Ocho lecturas sobre la profecía

Table of Contents

1. Importancia del estudio profético, y el espíritu en que debe llevarse a cabo, y una ojeada general al testimonio profético
2. La segunda venida de Cristo, anterior al Milenio
3. Los tratos pasados de Dios con la nación de Israel
4. La vuelta y restauración de los judíos
5. El reino milenario de Cristo y la bendición universal del mundo están relacionados con la restauración de los judíos
6. La gloria y vocación distintas de la Iglesia, como la esposa y coheredera con Cristo
7. La predicha corrupción del cristianismo y sus resultados finales
8. La época de los gentiles; el carácter y fallo de las grandes potestades gentiles
9. La esperanza de la Iglesia, con observaciones prácticas y concluyentes
10. Apéndice: La Iglesia removida antes de los juicios apocalípticos

Importancia del estudio profético, y el espíritu en que debe llevarse a cabo, y una ojeada general al testimonio profético

(Véase Isaías 6).
Si el tema de este discurso fuera la importancia de la profecía misma pudiéramos considerarla bajo un doble punto de vista, en lo que respecta al mundo, y lo que concierne a la Iglesia. La profecía es en parte el testimonio de Dios al mundo —un testimonio, en verdad, de amonestación y de terror, dignamente representado por el libro o rollo de Ezequiel, escrito por dentro y por fuera, y lleno de aflicciones, lamentación, y miseria—. Y ciertamente, una de las más tristes consecuencias del olvido en que los cristianos en general hemos tenido la palabra profética es, que en lugar de resonar continuamente a oídos del mundo este solemne y triste testimonio por lo que respecta a su curso y fin, hemos hecho armonía al suave arrullo de Satanás de “Paz, paz”, con el cual hace que este pobre mundo caiga en sueño más profundo, mientras que los juicios de Dios, que han de sobrecogerlo, esos no se tardan. El mundo sueña que un siglo de oro, un período de paz, de libertad y buen gobierno, está muy cerca; y trabaja, y ha trabajado por muchos siglos, por hacerlo llegar. El pueblo de Dios, también, cual las vírgenes insensatas, se han cabeceado y aun dormido, en vez de velar la larga noche, esperando salir a recibir al Esposo en su venida; ellos también han tenido sus sueños, y se han imaginado la llegada lenta y gradual de aquel mismo bendito período. Y mientras que el mundo ha procurado apresurar su llegada haciendo uso de todos los medios e invenciones que le proporcionan la filosofía y la ciencia, la economía política, y una filantropía basada en éstas, ¡cuántos santos de Dios han añadido a estos el evangelio, tratando de perfeccionar la maquinaria por cuyo medio este culpable y mísero mundo será restaurado a disfrutar gozo y pureza universales! Sí; y si se nos dijera (como sin duda muchos piensan) que el cristianismo debe ocupar el primer puesto y que debemos considerar las demás cosas solamente como fuerzas auxiliares a este fin, ¿qué habríais ganado? El mundo y la Iglesia aún están unidos en común falange, librando una común batalla, animados por común esperanza de victoria, y asegurando descanso, paz, y contento aquí en este mundo. Todos se aúnan para alejar de sí la idea del día malo, o para negar que tal día podrá venir. Los profetas, bien en el mundo o en la Iglesia, convienen en profetizar cosas agradables, y claman, “Paz, paz, cuando no hay paz”. Todo esto es el resultado de preferir los razonamientos y las especulaciones de los hombres a la santa Palabra de Dios.
¿Niego yo, entonces, que aún haya de amanecer un día de paz y bendición universales sobre este pobre y oprimido mundo? No permita Dios. El milenio está por venir, un período de justicia y gozo universales, más glorioso que todas las esperanzas que el hombre ha podido concebir —más glorioso que todo cuanto los cristianos han podido jamás imaginar; un período en que ciertamente los hombres “tornarán sus espadas en arados, y sus lanzas en podaderas”, en el cual ya “no habrá nación que venga a espada contra nación, ni aprenderán más a guerrear”, mas “la gloria del Señor será revelada, y toda carne juntamente la verá”, cuando “no harán mal ni dañarán en todo el santo monte de Dios”, cuando “la tierra estará llena del conocimiento de Jehová, a la manera que las aguas cubren la mar”—. Mas respecto al cómo debe venir este período, respecto a los medios que deberán introducirlo, afirmamos (y esperamos nos sea posible probar esto claramente por medio de la Palabra de Dios) que se ha dado la preferencia a la fantasía y especulación de los hombres, sobre las solemnes enseñanzas de este bendito libro. Espero poder mostraros por la Palabra de Dios, que no es por el progreso de la sociedad, ni la marcha de la inteligencia, ni el adelanto de la ciencia; que no es por la propagación de ideas modernas, ni por el levantamiento y desarrollo de instituciones liberales; que no es por medio de escuelas, hospitales, sociedades de paz y temperancia; no, ni aun por medio de escuelas dominicales, sociedades de tratados y misiones a los paganos, buenas como son todas estas cosas en su propio lugar (y tenemos mucho por qué alabar a Dios por éstas), no es por ninguno de estos medios que el reino de Satanás ha de ser destruido, el mundo libertado de su opresión horrible, e introducido el reino universal de justicia y paz, no; sino por la venida de nuestro Señor Jesucristo de los cielos. Este es el gran acontecimiento que se nos muestra por “la palabra profética confirmada”, acontecimiento que los hombres se han propuesto fijar en un período indefinido y distante, pero que las Escrituras nos muestran como el acontecimiento pronto a suceder, inminente, y que concierne a santos y pecadores. Tiene diferentes fases para estos, os concedo: para los unos, luz; para los otros, tinieblas; a los unos gozo; a los otros, tristeza; para estos, libertad, triunfo y bendición eternos; para aquellos, confusión y tormento eternos. Pero sea que lo consideremos con referencia a los unos o a los otros, es el gran acontecimiento predicho en la palabra profética, el centro, por decirlo así, de los tratos venideros de Dios para con los hombres. Y tiene lugar, no al final, como se supone, sino al principio de este período de justicia universal sobre la tierra. Precede a aquel período, lo introduce; y puede suceder durante nuestra propia vida —durante el breve espacio de nuestra permanencia aquí abajo.
Pero no continuaré este tema, por ser asunto especial de nuestro próximo discurso cuando (con el favor de Dios) presentaremos las pruebas de esto. Mas no quise continuar mi asunto sin mencionar este hecho, por este motivo; que en nada se ha mostrado tanto el mal efecto causado por la negligencia general de la profecía entre los cristianos, como en lo que respecta a este acontecimiento en su relación para con el mundo. En vez de dar testimonio de este portentoso evento que tan rápidamente se acerca, los cristianos han sustituido, como medio de obrar en la conciencia de los indiferentes, el pensamiento de la incertidumbre de sus vidas, y la idea del día final de retribución, al finalizar el tiempo, en la disolución de todas las cosas. No pretendo decir que las Escrituras guardan silencio acerca de estas cosas. De ninguna manera. En algunas partes se hace referencia a ellas. “Está impuesto a los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio”. El juicio de los muertos ante el gran trono blanco se describe solemnemente en Apocalipsis 20. Pero sí podemos afirmar con toda seguridad que el tema del testimonia profético no es, ni la incertidumbre de nuestra existencia, ni el levantamiento del gran trono blanco en la consumación de todas las cosas, sino la venida del Señor Jesucristo personalmente en las nubes de los cielos, para descargar juicios terribles sobre los moradores de la tierra, aquellos que estarán vivos y le verán cuando Él desciende de los cielos. “He aquí, que viene con las nubes, y todo ojo le verá; aun los que lo traspasaron; y todos los linajes de la tierra se lamentarán sobre Él”. Es inmensa la diferencia del efecto producido por estas dos clases de testimonio sobre la conciencia. Es mucha verdad que la vida es incierta; nadie puede predecir la hora de su disolución. Pero esta es una observación tan común, y con la cual están tan familiarizados los pensamientos diarios del hombre, que causa poca, o ninguna impresión. Un sepulturero llega a familiarizarse tanto con su lúgubre empleo que el voltear con su pala los fragmentos descompuestos de un cuerpo humano lo impresionan tanto como el voltear un terrón o una piedra. Y lo mismo sucede en otros. Son tan poderosos los efectos de la costumbre, y estamos tan acostumbrados a oír y decir que la muerte se acerca, y que hay incertidumbre en cuanto al momento de su llegada, que esto no produce efecto sobre la conciencia. Pero haced que el testimonio de la Palabra de Dios llegue al corazón del hombre; que esté convencido que lo que espera al mundo es la venida de Cristo en las nubes de los cielos, no de aquí a mil años, sino sin que él o algún otro sepa algo en contrario, durante el período de su propia vida; que esté convencido, que con todo lo que él sepa o pueda saber en contrario, sus ojos vean el cielo abrirse y el Hijo del hombre, vestido de luz y majestad, descender acompañado de millares de Sus santos, para ejecutar juicio sobre los impíos; que a menos que él acepte al Salvador y crea el evangelio, será uno de los objetos vivos sobre quien será descargada Su ira cuando aquel Salvador venga, y “pise el lagar del vino del furor, y de la ira de Dios Todopoderoso”, digo, que él llegue a estar realmente convencido de esto, ¿no se halla aquí un objeto de majestad y terror suficiente o capaz de detener al más descuidado en su loca carrera? Y esto, ¡oh pecadores! es lo que la Palabra de Dios tiene reservado para vosotros. No soñéis en la cierta intervención de mil años. Los hombres os han enseñado a creer que este evento no sucederá sino después de pasados mil años. Pero Cristo dice: “De aquel día y de aquella hora, nadie sabe; no, ni aun los ángeles del cielo, sino solamente mi Padre”. Antes de pasar adelante, doy esta palabra de solemne amonestación a los inconversos. No os dejéis engañar. No soñéis en un milenio que tendrá que intervenir. No habrá tal cosa. Las pruebas de esto las daremos en otra noche; pero ahora, en el acto de principiar, os suplico y exhorto en la presencia de Dios, ante quien todos nosotros tendremos que comparecer, no os dejéis seducir por las ideas que se han esparcido. Nadie puede aseguraros que el día del cual hablamos está a tan larga distancia. Pero por cuanto sabemos vuestros propios ojos contemplen sus terrores, durante el período de vuestra vida natural sus relámpagos y truenos pueden resonar en vuestros oídos, y su solemnidad haga temblar vuestros corazones. Vosotros quizá estaréis entre aquellos que serán pisoteados en el lagar de vino, cuando sea manifestado del cielo Aquél que ha sido rechazado y despreciado aquí en la tierra. No os detengáis, huid a Cristo. Él es el arca de seguridad que guardará de la tempestad por llegar. ¡Oh! que seáis guiados a refugiaros en Él! Sus brazos están abiertos para recibiros. No hay uno aquí a quien él no quisiera recibir, y dar la bienvenida a Su seno. ¡Que este precioso asilo os guarde, amigos míos!
Así pues, vemos que la profecía es de importancia para todos; pero como vamos a tratar de la importancia del estudio profético, y el espíritu en que debe llevarse a cabo, claro está que es a los cristianos a quienes nos dirigimos. No es que seamos indiferentes a los demás. El amor en mi corazón no me permitió dirigir la palabra a los cristianos, sino después de haber amonestado y suplicado a los inconversos refugiarse en Cristo. Pero, amigos míos, el asunto para esta noche claramente es uno en que sólo los cristianos están interesados, por cuanto sólo los cristianos poseen dos bendiciones que son requisitos indispensables para el estudio de la profecía. Uno es, la seguridad de salvación; el otro, la presencia en ellos del Espíritu Santo de Dios. Sin la seguridad de nuestra propia salvación, ¿cómo podremos contemplar con calma los solemnes acontecimientos que llenan el futuro, según se describen por la pluma de la profecía? Si consideramos los juicios que sobrecogerán a este culpable mundo, ¿cómo podré pensar con calma acerca de estos, si abrigo en mi corazón el triste presentimiento de que pueden caer también sobre mí? Y si, por otra parte, contemplamos la gloria en la cual serán manifestados con Cristo en su venida todos los que son suyos —la gloria de que todos los creyentes son coherederos con Él— ¿cómo podré yo, con algún interés personal, pensar en esta gloria, si abrigo la duda de que yo sea uno de aquellos a quienes esta gloria pertenece? No; el estudio de la profecía requiere la previa recepción del evangelio, tal recepción que haya garantido perfecta paz. Sí, hermanos míos, es a vosotros que sabéis “que siendo justificados por la fe, tenéis paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, a quienes me dirijo en estos momentos, haciéndoos presente la necesidad del estudio de la palabra profética. Guarecidos bajo escondedero tal, asegurados de la misericordia del Salvador y del amor del Padre, vosotros podéis extender vuestra vista sobre todo cuanto la pluma de la profecía nos describe. Sí, vosotros pudierais presenciar las escenas mismas —no sólo leer de ellas, sino presenciarlas— los cielos que tiemblan y la tierra que pasa; las glorias de aquel día cuando el cielo se abrirá, y el que monta el caballo blanco saldrá, victorioso y para vencer; y sabiendo a quien habéis creído, vuestros corazones permanecerían tranquilos en medio de los terrores de la escena. ¿Dije que pudierais presenciar? Hermanos míos, tendremos que presenciar estos acontecimientos —no como simples espectadores, sino teniendo nuestra parte en todo esto—. Toda la gloria de los cielos que se abren y los innumerables ejércitos que de ahí proceden y acompañan a Jesús, el Rey de Reyes y Señor de Señores, es gloria que será nuestra porción y morada antes que aquel día haya llegado. “Cuando Él se manifestare, entonces, vosotros también seréis manifestados con Él en gloria” (Colosenses 3:4). Y el corazón necesita la plena seguridad de esto, para esperar con gozo el momento de presenciar estas escenas.
Además, en nadie, sino en los cristianos habita o mora el Espíritu Santo; y es Él, el Consolador prometido, que puede “enseñarnos cosas por venir”. Son cosas que, en verdad, suceden a los hombres sobre la tierra. Pero, no obstante, son las cosas de Dios. Son la manifestación de Sus propósitos, y el desarrollo de Sus caminos. “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. Lo que solamente Él sabe, sólo Él puede enseñar. Y ¡cuán benditas las palabras que siguen al pasaje citado ya! “Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado”. Sí, amados hermanos, es a vosotros, que habéis pasado de muerte a vida, que habéis gustado la gracia del Señor; a vosotros que poseéis este inestimable don del Espíritu Santo, enviado por el Padre, en nombre de Cristo, para guiarnos a toda verdad, para tomar de las cosas de Cristo y enseñárnoslas y mostrarnos cosas por venir; es a vosotros a quienes afectuosamente me dirijo, sobre la importancia de este tan olvidado estudio, el estudio de las porciones proféticas de la santa Palabra de Dios.
Una consideración que siempre será de peso para aquellos que realmente aprecian la Palabra de Dios, es que una muy grande porción de ella está relacionada con asuntos proféticos. Desde Isaías hasta Malaquías, todo es profecía; sin decir nada de una gran parte de las porciones precedentes, como por ejemplo la profecía de Jacob en el libro del Génesis, las de Moisés en Levítico y Deuteronomio, y muchísimos otros pasajes en los libros de Samuel, de los Reyes, y de las Crónicas. También una gran parte de los Salmos es profética en su carácter. “Todo el Antiguo Testamento”, diréis vosotros. Bien; mas pregunto, ¿cuáles son las instrucciones que tenemos en el Nuevo Testamento con respecto al uso y objeto de las profecías en el Antiguo? Permitidme llamar vuestra atención a las palabras del apóstol Pedro, que son muy claras sobre este particular: “A los cuales fue revelado, que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas de los que os han predicado el Evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo” (1 Pedro 1:12). ¿La predicación del Evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo ha nulificado la profecía del Antiguo Testamento? ¡No! Las cosas que se nos anuncian por el uno son testificadas en el otro. Y se dio testimonio de ellas, no por causa de aquellos que de ellas testificaron sino por nosotros a quienes ha llegado el testimonio, de “que no para sí mismos, sino para nosotros ministraban”. Con respecto al Nuevo Testamento mismo, todo un libro, el último, es profético. Tenemos profecías en las epístolas de Judas, Santiago, y Pedro. La notable profecía del apóstol Pablo en su segunda epístola a los Tesalonicenses, es muy conocida, sin contar otras varias en sus otras epístolas. Y con respecto a los evangelios, ¿en cuál de ellos no hay profecías? Mateo 13, 24 y 25; Marcos 13; Lucas 21; y Juan 14 a 16, contienen las principales profecías del gran profeta mismo, nuestro Señor Jesucristo. Y ¿hacemos bien en apartar la vista de estas, como de escrituras que poco nos conciernen? ¿Estimaríamos digna de recomendación semejante conducta de parte de un hijo? Supongamos que recibiere una extensa carta de su ausente padre, y que una gran parte de ella está consagrada a instruirle acerca de cierta clase de asuntos de importancia, ¿qué pensaríamos de su conducta, si a toda priesa pasara de largo esta porción, dándole a penas una ojeada, para dar la debida atención a otras porciones de la carta, que por una u otra causa, él prefiriera leer? ¿Honraría a su padre con este proceder? Y al echar al olvido —como generalmente hacen los cristianos— las porciones proféticas de las Sagradas Escrituras, ¿estamos honrando a nuestro Padre, nosotros para quien Él, en Su gracia, hizo que estas fueran escritas?
Además de esto, las porciones proféticas de las Sagradas Escrituras poseen un encanto peculiar, cuya influencia suave e indecible cautiva nuestro corazón. Os concedo que una gran parte de la profecía trata de la suerte de otras personas, y no de la nuestra. Particularmente se ocupan de los tratos o relaciones de Dios con su pueblo terrenal, y con los gentiles, para la introducción del reino del Hijo del hombre, en cuyo reino nuestro lugar no es el de vasallos para ser gobernados, sino el de coherederos, y reinaremos con Él. Así que es muy claro que la mayor parte de los detalles proféticos no se refieren a nosotros personalmente. Pero ¿es esta razón suficiente para descuidar el estudio de la profecía? ¡Qué! Habiéndonos traído Dios tan cerca de Sí mismo; habiéndonos admitido a una relación tan tierna e íntima para confiarnos Sus secretos, haciéndonos confidentes Suyos, sin ocultar nada de nosotros, ¿corresponderemos a este amor con plena y manifiesta indiferencia a lo que Él se ha dignado comunicarnos? ¿Por qué fue que Dios dijo a Abraham lo que iba a suceder en Sodoma? ¿Fue para que Abraham huyese de allí, o porque de alguna manera le interesaba personalmente? De ninguna manera. La fidelidad de Abraham para con Dios le había hecho apartarse de Sodoma; su vida y espíritu celestiales le habían hecho vivir lejos del lugar sobre que iba a caer el justo juicio de Dios. Entonces ¿por qué fue que se le comunicó la suerte que esperaba a Sodoma? “Y Jehová dijo: ¿Ocultaré de Abraham lo que Yo hago?” (Génesis 18:17). Abraham era tan querido de Dios —ocupaba para con Él el lugar de amigo de Dios— que no podía tener secretos para con Su amigo. Hubiera sido cosa muy triste que Abraham correspondiese a este amor, diciendo: “Es cosa con la cual nada tengo que ver; ninguna conexión tengo con Sodoma y sus juicios, y poco me interesan estos asuntos”. Y cuando Cristo nos dice, amados hermanos, “Ya no os llamaré siervos; porque el siervo no sabe lo que hace su señor; mas os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os he hecho notorias” (Juan 15:15 ), ¿cuál será la digna respuesta de nuestros corazones? ¿Cuál sino la más completa y reverente atención mientras que Él, en el amor por el cual nos ha admitido como amigos suyos, nos revela las cosas que ha oído del Padre? Si algún Secretario de Estado, o alguno de los principales en el gobierno, viniera a confiaros algunos secretos de la administración de negocios, ¡con cuánta atención lo escucharíais! Suponed que dijo: “Sois un amigo tan íntimo, tan querido a mi corazón, que no puedo guardar nada secreto”; ¡con cuánta mayor atención escucharíais lo que tenía que decir, cuando había principiado de este modo! Pues bien, aquí tenemos a Dios mismo, el gran Gobernador de todas las cosas, y al Señor Jesucristo, a quien Él ha nombrado para administrar su gobierno en el siglo por venir, recibiéndonos como amigos, para decirnos lo que va a suceder no en el gobierno de una provincia o de una nación, sino de aquel poderoso cambio que quitará la administración de poder y autoridad de las manos de aquellos a quienes ha sido confiada, por cuanto ha sido manifiesta su infidelidad, poniéndolo en manos de aquél, que se humilló a sí mismo, y vino a ser el siervo fiel, a quien también ha dado un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, de las cosas arriba en el cielo, de las terrenales, y aun de las infernales; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre. Y habiéndonos comunicado esto, hermanos míos, y el modo como lo llevará a cabo, los benditos resultados que de ello emanarán para todos en el cielo y en la tierra, ¿no prestaremos profunda atención e interés a los informes que se nos comunican?
Quizá se me diga: “Sí; pero las palabras en Juan 15:15 fueron dadas a los discípulos de nuestro Señor, y no pueden aplicarse a ningún otro”; bien, leamos en Efesios 1:8-10, donde, dirigiéndose a toda la Iglesia, hablando de las riquezas de la gracia de Dios, dice el apóstol: “Que sobreabundó en nosotros en toda sabiduría e inteligencia; descubriéndonos el misterio de su voluntad, según su beneplácito, que se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra, en él digo  ... ”, etc. No fueron solamente los doce apóstoles, ni los discípulos de Jesús durante su vida aquí abajo, los que fueron admitidos a ocupar este lugar de confianza e intimidad, sino toda la Iglesia es para que la gracia de Dios sobreabundó en toda sabiduría e inteligencia, y ha hecho notorio el misterio de su voluntad. Y menospreciaremos este bendito lugar, y olvidaremos las comunicaciones que Él se ha dignado darnos?
Más aún, el efecto práctico del estudio de la profecía, si rectamente llevado a cabo, es poderosa razón para recomendarlo a nuestras almas. Yo sé que a menudo se alega que la profecía es especulativa, y la gente dice que prefiere lo que es práctico. Nada puede ser más práctico. Permitidme preguntaros: ¿Cómo se produce la práctica, o conducta cristiana? No por meras ordenanzas o mandamientos. La Ley en verdad podía decir: Harás esto, no harás aquello, y no usa otro lenguaje que el de requerir con severa autoridad. Pero mientras que la Ley en sí misma es “santa, justa y buena”, todos sabemos que “por cuanto era débil por la carne”, no pudo dar poder a pecadores tales como nosotros, a cumplir con sus santas demandas. El Evangelio obra bajo un principio diferente por completo. Nos habla como a pecadores perdidos, y nos revela la plenitud de la gracia de Dios, y como esta gracia ha encontrado en la redención efectuada por Cristo Jesús, un canal por el cual puede santa y justamente fluir en corrientes de misericordia, comunicando vida, salud y perdón al más vil pecador. Nos hace ver como “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a Sí, no imputándoles sus pecados”. Los que escuchan el Evangelio, creyendo en su corazón, oyendo así, reciben vida eterna. Las cadenas se rompen, y su esclavitud al pecado toca a su fin. El corazón queda en libertad por el conocimiento del amor de Dios; y el Espíritu Santo, que en Su poder vivificante hace que el Evangelio llegue a despertar el alma, viene y mora allí como Espíritu de adopción, clamando, Abba, Padre. Hasta cierto punto, esto es lo que de sí mismo produce la conducta o vida cristiana. El hombre que ha nacido de Dios, que conoce la gracia de Cristo y el amor del Padre, por el testimonio del Espíritu Santo que mora en él, ciertamente vivirá, aunque débilmente, como corresponde a un cristiano. La paz que mora en él; el gozo que llena su corazón; el amor de Dios y afecto al Salvador, no pueden hallar expresión sino más o menos por medio de dulzura de carácter y vida proporcionada a la obra del Espíritu Santo que la produce. Mas a medida que adelanta, se hace necesario algo más que esto. Un niño puede tener la vida, las relaciones para con sus padres, y los sentimientos de un niño; y estos pueden, hasta cierto punto manifestarse espontáneamente; pero cuando pasa de la infancia a la virilidad, necesita que su carácter esté formado, su mente enriquecida, su genio modificado y vencido, y su afecto regulado en sus relaciones para con su padre, por medio de todas las instrucciones positivas que el padre se haya dignado comunicarle. Especialmente necesita las instrucciones del padre con respecto al futuro; y de hecho, el niño es enseñado y educado conforme al intento y esperanza del padre en cuanto a su porvenir. Precisamente así en cuanto al cristiano. Cada creyente es un hijo de Dios. Cada uno tiene la vida de un niño, las relaciones de un niño, los afectos de un niño. Y todos estos se manifiestan más o menos espontáneamente en cada hijo de Dios. Pero a medida que crecemos, necesitamos toda la luz que el Padre nos ha dado en Su Palabra; necesitamos realizar esto en nuestro corazón y conciencia por el Espíritu Santo, el bendito maestro a quien se ha confiado nuestra educación, para que forme nuestro carácter y conducta, conforme a la voluntad de nuestro Padre.
Y no olvidemos que somos llamados a servicio y obediencia inteligentes. “No seáis imprudentes, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). El siervo puede escuchar a su señor que dice: Haced esto, o, no hagáis aquello, y no tener comunión con los motivos de su señor, ni en una, ni en otra cosa. Pero el hijo obedece por otros motivos, aunque está bajo doblada obligación de prestar absoluta e implícita obediencia. Se espera que posea una percepción intuitiva de las cosas que agradan á su padre, por cuanto él conoce su carácter y costumbres, y además está familiarizado con los propósitos y planes que quisiera realizar. ¿Y cómo podremos nosotros servir así a nuestro Padre, si echamos al olvido la mayor parte de aquella Palabra, en la cual se ha dignado revelarnos sus pensamientos, manifestarnos sus planes, e instruirnos cómo piensa ser glorificado en Cristo, dándonos así su propia luz sobre toda la escena que nos rodea, escena que constituye la esfera en que somos llamados a vivir de un modo tal que agrademos y glorifiquemos a Dios? Nada puede ser más práctico que el estudio de la profecía.
Como resultado actual del olvido de la profecía, ¿qué es lo que presenciamos entre los cristianos? A menudo presenciamos un caso como éste: En medio de su vida mundanal y pecado, un hombre se detiene por medio de la convicción. Mientras dura la fuerza de la convicción, y él vive en temor diario de la condenación eterna que merecía, sus mismos cuidados y temores le hacen ocuparse con el mundo mucho menos de lo que él quisiera. El tiempo y energía que consagraba a satisfacer sus deseos mundanales, lo consagra ahora a la oración y la lectura de las Sagradas Escrituras, procurando por todos los medios que puede imaginar, a obtener paz para su despierta conciencia. Dentro de poco, se le trae al conocimiento del evangelio y lo cree; entonces viene a comprender cuán vanos han sido todos sus esfuerzos para conseguir lo que Cristo obtuvo para él, hace mil novecientos años, cuando muriendo en la cruz, hizo la paz por el derramamiento de Su sangre. Todos nosotros sabemos el efecto que esto produce en el alma del individuo. Se acaban sus cuidados y temores y ahora tiene “gozo y paz en creer”. Todo cuanto le oprimía como peso intolerable, y le hacía sentir disgusto por el mundo, sus placeres y deseos, ha sido quitado ya de él. Su alma es feliz, su corazón está libre. Y ¿qué es lo que sigue? ¡Ah! el corazón me duele al completar el cuadro, pero es un caso muy común, que el alma puesta en libertad por la misericordia y amor que le han redimido y perdonado se vuelva al mundo y sus costumbres y deseos terrenales, como si Cristo lo hubiese puesto en libertad para vivir en inmundicia y granjería mundanal. Podrá notarse alguna diferencia entre el modo de proseguir el mundo ahora, y antes de que la persona fuese detenida por la convicción. Podrá haber más conciencia en cuanto a los métodos empleados; podrá haber la consagración a Cristo (como se piensa) de una considerable porción de sus bienes terrenales. Pero aun así, la conducta y el designio general de su vida, es el mismo que antes de la conversión —el mismo que el del mundo que nos rodea—. ¿Por qué es esto? Y ¿por qué son tan comunes semejantes casos? ¡Ah! aquí tenemos la solución. Las personas aprenden que son salvas, sin continuar hasta aprender para qué son salvas. Aprenden quien las ha salvado, sin aprender que es nuestro privilegio velar y esperar la segunda venida de Cristo, tanto como confiar en lo que Él ha llevado a cabo. El corazón debe tener un objeto; el hombre no puede menos que obrar para el porvenir, y si no obramos de acuerdo con el futuro que la Palabra de Dios nos describe, lo formaremos con visiones de nuestra propia imaginación, o con los que recibamos de la especulación de otros. Y conforme a nuestras esperanzas actuales del porvenir, así será el tenor y corriente de nuestra vida. Entonces, ¡cuán importante y eminentemente práctico es el estudio de la profecía!
Examinaremos aunque brevemente algunas de las objeciones que muchos cristianos hacen contra el estudio de la profecía. Muchos dicen que no es esencial para la salvación. Pero ¿es suficiente saber que somos salvos? ¿No debemos nada a Aquél que nos ha salvado? ¿No nos interesa saber cómo Él espera ser glorificado en Jesús, y aprender cómo glorificarle mientras vivimos aquí? ¡Ay! buen motivo tiene para dudar de su propia salvación, el hombre que no le interesa saber otra cosa sino que es salvo.
Otros dicen que el estudio de la profecía es puramente especulativo o teórico. Pero a esto hemos contestado ya. Toda anticipación del futuro tomada de otras fuentes es mera especulación; pero aquellas tomadas actualmente de la Palabra profética de Dios, son hechos ciertos, solemnes realidades. Respecto a que no sea práctico, como muchos alegan, ya hemos considerado esto, y probado que no hay nada más práctico. El Evangelio ministra los motivos para la vida cristiana. El Espíritu Santo que engendra en nosotros una vida nueva por el Evangelio, y mora en nosotros para sostenerla y guiarla, es el poder de la conducta cristiana. La profecía nos revela el objeto de la conducta cristiana, y nos describe exactamente el juicio de Dios acerca de la escena que nos rodea, y en la cual debemos poner en práctica esta conducta. Nos muestra que así como Cristo resucitó de entre los muertos, no para ocupar inmediatamente un trono terrenal y gobernar un pueblo terrenal, sino (después de permanecer bastante tiempo para que sus discípulos estuviesen ciertos de su resurrección) para ascender a la diestra de Dios; así también nosotros: libertados de culpa y condenación, por su muerte; resucitados con Él y partícipes de su vida, hemos quedado aquí, no para perseguir los deleites y unirnos a la corriente o curso del mundo que yace en el maligno, y que será desolado por los juicios de Dios al volver el despreciado y rechazado Jesús; sino para que después que hayamos testificado por corto tiempo que verdaderamente Cristo ha resucitado, seremos arrebatados para encontrarle en su venida, y mientras esperamos esto, como extranjeros y peregrinos, debemos ocuparnos, en separación santa, de las cosas de arriba, donde Cristo, que es nuestra vida, está sentado a la diestra de Dios. Y para que nuestros corazones no sean atraídos por la falsa hermosura y esplendor de la escena que nos rodea, la profecía nos revela el juicio de Dios sobre su carácter y condición moral; nos muestra la madurez de la iniquidad a que tiende su curso; y predice los juicios solemnes porque finalmente será visitada, para que pueda establecerse aquí el reinado pacífico de Jesús y sus santos. ¿Habrá algo más práctico que todo esto?
No obstante, hay otras dos objeciones, las cuales consideraremos más atentamente. Una de ellas es, la extravagancia a que muchos han llegado, por haberse entregado al estudio de la profecía aún no cumplida. Se nos cita a los Anabaptistas, y hombres de la Quinta Monarquía, en el tiempo pasado; a Southcote, Irving, y los Mormones de nuestros días. Se nos habla de estos y se nos amonesta contra toda idea de estudiar la profecía, por el ejemplo de los terribles errores en que estos individuos han caído. Pero consideremos esta objeción, porque prueba demasiado. Si algo prueba, prueba demasiado. Se nos dice que no debemos estudiar la profecía, porque hombres fanáticos, descaminados, han hecho mal uso de ella. Pero; si el abuso de una cosa es un buen argumento contra el uso de ella, entonces debemos abandonar no solamente el estudio de las Escrituras proféticas, sino de toda la Palabra de Dios. ¿Qué Escritura hay que no haya sido pervertida por hombres descaminados, y perversos engañadores para conseguir sus malos fines? Además de esto, todos o casi todos los que nos presentan como faros —por cuyo medio nos previenen contra el estudio de la profecía— pretenden haber recibido nuevas revelaciones. Pretenden ser profetas. No es el estudio sobrio, serio, paciente, con oración, de lo que ya ha sido revelado en la Palabra de Dios, lo que caracteriza a los maestros fanáticos de profecía; no; es la pretensión de haber recibido ellos mismos nuevas revelaciones. Hermanos míos, no es que quiero que vosotros seáis profetas, o que recibáis todo cuanto alguno que pretenda ser profeta quiera enseñaros; es para precaveros contra tales fraudes, que os invito a que prestéis vuestra más profunda atención a las enseñanzas de las páginas proféticas en la santa Palabra de Dios. Y el hecho es, que la objeción que estamos considerando no solo prueba demasiado para los que la hacen, sino que también prueba todo lo contrario de aquello para qué es presentada. En vez de probar que la profecía debe relegarse al olvido, prueba que debe estudiarse —en oración, seriamente— en completa dependencia del Espíritu de Dios, pero debe estudiarse. Y ¿qué es lo que da tal prestigio, tan grande poder a los engañadores a que acabamos de referir? Es la ignorancia de muchísimos cristianos en los asuntos que estos impostores tratan tan extensamente. ¿Dónde está un hombre más propenso a ser descaminado? ¿En el camino en que continuamente anda, el cual le es tan conocido como el interior de su propio hogar? No; la noche puede estar tenebrosa, la senda muy intrincada, pero la conoce tan bien que no puede descaminarse. Es en terreno desconocido, donde cada senda y callejuela son nuevas para él, y además las tinieblas cubren toda la escena, donde pierde su camino; es aquí donde el ignis fatuus guía al caminante a profundo pantano; aquí, donde el falso y traidor guía puede llevarle por intrincados laberintos a una guarida de ladrones. Y lo mismo sucede con la Palabra de Dios. No es por medio de aquellas porciones que conocemos mejor, que Satanás y sus emisarios puedan descaminarnos. Pero si hay un gran campo de verdad con el cual los cristianos no están muy familiarizados —alguna porción de las Escrituras relegada al olvido por la mayoría de los cristianos, como el estudio profético— allí es donde el tentador pone en juego toda su maestría. Por llamar la atención a alguna parte notable de estas porciones descuidadas, despierta el interés de los cristianos, les hace sentir el peso de su ignorancia; y llegan a conocer algunas verdades que no habían conocido antes. ¡Ay! pero estas verdades son usadas por Satanás cual dorado cebo para ocultar y disfrazar el anzuelo de algún mortífero error, el cual artificiosamente cubre con la verdad descuidada, y que ahora acaba de recobrarse. Hermanos míos, es nuestro descuido de la Palabra de Dios lo que deja franca la puerta al enemigo. Es el descuido de la Palabra profética lo que causa que los cristianos sean la fácil presa de cualquier impostor que pretende haber recibido luz sobre la profecía. ¡El Señor nos conceda aprender esta lección por el pasado! Y teniendo nuestros lomos ceñidos de verdad, tomando la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, podamos apagar todos los dardos de fuego del maligno, que podamos resistir en el día malo, y estar firmes.
Pero hay otra objeción más sutil, y quizá ejerce más influencia sobre muchos cristianos que la que acabamos de considerar. Es ésta: Se alega que el uso principal de la profecía, si no el único, es después del acontecimiento, para demostrar la verdad de Dios y hacer patente su fidelidad en cumplir Su Palabra. Y añaden: “Sí: Usted no puede comprender la profecía sino hasta después del acontecimiento que predice. Esta es la sola llave con que puede abrirse, y luego se verá como Dios ha hablado y cumplido su palabra. Mas de nada sirve escudriñar la profecía sino hasta entonces”. Tal es la objeción. Jamás pensaríamos en negar que la profecía cumplida tiene tal uso. Ciertamente usamos de la profecía cumplida para confirmar. Pero decir que el principal uso de la profecía no cumplida aún, sea hasta después del evento, es oponerse abiertamente a las declaraciones más sencillas de la Palabra de Dios. Véase 2 Pedro 1:19: “Tenemos también la palabra profética, a la cual hacéis bien de estar atentos”. ¿Cuándo? ¿Cuándo los eventos hayan sido cumplidos, y la luz que arrojan sobre la profecía pruebe claramente que Dios ha dicho la verdad? ¿Es para entonces? No. “A la cual hacéis bien de estar atentos, como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”. El uso de la profecía es el de una antorcha, para alumbrar los pasos del viajero en su senda oscura y solitaria. No pensaríamos en encender una vela y levantarla en alto contra el Sol para hacer manifiesto que el Sol alumbra a mediodía. Como alguien ha dicho; si el uso principal de la profecía no cumplida es después del acontecimiento, serán los justos, o los malvados que podrán utilizarla. No pueden ser los malvados; será demasiado tarde para ellos, cuando sus predicciones sean cumplidas ya en su destrucción. El diluvio probó la verdad de la palabra de Dios proclamada por Noé; pero fue demasiado tarde para servir de algo a un mundo de pecadores, que perecieron por no haber escuchado antes la palabra de amonestación. Y respecto a los justos, ciertamente no necesitan el cumplimiento de la profecía para estar cerciorados que Dios dice la verdad. No somos cristianos, si no creemos esto. No; hermanos míos, nosotros no necesitamos ver el cumplimiento de la profecía para cerciorarnos que Dios dice la verdad. Pero necesitamos toda la luz que ésta arroja sobre nuestra senda actual, sobre la escena que nos rodea, para guiarnos a través de sus intrincados laberintos, hasta aquella ciudad que nos revela como el hogar de nuestro fatigado corazón, y nuestra eterna mansión de gozo y paz.
Con respecto “al espíritu en que el estudio profético debe llevarse a cabo”, pocas palabras serán suficientes. Isaías 6 nos proporciona plena y bendita instrucción sobre el particular. Vemos a Isaías en su preparación para ser profeta. Y de seguro la preparación necesaria para el estudio de la profecía es del mismo carácter moral. No es poder intelectual, prontitud natural de percepción, ni precisión de juicio. Cuando Dios es el maestro, y pecadores salvos por gracia los discípulos, el proceso preparatorio es moral y espiritual. La profecía no fue dada para proporcionar material a imaginaciones curiosas, o mero campo donde poner en práctica el poder intelectual. Es dirigida a la fe, para ser recibida en simplicidad como procedente de Dios, y venir así a formar parte íntegra de la existencia misma del hombre interior, humillándonos a los pies de Dios; alejándonos del mundo; haciéndonos capaces de despreciar sus atractivos, y mantenernos quietos y pacíficos en medio de sus convulsiones y trastornos, sabiendo de antemano cuál será el fin de su altiva y presuntuosa carrera, y que Dios ha provisto a la seguridad y bendición de los suyos —unos ya arriba, otros en medio de la confusión general—. Y ¿qué pudiera hacernos capaces de continuar rectamente el estudio de un asunto tan interesante, sino un aprendizaje como el de nuestro profeta? Considerémoslo por un momento. “En el año que murió el rey Uzzías, ví yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas henchían el templo”. “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria”, es la voz que sale de los labios del postrado serafín. Y ¿qué efecto produce en el profeta la visión de la gloria? Marchita todo orgullo y hermosura de la carne. En presencia de esta gloria, el profeta viene a comprender su condición abyecta y pecaminosa, como también la de aquellos entre quienes vive. “Entonces dije: Ay de mí, que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”. Esto es tan necesario para nosotros como lo fue para el profeta. Lo que necesitamos para escudriñar a fondo y con seguridad las escenas que se nos revelan por la profecía, es este despojamiento de toda confianza en nosotros mismos, comprendiendo que somos como pobres pecadores en la presencia de un santo Dios. Son escenas de juicio, de desolación, que serán reemplazadas por hermosa gloria; y estando instruidos de ellas no pudiéramos revisarlas sin que nuestro previo conocimiento nos hiciera envanecernos, a no ser que hayamos aprendido el valor de estas cosas a la luz de la gloria de Dios. Esta es sublimidad que nosotros discernimos por medio de la fe; al profeta fue revelada a la vista. ¡Oh! necesitamos conocernos a nosotros mismos; descubrir cuánta sea nuestra propia miseria y culpabilidad, para que también aprendamos a odiarnos a nosotros mismos: o de lo contrario, nuestro vano y orgulloso corazón nos hará usar de nuestro conocimiento de la profecía, para creernos superiores a nuestros hermanos. Isaías toma su lugar, identificándose con su nación. No sólo confiesa que él es hombre de labios inmundos, sino que mora en medio de un pueblo de labios inmundos. Conceda el Señor que en la presencia de Su gloria, también nuestros corazones sean quebrantados.
Mas no se dejó allí al profeta: gracia le es administrada. Se le hace saber que su culpa es quitada, y purgado su pecado. Y también a nosotros: cuando un corazón quebrantado acompaña el conocimiento de la gracia que lo ha sanado; cuando no sólo vemos “al Rey, Jehová de los ejércitos”, sino también cómo descendió al pesebre, al huerto, a la cruz; cuando le vemos allí, y leemos en su abierto costado de perdón pleno, y oímos su voz al expirar; entonces es, cuando —el corazón libre y feliz en el amor de Dios aunque por completo quebrantado y abatido— podemos llevar el estudio de la palabra profética, y considerar aquellas escenas de juicio que nos hablan de lo que merecíamos, y de lo que habríamos experimentado si la gracia no hubiera intervenido en nuestro favor.
Pero a esto sucede una pregunta: “Después oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién nos irá? Heme aquí, envíame a mí”, es la pronta respuesta del profeta. La humildad, desconfianza y aborrecimiento de sí mismo, que ninguna otra cosa puede producir sino la contemplación de la gloria del Señor (en nosotros por la fe, en el profeta por vista); la simple y bendita seguridad que brinda el Evangelio de la purgación de nuestra iniquidad, y perdón de nuestros pecados; y la prontitud para desempeñar cualquier comisión, para emprender cualquier servicio que a nuestro Señor agrade señalarnos, son las tres cosas que caracterizan la preparación moral del corazón por el Espíritu Santo para el estudio de la profecía. Y a medida que permitamos que esta disposición obre en nosotros y la fomentemos, así adelantaremos por las comunicaciones de la mente de Dios respecto al futuro, de todo lo cual la profecía nos proporciona clara y perfecta revelación.
Nuestra ojeada general al testimonio profético será sumamente breve. Desde el principio debemos tener presente esta verdad cardinal: Dios es su fin u objeto, obra para Su gloria, y no para otros fines. En todo cuanto hace, y por cualquier medio que lo lleve a cabo, esto siempre es verdadero. “De Él, por Él, y para Él, son todas las cosas: a quien sea gloria para siempre jamás”. Más aún; como Cristo es Dios manifiesto en la carne, el Verbo encarnado, y también el Verbo eterno, por Él y para Él fueron hechas todas las cosas, y todas ellas por Él subsisten; Él, Cristo, es aquél en quien toda la gloria de Dios está plenamente revelada y realizada. Y es Él de quien el Espíritu Santo da testimonio. “Él me glorificará”, dijo nuestro bendito Señor. Cristo es el centro y objeto de todos los designios, obras, y propósitos de Dios. Y de conformidad con esto, el apóstol Pedro condensa así todo el testimonio profético, lo cual nos trae directamente a nuestro asunto. Hablando de los profetas del Antiguo Testamento, los representa, “escudriñando cuándo y en qué punto de tiempo significaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual prenunciaba las aflicciones que habían de venir a Cristo, y las glorias después de ellas”. Por supuesto que las profecías concernientes a los sufrimientos de Cristo ya tuvieron su cumplimiento; y aquellas que se refieren a Su gloria personal por su resurrección de entre los muertos, y haberse asentado a la diestra de Dios, estas también han sido cumplidas ya. Pero la manifestación de Sus glorias a este mundo, esto es enteramente por venir. El mundo jamás le ha vuelto a ver desde que fue quitado de la cruz, y puesto en el sepulcro del hombre rico. Y por lo que interese o crea el mundo, aún estuviera allí. Pero hay muchos que han sido separados del mundo por las nuevas de su muerte y resurrección, y de la salvación que ha sido obrada así. Hay muchos que ahora somos partícipes de sus sufrimientos, y hechos conformes a su muerte. Su palabra nos asegura, que “si sufrimos, también reinaremos con Él”, y “si sufrimos con Él, también con Él seremos juntamente glorificados”. Esto tendrá lugar así que Él vuelva; puede suceder de un momento a otro. Cuandoquiera que este momento llegue, “el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor”.
En nuestra próxima lectura presentaremos pruebas de las Sagradas Escrituras, de que este acontecimiento es anterior al milenio, y lo introduce. Yo creo que hay distintas fases en la venida de Cristo. Una venida, pero teniendo distintos y sucesivos períodos de tiempo en su cumplimiento. Voy a probar a explicar esto por medio de una ilustración muy familiar. Supongamos que el Tribunal de Justicia viene a una ciudad para poner en orden sus cosas, y que las autoridades municipales salen a recibirlo: si hicieran alto donde se encuentran las compañías, y aún si se detuvieran allí para ventilar algunos negocios, y después de esto, el Tribunal, acompañado de aquellos que fueron a recibirle continuara su marcha; esto no sería sino una venida del Tribunal, aunque en distintos períodos de tiempo. Yo creo que así nos hablan las Sagradas Escrituras de la venida de nuestro Señor. Desciende del cielo, y la Iglesia es arrebatada a recibirle en el aire y es glorificada con Él. Las bodas del Cordero tienen lugar en el cielo. Después viene acompañado o seguido de la Iglesia —los santos resucitados y glorificados— a ejecutar juicio sobre los malvados aquí en el mundo. Pero entre estos dos períodos sucede un intervalo bastante largo, no sólo para que tengan lugar las bodas del Cordero allá en el cielo, sino también para la preparación de las cosas aquí en la tierra, la cual va a ser visitada por Él en juicio. Tan pronto como la Iglesia es arrebatada a recibir al Señor en el aire, Dios comienza a obrar entre Su pueblo terrenal, los judíos. Muchos de ellos volverán a su tierra, y se les hallará allí, aunque todavía viviendo en la incredulidad. Parte de ellos volverán sus corazones al Señor, arrepintiéndose de su maldad, nacional e individual. Habiendo sido arrebatada ya la Iglesia al cielo, las naciones de los gentiles —al menos aquellas comprendidas en la jurisdicción del gran cuarto imperio, el Romano— entregadas a eficacia de engaño, y acostumbradas por mucho tiempo a la forma de piedad sin el poder correspondiente, hacen a un lado por completo aun el nombre de Cristo, y reciben en su lugar al gran enemigo, que en su ciego orgullo desafía al mismo Dios, “el hombre de pecado”, “el anticristo”, “el hijo de perdición”, que les obliga o procura obligarlos a que lo adoren, y reciban su marca en sus frentes y en sus manos. Una parte de los que rehúsan, los hace degollar; los que le adoran tendrán que beber del vino puro de la ira de Dios. Ciertamente entre los judíos y quizá también entre los gentiles habrá muchos cuyos corazones han sido tocados por Dios, que rehusarán firmemente adorar la Bestia o su imagen, y a muchos de estos hará destruir. Otros, en atención a las amonestaciones de nuestro Señor, dadas en Mateo 24:15, etc., huirán cuando vieran allí la señal referida, y estos escaparán. Será un tiempo de tribulación cual no ha sido desde el principio del mundo, ni será más.
Eventualmente, los judíos serán maltratados y oprimidos en Jerusalén y Judea, y todas las naciones se alistarán en batalla contra Jerusalén; pero en el último punto de su angustia, cuando casi se haya perdido toda esperanza de ser librados de una cierta destrucción, repentinamente, “como relámpago”, el Hijo del hombre aparecerá, seguido de Sus santos. El hombre de pecado será destruido con el resplandor de su venida, los ejércitos congregados al derredor de Jerusalén serán extirpados, y los pobres y oprimidos judíos serán libertados de las manos de sus enemigos. Se harán terribles juicios con las naciones al derredor, y en verdad, con todas las naciones de la tierra; variando, no obstante, en severidad, conforme a la luz que hubieran recibido y abusado. Los judíos que aún no hubieren vuelto a su tierra, volverán en triunfo. Las diez tribus, perdidas por tanto tiempo, serán halladas, y traídas a su propia tierra, por la misma mano de Dios. Y Jerusalén así restablecida, vendrá a ser el trono del Señor sobre la tierra. Desde este lugar, donde han sido especialmente manifestados la presencia y juicios de Dios, se enviarán mensajeros a todas las naciones restantes sobre la faz de la tierra. Cuando los juicios de Dios están sobre la tierra sus moradores aprenderán justicia. Satanás será atado y encerrado en el abismo, por mil años, para que no engañe más a las naciones. Cristo y sus santos, ya glorificados, reinarán en plena bendición sobre la tierra, siendo su lugar de gozo y distinta bendición el mismo cielo. El mundo, libertado del yugo de Satanás, y feliz bajo el reinado de Cristo y de sus santos, disfrutará de la respuesta a aquella oración hecha miles de veces por millares de labios: “Venga tu reino: sea hecha Tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Y esto continúa por mil años. Después, Satanás es desatado por un poco de tiempo, y una vez más engaña a las naciones; pero fuego de Dios desciende del cielo y consume a los que hayan congregado. Luego se levanta el gran trono blanco. Y los muertos de los malvados, que no fueron resucitados en el principio del milenio, saldrán de sus sepulcros para recibir el juicio. Todos aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de vida del Cordero, son arrojados en el lago de fuego; ésta es la muerte segunda. Los cielos y la tierra pasarán. Cristo entregará el reino al Padre. Serán creados cielos nuevos y tierra nueva, en la cual no habrá mar. A esta tierra nueva, la Nueva Jerusalén, la Iglesia glorificada, descenderá, y Dios será todo en todos.
Este es el bosquejo más simple que podemos dar de este tan importante asunto. Para detalles con respecto a los diferentes puntos que hemos tocado, como también para pruebas en las Sagradas Escrituras de todo cuanto os hemos presentado, os remito a la Palabra de Dios, y a las porciones de ella, que nos sea permitido presentaros en las lecturas subsiguientes. Este pequeño informe sólo tiene por objeto daros una idea general de lo que trataremos de ilustrar y probar en nuestra serie de lecturas. ¡El Señor nos conceda Su bendición! Amén.

