Meditaciones sobre Jonás

Table of Contents

1. Introducción: El profeta Jonás
2. Jonás 1 (parte 1): Jonás huye de la presencia de Jehová
3. Jonás 1 (parte 2): Jonás exhortado por los paganos
4. Jonás 2 (parte 1): Jonás en el vientre del gran pez
5. Jonás 2 (parte 2): Jonás en el vientre del gran pez
6. Jonás 3: Jonás, testigo a los Ninivitas, y el arrepentimiento de Nínive
7. Jonás 4 (parte 1): Jonás enojado
8. Jonás 4 (parte 2): Jonás aprende los pensamientos de Dios

Introducción: El profeta Jonás

Es mi deseo escribir algo sobre los profetas minores que se encuentran al fin del Antiguo Testamento. No pienso hablar tanto de sus profecías, sino más bien de sus personas. En la presente meditación pienso empezar con el profeta Jonás, pues él viene justo después de Eliseo y profetiza en la época de Jeroboam, hijo de Joás, quien había llorado sobre la faz de Eliseo en su muerte. “Él restauró los límites de Israel desde la entrada de Hamat hasta el mar del Arabá, conforme a la palabra de Jehová Dios de Israel, la cual Él había hablado por Su siervo Jonás hijo de Amitai, profeta que fue de Gat-hefer. Porque Jehová miró la muy amarga aflicción de Israel; que no había siervo ni libre, ni quien diese ayuda a Israel; y Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo; por tanto, los salvó por mano de Jeroboam hijo de Joás”. Vemos en este párrafo que a través de la profecía de Jonás, la nación de Israel fue librada de sus enemigos, aunque en verdad seguían sin arrepentimiento. Fue nada más que la misericordia de Jehová, lo que hemos notado una y otra vez durante nuestros estudios sobre la vida de Eliseo. Así no tenemos duda del conocimiento de Jonás acerca del carácter del Dios que servía. Lo que hacía falta era que Jonás compartiera los pensamientos de Dios en cuanto a todo el mundo. Jonás indudablemente estaba contento de que Jehová tuviera misericordia de Israel, el pueblo escogido y sus hermanos en la carne. ¿Pero misericordia hacia los enemigos de Israel? ¿Misericordia hacia los habitantes de Nínive? No, para nada quiso Jonás que tal cosa sucediera.
Así el libro de Jonás tiene mucho más que ver con la tierna enseñanza de Dios para con Su siervo Jonás, que con el pez grande que tragó a Jonás, o con la ciudad de Nínive que fue librada del juicio. Es mi deseo ver esta línea de cosas, trazando la historia corta de los días incluidos en este libro de solo cuatro capítulos. No dudo que hay grandes lecciones para nosotros, cristianos que vivimos el en día de la gracia. Nosotros, mucho más que Jonás hubiera podido, hemos experimentado y visto la grandeza de la misericordia y gracia de Dios, quizás mejor explicado en este versículo de 1 Juan 4:14: “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo.” ¿Qué sabía Jonás de tal cosa? Nada, pues todo esto era en el futuro, pero no debemos olvidar que era el mismo Dios que trabajaba en el corazón de Jonás, quien envió Su hijo, el Salvador del mundo.
Leemos en Romanos 8 lo siguiente: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”. ¿Y no es esto la obra del Espíritu Santo en cada uno de nosotros, creyentes en el Señor Jesús, durante toda nuestra vida aquí en el mundo? Parte de este proceso es el conformarnos en nuestros pensamientos al mundo perdido. Jonás quiso que Nínive pereciera, pues sus habitantes eran los enemigos de Israel. A él, no le preocupaba nada los animales o los niños de la ciudad, pero a Jehová, sí. Por eso Jonás trató de hacer su fuga de la presencia de Jehová. En la ternura de Dios, poco a poco él va entendiendo el carácter de Dios para con los marineros paganos, los niños, animales y adultos en la ciudad de Nínive, y para con él mismo. Y así todos nosotros estamos en la escuela de Dios, aprendiendo poco a poco lo mismo que el profeta Jonás. Vamos a maravillarnos de la paciencia de Dios para con Jonás, pero no menos me maravillo de la paciencia de Dios para conmigo.
Quiero recomendar la lectura del libro de Jonás en su totalidad, los cuatro capítulos. No toma mucho tiempo y así la historia quedará más clara en su mente entre tanto que pasemos por el estudio de este libro tan interesante y pertinente a la vida nuestra como cristianos en el día de la gracia.

