(continuación del número anterior)
“Hablando Él (Jesús) estas cosas a ellos, he aquí vino un principal, y le adoraba, diciendo: Mi hija es muerta poco ha: mas ven y pon Tu mano sobre ella, y vivirá. Y se levantó Jesús, y le siguió, y Sus discípulos.
Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre doce años había, llegándose por detrás, tocó la franja de Su vestido: porque decía entre sí: Si tocare solamente Su vestido, seré salva. Mas Jesús volviéndose, y mirándola, dijo: Confía, hija, tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.
Y llegado Jesús a casa del principal, viendo los tañedores de flautas, y la gente que hacía bullicio, díceles: Apartaos, que la muchacha no es muerta, mas duerme. Y se burlaban de Él. Y como la gente fue echada fuera, entró, y tomóla de la mano, y se levantó la muchacha. Y salió esta fama por toda aquella tierra” (versículos 18-26).
El Señor Jesús —el Jehová del pueblo de Israel— seguía andando y haciendo bienes en medio de los judíos, demostrando quién era: el gran Sanador del Salmo 103:3-4: “el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida”. No era necesario solicitar una entrevista con un secretario administrativo y esperar una quincena para poder presentarse ante Jesús; no. Él siempre estaba muy accesible. “Jairo, uno de los príncipes de la sinagoga” (Marcos 5:2222And, behold, there cometh one of the rulers of the synagogue, Jairus by name; and when he saw him, he fell at his feet, (Mark 5:22)), “le adoraba” (la debida actitud de un hombre ante su Creador), y le rogó que restaurase la vida a su hija “muerta poco ha”. Jairo tenía fe. Jesús, sin demorar, es decir, sin consultar un horario para ver cuándo tendría una hora disponible, enseguida “le siguió”. Echó fuera de la casa de Jairo a toda la gente que hacía bullicio, e igualmente a todos los incrédulos que se burlaban de Él. (Hay que echar fuera de una vez la incredulidad). Luego resucitó la muchacha.
Pero mientras se encaminaba a la casa de Jairo, se acercó la mujer enferma y “tocó la franja de Su vestido” y luego se sanó. Ese era el toque de fe, pues ella “decía entre sí: Si tocare solamente Su vestido, seré salva”.
Tal vez hay un aspecto dispensacional visto aquí. Jesús vino a despertar a Israel muerto. En el camino, nosotros, los pobres gentiles sin remedio para nuestra enfermedad incurable del pecado, por la gracia de Dios, Le tocamos por fe y somos sanados. Pronto viene el día cuando el Señor cumplirá Su misión con Israel —arrepentido entonces— y será resucitado de su estado espiritualmente muerto.
“Y pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: Ten misericordia de nosotros, Hijo de David. Y llegado a la casa, vinieron a Él los ciegos; y Jesús les dice: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dicen: Sí, Señor. Entonces tocó los ojos de ellos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos” (versículos 27-30).
No fueron los fariseos y escribas que tenían vista, los que reconocieron a Jesús como el “Hijo de David”, sino dos pobres ciegos, y éstos al saber de Su presencia siguieron en pos de Él, gritando a más no poder: “Ten misericordia de nosotros, Hijo de David”. Le siguieron hasta la casa en donde Él entró. Luego, Jesús les hizo una pregunta de sólo cinco palabras: “¿Creéis que puedo hacer esto?”, probando lo genuino de su fe. Ellos respondieron: “Sí, Señor”. ¡Cuán grato fue al Señor la respuesta de fe! “Conforme a vuestra fe os sea hecho”. Creemos que en este dicho del Señor tenemos un principio válido en todo tiempo. “La fe es la luz de Dios en el alma”. La palabra escrita de Dios, la Biblia, abunda en principios de verdad con los cuales el hijo de Dios debe familiarizarse, meditando diariamente en ella. Entonces, en las circunstancias de la vida, sean ordinarias o extraordinarias, el creyente, con oración, y en comunión con su Señor, si tiene un problema o dificultad o necesidad, podrá ejercer su fe y estar seguro de que el Señor hará para él lo que desea: “conforme a vuestra fe os sea hecho”. “Esta es la confianza que tenemos en Él, que si demandáremos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye” (1 Juan 5:1414And this is the confidence that we have in him, that, if we ask any thing according to his will, he heareth us: (1 John 5:14)).
“Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa. Mas ellos salidos, divulgaron Su fama por toda aquella tierra” (versículos 30-31).
A pesar de las instrucciones rigurosas que Él les dio, ellos no Le obedecieron. En vez de cumplir con las instrucciones de su gran Benefactor omnipotente, ellos creían en sus propios sentimientos humanos más bien que en los sapientísimos mandamientos de su Dueño omnisciente. Tal vez nosotros mismos nos preguntamos: “¿Por qué no quiso Jesús que Su fama fuese divulgada?”. Pero no lo sabemos, pero cuidemos de no juzgar los motivos del Señor con nuestras estrechas mentes. En otra parte leemos que la divulgación de su fama en la ciudad estorbó Su labor, y que Él “estaba fuera en los lugares desiertos; y venían a Él de todas partes” (Marcos 1:4545But he went out, and began to publish it much, and to blaze abroad the matter, insomuch that Jesus could no more openly enter into the city, but was without in desert places: and they came to him from every quarter. (Mark 1:45)).
“He aquí, le trajeron un hombre mudo, endemoniado. Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y las gentes se maravillaron, diciendo: Nunca ha sido vista cosa semejante en Israel. Mas los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios” (versículos 32-34).
En estos dos capítulos, 8 y 9, hemos leído de cómo Jesús, el Mesías de Israel, y su gran Sanador, había sanado al leproso, al mozo paralítico, a la suegra de Pedro, a otro hombre paralítico echado en una cama, a la joven hija de Jairo, a la cual resucitó, a la mujer enferma de flujo de sangre, a los dos ciegos y al hombre mudo y endemoniado.
¿Y qué efecto hizo esta manifestación gloriosa de la Deidad de Jesús en los corazones de los líderes religiosos de Israel? Sólo provocó su oposición e imputación falsa: “Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios”. Así, desde el principio del ministerio activo de Jesús entre los judíos, Él fue rechazado por los fariseos, escribas y sacerdotes.
No obstante, Él seguía con Su trabajo de amor: “rodeaba Jesús por todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y todo achaque en el pueblo” (versículo 35). Tenemos aquí en pocas palabras un resumen de las labores incansables del Señor Jesús, proseguidas durante muchos meses y testificando a todo el mundo de la gloria del Mesías.
Trataremos los últimos tres versículos del capítulo 9 con el capítulo 10, pues hay una conexión positiva entre ellos.
(seguirá, Dios mediante)