El Libro de Los Hechos

Table of Contents

1. Capítulo 1
2. Capítulo 2
3. Capítulo 3
4. Capítulo 4
5. Capítulo 5
6. Capítulo 6
7. Capítulo 7
8. Capítulo 8
9. Capítulo 9
10. Capítulo 10
11. Capítulo 11
12. Capítulo 12
13. Capítulo 13
14. Capítulo 14
15. Capítulo 15
16. Capítulo 16
17. Capítulo 17
18. Capítulo 18
19. Capítulo 19
20. Capítulo 20
21. Capítulo 21
22. Capítulo 22
23. Capítulo 23
24. Capítulo 24
25. Capítulo 25
26. Capítulo 26
27. Capítulo 27
28. Capítulo 28

Capítulo 1

El libro histórico de LOS HECHOS de los apóstoles (mejor dicho, del Espíritu Santo) empieza con la resurrección del Señor Jesús y termina con la encarcelación en Roma del apóstol enviado a los gentiles con el evangelio de la gracia de Dios, el cual fue rechazado entre los judíos en Roma tanto como los de Judea.
En este libro maravilloso se narra la fundación de la iglesia o asamblea cristiana en el mundo, y la transición del judaísmo a la cristiandad que se desarrollaba paulatinamente.
"En el primer tratado, oh Teófilo, he hablado de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que, habiendo dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que escogió, fue recibido arriba; a los cuales, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios" (vvss. 1 a 3).

Capítulo 2

"Y como se cumplieron los días de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos; y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, el cual hinchió toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen" (vvss. 1-4).
Era el día cincuenteno después de la muerte de Jesús, el Salvador. Los "hermanos... como de ciento y veinte en número" estaban todos unánimes juntos, esperando "la promesa del Padre" conforme al mandato del Señor Jesús. De repente vino el Espíritu Santo de Dios, enviado por el Padre en el nombre del Hijo, enviado por el Hijo del Padre, y venido en su propio poder (Juan 14:26; 15:26 y 16:13), y manifestado por pruebas maravillosas e indubitables: 1*, su venida acompañada por un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, no una ola de gritos a voz en cuello que sale de una congregación emocionada; 2ª su venida demostrada por medio de las lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos (sin quemarlos); 3ª, su presencia manifestada por cuanto los discípulos galileos pudieron hablar en otras lenguas perfectamente entendidas por los oyentes de muchas naciones, no el hablar de voces o palabras no entendidas por nadie.
Es de notar que—una vez venido el Espíritu Santo—El ha morado en la iglesia en la tierra: "No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (11 Cor. 3:16). Es un error rogar a Dios que nos mande al Espíritu Santo; está aquí y mora, no solamente en la iglesia colectivamente, sino también en cada creyente personalmente desde el momento en que éste ha creído el evangelio de su salvación (véase Efe. 1:13).

Capítulo 3

"Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora de oración, la de nona. Y un hombre que era cojo desde el vientre de su madre, era traído; al cual ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo" (vv. 1, 2).
¡ Qué cuadro más triste!: un hombre judío cojo desde su nacimiento entre los judíos, el pueblo de Dios, al cual El había prometido toda suerte de bendición terrenal, inclusive la salud física con tal que le obedeciera (véase Deut. 28:1-13). Ese hombre era figura de la condición de los judíos mismos: espiritualmente enfermos y alejados de Jehová su Dios-rechazadores de Cristo, su Mesías.
"Este, como vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, rogaba que le diesen limosna. Y Pedro, con Juan, fijando los ojos en él, dijo: Mira a nosotros. Entonces él estuvo atento a ellos, esperando recibir de ellos algo. Y Pedro dijo: Ni tengo plata ni oro; mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó: y luego fueron afirmados sus pies y tobillos; y saltando, se puso en pie, y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios" (vv. 3-8).

Capítulo 4

"Y hablando ellos al pueblo, sobrevinieron los sacerdotes, y el magistrado del templo,- y los saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de los muertos." (vv. 1, 2).
En el capítulo 5:17, leemos que "el príncipe de los sacerdotes, y todos los que estaban con él" eran de "la secta de los saduceos." En el capítulo 23:8 leemos que "los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu". Eran los "modernistas" de aquel entonces. Se opusieron al Señor Jesús, y al testimonio de todos sus apóstoles, siendo enemigos orgullosos y tenaces de la verdad. ¡ Qué estado más triste de los judíos: teniendo por gran pontífice a un apóstata!
"Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente; porque era ya tarde. Mas muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y fue el número de los varones como cinco mil" (vv. 3, 4).