Jonás 1 (parte 1): Jonás huye de la presencia de Jehová

[Salmo 139:1-24]
“¿A dónde me iré de Tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de Tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás Tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí Tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará Tu mano, y me asirá Tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de Ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo Te son las tinieblas que la luz” (Salmo 139:7-12).
Es una maravilla, considerando estos versículos en el Salmo, que leemos en seguida en Jonás 1: “Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová”. Pero antes de condenar con mucha fuerza a Jonás, debemos quizás considerar nuestros corazones, para reflexionar cuántas veces hemos pretendido algo semejante. Porque, ¿no es cierto que cuando pecamos con ojos abiertos, sabiendo que estamos haciendo mal, que estamos engañándonos, diciendo en tantas palabras que el Señor no nos ve? ¿Se acuerda como Dios se presentó a Nabucodonosor en los tiempos del profeta Daniel? “Vi en las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama, que he aquí un vigilante y santo descendía del cielo” (Daniel 4:13). Si nosotros tengamos en cuenta siempre que el Dios que nos ama, que nos trata con gracia, también es “un vigilante y santo”, me parece que cambiaría nuestra forma de actuar muchas veces.
Pero Jonás en estos momentos solo pensaba que no quiso hacer lo que Jehová le dijo acerca de irse a Nínive. Aunque no había mención de la misericordia en la predicación dada a Jonás, Jonás dijo para sí mismo: “¿Para qué he de advertir a los habitantes de esta nación de paganos que entre cuarenta días Jehová va a destruir la ciudad?”. Jonás, según el capítulo 4 de nuestro libro, sabía que solo había un solo motivo para que Jehová advirtiera la ciudad; era con el fin de que ellos se arrepintieran y se salvaren. Y como hemos dicho en la meditación anterior, Jonás no compartía el corazón de Dios para con los paganos, enemigos de Israel. Que ellos se salvasen del juicio, para poder quizás entonces amenazar a Israel, no le interesaba nada.
“Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová”. En este libro vamos a encontrar que Jehová preparó varias cosas; un gran viento en el mar, un pez grande, una calabacera, un recio viento solano, y quizás otras cosas que veremos. Pero aquí hay una cosa que Dios no preparó, aunque Jonás quizá pensaba en su mente que era una señal de algo bueno; llegó a Jope, y he aquí ¡una nave disponible! Pero tenía su tarifa y Jonás tuvo que pagar. Algunos dicen que el precio también debería haber sido muy alto, pues Tarsis quedaba a una distancia muy lejos, quizás era un viaje de tres años. Siendo que no podía llevar comida por tanto tiempo, ellos tenían que parar la nave para sembrar y cosechar, antes de continuar su viaje. Sea como sea, basta decir que la presencia de la nave en aquel lugar no era una señal de que la voluntad de Dios así se mostraba.
Jonás tuvo palabra de Jehová ya; “Ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella”. Me hace pensar de mi cuñada, que cuando pensaba en casarse con un inconverso dijo: “Estoy orando sobre esto”. Pero ¿vale la pena orar cuando ya sabemos la voluntad de Dios, manifestada en Su palabra, sobre este asunto? Si nosotros vamos a tomar nuestra guía de las circunstancias aparentemente favorables, en vez de obedecer a la palabra de Jehová, nos vamos a encontrar en sendas equivocadas. No digo que el Señor no puede usar las circunstancias para guiarnos, sino que no deben ser nuestra guía principal para conocer la voluntad de Dios, y sobre todo, nunca nos deben guiar en contra de la palabra revelada de Dios.
Como otros nos han enseñado, la senda de Jonás de este punto era hacia abajo. Descendió a Jope, descendió en la nave, y por fin descendió hasta las profundidades del mar. En el proceso, Dios lo va a usar como testimonio a los marineros paganos, e improbable como parece, llega a ser prototipo de Cristo, dando en figura su vida para la salvación de otros. En eso meditaremos (Dios mediante) en el próximo estudio.

