Número 8: El Verdadero Lugar De Adoración

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Se pregunta: ¿Dónde está el lugar de adoración para el cristiano? Es por demás recorrerles que el término común, lugar de “adoración” o “culto,” abunda por todas partes, y francamente concedo que su significado es simplemente un lugar llamado “templo,” etc., donde se congregan creyentes e inconversos los domingos y otros días. P
ero es de suma importancia que cuando se trata de las cosas del Señor, que no usemos palabras que pueden comunicar impresiones erróneas, o falsificar la verdad de Dios. Nuestro único recurso para obtener la respuesta a nuestra pregunta es hacer uso de las Escrituras.
Permítanme, pues, dirigir su atención al siguiente pasaje: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesucristo, por el camino que Él nos consagró nuevo y vivo, por el velo, esto es, por Su carne; y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, lleguémonos” (He. 10:19-22). Tenemos en esta porción de las Escrituras, hablando en términos generales, tres cosas: la sangre de Jesús, el velo roto, y el gran sacerdote sobre la casa de Dios. Sobre el fundamento de estas tres cosas tenemos la exhortación de acercarnos en adoración.
Si examinamos un poco el significado de cada uno, hallaremos la respuesta a nuestra pregunta. Primeramente, pues, tenemos libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesús. Al examinar el argumento del escritor inspirado, somos convencidos de que se hace mención de la sangre de Jesús en contraste con “la sangre de los toros y de los machos cabríos.” El hecho de que los sacrificios bajo la antigua dispensación fuesen ofrecidos continuamente año tras año, comprueba que los pecados de los adoradores nunca fueron realmente purgados, para que no tuviesen más conciencia de pecado. En Hebreos 10:3 dice: “Empero en estos sacrificios cada año se hace conmenoración de los pecados.” La razón fue ésta: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (v. 4).
Habiendo confirmado el escritor todo esto, ahora demuestra el contraste más definido entre el valor del sacrificio de Cristo y el de los sacrificios según la ley. Léanse cuidadosamente los versículos 5-14. En una sola sentencia aclara todo, diciendo: “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” Los sacrificios según la ley jamás hicieron perfectos a los adoradores.
Por una sola ofrenda Cristo nos ha hecho perfectos para siempre. Esta verdad es tan amplia e inmensa que es necesario meditarla muchas veces, para que se pueda apreciar un poco. Se da a entender que por el sacrificio de Cristo a mi favor yo actualmente ya no tengo más conciencia de pecado. Tampoco tendré jamás conciencia de pecado según el aspecto presentado aquí, porque, mediante la eficacia de esa sangre preciosa, tengo ahora y para siempre un título de entrada libre a la presencia de Dios. En una palabra, nadie ni nada puede privarme del lugar que Él me da en Su presencia inmediata, “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” Por aquel sacrificio, por lo tanto, yo he recibido una entrada a Dios, una libertad perpetua de acceso a Su presencia.
La segunda cosa por notar es el velo roto. La sangre de Cristo nos ha dado el título de entrar en Su presencia; luego leemos del “camino que Él nos consagró nuevo y vivo, por el velo, esto es, por Su carne.” En esto, tenemos un contraste entre la antigua y la nueva dispensación. Así pues, en Hebreos 9:7-8 leemos: “Mas en el segundo, sólo el pontífice una vez en el año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo, y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando en esto a entender el Espíritu Santo, que aun no estaba descubierto el camino para el santuario, entre tanto que el primer tabernáculo estuviese en pie.”
El pueblo estaba enteramente excluido; la razón por qué era, como hemos visto, que la sangre de los toros y de los machos cabríos jamás pudiera quitar los pecados. Consecuentemente, uno que no fuese el sumo pontífice hubiera sido muerto de seguro si se hubiese atrevido a entrar dentro de aquel velo terrible (véase Levítico 16:1-2). Pero tan pronto como fue consumado el sacrificio de Cristo en la cruz, “el velo del templo se rompió en dos, de alto a bajo” (Mt. 27:51). Por Su muerte Él glorificó a Dios en cada atributo de Su carácter con respecto a la cuestión del pecado, y por una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Por eso el velo se rompió, significando que el camino estaba ahora abierto hasta dentro del lugar santísimo. Así, aquel sacrificio que rompió el velo para darnos la entrada, igualmente ha quitado el pecado que nos excluía. Es ahora el privilegio de cada creyente, sobre la base de la eficacia del sacrificio de Cristo, de entrar continuamente dentro del lugar santísimo, teniendo toda libertad de hacerlo por la sangre de Jesús.
Pero hay una tercera cosa indicada, la cual notaremos antes de fijar nuestra atención en las consecuencias completas de estas verdades tan benditas, v.g.: tenemos “un gran sacerdote sobre la casa de Dios.”
¿Dónde está nuestro gran sacerdote? Leamos: “Así que, todo sacerdote se presenta cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero éste, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, está sentado a la diestra de Dios, esperando lo que resta, hasta que Sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies. Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:11-14). De esto, sabemos que nuestro Gran Sacerdote está sentado a la diestra de Dios, y que Su lugar allí se debe al hecho de que Su obra expiatoria ha sido consumada. Su misma presencia en el cielo es testigo y prueba de la eficacia permanente de Su obra, y como resultado un estímulo perpetuo para que Su pueblo entre con toda libertad en el lugar santísimo, dentro del velo ya roto.