Capítulo 5

"Mas un varón llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una posesión, y defraudó del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo una parte, púsola a loa pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás to corazón a que mintieses al Espíritu Santo, y defraudases del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en to posesión? ¿Por qué pusiste esto en to corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Entonces Ananías, oyendo estas palabras, cayó y espiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los mancebos, le tomaron, y sacándolo, sepultáronlo. Y pasado espacio como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime: ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué os concertasteis para tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a to marido, y te sacarán. Y luego cayó a los pies de él, y espiró: y entrados los mancebos, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino un gran temor en toda la iglesia, y en todos los que oyeron estas cosas" (vv. 1-11).
Dice el pasaje: "un varón llamado Ananías," no "un creyente cristiano," pues no se supone que uno de los redimidos del Señor haga tal cosa. Hay algo parecido en este pasaje: "si alguno llamándose hermano fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con el tal ni aún comáis" (lª Cor. 5:11). El pasaje no dice: "si algún hermano," no, porque no se considera que un redimido del Señor fuere tal persona.
Ananías y su mujer no estaban obligados a entregar a los apóstoles el precio entero de su heredad, ni aun parte de él; estaba en su potestad. Pero ellos, pretendiendo que entregaban ihtegramente el precio, retuvieron para sí una parte, siendo su manera de obrar codiciosa y mentirosa. Dios les quitó la vida, mostrando en tal caso un testimonio solemne a todos de Su santidad. En el huerto de Edén Satanás habló la primera mentira a Eva: "No moriréis" (Gén. 3:4). En la iglesia Satanás hizo que Ananías mintiese, el primer pecado señalado en ella.

Capítulo 6

"En aquellos días, creciendo el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que sus viudas eran menospreciadas en el ministerio cotidiano" (v. 1).
La palabra "griegos" aquí indica judíos nacidos en Grecia, pero en el capítulo 11, el v. 20, la palabra "griegos" indica nacionales de la raza griega. No hay ningunos convertidos mencionados entre los griegos mismos hasta que lleguemos a este pasaje: "Y de ellos había unos varones ciprios y cirenenses, los cuales como entraron en Antioquía, hablaron a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús." "Y los que habían sido esparcidos por causa de la tribulación que sobrevino en tiempo de Esteban, anduvieron hasta Fenicia, y Cipro, y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos."
Así que las murmuraciones tuvieron lugar entre judíos nacidos en Grecia y judíos nacidos en Judea; y fueron los de Grecia quienes se quejaron de que sus viudas no recibían trato equitativo en el ministerio cotidiano, es decir: en el repartimiento de comida y otras cosas necesarias.

Capítulo 7

"El príncipe de los sacerdotes dijo entonces [a Esteban]: ¿Es esto así? Y él dijo: Varones hermanos y padres, oíd: El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Charán, y le dijo: Sal de to tierra y de to parentela, y ven a la tierra que te mostraré. Entonces salió de la tierra de los Caldeos, y habitó en Charán: y de allí, muerto su padre, le traspasó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora; y no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie: mas le prometió que se la daría en posesión, y a su simiente después de él, no teniendo hijo" (vv. 1-5).
Esteban, acusado por "testigos falsos" (cap. 6:13), estaba delante del concilio de los judíos. El empezó su discurso con Dios: habló del "Dios de la gloria," el Dios que no es solamente glorioso en sí mismo, sino es el Autor de la gloria, como también lo es "de la vida" (Hch. 3:15), Abraham, el padre de la raza judía, fue llamado por el Dios de la gloria que se le apareció en una tierra lejana llena de ídolos, pues Josué dijo a los hijos de Israel:
"Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente de esotra parte del río, es a saber, Tharé, padre de Abraham y de Nachor; y servían a dioses extraños" (Josué 24:2). Abraham no era hombre mejor que los demás, pero Dios se compadeció de él y se le apareció a él. El corazón de Abraham fue conquistado: dejó luego los ídolos "para servir al Dios vivo y verdadero" (como lo hicieron los tesalonicenses milenios después-véase 1a Tes. 1:9, 10).

