La Conversión y el Nuevo Nacimiento [Rústica]

La Conversión y el Nuevo Nacimiento by Charles Henry Mackintosh
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Conversion and the New Birth
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Spanish
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Extracto: La conversión 

La absoluta necesidad de la conversión

El capítulo 1 de la primera epístola a los Tesalonicenses presenta una muy hermosa y notable descripción de lo que podemos llamar verdadera conversión. Esperamos que su estudio resulte de interés y de provecho para nuestras almas, pues nos proporciona una respuesta clara y precisa a la pregunta: «La conversión: ¿Qué es?». Este tema no es de poca importancia. En tiempos como los actuales, es bueno tener una respuesta divina a tal pregunta. Se oye mucho acerca de casos de conversión, y damos gracias a Dios por cada persona que se convierte. Por supuesto, creemos en la necesidad indispensable y universal de la obra divina de la conversión, se trate de quien se trate, sea judío o griego, bárbaro o escita, esclavo o libre, protestante o católico romano. Toda persona, cualquiera sea su nacionalidad, su posición eclesiástica o su credo teológico, debe convertirse; de lo contrario, se sitúa en el camino ancho que conduce directamente al infierno eterno. Nadie nace cristiano, en el verdadero sentido del término, y tampoco es suficiente la educación cristiana. Que alguien piense serlo por nacimiento o educación, por el bautismo de agua o por cualquier otra ceremonia religiosa, es un error fatal, una ilusión mortal y un engaño del principal enemigo de las almas. Una persona se hace cristiana solo por medio de una conversión divina. Deseamos, pues, llamar encarecidamente la atención sobre la urgente y absoluta necesidad de una verdadera conversión a Dios.

Aquí no cabe la indiferencia. Sería el colmo de la insensatez intentar ignorarlo o tomarlo a la ligera. Para un ser inmortal –que tiene ante sí una eternidad sin fin– descuidar el asunto solemne de su conversión es la mayor necedad de la que jamás pueda ser culpable. En comparación con esta cuestión de tanto peso, todos los diversos objetos que absorben la atención y la energía en el atareado escenario en que nos movemos, son como una mota de polvo en la balanza. Todas las especulaciones de la vida comercial, los planes para ganar dinero e invertirlo en negocios rentables, la búsqueda del placer en sus múltiples formas –el teatro1 y los conciertos, salones de baile y de juego (como el casino, el billar, etc.), el hipódromo, los clubes de caza, los lugares donde se consumen bebidas alcohólicas, es decir, todo lo que el pobre corazón insatisfecho ansía tener–, todo eso es como la niebla de la mañana, la espuma del agua, el humo de la chimenea, la marchita hoja otoñal; todo se desvanece rápidamente y deja tras de sí un doloroso vacío. El corazón está insatisfecho y el alma está perdida porque permanece inconversa.

Y después, ¿qué? ¡Tremenda pregunta! ¿Qué queda al final de todo este escenario de frenesí comercial, luchas políticas, inversiones financieras y búsqueda de placeres? ¡Al final, la persona tiene que enfrentarse con la muerte! “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez” (Hebreos 9:27). De esto no se puede escapar. En esta guerra no hay licenciamiento. Todas las riquezas del universo no bastarían para rescatar de las manos de ese terrible enemigo un solo momento de tregua. Toda la ciencia médica que la humanidad puede proporcionar, toda la cordial solicitud de parientes y amigos, sus lágrimas, suspiros y súplicas son impotentes para aplazar el momento temido o para hacer que “el rey de los espantos” (Job 18:14) envaine su terrible espada. Nadie, por ningún medio humano, puede librarse de la muerte. Ha de llegar el momento en que se suelte el lazo que conecta el corazón con todas las bellas y fascinantes escenas de la vida humana. Los amigos más queridos, los proyectos encantadores, los objetos codiciados, todo habrá que dejarlo. Mil mundos no podrían esquivar el golpe. Habrá que mirar a la muerte directamente a la cara. Es un misterio pavoroso, un hecho tremendo, una dura realidad que toda persona inconversa bajo la bóveda del cielo tendrá que enfrentar. En cuestión de horas, días, meses o años, habrá que cruzar la frontera que separa el tiempo actual –con todos sus afanes vacíos, vanos e imaginarios– de la eternidad con sus asombrosas realidades.

¿Y qué, entonces? Que la Escritura responda; ninguna otra cosa puede hacerlo. Los hombres inventan respuestas conforme a sus vanas nociones. Quieren hacernos creer que, después de la muerte, viene la aniquilación2. “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (Isaías 22:13). ¡Vana ilusión! ¡Sueño insensato de la imaginación humana, cegada por el dios de este mundo! ¿Cómo puede ser aniquilada un alma inmortal? En el huerto del Edén, el hombre fue dotado de un espíritu inmortal. “Jehová Dios… sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7), no un alma mortal. El alma tiene que vivir para siempre. Convertida o inconversa, tiene ante sí la eternidad. ¡Oh, esta consideración posee un peso abrumador para todo espíritu reflexivo! No hay mente humana que alcance a percatarse de su inmensidad. Está fuera de nuestra comprensión, pero no fuera de nuestra creencia. Prestemos atención a la voz de Dios. ¿Qué enseña la Escritura? Una sola línea de la santa Biblia basta para barrer diez mil argumentos y teorías de la mente humana. ¿Produce aniquilación la muerte? ¡No!

Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio
(Hebreos 9:27).

Nótense estas palabras: “Después de esto el juicio”. Se aplican solo a los que mueren en sus pecados, únicamente a los incrédulos. Para el cristiano, el juicio pasó para siempre, así lo enseña la Escritura en múltiples lugares. Es importante tener en cuenta esto, porque algunos dicen que como solo hay vida eterna en Cristo, entonces todos los que están fuera de Cristo serán aniquilados.

La Palabra de Dios no dice eso. Está el juicio después de la muerte. ¿Y cuál será el resultado del juicio? De nuevo la Escritura nos habla en un lenguaje tan claro como solemne: “Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras… Esta es la muerte segunda (el lago de fuego). Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:11-15). Todo esto es demasiado claro. No hay el menor fundamento para la vacilación o la dificultad. Para todos aquellos cuyos nombres están inscritos en el libro de la vida no hay juicio de ningún tipo. Aquellos cuyos nombres no están en ese libro, serán juzgados según sus obras. Y después, ¿qué? ¿Aniquilación? No, sino “el lago de fuego”; y eso, para siempre.

¡Cómo abruma pensar en esto! Una persona inconversa, sea quien fuere, tiene delante de sí la muerte, el juicio y el lago de fuego; cada pulsación le acerca más y más a esas tremendas realidades. Que usted ha de pasar a la eternidad, en cualquier instante, es más seguro que la salida del sol en su momento determinado mañana por la mañana. Y si su nombre no se halla inscrito en el libro de la vida –si no se ha convertido– si no está en Cristo, con seguridad será juzgado según sus obras, y el resultado de tal juicio será el lago de fuego durante toda la eternidad. Quizás se extrañe usted de que insistamos tanto sobre este terrible tema y diga: «¿Se va a convertir la gente con esto?». Si no los convierte, bien puede ser que los induzca a ver su necesidad de conversión, el peligro inminente en que se hallan, y les incite a huir de la ira venidera. ¿Por qué estuvo razonando el apóstol Pablo con Félix sobre “el juicio venidero”? (Hechos 24:25). Ciertamente para persuadirle de que se convirtiera de sus malos caminos. ¿Por qué insistía tanto nuestro adorable Señor en hacer considerar a sus oyentes la solemne realidad de la eternidad? ¿Por qué hablaba del gusano que no muere y el fuego que nunca se apaga (Marcos 9:44-48)? Seguramente para despertar en ellos el temor frente a tal peligro, a fin de que huyesen, buscasen refugio y echasen mano de la esperanza puesta ante ellos.

¿Somos más sabios que él? ¿Tenemos mayor ternura? ¿Hemos hallado algún método mejor para convertir a la gente? ¿Acaso nos debe atemorizar el hecho de insistir sobre el mismo tema solemne acerca del cual tanto insistió nuestro Señor? ¿Nos echaremos para atrás por no ofender a oídos delicados con la declaración lisa y llana de que todos los que mueren sin convertirse tienen que presentarse ante el gran trono blanco y pasar al lago de fuego? ¡Dios no lo permita! Urgimos solemnemente al lector inconverso a que no descuide el tema más importante: la salvación de su alma. Que ni las preocupaciones, los placeres o las obligaciones le entretengan hasta el punto de ocultar de su vista la magnitud y la seriedad tan profunda de esta cuestión.

¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?
(Mateo 16:26).

¡Oh, si usted no es salvo, si no se ha convertido, le suplicamos que reflexione sobre la necesidad de convertirse a Dios! Este es el único modo de entrar en Su reino. Así nos lo dice claramente el Señor Jesucristo; y confiamos que usted sepa que no pasará una jota ni una tilde de Sus santas palabras sin que se cumplan. El cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra no pasará (Mateo 24:35; Marcos 13:31; Lucas 21:33). No hay poder en la tierra ni en el infierno, de hombres o demonios, que sea capaz de anular las palabras del Señor Jesucristo. Usted tiene que pasar por una de estas dos cosas: la conversión aquí o la condenación eterna después.

Así son las cosas, si hemos de guiarnos por la Palabra de Dios; en vista de esto, quisiéramos una vez más urgir con la mayor vehemencia e insistencia a todas las almas inconversas con quienes nos ponemos en contacto, ya por palabra, ya por escrito, a que consideren en este mismo momento la indispensable necesidad de huir de la ira venidera y acudir al bendito Salvador, quien murió en la cruz para salvarnos. Está con los brazos abiertos para acoger a todo el que vaya a él, pues en su gracia tan dulce y preciosa declara: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).

  • 1Nota del traductor (N. del T.): En la época actual, más que al viejo teatro, Mackintosh seguramente se habría referido al cine: el gran atractivo de Hollywood que cautiva al mundo entero.
  • 2N. del T.: Teoría que propone que después de la muerte, el alma de los malos será aniquilada o extinta, esto es, que dejará de existir. Los aniquilacionistas niegan el castigo eterno y consciente de los malos, algo que está formalmente contradicho por la Escritura (véase Mateo 10:28).

 

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El Nuevo Nacimiento: ¿Qué es? by Charles Henry Mackintosh
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