Meditaciones sobre Josué

Table of Contents

1. Introducción: Preparativos para el liderazgo de Josué
2. Josué 1: ¡Adelante, Josué!
3. Josué 2: Los espías en Jericó
4. Josué 3: El paso del río Jordán
5. Josué 4: Las doce piedras
6. Josué 5:1-10: La circuncisión en Gilgal
7. Josué 5:9-15: El oprobio de Egipto quitado y el Príncipe del ejército
8. Josué 6:1-16: La conquista de Jericó
9. Josué 7:1-26: Israel conquistado en Hai
10. Josué 7:16-26 y Josué 8:1-29: El juicio de Acán y la conquista final de Hai
11. Josué 9:1-27: La astucia de los gabaonitas
12. Josué 10:1-43: Los cinco reyes
13. Josué 11:1-23: Las batallas del norte
14. Josué 11:21-23: Los gigantes, hijos de Anac
15. Josué 12:1-24: Rememoración de los triunfos de Israel
16. Josué 13:1-33: La tierra de posesión
17. Josué 14:1-15: Josué, Caleb y Hebrón
18. Josué 15:1-63: Josué, Caleb y Otoniel
19. Josué 17:1-18: El repartimiento de la tierra
20. Josué 18:1-28: El tabernáculo y la herencia de Josué
21. Josué 20:1-9: Las ciudades de refugio
22. Josué 21:1-45: La herencia de los levitas
23. Josué 22:1-34: Las tribus de Ruben, Gad y Manasés
24. Josué 23:1-16: Josué, listo para partir
25. Josué 23:1-16: El título a la tierra
26. Josué 24:1-33: Las últimas palabras y la muerte de Josué

Introducción: Preparativos para el liderazgo de Josué

Al iniciar nuestro estudio sobre la vida de Josué y los eventos que pasaron durante su vida, quizás vale la pena primeramente notar como el joven Josué empezó a calificarse por el trabajo de ser líder de Israel.
Se nos presenta a Josué temprano en la historia de la jornada por el desierto. “Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec; mañana yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano” (Éxodo 17:9). En esta porción vemos a Josué por mandato de Moisés saliendo en contra del enemigo Amalec. Amalec nos presenta en tipo la carne y sus deseos. Pero Josué salió sabiendo que Moisés estaba en el monte, con sus brazos levantados en la intercesión por él y por el pueblo peleando a su lado. Así aprendemos que si hemos de ser útiles en el servicio al pueblo de Dios, primeramente tiene que haber la batalla personal contra la carne y sus deseos. A veces (y con razón) pensamos de la carne en términos de las tentaciones sexuales. Pero la carne se manifiesta en muchas formas, y una es el deseo por la fama personal. Pero el siervo de Dios no puede prosperar en su servicio si está buscando su propia gloria. Se necesita siempre del juicio propio para evitar este peligro, y vemos esto en Josué al principio de su servicio.
La segunda vez, vemos a Josué ayudando a Moisés cuando subió al monte para recibir la ley. “Y se levantó Moisés con Josué su servidor, y Moisés subió al monte de Dios” (Éxodo 24:13). ¿Qué hizo Josué en este tiempo cuando Jehová iba a hablar con Moisés? ¿Acaso llevaba su equipaje o semejante trabajo humilde? Yo pienso que sí, y ¡qué bueno es cuando los jóvenes se dedican a ayudar en alguna forma, quizá de una manera medio invisible, a un siervo de Dios! Puede consistir en lavar o planchar su ropa, prepararle comida, lavar platos, o algo semejante que no se considera muy importante, pero si se ha hecho por amor al Señor Jesús, no va a perder su premio y acaso sea preparación para algo más notable. Pienso que así era con Josué.
Al regresar del monte con Moisés, Josué encontró una decepción muy grande. “Cuando oyó Josué el clamor del pueblo que gritaba, dijo a Moisés: Alarido de pelea hay en el campamento. Y él respondió: No es voz de alaridos de fuertes, ni voz de alaridos de débiles; voz de cantar oigo yo”. Josué se equivocó interpretando la situación en el campamento. Moisés lo podía interpretar bien por haber sido prevenido por Jehová, cosa que no veía bien compartir con Josué. Muchas veces así es con los jóvenes, que no han aprendido bien interpretar las situaciones y sus raíces en la asamblea. Dado esto, es bueno que el joven tenga cuidado de esperar en el Señor cuando hay pecado, sin juzgar muy rápidamente sobre la situación como la juventud se acostumbra a hacer. A veces las cosas solo se entienden a través de las experiencias de la vida y el caminar con el Señor.
En esta misma circunstancia vemos algo muy bueno en Josué. “Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero. Y él volvía al campamento; pero el joven Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo”. Se ve en Josué, llamado aquí “el joven”, un vivo deseo de compartir con Moisés el privilegio de hablar con Jehová cara a cara como hacía Moisés. Se quedó en el tabernáculo donde estaba la presencia de Jehová. Podemos aplicar esto al hecho de pasar tiempo en la presencia del Señor. No necesariamente quiere decir que nos quedemos de rodillas orando todo el día, sino que llevemos con nosotros un sentimiento de Su presencia con nosotros constantemente, lo cual nos guardará del mal y animará a nuestros espíritus en este mundo difícil.
La próxima vez, vemos a Josué pensando que Moisés debe decir algo en contra de dos profetas que profetizaban en el campamento. “Y corrió un joven y dio aviso a Moisés, y dijo: Eldad y Medad profetizan en el campamento. Entonces respondió Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés, uno de sus jóvenes, y dijo: Señor mío Moisés, impídelos. Y Moisés le respondió: ¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera Su espíritu sobre ellos” (Números 11:27-29). La lección aquí es que nosotros no sabemos qué el Señor está haciendo en el día de hoy y por quién se las hace. No debemos tener celos si vemos al Señor haciendo Su obra a través de otros, aunque quizás decimos que no lo están haciendo exactamente según la palabra de Dios. El Señor es capaz de cuidar Su obra y de llevarla a cabo por medio de quien Él quiera usar. Dejemos los resultados al Señor.
Finalmente vemos el buen testimonio de Josué y Caleb acerca de la tierra prometida. “Y Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone, que eran de los que habían reconocido la tierra, rompieron sus vestidos, y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra en gran manera buena. Si Jehová se agradare de nosotros, Él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel. Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra ... ” (Números 14). Era esta misma confianza en Jehová además de todo lo que aprendió en el desierto como ayudante humilde de Moisés que le calificaba para ser el líder de Israel. Cuando todo el mundo dudaba, Josué con Caleb confiaban en Jehová, en Su amor por el pueblo y en Su poder de adentrarlos en la tierra, a pesar de los obstáculos. Ahora, 38 años después, Josué es el líder escogido para guiarlos a través del Jordán y adelante. “Y Jehová dijo a Moisés: Toma a Josué hijo de Nun, varón en el cual hay espíritu, y pondrás tu mano sobre él; y lo pondrás delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación; y le darás el cargo en presencia de ellos. Y pondrás de tu dignidad sobre él, para que toda la congregación de los hijos de Israel le obedezca” (Números 27:18-20).
Así vemos que el siervo del Señor tiene que aprender mucho antes de salir como líder del pueblo de Dios. No se ve que Josué buscaba este lugar, sino que le fue entregado por Jehová mismo. Dios mediante, veremos sus conflictos, sus éxitos y sus fracasos mientras guiaba y dirigía a este pueblo difícil.

Josué 1: ¡Adelante, Josué!

“Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que Yo les doy a los hijos de Israel”.
En los dos acontecimientos del libro de Éxodo vemos una ilustración bastante amplia de la redención por la sangre (nuestro cordero siendo Jesucristo) y la seguridad de la salvación por la muerte de Jesús y Su resurrección como vemos en el mar Bermejo. Ahora en la vida de Josué veremos al pueblo cruzando el Jordán, que forma otra ilustración, no de entrar en el cielo sino de tomar posesión en una forma práctica de nuestra posesión bendita como miembros del cuerpo de Cristo. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). Así, Canaán no representa el cielo, sino los lugares celestiales.
No era cuestión de simplemente cruzar el Jordán y heredar la tierra; no, había oposición y enemigos que no querían dejarles simplemente poseer estas bendiciones. En Canaán había batallas casi continuas, a diferencia del desierto, donde había muchas dificultades pero no tantas batallas. Así también nosotros tenemos el enemigo, o mejor dicho, los enemigos, que impiden nuestra posesión de nuestras bendiciones celestiales. “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de Su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:1-3). El diablo es un enemigo que no vemos, y por eso tenemos la tendencia de pensar que no existe, pero es tan real como los enemigos de Israel.
Hay que notar con cuidado las palabras dichas a Josué: “Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie”. En otras palabras, era algo que Jehová YA les había entregado, pero para hacerlo suyo, tenían que plantar su pie encima. ¿Puede ser igual con nuestras bendiciones celestiales? ¿Si no andamos en ellos, los vamos a disfrutar y regocijar en sus beneficios? Creo que se entiende muy bien que no. Se cuenta la historia de un señor que compró boleto de barco para cruzar el mar. Era con dificultad que compró el boleto y pensaba que no iba a tener dinero para comprar comida. Así que, en su equipaje trajo algunas cosas secas que se conservarían durante el viaje; galletas, fruta seca y cosas semejantes. No era de mucha satisfacción comer así, pero él lo pensaba necesario debido a su condición económica. Así pasó más que una semana comiendo y pasando hambre. Faltando dos días para llegar, se desesperaba de comer así y decidió gastar algo de dinero para darse un gusto. Fue a la cafetería del barco y pidió el precio de una comida buena. Le dijeron: “No es de comprar. Está toda incluida en el boleto”. Así había pasado tiempos de hambre, comiendo comida seca, cuando hubiera podido disfrutar de la abundancia de comida buena de la cocina del barco.
Así muchos cristianos pasan hambre espiritual por no aprovechar las bendiciones que son suyas, pues no leen las escrituras y no meditan en ellas. Pasan hambre sin necesidad, pues las riquezas de Su gracia están incluidas en el boleto, para decirlo así. Eso fue la oración de Pablo por los Efesios. “ ... Haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que Él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de Su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a Su diestra en los lugares celestiales ... ” (Efesios 1:16-20).
Se nota que Israel nunca llegó a poseer lo prometido. “Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Éufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio”. Pero Dios es fiel a Su promesa y eso tiene que ser suyo, aunque será en un día aun futuro cuando vuelve Cristo Jesús, y le reciben como su Mesías de verdad. Josué iba a tener los mismos recursos que Moisés. “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente”. Así vemos que es la fe primero que tiene que actuar; confiar en la palabra de Jehová: “estaré contigo”, y después esforzarse y mostrar la valentía. Veremos, Dios mediante, cómo estas cosas se desarrollaron en la vida de Josué.

Josué 2: Los espías en Jericó

“Josué hijo de Nun envió desde Sitim dos espías secretamente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y posaron allí”.
No dudo que, al enviar estos dos espías, Josué pensó en su misión con 11 otros hombres hace 38 años que no resultó bien. Había sido Jehová que mandó que enviaren los espías en aquel entonces. “Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Envía tú hombres que reconozcan la tierra de Canaán, la cual Yo doy a los hijos de Israel; de cada tribu de sus padres enviaréis un varón, cada uno príncipe entre ellos” (Números 13:1-2). Acá en nuestro capítulo no menciona que Jehová le dijo y Josué que hiciera esto, pero yo no dudo que Josué lo hizo por fe. Quería animar al pueblo y a la vez conocer el ánimo y los pensamientos de sus enemigos antes de la batalla.
Los espías entraron en la casa de una ramera, imagino con el motivo de no traer atención a sus personas, pues en aquella casa entraron muchos hombres, indudablemente. Pero alguien los vio y declaró sus intenciones al rey de Jericó. Lo que sigue ha causado muchas dudas en las mentes de muchos creyentes, pues les dijo mentiras a quienes investigaban. “Entonces el rey de Jericó envió a decir a Rahab: Saca a los hombres que han venido a ti, y han entrado a tu casa; porque han venido para espiar toda la tierra. Pero la mujer había tomado a los dos hombres y los había escondido; y dijo: Es verdad que unos hombres vinieron a mí, pero no supe de dónde eran ... ”. Algunos lo ven como una justificación para la mentira en vista de una situación difícil. Sabemos que Rahab era una pagana y no podemos pensar que ella hubiera entendido bien el mandamiento: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”.
Pero hay que pensar en lo que dice la Escritura en el Nuevo Testamento, lo que debe regular a nuestra conducta. “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos” (Colosenses 3:8-9). “Conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad, en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos” (Tito 1:1-2). Así aunque vemos la soberanía de Dios trabajando a favor del pueblo de Israel a través de la mentira de Rahab, no es justificación para decir mentiras. Me acuerdo de la historia de una de las hermanas de Corrie ten Boom, la señora que escondió a judíos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. En su casa se quedaba una señorita judía con ojos azules y cabello rubio que no parecía ser judía. Cuando unos soldados encontraron a la judía en la casa de Corrie, preguntaron a su hermana Nollie si ella era judía y Nollie contestó que sí. Entonces ella fue detenida y la familia hizo muchas quejas contra Nollie, diciendo, “¿Por qué no dijiste que no era judía?”. Nollie contestó que ella no creía que Dios iba a dejar a la señorita sufrir porque ella había dicho la verdad. Dios premió su fe, permitiendo que la señorita escapara de las manos de los nazis y que no perdiera la vida.
Los espías encontraron como Jehová había puesto Su temor en los corazones del pueblo de Jericó. “Antes que ellos se durmiesen, ella subió al terrado, y les dijo: Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros”. ¿Se acuerda como antes los diez espías dijeron: “También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos” (Números 13:33)? Eso era y siempre es la incredulidad, que mide los obstáculos según su propio parecer. ¿Cómo iban a saber cómo eran los pensamientos de los hijos de Anac? Pero aquí los espías aprenden que los moradores de Jericó temblaban al escuchar que el pueblo de Israel había llegado.
Rahab dijo: “Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto ... ”. ¡Eso había pasado desde hace 40 años! ¿No es interesante como el enemigo reconoció el poder de Jehová, tanto que los eventos de cuarenta años no lo habían borrado de su memoria? Eso era la memoria, pero ahora Rahab muestra su fe. “Porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra. Os ruego pues, ahora, que me juréis por Jehová, que como he hecho misericordia con vosotros, así la haréis vosotros con la casa de mi padre ... ”. Ella reconoció el verdadero Jehová Dios y clamó para misericordia. “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, habiendo recibido a los espías en paz” (Hebreos 11:31).
Terminamos ahora con el hilo rojo que dejó en su ventana como una seña de su casa. “Tú atarás este cordón de grana a la ventana ... reunirás en tu casa a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre. Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza, y nosotros sin culpa”. En el cordón de grana vemos algo que nos hace pensar de la sangre de Cristo. La fe de Rahab salvó a toda su familia como veremos más adelante. Acaso no habían visitado su casa por mucho tiempo, pues la profesión de Rahab no era nada admirable aun entre los paganos, pero tenían que ir y quedarse justo allí para ser salvo. Así, la salvación por gracia no es algo que atrae al hombre natural, pero “para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:5).

