Capítulo 12

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Vamos a entrar ahora en una nueva sección de este libro maravilloso. Los discursos contenidos en los once capítulos primeros establecen el principio de una obediencia del todo necesaria, y ahora llegamos a la aplicación práctica a las costumbres y comportamiento del pueblo una vez establecido en la tierra y en posesión de ella. “Estos son los estatutos y derechos que cuidaréis de poner por obra en la tierra que Jehová el Dios de tus padres te ha dado para que la poseas todos los días que vosotros viviereis sobre la tierra.”
Es de suma importancia moral que el corazón y la conciencia sean traídos a su verdadera actitud con respecto a la autoridad divina, sin tener para nada en cuenta la cuestión de los detalles. Estos encontrarán el lugar que les corresponde una vez que el corazón haya aprendido a someterse completa y absolutamente a la suprema autoridad de la Palabra de Dios.
Según ya vimos en el estudio de los once capítulos precedentes, el legislador trabaja del modo más ardoroso y fiel en conducir al pueblo de Israel a este estado absolutamente esencial. Se daba cuenta, hablando humanamente, de que para nada servía entrar en detalles prácticos antes de que estuviera plenamente establecido en lo más profundo de sus corazones el principio que constituía el gran fundamento práctico de toda moralidad. El principio es éste, (y que los cristianos apliquemos nuestros corazones al mismo), el preciso deber de todo hombre de someterse implícitamente a la autoridad de la Palabra de Dios. Nada importa lo que esa palabra mande, o que no podamos comprender el motivo de esta, de esa o aquella institución. El único punto magno, absolutamente importante y concluyente es este: ¿Ha hablado Dios? Si es así, ello debe bastar. No hay lugar ni necesidad de preguntar nada más.
Hasta que este punto esté plenamente establecido, o más bien, hasta que el corazón sea traído directamente bajo de su completa fuerza moral, no estaremos en condiciones de entrar en detalles. Si la terquedad es consentida, si se permite hablar a la ciega razón, el corazón irá exponiendo interminables dudas; a medida que cada institución divina vaya desfilando ante nuestros ojos, se irán presentando nuevas dificultades a manera de piedras de tropiezo en el camino de la simple obediencia.
Mas se dirá: “¿Es que no debemos hacer uso de nuestra razón? Si es así, ¿por qué nos fue dada?” A esto Podemos dar una doble contestación. En primer lugar, nuestra razón no es ya como cuando Dios la concedió. Hemos de recordar que el pecado sobrevino; el hombre es un ser caído, su razón, su juicio, su entendimiento, su ser moral entero es una completa ruina; y además que fue la negligencia de la Palabra de Dios la que produjo ese fracaso y ruina.
Y también, en segundo lugar, hemos de tener en cuenta que, si la razón estuviera sana, demostraría esa sanidad inclinándose ante la Palabra de Dios. Pero no está sana; es ciega y está completamente pervertida; no podemos confiar en ella ni un momento en cosas espirituales, divinas o celestiales.
Si este hecho sencillo fuese bien comprendido resolvería miles de cuestiones y solucionaría miles de dificultades.
Es la razón la que hace a los incrédulos. El diablo susurra al oído del hombre: “Eres un ser dotado de razón; ¿por qué no te sirves de ella? Te fue dada para que hagas uso de ella, para que la emplees en todas ocasiones; no debes dar tu asentimiento a nada que no esté al alcance de tu razón. Es tu derecho privilegiado, como hombre, el someterlo todo a la prueba de tu razón; es propio tan sólo de un necio o de un idiota aceptar con ciega credulidad todo cuanto se expone.”
¿Qué contestaremos a tan astutas y peligrosas sugestiones? Lo más sencillo y concluyente, y es lo siguiente: La Palabra de Dios está muy por sobre todo y alcanza mucho más allá de la razón, tanto como Dios está en superioridad a las criaturas o el cielo sobre la tierra. De aquí que, cuando Dios habla, todos los razonamientos deben cederle el paso. Si sólo se tratara de la palabra de los hombres, de la opinión humana, del criterio humano, en tal caso ciertamente la razón puede ejercer sus fuerzas; o más bien, y para hablar con más propiedad, debemos juzgar de todo lo que se dice por la única norma perfecta, la Palabra de Dios. Pero si la razón entra en funciones en la Palabra de Dios, el alma se verá inevitablemente sumergida en las densas tinieblas de la incredulidad, desde la cual el descenso a las terribles negruras del ateísmo no es más que un paso.
