El Espíritu Santo
Henry Edward Hayhoe
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El Espíritu Santo
“El amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado” (Romanos 5:5).
Cuidadosa atención a la enseñanza de la Biblia nos mostrará que toda obra de Dios ha sido, y siempre será, en Trinidad. Hay tres personas en la Divinidad. Esto es el orden bíblico: Dios el Padre en propósito; Cristo el Hijo, que lleva a cabo los propósitos del Padre; y el Espíritu Santo es el poder por quien se cumplen estos propósitos.
El Espíritu Santo no habla de Sí mismo, sino glorifica a Cristo (Juan 16:13-14). Por esta razón, un hombre que está lleno del Espíritu Santo, no se ocupará ni de sí mismo, ni del Espíritu, sino de Cristo. La doctrina falsa da honor a los hombres en vez de dar honor a Cristo.
En los tiempos del Antiguo Testamento el Espíritu Santo descendió sobre los profetas y fueron inspirados por Él en lo que profetizaron y escribieron (2 Pedro 1:21), pero todavía no había venido a la tierra como una Persona Divina (Juan 7:39).
El día de Pentecostés el Espíritu Santo descendió del cielo (1 Pedro 1:12). Ahora no oramos que venga porque ha venido. La iglesia de Dios fue formada por el bautismo del Espíritu (Hechos 1:5; 1 Corintios 12:12-13) y por lo cual no se repite. En las Escrituras el bautismo del Espíritu no es una cosa individual, sino colectiva. Como individuos somos sellados por el Espíritu (Efesios 1:13) y añadidos a la Iglesia (Hechos 2:47). El Espíritu Santo hinchió la casa (su presencia entre ellos colectivamente; Hechos 2:2; Efesios 2:22) y también mora en los cuerpos de todos los creyentes (1 Corintios 6:19). Nunca dejará a un creyente verdadero aunque sea contristado por pecado en su vida (Juan 14:16; Efesios 4:30). Pertenecemos a Cristo, apartados (sellados) por el Espíritu, y nunca podemos perdernos, porque “es las arras de nuestra herencia, para la redención de la posesión adquirida para alabanza de Su gloria” (Efesios 1:14).
Los gentiles no recibieron al Espíritu Santo por la imposición de manos (Hechos 10:44), y no oraron que viniera. Solamente creyeron el evangelio. La Biblia nos dice que una persona es sellada con el Espíritu cuando crea el evangelio de su salud (Efesios 1:13). Algunas veces en la iglesia primitiva Dios mostró la unidad de los creyentes por la imposición de manos (Hechos 8:17). Anteriormente los judíos no se trataban con los samaritanos (Juan 4:9), y si hubieran recibido al Espíritu Santo independientemente de los creyentes judíos, hubieran llegado a ser “La iglesia de los Samaritanos”.
Hoy en día el gran error de cristianos es que forman iglesias nacionales e independientes. Cualquier cosa organizada por hombres es una organización humana —un sistema de hombres—. Dios dio al Espíritu Santo para juntar todo creyente verdadero, a pesar de la nacionalidad, la riqueza, o la pobreza, en UN cuerpo, y a Cristo la Cabeza en el cielo (Efesios 4:3-4; 1 Corintios 12:12-13). La iglesia es verdaderamente esto. No hay ninguna cabeza terrenal. La única Cabeza es Cristo en la gloria celestial (Efesios 1:20-23).
Esta verdad bendita se expresa cuando creyentes se reúnan, no como miembros de un sistema hecho por los hombres, sino como miembros del un cuerpo de Cristo. En la mesa del Señor el un pan es un símbolo de esto (1 Corintios 10:17). Ahora el Espíritu de Dios está reuniendo creyentes al Nombre del Señor Jesucristo únicamente, como miembros de Su cuerpo, para recordarle en Su muerte y para alabarle en la libertad del Espíritu (2 Corintios 3:17). El Espíritu de Dios guía también en la oración (Judas 20) y en el ministerio (1 Corintios 12:11), pero nunca guiará contrario a la Palabra de Dios, porque la Biblia es inspirada por el Espíritu Santo. Es muy importante que probemos todo lo que oímos y leemos por la Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 5:19-21).
El don de lenguas fue dado en el día de Pentecostés a fin de que los de otras naciones, reunidos en Jerusalén, pudieran oír en su propia lengua “las maravillas de Dios” (Hechos 2:11). En el Antiguo Testamento los tratos de Dios habían sido con Israel como una nación —“La salud viene de los Judíos” (Juan 4:22)— pero ahora iban a aprender por el don de lenguas que todos los creyentes fueron hechos uno en el cuerpo de Cristo. Dios no prometió que el don de lenguas continuaría hasta que viniera el Señor, pero dijo que los dones de ministerio continuarían (Efesios 4:7-16). Usualmente hoy en día los que profesan tener el don de lenguas son miembros de un sistema hecho por los hombres que en su testimonio divide el cuerpo de Cristo. ¿Daría Dios un don que tenía la intención de mostrar que los creyentes de todas las naciones son uno en Cristo, a grupos nacionales e independientes? A causa de que la iglesia de Dios ha faltado tan gravosamente al testimonio exterior de esta unidad, hoy en día no se ve el don de lenguas, y otros dones de señal. Los que profesan tenerlos se pueden probar en la luz de la Palabra de Dios. Dios no dio un don de hablar lenguas ininteligibles, sino lenguas bien conocidas y habladas en el mundo (Hechos 2:8). Cuando sanaban, nadie partía desilusionado. TODOS eran curados (Hechos 5:16). Es bueno probar los que profesan hoy en día tener los dones de lenguas y de sanidad por estos versículos (1 Corintios 4:19-20).
Algunos dicen que el don de lenguas es la prueba que el Espíritu Santo mora en una persona, pero aun en la iglesia primitiva no todos hablaban con lenguas (1 Corintios 12:30). Además se podía hablar con lenguas y profetizar, sin amor, y nada ser (1 Corintios 13:1-2). La prueba verdadera que el Espíritu Santo mora en nosotros es que “el amor de Dios está derramado en nuestros corazones” (Romanos 5:5); que sabemos que somos hijos de Dios y que podemos llamar a Dios nuestro Padre (Gálatas 4:6). Cuando andamos cerca al Señor en obediencia a Su Palabra, el Espíritu de Dios no es impedido y nos llena el corazón con gozo y paz. Que conozcamos más de esta comunión bendita por el Espíritu hasta que el Señor Jesús venga y nos llame a Su hogar celestial.
“¿Cuál fue el gran motivo que Tú, Dios de amor,
Enviases Tu Espíritu, al Consolador,
Llenando de paz y de amor divinal
A los corazones ya de cada cual?
¡Fue Tu amor!, (bis) ¡infinito amor!,
Que aun Te motivó, Padre, Dios de amor;
Amor que a Tu Espíritu en gracia nos dio,
Al Consolador que Tu amor proveyó.