La segunda venida de Cristo, anterior al Milenio

(Léase Juan 14:1-3).
Nuestro asunto para esta noche, como antes hemos anunciado, es: “Pruebas que la segunda venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es anterior al milenio”.
Pero antes de proceder a presentaros las pruebas de las Sagradas Escrituras respecto a nuestra posición —las cuales creo ser casi innumerables— deseo expresar un pensamiento, que me es una pesada carga, en conexión con el solemne y precioso tema que formará el asunto de nuestra meditación. ¡Cuán extraño, triste, y digno de lamentarse es que “la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”, sea considerada en nuestros días como una cosa de poco valor, que poco importa, que no es “práctica”, que no es de actualidad; y que es mejor no ocuparse de ella, pues hay tiempo suficiente para esperarla de aquí a mil años! Amigos míos, ¿dónde está el afecto de nuestro corazón? ¿dónde nuestro amor para Cristo? Si no deseamos con ansia encontrar a Aquel “con cuyo rostro hay hartura de alegrías, y a su diestra deleites para siempre”, ¿cuál será la condición de nuestras almas?
Pero me diréis: “Sí, tenemos que encontrarle cuando muramos”. Verdad, le encontraremos cuando muramos; pero ésta no es la esperanza que se nos presenta en el Nuevo Testamento. Veremos esta noche, que a través de las páginas del Nuevo Testamento, se enseñó al corazón de los apóstoles y discípulos a esperar y desear con ansia, no la muerte; pero sí, la vuelta gloriosa del Señor Jesús personalmente. Esta era la esperanza de los santos en los tiempos primitivos de la formación de la Iglesia. Las nubes y tinieblas de la perversión moderna aún no arrojaban su fatídica sombra sobre esta importante cuestión. Los discípulos no creían que la vuelta del Señor estuviera necesariamente muy distante; ni había pasado aún por la mente de los cristianos primitivos la idea de que la muerte de todos los creyentes era la única cosa cierta. No: habían entendido que el tiempo de la vuelta del Señor no tenía momento fijo; que, en cuanto ellos supieran, “viniera a la primera vela” de la noche, y que todos los que vivieran entonces —vivos en el Señor— no morirían, sino “serían transformados en un abrir y cerrar de ojos”. En verdad, la muerte pudiera sobrevenirles; nadie podía decir que no. Nadie podía decir que no moriría; pero nadie podía decir que positivamente tenía que morir. Nadie decía entonces como las gentes dicen ahora: “Solo hay una cosa cierta; que todos tenemos que morir”. Aserción tan precipitada quedaba en reserva para los últimos tiempos. Pablo había dicho expresamente: “Todos ciertamente no moriremos” (1 Corintios 15:51). Y aun cuando en otra parte había dicho también el mismo apóstol: “Y como está impuesto a los hombres que mueran una vez” (Hebreos 9:27), no estaba de moda entonces poner un pasaje en directa oposición con otro, si ambos procedían de la misma fuente apostólica. Ciertamente este último pasaje no tiene una significación que contradice abiertamente la revelación hecha en el otro de tan bendito y solemne “misterio”. No; ni aun se lee en este pasaje, “está impuesto a todos los hombres que mueran una vez”; sino simplemente “a los hombres que mueran una vez”; es decir, a los hombres en general, excepto todos aquellos de quienes se habla en el siguiente versículo, los cuales estarán vivos y esperando al volver Cristo.
Pero ahora continuaremos nuestro asunto: ¿Será anterior al milenio la venida personal del Señor Jesús? ¿Tendrá lugar este acontecimiento antes o después del milenio?
1.— El pasaje que hemos leído al principio de nuestra lectura, sirve de introducción a nuestro asunto de una manera tierna y provechosa. “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en Mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; de otra manera os lo hubiera dicho: voy a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy vosotros también estéis”. Ahora bien, el Señor no dijo aquí: Voy a preparar lugar para vosotros, y luego enviaré por vosotros; aunque en el curso de su peregrinación aquí en la tierra, si el Señor tardara Su venida por un poco de tiempo, esto sería verdad: pues hasta este día el Señor ha estado llevando a la gloria, primero uno, otro después, y otro más de sus hijos a disfrutar de Su presencia. Pero cuando Él habló a Sus discípulos, quiso hacerlo dándoles una consoladora seguridad, diciendo: “Yo vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo; para que donde Yo estoy vosotros también estéis”. Esta es, pues, la bendita perspectiva que se nos presenta. Nuestro Señor y Maestro, nuestro Esposo celestial, ha ido a preparar lugar para nosotros. La Iglesia ocupará la casa del Padre, preparada expresamente para su recepción. Esta es nuestra esperanza. Donde Él está, estaremos también nosotros con Él.
2.— ¡Cuán propias y consoladoras las palabras pronunciadas por los ángeles inmediatamente después de la partida de nuestro bendito Señor! La narrativa en Hechos 1 dice así: “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado; y una nube le recibió, y le quitó de sus ojos. Y estando con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que Él iba, he aquí, dos varones se pusieron junto a ellos en vestidos blancos; los cuales también les dijeron: Varones Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. ¿Dónde se halla nuestro bendito Salvador? En el cielo. ¿Qué hace allí? Ha ido, como dijo Él, a preparar un lugar para su pueblo en la casa de su Padre. ¿Qué se sigue de esto? “Así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Este es el acontecimiento que se presenta a nuestra contemplación. Su mano amorosa prepara la feliz mansión de nuestra gloria y descanso venideros, y volverá otra vez como ellos le vieron que se ausentó. Será una venida personal. Le vieron que personalmente se fue de ellos. Era Él mismo que entonces se ausentó, en su propia y verdadera humanidad glorificada; y en persona, en su propia humanidad aun, volverá otra vez. Ciertamente todos los cristianos, bajo autoridad de la Palabra de Dios, deben admitir esto. La cuestión entonces es, ¿cuándo —en qué período de la historia de nuestro mundo— tendrá lugar esta vuelta personal? ¿Sucederá antes o después del milenio? ¿Será antes de los mil años de bendición, o después de ellos? Las dos escrituras que acabamos de considerar nos han introducido a esta pregunta, y espero que sea, para interesar tanto a nuestras mentes como nuestros afectos buscando su contestación.
A esta pregunta me veo obligado a contestar, por el testimonio de las Sagradas Escrituras, que el segundo advenimiento personal de nuestro Señor y Salvador será premilenario, es decir, tendrá lugar antes del milenio. Debo añadir, que pre quiere decir “antes”, y que milenio se deriva de dos palabras latinas, mille, “mil”, y annus, “año”. De aquí que milenio quiere decir un período de tiempo de mil años; y milenario se refiere a este período. Entonces, premilenario simplemente quiere decir, antes del período de los mil años. La segunda venida de nuestro Señor ciertamente es premilenaria. Sostengo que ésta es una de las verdades más claras e indudables que se nos revelan en la Palabra de Dios. Como hemos dicho antes, tenemos infinidad de pasajes que pueden probar esto. No podemos presentar todo el argumento en una lectura; pero tanto cuanto nos permita el tiempo, y tan simple y concisamente como nos sea posible, procuraremos presentar el testimonio de las Sagradas Escrituras. Y mientras revisamos éste, esperamos nos sea concedido dócil espíritu de fe, y feliz libertad de corazón.
3.— Primeramente nos referimos a un relato pequeño en el libro de los Hechos. “Y enviará a Jesucristo, que os fue antes anunciado; al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo” (Hechos 3:20-21). Os suplico que deis seria atención a este pasaje; ruego a Dios por que este noche quede grabado en muchas almas. Estas palabras fueron dichas por Pedro en uno de sus primeros sermones, poco después del día de Pentecostés. Pedro había oído a su amado Señor y Maestro hablar de su partida a la casa del Padre, y de su vuelta venidera: y su mente estaba llena de esta consoladora verdad. Lo mismo sucedió con los demás apóstoles. Fueron por todo el mundo, publicando, no solamente “los sufrimientos de Cristo”, sino también “las glorias después de estos”; “la gloria que sería revelada” a su vuelta de los cielos. En casi todos sus discursos este era el tema prominente. En esta ocasión a que nos referimos sucedió así. “Arrepentíos y convertíos”, dijo Pedro, hablando a las multitudes, “y Él enviará a Jesucristo, que os fue antes anunciado, al cual de cierto es menester que el cielo tenga, hasta  ... ” —¿hasta cuándo?— “hasta los tiempos de la restitución de todas las cosas”. ¿Qué tiempos son estos? “Los tiempos de la restitución de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo”. Nótese bien esta declaración: es de suma importancia. Los cielos deben tener al Señor Jesús, “hasta aquellos tiempos”. No se dice que los cielos recibirán o retendrán al Señor durante aquellos tiempos, o hasta el final de ellos; sino clara y distintamente dice, que “hasta los tiempos”, es decir, “hasta que aquellos tiempos lleguen”. Cuando aquellos tiempos vengan, entonces el Señor será enviado; cuando estos lleguen, entonces Él volverá.
Queridos amigos, no pretendo fijar el día, la hora, o el año de la venida del Señor; espero no abrigar tal presunción. Nadie sabe el día ni la hora en la cual el Hijo del hombre vendrá. Lo que se nos enseña aquí es, que hay un cierto período, un período “del cual Dios habló por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo”; y que la vuelta del Señor Jesús, con poder y gran gloria no será al fin de este período —como erróneamente se ha supuesto en estos tiempos modernos— sino al principio. Esto es claramente lo que sostiene Pedro. ¿Cuál período es el que se designa aquí por el de “los tiempos de la restitución de todas las cosas”, y respecto del cual, “habló Dios por boca de todos sus santos profetas”? ¿Ha hablado Dios del juicio final en el fin del mundo por boca de sus santos profetas? No. Bien podemos dudar que haya hablado Dios de este acontecimiento en alguna parte del Antiguo Testamento. Ciertamente todos los santos profetas de la antigua dispensación no han hablado de esto. Entonces, ¿cuáles son los tiempos de que se habla? Claro está que son los tiempos milenarios —los tiempos cuando todas las naciones de la tierra estarán bajo el gobierno del Mesías—. Estos son entonces “los tiempos de la restitución”, a cuyo principio volverá el Señor Jesús. La palabra traducida aquí “restitución”, significa restauración de un estado de desorden, división, y confusión. Supongamos que el edificio en que nos hemos congregado fuese derribado, sus materiales esparcidos, y que en seguida de esto fuese reconstruido; su restauración, o reconstitución se expresaría por la palabra griega traducida aquí “restitución”. Se refiere a los tiempos en cuyo principio todas las cosas serán reordenadas, restauradas —los tiempos milenarios—. Cuando estos tiempos lleguen, como ya hemos dicho, entonces será el tiempo de la venida del Señor.
Es verdad que “mejores tiempos están por venir”. La anticipación general de un período de bendición universal no es una fábula. Toda la Biblia es suficiente y prueba de que habrá tal día de paz, descanso, y gloria. Pero antes que aquel día llegue, una página negra y terrible en la historia del mundo será revelada. Esto el mundo no lo sabe. Esto el mundo no lo cree. No obstante, es verdad. La revelación del Señor desde el cielo, en llama de fuego, en el tiempo de tribulación cual nunca ha sido —No; ni será— esto introducirá los “mejores tiempos”. Un “día grande y terrible”, está cercano —terrible, mas no para los santos, sino para los malvados que no obedecen el evangelio (2 Tesalonicenses 1:8)—. No tienen por qué temer aquellos que confían en Jesús —que conocen a Jesús— cuyos pies están puestos sobre la base firme. No; aunque la tierra se deshiciese, y los montes fueren traspuestos en lo profundo de la mar, estos pueden contemplarlo todo con plena confianza, pues son herederos, “de un reino inmoble”. Todo irá bien con ellos.
4.— Pero debemos apresurarnos. Ahora vendremos a parábolas que hallamos en Mateo 13. En ellas se nos presentan fases o aspectos proféticos de lo que profesa ser el reino de los cielos sobre la tierra. Tenemos aquí mucho material respecto al asunto de que nos ocupamos. Primeramente tenemos la palabra del sembrador. Leedla. ¿Cuál es el resultado de la siembra? ¿Es que la simiente sembrada produce una cosecha universal? ¿Se continua la siembra hasta que toda la tierra es un vasto campo de trigo? ¿Es admisible tal interpretación? No. Parte de la simiente cayó junto al camino, y las aves del cielo la comieron; parte cayó en pedregales, y el sol la quemó; y parte entre las espinas, y las espinas la ahogaron. Solamente una parte cayó en buena tierra, y llevó fruto a perfección. Y aquel fruto, cuando maduro —como se nos enseña en la parábola que sigue— fue separado de entre la cizaña y recogido en el granero.
5.— Pero la parábola siguiente —la del trigo y la cizaña— claramente enseña que no vendrá el milenio antes del tiempo de la siega. La explicación es como sigue: “El que siembra la buena simiente es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, y la buena simiente son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo, y el enemigo que la sembró es el Diablo, y la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De manera que como es cogida la cizaña, y quemada al fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del hombre sus ángeles, y cogerán de su reino todos los escándalos y los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego: allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre: el que tiene oídos para oír, oiga”. ¡Cuán claro y decisivo es todo esto! El mundo es un campo mixto —un campo de trigo y cizaña— hasta el tiempo de la siega. Antes de este tiempo, jamás vendrá a ser un campo de puro trigo. Entonces ¿dónde tiene lugar el milenio antes de la siega? Es evidente, pues, que no vendrá este tiempo antes de la siega. El que nos diga que “la siega es el fin del mundo”, no afecta en nada nuestra posición. Todavía si esto fuera así —si la siega propia y verdaderamente fuera el fin del mundo— tendremos que admitir la verdad, que según esta parábola, el mundo será un campo mixto de “trigo y cizaña”, hasta ese entonces. Así que no puede suceder el milenio antes de este solemne acontecimiento.
Pero permítaseme decir a mis oyentes no instruidos, que la parábola no enseña que la siega sea el fin del mundo, es decir de la tierra. Cristo no dice: “El campo es el mundo, y la siega es el fin del mismo mundo”. Lo que Él dice es: “El campo es el kosmos (mundo), y la siega es el fin del aion (siglo)”. Se usan dos palabras muy distintas en el original griego. La última, aion, significa “siglo, edad, o dispensación”, mientras que la primera, kosmos, significa propiamente “la tierra o mundo”. Ambas palabras se usan en Hebreos 9:26: “De otra manera, fuera necesario que hubiera padecido muchas veces desde el principio del mundo (kosmos, literalmente tierra o mundo); mas ahora, una vez, en la consumación de los siglos (aion, edad o dispensación) para deshacimiento del pecado se presentó por el sacrificio de sí mismo”. Aquí la palabra aion no puede significar el mundo material. Hace más de mil novecientos años que murió el bendito Salvador, y aún no ha llegado el fin del mundo; ni vendrá hasta la conclusión del futuro milenio. Por tanto, lo que el apóstol quiere decir no es que Jesús haya muerto en el fin del mundo, sino simplemente al fin de la edad o dispensación Mosaica. Lo mismo sucede con el caso que nos ocupa; el campo, en verdad, es el mundo; pero la siega es el fin del siglo o edad, es decir, del período o dispensación durante la cual Jesús permanece ausente, a la diestra de Dios. Esta interpretación está confirmada por otras dos Escrituras, las cuales espero que comparéis cuidadosamente, a saber: Joel 3:13-17; y Apocalipsis 14:14-20; donde la siega claramente se ve que tiene lugar al principio del reinado del Mesías. Así que una correcta interpretación de la palabra griega aion, reconcilia todos estos pasajes.
Entonces esta parábola del trigo y la cizaña nos da una prueba satisfactoria de que no tendrá lugar el milenio antes de la siega, que la siega es el fin de la dispensación, y que al fin de ésta, el Señor aparecerá en gloria. Todo lo cual probaremos aun más, a medida que continuamos nuestra lectura.
6.— La tercera parábola en este capítulo —la del grano de mostaza— indica lo mismo. La semilla que fue sembrada es la más pequeña de toda simiente (Marcos 4:31); pero cuando ha crecido, viene a ser un grande árbol sobre la tierra, y las aves del cielo vienen y moran bajo su sombra. El buitre, el corvejón, la lechuza, y el murciélago hacen allí sus nidos. Aves inmundas han tomado posesión de él. Amigos míos: ¿estoy interpretando malamente esta parábola? Permitidme deciros que no baso esta interpretación en mi opinión ni en la opinión de ningún hombre, sino en autoridad divina. Pues el Señor mismo nos dice quiénes son “las aves” y “las aves del cielo”, usando una misma palabra en ambos lugares. Cuando el sembrador sembró la simiente, las aves vinieron y la devoraron. El Señor explica esto: “Oyendo cualquiera la palabra del reino, y no entendiéndola, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón”. Así pues el Señor nos dice, que las aves del cielo que devoran la simiente son símbolos de Satanás y sus ángeles: y de este modo, el reino de los cielos —o sea la cristiandad nacional o nominal— viene a ser un monstruoso sistema mundanal, según se lee en Apocalipsis 18, “guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de todas aves sucias y aborrecibles”. Entonces, conforme a esta parábola, tal será el resultado durante la presente dispensación, y no la conversión del mundo.
7.— La cuarta parábola en este mismo capítulo es la de la levadura y las tres medidas de harina. Leeremos Mateo 13:33: “El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudo”. Bien sabemos todos nosotros como se interpreta generalmente esta parábola; pero, amigos míos, no puedo convenir en que dicha interpretación sea correcta. La levadura no significa el evangelio. En el lenguaje del Espíritu de Dios la palabra levadura denota siempre algo malo. Leemos de la “levadura de los Fariseos, que es hipocresía”; de la “levadura de malicia y maldad”; de la “vieja levadura”, la cual debe “purgarse”; y de la “levadura” del legalismo, en Gálatas 5, la cual declara el apóstol, que “leuda toda la masa”. En veinte diferentes lugares se menciona la levadura; y siempre denota lo malo. En los sacrificios antiguos, también tipificaba el mal. Por tanto las tortas pascuales —tipo de Cristo, el pan santo de Dios— no debían ser leudadas; mientras que “sacrificios de alabanza”, de parte de imperfectos adoradores, contienen levadura. “Ofreced vuestros sacrificios de alabanza con leudo” (véase Amos 4:5). Además, la Iglesia debía ser “masa nueva, sin levadura” (véase 1 Corintios 5:7). No se dice: “Poned en ella levadura nueva”, sino “Limpiad, pues, la vieja levadura para que seáis nueva masa, como sois sin levadura”. Dos veces nos declara el apóstol que significa el mal: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Corintios 5:6; Gálatas 5:9). Aun en el día del apóstol había sido introducida la levadura. Decía Pablo a los Tesalonicenses: “Ya está obrando el misterio de iniquidad”. ¿Qué era lo que estaba obrando? ¿No era la levadura? Nos dice que tanto en Corinto como en Galacia la levadura estaba obrando. En “las tres medidas de harina”, no en el mundo, ni en la sociedad en general; no, sino en la masa nueva sin levadura —en la Iglesia— se había introducido ya un misterio que obra como la levadura. La “mujer”, la madre de las fornicaciones de la tierra, según yo creo, había hecho esto. El mero hecho de ocultar levanta sospechas. ¿Es posible que el acto de “esconder” signifique la predicación del evangelio?
¡Triste declaración! toda la masa debía ser leudada. ¿No se ha cumplido esta predicción? ¡Considerad lo que lleva el nombre del “reino de los cielos”, considerad la cristiandad! ¿Qué vemos? ¿tres medidas de harina, una masa nueva sin levadura? No: casi no podemos distinguir en la superficie de su vasta extensión otra cosa que levadura. El “reino de los cielos” —llamado así, porque esto era al principio— ha venido a ser “semejante a la levadura”. Su apariencia y carácter han cambiado. “Misterio, Babilonia”, es hoy su principal característico. Y pregunto: ¿quién de nosotros no ha admitido la levadura poco más o menos? ¿Hay entre nosotros aquí un solo cristiano que no haya ensuciado sus vestiduras, en cuyo corazón no esté obrando de uno u otro modo la levadura? ¡Permita el Señor que interpretemos rectamente esta parábola, y su meditación sea para nuestro provecho!
8.— Se pondrá fin a la obra de este “misterio de iniquidad”, sólo cuando el Señor Jesús vuelva personalmente para juzgar. Si esto es así, entonces no puede haber un milenio de justicia universal, antes que el Señor vuelva. La prueba de esta posición, sacada de 2 Tesalonicenses 1-2 es sumamente clara y convincente. Vengamos a ella, y prestemos debida atención a este pasaje. En el primer capítulo, se instruye a los santos en Tesalónica con respecto a la revelación del Señor Jesucristo de los cielos, en llama de fuego, y con sus santos ángeles. Leeremos 2 Tesalonicenses 1:7-10. Ciertamente se habla aquí de la vuelta personal del Señor Jesús. “Cuando se manifestará el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia, en llama de fuego, para dar el pago a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales serán castigados de eterna perdición por la presencia del Señor, y por la gloria de su potencia, cuando viniere para ser glorificado en sus santos; y a hacerse admirable en aquel día en todos los que creyeron”. Tal es la descripción de la segunda vuelta personal del Señor Jesús. Después el apóstol continúa diciendo que “el misterio de iniquidad” que ya había principiado, terminaría en la aparición de cierto malvado, el “hombre de pecado”, y que este hombre de pecado sería destruido por la presencia personal del Señor, descrita en los términos ya citados. Ahora os suplico que observéis la conexión de todo el pasaje, desde el capítulo 1:7, al capítulo 2:8, porque propiamente es un solo período. El misterio de iniquidad ya estaba obrando; es decir, aun en tiempo del Apóstol Pablo. El resultado de esto sería la revelación del hombre de pecado. El segundo advenimiento personal encontrará al “hombre de pecado” o “aquel malvado”, en el apogeo de su poder, y ocasionará su destrucción. Entonces ¿podrá haber un milenio de bendición universal y obediencia del mundo a Cristo, mientras el Anticristo no es destruido? ¿Puede reinar el verdadero soberano mientras que el usurpador de sus derechos ejerce su injusto dominio? ¡Imposible! Por tanto, el reinado milenario de Cristo no puede anteceder a su segunda venida; porque solo hasta entonces “echará de su reino todos los escándalos y los que hacen iniquidad”. Así que, conforme a esta Escritura, la segunda venida debe ser anterior al milenio.
9.— Volvamos ahora al evangelio según Mateo. En Mateo 23 hallamos consignada la conclusión del ministerio público de nuestro bendito Señor: “¡Ay! ¡ay! ¡ay!” fueron las solemnes palabras que principalmente caracterizaron aquel último sermón. Los suyos habían rehusado recibirle como el Mesías prometido, y pone fin a esta serie de declaraciones judiciales con las siguientes palabras (versículos 38 y 39): “He aquí, vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo, que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor”. La última cláusula de este versículo, a saber: “Bienaventurado el que viene en el nombre del Señor” —es decir, de Jehová— es la muy bien conocida bienvenida nacional, con que en los últimos días recibirá al Mesías la nación de Israel ya arrepentida (véase el Salmo 98:26). Ya en una ocasión anterior una gran multitud de gentes habían usado estas palabras (Mateo 21:8-11); pero Jerusalén rechazó a su Rey, y el Señor pronunció sentencia contra la nación. Inmediatamente abandonó el templo, y no volvió a entrar en él. Salió y se fue al monte de las Olivas. Y cuando estuvo allí, los discípulos, llenos de ansiedad por las palabras que habían oído de sus labios, vinieron a Él secretamente y le dijeron: “Dinos ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?”. Es decir, de la venida de que acababa de hablar; cuando, como Él había dicho, la nación le vería una vez más, y diría: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Los discípulos no le preguntan respecto al fin o destrucción del mundo, como incorrectamente se piensa; sino le preguntan respecto al fin del siglo o dispensación, porque usan la palabra aion, es decir, el período, o tiempo que Jerusalén tenía que “estar desierta”. Nótese que es la misma palabra usada en Mateo 13, y, como todos los clásicos admiten, tiene referencia a tiempo o duración, más bien que a materia. Además de esto, el final del período a que se refiere aquí, Cristo mismo dice ser el tiempo de la conversión de Israel; que debe ser al principio del milenio, y no al fin de este. Ahora, amigos míos, notad bien lo que sigue en Mateo 24. El Señor contesta la otra pregunta que le habían hecho respecto a la “señal de su venida”. “El sol se oscurecerá, y la luna no dará su lumbre, y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos serán conmovidas. Y entonces se mostrará la señal del Hijo del hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes del cielo con grande poder y gloria” (véanse los versículos 29 al 30). Tal es la descripción que el Señor hace de su venida, la que Él mismo declaró tendría lugar antes que la nación judía se arrepintiera, es decir, en el principio del milenio. Considerad bien el sentido de esta Escritura. Examinad cuidadosamente el todo de la magnífica profecía de que forma parte. Se relata no sólo en este y subsiguientes capítulos de Mateo, sino también en Marcos 13, y Lucas 21. Leedlos todos detenidamente. Bien sé que se dice que el advenimiento mencionado aquí significa místicamente la venida de los Romanos para destruir la ciudad. Pero, dejadme preguntar a quienquiera que así diga, ¿qué quieren decir entonces las palabras: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y entonces verán al Hijo del hombre que viene”? Si decís que la venida mencionada aquí quiere decir la venida de los Romanos a destruir la ciudad, y la tribulación es el resultado del sitio y toma de ésta: ¿cómo es que leemos que esta venida será “después de la tribulación”? Por vuestra propia interpretación colocáis esta venida antes de la tribulación; pero el Señor dice que será “inmediatamente después”. ¿No podéis ver, entonces, supuesto que se dice que esta venida será después de la tribulación, es imposible que se use para denotar la venida del ejército Romano?
Y ciertamente se habla aquí de una venida personal. Las palabras no pueden ser más claras: “Y verán al Hijo del hombre que viene sobre las nubes del cielo, con grande poder y gloria”. Viene para derrotar a sus enemigos y establecer su reino. Las declaraciones claras y repetidas de las Sagradas Escrituras no deben explicarse por medio de místicas interpretaciones. ¿No es ésta verdaderamente una venida personal? Si no es, ¿cuál pasaje de la Biblia predice verdaderamente un acontecimiento futuro?
Además, si consideramos la narrativa de Lucas acerca de esta maravillosa profecía, veremos que pone el advenimiento del Señor al término de “los tiempos de los gentiles”, es decir, los tiempos durante los cuales Jerusalén será hollada de ellos (léase Lucas 21:20-27). Nótense especialmente los versículos 24 y 25 de esta porción. Si ponemos unas cuantas palabras de la relación que Mateo hace de esta misma profecía, estos versos leerán como sigue: “Jerusalén será hollada de las gentes, hasta que los tiempos de las gentes sean cumplidos. Y (luego después de la tribulación de aquellos días) entonces habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra angustia de gentes por la confusión del sonido de la mar, y de las ondas; secándose los hombres a causa del temor y de la expectación de las cosas que sobrevendrán a la redondez de la tierra; porque las virtudes de los cielos serán conmovidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que vendrá en una nube, con potestad y majestad grande”. Nótese bien la suma de este testimonio: “Y luego después de la tribulación”, cuando los tiempos de las gentes terminan, el Hijo del hombre vendrá personalmente. Sabemos que los tiempos de los gentiles están corriendo su curso: Jerusalén es hollada todavía de los gentiles. Pero vendrá tiempo cuando no la hollarán más, y el Señor vendrá para libertarlos. Israel, con profundo arrepentimiento, verá una vez más a su Señor, y recibiéndole como su propio Mesías, creyendo, gozosamente dirá: “Bendito el que viene en el nombre de Jehová”. Esta será la segunda manifestación personal del Señor. Hasta entonces, Israel será cegado y esparcido; sin embargo, “la generación no pasará” (Mateo 24:34 y Lucas 21:32). La raza, la simiente natural de Abraham, a través de todos aquellos espantosos siglos, será guardada maravillosamente distinta; y a la venida del Señor —y no mil años antes— serán convertidos y restaurados a su propia tierra. Después sigue el milenio. ¡Cuán simple es todo esto! ¡Clara y decisivamente favorece nuestra posición!
10.— La parábola de las diez vírgenes, aunque incluida en el discurso que estamos considerando, podemos tomarla como una prueba bien distinta, de que antes de la venida del Señor, no es posible suceda el milenio (léase Mateo 25:1-13): “Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron”. ¿Cuándo fue que la Iglesia profesante —la compañía de vírgenes fatuas y prudentes— se durmió? ¿Cuándo comenzó la Iglesia de Dios a decir: “Mi Señor se tarda en venir”? ¿No fue muy poco después que el Señor se hubo ido? En el espacio de dos o tres siglos, la Iglesia en general había caído en fatal sueño. Tenemos suficientes pruebas de esto en la historia. Aun en Apocalipsis 2 y 3, se deja ver el sueño que estaba sobreviniendo en las iglesias mencionadas allí. ¿Cuándo, pues, se despertará la Iglesia? No hasta que la voz de la medianoche se deje oír. Después de aquel clamor, el esposo vino; las vírgenes prudentes entraron a las bodas, y luego se cerró la puerta. De seguro que se hace alusión aquí a una vuelta personal. Ninguno puede racionalmente ponerlo en duda. Pero si alguno lo hiciera, dejad que considere cómo se introduce la parábola. Forma parte del discurso que hemos visto ya, y comienza así: “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes”. ¿Cuándo? Leed lo que antecede. A esta parábola precede la descripción de la gloriosa manifestación personal que hemos venido considerando. Léanse especialmente los versículos 29 al 31: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días ... verán al Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes de los cielos”. “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes”. La amodorrada Iglesia no se despertará entonces, sino por el clamor de la medianoche, que casi inmediatamente precede la venida personal del esposo. Entonces no puede haber milenio anterior a la venida del Señor; porque no puede haber milenio mientras la Iglesia profesante permanece dormida en el pecado, y a la vez tan mundanal. Una Iglesia tal necesita convertirse. Ciertamente que un Iglesia tal no puede convertir al mundo. Sin embargo, hasta que el Señor vuelva, así será la Iglesia. Por tanto, también esta prueba es muy conclusiva.
11.— Pero vengamos ahora a Lucas 17:20-37. Los Fariseos preguntaron cuando vendría el reino de Dios. El Señor les responde: “El reino de Dios no vendrá con advertencia ... el reino de Dios entre vosotros está”; inmediatamente el Señor, vuelto a sus discípulos, les habla de una venida que será observada universalmente: “Porque como el relámpago relampagueando desde una parte de debajo del cielo, resplandece hasta la otra debajo del cielo, así también será el Hijo del hombre en su día”. Aquí se nos presenta entonces un doble aspecto de la venida del reino: una venida invisible, sin manifestación exterior; la otra, como el relámpago, visible para todos. El Señor habló a los Fariseos sólo de la primera: “He aquí, el reino de Dios, entre vosotros está”; el Rey está entre vosotros ahora mismo: ya vino; pero vosotros no queréis recibirle. El reino ciertamente no estaba dentro de aquellos Fariseos. Su condenación era, que no quisieron recibirlo. Sólo que se hubieran convertido podrían haber entrado en él. Pero no quisieron arrepentirse. Por tanto, el Señor no les dice más acerca del reino. No obstante los discípulos fueron informados respecto a la venida del reino; pero el Hijo del hombre debía antes sufrir ser reprobado. A esto seguiría un período semejante a los días de Noé, y los días de Lot. Hasta que Noé entró en el arca, y vino el diluvio, el mundo continuó descuidadamente en el pecado. Hasta que Lot hubo salido de Sodoma, y fuego y azufre cayeron del cielo, los habitantes de aquella ciudad vivieron depravada y disolutamente. Aun así, dijo el Salvador, como estos será el mundo hasta “el día en que el Hijo del hombre sea manifestado”. ¿Puede intervenir entonces un período de mil años de justicia universal? Imposible. “Y como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, los hombres tomaban mujeres, y las mujeres maridos, hasta el día que entró Noé en el arca: y vino el diluvio y destruyó a todos. Asimismo también como fue en los días de Lot, comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y destruyó a todos; como esto será el día en que el Hijo del hombre se manifestará”. Durante aquellos días los verdaderos discípulos desearían ver llegar la vuelta de su Señor; pero por un corto tiempo sus esperanzas no serían realizadas. Entonces si alguien les dijera: “Helo aquí, o helo allí”, no deben dar oídos a tales engañadores; porque falsos Cristos y falsos profetas se levantarían aquí y allí durante el período en que el Señor permanece ausente. Pero cualesquiera que sean las pretensiones de estos engañadores —ya sea que digan, él está en la ciudad o en el desierto— se manda a los discípulos, “no vayáis, ni le sigáis”. El advenimiento, cuando tenga lugar, será visible para todos —visible como la luz resplandeciente del relámpago—. Será una revelación a través de las nubes de los cielos. En aquel día, de nada servirá huir en esta o aquella dirección; porque ya sea en la cama, en el molino, o en el campo, el tomar a uno y dejar a otro inevitablemente tendrá lugar. Los juicios de aquel terrible día caerán tan ciertamente sobre todos “los que hacen iniquidad”, como las aguas del diluvio vinieron sobre todos los culpables habitantes del mundo en los días de Noé. Justamente como el diluvio destruyó a todos, excepto los pocos preservados en el arca —preservados para volver a poblar la tierra— así también los juicios a la vuelta del Señor Jesús, como un segundo diluvio destruirán a todos, menos un residuo, que vendrá a ser el núcleo de la población de la tierra en los días del milenio. Entonces algunos “escaparán” los juicios de aquel gran día. Por tanto, el mundo no viene a su fin cuando tiene lugar el segundo advenimiento. Hay un pueblo que “queda” todavía; y se sigue el milenio.
Al decir esto el Señor, sus discípulos exclamaron: “¿Dónde, Señor?”. Él había hablado de “dos en una cama”, uno tomado, el otro dejado: “dos en un molino”, la una tomada, la otra dejada; “dos en el campo”, el uno tomado, el otro dejado. Y le preguntaron dónde tendría lugar este tomar y dejar. La respuesta fue: “Donde estuviera el cuerpo, allá se juntarán las águilas”. Como si el Señor quisiera decir: “¿Dónde?” “¡Qué pregunta tan extraña!”. Cuando las águilas buscan su presa, ¿dónde van? Dondequiera que se encuentra el cuerpo. Cuando estos juicios (cual las águilas) vengan en busca de los malvados, ¿dónde caerán? Por supuesto que caerán dondequiera que se encuentre uno de los malvados. Si estuviere en la cama, o en el molino, o en el campo, con cualquiera justo que esté con él aun allá caerán estos juicios: “el uno será tomado, el otro será dejado”.
Amigos míos, yo no creo que por el acto de “tomar”, se designa aquí el arrebatamiento de la Iglesia a la gloria. El tomar aquí es llevado a cabo por algo que viene como el diluvio en los días de Noé, y como el fuego y azufre en los días de Lot. Por tanto debe denotar juicio. En el primer caso, la familia de Noé, y en el segundo la familia de Lot, fueron perdonadas —fueron dejadas—. Entonces en este pasaje, por aquellos que “serán dejados”, se designa al residuo o restos de Israel en los últimos días. Pero consideraremos más este asunto en otra de nuestras próximas lecturas.
Muchos han creído que por “las águilas”, el Señor designó los ejércitos Romanos, alegando que en su bandera sobresalía un águila. Pero ¡cuán insostenible es esta idea, considerada seriamente! El Señor dice: “El uno será tomado, el otro será dejado”. Dicen que esto se cumplió cuando los cristianos, que habían sido amonestados por Cristo, huyeron de la ciudad de Jerusalén a Pella, y los Romanos vinieron y se llevaron los que quedaron. ¿Fue el uno tomado y el otro dejado? No: sucedió que unos huyeron, y los que quedaron fueron tomados. Estos juicios toman unos, y dejan los demás; pero los Romanos tomaron todos los que no habían escapado con anterioridad. ¡Cuánta inconsistencia acompaña a esta equivocación!
Mas en toda esta predicción, no se hace la más remota alusión a que intervendría un período de mil años de justicia universal. Todo el tenor de ésta es contra semejante idea. Hasta el día de la manifestación del Hijo del hombre, el mundo continuará en su descuidada carrera. Hasta entonces prevalecerá la maldad, así como en los días de Noé, y en los días de Lot. Entonces, no puede suceder el milenio antes de la venida del Señor.
12.— Ahora invito vuestra atención a Lucas 19, a la parábola del hombre noble que fue a una provincia lejana a tomar reino para sí, y volver para tomar posesión de él. Jesús “prosiguió y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y porque pensaban que luego había de ser manifestado el reino de Dios”. Dijo esta parábola para corregir aquella esperanza errónea. Ellos estaban equivocados. El reino de Dios no se manifestaría “inmediatamente”. Por lo mismo, el Señor dijo: “Un hombre noble partió a una provincia lejos, para tomar para sí un reino y volver”. Y “aconteció, que vuelto él, habiendo tomado el reino”, premió a sus siervos dándoles parte en el gobierno del reino; y a los enemigos que no querían que reinase sobre ellos, hizo que fuesen degollados. Siendo este el caso, el reino no podía “manifestarse inmediatamente”. El hombre noble debe ir antes a la provincia lejana y volver. ¿A quién representa el hombre noble de la parábola? Ciertamente al Señor Jesucristo. ¿Adónde ha ido Él? A la provincia lejana, al cielo. ¿Para qué fin ha ido allá? “Para recibir un reino, y volver”. Ahora bien, ¿cómo, de qué manera se fue él? ¿Meramente en un sentido espiritual? No, Él fue personalmente. Entonces, así también volverá cuando venga a tomar posesión del reino que ha ido a la provincia lejana a recibir. Luego, se habla aquí de una vuelta personal: y se dice que aquella venida es consecuencia de la recepción del reino, y no como muchos creen en estos tiempos, consecuencia de haber entregado aquel reino, por cuanto su reinado había terminado ya. Cuando haya recibido el reino, Él volverá. Entonces asigna, “diez ciudades” a uno, y “cinco ciudades” a otro de sus siervos fieles. La distribución de premios no debe considerarse que tenga lugar después que el reino ha venido a su fin, y que ha sido ya entregado. No se puede considerarlo así. Todo este pasaje, como muchos otros, sólo prueba que la vuelta personal del Redentor será anterior al milenio. Sólo cuando vuelve el hombre noble, será establecido el reino, y los enemigos serán abatidos.
13.— Hay un pasaje en Lucas 12 el cual no debemos pasar por alto. Será muy conveniente citarlo aquí, para completar las evidencias que los evangelios nos han suministrado. Nos preparará para apreciar mejor el estado espiritual que después inculcan la predicación y enseñanza apostólicas (léase Lucas 12:32-48). Creo que debemos citar la primera porción de la instrucción que se nos da allí. No hay en toda la Biblia otro pasaje más interesante ni más solemne. Aun aquellos que equivocan y tuercen los principales puntos de éste, reconocen ser una porción muy bendita y provechosa. Los que piensan que se refiere a la muerte, hallan que la amonestación dada en este solemne pasaje continuamente ocupa sus pensamientos. Leamos parte de él: “No temáis, manada pequeña, porque al Padre ha placido daros el reino. Vended lo que posees, y dad limosna: haceos bolsas que no se envejecen, tesoro en los cielos que nunca falta; donde ladrón no llega, ni polilla corrompe. Porque donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras antorchas encendidas; y vosotros semejantes a hombres que esperan cuando su señor ha de volver de las bodas; para que cuando viniere, y llamare, luego le abran. Bienaventurados aquellos siervos, a los cuales, cuando el Señor viniere, hallare velando: de cierto os digo, que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y pasando, les servirá. Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la tercera vigilia, y los hallare así, bienaventurados son los tales siervos. Esto empero, sabed, que si supiese el padre de familia a qué hora había de venir el ladrón, velaría ciertamente, y no dejaría minar su casa. Vosotros, pues, también estad apercibidos: porque a la hora que no pensáis, el Hijo del hombre vendrá”.
Ahora bien, no hay ni una sola palabra que se refiera a la muerte en todo el pasaje. La muerte puede llegar. ¡Ay de aquél que no está preparado cuando llegue! Pero aquí no se dice nada acerca de la muerte. Es la venida personal del Señor para cumplir la buena voluntad del Padre respecto de la manada pequeña. Ni de ninguna manera se hace alusión a que intervenga la conversión del mundo antes de este acontecimiento. Todo el espíritu del pasaje es inconsistente con semejante idea. A los fieles les llama manada pequeña, a los cuales, en la venida del Señor, se les dará el reino. “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre ha placido daros el reino”. Es una manada pequeña, pero el reino le será dado. Este es el carácter del pueblo de Cristo hasta su venida. No se dice: “No temáis, manada pequeña, porque en breve las gentes de la tierra serán convertidas a ti”. Tampoco se dice: “No temáis, manada pequeña, porque pronto todos los lobos que te rodean se convertirán en ovejas”. No, la consolación dirigida en este pasaje a los verdaderos discípulos de Cristo es, que el esposo volverá pronto para tomar así “la manada pequeña” que se menciona aquí. Por tanto, deben deshacerse de todo tesoro innecesario, y acumularlo en el cielo. Durante la presente dispensación, su curso debe ser el de extranjeros y peregrinos; la actitud del discípulo debe ser el de esperar y estar apercibido. “Estén ceñidos vuestros lomos y vuestras antorchas encendidas; y vosotros semejantes a hombres que esperan cuando su Señor ha de volver de las bodas”. Esta posición debe mantenerse mientras dure la ausencia del esposo. “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales cuando el Señor viniere, hallare velando. Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la tercera vigilia, y los hallare así, bienaventurados son los tales siervos”. El pasaje citado termina con las enfáticas palabras: “Vosotros, pues, también estad apercibidos; porque a la hora que no pensáis, el Hijo del hombre vendrá”. Leed este pasaje una y otra vez. Todo cuanto hemos venido considerando solo ha servido para preparar el camino, hasta llegar a esta solemne y final exhortación. Y todo lo que tenemos que considerar aún, servirá para mostrarnos su poderosa influencia sobre los corazones, enseñanza y vida de los apóstoles. Debiera producir en nosotros efecto semejante. ¿Será esto así, hermanos míos?
Toda esta enseñanza de las Sagradas Escrituras difiere mucho en su carácter de aquella que forma la continua jactancia de nuestros días, respecto a la conversión del mundo durante la presente dispensación por medio de la Iglesia existente. Se dice que la manada pequeña ha venido a hacerse grande. Bien, concedemos que hay cierta asociación, primeramente constituida en su totalidad de ovejas de Cristo y llamada al principio la “manada pequeña” —que ha venido a hacerse grande—. Pero aquella asociación o agregado de asociaciones (porque ahora se halla dividida en sectas), no es la manada de Cristo. Ciertamente el pueblo de Cristo se halla mezclado en ellas. Pero la muchedumbre no regenerada, que se llama la Iglesia, más bien es “Babilonia la Grande”, que la “manada pequeña”. Porque el verdadero rebaño todavía es pequeño; “estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida”. Esta declaración designó el verdadero carácter del camino de vida durante la presente dispensación. Habrá otra dispensación después de la vuelta de Jesús, cuyo camino será ancho, y todas las naciones de la tierra andarán en él. Todo esto consideraremos detenidamente en nuestras conferencias venideras, si el Señor lo permite. Mas ahora, y hasta que venga otra vez el Salvador, “estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Este pasaje en sí mismo es una prueba concluyente a favor de nuestra posición. Pero en conexión con el cuadro de una manada pequeña que en un mundo hostil espera la vuelta de su Señor de los cielos, es aun más convincente. Bien, en todo esto, debéis convenir, amigos míos, que no hay ni la más remota alusión a que suceda el milenio antes de la venida del Señor.
Respecto a la idea de que cuando se usa la expresión “la venida del Hijo del hombre”, se significa con esto la muerte, ya hemos dicho que es incorrecta. No se puede probar que una sola vez se haga uso de esta expresión para denotar la muerte. En verdad en todo el Nuevo Testamento no tiene semejante uso. Los apóstoles creían que “quedar hasta que el Hijo del hombre viniera”, era “no morir”. En vez de suponer que la venida del Hijo del hombre muy a menudo significaba la venida de la muerte, concluyeron de esto, que “quedar hasta que Yo venga”, quería decir no ver la muerte. Cuando el Señor predijo la muerte que había de sufrir Pedro (Juan 21:18-23), este dijo, refiriéndose al discípulo a quien Jesús amaba: “Señor, ¿y este, qué?”. Jesús respondió: “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?”. Salió entonces este dicho entre los hermanos que aquel discípulo no había de morir. Mas Jesús no dijo, que no había de morir, sino: “Si quiero que él quede hasta que Yo venga”. El sentido que se dio a estas palabras resalta aquí claramente; según su idea, quedar hasta que Él viniera, era no morir. ¡Cuánto difiere esta idea de la de los tiempos modernos!
14.— Ahora pasaremos de los Evangelios a las Epístolas, y seremos breves en nuestro examen. En cuanto a lo que hemos venido considerando, en conexión con la enseñanza del Señor a los apóstoles, se nos dice en el evangelio de Juan que el Espíritu Santo cuando viniere, les haría recordar todas estas cosas. Entonces después de haber ellos recibido al Espíritu Santo ¿cómo entendieron la verdad de la promesa de la vuelta de su Señor? A través de lo que resta del Nuevo Testamento, hallaréis que se presenta como el bendito asunto de importancia actual e inminente. De cierto, dos verdades forman el tema de una gran parte de la enseñanza apostólica, y la venida del Señor es una de ellas. “Las aflicciones de Cristo” es una, y “las glorias después de ellas” es la otra. Entre estos dos eventos se halla puesta la Iglesia. ¡Tal es nuestra posición! Hacia atrás, miramos “las aflicciones”, hacia adelante, “las glorias”. La primera venida del Señor fue para sufrir las aflicciones; la segunda será para traer las glorias. La Iglesia ocupa el intervalo. ¡Bendito lugar donde descansar, esperar y velar hasta que venga Jesús!
Esta, decimos, es la posición en que los apóstoles colocan la Iglesia. La preparación de la esposa para recibir al Esposo ocupa el espacio de tiempo entre los dos advenimientos. La conversión del mundo, la subyugación de aquellos que tienen que estar bajo la autoridad de Cristo, no es el asunto de las Epístolas. Debemos buscar esto en el Antiguo Testamento. Allí aprendemos mucho respecto al prometido Rey, que había de reinar en justicia, no solamente sobre su pueblo Israel, sino, como se nos dice, sobre todas las naciones de la tierra. Todo esto, y mucho más, revelan los profetas del Antiguo Testamento; pero no fue revelado a ellos que de entre los descendientes del hombre caído, sería tomado pueblo para estar asociado con Cristo en la más íntima unión y reinar con Él en dignidad real y gloria celeste sobre un mundo renovado y feliz. No fue dado a conocer este glorioso misterio antes de los tiempos apostólicos. ¡Oh! queridos amigos, ¡conservemos siempre en nuestras mentes esta preciosa y bendita revelación! Hallaremos que, por decir así, es una llave para casi todas las Escrituras proféticas. En nuestras conferencias venideras, desarrollaremos más este “misterio”. Ahora daremos una breve ojeada a las Epístolas.
15.— En Romanos 8, tenemos un pasaje que trata plenamente de nuestro asunto. Leedlo cuidadosamente. Se refiere a la gloria que será revelada “en la manifestación de los hijos de Dios”, es decir, al día cuando los hijos de Dios aparecerán en clara y manifiesta gloria, con su ensalzado Señor, porque, “Cuando Él se manifestare, entonces también nosotros seremos manifestados con Él en gloria” (Colosenses 3:4). Esta “manifestación de los hijos de Dios” se llama, en el versículo 23, “la adopción, es a saber la redención de nuestros cuerpos”; es decir, el período de la resurrección de los justos. Nuestras almas ahora reciben “la adopción”, y conocen el poder de “la redención”. Pero también nuestros cuerpos deben alcanzar ambas. Nótese bien lo demás que se dice aquí. Dice así: “Todas las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora”. Y se declara expresamente que este gemido universal cesará solamente en el período que se menciona aquí. Entonces, y solamente entonces, “la creación (pues, es la misma palabra en el original) misma será librada de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”; y esta liberación es introductora al reino milenario. ¿Cómo puede el mundo, amigos míos, disfrutar un período de gozo universal, de paz y exención del mal, mientras que “toda la creación gime a una, y a una está de parto”? ¡Imposible! Este gemido y dolor es la suerte de la creación en estos momentos. Todo el mundo gime bajo la inmensa y creciente carga del pecado, miseria y dolor. El hombre gime: su alma gime: su cuerpo gime. Los animales gimen: la tierra misma gime. Se representa y se personifica aquí a toda la creación dirigiendo un agudo y agonizante gemido hacia el trono celestial. Dios en el cielo oye este gemido. Un día de liberación se acerca prestamente. Muy expresa y claramente está predicho en el pasaje que estamos considerando, y aquel día traerá consigo la bendición milenaria cuando los santos serán manifestados con Cristo en gloria. Todos estos acontecimientos sucederán al mismo tiempo. Todos esperan la vuelta de Cristo, el gran Libertador. Por tanto, Su venida debe preceder al milenio.
16.— En 1 Corintios se halla mucho con respecto a nuestro asunto. “Nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:7). Tal era su posición. Eran un pueblo que esperaba; pero esperaban la vuelta de su Señor, y no el principio de los mil años de bendición, sin Él. En verdad, parece que estaban en peligro de caer en un error opuesto, en que muchos habían caído, a saber, la suposición de “que no hay resurrección de los muertos”, o de que “la resurrección ya había pasado”. Pablo corrige este error e instruye largamente a los Corintios sobre la resurrección como el objeto de su esperanza. Dirige sus esperanzas hacia aquel día cuando los que hayan dormido en Cristo serán resucitados, y los que viven en Cristo serán transformados, y les dice expresamente que esto tendrá lugar “en Su venida”.
17.— A los Filipenses es dicho: “Nuestra vivienda es en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria” (Filipenses 3:20-21). Este pasaje es otra notable ilustración de las esperanzas de los primitivos creyentes. “Esperaban” la vuelta del Señor, como el tiempo de la manifestación de la gloria de su resurrección. La venida de Jesús, y no los mil años de bendición, es el objeto inmediato de su esperanza.
18.— Las dos epístolas a los Tesalonicenses están llenas de la verdad de la segunda venida del Señor. Cada capítulo de cada una de estas epístolas nos la presenta como una esperanza actual y presente, y de no lejano cumplimiento. Habían sido convertidos de los ídolos, “para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar a Su Hijo de los cielos” (véase 1 Tesalonicenses 1:9-10). En 1 Tesalonicenses 4 tenemos la bendita revelación del arrebatamiento de “los muertos en Cristo, y de todos los que viven en Cristo, a recibir al Señor en el aire, y estar así siempre con el Señor”. Consideraremos esto detenidamente (Dios mediante) en las conferencias venideras. Ya hemos visto que el “misterio de iniquidad” continúa obrando hasta que se manifieste “el hombre de pecado”, y que este “hombre de pecado” sólo será destruido por la manifestación personal del Señor Jesucristo, que en llama de fuego desciende del cielo.
19.— Pedro nos proporciona mucha evidencia respecto al hecho de que hasta la venida de Cristo, el mal prevalecerá; y que sólo aquel evento puede ponerle fin. Pero pasemos a Santiago 5:1-8. Todo este pasaje nos da una fuerte confirmación de la misma verdad. Se dice que los ricos “han amontonado tesoros para los últimos días”. Se exhorta al oprimido pueblo de Dios a “tener paciencia hasta la venida del Señor”. Hasta entonces la paciencia les es necesaria, porque la pesadumbre y el mal continuarán hasta ese día. Todo esto prueba ser imposible que antes de ese día venga un período en que cese el crimen universalmente, y que deje de ser el mal.
20.— Juan nos señala la manifestación de Jesús como la bendita y purificadora esperanza de todos los hijos de Dios (1 Juan 3:1-3). Ni aun siquiera alude a que anteceda un milenio. “Cuando Él apareciere”, dice Juan, “le veremos como Él es” y “seremos como Él”. ¡Qué esperanza tan gloriosa! Dios conceda que comprendamos su efecto purificador.
21.— El apóstol Judas, en vez de describir un período de justicia universal, nos dice que prevalecerá el reverso en los últimos días. La gracia de Dios será convertida en disolución, la impiedad será universal, y será quitada solamente por el juicio que ejecutará el Señor Jesús, viniendo con millares de sus santos, para quitar de su reino todas las cosas que ofenden, y establecer entonces su justo reinado. ¡Qué idea tan ilusoria, amigos, de que a la venida del Señor, precedan mil años de justicia!
El libro de Apocalipsis termina la suma del testimonio de las Sagradas Escrituras: y desde el principio hasta el fin es prueba suficiente de que la venida del Señor será anterior al milenio. Su gran tema es los juicios que preceden e introducen el reino milenario de Cristo. Los juicios finales que caen sobre la iniquidad extrema del hombre son ejecutados por el Señor Jesús personalmente. Leed este maravilloso libro. Principia declarando: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo lo verá”. Esto forma el tema del libro. En las epístolas a las Iglesias, continuamente se presenta la venida de Cristo, tanto para amonestarles, como para animarles. Especialmente se describe en los capítulos 6, 11, 14, 16 y 19. El capítulo 11 nos proporciona una evidencia tal, que si no hubiera otra en el Libro de Dios, ésta sería suficiente para establecer nuestra posición; porque allí se revela que al sonido de la séptima trompeta, y al fin de los juicios, “los reinos de este mundo vienen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo”. El reino milenario de Cristo comienza cuando los terribles juicios de este libro han llegado a su fin. El capítulo 20 nos presenta, en palabras tan claras como podemos hallar en el idioma, la gloriosa verdad, de que cuando Satanás es atado para que no engañe más a las gentes, y los justos son resucitados, “reinarán con Cristo mil años”. Este libro, en verdad, la Biblia misma, termina con las dulces y consoladoras palabras que, al partir, dio el Señor a sus santos que le esperan: “Ciertamente vengo en breve”. Que nuestros corazones respondan juntamente: “Amén. Sea así. Ven, Señor Jesús”.
Ahora, amigos míos, dejo a vuestra consideración este reiterado testimonio de las Escrituras sobre tan gloriosa y solemne verdad, tan abundante en consecuencias prácticas en nuestra conducta como cristianos. Consideradlo atentamente y con oración. Si es la verdad de Dios (como indudablemente lo es) no podemos desdeñarla ni rechazarla impunemente. Somos responsables a Dios por la recepción de la verdad que se ha dignado revelarnos para nuestra dirección e instrucción; y nuestra posición (nos ha dicho en palabras tan claras que un niño no puede equivocarlas) es la de hombres que esperan la vuelta de su Señor, con lomos ceñidos, lámparas aderezadas y arrojando brillante luz. No sabemos ni el día ni la hora en que el Hijo del hombre vendrá; mas bienaventurados aquellos siervos los cuales cuando el Señor viniere, los halle velando.