En una palabra, pues, tenemos que recordar aún más, guardar en la más íntima profundidad de nuestro ser moral la idea de que el único terreno firme para el alma es la fe divinamente establecida en la suprema autoridad, divina majestad y completa suficiencia de la Palabra de Dios. Tal fue el terreno en que se colocó Moisés ocupado en tratar con el corazón y la conciencia de Israel. Su único y magno objeto era llevar al pueblo a una actitud de profunda, inequívoca sujeción a la autoridad divina. Sin esto todo era inútil. Si todo estatuto, todo derecho, todo precepto, toda institución debía ser sometido a la razón humana, entonces podríamos decir adiós a la autoridad divina, adiós a la Escritura, adiós a toda certeza, adiós a la paz. Mas, por otra parte, cuando el alma es dirigida por el Espíritu de Dios a la actitud agradable de una absoluta e incuestionable sumisión a la autoridad de la Palabra de Dios, entonces cada uno de Sus derechos, cada uno de Sus mandamientos, cada sentencia de Su bendito libro es recibida como viniendo de Él mismo; y la más sencilla ordenanza o institución está revestida de toda la importancia que Su autoridad es capaz de comunicar. No seremos capaces de comprender la plena significación o exacto alcance de cada estatuto y derecho. No se trata de esto; nos basta saber que procede de Dios; Dios habló y esto es concluyente. Hasta que no se ha alcanzado este gran principio, o mejor, hasta que él no ha tomado completa posesión de nuestra alma, no hay nada hecho; pero cuando es plenamente comprendido, y a él nos sometemos, está echado ya el sólido cimiento de la verdadera moralidad.
La anterior serie de pensamientos capacitará al lector para darse cuenta de la relación que existe entre el capítulo que estamos estudiando y la sección precedente del libro; y no sólo esto, sino que creemos que le ayudará a comprender el lugar especial que ocupan los versículos primeros del capítulo y aún el alcance de ellos.
“Destruiréis enteramente todos los lugares donde las gentes que vosotros heredaréis, sirvieron a sus dioses sobre los montes altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol espeso: y derribaréis sus altares, y quebraréis sus imágenes, sus bosques consumiréis con fuego: y destruiréis las esculturas de sus dioses, y extirparéis el nombre de ellas de aquel lugar” (Vers. 2, 3).
La tierra era de Jehová; debían poseerla como arrendatarios bajo Él, y por lo tanto su primer deber al entrar en posesión, era demoler todo rastro de la antigua idolatría. Esto era absolutamente indispensable. Según la razón humana podría parecer muy intolerante obrar de este modo con la religión de otro pueblo. Contestamos sin titubear: Sí; fue intolerante, pues ¿cómo pudiera el único y verdadero Dios viviente mostrarse de otra manera con los falsos dioses y el falso culto? Suponer por un momento que Él pudiera permitir el culto a los ídolos en Su tierra, sería suponer que pudiera negarse a Sí mismo, lo cual sería simplemente una blasfemia.
No quisiéramos que se nos comprendiera mal. No es que Dios no tenga paciencia con el mundo en Su longánima misericordia. No parece necesario hacer constar esto, ante la historia de cerca de seis mil años de clemencia evidente a nuestros ojos. Bendito sea para siempre Su santo Nombre, ha aguantado al mundo de una manera maravillosa desde los días de Noé, y lo soporta todavía aunque manchado por la culpa de haber crucificado a Su amado Hijo.
Todo esto es clarísimo, pero no afecta en nada al gran principio expuesto en nuestro capítulo. Israel había de aprender que estaba a punto de tomar posesión de la tierra de Jehová, y que, como sus arrendatarios, el primer deber indispensable para ellos era el borrar todo rasgo de idolatría. Para ellos no debía haber más que “el Dios uno.” Llevaban Su Nombre. Eran Su pueblo, y no podía Él permitirles que tuvieran relación con demonios. “Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás.”
