Numero 11: La Palabra De Dios

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Es imposible poner demasiado énfasis en la importancia y el valor de la Palabra de Dios. Un amor sincero para ella debiera caracterizar a cada creyente, y no es por demás afirmar que dependen de esto nuestro crecimiento en gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. El Salmo 119, por ejemplo, se relaciona íntimamente con cada fase de la vida espiritual del salmista. Algunas de sus expresiones nos humillan de veras, mientras nos revelan a nosotros el lugar que la Palabra ocupaba en sus afectos. Él dice: “No me olvidaré de Tus palabras”; otra vez, “Tus testimonios son mis deleites, y mis consejeros”; y otra vez, “Y deleitaréme en Tus mandamientos, que he amado” (vvss. 16,24,47). En lenguaje aun más fuerte él exclama: “¡Cuánto amo yo Tu ley! todo el día es ella mi meditación”; y una vez más: “Por eso he amado Tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro” (vvss. 97,127). Job también de esta manera dice: “Del mandamiento de Sus labios nunca me separé; guardé las palabras de Su boca más que mi comida” (cap. 23:12). Desde aquel entonces hasta hoy día las mismas características se hallan en el testimonio de creyentes de una mente sincera, devota y espiritual. De acuerdo con todo esto, nos conviene considerar algunos aspectos en los cuales se presenta la Palabra de Dios al creyente:
1º. Por medio de solamente ella se efectúa el nuevo nacimiento. “Él de Su voluntad nos ha engendrado por la palabra de verdad” (Stg. 1:18). “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre” (1 P. 1:23). Nuestro Señor nos enseñó la misma verdad cuando dijo que un hombre tiene que nacer de agua y del Espíritu (véase Juan 3:5); pues el agua es un símbolo bien conocido de la Palabra (véase Juan 15:3; Efesios 5:26, etc.).
2º. Como es el medio del nuevo nacimiento, también es el alimento único para la naturaleza nueva. “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud: si empero habéis gustado que el Señor es benigno” (1 P. 2:2-3). Y otra vez está escrito que “no con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt. 8:33And he humbled thee, and suffered thee to hunger, and fed thee with manna, which thou knewest not, neither did thy fathers know; that he might make thee know that man doth not live by bread only, but by every word that proceedeth out of the mouth of the Lord doth man live. (Deuteronomy 8:3); Mt. 4:4). La Palabra de Dios es, pues, la comida y sostén apropiados para la vida espiritual, el medio por el cual se nos imparte alimento y fuerza en Cristo, mientras peregrinamos por el desierto, esperando la venida del Señor; o hasta que estemos desatados para estar con Cristo, lo cual es mucho mejor (véase 1ª Tesalonicenses 4:14-18 y Filipenses 1:23). Hacemos hincapié en las palabras, “en Cristo,” porque Él mismo es nuestro manjar espiritual, tanto el “maná” como el “fruto de la tierra” (véase Éxodo 16:15,31 y Josué 5:11-12); y además, como el cordero asado al fuego (véase Éxodo 12:8). Solamente en la Palabra de Dios se revela a Cristo en estos caracteres especiales.
Si recogiéramos el maná para nuestro uso cotidiano, tendríamos que meditar sobre los cuatro Evangelios, en donde se nos presenta a Cristo en Su encarnación—un hombre humilde; y luego, si quisiéramos alimentarnos del fruto de la tierra, es decir, de Cristo glorificado, hay que leer en las Epístolas, por ejemplo: Colosenses 3, Filipenses 3, etc.
Las Sagradas Escrituras, por lo tanto, son los pastos verdes a los cuales el Buen Pastor quiere llevar Su rebaño.
3º. La palabra de Dios es nuestro único guía. “Lámpara es a mis pies Tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105). Así, cuando Josué estaba por conducir a los israelitas a la tierra de Canaán, el Señor le dijo: “Solamente te esfuerces, y seas muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que Mi siervo Moisés te mandó: no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendieres. El libro de acuesta ley nunca se apartará de tu boca; antes de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito: porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Jos. 1:7-87Only be thou strong and very courageous, that thou mayest observe to do according to all the law, which Moses my servant commanded thee: turn not from it to the right hand or to the left, that thou mayest prosper whithersoever thou goest. 8This book of the law shall not depart out of thy mouth; but thou shalt meditate therein day and night, that thou mayest observe to do according to all that is written therein: for then thou shalt make thy way prosperous, and then thou shalt have good success. (Joshua 1:7‑8)). E igualmente en el Nuevo Testamento, tanto como en el Antiguo, se señala la Palabra de Dios en todas partes como nuestro único guía mientras estemos en este mundo de confusión. “Os encomiendo a Dios, y a la palabra de Su gracia” (Hch. 20:32); “desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra” (2 Ti. 3:15-17). Véase también 2ª Tesalonicenses 3:14; 2ª Pedro 1:15; 1ª Juan 2:27; Judas 3.