Josué 3: El paso del río Jordán

[Colosenses 3:1-11]
“Josué se levantó de mañana, y él y todos los hijos de Israel partieron de Sitim y vinieron hasta el Jordán, y reposaron allí antes de pasarlo. Y después de tres días, los oficiales recorrieron el campamento, y mandaron al pueblo, diciendo: Cuando veáis el arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y los levitas sacerdotes que la llevan, vosotros saldréis de vuestro lugar y marcharéis en pos de ella, a fin de que sepáis el camino por donde habéis de ir; por cuanto vosotros no habéis pasado antes de ahora por este camino”.
“Otro de Sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mateo 8:22).
¿No se puede decir de todos los días de nuestras vidas, que “no habéis pasado antes de ahora por este camino”? El camino por donde iban a seguir al arca del pacto de Jehová su Dios les iba a guiar a través de un río cuyo nombre da la idea a muchos de la muerte. Algunos piensan que al pasar el río Jordán como la muerte, entra uno en el cielo. Pero no se ven conflictos en el cielo, y así no se puede comparar el Jordán con la muerte física. Pero, en cierto sentido, el Jordán sí nos habla de la muerte, pero no de la muerte física, sino de la muerte con Cristo a todo lo que nos conectaba con este mundo, que era por ellos Egipto. Y puede ser que aquella decisión de seguirle a Cristo a este extremo nos puede separar hasta de nuestra familia. Me acuerdo de un hermano dominicano que decidió que era demasiado costoso seguir a Cristo cuando su esposa tenía ganas de participar más bien en el mundo. Sabemos que el hermano no puede perder su salvación, pero no dudamos que su decisión ha sido una pérdida grande.
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria ... Cristo es el todo, y en todo” (Colosenses 3:1-4,11).
Hubo dos tribus y medio que no querían entrar en la tierra. Así, hay muchos creyentes que ven este paso en su vida práctica como innecesario, o acaso demasiado costoso. Pero si Cristo es para mi alma “todo y en todo”, vale la pena seguirle dondequiera que vaya. Pero muchas veces el problema es práctico, como nos enseña el apóstol Juan: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17). ¡Que estemos nosotros entre los que pasen el Jordán en pos de Cristo!

Josué 4: Las doce piedras

Notamos en la meditación anterior como el río Jordán, al contraste con el mar Bermejo, nos habla de nuestra muerte con el Señor Jesús y de nuestra resurrección como criaturas nuevas. El capítulo de nuestro estudio actual habla de lo mismo con otros ejemplos: piedras que fueron quitadas del río y otras piedras que fueron puestas en el río. Eran señales vigentes de la muerte y resurrección de Cristo, y lo que quiere decir por nosotros en la vida diaria, siendo que somos muertos y resucitados con Él, cómo notamos en Colosenses 3. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.
“Cuando toda la gente hubo acabado de pasar el Jordán, Jehová habló a Josué, diciendo: Tomad del pueblo doce hombres, uno de cada tribu, y mandadles, diciendo: Tomad de aquí de en medio del Jordán, del lugar donde están firmes los pies de los sacerdotes, doce piedras, las cuales pasaréis con vosotros, y levantadlas en el lugar donde habéis de pasar la noche”.
Se nota que piedras habían sido usadas en tiempos pasados como memoriales. Primero Jacob, en el lugar donde Jehová Dios le apareció por la primera vez, levantó la piedra como memorial. “Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella. Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el, aunque Luz era el nombre de la ciudad primero” (Génesis 28:13-22). El voto que hizo Jacob en aquel lugar carece de toda clase de fe, un gran contraste con este monumento en nuestro capítulo, que era un memorial de que Jehová había detenido las aguas del Jordán para que ellos pasaran. “E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para Ti”. ¡Pobre Jacob! Aquí estaba haciendo un contrato con Dios, dudando de Sus promesas que no eran en forma de contrato, sino promesas sin condiciones. “Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. He aquí, Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho”.
Así el hombre, olvidadizo de la obra de Dios por Jesucristo, siempre tiene el pensamiento que su salvación tiene que tener algo que ver con sus propias obras, sea su salvación original (visto en el mar Bermejo) o su preservación de este mundo en su vida cristiana. Las piedras quitadas del río tenían señales de haber sido rodadas por el agua, como se nota en cualquier piedra sacada de un río, tan diferentes de las piedras que nunca han sido expuestas a las fuerzas de aguas en movimiento. Nadie puede dejar de distinguir la diferencia. Así la vida de un cristiano debe mostrar indudablemente las señales de la muerte de Jesús y de Su resurrección. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Corintios 5:17-18). ¿Se nota el mundo que somos diferentes? ¿O, nos conformamos al mundo para que nadie se note que pertenecemos a Cristo? Me acuerdo de la historia de un hermano militar que fue al campamento de capacitación para soldados nuevos. Allí fue rodeado por hombres de toda clase, día y noche. Después de cuatro meses de capacitación, regresó a su casa y un hermano le preguntó si no fuera muy difícil ser y vivir como cristiano entre esos inconversos. Contestó: “Pues no, nadie se dio cuenta”. ¡Qué triste historia! Había evitado las críticas de sus compañeros, a costa de perder la oportunidad de vivir por Cristo.
Hablando de las piedras ingresadas al río, que volvió a su fuerza anterior cuando los sacerdotes salieron del agua, pienso que eran piedras grandes que se podían ver sobre la superficie del río. Así era un testimonio de que una vez las aguas habían disminuido al punto de dejar a un gran pueblo pasar. No he oído a nadie mencionar estas piedras como ejemplo del partimiento del pan cada domingo, pero me atrevo a decir que puede haber cierta comparación. Dijo el Señor Jesús: “Esto es Mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de Mí” (Lucas 22:19). Somos olvidadizos, como lo eran los israelitas. Necesitamos ser recordados de la muerte de Cristo cada semana. Cada vez que los israelitas descendieron al río Jordán en este lugar, podían ver las piedras y recordar que entraron en esta tierra, no por sus propias fuerzas, sino por haber pasado un río en crecida, cuyas aguas se detuvieron cuando el arca estaba en medio de él.
Algo más sobre las piedras, escrito por el hermano M. C. de Venezuela:
Hermano Felipe, me gusta mucho como habla el apóstol Pedro del testimonio de los creyentes representados como piedras vivas. “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor. Acercándoos a Él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado. Para vosotros, pues, los que creéis, Él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados” (1 Pedro 2:1-8). Noto una diferencia entre las piedras: en el tiempo de Josué eran puestas como testimonios, para que cuando los hijos preguntaren a los padres: “¿Qué significan estas piedras?”, los padres darían el testimonio para “que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano de Jehová es poderosa; para que temáis a Jehová vuestro Dios todos los días”. En cambio, nosotros somos como piedras vivas, “para ofrecer sacrificios espirituales por medio de Jesucristo”.
En nuestra próxima meditación continuaremos con el tema de Josué y los hijos de Israel entrados en la tierra, rodeados de muchos enemigos y de los estorbos para poseer la tierra que Jehová les dio.
“Y Jehová dijo á Josué: Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto: por lo cual el nombre de aquel lugar fué llamado Gilgal, hasta hoy. Y los hijos de Israel asentaron el campo en Gilgal, y celebraron la pascua á los catorce días del mes, por la tarde, en los llanos de Jericó. Y al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas. Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron á comer del fruto de la tierra: y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año”.

Josué 5:1-10: La circuncisión en Gilgal

“Cuando todos los reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán al occidente, y todos los reyes de los cananeos que estaban cerca del mar, oyeron cómo Jehová había secado las aguas del Jordán delante de los hijos de Israel hasta que hubieron pasado, desfalleció su corazón, y no hubo más aliento en ellos delante de los hijos de Israel”.
Así Josué pudiera tener la confianza que Jehová estaba con él, obrando a su favor igual como había obrado por Moisés. No se sabe cómo Josué recibió esta información acerca del corazón de los enemigos de Israel, pero sí la recibió. Eso le dio confianza para atender a los asuntos espirituales que no habían tratado en el desierto por cuarenta años, eso es, la circuncisión de los hijos. Esta marca se había dado a Abraham hace tantos años.
“Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás Mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es Mi pacto, que guardaréis entre Mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre Mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones” (Génesis 17:9-12).
“En aquel tiempo Jehová dijo a Josué: Hazte cuchillos afilados, y vuelve a circuncidar la segunda vez a los hijos de Israel. Y Josué se hizo cuchillos afilados, y circuncidó a los hijos de Israel en el collado de Aralot. Esta es la causa por la cual Josué los circuncidó: Todo el pueblo que había salido de Egipto, los varones, todos los hombres de guerra, habían muerto en el desierto, por el camino, después que salieron de Egipto. Pues todos los del pueblo que habían salido, estaban circuncidados; mas todo el pueblo que había nacido en el desierto, por el camino, después que hubieron salido de Egipto, no estaba circuncidado”.
Acaso digamos, “qué raro que Dios les dio por señal algo totalmente escondido de los ojos del hombre”, pues la marca de su conexión con Jehová estaba en la parte privada, algo que no se ve al menos que el hombre esté desnudo. Pero no era señal para los demás; era señal “entre Mí y vosotros”. Así, primero que todo, era algo visto solo por el ojo de Dios. ¿Qué significado puede tener esto con nosotros en el día de hoy, siendo que no es un rito dado a los gentiles o sea, a la iglesia? Las escrituras no nos dejan en tinieblas acerca de la respuesta a esta pregunta.
“Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3).
“El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).
Cuando Pablo escribió que “somos la circuncisión”, estuvo dirigiéndose a una asamblea cuyos miembros eran principalmente gentiles, que por sus padres no hubieran sido circuncidados. Así sus palabras explican que lo que marcaba su circuncisión no era algo en el cuerpo físico, sino algo espiritual, que gloriaron solo en Cristo, y no en la carne, sea la carne religiosa u otra cosa. Se olvide uno que la carne puede ser religiosa, pero Pablo sigue hablando de sus credenciales como un religioso judío en Filipenses 3. Sin embargo, todo terminó cuando llegó a encontrar a Cristo en el camino a Damasco. “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo”. ¿Cómo es con nosotros? Gilgal llegó a ser el lugar donde siempre volvían después de sus batallas, hasta en los días de Samuel. “Mas Samuel dijo al pueblo: Venid, vamos a Gilgal para que renovemos allí el reino” (1 Samuel 11:14). Así que juzgar a la carne tiene que ser algo constante en nuestras vidas; tenemos que aprender bien la lección de que “la carne nada aprovecha”. Siempre es obra de Satanás tentarnos con palabras en nuestros oídos que dicen: “No puede ser que la carne nada aprovecha; si solo le dejas un poco de lugar, te hará feliz y contento”. Demasiado tarde, nos damos cuenta de la mentira cuando nos encontramos infelices y tristes por haber agradado a la carne. Hay que volver a Gilgal para confesar nuestros pecados y reconocer la verdad de que no hay nada de bueno en la carne.
“Y Jehová dijo a Josué: Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto; por lo cual el nombre de aquel lugar fue llamado Gilgal, hasta hoy”. Es interesante este dicho, porque en Egipto sí habían circuncidado a sus hijos, pero no en el desierto. Puede haber varios pensamientos sobre qué quiere decir “el oprobio de Egipto”, y espero que otros me compartan sus reflexiones. Se me ocurre que los egipcios eran un pueblo sumamente incrédulo. “No sea que digan los de la tierra de donde nos sacaste: Por cuanto no pudo Jehová introducirlos en la tierra que les había prometido, o porque los aborrecía, los sacó para matarlos en el desierto” (Deuteronomio 9:28). Así, Egipto decía que nunca iban a llegar, a pesar de todo lo que habían visto de las maravillas que hizo Jehová a su vista, y para su vergüenza, era manifiesto ya que estaban en la tierra. Pero puede haber algo más en cuanto al significado de Egipto como tipo del mundo, así como el prepucio era tipo de la carne. Es interesante que dice: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio [u oprobio] de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:24-26).

