La Gloria Moral del Señor Jesucristo [Rústica]

La Gloria Moral del Señor Jesucristo by John Gifford Bellett
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English:
The Moral Glory of the Lord Jesus Christ
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Spanish
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#5973-62
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Rústica
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96 pages
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Prólogo a la edición en castellano 

John G. Bellett (1795-1864) fue particularmente utilizado por Dios, en medio de la luz que el Espíritu Santo dio a la Iglesia en el siglo XIX, para desenterrar los tesoros de las diversas glorias del Señor Jesús que yacían ocultos en las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Su ministerio se centró principalmente en la Persona del Señor Jesús. El agudo discernimiento espiritual que le fue dado le permitió penetrar en las profundidades de la Palabra y deleitar su corazón con las revelaciones que en ella encontraba acerca de las glorias de nuestro Señor, despertando, por medio de sus escritos, el asombro y la adoración en el corazón de los lectores. Sus escritos, de carácter meditativo, han sido las delicias de muchos hasta hoy; ellos dejan ver el conocimiento que este siervo de Dios tenía sobre los misterios de Dios; ciertamente, ningún creyente que ame verdaderamente a Cristo puede dejar de hallar un alimento espiritual sólido y nutritivo para su alma al leer obras tales como «Los evangelistas», «Los patriarcas», «El Hijo de Dios», «Los cielos abiertos» (este último libro existe en castellano) y otras meditaciones.

Rogamos a Dios que la presente traducción castellana sea de bendición para el lector, así como lo ha sido, en su edición original, para millares de creyentes de habla inglesa.

Extracto:

Las glorias del Señor Jesús 

Cuando alguna persona ofreciere oblación a Jehová, su ofrenda será flor de harina, sobre la cual echará aceite, y pondrá sobre ella incienso, y la traerá a los sacerdotes, hijos de Aarón; y de ello tomará el sacerdote su puño lleno de la flor de harina y del aceite, con todo el incienso, y lo hará arder sobre el altar para memorial; ofrenda encendida es, de olor grato a Jehová
(Levítico 2:1-2).

Las glorias del Señor Jesús son de tres clases diferentes: personales, oficiales y morales. Jesús velaba su gloria personal, salvo cuando la fe sabía descubrirla o cuando la ocasión lo requería. Igualmente velaba su gloria oficial, pues no andaba de lugar en lugar como Unigénito Hijo procedente del seno del Padre o como el Soberano Hijo de David. Esas glorias por lo general estaban ocultas mientras pasaba, día tras día, por las diversas circunstancias de la vida. En cambio, su gloria moral no podía ser ocultada, ya que él no podía ser menos que perfecto en todo, pues la perfección le era propia; más aun, él era la perfección misma. La excelencia de esa gloria era demasiado intensa, demasiado resplandeciente para que los ojos humanos fuesen capaces de soportarla, de manera que el hombre estaba permanente expuesto a ella y sujeto a su reproche. Mas ella resplandecía, así el hombre la soportara o no. Esa gloria moral ilumina ahora cada página de los cuatro evangelios del mismo modo que antes iluminó toda la senda que atravesó nuestro Señor en su paso por esta tierra.

Su humanidad

Del Señor Jesús se ha dicho que «su humanidad fue perfectamente natural en su desarrollo». Es esta una declaración muy hermosa y verdadera. Si fuera preciso lo demostraría el versículo 52 del capítulo 2 de Lucas. No había en él ni rastro de un desarrollo que no fuese natural; su crecimiento era regular en todos los aspectos; su sabiduría marchaba pareja con su estatura y su edad; fue primero niño y luego hombre. Más tarde, como hombre –hombre de Dios en el mundo– testificará que las obras del mundo son malas, y, como consecuencia, será aborrecido por él; pero como niño –niño según el corazón de Dios, se puede decir– se sujetará a sus padres y a la ley cual ser perfecto. En tales condiciones, Jesús crecía en gracia para con Dios y los hombres.

Mas aunque en Jesús había progreso, como lo vemos, no había nube, mala inclinación o error; en esto se distinguía de todos. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón; pero en su entendimiento hubo penumbra, falta de claridad y hasta oscuridad, y el Señor tuvo que decirle:

¿Por qué me buscabais?
(Lucas 2:49).

En cambio, en Jesús, el progreso no era más que una forma de la hermosura moral que le era propia; su crecimiento era regular y a su tiempo; y se puede agregar que, así como «su humanidad fue perfectamente natural en su desarrollo», también lo fue su modo de expresar su carácter humano: todo lo que se manifestaba en él era común al hombre.

Él era el árbol plantado junto a arroyos de aguas, que da su fruto en su tiempo (Salmo 1) y todas las cosas son hermosas solamente en su propia estación. La gloria moral del “niño Jesús” resplandece en su debida estación y en su generación; luego, cuando llega a ser hombre, la misma gloria solo adquiere otras formas de expresión, y estas también en su tiempo. Él sabía cuándo debía reconocer los derechos de su madre al plantearlos ella; cuándo debía resistirlos pese a que ella quisiera hacerlos valer; cuándo debía responder a ellos sin que ella lo reclamara (Lucas 2:51; 8:21; Juan 19:27).

 

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