Los tratos pasados de Dios con la nación de Israel

La importancia de todas las cosas que se relacionan con la historia y esperanzas de Israel, la vemos ampliamente probada e ilustrada en un pasaje de que poco nos ocupamos en nuestros días: “Cuando el Altísimo hizo heredar a las gentes, cuando hizo dividir los hijos de los hombres, estableció los términos de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Porque la parte de Jehová es su pueblo; Jacob la cuerda de su heredad” (Deuteronomio 32:8-9). La distribución de la humanidad en naciones tuvo lugar más de cien años antes del nacimiento de Abraham, y como quinientos años después de esto Israel tuvo existencia nacional; y sin embargo, leemos en este pasaje, que Israel estaba tan presente en los pensamientos y propósitos de Dios, y ocupaba un lugar tan céntrico e importante en estos propósitos, que cuando el Altísimo hizo dividir los hijos de los hombres, e hizo heredar a las gentes, estableció los términos de los pueblos —es decir, arregló la situación y extensión de sus diversos imperios— según el número de los hijos de Israel. La falta de Israel en la prueba ha traído como resultado un estado de cosas muy diferente —un arreglo de las gentes que parece no tiene que ver con Israel y su tierra—. Pero esto sólo es por un tiempo. Dios no ha abandonado su intento de hacer que Israel sea el centro de las naciones, y su amada ciudad la metrópoli de toda la tierra. El testimonio de la Escritura sobre este particular será el asunto de dos de nuestras próximas conferencias. Me propongo por ahora sólo bosquejar brevemente cómo hayan venido a su estado actual de servilismo y dispersión. Su historia profética del porvenir está tan unida a todo lo escrito de ellos en el pasado, que no es posible considerar el asunto de su restablecimiento futuro sin dar una ojeada, aunque breve, a lo que les ha sucedido ya.
Fue que los hombres habían abandonado el culto del verdadero Dios, y el éxito de Satanás en guiarlos a la idolatría, lo que motivó el que Dios llamara a Abraham el padre de esta gente, separando así para sí mismo tanto a Abraham como a su posteridad para siempre. Por medio de Romanos 1, aprendemos que los hombres, “habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias: antes se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido. Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro pies, y de serpientes”. Se nos dice que a causa de esto, Dios los entregó a inmundicia —afectos viles—; en una palabra, a todos los horrores inmensurables del paganismo en sus múltiples formas. “Y como a ellos no les pareció tener a Dios en su noticia, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer lo que no conviene”. Abandonaron a Dios por los ídolos, y Dios los entregó, en consecuencia, a deshonrarse entre sí mismos. Pero si por un tiempo dejó a las gentes entregadas al fruto de sus propios caminos, no se dejó a sí mismo sin testimonio sobre la tierra de su suprema divinidad, y de la felicidad de aquellos que, bendecidos con su presencia y gobierno inmediatos, fueron obedientes a sus leyes. “Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente de esotra parte del río, es a saber: Tharé, padre de Abraham y de Nachor, y servían a dioses extraños. Y yo tomé a vuestro padre Abraham de la otra parte del río, y trájelo por toda la tierra de Canaán, y aumenté su generación”, etc. (Josué 24:2-3). Por llamamiento de Dios, fue Abraham así separado de entre la culpable e idólatra muchedumbre, para ser el depositario de las promesas de Dios, y testimonio a su título y a sus derechos.
Las promesas hechas a Abraham fueron absolutas e incondicionales. Incluían muchísimo más que la posesión de la tierra de Canaán; pero ciertamente, en los términos más claros, comprendían ésta. “Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu simiente daré esta tierra” (Génesis 12:7). “Y Jehová dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, y al Oriente, y al Occidente; porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu simiente para siempre ... Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella, y a su ancho, porque a ti la tengo de dar” (Génesis 13:14-17). Abraham fue informado, pues, que no recibiría posesión inmediata de la tierra que se le había de dar. “Entonces dijo a Abram: Ten por cierto que tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán juzgaré yo: y después de esto saldrán con grande riqueza” (Génesis 15:13-14). Entonces la tierra es dada a Abram por concierto, y sus términos exactamente señalados. “En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu simiente daré esta tierra desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates, los Cineos, y los Ceneceos, y los Cedmoneos, y los Hetheos, y los Pherezeos, y los Raphaitas, y los Amorrheos, y los Cananeos, y los Gergeseos, y los Jebuseos” (versículos 18-21). La promesa de la tierra fue repetida a Isaac (Génesis 26:3) y a Jacob (Génesis 28:13-14).
Tales fueron las promesas hechas a los patriarcas. ¡Cuán tierna la primera referencia que a ellas se hace en Éxodo 2:24! Todo había sucedido conforme a la palabra de Dios. Habían descendido a Egipto y sido afligidos en tierra que no era suya. Los cuatrocientos años estaban al expirar y su aflicción estaba en su colmo. “Y oyó Dios el gemido de ellos: y acordóse de su pacto con Abraham, Isaac, y Jacob”. Y ciertamente Dios recordará aún el mismo pacto, en pro del mismo pueblo, en medio de las aflicciones más profundas que aun les esperan.
Fue en pura bondad, y a causa del pacto incondicional con sus padres, que Dios libró a Israel de Egipto. Eran un pueblo malvado y rebelde, aunque al mismo tiempo se creían justos; y esto lo mostraron tanto en Egipto como después de ser librados de allí. Pero Dios obraba por causa de Su nombre. Los soportó en su obstinación; cada vez que murmuraban se manifestaba a ellos en mayor gracia, y continuó todo esto hasta que llegaron al pie del monte Sinaí. Allí Moisés fue movido por Dios a proponerles que serían puestos bajo ley, y gozarían las bendiciones prometidas a condición de su obediencia. No se nos dice cual hubiera sido el resultado si humildemente hubieran confesado su incapacidad para guardar la ley de Dios, y hubieran suplicado el continuar disfrutando sus bendiciones bajo el pacto incondicional mucho antes celebrado con sus padres. Si hubieran tenido corazón para esto, no hubieran sido puestos a prueba por medio de la ley dada en el Sinaí: Dios conocía muy bien el orgullo y soberbia de sus corazones, aun cuando ellos no lo conocieran. El hecho es que se propusieron guardar la ley, prometiendo y jurando: “Todo lo que Jehová ha dicho, haremos” (Éxodo 19:8; 24:3,7). Así que con su pleno consentimiento fueron puestos bajo un pacto de obras.
El resultado es bien conocido. No bien habían pronunciado las palabras, cuando ya se estaban contaminando con los ídolos al pie del monte de terror; ante cuya vista hacía muy poco temblaban llenos de temor. No entraré en detalles de lo que allí pasó. Las relaciones de Dios para con ellos fueron restablecidas por la mediación de Moisés; y aunque con ciertas modificaciones, fueron una vez más puestos bajo un pacto de obras. Fue bajo este pacto que por fin entraron a la tierra de Canaán. En Deuteronomio 28, se nos describen claramente los términos de este. Permanencia en la tierra con toda otra clase de bendición temporal son prometidas a condición de su obediencia. Visitaciones de ira, una tras otra, los castigos aumentando en proporción, hasta que fueran desarraigados de la tierra, esto sólo les esperaba si eran desobedientes y continuaban en su obstinada rebelión. ¡Cuán exacta y minuciosamente se han cumplido todas estas predicciones! Y sólo hasta después que se ha expuesto todo esto ante ellos, en este capítulo y el siguiente, leemos: “Y será que cuando te sobrevinieren todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y volvieres a tu corazón en medio de todas las gentes a las cuales Jehová tu Dios te hubiere echado, y te convirtieres a Jehová tu Dios, y obedecieres a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, Jehová también volverá tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y tornará a recogerte de todos los pueblos a los cuales te hubiere esparcido Jehová tu Dios” (Deuteronomio 30:1-3). Hallamos otra promesa igual en Levítico 26:40-45.
Todos estamos familiarizados con la historia de Israel en la tierra. El libro de los Jueces nos dice cuán pronto comenzaron a apartarse del Señor, y cómo por medio de enemigos, uno tras otro, fueron castigados de Él por sus iniquidades. En los días de Samuel, su pecado, y especialmente el del sacerdocio, obró tal crisis, que el Señor permitió que Su propia arca fuera llevada cautiva del enemigo. Después de su restauración pidieron un rey, y Dios les concedió su deseo. Primeramente les dio un rey conforme a sus corazones, quien acabó sus días en desgracia en los montes de Gilboa. Después Dios pone sobre ellos el hombre según Su corazón —David—; de cuya simiente, en cuanto a la carne, es Cristo, que es Dios, bendito sobre todas las cosas. Con David hizo Dios otro pacto, en parte condicional, y en parte incondicional (2 Samuel 7:10-16). Respecto a su descendiente que luego le sucedió en el trono, la retención del trono, y la bendición de la nación bajo su dominio, dependía de su obediencia; y si desobedecían, serían castigados. Pero en esto el pacto era incondicional, en que la misericordia de Dios jamás sería finalmente quitada de la casa de David. Habría uno, procedente de sus entrañas, que sin falta se sentaría sobre su trono; y en quien tendría cumplimiento la fiel palabra: “Y tu casa y tu reinado serán establecidos para siempre delante de ti: tu trono será afirmado para siempre”. No necesitamos que se nos diga quien es el bendito Hijo de David —el Heredero del reino y trono de Dios.
Los tiempos de David y de Salomón forman el período más brillante en la pasada historia de Israel. Cada uno constituye un admirable tipo del futuro reinado de Cristo. Las conquistas de David nos describen los triunfos de Jesús cuando venga como el León de la tribu de Judá; mientras que el pacífico reinado de Salomón, quizá es el más vivo tipo que podemos hallar en las Escrituras del reinado milenario de Cristo. Pero este duró poco tiempo. Salomón corrompido por esposas, cayó en la idolatría. Diez tribus se rebelaron contra su hijo, y se hicieron un reino separado, del cual Jeroboam fue rey, y del cual más tarde vino a ser Samaria la capital. La historia de este reino fue una de maldad incesante hasta el fin: cuando en los días de Oseas fueron llevados cautivos por los Asirios, y nunca han sido restaurados.
Dios en su paciencia soportó aún el reino de Judá, hasta que la iniquidad de la casa de David le hizo imposible sufrir por más tiempo. Jerusalén fue tomada; el templo de Dios fue destruido; y los judíos fueron llevados cautivos a Babilonia. El trono de Dios no estaba más en Jerusalén. El poder fue conferido en manos de los gentiles, y ha permanecido así hasta hoy. Con Nabucodonosor comenzaron igualmente los tiempos de los gentiles, y la cautividad y dispersión de los judíos. Unos pocos volvieron en los días de Ciro: para qué fin, y con qué resultado pronto veremos. Pero de la nación en general, la dispersión y cautividad ha sido su parte desde los tiempos de Salmanasar y Nabucodonosor hasta nuestros días.

La vuelta y restauración de los judíos

(Léase Isaías 11).
Deseo hacer notar desde ahora, que hay dos grandes objetos que Dios se había propuesto al separar a Israel para sí mismo como su pueblo especial. Uno era, que hubiera testimonio de la unidad de Dios, y que Él era el solo objeto de culto. “Oye, Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová, uno es” (Deuteronomio 6:4). “Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios” (Isaías 43:12). Su otro objeto era, que por la prosperidad de este pueblo, fuera manifestado su carácter —tan manifiesto que todos pudieran comprender que “Bienaventurado es el pueblo que tiene esto; bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Salmo 144:15)—. No necesito decir que es en el futuro reinado de Cristo que este propósito de Dios será cumplido. Israel será entonces una muestra, ante todas las naciones, de la felicidad del pueblo que está bajo el inmediato gobierno de Dios.
Con respecto al pasado, ambos objetos que Dios se había propuesto al separar a Israel para sí, han fallido completamente. No pretendo decir con esto que Dios haya fallido; sino que como Dios puso a Israel bajo responsabilidad hacia Él, en una posición que si ellos hubieran sido fieles, estos objetos se habrían cumplido, mas por causa de la infidelidad de Israel, no se ha verificado su cumplimiento. Israel faltó en dar testimonio a la unidad de Dios, pues cayeron en la idolatría como las naciones que los rodeaban. Por tanto, no pudieron ser una muestra de la felicidad que emana del gobierno de Jehová; porque aquel gobierno nunca puede hacer felices rebeldes e idólatras. Su cautiverio y dispersión forman la expresión final de la desaprobación de Dios acerca de sus caminos. Los desconoció a ellos y a su tierra, y los entregó en manos de sus enemigos, los reyes de Asiria y de Babilonia. Allí, por corto tiempo, terminó la responsabilidad de Israel en la tierra de Canaán. Acabó con la completa y total manifestación de apostasía y rebelión por su parte; y con su juicio, dispersión y cautividad a los gentiles, por la parte de Dios.
Yo no he olvidado lo que sin duda alguna recordaréis, que al cabo de setenta años, un corto número de ellos volvió con permiso de Ciro. Pero aunque les permitió que reedificasen su templo y su ciudad, nunca jamás fueron una nación independiente en su propia tierra. Después de esto, en su mejor condición, fueron meramente tributarios —primero a los Persas, después a los Griegos, y por último a los Romanos, bajo cuyo férreo yugo estaban cuando nació su ya prometido Mesías, el Señor Jesucristo—. Y en verdad, parece ser este el principal objeto por qué este corto número fue restaurado, para que Cristo naciese en medio de ellos, y que conforme a las Escrituras, les fuese presentado como su Rey.
Esto fue hecho, y vosotros sabéis los resultados. Ellos tropezaron en la piedra de tropiezo. Suplicaron, o mejor dicho, exigieron de Pilatos que les soltase a Barrabás, un homicida, prefiriéndolo a su Rey —a quien aun los sabios del Oriente habían reconocido como el “nacido Rey de los judíos”—. Israel dijo: “No tenemos otro Rey que César”, y consumaron su culpabilidad nacional crucificando su Rey. Aquél de quien dice Dios: “Yo empero he puesto mi Rey sobre Sion, monte de mi santidad”, fue crucificado por su propio pueblo. ¿Dije por su propio pueblo? Sí; por su deseo, por sus súplicas; aunque estaban tan esclavizados a los gentiles, que tuvieron que obtener el consentimiento del gobernador Romano, antes que pudieran llevar a cabo sus criminales intentos. Por tanto, como dijo el Señor a Pilatos, “el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene”. Sí, unieron las manos con los gentiles opresores para crucificar al Señor de la gloria. En el Calvario fue clavado entre dos ladrones, con un título escrito con letras griegas, y latinas y hebraicas: “Este es el Rey de los judíos”.
Sin embargo, la paciencia de Dios aun se prolongaba para con ellos. Habían consumado su iniquidad; pero aun se les mostraría más paciencia, y cuando Dios hubo levantado de los muertos a quien ellos habían crucificado, se les anunció nuevamente misericordia en su nombre. Como observamos en una ocasión anterior, Pedro, en Hechos 3, les predicó el arrepentimiento y remisión de pecados, en Su nombre, a Jerusalén, y al pueblo judío, llamándoles a arrepentirse y ser convertidos, y asegurándoles, que aun entonces Dios les enviaría a Jesús, a quien los cielos habían recibido hasta el tiempo de la restitución de todas las cosas. Pero no quisieron escuchar. No había blandura en su obstinado, empedernido e incrédulo corazón. A Pedro pusieron preso, a Jacobo degollaron, a Esteban apedrearon. Siendo anunciado a ellos Cristo por el Espíritu Santo descendido del cielo, como también anunciado en humillación sobre la tierra, y rechazándole ellos de todas maneras, entonces Dios les abandonó. Su ciudad fue otra vez destruida; su templo quemado hasta los cimientos; millares de ellos perecieron por la espada, y el miserable resto que escapó fue esparcido por toda la tierra. Y han sido así esparcidos —ellos y sus descendientes— desde entonces hasta estos días. Y, caros amigos, aun cuando es por su pecado en crucificar a Jesús que sufren esto, en este mismo acto fue puesta la base —sí, la sola base— de su futura felicidad y restauración. Cuando Caifás dijo: “Vosotros no sabéis nada, ni consideráis que es necesario que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”, muy poco sabía del significado de sus propias palabras. “Esto dijo él, no de sí mismo; sino que como era sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por aquella nación”. Sí; y fue por aquella nación que murió Jesús. Verdad, que había en esto otros fines —la expresión del amor de Dios hacia el mundo, la salvación de la Iglesia, la manifestación de todo el carácter de Dios, la vindicación y cumplimiento de su gloria en todos respectos—. No obstante, en medio de todo esto, fue “por aquella nación” que él murió. La nación que le crucificó, que se regocijaba en su muerte, que dijo: “Su sangre sea sobre nosotros y nuestros hijos”; por aquella nación, su sangre fue derramada en expiación. Y cuando sus ojos sean abiertos a este hecho; cuando sus corazones se vuelvan al Señor; cuando no más tropiecen en la piedra de tropiezo y vean en la menospreciada sangre del rociamiento su sola base y esperanza, es entonces que descubrirán —lo que en los planes de Dios, y en la eficacia intrínseca de la obra es cierto ya— que la sangre de Jesús es la única y segura base de todo el gozo y prosperidad, y exaltación y bendición, que están reservadas para ellos en su propia tierra. ¡Oh! ¡las maravillas de aquella sangre preciosa! Queridos amigos, ¿no han sentido nuestras conciencias su poder? Nosotros que por gracia hemos creído en ella ¿no hemos realizado que limpia de todo pecado? Hay eficacia en ella para limpiar aun el pecado de haberla derramado. Y cuando Israel contemple a aquél a quien ellos han traspasado, y se lamente sobre Él, como el que lamenta la pérdida de su único hijo, y sienta amargura como aquél que está de luto por su primogénito, entonces, aquella sangre será sobre ellos, pero en otro sentido que el que ellos desearon en su terrible imprecación. Será sobre ellos, no como ha sido —para juicio, y dispersión y maldición— sino para liberación, restauración y bendición. Y a través del período milenario —sí, a través de la eternidad— atribuirán todo su gozo, todas sus bendiciones a la eficacia de la sangre, de que sus padres dijeron: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Y así será verdaderamente manifestado que donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.
Y ahora al ocuparnos del testimonio de las Sagradas Escrituras respecto a la vuelta y restauración de Israel —vuelta a su propia tierra, y su restauración para ser bendecidos allí— hay dos puntos de vista bajo los cuales deseo presentarlo delante de vosotros. Primero, la evidencia de este hecho en las Santas Escrituras; y luego, la luz que éstas arrojan sobre el orden en que tendrá lugar el acontecimiento.
Al considerar la evidencia del hecho a la luz de las Escrituras, hay dos objeciones las cuales quiero anticipar. Primera: Se alega que muchas de las predicciones que presentaremos como pruebas, han sido cumplidas ya en la vuelta de los judíos, de Babilonia, en los días de Ciro. Y segunda: Se afirma que aquellas predicciones que no puedan explicarse así, deben entenderse en un sentido espiritual —como prediciendo, en lenguaje figurado, la prosperidad de la Iglesia cristiana—. Respecto a esta última objeción, vosotros juzgaréis, Dios mediante, si los pasajes que presentaremos pueden ser así espiritualizados. Vosotros juzgaréis, si es a la Iglesia cristiana, o a la ciudad literal de Jerusalén, y a la tierra literal de Palestina, y nación de los judíos, a que estos se refieren.
Respecto a la primera objeción, de que muchas de estas predicciones fueron cumplidas en la vuelta de Babilonia, hay muchas señales por las cuales podéis probar fácilmente si esto fue así. Son las siguientes:
1.— Donde se predice la restauración de Israel como también la de Judá —las diez tribus y también las dos— podéis estar seguros de que el pasaje no se refiere a la vuelta de Babilonia. Casi ningunos, sino judíos, propiamente llamados así —es decir: personas pertenecientes al reino de Judá— y esto, muy pocos, volvieron en aquel tiempo.
2.— Donde se predice que la nación será convertida como también restaurada, debe significar una restauración futura, pues la nación no fue convertida en su vuelta de Babilonia.
3.— Donde se declara que después de la predicha restauración, ya no caerán en pecado, ni serán molestados más, debe ser ésta una futura restauración. Su mayor pecado y sus más grandes sufrimientos han tenido lugar desde su vuelta de Babilonia. Bajo la culpabilidad del uno y el peso de los otros, gimen hasta hoy.
4.— Donde su restauración está relacionada con la completa y final destrucción de sus enemigos —de aquellos que los han pisoteado y perseguido— debe ser un acontecimiento futuro al que señalan tales predicciones. No tuvieron tal triunfo en su vuelta de Babilonia.
5.— Donde la venida del Señor está relacionada con la liberación y restauración de Israel, debe ser la segunda venida de Cristo a lo que se refiere. Pues sabemos que en su primera venida no los libertó nacionalmente. Y debe ser evidente a todos, que tales pasajes no tratan de la vuelta de Babilonia; pues ni su primera ni su segunda venida tuvieron lugar entonces.
6.— Donde las mismas profecías fueron escritas después de la vuelta de Babilonia, es imposible que hablen de este acontecimiento como todavía futuro.
El primer pasaje que cito es del capítulo que hemos leído; y tiene una señal para distinguir al acontecimiento que predice de la restauración en los días de Esdras. Esta señal no es otra que el hecho expreso de que es una segunda restauración. “Asimismo acontecerá en aquel tiempo que Jehová tornará a poner otra vez su mano para poseer las reliquias de su pueblo que fueron dejadas de Assur, y de Egipto, y de Parthia, y de Etiopía, y de Persia, y de Caldea, y de Hamath, y de las islas de la mar” (Isaías 11:11). Ahora, si contáis la vuelta de Babilonia, en los días de Esdras y de Nehemías, como la primera restauración, por esta misma razón no puede ser la predicha aquí; porque se declara ser la segunda (otra vez). Además, ved cuántas de las señales ya enumeradas tiene este pasaje. Comprende toda la nación. “Y levantará pendón a las gentes, y juntará a los desterrados de Israel, y reunirá los esparcidos de Judá, de los cuatro cantones de la tierra” (versículo 12). Son convertidos como también restaurados; porque sucede en el tiempo “cuando la tierra estará llena del conocimiento de Jehová, así como las aguas cubren la mar” (versículo 8). Sus enemigos están vencidos y aniquilados. “Los enemigos de Judá serán talados” (versículo 13). “Volarán sobre los hombros de los Filisteos al Occidente; meterán también a saco a los de Oriente: Edom y Moab les servirán, y los hijos de Amón les darán obediencia” (versículo 14). ¿Sucedió algo semejante a esto a su vuelta de Babilonia? Además, hay acontecimientos de un carácter milagroso predichos aquí, que no han tenido paralelo desde la salida de Israel de Egipto. “Y secará Jehová la lengua de la mar de Egipto, y levantará su mano con fortaleza de su espíritu sobre el río, y herirálo en sus siete brazos, y hará que pasen por él con zapatos. Y habrá camino para las reliquias de su pueblo, las que quedaron de Assur, de la manera que lo hubo para Israel, el día que subió de la tierra de Egipto” (versículos 15-16). ¿Quién puede evadir la conclusión de que está predicha aquí la futura restauración de Israel? Y respecto a que este pasaje puede ser espiritualizado a modo que venga a significar la Iglesia cristiana, hacer la pregunta es suficiente. Casi no hay un versículo o relación en este capítulo que no sea un desafío a semejante modo de interpretación.
El siguiente pasaje que deseo que consideremos, es Isaías 14:1-2: “Porque Jehová tendrá piedad de Jacob, y todavía escogerá a Israel, y les hará reposar en su tierra: y a ellos se unirán extranjeros, y allegaránse a la familia de Jacob. Y los tomarán los pueblos, y traeránlos a su lugar; y la casa de Israel los poseerá por siervos y criadas en la tierra de Jehová, y cautivarán a los que los cautivaron, y señorearán a los que los oprimieron”. ¡Ciertamente no fue cumplido esto en los días de Esdras y de Nehemías! ¿Qué dice Nehemías respecto a su condición en aquel tiempo? “He aquí que hoy somos siervos; henos aquí, siervos en la tierra que diste a nuestros padres para que comiesen su fruto y su bien. Y se multiplica su fruto para los reyes que has puesto sobre nosotros por nuestros pecados; quienes se enseñorean sobre nuestros cuerpos, y sobre nuestras bestias, conforme a su voluntad, y estamos en grande angustia” (Nehemías 9:36-37). De seguro que este no fue el cumplimiento de la predicción que estamos considerando. “Cautivarán (los hijos de Israel), a los que los cautivaron, y señorearán a los que los oprimieron”. No; debe ser una restauración futura, lo que se predice aquí.
En Isaías 66:8-11, está predicha una restauración de Jerusalén y de Israel, que manifiestamente es futura. “¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vió cosa tal? ¿Parirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sion estuvo de parto, parió sus hijos. ¿Yo que hago parir, no pariré? ¿Yo que hago engendrar, seré detenido? dice el Dios tuyo. Alegráos con Jerusalén, y gozáos con ella, todos los que la amáis; llenáos con ella de gozo, todos los que os enlutáis por ella; para que maméis y os saciéis de los pechos de sus consolaciones; para que ordeñéis y os deleitéis con el resplandor de su gloria”. Yo sé muy bien que esto se ha aplicado a la Iglesia cristiana, y se ha dicho que cuando está de parto, multitudes nacen, es decir, son convertidas. Pero aquí leemos de Jerusalén y no de la Iglesia. Y es el nacimiento de una nación —la reaparición de Israel como tal— lo que causa el deleite y admiración universal, y no la regeneración de almas. ¿Y cuándo tendrá esto lugar? “Como aquél a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros; y en Jerusalén tomaréis consuelo. Y veréis y alegraráse vuestro corazón, y vuestros huesos reverdecerán como la hierba; y la mano de Jehová para con sus siervos será conocida, y se airará contra sus enemigos. Porque he aquí que Jehová vendrá con fuego, y sus carros como torbellino para tornar su ira en furor, y su reprensión en llama de fuego. Porque Jehová juzgará con fuego y con su espada a toda carne; y los muertos de Jehová serán multiplicados” (versículos 13-16). ¡Cuán evidente entonces que la restauración de Israel y de Jerusalén aquí predicha, tiene lugar en el tiempo de la segunda venida del Señor, y está en conexión con el gran día de su justa indignación! Pero aun más: “Porque yo entiendo sus obras y sus pensamientos. Tiempo vendrá para juntar todas las gentes y lenguas: y vendrán y verán mi gloria. Y pondré entre ellos señal y enviaré de los escapados de ellos a las gentes, a Tarsis, a Pul y Lud, que disparan arco, a Tubal y a Jayán, a las islas apartadas que no oyeron de mí, ni vieron mi gloria, y publicarán mi gloria entre las gentes. Y traerán a todos vuestros hermanos de entre todas las naciones, presente a Jehová, en caballos, en carros, en literas, y en mulos, y en camellos a mi santo monte de Jerusalén, dice Jehová; al modo que los hijos de Israel traen el presente en vasos limpios a la casa de Jehová” (versículos 18-20). ¿Pudiera alguien aplicar esto a la vuelta de Babilonia en los días de Ciro? ¿Usando de toda la sutileza posible, pudiera espiritualizarse este pasaje hasta poder aplicarlo a la prosperidad de la Iglesia cristiana? ¿Puede su asunto ser otro que la futura restauración de Israel a su propia tierra, con la cual tiene inseparable conexión la introducción del milenio y la venida del Señor?
Continuemos: en Jeremías 16:14-16, hallamos estas palabras: “Empero he aquí, vienen días, dice Jehová, que no se dirá más: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto; sino, Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del Aquilón, y de todas las tierras a donde los había arrojado, y volverélos a su tierra, la cual dí a sus padres. He aquí que yo envío muchos pescadores, dice Jehová, y los pescarán; y después enviaré muchos cazadores, y los cazarán de todo monte, y de todo collado, y de las cavernas de los peñascos”. Aquí se habla de una restauración de Israel, con la cual aun la liberación de Egipto no puede ser comparada —una restauración tan maravillosa, que aquella liberación de Egipto cesará de mencionarse—. Y permitidme preguntaros: ¿quiénes son aquellos que han sido desterrados y esparcidos por todo el mundo? ¿Quiénes son aquellos que fueron sacados de la tierra de Egipto? ¿O la expresión “hijos de Israel” en el versículo 15, significará otra cosa que la misma expresión en el versículo 14? ¡Imposible! Entonces, ¿cómo puede haber aun la menor sombra de duda de que en todo esto se significa literalmente la nación de Israel?
Tenemos un pasaje semejante en Jeremías 23:7-8, donde hallamos casi las mismas palabras que hemos citado. Pero en el versículo 3 tenemos el mismo evento profetizado en otras palabras: “Y Yo recogeré el resto de mis ovejas de todas las tierras adonde las eché, y harélas volver a sus moradas; y crecerán y se multiplicarán”. Y ¿por qué acontecimientos coincidentes podremos distinguir el período cuando esto tendrá su cumplimiento? “He aquí que vienen los días, dice Jehová, y despertaré a David renuevo justo, y reinará Rey, el cual será dichoso; y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado: y este será su nombre que le llamarán: Jehová, Justicia Nuestra” (versículos 5-6). Claro es, entonces, que la restauración aquí predicha, está en relación íntima con la conversión de la nación. Israel aún reconocerá lo que hasta hoy han rehusado hacer que “en Jehová tienen justicia y fortaleza”. Hasta hoy, siempre han hallado tropiezo en esto. “Pues ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios”. Pero lo harán así en días por venir. Todavía dirán: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Entonces, Él volverá, y en sus días, como hemos visto, Judá será salvo, e Israel habitará confiadamente. Jehová nuestra justicia, el nombre por el que le conocerán entonces, es aquel por el cual nosotros le conocemos ahora.
Jeremías 30 es muy instructivo en el asunto de que nos ocupamos. Podemos juzgar de la importancia de lo que se iba a comunicar, por las palabras que dan principio: “Así habló Jehová, Dios de Israel, diciendo: Escríbete en un libro todas las palabras que te he hablado” (versículo 2). ¿Por qué debían ser escritas permanentemente estas palabras? “Porque he aquí, que vienen días, dice Jehová, en que tornaré la cautividad de mi pueblo Israel y Judá, ha dicho Jehová, y harélos volver a la tierra que dí a sus padres, y la poseerán” (versículo 3). Luego leemos de un tiempo de terrible y general consternación: “Hemos oído voz de temblor: espanto y no paz. Preguntad ahora, y mirad si pare el varón; porque he visto que todo hombre tenía las manos sobre sus lomos como mujer de parto, y hanse tornado pálidos sus rostros” (versículos 5-6). ¿Cuál es la causa de esta alarma y angustia tan gráficamente descrita? “ ¡Ah! ¡cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob, mas de ella será librado” (versículo 7). Así que podemos ver que la liberación y restauración aquí predichas, suceden en la época de extremada angustia de Israel —un día sin igual—. Ciertamente esto no ha sucedido aún. El siguiente versículo también demuestra ser aún futuro este acontecimiento: “Y será en aquel día, dice Jehová de los ejércitos, que Yo quebraré su yugo de tu cuello, y romperé tus coyundas, y extraños no lo volverán más a poner en servidumbre. Sino que servirán a Jehová su Dios, y a David su rey, el cual les levantaré”. ¿Ha sucedido algo como esto jamás? Y si estas predicciones deben entenderse espiritualmente como pertenecientes al cristianismo, examinemos los versículos 17 y 18: “Mas Yo haré venir sanidad para ti, y te sanaré de tus heridas, dice Jehová, porque Arrojada te llamaron, diciendo: Esta es Sion, a la que nadie busca”. ¿No es la Sion literal, la ciudad actual de Jerusalén, la que ha sido despreciada así? “Así ha dicho Jehová: he aquí Yo hago tornar la cautividad de las tiendas de Jacob, y de sus tiendas tendré misericordia; y la ciudad será edificada sobre su collado, y el templo será asentado según su forma”. Esto es como si Dios hubiera previsto que algunos tratarían de torcer estas promesas y aplicarlas a alguna otra cosa y provisto aquí el antídoto para tal modo de interpretación. Es en su propio collado que la ciudad será reedificada. En el “montón” de ruinas que la desolación ha dejado de la antigua ciudad, es donde tiene que ser reedificada otra vez, en aquellos gloriosos días que están por venir.
El asunto se continúa en el capítulo 31. El principio está en conexión con el final del capítulo 30. Leed Jeremías 30:23-24 y Jeremías 31:1, y tendréis un relato de carácter definido con respecto al período en que la restauración tendrá lugar. Es en la consumación de los predichos juicios sobre los malvados, tanto de Israel como de los gentiles, y de los cuales trata tan extensamente la profecía. “He aquí la tempestad de Jehová sale con furor: la tempestad que se apareja, sobre la cabeza de los impíos reposará. No se volverá la ira del enojo de Jehová, hasta que haya hecho y cumplido los pensamientos de su corazón. En el fin de los días entenderéis esto. En aquel tiempo, dice Jehová, Yo seré por Dios a todos los linajes de Israel, y ellos me serán a mí por pueblo”. ¿Puede haber algo más explícito, más decisivo que esto?
Veamos los versículos 27 y 28: “He aquí vienen días, dice Jehová, en que sembraré la casa de Israel y la casa de Judá de simiente de hombre, y de simiente de animal. Y será que como tuve cuidado de ellos para arrancar y derribar, y trastornar y perder, y afligir, así tendré cuidado de ellos para edificar y plantar, dice Jehová”. Ahora, ¿quiénes son aquellos sobre los cuales ha velado Jehová, para arrancar, y derribar, y afligir, y destruir? ¿No son los mismos a quienes promete aquí velar, para edificar, y plantar? ¿Y puede haber la menor duda, de que es literalmente de Israel de que hablan ambos pasajes? Además, ¿con cuyos padres hizo Jehová un concierto cuando los tomó por la mano para sacarlos de Egipto? Con esta misma gente promete aquí celebrar un nuevo concierto (véanse los versículos 31-34). Este nuevo pacto será hecho “con la casa de Israel, y con la casa de Judá”; “no según el concierto”, dice Jehová, “que hice con sus padres”. ¿Cómo puede significarse aquí otra cosa que la nación de Israel? De gran precio, en verdad, es para nuestras almas, el saber que las bendiciones espirituales de aquel pacto, por decir así, nosotros les hemos aventajado. Pero ¿hará esto a un lado la promesa hecha a aquellos a quienes primaria, estricta y propiamente es aplicable? Y una parte de esta promesa es: “Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo, conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos, hasta el más grande, dice Jehová”. Ciertamente esta es una profecía aun no cumplida.
Los versículos 36 y 37 son muy conmovedores: “Si estas leyes faltaren (sol, luna y estrellas) delante de mí, dice Jehová, también la simiente de Israel faltará para no ser nación delante de mí todos los días. Así ha dicho Jehová: Si los cielos arriba se pueden medir, y buscarse abajo los fundamentos de la tierra, también Yo desecharé toda la simiente de Israel por todo lo que hicieron, dice Jehová”. El Señor nos conceda que aprendamos aquí algo de la altura y profundidad de su gracia; altura, que nos es más imposible de escudriñar, y profundidades más imposibles de ser sondeadas que la altura de los cielos arriba, o la profundidad del océano aquí abajo. El resto del capítulo demuestra, si más demostración fuera necesaria, que es a la ciudad literal de Jerusalén y a la nación literal de Israel, a lo que se refiere la profecía. ¿Cómo podremos espiritualizar “la torre de Hananeel”? ¿Qué significado místico pudiéramos dar a “el collado de Gareb”, o a la ciudad que “rodeará a Goa”? Sí: leemos aquí “del valle de los cuerpos muertos y de las cenizas, y todas las llanuras hasta el arroyo Cedrón, hasta la esquina de la puerta de los caballos al Oriente”. Si las palabras usadas aquí no significan literalmente la ciudad actual de Jerusalén, ¿cuáles otras pudieran dar expresión a esta idea? Y de esta ciudad está dicho que “será santa a Jehová; y no será arrancada, ni destruida más para siempre”.
En Jeremías 32:37-44, tenemos otra hermosa predicción de igual valor que esta última. Sólo citaré los versículos 40 y 41, siendo para mi propia alma este último, una de las porciones más preciosas que se hallan en la Palabra de Dios: “Y haré con ellos pacto eterno, que no tornaré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí; y alegraréme con ellos haciéndoles bien; y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón, y de toda mi alma”. Algunas veces se nos pregunta qué razón tenemos para ocuparnos de estos asuntos. “¿Qué tenemos que ver nosotros, con los judíos, o con Jerusalén?” nos dicen. Hermanos míos, ¿es Dios nuestro Padre? ¿Le conocemos como tal? Y le oiremos decir de la restauración de su antiguo pueblo, “les plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón, y de toda mi alma”, sin que nos sintamos interesados en el asunto? ¿Está Él tan interesado en ello que habla de hacerlo de todo su corazón y de toda su alma, y sin embargo no nos interesa este asunto? Ciertamente que al obrar así, sólo proclamamos nuestra propia vergüenza. ¿Necesitamos otro aliciente para estudiar estos preciosos testimonios de la Palabra de Dios, que considerar la plena expresión de Su corazón, cuando habla de llevar a cabo este triunfo de su misericordia y gracia, con todo Su corazón, y con toda Su alma?
Ezequiel 37 es una porción bien conocida. En la primera parte de esta tenemos la visión del valle de los huesos secos. El profeta presencia su resurrección. La visión se le explica a él de este modo: “Hijo del hombre, todos estos huesos son la casa de Israel: He aquí, ellos dicen: nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo talados. Por tanto, profetiza y diles: Así ha dicho el Señor Jehová, He aquí, yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel” (versículos 11-12). Es bien claro, que se usa aquí de lenguaje figurado. El Señor mismo explica que los huesos secos son personas vivientes, a saber, toda la casa de Israel, que dicen: “Nuestros huesos están secos”, etc. Las sepulturas de las cuales son levantados estos huesos secos evidentemente son los lugares o países de donde serán juntados los Israelitas. Si los huesos secos representan Israelitas vivientes —muertos nacionalmente, pero vivos individualmente— sus sepulturas ciertamente representarán los países en que, respecto a su existencia nacional, han sido sepultados. Y luego se nos dice, en términos muy claros, que es a su propia tierra, donde serán traídos, cuando, como una nación, sean levantados de sus sepulturas. La parábola o símbolo de los dos palos, es lo que sigue: Se manda al profeta que tome dos palos —uno por Judá y los hijos de Israel, sus compañeros; el otro por José, y por toda la casa de Israel, sus compañeros—. Debía juntar el uno con el otro, y serían un solo palo en su mano. La explicación de esto, la tenemos en los versículos 20-23: “Y los palos sobre que escribieres, estarán en tu mano delante de sus ojos; y les dirás: Así ha dicho el Señor Jehová: He aquí yo tomo a los hijos de Israel de entre las gentes a las cuales fueron, y los juntaré de todas partes, y los traeré a su tierra. Y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel; y un rey será a todos ellos por rey: y nunca más serán dos naciones, ni nunca más serán divididos en dos reinos: ni más se contaminarán con sus ídolos, y con sus abominaciones, y con todas sus rebeliones; y los salvaré de todas sus habitaciones, en las cuales pecaron; y los limpiaré, y me serán por pueblo, y yo a ellos por Dios”. En este pasaje, tenemos la restauración de los dos reinos de Judá e Israel, y predicha su fusión en uno solo. Está profetizada tanto su conversión, como su restauración. Está en conexión con el reino de Cristo: un rey será rey sobre todos. Y cuando sean así convertidos y restaurados, ya no se contaminarán más, ni caerán más en el pecado. “Y habitarán en la tierra que dí a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos y sus hijos, y los hijos de sus hijos para siempre: y mi siervo David les será príncipe para siempre” (versículo 25). El significado de esta expresión ha sido explicado ya (véase la nota anterior).
Del libro de Daniel cito solamente un pasaje; pero es un pasaje que unido a las palabras de nuestro Señor en Mateo 24, viene a sernos del más profundo interés. “Y en aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está por los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue después que hubo gente hasta entonces; mas en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallaren escritos en el libro” (Daniel 12:1). Ya hemos visto en Jeremías 30 que a la restauración de Israel precede inmediatamente el tiempo de su mayor angustia. “El tiempo de angustia para Jacob; mas de ella será librado”. Aquí también encontramos que habrá un tiempo de angustia, cual no hubo después que hubo gente: y es en este tiempo que los judíos —los hijos del pueblo de Daniel— son librados. Volvamos ahora a Mateo 24:15-21. Nuestro Señor se refiere a la abominación de asolamiento predicha por el profeta Daniel, mostrándonos así que estaba en Su mente la profecía de Daniel, cuando pronunció este discurso. Es claro entonces que la profecía de Daniel aún no se había cumplido, porque nuestro Señor habla de su cumplimiento aún como futuro. Además de esto, el pueblo de Daniel no fue librado entonces, ni lo ha sido aún; así que el tiempo de sin igual angustia, de que habla Daniel, era futuro entonces, y todavía lo es. Nuestro Señor también habla de él: “Porque había entonces grande aflicción, cual no fue desde el principio, ni será”. Según Daniel, no había sucedido, ni sucederá tribulación tal hasta el tiempo cuando los hijos de su pueblo fuesen librados. Según nuestro Señor, ni ha habido, ni habrá tal tiempo después. Añade esto a la profecía de Daniel. Es evidente entonces, que no hay sino sólo un tiempo de tal tribulación, cual no habrá igual, ni antes, ni después. Esto no pudo haber sucedido en tiempo de la destrucción de Jerusalén por Tito, como contienden algunos; pues entonces el pueblo de Daniel fue dispersado y destruido; mas no librado. Es todavía un tiempo por venir; un tiempo tan terrible, que nuestro Señor dice: “Y si aquellos días no fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas por causa de los escogidos aquellos días serán acortados”. ¿Y con qué hallamos relacionado este tiempo de angustia, en la profecía de nuestro Señor? Daniel lo une al tiempo de liberación para su pueblo, los judíos. Nuestro Señor, al de su propia venida: “Y luego, después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su lumbre, y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos serán conmovidas. Y entonces se mostrará la señal del Hijo del hombre en el cielo: y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo, con grande poder y gloria”. No pudiera concebir una demostración más perfecta de la realización en lo futuro de estos acontecimientos, y de la inseparable conexión que hay entre ellos, que la que obtenemos por la comparación de estos pasajes. Este tiempo de angustia, la liberación de los judíos, y la segunda venida de Cristo, todos son aún futuros, y están en relación estrecha e inseparable el uno con los otros. “El que lee, entienda”.
La profecía de Zacarías fue escrita después de la vuelta de Babilonia; así que no puede haber lugar respecto a que las predicciones que contiene de una restauración futura de los judíos, se refiere a la que había tenido lugar en aquellos días. De lo que ha tenido cumplimiento, no podemos hablar como aún por venir. Y sin embargo, en este libro hallamos muchas de las más claras, benditas y sensibles predicciones de la restauración de Israel. Por ejemplo: “Así dice Jehová: Yo he restituido a Sion, y moraré en medio de Jerusalén, y Jerusalén se llamará Ciudad de Verdad; y el monte de Jehová de los ejércitos, Monte de Santidad. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Aún han de morar viejos y viejas en las plazas de Jerusalén, y cada cual con bordón en su mano por la multitud de los días; y las calles de la ciudad serán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en las calles” (Zacarías 8:35). Me supongo que aquí se significa literalmente la ciudad. Y ¡oh! ¡la maravillosa condescendencia de Dios, en presentarnos tan bello cuadro de lo que aún será la ciudad favorecida! ¡Aquella ciudad, por tanto tiempo desierta y sin moradores, excepto los opresores gentiles, y unos cuantos de los pisoteados judíos, que son testigos de su propia vergüenza! ¡Aquella ciudad se nos presenta aquí habitada por su propio pueblo, a un lado, las espaldas encorvadas, y bordón en mano por la multitud de días; a otro lado, las calles llenas de muchachas y muchachos, en simplicidad y felicidad infantiles, jugando en las calles de la ciudad! “Sí”, se dirá, “¿pero no fue esto lo que sucedió en los días de Zacarías, y que debía perpetuarse en los siglos que sucedieron?”. Primeramente, contesto preguntando: “¿Fue Jerusalén en aquel tiempo o cualquier otro después, ‘ciudad de verdad’, o ‘monte de sanidad’?”. Segundo: Considerando uno o dos versículos será fácil ver que el profeta no habla de lo que entonces existía, sino de una restauración que estaba por cumplirse. “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: He aquí, yo salvo mi pueblo de la tierra del Oriente, y de la tierra donde se pone el sol, y traerélos, y habitarán en medio de Jerusalén; y me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios, con verdad y con justicia” (versículos 7-8). ¿Fue esto lo que caracterizó a los judíos en Jerusalén en cualquier tiempo entre los días de Zacarías, y el tiempo de su final dispersión? Bien sabéis que fue después de esto cuando fue consumado su pecado nacional. Pero, además de eso, el final del capítulo quita toda duda respecto a este asunto. “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Aún vendrán pueblos, y moradores de muchas ciudades; y vendrán los moradores de la una a la otra, y dirán: Vamos a implorar el favor de Jehová, y a buscar a Jehová de los ejércitos. Yo también iré. Y vendrán muchos pueblos y fuertes naciones a buscar a Jehová de los ejércitos en Jerusalén, y a implorar el favor de Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: En aquellos días acontecerá que diez hombres de todas las lenguas de las gentes, trabarán de la falda de un judío, diciendo: Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros” (versículos 20-23). En verdad, esto jamás se ha cumplido aún, pero ciertamente se cumplirá en días aún por venir. Pero me pregunta alguien ¿cómo sabe usted eso? La boca de Jehová lo ha dicho, es la sola y suficiente contestación. Simplemente es cuestión de fe en la Palabra de Dios. Al hombre parecerá improbable. Pero ¿fue probable, a la vista del hombre, que Israel fuese redimido de Egipto en los días de Faraón? ¿Parecería probable que el mar Rojo y el Jordán se abriesen, y les dejasen pasar como por tierra seca? No es cuestión de probabilidad o improbabilidad cuando Dios ha hablado. ¿Ha hablado Él y no sucederá? Oíd lo que dice en este mismo capítulo: “Si es maravilloso en los ojos del resto de este pueblo en estos días, ¿será maravilloso en mis ojos? dice Jehová de los ejércitos” (versículo 6). Si parece improbable o imposible a vosotros, ¿por eso será lo uno o lo otro para mí? No, queridos amigos, Dios cumplirá su palabra, y cuando Él ha hablado tan claro en este particular, el hablar de probabilidades o el reverso, no hace sino exponer la incredulidad del corazón. Las edades pasan: siglo tras siglo toca a su fin: tal vez ni aún se note algo que parezca como el cumplimiento de la Palabra de Dios; pero cuando se llegue la hora señalada en Sus propósitos, se verá que nada es imposible para Él. ¡Pensar que este pueblo, cuya conducta ha sido sólo de refinada maldad, cuya condición actual es de tal degradación y ruina: pensar que serán restaurados al favor y bendición, y supremacía entre las naciones, y que esta certeza les está garantida por la Palabra de Dios! ¿No hace bien a nuestros corazones, hermanos míos, pensar en estas cosas? Nosotros tenemos una relación muy diferente para con Dios; somos sus hijos, su pueblo celestial. Pero al contemplar todo el carácter de Dios, a quien conocemos como nuestro Padre, manifestado así en sus tratos con el pueblo terrenal de Su elección, ¿no refresca esto nuestras almas?
Réstanos, pues, dar ligeramente una ojeada, por la luz que tenemos en las Sagradas Escrituras, al orden en que tendrán lugar, la restauración de Israel, y los acontecimientos con ella relacionados. Pero antes de emprenderla, quisiera traeros a la memoria lo que hemos dicho ya, que nosotros, los cristianos, esperamos tan sólo la venida del Hijo de Dios del cielo. Este es un acontecimiento independiente de todos los pormenores de nuestro tema actual, y sin que haya qué alegar a lo contrario pueda suceder antes de disolverse esta congregación. Sería locura afirmar que esto sucederá, o fijar el momento en que tendrá lugar. Pero todo cuanto está en estrecha relación con la restauración de Israel, se verificará —la mayoría de los principales acontecimientos, yo creo— después que el Señor haya descendido en el aire, y recibido a Sí la Iglesia en gloria. Siendo cumplido el misterio celestial —la Iglesia— el ojo de Jehová se volverá a Su pueblo terrenal, Israel, a quienes Él traerá en memoria, y una vez más a Su favor.
Primero: Es bien claro, por varios pasajes, que muchos de los judíos volverán a su tierra en incredulidad. En Isaías 17:10-11, encontramos que, olvidados aún del Dios de su salvación, y sin cuidarse de la Roca de su fortaleza, la plantan con agradables plantas, y adornan con sarmientos extraños; pero el producto de su labranza se describe así: “El día que las plantares, las harás crecer, y harás que tu simiente brote de mañana; mas la cosecha será arrebatada en el día del coger, y del dolor desesperado”. Este evidentemente es el tiempo de angustia del cual venimos tratando, el tiempo cuando las naciones y multitudes de muchos pueblos harán ruido como estruendo de la mar: pero será para su propia destrucción, y la liberación de Israel. “Dios le reprenderá, y huirá lejos; será ahuyentado como el tamo de los montes delante del viento, y como el polvo delante del torbellino” (versículo 13). Es la última y grande crisis —el período acortado de sin igual tribulación—. ¡Cuán repentinamente acaba! “Al tiempo de la tarde, he aquí turbación; y antes de la mañana ya no es. Esta es la parte de los que nos huellan, y la suerte de los que nos saquean” (versículo 14). El siguiente capítulo nos habla de un pueblo marítimo, que parece ocupará un lugar prominente en estos acontecimientos. Sus mensajeros irán “a una gente tirada y repelada, al pueblo asombroso desde su principio, y después: gente harta de esperar, y hollada, cuya tierra destruyeron los ríos”. ¿Quién no comprenderá que se habla aquí de Israel? Se invita universal atención cuando esto principia a suceder (véase el versículo 3). En verdad, no está Dios obrando aún en esta escena, excepto como siempre obra, providencialmente. El versículo 4 nos le representa, mirando, reposando, y considerando desde su morada. Este verso, vertido de diferentes modos por los literatos, parece significar la idea de aquellos terribles momentos de mortal quietud y calor sofocante que precede al estallar una tempestad con sus relámpagos y truenos. Ni un rayo de luz atraviesa por el momento la melancólica opacidad; ni el viento sopla; ni una hoja en los árboles se mueve; ni aun la hierba siquiera es agitada; la naturaleza está como paralizada; todo parece participar de esta quietud y suspensión. Pero esto es sólo por unos instantes, y luego la tempestad estalla con ímpetu sobre la aterrorizada tierra. Tal es la figura usada para ilustrar aquel corto período en el cual los judíos, ayudados por un gran pueblo marítimo, están regresando a su propia tierra, y estableciéndose allí, todavía en incredulidad. Se nos representan en los versículos 5 y 6 como agraz madurando en flor, mostrando así, que moralmente no han sufrido cambio alguno hasta hoy, desde el día que Dios se quejó de ellos como de viña que sólo producía uvas silvestres. Sin embargo, no se les permite venir a madurez; los vástagos son cortados con podaderas, y las ramas cortadas y dejadas para que las aves del monte tengan en ellas el verano, y las bestias de la tierra pasen allí el invierno. Y aun cuando este sea el fin, como siempre, de sus esfuerzos voluntarios a pretender justificarse a sí mismos, es la última vez que prueban a llevar a cabo su propia liberación. Dios viene a su favor; y el último verso de este capítulo habla de que este mismo pueblo —los judíos— son traídos “como presente a Jehová de los ejércitos, al lugar del nombre de Jehová de los ejércitos, el Monte de Sion”.
Leyendo Isaías 28:14-15, parece que los jefes de aquellos que en incredulidad han vuelto a Jerusalén, entran en concierto con el gran jefe Anticristiano de los gentiles, quien gobernará entonces. Habiendo rechazado la base puesta por Dios mismo en Sion, buscan abrigo bajo las alas de aquel a quien Satanás habrá dado entonces su trono, autoridad y gran poder (véase Apocalipsis 13:2). Pero su concierto con la muerte será “anulado, y su acuerdo con el sepulcro no será firme”. Daniel 9:27 parece referirse a esto. Dice de este gran enemigo de Dios: “Y en otra semana confirmará el pacto a muchos, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda: después con la muchedumbre de las abominaciones, será el desolador, y esto hasta una entera consumación, y derramaráse la ya determinada sobre el pueblo asolado”. No cabe duda de que esto es lo que nuestro Señor llama “la abominación de asolamiento, dicha por el profeta Daniel, que estará en el lugar santo”. Así tendrán cumplimiento las solemnes palabras de nuestro Señor, respecto al espíritu inmundo, que habiendo dejado su casa, después de vagar por lugares secos, por fin vuelve a ella, y encontrándola barrida y adornada, va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y viene y mora en ella; y son peores las cosas últimas del tal hombre, que las primeras. “Así acontecerá también a esta mala generación” (Mateo 12:45). El espíritu inmundo de idolatría, habiendo abandonado a la nación judía desde el tiempo de la cautividad de Babilonia, vuelve a tomar posesión de ellos, al fin; y muchos de ellos se encontrarán sujetos y unidos con aquel de quien leemos: “Y le fue dado que diese espíritu a la imagen de la bestia, para que la imagen hable; y hará que cualesquiera que no adoraren la imagen de la bestia, sean muertos” (Apocalipsis 13:15). “Yo he venido en nombre de mi Padre”, dijo el bendito Jesús, “y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a aquel recibiréis” (Juan 5:43).
Segundo: No todos los que vuelven a su tierra en incredulidad son envueltos en estas abominaciones, y los juicios consecuentes a ellas. Habrá un resto que oirán la voz de Jehová, y temblarán a su palabra. Profundamente arrepentidos de sus propios pecados y los de su nación, clamarán al Señor en su angustia, y serán guardados de las sendas del destructor. Instruidos por las palabras de nuestro Señor, cuando vean la abominación de asolamiento, se huirán a los montes, y ni adorarán a la bestia, ni perecerán en su ira. Sin embargo, sufrirán tremendas aflicciones: mientras que muchos otros, como bien sabemos, preferirán ser degollados, antes que adorar los ídolos del desolador. El clamor de este piadoso resto de Israel es lo que oímos en muchos de los Salmos, y en Isaías 63 y 64. El Señor les contesta en el capítulo 65, severamente al principio, como representante de toda la nación en sus pecados; pero ya en Isaías 65:8-15, hace distinción entre estos, y la nación en general. No todos serán destruidos. Este resto elegido será preservado para heredar la tierra (versículos 8-10). Por amor a los escogidos, como ya hemos visto, aquellos días de angustia serán acortados. Los versículos 11 y 12 están dirigidos a la masa de la nación, que aderezan mesa para aquel ejército, (del Anticristo, parece) y suministran libaciones para su número. Serán destinados al cuchillo, y se arrodillarán al degolladero. Después de esto, tenemos la suerte del resto y de la nación descrita alternativamente (versículos 13-18), mientras que los versículos siguientes describen la condición del resto, y bienaventuranza que sucede, cuando “las angustias primeras son olvidadas, y cubiertas de los ojos”. Los primeros cinco versículos del capítulo 66 ofrecen un contraste semejante entre el resto y sus incrédulos hermanos.
Pero Zacarías nos facilita más precisa instrucción respecto a la suerte de aquellos que primero vuelven a la tierra. En Zacarías 12:9-13:1, se anuncia la conversión ya en la tierra, de la casa de David y los habitantes de Jerusalén, cerca del tiempo de su última tribulación (versículo 9). En Zacarías 13:8-9, leemos: “Y acontecerá en toda la tierra, dice Jehová, que las dos terceras partes serán taladas en ella, y se perderán; mas la tercera quedará en ella. Y meteré en el fuego la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata; y probarélos como se prueba el oro. Él invocará mi nombre, y Yo le oiré, y diré: Pueblo mío. Y él dirá: Jehová es mi Dios”. En Zacarías 14:1-2, hallamos que esta tercera parte, que son metidos en fuego, se ven reducidos al último extremo de angustia. Pero el Señor interviene en su extremada necesidad (versículos 3-5). La Iglesia —los santos— que como ya hemos dicho, habrá sido anteriormente arrebatada a recibir al Señor en el aire, vuelve ahora con Él: “Vendrá Jehová, mi Dios, y todos los santos con Él”. Y el pobre y oprimido resto de los judíos será librado por Su venida. Jehová peleará contra todas aquellas naciones que pelearon contra Jerusalén. Los judíos librados ya por Su venida, vienen a servir de instrumentos para la destrucción de sus adversarios (véase Zacarías 12:2-3,6; 14:14). El bendito resultado de todo esto, lo vemos en los versículos 8-11, y 16-21 —el reinado de Cristo sobre toda la tierra, siendo Jerusalén el centro de culto y bendición.
Tercero: Mas la restauración de las diez tribus, parece que se efectúa de diferente modo. Acabamos de ver cómo es que los judíos tienen que sufrir la tribulación final ya en la tierra; siendo por medio de esta separados los impíos de en medio de ellos. Son los descendientes de aquellos que crucificaron su Mesías, y sufren las consecuencias hasta el mismo fin de la dispensación. Las diez tribus, que habían sido llevadas cautivas mucho antes de la primera venida de Cristo, no tienen que sufrir por el pecado de haberle crucificado, y por lo mismo no son comprendidos en las angustias finales en la tierra. Los malvados son quitados de en medio de ellos antes que lleguen a la tierra. “Vivo yo, dice el Señor Jehová, que con mano fuerte y brazo extendido, y enojo derramado, tengo de reinar sobre vosotros: y os sacaré de entre los pueblos, y os juntaré de las tierras en que estáis esparcidos, con mano fuerte y brazo extendido, y enojo derramado; y os he de traer al desierto de pueblos, y allí litigaré con vosotros cara a cara. Como litigué con vuestros padres en el desierto de la tierra de Egipto, así litigaré con vosotros, dice el Señor Jehová. Y os haré pasar bajo de vara, y os traeré en vínculo de concierto. Y apartaré de entre vosotros los rebeldes, y los que se rebelaron contra mí; de la tierra de sus destierros los sacaré, y a la tierra de Israel no vendrán. Y sabréis que Yo soy Jehová” (Ezequiel 20:33-38). Parece ser que a esta parte de la nación se refieren Amos 9:9-10 y Jeremías 31:8-9. La vuelta de las diez tribus parece que estará en progreso, en el tiempo que los judíos, propiamente llamados así, están pasando la prueba final en la tierra: y la llegada de las diez tribus ocurre poco después que ésta ha tocado a su fin. En Isaías 49 tenemos predicha su llegada, y se nos da una tierna descripción del efecto que ésta produce en el pobre y abatido resto que sobrevive al asolamiento de Jerusalén. En los versículos 9-13, se nos ofrece una vista de la vuelta de las diez tribus guiadas por el brazo extendido de Jehová, mientras que los cielos y la tierra son invitados a regocijarse en la manifestación de misericordia para con ellos. Luego en el versículo 14, se retrocede hasta el momento cuando Sion dijo: “Dejóme Jehová: y el Señor se olvidó de mí”. Dios mismo se dirige a Sion en los versículos 15-17. Y luego, como llamando su atención a algo en que ha estado fija su mirada, pero que Sion no ha advertido aún, dice: “Alza tus ojos alrededor, y mira: todos estos se han reunido, han venido a ti”, etc. (versículos 18-19). Nada puede exceder la hermosura de los versículos 20 y 21. “Aun los hijos de tu orfandad dirán a tus oídos: angosto es para mí este lugar; apártate por amor de mí para que yo more. Y dirás en tu corazón: ¿Quién me engendró estos? porque yo deshijada estaba, y sola, peregrina y desterrada: ¿Quién pues crio estos? He aquí, yo estaba dejada sola: estos ¿dónde estaban?”
Finalmente, hay otros pasajes que parecen profetizar aun otro modo de restauración. Hemos observado la vuelta de muchos de los judíos en incredulidad, con su pecado y juicio, y como ha sido preservado de ambos un resto de entre ellos, que son librados en su angustia extrema por la venida del Señor con todos sus santos. Hemos visto también que a este resto se ha juntado la multitud de las diez tribus que han sido traídas por la mano de Dios, quien ha quitado los rebeldes de entre ellos antes que lleguen a la tierra de Israel. Pero además de todo esto, parece que habrá mensajeros enviados desde el lugar donde el Señor ha aparecido en gloria y destruido a los enemigos de su pueblo, para traer a todos los Israelitas que aún queden entre las naciones. “Y traerán a todos vuestros hermanos de entre todas las naciones, presente a Jehová, en caballos, en carros, en literas, y en mulos, y en camellos, a mi santo monte de Jerusalén, dice Jehová” (Isaías 66:20). Parece que a esta parte del asunto se refieren Isaías 60:4-9; 52:10-12; 49:22-23.
Para concluir, solamente os suplico que consultéis los pasajes que hemos citado y a los cuales nos hemos referido. Pues es por medio de examinarlos y compararlos personalmente, orando al Señor para que nos guie, y bendiga, que podremos crecer en el conocimiento de su mente. ¡Concédanos Él su bendición! Amén.

