿Por qué insistir tanto sobre estas verdades? preguntará el lector. ¡Ah, leyendo la carta a los Gálatas, veréis que la circuncisión, o sea el judaísmo, fue una de las primeras armas con que combatió Satanás contra la iglesia para hacerla abandonar su carácter y posición celestial; demasiado logró la victoria, hasta en la actualidad.
He aquí pues la verdadera circuncisión, la de Cristo, de modo que de aquí en adelante no pudiéramos tener ninguna confianza en la carne; y todo esto es de sumo valor ya que el avance en la lucha, tanto para los ejércitos de Israel otrora, como para el pueblo cristiano actual, depende de su realidad. Es imprescindible que el estigma de la muerte del hombre en Adam sea marcado en forma indeleble sobre los combatientes. Observemos una vez para siempre amados lectores, que no se trata aquí de procurar terminar con nuestra personalidad adámica; esto es un hecho cumplido ya ante Dios por la cruz, y que la fe se apodera; pero que se torna en una realidad práctica a medida que nuestra conciencia comprueba su eficacia.
Un ejemplo que ilustra la aplicación de esta verdad en nosotros nos es ofrecido por el profeta Isaías, cuando en presencia de Jehová exclama: “¡Ay de mí que soy muerto, que siendo hombre inmundo de labios, han visto mis ojos al rey Jehová de los ejércitos! Y voló hacia mí uno de los serafines teniendo en su mano un carbón encendido tomado del altar con una tenaza; y tocando con él sobre mi boca dijo: he aquí que esto tocó tus labios y es quitada tu culpa y limpio tu pecado”. Si bastaba para la justicia de Dios que el fuego judicial del altar haya agotado sobre su víctima ofrecida por el pecado hasta el último átomo de su poder, era necesario también que la potencia purificadora representada por el carbón encendido fuese aplicada sobre los labios inmundos del profeta; así Isaías estaba en contacto personal y directo con este mismo fuego comprobando su eficacia, y quizás hasta su dolor. Luego a la pregunta de Jehová: “¿Quién irá por nosotros?”, la contestación no se hace esperar: el profeta que acaba de hacer la experiencia del “enjuiciamiento de sí mismo”, contesta: “heme aquí, envíame a mí”. Está listo para ir a luchar (Isaías 6:1-8).
Gilgal
“Y Jehová dijo a Josué: hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto; por lo cual el nombre de aquel lugar fue llamado Gilgal, hasta hoy” (versículo 9). ¿No lo había quitado antes, al pasar Israel el Mar Rojo? Allí el pueblo fue librado de la esclavitud de Satanás; pero la esclavitud de la carne: sus murmuraciones, sus rebeliones, fue el fardo que llevó Israel a través del desierto; Dios lo llama el oprobio de Egipto; y es sólo en este lugar, en Gilgal (hebreo: galar, esto es: rodar) que por primera vez el yugo de la carne les fue quitado; con razón la Palabra nos da el detalle siguiente: “Y cuando acabaron de circuncidar a toda la gente, se quedaron en el mismo lugar en el campamento, hasta que sanaron” (versículo 8). ¡Qué libertad!
Es aquí, pues, en donde halla lugar esta segunda e importante verdad: la circuncisión de Cristo considerada bajo su aspecto esencialmente práctico, el que vimos ya. La circuncisión de Cristo es a veces considerada bajo una forma meramente doctrinal, pero se precisa un lugar donde tiene su realización práctica, y es Gilgal. Además, será el centro de congregación del ejército de Jehová antes de marchar hacia la victoria: será también el lugar de reunión después y el punto de partida para ir hacia nuevas conquistas. Si no realizamos lo que significa Gilgal, es decir nuestra muerte con Cristo, el poder del viejo hombre recuperará lo que ha perdido y jamás una victoria podrá seguir a otra: Dios quiere luchadores libres del mundo, de sí mismo y de toda otra atadura: “Descargándonos de todo peso y del pecado que estrechamente nos rodea, corramos con paciencia la carrera que ha sido puesta delante de nosotros” (Hebreos 12:1). Tal es nuestro Gilgal; para lograr tal propósito, son imprescindibles los afilados cuchillos de Josué: la Palabra de Dios, la que es “más penetrante que toda espada de dos filos y que alcanza hasta partir el alma y aún el espíritu y coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).
Otra ilustración nos ayudará a comprender la importancia de nuestro Gilgal: eran los días en que Israel tenía como capitán de sus ejércitos a un hombre muy distinto de Josué: era Saúl, precisamente el rey según la carne porque era ésta la que había pedido rey a Jehová. Llega el día cuando Filisteos e Israelitas deben enfrentarse en la batalla: ningún recurso está del lado de Israel, hasta cuando un hombre se presenta ante el rey: David. Al parecer de Saúl (que es el de la carne), David no puede ir a enfrentarse contra el enemigo, porque es joven y no tiene armas. Luego Saúl viste a David con sus ropas, pone sobre su cabeza un casco, le arma de coraza; y ciñe David su espada sobre su armadura ... pero no puede andar. “Y dijo David a Saúl; yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué; y David echó de sí aquellas cosas” (1 Samuel 17:33-39).
¡Qué ejemplo para el cristiano de hoy! nunca haber practicado las armas carnales ... echar de sí estas cosas, luego tomar el cayado, escoger cinco piedras lisas del arroyo ... las armas del pastor, y así marcharse seguro de la salida del encuentro. Aquí hallamos todavía otra lección; la carne tiene sus armas, la quiere proporcionar también; pero jamás todas ellas podrán llevar al hombre de fe a la victoria: “Vistámonos las armas de luz, en palabras de verdad, en potencia de Dios, en armas de justicia a diestro y a siniestro ... no fui con excelencia de palabras o sabiduría, anunciándoos el testimonio de Dios, y mi palabra y mi predicación no fueron con palabras persuasivas de sabiduría”. Estas palabras humanas carecen de la vida y del poder de Dios.
El alimento de Canaán
El despojamiento de la carne por el juicio realizado en la cruz (la circuncisión), y la práctica diaria de su juicio (Gilgal), son las primeras e indispensables condiciones para ir a la batalla, pero hay otros recursos tan indispensables como éstos: antes de levantarse para combatir, Israel debe sentarse a la mesa de Dios para comer: “Y los hijos de Israel asentaron campo en Gilgal, y celebraron la Pascua a los catorce días del mes, por la tarde, en los llanos de Jericó; y al otro día de la Pascua comieron del fruto de la tierra (el “trigo viejo” del país), panes sin levadura, y el mismo día, espigas nuevas tostadas” (versículos 10-12).
Para hacer frente a las fatigas de la guerra, era necesario estar alimentados: las fuerzas positivas están allí. Pero ¿alimentados de qué? De Cristo: el maná, el cordero pascual, los frutos de la tierra, los panes sin levadura, las espigas nuevas tostadas; la mesa de Dios ofrece alimento abundante como variado; y todo aquello nos habla de Cristo bajo distintos aspectos. ¡Cuán bendito es el entrar en el combate con corazones alimentados de Él! Es la fuente del poder. Existen varios motivos por los cuales el alimentarnos es indispensable: para mantener nuestra comunión con el Señor, para alabar al Padre en el culto ... pero aquí, es con motivo de marchar a la lucha. Si es con un corazón vacío que se avanza contra el enemigo, no se puede esperar sino una derrota; y además, Satanás podrá ofrecerle un objeto para su codicia como lo veremos luego.
Si se es nutrido de Cristo, hasta el combate no infunde ningún temor; la victoria es ganada por aquellos que son “criados en las palabras de la fe y de la buena doctrina”. No esperemos pues mañana para nutrirnos porque podríamos estar llamados a enfrentarnos con el enemigo ahora mismo; además si queremos contender con tesón (Judas 3), hemos de estar llenos de la Palabra de Cristo y del Espíritu Santo; por otra parte, sabemos que la corona no está prometida sino a los que “contendieron legítimamente”, es decir, según las leyes de la guerra, impartidas por el Jefe.
Amados lectores, nuestro alimento no es una religión, y menos todavía la comida que el mundo podría ofrecer al nuevo hombre, ésta le es indigesta. Nuestro alimento es la persona de Cristo. Nos está presentada aquí bajo aspectos distintos; el fruto o trigo viejo del país, el maná y la Pascua que se componía del cordero, de panes sin levadura y hierbas amargas. Entremos en algunos detalles: esta Pascua celebrada en Canaán en los llanos de Jericó, era la misma fiesta que el pueblo celebrara en Egipto, cuarenta años antes; y sin embargo, ¡cuán diferente es la una de la otra! Allá, Israel era un pueblo teniendo conciencia de su culpabilidad, acosado por el enemigo, protegido por la sangre del cordero, pronto a huir entre las tinieblas de la noche, del juicio que le cierne. En Canaán, Israel es un pueblo que ha alcanzado la meta: la tierra prometida, libre del oprobio de Egipto; un pueblo resucitado vencedor de las aguas de la muerte, y que viene a sentarse junto a la mesa de Dios, en el punto de su partida, en el fundamento mismo de todas sus bendiciones; alrededor del cordero.
Para nosotros los cristianos, la Pascua celebrada en Canaán (porque hay una que se celebró en el desierto justo un año después de la salida de Egipto —Números 9:1-13—, y que nos brinda enseñanzas prácticas de mucho valor), corresponde a lo que es la Cena del Señor cuando la realizamos conscientes de nuestra posición celestial; y, notemos que en su sentido espiritual es un alimento permanente. Aún en el cielo nuestra Cena no cesará, pero, no será más el recuerdo de la muerte del Señor celebrado en Su ausencia, tampoco necesitaremos elementos materiales (el pan y el vino): veremos en medio del trono al Cordero mismo, como inmolado: el centro visible de la nueva creación fundada en la obra de la cruz: el punto de apoyo en que estriba toda bendición, el Cordero, objeto de la alabanza de millares y millares en un culto universal.
Pero hay otro manjar de la mesa celestial: “Y el otro día de la Pascua comieron del fruto de la tierra (el trigo viejo del país), panes sin levadura y espigas nuevas tostadas”. Dios brinda a Su pueblo lo que nunca hubieran podido conocer ni en Egipto ni en el desierto: los frutos de la tierra prometida, es decir para nosotros los cristianos: un Cristo celestial, el Hijo que hacía las delicias del Padre desde la eternidad, antes que se hiciere hombre; pero nos lo ofrece como Hombre, quien en esa humanidad inmaculada (figurada en los panes sin levadura), sufrió el fuego del juicio de Dios, cual las espigas tostadas lo simbolizan: un Cristo que ha entrado en la gloria por la resurrección, donde como Hombre está a la diestra de Dios.
Ahora bien, ese Hombre está allí para nosotros, no solamente cual nuestro abogado para con el Padre o nuestro representante ante Dios, mas, en Su persona Él ha introducido a una humanidad nueva en la gloria, en el tercer cielo: “Conozco a un hombre en Cristo”, exclama el apóstol, “(si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé), que fue arrebatado hasta el tercer cielo ... donde oyó palabras inefables”. Las “espigas tostadas” eran también del agrado de Pablo; sus palabras lo comprueban: “A fin de conocerle” —escribe a los Filipenses— “y la virtud de Su resurrección, y la participación de Sus padecimientos, en conformidad de Su muerte”. Esta comida le comunicaba las fuerzas necesarias para proseguir hacia adelante, si en alguna manera alcanzara la resurrección de entre los muertos.
El hombre en Cristo ha entrado en el pleno goce de las beatitudes celestiales. Alzo mis ojos, considero a ese Hombre y digo: he aquí mi lugar, estoy en Él, poseyendo Su propia vida, la vida eterna: la vida del Hombre resucitado de entre los muertos. Estoy unido a Él, gozando de esta infinita bendición por el Espíritu Santo, quien es a la vez, el poder que me hizo entrar allí. ¡Adorable Salvador! para mí descendiste hasta la muerte, subiste, y me introdujiste allí en Tu persona antes de llevarme contigo, semejante a Ti, por la eternidad. ¡Qué gozo y qué potencia nos comunica contemplar a un tal Cristo! “Nosotros todos mirando a cara descubierta la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria, en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). Hallamos en este versículo, el resultado del poder alimenticio del “fruto del país” y de “las espigas tostadas”; el alma alimentada de un Cristo celestial, formada sobre el mismo molde, es capaz de reproducir los rasgos de tal objeto.
Esta es nuestra porción como también lo fue la del mártir Esteban, un hombre lleno del Espíritu Santo como resultado de la obra perfecta de Cristo; quien, en su carácter normal, en medio de circunstancias las más propicias para hacerle perder este carácter, responde plenamente al objeto por el cual Dios lo puso en tales circunstancias. Por su parte, Esteban no ofrece ninguna resistencia carnal que el Espíritu debiera vencer. Este puede, con plena libertad y poder, formar la imagen de Cristo en él: los rasgos del Hombre glorioso en el cielo se tornan así los del hombre perfecto en la tierra; y al sufrir una muerte horrible, se le oye repetir las palabras del Modelo: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”.
He aquí un ejemplo que nos muestra lo que significa ser transformado de gloria en gloria en la misma imagen; no es nada de místico ni el producto vago de la imaginación humana. Es la reproducción, en gracia, de los rasgos de Cristo que se contemplan en él, reflejándolos en nuestra vida diaria, en nuestros actos, en nuestras palabras; por el amor, la intercesión, la paciencia, la dependencia ... como lo fueron en el Modelo perfecto aquí abajo. Para lograr tal éxito, tanto el maná que encontramos en el Evangelio, como el cordero y las espigas tostadas constituyen la comida indispensable. ¿Pueden ver, nuestros hermanos, como otros vieron en Esteban, en Moisés, en Pablo, los rayos de la gloria de Jesús en nuestro testimonio? Basta contemplarle y hablar con Él, para lograr tal propósito; no perdamos de vista nuestro Modelo y así, sin que lo sepamos, manifestaremos Sus características a nuestro alrededor.
“Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra”. Era el alimento apropiado para el desierto, figura de un Cristo descendido del cielo, viviendo y sufriendo en las circunstancias penosas de nuestra vida terrenal: “Siendo tentado en todo, según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Al inverso de Israel, nosotros los cristianos somos privilegiados al gozar de Cristo como lo presenta el maná y los frutos de Canaán a la vez. Es en los Evangelios que le contemplamos atravesando todas las circunstancias de esta humanidad doliente; derramando bienes, sanando, Sus palabras, Sus enseñanzas y Sus ejemplos nos brindan confianza, fe, dependencia, perseverancia, paciencia, comida que nos sostiene a través de nuestras luchas para seguirle.
Sin embargo, notemos que el maná no es un alimento permanente: la fe, la esperanza, la paciencia, no se necesitarán más cuando el viaje habrá terminado. Sin duda el maná es precioso; ofrece un recuerdo eterno: el Hombre, Cristo Jesús que ha padecido aquí, lleva indelebles señales de Su cruz; permanecen para siempre ante Dios, guardados en un urna de oro, figura de un cuerpo glorificado, y será la porción especial, “el maná escondido” premio y recompensa para el vencedor (Hebreos 9:4; Apocalipsis 2:17). ¡Qué sabor y dulzura tendrá el recuerdo, a cubierto del dolor, de lo pasado; con razón podemos cantar:
En la célica morada de las cumbres del Edén,
Donde cada voz ensalza al Autor de todo bien,
El pesar olvidaremos y la triste cerrazón,
Tantas luchas del espíritu con el débil corazón.
Sí, allí será gratísimo en el proceder pensar
Del Pastor fiel y benéfico que nos ayudó a llegar.
Pero “el trigo del país”, el Cristo celestial, el Hijo de Dios, el Cordero inmolado será un alimento permanente y eterno; no para que seamos transformados por etapas a Su imagen como aquí abajo (2 Corintios 3:18), porque entonces “le veremos como Él es” (Filipenses 3:21; 1 Juan 3:2).
No podemos dejar este tema sin recordar la expresión empleada: “La mesa de Dios”. En efecto, amados lectores, si Cristo es nuestro alimento, lo fue en primer lugar el de Dios. Él nos regaló Su propia comida: ¿sobre quién el Padre pudo poner Sus miradas y Su corazón aquí en este mundo, sino en ese Hijo amado, en el cual tuvo Su complacencia? Era Su gozo, el objeto mismo de Su amor. La vida entera de Cristo; Su dependencia hacia Dios, Su obediencia, Su entrega, todo satisfizo el corazón del Padre: el despliegue de Su poder, sanando, resucitando y predicando; todo era perfecto.
Además, si Cristo ha hecho las delicias del Padre y lo ha glorificado en la tierra (Juan 17:1), es también en la cruz que como Hijo del hombre ha glorificado a Dios (Juan 13:31). Antes de descender a esta tierra, el Hijo estaba en el seno del Padre, Sus delicias, en el secreto de la Trinidad: “A Dios nadie le vio jamás” —declara el Evangelio— “mas el unigénito Hijo que está en el seno del Padre”, el que hacía Sus delicias de día en día, regocijándose siempre delante de Él y estando a Su lado, “Él lo declaró” (Juan 1:18; Proverbios 8:30). Actualmente, en la gloria, el Hijo hace las delicias del Padre en todos los resultados de Su obra; es la “Vid verdadera”, y si el Padre es el Labrador que la cuida, también participa de Sus frutos. Esto es, pues, la “mesa de Dios”, a la que estamos convidados para disfrutar sus bienes, con el fin, en el caso que nos ocupa, de ser fortalecidos, para gozar nuestra comunión con el Señor y ofrendar al Padre el culto que le agrada. Pero, también para la lucha que debemos sostener, motivo de nuestro libro.
El Jefe del ejército de Jehová
El combate va a comenzar, pero, el General del ejército no se presentó aún. Se revela en el último momento, pero en el momento necesario; he aquí el detalle de Su manifestación: “Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en la mano. Josué entonces fue a él y le dijo: ¿eres tú de los nuestros o de nuestros enemigos?” (versículo 13). La fe puede contar con el Jefe en el instante preciso, cuando los combatientes están listos, y que se está cerca del obstáculo; cerca de Jericó. Los preparativos tuvieron lugar: la circuncisión, Gilgal, la comida celestial, pero la potencia, el plan, la formación en orden, el momento de lanzarse al combate, todo esto y mucho más aún es de la incumbencia del Jefe del ejército. El combatiente que no estuvo en Gilgal, no puede seguir los movimientos del ejército de Israel; introduce sus propias combinaciones, se lanza a la lucha tarde o temprano, combate en una falsa dirección, fuera de la dependencia del Jefe; luego cae y está vencido, no puede registrar sino derrotas.
Notemos cómo el Ángel de Jehová, el representante mismo de Dios bajo un carácter misterioso y angelical, de quien el Antiguo Testamento nos habla a menudo, se adapta de una manera maravillosa, llena de gracia, a todas las circunstancias de Su pueblo. Se manifestó a Israel en el Mar Rojo cual Libertador; en las penosas jornadas del desierto fue el Viajero divino que acompañó a Su pueblo a menudo cansado; en Canaán, el Ángel de Jehová se revela como el Conquistador, Jefe del ejército; y cuando el reino será establecido, morará en paz en medio de Su pueblo; y se podrá llamar el lugar: Jehová-Samma, esto es: Jehová está aquí (Ezequiel 48:35). ¡Admirable condescendencia es la Suya, pero cuánta seguridad brinda Su presencia a nuestras almas! El Jefe del ejército tiene la espada desenvainada en Su mano; es ella la que dará certeros golpes; y el pueblo no necesita de otra.
Tres veces el Ángel de Jehová aparece con la espada desnuda en Su mano para intervenir en la historia de Israel: la primera vez preserva al pueblo de los peligros que lo amenazan, cuando Satanás en la persona de Balaam salió para maldecir a Israel: le barre el camino. La segunda vez, la espada de Jehová va a combatir con Sus ejércitos, para darles la victoria. Y la tercera vez, ¡ah! la espada aparece para restar al pueblo de David, el rey culpable que quiere vanagloriarse del gran número de su pueblo (Números 22:23; 1 Crónicas 21:16).
Nosotros también, amados lectores; nuestras experiencias se verifican a menudo de estas tres maneras; ¡cuántas veces, sin que lo supiéramos aún, nuestro Intercesor hizo frente al Acusador, quien nos pedía para zarandearnos como a trigo! La espada del Abogado puso en fuga al que nos quería maldecir. ¡Cuántas veces el Señor nos asocia en gracia a la lucha contra las potencias enemigas, dándonos la victoria para luego obtener nuevas bendiciones! Pero ¡ah! Él se revela también como teniendo Su espada desnuda contra la ciudad de Dios culpable, debiendo pelear contra el mal que se halla en ella; así se manifiesta a la iglesia en Pérgamo: “El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto: Yo conozco tus obras”. Aquel que es cual “fuego consumidor” y que castiga a los Suyos, los humilla para volver otra vez Su espada en la vaina y restaurarlos al fin.
Además, y es consolador a la vez, saber que es en gracia que el Señor obra a nuestro favor; mientras, para el hombre que, como Balaam, ha entregado a Satanás, el acusador de los santos, el don de profeta que había recibido de Dios, es terrible encontrar al Ángel de Jehová con la espada desnuda en Sus manos: “Ahora te mataría” dice el ángel a Balaam (Números 22:33). Pero ¡ah! cuántos verdaderos cristianos en nuestros días de ruina, siguen poco, o mucho, el camino de Balaam en una hostilidad abierta contra el pueblo de Dios, disfrazados con el manto de profeta. Son estos hombres los que introdujeron la idolatría en la Iglesia, de la cual nunca se pudo limpiar: “Tú tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación (Apocalipsis 2:14,20).
“Y Josué yéndose hacia el Ángel de Jehová le dijo: ¿eres Tú de los nuestros o de nuestros enemigos?” Es imposible permanecer neutral; lo deberíamos saber nosotros, nuestro Jefe lo ha dicho en días de lucha: “El que no es conmigo, contra Mí es, y el que conmigo no recoge, derrama”. ¿Cuál es la actitud que Josué asumió inmediatamente frente al personaje que se le aparece? “Postrándose sobre su rostro en tierra le adoró”. ¡Qué notable encuentro entre estos dos Jefes: el primero es el Ángel de Jehová, quien de costumbre permanece invisible; el otro es un hombre, débil en sí mismo pero sobre quien los ejércitos de Israel tienen puestos los ojos, y cuya responsabilidad es enorme. Josué cae en tierra y adora: tal es la posición del hombre ante Dios: en presencia del Ángel de Jehová o en la de Jesús, el humano tiene que adorar.
La diferencia que hay es que en el Nuevo Testamento, Dios se ha hecho Hombre, pero sin restar nada a Su dignidad, y cuando una de Sus criaturas cae a Sus pies, que sea un jefe de ejércitos o un repugnante leproso; Jesús —Jehová Salvador— recibe Su adoración. “¿Qué dice mi Señor a Su siervo?” pregunta Josué; la orden es notable y extraña a la vez: “Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar donde estás es santo”. La obediencia es inmediata: “Y Josué lo hizo así”; cumple la orden tal como un soldado frente a su superior. No es el amor, ni la caridad, ni la misericordia que son reivindicadas aquí; sino la santidad; y sin la santidad, no se puede ir a la lucha. Josué ha cumplido una orden sin quizás darse cuenta de su alcance práctico; es lo que veremos más adelante.
No es la primera vez que oímos al Ángel de Jehová impartir esta clase de orden: al manifestarse a Moisés en la zarza ardiente con motivo de salvar a Israel, la primera palabra divina es la misma: “Quita los zapatos de tus pies porque el lugar en que tú estás es tierra santa” (Éxodo 3:5). La presencia de Dios santifica el lugar donde se manifiesta, y el ser humano que allí se acerca debe abandonar todo cuanto comunica con otro lugar manchado por el mal. Notemos que si Dios es santo, reivindicando este carácter en la obra redentora, no es menos santo cuando se trata de marchar a la conquista de la tierra prometida. ¡Qué ejemplo aleccionador nos presenta la Palabra de Dios! ¡Con qué santidad práctica (nuestro andar) deberíamos acercarnos a la cruz, allí donde nuestra salvación ha sido enteramente solucionada a gloria de Dios, y donde Su santidad, como en ningún otro lugar, ha sido plenamente reivindicada! Acerquémonos con reverencia.
Con razón ordena el Señor: “pruébese cada uno a sí mismo ... si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; pero cuando somos juzgados, castigados somos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1 Corintios 11:28-31). Igual santidad y separación del mal exige nuestro divino “Capitán” en la lucha contra el enemigo; permanecer con un mal no juzgado en nuestro corazón nos priva de la presencia de Dios, y nos expone al juicio del Señor, entregándonos indefensos en las manos de nuestros enemigos. La clase de calzados que hemos de llevar están indicados en la lista de la indumentaria del soldado: “Calzados los pies con el apresto del Evangelio de paz”, y marchando así, se podrá exclamar siempre: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian las buenas nuevas!” (Romanos 10:15). El andar de los que llevan estas buenas nuevas debe estar siempre en acuerdo con el mensaje que deben entregar.