“Yo amo la Biblia, la gran maravilla,
Mensaje precioso de amor;
A vida eterna en vez del infierno
Me guía el Libro de Dios.”
4º. La Palabra de Dios es nuestro recurso y defensa contra las tentaciones y “asechanzas del diablo”; de aquí se llama “la espada del Espíritu” (Ef. 6:17). Fue la única arma de nuestro bendito Señor durante Su tentación por el diablo. A todas las seducciones que Satanás iba presentando a Su alma—y le atacaba por cada vía de acceso y de todos modos—Cristo le contestaba cada vez con las palabras, “Escrito está.” Desde el principio hasta el fin, Cristo jamás expresó un pensamiento propio, sino se apoyó sólo y enteramente en la Palabra de Dios. Por eso, Satanás se quedó sin poder alguno [contra el Señor]; no pudo ganar nada, sino, vencido en cada encuentro, tuvo que retirarse frustrado y derrotado. Combatido de esta manera, él ahora, tal como en aquel entonces, se queda sin fuerzas. No puede nada contra el creyente obediente y dependiente. ¡Ojalá que todo creyente, sea joven o anciano, siempre tuviera muy en cuenta todo esto!
5º. La Palabra de Dios es la única norma de doctrina y de práctica. Por eso, tenemos que poner a prueba por medio de la Palabra de Dios todo cuanto se nos presenta. Así leemos en cada una de las siete cartas dirigidas a las siete iglesias: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap. 2:7,11,17,29; 3:6,13,22). Ellas, igualmente como sus prácticas, tenían que ser medidas por esta norma infalible. De igual manera el Apóstol hacía recordar continuamente a aquellos a quienes él dirigió la Palabra, que era su responsabilidad sagrada de evaluar todo a la luz de lo que él les había enseñado. “Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así” (Hch. 17:11); “mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora decimos otra vez: Si alguno os anunciare otro evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gá. 1:8-9). Véanse también 1ª Corintios 15:1-11; 2ª Tesalonicenses 2:15; 3:14.
6º. La Palabra de Dios es el medio por el cual alcanzamos la santidad práctica. Cuando nuestro Señor intercedió por los Suyos ante el Padre, oró así: “Santifícalos en Tu verdad: Tu palabra es verdad” (Jn. 17:1717Sanctify them through thy truth: thy word is truth. (John 17:17)). Solamente por la aplicación constante de la Palabra a nosotros mismos, a nuestro modo de andar y a nuestras costumbres, podremos vivir más y más apartados del mal. Es por la aplicación de la Palabra por el Espíritu que el Señor ... lava los pies de los Suyos, es decir: mantiene limpio el testimonio de los Suyos. Esta es la obra que Cristo en Su gracia ha emprendido a nuestro favor; sin embargo no debemos olvidar nunca que nuestra responsabilidad es juzgarnos a nosotros mismos por la Palabra en la presencia de Dios. ¡Cuántos castigos y pruebas evitaríamos si fuéramos más atentos y fieles en todo esto! “Que si nos examinásemos a nosotros mismos, cierto no seríamos juzgados” (1 Co. 11:31). Así pregunta el salmista: “¿Con qué limpiará el joven su camino?” La respuesta es, “Con guardar Tu palabra” (Sal. 119:9). Otra vez dice: “Por la palabra de Tus labios yo me he guardado de las vías del destructor” (Sal. 17:4). Es por medio de las Escrituras, y solamente así, que aprendemos la voluntad de Dios; y por la aplicación de la Palabra de Dios en el poder del Espíritu Santo, somos apartados de todo lo que es contrario a la mente de Dios por un lado, y conformados a ella por otro lado. Siendo esto un obrar constante, produce en nosotros un aumento de santidad, la perfección de la cual se halla solamente en Cristo glorificado a la diestra de Dios.
