¿Quién ha de participar de la Cena del Señor? Un examen de los principios bíblicos de la recepción
Stanley Bruce Anstey
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La recepción: Una responsabilidad de la asamblea local
Tal vez en alguna ocasión hayas tenido la experiencia de visitar alguna asamblea de cristianos y, en el momento de la Cena del Señor, se te comunicó que, ya que no te conocían, no tendrías permitido partir pan con ellos. Es probable que esto te pareciese bastante raro, y, tal vez te hayas preguntado por qué tú, siendo un cristiano de buena reputación en tu comunidad, serías rechazado. Sin embargo, la Palabra de Dios muestra que esta práctica es bíblica y que es necesario, especialmente en un día en el que el testimonio cristiano está en ruinas.
La cautela de recibir personas dentro de la comunión es algo que la Iglesia primitiva practicaba, y que casi no existe en la cristiandad de hoy.
Antes de considerar los principios de la Palabra de Dios que tienen que ver con esta práctica, es necesario entender que la asamblea local tiene ciertas responsabilidades en cuanto a aquellos que parten pan en la mesa del Señor.
La Biblia indica que la asamblea local debe mantenerse pura de tres tipos de males, debido a que la asociación con tales cosas afectará y contaminará a toda la asamblea. Es más, el Señor habita en medio de los Suyos que están reunidos a Su Nombre (Mateo 18:20). Así que, la asamblea debe mantener el mal fuera de en medio suyo para que quede un lugar apropiado para Su presencia. “La santidad conviene á Tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmo 93:5). Los tipos de mal de los que la asamblea es responsable de mantener fuera de en medio suyo son:
1. El mal moral: Un ejemplo de esto se encuentra en el problema que existía en Corinto donde tenían una persona inmoral en medio de ellos. El apóstol les dijo: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiad pues la vieja levadura, para que seáis nueva masa” (1 Corintios 5:6-7). Como un grupo de cristianos asociados con una persona maligna en medio de ellos, estaban en peligro de ser leudados por el pecado de esa persona, aunque ellos mismos no habían cometido el pecado personalmente. El apóstol les dice que debían desvincularse de aquello, excomulgando a tal persona pecadora (1 Corintios 5:11-13). Compárelo con el pecado de Acán. Cuando éste pecó, el Señor dijo: “Israel ha pecado” (Josué 7:1-11). Aunque sólo un hombre y su familia habían hecho el mal, el Señor imputó la culpa a todo Israel porque estaban asociados con él.
2. El mal doctrinal: Los gálatas son un ejemplo de este principio. Habían venido entre ellos algunas personas que intentaban judaizarlos, enseñando que tenían que guardar la ley. El apóstol Pablo dijo a los gálatas: “Vosotros corríais bien: ¿quién os embarazó [estorbó] para no obedecer á la verdad? Esta persuasión no es de aquel que os llama. Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gálatas 5:7-9).Vemos aquí que esta enseñanza errónea tenía el mismo efecto de leudado en los gálatas, así como el efecto que tenía la persona inmoral entre los corintios (1 Corintios 5:6-7). Estaban siendo leudados por esas doctrinas judaizantes con las que se estaban asociando.
Los corintios también habían recibido malas enseñanzas en cuanto a la doctrina de la resurrección. Pablo lo atribuyó a la asociación que ellos tenían con ciertos maestros de entre ellos cuya doctrina era desviada. Les advirtió, diciendo: “No erréis: las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:33).
Otro ejemplo de esto es el caso de la “señora elegida” en la segunda epístola de Juan. A ella se le advirtió que, si alguien que no permanecía en la doctrina de Cristo llegara a su puerta, no debía recibir a tal persona en su casa, ni siquiera debía saludarla, porque al hacerlo, se hacía partícipe de su maldad. El apóstol Juan dijo: “Si alguno viene á vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡bienvenido! Porque el que le dice bienvenido, comunica con sus malas obras” (2 Juan 9-11). Nota: si ella saludaba o recibía a tal persona, sería partícipe de la mala doctrina de esa persona, ¡aunque ella misma no sostuviera su mala enseñanza! Su responsabilidad, entonces, era mantenerse alejada de tales enseñanzas erróneas, y esto debía hacerse a través de la separación.