Josué 6

Jericó
Por fin el pueblo de Israel ha llegado frente al obstáculo: es una ciudad “amurallada hasta el cielo”, alzado delante de él para impedirle tomar posesión del país. “Jericó estaba cerrada, y bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie salía, ni nadie entraba” (versículo 1). No hay nada que el enemigo aborrezca tanto que el vernos entrar en nuestros privilegios y tomar una posición celestial; bien sabe que un pueblo celestial se le escapa y le arrebata sus bienes. Pues su primer esfuerzo es poner un obstáculo a nuestra marcha hacia adelante y a la vez resguardar sus bienes: “Cuando el fuerte armado guarda su atrio, en paz está lo que posee; mas si sobreviniendo otro más fuerte que él, le venciere, le toma todas sus armas en que confiaba y reparte sus despojos”.
¿Imperaba el temor en la ciudad? ¿Tenían miedo a los hijos de Israel los de Jericó? Sabían cómo las aguas del Jordán, una barrera que les había parecido infranqueable, fueron cortadas; habían oído cómo Jehová hizo abrir el Mar Rojo; también estuvieron enterados de la suerte de sus vecinos: Sehón y Og, reyes de los Amorreos. Todo esto lo sabe Jericó, pero tiene fe en sus murallas, en sus puertas y en sus cerrojos. ¡Vana confianza! El día de su destrucción está cercano; Satanás lo sabe también, pero ciega a los cautivos hasta en presencia misma del juicio; les convence que hay que resistir. ¡Cuántos son los que así actúan frente a la muerte, cuando se está a un paso sólo del infierno! Se confían todavía en la juventud, en la salud, en el dinero, en un médico, en una religión; se cierra las puertas al Señor, el único que los podría salvar. ¡Locura! Tarde o temprano el último baluarte se va a desplomar.
Pero hay otro motivo que indujo al rey de Jericó a cerrar las puertas de la ciudad; si nadie del exterior debía entrar, nadie tampoco debía salir. Satanás sabe que Rahab con todos los que están en aquella casa que una noche abrigó a los testigos de Dios y de cuya ventana cuelga un cordón de grana, cuentan con una esperanza. El diablo es astuto, no quiere que nadie escape de sus garras y tampoco del juicio de Dios; ningún esfuerzo humano es capaz de abrir brechas en estas murallas alzadas hasta el cielo como ante el Mar Rojo o frente al Jordán; nadie había podido abrir paso. Pero Jericó debe caer; Satanás tendrá que comprender que ninguna fuerza puede oponerse al pueblo de Dios que marcha bajo la dependencia de su Jefe.
¿Tendrá temor Israel? Allí hay mucho para amedrentarlos y hacerles volver atrás; es precisamente lo que se propone el adversario, y tratará de realizarlo cuanto antes. Pero, por el momento, el pueblo de Dios está preparado; ha realizado ya varias y provechosas experiencias; ¡ojalá las recordara para siempre! Veréis alzarse estas mismas murallas en la historia de cada cristiano: no digo que el obstáculo se encuentra siempre cuando la conversión, pero, tarde o temprano se mostrará cuando se quiere caminar hacia la lucha para realizar su vocación celestial. El primer encuentro es una fortaleza en apariencia inexpugnable; el cristiano no la podrá evitar; no precisamos enumerar aquí todas las dificultades de cada creyente, son diversas como numerosas; pero se resumen todas con esta palabra: el obstáculo; ¿qué sucederá si avanzo? perderé mi posición, mi carrera será quebrada, mis amigos me abandonarán, mis padres no lo soportarán, y ¿qué dirán los demás? etc.
Tal es el aspecto frecuente que revisten para el alma las altas murallas de Jericó; ¡cuántos cristianos, frente a ellas, pierden valor aún antes de combatir, y vuelven atrás! Satanás lo sabe muy bien: nos hace considerar la altura de esos muros, el espesor de las puertas, el grueso de los cerrojos, porque no hay cosa que odia y tema más que cuando nos apropiamos de nuestros privilegios. Pero, el alma preparada por Dios no retrocede ante las dificultades, sabe que posee un medio para vencerlas, y lo utiliza; medio muy sencillo pero no hay otro, helo aquí: la fe. En efecto: “Por la fe cayeron los muros de Jericó con rodearlos siete días” ... “Estad firmes, combatiendo juntamente por la fe del Evangelio, y en nada intimidados por los que se oponen; que a ellos ciertamente es indicio de perdición” —como a los incrédulos de Jericó— “mas a vosotros de salud” —como Rahab e Israel—. Así escribía el apóstol a los Filipenses. Del poder de estas palabras, tenían ya una valiosa prueba cuando, en la misma cárcel de esta ciudad, en el calabozo de más adentro, Pablo y Silas la habían conmovido hasta sus cimientos: “Y al instante se abrieron todas las puertas de la cárcel, y se le soltaron a todos las prisiones” (Hechos 16:25-26).
La fe es la simple confianza en el Señor, pero al mismo tiempo la falta completa de confianza en sí mismo; estas dos cosas son inseparables. Basta la fe para hacer caer los obstáculos, qué importa si las murallas se elevan hasta el cielo, o si se está en el calabozo de más adentro. La fe no cuenta con el poder del hombre ni está fundada en sabiduría humana; cuenta con Dios, con Su poder y Su sabiduría; es Su carácter indeleble, y a la vez proporciona ese poder y esa sabiduría a aquel que anda por fe; tal es la experiencia de los hombres y mujeres del Antiguo y Nuevo Testamento que lucharon en las filas del Jefe y consumidor de la fe.
Veamos ahora cómo la potencia divina, cuando hace algún llamado a la fe, se muestra celosa, y no deja subsistir nada que pueda tener hasta la apariencia de fuerza y sabiduría humanas: la elección de las armas, los medios del combate, nada es revelado por el Jefe del ejército de Jehová que habla con Josué. Israel no puede elaborar ningún plan, ningún convenio, no pueden concertarse en cuanto a los medios para hacer caer a Jericó. La fe se somete al plan divino, emplea los medios que Dios le indica, no inventa nada. Se necesitan sociedades, comités, sínodos, plata, etc., se oye decir: el hombre necesita estas cosas, mas la fe se pasa de ellas. “Mas Jehová dijo a Josué: mira, Yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra”. Plena seguridad, para la fe. “Rodearéis pues la ciudad, todos los hombres de guerra, y yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días. Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuernos de carneros, delante del arca; y el séptimo día, daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las bocinas” (versículos 2-5).
Dios tiene Sus propios medios. Pero diréis: ¿por qué no simplifica el camino? ¿por qué todas estas complicaciones? ¿por qué dar vuelta a la ciudad una vez por día y siete veces el séptimo día? ¿y ese cortejo, y el arca, y las trompetas? ¿por qué? Amado lector, la fe no exige ningún porqué; ella no razona sobre los medios de Dios; los acepta, obedece, combate, obtiene la victoria, y luego comprende. Así fue en Egipto cuando la salida, lo mismo sucedió en el Mar Rojo, así tuvo lugar frente al Jordán. Diréis vosotros: ¿es necia la fe? No es tal; primeramente ella se somete, obedece y sigue al jefe; esto es la fe que proviene de Dios; Sus hijos no van con otro poder. La fe os dirá el porqué de los siete días, el porqué de la presencia del arca, del cortejo, de los cuernos de carneros; los gritos de alegría, os lo dirá, pero sólo después de haberse sometido; si ella desearía comprender antes de someterse, ya no sería la fe sino la inteligencia y los razonamientos humanos.
Pero no es todo. La fe marcha hacia adelante en la dependencia de Dios quien había dicho: “Yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra”. Desde luego está segura de la victoria; pero ella debe estar puesta a prueba; le es necesaria la paciencia también: “Carísimos” —escribe Pedro— “no os maravilléis cuando sois probados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba ... porque la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo fuere manifestado” (1 Pedro 1:7). “Y no sólo esto, mas aún nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia” (Romanos 5:3). El pueblo debe marchar así durante seis días completos; luego el séptimo día debe dar siete vueltas a la ciudad: la paciencia hace su obra perfecta “para que seáis perfectos y cabales”, sin faltar otro carácter bendito de esta fe, “igualmente preciosa”, en alguna cosa (Santiago 1:4).
Notemos todavía ella nos asocia con Cristo; nos da parte y comunión con Él en medio de la lucha, de la tribulación o de la prueba; este es el motivo por el cual Jehová alinea a Su pueblo alrededor del arca: “Los armados iban delante, los sacerdotes en torno del arca, y la gente reunida detrás”. Ya no es más como en el paso del río Jordán cuando el arca precedía de dos mil codos al pueblo; o en el desierto, cuando en cierta oportunidad, la distancia era mayor: “El arca del pacto de Jehová fue delante de ellos, camino de tres días, buscándoles lugar de descanso” (Números 10:33). Así sucedió: el arca verdadera, el Señor, precedió a los Suyos por camino de tres días, y al tercero el lugar de descanso había sido hallado; después pudieron seguir mucho más de cerca al Maestro.
Aquí frente a Jericó, los hombres armados van delante, los sacerdotes y el arca ocupan el centro; y los demás cierran la marcha formando así el cuerpo mismo del ejército. Mas esta asociación con Cristo no tiene jamás por blanco ni por resultado exaltar al hombre o darle importancia; exalta a Cristo; escuchad más bien: “Varones Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué claváis la vista en nosotros, como si con nuestro propio poder o piedad, hubiésemos hecho andar a este hombre ... ? El Dios de nuestros padres ha glorificado a Su siervo Jesús ... y por medio de la fe en Su nombre, a éste, a quien vosotros veis y conocéis, Su nombre le ha fortalecido; y la fe que es por medio de Él le ha dado esta perfecta sanidad en presencia de todos vosotros” (Hechos 3:12-16). Imposible exaltar más el nombre del Señor Jesús y ocultarse a sí mismo.
Prosigamos nuestra aplicación espiritual: en los Hechos de los Apóstoles vemos, en primer lugar, formarse la Iglesia mediante el descenso del Espíritu Santo; la presencia y el nombre de Jesús son realidades como el arca estaba en medio del cortejo israelita; luego un testimonio —la voz de las bocinas— proclama la victoria de Cristo. ¡Ah! Jerusalem como Jericó, había cerrado sus puertas en la incredulidad; como había rechazado su Mesías, rechazó también el testimonio del Espíritu Santo; sin embargo las filas que junto al Señor habían tocado las bocinas de la salvación, con “los hombres armados”, siguieron siempre más adelante: Fenicia, Cipro, Antioquía, etc. (Hechos 11:19), fueron algunas de las etapas donde llevaron el Evangelio; el apóstol Pablo, el luchador por excelencia, encontró lugar en sus filas, empezando desde Damasco, llenándolo todo del Evangelio de Cristo, desde Jerusalem hasta Roma, con el deseo de llegar hasta España.
Notemos la presencia de los sacerdotes: llevan las siete bocinas de cuernos de carnero delante del arca de Jehová, andando siempre. Hallamos aquí un alcance espiritual tan hermoso como elevado; el corazón del creyente que lo percibe será fortalecido en la convicción de que ninguna palabra divina ha sido dada en vano y que cada una encierra un rasgo de la gloria de Dios. Como lo sabemos, el número siete es el símbolo de la perfección en las cosas divinas; la bocina representa el medio divino que hace llegar hasta el corazón y la inteligencia la voz del testimonio de Dios (Números 10:2).
¿Y los cuernos de carneros? preguntará el lector; ¡ah! el carnero era la víctima del sacrificio de las consagraciones de los sacerdotes, así lo leemos en la ordenanza levítica: “Hizo llegar el carnero del holocausto, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre su cabeza ... después hizo llegar otro carnero, el carnero de las consagraciones, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza, y degollólo y tomó Moisés de su sangre y puso sobre la ternilla de la oreja derecha de Aarón, y sobre el dedo pulgar de su mano derecha y sobre el dedo pulgar de su pie derecho” (Levítico 8:18-24). Era la ceremonia de una plena y perpetua consagración de Aarón y sus hijos a Dios.
Ahora bien, las bocinas de cuernos de carnero simbolizan la potencia del testimonio de una completa consagración de Aquel que se dio hasta la muerte y muerte de cruz y cuya figura aparece desde los tiempos remotos de Abraham cuando éste ofreció una víctima en lugar de Isaac su hijo: un carnero, que encontró enredado por los cuernos en un matorral (Génesis 22:13). Los apóstoles y también la Iglesia en sus primeros días siguieron las pisadas de esta plena consagración en pos del Jefe y consumidor de la fe; ¿llevan nuestros oídos, nuestras manos y nuestros pies, un poco de la sangre de la santa Víctima de nuestra consagración, que por su parte el apóstol Pablo llevaba, como también otros y cuya consagración a Dios fue hasta el derramamiento de su sangre? (Gálatas 6:17; Filipenses 1:17). ¡Cuán hermoso es todo aquello: un pueblo rescatado en el pleno goce de sus privilegios, llevando consigo la presencia misma de Dios, un pueblo obediente de corazón y de hecho! ¡Oh, si Israel hubiese seguido este camino, y si la Iglesia, el ejército del Nuevo Testamento, hubiese guardado esa consagración tan bendita y feliz de los primeros días! Se hubiera cumplido plenamente el anhelo del Hijo al Padre: “ ... que todos sean una cosa, para que el mundo crea que Tú Me enviaste”.
La fe que es celosa para exaltar a Cristo y rendirle testimonio, es también apurada para marchar al combate: “Y Josué se levantó muy de mañana ... al séptimo día se levantaron al despuntar el alba” (versículos 12,15). Notamos también cómo el celo del jefe provoca y anima el celo de sus hombres; la fe ostentó el mismo carácter de aquel de quien es hija, cuando el día del gran sacrificio: “Y Abraham se levantó muy de mañana, y fue al lugar que Dios le dijo, edificó allí un altar y ató a Isaac su hijo y lo puso en el altar”; es el mismo celo que anima a su Jefe y Consumador: “Y levantándose de madrugada, siendo aún muy obscuro, salió y fue a un lugar solitario, y allí oraba” (Marcos 1:35). El Señor no rehúsa emplear instrumentos humanos en Su obra, pero, como lo hemos visto, es necesario que sea Él quien los emplee, Él que los elija, Él que los prepare: “Venid en pos de Mí y os haré pescadores de hombres”. Si tienen algún valor a los ojos de los hombres, Dios se ve necesitado de quebrarlos como lo hiciera con Saulo de Tarso; luego puede decir: “Instrumento escogido Me es éste”, “útil al Maestro, preparado para toda buena obra”, y, si “son hombres sin letras e ignorantes”, tanto mejor porque se les reconocerán que “han estado con Jesús” (Hechos 4:13).
Sin embargo, hemos observado que el proceder de los cristianos en la lucha espiritual es a menudo opuesto al de Dios: ellos cuentan ante todo, con sus medios, sus recursos. Dicen: hemos encontrado un excelente método; estamos organizados de buena manera; tenemos un cuerpo notable de evangelistas, etc. Amados lectores, estas expresiones no son de nuestra invención, las hemos leído en los informes y revistas, etc., y, hasta nosotros mismos las hemos empleado en alguna ocasión. Si consideramos la obra humana hallaremos siempre esta deplorable mezcla: edificamos con oro, plata, piedras preciosas; pero ¡ah! también con madera, heno y hojarascas. Si Israel hubiera dicho: muy bien, que la potencia sea de Dios, lo admitimos; pero concertémonos para encontrar los medios más adecuados para derribar los muros de Jericó. ¿Qué habrían visto el séptimo día? Nada, que no caía ni una sola piedra de la muralla. Pero aquí andaban por fe: las murallas del enemigo se desploman, el pueblo reduce al anatema a la ciudad maldita: el juicio de Dios cae sobre el Amorreo que ha colmado la medida de su maldad.
La toma de Jericó no pone de relieve tan sólo el merecido juicio de Dios sobre los incrédulos; también ensalza la gracia que ha salvado a una pecadora cuya fe activa, por su parte, ha aprovechado los pocos y últimos días de la paciencia de Dios, para poner a salvo a cuantos han acudido bajo el amparo del cordón de grana. Salvada de la muerte por la sangre, cuyo emblema era ese mismo cordón, Rahab otrora prisionera en su casa sobre el muro, ahora va a gozar de plena libertad: los espías, los mismos que habían sido fiadores de su vida, “entraron y sacaron a Rahab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y todo lo que era suyo; y también sacaron a toda su parentela”. ¡Cuántos frutos ha llevado la obra de fe de esa mujer en tan poco tiempo! Parece que oímos la parábola del sembrador: “Y otra parte cayó en buena tierra, y cuando fue nacida, llevó fruto a ciento por uno” (Lucas 8:8). Y no sólo esto, también vino a ser un eslabón en el libro de la generación de Jesucristo donde hallamos que Salmón engendró de ella a Booz, digno hijo de la fe, y redentor de Ruth la viuda Moabita; mujer que siguió las mismas pisadas, unidas con otras cualidades, para llegar hasta el Cristo.
Observemos todavía un detalle de mucha importancia: la fe no hace ningún compromiso con el mundo; no quiere recibir ni tomar nada de él: “Mas Abraham dijo al rey de Sodoma: he levantado mi mano a Jehová ... jurando que desde un hilo hasta la correa de un zapato, nada tomaré de lo que es tuyo” (Génesis 14:22-23). Más aún, Dios prohíbe al pueblo tocar algo de la ciudad maldita: “Empero guardaos vosotros del anatema, que ni toquéis, ni toméis alguna cosa del anatema, porque no hagáis anatema el campo de Israel; mas toda la plata y el oro y vaso de metal y de hierro sea consagrado a Jehová y venga al tesoro de Jehová”. El Señor puede reivindicar estas cosas para glorificarse por ellas: le pertenecen; Israel las debe poner en el tesoro de Jehová: ¿no son todos para el Señor los frutos de Su obra? ¡Ay de aquel que dice: yo cierto soy de Pablo, pues yo de Apolos y yo de Cefas y yo de Cristo”. ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? El que no anda en las pisadas de la fe que lo consagra todo al Vencedor, que lo espera todo de Él, caerá pronto bajo maldición: Ananías y Safira fueron los primeros en la Iglesia, que se extraviaron lejos de estas pisadas.
Dos cosas comprueban el derrumbamiento de las murallas de Jericó: el feliz estado de corazón de aquellos que marchan delante, alrededor, y detrás del arca del Señor; luego, la presencia de Jehová en medio de Su pueblo, y Su omnipotencia. Tal es, amados lectores, el combate de la fe. No fue siempre así en Israel: dos ocasiones nos hablan con elocuencia a este respecto; la primera se relata en Números 14: Jehová ha pronunciado un castigo contra el pueblo desobediente; es condenado a errar por cuarenta años en el desierto por no haber querido marchar al combate contra el Amorreo.
La carne se rebela en contra del castigo: “Henos aquí”, dicen, “para subir al lugar del cual ha hablado Jehová, porque hemos pecado ... No subáis” —contesta Moisés— “porque Jehová no está en medio de vosotros ... Sin embargo se obstinaron en subir a la cima del monte; mas el arca del pacto de Jehová y Moisés no se apartaron del medio del campamento. Y descendieron el Amalecita y el Cananeo que habitaban en aquel monte e hiriéronlos y derrotáronlos”. ¡Ejemplo de lamentable resultado que se obtiene queriendo subir a la batalla sin la presencia del Señor!
En el capítulo cuatro del primer libro de Samuel asistimos a otra derrota: los Filisteos, instrumento del poder de Satanás, pero que Dios tuvo que emplear en contra de Su pueblo infiel, baten a Israel. En lugar de ser llevado por estos primeros reveces a la humillación, buscando la presencia de su Dios, el pueblo quiere unir el arca de Jehová con su estado pecaminoso: “Traigamos a nosotros de Silo, el arca del pacto de Jehová” —dicen— “para que viniendo entre nosotros, nos salve de la mano de nuestros enemigos ... Y aconteció que como vino ella al campo, todo Israel dio grita con tan gran júbilo que la tierra tembló”. Pareciera que estamos otra vez ante Jericó, pero desengañémonos: Dios permanece sordo; ¿podríais suponer que los va a salvar? Imposible: Dios no puede unir Su presencia al estado moral de Israel: la derrota está segura. Frente a Jericó es distinto: era el día de la fe, de la obediencia, y la santidad; Dios está allí, y por consiguiente es el día de la victoria. Tal es, lector, el verdadero combate de Dios.
Antes de pasar al estudio del capítulo siguiente, detengámonos un instante en las palabras que Josué pronunciara sobre Jericó; ellas parecen concluir para siempre con la historia de la ciudad anatema: “Y en aquel tiempo Josué les juramentó diciendo: Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó: en su primogénito eche sus cimientos, y en su menor asiente sus puertas”. ¡Prohibición terminante so pena de maldición! Además el castigo está ya pronunciado en contra de aquel que infringiere el juramento.
Pues bien; el tiempo transcurrió, y quinientos treinta y siete años después, en tiempo del rey Achab, tiempo de apostasía y desobediencia, se halló un Israelita suficientemente atrevido para desafiar el juramento de Jehová: “En su tiempo, Hiel de Bethel reedificó a Jericó”. Hiel significa: “Vida de Dios”; Bethel: “Casa de Dios”. ¡Monstruosa ironía! Ostenta ese hombre los mejores calificativos, sin embargo, a sabiendas o no, se burla de Dios y de Su Palabra; ésta se cumple al pie de la letra porque los siglos transcurridos no la modifican ni le quitan un ápice de su valor: “En Abiram su primogénito echó los cimientos, y en Segub, su hijo menor puso sus puertas, conforme a la palabra de Jehová que había hablado por Josué”. Cada vez que se pisaban los umbrales de Jericó, se podía recordar la sentencia divina y su cumplimiento. Pero, preguntémonos: ¿no ha tenido Hiel a muchos imitadores en medio de la cristiandad? Pues bien, a los que quieren reedificar lo que por su muerte el Señor ha destruido, el apóstol les dice: “Vacíos sois de Cristo los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído ... si alguno os predica diferente Evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gálatas 1:9; 5:4).
Sin embargo, subiendo a Jerusalem, el Señor no rehusó pisar los umbrales de la ciudad maldita; ¿habrá recordado el castigo que estaba allí en los fundamentos? Sin duda; ¿no era Él, el Jehová del Antiguo Testamento? Pero es también el Salvador en el Nuevo; había venido precisamente para salvar a los que estaban bajo maldición, llevándola Él mismo en su lugar. Y cuando Él quiso ilustrar con una parábola la pendiente por la cual huye el hombre alejándose de Dios, toma a Jerusalem como punto de partida y Jericó el de su llegada: “Un hombre descendía de Jerusalem a Jericó, y cayó en manos de ladrones los cuales le despojaron, e hiriéndole se fueron, dejándole medio muerto”. Luego el Señor ilustró la inutilidad de la ley y de los sacrificios para salvar al herido, con los dos primeros personajes que pasan de lado; Jesús debía pasar por Jericó, un samaritano que iba su camino, vino cerca de él, fue movido a misericordia, y le vendó las heridas (Lucas 10:30-38). ¿Aprovechó de sus dones algún herido? Sí, Zaqueo el publicano, donde el divino médico encontró un sitio donde posar; y por el camino al salir de Jericó dos ciegos cobraron la vista. Con razón podemos decir que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).