A juicio de las naciones incircuncisas que les rodeaban, esto podía parecerles muy intolerante, muy estrecho, muy fanático. Ellos en verdad podían ufanarse de su libertad, y gloriarse en la amplia base de su culto que admitía “muchos dioses y muchos señores.” Según su modo de pensar, podía decirse que manifestaban una mayor amplitud de criterio permitiendo a cada cual pensar por sí mismo en materia de religión, escogiendo el objeto de su adoración y también su especial modo de rendirle culto. O bien, pudiera ponerse en evidencia un estado de civilización más adelantada, mayor cultura y refinamiento, erigiendo, como en Roma, un Panteón en el cual todos los dioses del Paganismo pudieran hallar sitio. “¿Qué importa la forma de la religión del hombre, o el objeto de su culto con tal de que sea sincero? Al fin todo terminará bien; el punto principal estriba en que todos atendamos al progreso material, a favorecer la prosperidad nacional como los medios más seguros de afirmar los intereses individuales. Por supuesto es conveniente que todo hombre tenga una religión, pero en cuanto a la forma es completamente secundario. La cuestión está en lo que es cada cual, no en la religión que tenga.”
Todo esto, ya podemos concebirlo, sería admirablemente aceptable a la mente carnal, y gozará de popularidad entre las naciones incircuncisas. Mas Israel debía recordar esta sentencia preceptiva: “Jehová tu Dios, Jehová uno es.” Y esta otra: “No tendrás dioses ajenos delante de Mí.” Esta debía ser su religión; el fundamento de su culto había de ser tan amplio y tan estrecho como el Dios vivo y verdadero, su Creador y Redentor. Este fundamento era bastante amplio para todo verdadero adorador, para todo miembro de la asamblea de la circuncisión, para todo aquél cuyo elevado y santo privilegio consistía en pertenecer al Israel de Dios. Nada tenía que ver con las opiniones u observaciones de las naciones incircuncisas que les rodeaban. ¿Eran de valor alguno? No tenían el peso de una pluma. ¿Qué podían saber esas naciones acerca de los derechos del Dios de Israel sobre Su pueblo circuncidado? Absolutamente nada. ¿Eran competentes para decidir sobre la amplitud de la base sobre la que Israel se apoyaba? Claro que no; estaban en la ignorancia más completa sobre tal cuestión. De aquí que sus pensamientos, sus raciocinios, argumentos y objeciones sobre esto no tenían valor alguno para ser atendidos ni por un momento. Israel tenía el simple y preciso deber de inclinarse a la suprema y absoluta autoridad de la Palabra de Dios, y esa Palabra insistía en la completa abolición de todo rastro de idolatría en la buena tierra de la que tenía el privilegio de ser arrendatarios bajo la dirección de Dios mismo.
Mas no sólo era una obligación de Israel abolir todos los lugares en los cuales los paganos habían adorado a sus dioses; cierto que estaban solemnemente obligados a hacerlo; pero debían hacer más aún. El ánimo pudiera concebir fácilmente el pensamiento de extinguir la idolatría en todos los lugares en donde existiera, y levantando en su lugar altares al verdadero Dios. Este curso podría parecer el propio para su adopción. Pero Dios pensó de modo muy diferente. “No haréis así a Jehová vuestro Dios. Mas el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de todas vuestras tribus, para poner allí Su nombre, para Su habitación, ése buscaréis, y allá iréis: y allí llevaréis vuestros holocaustos, y vuestros sacrificios, y vuestros diezmos, y la ofrenda elevada de vuestras manos, y vuestros votos, y vuestras ofrendas voluntarias, y los primerizos de vuestras vacas y de vuestras ovejas. Y comeréis allí delante de Jehová vuestra Dios, y os alegraréis, vosotros y vuestras familias, en toda obra de vuestras manos en que Jehová tu Dios te hubiere bendecido.”
Aquí se despliega una verdad capital ante la congregación de Israel. Debían tener un lugar de culto, lugar designado por Dios y no por hombre. Su habitación, el lugar de Su presencia, debía ser el gran centro de Israel; allí debían acudir con sus sacrificios y sus ofrendas, allí debían rendir su culto y encontrar su común alegría.
¿Parece ser esto exclusivo? Desde luego lo era; y ¿cómo pudiera ser de otro modo? Si Dios se complacía en escoger un paraje en el cual sentar Su habitación en medio de Su pueblo redimido, es seguro que por necesidad todo otro paraje como lugar de adoración era excluido. Esto era exclusividad divina, y toda alma piadosa se alegraría en ello. Todo verdadero amante de Jehová diría de todo corazón: “Jehová, la habitación de Tu casa, he amado, y el lugar del tabernáculo de Tu gloria.” Y también “Cuán amables son Tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Codicia y aun ardientemente desea mi alma los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo . . . Bienaventurados los que habitan en Tu casa; perpetuamente Te alabarán . . . Porque mejor es un día en Tus atrios, que mil fuera de ellos: escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Salmos 26, 84).
