Número 1: “Paz Para Con Dios”

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(Romanos 5:1)
A veces los creyentes se quejan de que no gozan de una “paz duradera,” y por consiguiente avanzan lentamente en el conocimiento de la Palabra y del Señor. Esta experiencia es muy frecuente, pero tiene su origen en un conocimiento imperfecto del evangelio, y por confundir dos cosas distintas. Espero, con la bendición del Señor, distinguirlas, si consideran Vds. cuidadosamente lo que les escribo.
Me acuerdo de un caso en el cual un hermano se quejaba de una paz no muy firme, y a mi pregunta si tenía paz, él respondió, “No siempre.” Tuve que decirle que su dificultad radicaba en confundir entre una paz ya hecha, y su aprecio de tal paz. Quiere decir, cuando uno goza por primera vez de felicidad en el Señor, enseguida declara “tener paz”; pero cuando viene una prueba grande, o cuando falla uno en su vida cristiana, su corazón se deprime y él piensa que ya su paz se va para siempre. Ahora, para corregir este estado erróneo de la mente, rogaré que consideren atentamente esta pregunta:
A. ¿Cuál es la base de una paz para con Dios?
Será de inmenso valor para la paz del alma, cuando Vds. entiendan que nuestra paz no depende de experiencias personales, sino de la obra perfecta de otro: ¡de Cristo mismo en la cruz del Calvario! Leamos lo que dice Dios en Romanos 5:1, “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” Así entendemos por la Palabra de Dios que la fuente de nuestra paz se halla en Cristo.
Después de explicar el Apóstol Pablo cómo Abraham fue justificado ante Dios, él dice: “No solamente por él fue escrito que le haya sido imputado; sino también por nosotros, a quienes será imputado, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación” (Ro. 4:23-25).
B. Las Escrituras nos enseñan pues, que la única base de paz con Dios, se halla en la obra de Cristo en la cruz, y Su resurrección de entre los muertos.
Habiendo sido puesto este firme fundamento, Dios declara que todo aquel que cree el testimonio dado por Él referente a la salvación del pecador, se justifica, y es poseedor de aquella paz que Cristo trajo con Su muerte en la cruz: Cristo ha hecho la paz “por la sangre de Su cruz” (Col. 1:2020And, having made peace through the blood of his cross, by him to reconcile all things unto himself; by him, I say, whether they be things in earth, or things in heaven. (Colossians 1:20)).
En Romanos 4:25, leemos que Él “fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación.” Así pues, la resurrección de Cristo es la prueba terminante de Su obra consumada, y la evidencia que los pecados por los cuales murió Él, nos han sido borrados para siempre. Además, Su resurrección es el testimonio de que toda demanda que Dios sostuvo contra nosotros por nuestras iniquidades, fue totalmente satisfecha. El hecho de que Cristo fue entregado por nuestros delitos y resucitado de entre los muertos para nuestra justificación, demuestra que tales “delitos” por los cuales entró Él a la muerte, deben ser cancelados para aquellos que creen. Por eso, la resurrección de Cristo es la expresión enfática y distinta de la satisfacción que Dios tiene en la obra expiatoria de Su Hijo amado en la cruz.
Es abundantemente evidente, como he dicho, que el fundamento absoluto de paz para con Dios se halla en la muerte de Cristo. Se repite frecuentemente en las Escrituras este hecho. “Justificados en Su sangre, por Él seremos salvos de la ira” (Ro. 5:9). “Y por Él reconciliar todas las cosas a Sí, pacificando por la sangre de Su cruz” (Col. 1:2020And, having made peace through the blood of his cross, by him to reconcile all things unto himself; by him, I say, whether they be things in earth, or things in heaven. (Colossians 1:20)).
Es, pues, Cristo mismo quien hace la paz para con Dios, y lo ha hecho por Su muerte expiatoria que satisfizo toda demanda de justicia que el Dios santo pudiera requerir de cada pecador. Cristo glorificó a Dios en cada atributo de Su carácter, de tal manera que Dios puede rogar en nombre de Cristo, que se reconcilie el pecador con Él. (Véase 2ª Corintios 5:18-21.)