El reino milenario de Cristo y la bendición universal del mundo están relacionados con la restauración de los judíos

(Léase el Salmo 72)
Primeramente deseo en esta noche dedicar unos momentos al examen de una idea muy popular relacionada con nuestro asunto, y que espero poder mostraros, que no es otra cosa que un error popular. Sin embargo, es de naturaleza tal, que tiende poderosamente a desviar las mentes de muchos respecto del todo de los asuntos que estamos escudriñando. Se refiere al significado de dos expresiones, “el día del juicio”, y “el día del Señor”. Debe ser manifiesto que estas dos expresiones son del mismo valor, que ambas se refieren al mismo período. Si hubiera alguna duda respecto a este particular cesaría por completo, ocurriendo a 2 Pedro 3. Encontramos aquí que el apóstol, o mejor dicho, el Espíritu Santo, por medio de él, usa estas dos expresiones como idénticas en su significación. Habiendo hablado de los cielos y de la tierra que fueron antes del diluvio y de su destrucción por el agua, continúa así: “mas los cielos que son ahora, y la tierra, son conservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio, y de la perdición de los hombres impíos” (versículo 7). Entonces, “el día del juicio”, es el período en que los cielos y la tierra serán destruidos por el fuego. Hasta aquí es correcta la idea popular. Veamos ahora el versículo 10, y hallaremos que el apóstol usa la expresión, “el día del Señor” para señalar al mismo período. “Mas el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo, serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están, serán quemadas”. Claro es que ambos versículos hablan de un solo período; llamándolo en el uno, “el día del juicio”, y en el otro, “el día del Señor”. Ahora ¿cuál es la idea que generalmente tienen los cristianos acerca de estas expresiones? ¿No es la de un día literal de doce o de veinticuatro horas? Suponen que este día literal viene al fin del tiempo, en la disolución final de todas las cosas, al terminar el milenio, cuando el Hijo entregará el reino al Padre, y Dios será todo en todos. Examinando las Sagradas Escrituras podremos ver que ésta es una equivocación. “El día del Señor”, y “el día del juicio”, comprenden ambos un período de tiempo más o menos largo; y no como las gentes piensan, un día actual de veinticuatro horas. Y permitidme recordaros que constantemente usamos la palabra “día” en este mismo sentido. Oímos hablar del “día del despotismo”, y “el día de libertad”; “el día de la ignorancia” y “el día de la civilización”. ¿Se significan con estas expresiones un día literal de veinticuatro horas? Y cuando hablamos de “el día de Pablo”, “el día de César”, “el día de Lutero”, “el día de Wesley”, y “el día de Napoleón”, no queremos decir un día de veinticuatro horas; sino que designamos el período durante el cual la persona nombrada vivió y obró; y cuando hablamos así, es porque creemos que la persona que nombramos tuvo tal prominencia, que imprimió su carácter a la época en que vivió. Y este uso que hacemos de la palabra “día”, casi es tan general en las Sagradas Escrituras, como su aplicación a un período de doce o veinticuatro horas. En las Escrituras leemos del día de la tentación, el día de angustia, el día de prosperidad, el día de calamidad, el día de visitación, el día de venganza, el día de salvación; y no sé cuántos ejemplos más tenemos de expresiones en que se hace uso de la palabra “día” en esta significación. Tomemos el último, “el día de salvación”, ¿cuánto tiempo ha durado? Mil novecientos y más años. Y sin que haya algo que decir en contra, “el día de juicio” puede durar tanto o más que el día de salvación. El hecho es, que es un largo período, caracterizado por estos distintivos entre otros, a saber: juicio y la presencia del Señor: y por tanto se le designa como “el día del juicio”, y “el día del Señor”. Por mi parte no abrigo la menor duda que se le llama “el día del juicio” en contraste con “el día de salvación”: “el día del Señor” en contraste con “el día del hombre”: expresión que encontraréis al margen en 1 Corintios 4:3, “Yo en muy poco tengo el ser juzgado de vosotros, o de juicio humano”, en el margen “día del hombre”. Y continúa: “Mas el que me juzga, el Señor es. Así que no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones: y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza”. “El día del hombre” es el largo y triste período, en que el hombre juzga por la vista de sus ojos y el oír de sus oídos. Engañado por Satanás y su propio corazón, ha llegado a conclusiones falsas en casi todo asunto; y obrando de acuerdo con estas falsas conclusiones, ha llenado la tierra de violencia, miseria y error. “El día del Señor” es aquel período en el cual regirá aquél de quien se lee: “Y reposará sobre Él el espíritu de Jehová: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y harále entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos; ni argüirá por lo que oyeren sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío” (Isaías 11:2-4). El carácter de sus juicios y los efectos de su reinado, se nos describen en el hermoso Salmo que hemos leído.
Antes de abandonar este punto, quiero observar que este solemne y bendito período es introducido y terminado por actos especiales de juicio. Es de suma importancia el notar esto, para la aclaración de las Santas Escrituras en estos asuntos. Es introducido por aquellos juicios que devastan la tierra a la venida del Señor. Es terminado por el juicio ante el gran trono blanco, de los muertos que no fueron resucitados al principio de los mil años. Y es, entonces, al final, cuando los cielos y la tierra desaparecen. Pedro dice: “Mas el día del Señor vendrá como ladrón en la noche: en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo, serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están, serán quemadas”. En el cual. No nos dice en que parte del día, si al rayar el día, o a ponerse el sol. No nos da informe alguno en este particular. Pero bien sabemos por medio de Apocalipsis 20, que nos da una descripción de todo este período, que es por la tarde —al declinar el día— cuando esto tiene lugar. Así como en la madrugada —el principio del día— los muertos justos son levantados para vivir y reinar con Cristo durante el período de los mil años, así también al ponerse el día, los muertos impíos —“mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos los mil años”— son levantados de sus sepulcros, y juzgados ante el gran trono blanco. Es entonces cuando los cielos y la tierra huyen, y cielos nuevos y tierra nueva son creados en su lugar. Bien pueda llamarse el milenio “el día del juicio”, siendo introducido por los juicios que acompañan la venida del Señor, caracterizado por su justo aunque pacífico gobierno, y terminado por el juicio del gran trono blanco.
Tornemos ahora a Zacarías 14. Hallaremos que “el día del Señor” no es un día literal de veinticuatro horas; que está identificado con su reinado como el Rey de toda la tierra; y que tiene inseparable conexión con lo que considerábamos hace varias noches —la restauración de los judíos—. “He aquí, el día de Jehová viene, y tus despojos serán repartidos en medio de ti. Porque yo reuniré todas las gentes en batalla contra Jerusalén, y la ciudad será tomada, y saqueadas serán las casas, y forzadas las mujeres; y la mitad de la ciudad irá en cautiverio; mas el resto del pueblo no será talado de la ciudad. Después saldrá Jehová, y peleará con aquellas gentes, como peleó el día de la batalla”. Aquí tenemos el principio del día cuando en el extremo de las angustias finales de Jerusalén, el Señor sale a pelear contra sus enemigos. Debemos notar la repetición en este capítulo de la expresión “aquel día”. Qué día sea este, ya lo hemos visto. “Y afirmaránse sus pies en aquel día sobre el Monte de las Olivas”, etc. “Y vendrá Jehová mi Dios, y con Él todos los santos. Y acontecerá que en ese día no habrá luz clara, ni oscura. Y será un día, el cual es conocido de Jehová, que ni será día ni noche; mas acontecerá que al tiempo de la tarde habrá luz”. Claramente se nos dice, entonces, que no es un día ordinario, natural. Se distingue de este por dos cosas. Primera: “La luz no será clara ni oscura”; lo cual los traductores han explicado propiamente en el margen así: “Es decir, que no será clara en unas y oscura en otras partes del mundo”, la luz será igual en todas partes. Segundo: “Al tiempo de la tarde habrá luz”. En lugar de disminuir la luz al declinar el día, como en el día natural, la luz permanecerá firme hasta el fin. “Al tiempo de la tarde habrá luz”. Continuemos: “Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas: la mitad de ellas hacia la mar oriental, y la otra mitad hacia la mar occidental, en verano y en invierno”. Así que “el día” es de tal duración, que comprende al menos, verano e invierno. Pero ¿qué sigue? “Y Jehová será Rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre”. ¿No es bastante claro entonces según este pasaje, que “el día del Señor” incluye el bendito período del reinado del Señor Jesucristo? Su venida es la que introduce, y Su reinado lo que constituye este día.
Nuestro capítulo trata después de cambios físicos que tendrán lugar en la tierra: “Toda la tierra se tornará como llanura”, etc. “Y morarán en ella, y nunca más será anatema; sino que será Jerusalén habitada confiadamente”. Hablando de los juicios que vendrán sobre aquellos que se habrán congregado contra Jerusalén, dice así: “Y acontecerá en aquel día, que habrá en ellas gran quebrantamiento de parte de Jehová”, etc. “Y todos los que quedaren de las gentes que vinieron contra Jerusalén, subirán de año en año a adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de las Cabañas”. “En aquel día” (el día del cual hemos leído en todo este capítulo, el día de que puede decirse, “y en verano e invierno”, “de año en año”, el día en que “Jehová será Rey sobre toda la tierra”), “en aquel día, estará sobre las campanillas de los caballos: Santidad a Jehová: y las ollas en la casa de Jehová serán como los tazones delante del altar. Y será toda olla en Jerusalén y en Judá santidad a Jehová de los ejércitos: y todos los que sacrificaren, vendrán y tomarán de ellas, y cocerán en ellas; y no habrá más Cananeo alguno en la casa de Jehová de los ejércitos en aquel tiempo”. ¿Queréis leer en vuestros aposentos atentamente, y con oración al Señor, este precioso capítulo? No podréis menos que ver que pone nuestro asunto en luz tan clara, que si no hubiera en la Biblia otro capítulo que se ocupara de esto mismo, no tendríamos disculpa si de alguna manera entendiéramos mal su sentido.
Pasemos a considerar Isaías 2: “Lo que vió Isaías, hijo de Amoz, tocante a Judá y Jerusalén: Y acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová por cabeza de los montes: y será ensalzado sobre los collados, y correrán a él todas las gentes. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (versículos 1-3). Sin duda que muchas veces hemos oído citar en reuniones misioneras y otras ocasiones semejantes, este pasaje en conexión con el tema de la expansión del evangelio. Pero, no obstante la importancia de las misiones y la propagación del evangelio (y no permita Dios que yo las menosprecie) no son el tema ni tienen conexión alguna con el asunto de que trata el pasaje que hemos leído. Este pasaje dice: “Lo que vió Isaías, hijo de Amos, tocante a Judá, y a Jerusalén”. Judá y Jerusalén entonces, son el asunto, y no la Iglesia y sus misiones. “De Sion (y no de la Iglesia) saldrá la ley: y la palabra de Jehová”, no de la Gran Bretaña, sino “de Jerusalén”. Nos hemos hecho sabios en nuestra propia opinión, y supuesto que a nosotros se nos había encomendado la obra de introducir por medio de nuestras propias labores, la bendición del período milenario. Esta es una obra que no está asociada a nuestra vocación, sino a la de Israel. Nuestra vocación es mucho más elevada, una vocación celestial, una vocación que es superior a las cosas terrenales y aparte por completo de escenas mundanales. Olvidando esto, y buscando un lugar sobre la tierra, hemos procurado apropiarnos el lugar señalado por Dios a Israel. No hemos tenido fe para ocupar nuestro propio lugar en lugares celestiales con Cristo, y hemos descendido a la tierra, hemos aspirado a llevar al lugar señalado en los consejos de Dios a Israel. Desempeñar el papel de Israel no podremos, por más que lo intentemos; y al intentarlo, negamos completamente nuestra vocación celestial. Pero nos ocuparemos más de esto cuando vengamos a considerar la gloria y vocación distintas de la Iglesia. Es de Sion de donde saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová.
“Y juzgará entre las gentes, y reprenderá a muchos pueblos”. ¿Es esta la extensión gradual y pacífica de la verdad, por medio de la instrumentalidad humana? “Y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces. No alzará espada gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra” (versículo 4). El Salmo 46 tiene relación con el prospecto de paz universal de que se trata aquí, y por un momento nos apartaremos a considerarlo. Muchos dicen que no es solamente por la propagación del evangelio, que esta perspectiva llegará a realizarse, sino por medio de sociedades de paz y otras varias confederaciones para propagar principios pacíficos, y promover entre los gobernadores del mundo, consejos y medidas pacíficas. Pero ¿es esto lo que testifica la Palabra de Dios? Veamos este Salmo: Se refiere a un tiempo de tremenda angustia —el período que consideramos en nuestras lecturas pasadas— el tiempo de la angustia de Jacob, y de la cual será librado. Este Salmo expresa la confianza del residuo de judíos fieles, cuando se hallan rodeados por los terrores de aquel día de sin igual tribulación, y de los juicios que le ponen fin. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto no temeremos aunque la tierra sea removida, aunque se traspasen los montes al corazón de la mar. Bramarán, turbaránse sus aguas; temblarán los montes a causa de su braveza” (versículos 1-3). Ciertamente que esto no se parece a la propagación gradual de la verdad, y la conversión por sus imperceptibles influencias de toda la masa de la humanidad a la santidad y paz. Las convulsiones aquí descritas son de un carácter muy formidable. “Bramaron las gentes, titubearon los reinos; dio Él su voz, derritióse la tierra” (versículo 6). Y otra vez el resto declara su confianza en medio de la tempestad asoladora. “Jehová de los ejércitos es con nosotros: nuestro refugio es el Dios de Jacob” (versículo 7). Y ahora, la tempestad ha pasado, Dios se ha levantado para llevar a cabo su obra extraña; y habiendo sido cumplidos sus juicios, se nos invita a contemplar los resultados. “Venid, ved las obras de Jehová: que ha puesto asolamientos en la tierra; que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra: que quiebra el arco, corta la lanza, y quema los carros en el fuego”. No es el progreso lento y gradual de los principios pacíficos, sino la intervención solemne de Dios en juicio a la venida del Señor, lo que pone fin a las disensiones y guerras que por tantos siglos han desolado la tierra, e introduce el período de paz universal. Y ¿qué es lo que nos enseña por medio de esto el Espíritu Santo? Es, “Esforzáos, poned en juego toda vuestra energía; trabajad con todas vuestras fuerzas por impregnar la sociedad de principios que introducirán la edad de oro, de paz, concordia, y armonía universal”: ¿es ésta, pregunto, la moral sacada por el Espíritu, de esta solemne historia profética? No, hermanos míos, es ésta: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios: Ensalzado he de ser entre las gentes, ensalzado seré en la tierra” (versículo 10). Estas maravillas son llevadas a cabo por su poder, no por la energía humana; para su gloria, y no para la exaltación del altanero y vanaglorioso mortal.
Volvámonos otra vez a Isaías 2. Solemnes palabras de amonestación y exhortación siguen a las que ya hemos citado: y después, del versículo 10 en adelante, tenemos una vista magnífica “del día del Señor”, cuadro que corresponde exactamente con lo que ya hemos visto en Zacarías 14, facilitándonos instrucción mayor que la que tenemos allí. El versículo 10 es una invitación hecha a todos los que tienen oídos para oír, a entrar a donde el resto —cuya voz hemos oído en el Salmo 46— está ocultado durante las conmociones y terrores de aquel día. “Métete en la piedra, escóndete en el polvo de la presencia espantosa de Jehová y del resplandor de su majestad. La altivez de los ojos del hombre será abatida y la soberbia de los hombres será humillada, y Jehová solo será ensalzado en aquel día. Porque día de Jehová de los ejércitos vendrá sobre todo soberbio y altivo, y sobre todo ensalzado; y será abatido”. Todo cuanto ha ministrado a la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida; todo aquello en que el hombre ha encontrado complacencia, y por lo cual ha dejado fuera a Dios, y excluido a Cristo de sus corazones; todo aquello que ha contribuido a su propia exaltación que ha caracterizado siempre al hombre, que la caracteriza hoy, en nuestros mismos días, a un grado que da miedo contemplar; el día del Señor vendrá sobre todo aquello. ¡Pensad, hermanos míos, en lo que el orgullo del corazón del hombre está haciendo en estos momentos, al concentrar toda la riqueza y energía de todas las naciones para manifestar al mundo lo que la energía y habilidad humanas pueden efectuar! El día del Señor vendrá “sobre todos los cedros de Líbano altos y sublimes, y sobre todos los alcornoques de Basán; y sobre todos los montes altos, y sobre todos los collados levantados; y sobre toda torre alta, y sobre todo muro fuerte; y sobre todas las naves de Tharsis, y sobre todas pinturas preciadas. Y la altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada: y sólo Jehová será ensalzado en aquel día”. ¡Permita Dios que estas solemnes palabras vayan a lo profundo de nuestro corazón! Sigamos adelante: “Y quitará totalmente los ídolos. Y meteránse en las cavernas de las peñas; y en las aberturas de la tierra; por la presencia espantosa de Jehová, y por el resplandor de su majestad”. ¿Cuándo, hermanos míos? ¿Cuando el evangelio se haya extendido por todo el universo? ¿Cuando el cristianismo y la civilización se hayan difundido por todas partes? ¿Cuando la verdad haya obtenido un triunfo pacífico y universal? ¡Ah! este pasaje se ha citado muchas veces en parte, como si esto fuera lo que él enseña. Pero ¿cuándo es entonces, que cesará la idolatría? “Cuando Él se levantare para herir la tierra”. Sí: “Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos sus ídolos de plata, y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase. Y se entrarán en las hendiduras de las rocas, y en las cavernas de las peñas, por la presencia formidable de Jehová y por el resplandor de su majestad, cuando se levantare Él para herir la tierra”. Y la moral aquí es del mismo valor que en el Salmo 46; aquí es negativa; allá positiva. “Dejáos del hombre, cuyo hálito está en su nariz: porque ¿de qué es él estimado?” El hombre puede estimarse en mucho a sí mismo, como lo hace: jactarse mucho de sus facultades, tan variadas y tan vastas como cree tiene. Podrá mejorarlas por medio de todas las invenciones y recursos del arte, y multiplicarlas combinándolas al grado que deseare. Pero no hace sino levantarse Dios, y todas sus glorias se marchitan cual la hierba. Tan sólo interviene Dios, y toda la jactancia y vanagloria del hombre tocan a su fin. ¡Ojalá y recordemos esto! Verdades como estas son necesarias en todo tiempo; pero en estos días, cuando se manifiesta tal jactancia y elevadas pretensiones de parte del hombre, debiéramos tener siempre presentes estas palabras: “Dejáos del hombre”, y “Estáos quietos, y conoced que Yo soy Dios”.
Las ideas proféticas que generalmente prevalecen en estos días confunden entre sí dos períodos, tan completamente contrastados en su carácter, como distintos el uno del otro, por el hecho de que uno comienza cuando el otro ha tocado a su fin. La mayor parte de los cristianos supone que por medio de la predicación del evangelio y el derramamiento del Espíritu Santo, el cristianismo se extenderá gradualmente —las naciones del mundo serán gradualmente subyugadas por su influencia— hasta que todos se hagan cristianos, y que una vez, habiéndose hecho cristiano todo el mundo, permanecerá así por un largo período de tiempo. Y esta influencia universal del cristianismo, la cual ya se prometen, es lo que llaman el milenio. Pero es el caso que no tan sólo carece de fundamento esta idea en las Sagradas Escrituras —no solamente contraría todas las más claras Escrituras por las cuales os mostramos hace una semana que no puede haber milenio hasta que vuelva el Señor Jesucristo— sino que esta idea está basada en una completa equivocación o concepto falso de lo que es el período presente, como también del carácter del futuro, el período milenario. Están en directo contraste el uno con el otro. ¿Qué caracteriza los actuales tratos de Dios para con el hombre? Gracia, pura gracia. Este es el período de la longanimidad de Dios, el día de salvación. Dios no obra hoy abiertamente como el justo Gobernador del mundo, distribuyendo el bien y el mal, según el carácter de los actos del hombre. Todos podemos ver esto: y los incrédulos quieren probar con esto que, o no hay Dios, o no tiene interés ni participio alguno en los negocios humanos. De dónde provienen tanta perfidia y violencia, la opresión y derramamiento de sangre, tales que causa vértigo y pesadumbre el considerarlas, si Dios está pagando al hombre conforme a sus obras? y por otra parte ¿cómo pudiera suceder esto, si Él estuviera gobernando abiertamente el mundo con justicia?
¡Ah! mas “un día de juicio” está por venir. No un período de doce o de veinticuatro horas, sino de mil años; durante el cual, el gobierno del mundo, administrado por el mismo Hijo del hombre, será de un carácter tal, que aclarará todo cuanto ahora es oscuridad, y manifestará y vindicará plenamente la gloria de Dios. Habiendo ganado para sí un nombre por toda la gracia manifestada durante el período presente, y por los resultados que de ésta emanan para toda la eternidad, manifestará su carácter en la Próxima dispensación —el período milenario— como “el Señor, justo, que ama la justicia”. “He aquí, en justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio” (Isaías 32:1).
¿Niego yo entonces, que al presente, Dios, por su providencia, secreta y eficazmente gobierna todas las cosas? ¡No lo permita Dios! En este sentido Satanás mismo le está sujeto, cumpliendo Sus designios, y haciendo Su voluntad. Pero yo me refiero al gobierno público, manifiesto del mundo. ¿Se lleva éste a cabo bajo el principio de justa retribución y recompensa, o no? Solamente hay una respuesta. Es innegable que la malignidad del hombre y la malicia de Satanás son restringidas por la secreta providencia de Dios, como también por la institución del gobierno y leyes humanos, que Él ha señalado, y hasta hoy sostenido. Si no fuera así, los hombres se destruyeran uno al otro, y la tierra quedaría despoblada. Pero, no obstante, ¿quién es aquél que pueda imaginarse que existe o ha existido desde la caída del hombre una distribución de bien y mal temporales, conforme al carácter y conducta del hombre, que sea un testimonio propio del carácter de la santidad, benevolencia y rectitud de Dios, como el justo Juez y Gobernador del mundo? El hecho es, que se ha permitido que la bondad sea oprimida y pisoteada, y el mal tan excesivo y triunfante, que cuando el mismo bendito Jesucristo, el perfecto, sin pecado, estuvo aquí, fue crucificado. Sabemos por qué fue permitido esto. Pero deseo que consideréis el hecho: fue permitido. ¡Sí, Dios miró desde los cielos, y presenció el homicidio de Su unigénito y bien amado Hijo, por las malvadas manos de los hombres!
¡Qué contraste entre esta escena y la que anticipa el Salmista, contemplando la llegada del reino milenario! “Porque no dejará Jehová su pueblo, ni desamparará su heredad; sino que el juicio será vuelto a justicia, y en pos de ella irán todos los rectos de corazón” (Salmo 94:14-15). Por mucho tiempo el juicio y la justicia han estado separados. El juicio estaba en las manos de Pilato sentado en el tribunal. La justicia, perfecta justicia —tanto humana como divina— estaba ante él, en la persona de la inmaculada Víctima, de cuya inocencia vanamente testificó, lavándose las manos, mientras que Le entregaba a ser crucificado! ¡Y Dios contemplaba aquella escena, y por más de mil ochocientos años ha soportado a un mundo manchado con ella! ¿Y podremos esperar que tome venganza de culpas menores, mientras que el más grande crimen continúa impune? ¿Impune, dije? ¿Hablé de Dios, soportando aún el mundo? ¡Cuán lejos está esto de ser toda la verdad! De este acto que completó la manifestación del odio y maldad de los hombres, se valió Dios para mostrarnos la profundidad y plenitud de Su propio amor. Envió a Su Espíritu a dar testimonio de que la sangre que el hombre había derramado, aquí en la tierra, era aceptada allá en el cielo; y que aun aquellos mismos que la habían derramado, hallarían seguro escondedero, si tan sólo se refugiaban en ella por la eternidad. ¿Y qué ha estado haciendo Dios desde entonces, sino proclamar a todo el mundo —tanto judíos como gentiles y gentiles como judíos— que todos cuantos creen en Jesús son unidos a Él, y herederos con Él de la gloria que aún será revelada? Y ciertamente que esto no es juicio, sino misericordia; no gobierno justo, sino gracia infinita. Y ¿cuál ha sido el resultado donde se ha creído este testimonio? Que aquellos que lo han creído han participado del tratamiento dado por los hombres a su Señor. ¿Y ha vengado Dios su sangre? No: la sangre de los mártires de Cristo, como también la de Cristo mismo, aún queda sin vengar. Y Dios permite que el mundo prosiga en su malvada carrera, atesorando ira para el día de la ira; mientras que en paciencia espera, y en Su clemencia se detiene, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento.
Esto es lo que caracteriza el período presente, el día de salvación. Pero ¿cómo obra en las almas de los hombres? ¿qué efecto produce? En verdad, la gracia poderosa entresaca del mundo unos cuantos que creen en Jesús, le confiesan y sufren por amor a Su nombre. En cada siglo y generación pasados ha habido unos cuantos que sufrieron así. Pero ¿qué efecto ha producido esto sobre la muchedumbre? Oídlo, en las palabras de Dios mismo: “Porque no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos lleno para hacer mal” (Eclesiastés 8:11). Toda esta paciencia, longanimidad y gracia de nuestro Dios, tan sólo hacen que los hombres se entreguen con más ánimo a la iniquidad. ¿Cómo puede, pues, una dispensación caracterizada por pura gracia, introducir la bendición universal? Esto no es de esperarse. En Isaías 26:10, tenemos este mismo testimonio: “Alcanzará piedad el impío, y no aprenderá justicia; en tierra de rectitud hará iniquidad, y no mirará a la majestad de Jehová”. Así que, por más que durara la paciencia de Dios, y sus presentes tratos con la humanidad, es evidente que nunca sería el resultado que los hombres suponen. El mundo nunca sería convertido, y el milenio nunca sería introducido. Los juicios de Dios harán que esto suceda. “Jehová, bien que se levante tu mano, no ven”. Es decir, tanto cuando dure sembrando misericordia, no ven. “Pero verán al cabo, y se avergonzarán los que envidian a tu pueblo: y a tus enemigos, fuego los consumirá” (versículo 11). Y lo mismo el versículo 9: “Porque cuando tus juicios estén en la tierra, los moradores del mundo aprenderán justicia”. Tenemos, pues, la declaración expresa, que el favor, la gracia, no lo alcanzará. Los hombres abusan de ella endureciéndose a sí mismos en iniquidad: su corazón está puesto plenamente en hacer el mal. Pero por otra parte, tenemos también la declaración expresa, que cuando los juicios de Dios estén sobre la tierra, los hombres aprenderán justicia. La gracia no logra su sujeción; el juicio la logra y la completará a la perfección.
El testimonio de las Sagradas Escrituras a esta verdad es uniforme y abundante. En un período tan temprano como los días de Elí y de Samuel, Ana la profetisa canta: “Delante de Jehová serán quebrantados sus adversarios, y sobre ellos tronará desde los cielos: Jehová juzgará los términos de la tierra, y dará fortaleza a su Rey, y ensalzará el cuerno de su Mesías” (1 Samuel 2:10). Las últimas palabras de David son: “El Dios de Israel ha dicho: hablóme el Fuerte de Israel: El señoreador de los hombres será justo, señoreador en temor de Dios: será como la luz de la mañana sin nubes: cuando la hierba de la tierra brota por medio del resplandor después de la lluvia”. Confiesa que su casa no ha sido así para con Dios: se consuela con el pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y seguro; y luego añade: “Mas los de Belial serán todos ellos como espinas arrancadas, las cuales nadie toma con la mano; sino que el que quiere tocar en ellas, ármase de hierro y de asta de lanza, y son quemadas en su lugar” (2 Samuel 23:3-7). El Salmo segundo es también muy claro sobre este particular. Se nos representa la confederación de los reyes y los pueblos, diciendo de Jehová y de su ungido: “Rompamos sus coyundas, y echemos de nosotros sus cuerdas”. ¿Cuál es el premio de su impiedad? “El que mora en los cielos se reirá: el Señor se burlará de ellos. Entonces hablará a ellos en su furor y turbarálos con su ira. Yo empero he puesto mi rey sobre Sion”. A este rey, que a pesar de toda oposición será establecido en Sion, dice Jehová: “Pídeme, y te daré por heredad las gentes, y por posesión tuya los términos de la tierra”. Me supongo que en muchas reuniones misioneras habréis oído citar este texto para probar que todas las naciones serán convertidas por el evangelio. Pero ¿es esta su significación? ¿Cómo toma Cristo posesión de la herencia que se le ha señalado? Léase el versículo siguiente: “Quebrantarlos has con vara de hierro: como vaso de alfarero los desmenuzarás” (versículo 9). No le son dados, como algunos suponen, por la difusión pacífica y gradual de la verdad del evangelio: siendo sus corazones y caminos amoldados por ella, hasta que el mundo viene a ser un mundo santo y feliz. No: a cierto y determinado momento, aún por venir, momento por el cual Cristo espera también (“esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies”) en que las gentes le sean dadas por heredad, y los términos de la tierra por su posesión. Y tomará posesión quebrantando a Sus enemigos con vara de hierro, desmenuzándolos como vaso de alfarero. Es claro, entonces, que el juicio, y no la extensión de la presente economía de perfecta y pura gracia introducirá la bendición milenaria.
Me referiré ahora a otro pasaje que está en relación estrecha con el que acabamos de considerar; es el Salmo 110. “Jehová dijo a mi Señor: siéntate a mi diestra” —¿hasta cuándo?— “en tanto que pongo tus enemigos por estrado de tus pies”. Y ¿qué sigue a esto? “La vara de tu fortaleza enviará Jehová desde Sion: domina en medio de tus enemigos”. Mientras que estos enemigos serán aniquilados por la vara de su fortaleza, su vara de hierro, habrá aquellos, que como ya hemos visto, estarán preparados para recibirle cuando Él venga. Su pueblo, su nación, a quienes Él vino hace mil novecientos años, por fin querrán recibirle. “A lo suyo vino”: pero viniendo en humillación, “los suyos no le recibieron”. Lejos de recibirle, le crucificaron; y Él se sometió a esto, permitió que esto sucediera así. “Fue crucificado en flaqueza”. Pero cuando venga otra vez, será en poder y gloria. Y de Él se dice aquí: “Tu pueblo serálo de buena voluntad en el día de tu poder: en la hermosura de la santidad, desde el seno de la aurora: tienes tú el rocío de tú juventud”. Y ¿cómo tratará entonces a los que se levantan contra él y contra su pueblo? “El Señor a tu diestra herirá a los reyes en el día de su furor: Juzgará entre las gentes: llenarálas de cadáveres: herirá las cabezas en muchas tierras”. Sí, hermanos míos: al principio de su reinado, por medio de juicios —desoladores, destructores— Cristo quitará de en medio los malvados. Conforme leemos en el Nuevo Testamento: “Enviará el Hijo del hombre sus ángeles, y cogerán de su reino todos los escándalos, y los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego: allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 13:41-42). Los que sobreviven, atemorizados por aquellos juicios —siendo además derramado el Espíritu sobre toda carne— todo el mundo reconocerá la supremacía de Jesús, y será feliz bajo su dominio. Como leíamos al dar principio en esta noche: “Juzgará los afligidos del pueblo: salvará los hijos del menesteroso, y quebrantará al violento ... Y dominará de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra. Delante de él se postrarán los Etíopes, y sus enemigos lamerán la tierra. Los reyes de Tharsis y de las islas traerán presentes: los reyes de Sheba y de Seba ofrecerán dones. Y arrodillarse han a Él todos los reyes, le servirán todas las gentes ... Será su nombre para siempre, perpetuaráse su nombre mientras el sol dure; y benditos serán en Él todas las gentes: llamarlo han bienaventurado”.
Además tenemos otro punto. Suponed que han llegado ya los tiempos que hemos venido anticipando: suponed que la Iglesia ha sido arrebatada para estar en la gloria con su Señor, e Israel, vuelto otra vez a su propia tierra, ha pasado por su última y terrible tribulación: suponed que los gentiles, opresores de Israel, cuando ya han estado prestos a devorarlos, han sido destruidos por la venida del Señor, acompañado por su Iglesia en gloria —la venida del Señor con todos sus santos—: suponed que la multitud de malvados de todas las naciones han sido destruidos, e Israel, toda la nación reestablecida en su propia tierra: suponed que toda esta nación y todos los sobrevivientes de entre los gentiles han sido convertidos por el derramamiento del Espíritu sobre toda carne: suponed todo esto, digo: ¿qué impediría el que los habitantes de la tierra se corrompieran entre sí, como siempre lo han hecho? ¿qué pudiera impedir el que recayesen en toda clase de pecado, y se acarreasen de nuevo toda la miseria de la cual el mundo estará libre entonces completamente?
El hombre era inocente y feliz, pero cayó. El mundo fue una vez desolado por el juicio, y vuelto a poblar por las ocho personas que descendieron del arca. ¡Pero cuán presto se corrompieron de nuevo! Israel fue una vez redimido por la mano fuerte y brazo extendido de Jehová: pero ¡qué historia de apostasía y de pecado sigue a esta liberación! El reinado de David y de Salomón fueron días felices para Israel. El uno conquistó a sus enemigos: el otro reinó sobre ellos en paz, y edificó el magnífico templo en el cual Dios fue conocido y adorado. Pero a esto se siguió la rebelión bajo el reinado de Jeroboam y toda la negra historia de ambas naciones hasta la cautividad. La Iglesia fue formada en Pentecostés, y por corto tiempo los frutos del Espíritu que moraba en ella fueron distintos y hermosos. ¡Pero cuán corto tiempo! ¡Y cuán deplorable la historia de la corrupción y apostasía que se ha seguido! Y ¿por qué no ha de haber inmediata decadencia y continua apostasía en el período milenario, como también hubo en las dispensaciones pasadas? Hay dos respuestas a esta cuestión. Si no hubiera otra respuesta que Dios así lo ha querido y hecho notoria su voluntad, esto sería suficiente para aquél que cree. Pero Él se ha dignado explicarnos como sea esto. En primer lugar, Satanás, que es quien ha obrado toda la maldad hasta hoy, será atado, y no se le permitirá hacer más hasta pasados los mil años. Satanás fue quien engañó a nuestros primeros padres en el Edén. Satanás fue quien corrompió el mundo después del diluvio. Satanás fue el gran enemigo de Israel, queriendo estorbar los propósitos de Dios respecto de ellos, y engañándolos cuando no pudo impedir que se realizasen. Satanás fue quien sembró la cizaña entre la buena simiente que el Hijo del hombre había sembrado; y todos los males que afligen y manchan la Iglesia sólo son el fruto que su simiente ha producido. Pero durante el milenio, Satanás será atado. Apocalipsis 20 es muy claro sobre este particular. Os concedo que se usa lenguaje figurado. Pero ¿qué significa la figura de una gran cadena y una llave; y un poderoso ángel usándolas para atar a Satanás en el abismo por mil años? Porque es lenguaje figurado ¿no significa cosa alguna? Ningunas palabras pudieron expresar más claramente la forzada sujeción bajo la cual Satanás, el gran engañador y usurpador, será puesto durante el reinado milenario. “Mentiroso y padre de la mentira”, y “homicida desde el principio, que no permaneció en la verdad”, son los característicos con que le designan las Sagradas Escrituras. Y ¿qué pudiera esperarse del reinado de este tal, por todos estos miles de años, sino los horrendos resultados que se han seguido? Pero será atado, para que no pueda engañar más a las naciones hasta que los mil años sean cumplidos.
Segundo: El lugar ocupado hasta hoy por Satanás y sus ángeles para llevar a cabo el mal, será ocupado por Cristo y sus santos ya glorificados, para bendición, durante el milenio: y el reinado de Cristo será un reinado de justicia. No solamente principia con juicios destructores, desoladores, quitando de en medio a los malvados obstinados, mientras el Espíritu de Dios inclina los corazones de los que sobreviven y los hace sumisos al yugo de Cristo, sino que es un reinado de justicia, desde el principio hasta el fin. ¿Quiero decir con esto que no habrá manifestaciones de gracia y de bondad? Ciertamente que no. Está lleno de gracia, lleno de bondad. ¿Qué sino gracia puede hacer que la nación que crucificó a Cristo —sí, la ciudad misma donde su sangre fue derramada— venga a ser el centro de bendición para toda la tierra? ¿Qué triunfo de la gracia podrá igualar a este? Y ciertamente es gracia la que ganará los corazones de los gentiles, y los traerá a realizar bajo el reinado de Jesús, el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham: “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra”. Pero hay esta diferencia: la gracia trae a disfrutar de bendición a los creyentes ahora, bendición más elevada que aquella concedida al pueblo salvado en la tierra milenaria. Pero aun cuando obra esto, nos deja en un mundo donde reina Satanás, y la maldad prospera: donde el resultado actual de fidelidad a Dios nos trae pérdidas y sufrimientos y privaciones de toda especie. Pero en el milenio, no solamente será atado Satanás, y reinará Cristo con sus santos glorificados: sino que el mal, dondequiera que se manifieste, será reprimido inmediatamente por el poder. Ciertamente es gracia, gracia soberana, la que traerá los restos salvos de judíos y gentiles a la bendición en el principio de los mil años. Pero la felicidad a que ellos y sus descendientes son introducidos por gracia será conservada y sostenida por el cetro de gobierno justo. No sucederá entonces que un pecador destruya mucho bien, la cizaña y el trigo creciendo juntamente hasta la siega.
La naturaleza humana será naturaleza humana todavía, y aun cuando no habrá tentación de afuera, y todas las circunstancias guíen a la obediencia y no sean obstáculos a ella como ahora, sin embargo será necesario que los hombres nazcan de nuevo: y si esta obra del Espíritu Santo no tuviera lugar en alguno, y si manifestare mal corazón, rebelándose, en vez de ser soportado y permitido continuar así, como ahora, hasta que el mal abunde, serán quitados inmediatamente de en medio. “Al que solapadamente infama a su prójimo, yo le cortaré; no sufriré al de ojos altaneros, y de corazón vanidoso” (Salmo 101:5). “No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; el que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos. Por las mañanas cortaré a todos los impíos de la tierra: para extirpar de la ciudad de Jehová a todos los que obraren iniquidad” (versículos 7-8). Es sumamente claro que el Salmo 145 es salmo milenario. Canta las alabanzas de Jehová como Rey: “Alábente, oh Jehová, todas tus obras: y tus santos te bendigan. La gloria de tu reino digan, y hablen de tu fortaleza. Para notificar a los hijos de los hombres sus valentías, y la gloria de la magnificencia de su reino. Tu reino es reino de todos los siglos, y tu señorío en toda generación y generación” (versículos 10-13). Bien, y ¿cuál es el carácter de este reinado? “Jehová guarda a todos los que le aman; empero destruirá a todos los impíos” (versículo 20). Y así leemos en el siguiente Salmo: “Jehová ama a los justos, Jehová guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda levanta: y el camino de los impíos trastorna. Reinará Jehová para siempre. Tu Dios, oh Sion, por generación y generación” (Salmo 146:8-10). Es claro que el siguiente Salmo se refiere también al mismo período. Celebra la restauración de Israel. “Jehová edifica a Jerusalén, a los echados de Israel recogerá” (versículo 2). “Alaba a Jehová, Jerusalén: alaba a tu Dios, Sion. Porque fortificó los cerrojos de tus puertas, bendijo a tus hijos, dentro de ti” (versículos 12-13). Bien, y ¿cuál es el testimonio de este salmo sobre el asunto que venimos considerando, el carácter del gobierno milenario de Cristo? “Jehová ensalza a los humildes: humilla a los impíos hasta la tierra” (versículo 6). Y esto mismo tenemos en otras Escrituras. “Juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra ... Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus riñones” (Isaías 11:4-5). “Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo labrado asentará la justicia. Y el efecto de la justicia será paz: y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, y en habitaciones seguras, y en recreos de reposo” (Isaías 32:16-18). Protegidos de este modo por el justo gobierno de Cristo, los súbditos de su reinado disfrutarán de sus benditos resultados pacíficamente, sin temor de que alguna cosa pueda venir a interrumpir su felicidad.
El tiempo nos falta para citar más Escrituras sobre este particular, ni creemos necesario hacerlo. Las que hemos citado ya son prueba suficiente y conclusiva. Pero hay unos cuantos pasajes de profundo interés y sin igual hermosura, que entrelazan la bendición universal de la tierra bajo el reinado de Cristo, con la restauración de Israel, los cuales desearía que consideráramos por unos instantes. El Salmo 102 es uno de los primeros. Encontramos aquí el Mesías, en medio de las profundas aflicciones de su primera venida, consolado por la seguridad de lo que aquellas tristezas serán para Israel y las naciones en días por venir: pues leemos aquí: “Escribirse ha esto para la generación venidera, y el pueblo que se criará alabará a Jah” (versículo 18). Y ¿qué es lo que ha de ser escrito? “Tú, levantándote, tendrás misericordia de Sion: porque el tiempo de tener misericordia de ella, porque el plazo es llegado. Porque tus siervos aman sus piedras, y del polvo de ella tienen compasión. Entonces temerán las gentes el nombre de Jehová, y todos los reyes de la tierra tu gloria” (versículos 13-15). Y ¿cuál acontecimiento introduce esta sujeción universal a Cristo por medio de Israel ya restaurado? ¡Ah! el testimonio aquí como en todo otro lugar, es, que es la venida, la manifestación del Señor personalmente. “Por cuanto Jehová habrá edificado a Sion, y en su gloria será visto” (versículo 16).
Isaías 27:6 es un precioso pasaje a este mismo fin: “Él hará que los que vienen de Jacob echen raíces, e Israel florecerá y echará renuevos, y la haz del mundo se henchirá de fruto”. En Jeremías 33:9, hablando de Jerusalén, dice (y esta es literalmente la ciudad, véase el versículo 4): “Y seráme a mí por nombre de gozo, de alabanza y de gloria entre todas las gentes de la tierra, que habrán oído todo el bien que yo les hago: y temerán y temblarán de todo el bien y de toda la paz que yo les haré”.
Miqueas 4 comienza casi con las mismas palabras que citamos ya de Isaías 2. Principiemos en el versículo 4, donde, después de hablar del tiempo cuando ya no habrá nación que levante espada contra otra, ni más se ensayarán para la guerra, dice el profeta: “Y cada uno se sentará debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien amedrente. Porque la boca de Jehová de los ejércitos lo ha hablado ... En aquel día, dice Jehová, juntaré la coja, y recogeré la amontada y a la que afligí: y pondré a la coja para sucesión, y a la descarriada para nación robusta: y Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sion, desde ahora para siempre. Y tú, oh torre del rebaño, la fortaleza de la hija de Sion vendrá hasta ti: y el señorío primero, el reino vendrá a la hija de Jerusalén”. Vemos así, pues, que toda la tierra descansa, y está en paz, bajo el gobierno de Jesús; Israel, su nación más bendecida que todas las demás: mientras que Sion es el asiento de su trono, y Jerusalén la metrópoli de la tierra milenaria.
Ya del versículo 11 tenemos una ligera ojeada de acontecimientos que precederán este pacífico reinado: “Ahora empero se han juntado muchas gentes contra ti, y dicen: sea profanada, y vean nuestros ojos su deseo sobre Sion. Mas ellos no conocieron los pensamientos de Jehová, ni entendieron su consejo: por lo cual los juntó como gavillas en la era. Ellos esperan poder llevar a cabo sus propósitos de violencia y ambición; pero Dios los juntará entonces, como gavillas para la era, para ser trillados en juicio. “Levántate y trilla, hija de Sion, porque tu cuerno tornaré de hierro, y tus uñas de metal, y desmenuzarás muchos pueblos, y consagrarás a Jehová sus robos, y sus riquezas al Señor de toda la tierra”. Y en el mismo pasaje —porque este y el capítulo que sigue evidentemente forman una misma profecía— tenemos primeramente la profunda humillación de nuestro Señor: “Con vara herirán sobre la quijada al juez de Israel” (Miqueas 5:1). Sí, mas aquel que así se ha humillado, tiene que ser ensalzado soberanamente. “Mas tú, Bethlehem Ephrata; pequeña para ser en los millares de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo”. Por tanto —a causa de haberle rechazado, hiriéndole en la quijada— “los dejará (como lo ha hecho) hasta el tiempo que para la que ha de parir”. Indudablemente esto se refiere a Isaías 46:7-9, pasaje que ya hemos examinado. “Y el resto de sus hermanos se tornará con los hijos de Israel. Y estará, y apacentará con fortaleza de Jehová, con grandeza del nombre de Jehová su Dios; y asentarán, porque ahora será engrandecido hasta los fines de la tierra” (Miqueas 5:4). El versículo 7 nos muestra de una manera muy hermosa, el lugar de Israel, como medio de bendición para las naciones. “Y será el residuo de Jacob, en medio de muchos pueblos, como el rocío de Jehová, como las lluvias sobre la hierba, las cuales no esperan varón, ni aguardan a hijos de hombres”.
Citaré un pasaje más, y éste, del Nuevo Testamento. Las palabras de Gabriel a la virgen madre de nuestro Señor, cuando le hubo predicho que daría a luz un niño, y llamaría su nombre Jesús. “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo: y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin” (Lucas 1:32-33). Todos sabemos muy bien, que en lugar de reinar, sufrió cuando estuvo antes aquí. Pero cuando vuelve, viene a reinar, en verdad a reinar, como hemos visto en tantos lugares de las Sagradas Escrituras; pero aun mucho más, como hemos visto en muchos otros, viene para “establecer su dominio de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra”. Y ¿qué cosa hay que se haya deseado tanto, y que se haya buscado con tanta constancia y avidez, como el buen gobierno? ¿En qué han gastado los hombres su tiempo, su inteligencia, su energía, sus riquezas y la sangre humana que han dedicado persiguiendo este fin? Y están tan lejos de conseguirlo como antes. Todos realizan la necesidad y la importancia del buen gobierno; pero después de tan variados experimentos en el trascurso de miles de años, el problema queda por resolver: ¿cómo se logrará? El hecho es que falta la mano que empuñe el cetro; y hasta que no venga aquél que sólo tiene derecho, y a quien le ha sido dado, nunca antes disfrutará el mundo lo que tanto ha deseado —gobierno justo, equitativo y paciente—. Esto sólo se hallará bajo el gobierno pacífico de aquel a quien por tanto tiempo se ha enviado el insultante mensaje de “no queremos que este hombre reine sobre nosotros”. Primeramente nos llevará a nosotros, los coherederos, para estar con Él en gloria. Luego, su pueblo terrenal, Israel, estará preparado para darle la bienvenida, y será libertado por su poder al retornar. Y después, sus enemigos serán destruidos, su reino limpiado de todos los obradores de iniquidad. Aquellos que en su clemencia son perdonados y sobreviven a estos juicios, y que formarán la población de la tierra en el milenio, con gusto se someterán a Él, y le reconocerán como Señor. Y si alguno se resistiera inmediato juicio limpiará de nuevo la tierra, y de este modo la conservará —como la presencia de Cristo y derramamiento del Espíritu la habrá hecho— “llena del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren la mar”. Jerusalén será el centro de este reinado glorioso de justicia y paz universales. Aquellos que entre los hombres ocuparán un lugar preeminente en este reinado, serán de los restaurados y redimidos de la nación de Israel. Mientras que todas las naciones de la tierra son benditas y felices, el lugar más distinguido se concederá a aquel pueblo que ha sido, más que ningún otro, pisoteado y oprimido: sí, que ha tenido que sufrir esto como el justo juicio de Dios, por haber rechazado a su Rey el Señor. Pero posición más elevada aún, disfrutarán aquellos que durante el presente intervalo entre los sufrimientos de Cristo y su segunda venida, han sido participantes de sus sufrimientos en esperanza de su venida. Este es el lugar de la Iglesia; pero este será el tema de nuestra próxima lectura.