Capítulo 8

"Y Saulo consentía en su muerte. Y en aquel día se hizo una grande persecución en la iglesia que estaba en Jerusalem; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Y llevaron a enterrar a Esteban varones piadosos, e hicieron gran llanto sobre él. Entonces Saulo asolaba la iglesia, entrando por las casas; y trayendo hombres y mujeres, les entregaba en la cárcel" (vv 1 al 3).
El mancebo Saulo cuidaba de los vestidos de los que mataron a Esteban (véase cap. 7:58). Luego asolaba la iglesia, no teniendo piedad ni siquiera de las mujeres cristianas. El hombre religioso sin Cristo a veces es una fiera.
Es de notar que los apóstoles no fueron esparcidos. ¿Por qué? Porque Dios no quiso que partiesen de Jerusalem hasta que hubiese sido resuelta la cuestión seria de imponer a los gentiles la ley de Moisés, o no (veremos el asunto al meditar sobre el capítulo 15).

Capítulo 9

"Y Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al príncipe de los sacerdotes, y demandó de él letras para Damasco a las sinagogas, para que si hallase algunos hombres o mujeres de esta secta, los trajese presos a Jerusalem. Y yendo por el camino, aconteció que llegando cerca de Damasco, súbitamente le cercó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él dijo: Ye soy Jesús a quien tú persigues: dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga? Y el Señor le dice: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que te conviene hacer" (vv. 1 al 6).
¡ He aquí el buen Salvador y el peor de todos los pecadores! ¡ El Señor Jesucristo y Saulo de Tarso! Sobre lo sucedido tenemos un comentario inspirado en las palabras mismas de Saulo (Pablo) escrito muchos años después:
"Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales ye soy el primero". Dijo también que había "sido blasfemo y perseguidor e injuriador," pero que de parte del Señor fue "recibido a misericordia" por su gracia abundante "con la fe y amor que es en Cristo Jesús" (13 Tim. 1:13 al 15).

Capítulo 10

"Y había un varón en Cesarea llamado Cornelio, centurión de la compañía que se llamaba la Italiana, pío y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre.
"Este vio en visión manifiestamente, como a la hora nona del día, que un ángel de Dios entraba á él, y le decía: Cornelio. Y él, puestos en él los ojos, espantado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y díjole: Tus oraciones y tus limosnas han subido en memoria a la presencia de Dios" (vv. 1 al 4).
No cabe duda alguna de que Dios ya había obrado en el corazón de Cornelio con toda su casa, pero les faltaba el conocimiento del evangelio de nuestro Señor Jesucristo y la remisión de pecados por fe en su nombre; es decir, de la salvación en su sentido cabal.

Capítulo 11

"Y oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Y como Pedro subió a Jerusalem, contendían contra él los que eran de la circuncisión, diciendo: ¿Por qué has entrado a hombres incircuncisos, y has comido con ellos?" (vv. 1 al 3).
Ya hemos leído en el capítulo 10 cómo el Señor hizo que Pedro, forzosamente, se diera cuenta que Dios quiso llamar y salvar a los gentiles; además, Pedro y no menos de otros seis judíos fueron hechos testigos oculares de que Dios había dado al Espíritu Santo a los gentiles que creyeron el evangelio de la gracia de Dios, y todo ello sin que fuesen bautizados en agua (Hch. 10:28, 43-47).
Pero los creyentes en Jerusalem-tal como Pedro antes-todavía y tenazmente creían que era una infracción grave de la ley de Moisés el comer con los gentiles. Por lo tanto, cuando llegó Pedro de la casa de Cornelio, el centurión romano, "los que eran de la circuncisión contendían contra él."