Este era el punto importantísimo y magno. Era el habitáculo de Jehová lo que era caro a todo verdadero Israelita. La inquieta voluntad humana pudiera desear correr de acá para allá; el pobre vagabundo corazón pudiera anhelar algún cambio; pero para el corazón que amaba a Dios, todo cambio del lugar de Su presencia, el lugar donde Él había puesto Su santo Nombre, sólo podía ser un cambio para su propio perjuicio. El verdaderamente devoto adorador sólo podía encontrar satisfacción y gozo, bendición y descanso en el lugar de la divina presencia; y esto desde el doble punto de vista de la autoridad de Su preciosa Palabra, y el poder atrayente de Su presencia. Ese tal no podría pensar nunca en dirigirse a otro hogar alguno. ¿A dónde iría? No había más que un altar, un habitáculo, un Dios, tal era el lugar para todo Israelita cuerdo y de corazón verdadero. Pensar en otro lugar de culto, a juicio suyo, no sólo hubiese sido un apartamiento de la Palabra de Jehová, sino también de Su santa habitación.
En todo nuestro capítulo se insiste de una manera profusa sobre este gran principio. Moisés recuerda al pueblo que, desde el momento de entrar en la tierra de Jehová, debía ponerse término a toda la irregularidad y obstinación que les había caracterizado en los llanos de Moab como en el desierto. “No haréis como todo lo que nosotros hacemos aquí ahora, cada uno lo que le parece. Porque aun hasta ahora no habéis entrado al reposo y a la heredad que os da Jehová vuestro Dios. Mas pasaréis el Jordán, y habitaréis en la tierra qué Jehová vuestro Dios os hace heredar, y Él os dará reposo de todos vuestros enemigos alrededor, y habitaréis seguros. Y entonces, al lugar que Jehová vuestro Dios escogiere para hacer habitar en Él Su Nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando:. . Guárdate, que no ofrezcas tus holocaustos en cualquier lugar que vieres: mas en el lugar que Jehová escogiere en una de tus tribus, allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando” (Vers. 8-14).
Así que, no sólo en el objeto, sino hasta en el lugar y modo de adorar, Israel estaba absolutamente circunscrito al mandamiento de Jehová. Debían ponerse término a lo que a ellos pluguiera, a lo que ellos escogieran, a lo que ellos quisieran, en cuanto tuviese relación con el culto de Dios, tan pronto hubieran cruzado el río de la muerte, y hubiesen sentado sus pies, como pueblo redimido, en la herencia que se les concedía divinamente. Una vez en ella, en el goce de la tierra de Jehová y el reposo que la tierra les proporcionaba, su servicio razonable e inteligente había de ser la obediencia a Su Palabra. En el desierto podían pasarse por alto cosas que no podían ser toleradas en Canaán. Cuanto más elevado fuese el alcance de sus privilegios, tanto mayor era la responsabilidad y más elevada la norma a que debían conformar sus actos.
Podría ser que nuestros pensadores de amplio criterio y los que contienden por la libertad de la voluntad y por la libertad de acción, que abogan por el derecho del criterio privado en materias religiosas, por la liberalidad de la mente y por la catolicidad del espíritu, podría ser, decimos, que estén prontos a tachar lo expuesto de extremadamente estrecho y enteramente impropio de nuestro siglo de las luces y para hombres de inteligencia y de ilustración.
¿Cuál debe ser nuestra respuesta a los que adoptan tal lenguaje? Una muy sencilla y concluyente, y es la siguiente: ¿No tiene Dios derecho a prescribir el modo en que Su pueblo debe adorarle? ¿No tenía perfecto derecho a fijar el lugar donde debía reunir a Su pueblo Israel? O hemos de negar Su existencia o admitir Su absoluto e incuestionable derecho a exponer Su voluntad sobre el cómo, cuándo y dónde debía Su pueblo allegarse a Él. ¿Querrá alguien, por ilustrado y culto que sea, negar tal cosa? ¿Es una prueba de alta cultura, de refinamiento, de amplitud de criterio, de universalidad de espíritu el negar a Dios Sus derechos?