Jonás 1 (parte 2): Jonás exhortado por los paganos

Jehová no iba a dejar Su siervo sin corrección. “Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios”. Eran marineros sin conocimiento del Dios verdadero, y por eso clamaron a sus ídolos, dándose cuenta de su condición desesperada. Pero Jonás, huyendo de la presencia de Jehová se quedó muy dormido, inconsciente y aparentemente sin preocupación. Es muy interesante ver cómo los paganos mejor entendieron su atrevimiento: conociendo al Dios verdadero, aun así huía de Él. “Y aquellos hombres temieron sobremanera, y le dijeron: ¿Por qué has hecho esto? Porque ellos sabían que huía de la presencia de Jehová, pues él se lo había declarado”. Imagino que era de mucha vergüenza a Jonás el escuchar estas palabras de los marineros, que se dieron cuenta de una vez que Jonás conocía el único Dios verdadero. ¿Y no ha sido antes así con usted, querido lector? Por lo menos tengo que confesar que me ha pasado más que una vez y me ha dado bastante vergüenza, que los inconversos me han visto haciendo algo que es indigno de un cristiano, y me han reprendido.
Pero Jonás sigue, demasiado terco. Bien sabía que sin arrepentimiento no podía clamar a Dios, y se quedó en silencio. Pero, se da cuenta de que es muy cierto, que sus acciones han traído grandes dificultades sobre personas menos responsables que él. “Él les respondió: Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; Porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros”. Acaso pensaba que no iba a ser así; que nadie más que él mismo iba a sufrir, si Dios iba a castigarle por su desobediencia. Pero Romanos 14:7 nos dice algo muy importante: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí”. Si pensamos que podemos seguir nuestra propia senda, en desobediencia al Señor, sin afectar a los demás, estamos muy equivocados. Pero también es cierto que si seguimos al Señor con más devoción y fervor, también anima y afecta a los demás. Jonás ahora se da cuenta de que su fuga está amenazando con muerte a personas ignorantes del Dios verdadero. Pero también es de suma grandeza que Dios usaría aun a Su profeta rebelde para ser testimonio a estos marineros, pues después de echar a Jonás en el mar, ellos llegaron a ser creyentes en Jehová, Dios de Israel. Este es la gracia y soberanía del Dios que conocemos.
“Y tomaron a Jonás, y lo echaron al mar; y el mar se aquietó de su furor. Y temieron aquellos hombres a Jehová con gran temor, y ofrecieron sacrificio a Jehová, e hicieron votos”. Así Jonás, desobediente y rebelde, llega a ser substituto por los marineros paganos. Jonás forma un gran contraste con nuestro Señor Jesucristo, que ha sido substituto por nosotros. Pensamos sobre los versículos tan profundos e importantes en Filipenses 2: “Y estando en la condición de hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Jonás, desobediente hasta la muerte. Jesús, obediente hasta la muerte. ¡Alabado sea Su glorioso nombre!
Continuaremos en la próxima meditación con otro prototipo en el libro de Jonás; los sufrimientos de Cristo anticipados a través de las palabras de Jonás en el vientre del pez grande.