Josué 7

Hai y el anatema
Hemos considerado con anterioridad el brillante cuadro de una victoria divina, obtenida por la fe, sobre el poder de Satanás; después de una conquista semejante Israel marchará de victoria en victoria, podríamos asegurar. De ninguna manera, el capítulo séptimo se abre con una derrota: una pequeña ciudad, un obstáculo insignificante comparado a Jericó: unos pocos hombres bastan para poner en fuga a tres mil de Israel y disolver como agua el corazón del pueblo entero. Si hay secreto para la victoria, los hay también para la derrota; y sin temor a equivocarnos, podemos decir que el primer peligro se halla escondido en la victoria misma. ¿Cómo? Después de haber obtenido un triunfo con una verdadera fe y dependencia de Dios, en presencia de los deslumbrantes resultados los combatientes se atribuyen fácilmente un algo de gloria y satisfacción de sí mismo; desde entonces el combate próximo está ya comprometido.
Veamos aquí la conducta del mismo jefe: “Josué envió hombres desde Jericó a Hai”. Repite lo que hiciera respecto al país y a Jericó (capítulo 2:1); pero lo que era entonces el camino de Dios, viene a ser ahora el camino del hombre: la voluntad de la carne. Cuando volvieron de reconocer a Jericó, los espías habían dicho: “Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos”. ¿Por qué entonces mandar a otros emisarios? Josué ha olvidado ya, en cierta medida, la dependencia hacia Dios y se confía en medios humanos. Además, ¿dónde estaba el Ángel, el Príncipe del ejército de Jehová? En Gilgal era el cuartel general, el lugar de la circuncisión, donde la voluntad de la carne debía realizar su despojamiento; pues bien, había que volver allí, mientras que es desde Jericó la ciudad maldita, que salen estos emisarios. Josué, el que hasta aquí había sido una figura de Cristo —quien por Su Espíritu obra en los creyentes para ponerlos en posesión de sus privilegios— desciende al nivel de un hombre común: Josué, tipo de Cristo, desaparece para dar lugar a Josué, hombre.
¿No sucede lo mismo para nosotros? En su medida, cada creyente es una imagen de Cristo, una “carta” destinada a hacer conocer su Maestro (2 Corintios 3:3), pero desde el momento en que olvida su Gilgal, esa carta desaparece para dar lugar al viejo hombre, al que por negligencia se descuida de juzgar. ¿Y el pueblo? ¡Ah! sigue el ejemplo de su jefe: los espías enviados por Josué toman ya un lugar que no les corresponde, y ufanados, contestan: “No suba todo el pueblo, mas suban como dos o tres mil hombres y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo allí, porque son pocos” (versículo 3). Arreglan las cosas, trazan sus planes y calculan; tienen entera confianza en sí mismos: “Tomarán a Hai”. ¿Qué es esto para nosotros, para nuestros hombres de guerra? ¿No hemos demostrado ante Jericó lo que somos? Engañosa confianza es el orgullo, preludio de la ruina. Han olvidado a Dios, y esta falta de dependencia y presunción, fruto de una carne no juzgada, proceden de otro motivo más grave aún: algo de Jericó ha quedado a la rastra, hay despojo del botín, oculto de todos, escondido debajo de la tierra, en medio de la tienda de un Israelita: hay anatema.
Notemos, amado lector, que la palabra subrayada en estas primeras líneas que empiezan nuestro capítulo: “Empero los hijos de Israel cometieron prevaricación”. Nos lleva cuatro veces al borde del abismo donde el hombre ha caído: “Empero la serpiente era astuta”, es en el jardín de Edén. “Empero los hijos de Israel cometieron prevaricación”, es en la entrada del país de la promesa. “Empero el rey Salomón amó a muchas mujeres extranjeras”, es en el comienzo del reinado glorioso del hijo de David. “Empero un varón llamado Ananías con Safira su mujer ... ”, esto fue en el principio de la Iglesia. ¡Desconcertante fracaso! pero, de uno sólo, gracias a Dios, de Jesús, la Palabra no formula ninguna excepción.
Sí, una causa más profunda, una raíz de amargura, desconocida, había brotado, y por ella el pueblo estaba perturbado (Hebreos 12:15). Dios había hecho anatema a la ciudad de Jericó con todo lo que le pertenecía; y, por temor de ser anatema a sí mismo, y tornar anatema a Israel entero, nadie se hubiese atrevido a tocar algo; sólo un hombre había desobedecido. Escuchando al Diablo susurrar la voz de la codicia en su corazón, Acán le presta oído; abandona el camino del temor de Dios y de una verdadera separación de todo lo que está bajo anatema, su corazón vacío de Cristo se apodera de lo que codicia. No es la única víctima, pensamos; Judas Iscariote, Ananías y Safira ... sí, pero ¿quién de nosotros no ha oído esta voz? ¿Quién no ha sentido el vértigo de la tentación?
Después de oír al tentador, ese hombre siguió la pendiente natural del ser humano, está en el punto donde cayeron nuestros primeros padres: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer”: “vi entre los despojos”, dice el culpable. Su corazón sigue el camino que le abren sus ojos: no hay centinela para velar, ningún ¿quién vive? que resonara a sus oídos; el objeto maldito excita la codicia: “Yo codicié”. Y la codicia después que ha concebido, da a luz el pecado (Santiago 1:15): “Y tomé”. El manto babilónico que podía engalanar la soberbia de la vida, la plata y el oro que podían satisfacer todos sus deseos, son la presa de Acán. ¡Ah más bien! ellos hicieron de él su presa. ¡Cadena fatal y satánica que uniendo el mundo al corazón del hombre, lo apresa mediante el objeto codiciado, para tornarlo en un miserable esclavo de Satanás.
Observemos ahora cómo el pecado de uno solo, resulta ser el pecado de toda la nación: “Empero los hijos de Israel cometieron prevaricación”. “La ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel”. “El pueblo entero es culpable; Israel ha pecado”. “Han quebrantado Mi pacto”. “Han tomado del anatema”. “Han hurtado”. ¿Es cosa nuestra? habrían podido contestar. ¿Podíamos conocer nosotros una cosa oculta? Y, no teniendo conocimiento de ella, ¿cómo seríamos responsables? A todas estas objeciones, la Palabra de Dios no tiene sino una sola contestación: la unidad de Su pueblo es siempre una realidad ante Sus ojos. Dios considera los individuos como miembros de un sólo cuerpo, solidarios los unos de los otros: el sufrimiento, el pecado, o el gozo de uno es el sufrimiento, el pecado, y el gozo de todos. Si tal es la regla para Israel, con mayor razón la es también para la Iglesia de Cristo.
Pero, agreguemos aquí, que si Israel hubiese estado en comunión con su Dios, el mal oculto entre ellos hubiera sido manifestado sin necesidad de una derrota. La potencia del Espíritu Santo no contristado —por lo que se refiere a una asamblea cristiana— pone al día todo lo que deshonra a Cristo entre los Suyos. Así no ocurrió para Israel en el caso que nos ocupa. La razón es porque había algo que juzgar en el pueblo como en su conductor; el mal oculto de Acán fue el medio de manifestar a su vez el estado general. De estar una asamblea cristiana en una posición espiritual según Dios —aunque siempre solidaria al pecado de uno— es advertida del mal por el Espíritu Santo; y se halla así en la obligación de quitarlo de en medio de ella; y según el caso, echar fuera de comunión al que lo cometió.
Reparemos de paso, cual ejemplo de lo que acabamos de decir, con qué potencia el mal fue manifestado en el caso de Ananías y Safira: sin que la Palabra diga que el apóstol Pedro sepa algo, pero advertido por un elevado “discernimiento” (1 Corintios 12:10), pone el mal a la luz; preguntó a Ananías: “¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?”. Y oyendo Ananías estas palabras, cayó y expiró. El mal es juzgado de raíz y la congregación no fue contaminada. Otro ejemplo tenemos en el caso de los corintios: para manifestar el mal que hay entre ellos, el Espíritu Santo se valió de los “que son de Cloé”, y así Pablo fuese enterado del estado de la asamblea. El mal fue juzgado, pero había ya contaminado toda la congregación: “¿Acaso no sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Limpiaos de la vieja levadura, para que seáis una nueva masa”. El pecado fue juzgado, pero sus consecuencias se habían manifestado por la enfermedad y la muerte de muchos de entre ellos (1 Corintios 11:30).
Aquí en Israel, los corazones debían aprender, mediante el castigo, a llevar sobre sí mismos el pecado de uno solo como siendo el pecado de todos. ¿Sería la misma regla en todos los tiempos? Dios no cambia; nueve siglos después de Josué, el profeta Daniel en su oración hace suyo el pecado de todo el pueblo. El pecado de uno es el de todos; y esta regla es la misma para la Iglesia. Aunque no perteneciendo a la “misma congregación”, como se acostumbra a decir, todos los hijos de Dios formamos una sola familia.
Nuestras sectas, nuestras numerosas divisiones, las falsas doctrinas que leudaron la masa, todo esto y mucho más aún, caro lector, testifica la ruina general. ¿Ha tocado nuestro corazón la miseria en que está la cristiandad? En presencia de las ruinas y escombros, ¿tendríamos bastante confianza en nosotros para pensar que hacemos mejor que los demás? Ahora bien, si nuestros corazones no sienten ningún dolor, si no llevamos en nuestras oraciones a Dios a todos los Suyos, no somos más que sectarios. ¿Cuál es la posición que adoptar? ¿Nos acomodamos al mal, nos acostumbraremos a él? Imposible si tenemos a pecho la verdad de Dios y los intereses del Señor. Buscaremos en Su Palabra cuál es la senda divina en los tiempos difíciles y ruines en que nos hallamos, y luego la seguiremos.
Quizás una derrota estrepitosa vendrá a recordar a nuestros corazones la humildad que conviene a los que hubieran debido permanecer en Gilgal; ved cómo Dios la permite: “Y subieron allá del pueblo, tres mil hombres, los cuales subieron delante de los de Hai. Y los de Hai hirieron de ellos como treinta y seis hombres, y siguiéronlos ... y los rompieron en la bajada; por lo que se disolvió el corazón del pueblo, y vino a ser como agua”. Están aniquilados; fuerza, energía, todo les falta; el temor se ha apoderado de sus almas en tal forma que ese pueblo orgulloso por su primera victoria está al mismo nivel de los Amorreos cuyo corazón desfalleció al oír llegar a Israel. ¡Triste experiencia, pero cuán necesaria! ¿Y dónde está el Ángel, el Jefe de los ejércitos de Jehová? En Gilgal. Habéis olvidado este lugar, pues, a través de las lágrimas de la derrota, el enemigo se encargó de enseñaros cuál es la dosis de vuestras fuerzas y qué confianza podéis tener en la carne. ¡Ah! ojalá hubieseis permanecido en Gilgal, habríais sido preservados de una vergonzosa fuga.
Es lo que nos demuestra de una manera notable la experiencia del apóstol Pablo: había sido arrebatado victoriosamente hasta el tercer cielo, en el paraíso mismo. Pero, otra vez en la tierra, para que no se enalteciera de tal privilegio, le fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás para abofetearlo. Aunque era apóstol, había en Pablo el “viejo hombre”; pues bien, Dios previene a Su siervo amado e impide que la carne levantara la cabeza; el peligro era real: ¡cuántas lisonjas le hubiese murmurado Satanás! Una vez le hizo decir en Listra, que él era el dios Mercurio. Dios conoce a Su siervo, y le da, por el aguijón, el correctivo necesario para que el curso de sus victorias no sea interrumpido. Tres veces el apóstol pidió que le fuese quitado, pero Dios le contesta con amor y sabiduría: “Bástate Mi gracia, porque Mi potencia en la flaqueza se perfecciona”. ¡Quédate en Gilgal! Es precisamente el lugar que tú necesitas: así la potencia será enteramente Mía. Posición humilde y dolorosa tal vez, pero de maravillosa bendición, comunión constante con el Señor y secreto de la victoria: “Todas las cosas obran para el bien de aquellos que a Dios aman”; aún un mensajero de Satanás. El camino fue distinto para Pedro: tuvo que aprender lo que valía su carne a través de una penosa caída, y las lágrimas amargas del arrepentimiento.
Y Josué, el jefe de los ejércitos, el varón de Dios, ¿qué hace? ¡Ah! Está aniquilado: rompe sus vestidos, se postra en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová (versículo 6). ¿Dónde había estado el arca durante el combate contra Hai? ¿No era ella la que había constituido el centro mismo del ejército de Israel, y ante la cual los muros de Jericó habían caído? Quedó olvidada también. El corazón piadoso de Josué reconoce su valor, está postrado en tierra en su presencia, aniquilado; ignora el anatema escondido en el real, y se deshace en lamentos: “¡Ah, Señor Jehová! ¿por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán para entregarnos en las manos de los Amorreos y que nos destruyan ... ¡Ay, Señor!”. No lamenta sus errores ni la falsa dirección que tomó su ejército. Josué lamenta lo que Dios mismo ha hecho; porque les hizo pasar el Jordán (algo como: “La mujer que tú me diste, me ha dado del fruto”). ¡Qué retroceso! ¡Ojalá nos hubiésemos quedado de la otra parte del Jordán! ¡Cómo estas palabras revelan la debilidad y falta de comunión del jefe para con Dios! Canaán, la tierra prometida, es el lugar que Josué hubiese deseado evitar. El tono de sus lamentos manifiesta su error pero muestra que lo que ocupa sus pensamientos es ante todo Israel, la fama del pueblo, luego los Cananeos, y el mundo: “Israel ha vuelto sus espaldas delante de sus enemigos, los Cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y raerán nuestro nombre de sobre la tierra”. Sólo al final de sus lamentos Josué agrega: “¿Qué harás Tú a Tu gran nombre?” (versículos 8-9).
¡Cuán distinto es el ejemplo que nos ofrece Moisés, el maestro de quien había aprendido Josué! Había estado sobre el monte de Dios, y esta proximidad hace que Aquel que todo lo ve, revele el pecado que ha cometido Israel, adorando el becerro de oro. ¿Cuál será la conducta de Moisés? ¿Acaso se ocupa de la fama de Israel? Lo que llena su corazón es la ofensa cometida contra el santo Nombre de Jehová y lo que concierne a Su gloria. Moisés proclama los derechos de la santidad de Dios menospreciada por Israel; y en cuanto a las naciones, pregunta a Dios si la destrucción de Su pueblo le glorificará ante los Egipcios; recuerda a Dios la elección de Abraham, de Isaac y de Israel, de Su juramento a Sus siervos —una de las armas más poderosas de la intercesión— y sólo en este momento Moisés aboga a favor de los culpables, colocándose sobre el pie de una gracia sin reserva, única cosa que puede glorificar el nombre de Jehová en cuanto a los culpables. Moisés intercede a favor del pueblo, porque no necesita, como Josué, de buscar para sí mismo la comunión perdida; es inmediatamente oído: “Y arrepintióse Jehová del mal que pensaba hacer a Su pueblo” (Éxodo 32:11-14).
Josué está en una posición equivocada y debe oír un reproche: “¿Por qué te postras así sobre tu rostro a tierra?”. Humillarse por la derrota no bastaba, era tiempo ya de obrar. Lo contrario sucedió en circunstancias similares: en lugar de obrar, Israel hubiera debido humillarse, y lo tuvo que aprender a través de tremendas derrotas (Jueces 20:19-26). ¡Miserable incapacidad humana, cuánto desorden introduce en las cosas de Dios! Siempre fuera del curso de los pensamientos divinos, cuando no está en abierta hostilidad contra Él. Josué debía actuar, pero, si era necesario que el mal fuese quitado, primero era menester oír de Dios la conducta qué adoptar y luego conocer a su autor.
Para ello el mismo Josué se halla incapacitado, y en debilidad, alejado del Príncipe del ejército; de haber realizado personalmente la posición tomada por él en el capítulo quinto cuando quitó los zapatos de sus pies en presencia del Ángel, habría comprendido que era imprescindible andar en santidad. ¡Qué revelación para Josué cuando se entera que Israel ha pecado, que han quebrantado el pacto de Jehová, que han tomado del anatema, que han hurtado, que han mentido. ¡Qué motivo de humillación! pero, Jehová cuya presencia hubieran debido realizar, quien sólo puede ayudarles a descubrir el pecado, imparte las instrucciones necesarias: “Santifica al pueblo, dice Jehová ... Santificaos para mañana”. Esto significa separarse de todo lo que es mal delante de Dios, para luego pasar bajo el ojo escudriñador divino: es imposible obligar a Dios que esté con nosotros prescindiendo de Su santidad: “Ni seré más con vosotros si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros ... Os allegaréis pues mañana, por vuestras tribus; y la tribu que Jehová tomare, se allegará por sus casas; y la casa que Jehová tomare, allegaráse por los varones” (versículo 14). ¡Pensamiento solemne! La conciencia de cada uno debe ser despertada, y el “yo” ser juzgado. Momento solemne a la vez, cada uno debe tomar su lugar en presencia del juicio divino: “Seré yo ... seré yo?” preguntan los discípulos del Señor (Marcos 14:19).
Queridos lectores, la santidad práctica, la que Josué había olvidado, es una de las verdades más importantes de nuestra vida cristiana en el tiempo actual: tiene como objeto una comunión real con Aquel que se llama el Santo y el Verdadero, dos nombres que toma el Señor al presentarse a la asamblea de Filadelfia, y que se relacionan con la santidad colectiva. Si el capítulo quinto de nuestro libro nos presentó las circunstancias necesarias para llegar a la santidad individual y su práctica, el capítulo séptimo nos muestra el camino que nos conduce a la santidad colectiva, o sea la del pueblo de Dios.
Era menester que, como lo hemos visto, cada tribu, cada casa y cada individuo pasara ante el ojo de Dios. La prueba era indispensable; el pueblo debía quitar el mal de en medio de él para no ser anatema él mismo. ¡Seria lección, difícil de aprender! No es fácil encontrar entre los amados hijos de Dios la inteligencia de estos dos aspectos de la santidad: la individual y la colectiva; la mayor parte del tiempo se anda en la primera, pero se deja a un lado la segunda, la de la asamblea de Dios. Sin embargo, Su Palabra hace resaltar la importancia de ambas: en la segunda carta a los Corintios, el Espíritu de Dios menciona la santidad colectiva la primera: “Vosotros sois el templo del Dios viviente, como dijo Dios: habitaré y andaré en medio de ellos ... Porque el templo de Dios el cual sois vosotros santo es”. Esta es la santidad colectiva, pero sigue mencionando la santidad individual y la responsabilidad de cada individuo en su aspecto práctico: “Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo, y Yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros Me seréis a Mí hijos e hijas ... Así que, amados, teniendo tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 6:16-18; 7:1); y este aspecto individual de la santidad es todavía más subrayado en el conocido texto de 2 Timoteo 2:19-21: “El fundamento de Dios se mantiene firme, teniendo este sello: conoce el Señor a los que son Suyos; y: apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor”.
En la iglesia de Corinto, la humillación había sido producida por el dolor de haber ofendido la santidad de Dios, originando también la debida actividad y celo para purificarse del mal, de modo que la verdadera humillación fue acompañada con la acción: “Porque he aquí esto mismo que, según Dios fuisteis contristados, cuánta solicitud ha obrado en vosotros, y aún enojo, y aún temor, y aún gran deseo, y aún celo, y aún vindicación” (2 Corintios 7:11); todos pasaron bajo el ojo escudriñador de Dios. Tal es la santidad colectiva fruto del ejercicio práctico de la santidad individual.
Pero aquélla no es comprendida entre los hijos de Dios que pretenden seguir su camino sin preocuparse por los demás ni por sí mismos en cuanto a comunicar, a sabiendas o no, con el pecado. A menudo les oímos decir: ¡oh, yo no me preocupo de los demás, me encuentro sólo con mi Dios, tomo la cena para mí, etc. Pero no es así como Dios considera las cosas: Él nos ve a todos en conjunto como formando un solo cuerpo, unidos por el Espíritu Santo a la Cabeza; pues el pecado de uno es el pecado de todos. “Yo tomo la cena para mí”, decís; ¿qué dice la Escritura sobre este punto?: “Porque un pan es que muchos somos un cuerpo, pues todos participamos de aquel un pan”. ¿Cuáles son los muchos con quienes declaráis ser un solo cuerpo? ¿Y para excusar vuestra alianza con el mundo, decís que tomáis la cena para vosotros solos, y no veis que profesáis ser solidarios con el mundo homicida de vuestro Señor?
Observemos otro punto todavía: Dios dice: “Santificaos para mañana”. No es pues en el momento de presentarse ante Él que hay que santificarse; somos llamados a hacerlo de antemano. ¿De dónde proviene nuestra reiterada incapacidad para juzgar el mal y obrar según la voluntad de Dios, sino porque no nos hemos santificado desde “el día anterior”? ¿De dónde viene que, en el culto, los corazones y los labios están mudos para hablar, si no es por no haber obedecido el principio divino: “Limpiaos pues de la vieja levadura para que seáis nueva masa, como sois sin levadura”? “Quitad pues al perverso de entre vosotros” (1 Corintios 5:13). Acán había participado del anatema, había robado a Dios lo que le pertenecía; y debía ser quitado: “Entonces Josué, y todo Israel con él, tomó a Acán hijo de Zera, y el dinero, y el manto, y el lingote de oro, y sus hijos, y sus hijas ... , y todo lo que tenía, y lleváronlo todo al valle de Acor. Y dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los Israelitas los apedrearon ... y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanecen hasta hoy” (versículos 24-26).
Pero aquí no se termina la historia de este lugar; no pensemos que Israel haya sido mejor que el miserable Acán; demasiado a menudo el manto babilónico, la plata, y el lingote de oro han satisfecho sus concupiscencias y servido para su idolatría. En lo largo de su historia, ha demostrado su incapacidad en separarse del anatema; y puso el colmo a su maldad, crucificando al Hijo de Dios, y apedreando al santo que se había apartado del mal: Esteban; ¡monstruosa aberración del inverso cometido! Pero, Israel ha de saldar su cuenta: allí mismo donde Acán fue muerto, en el valle de Acor, Dios traerá a Israel; allí será limpiado, juzgado, “y hablaré a su corazón y daréle el valle de Acor por puerta de esperanza” (Oseas 2:14-15).
Amados lectores: la bendición nos es dada sobre el mismo lugar donde el juicio ha sido efectuado, en la cruz, allí donde el alma se encuentra con sus pecados y con su Salvador sufriendo el castigo en su lugar; allí encuentra la puerta de salvación. Es también en la disciplina donde el creyente caído halla lugar al perdón y la restauración: “Mi pecado Te declaré y no encubrí mi iniquidad” —exclama David haciendo las mismas experiencias— “confesaré, dije, contra mí, mis rebeliones a Jehová ... y Tú perdonaste la maldad de mi pecado”. Luego de la confesión y restauración, puede haber gozo: “Alegraos en Jehová”, sigue diciendo David, “y gozaos, justos” (Salmo 32:5-11). Es en ese mismo lugar donde el juicio ha sido efectuado que, junto con la puerta de esperanza, Jehová dará a Israel sus viñas. “Y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida en la tierra de Egipto”; es allí también donde Josué encuentra la restauración de su alma como la fuerza para después marchar con Dios y conducir al pueblo en el camino de la recuperación.