Josué 5:9-15: El oprobio de Egipto quitado y el Príncipe del ejército

Varios hermanos me ayudaron en cuanto al significado del oprobio de Egipto.
“Y Jehová dijo a Josué: Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto; por lo cual el nombre de aquel lugar fue llamado Gilgal, hasta hoy”.
Parece que en el Antiguo Testamento hay tres lugares diferentes con el nombre de Gilgal. El primero de ellos es el de la meditación presente, y tiene un significado importante para nosotros.
Después de haber salido de Egipto, cruzaron el mar Bermejo. Después de 40 años en el desierto, al cruzar el río Jordán, entraron en la tierra que les fue prometida. Entraron en un lugar con el nombre de los llanos de Jericó. Ellos, como pueblo, necesitaban una orientación familiar común. En primer lugar, son circuncidados. En segundo lugar, Egipto siempre sería en su historia como el lugar de esclavitud, del cual habían sido sacados en la misma noche de comer la Pascua. Pero, aunque liberados de Egipto y circuncidados, debe acontecer un trato con ellos con respecto a Egipto antes de que comieran la Pascua en la tierra. Por lo tanto, Jehová quitó o eliminó el oprobio o la vergüenza de Egipto. Jehová aseguró que hubiera una rotura completa con Egipto en el desierto. Jehová lo hizo; los hijos de Israel no fueron llamados a hacerlo. El hecho de que Jehová quitara el oprobio nos muestra que sólo Él podía hacerlo; sólo Él podía realizar esta rotura. Ahora se desvincularon de cualquier deseo por Egipto (una rotura distinta); Egipto no era según la santidad de Dios. Jamás tendrían otra conexión con Egipto. En el tercer lugar, se alistaron para comer la Pascua en las llanuras de Jericó.
Entonces, según Josué 5:11: “Al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra, los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas”. Ahora Josué 5:12 nos habla de otro cambio: “Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra; y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año”. Estas cosas les mostraron que terminaron con Egipto y con el camino del desierto, para jamás volver. No se encuentran solos para seguir en la tierra, sino en la compañía del Príncipe del ejército de Jehová.
Para el creyente en Cristo, todas estas cosas son nuestras a través de la muerte y resurrección de Cristo. Tienen su correspondencia con los tres enemigos del creyente en el día de hoy: la carne, el mundo y el diablo. “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fué crucificado con Él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, á fin de que no sirvamos más al pecado”. Eso es algo hecho por Dios mismo, para que “el oprobio de Egipto” nos fuera quitado. Pero como notamos antes, ellos tenían que volver una y otra vez a Gilgal; de igual manera, nosotros constantemente tenemos que juzgar a la carne que todavía brota en nosotros, pues la raíz se queda hasta que tengamos cuerpos glorificados. “Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:6-11).
Había entonces tres cosas que comían los israelitas; el maná en el desierto, el fruto de la tierra y el cordero asado, el cordero pascual. Dejaron de comer el maná, pero nosotros no dejamos de comer de Cristo humillado aquí en el mundo, del cual el maná era prototipo. El maná era la comida del desierto y les llegaba, no para hacerles flojos, sino porque no había sustento en el desierto. “El fruto de la tierra” era trigo (y otras cosas también), pero para comerlo, era necesario algo de trabajo; cosechar, moler y preparar con leuda para hacer su pan. Cristo humillado como en los evangelios, Cristo muerto y resucitado y Cristo glorificado como en las epístolas de Pablo son nuestra comida espiritual en el día de hoy. Es necesario algo de trabajo para tener esta comida; no llega a nuestras almas sin ejercicio, sin la lectura de la palabra, la meditación y la oración; todas estas forman una parte de este ejercicio espiritual. “Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Timoteo 4:8).
Se nota que como Jehová había aparecido a Moisés en la zarza, ahora aparece a Josué el Capitán o Príncipe del ejército. Es Cristo, indudablemente, aunque no encarnado, pero en una forma que Josué podía ver. “Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? El respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró”. Así Josué entendía que aunque él mismo era líder del pueblo, había otro mucho más potente que él que iba a liderar. Lo que le decía era igual que se había hablado con Moisés en aquel día con la zarza que se ardía. “El Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo”. Era la santidad de Jehová que clamaba para el juicio contra los amorreos y eso era el motivo principal de la destrucción de Jericó y las demás naciones corruptas de la tierra de Palestina. Jehová había proclamado a Abram en Génesis 15: “Porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí”, pero ahora en la era de Josué, sí había llegado a su colmo y Dios no iba a aguantar más. “No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado de delante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra; pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti” (Deuteronomio 9:4).

Josué 6:1-16: La conquista de Jericó

“Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía”. Sabemos que los muros de Jericó eran grandotes, lo suficiente como para que la casa de Rahab estuviera construida sobre el muro. Como Rahab había dicho a los espías, la nación de Jericó tenía mucho miedo de los israelitas. Se supone que los siguientes versículos 2 a 6 se dijeron a Josué por el Capitán o Príncipe del capítulo anterior. Eran instrucciones raras para la conquista de Jericó. “Jehová dijo a Josué: Mira, Yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días. Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuernos de carnero delante del arca; y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las bocinas. Y cuando toquen prolongadamente el cuerno de carnero, así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá; entonces subirá el pueblo, cada uno derecho hacia adelante”.
Acaso todo esto parecía raro a Josué. No eran preparaciones normales para un ejército de guerra, desde luego. Además, Josué ya había visto al Príncipe con una espada, capaz de eliminar la ciudad sin que los israelitas hicieran nada. Pero no, el mandato era que caminaren seis días, rodeando la ciudad cada día una vez con las bocinas de cuernos de carnero haciendo su sonido. Indudablemente los habitantes de Jericó los vieron con sorpresa y duda. Al no pasar nada después de seis días, acaso empezaron a pensar que nada iba a pasar. Pero sabemos que durante este tiempo hubo una señora, la ramera Rahab, que estaba llenando su casa con almas que creían su mensaje concerniente al juicio que iba a caer sobre la ciudad. Así vemos en esta escena tan rara que Dios mostraba Su paciencia y misericordia.
También vemos como Dios usaba Su pueblo, involucrándolos en Su trabajo. Conociendo la omnisciencia y omnipotencia de Dios, acaso digamos: “¿Para qué predicar el evangelio? Los que han de ser salvos sí lo van a ser; así que no me toca hacer nada”. O quizás: “¿Para qué orar? Dios sí o no me va a guardar según Su voluntad”. ¡Pero qué triste si sean así nuestros pensamientos! Me acuerdo muy bien como un hermano decía una y otra vez: “Dios escoge trabajar a través de nuestras oraciones”. Al hablar hoy con los jóvenes en la asamblea, notamos cómo Moisés oraba por su pueblo de Israel después que habían pecado tan gravemente con el becerro de oro. “Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame que se encienda Mi ira en ellos, y los consuma; y de ti Yo haré una nación grande”. (¡Qué tentación por Moisés! ¡Tener su propia familia exaltada así!). “Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá Tu furor contra Tu pueblo, que Tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de Tu ira, y arrepiéntete de este mal contra Tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel Tus siervos, a los cuales has jurado por Ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre” (Éxodo 32:9-13).
Ah, no, Moisés no iba a aceptar con fatalismo que la nación, los escogidos de Jehová, pereciera en su maldad. No; fielmente intercedió por el pueblo. Josué tampoco iba a levantar argumentos contra Jehová acerca de la forma de conquistar a Jericó, y el pueblo, sin argumento ni discusión, siguió a los sacerdotes, haciendo vueltas alrededor de la ciudad hasta el séptimo día cuando con un grito fuerte, se cayeron los muros de Jericó tal como Jehová había prometido.
Querido lector: acaso le parece que está haciendo algo semejante, rodeando la ciudad de Jericó, esperando hasta que el Señor le enseñe quién ha de ser su marido, o cuál será su oficio, estudio o trabajo. O quizás hay otro obstáculo en su vida. Pero a veces hay que caminar en la rutina del día sin saber qué cosa Dios va a hacer mañana. Además, confiemos, orando y compartiendo las buenas nuevas del evangelio mientras tanto que el Señor nos guie en Su senda, la senda de fe que siempre ha de ser la senda que conduce a la felicidad y tranquilidad.

Josué 7:1-26: Israel conquistado en Hai

“Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema; porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel”.
Se nota en este capítulo que Jehová había visto el pecado en un solo hombre, pero se culpa a toda la nación. “Los hijos de Israel cometieron una prevaricación”. Acaso el pecado estaba en el corazón de muchos, aunque salió en las acciones de uno solo. Veamos lo que dice acerca de Acán: “Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé ... ”. Dice Acán: “Vi ... codicié y tomé”. Son tres cosas que pasaron a Acán y trajeron miseria a todo Israel hasta la muerte de 36 hombres. Acaso no nos parece tan mal lo que hizo, pero tenía graves consecuencias. A mí me parece también que había muchos que no fueron juzgados como Acán que hicieron las dos primeras cosas; vieron y codiciaron.
Así vemos en el día de hoy que el pecado individual puede contaminar a la asamblea. Pensamos quizás cuando decidimos pecar que nuestro pecado no va a afectar nadie menos nosotros. Pero se ve que no es así. Siguiendo en nuestro capítulo, vemos que los hijos de Israel, incluso su líder Josué, se pusieron orgullosos de la victoria total sobre Jericó. No volvieron a Gilgal para “renovar el reino”, como hizo Samuel muchos años después y como la nación hacía algunas veces después de sus victorias. Si hubieron ido para confesar los pecados menos severos (ver y codiciar —el ver quizás fue inevitable; el codiciar surge de un corazón insatisfecho con lo que Dios da—), estoy seguro de que, si habían hecho el viaje a Gilgal, el pecado allí habría sido descubierto y juzgado, y los 36 hombres no habrían muerto. Esta vez nada más estaban bien contentos consigo mismos y hablaron palabras de grande autoconfianza.
“Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el; y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai. Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos”. ¿Desde cuándo el número o fuerza de los enemigos tenía algo que ver con su peligro o amenaza? La idea de que pocos hombres es poco riesgo surgió de la falta de entendimiento acerca de quién había tumbado las paredes de Jericó. El capitán o príncipe del ejército de Jehová que iba delante de ellos en su carácter de santidad había dado la victoria. Era pura autoconfianza que decía: “No suba todo el pueblo ... ”. Así aconteció con Pedro cuando dijo que nunca iba a negar al Señor Jesús: “Yo seré fiel hasta la muerte”, dijo en tantas palabras. La moderna nación de Israel sufrió una caída semejante en 1973. En 1967 habían ganado una victoria contra los árabes, contra Egipto, Siria, Jordán e Iraq. Su exceso de seguridad en sí mismo casi causó la eliminación de la nación el 6 de octubre de 1973, cuando ambos los sirios y los egipcios la atacaron y en 24 horas los sirios casi llegaron a cruzar el río Jordán para entrar en la tierra misma. A nosotros nos conviene recordar también que no se puede tener confianza en la carne. El juicio propio, del cual Gilgal nos hace recordar, es muy importante para una vida victoriosa sobre el pecado.
“Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai. Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua”. Ahora, después de ser derrotados, empiezan a reflexionar sobre cómo habían llegado a este punto. No somos mejores que ellos; ¡cuántas veces nos ha pasado algo semejante! Josué, quien antes aceptó el consejo de los espías para enviar pocos, y no consultó nada con Jehová, empieza a reflexionar sobre la gravedad de su situación. “Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas. Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!”. No suena muy bien esta oración. Se oye como si fuera una queja contra Jehová, aunque el acto de echarse sobre sus rostros y poner polvo en sus cabezas nos da la idea del arrepentimiento. Pero ¡qué tan pronto olvidaron las misericordias de Dios en la cruzada milagrosa del Jordán y en los muros de Jericó!
Josué termina su oración por fin pensando de la gloria de Jehová: “¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás Tú a Tu grande nombre?”. Era bueno que Josué pensara de la gloria del nombre de Jehová. Mejor hubiera sido empezar allí, como tantas veces había hecho Moisés. Pero vemos hasta en el líder un fracaso, y así nos damos cuenta de nuestra debilidad y flaqueza espiritual. Pero a la vez vemos que, a pesar de la disciplina, Jehová en Su misericordia iba a ensenarles su error y la forma de corregirse.