Jonás 2 (parte 1): Jonás en el vientre del gran pez

[Lucas 11:29-32]
“Y apiñándose las multitudes, comenzó a decir: Esta generación es mala; demanda señal, pero señal no le será dada, sino la señal de Jonás. Porque así como Jonás fue señal a los ninivitas, también lo será el Hijo del Hombre a esta generación” (Lucas 11:29-30). “Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches” (Mateo 12:40). Así en las palabras del mismo Señor Jesús, nos damos cuenta de que la historia de Jonás no es simplemente un cuento divertido, sino una parábola para nuestra enseñanza.
En la meditación anterior vimos a Jonás, echado en el mar, “desobediente hasta la muerte” en figura, pero llegando a ser substituto para los marineros paganos. Ellos se salvaron, pues Jonás cayó bajo el juicio de Dios. En un gran contraste, vemos a nuestro Señor Jesucristo, el cordero de Dios sin mancha y sin ninguna contaminación, entrando también en el juicio de Dios como substituto por nosotros, pecadores rebeldes e inmerecidos. Así el capítulo 2 de Jonás nos da algunas profundas meditaciones sobre los sufrimientos del Señor Jesucristo en las tres horas de tinieblas, cuando Él fue hecho pecado por nosotros. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Corintios 5:21).
Antes de profundizar un poco más en este tema, reflexionemos un momento sobre la condición de Jonás. “Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches. Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez, y dijo ... ”. Estos versículos se encuentran al fin del capítulo 1 Con el primer versículo de capítulo 2. A veces tenemos la tendencia de leer la Biblia por capítulo, y está bien hacerlo así, pero a veces se pierde el sentido cuando se termina con el fin del capítulo. Creo que aquí vemos un ejemplo de este principio; Jonás estuvo tres días en el vientre del pez, y después, oró. ¿Se puede creer que al ser tragado por el pez, Jonás no se puso humilde y arrepentido? Bueno, parece que no, y si reflexionamos un poco, no dudo que veremos que nosotros no somos mejores que Jonás. ¿Cuántas veces el Señor me ha hablado a mí en voz fuerte, y yo fui muy lento para escuchar y obedecer?
En la historia de los Estados Unidos, hace como 150 años, cuando las flotas balleneras buscaban ballenas en las aguas cercanas a Hawái, se cuenta la historia de un pescador que cayó de su lancha al mar. Sus compañeros no lo vieron volver a la superficie y pensaron que su había tenido el mismo final que muchos en ese oficio: se había ahogado en el mar. Pero la verdad era que fue tragado por la ballena. Por la misericordia de Dios, capturaron a la ballena y, después de tres días, al abrirla lograron sacar al hombre de su vientre, vivo pero completamente loco tras haber despertado en aquel lugar pensando que iba a morir de una manera tan terrible. Pero cuento la historia, no para decir que el gran pez que Jehová preparó era ballena (pues realmente no sabemos) sino para prestar las palabras del señor así tragado cuando volvió a su juicio cabal un tiempo después. El hombre contó cómo había pensado que iba a ahogarse en el agua, cuando se dio cuenta de cómo había pasado sobre algo resbaladizo y llegado a un cuarto demasiado caliente y húmedo, un ambiente sofocante e insoportable. Cuando se dio cuenta que había sido tragado por la misma ballena que estaban cazando unos minutos antes, se encontró escandalizado por su situación aparentemente sin salida. Y Jonás, como vemos en las palabras siguientes, se encontró en una situación semejante, pero tercamente demoró tres días sin orar a Jehová, de quien había tratado huir.
Pero cuando por fin ora Jonás, vemos palabras profundas y reveladoras. “Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas Tus ondas y Tus olas pasaron sobre mí. Entonces dije: Desechado soy de delante de Tus ojos”. ¿No quiso Jonás escapar antes de aquellos ojos de Jehová? ¿Pero ahora? Jonás siendo un santo de Dios no le gusta para nada sentir que Jehová le había abandonado, aunque antes se fue para escapar de aquella presencia. Pero no fue cierto que era desechado de los ojos de Dios con Jonás, pues claro que Dios aun le veía en aquel lugar. Pero pensamos de otro, el único, que en verdad fue echado de los ojos de Dios. “Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has desamparado?” (Marcos 15:33-34).
¿Y las ondas y las olas que pasaron sobre Jonás durante su tiempo en el gran pez? En cierto sentido podemos decir que fue protegido por el mismo pez. Pero nuestro Salvador no tuvo ninguna protección, sino que soportó y sufrió toda la ira de Dios. “Todas Tus ondas y Tus olas han pasado sobre Mí” (Salmo 42:7).