La gloria y vocación distintas de la Iglesia, como la esposa y coheredera con Cristo

(Léase Efesios 2:11; 3:19).
Creo que nada pudiera presentar ante nosotros más apropiadamente el tema que nos ocupa esta noche, como los versículos que acabamos de leer. Podemos ver por ellos que la vocación de la Iglesia no solamente se distingue de todo cuanto existía anterior a ella, sino también de todo cuanto había sido revelado a los profetas del Antiguo Testamento con respecto a cuál sería la gloria manifiesta de Cristo en conexión con Israel sobre la tierra, en el reinado milenario. Veamos otra vez lo que dice el apóstol en Efesios 3:4-5: “Leyendo lo cual, podéis entender cuál sea mi inteligencia en el misterio de Cristo, el cual, en los otros siglos no se dio a conocer a los hijos de los hombres como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas en el Espíritu”. Y el apóstol nos dice claramente, cómo es que él vino a conocer este misterio, “que por revelación me fue declarado el misterio, como antes he escrito en breve” (versículo 3). Hubo un misterio revelado a Pablo, conocido de él por revelación de Dios, el cual no fue conocido en otras edades, como ahora en los días de Pablo fue conocido —revelado a los santos apóstoles y profetas de Cristo por el Espíritu—. Ahora bien, a este misterio nuestra atención será dirigida esta noche, la gloria y vocación distintas de la Iglesia, pues en esto hallaremos el misterio descubierto.
Mas al principiar, creo que es de suma importancia definir el principal término empleado al anunciar nuestro tema. Tal vez suponéis que la expresión “la Iglesia” es tan comúnmente usado, que no es necesaria una definición. Pero el hechos es, que casi no hay otra expresión acerca de la cual sean tan vagos e indefinidos los pensamientos de la gente. Algunos aplican este término al edificio en que se congregan los que profesan ser cristianos para dar culto. Y aun aquellos demasiado bien instruidos para aceptar esta idea, están muy lejos de comprenderlo distintamente. Ya lo aplican a cualquier asociación religiosa en que los hombres ingresan por nacimiento o conversión, u otras circunstancias: o ya, en un sentido más amplio, lo consideran como incluyendo los creyentes de todas las edades, desde Abel, hasta la última persona que será salva. Ahora bien, es bueno recordar que solamente en el Nuevo Testamento encontramos esta palabra; y este hecho de por sí puede inducir a buscar si lo que denota no sea peculiar de los tiempos del Nuevo Testamento. En edades pasadas, como todos los cristianos comprendemos, hubo individuos creyentes: tales fueron Abel, Enoch, Abraham, Moisés y todos los otros de que se habla en Hebreos 11, ya se mencionen sus nombres allí, o que estén incluidos entre aquellos de quien dice el apóstol: “el tiempo me faltará para contar de ellos”. Además de esto, hubo una nación a la cual Dios apartó exteriormente para sí como su pueblo. La vasta mayoría de aquella nación, sin embargo, en cada período de su historia, permanecieron inconversos. Hubo también una compañía de santos, individuos, no congregados en un cuerpo y también la nación, cuerpo de individuos, en este sentido, exteriormente reconocidos por Dios como su pueblo; pero la mayor parte de ellos, nunca fueron en verdad pueblo de Dios; sino rebeldes y endurecidos enemigos de Dios. Ahora bien, la Iglesia de Dios es la asamblea de Dios. La palabra vertida “iglesia” se deriva de otra que significa “llamar fuera”, y se usa para denotar una asamblea de personas llamadas fuera o separadas de entre otras, para un objeto cualquiera. Pero el modo como se usa esta palabra en el Nuevo Testamento es lo que debe determinar su significación; y allí se aplica: bien, a la asamblea de todos los creyentes desde el día de Pentecostés hasta la venida de Cristo en el aire para recibir a sus santos y llevarlos consigo a la gloria —ya a la asamblea de todos los creyentes que viven en el mundo en cualquier tiempo entre estos dos períodos—, o bien a la asamblea de todos los creyentes en una localidad dada; como por ejemplo: la Iglesia en Jerusalén, Antioquía, o Éfeso, y aun “la iglesia que está en tu casa”. Solo hay dos casos en el Nuevo Testamento en que la palabra “iglesia” se usa en otro sentido que el antes enunciado. En los Hechos 7:38 se aplica a la asamblea de los Israelitas en el desierto; y en los Hechos 19:32,39, la misma palabra del original es traducida “asamblea” y no iglesia. Pero es la misma palabra; pero se aplica allí a la congregación de idólatras Efesios y otros. Con estas excepciones, que no podrán confundirse con nuestro presente tema, se verá que la palabra “iglesia” en el Nuevo Testamento significa: (1) todos los creyentes desde el día de Pentecostés hasta el arrebatamiento de los santos, en la venida de Cristo; (2) o todos los creyentes en un tiempo dado sobre la tierra, entre estos dos períodos; (3) o todos los creyentes en una localidad dada, o que se reúnan como tales en cualquier lugar. No me detengo aquí a probar que este sea el uso de la palabra en el Nuevo Testamento. Mientras escudriñamos las Sagradas Escrituras esta noche sobre este particular, muchas consideraciones se presentarán que serán pruebas en sí mismas de que esto es así; y encarecidamente os suplico, que, después, cuando tengáis oportunidad, hagáis de esto un diligente examen. Pero es muy importante, cuando hablamos de la gloria y vocación distintas de la Iglesia, que sepamos claramente quienes son aquellos que forman la Iglesia, y a quienes pertenece esta distinta gloria y vocación. Es evidente, entonces, que en nuestro presente estudio haremos uso de este término en su más amplia aplicación: es decir, como incluyendo todos los creyentes verdaderos desde el día de Pentecostés hasta el arrebatamiento de los santos. Los otros usos están incluidos en éste.
Cuando hablamos de la distinta gloria y vocación de la Iglesia, claro es que tenemos ante nosotros algún otro cuerpo, o cuerpos, de cuya vocación y gloria, aquella de la Iglesia se distingue. Y ¿qué es lo que ha estado ocupando nuestra atención en las dos noches pasadas? El testimonio profético de Dios acerca de Israel y las otras naciones de la tierra en los tiempos milenarios. Hemos estado estudiando las promesas llenas de gracia de parte de nuestro Dios, respecto de la restauración de la nación de Israel, y la bendición de todas las naciones subordinadas, bajo el reinado de Cristo. Mas cuando hablamos de la distinta gloria y vocación de la Iglesia, queremos decir que “la Iglesia” es llamada a una vocación más elevada que la que pertenecerá a Israel o las naciones. Indudablemente que estas serán felices bajo el reinado de Cristo; y que aquel reinado traerá mayores y más plenas bendiciones a Israel que para las demás naciones, que en realidad serán subordinadas a Israel; pero “la Iglesia” será manifestada como la esposa —la esposa celestial— de Jesús, cuando Él reine; no bendecida bajo su dominio; sino participando de su poder y gloria: y participando, además, con el carácter de Su esposa.
Para que podamos discernir más claramente la diferencia entre la vocación de la Iglesia y la de Israel, veamos poco más lo que la Escritura revela acerca de esta última. Solamente lo haremos para que se deje ver mejor el contraste entre ellas. En Deuteronomio 28, tenemos descritas las bendiciones prometidas a Israel, en caso de que fueran obedientes. Ellos han faltado completamente a la obediencia, como bien sabemos, y perdido así por infracción todas estas bendiciones. Pero, como hemos visto tan abundantemente en las Escrituras, serán vueltos otra vez a ellas. La gracia los reintegrará en todas sus perdidas bendiciones; y serán mantenidos en el goce de estas bendiciones por el justo gobierno del Señor Jesucristo. Y ¿cuáles son estas bendiciones? “Y será que si oyeres diligente la voz de Jehová tu Dios, para guardar, para poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te pondrá alto sobre todas las gentes de la tierra”. Ya veis, pues, que es una nación en contraste con, y exaltada sobre, todas las demás naciones. “Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, cuando oyeres la voz de Jehová tu Dios. Bendito serás tú en la ciudad, y bendito tú en el campo; bendito el fruto de tu vientre, y el fruto de tu bestia, la cría de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas; bendito tu canastillo y tus sobras ... Pondrá Jehová a tus enemigos, que se levantaren contra ti, de rota batida delante de ti: por un camino saldrán a ti, por siete caminos huirán delante de ti. Enviará Jehová contigo la bendición en tus graneros, y en todo aquello en que pusieres tu mano: y te bendecirá en la tierra que Jehová tu Dios te da”. ¿Qué vemos en todo esto, sino una plenitud de bendiciones terrenales, por las cuales esta nación sería distinguida de y sobre todas las demás? Y se nos dice también el efecto que debía haberse seguido. “Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es llamado sobre ti, y te temerán”. Abundante y continua prosperidad sobre la tierra, en cosas temporales, era lo que las naciones podían comprender: y esto hubieran visto en Israel, si Israel hubiera sido obediente; y por esto hubieran visto también que sobre Israel era llamado el nombre de Jehová. “Y te hará Jehová sobreabundar en bienes, en el fruto de tu vientre, y en el fruto de tu bestia, y en el fruto de tu tierra, en el país que juró Jehová a tus padres que te había de dar. Abrirte ha Jehová su buen depósito, el cielo, para dar lluvia a tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos. Y prestarás a muchas gentes, y tú no tomarás emprestado. Y te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás encima solamente, y no estarás debajo, cuando obedecieres a los mandamientos de Jehová tu Dios, que yo te ordeno hoy, para que los guardes y cumplas”. Cuán claro es, entonces, que la vocación de Israel era una vocación a preeminencia, y gloria y poder y abundancia y prosperidad y bienaventuranza sobre la tierra. Y aunque por la desobediencia han perdido por completo derecho a las bendiciones prometidas; y aun cuando al ser restaurados, como ciertamente lo serán, será esta la obra de pura gracia; esto no habrá cambiado su vocación, ni el carácter de su bendición. Heredarán bendiciones espirituales, es verdad —tales como perdón, regeneración, el conocimiento de salvación en Cristo—; pero gozarán de estas bendiciones espirituales, no en lugares celestiales, mas en lugares terrenales. Y la plenitud de bendición terrenal será todavía la señal distintiva de su vocación. Todas las profecías de su restauración, y felicidad y prosperidad subsiguientes, prueban esto. Solo una citaré, por añadidura a las que ya hemos presentado en nuestras lecturas pasadas: “He aquí vienen días, dice Jehová, en que el que ara alcanzará al segador, y el pisador de las uvas al que lleva la simiente; y los montes destilarán mosto, y todos los collados se derretirán. Y tornaré el cautiverio de mi pueblo Israel, y edificarán ellos las ciudades asoladas, y las habitarán; y plantarán viñas, y beberán el vino de ellas; y harán huertos, y comerán el fruto de ellos. Pues los plantaré sobre su tierra, y nunca más serán arrancados de su tierra que yo les dí, ha dicho Jehová, Dios tuyo” (Amos 9:13-15). ¡Cuán preciosas son estas palabras! Y no obstante, cuán evidentemente prometen la restauración de Israel al goce de bendiciones temporales en lugares terrenales. Disfrutarán de estas bendiciones, es verdad, como el pueblo de Dios; entonces habrán llegado a ser esto en realidad, y de verdad. Habrán nacido de nuevo: por cuanto no hay entrada en el reino, ni aun en su departamento terrenal, sino por medio de nacer de nuevo. Pero hay un departamento terrenal, como también un departamento celestial; y el lugar principal, y las más ricas bendiciones en el departamento terrenal, son prometidas al arrepentido y restaurado Israel.
Y digo el lugar principal; por cuanto nada puede ser más claro que esto: en el reinado milenario, la distinción entre Israel y las naciones, o gentiles, existirá en toda su fuerza, y el lugar preeminente sobre la tierra pertenece a Israel. ¿Por qué sucedería, “que diez hombres de todas las lenguas de las gentes, trabarán de la falda de un judío, diciendo: Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros”, si no fuera porque Dios estará con ellos, en un sentido diferente a aquél en que estará con todas las otras naciones de la tierra? (véase Zacarías 8:22-23). Los siguientes preciosos pasajes de Isaías 60 son muy claros sobre este particular: se refieren a Sion, a Jerusalén, y dicen: “Y andarán las gentes a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento”. Ciertamente a mí esperarán las islas, y las naves de Tarsis desde el principio, para traer tus hijos de lejos, su plata y su oro con ellos, al nombre de Jehová tu Dios, y al Santo de Israel que te ha glorificado”. Dios habrá entonces glorificado a Israel y su gloria será reconocida por todos. “Por tanto, tus puertas estarán abiertas de continuo: no se cerrarán de día ni de noche, para que sea traída a ti fortaleza de gentes, y sus reyes conducidos. Porque la gente o el reino que no te sirviere, perecerá; y del todo serán asoladas”. Ciertamente, la mera lectura de estos pasajes es más que suficiente para mostrar que no puede ser la presente dispensación el asunto de que tratan. Una de las ideas más comunes y familiares acerca del cristianismo es, como bien sabemos, que en este toda distinción entre judíos y gentiles ha tocado a su fin y ha dejado de ser; que en Cristo, “no hay Griego, ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni Scythia, siervo ni libre; mas Cristo es el todo y en todos” (Colosenses 3:11). Pero estas profecías tratan de un período cuando la distinción entre judíos y gentiles, entre Israel y las otras naciones de la tierra, será tan plenamente reconocida como siempre lo ha sido, y en cuyo tiempo Israel ocupará el lugar de plena preeminencia sobre la tierra. “Y edificarán los desiertos antiguos, y levantarán los asolamientos primeros, y restaurarán las ciudades asoladas, los asolamientos de muchas generaciones. Y estarán extranjeros, y apacentarán vuestras ovejas; y los extraños serán vuestros labradores y vuestros viñadores. Pero vosotros (restaurado Israel, ciudadanos de Jerusalén, la ciudad del gran Rey) seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros de Dios nuestro seréis dichos: comeréis las riquezas de las gentes, y con su gloria seréis sublimes” (Isaías 61:4-6). ¿Puede alguna otra cosa demostrar más claramente la superioridad de los judíos sobre los gentiles, en los tiempos milenarios?
Pero ahora, hermanos míos, me recuerdo de lo que alguien ha dicho justamente, que “Cristo es el gran propósito de Dios”. Esto es lo que Pedro dice en otras palabras: “Escudriñando cuándo y en qué punto de tiempo significaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual prenunciaba las aflicciones que habían de venir a Cristo, y las glorias después de ellas”. Tenemos expresado en estas pocas palabras el todo de la profecía, las aflicciones de Cristo, y las glorias después de ellas. Y solamente que veáis esto, y lo grabéis en vuestra mente, podréis considerar con provecho estos pormenores de investigación profética. Este es el único punto desde el cual pueden apreciarse con exactitud todos los detalles de la verdad profética. No podréis obtener una vista correcta de un paisaje (pero sí contraída), si os halláis ocupando la llanada. Solamente ocupando un sitio elevado podréis reconocer la longitud y anchura de la gloriosa perspectiva: y mientras más os acerquéis al punto de vista moral ocupado por Aquél que bosquejó el cuadro, y cuyo oficio es glorificar a Cristo, más descubriréis que vuestra vista ha sido torcida, y a la vez estrecha, a causa de ocupar una posición muy baja. Su gran objeto es, la propia gloria de Dios en Cristo: y a medida que tengamos esto presente, y consideremos todas las cosas en relación con esto, recibiremos un conocimiento perfecto de los benditos caminos y propósitos de Dios.
Gloria, podemos decir, es la manifestación de la excelencia. El oro es precioso, aun en el mineral. Pero su gloria no se percibe hasta que ha pasado por el crisol, y que ha sido apartado de todos los elementos más bajos con los cuales estaba mezclado. El sol es el manantial de luz y calor para todo nuestro sistema, aun cuando nubes se interpongan, y oscurezcan su claridad; pero cuando las nubes han pasado, y brilla en toda su fuerza y esplendor, entonces podemos contemplar su gloria. Y aquello que, en los tiempos milenarios, constituya las glorias manifiestas de Cristo, se hallará que no es, sino la expresión de lo que Él es ahora, y de lo que ahora, por la fe, sabemos que es. Es solamente por la fe que podemos discernir ahora estas glorias; pero de cierto se hallará que cada gloria que será manifiesta entonces, es tan sólo la expresión de excelencia que está en esta bendita persona, o en uno u otro de los oficios que sustenta. ¡Cuán lejos está nuestro corazón de poder, por medio de la fe, entrar en la contemplación de todas las maravillosas y variadas glorias de Cristo! ¡Ojalá que las conociésemos mejor mediante la enseñanza del Consolador, cuyo oficio es glorificar a Cristo, tomando de lo suyo y enseñándonos a nosotros!
Ya hemos visto, tanto esta noche como en ocasiones pasadas, que Cristo “reinará en el Monte de Sion y ante sus ancianos en gloria”. ¿Bajo qué carácter posee Él esta gloria que será entonces revelada? Bajo el carácter de ser el Hijo de David. Por la fe, sabemos ahora que Él es el Hijo de David; Aquél de quien el ángel dijo a Su virgen madre, “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob por siempre, y de su reino no habrá fin” (Lucas 1:32-33). ¿Qué podemos entender por esto? En cierta ocasión, una persona me dijo seriamente que su idea de nosotros que defendemos las doctrinas premilenarias era: que creíamos que la misma silla de Estado en que se sentó David —su mismo trono— existía todavía en alguna parte, y que en el milenio sería ocupada por Cristo. ¡No debiera haberme aventurado, ni aun en apariencia, a dar lugar a que se crea que tengo en poco este asunto, o vuestros sentimientos, si no fuera que esta observación me la hizo una persona inteligente, un ministro de Cristo! Por supuesto que no necesitamos denegar este pensamiento. Pero si ideas como éstas, acerca de las doctrinas premilenarias, hacen que nuestros hermanos las rechacen; si esto es lo que ellos entienden por el reinado personal, denunciándolo, como lo hacen, como esperanza meramente carnal; ya, entonces, por una parte, no debe sorprendernos su oposición: mientras que por otra, debemos lamentar que muestren tan poco interés en informarse acerca de lo que son las doctrinas premilenarias. Esto tan solo quiero preguntarles: ¿Qué es lo que significan ellos, cuando hablan “del trono de César”? ¿Cómo pudiera alguien comprender la aserción de que Luis Napoleón ocupa ahora “el trono de los Borbones o de Carlo Magno”? ¿Necesitamos explicar a las gentes que esto quiere decir, que él ejerce la autoridad que antes poseyeron los Borbones? O que reina sobre el país que antes gobernara Carlo Magno? y ¿qué significa la Escritura (porque es el lenguaje de las Escrituras y no el nuestro), cuando dice que Cristo se sentará en el trono de David? Ciertamente quiere decir que ejercerá la autoridad antes encargada a David; que deberá reinar sobre las naciones de las cuales David fue rey y señor. Él es de “la simiente de David según la carne”. Él nació “Rey de los judíos”, y donde Pedro, hablando de la resurrección de Cristo, cita las palabras de David en el Salmo 16, las explica así: “Empero siendo profeta, y sabiendo que con juramento le había Dios jurado, que del fruto de su lomo, cuanto a la carne, levantaría al Cristo que se sentaría sobre su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo”, etc. (Hechos 2:30-31). La muerte y resurrección de Cristo, lejos de hacer a un lado su título y demandas como el Hijo de David, fue en resurrección que este título debía verificarse, y estas demandas ser consumadas.
Pero Cristo tiene glorias más elevadas que la de ser Heredero real e Hijo de David. Él es la simiente de Abraham; y a Abraham fueron hechas promesas de mayor extensión que las que fueron hechas a David. A Abraham se le prometió “que sería heredero del mundo” (Romanos 4:13). “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Génesis 22:18). Ciertamente, nosotros sabemos quién sea la simiente de Abraham, “Él no dice, y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16). Como simiente de David, heredará el gobierno real de David; pero como la simiente de Abraham, todas las naciones, sí, todas las familias de la tierra, serán bendecidas en Él.
Pero Cristo tiene mayores glorias aún. Él es el Hijo del hombre, el último Adam; y como tal, hereda todo el dominio encargado al primer Adam, al cual perdió derecho por su pecado. “Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra” (Génesis 1:26). Tal era el dominio confiado al primer Adam sobre toda la más baja creación. Mas como todos sabemos, por su pecado perdió derecho a todo. ¿Pero fue perdido, para no ser recuperado jamás? No: al hombre fue confiado y por el hombre será aún ejercido en plena bendición y gloria. Uno de los Salmos se ocupa de este punto, como recordaréis, introduciendo el hecho de que hay un “Hijo del hombre” a quien pertenece ocupar este lugar de poder y autoridad universal: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, que lo visites? Pues le has hecho poco menor que los ángeles, y coronástelo de gloria y lustre. Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos: todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas, y bueyes, todo ello: y asimismo las bestias del campo; las aves de los cielos, y los peces de la mar: todo cuanto pasa por los senderos de la mar”. Y luego, para designar el período en que esta profecía tendrá su cumplimiento, el Salmo termina como principia, con, “Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra” (Salmo 8:4-9). El apóstol cita este mismo pasaje en la Epístola a los Hebreos, y lo aplica a nuestro bendito Señor, “Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, del cual hablamos” (Hebreos 2:5). Por la expresión “el mundo venidero” muchos entienden el estado de los espíritus separados del cuerpo, después de la muerte. Pero no se halla tal pensamiento en este pasaje. Literalmente, como todos los eruditos concuerdan, quiere decir: “la tierra habitada por venir”. En la edad o dispensación venidera, la tierra no es puesta bajo sujeción de los ángeles, sino del hombre. “Testificó, empero uno, en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el hombre”, etc. —el pasaje que acabamos de citar del Salmo 8—. “Mas aún no vemos que todas las cosas le sean sujetas”, dice el apóstol (versículo 8). Es el propósito de Dios que todas las cosas lo sean; pero no vemos todavía el cumplimiento de ello. Mas, ¿qué vemos? “Empero vemos coronado de gloria y de honra, por el padecimiento de muerte, a aquel Jesús que es hecho un poco menor que los ángeles, para que por gracia de Dios gustase la muerte por todos” (versículo 9). Parte del propósito divino es así cumplido. Jesús está personalmente coronado de gloria y de honra; pero aguarda a la diestra de Dios la llegada del momento cuando todas las cosas sean puestas bajo su dominio. Aún tiene que heredar, como el último Adam, toda la gloria del dominio confiado al primero, pero que perdió por su caída.
Pero, mientras que es como Hijo del hombre que hereda toda esta gloria; es como el rechazado Hijo del hombre, como habiendo muerto y resucitado otra vez, que actualmente toma posesión de ella. Esto muestra por qué el pasaje que acabamos de citar sobrepuja en tanto al Salmo 8. De verdad leemos allí, “que has puesto tu gloria sobre los cielos”; pero aquí vemos al mismo hijo del hombre en los cielos coronado de gloria y honra.
También tenemos descritas, en conexión con todo esto, aún más profundas maravillas de su bendita persona. Cristo tiene una gloria mayor que todas cuantas hemos estado contemplando. Él es más que el Hijo de David, más que el Hijo de Abraham, más que el Hijo del hombre. Él es el Hijo de Dios —el resplandor de la gloria de su Padre, y la imagen misma de Su sustancia—. Ya veremos ahora mismo que la primera vez que en las Escrituras se hace mención de “la Iglesia”, es juntamente con la confesión de la gloria más elevada, divina, y esencial que reside en la persona del Cristo, como el Hijo de Dios. Pero ciertamente debemos recordar que aquí pisamos en tierra santa. Veamos en Filipenses 2:6-11, donde leemos de Cristo Jesús, “el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios”. Y ¿qué sigue? El anuncio de que “se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo aun más, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Primero, como Dios, se anonadó a sí mismo hasta hacerse hombre. Después, hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo aun más, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y ¿qué sigue a esto? “Por lo cual” —a causa de haberse humillado de este modo— “Dios también le ensalzó a lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, a la gloria de Dios Padre”. Ahora, aquí tenemos conferida a Cristo una gloria que sobrepuja todas cuantas hemos estado contemplando. Y es a Él a quien la Iglesia se halla unida, en este lugar de elevada gloria. Espero que no entenderéis mal mis palabras. No estoy afirmando que estamos asociados con Él en Su gloria esencial como Dios. El afirmar esto sería blasfemia. Esta gloria no puede participar a ninguno. En este sentido “Él no dará su gloria a otro”. Ni estoy afirmando que participaremos de la adoración que será rendida por toda rodilla a aquel bendito hombre: “el nombre de Jesús”. No; sin embargo, es a Él, a quien la Iglesia está unida, en este lugar de elevada gloria —la gloria conferida a Él, no como el Hijo de David, ni como el Hijo de Abraham, ni simplemente como el Hijo del hombre; sino como Aquél que, siendo Dios, el Hijo del Padre, se humilló a sí mismo hasta hacerse el Hijo del hombre; y no solamente esto, sino que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz— a Él, en el lugar de la gloria que le fue conferida por su maravillosa e infinita condescendencia, a Él se halla unida la Iglesia. Está asociada, pues, con Él, como cabeza, soberano, y gobernador de todas las cosas. Veamos el capítulo primero de la Epístola a los Efesios, donde el apóstol ora en favor de los creyentes de Éfeso, al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, “para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, por la operación de la potencia de su fortaleza, la cual obró en Cristo, resucitándole de los muertos, y colocándole a su diestra en los cielos, sobre todo principado y potestad, y potencia, y señorío, y todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, mas aun en el venidero: y sometió todas las cosas debajo de sus pies, y diólo por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquél que hinche todas las cosas en todos”. La Iglesia es el cuerpo, la plenitud de aquél a quien Dios ha levantado de los muertos, y sentado a su diestra allá en los cielos, sobre toda potencia, y todas las cosas puestas bajo sus pies. Y como su cuerpo, la Iglesia está asociada con Él en este lugar de elevada y maravillosa gloria. Dios “lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su cuerpo”. Aquél que descendió hasta el polvo de la muerte, habiendo primeramente dejado el trono del Eterno para hacerse hombre, para que gustase la muerte, es Aquél a quien Dios ha resucitado de los muertos para someter todas las cosas debajo de sus pies —todas las cosas que están en los cielos, en la tierra, y debajo de la tierra—. Y Dios lo ha dado así para ser cabeza sobre todas las cosas, “a la Iglesia”. No se nos presenta aquí como Cabeza de la Iglesia. ¡Bendito sea Dios, ésta es una preciosa verdad! Mas aquí se nos presenta como siendo “por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su cuerpo”. Su cuerpo, la Iglesia, está, pues, asociado con Su gloria en su primacía sobre todas las cosas.
Mas volvamos ahora a Juan 17. Observaréis que en este capítulo, nuestro Señor está orando al Padre, como el que había venido del Padre, y por tanto podía hablar de la gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese. Pero Él había ocultado aquella gloria con carne y sangre; y en la naturaleza humana que hubo así tomado, había glorificado al Padre sobre la tierra. Y contemplando aquí en espíritu más allá de la cruz, por cuanto habla de haber acabado la obra que el Padre le dio que hiciese, ora por sus discípulos, y no solamente por ellos, sino también por todos los que creerían en Él por la palabra de ellos. Así que la oración de Jesús, hermanos míos, nos incluye a nosotros a la par que los discípulos de aquellos días. Ciertamente es por medio de su palabra que nosotros hemos creído en Jesús. Bien, por todos los que hayan creído, ora Jesús, “para que todos sean uno: como tú, oh Padre, eres en mí, y yo en ti; para que el mundo crea que tú me enviaste”. Ahora, notad las palabras que siguen: “Y yo, la gloria que me diste les he dado; para que sean una cosa, como también nosotros somos una cosa. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa; y que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también a mí me has amado”. Hay una gloria que el Padre ha dado a Jesús, y la cual Jesús ha dado a la Iglesia. Por esta gloria, de la cual participa la Iglesia con Jesús, conocerá el mundo en los tiempos milenarios que el Padre ha amado a la Iglesia aun como ama a Su mismo Hijo. Cuando el mundo vea la Iglesia en la misma gloria con Cristo, entonces conocerá que ha sido amada con el mismo amor. Y ¿cuándo nos verá el mundo en la misma gloria con Jesús? “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria” (Colosenses 3:4).
Solamente la Iglesia disfruta el privilegio de saber y confesar la humillación del Hijo unigénito de Dios, mientras que su gloria permanece aún encubierta de la vista del mundo. Los santos que vivieron antes de la encarnación de Cristo no pudieron reconocerle así, por cuanto aún no había tomado sobre sí carne humana. Los santos que haya después de la venida de Cristo tampoco podrán reconocerle así; porque entonces su gloria será manifestada: ni estará encubierta como cuando estuvo aquí sobre la tierra, ni ocultada como ahora que se halla a la diestra de Dios. Pero aquellos que durante el período de su humillación y rechazamiento han venido a conocerle y confesarle como el Hijo de Dios, estos forman el cuerpo, la Iglesia; un cuerpo que está asociado con Él tanto en aquel lugar elevadísimo del cielo como también sobre la tierra, que es Su galardón por haberse humillado a sí mismo desde aquella gloria infinita hasta las profundidades de la humillación y aflicción.
He dicho que la primera mención que se hace de la Iglesia en las Sagradas Escrituras es en conexión con la confesión de Cristo como el Hijo de Dios. Se encuentra en Mateo 16. Nuestro Señor pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Y ellos le dijeron: unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas”. Nadie lo conoció. Por naturaleza nadie lo reconoció ni aun en sus glorias menores, como el Hijo de David o la Simiente de Abraham. “Mas vosotros ¿quién decís que soy?” pregunta el Señor. Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Él no dice meramente, Tú eres el Cristo. ¡Bendita confesión, de parte de un judío, acerca de Aquél que era el Mesías prometido a Israel! Pero continúa: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Su fe comprende toda la extensión y bendita plenitud de la verdad respecto a la persona de Jesús. Evidentemente da énfasis a la palabra “viviente”. ¿Cuál es la respuesta de nuestro Señor? “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te reveló carne ni sangre; mas mi Padre que está en los cielos. Mas yo también te digo, que tú eres Pedro; y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Los Romanistas dicen que Pedro es la roca sobre la cual dijo Cristo que edificaría su Iglesia. Mas el corazón que ha sido enseñado por Dios a unirse a la confesión de Pedro no necesita argumentos para probar que “esta roca” no significa a Pedro, sino la bendita persona de Aquél a quien Pedro acababa de declarar que es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Conocido y confesado no meramente como el Hijo de David, o el Hijo de Abraham, o el Hijo del hombre; sino como el Hijo del Dios viviente. Él, en Sí mismo, era la roca sobre la cual sería edificada la Iglesia. Y las puertas del infierno (o hades), no prevalecerán contra ella. Los Romanistas dicen que el error es una de las puertas del infierno; y asumiendo que su iglesia es la única y verdadera, arguyen, que ninguna acusación de fatal error puede presentarse justamente contra ella, a causa de esta seguridad, de que las puertas del infierno (de las cuales el error es una), no prevalecerán contra la Iglesia de Cristo. Este es su gran argumento para sostener la infalibilidad de su iglesia. Pero la palabra vertida aquí “infierno” no es Gehenna, el lugar de tormento para los malvados; sino Hades, el lugar o estado de las almas separadas del cuerpo; y evidentemente se usa aquí como significando el poder de la muerte, en contraste con la confesión de Pedro del Cristo como el Hijo del Dios viviente. La Iglesia está fundada sobre aquello que está fuera del alcance del poder de la muerte, es a saber, el Hijo del Dios viviente. Con fundamento tal, ¿cómo pudieran las puertas del Hades prevalecer contra ella?
Notad también, que dice, “sobre esta roca edificaré mi Iglesia”. No dice, “sobre esta roca he edificado”, ni “sobre esta roca estoy edificando”; sino “sobre esta roca edificaré mi Iglesia”. Cuando nuestro Señor habló, la obra estaba aún por hacerse. Fue presentado a Israel como su Mesías; pero ellos no le conocieron. Hubo algunos cuyos corazones, como el de Pedro, fueron tocados por la gracia; pero ellos pudieron apreciarle en mucha mejor gloria, “gloria, como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. En este carácter, y conocido como tal, Él iba a ser el fundamento de la Iglesia. Mas antes que pudiera edificarla, Él debía sufrir la muerte; y acerca de ésta comienza a hablarles inmediatamente, en el pasaje que estamos considerando. “Desde aquel tiempo comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le convenía ir a Jerusalén, y padecer mucho de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día”. Habiéndolo confesado Pedro como el Hijo del Dios viviente, Él declara que sobre esta roca edificará Su Iglesia. ¿Cuándo? es la pregunta que parece suplirse aquí; y la respuesta es, “me conviene ir a Jerusalén, y sufrir mucho, y ser muerto, y resucitar al tercer día”. Todo esto debía ser cumplido antes de poder comenzar a edificar la Iglesia. Hay un pasaje de profundo interés respecto a esto en Juan 11. Caifás había dicho, “nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda”. Y se nos dice que “esto no lo dijo de sí mismo; sino que, como era el sumo pontífice de aquel año, profetizó que Jesús había de morir por aquella nación; y no solamente por aquella nación, mas también para que juntase en uno los hijos de Dios que estaban derramados”. Murió por la nación de Israel; y por esto toda la bendición de la tierra, cuando la nación forme el núcleo de bendición y gobierno en el reinado milenario, emanará de la eficacia de su muerte. Pero no murió solamente por aquella nación, sino también para juntar en uno los hijos de Dios que estaban derramados. Juntarlos en uno, era el objeto inmediato de la muerte de Cristo. Y ¿qué era esto de juntar en uno los hijos de Dios? Era la formación de la Iglesia. Era juntar en uno las piedras que hasta entonces habían permanecido separadas, aisladas, y edificarlas sobre el fundamento —el Hijo del Dios viviente—. Pero para hacer esto, Él debía morir. Debía quitar el pecado por el sacrificio de sí mismo antes que pecadores salvos pudieran ser edificados juntamente para ser morada de Dios. El fundamento, en verdad, es el Hijo del Dios viviente; pero no era solamente como encarnado sino como habiendo muerto y resucitado otra vez, que vendría actualmente a ser el fundamento de la Iglesia. Debía ser declarado ser el Hijo de Dios, y esto, por la resurrección. El cual “fue hecho de la simiente de David según la carne, y que fue declarado ser Hijo de Dios con potencia, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de los muertos” (Romanos 1:3-4). No es solamente sobre Cristo como el Hijo del Dios viviente que la Iglesia se halla edificada; sino que, antes que Él viniese a ser actualmente el fundamento de la Iglesia, había gustado la muerte en expiación. En su resurrección venció la muerte, y “nulificó” su poder (véase 2 Timoteo 1:10); y habiendo ascendido a los cielos, y el Espíritu Santo descendido por virtud de su obra y en respuesta a su oración (Juan 14:16), la Iglesia fue formada uniendo el Espíritu en un cuerpo, con Cristo glorificado, a todos los que creyeron en su nombre. “Porque por un Espíritu somos todos bautizados en un cuerpo, ora judíos o Griegos, ora siervos o libres; y todos hemos bebido de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:23). Entonces: si somos uno con aquél que es el Hijo del Dios viviente, quien ha gustado la muerte y la ha vencido, ¿cómo podrán las puertas del Hades prevalecer contra la Iglesia?
Volvamos ahora, por unos momentos, a considerar la Epístola a los Efesios. Ya hemos visto que la vocación de Israel es a bendiciones temporales, es a saber, en la tierra prometida a sus padres. Pero ¿cuáles son nuestras bendiciones, conforme se nos muestra en esta epístola? “Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo”. En lugares celestiales, no una mente celestial, como muchos entienden este pasaje. Esto estaría ciertamente incluido en las bendiciones espirituales. Pero aquí se nos enseña que la región donde hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual, está en lugares celestiales. Permitidme preguntaros, hermanos míos, ¿dónde está el Señor Jesucristo? ¿Dónde está el resucitado y glorificado Hijo del hombre? ¿No está en el cielo literal y actualmente, en el cielo? Y ¿no se nos habla en este mismísimo capítulo de “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, por la operación de la potencia de su fortaleza, la cual obró en Cristo, resucitándole de los muertos, y colocándole a su diestra en los cielos? Es exactamente la misma expresión que en el versículo 3: “Bendecido con toda bendición espiritual en lugares celestiales”. Nuestro lugar está donde Él se halla, a la diestra de Dios. Nuestra porción, tesoro, herencia; nuestra vida, nuestra paz, nuestro gozo; en una palabra, nuestras bendiciones todas están allá. “Bendecidos con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo”. Somos el cuerpo de Aquél que actualmente se sienta allí; y vitalmente unidos con Él por el Espíritu Santo, estimamos por la fe —como Dios mismo lo estima— que el lugar que Él ocupa es nuestro lugar en Él.
En el principio de Efesios 2, se nos da una idea de lo que somos en nuestra condición natural, “muertos en delitos y pecados”. Luego en el versículo 4, leemos: “Empero Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” —nos dio una vida con Aquél a quien resucitó de los muertos— “(por gracia sois salvos) y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús”. Y ¿para qué fin hizo esto? ¿para que las naciones de la tierra vean cuanta bienaventuranza hay en estar bajo el gobierno del Príncipe de paz? No: aquel es el objeto de la vocación de Israel. Pero ¿por qué nos ha resucitado y hecho sentar en lugares celestiales, en Cristo Jesús? Es “para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”. Y después, en el capítulo 3, vemos que aún ahora hay una manifestación de esto en los cielos: “Dios, que crió todas las cosas por Jesucristo, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor”. Es la determinación o propósito de Dios, que aún ahora sea manifestada por medio de la Iglesia, su multiforme sabiduría y abundantes riquezas de su gracia a los principados y potestades en los cielos; y en los siglos por venir, será manifestada a todos. ¡Qué nuestros corazones, por la gracia, entren de lleno en el porqué de esta maravillosa determinación!
El apóstol, en Efesios 2, prosigue a mostrar que la distinción entre judíos y gentiles, lejos de ser mantenida en la Iglesia, es abolida completamente. No es que los gentiles hayan sido traídos a bendición, como lo serán en el milenio, en una posición de subordinación a la de los judíos; sino que tanto los judíos como los gentiles son sacados de su posición y estado natural y traídos juntamente a unión vital con Cristo en gloria. “Por tanto, acordaos que en otro tiempo vosotros los gentiles en la carne, que erais llamados incircuncisión por la que se llama circuncisión, hecha con mano en la carne; que en aquel tiempo estabais sin Cristo” —Cristo vino de Israel según la carne, pero los gentiles no tenían esta relación para con Él— “alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Tal era nuestra condición como gentiles. Dios era el Dios de Israel, y ellos esperaban la venida de su Mesías, para que cumpliese todas las promesas hechas a sus padres. “Mas ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”. ¿Qué tan cercanos? ¿Tanto, que podamos ser siervos de Israel? ¿Seremos sus labradores y viñadores, como serán los gentiles en los tiempos milenarios? ¿Somos nosotros los labradores y viñadores favoritos de Israel, la nación escogida, y más favorecida de Dios en toda la tierra? Oíd que dice el apóstol: “Porque Él (Cristo), es nuestra paz, que de ambos (de judíos y gentiles que creen) hizo uno, derribando la pared intermedia de separación; dirimiendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos en orden a ritos, para edificar en sí mismo los dos en un nuevo hombre, haciendo la paz, y reconciliar por la cruz con Dios a ambos en un mismo cuerpo, matando en ella las enemistades”. ¿Puede haber algo más claro que lo que se nos enseña aquí? No somos puestos en aquel lugar de subordinación a Israel que pertenece a las naciones perdonadas de la tierra en tiempos milenarios. Ni somos puestos tampoco en la posición que Israel mismo ocupará. No; pero somos traídos a ocupar una posición más elevada y más bendita que ambos. El judío, con todos sus privilegios, por naturaleza está muerto en pecados. El alejado y rechazado gentil se halla tan sólo en la misma condición delante de Dios. Y ¿qué ha hecho Dios en su gracia para ambos? Rico en misericordia, a judíos y a gentiles, nos ha dado vida juntamente con Cristo. Ha sacado al judío fuera de su posición natural como judío, y también al gentil ha sacado de su posición natural como gentil, y ha puesto a ambos en la posición enteramente nueva y maravillosa de ser el cuerpo del hombre celestial glorificado —de Aquél, que, siendo en la forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios, y se humilló a sí mismo, hasta morir en la cruz—. Por esta razón, ahora, como su galardón, tiene un nombre que es sobre todo nombre, el nombre de Jesús; a cuyo nombre, en verdad, la Iglesia misma dobla en adoración la rodilla; pero Él es también “Cabeza sobre todas las cosas y nosotros somos Su cuerpo”. Él murió, como hemos visto, para hacer de ambos en sí mismo un nuevo hombre. Hay un hombre nuevo, místico; del cual Cristo en la gloria es la Cabeza; y del cual también todos los que creen durante el período de su formación vienen a ser miembros. Y este es el sentido en que se dice que somos “la plenitud de Aquél que hinche todas las cosas en todos”. Todos mis miembros forman la plenitud o complemento, que constituyen mi cuerpo. Si me faltara una de las coyunturas del meñique, no sería un hombre completo. Así también la Iglesia es la plenitud, el complemento de este hombre nuevo, celestial. Cristo glorificado es la Cabeza, y en todas las cosas tiene la preeminencia. Pero el más insignificante de los santos es esencial para el complemento del cuerpo. La cabeza (y nosotros sabemos quién sea) no puede decir a los pies: no tengo necesidad de vosotros (véase 1 Corintios 12:21). Por eso, en Efesios 4, se dice que los dones son concedidos “para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo: hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe, y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. No se dice: “hasta que todos lleguemos a ser hombres perfectos”, no; sino “hasta que todos lleguemos al estado de un varón perfecto”; es decir, hasta que el cuerpo, la Iglesia de Cristo, esté completo. Fue por esta causa que murió Jesús. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla limpiándola en el lavacro del agua por la palabra, para presentársela gloriosa para sí, una Iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27). ¡Maravillosa verdad! “El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque ninguno aborreció jamás a su propia carne; antes la sustenta y regala, como también Cristo a la Iglesia; porque somos miembros de su cuerpo”. “Este misterio grande es”, dice el apóstol, “mas yo digo esto con respecto a Cristo y a la Iglesia”.
A otro punto más deseo invitar vuestra atención. Pedro exhorta a los santos a quienes escribió, que deseen, como niños recién nacidos, la leche no adulterada de la palabra, “si empero habéis gustado que el Señor es benigno; al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres, empero elegida de Dios, preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (l Pedro 2:3-5). Al cual allegándoos, como a una piedra viva. ¿De quién dice esto Pedro? ¿De sí mismo? ¡Imposible! Es de aquél a quien había confesado ser el Hijo del Dios viviente. Pero, notad las palabras que siguen: “Reprobada de los hombres”, “Al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres”. La Iglesia está fundada sobre Cristo, conocido y confesado como el Hijo del Dios viviente; pero esta piedra es “reprobada cierto de los hombres”. Es un Cristo rechazado por el mundo, sobre el cual está edificada la Iglesia. Aquí tenemos una prueba muy solemne, y de fácil aplicación, por la cual juzgar cualquiera asociación que se diga ser la Iglesia, o parte de la Iglesia. Si es lo que los hombres aprueban, si es una institución que el mundo reconozca y adorne con valiosos presentes, no es la Iglesia rechazada del rechazado Hijo de Dios. Espero no equivocaréis mis palabras. Puede haber miembros de la Iglesia de Dios asociados con aquello que en su carácter corporal está desposado al mundo, e impregnado de su espíritu. Pero, muy claramente, la palabra que estamos considerando no sólo nos autoriza, sino que nos impone la obligación de preguntar, a quienes pretendan ser la Iglesia: ¿es o no, reprobada de los hombres? Aquél que es el verdadero fundamento lo es: y lo que realmente está fundado sobre Él, debe participar de su rechazamiento por el mundo. Aquello que está soportado por la potencia del mundo; adornado con la gloria del mundo; y colmado de los aplausos del mundo nunca podremos contemplarlo como piedras vivas edificadas una casa espiritual, sobre la piedra viva, reprobada de los hombres; empero elegida de Dios, y preciosa. ¡El Señor avive nuestras conciencias, y nos conceda inteligencia en todas las cosas!
El tiempo nos falta para tratar, siquiera a medias, todo lo que comprende este tan interesante asunto. Pero hay dos o tres característicos esenciales que no debemos pasar por alto respecto de la Iglesia, el cuerpo de Cristo. Primeramente, su santidad. Separada para Dios, en relación tan cercana y comunión tan íntima, cual no pertenece a otra cosa ninguna, ¿cómo no pudiera ser santa? Cuán tiernamente se nos enseña esto en Juan 17, cuando nuestro bendito Señor, orando por aquellos que vendrían a formar su cuerpo, la Iglesia, dice: “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos por tu nombre, para que sean una cosa, como también nosotros”. Y otra vez: “Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo” (pensad en esto, hermanos míos). “No ruego que los quites del mundo, (es decir: que los lleves inmediatamente al cielo) sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo”. ¿Pudiera alguna otra cosa mostrar la santidad de la Iglesia, como una en vida y carácter con su Cabeza glorificada, bajo un punto de vista tan tierno y solemne como ésta? ¿Cuál es la medida de la santidad y separación del mundo que propiamente pertenece a la Iglesia? Es precisamente la misma que corresponde a su Cabeza en la gloria. ¡Ojalá grabemos estas cosas en nuestro corazón!
A esto sigue: la unidad de la Iglesia. A vuestra conciencia dejo esto, hermanos míos: ¿cuántas iglesias tiene Cristo? En verdad, ya sabemos que Roma falsamente se vanagloria de su unidad; y que hay además otras que abrigan las mismas pretensiones. Pero ¿cuál es la unidad de que se jactan? No es la santa unidad por la que ora Jesús en Juan 17; sino una unidad que abraza todo el mundo en cualquier condición dada, y es aquí donde pretenden que existe la unidad. Roma (¡y ojalá que en esto fuera la única!) bautiza naciones enteras, y las llama la Iglesia, y luego se jacta de su unidad y catolicidad. Pero la unidad subversiva o que destruye la santidad, no es la unidad de la esposa de Cristo. Entonces, ¿carece por completo la Iglesia de unidad? ¿Tiene Cristo muchos cuerpos, muchas esposas? Su esposa, inmaculada, es una. Un pensamiento muy solemne para nuestra consideración: “Hay un cuerpo y un Espíritu; como también sois llamados a una misma esperanza de vuestra vocación”.
Además, hay un característico muy esencial de la Iglesia (¿no pudiéramos decir, el característico por excelencia?): la presencia del Espíritu Santo. Tanto la santidad como la unidad de la Iglesia emanan de esto. Antes del descenso del Espíritu Santo, había santos, discípulos de Cristo, hijos de Dios —es decir: personas vivificadas por el Espíritu, nacidas del Espíritu, como lo son aquellos que han sido salvos en todas las dispensaciones— pero no había Iglesia. Fue el descenso del Espíritu Santo en el día de Pentecostés lo que formó la Iglesia; y aun cuando el misterio de la gloria y vocación distintas de la Iglesia no fue revelado hasta que Pablo recibió gracia y el apostolado del Señor, sin embargo, el cuerpo mismo fue formado el día de Pentecostés, y ha existido desde aquella época. Cuando el Espíritu Santo hubo descendido, enviado por la Cabeza ya glorificada, para morar en los miembros, animarlos, gobernarlos y edificarlos juntamente en uno aquí abajo, entonces, y sólo entonces, pudo haberse dicho: “Hay un cuerpo, y un Espíritu; como también sois llamados a una misma esperanza de vuestra vocación”. ¡Bendita verdad! ¡Que nuestras almas la reciban y retengan!
Finalmente: hay algo en la relación entre Cristo y la Iglesia que es más profundo y más bendito que la gloria más elevada. Gloria, como ya hemos visto, hablando de Cristo personalmente, es la excelencia manifestada. Pero ¿no hay hermosura y goces en Jesús, para el corazón enseñado y hecho apto por el Espíritu Santo de gozarle, que no pueden ser manifestados? ¡Oh, sí! Y si la Iglesia es verdaderamente la prometida, la esposa del Cordero, ¿formará su mayor placer y deleite el hecho de participar de toda la gloria recibida y que manifiesta la excelencia de su Esposo y Señor? Ciertamente existe un afecto recíproco propio de aquella relación que no puede ser manifestado —una comunión de espíritu, corazones unidos, complacencia mutua en el uno para con el otro, perfectamente inefables—. Y en el poder del Espíritu Santo, por la fe, somos llamados a entrar en el goce de esto aun al presente. Pero ya que hablamos de gloria; ¿cuál es la gloria de la Iglesia? Toda la gloria dada a su Cabeza. Asociada de una manera especial con Él en todo aquello que es su mayor gloria dada, ¿qué habrá de lo suyo que pueda ser comunicado a participar en que no le dé parte? ¿Preguntáis acaso cuál es la porción de la esposa? Su mero título declara su participación en todo cuanto constituye la herencia del Esposo. En esto vemos la eminente gloria de la Iglesia. No hay nada como ésta en el cielo ni en la tierra, excepto la gloria de Aquél en unión con quien ella la hereda, y quien en todas las cosas tiene la preeminencia. Es por unirse con Él que viene a recibir esta porción. Y esto nos explica lo que de otra manera viniera a ser incomprensible. Supongamos que un cierto rey, el monarca de vastos dominios, hiciera a un lado los varios rangos de nobleza en su imperio, y escogiera para ser su esposa y compañera de su trono una doncella que, por su nacimiento, parentela y condición fuera infinitamente inferior a todos. Inferior, como en sí misma es, en el momento que por el gusto de su soberano viene a ser la esposa del monarca, toma su lugar a su lado, y entonces, todos los otros vienen a serle inferiores a ella. Y, amados hermanos, ¿qué somos en nosotros mismos? Pobres, miserables pecadores, muertos en delitos y pecados. ¿Dónde nos ha colocado la soberana gracia? En unión vital, como Su cuerpo, Su esposa, con Aquél a quien Dios ha levantado de los muertos, y sentado a su diestra en lugares celestiales, sobre todo principado y potestad, y potencia y señorío, y todo nombre que se nombra, ¡no sólo en este siglo, sino también en el venidero! Sí: Dios ha puesto todas las cosas debajo de sus pies, y le ha dado por Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia; la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que hinche todas las cosas en todos. Y ¡pensar que la mayor parte de los que forman este cuerpo, son pobres pecadores de los gentiles! Ciertamente que las migajas que nos han caído, ¡pobres perros de los gentiles! ¡han probado ser una porción más rica, que el mismo pan de los hijos! ¡Oh! ¡si nuestros corazones conocieran mejor estas benditas realidades! ¡Cuán sombría y sin atractivo aparece toda la gloria mundanal a la luz de esta excelente gloria! ¡Bien podemos, con el apóstol, realizar que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que en nosotros ha de ser manifestada! Dios conceda que podamos conocer y estimar así el lugar de gozo y bendición en que nos ha colocado, en unión con Cristo, allá a su diestra.

