Numero 12: La Oración

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Nos queda sólo un asunto más para terminar esta serie de estudios: el de la oración. En el anterior, consideramos la importancia de la Palabra de Dios. Ahora quisiéramos escribir de “la oración” y su relación a la vida espiritual del creyente. Estas dos realidades, “la Palabra de Dios” y “la Oración” van siempre juntas en una. Fue así durante las actividades benditas de la vida del Señor Jesús. Después de un día largo de ministerio, está escrito de Él cómo retiróse de la muchedumbre para orar: “Mas Él se apartaba a los desiertos, y oraba” (Lc. 5:16). Y otra vez: “Y aconteció en aquellos días, que fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lc. 6:12).
También cuando suscitóse la dificultad acerca de la distribución de las ofrendas de los santos en la iglesia primitiva, los apóstoles dijeron: “No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, y sirvamos a las mesas. ... Nosotros persistiremos en la oración, y en el ministerio de la palabra” (Hch. 6:2,4). De igual manera el Apóstol une estos dos ejercicios, al describir lo que es tomar “toda la armadura de Dios”: “tomad el yelmo de salud, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu” (Ef. 6:17-18).
Tenemos también exhortaciones precisas a que oremos; por ejemplo: “constantes en la oración” (Ro. 12:12); “orad sin cesar” (1 Ts. 5:17); “es necesario orar siempre, y no desmayar” (Lc. 18:1). Leyendo nosotros las introducciones de las epístolas de Pablo, veremos cómo él incorporó todo esto en sus propias exhortaciones. Trazando su camino como está descrito en el libro de los Hechos, diríamos que él no hacía otra cosa sino predicar; pero, leyendo las introducciones de sus epístolas, diríamos que no hacía otra cosa sino orar. Siguiendo el ejemplo de nuestro bendito Señor en Sus labores incansables, él aprendió la necesidad de la oración constante a Dios.
De igual manera, la oración es una necesidad para cada hijo de Dios, porque somos tan débiles, impotentes y enteramente dependientes; y la oración es la expresión de nuestra necesidad de Él al cual oramos. Dependiendo de Dios por todas las cosas, nuestras mismas necesidades nos urgen a Su presencia; y teniendo libertad de acceso por Cristo en virtud del lugar—el de los hijos—que ocupamos, y en virtud del parentesco de que gozamos, “lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro” (He. 4:16).
1º. La Manera De Orar
El Señor nos enseña cómo debiera ser nuestra manera de orar. Hablando a Sus discípulos del tiempo cuando debiera estar ausente de ellos, dice: “todo lo que pidiereis al Padre en Mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en Mi nombre, Yo lo haré” (Jn. 14:13-1413And whatsoever ye shall ask in my name, that will I do, that the Father may be glorified in the Son. 14If ye shall ask any thing in my name, I will do it. (John 14:13‑14)). Dos cosas se implican en esto: el nombre de Cristo es nuestra autoridad para acercarnos a Dios el Padre; nuestro título de acercamiento es en Cristo, y solamente en Cristo. Esta verdad nos da confianza. Si solamente pensáramos en nosotros con nuestros fracasos e indignidad, jamás nos atreveríamos a entrar en la presencia de Dios; pero cuando fijamos los ojos en Cristo, en lo que Él es en Sí mismo, lo que es para Dios, y lo que es a favor nuestro; cuando nos acordamos de que aparecemos ante Dios en toda Su aceptabilidad infinita, entonces comprendemos que Dios se deleita en nosotros—en nuestro acercamiento, en nuestros ruegos y oraciones. Así estamos animados a acercarnos a Dios, y a descargar nuestros corazones ante Él en todo tiempo de necesidad o prueba.