Ahora, la pregunta muy importante para su alma, querido lector, es: ¿Cree Vd. el testimonio de Dios tocante a Su Hijo y tocante a la obra que éste terminó? Si tiene dificultad de contestar en lo afirmativo, entonces con dificultad habrá progreso en su vida cristiana.
Una pregunta sencilla quizás pueda aclarar la verdad. ¿Sobre qué base de aceptación descansa su alma ante Dios: sobre sus ideas, sus obras personales, o sobre sus propios méritos? Si es así, Vd. no está descansando en la obra de Cristo. Pero si confiesa que por naturaleza Vd. es un pecador sin Dios y sin esperanza en este mundo, recién renacido por fe, puede decir con toda confianza y por la gracia de Dios solamente, “Soy salvo ya, porque creo en el Señor Jesucristo.”
Si puede usar palabras de esta índole, le digo, sin contradicción, que Vd. tiene una paz para con Dios que nadie y nada le pueden quitar, porque es su inmutable e inamovible posesión. La Palabra de Dios dice, “Justificados pues por la fe [y Vd. dice que cree], tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 5:1). Cada creyente—en el momento que cree—es justificado, libertado de toda culpabilidad, y hecho la “justicia de Dios” en Cristo (2 Co. 5:21). Pero aún más—siendo justificado, tiene paz, no una paz efímera, sino “paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” Quiere decir, la paz que así posee Vd. ya es paz para con Dios, hecha por Cristo Jesús mismo por Su sacrificio propiciatorio en la cruz. Y como esta paz que Él ha hecho es de Él a nuestro favor, jamás puede alterarse ni fluctuar; es tan estable, y durable como Su propio trono. En una palabra, es una paz eterna, y ésta es, querido lector, la porción suya.
C. ¿Cómo puede gozar el creyente de una paz constante en su alma?
Contestamos—por la fe. Si creo por el testimonio de Dios que esta paz es mía por fe en Cristo, inmediatamente disfrutaré el gozo de ella. Por ejemplo, supongamos que Vd. está notificado que tiene una herencia considerable dejada por un pariente. Del efecto hecho en su mente dependerá su respuesta a tal noticia. Si duda Vd. la veracidad de ella, seguramente no responderá. Pero si la noticia está debidamente probada, Vd. dirá, “La herencia es mía.” Así es, querido lector, referente a la paz para con Dios. Si cree Vd. el testimonio de Dios, que la paz es hecha ya por la sangre de Cristo, ninguna circunstancia, ninguna convicción de indignidad, o abatimiento pueden perturbar su alma. Para que gocemos de una paz verdadera y duradera, debemos confiar absolutamente en lo que dice Dios en Su Palabra, y nunca en las circunstancias o sentimientos nuestros.
El creyente debe aprender que la única base de paz se halla en:
1º. Lo que dice la Palabra de Dios y descansar en ella.
2º. En el valor intrínseco de la sangre de Cristo.
La obra maestra de Satanás es sembrar dudas y temores para que el creyente desconfíe de Dios. Debemos contestar las asechanzas y tentaciones del diablo como hizo el Señor cuando fue tentado por él, con las palabras, “Escrito está.”
Una vez que la paz de Dios está establecida en el alma, el creyente puede crecer “en la gracia y conocimiento de nuestro Señor,” y gozarse de una comunión mucho más íntima con Él.
Es de anhelar esta paz que sobrepuja todo entendimiento. El que la posee, no solamente crece (1 P. 2:2), más bien puede apreciar la gloria y perfección de la obra de Cristo revelada por la sangre de Su cruz. En vez de quejarse de incertidumbre y de duda, su alma llena de paz, rebosará en adoración a Sus pies, y sus quejas se cambiarán en una canción de alabanza.
Dios quiera que esta sea la porción de cada uno que lea este artículo.