Pablo también le dijo a Timoteo que si se encontraba con alguien que enseñaba cosas que no eran acordes con la sana doctrina, que se “apartara” del tal, porque si no lo hacía, se haría partícipe del mal de esa persona (1 Timoteo 6:3-5).
3. El mal eclesiástico: El mismo principio aplica en el mal y el desorden religioso. Cuando nos asociamos con una congregación particular de cristianos que tiene un sistema de cosas que no está de acuerdo con la Palabra de Dios, ya sea que apoyemos lo que ellos practican o no, seguimos siendo identificados con ello. Si enseñan una mala doctrina, estamos en comunión con ella. Si la manera de adoración que practican no es bíblica, también estamos en comunión con ella. Está claro por las Escrituras que Dios no quiere que Su pueblo esté en comunión con la mala doctrina o mala práctica (2 Corintios 6:14-18). Este principio está claramente establecido por el apóstol Pablo en 1 Corintios 10:14-22. Allí muestra que ya sea en el cristianismo, el judaísmo o el paganismo, el principio de identificación existe. En cualquier caso, participar de un orden religioso es la expresión de tener comunión con todo lo que existe allí.
Con respecto al cristianismo, dijo: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1 Corintios 10:16). Aquí vemos claramente que nuestro acto de partir pan (la participación en la cena del Señor) es la expresión de nuestra comunión con aquellos con quienes partimos el pan.
Con respecto a Israel, Pablo mostró que existía el mismo principio, diciendo: “Mirad á Israel según la carne: los que comen de los sacrificios ¿no están en comunión con el altar?” (1 Corintios 10:18, traducción W. Kelly). El que participaba de los sacrificios en el altar en el que se ofrecían se identificaba con todo lo que el altar representaba.
El apóstol también mostró que el mismo principio aplica con la idolatría en el paganismo, diciendo: “Lo que los Gentiles sacrifican, á los demonios lo sacrifican, y no á Dios: y no querría que vosotros tuvieseis comunión con los demonios” (1 Corintios 10:20, traducción King James). En este caso, los que participaban de la “copa de los demonios” estaban en comunión con los demonios.
Si una persona que está en comunión cae en cualquiera de estos tres tipos de mal, la Biblia enseña que la asamblea es responsable de juzgar aquel mal cuando se manifieste en medio suyo. El apóstol Pablo dijo: “Porque ¿qué me va á mí en juzgar á los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros á los que están dentro? Porque á los que están fuera, Dios juzgará: quitad pues á ese malo de entre vosotros” (1 Corintios 5:12-13). Este tipo de cautela por la gloria del Señor es algo que casi no existe en la cristiandad hoy en día; sin embargo, debería ser la práctica de cada asamblea cristiana.
Los principios de la recepción
Ahora, en vista de lo que la Biblia enseña con respecto a la pureza de la asamblea, cuando alguien desea partir pan en “la mesa del Señor” (1 Corintios 10:21), la asamblea debe ser cautelosa en no introducir a alguien en comunión que pueda estar involucrado en el mal; ya sea el mal moral, doctrinal o eclesiástico. El principio es simple. Si una asamblea local es responsable de juzgar el mal en medio de ella, como hemos mostrado (1 Corintios 5:12), entonces se deduce naturalmente que también debe ser cuidadosa con qué o quién introduce en medio de ella.
Se dice, y con razón, que la asamblea local no debe tener una comunión abierta, ni debe tener una comunión cerrada, sino más bien una comunión vigilada. La asamblea debe recibir en la mesa del Señor a todo miembro del cuerpo de Cristo, a quien la disciplina bíblica no prohíba. Si hiciera lo contrario, estaría actuando de manera inconsistente con el terreno del “un cuerpo” sobre el cual profesa estar reunida (Efesios 4:4).
Aunque todo cristiano tiene el título para estar en la mesa del Señor, no todo cristiano tiene el derecho de estar allí, porque puede haber perdido su privilegio a causa de su participación en algún mal.
¿Quién decide quiénes deben estar en comunión?