Si Dios, pues, tiene derecho a mandar, ¿será estrechez de criterio o fanatismo en Su pueblo el obedecerle? Tal es la cuestión. Y a nuestro juicio es tan sencillo que más no puede ser. Estamos completamente convencidos de que la verdadera amplitud de miras, grandeza de corazón y universalidad de espíritu están en cumplir los mandamientos de Dios. Por lo tanto, cuando se ordenó a Israel que acudiera a un lugar determinado y ofreciera allí sus sacrificios, con seguridad que no había estrechez de espíritu o fanatismo en acudir allí y rehusar con santa energía acudir a otro sitio distinto. Los gentiles incircuncisos podían ir donde les pluguiese; el Israel de Dios debía acudir tan sólo al sitio designado por Él.
¡Qué inefable privilegio para cuantos amaban a Dios y se amaban unos a otros reunirse en el sitio donde habitaba Su Nombre! ¡Qué gracia más conmovedora brilla en este Su deseo de reunir a Su pueblo alrededor Suyo de vez en cuando! ¿Acaso infringía este hecho sus derechos personales y privilegios domésticos? Al contrario; los encarecía inmensamente, Dios en Su infinita bondad tuvo cuenta de esto. Se gozaba en ministrar la alegría y la bendición a Su pueblo, la felicidad privada, social y pública. De aquí que leamos: “Cuando Jehová tu Dios ensanchare tu término, como Él te ha dicho, y tú dijeres, comeré carne, porque deseó tu alma comerla, conforme a todo el deseo de tu alma comerás carne. Cuando estuviere lejos de ti el lugar que Jehová tu Dios habrá escogido para poner allí Su Nombre, matarás de tus vacas y de tus ovejas, que Jehová te hubiere dado, como te he mandado yo, y comerás, en tus puertas según todo lo que deseare tu alma. Lo mismo que se come el corzo y el ciervo, así las comerás: el inmundo y el limpio comerán también de ellas.”
Aquí vemos que se concede por la bondad y tierna misericordia de Dios un gran margen al más completo círculo de las satisfacciones personales y familiares. La única restricción era para la sangre. “Solamente que te esfuerces a no comer sangre; porque la sangre es el alma, y no has de comer el alma juntamente con su carne. No la comerás; en tierra la derramarás como agua. No comerás de ella para que te vaya bien a ti, y a tus hijos después de ti, cuando hicieres lo recto en ojos de Jehová.”
Este era un principio cardinal en la ley, al cual hicimos ya referencia en nuestras “Notas sobre el Levítico.” No es la cuestión hasta qué punto Israel lo comprendió; ellos debían obedecer para que les fuera bien a ellos y a sus hijos después de ellos. Debían reconocer en este asunto los soberanos derechos de Dios.
Habiendo hecho esta excepción en lo tocante a las costumbres personales y familiares, el legislador vuelve a tratar del tema importantísimo de su culto público. “Empero las cosas que tuvieres tú consagradas, y tus votos, las tomarás y vendrás al lugar que Jehová hubiere escogido: y ofrecerás tus holocaustos, la carne y la sangre, sobre el altar de Jehová tu Dios: y la sangre de tus sacrificios será derramada sobre el altar de Jehová tu Dios, y comerás la carne” (Vers. 26, 27).
Si a la razón o al capricho se le consintiera hablar quizá dijera: “¿Por qué hemos de acudir a este lugar único? ¿No podemos tener un altar en casa? ¿O, por lo menos, un altar en cada ciudad importante, o en el centro de cada tribu?” La respuesta concluyente es: “Dios lo ha dispuesto de otro modo, y esto debe bastar a todo verdadero Israelita. Aunque no seamos capaces por razón de nuestra ignorancia, de ver el por qué o el cómo, nuestro preciso deber es obedecer sencillamente. Puede suceder, además, que conforme vayamos andando cuidadosamente por la senda de la obediencia, aparecerá la luz en nuestras almas en cuanto a la razón de este hecho, y encontraremos abundante bendición en hacer lo que place a Jehová nuestro Dios.”