Segundo, pedir alguna cosa en nombre de Cristo es más que tener un título por Su nombre: en verdad, es estar ante Dios en el valor total y autoridad de aquel nombre. Si, por ejemplo, presento un cheque al cajero de un banco, pido el valor del cheque en nombre del que lo firmó. Así cuando aparezco ante Dios en el nombre de Cristo, presento mis súplicas con todo el valor que Su nombre tiene para Dios. Por lo tanto, Cristo dice, “Todo lo que pidiereis al Padre en Mi nombre, esto haré,” porque de veras es el gozo del corazón del Padre conceder toda petición que así se presenta. La promesa es absoluta y sin limitación alguna por la sencilla razón de que no se podría pedir nada en el nombre de Cristo que no estuviera de acuerdo con la voluntad de Dios. No podríamos invocar Su nombre para cualquier deseo que no fuera inspirado en nuestros corazones por Su mismo Espíritu.
2º. Más Instrucciones Sobre El Mismo Tema
En el capítulo 15 de San Juan nuestro Señor nos da más instrucciones tocante al mismo tema. “Si estuviereis en Mí, y Mis palabras estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho” (Jn. 15:77If ye abide in me, and my words abide in you, ye shall ask what ye will, and it shall be done unto you. (John 15:7)). Con ésta hay otra Escritura relacionada: “Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si demandáremos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye” (1 Jn. 5:1414Afterward Jesus findeth him in the temple, and said unto him, Behold, thou art made whole: sin no more, lest a worse thing come unto thee. (John 5:14)). En este pasaje es conforme a la voluntad de Dios, excluyendo así todo lo que no sea según Su voluntad. Pero nuestro Señor dice, “lo que quisiereis,” y esto trae ante nosotros un aspecto de la oración de suma importancia: Juan 15:7 es condicional: “si estuviereis en Mí, y Mis palabras estuvieren en vosotros,” lo cual quiere decir, morando en Cristo, siempre acordándonos de que dependemos de Él absolutamente por todo, y que sin Él nada podemos hacer. Verdaderamente expresamos Sus propios pensamientos y deseos cuando Sus palabras están en nosotros, amoldándonos según Su propia mente, formándose a Sí mismo en nosotros; y por lo consiguiente lo que quisiéremos tiene que ser “conforme a Su voluntad.” Al mismo tiempo se dará por entendido que el poder de nuestras oraciones depende de nuestro estado espiritual. Este es un principio infalible y se expresa en 1ª Juan 3:21-22: “Carísimos, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos, la recibiremos de Él, porque guardamos Sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él.”
Santiago también nos dice que “la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho” (Stg. 5:16). ¡Cuán importante es todo esto! A veces estamos muy negligentes espiritualmente, y así se interrumpe la comunión con Dios: nuestras oraciones resultan frías e inanimadas, degenerándose en vanas peticiones de verdades conocidas o frases viejas que finalmente llegan a ser fórmulas muertas sin significado. Se repiten palabras para apaciguar la conciencia, sin expresar las necesidades del corazón, tampoco los anhelos del alma hacia Dios; pero no hallan ninguna respuesta y no traen ninguna bendición. ¡Tengamos cuidado de no caer en un estado tal, porque es el principio del descarriamiento del creyente! Si por la gracia de Dios esta condición rebajada no se reprime a tiempo, tal creyente puede traer mucha deshonra y aun vergüenza abierta al nombre de Cristo.
3º. Los Usos De La Oración Son Múltiples
En primer lugar, el Señor nos ha asociado a nosotros con Él mismo en todos los deseos Suyos. Sí, “nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con Su Hijo Jesucristo” (1 Jn. 1:33All things were made by him; and without him was not any thing made that was made. (John 1:3)). Por eso Dios espera que nuestro amor tenga comunión con todo lo que es apreciado por Su propio corazón. Él ha hecho nuestros Sus intereses; por lo consiguiente Él espera que nos enteremos bien de éstos y que sean el objeto de nuestras oraciones.
¡Qué privilegio más grande! Nos es permitido escudriñar todos los propósitos de Dios como se revelan en la Palabra; a contemplar con deleite Su desarrollo; a mirarlos todos centrados en y fulgurando de la persona de Su Cristo, tanto como aumentando el crecimiento de gloria a Su nombre. En verdad, si estamos capacitados por el poder del Espíritu para entrar un poco en esta posición maravillosa, sin duda no nos faltará ni asunto ni motivo para la oración.