Josué 8

Medios y procedimientos para la restauración
Acán el malo acaba de ser quitado de la asamblea de Israel; por esta experiencia Dios enseñó a Su pueblo a no poner su confianza en una victoria pasada, ni en sus hombres de guerra, ni en su poder; lo que lo había conducido hacia un fracaso completo. Esta experiencia adquirida, el juicio de sí mismo y la santificación práctica a la que acabamos de asistir, no significan todavía la restauración del alma y la recuperación del terreno perdido. Además es imprescindible que la comunión con Dios, interrumpida por el pecado, sea restablecida.
Deseamos hacer aquí una observación de importancia: en el capítulo seis, Dios manifestó Su potencia a Israel por medio de la victoria sobre el enemigo; pero ocurrió que el pueblo no conocía realmente a su Dios y tampoco se conocía a sí mismo. A menudo sucede lo mismo para los cristianos. La potencia de Dios se manifiesta en nuestra vida, gozamos de ella, y de las victorias que nos trae; pero poco nos conocemos a nosotros mismos y menos a nuestro Dios. Sin embargo, Josué, como el creyente en la lucha, hubiera debido conocer a Jehová: había tenido un encuentro personal con el Príncipe del ejército; había visto la espada de Dios desenvainada en Su mano, expresión de la potencia divina pronta para el combate a favor de Israel: Josué se había descalzado ante el Ángel, expresión de la santidad requerida para lanzarse a la pelea en comunión con Dios. Pero era necesario que la conciencia de Josué entrara de una mañera práctica en relación con la santidad de Dios; no tenía todavía la idea de lo que ésta exigía de parte del pueblo para seguir siempre vencedor. ¿Y no sucede a menudo lo mismo para el cristiano? Es salvo, posee la vida eterna, el perdón, pero desconoce todavía las exigencias de Dios en el camino de la santidad, como en el de Su amor; lo que se aprende con la experiencia.
La ira de Jehová se encendió contra Israel y su conductor para que aprendieran que no podía tolerar el pecado; pero, preguntémonos: ¿no hay otro medio que la cólera de Dios para aprender esa lección? Sí, lo hay: permaneciendo en Gilgal, se permanece en comunión con Dios. Podría parecer, que por haber pasado una vez por este lugar, el de la circuncisión y el despojamiento de sí mismo, bastaría para siempre; sin embargo, no es pasando solamente, sino permaneciendo allí que se termina con la carne, y que se adquiere la sensibilidad espiritual para saber lo que conviene a la santidad de Dios, aun cuando Dios había tomado mil cuidados para mostrar a Israel que la victoria de Jericó no provenía de sí mismo, pronto su propia suficiencia se los hizo olvidar. El resultado de esa jactancia fue la derrota, el retroceso y el dolor. Y cuando se vuelve a tomar la ofensiva, se encuentran con un sin fin de obstáculos. Sin embargo es necesario que Israel siguiera un camino penoso, sembrado de complicaciones que pone en claro, y a sus ojos su propia debilidad, manifestada ya a ojos del enemigo por su primer fracaso.
Es necesario que vuelvan atrás, obligados a recomenzar la experiencia de lo que vale la carne, pero, esta vez la harán en compañía con la gracia de Dios en vez de hacerla como la anterior, con Satanás. La lectura de este capítulo ocho nos hace observar como todo se complica cuando se ha seguido la carne. ¡Cuán distinto había sido el camino siguiendo a Dios en torno a Jericó! Aquí es la lucha para aprender a conocerse a sí mismo, pero, valiéndose Dios de estas complicaciones para alcanzar la bendición final; la que se hubiera podido obtener siguiendo el sendero de Dios. Aquí no se tiene la facilidad y la soltura del sendero primitivo de la fe como cuando se caminaba en pos de Dios siguiendo Sus disposiciones, y ganando la victoria de una humilde dependencia hacia Él y a Su Palabra. Delante de Hai la misma potencia divina que había hecho desplomarse los muros de la ciudad maldita, está a favor de los combatientes; ella no ha cambiado; pero el ejército de Israel debe realizar maniobras, separarse en dos cuerpos; cinco mil hombres se ponen en emboscada y el resto del pueblo debe atraer a los defensores de la ciudad enemiga afuera de sus muros, mientras que en torno de Jericó la unidad de Israel se había demostrado una realidad acompañando el arca de Dios como un solo hombre. Los espías habían dicho en sus informes contra Hai: “Son pocos ... que suban como dos o tres mil hombres”. Ahora, es necesario que treinta mil hombres valientes —diez veces más— subiesen contra la ciudad. ¡Qué poca fuerza tenía Israel! ¡Cuán equivocados eran los informes dados! ¡Cómo está rebajado ante sus propios ojos! Además era necesario subir de noche; frente a Jericó era en pleno día que todo tenía lugar; los unos deben ocultarse, los otros fingir la derrota. ¿Cómo enorgullecerse de esto?
Pero, se nos dirá: nos habéis mostrado que en Jericó no era cuestión de medios humanos, mientras que aquí: ¡cuántas combinaciones son necesarias para vencer a unos pocos hombres! Respondemos: si os basta emplear medios que ponen de manifiesto vuestra incapacidad, que imprimen al hombre el sello de su entera debilidad, que lo humilla de modo que no encuentra otro recurso que el de huir delante del enemigo, enhorabuena; pero aunque lo quisierais no lo podríais en realidad, querido lector, porque no lo son más en Hai que en Jericó los medios humanos que dan la victoria.
Pero he aquí la diferencia: las disposiciones frente a Jericó fueron ordenadas de Dios para que Su pueblo conociera la potencia divina que le abría el camino, y que ésta procedía enteramente de Él; mientras que en Hai, Dios ordena todos estos movimientos, no para batir al enemigo, sino para que Israel conociera su propia debilidad. Lección muy distinta por cierto, pero en uno como en otro caso, la potencia divina no ha cambiado: es ella quien ante Hai proporciona la victoria como la había proporcionado ante Jericó. Josué, que no había subido contra Hai la primera vez —detalle importante— es él personalmente quien dirige ahora las operaciones; pero precisa esforzarse en Jehová su Dios: “No temas ni te aterres”, le dice Dios (versículo 1), y con la misma seguridad dada a la fe frente a Jericó, Jehová se la da ahora: “Levántate, sube a Hai; mira que Yo he entregado en tu mano al rey de Hai, con su pueblo y su ciudad y su tierra”. Josué está en la lucha; bajo la orden de Jehová, extiende la lanza que tiene en su mano hacia la ciudad. Josué no retrajo su mano que había extendido con la lanza hasta que hubo destruido a todos los moradores de Hai; permaneció extendida en todo lo largo del combate. Josué e Israel realizan su unidad; ¡ojalá la experimentáramos más plenamente nosotros con nuestro divino Josué!
A menudo se oye decir: ¡qué importan las divisiones! ¿no tenemos todos el mismo fin? ¿no combatimos todos para el mismo Señor? Aunque bajo banderas y nombres distintos, ¿no predicamos el mismo Evangelio? Pero, preguntamos: ¿es esto lo que nos enseñan las verdades que venimos meditando? No, por cierto: una gran realidad predomina aquí: Israel no es más que un solo pueblo, uno en su victoria (Jericó), uno en su falta (el anatema), uno en su derrota (Hai), uno en el juicio contra el mal (Acor), uno, en fin, en la restauración como aquí. El pueblo de Dios actual, estamos dispersados, divididos, y nos contentamos con decir: ¿qué importa esto? Pues, ¿para qué murió Cristo, sino “para que juntase en uno a los hijos de Dios que estaban derramados”? Y, después de haber pagado un precio tan grande para reunir en uno a Sus rescatados, diremos: ¿qué importan nuestras divisiones?
Reparemos todavía en que la diversidad no es la división: ella se manifiesta en la unidad, y es precisamente lo que notamos en las operaciones contra Hai, como la habíamos notado en el séquito que acompañaba el arca en torno a Jericó: gente armada, sacerdotes, el pueblo, etc.; aquí la emboscada toma la ciudad y le pone fuego; en este momento los veinticinco mil hombres con Josué, advertidos por el humo que sube de la ciudad, presentan combate; en este momento, la emboscada que pegó fuego a la ciudad, se lanza para tomar parte en la lucha; luego, todos juntos tomaron a Hai. Hay pues diversidad en la operación, pero la acción es común; los ejércitos son uno bajo el mando que los dirige: Josué con su lanza extendida; y solo así se obtiene la victoria.
La primera epístola a los Corintios nos muestra la diversidad de los dones espirituales y la variedad en los cargos a favor de la Iglesia; pero todos ligados entre sí por el vínculo de un solo cuerpo: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversidad de operaciones, pero Dios que hace todas las cosas en todos, es el mismo ... porque de la manera que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros [esto es la diversidad en la unidad], pero todos los miembros del cuerpo siendo muchos, son un cuerpo [esto es la unidad en la diversidad], así también Cristo” (1 Corintios 12:4-6,12). Estamos unidos en un solo cuerpo; sin embargo, a cada uno le es otorgado su función y su tarea, la que nadie puede llenar más que el que la tiene; a cada uno es confiado un servicio distinto: no puedo hacer el tuyo, lector, ni tú puedes hacer el mío.
Ahora Israel ha vuelto a encontrar la comunión con Dios; en toda la escena desarrollada en torno a Hai, la presencia de Josué caracterizó de una manera bendita, la actividad entera del pueblo: trátase de entrar en guerra: “Levantóse Josué y toda la gente de guerra con él” (versículo 3); trátase de los preparativos del combate: “Josué se quedó aquella noche en medio del pueblo” (versículo 9); trátase de ponerse en marcha: “Vínose Josué aquella noche al medio del valle” (versículo 13); trátase de atraer al enemigo: “Entonces Josué y todo Israel huyeron por el camino del desierto” (versículo 15); trátase de herir al enemigo: “Josué y todo Israel hirieron a los de Hai” (versículo 21); trátase de la victoria definitiva: “Josué no retrajo su mano hasta que hubo destruido a todos los moradores de Hai”. ¡Ojalá siguiéramos al Señor con la misma humildad en la lucha espiritual en que Él nos ha empeñado!
La derrota de Hai tuvo por resultado enseñar a los Israelitas a conocerse mejor, y, a la vez, las exigencias del Dios que los conducía. Antes de considerar los resultados prácticos de esta enseñanza dada de Dios, junto con la disciplina, deseamos hacer un paralelo entre los capítulos siete y ocho de Josué con el veinte y veintiuno del libro de los Jueces; sólo unos cincuenta años distan los acontecimientos relatados en ellos. Es un hecho conocido que desde el capítulo diecisiete, este libro no sigue el orden cronológico de los acontecimientos; y nos ofrece más bien un cuadro moral de la situación reinante en Israel antes que se entrara en la época de los Jueces. La decadencia moral, inmediatamente después de la muerte de Josué, fue tan rápida como completa: la idolatría y la corrupción reinaban por todas partes; el comienzo y el fin de los capítulos que relatan los acontecimientos son marcados por idénticas palabras: “En estos días no había rey en Israel, cada uno hacía lo que le parecía recto a sus ojos”. No existía ya ninguna dependencia hacia Dios y a Su Palabra; la conciencia más o menos elástica del hombre era la mesura de su conducta; cada uno la confeccionaba según su propio modo de ver.
¿Difiere mucho este cuadro moral de aquel que nos ofrece la cristiandad actual? ¿Qué ha pasado después de la muerte de los apóstoles? El declive no ha sido menos rápido ni menos completo; después del abandono del primer amor, y tras las primeras persecuciones permitidas por el Señor para hacer volver a la Iglesia al nivel del cual había caído, los principios perversos de la idolatría junto con la corrupción moral invadieron la cristiandad, sin hablar del abandono de la verdad. Aparte de los principios corrompidos del papismo, la cristiandad protestante esclarecida propone más bien la conciencia de cada cual como guía en lugar de obedecer a la Palabra de Dios; si la Biblia ha sido entregada en cada mano, en vez de la sumisión a la misma, se pretende tener la libertad de interpretarla. ¿Cuál es el resultado? el desmoronamiento en infinidades de sectas y la confusión más absoluta: cada uno sigue su propia interpretación.
Es el cuadro que nos ofrece, en figura, el final del libro de los Jueces: una maldad horrible había sido cometida en Gabaa, una ciudad de la tribu de Benjamín; no era ya el anatema oculto de Acán, sino una vileza cometida al rostro de Dios y de los hombres: el capítulo diecinueve refiere todos los detalles. El desgraciado Levita de que se trata, publica él mismo su oprobio, y no hay una sola tribu de Israel que no esté enterada. ¿Qué hará el pueblo? ¿Piensa en Dios quien sólo le podría guiar con Su Palabra? No; se abandona a su propio parecer; pero, Dios se valdrá del pecado de Gabaa como se valió del pecado de Acán para poner al desnudo el estado moral de Israel siguiendo el camino de la humillación y despertar en él la conciencia de lo que es debido a Dios. En este momento Israel está mucho más bajo, y su estado mucho más grave que delante de Hai; se muestran indignados de la abominación que Gabaa ha cometido contra Israel, y de la maldad manifiesta en la tribu de Benjamín; pero no tienen el menor pensamiento en cuanto al agravio hecho a Dios; y su gloria amancillada está absolutamente ausente de su espíritu. ¡Cómo comprueba ese olvido de Dios, el declive en que han caído! Nadie recuerda la admonición del sacerdote Finees a la tribu de Rubén, Gad y Manasés, que unos años antes hiciera: “¿Qué transgresión es ésta con que prevaricáis contra el Dios de Israel?” (Josué 22:16).
A este olvido de Dios que podríamos llamar el abandono del primer amor, sigue otro paso; toman medida y deciden, muy religiosamente, de quitar el mal de en medio de Israel, olvidando que ellos están atacados por el mismo mal. Después de haber tomado todas las medidas y disposiciones para la guerra, de haber enumerado sus soldados, sólo después “subieron a la casa de Dios y le consultaron”. Esto es el camino de la caída, el espíritu y los factores que llevan a la derrota; los que en todas partes de la cristiandad notamos la existencia: nos proponemos un remedio que parece ser muy bueno, trazamos planes, arreglamos las cosas; y sólo al final nos acordamos de consultar a Dios pidiéndole que nos ayude en nuestros propósitos.
El resultado de tan equivocados procedimientos es el lamentable balance de la primera jornada: “Veintidós mil hombres de Israel fueron derribados en tierra”. Los que quieren quitar el mal son los vencidos. Le cuesta caro al pueblo el meterse en asuntos ajenos. Quieren ser los santos, o parecer mejores que los demás, y pagan las consecuencias. ¡Bien hecho! ¡Ah, son las razones que a menudo se oyen en las congregaciones de los santos! “Entonces los hijos de Israel subieron a Jehová llorando” (¿quién había llorado antes de la batalla?); no es ya la indignación carnal lo que llena los corazones; su dolor es un dolor de conciencia, según Dios.
El amor fraternal perdido, el espíritu de solidaridad se despierta; los malvados son sus hermanos; luego, preguntan a Jehová: “¿Tornaré a pelear contra los hijos de Benjamín mi hermano?”. Esto es el primer fruto de una derrota; y después de haber recibido una orden formal de Dios, nuevamente presentan batalla: ¡pierden dieciocho mil hombres! ¿Por qué una segunda derrota? Necesitan una obra más profunda con un resultado completo; y es Dios quien la quiere realizar en ellos. No era todo sentir dolor y proclamar los vínculos fraternales olvidados. Era imprescindible también realizar un enjuiciamiento completo de sí mismo. Había que remontar el camino del declive hasta encontrar la presencia de Dios y su comunión perdida: “Entonces subieron todos los hijos de Israel y todo el pueblo, y vinieron a la casa del Dios Fuerte, y lloraron y sentáronse allí delante de Jehová y ayunaron aquel día hasta la tarde, y ofrecieron holocaustos y ofrendas de paz delante de Jehová”. Además reencuentran el arca del pacto de Dios y el servicio sacerdotal representado por Finees hijo de Eleazar, hijo de Aarón; es allí donde preguntan: ¿volveré aún a salir contra los hijos de Benjamín mi hermano? Amor fraternal, profundo dolor, arrepentimiento, confianza en la presencia de Dios: todo está recuperado.
A partir de este momento vemos desarrollarse una escena que ofrece gran analogía con aquella de Hai: es necesario que Israel ponga una emboscada contra Gabaa, que huya delante de los rebeldes, que treinta hombres sean añadidos a sus bajas, que el fuego suba de Gabaa para servirles de señal, y así enteramente juzgado y la comunión con Dios encontrada, Israel puede realizar el penoso deber de juzgar al profano Benjamín. Pero ¡qué de sollozos, qué de lágrimas después de la victoria! ¡Cuán diferente es ésta con las de Josué! Después de esta victoria que es sinónima de una derrota porque el vencido es una tribu hermana, casi aniquilada por el juicio, con cuarenta mil bajas del pueblo causadas por la premura carnal de las decisiones primeras, hay sin embargo una restauración para las reliquias de Benjamín. Existe un bando en la congregación de Israel que es tratado con mayor rigor aún de lo que lo fue Benjamín: la ciudad de Jabes de Galaad, no se había preocupado de todo aquello; “No había venido al campamento, a la reunión”; era una indiferencia altamente evidenciada, una neutralidad que no tenía en cuenta el mal, peor todavía que la cólera carnal con la cual Benjamín se había alzado contra sus hermanos. Esta neutralidad, frente al mal, tan a menudo manifiesta entre los cristianos, tuvo por consecuencia el exterminio de Jabes, sin cuartel.
Resultado de la disciplina
Volvamos a Josué. Israel acababa de aprender por el sendero de la humillación que no podía tener ninguna confianza en sí mismo; esta experiencia lleva inmediatamente sus frutos: ¡que sea en lo sucesivo, la Palabra de Dios, la que dirija al pueblo! Para evitar nuevas caídas, no tienen más que confiarse en ese guía tan infalible como seguro. Los versículos 27-35 nos muestran al pueblo y a su jefe obedientes al mandato de Dios: “Hacen conforme a la palabra de Jehová que había mandado a Josué ... como Moisés siervo de Jehová lo había mandado a los hijos de Israel ... como está escrito en el libro de la ley de Moisés ... de la manera que Moisés siervo de Jehová lo había mandado antes ... no hubo palabra alguna de todas las cosas que mandó Moisés, que Josué no hiciese delante de toda la congregación de Israel, mujeres y niños y extranjeros”.
Además, la humillación tuvo por efecto recordar al corazón de Israel y de Josué su conductor, las prescripciones contenidas en Deuteronomio 27. Además leemos: “Cuando en alguno hubiere pecado en sentencia de muerte, y le habrás colgado de un madero, no estará su cuerpo por la noche en el madero”. El rey de Hai ha sido colgado, a él se le aplica este artículo de la ley (versículo 29), y Josué la cumple al pie de la letra: “Y como el sol se puso, mandó Josué que quitasen del madero su cuerpo y lo echasen a la puerta de la ciudad”.
A vista humana esta conformidad con la Palabra de Dios no podría tener gran importancia; pero un corazón dócil que ha pasado por experiencias no podía descuidarla; una desobediencia a este respecto habría llevado a Josué en el mismo error que le había acarreado tan severo castigo, es decir, el no tener en cuenta la santidad de Dios, tal como lo podemos ver por la ordenanza misma: “No estará por la noche en el madero, porque maldición de Dios es el colgado ... No contaminarás tu tierra que Jehová Dios te ha dado ... en medio de la cual Yo habito, porque Yo Jehová habito en medio de los hijos de Israel”. En una palabra, el Dios santo no podía morar junto con la mancha del pecado: lección bendita enseñada a Josué desde un principio, por el Jefe del ejército; aprendida entre las lágrimas en el valle de Acor; pero realizada aquí libremente en el día de la victoria, en Hai, por una conciencia ejercida en la escuela de Dios.
La condena del rey de Hai nos presenta todavía otra lección: no es sin motivo que Deuteronomio 21 Reúne los dos hechos contenidos en los capítulos 7 y 8 de Josué, a saber: la separación del mal de en medio de la congregación y el enjuiciamiento del enemigo. Así debería suceder siempre: es necesario que la asamblea cristiana quite el mal que pudiera esconderse en ella antes de poder combatir y obtener la victoria sobre el enemigo que está fuera. Si el mal es tolerado entre los creyentes, no tendréis jamás la decisión y firmeza con que se ha de tratar al enemigo para colocarle en el único lugar que Dios le asignó, es decir en la cruz: “Maldito de Dios es el colgado en un madero” (Deuteronomio 21:23).
En fin, nos llama la atención otra coincidencia: la horca en que fue colgado el rey de Hai simboliza la maldición; pero he aquí que el mismo Israel se halla obligado a tomar idéntico lugar. ¿Dónde? En el monte Ebal, allí donde la maldición de la ley de Dios está pronunciada contra él; leamos más bien: “Y mandó Moisés al pueblo en aquel día, diciendo: estos estarán sobre el monte de Gerizim para bendecir al pueblo ... y aquellos estarán para pronunciar la maldición en el monte Ebal; entonces los Levitas tomarán la palabra, y dirán a todos los hombres de Israel, con voz levantada: ¡maldito el hombre ... ”, ¡y sigue doce veces la misma palabra! (Deuteronomio 27:11-26).
Tal es la espantosa conclusión de la ley a la que Israel no podía escapar y bajo la cual se había voluntariamente colocado. Pero, amado lector, la maldición pronunciada en Ebal contra el hombre responsable y a la vez culpable, fue llevada en la cruz; Israel podía ver en la horca de Hai, un hombre colgar de ella, y en figura a uno mayor que el rey enemigo: al enemigo por excelencia, pero deshecho, aniquilado, es aquel mismo que vemos nosotros colgado: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto”. Demasiado bien lo sabemos, la serpiente es la figura de quien originó el pecado y cuya ponzoña ha penetrado por la primera herida hecha y que ha pasado a todos nosotros. Pero maravillosa gracia de Dios, quien “condenó el pecado en la carne” de un Sustituto: ¡Su propio Hijo! (Romanos 8:3). La palabra: maldito, doce veces pronunciada en Ebal, el anatema que pesaba sobre los culpables, ha pasado para siempre en el juicio que cayó sobre Aquel que ha tomado nuestro lugar: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho maldición por nosotros” (Gálatas 3:13). He aquí pues la bendita relación que existe entre el monte Ebal y Gólgota, representado por el lugar donde estaba la horca del rey de Hai. ¿Es de extrañar que un altar es construido en el monte de Ebal para esta circunstancia?
Allí Israel bendecido, en lugar de estar bajo maldición, se halla en condición para rendir culto: “Entonces Josué edificó un altar a Jehová en el monte de Ebal ... y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová, y sacrificaron víctimas pacíficas”. ¡Valioso resultado de la cruz! ¿Qué habría sido de Israel, y del mundo entero, si un altar no hubiera sido edificado en el monte mismo de la maldición? Gracias a Dios, la cruz se cambió en un “altar” de adoración; es de él también que la gracia provee de perdón y de salvación a favor de los transgresores; es el sacrificio de la propiciación que constituye el fundamento de toda adoración verdadera; ésta tiene la cruz por punto de partida y por centro también; es allí donde se puso fin a nuestra maldición y es de allí a la vez de donde parten los rayos de la plena luz y gracia divina.
Sin embargo, esta misma gracia no ha debilitado la responsabilidad de los amados hijos de Dios; como lo sabemos, existen condiciones bajo las cuales se toma posesión del país: un duplicado de la ley de Moisés que las expresan debía ser escrito sobre grandes piedras, levantadas y revocadas con cal. Además, esta ley debía ser leída a voz en cuello “delante de toda la congregación de Israel”. Estas grandes piedras que Josué debía levantar en el monte Ebal, podían verse desde lejos, y, revocadas con cal, el resplandor de la luz añadía aún a su blancura. Son estas mismas piedras, pero “piedras vivas”, las que hallamos alzadas en los Evangelios a vista del mundo entero: María Magdalena, la pecadora en la casa de Simón, Zaqueo el publicano, la mujer Samaritana, el ladrón en la cruz; en fin, y el primero de todos: Saulo de Tarso. ¿Acaso descubrimos en ellas alguna negrura, alguna mancha que recordara la suciedad pasada? Toda ha sido llevada por otro de quien a su vez recibieron su blancura inmaculada.
Esas grandes piedras que eran emblanquecidas con cal debían llevar el testimonio de la Palabra de Dios: “Y escribirás sobre aquellas piedras, todas las palabras de esta ley, muy claramente”. Notemos un detalle muy importante: jamás se hubiera podido escribir el testimonio de Dios sobre ellas, antes de haber sido emblanquecidas. Para ser la letra de Cristo, es menester que el pecador haya sido lavado de sus pecados: “Habéis sido lavados” —escribe el apóstol a los corintios— luego: “Sois letra de Cristo, escrita con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón” (2 Corintios 3:3). Al terminar este cuadro, notemos que el Israelita allí sobre el monte Ebal, no podía hacer otra cosa que regocijarse delante de Jehová su Dios (Deuteronomio 27:7).

Josué 9

El ardid de Gabaón
A medida que avanzamos en el estudio del libro de Josué, aprendemos a conocer al enemigo bajo nuevos aspectos como también nuevas flaquezas de los combatientes: Satanás sabe hacer la guerra, dispone sus baterías de distintos modos, sabe atacar de frente o aplastar por una mayoría abrumadora; pero sabe también usar rodeos, engañar por medio de astucias mil.
En este capítulo, hallamos más bien lo que la epístola a los Efesios llama las asechanzas del diablo; y, es en contra de ellas que la Palabra de Dios nos previene expresamente, dándonos la capacidad necesaria para discernirlas, siendo confortados en el Señor, en la potencia de Su fortaleza y revestidos de toda la armadura de Dios para poder estar firmes en contra de ellas (Efesios 6:11). Esta misma epístola, como los primeros capítulos de Josué, nos muestra la potencia de Dios obrando bajo distintos aspectos: “La supereminente grandeza de Su potencia a nuestro favor, que obró en Cristo resucitándole de los muertos” (Efesios 1:19-20), corresponde al paso del río Jordán. “El ser fortalecido con poder en el hombre interior por Su Espíritu” (Efesios 3:16), corresponde a los alimentos y la Pascua que ofrece el capítulo 5 de nuestro libro. En fin, “el ser confortados en el Señor y en la potencia de Su fortaleza”, como la exhortación a vestirnos con toda la armadura de Dios, “contra las asechanzas del Diablo” (Efesios 6:11), corresponde a su vez al discernimiento que se necesitaba para desbaratar el ardid de Gabaón.
Jericó había sido el obstáculo en apariencia invencible; frente al poder de la fe, había caído. Satanás no se había desanimado, y se introdujo en Israel mediante la codicia de Acán. Frente a Hai, Satanás experimenta una nueva y aplastante derrota; sin embargo no se tiene por vencido, y sabe encontrar otro medio para penetrar entre los combatientes que descuidan un aspecto de la armadura con que tienen que estar revestidos. Los instrumentos con que Dios se digna emplear para el combate son de dos clases: “Lo necio del mundo escogió Dios, lo flaco, lo vil, lo que no es ... para que ninguna carne se jacte en Su presencia” (1 Corintios 1:25). ¿Puede acentuarse más la nulidad de estos instrumentos? Sin embargo, como lo vimos ya, Dios se digna emplear instrumentos que a vista humana son de gran valor y que podrían marchar a la lucha tal como han sido preparados; por ejemplo, un Moisés, instruido en toda la sabiduría de los Egipcios, o un Saulo de Tarso: erudito, religioso, de recta conciencia; instrumentos a quienes parece no faltar nada. Tanto aquellos como estos deben pasar por la escuela de Dios.
La conciencia de nuestra nulidad nos guarda constantemente bajo la dependencia de la mano que se digna emplearnos; y es en esta forma como estaremos en el camino donde se halla la potencia de Dios. La expresión de esta dependencia es la oración; y al terminar la descripción de las distintas piezas de la armadura de Dios, el apóstol dice: “Orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu, velando en ello con toda instancia” (Efesios 6:18). La oración continua, perseverante, expresa una dependencia habitual; pues bien, ¿cuál fue la falta capital de Israel en el relato que nos ocupa ahora? Hela aquí: “No preguntaron a la boca de Jehová” (versículo 14). Hemos visto al final del capítulo anterior, qué importancia la palabra de Dios —la espada del Espíritu de Efesios 6— había vuelto a tomar a los ojos de Israel; ahora se olvidan hablar a Dios para estar en comunión con Él en cuanto a Sus pensamientos, respecto al problema que han de solucionar.
Observemos en qué forma Satanás logra hacer perder a Israel el sentimiento de su dependencia: intimida al pueblo mediante un espectáculo pavoroso, alinea todas sus baterías: “Y aconteció que como oyeron estas cosas, todos los reyes que estaban de esta parte del Jordán, así en las montañas como en los llanos, y en toda la costa de la gran mar delante del Líbano: los Heteos, los Amorreos, Cananeos, Fereseos, Heveos, Jebuseos, juntáronse a una, de acuerdo para pelear contra Josué e Israel (versículos 1-2). Satanás comienza por detener los ojos del pueblo de Dios en esta formidable potencia, pronta a anonadarle; luego, sin transición por así decirlo, él mismo les ofrece su propio recurso: aquí tenéis a vuestros enemigos, parece decirles: “Mas los moradores de Gabaón, como oyeron lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai, usaron de astucia; pues fueron y se fingieron embajadores, y tomaron sacos viejos sobre sus asnos, y cueros viejos de vino, rotos y remendados, y zapatos viejos y recosidos en sus pies, con vestidos viejos sobre sí; y todo el pan que traían para el camino, era seco y mohoso”. Así vinieron a Josué al campamento en Gilgal. Para este encuentro, Israel no está preparado, no está vestido de toda la armadura de Dios; una de sus piezas le falta, la última: la oración. “No preguntaron a la boca de Jehová”.
¡Cómo se sabe disfrazar Satanás! Viene con cueros de vino, zapatos, vestidos, pan, etc., pero todo lo que lleva es viejo, roto, mohoso, y para engañar mejor, dice que viene desde lejos: “Nosotros venimos de tierra muy lejana”, pero, agregan: “Nosotros somos vuestros siervos”; aquí nos tenéis para ayudaros, parece decir Satanás; “haced ahora alianza con nosotros”. Los conductores, los príncipes, no tuvieron en cuenta lo que el pueblo, “los hombres de Israel”, sospecharon por un momento: “Y los de Israel respondieron a los Heveos: quizás habitáis en medio de nosotros”. Este discernimiento está acompañado con la humildad y es a ésta que pertenece un ojo sencillo, que tiene la inteligencia según Dios; y agregan: ¿cómo pues, podremos hacer alianza con vosotros?
Sin embargo, a Israel le falta el arma necesaria para descubrir la astucia del enemigo; ¿quién hubiera desenmascarado a Satanás sino Jehová? A su vez Josué parece carecer de la misma arma. En vez de consultar la boca de Jehová, pregunta al enemigo: ¿Quién sois vosotros y de dónde venís? Nada más peligroso que entablar una conversación con Satanás; Eva lo experimentó por su parte. El enemigo contesta: “Tus siervos han venido de muy lejanas tierras, por la fama de Jehová tu Dios, porque hemos oído Su fama y todas las cosas que hizo en Egipto”. Se reconoce la voz del que es mentiroso, desde el principio; “Por lo cual nuestros ancianos nos han dicho: tomad en vuestras manos provisiones para el camino, e id al encuentro de ellos y decidles, nosotros somos vuestros siervos”. ¡Qué buena ocasión para Israel, esta gente viene con loables intenciones, buscan alianza con el pueblo de Dios, reconocen su supremacía moral. “Nosotros somos tus siervos”, dicen a Josué, cosa bien hecha para predisponerle favorablemente. En fin, proclaman la potencia del Dios de Israel, lo que ha hecho en Egipto, en el desierto, pero —notémoslo— no dicen nada de lo que Dios ha hecho en Canaán. Satanás se traicionaría si hubiese hablado directamente de Cristo, de Su victoria sobre la muerte y de Su subida a los cielos. Puede acreditar a los siervos de Dios: “Estos hombres son siervos del Dios altísimo quien os anuncian el camino de la salvación” (Hechos 16:17), y a veces dice mucho más.
Vosotros lo veis, los Gabaonitas tienen un carácter de lo más delineado, de convicciones religiosas acentuadas, y llegan en Gilgal, pues, sobre el terreno reconocido de Dios, se dicen embajadores por causa del nombre de Jehová. Sí, pero ellos son Cananeos disfrazados: el mundo bajo las apariencias de piedad. Israel, hasta este momento, había sido guardado de acudir a algún recurso humano; pero ¿cómo resistir a aquellos que profesan el mismo credo, y tienen las mismas aspiraciones? Una alianza ¿no es cosa legítima? “Conocemos a Jehová como vosotros. Somos servidores vuestros, y en caso de necesidad podríamos ayudaros a combatir”. Este es el lenguaje corriente hoy en día, y se llama el ecumenismo. “Edificaremos con vosotros” —dicen los enemigos de Judá y Benjamín— “porque como vosotros, buscamos a vuestro Dios, y a Él ofrecemos sacrificios” (Esdras 4:2). Aquí Satanás ofrece su ayuda para edificar el templo de Dios.
¡Ah! cuán lejos están Josué e Israel de sospechar que estos embajadores “en nombre de Jehová”, son los Cananeos que deben exterminar; caen en el ardid, pese a la advertencia divina dada por el común del pueblo: “Quizás habitáis en medio de nosotros, ¿cómo pues podremos hacer alianza con vosotros?”. Helos aquí enredados en compromisos porque descuidaron consultar a Dios; Josué hizo paz con ellos, los príncipes de la congregación les juraron en el nombre de Jehová. Tomaron de las provisiones de ellos, señal de comunión, y la alianza fue concluida. Un elemento ajeno, mundano, está introducido en Israel; y esto, en el momento más crítico cuando todas las naciones de los Cananeos están unidas para aplastarlos. ¡Artificio diabólico, Satanás ha alcanzado su propósito! Sabe muy bien que, desde el momento que el mal ha sido introducido en el campo de Dios, toda empresa le resultará fácil. Tuvieron más discernimiento los constructores del templo cuando el enemigo vino a ofrecerles su ayuda en la obra: “Nosotros solos la edificaremos a Jehová Dios de Israel” —contestaron (Esdras 4:3).
Estas cosas, ¿no nos recuerdan la propia historia de la Iglesia? Los cristianos se dejaron fácilmente seducir por las apariencias de una religión terrenal, el judaísmo, que trataba de penetrar en el ambiente, predicando “otro Evangelio”, haciendo perder de vista a la Iglesia su posición celestial: es la lucha en la cual estaba empeñado el apóstol Pablo entre los Gálatas. ¡Cuántas dificultades tuvieron para poner en fuga al enemigo que venía diciendo: “Si no os circuncidáis según el rito de Moisés, no podéis ser salvos”! (Hechos 15:1). No tuvieron siempre el discernimiento y la energía de Pedro y Juan para rechazar el dinero ofrecido por Simón, quien quería el poder de dar el Espíritu Santo; hasta que, Satanás habiendo ayudado a luchar y a construir, entró en la Iglesia (Apocalipsis 2:13). En adelante, ¡ah! el combate no tendrá lugar con los enemigos de afuera solamente, se tratará también de hacer frente al poder de Satanás adentro, en la misma Iglesia.
La infiltración de los Gabaonitas en Israel, y del mundo en la Iglesia, nos hace recordar la parábola del Señor: “El reino de los cielos es semejante al hombre que siembra buena simiente en su campo; mas durmiendo los hombres; vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo y se fue; y como la hierba salió e hizo fruto, entonces apareció también la cizaña” (Mateo 13:25-30). Es lo que ocurrió aquí: pasados tres días después del concierto con estos extraños, “oyeron los hijos de Israel cómo eran sus vecinos y que habitaban en medio de ellos”. A veces se necesita más tiempo que tres días para descubrir que los que han sido introducidos en la congregación no son verdaderos cristianos y sólo después de una larga noche de espera cuando el clamor se hace oír: “He aquí el Esposo”, se manifiestan entonces entre aquellos que duermen, los que poseen verdaderamente la vida (Mateo 25:8).
La gracia de Dios fue activa a favor de la Iglesia como también lo fue para Israel en el caso de los Gabaonitas; si el mal penetró, éste no tuvo su desarrollo que Satanás esperaba; aunque el primer resultado que observamos es el desorden: “Y toda la congregación murmuraba contra los príncipes”. Sin embargo no había otra solución sino soportar la presencia de los que habían dejado entrar por su propia negligencia: “Nosotros les hemos jurado por Jehová Dios de Israel, por tanto ahora no les podemos tocar. Esto haremos con ellos, les dejaremos vivir porque no venga ira sobre nosotros a causa del juramento ... mas sean leñadores y aguadores para toda la congregación” (versículo 21).
La primera murmuración que se oyó en la Iglesia provenía de una diferencia racial: las viudas griegas eran desatendidas en el servicio diario. Una rivalidad carnal les hizo olvidar que “el hombre no debe apartar lo que Dios ha unido”, pero la solución a este mal trajo también “leñadores y aguadores para la congregación”, es decir, la elección de siete varones llenos del Espíritu Santo para servir a las mesas (Hechos 6:1-7). Tal es la gracia de Dios obrando a favor de la Iglesia para subsanar un mal que había dejado introducir por haber descuidado la Palabra de Dios.
“Y llamándolos Josué les habló diciendo: ¿por qué nos habéis engañado?” —Josué reconoce pues su error— “vosotros pues ahora sois malditos y no faltará de vosotros siervo que corte la leña y saque el agua para la casa de mi Dios ... y para el altar de Jehová”. Josué coloca a los Gabaonitas en el lugar donde había perecido el rey de Hai, el de la maldición; pero también era ese mismo sitio donde Israel había sido colocado sobre el monte Ebal, pero librado por el sacrificio ofrecido en el altar. A su vez, los Gabaonitas están preservados del juicio solamente por el nombre de Jehová evocado equivocadamente por los príncipes del pueblo, pero tienen también el privilegio de servir al altar de Jehová donde, como para Israel, el sacrificio les libraba de la maldición.
Otra verdad se desprende del ardid de Gabaón. Israel debía soportar la presencia de extraños; así sucedió para la Iglesia; hemos de sufrir las consecuencias de nuestra infidelidad y errores; la humillación por el mal introducido en la casa de Dios; pero si somos fieles, podremos discernir lo que es verdaderamente de Dios, de lo que lleva solamente Su nombre. Es la Palabra la que discierne esa mezcla, nos la revela, y la fe abandona la “cizaña”, el mundo religioso, bajo su maldición; usando a la vez de gracia a su favor; no podemos arrancar la cizaña: “Dejad crecer lo uno y lo otro”, dijo el Señor; sólo el juicio de Dios hará la separación (Mateo 13:28-30).
No es todo: la historia de los Gabaonitas no se termina en el libro de Josué; vemos claramente que el propósito de Dios no era de ninguna manera quitarles el lugar que habían usurpado en la asamblea de Israel; elegido después y dado por Jehová. El rey Saúl, cuatro siglos después, animado por un celo carnal ajeno a los pensamientos de Dios, extermina los Gabaonitas. ¿Invalidaron el juramento de Jehová cuatro siglos transcurridos? No pasó tal cosa. La infracción al juramento no queda sin castigo: en tiempo de David una calamidad cae sobre Israel; David busca a Jehová, y se entera de su causa: “Es por Saúl y por aquella casa de sangre, porque mató a los Gabaonitas” (2 Samuel 21:1).
La carne que ha introducido el mal no tiene otra cosa más apurada que hacer sino desembarazarse de las consecuencias que la molesta; el camino de Dios es muy distinto y va por una dirección opuesta al de la carne: es menester que Sus hijos sean conscientes del mal que han dejado introducir. En el tiempo del profeta Ezequiel, Jehová ordena al Ángel poner una señal en la frente de los que gimen y claman a causa de las abominaciones que se hacen en medio de Jerusalem. Tal era la voluntad de Dios: gemir por el mal introducido, separarse de él, y esta señal será a su vez el medio de poner a aquellos que la llevan al abrigo del destructor. Esta es la conducta que hemos de seguir: si podemos discernir entre el trigo y la cizaña, no hemos de arrancarla, sino separarnos del mal: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor”. Esto es lo que un cristiano mundano nunca aprende: en primer lugar, la presencia del mundo en la Iglesia no lo humilla, al contrario, pretende que es imposible distinguir entre un verdadero hijo de Dios y un cristiano nominal o exigir la separación del mal.
Amado lector cristiano: no se trata de tomar la espada para exterminar el mal, sino separarnos de él. Sin embargo, cuántas veces la historia de la Iglesia se manchó de casos como el de Saúl: la exterminación de los herejes, verdaderos o supuestos, no es sino la repetición del crimen de Saúl; y éste será vengado sobre aquellos mismos que lo han cometido como lo fue para la casa de Saúl; sus siete hijos fueron ahorcados, hechos a su vez maldición de Dios (2 Samuel 21:9). La luz que se necesita para diferenciar un hijo de la raza maldita —pero creyente— de un Israelita según la carne, brilla con vivo esplendor en el verdadero hijo de David: “Y saliendo Jesús de allí, se fue a las partes de Tiro y de Sidón; y he aquí una mujer Cananea que había salido de aquellos términos, clamaba, diciéndole: Señor, hijo de David, ten misericordia de mí; mi hija es malamente atormentada del demonio ... mas Jesús no le respondía palabra; entonces ella vino y le adoró diciendo: Señor, socórreme. Y respondiéndole Él dijo: no es bien tomar el pan de los hijos y echarlos a los perrillos. Y ella dijo: sí, Señor; mas los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de su señor. Entonces respondiendo Jesús dijo: ¡oh, mujer, grande es tu fe; sea hecho contigo como quieres” (Mateo 15:21-28); Cananea, sí, según la carne, pero hija de Abraham según la fe.
Quiera el Señor que dependamos continuamente de Él para discernir, mediante Su Palabra, lo que es nacido de Dios, de lo que aparenta llevar Su nombre; como también ojos abiertos para descubrir las asechanzas del diablo y poder rechazarlas llevando toda la armadura de Dios. ¡Nos guarde Dios de perder de vista las cosas celestiales o rebajar nuestro cristianismo hasta no ser algo bastardo que compartimos con el mundo!