La predicha corrupción del cristianismo y sus resultados finales

(Léase 2 Tesalonicenses 2:1-12; y Apocalipsis 17 y 18).
Quienes estuvieron presentes aquí el martes por la noche recordarán el dichoso y sublime tema de la lectura pasada. Mi hermano os dirigió la palabra acerca de “la gloria y vocación distintas de la Iglesia” de Dios. Pudimos contemplar las variadas glorias de Aquél que es la Cabeza viviente de la Iglesia, como también se nos mostró la gloria distintiva que compartirá con y dará a “la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de Aquél que hinche todas las cosas en todos”. Pero ¡cuán diferente la escena que contemplaremos esta noche! Tenemos que considerar “la predicha corrupción del cristianismo y sus resultados finales”; la historia, carácter y destino de “Misterio, Babilonia la Grande, la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la tierra”. Esto es como si descendiéramos del cielo a la tierra. Tenemos que apartar nuestra vista de una escena de pureza, santidad y gloria, a otra de impureza, embriaguez y vergüenza. Tenemos que apartar nuestra vista de la contemplación de la celestial y verdadera Iglesia (el cuerpo viviente que está unido a su Cabeza, resucitada y glorificada, y que aun ahora está llamado a una conversación y conducta celestiales, y a la participación de su gloria y de su trono después), y lejos de todo esto, dirigirla al repugnante espectáculo de una desvergonzada mujer, que embriagada, se sienta sobre una bestia salvaje, y ministrando, a guisa de religión, a las más viles pasiones de los reyes y gobernantes y pueblos de la tierra. Y quién podrá negar que el hacer esto, en su propio tiempo y lugar, es nuestro deber; si no pudiéramos decir nuestro privilegio. Uno de los hombres más sabios de la antigüedad, dijo: “Todo tiene su tiempo”. Y ciertamente hay un tiempo, no solamente para considerar al aspecto hermoso de las cosas; y cuando, por penoso que nos sea, tenemos el imperioso deber de descender de la contemplación de tan dichoso y consolador tema como lo es la vocación y gloria de la Iglesia; a tan diferente asunto, como “Babilonia la Grande, la madre de las fornicaciones y abominaciones de la tierra”. ¡Que Dios nos libre de presunción, y nos conceda en nuestras mentes capacidad de aprender, mientras que examinamos estas tristes y terribles escenas!
En segundo lugar, quiero haceros observar de cuánta importancia es evitar la confusión de pensamientos en nuestros esfuerzos a interpretar las maravillosas y variadas imágenes que se nos presentan en las Escrituras proféticas. Ha sido muy generalizado entre los expositores explicar todos los símbolos proféticos del mal, como significando el Papado. Cuán a menudo oímos decir: “Esta bestia significa el Papado: la mujer sentada sobre ella significa el Papado: el pequeño cuerno que creció en su cabeza significa el Papado”: y aun la misma bestia con dos cuernos del capítulo 13 para ellos significa el Papado. Ahora bien, de seguro que vemos aquí la más extraña confusión. Todos estos variados y diferentes símbolos, y aun en muchos casos en contraste, no pueden ser interpretados rectamente como significando uno y el mismo sistema. ¡Ciertamente la mujer denota algo más que la misma bestia que la lleva! ¡De seguro que la mujer sentada sobre la bestia significa algo más que lo que se quiere dar a entender con el cuerno sobre la cabeza de la bestia! Y ¡de seguro que la bestia, la mujer que la monta, los cuernos sobre la cabeza de la bestia, y la otra bestia de dos cuernos, no pueden significar una y la misma cosa!
Pero vengamos luego a nuestro tema. La porción que hemos leído en 2 Tesalonicenses predice en términos muy claros que habría una “caída” o apostasía en la Iglesia. El misterio de iniquidad ya estaba “obrando” en el tiempo del apóstol: debiendo dar por resultado la manifestación del “hombre de pecado”, “aquel inicuo”; el cual solamente será destruido por la manifestación gloriosa del Señor en llama de fuego. Tales, en suma, son las predicciones de las Escrituras respecto a la corrupción del cristianismo y sus finales resultados.
Así pues, por el símbolo de Babilonia la Grande vemos, que “el misterio de iniquidad” ha llegado a plena madurez. “Misterio” es la inscripción que hallamos puesta sobre la frente de la mística mujer de Apocalipsis 17. Y creemos ser el mismo misterio de iniquidad de que trata Pablo en 2 Tesalonicenses.
Os suplico, queridos amigos, que observéis atentamente la visión que se nos presenta aquí. Especialmente leed del versículo 1 al 6. Allí se ve una mujer vestida de púrpura y de escarlata, y dorada con oro, y adornada de piedras preciosas y de perlas, teniendo un cáliz de oro en su mano, lleno de abominaciones y de la suciedad de su fornicación. Esta mujer está sentada sobre una bestia, y la bestia tiene siete cabezas y diez cuernos. Los diez cuernos, por fin, ocasionan la destrucción de la mujer; “estos aborrecerán a la ramera, y la harán desolada y desnuda, y comerán sus carnes, y la quemarán con fuego”. Después, estos mismos cuernos como también la bestia salvaje, cuyo poder tuvieron, son vencidos en final combate por el Rey de reyes, y Señor de señores. Ponderad bien estas místicas escenas. Y no digáis en vuestro interior: “es mejor dejar tales misterios a un lado”. Son misterios revelados, y os pertenecen; por cuanto son revelados. Dios no nos los hubiera dado, si juzgara que fuera mejor que su pueblo “los hiciera a un lado”. De este mismo libro, lleno como está de místicas escenas como la presente, está escrito: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas, porque el tiempo está cerca”. Entonces ponderemos bien la revelación que se presenta a nuestra vista. Atesoremos su instrucción; y que Dios, por su Santo Espíritu, la selle sobre nuestro corazón.
Hemos dicho que en el símbolo de “Babilonia la Grande” se nos muestra la madurez plena del “misterio de iniquidad”, la apostasía en la Iglesia de Dios. Definamos pues, y consideremos esta explicación algo más de cerca y detalladamente.
1. La mujer está sentada sobre una bestia, como también sobre muchas aguas. Bien, esta bestia significa ciertamente el Imperio romano; el Imperio romano a través de toda su duración: ya se considere como pagano, papal o en su futuro estado anticristiano. Se significa lo mismo por las muchas aguas, “los pueblos, y muchedumbres, y naciones y lenguas”. Significa Roma secular, Roma civil y política. Sea cual fuere la religión que profese Roma, todavía será el imperio secular o temporal de Roma lo que se denota con “la bestia”. Ya se considere el imperio en su pasada y completa condición, o como actualmente, dividido, siempre está representado en este símbolo de la bestia con siete cabezas. En nuestra próxima lectura presentaremos pruebas de que con “la bestia” se significa aquí el imperio secular de Roma. Pero, si con la bestia se denota el poder secular y político, ¿qué explicación daremos de la mujer sentada sobre ella? ¿Qué gran sistema hay que está sentado sobre, y soportado por, el poder secular de Europa? ¿No es claramente el eclesiástico, o poder de la Iglesia? ¿No está la Iglesia en alianza con, y mantenida por el estado? Lo repetimos una vez más: creemos que este símbolo denota el corrupto y apóstata cristianismo nacional.
2. Uno de los siete ángeles vistos anteriormente, llama al apóstol para venir y ver “el juicio de la gran ramera”. Después (véase Apocalipsis 21:1-9) otro de aquellos ángeles le llama para venir y contemplar “la esposa, mujer del Cordero”. Entonces, vemos aquí lo que es verdadero y lo que es falso, lo que es casto y lo que es corrupto. Vemos aquí lo que es genuino y real, y lo que no es sino espurio y ficticio; la que está desposada con el Cordero, y la que está unida con y sentada sobre la bestia.
Es digno de nuestra atención observar que en cada uno de estos casos tenemos un doble símbolo: una mujer y una ciudad. Cada mujer está representada también como una ciudad: cada ciudad está simbolizada también como una mujer. En un caso, se dice: “Ven acá, yo te mostraré la Esposa, mujer del Cordero. Y llevóme en espíritu a un grande y alto monte, y me mostró la grande ciudad santa de Jerusalén” (Apocalipsis 21:9-10). En el otro leemos: “La mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra”. Así que la Jerusalén celestial es vista como la esposa, mujer del Cordero; y aquella gran ciudad, Babilonia mística, se ve como “la gran ramera, con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los que moran en la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación”.
¿No podemos, entonces, presumir, que por esta mística Babilonia se significa, en principio, la corrupción del cristianismo, que formará esta noche nuestro asunto? ¿No podemos considerar todo aquello que es fiel a Cristo, como perteneciendo en principio a un símbolo: y todo aquello que, siendo nominalmente de Cristo, en realidad es falso a Él, como perteneciendo en principio al otro símbolo? ¿No podemos decir, que, mientras cada verdadero cristiano es un miembro del cuerpo de Cristo, todo aquél que es espurio es miembro del corrupto sistema que pretende serlo? ¿que mientras cada persona verdaderamente vivificada es una piedra viva de la ciudad celestial, todo aquél que meramente tiene “nombre que vive” puede considerarse como una piedra de esta mística Babilonia?
3. Pero, además de esto ¿no hay una organización definida, prominente entre la cristiandad, a la cual, de un modo especial, podamos en justicia aplicar este símbolo de la grande y mística ramera? No dudamos que la hay. De verdad, en este mismo capítulo tenemos señalada a la mujer, tanto una localidad general, como especial. En el versículo 3 se dice que está sentada “sobre muchas aguas”; y en el versículo 15 explica el ángel que estas aguas significan “pueblos, y muchedumbres, y naciones y lenguas”; y en el versículo 9 leemos que “las siete cabezas (de la bestia) son siete montes sobre los cuales se sienta la mujer”. Esto parece fijar distintamente a la misma Roma —aquella notable ciudad de siete colinas— ciudad que, no solo respecto a su sistema eclesiástico sino también, en edades pasadas, por su poder secular, ha reinado sobre los reyes de la tierra —la misma Roma, decimos, es el centro del poder, y asiento especial de esta gran ramera vestida de escarlata—. Sí; y aunque en sentido más amplio, “los pueblos y muchedumbres, y naciones y lenguas” son el asiento de Babilonia; no obstante, el centro y localidad especial se hallarán en Roma.
No dudamos, pues, que mientras todo lo que es cristiano meramente de profesión y de nombre pertenece, hablando en general, aunque en verdadero y solemne sentido, a Babilonia la Grande; sin embargo, aquel enorme sistema de inmunda corrupción eclesiástica, de sucia fornicación espiritual, y cuya metrópoli se halla en Roma, es lo que de manera especial se nos muestra aquí, en sus verdaderos y asquerosos colores.
4. Que el poder de la mujer es distinto del poder de la bestia, podemos verlo por medio de esta importante consideración; la bestia reina con poder supremo después que la mujer ha sido destruida (léase del versículo 12 al 14, y también en el Apocalipsis 19:19-20). Hay diez cuernos que dan su poder a la bestia, y destruyen a la mujer. Finalmente el poder de la bestia prueba ser la destrucción de la mujer. ¿Cómo pudieran ser los dos uno mismo? Se dice que la bestia es el Papado, y que la mujer también es el Papado. Entonces, ¡el Papado se destruye a sí mismo, y existe en pleno vigor después de aniquilarse a sí mismo! Ciertamente este modo de interpretación no se puede sostener. Los dos símbolos no pueden significar al Papado. Y por la misma razón la mujer y bestia no pueden simbolizar el poder temporal. La una cabalga en la otra, hasta que la bestia, cansada de las extorciones, insolentes pretensiones y actitud arrogante de la ramera, no soportará más su odiosa carga. La mujer es derribada, pisoteada y herida de muerte. Sin embargo, la bestia queda en todo su poder.
5. ¿Qué poder, pues, hemos presenciado así sentado sobre los poderes temporales? ¿que haya aun “reinado sobre los reyes” y gobiernos de la tierra? ¿Qué gran sistema puede verse reinando sobre las naciones? ¿Cuál sino el poder eclesiástico? ¿Cuál sino las corruptas iglesias nacionales del cristianismo? De verdad, están soportadas por los poderes seculares; y sin embargo, constantemente aspiran a dominarlos.
Y ¿qué emblema pudiéramos imaginarnos que caracterice tan vivamente un corrupto y espurio sistema religioso que él de una prostituta, designada aquí por “Misterio, Babilonia la Grande, la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la tierra”? ¡Esta profesa en sí ser la mujer de Cristo, estar desposada a Él! ¡Mas está enlazada a los placeres sensuales y riquezas y poder del mundo! ¿Qué emblema más propio para describirla que aquél actualmente usado aquí? El poder temporal muestra su rigoroso carácter, y obra manifiestamente bajo el principio de la fuerza. Por tanto, “la bestia salvaje” lo caracteriza propiamente. Pero este otro sistema, mientras cabalga en la bestia, y se goza cuando despedaza y devora; no obstante, obra artificiosa y traidoramente, más bien que por ejercicio claro y manifiesto de fuerza. Presenta un “cáliz de oro, lleno de abominaciones y de la suciedad de su fornicación”. Con este vino hace que los reyes y naciones de la tierra se embriaguen y enfurezcan. Y ¿qué cosa hay que haya causado esto salvo el Papado, y aquello que participa de su naturaleza y principios? Y ¿qué cosa pudiera manifestarnos más vivamente mucho de lo que vemos en actual y poderosa operación, aun en nuestros mismos días, como el emblema que se nos presenta aquí? ¿Cuál es la lucha que en estos mismos instantes atrae la atención de todas las clases de nuestra propia nación? Es la lucha entre el poder temporal y el eclesiástico. La lucha entre la mujer y la bestia. La mujer quiere, si fuera posible, no sólo cabalgar; ¡sino llevar las riendas! Es una lucha respecto a las condiciones en que la bestia condescenderá a llevar, a soportar la mujer. ¿Llevará ella las riendas? Este es el punto capital de la seria y animada lucha de estos “postreros días”.
6. Sin embargo, estos pensamientos nos llevan a un contraste aun mucho más importante. La gran ramera está sentada sobre y soportada por la bestia. Por otra parte, ¿cuál es el sostén, el apoyo, la fuerza, la esperanza, el gozo, de “la esposa, mujer del Cordero”? La vemos en otro lugar (o lo que es de una vida y espíritu con ella) representada como “subiendo del desierto recostada sobre su amado”.
Sí, aquí tenemos la respuesta. La verdadera Iglesia se apoya en Jesús. Ciertamente, Él es invisible ahora; pero, no obstante, la fe descansa en Él. “En el cual creyendo, aunque al presente no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorificado”. Aquí está la fuente de energía y consolación de la esposa. Esto explica el misterio de su infatigable pie y su porte ajeno al mundo. Está sostenida por y destinada para el cielo, por cuanto es nacida del cielo, “nacida de lo alto”. Cristo es, o debiera ser, “todo en todos”, para ella. En verdad, es una con Cristo, por medio de “las coyunturas y bandas”, recibe alimento de Él. Pero esta mujer falsa, por más que se gloríe, no conoce nada de aquella vida que es por fe. No; “la vista” —el mundo, su patrocinio y sus dones— es todo lo que ella conoce. Conoce “la bestia que la lleva” y “las muchas aguas” (y nótese de paso, que “las muchas aguas” es precisamente lo que el símbolo de “la bestia” manifiesta); ella bien conoce “las muchas aguas” sobre las cuales está sentada.
¡Oh! ¡qué cuadro se nos presenta entonces, queridos amigos, del cristianismo corrompido y apóstata! ¡Aquí lo vemos en su estado de madurez y más horrible deformidad! ¡Es muy doloroso contemplarlo tan de cerca! Pero, no obstante, actualmente es así conforme lo describe la inspirada relación. Pero ¿cómo llega a un grado tan monstruoso de maldad y de rebelión? Para hallar respuesta a esta cuestión, consideremos los detalles proféticos, y después, brevemente, lo que se nos ha revelado con respecto al fin de esta Babilonia la Grande. Observemos primero la introducción, y después trazaremos el progreso de esta apostasía.
La primera mención que se hace en el Nuevo Testamento de esta divina institución en la cual se ha introducido la corrupción, y la apostasía ha tomado su lugar —a lo menos, la primera mención que de ella se hace por su nombre específico de La Iglesia— es en Mateo 16. La confesión de Pedro allí registrada prueba que él había discernido rectamente el verdadero fundamento de la Iglesia. Sin embargo, no se dice allí que la edificación de la Iglesia fuera comenzada entonces. El Señor dijo: “sobre esta roca edificaré mi Iglesia”; y no “sobre esta roca la estoy edificando”. La edificación de la Iglesia sobre aquel fundamento —de la Iglesia propiamente llamada así— no comenzó sino hasta el día de Pentecostés. El fundamento estaba poniéndose en la encarnación, muerte y resurrección del Hijo del Dios viviente. Pero el edificar sobre él piedras vivas, en su carácter propio de Iglesia, fue obra que no se principió en aquel tiempo. Eran en verdad, “piedras vivas”; “hijos de Dios” también; pero nunca hasta aquel tiempo, ni antes de Pentecostés, fueron congregados en la unidad, e edificados juntamente en La Iglesia.
En Mateo 18 tenemos instrucciones muy importantes acerca de la Iglesia. Solamente en este lugar, además del que hemos ya considerado, se hace distinta mención de la Iglesia en todos los cuatro Evangelios. Tenemos establecido allí (Mateo 18:15-20), en conexión con una regla muy importante de disciplina, el sublime principio de la constitución de la Iglesia de Dios: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. De una tal asamblea, el Señor dice: “dígalo a la Iglesia”, y “si no oyere a la Iglesia”. Este pasaje nos presenta la más sencilla idea de la Iglesia. “Donde están dos o tres congregados en el nombre de Jesús”, allí está Él.
Volvamos ahora a los Hechos de los Apóstoles, donde, en los primeros capítulos, tenemos una narración del principio actual en la obra divina de la formación de la Iglesia. Citaremos uno o dos pasajes; contemplaremos, por un instante al menos, el bello y amable espectáculo de una Iglesia pura e incorrupta. Por un momento, sí; por un momento solamente, existió así la Iglesia. “Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza. Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía, mas todas las cosas les eran comunes. Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos”. “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y con sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo gracia con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la Iglesia los que habían de ser salvos”. ¡Tal era la Iglesia, cuando primeramente establecida! ¡Hermoso espectáculo! ¡Bella y amable escena! ¡Ah! ¡si otros rasgos jamás se hubieran desarrollado en ella!
Pero un cambio muy desastroso había sido predicho ya. Me referiré, aunque brevemente, a las parábolas de Mateo 13, a las cuales para diferente objeto dimos una ojeada en la segunda de nuestras lecturas. Primeramente, a la parábola del sembrador. ¿Cuál es la instrucción que se nos da allí, respecto al punto especial en cuestión? Es éste: que habría muchas plantas que no llevarían fruto a la perfección. Alguna de la simiente saldría sólo para ser quemada por el sol, comida por las aves, o ahogada por las espinas. Tenemos entonces ya lo que indica que habría mucha vegetación espuria, o al menos abortiva. ¿Es este presagio favorable para la Iglesia?
Además tenemos una segunda parábola —la del trigo y la cizaña— más notable aún en cuanto a su sentido. La explicación que el mismo Señor da es como sigue: “El campo es el mundo, y la buena simiente son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo; el enemigo que la sembró, es el diablo; y la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles”. Esto es muy claro y a la vez solemne. Entre el trigo debería haber “cizaña”; es decir, una planta de semejanza especiosa al trigo, pero falsa. La cizaña entonces denota los hijos del malo; pero solamente aquellos que han sido sembrados entre el trigo, como plantas espurias y contrahechas. Son hipócritas, y en verdad, falsos profesores en la extensión de la palabra, ya sea que lo conozcan o no. Bien, estos no solamente habrían de ser sembrados, sino que crecerían juntamente con el trigo, hasta el tiempo de la siega. La corrupción existirá en la Iglesia, llamada así, hasta el fin de la dispensación. La siega es el fin de esta mezcla de cosas en el cristianismo. Claro es, entonces, que no habrá milenio antes de la siega. Pero esto ya lo hemos visto y sólo lo menciono como un pensamiento pasajero. Veremos con respecto a la siega, cuando arribemos a la cuestión de los resultados finales de la apostasía.
La tercera parábola que les dice el Señor es la siguiente: “Otra parábola les propuso, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que tomándolo alguno lo sembró en su campo: el cual a la verdad es la más pequeña de todas las simientes; mas cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas”. Tal debía ser el progreso del cristianismo, y de la gran institución que de allí debiera resultar. La simiente del evangelio era muy pequeñita al principio: pero la planta que de allí brotó creció muy grande. Mientras el negocio era muy pequeño, el mundo lo despreció. Cuando creció un tanto más fuerte —en su fuerza natural del cielo— el mundo principió a odiarlo y oponerlo; pero como sucede con ciertas plantas, más y más crecía, a medida que el mundo lo hollaba más. Por fin, aun llegó a tener la primacía, tanto en riqueza como en influencia mundanal. Entonces sucedió una crisis y un cambio. El mundo ansiaba celebrar convenio con ella. El mundo vino a la Iglesia, no en realidad; sino solamente en pretensión. El mundo será, profesará, y adoptará cualquier cosa que al cabo se torne en su ganancia temporal. El mundo irá a donde quiera que haya provecho terrenal que obtener. Cuando el árbol eclesiástico hubo crecido grande, y prestaba cómodo abrigo, sin ser escrupuloso respecto de los que a él venían, entonces fue que personas mundanas procuraron anidar en él. Entonces, las aves inmundas —arpías, buitres, corvejones, búhos y murciélagos— gustosas buscaron abrigo bajo sus ramas. ¡Cuánto atractivo poseen las ramas de este místico árbol! ¡Qué dulce engaño encuentra el mundano en sus dignidades y dones; sus derechos, estipendios, y diezmos; sus prerrogativas episcopales y jerárquicas, monásticas y señoriales! ¡Verdaderamente este árbol es grande! El antiguo monarca de Babilonia —el mismo imperio de Babilonia— estaba simbolizado por la mismísima metáfora de un gran árbol. Recordaréis que al mismo Nabucodonosor se le representó como un gran árbol. “Cuya altura llegaba hasta el cielo, y su vista hasta el cabo de toda la tierra: su copa era hermosa y su fruto en abundancia; y para todos había en él mantenimiento. Debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo, y manteníase de él toda carne” (véase Daniel 4:10-12,19-22). Tal era literalmente la antigua Babilonia. ¡Cuán a propósito entonces, esta parábola del gran árbol de mostaza para simbolizar La Mística Babilonia de los tiempos modernos! Sí estemos seguros de que este árbol tan lleno de atractivos no es otro que la mística “Babilonia la Grande, la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la tierra”.
Pero no debemos pasar por alto la parábola de la levadura, que cierta mujer escondió en tres medidas de harina. Ya en otra ocasión nos hemos referido a esta parábola, en prueba de que la segunda venida será premilenaria. Ahora nos referimos a ella porque nos suministra instrucción admirable en nuestro asunto presente —la corrupción del cristianismo.
Vimos ya en aquella ocasión, que la “levadura” significa siempre algo malo; y que nunca representa el Evangelio. Vimos también que cuando se usa simbólicamente en los sacrificios antiguos, denota siempre el pecado e imperfección; y que cuando Cristo —sólo Cristo— era representado, no se usaba ninguna levadura. Vemos esto con especialidad en las tortas pascuales en que no debía usarse levadura, ya que en Cristo, “nuestra pascua”, no hubo pecado; mientras que en ciertas ofrendas hechas por adoradores llenos de imperfección, debía ponerse levadura. Vemos también que el Señor habló de la levadura en mal sentido y nunca en bueno. “Guardáos de la levadura de los Fariseos, la cual es hipocresía” (Pablo usó también esta palabra como significando el mal solamente: 1 Corintios 5:6-8). La Iglesia debía ser masa nueva, sin leudar. La “vieja levadura” debía limpiarse. No es que debía introducirse nueva levadura; la masa debía estar “sin levadura”; no debía haber “la levadura de malicia y de maldad”, sino “ázimos de sinceridad y de verdad”. En Gálatas también se declara que “aquella persuasión no viene de aquél que os ha llamado. Un poco de levadura leuda toda la masa”. Aquí la levadura representa el legalismo: estaban abandonando la simplicidad del Evangelio para volver a la servidumbre de la ley. Esta levadura leudaría toda la masa, si no se limpiaban de ella con fidelidad.
¡Ay! la parábola que consideramos nos declara que toda la masa sería por fin leudada. El “reino de los cielos”, aquel vasto sistema que al principio era en verdad el reino de los cielos, y que pretende serlo aún, pero que será el reino de los cielos solamente de nombre, cuando la levadura haya fermentado toda la masa —todo aquel sistema por fin será “como la levadura”—. No se distinguirá tan fácilmente la harina allí. Solo la levadura será prominente y visible, en todas partes y para todos: aun los cristianos serán por ella infectados. Al principio la Iglesia era masa pura, sin leudar. En estas “tres medidas de harina” —no en el mundo en general, sino en la masa nueva, sin leudar— en la Iglesia pura del Pentecostés fue introducida la levadura secreta y clandestinamente. “Una mujer” la escondió allí. ¿Quién fue? ¿No sería la mujer mística de Apocalipsis 17? ¿No estaría obrando esta levadura en el “misterio de iniquidad” de que leemos en 2 Tesalonicenses 2:7; que estaba “obrando ya”, aun en los tiempos apostólicos? ¿No es claro, pregunto, que hay identidad manifiesta entre la levadura de Mateo 13, el misterio de iniquidad de 2 Tesalonicenses 2, y la mística Babilonia la Grande de Apocalipsis 17?
Tenemos en este capítulo también la parábola de la red, que coge peces buenos y malos, y cuya separación sólo tiene lugar al fin del siglo. El reino de los cielos —que popular pero impropiamente llaman “la Iglesia”— debe, pues, recoger toda clase de gentes. Y de este modo sólo es confirmado cuanto venimos demostrando.
La parábola de “las diez vírgenes”, en Mateo 25, nos cuenta la misma historia. Todos se cabecearon y durmieron. Si no todas se quedaron dormidas, sin embargo, ninguna estuvo alerta. Sólo el grito a la media noche pudo despertarlas. Es, pues, bien claro que la apostasía dura hasta la venida del Señor.
Estas numerosas predicciones comenzaron casi inmediatamente a tener su cumplimiento. Ananías y Safira son bien conocidas pruebas de esto. Las viudas de los Griegos pronto sintieron los tristes resultados de la parcialidad, o bien ellas fueron culpables al sospechar malamente. Los Hechos de los Apóstoles nos presenta aún más pruebas del naciente mal.
En la Epístola a los Romanos tenemos una solemne amonestación con respecto de la quiebra y separación de las ramas de los gentiles de “la buena oliva”. Pero en Corinto, las cosas habían llegado a un grado terrible. Se habían formado partidos en el seno de la Iglesia. Había pleitos, envidias y disensiones. Había también grandes desórdenes en la mesa del Señor. Aun toleraron a una persona notoriamente incestuosa en la comunión: como también hacían ostentación del sistema Judaizante, legal y antievangélico que siguieron.
Las iglesias de Galacia estaban en peor condición todavía. Allí vemos que se introduce abiertamente el fundamento del error del Papismo. Las gentes preguntan cuándo principió el Papado, cuánto hace que sus errores fueron introducidos —si seiscientos, ochocientos, mil, o mil cuatrocientos años—. Los mismos Romanistas con jactancia preguntan si sus doctrinas no fueron sostenidas aun por la primitiva Iglesia apostólica. Esta es la respuesta: Muchas personas sostenían muchas de ellas, aun en los días de los inspirados apóstoles. La prueba de esto es muy clara: en las epístolas apostólicas, tenemos enérgicas protestas contra muchas de estas doctrinas —doctrinas que entonces se enseñaban y defendían—. La Epístola a los Gálatas es una protesta divinamente inspirada contra algunas de aquellas doctrinas. Lutero solamente la volvió a publicar en los días de la Reformación. Encontró que contenía toda la savia, la grandiosa corriente, el meollo mismo de la controversia entre él y Roma. Entonces, ¿por qué daremos fecha posterior a los errores de los Papistas? No; concedamos esto a los Romanistas; que aunque muchas de sus doctrinas son nuevas y de moderna invención, otras son tan antiguas, o casi tan antiguas, como la misma Iglesia de Dios. Su doctrina de la justificación por medio de la unión de los méritos de Jesucristo y de las obras humanas, especialmente, es muy antigua. La Epístola a los Gálatas fue escrita contra ella. La apostasía se había establecido con poder terrible y encantador por toda Galacia. El apóstol Pablo tuvo que cambiar su voz, aun con referencia a sus propios hijos en el Señor. Él “tuvo duda acerca de ellos”. ¿Era posible que hubiera trabajado en vano? Evidentemente ellos habían caído de la libertad de su posición y se habían enredado otra vez en el yugo de servidumbre. Bien pudiera él exclamar: “Esta persuasión no es de aquél que os llama. Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gálatas 5:8-9). Aquí otra vez se menciona la levadura. En este caso era la levadura del legalismo, en otras palabras, de la justicia propia; y cuya base es el orgullo. Era fruto de un espíritu no quebrantado; de una aprehensión defectuosa, tanto de la maldad del corazón humano como de la espiritualidad, severidad y grandeza de la santa ley de Dios. Indudablemente esto se halla por base de aquel error; y la enseñanza de los maestros judaizantes sirvió para darle forma y orden manifiestos. Esta levadura, podemos decir enfáticamente, leuda toda la masa. Mis queridos amigos, aquí está la raíz del corrupto árbol. Este es el corazón de la apostasía. Todos los otros males siguen en debido curso. El movimiento Puseyita, como se le llamaba, principió con un avivamiento de este error respecto de la justificación. Las populares “Lecturas sobre la Justificación” por un maestro de aquella escuela, son una prueba clara de lo que digo. El Papismo tiene aquí su origen. Es indígena en el corrupto suelo del corazón no regenerado. Todos nosotros, en nuestro interior, por naturaleza tenemos tendencias Papistas. No necesitamos la regeneración bautismal, ni las ceremonias y ritos Papistas para que nos las impartan; pero necesitamos nacer de nuevo del Espíritu de Dios, como el único medio de escapar de las trampas del temible cazador. Debemos nacer de nuevo; y debemos saber que nuestra salvación es puramente de gracia, por la redención que es en Cristo Jesús, y que no estamos “debajo de la ley, sino bajo la gracia”. Solamente entonces conocemos la libertad con que Cristo hace libre a su pueblo. Solamente entonces nos hallamos fuera del alcance de toda pretensión sacerdotal. ¡Pero también entonces somos libres verdaderamente! ¡La salvación en Jesús, por gracia solamente, por medio de la fe, la salvación en Él, conocida y realizada en bendita paz y poder, eleva al que la posee, fuera por completo del mundo de la superstición y engaños! ¡Lo eleva sobre la región de intercesión sacerdotal! El solo Sumo Sacerdote allá arriba efectúa propiamente toda obra sacerdotal en su favor. Millares de lazos quedan deshechos en un instante, cuando el alma de un pobre pecador encuentra pleno descanso en Cristo. No necesitáis probarle que dolores y penalidades, el fuego purgatorial, las indulgencias y absoluciones sacerdotales, peregrinaciones, misas mayores, rosarios y crucifijos, son vanos, innecesarios y de ningún valor. ¡No! el principio vital de todas estas cosas ha sido clavado ya en la verdadera cruz. El principio de estas no manda más en su corazón. La gracia reina ahora allí. Está firme en la libertad con que Cristo lo hizo libre, y rechaza toda intervención sacerdotal que lo pondría otra vez bajo el yugo de servidumbre. El verdadero sacerdote —el Gran Sumo Sacerdote— lo ha emancipado de la esclavitud de todo usurpador. La trampa está quebrada, y el cautivo está en libertad.
Este, queridos amigos, es el único medio de hacer frente y rechazar la levadura de Roma. Lamento sinceramente que en las discusiones de nuestros días se hable tan poco sobre doctrina tan importante. Oímos muy a menudo, lo que llaman discusiones Protestantes; pero la justificación, que debiera ser el grandioso y prominente asunto, por lo general es omitido. Esta es una omisión portentosa. Los Romanistas disputarán eternamente sobre otros puntos, con tal que quitéis el evangelio de la vista. Con tal que el antagonista discuta con ellos otros puntos, si solamente les concede que no “predicará” (así es como ellos dicen) y evitará el anunciar la salvación por Cristo solamente, y el glorioso evangelio de Dios, que proclama salvación por Él eternamente, pueden soportar todo lo demás, ¡Pero el evangelio no pueden sufrir! Cuando anunciáis el evangelio pleno y gratuito, comenzáis a arrastrarlos fuera de sus trincheras, y quedan por completo derrotados. Hay un poder misterioso que lo acompaña, y que lo sienten y saben muy bien que burla toda su sagacidad y pericia, y que traspasa a todos los que de corazón lo reciben a otro mundo, un mundo de libertad. Los traspasa del reino de las tinieblas y de los engaños, al reino libre, feliz y celestial del amado Hijo de Dios. Que Él nos dé gracia, pues, para recordar donde se halla nuestra verdadera fuerza.
No debéis suponer, sin embargo, que al hablar así de las acciones y pretensiones de los sacerdotes, me refiero a aquellos verdaderos siervos de nuestro Dios, que llamados por Él, y bajo Su dependencia, ocupan el puesto de pastores y evangelistas. Apacentar el rebaño y predicar el evangelio son servicios tanto importantes, como de acuerdo con las Escrituras. Pero el sacerdocio, siendo la propia e intransmisible prerrogativa del Señor Jesús, si alguna persona la toma para sí en otro sentido que el del sacerdocio común y espiritual de todos los verdaderos creyentes, durante la dispensación actual, es una falsa y malvada pretensión. Pero apresurémonos.
Hemos visto, pues, que la apostasía obraba poderosamente en Galacia. Los Efesios mismos fueron exhortados a guardarse de los artificios y desmedida astucia de los falsos apóstoles de aquellos días. También los Filipenses son amonestados acerca de algunos de quienes declara Pablo, que “son enemigos de la cruz de Cristo; y su fin la destrucción; cuyo dios es el vientre, y su gloria es en confusión; que sienten lo terreno”. Los Colosenses fueron reprendidos por la tendencia hacia el legalismo, y la consecuente superstición que ya se echaba de ver entre ellos. Aun los Tesalonicenses no se hallaban sin culpa. Había algunos entre ellos que andaban desordenadamente, “no trabajando en nada”. Se les dijo que el misterio de iniquidad había ya principiado. Abundante gracia reposaba aún en muchas de las Iglesias; no permita Dios que olvidemos esto, y alegremente demos a Él la gloria; pero es claro que la apostasía habíase establecido por todas partes.
El apóstol anuncia a Timoteo —lo cual él ya sabía— aquella prueba notable de la inconstancia e instabilidad humanas: “Ya sabes esto, que me han sido contrarios todos los que son en Asia”. Antes que Pablo muriera, los que estaban en Asia se habían hecho partidarios de enemigos y cismáticos enseñadores. ¡La Iglesia Católica de Asia había errado ya! Gentes necias e ignorantes nos dicen en este tiempo, que lo que es católico debe ser bueno; que la doctrina que es universal, o sostenida por una vasta mayoría, debe ser verdadera. Pero se equivocan rotundamente. Lo que generalmente prevalece es muy probable que es erróneo. Todos los que estaban en Asia se habían vuelto contrarios a Pablo. En el primer siglo del cristianismo, una tendencia tan católica y apóstata como ésta, fue manifestada; ¡tan católica así había llegado a ser el error en época tan temprana!
En la misma epístola se nos describe el carácter de “los postreros tiempos”, y el cual no debemos omitir. Tenemos un catálogo de sus graves y numerosos males. Se mencionan expresamente diecinueve de los característicos de la apostasía. “Esto también sepas, que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad, sin afecto, desleales, calumniadores, destemplados, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, arrebatados, hinchados, amadores de los deleites más que de Dios; teniendo apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella, y a estos evita”. Para coronar el todo, los malos hombres de aquellos tiempos serían profesores de religión, harían profesión de ser religiosos. Os suplico que notéis esto. Los apóstatas de los últimos días serán aquellos que manifiestan “una forma de piedad”. ¡Cuán triste y sombrío el cuadro que se presenta a nuestra vista!
A Tito dice el apóstol que aun entonces, había muchos contumaces, habladores de vanidades, que trastornaban casas enteras, por torpe ganancia (Tito 1:10-11).
Los Hebreos son generalmente amonestados a guardarse de la apostasía, y de ser “llevados por diversas y extrañas doctrinas”. Todo esto nos habla de los males que amenazaban a la Iglesia.
El apóstol Santiago, en su epístola, usa también de semejantes amonestaciones. Y en Santiago 5:4-7, habla expresamente de los fraudes, robos, y violencias que solo terminarán con la venida del Señor. Hasta ese tiempo, los días serán como “el día de sacrificios”, y por lo mismo, la paciencia de los justos sufrirá severa prueba hasta entonces.
Las epístolas de Pedro son aún más solemnes. Todo el tenor de ellas expresa su aprehensión de lo cercano de aquellos malos y desastrosos días. A través de ellas, no se encuentra ni la más pequeña alusión a que habrá tiempos en que la justicia y la verdad puedan hacer progresos. Todo indica enfáticamente que habrá tendencias a la apostasía. La palabra profética permanente se nos muestra como la sola luz que podrá guiarnos ilesos a través de los tenebrosos días que están por venir. Burladores, se nos dice, se levantarán en los postrimeros días, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: “¿Dónde está la promesa de la venida del Señor?”. Pero añade, “el día del Señor vendrá como ladrón en la noche”, y pondrá fin a este funesto período. Solamente aquel día —nada, sino el día del Señor— podrá ponerle fin.
Juan nos habla también en todas sus epístolas de anticristos, u hombres anticristianos. Aquellos a quienes escribía, habían oído que el Anticristo había dé venir; pero aun entonces había ya muchos anticristos. El espíritu del Anticristo ya estaba en el mundo (1 Juan 4:1-3). En la tercera epístola, Juan mismo dice que había sido echado de la iglesia por Diótrefes. ¡Ay! aun entonces reinaba la apostasía y la corrupción.
Judas, como bien sabéis, queridos amigos, se ocupa de hablarnos mucho más detenidamente acerca de hombres malos y apóstatas, como del tiempo mismo de la apostasía. Era necesario que con toda diligencia escribiera acerca de esto. Algunos hombres impíos se habían introducido encubiertamente. “Nubes sin agua, las cuales son llevadas de acá para allá de los vientos; árboles marchitos como en otoño, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados; fieras ondas de la mar, que espuman sus mismas abominaciones; estrellas erráticas, a las cuales es reservada eternalmente la oscuridad de las tinieblas”. Enoc había profetizado de ellas, que el Señor vendría con sus santos millares a ejecutar justo juicio sobre ellos. Sólo de este modo será el mal vencido y terminado. Léase toda la epístola.
Llegamos por fin al libro de Apocalipsis —a las finales y solemnes escenas en la historia de la apóstata Iglesia—. Las epístolas a las siete iglesias de Asia tratan principalmente del naciente mal. Leemos primero de haber dejado su primer amor; luego, de abandonar sus obras; después, de permitir la herejía; y por fin, sus vestiduras manchadas, y una condición, ni fría, ni caliente. La carnalidad más grosera predominaba, y aun se gloriaban en ella. Léanse los capítulos 2 y 3. Y luego, poco después, se presenta ante nuestra vista, la funesta escena del mal plenamente desarrollado: Babilonia la Grande se presenta en todo su esplendor y falaz hermosura. Debemos ahora contemplar su fin.
El fin de Babilonia la Grande es como sigue: Notémoslo bien. Es el fin de la corrupción eclesiástica lo que vamos a considerar, y por consiguiente, amigos míos, no lo limitaré a la Iglesia de Roma. Nos conviene a todos nosotros considerar hasta qué grado tenemos parte en él. “Y los diez cuernos que has visto, son diez reyes, que aún no han recibido reino, mas tomarán potencia por una hora con la bestia. Estos tienen un consejo, y darán su potencia y autoridad a la bestia. Y los diez cuernos que viste en la bestia, éstos aborrecerán a la ramera y la harán desolada y desnuda, y comerán sus carnes, y la quemarán con fuego: porque Dios ha puesto en sus corazones ejecutar lo que le plugo, y el ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que sean cumplidas las palabras de Dios” (Apocalipsis 17:12-13,16-17). Tal es el predicho fin de Babilonia la Grande. Tal es su destino como sistema. Las personas que han formado su poderosa agencia, creemos que generalmente sobrevivirán a la caída de su sistema. Después caerán en la fuerte operación de error, permitida judicialmente por Dios, y perecen en medio de los tremendos juicios que acompañan a la venida del Señor. Supongo que lo que se nos presenta aquí, es la repentina destrucción y completa aniquilación del sistema, como también del poder organizado y dotado por el mundo, que sostiene a Babilonia la Grande.
“Diez reyes” se levantarán y se les da poder por “una hora”, con el fin de destruir a la mujer. Esto parece significar una revolución de los poderes seculares contra el eclesiástico. La bestia está cansada de la violencia y falsedad de la mujer. La insolencia de la mujer le acarrea por fin su propia destrucción. Los diez reyes formarán liga con la masa “de pueblos, y multitudes, y naciones y lenguas”; y “aborrecerán a la ramera, y la harán desolada y desnuda, y comerán sus carnes y la quemarán con fuego”. Despojarán el sistema de todas sus riquezas y honores, y de todos sus poderes investidos. Demolerán sus establecimientos, y se apropiarán sus rentas. Los diez reyes unidos a las naciones llevarán a cabo todo esto. Babilonia la Grande por fin hará perder su paciencia. Sí: “sus pecados llegarán hasta el cielo, y Dios se acordará de sus iniquidades”. Estos fieros ejecutores “ponen en sus corazones hacer su voluntad, y se convienen y dan su reino a la bestia”, hasta que las palabras de Dios acerca de la destrucción de Babilonia, “serán cumplidas”. Bajo esta disposición providencial, ellos “aborrecerán a la ramera, y la harán desolada y desnuda, y comerán sus carnes, y la quemarán con fuego”. La divina palabra es: “Tornadle a dar como ella os ha dado, y pagadle al doble según sus obras; en el cáliz que ella os dio a beber, dadle a beber doblado”. ¡Muy señalada retribución! Así terminará la supremacía de la falsa Iglesia. Y ¿cuál otro fin es tan probable? ¿No está siguiendo en nuestros mismos días este curso, quizá el más propio para provocar y exasperar a las naciones sobre las cuales está sentada? Su voz se deja oír en halagüeños tonos de invitación; pero el orgullo y engrandecimiento propio reinan en su corazón. “Volvéos a casa, hijos míos: volved al seno pacífica de vuestra santa madre”, es su fingida y sutil invitación. ¡Verdaderamente madre! Sí: en el juicio del Espíritu Santo de Dios, ella es “madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la tierra”. Pero sus días son contados, y caerá. “Alégrate sobre ella, cielo, y vosotros santos apóstoles y profetas; porque Dios ha vengado vuestra causa en ella”.
Tal es, entonces, el predicho fin de Babilonia la Grande. Pero los resultados de la apostasía van más allá de su caída. Cuando Babilonia haya desaparecido de la escena —cuando la mujer no se vea más sentada sobre la bestia— la apostasía conducirá aún a resultados terribles y maravillosos.
Entonces tendrá lugar “aquella operación de error para creer a la mentira” de que so nos habla en 2 Tesalonicenses 2, como ya hemos visto. El resultado moral de los malos hechos de Babilonia será desconocer por completo la autoridad de Dios, y el mismo nombre de Cristo. Del “misterio de iniquidad” resultará “la operación de error”; del “hombre de pecado”, del “malo”, del “Anticristo” (léase una vez más 2 Tesalonicenses 2:1-12). Bajo el poder de esta “operación de error para creer la mentira”, las naciones cegadas correrán a unirse bajo el Anticristo, y se congregarán para “la batalla del gran día del Dios Todopoderoso”. No creo que el “hombre de pecado” significa el Papado. Hemos visto que el Papado se nos representa especialmente bajo el símbolo de la mística mujer Babilónica, y es destruido por la confederación de las naciones, y no como el hombre de pecado, por la venida personal del Señor. El “hombre de pecado” yo creo que es un individuo, un ser humano, un “falso cristo”, un guerrero secular, un rey. Pienso que el capítulo once de Daniel, el cual Pablo cita casi literal y verbalmente en 2 Tesalonicenses 2, prueba esto muy claramente. Sin embargo, en nuestra próxima lectura tendremos que considerar el resultado de la apostasía más detenidamente.
Sumaré brevemente estos incompletos datos de aquellos tristes resultados. No podemos completarlos ahora, pues el resultado final de todo comprende el juicio de las naciones congregadas en el día grande de la revelación del Señor de los cielos en llama de fuego; y será el objeto especial de nuestra próxima lectura dar seria consideración a las numerosas predicciones en que se nos habla de esta congregación de las naciones.
No obstante, hemos visto suficiente por ahora. La mala levadura, que primero fue introducida secretamente en la Iglesia, vino a manifestarse plenamente desarrollada en el inmundo sistema de “Babilonia la Grande, madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la tierra”. El destino de Babilonia también lo hemos visto. El poder temporal, que por tanto tiempo ha sido la fuente de su fortaleza, por fin la destruirá. Repentinamente, en “una hora”, tendrá lugar esta revolución. Diez reyes se levantarán para aquella “hora” solamente —por muy corto tiempo— y guiarán a la bestia para la destrucción de la mujer. Entonces vendrá la crisis. “Operación de error” caerá sobre todas las naciones que constituyen la “bestia”. De esto resultará una formidable congregación de todas aquellas naciones contra Dios y contra Cristo; y luego seguirá la clara manifestación del Señor del cielo, y esto terminará toda la escena. Tal es el resultado final de la “corrupción del cristianismo”. Pero veremos más acerca de esto cuando vengamos a tratar de “el carácter y fin de los grandes poderes de los gentiles”.
¿Cuál es la lección moral que debemos aprender entonces de todo cuanto hemos estado considerando? Es una lección de amonestación. Debiera ser una lección de profunda humillación, y sincero escrutinio, y de separación del prevalente mal que nos rodea, si de algún modo nos hallásemos envueltos en él. “Salid de ella, pueblo mío, porque no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas”. Nuestra posición, hermanos míos, es mantenernos lejos de esto, y velar, esperando la venida de nuestro Señor. No debemos mezclarnos en las luchas que están sucediendo a nuestro derredor. Las querellas de la mujer y la bestia no son nuestras querellas. Podemos considerarlas, es verdad, por cuanto nuestro Dios se ha dignado darnos luz sobre este particular en Su Palabra. Pero mientras que con tristeza las contemplamos, no es nuestro deber interponer en ellas. Nuestra obra es obra mucho más feliz. Tenemos que manifestar, en palabras y hechos, la verdad, la gracia, el amor de aquél a quien amamos, buscamos y esperamos. Las armas de nuestra milicia no son carnales. Los olleros de la tierra contenderán con los olleros de la tierra. La bestia y su cabalgador contenderán. Tramarán, y contratramarán; pero nosotros sabemos cómo terminará todo. Se nos “ha dicho antes”.
La crisis se aproxima. Las revoluciones serán súbitas y momentáneas. A qué hora designar la traslación de la Iglesia para encontrar a su Señor, no sabemos. Puede suceder en el principio mismo de la crisis. Quizá sea así. ¿Estamos todos nosotros listos para ello? ¡Conceda el Señor que esto sea verdad de todos y cada uno de nosotros!