Es importante entender que los hermanos en la asamblea local no deciden qué es adecuado para la mesa del Señor y qué no lo es. La Palabra de Dios lo hace. Esto es porque no es la mesa de ellos, sino es “la mesa del Señor”. Las preferencias personales y los gustos y disgustos de los miembros de la asamblea no tienen nada que ver con la recepción. La Palabra de Dios lo decide todo. Cuando no hay ninguna razón bíblica por la que una persona deba ser rechazada, la persona es recibida. Si un creyente ha sido bautizado, es sano en la fe y anda piadosamente, no hay ninguna razón para que sea rechazado. El conocimiento de las Escrituras no es un requisito. Una persona puede ser un creyente sencillo, pero la Escritura dice: “Recibid al flaco en la fe, pero no para contiendas de disputas” (Romanos 14:1).
Sin embargo, no siempre se puede determinar inmediatamente si uno es sano en la fe y piadoso en su andar. Cuanto mayor es la confusión de la que procede una persona en el testimonio cristiano o en el mundo, más difícil puede ser determinarlo. Si este es el caso, entonces sería sabio para la asamblea pedir a la persona que desea estar en comunión que espere un tiempo. Esto no significa que la asamblea esté diciendo que la persona esté ligada con el mal. Podría estarlo, pero simplemente no lo saben, y deben esperar hasta que estén seguros de que no lo está; porque, después de todo, ellos son responsables ante Dios de quién introducen en la comunión. La Escritura dice: “No impongas de ligero las manos á ninguno, ni comuniques en pecados ajenos” (1 Timoteo 5:22). Aunque la aplicación de este versículo va más allá de recibir a alguien a la mesa del Señor, da un principio por el cual la asamblea puede ser guiada en la recepción. Esto no debe ofender a una persona madura y piadosa, pues ciertamente ningún cristiano piadoso esperaría que la asamblea violara un principio de las Escrituras. De hecho, debería darle la confianza de que está congregado en un lugar donde se interesan por la gloria del Señor y la pureza de la asamblea.
¿Los testimonios personales son suficientes?
Un principio importante que hay que entender en relación con este tema es que la asamblea, actuando bíblicamente, no hace nada en boca de un solo testigo. Las cosas que tienen que ver con la asamblea deben hacerse de acuerdo con este principio: “En la boca de dos ó de tres testigos consistirá todo negocio” (2 Corintios 13:1). Compárese también Juan 8:17 y Deuteronomio 19:15. Por tanto, la asamblea no debe recibir a personas a base de su propio testimonio. Y especialmente cuando todo el mundo tiende a dar un buen informe de sí mismo, como dice la Escritura: “Todos los caminos del hombre son limpios en su opinión” (Proverbios 16:2). Y también: “El que habla de sí mismo, su propia gloria busca” (Juan 7:18). Es por eso que posiblemente se pedirá a una persona que desea entrar en la comunión que espere, y especialmente cuando la asamblea no sabe nada de ella. Una vez que la asamblea local ha llegado a conocer a una persona que desea estar en comunión, puede recibirla sobre la base del testimonio de otros.
Este es un principio que recorre toda la Escritura. Incluso el Señor Jesucristo, el Señor de Gloria, se sometió a este principio cuando se presentó a Israel como su Mesías. Dijo: “Si Yo doy testimonio de Mí mismo, Mi testimonio no es verdadero [válido]” (Juan 5:31). Luego procedió a dar cuatro testigos que testificaron sobre Quién era Él: Sus mismas obras, Juan el Bautista, Su Padre y las Escrituras (Juan 5:32-39). A pesar de tener muchos testigos acerca de Ser el Mesías, el Señor advirtió a los judíos que vendría un día en que ellos, como nación, recibirían a un falso mesías (el Anticristo) sin tener testigos. Dijo: “Si otro viniere en su propio nombre, á aquél recibiréis” (Juan 5:43). Así, el Señor denunció la práctica de recibir a alguien en base a su propio testimonio.
El pueblo de Israel falló en este mismo punto, cuando recibieron a los gabaonitas por su propio testimonio (Josué 9). Esto se registra en las Escrituras para advertirnos del peligro de tal práctica.
Hechos 9:26-29 nos da un ejemplo de la cautela que tenía la Iglesia primitiva al recibir a alguien en comunión. Cuando Saulo de Tarso fue salvo, él deseó entrar en comunión con los santos de Jerusalén, pero al principio se le negó. A pesar de que todo lo que pudiera haberles dicho a los hermanos en Jerusalén de su vida personal fuera cierto, aun así, no fue recibido en base a su propio testimonio. No lo recibieron hasta que Bernabé tomó a Saulo y lo llevó a los hermanos, y testificó de la fe y el carácter de Saulo, de modo que hubo el testimonio de dos hombres. A partir de entonces, “entraba y salía con ellos en Jerusalem” (Hechos 9:28). Si la iglesia primitiva no recibió a Saulo de Tarso inmediatamente, es seguro que los cristianos de hoy no deben esperar ser recibidos inmediatamente cuando desean estar en comunión en una asamblea local.