Jonás 2 (parte 2): Jonás en el vientre del gran pez

Seguimos con la meditación sobre este capítulo tan profundo en sus sentimientos, palabras dichas y escritas por el profeta Jonás de su experiencia en el gran pez, pero que nos hablan de la profundidad de los sufrimientos de Cristo en las tres horas de tinieblas.
“Entonces dije: Desechado soy de delante de Tus ojos; mas aún veré Tu santo templo. Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre”.
¿Ha notado usted cómo la Biblia requiere de nuestro estudio y lectura de principio a fin? Recientemente yo y mi esposa, en nuestra lectura diaria, hemos estado leyendo de nuevo la historia de José en el libro de Génesis. Se nota como no se menciona ni una palabra de queja de José cuando fue maltratado por sus hermanos en el capítulo 37. “Y le tomaron y le echaron en la cisterna; pero la cisterna estaba vacía, no había en ella agua”. Me parece que en la historia de José vemos un prototipo de Jesús: “Angustiado Él, y afligido, no abrió Su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió Su boca” (Isaías 53:7). Así el Señor Jesús, delante de Sus acusadores, quedó mudo, sin contestarles ni una palabra. “Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió. Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra Ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho” (Mateo 27:12-14). Pero más después, en el capítulo 42 de Genesis, leemos que sus hermanos hablaron así en presencia del gobernador desconocido (el mismo José quien habían vendido): “Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia”.
¡“La angustia de su alma”! Eso es lo que no se nos cuenta en Génesis 37. Tenemos que leer adelante para saber. Podemos añadir que en los Salmos se nos cuenta algo más sobre José, que no sabemos de Génesis. “Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona” (Salmo 105:18). Así, mis amados lectores, es necesario que leamos toda la Biblia, no simplemente enfocando en los libros y los temas que nos parecen más interesantes, pues Dios en Su sabiduría ha dejado a nosotros un rico tesoro que tiene que ser descubierto paso por paso, línea por línea, un poquito allí, otro poquito allá (Isaías 28:10). La angustia del Señor Jesús apenas se menciona en Mateo 27, Marcos 15 y Lucas 23, aunque en cada uno de esos relatos se mencionan las tres horas de tinieblas. En el evangelio de Juan, capítulo 19, no se mencionan las tres horas, sino solamente estas palabras tan profundas: “Consumado es”. Es dejado a nosotros, mis queridos hermanos en Cristo, leer lo demás de la Biblia para entender algo más sobre “la angustia de Su alma”. El Salmo 22, el Salmo 42, el Salmo 69, el Salmo 88, Isaías 50, Isaías 53 y Jonás 2 aportan cada uno algo más sobre las profundidades de la ira de Dios que cayó sobre nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, quien sufrió como hombre débil. Muchas veces meditamos en el dolor físico, el cual entendemos un poco; los clavos en sus manos y pies, la corona de espinas, la enfrenta y burla de los hombres. Estas cosas entendemos un poquito. ¿Pero la ira de Dios en estas tres horas terribles?
Volvemos a citar como Jonás lo dice: “Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre”. ¿Ha meditado usted en lo que habría sido tener algas alrededor de la cabeza? ¿Ha estado alguna vez en un lugar oscuro y cerrado, y algo le haya tocado en la cara? ¿Cuáles eran sus sentimientos de horror en aquel momento? En realidad, no somos capaces de entender los sufrimientos de Cristo que recibió a la mano de Dios, sufriendo la penalidad de nuestros pecados. Pero Dios nos da estas palabras en figura, para darnos la oportunidad de reflexionar, meditar y, al fin, alabarle.
Sabemos que Jonás también fue prototipo de la resurrección de Jesucristo. “Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches” (Mateo 12:40). Siguiendo con las palabras de Jonás en nuestro capítulo, “Mas Tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío. Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta Ti en Tu santo templo”. Jonás pensaba que había sido echado de la vista de Jehová, pero eso no fue cierto. Reconoció en esos momentos, aun en el vientre del gran pez, que Dios estaba escuchando su oración y que le iba a salvar de aquel lugar. “La salvación es de Jehová”. Era una cosa que Jonás sabía, y era el motivo de su fuga. No quería la salvación de Jehová para los Ninivitas. Pero en este momento, ya humillado, confiesa que no tiene cómo salvarse. “Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra”. Ojalá que usted, querido lector, haya llegado al mismo punto, sabiendo que solo hay salvación en el Señor Jesús, y no en ningún otro lado.