La época de los gentiles; el carácter y fallo de las grandes potestades gentiles

(Léase la profecía de Daniel 7).
Esta historia de los cuatro imperios gentiles, que se nos presentan aquí como cuatro grandes bestias, es la historia de la época de los gentiles. La época de los gentiles transcurre durante una interrupción o intervalo a la época de los judíos. Tal intervalo comenzó con Nabucodonosor, el primer monarca del reino de Babilonia, y terminará con el último monarca del imperio de Roma. La época de los judíos se cerró, o fue interrumpida, cuando fueron llevados en cautiverio a Babilonia; volverá a empezar cuando Jerusalén deje de ser pisoteada por los gentiles, y cuando la época de los gentiles se complete. Así que la expresión, “época de los gentiles”, denota los tiempos del dominio gentil sobre los judíos. Esta soberanía gentil es ejercitada durante todo el período de la existencia en poder de las cuatro grandes bestias que Daniel vio en su visión.
Esta visión nos provee con un repaso completo del entero sujeto de esta conferencia. Ella también nos provee con el final de la conferencia anterior, con el resultado final de la apostasía y corrupción del cristianismo. La cuarta de estas grandes bestias se probará el ser la “bestia de diez cuernos”, sobre la cual, en Apocalipsis 17, la mística Babilonesa se vio sentada. El carácter y fallo de esa “mujer” nos ocuparon durante nuestra reunión anterior. Vimos que, como un sistema de potestad organizada, ella iba a ser derribada y destruida, y a desaparecer de la escena. La bestia misma que la soportaba sería finalmente la que la habría de destruir. Pero esta vez veremos el fallo de la bestia misma. Veremos, en repaso, la carrera entera de la bestia, y que, aun cuando existió antes de que hubiera ninguna “mujer” que aspiraría el subir a ella y montarla, y, que existiera después de la destrucción de su jinete, sin embargo, su así-llamado curso “eterno” se cerrará a lo último, se cerrará en juicio y “destrucción de la presencia del Señor, y de la gloria de su poder”. El fallo de esta gran cuarta bestia es en realidad el resultado final de la apostasía del cristianismo. La bestia, habiendo derribado su soporte falso y profesión de cristianismo, se insurreccionará contra la autoridad divina, y, así por el llenar de la copa de su transgresión, se acarreará su final y total destrucción: así es que es una y la misma crisis solemne y decisiva que trae a un fin completo la apostasía eclesiástica y secular. La batalla del gran día del Dios Altísimo le dará término a los dos, efectuará el todo.
Tal es, entonces, el sujeto de la presente conferencia. Tenemos un gran campo de verdad profética ante nosotros; y un repaso rápido y elemental de él es todo lo que podemos esperar el hacer, en esta ocasión.
1. En el capítulo que ha sido leído —Daniel 7— tenemos, así como hemos visto, una visión de cuatro grandes bestias: la primera parecida a un león, la segunda parecida a un oso, la tercera parecida a un jaguar, y la cuarta una “bestia en gran manera temible, terrible, diferente de todas las bestias anteriores, y teniendo diez cuernos” (léase Daniel 7:3-7). Además de eso, entre los diez cuernos de la cuarta bestia apareció otro “cuerno pequeño, ante el cual tres de los primeros cuernos fueron arrancados de raíz, y he aquí, en este cuerno había ojos como los ojos de un hombre, y una boca que hablaba grandes cosas”. Entonces sigue en la visión un solemne período de juicio que efectúa la destrucción del cuerno pequeño, y aun de la bestia misma; entonces el Hijo del hombre es visto viniendo en las nubes del cielo y todo el poderío bajo el cielo le es dado a Él y a sus santos. La narrativa de la visión termina en términos claros y directos, que proclaman su propio significado manifiestamente y sin duda.
2. ¿Pero cuál es el significado de estas cuatro “bestias” simbólicas? La respuesta es provista en el versículo 17: “Estas grandes bestias, que son cuatro, son cuatro reyes que se levantarán de la tierra”. Pero por el término “reyes”, debemos de entender “reinos”; pues ésta es la interpretación en el versículo 23: “Así él dice, la cuarta bestia será el cuarto reino sobre la tierra, el cual será diferente de todos los reinos”. Y en el segundo capítulo de este profeta, de la misma manera aprendemos que debería de haber cuatro grandes reinos —manifiestamente los mismos reinos que se presentan ante nosotros aquí—. Había una grande imagen, como la mayoría de ustedes lo saben. Ella se componía de una cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y costados de acero, piernas de fierro y pies parte de fierro y parte de barro. Daniel pudo explicar el significado de todo esto al rey Nabucodonosor. Él dijo al rey, “Tu eres esta cabeza de oro. Y después de ti se levantará otro reino, inferior a ti, y otro tercero reino de acero, que llevará dominio sobre toda la tierra. Y el cuarto reino será tan fuerte como el fierro”, etc. Ahora el cuarto reino de fierro en este caso es representado teniendo diez dedos en los pies, mientras que en Daniel 7, la cuarta bestia tenía diez cuernos. Además de eso, en este capítulo, tanto como en el séptimo, una crisis solemne destruye el cuarto reino, e introduce un quinto, celestial. Aquí una “piedra” mística hiere la imagen en los pies y reduce su todo a polvo (véanse Daniel 2:44-45); y allí el juicio se sienta, y el Hijo del hombre viene en las nubes del cielo. En ambos casos, el milenio es el gran resultado. Manifiestamente, entonces, las cuatro grandes bestias, en la visión del capítulo séptimo, presentan los mismos cuatro grandes reinos que se ven en esta imagen simbólica del segundo. En ambos capítulos se presenta el levantamiento de cuatro gran imperios universales. Volvamos ahora a Daniel 7.
3. ¿Podemos asegurar algo más con respecto a estos cuatro imperios? Ciertamente. Podemos asegurar qué imperios son representados en tipo por estas cuatro bestias. Deseamos mostrar esto solamente en la autoridad de la Escritura. En el primer lugar, tenemos prueba que la primera bestia, con apariencia de león, significaba Babilonia o el imperio Caldeo. Hemos visto que Daniel le dijo expresamente a Nabucodonosor: “Tu eres esta cabeza de oro”. “Él le dijo: Tu, oh rey, eres un rey de reyes; porque el Dios del cielo os ha dado un reino, poder, y fuerza, y gloria. Y a dondequiera que los hijos del hombre moren, las bestias del campo y las aves del cielo, Él os ha dado en vuestra mano, y os ha hecho señor sobre todas ellas. Tu eres esta cabeza de oro”. Esta cabeza de oro era el primero de los cuatro reinos. La soberanía del reino estaba concentrada en la persona de Nabucodonosor. Él era monarca sobre el imperio de Babilonia. (Véase Daniel 1:1). Así tenemos la prueba más clara de lo que se quiere significar por el león, o bestia de parecido de león, la primera de las cuatro bestias en la visión delante de nosotros.
Ahora, aquí empezó “la época de los gentiles”. En el capítulo 1 de este libro profético, leemos que “Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén, y la sitió. Y el Señor entregó a Joacim, rey de Judá, en sus manos”. En 2 Reyes 24 y 25, tenemos relato especial de no menos de tres diferentes expediciones contra Jerusalén por este mismo Nabucodonosor. La última de ellas fue la completa y decisiva. Desde entonces Israel ha estado sujeto a dominio gentil. Sus reyes han sido solamente vasallos. La nación ha sido dependiente y tributaria a sucesivas potestades gentiles.
4. ¿Pero qué reino simboliza la segunda bestia de semejanza de oso? El quinto capítulo de este libro nos proporciona una respuesta: Belsasar fue sucesor de Nabucodonosor en el reino de Babilonia. Él hizo una fiesta sacrílega e impía a mil de sus señores. Una mano misteriosa apareció, y escribió sobre el muro estas solemnes palabras, “Mene, Mene, Tekel, Upharsin”. Ahora, la interpretación de una de estas palabras contiene la idéntica información que requerimos. El significado de la última palabra fue así dado por Daniel a Belsasar: “Peres: Tu reino es dividido y dado a los Medos y Persos”. Entonces, el reino Medo-Perso iba a ser el sucesor de los Caldeos. Y así el suceso lo probó; pues leemos en los versículos 30 y 31, que “por la noche Belsasar, el rey de los Caldeos, fue asesinado. Y Darío el Medo tomó el reino”. Esto es muy claro y final. No somos dejados a conjeturar, ni aun siquiera al testimonio de la historia profana. El segundo gran imperio gentil fue el de los Medos y Persos.
A esta potestad gentil, también, Israel fue sujeto y tributario. Darío nombró a Daniel como gobernador principal del reino. Del libro de Esdras, también, sabemos que en una ocasión el Rey Ahasuero fue inducido a decretar la destrucción de todo el pueblo judío. Él también era un monarca Medo-Perso, como el último capítulo de Esdras, como también otras porciones del libro, lo muestran distintamente. Entonces en Esdras 1, etc., leemos mucho de “Ciro, rey de Persia”, y de “Artajerjes, rey de Persia”; y descubrimos cual sujeto a su potestad, para bien o para mal, la nación judaica continuó. La “época de los gentiles” estaba, aún lentamente y, a los judíos, muy desoladamente siguiendo su carrera.
5. ¿Pero cuál es el tercer reino, el de la semejanza al leopardo? Daniel 8 resuelve esta pregunta también. El profeta vio la visión de un borrego que tenía dos cuernos, que fue a lo último destruido por un cabro macho que tenía en su cabeza un “cuerno notable”. Entonces el cabro macho “se engrandeció grandemente; y, cuando vino a ser fuerte, el gran cuerno se quebró, y por él vinieron cuatro notables, dirigidos hacia los cuatro vientos del cielo”. El significado de estos dos símbolos es declarado en los versículos 20 y 21 del capítulo: “El borrego que viste teniendo dos cuernos, son los reyes de Media y Persa. Y el macho cabrío es el rey de Grecia; y el gran cuerno que está entre sus ojos es el primer rey”. Así que fue el cabro macho Griego que destruyó y tomó posesión del poder del borrego Medo-Perso. Entonces, el Griego, es claramente el tercer reino, el asemejado al leopardo. Esto también podemos asegurar en el testimonio explícito de la Escritura misma.
Podemos notar aquí también que esta tercer bestia tenía cuatro cabezas: “La bestia tenía también cuatro cabezas, y le fue dado dominio” (versículo 6). Hemos visto en el capítulo 8 que esta bestia es Grecia, presentada en este capítulo como un cabro macho, teniendo primeramente un grande y notable cuerno, que representaba el primer rey, y que entonces “por él vinieron cuatro notables hacia los cuatro vientos del cielo”. La explicación de esto es dada en el versículo 22, de la manera siguiente: “Ahora, aquel habiendo sido quebrado, cuanto antes cuatro estuvieron en su lugar, cuatro reinos se levantarán de la nación, pero no en su poder”. El cumplimiento de esta profecía es un hecho histórico bien conocido. El primer rey aquí mencionado es evidentemente Alejandro el Grande. Él fundó el imperio Griego, poderoso aun cuando corto de vida. Al tiempo de su muerte, el imperio fue tomado y dividido en cuatro reinos, por aquellos que son conocidos como “los cuatro sucesores de Alejandro”. Mucha información nos es dada con respecto a todo esto en la profecía de Daniel 11. Tenemos allí en la página profética, una historia minuciosa de aquellos tiempos Griegos, una prueba notable, podemos decir, de su inspiración divina.
Pero, durante los días de este imperio también, la nación judía estaba en sujeción y tributario. La época de los gentiles estaba aún en progreso. Había, realmente, tiempos temporarios de mitigación de sus sufrimientos concedidos de cuando en cuando; pero aun las circunstancias conectadas con aquella ayuda temporaria y parcial eran prueba del estado de esclavitud en que los judíos continuaban. Ataques nuevos y de buen éxito contra su país y capital resultaban generalmente. En la profecía de Daniel 11, tenemos mención de más de una de tales devastaciones. En el versículo 16 leemos de uno de los sucesores de Alejandro, “Él estará en la tierra deseable, que por su mano será consumida”. Esta gloriosa tierra era, sin duda, Palestina. Entonces en los versículos 28-33 tenemos referencia a otra invasión. Se dice que ellos “contaminarán al santuario de fortaleza, y quitarán el sacrificio diario, y pondrán la abominación que causa desolación”. Si esto haya de entenderse con respecto a Antíoco o a los Romanos, no pretenderé ahora determinar. El carácter de la transacción profetizada es claro. Ambos, Antíoco y los Romanos obraron así. Los Libros Apócrifos de los Macabeos, los cuales podemos recibir como una historia auténtica, describen detalladamente los sufrimientos de los judíos bajo Antíoco. Aun cuando Alejandro el Grande ya no existía, y aun cuando su imperio había sido dividido, sin embargo los judíos eran aún un pueblo degradado y atormentado. Por último ellos buscaron alianza con los Romanos, con el propósito de fortificarse contra aquellos que sucesivamente sostuvieron las riendas del poder después de Alejandro. Esta alianza con los Romanos sin duda preparó el camino para la subyugación del yugo Romano bajo el cual los encontramos al tiempo de la aparición de nuestro bendito Señor. Así de tiempo en tiempo ellos cayeron bajo el poderío gentil, cumpliendo la palabra profética, “Lo derribaré, lo derribaré, lo derribaré; y no será más hasta que Él venga cuyo es el derecho, a Él se lo entregaré”.
6. El imperio que denota la cuarta bestia simbólica ha sido anticipado. Era el Imperio romano. El Caldeo, o Babilónico, fue sucedido por el Medo-Perso, el Medo-Perso por el Griego, y el Griego por el Romano. Estas son las cuatro potestades gentiles. Creo que ningún autor digno de consideración ha dudado que Roma es significada por la cuarta bestia. Iba a haber solamente cuatro tales imperios; y los tres primeros hemos entendido de la Escritura misma. El cuarto iba a ser traído a un fin completo por el juicio que había de establecer el eterno y universal reino del Mesías. Hasta aquí Roma ha llenado el curso predicho de la cuarta bestia, lo ha cumplido con una claridad maravillosa, y ningún otro imperio lo ha hecho así. La descripción entera de esta bestia “con grandes dientes de hierro”, y de las “piernas de hierro” de la grande imagen señala el señorío de hierro y “yugo de hierro” de los Romanos. Además: esta bestia, como descrita por Juan en Apocalipsis 13 y 17, tenía “siete cabezas”, como también los diez cuernos mencionados aquí. Estas siete cabezas eran explicadas como denotando “siete reyes”, o gobiernos, de los cuales fue dicho, “cinco están caídos, uno es, y el otro, aún no ha venido”. Esto parece referirse a las siete formas sucesivas del gobierno Romano, cinco de las cuales se han verificado, según historiadores paganos nos dicen; aún enumeran sus caracteres distintivos. Se dice en Apocalipsis 17:9, que esas siete cabezas son “siete montañas sobre las cuales la mujer se asienta”. Esto también indica a Roma. Roma ha sido conocida por siglos como “la ciudad de siete montañas”. Además de eso, en Lucas 2, el emperador Romano, César Augusto, es reconocido por la pluma inspirada como la cabeza del imperio del mundo: “Salió un edicto de César Augusto que todo el mundo fuese empadronado”. Esto debería de ser decisivo. Habría de haber solamente cuatro tales imperios. Tres de ellos han sido previamente identificados; y aquí un cuarto es reconocido de Dios como estando en esa suprema posición. El Imperio romano, por lo tanto, es el cuarto y último.
7. Sabemos que pueda ser objetado que este imperio ha pasado desde hace mucho tiempo, mientras que el visto por Daniel va a existir en poder al tiempo del juicio que aún ha de venir. Pero esta dificultad aparente aumenta la cantidad de evidencia de que sí es el imperio de Roma el que es así significado. Daniel y Juan dieron información con respecto al cuarto imperio de esta naturaleza idéntica. Daniel dice: “Y lo que viste de los pies y los dedos, en parte de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, el reino será dividido; pero habrá en él de la fuerza del hierro, según que viste el hierro mezclado con el tiesto de barro”. Ahora, esto es exactamente lo que ha sucedido con respecto al Imperio romano, una vez compactamente unido. Él ha sido “dividido”, pero aún “hay en él la fuerza del hierro”. En este sentido el Imperio romano aún existe, no más como una unidad completa, pero en porciones quebradas y fragmentarias. La mayoría de las fuertes naciones de Europa son solamente porciones desgajadas del antiguo Imperio romano. Creemos que estos fragmentos vendrán a ser, al tiempo final, reunidos bajo una revivificada u octava cabeza. De esta manera tendrá su cumplimiento la predicción del fallo final de Roma.
Hay, sin embargo, otra faz de este estado “dividido” señalado por Daniel. “Y como los dedos de los pies eran en parte de hierro y en parte de barro cocido, en parte será el reino fuerte, y en parte será frágil. Y en cuanto viste el hierro mezclado con tiesto de barro, ellos se mezclarán con la simiente de los hombres; pero no se pegarán el uno con el otro, como el hierro no se mezcla con el tiesto. Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino”, etc. (Véase la profecía de Daniel 2:40-45). ¿Qué es significado por las palabras, “Se mezclarán con la simiente de los hombres, pero no se pegarán el uno con el otro”? ¿No es esto? que todos los esfuerzos hechos por mezclar, asimilar, y harmonizar los partidos adversos que están ocupados en asuntos políticos, serán fútiles; que la voluntad absoluta y la popular no se convendrán entre sí; que los elementos “reaccionarios” y “revolucionarios” no se unirán en realidad y permanentemente, no más así que el asimilar y remachar juntos el fierro y el tiesto de barro. ¿No nos enseña esta extraña y al mismo tiempo notable imagen representativa que solamente bajo el reino del Dios del cielo los elementos discordantes y las pasiones adversas no guerrearán más? Aun cuando la política no sea nuestra esfera —como realmente, queridos amigos, no la es— sin embargo podemos mirar, y tratar de ver todos los alrededores bajo la luz que esta segura palabra de profecía derrama sobre ellos. Y tal creo el ser la lección especialmente necesitada de ser aprendida por los cristianos con referencia al carácter político de nuestros tiempos. Nosotros parecemos haber vivido en el período de tiempo especial cuando las potestades despóticas han estado considerando como podrían “mezclarse con la simiente de los hombres”; y en muchas ocasiones lo han atentado. Toda manera posible de medios para establecer y tranquilizar aquello que el juicio de Dios debe de finalizar pronto, son y han sido atentados. Pero aun esos fallarán. El fin será, “En los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino”. Esto es lo que Daniel pasa inmediatamente a declarar.
En Apocalipsis, también, el presente estado del Imperio romano, creemos, es señalado. “La bestia que visteis fue, y no es; y ascenderá del abismo insondable, e irá a la perdición” (véase Apocalipsis 17:8). El Imperio romano “fue”, pero ahora “no es”; sin embargo “ascenderá” una vez más. Fue una unidad poderosa; pero ahora está dividida. Como un imperio “no es”; sin embargo los materiales aún existen, y aparentemente serán reunidos en la crisis que se apresura, reunidos, solamente para ser juzgados. Otra vez leemos: “La bestia que era y no es, es también el octavo, y es de los siete, y va a perdición” (véase el versículo 11). Cuando ascendido, será “el octavo”; esto es, bajo la octava “cabeza”, o forma de gobierno. Sin embargo, “es de los siete”; porque aun cuando nuevamente elevado al poder, es solamente una antigua y anterior forma de poder revivido. Con respecto a la forma especial de poder, él es uno de los siete traídos otra vez a existencia; pero, con respecto a su apariencia actual, él es un “octavo” o nueva cabeza sobre el imperio.
8. Esto nos trae a la parte final de la historia profética de esta cuarta bestia. Los diez dedos de los pies de la imagen, hemos dicho son diez reyes. Esta interpretación es certificada por Daniel 7:24: “Los diez cuernos salientes de este reino son diez reyes que se levantarán”. Y, además, por Apocalipsis 17:12: “Los diez cuernos que vistes son diez reyes, que aún no han recibido reino, pero reciben poderío con la bestia, por una hora como reyes”. Estos reyes parecen recibir poderío por “una hora”, o “un día” (véase el próximo capítulo, versículo 8), al tiempo del fin. Ellos se levantan al tiempo en que Babilonia va a caer. Ellos reciben poderío, en las dispensaciones providenciales de Dios, para ese propósito especial, el destruir a Babilonia. Aquí sucede el evento anteriormente considerado. La mujer mística, llamada también Babilonia, había gobernado el imperio durante su estado quebrantado y desorganizado. Roma papal y eclesiástica se levantó de las ruinas de la Roma pagana y secular. Cuando la Roma secular haya de revivir, la Roma papal y eclesiástica desaparecerá. Cuando la bestia ha derribado la mujer de sobre su espalda, entonces se levantará una vez más y se parará sobre sus pies de estaño, en un poder más que humano: satánico. Pero los diez reyes, creemos, no existen aún. Ellos están aún por venir. No creemos que los diez fragmentos divididos del imperio —diez reinos que se dicen el haber estado en existencia por muchos siglos— querían ser dichos por estos “diez cuernos”. Ellos crecieron en una de las cabezas —creemos que la octava— de la bestia: ellos no eran fragmentos de su cuerpo dividido. Además de eso, ellos tienen poderío por “una hora” solamente; eso es, por una muy corta época, y eso al tiempo mismo de la crisis final.
9. Pero otro cuerno aún —un onceno cuerno— ha de levantarse después de los diez. Y muy solemne y específica es la información dada con respecto a este cuerno onceno. “Y los diez cuernos procedentes de este reino, son diez reyes que han de levantarse: y otro se levantará tras de ellos; y él será distinto de los primeros, y él subyugará tres reyes. Y él hablará grandes palabras contra el Altísimo, y pensará mudar los tiempos y la ley; y serán entregados en sus manos hasta un tiempo y tiempos y la mitad de un tiempo. Pero el juicio se sentará y quitarán su dominio, para consumirlo y destruirlo hasta el fin. Y el reino y dominio y grandeza del reino bajo de todo el cielo, será entregado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es un reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán”. Creemos el que este cuerno onceno denota una persona, un solo individuo, un rey. Una variedad de razones conspiran para probar que la idea común —una idea de tiempos modernos solamente— no puede ser la correcta. Este pequeño cuerno “prevaleció contra los santos hasta que el Anciano de días vino; y juicio le fue dado a los santos del Altísimo, y el tiempo vino en que los santos poseyeron el reino”. Ahora, el Papado especialmente presentado a nosotros en el símbolo de La Grande Babilonia, no continuará hasta entonces. Los diez cuernos destruirán a la mujer. Pero este cuerno blasfemo cae solamente cuando el juicio toma asiento y los libros son abiertos. Otra vez: el cuerno que estamos ahora contemplando se levantó “tras” los diez. Ahora, los diez no se levantaron hasta que la Grande Babilonia había próximamente concluido su larga carrera de crimen y sangre. ¿Cómo puede entonces el cuerno que vino tras ellos ser Babilonia? Además: este cuerno onceno ha de subyugar tres de los diez. Esto es en realidad para destruirlos; pues es dicho que “ante él había tres de los primeros cuernos arrancados de raíz”. Ahora, Babilonia fue destruida antes de esto; pues en Apocalipsis 17, encontramos que los diez cuernos iban a destruirla; consecuentemente estos tres no habían caído entonces. Además de eso: ¿No hay una diferencia patente de carácter entre una mujer en la espalda de la bestia, y un cuerno que crece en su cabeza? Por lo tanto, creemos, que este cuerno no es el Papado, pero un potentado político de las pretensiones más blasfematorias y de una energía satánica. Él es, en realidad, el Anticristo. Creemos que es de él que este mismo profeta Daniel habla en el capítulo 11. (Léanse Daniel 11:36-45; entonces compárese con ambos 2 Tesalonicenses 2:3-12). En la profecía de Daniel 11:36, leemos así de él: “Y el rey obrará de acuerdo con su voluntad; y se ensalzará, y se engrandecerá sobre todo dios, y hablará cosas monstruosas contra el Dios de dioses y prosperará hasta que la indignación sea consumada; porque aquello que está determinado será hecho”. Este “rey”, entonces, “prosperará hasta que la indignación” de Dios contra el pueblo de Daniel, los judíos, “sea consumada”, que será solamente cuando la época de los gentiles sea completada, y cuando “Jacob será libertado” del último y sin igual “tiempo de tribulación”. Ese tiempo de tribulación es predicho en esta misma profecía en los términos más claros: “Y en aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está por los hijos de tu pueblo, y habrá un tiempo de tribulación, cual nunca fue después que hubo gente hasta entonces; y en aquel tiempo tu pueblo será libertado, cada uno cuyo nombre se encuentre escrito en el libro” (véase Daniel 12:1). Ahora, en los versículos que ocurren entre los pasajes que hemos citado, leemos que este rey blasfemo “entrará a la tierra deseable”, esto es a Palestina, y que entonces “él asentará los tabernáculos de su palacio entre los mares, en la santa montaña gloriosa; y él llegará a su fin, y ninguno le ayudará”. Esta “gloriosa montaña” es evidentemente el Monte Sion en Palestina, sobre el cual la ciudad de Jerusalén, está erigida. Jerusalén es la ciudad “entre dos mares”; esto es, entre el Mediterráneo o “Gran” Mar, en el oeste, y el “Mar Muerto” en el este. El mapa de Palestina hará claro esto. Ahora, allí, después de un curso de conquistas militares sobre “muchos países”, este rey perverso “plantará los tabernáculos de su palacio”; y allí “él llegará a su fin y ninguno le ayudará”. Esto es todo bastante distinto y diferente del fin del Papado, de la Grande Babilonia. De este rey leemos además en esta misma profecía: “Mas al tiempo del fin, arremeterá contra él el rey del Sur; y el rey del Norte levantará contra él como un torbellino, con carros, y con gente de a caballo, y con muchos navíos; y entrará a las tierras, e inundará, y pasará. Entrará él también dentro de la tierra deseable, y muchos países serán derribados; pero de su mano escaparán estos, a saber, Edom, y Moab, y los principales de los hijos de Ammón. Él extenderá también su mano sobre los países; y la tierra de Egipto no escapará. Y se apoderará de los tesoros de oro y plata, y de todas las cosas preciosas de Egipto; y los Libios y los Etíopes por donde pasará. Empero nuevas del oriente y del norte le turbarán; por lo tanto saldrá con grande furor a destruir, y matar muchos”. Entonces sigue inmediatamente el versículo ya citado con respecto al lugar a donde él plantará los tabernáculos de su palacio, y a donde encontrará su fallo. Ahora, toda esta narración de expedición militar y progreso es algo enteramente diferente de una hembra impúdica sentada sobre la bestia, y de las embriagaciones de su copa. Es claro que aquí es un comandante individual, cuya sola voluntad es absoluta, y cuyos ejércitos se apresuran de país en país hasta que alcanzan su punto de encuentro final, y el fin los sobrecoge allí.
Es de este mismo “rey” que el Apóstol Pablo habla en 2 Tesalonicenses 2:4. Él parece citar de Daniel, casi palabra por palabra. Daniel aquí dice, “El rey obrará de acuerdo con su voluntad; y se ensalzará, y se engrandecerá sobre todo dios, y hablará cosas maravillosas contra el Dios de los dioses; y entonces que “habiendo entrado a la deseable tierra” de Palestina, “él asentará los tabernáculos de su palacio entre los mares, en la santa montaña gloriosa”. Y Pablo dice, “Y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición; el cual se opone a Dios y se ensalza sobre todo lo que se llama Dios, o que es objeto de culto; de modo que se sienta en el templo de Dios, ostentando que él es Dios”. En ambos de estos lugares tenemos las dos grandes marcas —oposición contra todo lo que es llamado Dios, y el asentar de su trono en el sitio del templo judío, en la santa montaña gloriosa—. La expresión de Pablo es, “Ese hombre que se opone y ensalza”, etc. ¿Qué hombre es el que obra así? El rey de que Daniel había hablado de que habría de ensalzarse y oponerse. La referencia a Daniel parece indudable.
Ahora, Pablo nos da el siguiente orden de eventos: El “misterio de iniquidad”, o como nosotros lo creemos, el “misterio, la Grande Babilonia”, ha de trabajar hasta el tiempo en que el hombre de pecado será revelado. Entonces viene una delusión judicial permitida sobre todos aquellos que “no creyeron la verdad, pero tuvieron placer en la injusticia”; y así ellos caerán bajo el poder de este perverso. Entonces la venida personal del Señor concluye el todo.
Ahora, observemos, hermanos, como todo esto está relatado a la revelación que se nos ha dado con respecto al “pequeño cuerno”, en el capítulo que estamos considerando (Daniel 7). “En este cuerno había ojos como los ojos de un hombre, y una boca que habla grandes cosas” (véase el versículo 8). Entonces en el versículo 11: “Miré entonces a causa de la voz de las grandes palabras que el cuerno hablaba; miré aun hasta que la bestia fue matada”. Otra vez, en el versículo 20: “Es decir, aquel cuerno que tenía ojos, boca que hablaba grandes cosas, cuyo aspecto era más imponente que el de sus compañeros”. Y final y especialmente el versículo 25: “Y él hablará palabras contra el Altísimo, y quebrantará a los santos del Altísimo, y pensará en cambiar los tiempos y la ley; y ellos serán entregados en su mano hasta un tiempo, y tiempos, y el medio de un tiempo. Empero el juez se sentará”, etc. Esto es todo del mismo carácter blasfemo que Daniel 11, y 2 Tesalonicenses describen. Aquí también el juicio del gran día concluye el todo.
10. Debemos decir unas pocas palabras con respecto a dos o tres otros particulares conectados con este hombre de pecado, antes de pasar adelante al último acto. Primero, habrá una terrible delusión general, permitida a venir judicialmente de Dios sobre las naciones que componen el cuerpo de la “bestia”. En 2 Tesalonicenses 2, esto es presentado muy solemnemente: “Por esta razón Dios les envía operación de error para que crean la mentira; para que sean condenados todos aquellos que no creyeron la verdad, pero tuvieron placer en la injusticia”. Hasta aquí Dios les ha mandado el mensaje de gran consolación y de la más rica gracia, para que todos fuesen salvos; pero entonces —¡oh! ¡temible, terrible porvenir para todos los tenaces rechazadores del Evangelio!— entonces “les enviará fuerte delusión para que crean mentira, para que fuesen todos condenados”. ¡Oh! ¡fallo temible! ¡Oh! ¡terrífica declaración de la segura e inequívoca palabra de Dios! Pecadores, ¿qué pretendéis vosotros? ¿Vais a continuar precipitándoos a la destrucción? ¿Vais a continuar desdeñando el mensaje de amor de Dios, sin cuidado de vuestra propia salvación? Ahora Dios os ruega que seáis salvos; pero si hicieseis desprecio de la invitación de Su gracia, no sabéis que tan pronto se os permitirá el caer bajo “fuerte delusión”, la cual concluye en perdición absoluta.
Debemos dar una Escritura más con respecto a esta “fuerte delusión” judicial. En Apocalipsis 16, tenemos, conectado con la misma crisis a la cual referencia ha sido ya hecha frecuentemente, el siguiente pasaje: “Y ví tres espíritus inmundos, como ranas, salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta. Pues ellos son los espíritus de demonios, obrando milagros, los cuales van a los reyes de la tierra, y de todo el mundo, para recogerlos a la batalla del gran día del Dios Todopoderoso. He aquí vengo como un ladrón. Bienaventurado aquél que vela, y guarda su ropaje, no sea que ande desnudo, y su vergüenza sea vista. Y los congregó en el lugar llamado en la lengua Hebrea, Armagedón”. Ahora, he aquí plenamente predicha una delusión terrible y aparentemente casi universal, que emana especialmente del dragón, de la bestia, y del falso profeta ¿Qué significan estos símbolos? En Apocalipsis 12 y 20, se dice explícitamente que el dragón es “el Demonio y Satanás”. El primer engaño, por lo tanto, es diabólico. La “bestia” es la misma “cuarta bestia” que ha sido ya descrita. El segundo engaño, entonces, aparecería ser político. El “falso profeta” es ciertamente la segunda bestia, o bestia de dos cuernos de Apocalipsis 13. Compárense Apocalipsis 13:14 con Apocalipsis 19:20, y no quedará duda. Cualquiera que sea denotado por esta bestia de dos cuernos en Apocalipsis, como es vista allí, parece claro que al tiempo de la crisis y batalla decisiva, este “falso profeta” será el empleado como agente religioso de la bestia en su último estado: de manera que el tercer engaño pertenece especialmente a la religión. Es un instrumento que “hace al mundo a adorar” a la bestia. (Véase Apocalipsis 13:12). He aquí entonces un engaño triple —diabólico, político y religioso—. ¡Qué tanto del espíritu de estos tres engaños se puede percibir obrando a nuestro alrededor, aun en el día presente! Puede ser que los actores principales no se hayan presentado en el proscenio, pero ¡cuánto hay ya de su naturaleza en el mundo! ¡Ellos vendrán pronto, ciertamente, y reunirán las naciones engañadas, a la batalla del gran día del Dios Todopoderoso!
No debemos omitir el notar la advertencia solemne que es de repente insertada en el medio de esta visión profética: “He aquí que vengo como un ladrón. Bienaventurado aquél que vela y guarda su ropaje, no sea que ande desnudo, y su vergüenza sea vista”. Esta advertencia en realidad sale en el medio de la narrativa. El Espíritu dice, “¡Velad! ¡Estad listo especialmente cuando tal tiempo venga! ¡Estad listo para aquél que ha de aparecer en fuego devorador!”.
Un segundo detalle es este: La época del completo poderío del Anticristo es “un tiempo, tiempos, y la mitad de un tiempo”. Esto es expresado así en Daniel 7:25; 12:7. Creo que lo tenemos en otros términos en varios otros lugares. Por “un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo”, se quiere decir, entiendo, literalmente tres años y medio. Este período es aún en el futuro. Es una crisis corta y terrible, o el “tiempo de angustia”, los días del cual serán acortados a causa de los escogidos. “Tiempos” siempre denota años literales, según creo. En Daniel 4:32, “Siete tiempos pasarán sobre ti”: y en Daniel 11:13, “Al fin de los tiempos, aun años”, en estos casos el término ciertamente significa no años “proféticos”, pero años literales. También en los casos ante nosotros, creemos, el significado es semejante. Si el cuerno pequeño representa a una persona individual, debe de ser así; pues ninguno creería que un hombre individual existiera por tres y medio “años proféticos”; o mil doscientos sesenta años ordinarios. Además de eso, aquellos que pretenden el encontrar un período tan largo así en el término “un tiempo, tiempos, y la mitad de un tiempo”, se ven obligados a hacer una representación doble de la dicha expresión. Primeramente ellos dicen, “un tiempo significa un año”, y entonces, “un año significa un año profético”. Pero como hemos visto, “tiempos” no significa “años proféticos”. De modo que este doblar de la figura es enteramente sin autoridad, por no decir absurdo. El período del poder completo del Anticristo, entonces, será muy corto, y al tiempo de la crisis final. ¡Cuán pronto no podrá llegar!
¿No será en este período que Apocalipsis 11:1-3 tendrá su cumplimiento? Los testigos serán matados en “las calles de la gran ciudad, que espiritualmente es llamada Sodoma y Egipto, donde nuestro Señor también fue crucificado”. Esto parece claramente ser Jerusalén. Jerusalén es espiritualmente llamada Sodoma (Isaías 1:10). Allí también nuestro Señor fue crucificado. Por “tres días y medio” estos testigos han de quedar muertos. ¿No podrá ser este el período idéntico de “tiempo, tiempos y un medio”? Pero esto no pretenderé a determinar ahora.
Tercero: El grande y especial acto de juicio decisivo tendrá lugar alrededor de Jerusalén. El varón de pecado y la bestia, el falso profeta y las naciones engreídas se juntarán allí para el conflicto final. Esta es una muy importante parte del testimonio profético. Muchos pasajes de la Escritura dicen de esta última junta de las naciones de la tierra alrededor de Jerusalén. Jerusalén será el proscenio del acto especial del juicio del gran día. Lo repetimos, esta junta de las naciones de la tierra es cuestión de noticia profética de la mayor importancia. En realidad una gran multitud de eventos se agrupan en conexión con esta gran junta de las naciones.
Ya hemos visto en Daniel 11, que el varón de pecado “entra a la tierra gloriosa”, y procura establecerse a sí mismo junto con sus fuerzas “entre los mares en el glorioso santo monte”. Hemos visto, también, que la ilusión de apariencia de rana junta a las naciones a un lugar llamado en la lengua Hebrea, “Armagedón”. Ahora, hay buena razón para creer que esta palabra Hebrea significa “Monte de Megido”; y Megido era un lugar a corta distancia al norte de Jerusalén. La junta, entonces, es para ese lugar; pero el último acto es alrededor de Jerusalén. En la profecía de Joel tenemos esto presentado en los términos más simples y expresivos: “He aquí en aquellos días y en aquel tiempo en que haré tornar la cautividad de Judá y Jerusalén, recogeré también todas las naciones, y las traeré al Valle de Josafat, y entraré en juicio con ellas allí” (Joel 3:1-2). Léase también, especialmente, Joel 3:9-17. Debemos dar una porción del dicho pasaje: “Que se despierten las gentes, y vengan al Valle de Josafat; pues allí me sentaré a juzgar todas las gentes alrededor. Echad la hoz, pues ya la cosecha está madura. Venid, descended; pues el lagar está lleno, reposan las lagaretas; porque su iniquidad es grande. Multitudes, multitudes en el valle de decisión; porque el día del Señor está cerca en el valle de decisión”. Se dice que el Valle de Josafat está situado al pie del Monte de los Olivos, cerca de Jerusalén. Esta junta de las gentes es a este valle. Y es al tiempo cuando Dios “traerá otra vez la cautividad de Judá y Jerusalén”, no cuando esa cautividad comenzó. El “día del Señor” concluye esta grande y engreída confederación, y el milenio tiene lugar.
Sofonías también hace referencia a esta conglomeración de las naciones, aun cuando él no especifica la localidad a la cual ellas se juntan. En Sofonías 3:8-9, leemos lo siguiente: “Por lo tanto aguardadme, dice Jehová, hasta aquel día en que me levantaré a la presa: pues mi determinación es reunir las naciones, para poder juntar los reinos, para derramar sobre ellos mi indignación, aun mi terrible furor: pues toda la tierra será consumida con el fuego de mi celo. Por entonces volveré a los pueblos el labio puro para que todos ellos invoquen el nombre de Jehová para servirle de común acuerdo”. Obsérvese bien este pasaje, donde se dice, “Entonces volveré al pueblo el labio puro”, etc. ¿Cuándo? ¿Cuándo se verificará esta conversión? Claramente cuando esta gran junta y juicio de las naciones se haya efectuado. Entonces comenzará el milenio, y no hasta entonces.
Zacarías habla con gran claridad con respecto a esta asamblea de las naciones, la cual él expresamente dice se juntará “a la batalla contra Jerusalén”. Léase Zacarías 14:1-21. Él empieza así: “He aquí el día de Jehová viene, y tus despojos serán repartidos en medio de ti; pues yo juntaré todas las naciones a la batalla contra Jerusalén”, etc. Pero vuestra atención ha sido llamada a este capítulo en un discurso anterior.
Entonces, la crisis de las naciones ciertamente se verificará alrededor de Jerusalén. La “bestia” perecerá allí. Roma perecerá en Jerusalén. El centro de unidad y poder metropolitano del hombre cerrará sus hechos en presencia de esa ciudad que Dios ha señalado siempre como su centro escogido de unidad, y su esfera de supremacía metropolitana. El hombre ha escogido a Roma, pero Dios ha escogido a Jerusalén. ¡La trama del hombre será reducida a nada; pero “el consejo del Señor, ese permanecerá” para siempre!
11. Podemos ahora ver el carácter de estas cuatro potestades gentiles. Ellas tienen potestad delegada; pero la usan lo mismo que una bestia feroz usa su poder: hacen un uso egoísta y rapaz de él, aun hasta el fin. Una naturaleza sin regeneración siempre lo hará así. Dios permitió, por medio de arreglos providenciales, que esta potestad sobre el mundo cayera en las manos de estas monarquías o imperios sucesivos. Ellos todos lo pervierten y abusan. Así como Israel había hecho con su poder, lo mismo los gentiles con el suyo. Dios se ha de proveer un rey, el cual ha de reinar en justicia; y todos los reinos de la tierra, junto con su gloria, serán traídos bajo su dominio.
12. Debemos de notar aquí, sin embargo, una deterioración sucesiva en el carácter de esta potestad delegada. Esto es mostrado por medio del carácter de los metales enumerados, comenzando con el oro, y descendiendo por graduación a plata, bronce, hierro, y aun a la mezcla de hierro y barro.
No nos proponemos dar una opinión con respecto a cuál sea la forma de poder político mejor y más ventajosa. Esto es enteramente fuera de nuestra esfera. La política —política mundana y secular— no tenemos que mezclarnos con ella. Tenemos que dar gracias a Dios por la protección que César nos concede, y rendirle con sumisión lo que él demanda de nosotros. Somos moradores en el país de César, pero no somos ciudadanos de la tierra. Nuestra ciudadanía está en el cielo. Nosotros buscamos un país. Nuestro hogar es los cielos. Por lo tanto, todo lo que tenemos que hacer es proveer cosas honrosas en la vista de todos los hombres; dar gracias a Dios por la protección a la vida y propiedad que la provisión de gobiernos seculares nos concede; pagar tributo así como es requerido; orar por reyes y por todos los que están en autoridad, de modo que vivamos una vida quieta y sosegada en toda santidad y honradez. La venganza pertenece a Dios. El poderío pertenece a Él. Él lo concede a quien Él quiera. Los siervos seculares de Dios son responsables a Él. Pero los hijos de Dios tienen una vocación más noble que el luchar con los “tiestos de la tierra”. Los tumultos terrenales no son en armonía con su alta vocación. No: servicios de amor y misericordia, y el no resistir al mal, son apropiados a los hijos de Dios que han sido perdonados, lavados y libremente adoptados.
Sin embargo, miramos a todo lo que está alrededor de nosotros, y juzgamos de ello de acuerdo con la luz revelada de Dios. Entonces el poder de Nabucodonosor, ya sea o no el mejor para la tierra, fue la mayor y más completa forma de poder. Su voluntad fue ley, y él hizo lo que le plugo: él era “la cabeza de oro”. Pero el poder de los monarcas Medo-Persos fue claramente inferior —por lo menos en grado—. Cuando ellos habían hecho una ley, a ella, mientras que permaneció como ley, ellos mismos tenían que someterse; pues, “la ley de los Medos y Persos no se alteraba”. El poderío Griego era aún más bajo en su carácter. La plata fue sucedida por bronce. Entonces vino el hierro; y entonces hierro y barro. Pero debemos de dejar este asunto para su investigación lenta. Hemos solamente indicado el espíritu y significado de estos tipos, y debemos de pasar prontamente a la escena final.
13. Y ahora, ¡he aquí el resultado del todo! El gran día del Dios Altísimo es la consumación de la historia de las cuatro grandes potestades gentiles. Hay un sentido en que las reales Babilonia, Persia y Grecia aun están existiendo. En conjunción con el juicio de la cuarta bestia, en Daniel 7, tenemos la siguiente alusión parentética a estos tres imperios: “Habían también quitado a las otras bestias su señorío y les había sido dada prolongación de vida hasta cierto tiempo”. Caldea, Persia y Grecia habrían de existir hasta después de que su poder sobre las naciones del rededor fuese arrebatado. Así es que Persia existe hasta este día. Lo mismo también Grecia. Creo que esto explica la profecía de Daniel 11:35: “Entonces fue también desmenuzado el hierro, el barro cocido, el metal, la plata y el oro”. Los cuatro reinos son incluidos aquí participando en un fallo común. En realidad, así como ha sido observado, todas las naciones que descendieron de la posteridad de Noé, como es especialmente mencionado en Génesis 11, son mencionadas otra vez en una parte de la Escritura u otra, como apareciendo en el proscenio en el último período del gran juicio de las naciones, encontrando entonces su juicio. Dios sabe cómo todas las naciones han descendido durante todas sus generaciones. Dios conoce el linaje de todas, aun cuando nosotros nos sintamos perplejos y confusos aun en una vista ocasional de ellas.
He aquí entonces el fin de todas estas cosas. El Salmo 2 así lo muestra: “Los quebrantarás con una barra de hierro; los despedazarás como la vasija del alfarero”. Así como lo hemos visto, la profecía de Daniel habla de ello así: “Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, la cual hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó ... Y la piedra que golpeó la imagen vino a ser una gran montaña, y llenó toda la tierra”. Esta fue la piedra que fue desechada por los edificadores. Ella vendrá a ser la cabeza de la esquina. Pero ¡ay de aquellos sobre quienes esta piedra caiga! Los molerá en polvo. La piedra no rueda convirtiendo la imagen en su propia substancia. La piedra no es el evangelio. El evangelio nos dice que ahora esta piedra mística, mientras que el día de salvación dura, es una piedra de fundamento, y que sobre ella pobres pecadores pueden seguramente edificar para la eternidad. Pero esta piedra ha sido levantada al cielo, y descenderá de allí como el rayo destructivo; y terrible será el fin de aquellos sobre quienes caiga. Caerá especialmente, sin embargo, sobre los “pies y dedos” de esta grande imagen. Entonces sucede el reino del Dios del cielo.
En el capítulo especialmente delante de nosotros, el juicio de la cuarta bestia es presentado en los términos más solemnes. La escena descrita es semejante a aquella del juicio después del milenio, descrita en Apocalipsis 20, y muchos piensan que es idéntica; pero no importa cuán común esta falsa concepción pueda ser, lo que es descrito es claramente la ejecución de juicio sobre la tierra, y la trasmisión de poder de la mano del hombre a la de Cristo. “Contemplé hasta que los fueron puestos tronos, y un Anciano de grande edad se sentó, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el cabello de su cabeza como lana pura: su trono era semejante a una llama de fuego y sus ruedas como fuego ardiente. Una corriente de fuego salía y procedía de delante de él; millares de millares le servían y diez mil veces diez mil estaban delante de él; el juicio fue asentado y los libros fueron abiertos. Miré entonces a causa de la voz de las grandes palabras que el cuerno hablaba; miré aun hasta que la bestia fue puesta a muerte, y su cuerpo destruido y dado al fuego devorador”. ¿Cuál es el resultado aquí declarado? Es la destrucción del cuerno y de la bestia; y la trasmisión del “reino, dominio y grandeza del reino bajo todo el cielo”, a las manos del Hijo del hombre, con todos sus santos. El juicio de sus enemigos es sucedido por el reino de mil años de nuestro Señor. (Léase cuidadosamente los versículos 13-14 y 27). El milenio no puede haberse verificado antes de este juicio; pues el Anticristo no es destruido hasta que su sesión se realice. El reino sucede el juicio, así como es expresamente declarado en los términos más explícitos.
Por último, en Apocalipsis 19:11-21, esta escena tremenda es presentada detenidamente. (Léase el pasaje entero). El cielo se abre, y el Rey de reyes y Señor de señores sale. Aquel, cuyos enemigos una vez derramaron su sangre, ahora “pisa el lagar de la furia y enojo del Dios Altísimo”. El apóstol procede a decir, “Vi la bestia, y los reyes de la tierra, y sus ejércitos juntados a hacer guerra contra aquel que estaba sentado sobre el caballo, y contra su ejército”. Aquí, otra vez, está la gran asamblea de las naciones. La bestia está allí, y el profeta falso que obró milagros delante de ella. Ambos son arrojados vivos en un lago de fuego que arde en azufre. El significado exacto de estas terribles expresiones no me propongo el determinar. Su carácter es solemnemente claro. Es juicio y destrucción. Así concluye la “Roma eterna”. El diablo es entonces atado, y su poder delusivo es sujetado por mil años. Un milenio de bendición emana. (Léanse los versículos de Apocalipsis que siguen inmediatamente).
Esta crisis es la hora de la liberación de Israel. En otros discursos esto ha sido visto. Las potestades gentiles habiendo corrido su carrera, y la época de los gentiles habiendo sido llenada, la época de la restauración de los judíos, o, usando el lenguaje de Hechos 3, “de la restauración de todas las cosas”, se llegará.
Tal es el carácter, y tal es el fallo, de las grandes potestades gentiles. Tal la consumación de la época de los gentiles. No hemos podido considerar los detalles. Pero los principios y elementos que han de producir la crisis, y que aun ahora están en obra, han sido presentados ante Uds. Recomiendo el sujeto a su consideración más seria. Necesitamos la luz de la “palabra de profecía” para que nos preserve; pues hay engaños alrededor de nosotros, semejantes a los de los tres espíritus inmundos, quienes en la crisis recogerán los reyes de la tierra a la batalla del gran día del Dios Altísimo. La advertencia es ahora enfática: “He aquí, yo vengo como un ladrón: bienaventurado aquél que vela, y guarda su ropa, no sea que ande desnudo, y su vergüenza sea vista”.