La prueba de la profesión de una persona
Otro principio importante acerca de la recepción es que se puede poner a prueba la profesión de una persona. Si un hombre profesa ser cristiano, debe demostrarlo apartándose de todo pecado. Segunda de Timoteo 2:19 dice: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”. Véase también Apocalipsis 2:2 y 1 Juan 4:1. Si no se aparta de iniquidad, no es fiel a su confesión. Esto es especialmente importante en un día de ruina del testimonio cristiano, donde abundan toda clase de doctrinas y prácticas malignas. Un ejemplo de esto se ve ilustrado en 1 Crónicas 12:16-18. David era el rey rechazado de Israel en ese tiempo. Cuando algunos de las tribus de Israel se dieron cuenta de su error al rechazarlo, vinieron y le reconocieron como el rey legítimo de Israel. Cuando los de la tribu de Benjamín (la tribu del rey Saúl) acudieron a él, David los puso a prueba en cuanto a su profesión. Cuando consideró que su confesión era real, y ellos demostraron que estaban verdaderamente del lado de David, dice: “Y David los recibió”.
Si una persona sostiene una mala doctrina, está claro que la asamblea no debe recibirla, pues estaría en comunión con la mala enseñanza. (Compare 2 Juan 9-11 y Romanos 16:17-18). No estamos hablando aquí de las diferencias que la gente pueda tener en temas como el bautismo, sino de temas que conciernen a los fundamentos de la enseñanza cristiana. La Escritura dice: “Mas el Dios de la paciencia y de la consolación os dé que entre vosotros seáis unánimes según Cristo Jesús; para que concordes, á una boca glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, sobrellevaos los unos á los otros, como también Cristo nos sobrellevó, para gloria de Dios” (Romanos 15:5-7). Esto muestra que la asamblea debe recibir a las personas en comunión cuando puedan glorificar a Dios “concordes, á una boca”. Si se recibiera a una persona que sostuviera alguna mala enseñanza, ¿cómo podría la asamblea hacer esto? Los de la asamblea estarían hablando una cosa, y esa persona estaría hablando otra cosa. Habría confusión. Pablo dijo a los corintios: “Os ruego pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10).
En cuanto al mal eclesiástico, se requiere de paciencia y discernimiento para discernirlo en una persona. Hay una diferencia entre alguien asociado al error clerical por ignorancia, y alguien que lo sostiene y promueve activamente. Es posible que un creyente que desconozca el orden bíblico de Dios para la adoración y el ministerio cristiano y que sea de una denominación hecha por el hombre que practica un orden clerical, venga y desee partir pan en la mesa del Señor. Aunque pueda estar asociado con el error eclesiástico, no está, todavía, en el mal eclesiástico. Y si tal persona es conocida por ser piadosa en su andar y sana en su doctrina, no debería haber ningún impedimento para permitirle partir pan, aunque no haya cortado formalmente su asociación con esa denominación. La cuestión es: “¿En qué punto es que la asociación eclesiástica por ignorancia se convierte en mal eclesiástico?”. Creemos que la respuesta sencilla es: “Cuando la voluntad de la persona está involucrada”. Para determinar esto se requiere de un discernimiento sacerdotal por parte de la asamblea. En tales casos, la asamblea necesita estar muy dependiente del Señor para conocer Su voluntad en el asunto. Bajo condiciones normales, los hermanos deben permitirle partir pan, esperando y confiando en que Dios ha estado obrando en su corazón, y que ella, después de estar en la cena del Señor, dejará el terreno en el que antes ha estado y continuará con los que están congregados al Nombre del Señor.