7º. Finalmente, acordémonos de que el Señor da suma importancia a la obediencia nuestra a Su Palabra. Consideremos, por ejemplo, el pasaje bien conocido: “El que Me ama, Mi palabra guardará; y Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos con él morada” (Jn. 14:2323Jesus answered and said unto him, If a man love me, he will keep my words: and my Father will love him, and we will come unto him, and make our abode with him. (John 14:23)). Se ve cuán grande bendición acompaña nuestra obediencia a la Palabra de Dios; pues jamás debemos pasar por alto el hecho de que en este pasaje es enteramente condicional la promesa del amor del Padre y Su venida juntamente con el Hijo para hacerse morada con nosotros. Y el Señor agrega en el próximo capítulo, “Si guardareis Mis mandamientos, estaréis en Mi amor; como Yo también he guardado los mandamientos de Mi Padre, y estoy en Su amor” (Jn. 15:1010If ye keep my commandments, ye shall abide in my love; even as I have kept my Father's commandments, and abide in his love. (John 15:10)). Sin multiplicar ejemplos, al final de la Palabra inspirada Él dice: “He aquí, vengo presto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Ap. 22:7). Así que, Él no sólo espera que apreciemos y atesoremos las comunicaciones que Él se ha dignado darnos, sino cuenta también con nuestra obediencia de corazón a cada palabra que sale de la boca de Dios; además, ha manifestado que tal obediencia sea la expresión más alta de nuestro amor: “Si Me amáis, guardad Mis mandamientos” (Jn. 14:1515If ye love me, keep my commandments. (John 14:15)).
Por medio de este bosquejo sencillo de algunos usos de la Palabra de Dios y de nuestra responsabilidad con respecto a ella, a lo menos debemos reconocer su importancia suprema para el creyente.
Aprovechamos, por lo tanto, libertad para hacer dos observaciones prácticas y útiles para todo cristiano joven.
Primeramente, es necesario familiarizarnos con las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, uno no podría repeler una tentación como lo hizo el Salvador, sin que fuera armado con la Escritura apropiada. De igual manera, podrían presentarse muchos casos acerca de los cuales un creyente se extraviara, simplemente por no haber conocido la mente del Señor revelada en Su Palabra. De modo que una de las primeras obligaciones del creyente es estudiar y conocer la Palabra de Dios. “Hijo mío, si tomares mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia; si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros; entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios. Porque Jehová da la sabiduría, y de Su boca viene el conocimiento y la inteligencia” (Pr. 2:1-6). Con este ánimo uno debe escudriñar y estudiar constantemente, si quiere estar “enteramente instruido para toda buena obra.” No se recomienda que no sea leído ningún otro libro, pero sí, hágase de la Biblia la compañera principal, agregando a ella aquellos demás libros que nos ayudan a entenderla mejor; pues debiera ser la meta de cada creyente llegar a conocer la mente y la voluntad de Dios. Con todo esto, no debemos estudiar la Palabra de Dios tanto por conocerla, sino ponerla por obra. “El que quisiere hacer Su voluntad, conocerá de la doctrina” (Jn. 7:1717If any man will do his will, he shall know of the doctrine, whether it be of God, or whether I speak of myself. (John 7:17)). Si en este espíritu estudiáramos sistemáticamente las Escrituras, seríamos instruidos “para toda buena obra” (2 Ti. 3:17).
En segundo lugar, cuidemos de meditar aún más, si es que leemos mucho: “El indolente no chamuscará su caza” (Pr. 12:27). Se deleita en cazar, pero al tener éxito, se queda satisfecho y no se alimenta de lo cazado. Es así con muchas personas, al leer la Palabra de Dios. Su deleite se halla en la adquisición de la verdad; descansan en esto y por consiguiente pierden la bendición. En el pasaje ya citado, el Señor dijo a Josué: “El libro de acuesta ley nunca se apartará de tu boca: antes de día y de noche meditarás en él.” (Véanse también Salmo 1:2; 119:97; Proverbios 22:17-18; 1ª Timoteo 4:15, etc.) La meditación en la presencia del Señor es la que nos hace gustar y sentir la dulzura, la hermosura y el poder de la Palabra de Dios. Por eso, no perdamos nunca una oportunidad de meditar en las Escrituras; y finalmente, tengamos muy en cuenta nuestra dependencia absoluta del Espíritu de Dios para poder entender la Palabra: “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado” (1 Co. 2:11-12).
Leyendo así las Escrituras diariamente, iremos conociendo la verdad, y por ella atraídos a una comunión más íntima con el Padre y con Su Hijo, el Señor Jesucristo. ¡Amén!