Josué 10

La victoria de Gabaón
Antes de entrar en este nuevo tema, deseamos hacer una o dos observaciones importantes. Más meditamos estos primeros capítulos de Josué, más también nos llama la atención el papel que Satanás, el adversario, juega en la lucha entre Israel y los Cananeos. Tiene un concurso de circunstancias para cada ocasión: sin que lo sospechen, es él quien conduce a los hombres, sugiriéndoles resoluciones, que éstos creen tomadas y elaboradas por su propio albedrío. Así el diablo alcanza su propósito y a veces valiéndose de los mismos hijos de Dios que tuvieron el desatino de prestar oído a sus seducciones. En medio del formidable funcionamiento del mundo y sus innumerables actividades, Satanás se oculta de tal manera que ningún síntoma extraordinario permite sospechar su presencia. Y es tan poco aparente su existencia que muchos hasta llegan a negarla: ¿qué tiene que ver Satanás con circunstancias tan naturales, la política, las ambiciones humanas, las luchas entre los pueblos?
Y después de todo, ¿quién tiene razón en esta lucha? ¿En qué bando está la verdadera causa? ¿Cuál es el agresor? ¿Dónde se encuentra el espíritu de crueldad y de exterminación? Pesemos los hechos, seamos equitativos, decidamos; oigo, peso, y me pongo a favor de los Cananeos, el morador y dueño de estos lugares, contra Israel el invasor; o sea por Satanás, contra Dios: me he equivocado: el enemigo logró por los hechos mismos hacerme esconder a Dios. Para discernir la verdad y obtenerla debo abrir la Palabra de Dios y escuchar sólo a Él; es ella que me revelará la verdad, la luz, la justicia, la santidad. Desde luego, estando del lado de Dios, mi alma no tendrá dificultad para juzgar entre el bien y el mal; y Satanás será desenmascarado, sus designios expuestos a pleno día.
Sin embargo el adversario no se tiene por vencido: para engañar a las almas, se ataca directamente a los portadores de la Palabra de Dios, a los que llevan la espada del Espíritu y su testimonio. Penetra en su corazón mediante la codicia y después de haber cumplido su obra corruptora, el mundo pregunta: ¿son estas personas mejores que las demás? ¿Hablan de separarse del mal? Ved a Acán, a los Gabaonitas. ¿Hablan de humildad? Ved su confianza en sí mismos, su orgullo espiritual. Estos argumentos oídos a menudo penetran en las almas, influenciadas por éstos; y el enemigo logra hacerles rechazar a Dios.
Otra observación se deduce de las anteriores: Satanás tiene dos grandes medios para corromper a los hijos de Dios: el primero es el anatema, la codicia, el mundo introducido en el corazón; el segundo es la alianza con Gabaón: el mundo introducido en nuestro andar. A través de toda nuestra carrera cristiana, debemos ser guardados de estas dos trampas; y siempre como de nuevo, esta pregunta se plantea: ¿basta el Señor a mi corazón, o buscaré la atracción que el mundo me ofrece? ¿Existe algún medio para permanecer fieles cristianos, nada más que cristiano en nuestro corazón como en nuestro andar o si debo vivir unido al mundo, aún con su apariencia religiosa? Satanás logró arrastrar a la Iglesia en estas dos trampas; como Israel, comenzó por el anatema: la historia de Ananías y Safira es la de su primera caída; luego concluyó aliándose con el mundo tal como lo tenemos a nuestra vista hoy día.
Una nueva confederación de reyes se organiza, dirigida esta vez, no contra Israel sino contra Gabaón. Así comienza nuestro capítulo: “Envió pues a decir Adonisedec, rey de Jerusalem a Hoham, rey de Hebrón, a Piream rey de Jarmut, a Jafía rey de Laquis y a Debir rey de Eglon: subid a mí, y ayudadme, y combatamos a Gabaón; porque ha hecho paz con Josué y con los hijos de Israel” (versículo 3). Parece aquí que Satanás lucha contra sí mismo, pero es una de sus artimañas para lograr una victoria. “Entonces los moradores de Gabaón enviaron a decir a Josué al campamento en Gilgal: no niegues ayuda a tus siervos; sube prontamente a nosotros” (versículo 6). ¿Subirá Israel a socorrer a Gabaón o la dejará exterminar por otros? Este sería un medio excelente para desembarazarse de las consecuencias de su falta; pero ¿dónde estaría la rectitud ante Dios? ¿Qué sería de su humillación y disciplina? Y por otra parte, subir contra el enemigo significaría aceptar definitivamente el compromiso con los Gabaonitas, y aparentar alianza con el mundo. Satanás suele presentar semejantes dilemas: ¡cuántas veces los ha puesto a través del camino de Cristo, el Hombre perfecto! Fariseos, Saduceos, Herodianos han sido sus medios; el asunto del tributo para pagar a César, el adulterio de una mujer; estos fueron algunos de sus ardides.
Y nosotros, ¿cómo podremos salir siempre victoriosos de estos dilemas? Por la sencilla dependencia hacia Dios realizada en Gilgal, expresada por la oración. A menudo hemos notado que el solo hecho de estar en Gilgal no preservó a Israel de un error: los Gabaonitas habían ido a Gilgal para hablar a Josué, y allí se había dejado engañar. Esto nos muestra que lo que falta a menudo, para nosotros, es la aplicación práctica de la circuncisión; es decir el despojamiento de una confianza propia: “Amortiguad vuestros miembros que están en la tierra”, exhorta la epístola, y esto significa que se debe estar en Gilgal (versículo 6), subir de Gilgal (versículo 7), y también volver a Gilgal (versículo 15). La circuncisión y Gilgal son dos cosas inseparables como lo son la cruz y su poder aplicados a nuestro testimonio diario.
Hemos visto que el enjuiciamiento de sí mismo produce la dependencia hacia Dios, la que a su vez se manifiesta en felices comunicaciones con Dios, experiencia que el alma nunca había conocido antes; es lo que vemos en estos versículos: Jehová habla a Josué (versículo 8); Josué habla a Jehová (versículo 12); y Jehová contesta a Josué (versículo 14). Hay contacto permanente, una de las condiciones indispensables para luchar con Dios; el aliciente, el poder y la victoria son los frutos benditos de esta dependencia que mantiene nuestras almas en relación con Él.
Por fin Israel se halla en condición para poder seguir sin trabas el camino hacia la conquista; pero, notemos aquí que no es tanto el pueblo como el mismo Dios que combate; es Jehová que turba al enemigo; es Él quien lo hiere, es Él quien arroja sobre ellos grandes piedras, y muchos más murieron de las piedras del granizo que los que los hijos de Israel mataron a espada. Es Jehová quien entrega a Maceda, a Libna, a Laquis; es Jehová quien rae al enemigo; y que por otra parte, puede combatir libremente con sus ejércitos sin impedimento que quitar de en medio de ellos por la disciplina. Así los vemos obtener la mayor victoria que jamás haya sido consignada en la Palabra de Dios: “Entonces Josué habló a Jehová el día que Jehová entregó al Amorreo delante de los hijos de Israel, y dijo en presencia de ellos: Sol, detente en Gabaón y tú Luna en el valle de Ajalón” (versículo 12). Un día que dura veinticuatro horas a fin de permitir al pueblo recoger hasta el último de los frutos de su triunfo; “Y no hubo día como aquel ... y el sol se paró en medio del cielo y no se apresuró a ponerse”. Si esto fue para la lucha “contra carne y sangre”, cuánto más lo es para la lucha en el día de la gracia; el sol no se apresura en ponerse, Dios no está apurado para que el día de la salud se termine, aunque ya estamos a su ocaso, porque no quiere que ninguno perezca.
El Dios de la tierra y del cielo, el Creador del universo, proclama que Israel, este pueblo vencido ante Hai, engañado por los de Gabaón, cuya conducta habría podido cansar su paciencia, es objeto de su favor y, sin obstáculo lo puede llevar al triunfo. “Y no hubo día como aquel, ni antes, ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre”, débil figura del Hombre, Cristo Jesús, cuya voz atiende con agrado Dios y que nos lleva siempre en triunfo con Él. “Porque en tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido” (2 Corintios 2:14; 6:2). Cuando la gracia manifiesta su poder hasta hace volver atrás al sol, el piadoso rey Ezequías pudo comprobar que Dios no estaba apurado en apagar la luz de su testimonio, hace volver al sol atrás de diez grados, y le da quince años más de vida; demasiado pronto reinó Manasés, el impío rey que le sucedió.
Nada era demasiado elevado para Josué. Conociendo el corazón y la voluntad de Dios, podía pedir hasta que los cielos, el sol y la luna, se pongan al servicio de Sus amados; como nosotros, si la Palabra de Dios permanece en nuestro corazón, podremos pedir al Padre todo lo que querremos (Juan 15:7). Desde entonces Israel marcha de victoria en victoria: Maceda, Libna, Laquis, Gezer, Eglón, Hebrón y Debir son las siete etapas victoriosas al tomar posesión de la heredad de Jehová. Cinco reyes son apresados en la cueva misma donde se escondieron; pero no es el momento de matarlos; “Rodad grandes piedras a la entrada de la cueva”, ordena Josué (versículos 18-19), se les debe guardar presos allí donde se refugiaron: en la oscuridad de una cueva. El príncipe de las tinieblas no tendrá otro lugar que éstas mismas como su porción, y será arrojado en el abismo, allí donde están despeñados los ángeles que pecaron guardados con cadenas y prisiones de oscuridad (2 Pedro 2:4; Apocalipsis 20:1-3).
Satanás, la muerte y el infierno: estos “reyes enemigos” han sido ya vencidos por la cruz, pero, esperando el día cuando el Dios de paz quebrantará a Satanás debajo de nuestros pies, recojamos “sin detenernos” los frutos de nuestra victoria mientras dura el día de la gracia. “Acercaos”, dice Josué, a los principales de la gente de guerra, “y poned vuestros pies sobre los cuellos de estos reyes; y ellos se acercaron y pusieron sus pies sobre los cuellos de ellos” (versículo 24). Nos parece oír al Señor decir a Sus discípulos: “He aquí os doy potestad de hollar sobre las serpientes y sobre los escorpiones y sobre toda fuerza del enemigo, nada os dañará” (Lucas 10:18-20). Primicias de victorias futuras, “porque preciso es que Él reine hasta que haya puesto a todos Sus enemigos debajo de Sus pies; y el postrer enemigo que será destruido será la muerte” (1 Corintios 15:25- 26).
El versículo 27 detiene todavía nuestra atención: en una experiencia precedente Josué había podido discernir cómo actuar según Dios porque había sido hecha con Él, está acostumbrado a lo que conviene a la santidad de Dios: no deja colgados en los maderos a estos cinco reyes vencidos. A la caída del sol los hace quitar de los maderos y echarlos en la cueva donde se habían escondido. Además esta referencia nos hace recordar que es en la cruz donde Satanás fue vencido y que las tinieblas serán su suerte por la eternidad: “Pusieron grandes piedras a la entrada de la cueva, las cuales permanecen hasta hoy” (versículo 27). ¡Cuán grande contraste advertimos ante la tumba de Lázaro donde el Señor ordena: “Quitad la piedra”!; y mayor aún en el sepulcro del Vencedor de la muerte, de cuya entrada un ángel rodó la piedra para siempre.

Josué 11

La victoria de Hasor
Llegados a la descripción del combate final que entrega definitivamente toda Canaán a Israel, recordemos que la toma de posesión es el motivo importante del libro de Josué; y que el país de la promesa corresponde para nosotros a las regiones celestiales. Pero en medio de los bienes que constituyen nuestras bendiciones espirituales, tenemos una porción especial; es Cristo. Somos bendecidos en Cristo; si Dios quiere que nuestros corazones se apoderen de las riquezas de Aquel en quien hemos sido elegidos, Él nos brinda los medios para ello porque por nuestra inteligencia y capacidades, nunca lo lograremos. Sólo la fe, y la potencia que nos da el Espíritu Santo nos podrán abrir estos tesoros: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”. Esto es el lugar, pero: “Prosigo” —dice el apóstol— “por ver si logro asir de Él”; esta es la Persona, Cristo Jesús, por quien fui también asido (Filipenses 3:12).
Entre los capítulos primero y undécimo del libro de Josué, hallamos toda clase de dificultades; no obstante Dios se vale de las experiencias descritas, siempre cuando el corazón es recto en Su presencia, para enseñarnos a desconfiar totalmente de la carne y esperar plenamente en Él. Hemos de tomar una vez por todas la posición elevada, la única importante, aquella de un cristiano que con sumisión a Dios, tiene su corazón en el cielo. En el capítulo once vemos una última confederación unida a la del capítulo nueve (estando destruida la del diez) para constituir un ejército formidable: “Un pueblo mucho en gran manera, como la arena que está a la orilla del mar” (versículo 4). Satanás trata ahora de aniquilar a Israel bajo la presión numérica; es la enemistad abierta, declarada, que el mundo profesa contra el pueblo de Dios.
Ved los ejércitos del Diablo congregados contra la Iglesia: Libertinos, Sireneos, Alejandrinos; ved a los ancianos de Israel, el concilio entero, todo el pueblo está en contra de los testigos del Señor. Ved la multitud apedrear a Pablo (Hechos 14:19), agolparse el pueblo contra Pablo y Silas (Hechos 16:22), a todo el mundo reunido para la batalla del gran día del Dios Todopoderoso (Apocalipsis 16:14). Llegando a su paroxismo la enemistad de los hombres contra Dios, éstos se confederan para hacerle la guerra, mientras que de ordinario, se congregan con el fin de mejorar o reformar al mundo: sociedades políticas, filantrópicas, religiosas, desean civilizarlo. ¡Cuán poco sospechan los hombres, ah, aún los cristianos, que toda esta actividad en apariencia loable no es más que una oposición oculta o disfrazada contra Dios! Dios no mejora al mundo: lo condenó en la cruz; lo declaró enteramente perdido; y si esta evidencia por humillante que sea, pero fundamental, no es aceptada, tampoco lo es la salvación por el sacrificio de Cristo: las hojas de higuera bastan entonces para tapar la miseria y el pecado del mundo o las cadenas para sujetar al poseído de los demonios.
En nuestro capítulo hallamos pues la guerra abierta contra Dios: desde el norte al sur, del oriente al occidente, todos “salieron, y con ellos todos sus ejércitos, mucha gente, como la arena que está a la orilla del mar en multitud, se unieron, y vinieron y acamparon unidos juntos, para pelear contra Israel” (versículos 2-5). La confederación que hallamos aquí tiene un jefe: Jabín, y un centro de reunión también, la ciudad de Hasor: “Pues Hasor había sido antes cabeza de todos esos reinos”. En principio esta coalición satánica se repite hoy en contra de todo “lo que es nacido de Dios”, pero, éste último vence al mundo, “y ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe”. “Vosotros sois fuertes, y la Palabra de Dios mora en vosotros y habéis vencido al maligno”. Observemos en estos dos textos que las armas de nuestra guerra son la fe y la Palabra de Dios; semejantemente al Señor tentado en el desierto, los luchadores ponen en fuga a Satanás mediante las mismas armas; aunque para el caso de Josué, Dios reitera las palabras necesarias para fortalecerlo: “No te aterres”, había dicho, “no tengas temor de ellos” (versículo 6).
Aquí reaparece la misma verdad: desde el final del capítulo ocho cuando en Ebal junto al altar y al arca de Jehová, la Palabra de Dios había sido leída y escrita sobre las piedras emblanquecidas, tomando su lugar en el corazón y los pensamientos de Josué y del pueblo. En el capítulo diez, textos nos indican que siguen en el camino de la obediencia (versículos 27 y 40). En el capítulo once, esa Palabra viene a ser guía infalible y constante de ellos: “Josué hizo con ellos como Jehová lo había mandado” (versículo 9), “de la manera que Jehová lo había mandado a Moisés Su siervo” (versículo 12), “así Moisés lo mandó a Josué, y así lo hizo sin quitar palabra de todo lo que Jehová había mandado” (versículos 15-20).
Respecto a esta obediencia, es digno de notar que Josué no se contenta con obedecer a un mandamiento particular, como lo vemos en el versículo nueve, y como lo hizo también tantas veces antes, ni de confiar a otros el cuidado de cumplir lo que Moisés había mandado; ese valiente soldado de Dios, llegado al término de su importante carrera, no omitió nada de todo lo que Jehová había mandado a Moisés. La Palabra entera, tal como le había sido comunicada fue el objeto de una escrupulosa atención y a la vez dirigía su caminar; pudo realizar entonces lo que al comienzo de esa misma carrera Jehová le había encomendado: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (capítulo 1:8). ¡Qué poder esa obediencia brinda al combatiente! En el capítulo ocho, la Palabra de Dios, escrita en “piedras vivas” del corazón, forma los pensamientos de Josué; aquí es la espada del Espíritu que arma su brazo: Satanás no puede nada en contra de ella. ¿Son éstas nuestras experiencias? ¿Nos lanzaríamos a la batalla sin habernos nutrido de ella?
Observemos todavía cómo en esta escuela divina se nos enseña a desechar todos los recursos del poder humano. “Confían en caballos y su esperanza ponen en carros, porque son muchos, y en caballeros porque son valientes”, dice el profeta (Isaías 31:1). Pero estos recursos no son más que elementos para destrucción: “Desjarretó sus caballos y quemó a fuego sus carros ... queman a Hasor por el fuego como Jehová les había mandado” (versículos 9,11,13). La cabeza de todos estos reinos, la capital del mundo no podría jamás llegar a ser el centro para el reino de Israel. Esta verdad permanece para siempre: trátese de Hasor, de Roma o de Babilonia. Nuestra ciudad es la Jerusalem celestial de la cual Dios es el Fundador y el Arquitecto; y si Babilonia no está todavía quemada a fuego como lo anuncia la Palabra (Apocalipsis 18:2; 19:3), que lo sea para nuestro corazón y nuestro espíritu. La destrucción de estas capitales nos enseña que todos los principios que gobiernan este mundo —políticos o religiosos—, o lo que constituye su centro de atracción, deben ser ya juzgados, y desechados, como Israel lo ha hecho para Hasor. “El mundo me es crucificado a mí y yo al mundo”, dice el apóstol; “viene el príncipe de este mundo, mas no tiene nada en Mí”, dice el Señor, el Modelo perfecto.
La espada de Jehová había cumplido su juicio y destrucción; Josué había sido el instrumento que la llevaba; pues es fidelidad hacia Dios para el creyente, colocar al hombre natural enteramente y sin merced bajo la espada del juicio de Dios. Del “hombre en Adam”, nada debe subsistir en la tierra de la promesa: “A todos los hombres hirieron a filo de espada, hasta destruirlos sin dejar alguno con vida; de la manera que Jehová lo había mandado” (versículo 14). “La vieja naturaleza” no tiene su lugar ya en la vida del creyente, pero, el instrumento, nuestro cuerpo, puede ser presentado en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Como lo habíamos presentado para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación lo presentamos a Dios para servir a la justicia (Romanos 6:13).
“Tomó pues Josué toda la tierra, conforme a todo lo que Jehová había dicho a Moisés; y la entregó Josué a los Israelitas, por herencia conforme a su distribución”. Detalle importante: es Josué que toma la tierra y la entrega por herencia a Israel; como también es Cristo victorioso por quien tenemos nuestras bendiciones celestiales, y por quien Israel futuro heredará su tierra. “Y Jehová será visto sobre ellos, y Su dardo saldrá como relámpago ... porque los hijos de Sión serán engrandecidos en su tierra ... y la heredaréis así los unos como los otros” (Zacarías 9:14-17; Ezequiel 47:14); porque todas las cosas estarán reunidas en Cristo “en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra” (Efesios 1:10).
Los Anaceos
Satanás es derrotado, su último ejército destruido, sus ciudades tomadas, el botín, las bestias de aquellas ciudades, todos sus bienes caen bajo el poder de Israel que ahora podrá ofrecerlas a Jehová. ¿Qué queda aún para hacer? Israel encuentra, por fin, sobre su camino los tropiezos y motivos de espanto que lo habían hecho caer treinta y ocho años antes en el desierto, a esos Anaceos, hijos de Anac, “la raza de los gigantes” que al parecer de los espías “éramos nosotros”, dicen, “como langostas y así les parecíamos a ellos” (Números 13: 34). ¿Qué impresión podrían producir ahora los hijos de Anac sobre el espíritu de aquel que marcha hacia adelante con el poder de la Palabra de Dios? La victoria está en Él: “La Palabra de Dios mora en vosotros y habéis vencido al maligno” (1 Juan 2:14). “Vino Josué y destruyó a los Anaceos y sus ciudades, ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo” (versículo 21). Como lo vimos, Josué recibía la Palabra de Dios, contaba sobre la promesa de Dios quien le había dicho: “Tú vas a desposeer a naciones más numerosas y más poderosas que tú, un pueblo grande y alto ... del cual has oído decir: ¿quién se sostendrá delante de los hijos de Anac? Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti” (Deuteronomio 9:1).
¡Ah, de qué manera nuestros temores pasados parecen pequeños y mezquinos cuando marchamos con Dios! ¿Qué es un hombre de seis codos y un palmo de altura, con una coraza de planchas de cinco mil ciclos de metal delante del Dios soberano, Creador de los cielos y Dominador de toda la tierra? ¿Y qué serán el Anticristo, la bestia romana y todos los reyes de la tierra congregados contra el Señor que desciende del cielo en llamas de fuego? (2 Tesalonicenses 1:8; 2:8).

Josué 12

Enumeración de los reyes vencidos
Con este capítulo entramos en la segunda parte del libro de Josué. La primera que comprende los capítulos uno a once nos ha detallado las victorias del capitán, —figura de Cristo, cual potencia del Espíritu Santo en los Suyos— otorgando a Israel la entrada en posesión de las bendiciones prometidas. En el curso de sus victorias, el ejército de Jehová (y Josué mismo considerado como figura del cristiano sujeto a flaquezas humanas) ha realizado numerosas e importantes experiencias. Estas no pueden faltar desde el momento que como instrumento de Dios el elemento humano entra en escena; estas experiencias constituyen para el ejército de Jehová un aporte muy valioso para conocer lo que es ese mismo elemento humano, siempre malo, y quién es el Dios, su Dios, que los conduce. Pero el punto capital presentado en este libro es la actuación de la gracia divina a favor de Israel que le lleva a la victoria con el fin de establecerle en el país de la promesa por una parte, y por la otra, el goce de Dios de esa misma herencia en los Suyos (Efesios 1:18; 1 Crónicas 29:11-14). Pero otro punto se puede considerar: la responsabilidad del pueblo una vez el país de Canaán confiado en sus manos.
Esta responsabilidad forma otro aspecto de la historia del pueblo de Israel, la que pertenece más bien al libro de los Jueces. También ¡qué contraste existe entre estos dos libros! ¡Qué lozanía y fuerza en el de Josué donde la potencia del Espíritu de Cristo obra libremente en vasos débiles, pero llenos de esta potencia! Y ¡qué caída repentina como completa se muestra en los Jueces cuando se ha levantado una generación que no ha conocido a Josué, entregada a su responsabilidad para guardar la herencia que le fue confiada! La historia de la Iglesia nos ofrece idéntico contraste; leed los Hechos de los Apóstoles, leed la primera epístola a los Tesalonicenses con la epístola a los Efesios; luego pasad a la lectura de la segunda epístola a Timoteo, la de Judas, los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis, y tendréis así la diferencia entre la obra perfecta de Dios establecida en el comienzo del cristianismo, esparciendo alrededor de ella toda la fragancia de su origen, con el resultado de la obra confiada en manos humanas; la cual vino a ser como tal, el objeto del juicio de Dios; leed también los dos primeros capítulos del Génesis, luego pasad al tercero y experimentaréis la misma decepción.
Pero volvamos atrás. La primera parte del libro de Josué (capítulos 1–11) concluye con estas palabras: “Y la tierra reposó de la guerra”. Después de la victoria se disfruta la paz. No nos da Dios la victoria sin hacernos gozar de sus frutos: si hemos marchado fielmente bajo la conducción del Espíritu Santo, en el camino del combate, hallaremos el goce apacible de nuestros bienes celestiales. Es esta recompensa la que nos presentan los capítulos que serán el objeto de nuestra meditación. La recompensa y el gozo del pueblo es también la recompensa y el gozo individual; después de las luchas y las victorias de Caleb, el valiente conquistador de la tribu de Judá, leemos: “Y la tierra tuvo reposo de la guerra” (capítulo 14:15).
Amados lectores, ¿os desanima la lucha en la cual estáis empeñados? ¿estaríais tentados de arrojar las armas y decir, esto es demasiado para mí? Tal vez os olvidáis de que la lucha tiene como objeto el conducirnos a ese momento bendito cuando el Capitán dirá: “Entra en el gozo de tu Señor”. Después de haber peleado la buena batalla, acabado la carrera y guardado la fe, se espera la corona de justicia (2 Timoteo 4:8). Además, esa parte del libro trata la repartición del país; si después de la victoria sigue la paz, esta misma nos permite el goce de la herencia. Pero, preguntamos ¿de qué modo disfrutó Israel de su heredad? Aquí también veremos surgir en el pueblo, al lado de la gracia de Dios (la que lo había conducido a la victoria) que le regala sus bienes, las mismas incapacidades y cobardías humanas demostradas anteriormente durante la lucha.
Pero antes de entrar en este tema, notemos que el capítulo doce, al hacer la recapitulación de los reyes vencidos (treinta y tres), atribuye a Israel todas las victorias que Dios mismo ha obtenido por sus armas. Esto nos quiere decir que cuanto la gracia produce, y cuanto la fe ha conquistado, el príncipe del ejército de Jehová lo atribuye a Sus soldados. Este es el glorioso cómputo que hace el capítulo once de la epístola a los Hebreos para los santos del Antiguo Testamento, y el dieciséis a los Romanos para los de las nuevas filas, los del Nuevo Testamento.
Dios no hace la cuenta de nuestras victorias sino solamente cuando el combate está terminado; y es una verdad importante. Hasta tanto que no se haya alcanzado el fin de la lucha, el creyente no debe estar ocupado con sus victorias; mientras el apóstol no ha alcanzado el blanco, se expresa de esta manera: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo”. Si en plena carrera no se debe mirar atrás, detenerse es más que tiempo perdido; significa una cosa positivamente mala y peligrosa a la vez ya que los pensamientos y el corazón están distraídos de la meta; hartos ejemplos tenemos de esta verdad. ¡Ah! cuando habremos llegado a la meta, será tiempo entonces para pasar lista de nuestras victorias, y todavía no nos dejará Dios a ese cuidado, para no olvidar ninguna; Él mismo las enumerará.
Notemos que el capítulo doce se divide en dos partes, la primera, del versículo 1 a 6 enumera los reyes vencidos por Moisés; del versículo 7 al 24, los derrotados por Josué. En un solo capítulo la Palabra de Dios resume las victorias del maestro como las del discípulo. Y estas últimas son mayores: “De cierto, de cierto os digo: el que en Mí cree, las obras que Yo hago, él las hará también; y aún mayores hará porque Yo voy al Padre”. Y cuántas veces esta verdad ha sido verificada a través del libro de los Hechos de los Apóstoles, aunque desde arriba “ayudándoles el Señor, confirmaba la Palabra con las señales que la seguía” (Marcos 16:20; Juan 14:12).