Además, podemos expresar en la oración todas las numerosas necesidades de nuestras almas. “Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6-7). Esta palabra es más notable porque se halla en el mismo capítulo en donde el Apóstol nos asegura que “mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (v. 19). Aunque se nos da a compartir esta bendita confianza, Dios quiere que nosotros con toda la libertad de que gozamos como Sus hijos, hagamos notorias ante Él todas nuestras peticiones; y aun cuando no nos dé una respuesta afirmativa en todo caso, no obstante, Él nos asegura que Su “paz ... guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús.” De esta manera se establece esa confianza en nuestra comunión con Dios, se forma la práctica inapreciable de vivir sin reserva delante de Él, y se cultiva la intimidad de comunión para con Él. De acuerdo con esto el salmista exclamó: “Esperad en Él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de Él vuestro corazón” (Sal. 62:8); y el Apóstol Pedro dijo: “echando toda vuestra solicitud en Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 P. 5:7).
4º. La Fe Relacionada Con La Oración
Se debe agregar que la Palabra de Dios da mucho énfasis a la fe relacionada con la oración. Nuestro Señor ha dicho: “os digo que todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Mr. 11:24). Santiago nos dice: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada. Pero pida en fe, no dudando nada” (Stg. 1:5-6); y otra vez nos dice que “la oración de fe salvará al enfermo” (cap. 5:15). Así también leemos en Hebreos 11:6 que “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que Le hay, y que es galardonador de los que Le buscan.” Es fácil entender esto, porque de seguro Dios tiene derecho de contar con nuestra confianza en Su amor, y en Su carácter, y nuestra fe en Su Palabra, ya que se nos ha revelado a Sí mismo en la persona de Su Hijo amado. Por eso, abrigar dudas mientras nos acercamos a Él en la oración sería deshonrar Su nombre. Él quiere que contemos con Su fidelidad y amor, tal como Él cuenta con nuestra confianza y fe. Nuestro bendito Señor hizo recordar a Sus discípulos: “vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros Le pidáis” (Mt. 6:8). Y el Apóstol Pablo agregó: “el que aun a Su propio Hijo no perdonó, antes Le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará, también con Él todas las cosas?” (Ro. 8:32). Así que el don de Su propio Hijo—por cuanto fue Su don más grande y la más perfecta prenda de Su amor—es el fundamento sobre el cual podemos descansar en la plena seguridad de que no nos quitará ningún bien (véase Salmo 84:11), sino que se deleitará en bendecirnos según el intento de Su propio corazón y Su conocimiento perfecto de nuestras necesidades.
5º. La Oración Verdadera En Y Por El Espíritu Santo
Finalmente, toda oración verdadera debe ser en y por el Espíritu Santo (véanse Romanos 8:26-27; Filipenses 3:3; Judas 20). De veras, Él es el poder para la oración, tanto como es el poder para cada actividad de la vida espiritual. Así que dependemos enteramente del Señor Jesús para el acceso a Dios, del Espíritu Santo para el poder en la oración, y de Dios para las bendiciones que anhelamos recibir. ¡A Su nombre sea toda la gloria!
Se nos recomienda muy encarecidamente la perseverancia en la oración. Reglamentos en cuanto al tiempo o la frecuencia de la oración no se pueden hacer o imponer a nadie; pero de una cosa estemos bien convencidos: no podemos ocuparnos demasiado en la oración. “Orad sin cesar” (1 Ts. 5:17).
Mientras más vivimos en la presencia de Dios, más deseo y ocasión para orar tendremos. Es nuestra responsabilidad orar sin cesar, manteniendo siempre ininterrumpidamente el sentido de dependencia de la gracia divina y nuestra necesidad de ella también. Sólo así podremos echar toda nuestra solicitud en Dios, gozar siempre de libertad de corazón en Su presencia, y como consecuencia hallar siempre temas nuevos de gratitud y de alabanza en el recibimiento sin cesar de misericordia, gracia y bendiciones como fieles respuestas a nuestras plegarias. Amén. FIN.