Capítulo 12

"Y en el mismo tiempo el rey Herodes echó mano a maltratar algunos de la iglesia. Y mató a cuchillo a Jacobo, hermano de Juan" (vv. 1, 2).
Jesús había predicho el martirio de Jacobo. Cuando él y su hermano Juan pidieron sentarse uno a la diestra y el otro a la siniestra de Jesús en su reinado venidero, El les replicó: "¿Podéis beber del vaso que ye bebo, o ser bautizados del bautismo de que ye soy bautizado? Y ellos dijeron: Podemos. Y Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que ye bebo, beberéis; y del bautismo de que ye soy bautizado, seréis bautizados" (Mar. 10: 37-39). Jesús se refirió a su muerte en la cruz, hablando de sí mismo, y del asesinato de Jacobo también.
"Y viendo [Herodes] que había agradado a los judíos, pasó adelante para prender también a Pedro. Eran entonces los días de los ázimos. Y habiéndole preso, púsole en la cárcel, entregándole a cuatro cuaterniones de soldados que le guardasen; queriendo sacarle al pueblo después de la Pascua." (vv. 3, 4). Así lo concibió el rey Herodes, pero Dios tuvo otro propósito: quiso salvar a Pedro:

Capítulo 13

"Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y doctores: Bernabé, y Simón el que se llamaba Niger, y Lucio (Cireneo, y Manahén, que había sido criado con Herodes el tetrarca, y Saulo" (13:1). El Señor Jesús cual cabeza ensalzada de la Iglesia, es el que da dones para la edificación de ella, como hemos leído en Efe. 4:11: "dio unos, ciertamen te apóstoles; y otros, profetas... “En la iglesia local no había en aquel principio tal cosa como un solo hombre ejerciendo todo el ministerio de la palabra de Dios, predicando el evangelio, apacentando la gray y enseñando la doctrina, en una palabra uno que se enseñoreaba de la congregación. ¿Por qué no? Porque no era, ni tampoco es ahora, la voluntad del Señor. Vemos en Antioquía no menos de cinco varones dotados como profetas y doctores. Servían al Señor en una armonía perfecta, seguramente previniéndose "con honra los unos a los otros" (Rom. 12:10). Ejercían su ministerio "decentemente y con orden... y por turno;" y no había "disensión" (1ª Cor. 14:26-33).
"Ministrando pues éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado. Entonces habiendo ayunado' y orado, y puesto las manos encima de ellos, despidiéronlos. Y ellos, enviados así por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia: y de allí navegaron a Cipro" (vv. 2-4).
La palabra "ministrar" se traduce igualmente bien, "servir." Los cinco varones nombrados, al servir a sus hermanos con el ministerio de la Palabra, servían al Señor Jesús. El es nuestro amo, nuestro jefe, nuestro todo.

Capítulo 14

"Y aconteció en Iconio, que entrados juntamente en la sinagoga de los judíos, hablaron de tal manera, que creyó una grande multitud de judíos, y asimismo de griegas. Mas los judíos que fueron incrédulos, incitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. Con todo eso se detuvieron allí mucho tiempo, confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, dando que señales y milagros fuesen hechos por las manos de ellos. Mas el vulgo de la ciudad estaba dividido; y unos eran con los judíos, y otros con los apóstoles. Y haciendo ímpetu los judíos y los gentiles juntamente con sus príncipes, para afrentarlos y apedrearlos, habiéndolo entendido, huyeren a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y por toda la tierra alrededor. Y allí predicaban el evangelio" (vv. 1-7).
Habiendo sido echados los apóstoles Pablo y Bernabé de la ciudad de Antioquía de Pisidia, empezaron luego a predicar las buenas nuevas de Dios a los habitantes de la ciudad de Iconio. Lo único que el diablo como león rugiente efectuó por su maldad fue adelantar la obra del Señor, pues los apóstoles, echados de un lugar, se pusieron a predicar luego en otro.
"La palabra del Señor i predicad! ¡ predicad!
Con anhelo y oración ¡predicad!
Ante el mundo burlador
Sed testigos de su amor:
El poder del Salvador
¡ Predicad!"

Capítulo 15

"Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Que si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos" (v. 1).
El diablo nunca deja la obra de Dios en paz. Había en la asamblea en Antioquía un "gran número" de creyentes que eran griegos más bien que judíos (cap. 11:20, 21). Llegaron de Jerusalem, la fortaleza religiosa del judaísmo, algunos (no son llamados "hermanos") que querían sujetar a los gentiles (convertidos a Dios) a la circuncisión, (para la institución de la cual véase Génesis, Cap. 17:10-14). El imponer ese rito a los cristianos para la salvación hubiera sido negar la eficacia de la obra redentora de Cristo, a la cual no se puede añadir nada, pues era una obra consumadamente cabal y perfecta, haciendo apto y santo al pecador para entrar en la presencia de Dios.
"Así que, suscitada una disensión y contienda no pequeña a Pablo y a Bernabé contra ellos, determinaron que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalem, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, sobre esta cuestión" (v. 2).