Josué 13

Repartición de la tierra
Junto con este capítulo mencionaremos el contenido del resto de esta sección del libro, reservando el decimocuarto para el tema de una meditación particular.
Todos los adversarios están vencidos, pero no todos desaparecieron. La potencia enemiga permanecerá en el mundo hasta la manifestación del mismo Señor en gloria. Luego, el postrer enemigo que será deshecho será la muerte (1 Corintios 15:25). Ahora bien, para Israel se trata de desalojarlos, porque mientras el adversario posea alguna porción del país de la promesa, el goce del pueblo de Dios no puede ser completo; además, la presencia del enemigo significa una ocasión permanente de caída. Si no es aniquilado, o si no se guarda bien “la entrada de la cueva donde está preso”, no tardará en volver a levantar la cabeza, y si no puede tomar las armas para pelear, tratará de seducir al pueblo vencedor.
Tal fue en efecto la trampa en que cayeron las huestes vencedoras, establecidas en Canaán: “Mas los hijos de Israel no echaron a los Gesureos y a los Maacateos; antes Gesur y Maacat habitaron entre los Israelitas hasta hoy” (versículos 12-13). Idéntica observación hacemos acerca de los Jebuseos que habitaban en Jerusalem: “Los hijos de Judá no pudieron arrojarlos; y ha quedado el Jebuseo en Jerusalem con los hijos de Judá hasta hoy”; tampoco Ephraim arrojó al Cananeo que habitaba en Geser: “Antes quedó el Cananeo en medio de Ephraim hasta hoy” (capítulo 16:10). En fin, hallamos el mismo reparo acentuado aún en cuanto a Manasés: “No pudieron arrojar a los de aquellas ciudades; y el Cananeo persistió en habitar en aquella tierra” (capítulo 17:12).
Si los ejércitos de Israel demostraron más o menos energía y fidelidad para tornar a los Cananeos aparentemente inofensivos, ni una sola tribu, sin embargo, estuvo a la altura de su cometido; ¿qué resultará para Israel la influencia del enemigo? Todos los principios mundanos e idólatras de los Cananeos no tardaron en penetrar cual levadura en medio del pueblo de Dios quien otrora los había combatido; la confianza en sus propias fuerzas, la búsqueda de alianzas con las naciones vecinas en lugar de confiar en Dios, la idolatría, etc., eran tantos gérmenes morbosos que no tardaron en invadir al pueblo, que terminó por prostituirse con todos los dioses de los gentiles. La corrupción, la mentira, la injusticia, la violencia y la rebelión abierta contra Dios; en una palabra, lo que eran “las abominaciones de los Amorreos”, que motivó el juicio de Dios sobre ellos, vino a ser la triste porción del pueblo de Jehová. En fin, cosa espantosa es constatar que Israel reemplazó, y se tornó por así decirlo en “hordas cananeas” que Satanás utilizó para ir al asalto contra el ungido de Jehová y los Suyos.
Reparad en estos capítulos de nuestro libro los cuidados minuciosos que el Espíritu de Dios toma para definir las fronteras y las posesiones de cada tribu, para que cada una tomara conocimiento exacto de su porción en la herencia que le ha tocado en el país de la promesa. Este detalle tiene su aplicación para el pueblo cristiano: Dios ha dado a cada uno de los Suyos un lugar definido, y una función en el cuerpo de Cristo. Cada uno de Sus miembros está en la obligación de ser consciente de su ubicación para obrar en consecuencia. La energía de la vida que mana de la Cabeza (que también es su corazón) debe hallar en Sus miembros la disposición necesaria para el crecimiento, y contribuya a un común impulso. Es a lo que nos exhorta el texto siguiente: “De Quien todo el cuerpo bien trabado y unido consigo mismo, por medio de cada coyuntura que se ayudan mutuamente según la operación correspondiente en particular, recibe su crecimiento, para ir edificándose en amor” (Efesios 4:16).
Es lo que particularmente podemos notar en relación con las cinco hijas de Zelofehad cuyos nombres la Palabra se digna mencionar varias veces: Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa. Para entrar en el goce de su herencia, ellas se presentan ante la autoridad sacerdotal, el capitán del ejército y los príncipes del pueblo: les recuerdan la palabra que Jehová mandó a Moisés (capítulo 17:3-4). Si esta Palabra había sido obedecida en todo lo largo de la lucha para la conquista, también debía ser obedecida para la repartición de la herencia. El elemento femenino acude a la autoridad más poderosa para obtener la porción de los bienes que la gracia les otorgó; ¡cuántas veces esta delicadeza se nota en las que estuvieron a los pies del Señor!

Josué 14

La porción de la tribu de Leví
Detengámonos ahora en las disposiciones divinas acerca de la tribu de Leví; son interesantes y tienen su aplicación actual: “Empero a la tribu de Leví, Moisés no dio heredad” (capítulo 13:33). “Los sacrificios de Jehová Dios de Israel son su heredad, como Él les había dicho” (Números 18:20; Deuteronomio 18:1-2). La heredad de Leví era por una parte el mismo Jehová, el Dios de Israel; y por otra, los sacrificios hechos por fuego a Jehová.
Es fácil alcanzar el significado espiritual como la enseñanza que nos ofrece esta disposición de Dios establecida para con la tribu de Leví. Hela aquí: nosotros no tenemos en este mundo ninguna herencia; nuestros privilegios, como pueblo celestial, consisten en estar delante de Dios, servirle, y aún poseerle a Él. Nuestra comunión es con Él en lugares celestiales, el apóstol Juan la puntualiza; nuestra comunión es con el Padre, y con Su Hijo Jesucristo (Mateo 11:27; 1 Juan 1:3). Pero como los hijos de Leví, nuestra porción es igualmente “los sacrificios hechos por fuego a Jehová”, es decir Cristo, según toda la perfección de Su obra y persona ofrecida a Dios. Cristo, Hombre perfecto, tipificado en la ofrenda de flor de harina amasada y untada con aceite (el Espíritu Santo), y cubierta de incienso; Cristo: Cordero, víctima, holocausto, sacrificio. En fin, todo en lo cual Dios halla Sus delicias desde luego, y por la eternidad. Esta porción, pues, es la nuestra, revelada por las Escrituras, y gozada por el Espíritu Santo.
Pero Cristo es nuestro Modelo también; Él ha sido el Levita sin mancha, el Siervo perfecto, el lector y Expositor de la Palabra de Dios; y el Medio por el cual Dios bendice (Deuteronomio 21:5; Nehemías 8:7-8; Malaquías 2:5-7). Cristo ha sido el Levita por excelencia, de quien está dicho: “Tu Tumim y tu Urim (luces y perfecciones) sean para el varón de tu bondad a quien probaste en Masah, con quien contendiste en las aguas de Meriba, quien dijo de su padre y de su madre: nunca los he visto” (Deuteronomio 33:8); el Hombre que no tuvo lugar donde reclinar Su cabeza, pero quien agrega también: Jehová es la porción de Mi parte y de Mi copa. Y contemplando Su herencia celestial exclama: “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado” (Salmo 16:5-6).
En fin, amados lectores, nuestra porción actual es la misma que tendremos en lo futuro; pero en plenitud, cuando habremos alcanzado la meta celestial de la cual gozamos las arras (Efesios 1:13-14). Para los hijos de Leví, sacerdotes y ministros de Jehová, llegará también el momento de su recompensa, gozando Israel la gloria milenial bajo el cetro del divino hijo de David. Así se la anuncia el profeta Ezequiel al recordar la fidelidad pasada de la tribu de Leví, y particularmente la familia de Sadoc: “Mas los sacerdotes Levitas, hijos de Sadoc, que guardaron el ordenamiento de Mi santuario cuando los hijos de Israel se desviaron de Mí, ellos serán allegados a Mí para ministrar ante Mí ... y habrá para ellos heredad: Yo seré su heredad, pero no les daréis posesión en Israel; Yo soy su posesión” (Ezequiel 44:15,28). Abrid ahora vuestras biblias en los capítulos cuatro y cinco del Apocalipsis y estaréis ante una escena celestial en la cual notarás la porción especial de los “ancianos” junto al Cordero inmolado; uno de ellos se acerca a Juan que llora porque nadie había sido hallado digno de abrir el libro de los consejos de Dios ni de mirarlo: “No llores”, le dice, y le revela quién es digno de tomar el libro y de abrirlo; tal es el privilegio de la fidelidad.
La perseverancia de Caleb
Después de haber considerado la porción particular que ha tocado en suerte a los Levitas, deseamos demorarnos un poco también sobre este capítulo a causa de su importancia espiritual práctica; desde el versículo seis hasta el quince, y el capítulo quince desde el versículo trece al diecinueve, nos presentan a Caleb, quien encarna la perseverancia de la fe. Números 13 menciona a este hombre por primera vez; desde el desierto de Paran, Moisés había enviado a doce espías, uno de cada tribu para reconocer el país de Canaán. Entre ellos se hallaba Caleb hijo de Jephone de la tribu de Judá; con él está nombrado Oseas hijo de Nun, de la tribu de Ephraim al que Moisés llamó Josué.
Desde este momento el nombre de Caleb está tan íntimamente unido al de Josué que no se le puede separar. Tienen un mismo punto de partida como el mismo de llegada. Reconocen juntos el país de Canaán; marchan juntos a través de las largas y penosas jornadas del desierto; entran juntos en Canaán; así fue para once hombres que tuvieron como punto de partida los bordes del lago de Genesaret junto con Aquel que los llamó, hasta llegar en torno al trono celestial. Sin duda están unidos por su carácter personal y particular de hombres de fe; pero se halla también otra razón bendita a esta asociación que la Palabra de Dios nos señala. Hela aquí: Si Josué es un tipo de Cristo quien hace heredar a Su pueblo el glorioso país de la promesa, por su parte Caleb, quien marcha siempre a su lado, es figura del creyente que sigue junto a Cristo.
Estos dos hombres tienen todo en común: pensamientos, fe, confianza, valor; tuvieron un mismo punto de partida, tienen una misma marcha hacia adelante, y tienen una misma meta. Amado lector, ¿estamos asociados a Cristo de tal manera que no se pueda pronunciar nuestro nombre sin el suyo? ¿Saca su valor toda nuestra existencia del hecho de ser compañeros de Jesucristo? ¿Abriga el gran nombre de Cristo nuestro nombre, guardando sin embargo el primero su preeminencia? Así lo expresa el Salmo para los santos del Antiguo Testamento como la epístola para los del Nuevo Testamento: “Has amado la justicia y aborrecido la maldad, por lo cual Te ungió Dios, el Dios Tuyo, con óleo de alegría por sobre Tus compañeros” (Salmo 45:6-7; Hebreos 1:9).
Después de haber sido enviados por Moisés, Josué y Caleb con sus compañeros llegaron hasta Hebrón, luego pasan el arroyo de Escol de donde llevaron unas muestras de los magníficos frutos de tan ubérrima tierra. Pero, aunque Escol representa el bien celestial que gozamos ya cual arras de nuestra herencia, no es este lugar el que ha cautivado los ojos y el corazón de Caleb, como lo hubiéramos podido suponer; su fe le ha hecho hallar algo mejor todavía. Es Hebrón el sitio de su elección; y este lugar donde puso el pie una vez, le ha sido dado por heredad perpetua como premio de su fidelidad. Desde entonces, durante cuarenta y cinco años, Caleb llevará el nombre de Hebrón escrito en sus afecciones; y llegará el día en que se presentará delante de Josué y le pedirá ese monte del cual había hablado Jehová.
Hebrón no dejaba de tener una gran celebridad. Para los ojos de la carne, a la verdad, no podía inspirar más que temor: allí moraban los formidables Anaceos, cuyo sólo nombre había hecho desmayar el corazón del pueblo; allí estaba una cueva, la de Macpela: la tumba de Abraham, Isaac, Jacob, Sara, Lea ... Pues ¿qué había allí que pudiera atraer el corazón? Nada para el hombre natural, al contrario los gigantes Anaceos y el peor todavía: la muerte, “el rey de los espantos”. Todo para la fe; y Caleb que encarna la perseverancia de la fe, tiene su corazón puesto en este lugar. En efecto, Abraham, el padre del linaje de la fe, lo había elegido para residencia (mientras Lot había preferido las llanuras de Sodoma), allí el poseedor del pacto y de las promesas de Dios, había construido un altar a Jehová y levantado su tienda, testificando a la vez su carácter de adorador, de heredero y peregrino.
Macpela y su cueva fue el primer y único pedazo de tierra que poseyera Abraham: un lugar de sepultura; previendo ya lo que Pablo escribiera mucho más tarde: “Todo es vuestro ... sea la vida, sea la muerte”. Pero la muerte poseída por el poder de la fe en su Vencedor; en efecto: Sara la primera, luego Abraham, Isaac, Lea, Jacob; todos estos “murieron en la fe sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos y creyéndolo”. Allí había hecho Jacob su residencia (Génesis 37:14); desde este lugar envió a José, su amado hijo, en busca de sus hermanos quienes apacentaban las ovejas en Siquem, como lo hiciera Dios enviando a Su Hijo en busca de los Suyos. Sí, Hebrón es bien el sitio del sepulcro, el fin del hombre; y si nada puede allí atraer al hombre natural, cuando se trata de la fe, éste es su sitio preferido.
Cuando conquistada por Caleb, Hebrón vino a ser una ciudad de refugio donde el culpable de una muerte podía huir y según el caso, hallar salvación. Hebrón fue elegida como ciudad sacerdotal dada a los Levitas; y cerca de Macpela, David principió su reinado, como también fue en virtud de su muerte que Jesús, resucitado, tiene la diadema real como la sacerdotal. Es también en Hebrón que todas las tribus de Israel acuden para rendir sumisión al rey según el corazón de Dios (1 Crónicas 11:1,3).
¿No es un maravilloso lugar? ¡Cuántos recuerdos y bendiciones encierra! Recapitulémosla: Hebrón, sitio de la muerte vencida, ciudad de acogimiento, ciudad sacerdotal, ciudad real, centro de reunión cuando la gloria ha llegado, y, junto con esto, es el objeto permanente de las afecciones de un pobre peregrino que ha hallado allí su punto de partida para una carrera de cuarenta y cinco años, prosiguiéndola valerosamente hasta llegar a este mismo sitio, el de su reposo eterno. Pero Caleb ignoraba la mayor parte de lo que significa Hebrón y de haberlo sabido no habría ya andado por fe; nosotros, mucho más aventajados que Caleb, nos hemos puesto en camino para alcanzar en Jesús lo que la fe nos hace ya tocar: la victoria sobre la muerte, el refugio para el alma, un altar para adorar, la gloria como herencia, y más tarde el reino milenial también.
Acabamos de considerar dos puntos en relación con Caleb: el primero es que su nombre es inseparable al de Josué; el segundo es que su corazón se ha apoderado de un objeto cuyo recuerdo ha permanecido en todo lo largo de su peregrinaje en el desierto. Pues permitidnos haceros notar aquí que nuestras afecciones están siempre en juego cuando tienen por objeto a un Salvador muriendo en la cruz, un Cristo que se da a sí mismo por nosotros; mientras que es un Cristo glorioso contemplado arriba que nos comunica la energía necesaria para alcanzarle en gloria.
Hay un tercer punto que debemos mencionar en relación con Caleb: este hombre de fe realiza su esperanza. Había entrado en el país como espía una vez y es allí de donde se llevó las muestras de la bondad de este lugar; pues no es en el desierto que su carrera comienza. Cuando vuelve al pueblo que espera el informe, sus ojos están ya llenos de la realidad y las bellezas del país contemplado. Éstas se tornan, durante el tiempo de su peregrinación, cual objeto de su esperanza; con qué energía puede describir a sus hermanos el país que ha visto (¿tienen ese mismo fervor las palabras de nuestras predicaciones en la asamblea?) y él mismo puede adelantar las palabras del salmista: “Dios mío eres Tú: de madrugada Te buscaré, mi alma tiene sed de Ti, mi carne Te anhela en tierra seca y árida, donde no hay aguas, para ver Tu poder y Tu gloria, así como Te he mirado en el santuario” (Salmo 63:1-2). He aquí pues un hombre que camina en las pisadas de Caleb: ha visto a Dios en el santuario, y es allí donde toma su punto de partida para la carrera, de allí desciende a la tierra, lleno de la realidad gloriosa de las cosas divinas que van a sostener su corazón todo lo largo del desierto a través del cual las quiere alcanzar. Pedro, Juan y Jacobo tuvieron su “Escol” en el monte de la transfiguración; Pablo, a su vez, arrebatado hasta el tercer cielo, conservó el recuerdo de lo que oyó sin que le fuera permitido expresarlo.
Un cuarto punto se une a este último: para Caleb, el desierto no tiene atracción, aparece en toda la realidad de su sequedad y de su horror, cuando el alma está alimentada de la grosura del santuario; entonces el cielo se torna para ella el ambiente en que ha de andar aquí en la tierra: el ministerio de la Palabra por el Espíritu es cual racimo de Escol cuyo frescor nos vivifica y alienta en la aridez del erial; el aparente valor de las cosas visibles, desaparece enteramente para dar lugar a los anticipos del cielo. Después de haber sido salvo de Egipto, Caleb, como lo vimos, tuvo el privilegio de ser enviado a reconocer al país de la promesa; quizás, al contemplar la belleza del lugar, lo hubiéramos oído expresarse como Pedro: “Señor, bien es que nos quedemos aquí”. Pero no, el momento no había llegado para ello, debía volver al pueblo todavía muy lejos esperando el informe, y luego seguir el camino junto con los rezagados. Pero es en Canaán y no en Egipto donde el corazón de este hombre de fe está vinculado. Notemos que son los recuerdos y la comida de Egipto los que arrastraron a Israel hacia la tierra que habían dejado; por lo contrario, al inverso, son los frutos y el recuerdo de Canaán los que llevan a Caleb hacia adelante. ¡Cuán opuestos son los dos imanes!
Volvamos ahora, estimado lector, a la perseverancia, rasgo predominante que templó el carácter de Caleb; ella no podía existir sin los cuatro puntos mencionados ya: su unión con Josué, su apego al objeto que cautivó su corazón, la realidad de su esperanza, y su estimación del desierto. Estos cuatro puntos permiten a Caleb perseverar hasta el fin en el camino de la fe. Además, la perseverancia de este hombre de fe se ve vinculada a tres posiciones distintas, inseparables la una de la otra: la primera es la que ocupa como espía; la segunda como peregrino en el desierto; la tercera como luchador en Canaán.
Volviendo a la primera, Caleb ha “cumplido de ir en pos de Mí, dice Jehová” (Números 14:24; Deuteronomio 1:36; Josué14:8-9); testimonio de Dios tres veces repetido a favor de Su siervo. Luego, la perseverancia de Caleb se manifiesta en todo lo largo de esos cuarenta años de fatiga; ni el sol, ni la arena, ni las murmuraciones de sus incrédulos compañeros le hicieron titubear. Nunca le sucede buscar recursos alrededor de él; todo lo soporta valerosamente porque su perseverancia está alimentada por la esperanza; “y la esperanza no avergüenza porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones ... y nos podemos gloriar en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:5). Hubo un hombre muy renombrado del cual Dios, sin embargo, no pudo dar el testimonio que dio de Caleb: Salomón. Para él, el desierto le ofreció atractivos que no tardaron en invadir su corazón, y terminó con volver las espaldas a su Dios: “No fue cumplidamente tras Jehová”, dice el testimonio divino (1 Reyes 11:6).
Después de haber perseverado en la primera y segunda posición, Caleb persevera en la tercera: obtiene su herencia perseverando en combatir. Cinco años de su vida consagra a favor del pueblo de Dios, luego utiliza sus armas para tomar posesión de su heredad. Pese a la formidable potencia de los hijos de Anac, Caleb, se apodera del monte del cual Jehová le había hablado, desaloja al adversario y aprovecha todo el alcance de la victoria para tomar plena posesión de lo que Dios diera a Su pueblo.
¡Qué lección para nosotros! Nuestra vida cristiana ofrece igualmente estas tres posiciones: gozamos de las arras celestiales (Escol y sus frutos), el desierto con su aridez y la lucha para la plena posesión de nuestra herencia celestial. Acordémonos que el ejemplo que nos deja la Palabra de Dios por Caleb es para el momento actual: tanto para la lucha, para atravesar el desierto y la fidelidad en el informe que debemos dar sobre el país contemplado, necesitamos los recursos de la Palabra de Dios, la intercesión de nuestro Abogado, el oportuno socorro del trono de la gracia y el ministerio del Espíritu. Y en fin, el sentimiento de nuestra responsabilidad para que hasta el cabo, retengamos firme la esperanza de nuestra vocación. Esto nos lleva a considerar dos características que acompañan siempre la esperanza.
En los últimos textos de nuestro capítulo, oímos hablar a Caleb: “Aún hoy estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió: cual era entonces mi fuerza, tal es ahora para la guerra, y para salir y para entrar”. A pesar de sus ochenta y cinco años, las fatigas del desierto y cinco años de lucha a favor de su pueblo, Caleb no ha perdido ni lo más mínimo de su fortaleza. ¿Cómo es esto? He aquí el secreto: “Dísteles pan del cielo ... les sacaste agua de la piedra ... Diste Tu Espíritu bueno para enseñarlos ... de ninguna cosa tuvieron necesidad; sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies” (Nehemías 9:15,20-21).
El alimento desde arriba como la esperanza de la meta sostuvo al peregrino, proveyendo a su desgaste. Otro punto más: Caleb no tenía ninguna confianza en sí mismo: Dame pues ahora este monte (todo lo recibe como don), tú oíste que los Anaceos están allí, y grandes y fuertes ciudades —dice a Josué— quizás Jehová será conmigo y los echaré como Jehová ha dicho. Diremos tal vez: desconfiaba de Dios. No es tal. Caleb desconfiaba de sí mismo; sabía que si hubiera habido algún obstáculo a la victoria, o si Jehová no hubiera podido ir con él, la causa no podía provenir sino de él mismo. ¿Dónde ha aprendido esta lección? En los años, al andar en el desierto, como en las luchas de Canaán.
He aquí pues una regla inmutable: las fuerzas de un creyente están en proporción con la desconfianza que tiene de sí mismo. Así lo aprendió Pablo: “Cuando soy flaco, entonces soy poderoso”. “Los mancebos se fatigan y se cansan, los mozos flaquean y caen”; he ahí donde concluye lo mejor de la fuerza humana; pero, “el Dios de eternidad, Jehová ... no se fatiga con cansancio ... Él da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ninguna”. No se cansa, además, comunica Su fortaleza a los débiles, a aquellos que esperan en Él. “Levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán” (Isaías 40:28-31). Tal fue el caso de Caleb: ojalá sea el tuyo, lector.
Existe todavía un rasgo accesorio a la perseverancia de Caleb: ella trata de reproducirse en los demás; en el círculo de su familia la cual sigue a su jefe en la misma ruta. “Y dijo Caleb: al que hiriere Quiriat-Sefer y la tomare, yo le daré a mi hija Axa por mujer; y tomóla Otoniel, hijo de Cenes, hermano menor de Caleb; y él le dio por mujer a su hija Axa”. El sobrino sigue dignamente los pasos de su tío (muy distinto fue el sobrino de Abraham, Lot), combate teniendo ante su corazón un objeto que es de gran valor, nada mejor para ganar la victoria; y quiere poseerlo: su esperanza está unida a la hija de Caleb. Sin embargo, antes de recibir el premio, debe demostrar su capacidad en las peleas de Jehová: el padre no quiere dar su hija a un incapaz. Si nosotros hemos de luchar para ganar a Cristo como premio de la victoria —Filipenses 3:12— recordemos también que Él ha tenido que luchar, desprendiéndose de todo para adquirir “la perla de gran precio”: la Iglesia. “El cual por el gozo puesto delante de Él, sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2). Es en Él en quien hemos de poner los ojos para poder llegar a la misma meta. Si Caleb y Otoniel son modelos para el cristiano, es porque vemos en ellos vislumbrar un esplendor de la perfección de Cristo: hombre obediente, victorioso, que se da a Sí mismo por el objeto amado. Otoniel lucha por los demás, y cual libertador, persevera en este nuevo carácter hasta el fin de su carrera.
Axa, a su vez, es un nuevo ejemplo de perseverancia: a más de ser la feliz compañera del que ha probado sus cualidades en la lucha, ella persevera “en súplicas y ruegos”: “dame una bendición”, dice a su padre cuando la llevan, “pues me has dado tierra de secadal, me des también fuentes de agua. Entonces Caleb le dio las fuentes de arriba y las fuentes de abajo”. ¡Pidamos nosotros la abundancia de ese raudal del Espíritu para que riegue nuestro campo! Quizás el lugar de nuestra labor es algo difícil, es tierra de secadal, pero, cuando tenemos en mano la Palabra de Dios, Él nos dará también Su Espíritu para que la vivifique. Esta Palabra de vida, aparece, sin embargo, para muchos cristianos, como “una tierra del mediodía” en la cual su alma no halla ninguna sustancia; si tal fuera tu caso amado lector, toma como Axa, el lugar de suplicante para pedir a Dios los socorros de Su Espíritu que la pueden fructificar para tu bien. Cristo posee las fuentes de arriba, nos las dio, son las bendiciones celestiales; sabemos también que Él posee las de abajo, y a su tiempo correrán para el mundo entero en Su reino milenial. “Toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18); “Tú haces alegrar las salidas de la mañana y de la tarde. Visitas la tierra, la riegas, en gran manera la enriqueces; con el río de Dios lleno de aguas”. El profeta Ezequiel nos hace ver que este río sale de la casa de Dios —no podría salir de otro lugar— y aparte de fructificar la tierra, sana también las aguas del mar (Ezequiel 47:1-12; Salmo 65:8-9).
Antes de abandonar el tema de la perseverancia, preguntémonos en qué se aplica para el cristiano: Caleb había perseverado en seguir cumplidamente en pos de Jehová su Dios; había perseverado siguiendo a Cristo conocido por él como Jehová del Antiguo Testamento. ¿Qué es pues seguir a Cristo? A menudo el cristiano se hace una idea muy inexacta de su significado. Seguir a Cristo es andar detrás de Él, detrás de una persona que conocemos como el guía que nos es necesario; si tenemos confianza en nosotros mismos, ya no necesitamos de Él como guía; además, seguir a Cristo implica no sólo una entera confianza en Él, sino una humilde dependencia hacia Él, para seguirle doquiera vaya. Otro punto: siguiendo a alguien, tengo los ojos fijos en Él para imitarle; esto significa tratar de reproducir Sus características y asemejarse a Él. En cualquier posición que Dios nos coloque, Su motivo es que reproduzcamos a Cristo en esta posición, es decir: Cristo en nuestras relaciones como si fueran las Suyas, en nuestro servicio como si fuera el Suyo, en nuestro testimonio como si fuera el Suyo, etc. Es lo que hizo Caleb siguiendo cumplidamente a Jehová su Dios.
¿En qué se aplica la perseverancia para el cristiano? El Nuevo Testamento contesta ampliamente a esta pregunta; he aquí algunos pasajes: “Todos perseveraban unánimes en la oración”; es en ella que la perseverancia se aplica, además en su carácter colectivo. No se limitaban a doblar las rodillas cada uno por sí ante el Señor o cada uno por sus propias necesidades: eran unánimes a orar para las cosas que sentían en común (Hechos 1:14). “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). Es en la doctrina de los apóstoles que el cristiano debe ser perseverante, es decir en sus enseñanzas recibidas en el corazón y puestas en práctica; éstas producen la comunión, una parte común con ellos (1 Juan 1:3-4), en su gozo, su conducta, sus labores y hasta sus padecimientos (Apocalipsis 1:9). Como consecuencia del perseverar en la doctrina y la comunión de los apóstoles, se persevera en el partimiento del pan, es decir en anunciar la muerte del Señor con todo lo que este acto encierra; además nuestro texto agrega la oración, acto que expresa nuestra dependencia hacia el Señor.
“Mira por ti mismo y por la enseñanza” —escribe el apóstol a Timoteo— “persevera en estas cosas” (1 Timoteo 4:16). Leyendo con cuidado lo que precede a este texto, hallaremos las cosas en las que Timoteo debía perseverar: en amor, en fe, en pureza, en la lectura de la Palabra, en la exhortación, en la enseñanza, etc.; el conjunto de todas estas cosas se llama la piedad. Timoteo es un ejemplo, como Caleb, de los que siguen cumplidamente hasta el fin: “Has conocido perfectamente mi enseñanza, mi conducta, mi propósito, mi fe”, y el que escribe había perseverado hasta acabar la carrera. La perseverancia pues se aplica a toda la vida cristiana. ¿Estaremos solos al perseverar? No, por cierto, pero si tenemos compañeros, a hombres sujetos a flaquezas como nosotros, tenemos también a Aquel que dijo: “Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en Mis tentaciones” (Lucas 22:28). Y si alguna defección sucediera como en el caso de Marcos quien retrocedió ante las dificultades en la obra del Señor, la gracia puede fortalecerlo para que haga prueba de nuevas capacidades en tiempos más penosos aún (Hechos 15:38; 2 Timoteo 4:11).

