Capítulo 9: Chibaya

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Daudi y yo nos quedamos unos pocos momentos más en la puerta de la cocina, mirando camino abajo, confiando en ver a Mubofu una vez más cuando cruzara los plantíos de mijo y el matorral, pero parecía que las tinieblas lo habían tragado.
Bwana, es bueno por muchas razones que esta noche sea húmeda —dijo Daudi—. No hay muchos animales rondando en una noche como ésta y el camino es mucho más seguro. Tampoco hay serpientes. ¡Kumbe! Ese puede ser su mayor peligro, porque no puede verlas y a menudo salen directamente al sendero en la noche.
Escuché el sonido musical del agua de lluvia que corría dentro de nuestro tanque depósito.
—Daudi, además de Mubofu, ¿hay alguien en Chibaya que pueda ayudarnos, aunque sea una ayuda muy pequeña?
El enfermero pensó un momento.
—Sí, Bwana, pienso que hay un hombre que nos ayudará. Su nombre es Ndogowe (Asno). Es el que cuida del asno blanco de Chikoti. Cuando se metió en un gran problema, fue salvado por Bibi Dobson, que era enfermera aquí antes de que tú llegaras. Pero, Bwana, esa es una larga historia. Mira, te la contaré algún día que salgamos de safari.
—Cierto, hoy necesito dormir porque tenemos mucho trabajo por delante.
Daudi se fue chapaleando hasta su casa en el hospital, después de darme su kwa heri (adiós).
Me acosté enseguida. La lluvia había terminado, pero el viento soplaba con fuerza y las persianas —hechas con latas de keroseno— golpeaban ruidosamente. Cuando me asomé afuera antes de ir a la cama, este ruido pareció entremezclarse con el alarido de una madre de corazón quebrantado, tal como había oído aquella noche en la aldea de Chibaya. Me parecía que había dormido sólo unos pocos minutos cuando fui despertado por una voz que llamaba fuera de la tela metálica de mi ventana, diciendo:
Bwana, ¿hodi? (¿Se puede?) Bwana.
—¿Nhawule? (¿Qué pasa?) —pregunté.
Bwana —había urgencia en el tono— soy yo, Mubofu. Estoy aquí con muchos enfermos.
Miré mi reloj. Eran las cinco de la mañana. Dirigiendo mi linterna a la ventana, vi a Mubofu de pie con un chico de unos siete años en la espalda, tan enfermo que por un momento dudé que estuviera vivo. Podía ver vagamente a otras tres o cuatro personas de pie contra la pared blanqueada de la casa. Me puse algo de ropa y mis botas y salí.
—Ven, vamos enseguida al hospital —dije.
Habían desaparecido todos los rastros de la tormenta de horas antes. A través del maizal se oyó el lúgubre aullido de una hiena. La pequeña procesión pareció no oírla. Los llevé al consultorio, llamando a la enfermera africana del turno nocturno. Tomé al niño de la espalda de Mubofu. Aunque la noche era fría y estaba vestido sólo con un taparrabos, su piel parecía quemar. Cuando lo acosté en la camilla, tosió. Aquel esfuerzo pareció demasiado para él. Su pecho subía y bajaba espasmódicamente por un momento antes de que pudiera recuperar la respiración. Observé que respiraba tres veces más rápidamente que Mubofu que estaba a su lado. Quizá era uno de los centenares que hubiera desarrollado neumonía si la epidemia era dejada libre para seguir su curso.
—¿Quién es, Mubofu?
—Se llama Mazengo, Bwana, y es el nieto de Chikoti. Viene conmigo chinyele (secretamente) los domingos a oír las palabras de Dios.
Silbé y encendí un mechero, calenté un tubo de ensayo y preparé una inyección que le puse al chico. El cieguito se me acercó.
—¿Qué haces, Bwana?
—En este instrumento que tiene una aguja aguda —le expliqué— tengo medicina que produce sueño y quietud. Porque ¿acaso no está tu amigo muy cansado del viaje?
Yoh, Bwana, yo también estoy muy cansado. Lo he llevado sobre mi espalda todo el camino.
Se echó pesadamente sobre un cajón. Di la inyección a Mazengo y unos momentos después vi cómo uno de los enfermeros lo llevaba a la sala. Perisi, la enfermera, se me acercó, diciendo:
Bwana, hay aquí dos mujeres con criaturas. Ambas tienen sarampión. Los dos chicos están muy enfermos, pero, vaya, las dos dicen que dos de sus hijos han muerto y que han venido hasta el hospital buscando ayuda. No ven esperanza en la medicina gogo.