Josué 7:16-26 y Josué 8:1-29: El juicio de Acán y la conquista final de Hai

En la meditación anterior, notamos como el pecado de Acán afectó a todos los demás de Israel, hasta causar la muerte de 36 hombres que cayeron bajo la espada de los hombres de Hai. Junto con el pecado de Acán, hubo también un exceso de seguridad en sí mismo; ni siquiera Josué consultó a Jehová para ver cómo enfrentar la pequeña ciudad de Hai. Así, su caída delante de sus enemigos no nos debe sorprender; al contrario, nos sirve como advertencia. Este mundo nos ensucia, y tenemos que regresar al trono de la gracia diariamente para buscar y hallar gracia. “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión ... Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:14-16).
¿Aprovechó Acán su manto babilónico muy bueno? ¿Podía vestirse con ello? ¿Podía hacer compras con el oro y plata que robó? ¿Qué hizo con estas cosas? “He aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello”. ¡En medio de su tienda! ¿Qué pensaban los niños o la esposa al ver lo que hacía el papá, el marido? Papá, ¿Qué estás haciendo, excavando un hoyo en medio de la tienda a esta hora de la noche? ¿Acaso contestó que estaba tratando de cubrir un pecado grave, o más bien ofreció algunas excusas mientras les dijo que guardaren silencio para no decírselo a sus amigos? No sabemos, pero tristemente involucró a su familia en su pecado, y ellos tuvieron que perecer en el juicio con él. Así, el pecado de Acán causó la muerte no solo de 36 hombres de Israel, sino también de toda su familia e incluso de sus animales. “Y le dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos”.
La muerte de apedrear involucraba a cada uno, que tenía que levantar una piedra y tirarla. No vivimos bajo la ley cuya letra era tan fuerte como en el caso de Acán, donde la disciplina significaba la muerte. En el día de la gracia, su lección es una lección espiritual, aunque tiene su aplicación práctica también, por supuesto nunca para la muerte pero sí a veces algo que parece ser fuerte. Su lección espiritual es cuestión del ejercicio de cada uno en cuanto al pecado cometido. En la asamblea, muchas veces nos da pena ejecutar la disciplina, pues sentimos en cada corazón el mismo pecado que allí tiene sus raíces. Igualmente, cuando disciplinamos a nuestros hijos, sentimos el mal en nuestros propios corazones. Es bien desagradable esta cosa, pero a la vez nos damos cuenta de su necesidad. “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). Y también Hebreos 12 nos enseña: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él; Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?”.
Estos versículos hablan de la disciplina en la familia y también de la disciplina individual que Dios el Padre usa con cada uno de nosotros que somos Sus hijos. La aplicación en la asamblea puede tener varios niveles. “Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros” (1 Corintios 15:14). Este nivel quizás es la disciplina más ligera, que toma la forma de amonestación. En 2 Tesalonicenses 3 leemos de un ejemplo de un hermano que no quiere trabajar y cómo se debe tratar a tal persona. “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros”. La forma de disciplina más severa se nota en 1 Corintios 5: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?”. La lamentación mencionada nos hace pensar de la necesidad del arrepentimiento de parte de la asamblea, como hubo con Israel, pues dijo Jehová a Josué: “ ... Israel ha pecado”, aunque el pecado en sí había sido cometido por Acán.
No es necesario que repasemos detalladamente cómo Israel, después de purgarse del pecado de Acán, pudo conquistar a los de Hai. Pero quizás es suficiente decir que Jehová esta vez explicó exactamente cómo debían de proceder y cómo habían de irse: “Jehová dijo a Josué: No temas ni desmayes; toma contigo toda la gente de guerra ... ”. No iba a haber esta vez el orgullo de ir nada más unos cuantos, ni tampoco el proceder según sus propios pensamientos. No era para nada como habían ganado la victoria sobre Jericó. Así nosotros necesitamos cada día la instrucción divina. No es suficiente decir que las batallas de hoy son muy semejantes a las de ayer y así ya sabemos qué hacer. El trono de la gracia es siempre disponible y siempre necesario, como también la lectura de la Palabra de Dios. Hoy estuvimos leyendo en los profetas menores (Sofonías 1), un capítulo que he leído muchas veces antes, pero no recordaba este versículo que leímos hoy: “Y a los que se apartan de en pos de Jehová, y a los que no buscaron a Jehová, ni le consultaron ... castigaré a los hombres que reposan tranquilos como el vino asentado, los cuales dicen en su corazón: Jehová ni hará bien ni hará mal”. Así es el hombre orgulloso en el día de hoy, pues no cree que Dios se preocupe en lo más mínimo por este mundo. Nosotros, por Su gracia, sabemos mejor. “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?” (Romanos 8:31-32).

Josué 9:1-27: La astucia de los gabaonitas

“Cuando oyeron estas cosas todos los reyes que estaban a este lado del Jordán ... se concertaron para pelear contra Josué e Israel. Mas los moradores de Gabaón, cuando oyeron lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai, usaron de astucia ... ”.
Creo que vemos en estos primeros versículos de nuestro capítulo cómo el enemigo de nuestras almas tiene una variedad de herramientas para hacernos daño, así como Israel enfrentó varios tipos de obstáculos para logar su descanso en la tierra prometida. Algunos reyes, a pesar de haber peleado entre sí constantemente antes, “se concertaron para pelear contra Josué e Israel”. Y ¿no es así con el mundo de hoy en día en cuanto al nombre de Jesús? Aunque las personas del mundo están siempre en batallas políticas de ideologías diferentes, sea derechista, izquierdista u otra cosa, en el aborrecer del nombre de Cristo Jesús están unidos. Es muy importante para el cristiano recordar que somos ciudadanos de otro mundo, para no juntarnos con ningún lado político en este mundo. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya, por el poder con el cual puede también sujetar a Sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21).
Pero los moradores de Gabaón, no siendo fuertes en lo militar, decidieron usar otra táctica para evitar la destrucción que sufrió Jericó y Hai. Escuchamos sus palabras que Jehová conocía e Israel hubiera conocido si hubiera consultado a Dios: “Y ellos respondieron a Josué y dijeron: Como fue dado a entender a tus siervos que Jehová tu Dios había mandado a Moisés Su siervo que os había de dar toda la tierra, y que había de destruir a todos los moradores de la tierra delante de vosotros, por esto temimos en gran manera por nuestras vidas a causa de vosotros, e hicimos esto”. Había temor, pero no había fe. ¿Se acuerda de Rahab, que también temía, pero en su corazón había también el reconocimiento de que Jehová era el único Dios verdadero? Ella quiso conocer a Jehová Dios de Israel como su Dios, y a tal persona Dios no iba a destruir, sino bendecir. Pero con los gabaonitas había temor sin fe, y los israelitas no detectaron su astucia.
Tomaron bastantes precauciones para no ser detectados. “Pues fueron y se fingieron embajadores, y tomaron sacos viejos sobre sus asnos, y cueros viejos de vino, rotos y remendados, y zapatos viejos y recosidos en sus pies, con vestidos viejos sobre sí; y todo el pan que traían para el camino era seco y mohoso”. Acaso decimos ¿Quién no será engañado con tal astucia? Y en verdad los israelitas sospecharon algo; “Y vinieron a Josué al campamento en Gilgal, le dijeron a él y a los de Israel: Nosotros venimos de tierra muy lejana; haced, pues, ahora alianza con nosotros. Y los de Israel respondieron a los heveos: Quizás habitáis en medio de nosotros. ¿Cómo, pues, podremos hacer alianza con vosotros? Ellos respondieron a Josué: Nosotros somos tus siervos ... Tus siervos han venido de tierra muy lejana, por causa del nombre de Jehová tu Dios; porque hemos oído su fama ... ”. Creo que, junto con la astucia, también había adulación “del nombre de Jehová tu Dios”.
Así vemos estas clases de tentaciones, las cuales tropezaron a Israel y les hicieron formar la alianza de la cual no era posible escapar después. Fueron tanto engañados como adulados, dos cosas que Satanás al día de hoy sigue usando para tentarnos a hacer alianza con este mundo. Su fin se nos explica en 1 Juan 2:15-17: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.
La clave a su caída en la decepción está en el verso 14: “Y los hombres de Israel tomaron de las provisiones de ellos, y no consultaron a Jehová”. Jehová no fue engañado por las astucias de los gabaonitas. Él sabía exactamente qué estaban haciendo. Pero no había en Israel ni en Josué la fe para desconfiar de su propio entendimiento, y así “tomaron de las provisiones de ellos”. No imagino que eso quiere decir que comían de su pan seco y mohoso, pero fueron impresionados con lo que supuestamente representaba: un viaje muy largo. Proverbios 3 nos aconseja sobre cómo evitar las astucias del mundo. “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal”.
Podría poner ejemplos de la astucia del mundo, pero creo que vale más decir que la clave está siempre en los consejos de Proverbios 3, de reconocer a Dios en todos nuestros caminos para no ser conquistados ni por el odio del mundo ni por su astucia y adulación. Después, los israelitas se irritaron por tener que aguantar a estos gabaonitas, pero Josué dijo: “Nosotros les hemos jurado por Jehová Dios de Israel; por tanto, ahora no les podemos tocar”. Tenían que sufrir las consecuencias de su juramento, y muchas veces las consecuencias de nuestros errores no podemos escapar. Por ejemplo, un yugo desigual de matrimonio no tiene por su escape el divorcio. Me acuerdo de un hermano que dijo: “El yugo desigual es como cuando una persona lleva sobre su espalda un cuerpo muerto”. Un hermano (que ya había casado con una inconversa) después me dijo: “El cuerpo muerto me está muy pesado”. Que Dios nos guarde de los engaños del diablo y del mundo.

Josué 10:1-43: Los cinco reyes

“Cuando Adonisedec rey de Jerusalén oyó que Josué había tomado a Hai, y que la había asolado (como había hecho a Jericó y a su rey, así hizo a Hai y a su rey), y que los moradores de Gabaón habían hecho paz con los israelitas, y que estaban entre ellos, tuvo gran temor ... ”.
El temor que Rahab tenía la llevó a la fe, libertad e integración en la nación de Israel. El temor en los gabaonitas los llevó a sujetarse a Israel, aunque fue por engaño. El temor del rey de Jerusalén lo llevó a hacer un pacto con los otros cuatro reyes para atacar a los gabaonitas, sin duda con el fin de eliminarlos a ellos primero y después atacar a Israel.
Creo que vemos una cosa semejante pasando hoy en día en el mundo. Hemos visto ganar la presidencia en los Estados Unidos un señor con una larga historia de una vida corrupta, ya con su tercera esposa. Ahora ha hecho una profesión de fe en Jesucristo, cosa que yo encuentro difícil de creer porque es un hombre con muy poca humildad, por lo que se ve en las noticias. (Me parece que él es semejante a los gabaonitas; hizo pacto con los cristianos con el fin de adelantar su propia agenda). En su hablar público y en sus hechos ha condenado a ciertas clases de corrupción moral y a través de esto, ha sido atacado bien fuerte por otros mundanos que no quieren que se frenara nada la maldad moral que está subiendo en todo el mundo. (Me refiero a la elevación a ser una clase privilegiada los homosexuales y los trans). Hay cristianos que han tratado evitar participar en la maldad (como en las bodas de los homosexuales) como nos enseña Efesios 5: “Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos”. Algunos negociantes cristianos han perdido sus negocios a través de esto. La dificultad para el creyente es saber cómo guardar su lengua tal para ser testimonio de Cristo y Sus derechos y defender a la palabra de Dios como la autoridad principal. Me parece que a nosotros no nos conviene defender a los gabaonitas sino caminar en comunión con el Señor Jesús, recordando bien lo que nos enseña Filipenses 3:20: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”.
Josué y Israel fueron involucrados en esta batalla y en los propósitos de Dios, era para juzgar la maldad de estas naciones que estaban metidas en las mismas cosas que hoy en día son elogiadas como cosas buenas; toda clase de pecado sexual mezclado con una idolatría perversa, en un intento de borrar todo lo que el matrimonio enseña, el amor de Cristo para Su esposa la iglesia. Pero no equivoquemos; la ira de Dios está por el momento suspendida en el día de la gracia, pero no será para siempre. “¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de Su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que Su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:3-6).
Vemos en la batalla con estos reyes que Jehová se mostró en Su poder a favor de Josué. “Y Jehová los llenó de consternación delante de Israel, y los hirió con gran mortandad en Gabaón”. También vemos como Jehová cambió el clima, y aun el día establecido desde el principio, para ser más largo. “Y mientras iban huyendo de los israelitas, a la bajada de Bet-horón, Jehová arrojó desde el cielo grandes piedras sobre ellos hasta Azeca, y murieron; y fueron más los que murieron por las piedras del granizo, que los que los hijos de Israel mataron a espada”. Josué, viendo como Jehová peleaba así a favor de Israel, tuvo el atrevimiento de pedir un día más largo para terminar con su guerra. “Y el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero. Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre; porque Jehová peleaba por Israel”. Hay los que temen el calentamiento global y creen que el hombre con sus fuerzas políticas va a salvar la Tierra, pero nosotros sabemos mejor. Como Dios obró en la creación por Josué, creando el granizo y alargando el día, así sabemos que va a arreglar la Tierra. El mundo sí ha sido arruinado por el hombre, pero el hombre es incapaz de reparar el daño. Es demasiado tarde; el mundo solo se salvará cuando Cristo se manifieste para juzgar su maldad y corregir los daños, preparando el mundo para Su reino milenario.
Nosotros los cristianos nos sentimos aislados y atacados por la maldad de este mundo. Que estemos seguros de que nuestro refugio esté en el poder y en la gracia de Dios, “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de Su amado Hijo, en quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados” (Colosenses 1:13-14). “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?  ... ” (Romanos 8:31-39).