Josué 20-21

Las ciudades de refugio
“Señalaos las ciudades de refugio, dice Jehová, de las cuales Yo os hablé por medio de Moisés, para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas” ... “Para que nosotros tengamos un fortísimo consuelo, los que hemos huido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo” (Josué 20:1; Hebreos 6:18-20). En relación con los dos capítulos que forman el tema de las ciudades de refugio, hemos citado este pasaje en la epístola a los Hebreos porque hace una alusión evidente al mismo. Este asunto es de suma importancia ya que lo mencionan cinco textos del Antiguo Testamento: Éxodo 21:13; Números 35:9-28; Deuteronomio 19:1-14; Josué 20–21; 1 Crónicas 6:54-81; además una referencia en el Nuevo Testamento.
Los tesoros que encierran la antigua revelación nos presentan a menudo, más bien contrastes que analogías cuando los ponemos a la luz del Nuevo Testamento; estos contrastes hacen resaltar el valor y la belleza de “las cosas nuevas” (Mateo 13:52) que nos han sido reveladas; y esto es el propósito expreso del Espíritu Santo. Tal es el caso de las ciudades de refugio o de acogimiento. Limitándonos a una alusión a ellas en relación con la muerte del Salvador y sus resultados, daríamos una interpretación incompleta como limitada; mientras que la aplicación inmediata y literal de este tipo —como lo saben sin duda algunos de nuestros lectores— es más bien histórica y profética a la vez en relación directa con Israel. Es a él a quien Dios tuvo en cuenta, en primer lugar, el homicidio involuntario de Cristo; es a favor de este pueblo que el Señor ruega en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Jerusalem no había conocido el día de su visitación. “Yo sé que lo habéis hecho por ignorancia”, dice el apóstol. Pero desde luego, lo que puede llamar nuestra atención, es que en ninguna parte del Antiguo Testamento existe una referencia acerca de un homicida involuntario que hubiera aprovechado el recurso que le ofrecían estas ciudades; ni el fratricida Absalom, ni Joab tentaron de salvar su vida acudiendo a una ciudad de refugio, a cuya protección, por otra parte, no tenían derecho. No es la ley la que ofrece el privilegio de una ciudad de refugio, sino la gracia.
La primera de esas ciudades señaladas para acogimiento fue Cedes en la tribu de Neftalí, al extremo norte de Canaán; la segunda: Siquem en la tribu de Manasés en el centro del país, que conocemos mejor con el nombre de Sichar en el Nuevo Testamento; la tercera era la famosa Hebrón, en el territorio de Judá al sur; Beser la cuarta; se hallaba del otro lado del Jordán en el sureste de Rubén; Ramoth de Galaad en el centro de la tribu de Gád; la sexta: Gaulón en Basán, situada en el extremo noreste de la media tribu de Manasés. La gracia quiso diseminar sus ciudades de acogimiento tanto de este lado como del otro lado del Jordán. Las seis ciudades, aparte de poseer el derecho de asilo para el homicida involuntario, eran ciudades sacerdotales, dadas a los Levitas.
Unos detalles interesantes sobre las tres primeras: Cedes mencionada en Jueces 4 es célebre por ser la ciudad de Barac; en su tiempo juzgaba en Israel una mujer: Débora la profetisa. Oprimidos por Jabín, los hijos de Israel claman a Jehová; y Débora hace llamar a Barac en Cedes para que encabezara los ejércitos de Israel y sacudiera el yugo opresor. Este capitán no se siente capaz de tal hazaña si Débora no le acompaña; pues para obtener la victoria, ella y Barac suben juntos en el mismo carro de guerra. Luego juntos también cantan un himno de triunfo. Las expresiones del mismo son citadas por Pablo en un pasaje de la carta a los Efesios para celebrar a Uno mayor y más valiente que el morador de Cedes, y que no tiene vergüenza de llevarnos en Su carro triunfal: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad y dio dones a los hombres” (Efesios 4:8).
Siquem nos llevaría lejos en su historia; está situada entre el monte Ebal y Gerizim; es allí donde estaba el pozo de Jacob y la porción que pertenecía a José; allí donde fueron puestos sus huesos traídos de Egipto (Josué 24:32). Es allí donde juntó Josué a todo Israel para su discurso de despedida (Josué 24:1-28) y el lugar donde encontró Jesús a la Samaritana.
Hebrón es conocida ya: digna posesión de Caléb, recuerda la fe, la perseverancia; ciudad real, sacerdotal y también el lugar donde los que murieron en la fe fueron sepultados, esperando la resurrección.
De las otras: Ramoth de Galaad, Beser y Gaulón; no tenemos detalles sino una triste historia en relación con la primera. Caída bajo el poder de los Sirios, el impío rey Acab la quiso recobrar; y para ayudar a éste en la guerra contra el enemigo, el piadoso Josafat rey de Judá casi pierde la vida en la batalla; una flecha tirada a la ventura hirió mortalmente a Acab, cumpliéndose así la profecía de Micaías (1 Reyes 22:28-37). Más tarde, Ramoth fue reconquistada por Joram hijo de Acab; pero el juicio salió de esta ciudad: habiendo dejado allí sus tropas con algunos jefes y Jehú como capitán, el rey Joram había ido a Jezreel a curarse de las heridas que le habían hecho los Sirios en la batalla; en este momento, cumpliendo la profecía de Elías, Eliseo despacha a un joven quien ungió a Jehú por rey sobre Israel: de Ramoth, la ciudad sacerdotal y de acogimiento, salió el juicio divino que barrió la casa del homicida voluntario que fue Acab, y vengó la sangre del inocente y piadoso Naboth (2 Reyes 8:29; 9:1-26).
Estas ciudades de refugio ilustran lo que la gracia ofrece y las benditas riquezas que están en Cristo: ¿qué de extrañar si el sitio que debía rodear cada una de ellas era ancho de tres mil codos al norte, tres mil al sur, tres mil al oeste, tres mil al este; y sus caminos de acceso, debidamente arreglados, sin tropiezo, ni obstáculo para permitir una huida más rápida y fácil? (Números 35:4-5). Apliquemos estos detalles y aspecto general de estas ciudades a lo que nos ofrece la muerte del Salvador y sus consecuencias para Israel en particular, y también para el mundo. El primero ocupa un lugar importante: en su tierra ha muerto un hombre: Jesús, su propio Mesías; Israel es homicida, su responsabilidad debe estar claramente establecida: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.
Hasta este momento Israel es considerado como homicida involuntario; Jerusalem no había conocido el tiempo de su visitación; el testimonio del Espíritu Santo por las palabras de Pedro atribuye el homicidio a la ignorancia: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho como también vuestros príncipes” (Hechos 3:14-26). En Su gracia Dios dispuso así de todos los recursos necesarios para que Israel acudiera a la ciudad de refugio, es decir a la gracia ofrecida: “Arrepentíos ... y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” ... “Así que arrepentíos” —insiste la voz del Espíritu— “y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; y con otras muchas palabras testificaba; y les exhortaba diciendo: sed salvos de esta perversa generación” (Hechos 2:38-40; 3:19). Así eran “arreglados” los caminos que conducían a la ciudad de refugio, ensanchados sus términos alrededor. ¡Ay del rezagado, el vengador de la sangre (la justicia de Dios en castigo sobre el pueblo) lo alcanzará! En la primera predicación, tres mil se convirtieron, “huyeron de la ira que ha de venir” ... “Y el Señor añadía cada día a la Iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47). Un remanente, las reliquias de Israel escogidas por gracia franqueaba así la puerta de la salvación, “trabando de la esperanza propuesta” (Romanos 11:5; Hebreos 6:18).
A medida que seguimos la historia de los Hechos de los Apóstoles, notamos un cambio en las expresiones de la gracia en la predicación de los discípulos: ya no invocan más la ignorancia a favor de los culpables; aunque las amenazas, los azotes, la cárcel, no pueden hacer callar su voz. Siguen acusando al pueblo homicida. Esteban, después de una larga requisitoria ante el concilio de Jerusalem, muere bajo una lluvia de piedras. Sin embargo, allí mismo donde derraman la sangre inocente, se hallaba todavía uno que lo hacía con ignorancia, Saulo: “Fui recibido a misericordia” —escribe más tarde— “porque lo hice por ignorancia en incredulidad” (1 Timoteo 1:13). Sin embargo la responsabilidad se agrava y en vez de huir de la ira de Dios acudiendo a la gracia y al arrepentimiento, el pueblo prefiere asumir la espantosa responsabilidad del crimen, cometido contra Esteban y hacen suyas estas palabras: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?” —pregunta el profeta— “¿No ha conocido esto Israel? ... antes bien, todo el día extendí Mis manos a un pueblo rebelde y contradictor”, dice el Señor (Isaías 65:2); el apóstol repite las mismas palabras una vez agotados los recursos de la gracia (Romanos 10:16-21). Moisés había anunciado este endurecimiento, el salmista también en sus poesías, Isaías lo recordó, mas el Señor lo sintió más que nadie: “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡oh, si también tú conocieses a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos”. “Jerusalem, Jerusalem, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados” (Lucas 19:41; 13:34).
Si hasta la cruz y después de la resurrección del Salvador, su homicidio no les es tomado en cuenta, cuándo todos los recursos de la gracia a favor del culpable pueblo han sido agotados, entonces, no sólo la sangre de Jesús (cuya eficacia han rechazado) les es demandada, mas también toda la sangre justa que ha sido derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel (Mateo 23:35). Israel es homicida voluntario: “El rey se enojó y enviando sus ejércitos, destruyó aquellos homicidas y puso fuego a su ciudad” (Mateo 22:7). Jerusalem fue destruida por los ejércitos romanos, aniquilando a la vez al empedernido resto judío bajo el mando de Vespasiano y Tito. “La ira vino sobre ellos hasta el extremo” (1 Tesalonicenses 2:16).
Ahora bien ¿cuál es la responsabilidad de los gentiles ante la muerte del Señor: “Inocente soy yo de la sangre de este justo”, dijo Pilato lavándose las manos: “Allá vosotros” (Mateo 27:24). Si no acudió a la “ciudad de refugio”, la gracia que hubiera podido aprovechar para lavar su pecado en la sangre que lo podía limpiar, en vano Pilato se lavó las manos con agua. Pero, dejemos a los demás su propia responsabilidad con la cual aparecerán ante el Tribunal de Dios; tú, lector, ¿cuál es la tuya? ¿acaso serías culpable de una muerte acaecida hace casi dos mil años? Y haciendo tuyo el caso mencionado en Deuteronomio 21:1-9, donde leemos: “Y medirán la distancia hasta las ciudades que están alrededor del muerto”, si se midiera la distancia desde el Calvario hasta el lugar donde estás se sumarían varios miles de kilómetros. Pese a la distancia y a los años, tu responsabilidad frente a la muerte del Hijo de Dios se presenta ante ti con toda su gravedad. Eres un homicida involuntario, hasta hoy ignorabas la muerte de Jesús tal vez; pero tu incredulidad, el menosprecio que sientes por la Palabra de Dios que estuvo en tus manos, tu desinterés por Aquel a quien tus pecados obligaron a estar en la cruz, establecen claramente tu responsabilidad.
Llegará el día cuando Dios te preguntará: ¿qué hiciste con Mi Hijo que Yo te había dado como Salvador? Haz pues como aquellos gentiles tesalonicenses a quienes llegó el mensaje de la gracia: “Se convirtieron de los ídolos al Dios vivo, para servir y esperar a Su Hijo de los cielos, a Jesús el cual nos libra de la ira que ha de venir” (1 Tesalonicenses 1:9-10). ¿Soy idólatra acaso? preguntas; no, por cierto, eres cristiano, y esta posición agrava tu responsabilidad; la distancia que se puede medir entre ti y el que murió en la cruz se resume apenas en un paso: “No digas en tu corazón ¿quién subirá al cielo ... o, quién descenderá al abismo?”. Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón (no puede estar más cerca), es decir el testimonio de Dios que predicamos: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y que creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:6-9).
Hagamos resaltar aquí las bendiciones como la seguridad que tenemos en nuestra “ciudad de refugio”: pecados perdonados, conciencia purificada, un fortísimo consuelo, una esperanza segura de la herencia celestial, un ancla firme por la que no hay temor de ir al garete de falsa doctrina, un Precursor en el cielo, Jesús, hecho Pontífice según el orden de Melquisedec, Rey de paz y Rey de justicia a cuyo trono de gracia se puede acudir siempre para el oportuno socorro.
Ahora bien, se supone un tercer caso, el de un homicida voluntario que hubiera aprovechado el amparo de la ciudad: “Mas cuando hubiere alguno que aborreciere a su prójimo, y lo asechare, y se levantare sobre él, y lo hiriere de muerte y muriere, entrando a alguna de estas ciudades: entonces los ancianos de su ciudad enviarán y lo sacarán de allí, y entregarlo han en mano del pariente del muerto, y morirá”. Este es el caso, ¡ah! de muchas almas; indebidamente han penetrado en la ciudad de refugio por así decirlo, llevan el nombre de cristiano, sin tener nada de Cristo; son como el que quiso gozar de las bodas sin tener el vestido adecuado: “Han entrado encubiertamente”. ¿Cuál será la suerte del culpable? “El rey dijo a los que servían: atado de pies y manos, tomadle y echadle en las tinieblas de afuera” (Mateo 22:13). La responsabilidad de los ancianos, de los Levitas y del ayuntamiento de la ciudad de acogimiento es la de examinar cada caso, y recibir solamente al que está vestido con la justicia de Dios que justifica al culpable, que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26); allí tampoco se ha velado debidamente a las puertas de entrada.
Aparte de estas aplicaciones prácticas y actuales que ofrecen las ciudades de refugio, podemos encontrar en ellas un alcance futuro. Llegará el día cuando, ida la Iglesia al cielo con su Señor, habrá, en el actual pueblo de Israel, como entre las naciones, un remanente que la gracia de Dios considerará como homicida involuntario; por Su Espíritu y la predicación del evangelio del reino, le será ofrecido un medio de salvación, “una ciudad de refugio”. Oíd más bien las oraciones de este remanente cuando consciente de su responsabilidad frente a la muerte del Mesías, el Mesías que la nación ha crucificado: “Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salud ... Has sido mi amparo y refugio en el día de mi angustia”. El profeta además anuncia: “Habrá acogida y escondedero contra el turbión y contra el aguacero ... Escóndete un poquito, cierra tras ti tus puertas entre tanto que pase la ira. Porque he aquí que Jehová sale de Su lugar, para visitar la maldad del morador de la tierra contra él: y la tierra descubrirá sus sangres, y no más encubrirá sus muertos” (Isaías 26:20-21).
Podríamos multiplicar los textos donde oímos al remanente Judío cantar y celebrar lo que significa para él estar en “la ciudad de refugio” durante la gran tribulación; pero ¿qué será la suerte del pueblo, el homicida caído bajo el poder del Anticristo en quien ha puesto su fe? “Mía es la venganza, Yo daré el pago, dice el Señor; y otra vez, el Señor juzgará a Su pueblo: horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo” (Hebreos 10:29-31), texto que también se aplica y, en primer lugar, a la cristiandad apóstata que caerá bajo el juicio del Señor (2 Tesalonicenses 2:11-12). Una vez pasada la gran tribulación y dado lugar al sacerdocio de Cristo según la analogía de Aarón al sacerdocio según el orden de Melquisedec para Israel en el reinado milenial, entonces el “homicida involuntario”, el remanente judío acogido a la gracia que el Evangelio del reino le ha ofrecido, podrá volver a gozar de su heredad terrenal.
Al terminar notemos cuán maravillosos eran los recursos que la gracia actual ofrecía al Judío que se acogía a ella: huía de delante del juicio listo en caer sobre su pueblo apóstata, poseía una absoluta certeza de entrar en la “ciudad de refugio”, llegaba a salvo del “vengador de la sangre”, recibía el perdón de sus pecados mediante la sangre de un sacrificio que ignoraba hasta aquí; en esta “ciudad” entraba a gozar de las prendas de una patria celestial que también desconocía y que le hacía olvidar la terrenal que se hallaba en aquel entonces bajo el dominio gentil. Además se le revelaba un santuario en el cual podía entrar con plena libertad por un camino nuevo y vivo, a través de un velo roto para llegar hasta la presencia misma de Dios. ¡Cuán distinto era todo aquello de las cosas terrenales a las que estaba acostumbrado y apegado a la vez!
Quizás, lo que le podía llenar de asombro era saber que sus pecados eran lavados, y que el mismo Dios los había olvidado para siempre; lo que nunca, ningún sacrificio ofrecido bajo la ley había logrado hasta aquí. Además, al penetrar en ese santuario allí donde tenía plena libertad para adorar (ya que éste no hacía distinción de castas entre los Judíos), veía al sumo Pontífice y Rey también: al Señor Jesús, sentado a la diestra de Dios, habiendo sido Él mismo el sacrificio por sus pecados; y, desde allí podía entrever ya la Jerusalem celestial, la que sus antepasados habían esperado. Todas estas y más excelentes a las antiguas eran las bendiciones que la gracia en la epístola a los Hebreos ofrecía al feliz morador de la ciudad de refugio: “Mejores sacrificios”, “mejores cosas”, “mejor esperanza”, “mejor testamento”, “mejor ministerio”, “mejores promesas”, “mejor patria”. Y lo que asombró todavía al judío cristiano es que debía compartir todas estas bendiciones con paganos gentiles a quienes la gracia había dado lugar en la misma “ciudad de refugio”.

Josué 22

El altar de Ed
Volvemos a hallar a los ejércitos de Rubén, Gad y Manasés que habíamos dejado en el capítulo primero de nuestro libro. Habían pasado armados delante de sus hermanos, mientras sus familias permanecían del otro lado del río para combatir los enemigos de Jehová y establecer a Israel en el país de la promesa. Seis años han transcurrido; y ahora estos ejércitos reciben de Josué el permiso de volver a sus heredades. Hicieron prueba de fidelidad a las órdenes de Moisés y de Josué; guardaron el mandamiento de Jehová, no abandonaron a sus hermanos. De este testimonio se deduce que la obediencia a Dios y el amor fraternal los había caracterizado durante el largo tiempo en que habían luchado, separados de los suyos. No hay nada que censurar en su conducta; pero, como lo sabemos por el capítulo primero de nuestro libro y de Números 32, el corazón de ellos no estaba en el país de la promesa sino en sus posesiones, sus bienes y sus ciudades del otro lado del Jordán.
En el comienzo de su historia (Números 32) un peligro había nacido de su posición equívoca, Moisés se lo señaló: la negativa de establecerse allende el Jordán y proseguir su marcha hacia el país de la promesa, podía influenciar sobre el resto del pueblo y hacerle perder de vista la meta que debía ser la de todos: “¿Vendrán vuestros hermanos a la guerra” —les pregunta Moisés— “y vosotros os quedaréis aquí? ... ¿Y por qué prevenís el ánimo de los hijos de Israel para que no pasen a la tierra que les ha dado Jehová? ... Así hicieron vuestros padres, desalentaron a los hijos de Israel, y la ira de Jehová se encendió entonces” (versículos 7-15). Esta había sido la estratagema de Satanás en la que había caído Israel cuarenta años atrás, desalentado por los espías y sus informes. Sin embargo, la actuación de las dos tribus y media no tuvo las mismas consecuencias como entonces, y el pueblo prosiguió su marcha. Mas el peligro permaneció: la derrota frente a Hai lo comprueba: Josué había lamentado no haber quedado del otro lado del Jordán.
Otro peligro más real aún se presentó: la influencia que no pudo detener la marcha del pueblo manifestó sin embargo en sus familias directas un principio mundano: Jair, uno de ellos, y Noba, llamaron las aldeas y ciudades que construyeron, de sus nombres. No tememos afirmar que esto es un principio mundano, Caín lo muestra el primero: “Y llamó la ciudad que edificó, del nombre de su hijo Enoc”. ¡Cuán distinto es el principio divino enunciado por el Señor Jesús mismo: “Gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10:20). Con el peligro de hacer tropezar a los hombres de fe en su andar hacia Canaán, manifestaron una influencia mundana positiva sobre sus familias, la que caracterizó su posición.
Otra consecuencia de esta situación surgió: las dos tribus y media prefirieron una vida complicada pues se ven obligadas a edificar majadas para sus ganados, establecer sus familias en ciudades amuralladas y abandonarlas durante seis largos años. Los que dejaron allí no pudieron dar testimonio ni experimentar las maravillas que hiciera Jehová en Canaán; no supieron lo que era Gilgal, no vieron el milagro frente a Jericó, las luchas de Hai, de Hasor. Así sucede para un cristiano que prefiere la vida complicada y mundana a la de la fe y del poder de Cristo. Abraham, Lot, Isaac, Jacob y muchos otros nos ofrecen ejemplos de complicaciones inextricables, existencias atormentadas, fracasos en su testimonio, etc.
En fin, he aquí que estas tropas vuelven a sus hogares: Josué las despide bendiciéndolas, exhortándoles a que guarden los mandamientos de Moisés y que amen y sirvan a Jehová su Dios: y sobre todo que con diligencia cuiden de cumplir el mandamiento y la ley que Moisés siervo de Jehová les ordenó (versículo 5). Pero, bien sabemos que el andar en el sendero de Dios, el obedecer a Su voluntad y el amor fraternal, deben provenir del amor divino; y sin la acción directa de éste en nuestro corazón, seremos como aros que el primer golpe de vara de un niño hace marchar, pero, pronto se tambalean y caen si el impulso no se renueva; es lo que pasó aquí.
Estos hombres vuelven a los suyos del otro lado del Jordán; pero, cosa notable: advierten una nueva complicación; el río los va a separar del resto de las tribus; deben desandar el camino que hicieron con Dios, sienten inquietud, y en esta falsa posición temen que el vínculo que los une a sus hermanos no sea lo suficientemente estrecho como para que el río lo pueda cortar. Su posición les expone a una división; ven con inquietud llegar el momento en que sus hermanos los tratarán de extraños; y este peligro los obliga a establecer un testimonio por el cual proclaman que son israelitas, que Jehová es su Dios y que le sirven. Esta posición dudosa les decide a construir un altar: “Y llegando a los términos del Jordán que está en la tierra de Canaán, los hijos de Rubén, los hijos de Gad, y la media tribu de Manasés, edificaron allí un altar junto al Jordán, un altar de grande apariencia ... Y pusieron por nombre al altar Ed, porque es testimonio entre nosotros que Jehová es Dios” (versículos 10,34). Establecen este testimonio según su propia sabiduría; no preguntaron a Jehová para esta empresa. En términos cristianos, osaríamos llamar a este altar: una confesión de fe; cosa en sí misma perfectamente correcta, a lo que no se puede reprochar nada, sino como este altar, la apariencia de establecer otro centro de reunión.
Amado lector, la cristiandad, poco después de su principio, no actuó de otra manera; ha ido mucho más lejos todavía que las dos tribus y media. Los cristianos se han reunido alrededor de un gran número de confesiones de fe, más o menos correctas en su comienzo; luego viendo que la unidad les escapó, hicieron confesiones mucho más elásticas para abarcar mayor número, y así en lugar de realizar la unidad, no lograron sino introducir la incredulidad abierta en medio de la Iglesia.
¿Dónde se hallaba el Tabernáculo de Jehová, y el altar de los sacrificios, centro del culto? En Silo: “Toda la congregación de los hijos de Israel se juntó en Silo y asentaron allí el Tabernáculo”, leemos en el capítulo 18:1: y fue desde este lugar que las dos tribus y media se habían despedido de sus hermanos (versículo 9): el centro de reunión había ya desaparecido de delante de sus ojos: ni recuerdan el monumento de Gilgal construido con doce piedras, expresión de su unidad. Y, llegados frente al Jordán que hay que atravesar, advierten la división. Tal será siempre la experiencia de un cristiano cuando da las espaldas al verdadero centro de reunión.
Además, el altar que las dos tribus y media han construido destinado a unir las dos partes separadas de Israel corría el peligro de ser mal interpretado por los hermanos: no había sido erigido para ofrecer sacrificio; sin embargo podría prestarse a este fin en el pensamiento de los que no lo hubiesen visto; y estar en oposición al altar del Tabernáculo en Silo. Su confesión de fe podía tornarse en un nuevo centro, reemplazando el único, el verdadero, el de la unidad que era Jehová; desastrosa interpretación que precisamente los demás dieron a este altar. Además, impuesto por los primeros errores, podría aparentar ser el resultado de un supuesto mal, más oculto aún: podría esconder los principios de independencia, pues, lo que se temía, sucedió: las diez tribus y media oyeron decir como los hijos de Rubén, Gad y Manasés habían edificado un altar junto al río. Se juntó toda la congregación en Silo para subir a pelear contra los supuestos rebeldes; decididamente cosechan frutos amargos de sus errores. La unidad parece peligrar, y Finees, ejemplo de celo para Cristo, es elegido con los principales del pueblo, para tomar conocimiento de lo que acontece en las riberas del Jordán.
¡Qué peligro corre la unidad y la comunión de Israel! La paz entre hermanos, la verdad y el testimonio se ven comprometidos; la guerra civil está a punto de estallar. Llegados a esos lugares, Finees les presenta tres casos unidos entre sí que establecen la responsabilidad de todo Israel: el primero es la maldad cometida por el pueblo en Baal-peor (Números 25:1-3), la que en su conjunto significa la alianza adúltera con el mundo religioso e idólatra de aquel entonces; alianza que concluyó también la Iglesia en el curso de su historia con el mundo idólatra (Apocalipsis 2:14), alianza que, en materia espiritual los cristianos comprenden y odian tan poco haciendo caso omiso a los derechos divinos. El segundo, el pecado de Acán; es decir, la codicia que introduce el anatema en la asamblea de Dios. Y el tercero, ese altar de Ed, símbolo de la independencia religiosa.
¡Ah! lector cristiano, ¿no reconocemos en todos estos detalles la historia de la Iglesia responsable? La alianza con el mundo religioso, las riquezas mundanas y la independencia son los principios de la situación actual de la Iglesia. Pero, la astucia satánica que introduce la alianza con el mundo religioso idólatra por medio de Balaam era más de temer que el anatema de Acán; los detalles que nos da la Palabra lo comprueban. Notemos que cuando Balaam trató de separar a Jehová de Su pueblo mediante una maldición, le resultó un fracaso; pero, intentando el inverso, es decir separar al pueblo de Jehová su Dios mediante una alianza con las hijas de Moab y la participación a los sacrificios idólatras, Balaam triunfó; y el furor de Jehová se encendió contra Israel. Tratándose de las afecciones de Dios para Su pueblo, el adversario tuvo que proclamar que no había percibido iniquidad en él; tratándose, por lo contrario, de las afecciones de Israel para su Dios, Satanás logró demasiado su propósito: el corazón del pueblo se apegó a un objeto idólatra que lo hizo caer bajo el juicio de Dios. Así sucedía entre los corintios a quienes el apóstol escribe: “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios”. El mismo mal se advierte en la iglesia de Pérgamo donde era tolerada la doctrina de Balaam que enseña a comer de cosas sacrificadas a los ídolos; y es por esta razón que el Señor se presenta a esta iglesia como Aquel que tiene la espada aguda de dos filos para juzgar el mal (Apocalipsis 2:14; 1 Corintios 10:21).
El peligro en el cual caen a menudo los creyentes es el de pensar que el culto de Dios puede unirse con la religión del mundo; y fue en esta ocasión que el celo de Finees se manifestó; tomando a pecho la deshonra contra Dios, purificó la asamblea de Jehová de su mancilla (Números 25:7-8). En el asunto del altar de Ed, su celo le impulsa a ponerse nuevamente a la brecha: los “sentidos ejercitados por la costumbre en el discernimiento del bien y del mal” le capacitan para descubrir el peligro; discierne allí ese tercer principio: la independencia, que hemos ya señalado y que significa la ruina del testimonio colectivo. Descubre que el establecimiento de un nuevo altar, otro centro de culto, no es otra cosa que la rebelión contra Jehová y el testimonio. “¿Qué transgresión es esta ... edificándoos altar para ser hoy rebeldes a Jehová? no os rebeléis contra Jehová, edificándoos altar a más del altar de Jehová nuestro Dios” (versículo 16). El santo empeño de Finees previno el peligro; pero, siendo rectas las intenciones del corazón de las dos tribus y media, no hubo consecuencias: “Los hijos de Israel no pensaron más en subir contra sus hermanos los de Rubén, Gad y Manasés” (versículo 33); sin embargo, los principios revelados en esta circunstancia permanecen.
¿En qué situación estamos nosotros los cristianos, frente a una lección tan solemne como la que estos hermanos Israelitas nos enseñan aquí? La alianza religiosa con el mundo (doctrina de Balaam), la mundanalidad (la codicia de Acán), la independencia, es decir otro centro de culto que no es la mesa del Señor (el altar de Ed). ¿No son estos males que azotan a la Iglesia? La independencia religiosa, principio mismo del pecado, la que tan altamente se pregona como una cualidad y un deber, la que, entre los hermanos, no queriendo reconocer que no hay sino un altar, una mesa, las establece nuevas cada día. Es ella la que se rebela “contra el Señor” y en su ceguera, menosprecia no solamente la unidad del pueblo de Dios, sino el solo centro de su unidad, el Señor (Mateo 18:20). Dios nos guarde, amado lector, de estos tres principios que atraen el juicio de Dios sobre Su casa: la alianza con el mundo religioso, la mundanalidad y la independencia: esta última, la más sutil, es también la más peligrosa porque siendo el principio mismo del pecado se halla a la base de todos los otros males.
Acordémonos que los características de Cristo expresadas en lo que el Espíritu escribe a Filadelfia, son las siguientes: la santidad y la verdad expresados en Sus dos nombres: “Esto dice el Santo, el Verdadero” (Apocalipsis 3:7). Esta iglesia es aprobada por ensalzar estos dos nombres mediante su dependencia hacia la Palabra de Dios. No guardemos nada, en nuestros corazones, en nuestros pensamientos, en nuestra conducta o en nuestro andar individual o colectivo, que no sea según estas características de Cristo. Vivamos en la santidad y en la dependencia de la verdad sin las cuales no hay comunión con Dios.