Jonás 3: Jonás, testigo a los Ninivitas, y el arrepentimiento de Nínive

“Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar” (Mateo 12:41).
En la meditación anterior, dejamos al profeta arrepentido a la orilla del mar, vomitado allí por el gran pez, por la palabra de Jehová. No sé cuáles eran los pensamientos de Jonás, en aquel momento. Quizás pensaba que Jehová hubiera cambiado de parecer, para no enviarle otra vez a Nínive, donde obviamente no quiso ir. Pero no; la desobediencia, la fuga, y la experiencia tan terrible de Jonás no había cambiado nada. “Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que Yo te diré. Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová”.
No nos dice, pero imagino que el hombre que apareció después en las puertas de la ciudad de Nínive era un hombre con aspecto raro y espantoso. El hombre que fue tragado por la ballena, de quien escribí hace dos semanas, pasó el resto de su vida con piel blanco como la nieve. El ácido del estómago de la ballena le había sacado de su piel todo su color. Con Jonás no necesariamente fue así, siendo que el gran pez fue preparado especialmente por Jehová, pero creo que es posible. Sea como sea, su sermón de pocas palabras con ningún mensaje de misericordia fue escuchado y creído de una manera que no se ha duplicado en la historia del hombre. He pensado que le prestaron mucha atención quizás por su aspecto raro.
“Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. Fue un sermón de ocho palabras, sin mención de un Dios de amor, de un Dios de misericordia. Solo había la pronunciación de un tiempo: cuarenta días. Los hombres que escucharon y creyeron el mensaje, vieron en esto la posibilidad de que Dios fuera un Dios de misericordia, cosa que Jonás conocía demasiado bien, habiendo acabado de experimentarlo personalmente, y habiendo visto cómo Jehová había tratado con Israel, a pesar de su maldad y desobediencia. Pero ¡qué gran contraste el mensaje que usted y yo, querido lector, tenemos para proclamar! No solo la posibilidad de que Dios sea misericordioso, sino la promesa de perdón de pecados, a través del sacrificio de Su único Hijo. “Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de Él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en Él es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:37-39). Este es el mensaje glorioso que nosotros conocemos, mis amados lectores. ¡Que seamos más fieles anunciando tan buenas nuevas!
“Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos”. Se nota que la fe produjo en ellos el arrepentimiento. Era poco lo que ellos sabían de Jehová Dios. Ellos eran idólatras antes. Tenían sus ídolos de piedra, oro, y plata pero cuando escucharon el mensaje de Jonás, se dieron cuenta de que hablaba la verdad de una fuente confiable y verdadero. “¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de Su ira, y no pereceremos?”. Qué bueno que nosotros no tenemos que decir, “¿Quién sabe ... ?”. Como Pablo en Hechos 13, podemos decir: “En Él es justificado todo aquel que cree”.
“Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo”. Jonás, testigo de la misericordia de Dios, no podía compartir en el gozo del pueblo de Nínive por haber sido salvado de la destrucción. Había hablado de la ira de Dios, esperaba y quería que la ira de Dios cayese sobre aquella ciudad. No hablaba de la salvación, y no la quiso para ellos. Pero los pensamientos de Dios son lejos de los pensamientos de los hombres. Dios mediante veremos esto en nuestra siguiente meditación.

Jonás 4 (parte 1): Jonás enojado

“Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo. Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó”. ¿Nos parece extraño, que este hombre que hace cuarenta días (más o menos) había sido salvado de una muerte terrible por la mano de Dios estaría en tan poco tiempo enojado tanto para pedir la muerte? Sabemos que el enojo tiene su lugar. El Señor Jesús se enojaba en varias ocasiones. “Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana” (Marcos 3:5). Pero el enojo de Jonás para nada se puede comparar con el enojo de Jesús. El Señor se enojaba porque los líderes religiosos querían hacerle trampa, usando como peón en su juego a un pobre hombre desgraciado con una debilidad grande. Pero el Señor en Su misericordia no iba a fallar de ayudar al hombre necesitado por la dureza de los corazones. Así mismo, Dios no iba a cambiar de parecer en Su decisión de no destruir a Nínive, aunque Jonás se pusiera bien enojado. Pero el deseo de Dios era cambiar la actitud de Jonás. Quería que Jonás compartiera Sus pensamientos de bondad y salvación, aun por los gentiles.
“Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que Tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que Te arrepientes del mal”. Jonás revela aquí lo que siempre había en su corazón desde que Jehová le había enviado a aquella ciudad. Jonás, conociendo demasiado bien a qué Dios servía, hubiera preferido evitar la posibilidad de que Jehová, que había mostrado misericordia a Israel, también así sería para con los gentiles. “Sabía yo que Tú eres Dios clemente ... ”. Podemos decir, “Oh Jonás, tú que conoces a Dios, ¿no quieres que los demás también le conozcan como tú?”. Pero en verdad, la respuesta hubiera sido: “No, no lo quiero para nada”. ¿Qué tal con nosotros? ¿Es nuestro deseo que otros conozcan a un Dios clemente, y de grande misericordia? Ojalá que así sea, que no seamos como Jonás, agradecidos por la misericordia de Dios para con nuestros seres queridos pero indiferentes a los demás, muriendo sin Dios y sin misericordia en este mundo.
Pero Dios no solo había hecho una grande obra de arrepentimiento en los habitantes de Nínive. También tenía una obra que hacer en el corazón rebelde de Su siervo Jonás. “Ahora pues, oh Jehová, Te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida. Y Jehová le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto?”. ¿Este es el mismo hombre que dijo recién, “La salvación es de Jehová?”. Sí, es él mismo. No somos mejores que Jonás; si somos honestos, confesamos que muchas veces somos igual fluctuantes en nuestros sentimientos. Pero me anima mucho meditar en la respuesta tan suave y bondadosa de Dios a Su siervo. “¿Haces tú bien en enojarte tanto?”. Casi imagino poder escuchar la voz suave de Dios cayendo en los oídos de Jonás, llamando a su corazón, pero él no quiso escucharlo en este momento.
“Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad”. Aparentemente Jonás pensaba que por su enojo, Jehová iba a cambiar de parecer, y destruir la ciudad de todos modos. Parece ser una arrogancia demasiado fuerte, y para mí, inaguantable. Pero no, Dios no es como nosotros. Dios iba a tratar igualmente con un solo hombre, como había tratado con una ciudad llena de niños y animales. Dios había preparado antes una tempestad en el mar para amenazar al barco que llevaba a Jonás, y después había preparado un pez grande para tragar a Jonás. Ahora va a preparar algunas cosas más para la instrucción de Su profeta: una calabacera, un gusano, y un recio viento solano. Pero será para la próxima meditación considerar estas cositas, todas preparadas por Dios, y todas con un propósito de instruir a Su profeta rebelde y enojado.