Josué 11:1-23: Las batallas del norte

[Efesios 6:10-20]
Hemos visto como Josué, mandado por Jehová, hizo una destrucción total de los cinco reyes del sur de Israel, incluso los reyes de Jerusalén y Hebrón, lugares que más tarde iban a ser importantes en la historia de Israel. Ahora en nuestro capítulo vemos a Josué e Israel combatiendo con los reyes del norte de Israel. Y son unos enemigos muy potentes; “Estos salieron, y con ellos todos sus ejércitos, mucha gente, como la arena que está a la orilla del mar en multitud, con muchísimos caballos y carros de guerra. Todos estos reyes se unieron, y vinieron y acamparon unidos junto a las aguas de Merom, para pelear contra Israel”. Israel no tenía “muchos caballos” y ni siquiera un “carro de guerra”. ¿Cómo iban a pelear con estos enemigos tan fuertes, siendo ellos nada más unos simples soldados? “Mas Jehová dijo a Josué: No tengas temor de ellos, porque mañana a esta hora Yo entregaré a todos ellos muertos delante de Israel ... ”.
Hay algo aquí que se nota acerca de estos caballos de guerra. “Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria”. Así dice Salmo 20:7, y nos hace recordar que lo que se ve en cuanto a la fuerza humana no cuenta en las batallas con el enemigo nuestro, Satanás. Los caballos a menudo hablan de la fuerza humana, y Jehová no quiso que Josué usara los caballos, pues fuera necesario que se confiara en Jehová, y no en sus armas. “Desjarretarás sus caballos, y sus carros quemarás a fuego”, dijo Jehová, y aunque nos parece cruel hacer cojos a los caballos inocentes, tiene su lección espiritual, pues siempre en el ser humano, aun en el pueblo de Dios, hay la tendencia de no caminar por fe sino por vista. El caballo hasta la segunda guerra mundial era un animal de mucho servicio militar, e Israel, como vemos después en Salomón, tenía la tendencia de confiar en “el brazo de carne” en vez de en Jehová su Dios. “Con él es el brazo de carne, mas con nosotros Jehová nuestro Dios para ayudarnos, y pelear nuestras batallas”, dijo Ezechîas, rey de Judá en otro día, cuando no podía confiar en caballos ni carros de guerra, pues no los tenía. Lo que Moisés dijo en Deuteronomio 17 acerca del rey que iban a tener después de heredar la tierra era: “Pero él no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca por este camino”. Pero ¿Qué hizo Salomón? “Y juntó Salomón carros y gente de a caballo; y tenía mil cuatrocientos carros, y doce mil jinetes ... Y traían de Egipto caballos y lienzos a Salomón; porque la compañía de los mercaderes del rey compraba caballos y lienzos. Y venía y salía de Egipto, el carro por seiscientas piezas de plata, y el caballo por ciento cincuenta”. Conocemos la triste historia de Salomón, el rey con tantas bendiciones, apartando de Jehová y adorando a ídolos. Su desobediencia a la palabra de Dios revelada por Moisés era lo que le condujo en parte a su caída.
Como cristianos en el día de la gracia, nuestras batallas no son del carácter de las batallas de Josué e Israel, pero podemos ver como la obediencia a la voz de Jehová garantizó a Josué la victoria completa sobre sus enemigos, aunque eran enemigos con mucho equipo mejor que Josué tenía. ¿Cuál es nuestra batalla y cuáles son sus armas? Esto nos enseña Efesios 6. “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de Su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. Estos huestes espirituales no vemos, y están en lugares celestiales; eso no quiere decir que están en el tercer cielo donde mora Dios, pero que están en el aire y tienen a veces entrada a la presencia de Dios como vemos en 1 Reyes 22:19: “Entonces él dijo: Oye, pues, palabra de Jehová: Yo vi a Jehová sentado en Su trono, y todo el ejército de los cielos estaba junto a Él, a Su derecha y a Su izquierda. Y Jehová dijo: ¿Quién inducirá a Acab, para que suba y caiga en Ramot de Galaad? Y uno decía de una manera, y otro decía de otra. Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. Y Jehová le dijo: ¿De qué manera? Él dijo: Yo saldré, y seré espíritu de mentira en boca de todos sus profetas. Y Él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; vé, pues, y hazlo así”. En esta ocasión, los espíritus demonios eran siervos voluntarios para hacer caer al rey demasiado malo Acab. Pero son los mismos que tratan de tropezarnos a nosotros los cristianos; lo bueno es que Dios es por nosotros y el Señor Jesucristo hace intercesión por nosotros para guardarnos de caer.
Las armas vemos detalladamente en Efesios 6: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”.

Josué 11:21-23: Los gigantes, hijos de Anac

“Y ellos subieron, y reconocieron la tierra desde el desierto de Zin hasta Rehob, entrando en Hamat. Y subieron al Neguev y vinieron hasta Hebrón; y allí estaban Ahimán, Sesai y Talmai, hijos de Anac. Hebrón fue edificada siete años antes de Zoán en Egipto”. Aquí en Números 13:21-22, somos introducidos a los hijos de Anac, a través de las primeras espías enviadas por Moisés. Vivían en la ciudad que llegó a ser llamada Hebrón, que quiere decir “comunión”. Abraham habitó anteriormente en este lugar y andaba en comunión con Jehová. Satanás siempre pone obstáculos para que el ser humano tenga comunión con su Dios, y así vemos la manera en que las espías veían a los hijos de Anac como un obstáculo insuperable. “Y les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac”.
Según estas espías, diez de las cuales carecían totalmente de la fe en Jehová su protector, los hijos de aquel gigante, aunque solo eran tres, eran capaces de conquistar los ejércitos del Dios viviente y todopoderoso. “Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos”.
Con estas palabras de incredulidad, causaron a los hijos de Israel rebelar contra Moisés, Josué y Caleb, y produjo resultados demasiado tristes. En aquel tiempo, Josué con Caleb intentaron persuadir al pueblo que Jehová era más potente. “Y Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone, que eran de los que habían reconocido la tierra, rompieron sus vestidos, y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra en gran manera buena. Si Jehová se agradare de nosotros, Él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel. Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis. Entonces toda la multitud habló de apedrearlos”.
“Nosotros los comeremos como pan”, dijo Josué en aquel entonces. En nuestro capítulo leemos: “También en aquel tiempo vino Josué y destruyó a los anaceos de los montes de Hebrón, de Debir, de Anab, de todos los montes de Judá y de todos los montes de Israel; Josué los destruyó a ellos y a sus ciudades. Ninguno de los anaceos quedó en la tierra de los hijos de Israel; solamente quedaron en Gaza, en Gat y en Asdod”. Eran “pan” para Josué, quien confiaba en Jehová. Muchos años después, un joven llamado David salió en fe contra otro hijo de Anac que quedó en Gaza, el filisteo Goliat, cuando todo Israel y su rey Saúl temblaron con miedo. La victoria era suya y conocemos el resto de la historia.
Hay gigantes, o grandes obstáculos en este mundo, para que nosotros, cristianos en el día de la gracia, no caminemos en Hebrón, es decir, en comunión con nuestro Dios. Pueden ser relaciones familiares, pueden ser la carne personal y algunos malos hábitos o pueden ser los trajines de la vida. ¡Que el Señor Jesús nos conceda la victoria por fe como la que Josué ganó sobre los hijos de Anac!

Josué 12:1-24: Rememoración de los triunfos de Israel

“Estos son los reyes de la tierra que los hijos de Israel derrotaron y cuya tierra poseyeron al otro lado del Jordán hacia donde nace el sol, desde el arroyo de Arnón hasta el monte Hermón, y todo el Arabá al oriente: Sehón rey de los amorreos ... ”.
El capítulo 12 de Josué resume los reyes que fueron derrotados, primero por Moisés al lado este del Jordán (Sehón y Og), y después, los que fueron derrotados por Josué al lado oeste del Jordán. Es interesante ver que durante los tiempos de Abraham y su peregrinación por la tierra de Palestina, la tierra estaba casi despoblada. No se lee en Génesis acerca de ciudades con muros ni de muchos enemigos, salvo las ciudades de Sodoma y Gomorra, donde el pobre Lot encontró sus desgracias y humillaciones entre los hombres viles de aquellas ciudades. Había otros peregrinos que Isaac y Jacob encontraron, pero eran pueblos pequeños, si nos acordamos como Simeón y Leví mataron a todos los hombres de la ciudad de Siquem.
Pero después que Jacob y sus hijos fueron a Egipto a morar con José, vinieron muchos pueblos más a morar en Palestina, y como leemos en nuestro capítulo, sus reyes eran 31. Sin duda, a Josué, tantos enemigos hubiera parecido una tarea bastante difícil, pero por eso el libro de Josué empieza con las palabras: “Esfuérzate y sé valiente” (Josué 1:6), palabras que vuelven a repetirse en el capítulo 10:25: “sed fuertes y valientes”; y otra vez más cuando Josué ya era viejo: “Esforzaos, pues, mucho” (Josué 23:6).
Todo eso me hace pensar en cómo las cosas en este mundo han empeorado desde que yo era niño. Mi mamá era (y es) una mujer nerviosa por su carácter. Pero, a pesar de eso, yo fui a mi escuela primaria (que quedaba bastante cerca de mi casa) caminando y en bicicleta, y a la escuela intermedia siempre en bicicleta, aunque quedaba más lejana, como a 3 kilómetros. No recuerdo que mi mamá se preocupara por mi seguridad ni que se molestara por la posibilidad de que yo fuera secuestrado. Pero ya cuando nuestros hijos eran de la edad para ir a la escuela, empezamos a escuchar de secuestres y ataques a los niños y jóvenes, y teníamos más cuidado. Ahora, veo que pocos niños van caminando a la escuela; la gran mayoría llegan en autos o en el autobús; sus padres tienen miedo de los asaltos y los secuestros, especialmente para las niñas. Igualmente, las drogas casi no existían en las escuelas cuando yo era niño. Ahora que se ha prohibido leer la Biblia y casi hasta mencionarla, las drogas abundan, los ataques sexuales son comunes, y la maldad está subiendo cada vez más. Podemos decir que hay 31 Reyes malos que nos amenazan a todos, a nosotros y a los nuestros.
Pero el Dios de Josué es también nuestro Dios. Josué había empezado su vida como esclavo en Egipto, hasta tener unos cuarenta años. No disfrutaba una vida de lujo como Moisés había tenido en sus primeros cuarenta años. Cómo fue que llegó a ser el ayudante de Moisés desde el principio de la salida de Egipto no sabemos, ni cómo llegó a ser un líder militar como en la batalla contra Amalek en Éxodo 17, pero así fue tanto su fe y sabiduría que Moisés lo escogió sobre todos los demás. Había visto la desobediencia y rebelión de Israel todos los años de peregrinación en el desierto y había tenido que aguantarlo todo, cuando él mismo era valiente y listo, igual como su compañero Caleb, para entrar y heredar la tierra de una vez. Quizás con su conocimiento de situaciones militares, se daba cuenta de los enemigos aumentándose en la tierra mientras ellos vagaban por el desierto. Pero nunca perdió su valentía para enfrentar las dificultades, y en nuestro capítulo vemos su éxito. Tiene su premio por sus muchos años de paciencia con la nación desobediente; ha podido ver los enemigos, que los demás espías (menos Caleb) temían, conquistados por el poder de Jehová su Dios, y en este capítulo está reconociendo el poder de Dios a su favor.
Se lee en Salmo 46:7: “Jehová de los ejércitos es con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob. (Selah)”. Nos anima este versículo, sabiendo que muchas veces somos hombres de poca fe, como era Jacob. Pero Jacob nunca tuvo tantos enemigos como Josué. Podemos decir que nuestro refugio también es el Dios de Josué. “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?” (Romanos 8:31-32).

Josué 13:1-33: La tierra de posesión

Hay bastante en este capítulo que parece no tener gran interés para nosotros, ya que son muchos nombres y lugares que desconocemos. Pero aquí está en la Biblia para nuestra instrucción, y así lo vamos a leer y veremos que podemos sacar la aplicación a nuestras vidas cristianas.
Primero, escuchamos lo que dijo Jehová a Su siervo Josué: “Siendo Josué ya viejo, entrado en años, Jehová le dijo: Tú eres ya viejo, de edad avanzada, y queda aún mucha tierra por poseer”. Es bueno ver que Josué no se quejó diciendo que todavía era fuerte y podía continuar. Sabemos que Josué vivió un buen rato después, pues vemos Josué en el capítulo 23:1 (que parece ser muchos años después de lo que leemos en nuestro capítulo) aparecer después de una larga ausencia del servicio público. “Aconteció, muchos días después que Jehová diera reposo a Israel de todos sus enemigos alrededor, que Josué, siendo ya viejo y avanzado en años, llamó a todo Israel, a sus ancianos, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales, y les dijo: Yo ya soy viejo y avanzado en años ... ”. Creo que hay una lección aquí para nosotros que ya somos mayores (aunque confieso que me duele darme cuenta de que falta poco para que cumpla sesenta años), de que llega el tiempo en que comenzamos a reducir nuestra participación en las actividades propias de los jóvenes.
Tenemos el ejemplo del rey Ezequías, que no quiso aceptar el dicho de Jehová que su tiempo había acabado. “En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. Entonces él volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová y dijo: Te ruego, oh Jehová ... Y lloró Ezequías con gran lloro” (2 Reyes 20:1-3). Aunque mis estudios pertenecen y se escriben mayormente a los jóvenes, vale la pena mencionarlo para la bendición de todos, y para animar a los jóvenes a que tomen su lugar en su asamblea de ayudar en el ministerio, en la predicación del evangelio y en los servicios que hay que hacer dentro de la asamblea. El rey Ezequías no quiso aceptar que su tiempo había llegado, y lloraba para tener más tiempo. Y aunque Jehová le otorgó su petición, no era para la bendición del pueblo de Dios ni para la bendición de su familia.
A veces existe el problema de que los mayores no quieren soltar su control y su liderazgo, a pesar de su edad y del decaimiento de sus fuerzas físicas y mentales. En otras situaciones, los jóvenes no se presentan con una preparación propia de tomar su lugar; en cambio, se han dejado todo a los mayores y no se han ejercitado para tomar su lugar como los responsables en la asamblea. Conozco ejemplos de ambas situaciones pasando en las asambleas en varios lugares; en el primer caso, los jóvenes se sienten intimidados porque los mayores no toman en cuenta que alguien tendrá que ser preparado para el futuro, si el Señor no viene. En el otro caso, los mayores prefieren que los jóvenes tomen su lugar, pero estos no se han preparado para la obra de Dios; en cambio, se han metido con diligencia solo en las cosas del mundo y en su trabajo y oficio, su familia y su prosperidad económica, sin prestar atención a su prosperidad espiritual. Esta es la causa de mucha flaqueza en el pueblo de Dios. Prestemos atención entonces a Josué, que aceptó la amonestación de Jehová de que su tiempo de servicio había acabado y que otros iban a seguir con el gran trabajo que quedaba; eso es, la batalla contra los enemigos que todavía quedaron presentes. “Queda aún mucha tierra por poseer”. Jehová iba a proveer por las necesidades del pueblo de Dios.
“Esta es la tierra que queda: todos los territorios de los filisteos ... ”. Vemos por fin que los filisteos fueron un problema para la nación a partir de ese momento y en adelante, pues no había energía ni ánimo con los israelitas para botarlos de la tierra. Se acomodaron con estas naciones, pero siempre les eran estorbo hasta en los tiempos del rey David, que por fin los venció. Creo que tenemos aquí algo de enseñanza acerca de las cosas de este mundo que acomodamos en nuestras vidas, por la falta de energía para conquistarlas. Puede parecer como algo inocente. Vamos a imaginar que no empiezo mi trabajo hasta tarde en el día y me gusta dormir en la mañana. Puedo levantarme temprano para tener tiempo para leer la palabra de Dios, meditar y pasar tiempo en oración. Ahhhhh, pero ¡cómo me gusta dormir! ¿Hay algo de malo en el sueño? Quizás no, pero puede ser un filisteo que me va a robar, poco a poco. Leemos de otro tribu que no eliminaron: “De este modo empobrecía Israel en gran manera por causa de Madián” (Jueces 6:6). El verso sigue con: “Y los hijos de Israel clamaron a Jehová”.
Hay otras cosas interesantes en el capítulo acerca de cómo fueron divididas las tierras entre las tribus de Israel, y quizás en la próxima meditación haremos comentario sobre este versículo: “Pero a la tribu de Leví no dio heredad; los sacrificios de Jehová Dios de Israel son su heredad, como Él les había dicho”.