—Está bien, preparen camas para ellas en la sala pequeña que usamos para guardar el keroseno, el jabón y las mantas. Vaya, es cosa buena que nuestro stock esté tan pobre. Dales medicinas y fíjate que estén lo más cómodas que sea posible.
Perisi asintió.
—Mubofu, has estado levantado toda la noche —dije—. Has trabajado mucho. Pues bien, ahora debes descansar.
Bwana —dijo el cieguito, sacudiendo su cabeza—, debo dejar el hospital, antes que haya luz. No quiero que la gente de mi aldea sepa quién es el que ha hecho este trabajo. Si lo saben, me pueden ocurrir muchas cosas y quizá no pueda ayudar a otros.
Viendo que era imposible detenerlo, abrí la puerta del depósito y corté un gran trozo de azúcar.
—Ve a tu casa, duerme durante el día y come esto por el camino.
Al tomar el azúcar le dije:
—Mubofu, permíteme que no sólo te dé alimento para tu cuerpo sino también un mensaje del Libro de Dios en el cual podrás pensar hoy y los días que han de venir, mientras luchamos por las almas y los cuerpos de la gente. Había una vez un hombre llamado Josué a quien Dios escogió como a uno de aquellos que habría de trabajar para él. Cuando Dios le dio sus órdenes, dijo: “Estaré contigo, no te dejaré ni te desampararé; esfuérzate y sé valiente”.
Kah, Bwana —dijo el africanito—, esas son palabras grandes. Porque desde que me dijiste que él es un Salvador vivo, he tenido una gran alegría en mi corazón y ahora tú me dices que él está conmigo, bueno, entonces, Bwana, haré todo lo que pueda para servirle.
—Acuérdate también, amigo, que debes dormir si has de continuar esta obra.
—Por cierto, Bwana, pero el trabajo debe hacerse secretamente, porque si no, el jefe impedirá que la gente venga al hospital si descubre lo que está ocurriendo.
A media mañana vino Daudi a verme.
Bwana, he encontrado a ese hombre Ndogowe, que fue mordido por el asno. Bwana, dice que no tenemos que temer nada de parte de la aldea, porque el jefe ha estado bebiendo mucha cerveza y también nhangala (ron africano).
Sabía que esa era una bebida muy fuerte hecha con miel silvestre y pensé que aun un bebedor habitual como Chikoti estaría fuera de circulación por lo menos dos días.
—Daudi, el otro día prometiste contarme de este Ndogowe.
El enfermero africano sonrió.
Kah, Bwana, vaya una historia. ¿Conoces el asno blanco de Chikoti?
Asentí.
Pues bien, es un asno muy valioso y además muy mal criado y testarudo. El jefe lo ha alimentado con cereales como a un niño. Bueno, un día Ndogowe trajo la comida del asno en un plato, pero el animal estaba de mal humor, lo mordió y le sacó la punta de la nariz.
Daudi puso el pulgar en sus dedos para mostrar cómo había sido sacada.
Jiih, Daudi, y ¿entonces, qué?
—Es difícil creerlo, Bwana. Tomó su nariz, o por lo menos el trozo que le había arrancado el asno, saltó sobre la bicicleta del jefe y vino a toda velocidad al hospital. Yah, Bwana, ¡qué lío! Jiih, todavía me hace revolver el estómago. Pero Bibi Dobson no se perturbó. Le lavó nariz, hirvió una aguja y algunas crines y le volvió a coser la nariz. Luego le puso un vendaje y colocó todo en su lugar con algodón y tela adhesiva.
Hongo, Daudi, ¿pero qué pasó? ¿Se curó realmente?
—Sí, Bwana, eso es lo notable, que se curó sin ningún problema. Lo único que le afligía era que la punta de la nariz no estaba exactamente en el mismo lugar que antes de que el asno lo mordiera.
—¿Y estaba contento por todo eso?
Lih, Bwana, ¿si estaba contento? Hablaba y hablaba y nos traía frutas y batatas y para Navidad trajo una cabrita que matamos y cocinamos. Bibi dijo que nunca había comido nada igual.
—Pero dime, Daudi —dije riendo— ¿qué ayuda vamos a tener de ese hombre?
—Bueno, Bwana, todo lo que podemos esperar de él es que nos diga qué es lo que está ocurriendo en la aldea. No lo hará todo, pero nos servirá de ojos y oídos en un lugar donde tenemos muy pocos que nos ayuden.
—¡Vaya el equipo que tenemos en Chibaya para luchar contra esta epidemia, Daudi! Un chico ciego y un hombre cuya nariz fue mordida por un asno.