Este principio se ve en 2 Crónicas 30–31. Ezequías permitió al pueblo de Judá, y a algunos de las diez tribus que habían partido, participar de la Pascua, y adorar al Señor en el centro divino de Jerusalén. Después de hacer esto, volvieron a casa y destruyeron sus ídolos e imágenes. (No estamos insinuando que las denominaciones hechas por el hombre sean como la idolatría. Estamos refiriéndonos sólo al principio). Lo interesante aquí es que Ezequías no les había dicho que hicieran esto. Fue una respuesta de sus propios corazones que se produjo simplemente por haber estado en la presencia del Señor en Jerusalén. Sin embargo, si una persona quiere seguir yendo a ambos lugares con regularidad, esto no se debe permitir. Como comentó J. N. Darby, tal persona no está siendo honesta con ninguno de los dos. También dijo que a medida que aumenta la permisividad y la corrupción en el testimonio cristiano, será cada vez más difícil practicar este principio. Se necesita más discernimiento a medida que los días se oscurecen espiritualmente. Se actúa según este principio con poca frecuencia en nuestros días.
Otro tipo representativo del Antiguo Testamento ilustra la cautela en la recepción. Cuando la ciudad de Jerusalén, el centro divino en la tierra donde el Señor había puesto Su Nombre, fue reconstruida en los días de Nehemías, había un gran peligro por parte de los enemigos que les rodeaban. Por esto, no abrieron las puertas para permitir la entrada de personas a la ciudad “hasta que caliente el sol [literalmente: el mediodía]” (Nehemías 7:1-3). Se aseguraron de que no hubiera ningún rastro de oscuridad antes de recibir a las personas en la ciudad. Hasta ese momento, hacían esperar a los que querían entrar en la ciudad. A medida que la oscuridad espiritual en la cristiandad incrementa en estos últimos días, este tipo de cautela debe ser ejercida en la recepción. Véase el mismo principio de “los porteros” en 1 Crónicas 9:17-27.
Todo esto suele parecer bastante extraño a la mayoría de los cristianos que no conocen más que los métodos denominacionales de comunión abierta. El énfasis en las iglesias es conseguir el mayor número posible de personas en su congregación. Se hacen grandes esfuerzos para alcanzar este fin. El ser cauteloso sobre quién es introducido en la comunión probablemente suena un poco inusual, pero, sin embargo, es lo que la Palabra de Dios enseña.
¡Demasiado exclusivo!
Algunos se oponen a estas cosas, diciendo que es ser exclusivista. Queremos enfatizar de nuevo que estos principios no son algo que hayamos ideado, sino principios que la Palabra de Dios enseña. Las asambleas cristianas locales deben excluir el pecado, y si no saben con qué está relacionada una persona, deben ser cautelosos.
Primera de Corintios 11:28 es usado para apoyar la idea de que cada persona es individualmente responsable ante el Señor de juzgarse a sí misma, y que no es responsabilidad de la asamblea “monitorear” a las personas. El versículo dice: “Por tanto, pruébese cada uno á sí mismo, y coma así de aquel pan, y beba de aquella copa”. Los que tienen esta idea se apresuran a decirnos que la asamblea no debe “probar” a la persona, sino que la persona debe “probarse a sí misma”, y luego debe participar de la cena. Ahora bien, si el versículo quisiera decir eso, entonces chocaría con los principios que hemos mencionado anteriormente: que la asamblea es responsable de juzgar el mal en medio de ella, y, por lo tanto, debe ser cautelosa en cuanto a quién permite estar en comunión (1 Corintios 5:12). Puesto que la Palabra de Dios no se contradice, este versículo debe referirse a algo distinto que recibir a alguien a la mesa del Señor. Un vistazo más cercano al contexto del capítulo donde se encuentra el versículo nos muestra que el versículo no se está refiriendo a aquellos que desean entrar en comunión en la mesa del Señor, sino a aquellos que ya están en comunión. Simplemente está diciendo que cada uno que está en comunión tiene la responsabilidad de juzgarse a sí mismo antes de participar en la cena. Si no lo hace, “juicio [gubernamental] come y bebe para sí” (1 Corintios 11:29).
Es algo así como la orden que los padres dan a sus hijos antes de sentarse a cenar. Les dicen: “Asegúrense de lavarse las manos antes de sentarse”. Este mandamiento aplica a los niños de esa familia que participan regularmente en las comidas de ese hogar; no se refiere a los vecinos. Aquellos en la casa que van a participar de la cena deben estar limpios cuando llegan a la mesa. Lo mismo ocurre en la asamblea. Los que están en comunión en la mesa del Señor son los que son exhortados a examinarse antes de participar en la cena.