Josué 14:1-15: Josué, Caleb y Hebrón

“Y los hijos de Judá vinieron a Josué en Gilgal; y Caleb, hijo de Jefone cenezeo, le dijo: Tú sabes lo que Jehová dijo a Moisés, varón de Dios, en Cades-barnea, tocante a mí y a ti. Yo era de edad de cuarenta años cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón ... ”.
Tengo que pensar que los pensamientos de Josué volvieron a recordar aquel tiempo hace tantos años cuando él y Caleb se encontraron con tanta incredulidad en su contra. Sus hermanos, los otros espías, habían dicho: “Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac” (Números 13:22-33). Pero Caleb, al hablar a Josué 45 años después, dice con toda la confianza de una fe que no había disminuido: “Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar. Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas”.
El monte era el lugar llamado Hebrón. La palabra “Hebrón” quiere decir “comunión”. Era una ciudad muy vieja con una larga historia que tiene mucho que ver con Abraham y sus descendientes. “Y subieron al Neguev y vinieron hasta Hebrón; y allí estaban Ahimán, Sesai y Talmai, hijos de Anac. Hebrón fue edificada siete años antes de Zoán en Egipto” (Números 13:22). Era el lugar donde Abraham edificó un altar después de apartarse de Lot. “Abram, pues, removiendo su tienda, vino y moró en el encinar de Mamre, que está en Hebrón, y edificó allí altar a Jehová” (Génesis 13:18). Era el lugar de la muerte y sepultura de Sara. “Y murió Sara en Quiriat-arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán; y vino Abraham a hacer duelo por Sara, y a llorarla” (Génesis 23:2). Era el lugar donde había salido José a buscar sus hermanos. “E Israel le dijo: Ve ahora, mira cómo están tus hermanos y cómo están las ovejas, y tráeme la respuesta. Y lo envió del valle de Hebrón, y llegó a Siquem” (Génesis 37:14). Y ahora, en los días de Josué y Caleb, era la residencia de los temidos anaceos.
Vemos tan claramente en estas ilustraciones cómo podemos entender y participar de la comunión con Dios y con Su Hijo Jesucristo. Entendemos por el ejemplo de Abraham que Hebrón es el lugar de adoración, relacionado con la separación del amor al mundo, el mundo que Lot amaba y que le costó su comunión con Dios. La muerte y sepultura de Sara nos hace pensar de algo similar, de que este mundo es un lugar de muerte que nos quiere separar eternamente de la comunión con el Padre y el Hijo. Del lugar santísimo de comunión con Su Padre en la eternidad pasada, salió el Hijo, el Señor Jesucristo, como José salió para ir a ver a sus hermanos. Es este lugar que recibió Caleb, el hombre que cumplió siguiendo a Jehová. “Mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios”.
En cierto sentido podemos decir que Caleb, desde ese momento de 45 años antes, nunca había olvidado de aquel lugar de Hebrón donde el notó, no los enemigos que allí estaban, sino las uvas abundantes que había en aquel lugar. Así Caleb tenía su espíritu renovado día tras día por todo el tiempo en el desierto con la memoria de aquel lugar y la promesa de Dios que iba a darle aquel mismo lugar. Muchos obstáculos, sí había. Pero valió la pena seguir a Jehová hasta tener el objeto. ¡Qué ánimo por nosotros pensar de aquel lugar de comunión que es accesible a nosotros también, si queremos compartir con nuestro Dios todos Sus pensamientos según Su Hijo! ¿Hay obstáculos? Claro que sí, pues todo en el mundo está en contra. “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17). No es aquí la salvación del alma de que se trata, sino de la comunión en la vida diaria que se nos describe 1 Juan 1:3-4: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido”. Podemos decir, dentro de la capacidad que había en el antiguo testamento, que Caleb disfrutaba de “gozo completo”.
Indudablemente el corazón de Josué se llenó de gozo, viendo a su viejo compañero todavía fuerte para recibir y disfrutar de la herencia tanto tiempo esperada. “Josué entonces le bendijo, y dio a Caleb hijo de Jefone a Hebrón por heredad. Por tanto, Hebrón vino a ser heredad de Caleb hijo de Jefone cenezeo, hasta hoy, por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel”.

Josué 15:1-63: Josué, Caleb y Otoniel

En la meditación anterior, vimos la fe de Caleb, un hombre aun fuerte a pesar de sus 85 años de edad. Y no solo era fuerte físicamente sino también fuerte en su fe, pues quería obtener la ciudad de Hebrón, ciudad que hace más de cuarenta años había visto como un lugar deseable. Ahora en nuestro capítulo 15 vemos algo más sobre las detalles de cómo Caleb ganó su herencia. “Mas a Caleb, hijo de Jefone, dio su parte entre los hijos de Judá, conforme al mandamiento de Jehová a Josué; la ciudad de Quiriat-arba padre de Anac, que es Hebrón. Y Caleb echó de allí a los tres hijos de Anac, a Sesai, Ahimán y Talmai, hijos de Anac. De aquí subió contra los que moraban en Debir; y el nombre de Debir era antes Quiriat-sefer. Y dijo Caleb: Al que atacare a Quiriat-sefer, y la tomare, yo le daré mi hija Acsa por mujer”.
Acaso nos ocurre en la cultura de hoy en día que esto era una injusticia para Acsa, la hija de Caleb, así ser hecho un premio por la conquista de una ciudad. Pero vale la pena considerar que era común en aquel día hacer al novio de apariencia probar por alguna forma su carácter y su sinceridad. Así vemos con Jacob, que ofreció servir a Labán siete años para ganar a Raquel. Pienso yo que este sacrificio de Jacob era para probar a su novia futura la fuerza de su amor y su voluntad para sacrificarse. Esto también hizo el rey Saúl, ofreciendo una prueba a David para ganar a su hija Mical (por supuesto era un pretexto para hacerle caer en manos de los filisteos). Así pienso yo que anteriormente el sobrino de Caleb, Otoniel, había mostrado su interés en Acsa y Caleb estaba poniéndole un prueba con su propuesto: “Al que atacare a Quiriat-sefer, y la tomare, yo le daré mi hija Acsa por mujer”. Otoniel tomó la decisión que la mujer valía la pena del riesgo de su vida y salió con atrevimiento. “Y la tomó Otoniel, hijo de Cenaz hermano de Caleb; y él le dio su hija Acsa por mujer”. Vemos después que Otoniel no solo era hombre valiente, pero hombre serio y responsable, pues en Jueces 3 vemos cómo llegó a ser después líder, libertador y juez de Israel.
Y la hija de Caleb, Acsa, era una mujer de fe también. No dudo que los éxitos posteriores de Otoniel tenían mucho que ver con su selección de esposa. La historia es simple, pero instructiva. “Y aconteció que cuando la llevaba, él la persuadió que pidiese a su padre tierras para labrar. Ella entonces se bajó del asno. Y Caleb le dijo: ¿Qué tienes? Y ella respondió: Concédeme un don; puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas. Él entonces le dio las fuentes de arriba, y las de abajo”. Vemos en estos acontecimientos una pareja con la fe para ver el valor de la tierra prometida. Otoniel deseaba más que una esposa; deseaba una herencia entre la tierra, tierras para labrar. ¿Qué tal de usted, mi lector cristiano? ¿Desea usted “tierra para labrar”, es decir, recursos para el estudio de la palabra de Dios? Hay mucho disponible si hay deseo, libros para leer, ministerio grabado en MP3 u otro formato para estudiar y aprovechar. Vemos también que Acsa no estaba satisfecha con las tierras. Quería fuentes de agua y aprendió que su papá no era lento ni resentido para compartir de su herencia con su hija; recibió fuentes de arriba y fuentes de abajo, quizás más que pidió.
No dudo que las fuentes de arriba pueden hablarnos de nuestra herencia celestial, pues somos ciudadanos del cielo. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20). Las fuentes de abajo acaso nos hacen recordar que Dios también tiene planes para la Tierra. Son planes para la gloria y honra de Su Hijo, el Señor Jesucristo. “Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en Su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que Él reine hasta que haya puesto a todos Sus enemigos debajo de Sus pies” (1 Corintios 15:23-25). ¿Nos encontramos entre los que “aman Su venida?”. “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman Su venida” (2 Timoteo 4:7-8). Debemos anhelar el día, no solo de la venida de Cristo para arrebatarnos de este mundo, sino también el día cuando recibirá Su debido lugar como Rey de reyes y Señor de Señores.
Ojalá que mis lectores solteros que están buscando su pareja vean algo más de lo exterior de uno o una, como vemos en este ejemplo bonito de Otoniel y Acsa.

Josué 17:1-18: El repartimiento de la tierra

Hemos visto como Caleb y su sobrino Otoniel anhelaban y luchaban para obtener la tierra. En estos capítulos hay muchos nombres de lugares que acaso a nosotros no significan mucho, y no es mi intención profundizarlo como otros han hecho. Pero mezclado en estos capítulos hay cosas de sencilla instrucción que no quiero perder. Hay dos en nuestro capítulo 17 que me captan la atención.
Primero, durante nuestro estudio sobre Moisés, notamos como las hijas de Zelofehad habían pedido su herencia por no tener hermanos varones. En Números 27 leemos sus palabras: “¿Por qué será quitado el nombre de nuestro padre de entre su familia, por no haber tenido hijo? Danos heredad entre los hermanos de nuestro padre. Y Moisés llevó su causa delante de Jehová. Y Jehová respondió a Moisés, diciendo: Bien dicen las hijas de Zelofehad; les darás la posesión de una heredad entre los hermanos de su padre, y traspasarás la heredad de su padre a ellas”.
Ahora, muchos años después, han habido conflictos con los enemigos de Israel, hay enemigos que no han sido expulsados de la tierra, y como veremos más adelante, algunos enemigos eran muy avanzados en su tecnología. ¿Habrán desanimado estas mujeres fieles por ver los obstáculos? No, para nada. Leemos en el verso 3 de nuestro capítulo: “Pero Zelofehad hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, no tuvo hijos sino hijas, los nombres de las cuales son estos: Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa. Estas vinieron delante del sacerdote Eleazar y de Josué hijo de Nun, y de los príncipes, y dijeron: Jehová mandó a Moisés que nos diese heredad entre nuestros hermanos. Y él les dio heredad entre los hermanos del padre de ellas, conforme al dicho de Jehová”.
No, no se olvidaron de su deseo y no se desanimaron por los desafíos. ¡Qué ánimo debe de ser para las mujeres hermanas en el día de hoy! Como leímos en la meditación anterior, Acsa, la hija de Caleb, también quiso recibir su bendición; tanto fue así que motivó a su marido a pedirle a su padre algo más, y recibió fuentes de agua, más de lo que pedía. Qué ánimo es ver tantas mujeres en las escrituras que han escogido “la buena parte”. “Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía Su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no Te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:38-42). Mi hermana querida, ¿tiene usted el deseo de María y de las hijas de Zelofehad de tener más de Jesús? Él nunca le va a decepcionar si es así.
Segundo, vemos lo que dijeron los hijos de José; “los hijos de José hablaron a Josué, diciendo: ¿Por qué nos has dado por heredad una sola suerte y una sola parte, siendo nosotros un pueblo tan grande, y que Jehová nos ha bendecido hasta ahora?”. Esto debe de haber sido una prueba grande por Josué, que era de la tribu de Efraín. Así eran sus hermanos que le estaban pidiendo más. ¿Iba a mostrar favoritismo a sus familiares? Eso es lo normal entre los políticos del mundo, que siempre rinden favores a los que les han apoyado en sus campañas políticas y a sus familiares. Pero no, Josué con mucha sabiduría contesta a sus hermanos: “Y Josué les respondió: Si sois pueblo tan grande, subid al bosque, y haceos desmontes allí en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, ya que el monte de Efraín es estrecho para vosotros”. Las valles y los montes estaban disponibles, pero no iba a ser fácil extender sus terrenos por causa de los enemigos. Y así es en el sentido espiritual también; siempre el enemigo pone obstáculos, para que no andemos por fe ni extendemos nuestra apreciación de las bendiciones espirituales en Cristo Jesús. Efesio 1:3: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Así que las bendiciones son nuestras, pero no necesariamente disfrutamos de ellas.
José no estaba al principio muy contento con esta respuesta, pues se queja de la tecnología avanzada de los enemigos. “Y los hijos de José dijeron: No nos bastará a nosotros este monte; y todos los cananeos que habitan la tierra de la llanura, tienen carros herrados”. Esto acaso nos hace pensar en cómo, a veces, el enemigo usa la tecnología para estorbarnos de avanzar en la senda de la fe. Dejo a ustedes mis lectores contemplar cómo eso puede suceder ...
Josué les contestó a sus hermanos con palabras de ánimo: “Entonces Josué respondió a la casa de José, a Efraín y a Manasés, diciendo: Tú eres gran pueblo, y tienes grande poder; no tendrás una sola parte, sino que aquel monte será tuyo; pues aunque es bosque, tú lo desmontarás y lo poseerás hasta sus límites más lejanos; porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte”. El carro de hierro no era obstáculo ninguno al Dios de Israel, el Dios todopoderoso.