La esperanza de la Iglesia, con observaciones prácticas y concluyentes

(Léase Apocalipsis 22:6-21).
Al aproximar a un fin, así como es necesario el hacerlo ahora, la indagación de la Escritura, que en estas ocasiones consecutivas hemos seguido, hay un sujeto que estoy ansioso de presentar delante de Uds. tan completamente como el tiempo lo permita. Es un sujeto estrechamente conectado con aquello que ha sido anunciado como el tema de nuestras meditaciones esta vez: en realidad, forma parte de ello. La resurrección de los santos al tiempo de la venida del Señor, como distinta de la resurrección de los malvados, es el sujeto al cual me refiero; y la venida del Señor es en sí misma “la esperanza de la Iglesia”.
La idea que los cristianos generalmente abrigan es esa de una resurrección sin distinción; los justos y los malvados, se supone, siendo resucitados al mismo instante, y ese instante siendo absolutamente al fin de los tiempos, después del milenio, a la conclusión del curso entero de las relaciones de Dios con esta tierra en que habitamos. Esta fue la idea que Marta, la hermana de Lázaro, tenía. Sola y triste a causa de la pérdida de su hermano, nuestro Señor para dar consuelo a su corazón, le dijo: “Tu hermano se levantará otra vez”. ¿Cuál fue su respuesta? “Sé que él se levantará otra vez en la resurrección en el último día”. La fe de Marta con respecto a la resurrección fue exactamente esa de la mayoría de los profesantes del cristianismo ahora —verdadera, sin duda, hasta donde va, pero no llegando a la bella plenitud de la verdad revelada en la Palabra de Dios con respecto a ella—. Va a haber, en realidad, una resurrección, y esa resurrección va a ser en el último día. Pero así como estábamos mostrando a Uds. de la Escritura, hace dos o tres semanas, “el día del juicio”, “el día del Señor”, y, ahora añadiría, “el día final”, cada uno de ellos expresa no un día literal, actual de veinticuatro horas, pero un período extendido. El “último día” comienza antes del “día del juicio” —“el día del Señor”— pero nos parece a nosotros que comprende el período completo desde el tiempo de la venida de Cristo a recibir a sus santos, hasta el tiempo “cuando él habrá entregado el reino a Dios, aun al Padre, cuando Él habrá subyugado todo gobierno, y toda autoridad y poder”. Así que la resurrección en el último día comprende la resurrección de los justos y de los malos: Pero esto de ninguna manera prueba que ellas se verifican al mismo instante; y veremos ahora mismo, del testimonio de la Escritura, ellas son no solamente distinguidas la una de la otra, pero al mismo tiempo separadas por un intervalo de mil años.
El primer pasaje al cual llamaría su atención es Lucas 14:14, el cual simplemente distingue estas dos resurrecciones en respecto a su carácter. Nuestro Señor, habiendo exhortado a aquellos con quienes Él estaba sentado a la mesa, cuando ellos hicieron una fiesta, a llamar a los pobres, los mancos, los ciegos, procede a esforzar la exhortación de esta manera: “Y serás bienaventurado; porque no te pueden retribuir; mas te será recompensado en la resurrección de los justos”.
¿Podría alguno, no poseído previamente con la idea prevalente, tener la impresión de este pasaje de que la resurrección del justo y la del injusto, forman un solo evento, sin distinción? ¿No sería la impresión natural del pasaje, en una mente sin prejuicio, el que la resurrección de los justos es un evento enteramente distinto? “Mas te será recompensado en la resurrección de los justos”.
En Filipenses 3:10-11, el apóstol representa como su esfuerzo especial —su esfuerzo ardiente y continuo— el conocer a Cristo y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, en conformidad a su muerte, “si en alguna manera”, dice él, “llegase a la resurrección de entre los muertos”. Pero si la única resurrección es una resurrección sin distinción, tanto de los justos como de los injustos —un acto simple del poder de Dios, aparte de toda cuestión de condición espiritual y de carácter— ¿cómo podría ser la solicitud de Pablo “en alguna manera llegar a la resurrección de entre los muertos”?
En Juan 5 tenemos otro pasaje importante en el cual nuestro bendito Señor hace distinción entre la resurrección de los justos y la de los injustos. “No os maravilléis de esto: porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida: mas los que hicieron mal, a resurrección de condenación”.
Aquí nuestro Señor habla de dos resurrecciones, distinguiéndolas por los orígenes de las cuales ellas proceden, y por los cuales ellas son caracterizadas así; en el un caso vida, en el otro juicio —“la resurrección de vida” y “la resurrección de juicio”—. Tal vez Ud. esté diciendo, “sí, pero ambas ocurren en una misma hora”. Yo anticipé esta objeción, cuando hice referencia a este pasaje; y ha sido tanto para refutar esta objeción que he pedido su atención a este pasaje, como también el mostrar a Uds. la prueba positiva que contiene de la doctrina que estamos considerando. “Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán”. De esto la gente infiere que todos se han de levantar juntos. Y esta sería una inferencia justa si la palabra “hora” significara un período literal de sesenta minutos. Pero si Uds. vuelven a mirar al versículo 25 de este capítulo, verán que la palabra es usada en un sentido diferente. Él ha estado hablando de dar vida a almas muertas —como aquél que oye y cree tiene vida eterna, y no ha de venir a juicio o condenación, sino ha pasado de muerte a vida—. Entonces él dice, “De cierto, os digo: Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán”. Vendrá hora, y ahora es. Había comenzado cuando nuestro Señor habló. Hay una “hora” en la cual el Hijo de Dios da vida a las almas muertas: los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán. ¿Cuánto ha durado esta “hora”? Había comenzado cuando el Señor Jesús habló así: ¡no ha terminado aún! Ya nosotros conocemos que esta “hora” de hacer vivir a las almas es de una duración de más de mil ochocientos años. Por lo tanto, cualquiera cosa que sea que la palabra “hora” signifique, la “hora” en la cual Cristo hará vivir los cuerpos muertos pudiera durar tanto como esta “hora” presente, en la cual Él está haciendo vivir almas muertas. El pasaje delante de nosotros no determina que largo el período sea. Enseña plenamente que hay una “resurrección de vida”, y una “resurrección de juicio”. Una “hora” se está llegando en la cual ambas ocurrirán. Leemos en el contexto inmediato de este pasaje de otra “hora”, la cual incuestionablemente ha durado por cerca de dos mil años. Cual sea el período actual que transcurre entre estas dos resurrecciones, tenemos que aprender en otro lugar en la Escritura; y en otro pasaje se nos dice claramente que es uno de mil años.
Es en Apocalipsis 20 donde aprendemos esto. Encontramos allí que la duración de la “hora” en que estas dos resurrecciones se verifican es mil años. La resurrección de vida es al principio: la resurrección de juicio es al fin. Casi no he hecho referencia a este pasaje en ninguno de los discursos anteriores: me he ocupado especialmente en las pruebas provistas en otros lugares. Frecuentemente se asegura con confianza que las doctrinas presentadas antes Uds. son, si no enteramente, por lo menos en su mayoría, basadas sobre alguna interpretación particular de Apocalipsis 20. A causa de esto, he deferido de propósito, cualquier nota de él excepto una mera mirada (véanse los discursos anteriores), hasta esta vez, para que puedan Uds. ver, mis hermanos, que las verdades que hemos estado considerando no descansan exclusivamente, o aun principalmente, sobre la evidencia de este capítulo. Él es en realidad una parte importante de la Palabra de Dios; y no permita Dios que nosotros lo menospreciaremos ese, o cualquiera otra porción de la Escritura. Pero si este capítulo no hubiera estado en la Biblia —si le hubiera agradado a Dios el no habernos comunicado la instrucción que él contiene— aun queda, así como lo hemos visto, prueba abundante por toda la extensión de la Palabra de Dios, de las grandes doctrinas a las cuales nuestra atención ha sido dirigida. Pero ahora paso a este pasaje. Uds. tendrán aun otros pasajes por los cuales demostrar que la resurrección de los santos es distinta de la de los malos; pero es aquí donde se nos dice cuán largo tiempo transcurre entre las dos.
“Y vi un ángel descender del cielo, que tenía la llave del abismo, y una grande cadena en su mano. Y prendió al dragón, aquella serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y le ató por mil años; y arrojólo al abismo, y le encerró, y selló sobre él, porque no engañe más a las naciones, hasta que mil años sean cumplidos: y después de esto, es necesario que sea desatado un poco de tiempo”.
La gente dice que este es un lenguaje figurativo; y así es al momento admitido que sí lo es. Sin duda la llave del abismo, y la gran cadena en la mano del ángel, y el prender de Satanás, y el poner de un sello sobre él, es todo figurativo. ¿Pero de qué son estas figuras? ¿Son ellas expresiones sin sentido, a causa de ser figurativas? ¿o es el significado necesariamente incierto y vago? ¿Qué nos enseñan todas ellas sino que Satanás será refrenado a la fuerza, y eso en su propio abismo por mil años? —de tal manera refrenado que no engañará más a las naciones, hasta que mil años sean cumplidos—. ¿Qué dificultad hay en entender la fuerza y el significado de figuras como estas?
“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fue dado juicio; y vi las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y que no habían adorado la bestia, ni a su imagen, y que no recibieron la señal en sus frentes, ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años. Esta es la primera resurrección”.
Hermanos, observen Uds. las últimas palabras: “Esta es la primera resurrección”. Pueden haber habido figuras en el pasaje; nadie lo duda. Pero cuando se place al Espíritu Santo el interpretar el lenguaje figurativo que ha empleado, cuando le place el decirnos lo que significa, ¿hemos de evadir la fuerza de todo lo que Él dice haciendo también figurativa su interpretación? “Esta es la primera resurrección”, es la explicación del Espíritu Santo de las figuras o símbolos, por las cuales había sido presentada.
“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección: la segunda muerte no tiene potestad en estos; antes serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años”.
Nada puede ser más evidente que lo que la simple, definitiva impresión de este lenguaje ha de ser sobre cualquier mente no preocupada con pensamientos de otra naturaleza. Se pretende evadir su significado claro y evidente diciendo que la resurrección de los mártires, la cual Juan vio, denota un avivamiento de los principios fundamentales por los cuales ellos sufrieron; que habiendo sufrido muerte por principios cristianos, el avivamiento y esparcimiento y ascendencia de estos principios es presentado por medio del símbolo de aquellos que han sido degollados, viviendo y reinando con Cristo por mil años. Tal es la interpretación popular de este pasaje. Pero falla a cada punto. Aquellos que han sido degollados son los que reinan. ¿Son principios o personas los que han sido degollados por el testimonio del Señor Jesús y por la Palabra de Dios? Otra vez: suponiendo que el reinado de principios pudiera ser presentado por la resurrección y reino de aquellos que habían sido mártires por su causa, ¿cómo podremos dar cuenta de su sacerdocio? “Serán sacerdotes de Dios y de Cristo”. Así como en algún lugar alguien ha dicho en sustancia, “Bien pueden Uds. hablar del reinado de principios; pero ¿pueden Uds. cambiar principios en sacerdotes?”. Otra vez: “Sobre los tales la segunda muerte no tiene potestad”. ¿Qué es la segunda muerte? En el versículo 14 esto es explicado el ser “el lago de fuego”. ¿Y podría haber tal cosa de la segunda muerte; el lago de fuego, teniendo potestad sobre principios cristianos? El lago de fuego es para el castigo de los malos; y es uno de los elementos en la bienaventuranza de aquellos que tienen parte en la primera resurrección, que “sobre los tales la segunda muerte no tiene potestad”. Además: la primera resurrección está tan ligada en este capítulo con lo que todos admiten que es una resurrección literal de los cuerpos muertos al fin de los mil años, que no se puede anular la una sin anular la otra. Cuando Juan ha visto la visión en el versículo 4, la cual es explicada a él en el versículo 5 el ser “la primera resurrección”, se nos dice de algunos quienes no tienen parte en ella. “Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años”. En los versículos que siguen tenemos una vista rápida de los eventos que ocurren cuando los mil años se han terminado: Satanás es soltado; las naciones son otra vez engañadas; fuego de Dios desciende del cielo y les destruye: el Demonio, que les había engañado es arrojado en un lago de fuego, donde la bestia y el profeta falso están, habiendo sido arrojados allí sin morir desde mil años antes. (Véase Apocalipsis 19:20). ¿Y entonces qué se sigue?
“Y vi un gran trono blanco, y al que estaba sentado sobre él, de delante del cual huyó la tierra y el cielo, y no fue hallado el lugar de ellos. Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar dio los muertos que estaban en él; y la muerte y el hades dieron los muertos que estaban en ellos: y fue hecho juicio de cada uno según sus obras”.
¿Es esto también figurativo, mis hermanos? Si así, entonces ¿dónde hay autoridad de la Escritura para la doctrina de la resurrección? Y si esto no es figurativo, ¿por qué se ha de relegar, como figurativa, la narrativa de “la primera resurrección” al principio del capítulo? Si se consiente, lo cual debe ser así, que la resurrección de la muerte de los malos, al fin del capítulo, es una resurrección literal y actual de cuerpos muertos, ¿sobre qué principio puede ser sostenido que la primera resurrección al principio del capítulo es figurativa, y denota el avivamiento de principios muertos o al punto de morir? ¿Qué dice la Santa Escritura? “Este es la primera resurrección”. “Pero el resto de los muertos no tornaron a vivir”, etc. El resto de los muertos ¿qué? —¿principios?— o ¿personas? De cierto “el resto” debe sostener alguna relación a aquellos de quienes son distinguidos. Si Ud. consigue unas tantas yardas de un tejido de género, y otra persona consigue “el resto”, ¡se quedará Ud. asombrado al oírle contender a alguno que lo que Ud. recibió fue lino, y que lo que el otro recibió fue lana! No: si es un avivamiento de principios lo que constituye la primera resurrección, “el resto de los muertos, que no tornarán a vivir hasta que se han cumplido los mil años”, debe ser principios también. Y si le espanta el usar tal frivolidad con la santa Palabra de Dios, si es cierto que los muertos que son resucitados y juzgados ante el gran trono blanco son personas y no principios; entonces es igualmente cierto que la primera resurrección es de personas. Si la primera resurrección es una de principios, entonces la segunda debe también de serlo. Si la segunda —aquella ante el gran trono blanco— es una resurrección de personas, la primera debe de ser lo mismo, una resurrección de personas. Nada puede ser más evidente y simple que esto.
Entonces este capítulo demuestra que hay un intervalo de por lo menos mil años entre “la resurrección de la vida” y “la resurrección del juicio”. “La hora se llega en la que todos los que están en el sepulcro oirán su voz, y se levantarán: los que han hecho bien a la resurrección de la vida; y los que han hecho mal, a la resurrección del juicio”. Esa “hora” dura mil años, y el “corto tiempo” que se sigue. La “hora” en la cual Cristo hace vivir las almas muertas ya ha durado más de mil ochocientos años. La “hora” en la cual Él ha de levantar los cuerpos muertos comienza con su venida a cambiar sus santos que viven y a levantar a los que están muertos. Se concluye con la resurrección de los malos, y su juicio ante el gran trono blanco —“la resurrección del juicio”—. Recomiendo este capítulo entero (Apocalipsis 20) a su investigación paciente, atenta y reverente, en su propio retiro delante de Dios.
Volvamos ahora a 1 Corintios 15. La resurrección es el sujeto aquí. Tenemos declaraciones que muestran su importancia profunda y fundamental. “Ahora, si Cristo es predicado que resucitó de los muertos, cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, Cristo tampoco resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana también es vuestra fe”. ¡De qué importancia tan solemne es entonces esta verdad de la resurrección! “Mas ahora, Cristo ha resucitado de los muertos, y es hecho primicias de los que durmieron”. ¿Han sido entonces las primicias recogidas en el granero? Y ¿no ha de seguirse la abundante y fecunda cosecha? De seguro que sí: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Mas cada uno en su orden: Cristo las primicias; luego” —¿quiénes?— “los que son de Cristo, a su venida”. Ni una palabra aquí de alguno que no esté en Cristo. Su resurrección —esto es, la de los malos— es en un principio distinto, y a otro tiempo; no al tiempo de su venida, pero, como lo hemos visto, mil años después. Ellos no son levantados como la cosecha de la cual la resurrección de Él fue las primicias. No: ellos son levantados por un acto de su poder infinito, a ser, por toda la eternidad, los monumentos del justo ejercicio de ese poder en arrojarlos en el lago de fuego, lo cual es la segunda muerte. Los dos eventos son tan distintos en carácter y principio como lo son en tiempo. Y la declaración aquí es la más precisa. Es una declaración del orden en el cual la resurrección tiene lugar. “Cada hombre en su propio orden: Cristo las primicias; después aquellos que son de Cristo a su venida”. Ni una palabra con respecto a aquellos que no lo son.
Pasen ahora, mis hermanos, a 1 Tesalonicenses 4. El apóstol está dando instrucciones explícitas a aquellos que han sido privados, por medio de la muerte, de amigos cristianos. “Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Él a los que durmieron en Jesús. Por lo cual, os decimos esto en palabra del Señor” —(tal es la autoridad por la cual él escribe; no hay expresión de opinión, de juicio espiritual, de parte del apóstol, aun cuando tal fuese de mucho peso; pero una clara revelación, la palabra del Señor)— “que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no seremos delanteros a los que están muertos”. Los creyentes Tesalonicenses tenían la esperanza del regreso del Señor, muy clara y distintamente así, delante de ellos. Ellos habían sido convertidos a Dios de los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar a Su Hijo del cielo. Sin embargo, algunos de sus hermanos habían muerto, esto es, habían partido; y los vivientes parecen haber sido llenados con pesar a causa de ellos, no fuese que ellos, los ausentes, a causa de su ausencia, hubieran de ser privados de participar en el gozo de los santos vivos en la venida del Señor. El apóstol les asegura que “nosotros que estamos vivos, y continuamos hasta la venida del Señor, no prevendremos” —esto es, no anticiparemos o iremos adelante de— “aquellos que están muertos”. Los santos vivientes no entrarán en el gozo completo de la venida del Señor ni un momento más pronto que aquellos partidos en la fe. “Porque el mismo Señor descenderá del cielo, con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero”. Así que lejos de ser pospuesto el gozo completo de los ausentes —lejos de ser nuestra entrada a la completa bienaventuranza y gloria antes de ellos— “los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor”. Su resurrección precede nuestra ascensión con ellos en las nubes a encontrar al Señor en el aire. “Por tanto, consolaos los unos a los otros en estas palabras”. Estas son, mis hermanos, las palabras suplidas por la pluma inspirada, con las cuales nos hemos de consolar los unos a los otros cuando estamos ante los sepulcros de nuestros amigos ausentes, que han sido puestos a dormir por el Señor Jesús; pues así las palabras lo significan literalmente. Pero ¿cuál es el consuelo generalmente administrado en tales ocasiones? Con toda bondad de espíritu puede que sea, y todo deseo de sanar el corazón quebrantado, los cristianos generalmente en tales ocasiones dicen exactamente lo opuesto de lo que somos aquí exhortados a decir los unos a los otros. Ellos dicen de los que han muerto, “¡Ah! ellos no volverán a Ud. pero Ud. irá ciertamente a ellos”.
¡Hermanos, la Palabra de Dios ante nosotros declara que ellos volverán! En ninguna parte de la Palabra de Dios se afirma que Uds. irán a ellos. Puede que lo hagan así; pues es posible que cualquiera de nosotros durmamos, así como los que han pasado adelante de nosotros lo han hecho ya. El estar “ausente del cuerpo” es el estar “presente con el Señor”; y el apóstol habla de “haber deseado el partir, y estar con Cristo, que es mucho mejor”. Podemos pasar a este estado fuera del cuerpo, y estar en el paraíso con el Señor. Puede ser así; pero no es seguro con respecto a ninguno de nosotros, que lo sea así. “Nosotros los que vivimos y quedamos”, fue el lenguaje del apóstol en su día; y después del transcurso de mil ochocientos años, ¿hemos nosotros de decir con certeza que no estaremos vivos y que no quedaremos hasta entonces? ¡No lo permita Dios! El Salvador había dicho, “Si voy y preparo un lugar para vosotros, volveré otra vez y os recibiré a mí mismo”, dejando el tiempo de su vuelta en completa incertidumbre. El apóstol, tomando esa palabra en fe, se considera a sí mismo entre aquellos que viven y quedan hasta la venida del Señor. Si fue el gozo de su corazón el considerarse así, ¿dónde están nuestros corazones, hermanos, si preferimos pensar en quedarnos aquí hasta la muerte, que estar entre aquellos que viven y quedan hasta la vuelta del Señor?
Me he detenido en este pasaje, a causa de ser tan profundamente interesante e importante —él ocupa un lugar tan central con respecto a este sujeto, no solamente de la resurrección, pero también de la esperanza de la Iglesia—. ¿Cuál es la esperanza de la Iglesia? Es la venida del Señor Jesucristo a levantar sus santos que han muerto y a cambiar los que viven; es la esperanza de ser así todos levantados juntos a encontrar al Señor en el aire, y así de estar para siempre con el Señor. Digo a cambiar sus santos vivientes como también a levantar los que duermen; y para mayor instrucción en esto, refirámonos otra vez a 1 Corintios 15. “He aquí, os muestro un misterio: Todos ciertamente no dormiremos; mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta: porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción; y nosotros seremos transformados” (versículos 51-52). Los hombres tienen la presunción de decir que nosotros todos dormiremos. ¡Cuán frecuentemente oímos la expresión, “Todos tenemos que pagar la deuda de la naturaleza”! “Hay muchas cosas inciertas”, lo oirán Uds. decir: “pero una cosa es cierta: todos tenemos que morir”. No hay nada más común que el oír tales afirmaciones como estas. En apoyo de ellas la Escritura misma es mal citada. “Está establecido a los hombres que mueran una vez”, dice el apóstol en Hebreos 9:27. Pero cuantos citan el pasaje como si hubiera sido escrito, ¡“Está establecido a todos los hombres que mueran una vez”! No solamente es esto una añadidura al texto, pero también una contradicción al contexto. “De la manera que está establecido a los hombres que mueran una vez, y después el juicio; así también Cristo fue ofrecido una vez para sobrellevar los pecados de muchos; y la segunda vez aparecerá sin pecado a los que le esperan para la salvación”. Lejos de ser señalado a todos los hombres el morir, el pasaje habla de una clase de personas que no morirán. A aquellos que le esperan, Cristo aparecerá. Y ellos no morirán. “He aquí, os muestro un misterio: Todos ciertamente no dormiremos; mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta: porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción; y nosotros seremos transformados”. El apóstol se titula a sí mismo y a otros “mayordomos de los misterios de Dios”, y dice, “Es requerido en mayordomos que un hombre sea encontrado fiel”. ¡Ay! ¡qué cuenta algunos de nosotros tenemos que dar de nuestra mayordomía en este respecto! ¡Qué infieles mayordomos hemos sido! Aun en respecto a este misterio aquí desarrollado —“He aquí, os muestro un misterio”— ¡cuán pequeño lugar ha ocupado en nuestra estimación y en nuestras ministraciones! Cada palabra usada por el Espíritu Santo en revelarlo es preciosa. Hay una dulzura, por ejemplo, en esta palabra —“en un momento, en un abrir de ojo”— la cual no puede ser expresada de una manera adecuada. Si fuera posible que ocurriese un intervalo entre la venida de Cristo y el cambio que hemos de sobrellevar; si fuéramos dejados en cuerpos sin cambio, aun por el intervalo más corto, en la presencia de la gloria en que Cristo aparecerá —¿quién hay entre nosotros que, lo mismo que Juan, no caería a sus pies como muerto?— Pero no hay tan intervalo. “En un momento, en un abrir de ojo”. Nada tan rápido como el parpadear del ojo; y es así que seremos cambiados a la venida del Señor. Un momento aquí en nuestros cuerpos de sangre y carne, en estos tabernáculos de tierra —un momento aquí, digo, al momento siguiente en la gloria—. Como se nos dice otra vez en Filipenses 3:20-21: “Mas nuestra vivienda es en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria, por la operación con la cual puede también sujetar a sí todas las cosas”. ¡Que el prospecto de este cambio esté siempre ante nuestros ojos!
Hay una conexión interesante del pasaje que hemos estado considerando en 1 Corintios 15, con uno en el Antiguo Testamento. “Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria” (1 Corintios 15:53-54). ¿Dónde está escrito este dicho? Solamente en otro lugar de la Escritura. En Isaías 25:8, encontrará Ud. el pasaje que el apóstol cita: “Él absorberá la muerte en victoria”. Pero la conexión en que estas palabras se hallan en Isaías 25, liga el tópico que estamos considerando con aquellos que hemos considerado anteriormente; y esto, además, muestra de la manera más clara, que la resurrección de los santos es al principio, no al fin, del milenio. Al fin de Isaías 24, después de predecir los juicios terribles que caerán sobre este mundo perverso, el profeta dice, “Entonces la luna será confundida, y el sol avergonzado, cuando Jehová de los ejércitos reinare en el Monte de Sion, y en Jerusalén, y delante de sus ancianos en gloria”. ¿Qué es esto sino el reino milenario de Cristo, el centro terrenal del cual vimos anteriormente ser Sion y Jerusalén? En el versículo 6 del próximo capítulo leemos, “Y en esta montaña” —El Monte de Sion, pues no ha habido ninguna otra montaña a la cual se haya hecho referencia— “Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos convite de engordados, de gruesos tuétanos, de purificados líquidos: y deshará en este monte la máscara de la cobertura con que están cubiertos todos los pueblos, y la cubierta que está extendida sobre todas las gentes. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará el Señor toda lágrima de todos los rostros, y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra: porque Jehová lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: He aquí éste es nuestro Dios; le hemos esperado, y nos salvará. Este es Jehová a quien hemos esperado: nos gozaremos, y nos alegraremos en su salud” (Isaías 25:6-9). Es aquí, hermanos, en el medio de esta magnífica predicción de la introducción de la completa bienaventuranza de la tierra bajo el reino de Cristo —Israel restaurado, las naciones felices, la cubierta destruida, el velo removido, lágrimas enjugadas de todos los ojos, la ignominia de Israel removida de sobre toda la tierra— en el medio de esta predicción, digo, tenemos las palabras citadas por el apóstol. ¿En qué tiempo será que esta profecía de Isaías será cumplida? Óigase lo que el apóstol dice: “Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Mas cada uno en su orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida ... Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria” (1 Corintios 15:22-23,53-54).
Una comparación de estos pasajes demuestra completamente que la venida del Señor, la resurrección de los santos, el libramiento de Israel, y la introducción de la bienaventuranza del milenio, todos ocurren al mismo tiempo, poco más o menos. Estos dos pasajes agrupan juntos todos estos eventos gloriosos al principio del reino de Cristo. No es que ellos todos ocurren al mismo instante, casi ni aun se necesita el decirlo. Pero es bastante claro que ellos todos tienen lugar poco más o menos al fin de la presente y al principio de la entrante dispensación.
Habría yo de notar aquí, sin embargo, una dificultad que puede ocurrírsele a algunos. Puede que sea preguntado, ¿Si la muerte es sorbida en victoria al principio del milenio, cómo es que en este capítulo se nos dice que el último enemigo que será destruido es la muerte? ¿y cómo es que encontramos en Apocalipsis 20:14, que al cerrarse del milenio, y no antes, “la muerte y el infierno serán arrojados en el lago de fuego”? Hermanos, el sorber la muerte con victoria no es necesariamente la destrucción de la muerte. Un enemigo de largo tiempo triunfante puede haber echado la garra a los propios súbditos de algún poderoso príncipe; él puede ser devorado en victoria por los ejércitos triunfantes de ese príncipe, y todos sus cautivos ser puestos en libertad; cada súbdito del príncipe que ha estado en cautiverio a él puede ser soltado; y sin embargo la vida del tirano puede ser ahorrada, —sí, él puede ser ahorrado para obrar la parte de un carcelero a los enemigos del príncipe—. Así es exactamente en el caso ante nosotros. La muerte ha tenido en su garra los cuerpos del amado pueblo de Dios. A la venida del Señor, el Príncipe de vida, ella será obligada a entregar cada cautiva. Ni un sólo de todos los cuerpos del pueblo de Dios será dejado en la garra del destruidor cruel. Ella tendrá que rendir su presa; tendrá que entregar todo. Ya ha sido obligada a entregar Aquél quien una vez entró —voluntariamente entró— a sus oscuros dominios. El Señor Jesucristo fue una vez por un corto tiempo un ocupante de la tumba. Fue entonces que en realidad Él venció la muerte. “Que por medio de la muerte Él destruyera aquél que tenía el poder de la muerte” (véase Hebreos 2:14) fue el objeto por el cual Él había tomado parte de carne y de sangre; y Su resurrección probó que el poder de la muerte había sido conquistado, —¡el título de la muerte quitado!—. Uno más poderoso que aquél que tenía el poder de la muerte se había sujetado voluntariamente a Sí mismo a la muerte, en propiciación; y habiendo en Su muerte quitado el pecado por el sacrificio de Sí mismo, salió, quebrando toda barrera, y llevando la cautividad en cautiverio. No solamente era imposible que Él mismo fuese retenido por la muerte, pero Su muerte expiatoria quitó el título de la muerte sobre los santos. Él “abolió la muerte”; y habiendo “despojado los principados y las potestades, sacólos a la vergüenza en público, triunfando sobre ellos en Sí mismo”. La fe conoce esto ahora, y se regocija en esta perfecta victoria de Cristo sobre la muerte. Cierto que por propósitos sabios y de bondad aún se le permite a la muerte el retener en su poder los cuerpos de aquellos que han sido puestos a dormir (el sueño de la muerte), por el Señor Jesús; pero es solamente durante la ausencia del Señor Jesús que la muerte tiene este poder permitido. Y tal es el efecto de la victoria de Cristo sobre la muerte, que aun ahora, mientras que los creyentes mueren, la muerte es una ganancia para el creyente. “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. Pero cuando el Señor Jesús venga, los cuerpos de todos Sus santos serán librados de toda traza del poder de la muerte. Entonces la muerte será en realidad sorbida con victoria. Cuando todos los santos resucitados y glorificados se unirán en cantar, “¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? Gracias sean a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”; ¡de seguro que entonces la muerte es sorbida con victoria! Sin embargo, no es aún destruida. Es, por decirlo así, durante mil años más el carcelero de aquellos infelices que han vivido y muerto en pecado. “Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que fueren cumplidos mil años”. Mientras que aquellos que son pronunciados benditos y santos, como teniendo parte en la primera resurrección, viven y reinan con Cristo, por mil años, sobre un mundo renovado y feliz, las generaciones de los malvados que han muerto, por decirlo así, quedan bajo el custodio de la muerte hasta el fin de ese bendito período. Entonces ellos también serán levantados en la resurrección del juicio, y la muerte misma será destruida. Pero Uds. ven, hermanos, que distinto esto es del sorbo de la muerte con victoria. Uno es el principio de los mil años del reino de Cristo; el otro es a la conclusión, cuando Él “entregará el reino a Dios, el Padre, cuando habrá quitado todo imperio, y toda potencia y potestad. Porque es menester que Él reine, hasta poner a todos Sus enemigos debajo de Sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte” (1 Corintios 15:24-26).
Pásase ahora a Romanos 8:16-25, un pasaje que, en sus conexiones con varios en el Antiguo Testamento, como también de por sí, esparce mucha luz en el sujeto que estamos considerando. “Porque el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, que somos hijos de Dios”. Este es el gozo actual de los creyentes: somos los hijos de Dios.
“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos de Cristo: si empero padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados. Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada” (Romanos 8:17-18). Obsérvese, hermanos, que es una gloria que ha de ser revelada, una gloria que será revelada, también, en nosotros. Es además una gloria de la cual participamos con Cristo, glorificados juntamente. La gloria está, en los pensamientos de la mayoría de los cristianos, conectada con el estado de separación —esto es, el estado de los espíritus aparte del cuerpo—. Por lo tanto, ellos hablan de los santos yéndose directamente a la gloria cuando mueren. No se puede encontrar falta en esto, si fuese simplemente expresivo de la felicidad inmediata de los santos con Cristo, al partir del cuerpo. Pero no es estrictamente correcto y de acuerdo con las Escrituras el hablar así de la gloria. La gloria es una cosa manifiesta. La gloria de que se habla aquí es una gloria que será revelada, y revelada en nosotros. ¿Cuándo será esto? No hasta que lo corruptible se haya revestido de incorrupción, y lo mortal de inmortalidad. Con respecto a aquellos que han muerto, se dice de sus cuerpos “Sembrados en debilidad, levantados en poder; sembrados en deshonra, levantados en gloria”. Así que cuando estos cuerpos de humillación, cambiados o levantados por nuestro Señor Jesucristo, “sean hechos semejantes a Su cuerpo glorioso”, entonces seremos glorificados juntamente con Él. “Porque el continuo anhelar de las criaturas espera por la manifestación de los hijos de Dios”. Nosotros somos ahora hijos de Dios; y la fe conoce esto, y se regocija en ello. Pero ¿dónde está la manifestación de ello? No hablo ahora de su manifestación moralmente, por la diferencia en espíritu y carácter entre los hijos de Dios y los hombres del mundo. Débil e imperfecto como esto es, hay ahí alguna diferencia perceptible, en cuanto a carácter y conducta, entre los cristianos y el mundo. Pero, con respecto a nuestra condición exteriormente, ¿no estamos sujetos a toda enfermedad de cuerpo, y a los males de la vida, de la misma manera que nuestros semejantes alrededor de nosotros? Sí; ¿y además no tenemos una vida de dolor peculiar a nosotros mismos, el dolor que nos acomete a causa de ser hijos de Dios, dolor al cual éramos extraños antes de haber venido a ser los hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús? ¿Y es así como los hijos de Dios son manifestados? No: la “manifestación de los hijos de Dios” no ha tenido aún lugar. ¿Cuándo llegará su período? (Véase 1 Juan 3:1-2): “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él”. Tan lejos así están los hijos de Dios de ser manifestados ahora. “Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él apareciere, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es”.
Cuando Él apareciere, seremos semejantes a Él”. La manifestación de los hijos de Dios será al tiempo de la aparición de Cristo. Así como leemos en Colosenses 3:4, “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria”. Es por esto por lo que la ardiente expectación de la criatura (o creación) aguarda. “Pues la criatura ha sido hecha sujeta a vanidad no voluntariamente, pero a causa de aquél que ha sujetado la misma, en esperanza que la criatura misma también será rescatada de la servidumbre de corrupción a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y está de parto hasta ahora. Y no solamente ellos, pero nosotros también, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos dentro de nosotros, aguardando por la adopción, es a saber, la redención del cuerpo”. Aquí encontramos que el pecado —la caída— ha afectado no solamente a nosotros, pero a la creación entera, de la cual el hombre, en inocencia, fue hecho señor. La creación fue hecha en sujeción a la vanidad. Ella está de parto hasta ahora. ¡Cuán cierto! ¡Qué mundo de dolor y desengaño y miseria es este! Tiene en realidad sus vistas brillantes; pero las tales son traidoras y engañosas. Sálgase en una noche de verano; asciéndase algún lugar alto y obsérvese el panorama desplegado en quietud y hermosura: ¡Cuán fácil el olvidar en el medio de la serenidad de tal escena, que es un mundo de muerte y tinieblas que contemplamos! Si a tal momento uno pudiera realizar que pasiones tan violentas, que corazones tan adoloridos, que espíritus quebrantados se esconden de la vista dentro de aquellas moradas que parecen ser las habitaciones del contento y la paz; aún más, si pudiésemos traer a la mente, con respecto a la creación irracional misma, dilusiva a nuestro alrededor, la miseria que el pecado, nuestro pecado, ha impuesto sobre sus varias tribus, aprenderíamos que con toda la hermosura que aún se apega a las ruinas de la creación de Dios, sin embargo ella está arruinada. La potestad del usurpador se extiende sobre ella, y así como ha sido dicho, ella gime y está de parto. ¿Dónde está la tribu —dónde el clima— dónde la vista en toda la faz de la tierra, que no contribuye a este gemido universal? La creación, una vez feliz y hermosa, pero ahora dañada y arruinada, gime y está de parto hasta ahora. ¿Ha de ser siempre así? ¿No se han de callar esos ayes? ¿No han de cesar los gemidos? ¡Oh, sí! la creación se aguarda —no inteligentemente, por supuesto, pero, por medio de una atrevida forma de lenguaje, es representada aquí como esperando— por aquella época que haya de traer su liberación. Y cuál es esa época? La manifestación de los hijos de Dios. Cristo es el heredero de todas las cosas. Fue por Él y para Él que todas las cosas fueron hechas; pero, con respecto a esta tierra, Satanás ha usurpado Su lugar. Por medio de la insensatez y pecado del hombre en ser engañado por Satanás, este ha sido afortunado; y en la insondable sabiduría de los consejos de Dios, ello ha sido permitido así. Satanás ha usurpado el puesto del heredero propio; y Satanás es un asesino, y su reino está marcado desde el principio hasta el fin con miseria y muerte. El dios, el príncipe de este mundo, es un asesino desde el principio, y no quedó en la verdad. ¿Qué podríamos esperar de su reino sino un gemido universal? Y así es. Pero él ha de ser abajado de su trono. Su título, el cual él tiene solamente a causa del pecado del hombre, por el justo juicio de Dios, ha sido ya anulado por el sacrificio de propiciación del Hijo unigénito de Dios. Aquél que, por el derecho de creación y por los consejos de Dios, es el heredero de todas las cosas, se bajó a la muerte. Para que Él tomase la herencia y la llenase con bendición para la criatura, y alabanza y adoración al Dios altísimo, poseedor del cielo y la tierra: para poder hacer esto, no solamente en compatibilidad con la gloria divina, pero también en la más completa manifestación de esa gloria que fuese posible, donde Satanás y el pecado habían alcanzado sus más funestos triunfos —Él se bajó hasta el polvo de la muerte—. “Por cuanto se agradó que en Él habitase toda la plenitud, y por Él reconciliar todas las cosas a sí, habiendo hecho paz por la sangre de su cruz, tanto lo que está en la tierra como lo que está en los cielos” (Colosenses 1:19-20). ¿Dónde está Él ahora? A la diestra de Dios, coronado con gloria y honra. Dentro de un tiempo Él volverá, y coronado con Sus muchas diademas, como el Hijo de David, Hijo de Abraham, Caudillo de los gentiles, Hijo del hombre, Hijo de Dios, reinará sobre toda la creación que el pecado ha dañado —que Satanás ha destruido—. Entonces la creación será librada. ¿Pero por qué no ha Él venido aún? La razón es que hay aquellos que son coherederos con Él, los cuales han de reinar con Él en Su venida; y este es el período durante el cual ellos son escogidos. Por el evangelio de la gracia de Dios, y por el poder vivificante del Espíritu Santo, aquellos que han de formar el cuerpo, la iglesia de Cristo —los “muchos hijos” quienes Él está “trayendo a la gloria”— son recogidos. Cuando esta obra ha sido completada, entonces Él vendrá. La primera cosa a su venida, como lo hemos visto, es levantar Sus santos muertos y cambiar a los vivientes; el juntar alrededor de Sí en gloria sus coherederos —aquellos que han de participar de Su gloria por toda la eternidad—. Esta será la manifestación de los hijos de Dios; y entonces la creación será libertada: entonces cesarán los lamentos, el gemido. El gemido de la creación se habrá aumentado hacia el fin. El último sonido de ese gemido será el más fuerte de todos; pero será callado, y pasará en silencio, no más a ser oído, hasta que al fin de los mil años, el usurpador vil siendo otra vez puesto en libertad a hacer su trabajo de malicia, él tendrá suceso hasta cierto punto, y por un corto tiempo. Pero en realidad será un corto tiempo. El juicio final y universal tendrá lugar al momento. Todo lo malo encontrará su morada eterna en el lago de fuego, lo cual es la segunda muerte; y en el nuevo cielo y la nueva tierra, que entonces Dios creará, el tabernáculo de Dios será con el hombre; y Él será el todo en todos.
Nada puede ser más claro, hermanos (hablando otra vez de Romanos 8), que la manifestación de los hijos de Dios es lo que introduce el libramiento de la creación. Cuando el momento para ello se llega, Israel será restituido, los gentiles serán hechos felices, y toda la humanidad será bendita bajo el reino de Cristo y sus santos en la gloria, además la creación misma será libertada. No se dé un indicio mejor de la significación de esta expresión en Romanos 8 que lo que encontramos una y otra vez en el Antiguo Testamento; como por ejemplo en Isaías 11:6-9: “Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro, y el león, y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán; sus crías se echarán juntas; y el león, como el buey, comerá paja. A el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco. No harán mal, ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como cubren la mar las aguas”. ¿No será entonces libertada la creación cuando aun las tribus de bestias salvajes habrán cesado de devorarse las unas a las otras, y cuando las más salvajes y venenosas serán las inocentes compañeras de juego del niño pequeño? “¡Un niñito los conducirá!” Habrá una expresión, y solamente una, al libramiento de la creación. En Isaías 65:25, después de una descripción magnífica de bendición milenaria, y de la longevidad de los habitantes de la tierra milenaria, encontramos que, aun cuando toda la creación alrededor es librada y hecha feliz, la maldición reposa sobre aquella tribu de la cual Satanás escogió su instrumento para engañar la madre de nuestra raza. “El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey, y a la serpiente el polvo será su comida: no afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová”. “¡La gloriosa libertad de los hijos de Dios!” La gente habla ahora de gloriosa libertad. Y es en realidad maravillosa, bendita libertad, a la cual somos ahora introducidos por medio de la gracia. Pero el pasaje ante nosotros es literalmente, “La libertad de la gloria de los hijos de Dios”. Es la libertad de gracia en la cual nosotros creyentes estamos al presente. Seremos manifestados como los hijos de Dios por medio de la gloria que será revelada en nosotros cuando Cristo haya de aparecer y nosotros hayamos de aparecer con Él en gloria. Es a la libertad de esta gloria, la libertad que esta gloria de Cristo y sus santos impartirá al mundo sobre la cual nosotros reinaremos —la libertad de la gloria de los hijos de Dios— a la cual la creación misma será libertada. ¡Cuán bienaventurado, no solamente el ser salvados nosotros mismos, pero el ser hechos el medio e instrumento de solaz y libertad a esta ahora gimiente, angustiada creación!
“Porque en esperanza somos salvos”; lo cual significa que no hemos entrado todavía en el gozo de todo lo que se implica en ser “salvos”. Tenemos la salvación de nuestras almas ahora: la recibimos por fe. Tenemos el perdón de pecados, el Espíritu Santo habita en nosotros y somos las primicias del Espíritu. Somos ahora los hijos de Dios; pero somos salvos en esperanza, así como también en posesión actual. No tenemos toda la salvación ahora. Nuestros cuerpos son aún mortales: estamos aún en el medio de un mundo donde la maldición existe, donde el usurpador ejercita potestad, y donde un gemido resuena. Pero en esperanza somos salvos de todo esto. En esperanza tenemos la adopción, es a saber, la redención de nuestros cuerpos, nuestra manifestación como los hijos de Dios, y el libramiento de toda la creación a la libertad de la gloria que será entonces revelada en nosotros. “Mas la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, a qué esperarlo? Empero si lo que no vemos esperamos, por paciencia esperamos”. Bien podremos pedir con el apóstol, “El Señor dirija nuestros corazones en el amor de Dios, y en la paciencia de Cristo”.
Sí, es Cristo —Cristo mismo— quien es nuestra esperanza. Así leemos en 1 Timoteo 1:1: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la ordenación de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo, NUESTRA ESPERANZA”. Él es nuestra esperanza. Es su venida la cual es presentada como tal por todo el Nuevo Testamento. Como creyentes individuales, nuestra esperanza no es muerte, o el estado de felicidad que la sigue, real y bienaventurado aun cuando ello es; pero la venida de nuestro Señor Jesucristo a sorber la muerte con victoria, y sobrevestirnos de nuestra morada que es del cielo, que la mortalidad sea absorbida por la vida. Como asociados el uno con el otro y con nuestra Cabeza, miembros de Cristo, y miembros el uno del otro, nuestra esperanza no es la restauración de la Iglesia aquí abajo, a pureza y unión y poder, y la conversión del mundo por medio de sus esfuerzos, pero la venida del Señor Jesucristo mismo. Ningún límite puede, en realidad, ser puesto a lo que nuestro misericordioso Dios haría en gracia restaurante a una fracción que realmente, humildemente y con sinceridad le buscase; pero la esperanza de la Iglesia nunca debía de haber sido otra cosa que la venida del Señor Jesucristo; y tal sería ciertamente la esperanza de una tal fracción, cuyos corazones preguntasen por las sendas antiguas, con el deseo de andar en ellas. Con respecto al mundo que se ha separado de su lealtad a Dios, y consumado su iniquidad por la crucifixión de su verdadero Señor; el juicio debe de ser ejecutado. Pero de seguro es una parte del bienaventurado prospecto que nuestro Dios ha puesto ante nosotros, que cuando la tierra ha sido purgada por medio de juicios, participaremos de las glorias de nuestra Cabeza y Esposo cuando Él haya venido a ser el centro de bendición a una creación renovada y libertada: Todas las cosas, en el cielo y en la tierra, recogidas juntamente en uno, esto es en Él. Viviremos y reinaremos con Él. Con frecuencia recuerdo del dicho de uno que ahora duerme en el Señor Jesús, y quien fue muy tardo en recibir las verdades sobre las cuales hemos estado meditando, pero quien al fin las recibió, no como la palabra del hombre, pero, como ellas son en verdad, la Palabra de Dios. “Solía yo mirar en anticipación”, decía él, “a la muerte, y a la felicidad con el Señor después de la muerte. Pero nunca me dio completo alivio a mi corazón. Cargado y oprimido con la condición de la Iglesia, y las angustias de un pobre mundo pecador y moribundo, supe que yo lo escaparía todo al tiempo de la muerte: pero eso no me aliviaba enteramente; pues ello dejaba la confusión y pecado y angustia sin tocar, aun cuando ello me daba la esperanza de un escape personal. Pero ahora”, decía él, “puedo mirar con anticipación a la venida del Señor Jesús, es no solamente que yo haya de escapar de esta escena de tinieblas, pero que la escena misma será cambiada. La Iglesia entera en gloria con el Señor Jesús, Israel restituido, las naciones felices, la creación libertada, todos en el cielo y en la tierra exhibiendo y proclamando la gloria de aquél cuya sangre será el título reconocido y la seguridad establecida de la felicidad universal que su reino esparce, ¡Oh, este es un prospecto sobre el cual el corazón puede reposar en un deleite siempre vivo y que aumente!”. Así es en realidad. Pero mientras que el corazón así ensanchándose con el prospecto, se pasa más allá de los pensamientos de sí mismo, y se regocija en gran manera en la anticipación de una Iglesia glorificada, un mundo feliz y una creación restituida, ¿qué es lo que es el centro mismo del gozo y esperanza de la Iglesia, en su mirar por el momento cuando la venida de Cristo ha de traer todo esto? Es Él mismo, su venida, la melodía de su voz, la hermosura de su rostro, el gozo de estar para siempre con el Señor —es esto lo que es la esencia de nuestra esperanza—. ¡Oh, que estuviéramos despiertos para realizar esto! ¿Qué es lo que Él mismo ha dicho al fin del volumen entero de inspiración? Cuando ese volumen ha dicho su historia maravillosa desde el principio del Génesis hasta el fin de Apocalipsis —su historia de la apostasía profunda del hombre en cada posición en la cual Dios lo ha colocado en responsabilidad a sí mismo, y su historia de la rica e inagotable gracia de Dios, y de los designios de esa gracia que serán cumplidas en Cristo; cuando el volumen entero ha dicho su rica, su variada, su maravillosa historia— ¿quién es que habla una palabra del más profundo gozo y consolación a la Iglesia? Es el Señor Jesús. ¿Y cuáles son las palabras que Él deja a tener su profunda, permanente e indeleble impresión sobre nuestros corazones? Oídlas: “El que da testimonio de estas cosas dice, Ciertamente vengo en breve”. Estas son sus últimas palabras; y el Espíritu en la Iglesia las toma y responde, “Amén, sea así. Ven, Señor Jesús”. ¡Oh, que fuera este el lenguaje de nuestros corazones! Si fuera así ¡cuán separados del mundo seríamos! ¡Cuán tranquilos bajo sus aflicciones! ¡cuán superiores a sus halagos! ¡Cómo miraríamos con desdén sobre sus vanas escenas, ansiosos realmente en cuanto a las fatuas multitudes extraviadas por ellas en el camino a la muerte, pero nuestros corazones llenos con el recuerdo de aquellas dulces palabras que el Señor Jesús nos ha dejado como su testimonio final, para que habitase en toda su confianza y poder sobre nuestros espíritus! “El que da testimonio de estas cosas dice, Ciertamente vengo en breve”. Amados, ¿no es cierto que Él presenta todo su corazón en esta expresión? “Ciertamente”, dice Él, “Ciertamente vengo en breve”. Oh! que hubiera siquiera alguna respuesta adecuada de nuestra parte, a los afectos de nuestro Señor y Esposo! Pueda el Espíritu dentro de nosotros y en todos los creyentes responder, y eso en la plenitud de la vida y afecto divino, “Amén, sea así. Ven, Señor Jesús”.

Apéndice: La Iglesia removida antes de los juicios apocalípticos

Hay una dificultad que se le presenta al estudiante de profecía prontamente al pasar de la entrada de sus primeras investigaciones. Pueda suponerse que estas investigaciones han resultado en una convicción plena que la segunda venida precede o introduce el milenio; que los judíos han de ser restituidos a su propia tierra, algunos de ellos, experimentando angustia extrema, que esta angustia llega a su colmo por medio de una junta general de todas las naciones contra Jerusalén; y que las naciones así congregadas encuentran su derrota de las manos de nuestro Señor Jesucristo, el cual es revelado del cielo en fuego flameante, y cuya venida trae libertad a los pobres judíos oprimidos, al mismo tiempo desconcertando y destruyendo a sus adversarios. Puede suponerse, además, que es claramente visto, de la tendencia entera de las enseñanzas del Nuevo Testamento, que lo que es presentado ante nosotros cristianos como nuestra esperanza, es la venida del Señor Jesucristo; que por esto somos exhortados mirar, vigilar y esperar anhelosamente, y a la vez pacientemente; en una palabra, que nuestra propia actitud mental es una de expectación constante de este bendito evento. Pero aquí es donde la dificultad de la cual hablo aparece. Dice el indagante, “Si una multitud de eventos han de ocurrir sobre la tierra preparatorios a la venida del Señor; si los judíos han de regresar a su propia tierra, los gentiles a juntarse contra ellos allí, la época de tribulación sin igual a ocurrir, los sellos y trompetas y redomas de Apocalipsis a pasar su curso de juicio, todo esto es seguido por la venida del Señor, ¿cómo podemos nosotros estar en una actitud de expectación constante de la venida de Cristo? Creo que he expresado la dificultad en toda su fuerza; y es para contestar esta dificultad, tanto cuanto sea posible que estas páginas han sido escritas.
Pero primeramente, hermanos, les he de recordar que dificultades no son razones para incredulidad. Si es plenamente revelado en el Nuevo Testamento, que nuestro privilegio como cristianos es el estar siempre aguardando y mirando por el Señor, la fe recibirá esta revelación, aun cuando muchas dificultades se presentan. Y, ¿quién que conozca la palabra de Dios puede negar que así es revelado? Nuestro Señor mismo había descrito la actitud en que Él se deleitaría en encontrar a Su pueblo, a Su venida, “Y vosotros semejantes a hombres que esperan cuando su señor ha de volver” (Lucas 12:36). La confianza absoluta con la cual Él los fortaleció en el prospecto de su partida inmediata fue, “Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo; para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). La primera cosa presentada a ellos después de Su partida, mientras que aún estaban, para decir así, forzando su vista para tener otra vislumbre de Él en las nubes a donde había ascendido, fue la seguridad de Su regreso. “Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11). Los creyentes en Corinto no faltaron en ningún don, “esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:7). El apóstol dice de sí mismo y de sus hermanos en Cristo, “No todos dormiremos, pero todos seremos cambiados”. Y otra vez: “Los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados” (1 Corintios 15:51-52). Él declara que aquello por lo cual él y sus hermanos anhelaban y suspiraban era, “no que quisiéramos ser desvestidos, (esto es, privados del cuerpo mortal), sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida” (2 Corintios 5:4). Su lenguaje en otro lugar es: “Mas nuestra vivienda es en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza”, etc. (Filipenses 3:20-21). Los Tesalonicenses habían sido convertidos “de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo de los cielos” (1 Tesalonicenses 1:10). En una forma u otra Su venida es citada en cada capítulo de esta epístola. En el capítulo cuarto la expresión dos veces repetida, “Nosotros los que vivimos, los que quedamos”, señala suficientemente claro la actitud que le pertenece a la Iglesia. Cuán fácil hubiera sido para el apóstol decir, si tal hubiera sido la mente del Señor, “Si creemos que Cristo murió y resucitó así nosotros también, quienes hemos de dormir en Cristo, Dios traerá consigo. Por lo cual os decimos esto en la palabra del Señor, que aquellos que viven y quedan hasta la venida del Señor, no serán delanteros, a los que antes de eso habremos caído dormidos”. ¿Por qué no habla él así? De seguro porque fue la voluntad del Señor que sus santos le hubiesen de esperar siempre. No que el apóstol pudiese decir, o que nosotros pudiésemos decir ahora, que ciertamente viviremos y quedaremos: después de algún tiempo el apóstol supo, por revelación especial, que él mismo no lo sería; y puede que nosotros tampoco lo seamos. Puede que sea la voluntad del Señor demorarse hasta que todos hayamos dormido en Él. Pero a falta de información cierta a lo contrario, la fe diría así como es dicho en estas páginas, “Nosotros que vivimos y quedamos”. La fe nos coloca donde nuestro Señor desearía tenernos —esto es, en una actitud de preparación y expectación—. Las vírgenes salieron a encontrar al esposo. Y si la fe fuese puesta a prueba, y la esperanza dilatada, sin embargo, ninguno de nosotros tiene el derecho de decir, “Mi Señor tarde en venir”. El apóstol ora, “Y el Señor enderece vuestros corazones en el amor de Dios, y en la paciencia de Cristo” (2 Tesalonicenses 3:5). Otra vez él habla de una corona de justicia la cual el Señor, el justo Juez, ha de dar en aquel día; “y no solamente a mí”, añade él, “pero a todos aquellos que aman Su venida” (2 Timoteo 4:8). “Mirando por aquella bienaventurada esperanza, y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tito 2:13). Se nos dice que será visto la segunda vez, sin pecado (Hebreos 9:28). Y no sea que nos cansemos, y nuestro corazón desfallezca y se enferme a causa de la esperanza diferida, somos consolados con la seguridad: “Aún un poquito, y el que ha de venir vendrá y no tardará” (Hebreos 10:37). Y aun cuando el apóstol Pedro supo de los labios mismos del Señor, que él no habría de quedarse hasta que su Señor viniera —aun cuando se le había dicho por medio de qué muerte habría de glorificar a Dios— no dice ni una palabra en sus epístolas que les hiciese creer a aquellos a quienes escribió que ellos también ciertamente habrían de tomar su partida antes de la vuelta del Señor. No, más bien los exhorta, como a nosotros también, en palabras tales como, “Por lo cual teniendo los lomos de vuestro entendimiento ceñidos, con templanza, esperad perfectamente en la gracia que os es presentada cuando Jesucristo os es manifestado” (1 Pedro 1:13). “Esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios”, es la manera en que él describe nuestra propia actitud en su segunda epístola. La venida es referida en 1 Juan, como una exhortación y consuelo. (Véanse 1 Juan 2:28; 3:2). En Apocalipsis, el libro concluyente de la Escritura, “He aquí que vengo en breve”, es una palabra tan frecuentemente repetida —el volumen finalmente cerrándose con: “Ciertamente vengo en breve”, de los labios del Señor Jesús, mientras que la Iglesia responde, “Amén: así sea, ven Señor Jesús”— que no queda duda en cuanto a la impresión dejada en el corazón del creyente sencillo, que es nuestro lugar de fidelidad y bienaventuranza el estar siempre guardando a nuestro Señor, y esperando su venida. Y con tantos testimonios variados y abundantes, como estos, sobre el asunto, si no tuviéramos solución a las dificultades que se presentan, sería claramente nuestro privilegio el mantener esta actitud de expectación, dejándole a nuestro bondadoso Maestro el remover todas las dificultades como y cuando le plazca. Él no nos ha dejado sin una solución de la dificultad en el asunto. Y aun cuando no fuese así, no habría excusado nuestro tomar de ninguna posición excepto aquella que Él tan claramente nos ha señalado; mientras que su amor tierno y compasivo es lo más mostrado en ayudar nuestros corazones por medio de la positiva luz que ha esparcido en su Palabra, sobre este asunto tan interesante al corazón que halla su gozo en la expectación diaria de su vuelta.
Entonces supónganse, hermanos, que hubiese un intervalo entre la venida de Cristo en el aire, a donde recibe los suyos a sí mismo, y la continuación de su venida a la tierra, atendido por los suyos, a ejecutar juicio; supónganse que hubiese un intervalo suficientemente largo para el cumplimiento de todos estos eventos proféticos que deben de ser cumplidos antes de que Él así venga en juicio; supónganse que los judíos volviesen a su propia tierra, los gentiles fuesen juntados contra ellos, el Anticristo se levantase, la gran tribulación se realizase, los sellos apocalípticos fuesen abiertos, las redomas vaciadas; supónganse que todo esto entre el arrebatarse de la Iglesia, y la venida de Cristo a ejecutar juicio sobre sus enemigos congregados; digo que se suponga esto ¿no sería esto una solución de la dificultad en cuestión? ¿No podríamos a la luz de tal hecho (suponiéndose que sea un hecho), ver claramente cómo podamos estar inteligentemente aguardando a nuestro Señor, sin la idea de un solo evento intermediario? Muchos eventos pueden, por supuesto, intervenir. Pero en este caso no podemos decir de ningunos de ellos que ciertamente ocurrirán así. A cualquier momento nuestro bendito Señor pudiese venir a recibirnos a sí mismo; y sin embargo, en el intervalo supuesto, todos los eventos se verificasen, los cuales sabemos por medio de la Palabra de Dios que deben de ser cumplidos antes de que Cristo venga a consumir al inicuo con el aliento de su boca, y a destruirlo con el resplandor de Su manifestación.
Recuérdese, además, que la mera posibilidad de tal intervalo es una solución de la dificultad que ha sido mencionada. Si sea solamente posible que haya tal intervalo entre la bajada del Señor Jesús en el aire, y su venida subsiguiente, en juicio a la tierra, ¿qué habría de prevenir nuestro permanecer en una actitud de expectación de su vuelta, día por día y hora por hora? ¿Cuál es la dificultad que estamos considerando? Pues que los judíos no han aún regresado a su propia tierra, ni los otros eventos ocurrido los cuales deben de ocurrir antes de que Cristo venga en juicio. Pero, si es posible que después de que el Señor Jesús haya descendido en el aire y nosotros hayamos sido tomados a encontrarle, un intervalo pudiera seguirse en el cual los judíos puedan regresar, y todos los eventos predichos acontezcan, y entonces el Señor prosiga a la tierra, sus santos resucitados siguiendo en su pos, si solamente fuese esto posible, ¿no demuestra que es igualmente posible que el Señor Jesús venga a cualquier momento, y que no hay nada que estorbe nuestro recibir aquellos pasajes de la Escritura en su sentido simple y llano, los cuales nos exhortan a estar siempre listos y esperando su venida? Y ¿quién pretenderá decir que no ha de haber tal intervalo? ¿Quién hubiera pensado que entre dos cláusulas de un versículo en Isaías 61, dos cláusulas separadas la una de la otra por una coma, un intervalo de mil ochocientos años hubiera de intervenir? Cualquiera que leyera la profecía en el tiempo de Isaías habría llegado a la conclusión que “el año acepto del Señor, y el día de venganza de nuestro Dios”, eran uno y el mismo período. Pero cuando nuestro bendito Señor citó estas palabras en la sinagoga en Nazaret, supo que habría un intervalo entre ellos, y que en aquel tiempo él habría venido solamente a predicar “el año acepto del Señor”, y no a introducir “el día de venganza de nuestro Dios”. De acuerdo, él leyó solamente hasta donde se encuentra la coma, y entonces “cerró el libro, y se lo entregó otra vez al ministro y sentóse” (Lucas 4:20). Y si en este caso, hubo lugar dejado en la preciosa palabra de Dios para que el todo de la presente dispensación viniese entre las dos cláusulas de una sentencia, ¿quién sería tan audaz para afirmar, que en la segunda venida de nuestro Señor no habría un intervalo de unos pocos años entre el primer período de ella y el siguiente, entre su venir en el aire a recibir a sus santos, y su venida con todos sus santos para ejecutar juicio, y reinar sobre la tierra?
Pero creo que no somos dejados al pensamiento de lo que pueda ser. Hay varias consideraciones que satisfacen mi propia alma, no solamente de que pueda haber, pero también de que habrá tal intervalo. Estas consideraciones deseo en toda simplicidad presentar, dejándoselas a mis hermanos que las pesen en las balanzas del santuario. ¡El Señor nos conceda a cada uno de nosotros una sujeción profunda y real a su bendita palabra!
La primera consideración que yo deseo presentar en prueba que ha de haber tal intervalo no es en la forma de una citación exacta de la Escritura, pero derivada de una comparación extensa de una parte de la Escritura con otra. Sin embargo, espero poder hacerla clara al más sencillo. Todos tenemos conocimiento de las exhortaciones continuas que tenemos en el Nuevo Testamento a ejercitar un espíritu perdonador, y a manifestar hacia otros la gracia en la cual nuestro Padre celestial nos ha tratado. Y probablemente no hay ningún cristiano en ningún lugar que no ha estado perplejo por pasajes de los Salmos y otros lugares del Antiguo Testamento, donde las más fuertes maldiciones y juicios son invocados por los devotos sobre la cabeza de sus enemigos. Y muchos de estos Salmos son evidentemente proféticos del tiempo que se precede inmediatamente a la venida del Señor a ejecutar juicio. ¿Podrá ser para nosotros, hermanos, para la Iglesia, que estos dichos proféticos, llenos de imprecaciones, son preparados? Y sin embargo es claro que ellos no pueden tener lugar después de que el Señor haya venido en juicio, destruido sus adversarios, y rescatado el resto de su terrestre pueblo judío. Entonces, ¿de quienes puede ser este lenguaje de los Salmos? ¿y cuando puede ser pronunciado? Creo que es el lenguaje del resto judaico, en el medio de la profunda oscuridad de su tribulación final, después de que la Iglesia haya sido removida. Y no se puede suponer el que la Iglesia pronuncie tal lenguaje, ni tampoco que ella esté sobre la tierra mientras que el Espíritu de Dios dirige al resto judaico pronunciarlo, sin confundir estas dos cosas que el Espíritu Santo en las Escrituras ha tenido cuidado en distinguir la una de la otra.
La presente dispensación divina es una de gracia sin mezcla. Dios no está ahora imputándole al hombre sus transgresiones, pero gratuitamente perdonando a todos, los más viles y los peores, que creen en Jesucristo. Y a nosotros la exhortación es, “Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis”. “Por lo tanto, si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed dale de beber”. “No volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciendo, sabiendo que vosotros sois llamados para que poseáis bendición en herencia” (1 Pedro 3:9). Nuestro Señor mismo dijo cuando Sus enemigos lo estaban clavando a la cruz, “Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen”. El primer mártir por el nombre del Señor Jesucristo exclamó, de la misma manera, mientras que le ponían a la muerte a pedradas, “Señor, no les imputes este pecado”. Pero un tiempo se llega cuando oraciones como la siguiente (recuérdese que son oraciones inspiradas) ascenderán a los cielos: “Oh Dios, ¿por qué nos has desechado para siempre? ¿por qué ha humeado tu furor contra las ovejas de tu dehesa? Acuérdate de tu congregación que adquiriste de antiguo cuando redimiste la vara de tu heredad; este monte de Sion, donde has habitado”. Notemos aquí por un momento que estas palabras deben de ser aplicables a la condición de Israel en algún período subsecuente a su ida a la cautividad; aún más, a un período mucho después de su ida a la cautividad. “¡Dirige tus pasos hacia estos asolamientos eternos; mira todo el mal que el enemigo ha hecho en el Santuario! ... No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta; ni hay entre nosotros quien sepa hasta cuándo dure esto. ¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el adversario? ¿ha de blasfemar el enemigo para siempre tu nombre? ¿Por qué retraes tu mano y tu diestra? ¡Sácala de tu seno! ... ¡Acuérdate pues de esto, que el enemigo ha afrentado a Jehová, y que el pueblo insensato ha blasfemado tu nombre! ... ¡Levántate, oh Dios; defiende tu propia causa! ¡acuérdate de cómo el insensato te injuria cada día! ¡No olvides las voces de tus adversarios! el tumulto de los que se levantan contra ti sube de continuo” (Salmo 74). Esto muestra claramente a que período esta clase de Salmos se aplica. Es al período de la última tribulación judaica. Véase otro. “Oh Dios, vinieron las gentes a tu heredad: el templo de tu santidad han contaminado: pusieron a Jerusalén en montones, dieron los cuerpos de tus siervos por comida a las aves de los cielos: la carne de tus santos a las bestias de la tierra. Derramaron su sangre como agua en los alrededores de Jerusalén; y no hubo quien los enterrase ... ¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿Has de estar airado para siempre? ¿Arderá como fuego tu celo? Derrama tu ira sobre las gentes que no te conocen, y sobre los reinos que no invocan tu Nombre ... Porque dirán las gentes: ¿dónde está su Dios? sea notoria en las gentes, delante de nuestros ojos, la venganza de la sangre de tus siervos, que fue derramada ... Y torna a nuestros vecinos en su seno siete tantos de su infamia con que te han deshonrado, oh Jehová” (Salmo 79:1-3,5-6,10,12).
Otra vez: “Oh Dios, no tengas silencio: no calles, oh Dios, ni te estés quieto. Porque he aquí que braman tus enemigos: y tus aborrecedores han alzado cabeza. Sobre tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus escondidos. Han dicho: Venid y cortémoslos de ser pueblo: y no haya más memoria del nombre de Israel ... Dios mío, ponlos como a torbellinos; como a hojarascas delante del viento. Como fuego que quema el monte, como llama que abrasa las breñas. Persíguelos así con tu tempestad, y asómbralos con tu torbellino ... Sean afrentados y turbados para siempre: y sean deshonrados, y perezcan. Y conozcan que tu nombre es Jehová: tú solo Altísimo sobre toda la tierra” (Salmo 83:1-4,13-15,17-18). No es necesario el aumentar citaciones. Hay tales oraciones e imprecaciones tales como estas: “!Acábalos en indignación, acábalos para que no sean; y sépase hasta los fines de la tierra, que Dios reina en Jacob!” (Salmo 59:13). “Se alegrará el justo cuando vea la venganza; bañará sus pies en la sangre del inicuo” (Salmo 58:10). ¿Es necesario que pregunte otra vez, Podrá ser la Iglesia la que usa tal lenguaje, presenta tales oraciones y se regocija en tales anticipaciones? Imposible. Pero ¿No podrá la Iglesia estar aún sobre la tierra, mientras que el residuo judaico les da desahogo así a sus almas? ¿Qué? ¡el Espíritu de Dios poniendo una plegaria por perdón de los enemigos en el corazón del uno, e inspirando al otro a pedir por su destrucción! Además de eso, en la Iglesia no hay ni judío ni gentil; y la dispensación debe de ser enteramente cambiada antes de que un pueblo pueda existir, dirigido por el Espíritu a usar como el suyo propio el lenguaje de tales Salmos cuales han sido citados. Si haya de haber un intervalo después de que la Iglesia sea removida, durante el cual el residuo judaico sea formado y pase por una tribulación profunda y sin igual, mirando con anticipación a la venida del Mesías a libertarlos por medio de la destrucción de sus adversarios y opresores, entonces todo es claro y suficientemente fácil de comprender. Sin esto, todo es una confusión intrincada.
Puede que alguno esté listo a decir, “Pero todos estos pasajes están en el Antiguo Testamento. ¿No tenemos intimaciones de carácter semejante en el Nuevo Testamento?” Sí, en realidad las tenemos. Véase Apocalipsis 11:3-6, donde leemos de los dos testigos de Dios los cuales han de profetizar en cilicio durante mil doscientos y sesenta días, “Y si alguno les quisiera dañar, sale fuego de la boca de ellos, y devora a sus enemigos: y si alguno les quisiere hacer daño, es necesario que él sea así muerto. Estos tienen potestad de cerrar el cielo, que no llueva en los días de su profecía, y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga cuantas veces quisieren” (Apocalipsis 11:5-6). ¿Es este el ministerio del evangelio de la gracia de Dios el cual ha sido confiado a la Iglesia? ¿Hay alguna semejanza entre los dos? Una vez, cuando nuestro Señor estuvo aquí abajo, una aldea de los Samaritanos rehusó el recibirle. “Y viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, y los consuma como hizo Elías?” ¿Cuál fue su respuesta? ¿Les dio el permiso pedido? No: “Entonces volviéndose Él les reprendió diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:54-56). ¡Cuán completamente debe de haber cambiado la dispensación, y que evidente es que la Iglesia debe de haber sido removida de la escena, antes de que un testimonio tal cual ese del testigo en cilicio, descrito en Apocalipsis 11, pueda ser levantado!
Pero demos una corta mirada a la composición entera del Libro de Apocalipsis. Es aquí donde encontraremos la evidencia más definitiva y positiva del hecho que la Iglesia es tomada arriba antes de los juicios bajo los sellos, trompetas y redomas. Tenemos evidencia presuntiva en lo que ha sido ya considerado. Aquí tenemos, me parece, prueba directa y conclusiva.
En Apocalipsis 1:19, el discípulo amado es instruido así: “Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas”. Del texto Griego aprendemos que las palabras usadas significan “después de estas”. Aquí entonces tenemos con la autoridad de nuestro bendito Señor mismo, la división y arreglo del Libro de Apocalipsis. “Escribe las cosas que has visto”, estas que tenemos en el capítulo 1, la visión que había visto en Patmos; “y las que son”, estas encontramos en los capítulos 2 y 3, las siete iglesias, con el juicio de su estado pronunciado por el Hijo del hombre; “y las que han de ser después de estas”, las visiones que comienzan con el capítulo 4, y se extienden hasta el fin del libro. Consideremos estas un poco más en detalle.
Con respecto a la primera división: “las cosas que has visto”, no se necesita observación: esto es claramente contenido en el capítulo 1. “Las cosas que son” —la segunda división del libro— requieren algo más de atención. No queda duda de que las siete cartas en los capítulos 2 y 3 fueron dirigidas a las siete iglesias cuyos nombres llevan. Pero porqué fueron estas siete escogidas para dirigírseles así? ¿No será así como juzgan muchos que han estudiado la profecía, los cuales dicen que fueron escogidas para ser así dirigidas como representantes en cuanto a su condición espiritual, y en las amonestaciones, amenazas, exhortaciones y promesas, necesitadas por ellas, por el curso completo de la dispensación? Esto es, estas epístolas a las iglesias eran proféticas de los varios y (así como yo no puedo menos que concluir) sucesivos estados de la Iglesia, desde el tiempo en que fueron escritas hasta el arrebatamiento de la verdadera Iglesia a la venida de Cristo, y el rechazo del falso cuerpo profesante como una cosa inmunda, mereciendo solamente el ser desechado de la boca de Cristo. Así “las cosas que son” se nos presentan en los capítulos 2 y 3. Ahora pásese al capítulo 4:1. “Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo: y la primera voz que oí, era como de trompeta que hablaba conmigo, diciendo: Sube acá, y yo te demostraré las cosas que han de ser después de estas”. Precisamente la misma expresión usada antes. Así que, esta voz que Juan oyó sirviendo de testigo, la tercera división del libro empieza aquí. “Las cosas que han de ser después de estas” empiezan a ser desarrolladas en el capítulo 4. ¿Cuáles son estas cosas? Los capítulos 4 y 5 nos presentan una escena en el cielo —una escena que ni corresponde al estado existente de cosas en la presente dispensación, ni al estado de cosas en el milenio—. El trono de aquél que es adorado como “el Señor Dios Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir”, es aquí visto por nuestro apóstol, y de él procedían “relámpagos, y truenos, y voces”. De seguro esto es diferente del trono de gracia al cual somos ahora invitados a llegar confiadamente, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para socorro en tiempo de necesidad. “Relámpagos y truenos y voces”, hablan de juicio y no de gracia. Y sin embargo evidentemente no es este el estado del milenio; pues el libro siete veces sellado, que no ha sido abierto en el capítulo 5, despliega los juicios que preceden el milenio. El Cordero, también, está aquí en el medio del trono, y recibe de aquél que se sienta sobre él este libro siete veces sellado, como el único en el cielo o en la tierra que ha vencido para abrirlo. Evidentemente, entonces, estos dos capítulos describen un estado de transición —un intervalo entre la presente dispensación de gracia plena y la dispensación del milenio—. La cuestión es, ¿dónde está la Iglesia durante este intervalo? La única respuesta dada por el Libro de Apocalipsis es, EN EL CIELO. ¿Quiénes son aquellos simbolizados por los veinticuatro ancianos coronados y con ropajes blancos, y por las cuatro criaturas vivientes presentadas en estos dos capítulos? Que su canción dé la respuesta. “Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación: y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5:9-10). Evidentemente ellos no son veinticuatro individuos en un sentido literal. Si fueran así, ¿cómo podrían haber sido redimidos de todo linaje y lengua y pueblo y nación? Sin duda ellos son personajes simbólicos, representando la compañía entera de aquellos que son así redimidos, y que han de reinar sobre la tierra. Así vemos que aquellos que han de participar de la gloria real de Cristo durante el milenio están, durante el período de transición entre la presente dispensación y el milenio, reunidos alrededor de Él en el cielo, reconociendo su majestad, y anticipando su reino con Él sobre la tierra. Y cada vislumbre que tenemos de ellos en los capítulos 4-7,11,14-15 y 19, los revela en el mismo lugar. Como alguien ha observado hermosamente: “En el capítulo 4 vemos las criaturas vivientes y ancianos coronados alrededor del trono central del Dios Todopoderoso en los cielos. La acción en el curso del libro se cambia; pero el lugar de estos personajes místicos nunca cambia. Ellos están interesados en el acto: cantan y se regocijan a ciertos períodos de él; pero nunca toman parte, ni dejan su habitación exaltada”.
Nuestro espacio nos permite notar solamente uno o dos puntos más. En Apocalipsis 19:4, donde tenemos la última mención de los ancianos coronados y las cuatro criaturas vivientes, se prosigue el informe de las bodas del Cordero, su esposa habiéndose aparejado. De seguro la Iglesia debe de estar completa y en gloria, cuando, como la esposa del Cordero, está aparejada para las bodas. Las bodas se verifican en el cielo. Después de las bodas el cielo se abre, y el jinete en el caballo blanco avanza al conflicto final —para hollar el lagar del vino del furor, y de la ira del Dios Todopoderoso—. Ahora nótese el versículo 14: “Y los ejércitos que están en el cielo lo seguían en caballos blancos, vestidos de lino finísimo blanco y limpio”. El lino fino ha sido explicado en el versículo 8 y significa “la justicia de los santos”. Los ejércitos que estaban en el cielo. En los capítulos 2 y 3 tenemos una representación de la Iglesia siete veces, en su responsabilidad aquí abajo. En los capítulos 4 al 19:4, encontramos la Iglesia en el cielo bajo los símbolos de los ancianos. Los sellos son abiertos, las trompetas tocadas, las redomas derramadas: todos estos traen terribles sufrimientos sobre la tierra y sus habitantes; pero es desde el cielo que la Iglesia divisa el todo, y celebra las alabanzas de Dios y el Cordero. Mientras que esperan así en el cielo por el tiempo cuando, con el Cordero, reinarán sobre la tierra, son simbolizados por los ancianos coronados. Pero en el capítulo 19, el falso pretensor, Babilonia, habiendo sido juzgado, las bodas del Cordero con la verdadera esposa se verifican, y no oímos más de los ancianos coronados y las criaturas vivientes. La Iglesia ya desposada al Cordero, viene en su pos a su llegada, conquistando y a conquistar. En el capítulo 20 el reino se realiza; y del capítulo 21:9 al 22:5 encontramos la gloria de la Iglesia como la novia, la esposa del Cordero, la santa Jerusalén descendiendo del cielo de Dios. La Iglesia no es nunca vista sobre la tierra, ni en ningún otro lugar, sino solamente en el cielo, desde el fin del capítulo 3, hasta que en el capítulo 19 Cristo viene del cielo, y los ejércitos que estaban en el cielo siguen en pos de Él.
Una palabra más. Es la promesa positiva de Cristo, en Apocalipsis 3:10, a aquellos que han guardado su palabra, y no han negado su nombre: “Porque has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de (no dice te guardaré en o te guardaré por entre, pero te guardaré de) la hora de la tentación que ha de venir sobre todo el mundo, para probar los que moran en la tierra”. Amén.