La responsabilidad del individuo
Aunque la asamblea local tiene una responsabilidad en este asunto, por otro lado, la persona que busca entrar en comunión con una asamblea local también tiene una responsabilidad. Si desea andar rectamente ante el Señor, querrá ser cauteloso en este paso. No obstante, muchos cristianos piensan que pueden asociarse con lo que quieran y no ser afectados por ello, pero la Biblia enseña que sí somos afectados por aquellos con quienes nos asociamos, y una persona que busca la comunión con una asamblea de cristianos de la que sabe poco o nada, debe ser cauteloso. El principio de que “la asociación con el mal contamina” es aplicable en ambos sentidos. La asamblea debe ser cautelosa en cuanto a quién y qué está en su comunión, pero el individuo que busca estar en comunión debe ser cauteloso también. La Escritura dice: “No impongas de ligero las manos á ninguno, ni comuniques en pecados ajenos: consérvate en limpieza” (1 Timoteo 5:22). Esto fue escrito a un individuo de la casa de Dios con respecto a la comunión. La responsabilidad de cada cristiano es mantenerse puro porque “las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:33).
En vista de esto, ¿por qué alguien vendría a una asamblea de cristianos, de la cual no tiene conocimiento de lo que creen o practican, e insistiría en partir pan con ellos, cuando esto significa que está en asociación con todo lo que sucede allí? ¿Cómo sabe que no se ha metido en una compañía de personas que sostienen doctrinas blasfemas o llevan a cabo malas prácticas? Nuestra única conclusión es que tal persona nunca ha considerado estas cosas, o que simplemente no cree que sean verdaderas.
Esta cautela que cada creyente individual debe tener se ve como tipo ilustrativo en el Antiguo Testamento con respecto a la adoración practicada por Israel. El Señor dijo: “Guárdate, que no ofrezcas tus holocaustos en cualquier lugar que vieres; mas en el lugar que Jehová escogiere, en una de tus tribus, allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando” (Deuteronomio 12:13-14). Este principio guiará al cristiano que busca hoy el lugar que el Señor ha designado. Los hijos de Israel no debían ofrecer sus sacrificios y adoración en cualquier lugar, y los cristianos tampoco deberían hacerlo. Un cristiano no debe ir a cualquier lugar para ofrecer su adoración al Señor. Debe hacerlo sólo en el lugar donde Dios quiere que esté. En vista de la maldad y el desvío de la Palabra de Dios en el testimonio cristiano hoy en día, y el peligro de caer en el error, una persona no debería apresurarse a ofrecer su sacrificio de alabanza en comunión con una asamblea de cristianos de la que no sabe nada. Primero debería averiguar un poco sobre esa compañía de cristianos. Necesita preguntarse: “¿Qué doctrinas y prácticas sostienen estos cristianos?”. Si una persona ha encontrado el lugar al que cree que el Señor le está guiando, no debería apresurarse a partir pan con ellos. Necesita orar al respecto y esperar en el Señor hasta que esté satisfecho de que no se está asociando con algo que es una deshonra para el Señor. Que el Señor guíe al lector en este paso tan importante.
Cartas de recomendación
Otra cuestión relacionada con recibir a alguien en comunión es el uso de cartas de recomendación. Estas son cartas escritas de parte de una asamblea a otra (firmada por dos o tres), encomendando a cierta persona o personas a la comunión de los santos en esa localidad a la que están viajando. De nuevo, esto es algo que no se practica generalmente en las iglesias de la cristiandad.
Un ejemplo de esta práctica entre los primeros cristianos se ve en el caso de Apolos en Hechos 18:24-28. Dice: “Y queriendo él pasar á Acaya, los hermanos exhortados, escribieron á los discípulos que le recibiesen; y venido él, aprovechó mucho por la gracia á los que habían creído”. Apolos era un hombre extremadamente dotado en la palabra, y sin embargo necesitó una carta de recomendación de los hermanos para que fuera recibido por las asambleas de Acaya, que en ese entonces no sabían nada de él. Esto muestra la cautela que había entre los primeros cristianos en cuanto a con quién estaban en comunión. Véase también Romanos 16:1 y 2 Corintios 3:1-3.
[Este libro fue traducido al español de la versión en inglés de 2022].