Josué 18:1-28: El tabernáculo y la herencia de Josué

“Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; Y a Él se congregarán los pueblos” (Génesis 49:10-11). (Profecía de Jacob sobre sus doce hijos).
“Toda la congregación de los hijos de Israel se reunió en Silo, y erigieron allí el tabernáculo de reunión, después que la tierra les fue sometida”.
Hace muchos años ya, Israel había profetizado por fe acerca de sus doce hijos, poco antes de fallecer; y una de las más hermosas es la profecía sobre Judá. Sabemos que fue Judá, a pesar de su pasado sucio como el que sugirió que se vendiera a José, y que fornicó con su nuera, fue el más arrepentido de los once hermanos. Vemos como Israel habló de la venida de un lugar donde Judá iba a soltar su cetro (o sea su señal de ser rey y líder) y este lugar se llama Siloh (o Silo). Y después, se añade: “Y a Él se congregarán los pueblos”. ¿Es entonces Silo un lugar o una persona? Bueno, en nuestro capítulo muy obvio es que fue un lugar, el lugar donde plantaron el tabernáculo, y allí quedó hasta la construcción del templo en Jerusalén muchos años después. Pero también es una persona.
¿Qué voz tiene eso por nosotros? Ojalá que nos hace pensar de este verso en Mateo 18:20: “Porque donde están dos o tres congregados en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. Hay un lugar, pues dice “donde”, pero su centro no es el lugar (como era aquí en los tiempos de Josué), sino una Persona: “Allí estoy Yo en medio de ellos”. En la cristiandad, se nota mucho como el lugar tiene mucha importancia. A veces hay una competencia entre las iglesias a ver quién puede construir el edificio más sublime, más lujoso, en verdad con un intento de imitar la grandeza del templo de Salomón. Pero si prestamos atención al viejo ejemplo de Siloh, “y a Él se congregarán los pueblos”, enfocaremos menos en el lugar y más en la Persona quien dijo: “Allí estoy Yo en medio de ellos”. ¿En nuestro día es posible cumplir con Mateo 18:20? Hay muchos que dicen que no, que es imposible, pues hay tanta ruina en el testimonio. Estoy de acuerdo que hay mucha ruina y que nosotros formamos una parte de aquella ruina. Pero creo también que en el día de ruina, hay una senda para la fe, una senda que nos deja reunirnos con la confianza de que estamos donde el Señor Jesús está en medio de Su pueblo. Esto como los fieles en el tiempo de Zorobabel: “Zorobabel hijo de Salatiel y sus hermanos ... edificaron el altar del Dios de Israel, para ofrecer sobre él holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés varón de Dios. Y colocaron el altar sobre su base ... y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová, holocaustos por la mañana y por la tarde” (Esdras 3:3).
Vemos después en nuestro capítulo como veintiún hombres escogidos, tres de cada tribu que restaba sin herencia, fueron y revisaron el resto de la tierra. Después, Josué les asignó a cada uno su área de descanso y su vivienda. Por fin, Josué mismo llega a tener su herencia. “Y después que acabaron de repartir la tierra en heredad por sus territorios, dieron los hijos de Israel heredad a Josué hijo de Nun en medio de ellos; según la palabra de Jehová, le dieron la ciudad que él pidió, Timnat-sera, en el monte de Efraín; y él reedificó la ciudad y habitó en ella” (Josué 19:50). Timnat-sera quiere decir “una porción abundante”. Recordamos que Josué era prototipo de Jesús, hasta el punto de compartir Su mismo nombre: “Jehová el Salvador”. Nos dice en el Salmo 16:5-6: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado”. Esto no se nota ahora, en los tiempos en que Jesús es rechazado; pero confiamos en que pronto vendrá el día en que el Señor Jesucristo tendrá Su debido lugar: una herencia hermosa, una porción abundante. Ahora mismo, Efesios 1:18 nos enseña: “Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que Él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos”. En el día de hoy, Su porción es los santos en el día de la gracia. En el día venidero, va a incluir la nación de Israel, todos fieles creyentes en su Mesías, el Señor Jesucristo. Profetizando sobre aquel día, Moisés dijo con palabras hermosas: “Porque la porción de Jehová es Su pueblo; Jacob la heredad que le tocó. Le halló en tierra de desierto, y en yermo de horrible soledad; lo trajo alrededor, lo instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo. Como el águila que excita su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas, Jehová solo le guió, y con él no hubo dios extraño” (Deuteronomio 32:9-12) ¡Va a ser “una porción abundante” de verdad! Nada ni nadie lo puede impedir.

Josué 20:1-9: Las ciudades de refugio

En este capítulo corto leemos algo que nos hace pensar sobre el futuro de la nación de Israel, y que además muestra un contraste con la salvación incondicional y sin obras que se ofrece al pecador perdido en el día de hoy.
“Habló Jehová a Josué, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Señalaos las ciudades de refugio, de las cuales yo os hablé por medio de Moisés, para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas; y os servirán de refugio contra el vengador de la sangre”.
Moisés había hablado antes sobre este propósito de poner en la tierra ciudades de refugio. “Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando hayáis pasado al otro lado del Jordán a la tierra de Canaán, os señalaréis ciudades, ciudades de refugio tendréis, donde huya el homicida que hiriere a alguno de muerte sin intención” (Números 35:9-10).
Esta explicación de matar a alguno por accidente y no a sabiendas me hace pensar también de Deuteronomio 21:1: “Si en la tierra que Jehová tu Dios te da para que la poseas, fuere hallado alguien muerto, tendido en el campo, y no se supiere quién lo mató ... ”. Indudablemente el muerto es el Señor Jesucristo en ambos casos. Recordamos como Cristo dijo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Así Cristo les puso aquella muerte de dolor y tristeza que le dieron como un pecado de ignorancia. Así que los pecadores de Israel tenían remedio por sus pecados, hasta el pecado de haber crucificado a su Mesías. Pedro, predicando en Hechos 3 a una multitud maravillada por el milagro de la curación de un paralítico, también les imputa la muerte del Santo y Justo como pecado cometido por ignorancia. “Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos ... Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos Sus profetas, que Su Cristo había de padecer. Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.
En el sentido dispensacional, vemos a Israel encerrado en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo Sacerdote. Claro que sabemos que Cristo es nuestro sumo Sacerdote y nunca de nuevo ha de morir. Pero va a venir el día cuando se termina Su sacerdocio, pues viene a recogernos a nosotros, judío y gentil unido como uno en Cristo su salvador, para vivir para siempre jamás con Él en la gloria, un tiempo cuando ya no se necesitará Su trabajo sacerdotal. En aquel día, Dios volverá a trabajar con la nación de Israel.
En la época de Deuteronomio 21, la oración de los ancianos acerca del hombre hallado muerto era para protestar su inocencia. “Y todos los ancianos de la ciudad más cercana al lugar donde fuere hallado el muerto lavarán sus manos sobre la becerra cuya cerviz fue quebrada en el valle; y protestarán y dirán: Nuestras manos no han derramado esta sangre, ni nuestros ojos lo han visto. Perdona a Tu pueblo Israel, al cual redimiste, oh Jehová; y no culpes de sangre inocente a Tu pueblo Israel. Y la sangre les será perdonada”. Pero en el día futuro, no van a protestar su inocencia, sino aceptarán su culpabilidad. “Derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a Mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito” (Zacarías 12:10).
Para el pecador perdido en el día de hoy, hay un mensaje mejor de lo que leemos en Josué 20. El lugar de refugio era solo por el que mató a su vecino sin querer. Nosotros, con ojos abiertos, hemos pecado contra Dios. “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a Su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:6-8). La salvación de aquel “homicida por accidente” dependía de su piernas; tenía que correr a la ciudad, adelantándose del “vengador de la sangre”. ¿Y si no logra correr lo suficiente rápido para llegar a la ciudad? Pues, puede morir en el camino. Pero Cristo nos encontró justo donde estábamos. “Jesús dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto ... Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él” (Lucas 10:30-35). Así éramos nosotros, débiles, muertos en delitos y pecados, sin fuerza para ayudarnos a nosotros mismos, incapaces de correr a buscar refugio. De todos modos, Dios nos amaba y nos proveía todo para nuestra salvación.

Josué 21:1-45: La herencia de los levitas

En la meditación anterior, reflexionamos sobre las ciudades de refugio, que eran para la persona que matara a su prójimo por accidente, es decir, sin querer y sin llevar malicia en su corazón. Notamos en seguida que quien vivía en estas ciudades eran los levitas. Pero solo había seis ciudades de refugio, y los levitas necesitaban más terreno para vivir.
“Los jefes de los padres de los levitas vinieron al sacerdote Eleazar, a Josué hijo de Nun y a los cabezas de los padres de las tribus de los hijos de Israel, y les hablaron en Silo en la tierra de Canaán, diciendo: Jehová mandó por medio de Moisés que nos fuesen dadas ciudades donde habitar, con sus ejidos para nuestros ganados. Entonces los hijos de Israel dieron de su propia herencia a los levitas, conforme al mandato de Jehová, estas ciudades con sus ejidos”.
Los levitas eran siervos de Jehová a tiempo completo. Acaso se pueden comparar en el día de hoy con nuestros hermanos que no tienen trabajo secular, sino que se dedican cien por ciento a la obra del Señor. Pablo escribió en 1 Corintios 9, con palabras muy elocuentes, que es necesario que nosotros, quienes nos ocupamos en trabajos seculares, apoyemos a los siervos del Señor. “Porque en la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir del fruto. Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material? Si otros participan de este derecho sobre vosotros, ¿cuánto más nosotros?”. Vemos que “los hijos de Israel dieron de su propia herencia a los levitas” en obediencia y aparentemente sin resentimiento. Ha habido muchas cosas que hemos visto en esta nación que no debemos imitar, pero acá vemos algo admirable y bueno.
Además, vemos algo admirable de parte de aquel siervo viejo de Jehová, Caleb. “Les dieron Quiriat-arba del padre de Anac, la cual es Hebrón, en el monte de Judá, con sus ejidos en sus contornos. Mas el campo de la ciudad y sus aldeas dieron a Caleb hijo de Jefone, por posesión suya”. ¿Iba a soltar Caleb aquella ciudad, por la cual había batallado, junto con su sobrino Otoniel, contra los enemigos más fuertes y renombrados por su ferocidad? Pues, sí, por el mismo motivo que le había dado la energía de continuar con Israel todos los años de su tiempo vagando en el desierto. Era un hombre quien puso a Dios en el primer lugar en su vida, sin pensar en sus propios deseos.
Vemos muchos años después que no había el mismo ánimo en Israel, durante el tiempo de aquel siervo fiel, Nehemías. “Encontré asimismo que las porciones para los levitas no les habían sido dadas, y que los levitas y cantores que hacían el servicio habían huido cada uno a su heredad. Entonces reprendí a los oficiales, y dije: ¿Por qué está la casa de Dios abandonada? Y los reuní y los puse en sus puestos”. Vemos en nuestro día que no hay muchos siervos del Señor que pueden trabajar en la obra sin interrupción. Algunos se ven obligados a ocuparse en algún trabajo secular para sostenerse, porque no los hemos apoyado. No hemos sido como Caleb, generoso en compartir con los levitas lo que, con duro trabajo, había ganado. Amados hermanos, tomemos aliento al ver a Caleb renunciar sin resentimiento la ciudad que había anhelado todos aquellos años, y presentarla a los levitas, siervos de Jehová. ¿No va a recibir su galardón Caleb, en el día venidero? Aunque la herencia de los israelitas era terrenal, yo pienso que Caleb atesoraba en el cielo. “Sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:20).