Josué 23

Últimas instrucciones de Josué
Israel se halla ahora en posesión de su heredad; por su lado el conductor, Josué, siendo ya viejo y avanzado en años, su carrera toca a su fin. Ahora bien, cuando el sostén exterior del orden divino en la congregación llega a faltar y que los que estaban al frente en el combate no están más, todo falta en apariencia. Pero, si los ojos de los que siguen están realmente fijos en el Señor, si hay fe, nada falta en realidad. Él está siempre presente: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos”. “Jehová vuestro Dios”, dice Josué, “es aquel que pelea por vosotros” (versículo 3). Los conductores pueden desaparecer, pero el éxito de su conducta es importante de considerar y los hemos de imitar en su fe (Hebreos 13:7).
Además, Hebreos 13:8 afirma que Jesucristo es el mismo hoy, ayer y por los siglos, es el mismo para salvar, para conquistar, y para alcanzar la meta de la carrera. Él no cambia, no se va, permanece con nosotros todos los días; además, tenemos Su Palabra y es a ella, como lo hiciera Pablo a los ancianos de Éfeso (Hechos 20:32), que Josué encomienda al pueblo: “Esforzaos pues mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra” (versículo 6). Nada falta si hay fe en el Señor y obediencia a Su Palabra; mientras que allí donde no existen, todo se desploma.
Para que en lo sucesivo Israel se mantuviera a la altura de sus privilegios, era imprescindible que la potencia del Espíritu de Jehová, quien, en la persona de Josué los había conducido a la victoria, obrara eficazmente en sus almas y en toda su conducta. “Ten fortaleza y buen ánimo” le había dicho Dios antes de comenzar la lucha, “porque tú harás que este pueblo herede la tierra que juré a sus padres que les daría”. He aquí pues la potencia para obtener la victoria; a su vez, después de haber probado cuán acertada fue la orden divina, Josué ordena al pueblo: “Esforzaos pues mucho”. Esta fuerza debía realizarse en ellos. ¿En qué forma podía evidenciarse ese poder espiritual en el pueblo? En la misma forma que lo había sido para el conductor: en la obediencia a la Palabra escrita, “para guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro” (versículo 6).
Para obedecer así el pueblo poseía el poder del Espíritu de Jehová, pero había tenido también un modelo; un hombre: Josué en quien la Palabra de Dios había obrado, siguiendo fielmente hasta el cabo el camino de la obediencia. Más privilegiados somos, tenemos al verdadero Josué, al Modelo perfecto, al Autor y Consumidor de la fe. Pero notad además, que Josué como el apóstol Pablo tiene pleno conocimiento de los cambios que se producirán en el pueblo de Dios; algunos síntomas se advierten: después de las primeras victorias, Israel había demostrado poco entusiasmo para terminar la conquista del país; una vez pasado lo que podríamos llamar “el primer amor”, Josué debe decirles: “¿Hasta cuándo seréis negligentes para venir a poseer la tierra que os ha dado Jehová?” (Josué 18:3).
Así también ya en los tiempos de Pablo, los cristianos precisaban amonestaciones para que retuviesen hasta el fin el principio de su esperanza; al mismo Timoteo el apóstol escribe: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti ... Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía sino de poder y de amor, y de templanza” (2 Timoteo 1:6-7). Pero el mismo Señor Jesús reveló claramente todo lo que iba a suceder en la Iglesia como siendo el reino de Dios manifestado en la tierra: “El reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo; y las cinco de ellas eran prudentes, y las cinco fatuas ... Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron”. “Y mientras dormían, vino un enemigo y sembró cizaña entre el trigo y se fue” (Mateo 25:1-5; 13:25).
Estos dos hombres, Josué y Pablo, con una lucha distinta, pero parecida en su aplicación espiritual, discernían ya ciertos síntomas de la decadencia de su obra; sin embargo, tanto para Israel como para la Iglesia, el poder preservativo y el guía infalible es el mismo: la Palabra de Dios. Josué exhortó a los ejércitos israelitas a permanecer adictos a esa Palabra; Pablo encomienda a los ancianos de Éfeso “a Dios y a la Palabra de Su gracia, el cual es poderoso para edificaros y daros heredad con todos los santificados” (Hechos 20:32). Edificar y dar una herencia a los santificados como guardarlos de la influencia mundana era lo que la Palabra de Dios podía hacer tanto para los cristianos como para Israel.
Pero gozar de su heredad en Canaán, y sobre todo, ser guardados de la influencia idólatra de sus poderosos vecinos, oíd la advertencia: “Cuando entrareis a estas gentes que han quedado con vosotros, no hagáis mención, ni juréis por el nombre de sus dioses” (versículo 7). Es por haber olvidado esta exhortación que Israel fue cayendo gradualmente al nivel de las naciones idólatras. Ved cómo la pendiente es a la vez insensible y resbaladiza: se toma lugar con los inconversos, luego se olvida la separación con el mundo, se menciona sus dioses, los principios que rigen al mundo se nos hacen familiares, luego nos dirigen, les servimos, y al fin nos prosternamos ante ellos. Llegamos a ser pobres esclavos del mundo y de su príncipe: “Hijitos, guardaos de los ídolos”, último versículo de la primera epístola de Juan.
La energía que debían demostrar para conquistar a Canaán y marchar adelante no estaba fundada solamente en exhortaciones y advertencias; ¿qué hubiera habido entonces para el corazón? Oíd más bien: “Mas a Jehová vuestro Dios os allegaréis, como habéis hecho hasta hoy ... Cuidad mucho por vuestras almas, que améis a Jehová vuestro Dios” (versículo 11). Si el primer medio para guardar el corazón es la obediencia, el segundo es el apego a Jehová; es necesario que el corazón y las afecciones estén unidas a la persona de Cristo; después de la obediencia viene la comunión. ¿Pensáis a menudo; amados lectores, en este texto del Salmo 63, el que debería estar subrayado en nuestras biblias? “Está mi alma apegada a Ti, y Tu diestra me sostiene” (Salmo 63:8). Se siente allí un corazón enteramente entregado al Señor, conversando con Él; alma arrobada, llena de la hermosura de su objeto. En este momento ella descubre en Cristo una fuerza que la eleva por encima de toda dificultad y la preserva, a la vez, de todo peligro: “Tu diestra me sostiene”; “Llévame en pos de Ti” (Cantares 1:4) puede exclamar.
En tal comunión, con semejante poder, el del primer amor, ¿qué son las imágenes, los falsos dioses de los que Israel ha de huir? Elementos para el fuego. ¿Qué son todos estos errores, falsas doctrinas y codicias mundanas cuando se goza de la persona de Cristo? ¡Oh!, podamos en nuestros días turbados, hallar este apego íntimo que siente el alma con su Señor, estado de un corazón que no hace alarde ante el mundo de sus sentimientos o de su consagración a Dios, un corazón que no dice: “Yo soy rico ... me he enriquecido”; sino que en el silencio, cuando solamente Su oído puede oír el susurro, dice al Señor: “Te amo, porque Tú me has amado el primero, pero también, Te amo por Tu incomparable belleza. ¡Oh Modelo inimitable del cual quisiera reproducir algunos rasgos! ¡Mi alma está apegada a Ti para seguirte!”
Si la obediencia y el apego a Jehová son los dos primeros medíos para seguir hacia adelante, el tercero es la vigilancia: “Cuidad mucho por vuestras almas”. “Mirad por vosotros” (Hechos 20:28). La entrada a nuestro corazón es de fácil acceso: codicias de toda clase están sembradas en el camino, siempre sutiles, las que todas debilitan nuestras afecciones para el Señor; nos alejan de Su Palabra, nos hacen perder un tiempo precioso, y crean un algo que estorba el corazón en Su presencia. Entonces la disciplina es necesaria: “Porque si os apartareis de Jehová y os allegareis a lo que resta de aquesta gente que ha quedado, os serán por lazo y por tropiezo y por azote para vuestros costados, y por espinas para vuestros ojos” (versículos 12,16). Cristiano, ¿cuál es el estorbo que priva tu corazón gozar del Señor?

Josué 24

La gracia opuesta a la ley
Por la boca de Su siervo Josué, Dios recapitula todas Sus vías de gracia para con Israel: desde el llamamiento de Abraham hasta la plena posesión de Canaán. “Y juntando Josué todas las tribus de Israel en Siquem” —una ciudad de refugio— “llamó a los ancianos de Israel y a sus príncipes, y a sus jueces y a sus oficiales; y presentáronse delante de Dios”. La circunstancia es solemne; Jehová, en cuya presencia están, les va a dar como lo hiciera muchas veces, la historia de Su gracia para con Su pueblo; empieza con los patriarcas: “Vuestros padres habitaron antiguamente desotra parte del río (el Éufrates) es a saber, Tare, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños. Y Yo tomé a vuestro padre Abraham y trájelo por toda la tierra de Canaán, y dile a Isaac; y a Isaac di a Jacob y a Esaú; y a Esaú di el monte de Seir; mas Jacob y sus hijos descendieron a Egipto; y Yo envié a Moisés y Aarón y saqué a vuestros padres de Egipto ... Después estuvisteis muchos días en el desierto; y os introduje en la tierra de los Amorreos que habitaban al otro lado del Jordán, los cuales pelearon contra vosotros; mas Yo los entregué en vuestras manos ... Después se levantó Balac hijo de Zipor ... y envió a llamar a Balaam hijo de Beor para que os maldijese ... Y os libré de sus manos ... Pasasteis el Jordán y vinisteis a Jericó y los moradores de Jericó pelearon contra vosotros ... Y Yo los entregué en vuestras manos ... Y os di la tierra por la cual nada trabajasteis, y las ciudades que no edificasteis, en la cual moráis, y viñas y olivares que no plantasteis, coméis”.
La recapitulación comienza con el llamamiento de Abraham; y el detalle que subraya Dios es que el patriarca, como sus antepasados, eran idólatras; nada de glorioso pues para el pueblo oír de quién eran los descendientes: “Mirad a Abraham vuestro padre ... Mirad a la piedra de donde fuisteis cortados, y a la caverna de la fosa de donde fuisteis arrancados” (Isaías 51:1-2). Para poder apreciar la gracia de que hemos sido los objetos, es menester recordar el lugar de donde hemos sido sacados. “Y vosotros que estabais muertos en delitos y pecados en que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo”; “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir la cual recibisteis de vuestros padres ... no con cosas corruptibles sino con la sangre preciosa de Cristo” (Efesios 2:2-5; 1 Pedro 1:18-19). Judíos y gentiles debían recordar que es la obra de la gracia que nos sacó de nuestros pecados y del mundo en el cual estábamos para llevarnos al cielo. Introducidos en las bendiciones de Dios para gozarlas, es de Su gracia que Él nos quiere hablar y por ella afianzar nuestros corazones; pero para comprenderla bien, es menester que nuestro estado esté plenamente revelado. Así sucedió para Israel en los caminos de Dios, y es por esa gracia que ha llegado en Canaán; y allí, se entera, quizás por primera vez, de la idolatría de sus padres y la ruina total del tronco de donde habían salido.
El cristiano hace idéntica experiencia: la ruina total del viejo hombre que abrigamos no se nos manifiesta en su plena realidad sino después de su conversión y numerosas experiencias. ¿Cuándo fue que supo Pablo que era el primero de los pecadores, y que en él no moraba el bien? Solamente cuando la plena luz de Dios alumbró su estado moral; así la ruina del hombre en Adam no nos aparece en su entera realidad que cuando estamos plenamente librados de él. Demasiado pocos cristianos comprenden esta verdad ¡ah! porque demasiado pocos gozan de las bendiciones en Cristo. El pródigo sabía y sentía muchas cosas en cuanto a su estado miserable mientras iba camino de vuelta a casa: su hambre, sus harapos, más aún su pecado, su culpabilidad. Pero, cuando fue introducido en la casa del padre, oyó por primera vez estas palabras: “Porque este mi hijo, muerto era y ha revivido”. ¡Muerto! sí, tal era su estado según la apreciación de su padre; así también es la nuestra después de haber sido introducidos en nuestras bendiciones celestiales. ¡Cuán lejos estaba de realizar esta condición para sí mismo el hijo mayor!
Los trece primeros versículos de nuestro capítulo marcan indelebles huellas de la gracia divina desplegada a favor de Su pueblo: Dios los ha notado; después de haber recordado la servidumbre idólatra de Abraham en Ur de los Caldeos, señalan en el patriarca, la elección de Dios, el llamamiento, la fe, y las promesas que se concentran sobre el hijo. Luego es nombrado Isaac, en él, la gracia recuerda el don del propio Hijo de Dios; luego son mencionados Jacob y Esaú, por quienes la gracia mantiene sus derechos en la elección, eligiendo a quien quiere, y casi siempre al peor. Seguidamente es mencionado Egipto, nombre que hubiera debido recordar a Israel la redención de pobres esclavos como lo habían sido; la gracia menciona a Moisés y a Aarón que los sacaron de allí. El Mar Rojo es un lugar recordado aquí, donde la gracia se glorificó aniquilando al enemigo; el desierto está mencionado para recordar la gracia siempre en actividad a favor de un pueblo rebelde y contradictor.
La presencia de los enemigos no hace sino resaltar la poderosa gracia de Dios: el Egipcio que lo retenía bajo el yugo, está destruido; el Amorreo que se opone a su marcha, está desbaratado; Balaam, el enemigo sutil es avergonzado. En fin, todas las naciones Cananeas huyen delante de Israel como perseguidas por tábanos “los cuales los arrojan delante de ellos”, y la gracia se complace en repetir al pueblo, que “no es con tu espada ni con tu arco que poseíste esta tierra” (versículo 12), “y os di la tierra por la cual nada trabajasteis y las ciudades que no edificasteis” (versículo 13). Una gracia tan maravillosa ¿no hubiera debido empeñar a la nación a seguir a Jehová?
Si Israel hubiera sido conmovido por tan inagotable misericordia, si sus experiencias pasadas hubieran abierto sus ojos sobre el valor de la gracia de Dios, y a la vez sobre su propia indignidad, habría contestado a Dios más o menos en estos términos: “Que Tu gracia, Tu gracia sola, siga guardándonos y conduciéndonos siempre”. Pero su desatino le hizo hablar en esta ocasión como lo hiciera ya estando al pie del monte Sinaí.
Allí, Dios recordó también a Su pueblo toda la obra misericordiosa realizada a su favor: “Vosotros visteis lo que hice a los Egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas y os he traído a Mí ... Ahora pues si diereis oído a Mi voz y guardareis Mi pacto, vosotros seréis Mi especial tesoro” (Éxodo 19:4-5). Pero Israel no ha comprendido la gracia que lo ha llevado hasta aquí; confiándose en sí mismo, se coloca sobre el terreno de su responsabilidad legal; contestaron: “Todo lo que Jehová ha dicho haremos” (versículo 8), reiterándolo dos veces más (véase Josué 24:3,7). ¿Estaba mal contestar así? No tal; pero el error consistía en confiarse sobre “el hombre en la carne” y sus capacidades, para cumplir con Dios.
Después de esta primera ocasión en que Israel se confía en sí mismo, una segunda le es presentada, cuarenta años después de su salida de Egipto cuando han terminado las experiencias del desierto; Dios hace recordar a Su pueblo, por Moisés, Su tierna misericordia que le ha seguido a través del yermo: “Hallólo en tierra de desierto, en desierto horrible y yermo; trájolo alrededor, instruyólo, guardólo como la niña de Sus ojos; como el águila despierta su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas, Jehová solo le guió, y con Él no hubo dios extraño. Lo hizo subir sobre las alturas de la tierra, y comió los frutos del campo, e hizo que chupase miel de la peña, y aceite del duro pedernal” (Deuteronomio 32:10). ¿En qué forma ha contestado Israel a tan tierna bondad manifestada a su favor en el desierto? Los mismos versículos lo dicen a continuación; y además el Espíritu de Dios lo recuerda por el profeta: “¿Me ofrecisteis sacrificios y ofrendas en el desierto en cuarenta años, oh casa de Israel? Antes bien, llevabais el tabernáculo de vuestro Moloc y Quiún, ídolos vuestros, la estrella de vuestros dioses que os hicisteis” (Amós 5:25-26).
En estas tres circunstancias —al pie del monte Sinaí; después de las experiencias del desierto antes de cruzar el Jordán; y en la misma tierra de la promesa que poseen ya— Israel se confió en sus propias fuerzas en lugar de confiarse solamente en Dios; ignora todavía que la carne no se sujeta a la ley de Dios, y tampoco puede: “Serviremos a Jehová”, contestan. Sin embargo, acababan de oír su historia sin prestar la atención debida: “Nunca tal acontezca que dejemos a Jehová ... Porque Jehová nuestro Dios es el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto ... el cual delante de nuestros ojos, ha hecho estas grandes señales, y nos ha guardado. Nosotros pues también serviremos a Jehová porque Él es nuestro Dios” (versículos 16-17). ¡Hermosas palabras, expresiones perfectas de hombres de buena voluntad, pero de “hombres en la carne”!
¿Cuál es la contestación de Josué? ¿Se demuestra satisfecho? En manera alguna: él sabe que hay un mal escondido en el pueblo, una raíz que no ha sido extirpada: “No podréis servir a Jehová, porque Él es Dios santo y Dios celoso: no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados” (versículo 19). Josué sabe que las palabras de Israel no provienen de un corazón verdadero. La idolatría tiene raíces demasiado profundas en el pueblo; ¡declarar servir a Jehová, proclamar que sólo Él es nuestro Dios y tener con nosotros ídolos escondidos! Israel desconoce la verdadera santificación que no puede mezclar a Dios con los ídolos: “Quitad pues ahora los dioses ajenos que están entre vosotros”, les dice Josué, “los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres del otro lado del río, y en Egipto” (versículo 14). Pues ¿estaban estos dioses entre ellos todavía? Jamás los quitaron; la idolatría ha llenado toda su historia. “Ninguno puede servir a dos señores” (Lucas 16:13). “Escogeos hoy a quien sirváis ... No mintáis contra vuestro Dios ... Entonces el pueblo respondió y dijo: nunca tal acontezca que dejemos a Jehová para servir a otros dioses”. Nunca se limpiaron de su idolatría: Dios los tuvo que dejar seguir el camino de su instinto y su ruina ha sido completa.
Sin embargo, los oímos decir por tercera vez estas palabras: “A Jehová nuestro Dios serviremos” —como lo dijeron otrora en Sinaí— “y a Su voz obedeceremos” (versículos 18,21,24). En lugar de la gracia que desecharon, una alianza está concluida aquí; se escriben estas palabras en un libro, las que el pueblo acaba de pronunciar, como también las de Dios, en otra columna por así decirlo, en el mismo libro. Afuera, junto al santuario de Jehová, debajo de una encina, una piedra está alzada, y agrega Josué: “He aquí esta piedra será entre nosotros por testigo, la cual ha oído todas las palabras de Jehová que Él ha hablado con nosotros; será pues testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios” (versículos 26-27).
Esta gran piedra, imagen de la ley, queda moralmente levantada como testimonio y juicio hasta ahora contra Israel, quien es objeto de un castigo inexorable; pero no es aquí que termina Dios Sus propósitos: la Ley que vino cuatrocientos treinta años después, no abroga las promesas de la gracia: “Porque los dones y la vocación de Dios no están sujetos a cambio de ánimo”. ¿Por qué pues ha sido dada la ley? preguntará alguien; “Fue puesta por causa de las rebeliones, para que el hombre en la carne sea demostrado enteramente pecador, y el pecado sobremanera pecante. ¿Qué queda pues a favor de seres en tales condiciones? La gracia, pero la gracia por la cruz.
El hecho de que Dios hiciera recordar a Israel Sus propios caminos de gracia a su favor, como por otra parte la ruta opuesta seguida por el mismo pueblo, nos comprueba que la última palabra divina no es la ley ni el castigo, sino la gracia. Este hecho es de singular importancia, no solamente para este pueblo sino para nosotros los cristianos también. Introducidos en lugares celestiales, nuestra verdadera Canaán, gozando la plena salvación por el Señor Jesucristo, nuestra historia, la de la Iglesia responsable, ¿sería mejor acaso que la de Israel que acabamos de considerar? Para contestar y haciendo justicia a la verdad, sería indispensable recordar lo que ha sucedido en la cristiandad a través de los tiempos transcurridos después de los apóstoles hasta hoy. Los capítulos dos y tres del Apocalipsis y numerosos pasajes del Nuevo Testamento, revelan la historia pasada y actual de la Iglesia; pues, a la luz de la Palabra de Dios y con el testimonio de la historia, sin temor a equivocarnos, debemos confesar que somos infinitamente más culpables que Israel. ¿Qué nos queda? Como a Israel, solamente la gracia.
En efecto, no concluye Dios Sus caminos con el fracaso humano: Sus juicios retributivos ejerciendo el castigo tendrán lugar tanto para Israel como para la cristiandad; pero pasarán con la historia de la tierra. Una cosa quedará eternamente: el decreto de Dios a favor de los redimidos del Antiguo como del Nuevo Testamento: “A los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). Lo que Su boca pronunció, Su mano lo cumplirá también: a raíz de la obra redentora hecha una sola vez para siempre en la cruz, y sobre el pie de un nuevo pacto hecho a favor de Israel (Jeremías 31:31-34), cuya bendita sangre ha sido derramada ya, todas las promesas de Dios “son en Cristo: sí, y en Él, amén, por nosotros a gloria de Dios” (2 Corintios 1:20).
Y si tal era la seguridad del apóstol en cuanto a los propósitos divinos a favor de pobres paganos convertidos, tal era también su seguridad en los mismos a favor de su amado pueblo en la carne; por lo que reveló un misterio a los cristianos romanos: “No quiero, hermanos”, —les escribe— “que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles, y luego todo Israel será salvo, como está escrito: vendrá de Sión el Libertador que apartará de Jacob la impiedad ... Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. (Romanos 11:25-36). Esto hace prorrumpir al apóstol, enajenado: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios, e inescrutables Sus caminos! ... Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria eternamente. Amén”.