Jonás 4 (parte 2): Jonás aprende los pensamientos de Dios

“Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera”. ¿Por qué era más agradable a Jonás la sombra de la calabacera que la sombra de la enramada que él mismo había hecho? Pues, la planta viva respira, evapora agua, baja la temperatura, y aumenta el oxígeno. Así Dios en Su misericordia ha preparado la creación de tal forma para ministrar a las necesidades de Su criatura, y esta planta maravillosa que creció milagrosamente en una noche, obviamente no era el resultado de un accidente (como la evolución) sino la mano de Dios, trabajando para el consuelo de Su siervo deprimido y mal humorado.
Pero si nuestro gozo depende de las circunstancias, como aquí le pasó a Jonás, este será muy fluctuante. Jonás “se alegró grandemente por la calabacera”, y en aquel momento su enojo y su mal genio desaparecieron por un rato, pero solo para regresar peor. Mucho mejor por Jonás hubiera sido (y así también con nosotros) gozar en lo que daba gozo a Dios, pues así el gozo llega a ser una fuente inagotable en vez de algo que cambia a cada rato. “Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida”. Dijo Job muchos años antes: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Y también dijo: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 1:21; 2:10).
Pero, al igual que con Sus tratos con Job, Dios tenía algo distinto que enseñar a Jonás, mucho más importante que su comodidad de un solo día. La calabacera, el gusano y el recio viento solano, todos vinieron de la mano de Dios, cada uno con su propósito de hacerle a Jonás ver las cosas como Dios las ve. “Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció”. Otra vez pienso escuchar la voz de Dios hablando a Jonás, no enojado ni molestado, sino suavemente como habló con Elías en aquel momento cuando estaba tan deprimido; “¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Reyes 19:9). ¿Por qué tuvo Jonás lástima por la calabacera? Pues, porque ministraba a su propio comodidad y bienestar. ¡Oh, qué fuerte es la reprensión, si reflexionamos sobre cómo nos parecemos a Jonás! ¿Lamentamos la pérdida de aquello que simplemente nos hace más cómodos en este mundo más que lamentamos las almas perdidas que día tras día salen de este mundo para perecer para siempre jamás? Me da pena solo pensarlo.
Dios ahora hace una comparación que Jonás no hubiera podido negar. Jonás se compadecía de la calabacera, pero no de la ciudad de Nínive. Pero qué bueno que Dios no es egoísta como somos nosotros; “¿Y no tendré Yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?”. Jonás no había pensado de los niños de Nínive, y mucho menos de los animales. No dudo que Jonás solo pensaba de los miles de soldados que acaso un día levantarían contra la nación de Israel, y que prefería que todos quedaran muertos bajo el juicio de Dios.
Pero para mí la gran lección de este libro es el carácter de Dios, manifestado en Su misericordia para con los marineros que acompañaron a Jonás es su viaje de rebeldía, la misericordia mostrada a la ciudad de Nínive, y quizás sobre todo, la forma en que Dios tiernamente trabaja con Jonás. Jehová quiso enseñar a Jonás a no gozar simplemente de las circunstancias ni de su propio bienestar, sino a gozar en el corazón de Dios, un corazón que Jonás ya conocía, pero en el que le faltaba participar a través de Sus caminos de clemencia. Suponiendo que Jonás mismo era el autor de este pequeño libro, no dudamos que aprendió la lección. ¡Que sea así con nosotros también!