Josué 22:1-34: Las tribus de Ruben, Gad y Manasés

Pienso que ya he mencionado antes estas tribus, que no desearon morar en el lado oeste del río Jordán, pues tenían mucho ganado y pensaban que sería mejor quedarse donde su ganado pudiese prosperar más. Su rechazo de la tierra de promesa en verdad era algo que Jehová permitió, pero que no quería para ellos. Podemos ver en ellos un ejemplo de un cristiano que escoge satisfacerse con los beneficios que el cristianismo provee para la tierra, pero que no quiere disfrutar de su herencia celestial. Somos quizás toditos culpables de semejante falta de entendimiento que nuestro hogar no es aquí sino en los lugares celestiales en Cristo Jesús, según Efesios 1 y 2. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo ... nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de Su gracia en Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”.
También Filipenses 3:20-21 nos enseña lo mismo: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”. Hasta a los discípulos, nacidos judíos y participantes de una religión terrenal, Cristo enseñó que el tesoro terrenal era muy limitado. Mateo 6:19-21: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.
En nuestro capítulo vemos Josué enviando las tribus de Ruben, Gad y la mitad de la tribu de Manasés a irse a su herencia, ya que habían cumplido su promesa de pelear para ganar la tierra. “Volved, regresad a vuestras tiendas, a la tierra de vuestras posesiones, que Moisés siervo de Jehová os dio al otro lado del Jordán”. ¡Qué triste! ¿Verdad? Pelearon por algo que no habían de disfrutar. Y vemos de una vez que su decisión tenía consecuencias y complicaciones. “Y llegando a los límites del Jordán que está en la tierra de Canaán, los hijos de Rubén y los hijos de Gad y la media tribu de Manasés edificaron allí un altar junto al Jordán, un altar de grande apariencia”.
El altar “de grande apariencia” es algo muy entendible en el día de hoy. Cuando fueron confrontados por sus hermanos, ofendidos por la construcción de otro altar, expusieron sus intenciones. “Si nos hemos edificado altar para volvernos de en pos de Jehová, o para sacrificar holocausto u ofrenda, o para ofrecer sobre él ofrendas de paz, el mismo Jehová nos lo demande. Lo hicimos más bien por temor de que mañana vuestros hijos digan a nuestros hijos: ¿Qué tenéis vosotros con Jehová Dios de Israel?”. Así que dijeron que era por sus hijos, un altar no para sacrificio sino un altar de memoria. De todos modos, era algo no por la fe sino por la vista. “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18) ¡Ah, pero es difícil vivir así, sin tener nada para la vista! No nos gusta caminar por fe, esperando lo invisible. Pero Hebreos 13:10 nos enseña: “Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo”. ¿Habla el apóstol Pablo aquí de un altar que se ve? No, para nada, y eso es importante porque habla con los hebreos, los que antes habían tenido algo para la vista, pero ahora siendo cristianos ya, y no judíos, la fe era de suma importancia, como les enseña en la misma epístola, capítulo 11. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos ... Pero sin fe es imposible agradar a Dios”. El altar “de grande apariencia” es muy visible en el mundo de la cristiandad en el día de hoy. Edificios grandes y adornados con toda clase de lujo; vestimentos magníficos, cristales bonitos, instrumentos de música y mucha clase de semejante cosa para el ojo y el oído se ve a menudo. Pero como Pablo amonestaba a los hebreos, así nos toca igual en el día de hoy. “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante Su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a Él, fuera del campamento, llevando Su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir” (Hebreos 13:11-13).
Acaso digamos: “Pues Jehová aguantó el altar Ed”. Es cierto, como dijo el sacerdote Finees: “Y dijo Finees hijo del sacerdote Eleazar a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a los hijos de Manasés: Hoy hemos entendido que Jehová está entre nosotros, pues que no habéis intentado esta traición contra Jehová. Ahora habéis librado a los hijos de Israel de la mano de Jehová”. Así vemos que hay mucho que pasa entre el cristianismo hoy en día que Dios aguanta; eso no quiere decir que es la voluntad de Dios que así sea. Tampoco digamos que los cristianos que andan en los sistemas tengan malas intenciones de establecer la idolatría. Pero vale la pena ser obedientes a la palabra de Dios. “Salgamos, pues, a Él, fuera del campamento, llevando Su vituperio”.

Josué 23:1-16: Josué, listo para partir

No estamos seguros de la edad de Josué en este capítulo, pero antes, en Josué 13:1, se había dicho lo siguiente: “Siendo Josué ya viejo, entrado en años ... ”. Ahora, Josué dice: “Yo ya soy viejo y avanzado en años”, y se supone que han pasada quizás veinte años más. Si es así, Josué hubiera tenido 110 años y hubiera retirado de su posición de liderazgo hace tiempo, dejando a otros a liderar a las tribus mientras se ajustaban a sus nuevas condiciones de aprovechar la tierra que fluía de leche y miel, una tierra cuyos árboles no habían plantado y cuyas viñas no habían cultivado. Pero están en un peligro menos obvio de los peligros que habían enfrentado cuando Josué era su general. Josué sale de su retiro para hablarles, primeramente a los líderes, y en el siguiente capítulo, al pueblo en general. Notamos sus amonestaciones que son de mucha interés.
“Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra; para que no os mezcléis con estas naciones que han quedado con vosotros, ni hagáis mención ni juréis por el nombre de sus dioses, ni los sirváis, ni os inclinéis a ellos”.
¿Cuál era el peligro más grande por el pueblo de Dios? Que se mezclaren con las naciones para, por fin, adorar a sus dioses. ¿No era eso el éxito de aquel falso profeta Balaam? Como leemos en el nuevo testamento: “Tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación” (Apocalipsis 2:14). Moisés les amonestaba acerca del peligro de mezclarse con las mujeres de los paganos. “He aquí, por consejo de Balaam ellas fueron causa de que los hijos de Israel prevaricasen contra Jehová en lo tocante a Baal-peor, por lo que hubo mortandad en la congregación de Jehová” (Números 31:16).
Así, Josué, con sabiduría dada por Jehová, anticipaba el peligro que les esperaba si no se mantenían separados de los paganos que habían sido echados primeramente por su idolatría. La tierra era tierra de Jehovah. Ellos iban a tener la administración de la tierra mientras andaban en separación y obediencia. Pero si no, iban a sufrir lo mismo que las naciones. “Porque si os apartareis, y os uniereis a lo que resta de estas naciones que han quedado con vosotros, y si concertareis con ellas matrimonios, mezclándoos con ellas, y ellas con vosotros, sabed que Jehová vuestro Dios no arrojará más a estas naciones delante de vosotros, sino que os serán por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y por espinas para vuestros ojos, hasta que perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado”.
¿No es muy obvia la lección por nosotros, cristianos en el día de la gracia? Dijo Jesús en Su oración al Padre en Juan 17:14-17: “Yo les he dado Tu Palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo. Santifícalos en Tu verdad ... ”. Somos santificados de hecho, pues Jesús así lo pidió. Pero ¿de veras somos santificados en la vida práctica? ¿Qué quiere decir la santificación? Que somos identificados como los que aman a Jesús y siguen Sus pisadas. Si el mundo no nos ve como diferentes, podemos estar seguros de que no somos santificados en la práctica.
Mi esposa ha comentado recién como se ha adoptado entre los matrimonios cristianos muchas de las prácticas del mundo. No se mencionaba ni se pensaba en tiempos pasados que en un matrimonio cristiano iba a haber el baile y el consumo de bebidas alcohólicas. Lamentablemente poco a poco las prácticas del mundo nos han alcanzado. Algunos quizás dirían que evitar estas cosas sería el legalismo. ¿Tenemos que ser mundanos para no ser legalistas? Ojalá que no, sino que seamos diferentes porque no somos del mundo y porque queremos seguir a Cristo, quien nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.
“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:16).
“Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y Yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros Me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:17-18).

Josué 23:1-16: El título a la tierra

[Romanos 8:31-39]
En esta meditación, deseo compartir algo que conversé con un hermano recientemente. Me parece que se puede relacionar con nuestro estudio de Josué, y con lo que informó a los líderes de Israel cuando estaba a punto de morir. Se nota como habla de la tierra: “Guardad, pues, con diligencia vuestras almas, para que améis a Jehová vuestro Dios. Porque si os apartareis, y os uniereis a lo que resta de estas naciones que han quedado con vosotros, y si concertareis con ellas matrimonios, mezclándoos con ellas, y ellas con vosotros, sabed que Jehová vuestro Dios no arrojará más a estas naciones delante de vosotros, sino que os serán por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y por espinas para vuestros ojos, hasta que perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado”.
Se explica que las naciones paganas fueron botadas de la tierra por su idolatría. Pero si Israel fuera desobediente también, juntándose con los mismos ídolos de las naciones, la promesa de Dios era esta: “Perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado”. En Oseas 9:1-3 leemos: “No te alegres, oh Israel, hasta saltar de gozo como los pueblos, pues has fornicado apartándote de tu Dios; amaste salario de ramera en todas las eras de trigo. La era y el lagar no los mantendrán, y les fallará el mosto. No quedarán en la tierra de Jehová, sino que volverá Efraín a Egipto y a Asiria, donde comerán vianda inmunda”. Muy importante es darse cuenta de que la tierra era y es la tierra de Jehová. Israel custodiaba o era mayordomo de la tierra, pero no era su dueño. Perdieron la mayordomía por su desobediencia e idolatría.
Justo hoy día leí como los palestinos están haciendo protestas porque el presidente de los Estados Unidos ha declarado que se reconoce a Jerusalén como la capital de Israel. Los palestinos han declarado que “Jerusalén es nuestra desde la eternidad”. Pero en el año 1967 el ejército de Israel ganó en la batalla contra los soldados de Jordán y tomaron posesión de toda la ciudad y lo que se llama el banco oeste del Jordán. En tantas palabras, podemos decir que Israel tiene posesión, pero no tiene título. Ellos dicen que sí, y los Estados Unidos prácticamente han declarado lo mismo. Nosotros como cristianos y estudiantes de la palabra de Dios, sabemos que ellos en verdad no pueden tener el título a la tierra sin reconocer el rey, su Mesías, nuestro Señor Jesucristo. Solo por medio de Él van a obtener el título en verdad.
¿Cómo se relaciona esto con nosotros, cristianos en el día de la gracia? Eso es lo que el hermano me explicó ayer. Este versículo en Romanos 8 siempre me ha confundido: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. ¿Cómo podemos ser “más que vencedores?”. En Cristo no solo hemos ganado, sino hemos recibido el título. “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:15-17). “En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad” (Efesios 1:11). “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según Su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios” (1 Pedro 1:3-5).
Así somos garantizadas una herencia celestial y somos “más que vencedores” porque ya tenemos el título. “Habiendo creído en Él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de Su gloria” (Efesios 1:13-14). Podemos decir que el Espíritu Santo morando en nosotros es nuestro título a la herencia celestial que pronto vamos a tener por medio de “la redención de la posesión adquirida”, es decir, la venida del Señor Jesús por los Suyos.

Josué 24:1-33: Las últimas palabras y la muerte de Josué

“Reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales; y se presentaron delante de Dios. Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños ... ”.
En este último capítulo de Josué, vemos como Josué habló a todo el pueblo de Israel como un padre que está a punto de partir de su amada familia. Les contó la historia, bien conocida pero con valor de repetir, acerca de sus antecedentes. Empezó con Abraham, una historia que nos hace pensar de otras semejantes, como la contada por Esteban en Hechos 7: “El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela ... ”.
La historia es importante; nos enseña lecciones que podemos aprender por prestar atención a lo que está escrito, y así la Biblia es un libro de historia. Obviamente, no es mera historia, sino una historia con lecciones espirituales y aplicables a nuestras vidas hasta el día de hoy. Así que Josué regresó a los tiempos de Abraham y la idolatría que precedía su conocimiento del Dios verdadero: Jehová, Dios de Israel. La idolatría siempre había sido un obstáculo a la nación de Israel. No es por accidente que Josué reunió a los israelitas en este mismo lugar de Siquem, el lugar donde Jacob, hace muchos años, había purgado la idolatría de su familia. “Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Bet-el, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú. Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros ... Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de una encina que estaba junto a Siquem ... ” (Génesis 35:1-5).
A pesar de tantas manifestaciones del poder de Jehová, al vencer a sus enemigos que eran, sin acepción, puras idólatras, vemos que los mismos israelitas adoptaron los dioses que no habían ayudado a sus adoradores. “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová”. ¿Qué pues, nos sirve a nosotros, cristianos en el día de gracia, reflexionar sobre la idolatría? ¿Acaso tenemos nosotros ídolos que adoramos? El nuevo testamento nos da la respuesta; “Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5). “Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén” (1 Juan 5:21) ¿Tenemos que explicar más? ¿Entendemos la idolatría de nuestra generación? Es la avaricia, una cosa que aflige a todos, y como dijo Pablo: “Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 7:7). Sí, está claro; la avaricia o codicia es la idolatría de nuestra generación, lo que más impide el crecimiento y desarrollo espiritual.
Josué les animaba por su propio ejemplo: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”. El pueblo contestó, con palabras aparentemente en el momento sinceros: “Nosotros, pues, también serviremos a Jehová, porque Él es nuestro Dios”. En verdad, su respuesta era correcta porque nos dice en verso 31: “Y sirvió Israel a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todas las obras que Jehová había hecho por Israel”. Sabemos que la siguiente generación se desvió del camino de obediencia y reverencia a Jehová, y Josué anticipaba esto en su discurso, recordando la triste historia de la nación. “Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque Él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados. Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, Él se volverá y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien. El pueblo entonces dijo a Josué: No, sino que a Jehová serviremos. Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos ... ”.
Así termina el servicio y testimonio de este fiel siervo de Jehová. Como su amigo Caleb, había visto mucho en sus 110 años de vida. Había experimentado la esclavitud en Egipto; había salido con la nación de Egipto y había pasado sus años como joven en el servicio de Moisés, incluso acompañándole al monte Sinaí donde la ley fue dada. Había sido, con Caleb, un testigo de lo bueno que era la tierra de promesa y había intentado con Caleb influir el pueblo a tener ánimo para entrar y disfrutar todos los beneficios de la tierra. Al no tener éxito en esto, aguantó los años de vagar en el desierto, postergado su herencia por 38 años, esperando la muerte de todos los incrédulos hasta poder entrar y disfrutar. Su vida termina con triunfo. “Después de estas cosas murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, siendo de ciento diez años. Y le sepultaron en su heredad en Timnat-sera, que está en el monte de Efraín, al norte del monte de Gaas”. No dice que lamentaron su muerte, pero tengo pensado que sí apreciaron su fiel servicio y estabilidad de testimonio por tantos años. ¡Que cada uno de nosotros así terminemos nuestra carrera cristiana con el mismo testimonio de fidelidad a nuestro Señor Jesucristo! Como dijo Pablo, listo para ser martirizado: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (1 Timoteo 4:7).