Sí, lector; esta es la manera conveniente de responder a los razonamientos y dudas de la mente carnal, que no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco en realidad puede. Es seguro que la luz penetrará en nuestras almas según vayamos andando con espíritu humilde por el sagrado sendero de la obediencia; y no sólo esto, sino que indecibles bendiciones afluirán a nuestro corazón en esta consciente proximidad a Dios, que sólo es conocido de aquellos que guardan amorosamente Sus preciosísimos mandamientos. ¿Hemos de exponer a los contradictores carnales y a los incrédulos nuestras razones para obrar en este o en aquel sentido? Ciertamente que no; esto no nos compete; sería perder tiempo y trabajo, toda vez que los contradictores y razonadores son enteramente incapaces de entender o apreciar nuestras razones.
Por ejemplo, en el tema que estamos considerando ¿puede una mente carnal, un incrédulo, un simple hijo de la naturaleza comprender por qué se ordenó a las doce tribus de Israel a que adoraran ante un solo altar, reunirse en un lugar determinado, agruparse alrededor de un solo centro? No, ni por asomo. La grande razón moral de tan hermosa institución está muy lejos de su alcance.
Pero para una mente espiritual, todo es tan claro como hermoso. Jehová quiso congregar a Su amado pueblo alrededor Suyo de vez en cuando, a fin de que pudieran regocijarse juntos ante Él, y para que pudiera Él tener Su especial complacencia en ellos. ¿No era esto algo preciosísimo? Seguramente lo era para todos los que realmente amaban a Jehová.
No cabe duda si el corazón fuera frío y descuidado para con Dios, poco importaría cual fuese el lugar de culto; cualquier lugar le hubiera sido igual. Pero podemos establecer como principio seguro que todo leal y amante corazón desde Dan hasta Beerseba se regocijaría al reunirse en el lugar en que Jehová había puesto Su Nombre, y que había designado para estar entre Su pueblo. “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos. Nuestros pies estuvieron en tus puertas, oh Jerusalem (el centro de Dios para Israel.) Jerusalem, que se ha edificado como una ciudad que está bien unida entre sí. Y allá subieron las tribus, las tribus de Jah, conforme al testimonio dado a Israel, para alabar el Nombre de Jehová. Porque allá (y no en otro sitio) están las sillas del juicio, las sillas de la casa de David. Pedid la paz de Jerusalem: sean prosperados los que te aman. Haya paz en tu antemuro, y descanso en tus palacios. Por amor de mis hermanos y mis compañeros hablaré ahora paz de ti. A causa de la casa de Jehová nuestro Dios, buscaré bien para ti” (Salmo 122).
Aquí tenemos la hermosa aspiración de un corazón que amaba la habitación del Dios de Israel, su bendito centro, el punto de cita de las doce tribus de Israel, el sitio consagrado que iba asociado en el alma de todo verdadero Israelita con todo lo brillante y gozoso relacionado con el culto de Jehová y la comunión de Su pueblo.
Tendremos ocasión de volver sobre tan deleitoso tema cuando lleguemos al estudio del capítulo decimosexto de nuestro libro, y terminaremos esta sección reproduciendo el último párrafo del capítulo de que estamos tratando.
“Cuando hubiere devastado delante de ti Jehová tu Dios las naciones a donde tú vas para poseerlas y las heredares, y habitares en su tierra, guárdate que no tropieces en pos de ellas, después que fueren destruidas delante de ti: no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas gentes a sus dioses, así haré yo también. No harás así a Jehová tu Dios: porque todo lo que Jehová aborrece, hicieron ellos a sus dioses; pues aun a sus hijos e hijas quemaban en el fuego a sus dioses. Cuidaréis de hacer todo lo que os mando: no añadirás a ello ni quitarás de ello (Vers. 29-32).
La preciosa Palabra de Dios debía formar un sagrado recinto alrededor de Su pueblo, dentro del cual podían gozar de Su presencia y deleitarse en la abundancia de Sus mercedes y favores, y en el cual debían apartarse enteramente de todo lo que pudiera ofenderle a Él, cuya presencia debía ser a un tiempo su gloria, su gozo, y su gran salvaguardia moral contra todo lazo y toda abominación.
¡Ah! ellos no permanecieron en aquel recinto; prontamente echaron abajo las vallas que lo circundaba y se desviaron de los santos mandamientos de Dios. Hicieron precisamente aquellas mismas cosas que se les había dicho que no hicieran, y tuvieron que cosechar las terribles consecuencias. Pronto hablaremos de esto y de su porvenir.