Tales son los tres hechos inmensos: la sangre de Jesús, el velo roto, y el gran sacerdote sobre la casa de Dios, a los cuales el Espíritu Santo dirige nuestra atención, exhortándonos a llegar “con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua limpia” (v. 22). Este es el lugar tipificado por el “santuario” en el tabernáculo en el desierto, el lugar dentro del cual Cristo, nuestro representante y precursor, ya ha entrado (véase Hebreos 4:14; 6:19-20). Por consiguiente, nuestro lugar de adoración se halla en la presencia inmediata de Dios, donde se ejerce el ministerio de Cristo como nuestro Pontífice. Es verdad que todavía estamos en esta tierra como extranjeros y peregrinos cuando contemplamos la cuestión del sacerdocio. Pero este mundo jamás puede ser el lugar de nuestro culto, por cuanto tenemos “libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesucristo.” Allí, y sólo allí, se puede rendir culto aceptable a Dios. Si yo quisiera rendir homenaje a un rey, tendría que hacerlo ante su asiento real para que fuese recibido. Mucho más, si yo deseo adorar a Dios, con mayor razón debo rendirle culto en el lugar donde se sienta en Su trono y a donde, por gracia inefable, me ha dado el título de entrada para siempre por la sangre preciosísima de Cristo. Allí arriba, dentro del velo roto, en Su presencia inmediata y en ningún otro lugar, Su pueblo debe rendirle culto. ¡Qué privilegio más maravilloso y gracia indecible nos ha conferido para que gocemos de una libertad constante de acceso ante Él para rendirle adoración y alabanza!
“Entremos, pues—¡Oh! adorad
Al Dios de amor y luz;
Las preces y las gracias dad
En nombre de Jesús.”
Teniendo presente esta verdad, estoy seguro de que, cuando se habla comúnmente de un lugar de culto en esta tierra, tal concepto no va de acuerdo con la enseñanza de las Escrituras, y menoscaba nuestros privilegios.
No olvido que en muchos casos, como ya he dicho, poco se entiende por la frase, “lugar de adoración,” pero, por otra parte, significa mucho para ciertas persona, y engendra la idea de edificios sacrosantos y consagrados. Los judíos poseyeron un “santuario mundano” (He. 9:1), construido bajo dirección divina y según mandato divino. Pero construir un “santuario” o un “edificio santo” ahora, es ponerse bajo el judaísmo, e ignorar la verdad que “tenemos tal pontífice que se asentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre” (He. 8:1-2). Por eso, no puede haber un lugar de culto en la tierra, ni llamarse un edificio como tal; pues aunque inconscientemente sea hecho, es ignorar el lugar y privilegio del creyente, y falsificar la verdad de la cristiandad.
Quizás sea necesario aludir a un punto más, y es que todos los creyentes igualmente tienen el mismo privilegio de entrar en el santuario. Las Escrituras que tratan de la verdad de la Iglesia desconocen un orden sagrado de los hombres, distinto a otros creyentes, y quienes ostentan un título de entrada a Dios con privilegios especiales, exceptuando a los otros. Todos los creyentes en Cristo son igualmente sacerdotes, y todos tienen la misma libertad de acceso a Dios como adoradores. El pasaje Hebreos 10:19-22 ha decidido para siempre esta cuestión. Volvamos a notar los términos de esta frase: “así que, hermanos.” Se dirige igualmente a todos, y todos tienen el mismo derecho de entrar con libertad al santuario por la sangre de Jesús. Otra vez el Apóstol dice: “lleguémonos,” asociándose con todos aquellos con quienes habla, porque él y ellos se hallaban iguales ante Dios con respecto a la adoración. (Léase también 1ª Pedro 2:5-9.)
Es urgente retener esta verdad en vista de la sustitución, en lugar de ella, de un sacerdocio de carácter judaico, con sus pretensiones y supersticiones. Las dos cosas concuerdan, pues si existe un lugar terrenal de culto, también es preciso que haya un orden de sacerdotes; estas dos cosas combinadas constituyen una negación de la cristiandad. Por eso es preciso que contendamos eficazmente por la fe que nos ha sido dada una vez a los santos.
Pero, referente a este tema, no debemos contentarnos con solamente la doctrina. La cuestión para el corazón es ésta: ¿Entendemos lo que es acercarnos en adoración al lugar santísimo? Solemnemente quisiera insistir que nada menos que un entendimiento cabal de esta verdad dará satisfacción al corazón de Cristo, quien, en virtud de Su sangre preciosa nos brinda este privilegio inefable. ¡Qué seamos satisfechos con nada menos que el pleno gozo de tan sublime privilegio!
Si hubiéramos visto a Aarón levantar el velo sagrado para entrar en la presencia terrible del Dios santo el día de la expiación, nos habríamos quedado impresionados no solamente con la solemnidad del acto, sino también con la posición maravillosa de privilegio y proximidad que ocupó él, en virtud de su sacerdocio. Cada creyente ocupa esta misma posición ante Dios. ¡Qué Dios nos dé más y más entendimiento de lo que quiere decir estar “dentro del velo roto,” y que comprendamos más la eficacia de aquella “sola ofrenda” de Cristo, quien nos ha allegado a Dios sin mancha y sin temor de entrar!