Capítulo 16

"Después llegó a Derbe, y a Listra: y he aquí, estaba allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía fiel, mas de padre griego. De éste daban buen testimonio los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Este quiso Pablo que fuese con él" (vv. 1-3).
Pablo era soltero sin descendencia, pero como cristiano era padre y tenía muchísimos hijos espirituales. Entre todos ellos no había otro tan querido como Timoteo, el cual se convirtió, nos parece, cuando Pablo y Bernabé fueron por primera vez a "Listra y Derbe ... ..y allí predicaban el evangelio" (Hch. 14:6, 7).
"Mucho tiempo" había pasado cuando Pablo, acompañado por Silas, "partió" de su propia asamblea de Antioquía, "encomendado de los hermanos a la gracia del Señor" (Hch. 15:40). Llegado nuevamente a Derbe y a Listra, encontró a Timoteo, un joven que de manera manifiesta había crecido "en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2ª Ped. 3:18), pues de él "daban buen testimonio los hermanos que estaban en Listra y en lconio."

Capítulo 17

"Y pasando [Pablo, Silas y Timoteo,] por Amphípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde estaba la sinagoga de los judíos. Y Pablo, como acostumbraba, entró a ellos, y por tres sábados disputó con ellos de las Escrituras, declarando y proponiendo, que convenía que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, el cual ye os anuncio, decía él, éste era el Cristo. Y algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas; y de los griegos religiosos grande multitud, y mujeres nobles no pocas" (vv. 1-4).
Despreciados por "los magistrados" de la ciudad de Filipos, Pablo y sus compañeros camiron resueltamente a otra ciudad llamada Tesalónica, y él entró luego en la sinagoga de los judíos para anunciarles (como fue su costumbre) la persona de Cristo, su muerte expiatoria y su resurrección gloriosa, y que Jesús el Hijo
s) Dios era el Mesías. Durante sólo tres sábados tuvo la oportunidad de predicarles las buenas nuevas de Dios. El resultado fue maravilloso: algunos de los judíos creyeron; además, una grande multitud de gentiles [griegos] religiosos que no habían conocido al verdadero Dios, y no pocas de las mujeres nobles. Fue una obra bendita de la gracia soberana de Dios.

Capítulo 18

"Pasadas estas cosas, Pablo partió de Atenas, y vino a Corinto. Y hallando a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, que hacía poco que había venido de Italia, y a Priscila su mujer, (porque Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma) se vino a ellos; y porque era de su oficio, posó con ellos, y trabajaba; porque el oficio de ellos era hacer tiendas" (vv. 1-3).
Hemos ya notado que en Atenas, el centro griego filosófico, sólo "algunos creyeron" a la Palabra de Dios, y también que la Escritura no hace mención de una asamblea formada en esa ciudad intelectualmente orgullosa.
El siervo del Señor, Pablo, la dejó y se vino a Corinto, el centro comercial de Grecia, una ciudad próspera pero moralmente depravada; "mas cuando el pecado creció, sobrepujó la gracia" (Rom. 5:20). Vamos a ver lo que el Señor hizo en Corinto por medio de Pablo.

Capítulo 19

"Y aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, andadas las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando ciertos discípulos, díjoles: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis? Y ellos le dijeron: Antes ni aun hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué pues sois bautizados? Y ellos dijeron: En el bautismo de Juan" (vv. 1-3).
En la ocasión de su primera, y corta, visita a Efeso, Pablo había prometido a los simpatizantes entre los judíos de la ciudad, que él, queriendo Dios, volvería a verlos. Mientras tanto llegó Apolos en la providencia de Dios y "enseñaba diligentemente las cosas que son del Señor, enseñado solamente en el bautismo de Juan" (cap. 18:25). Después Apolos-dejando Efeso-fue a Corinto. Cuando Pablo llegó a aquella ciudad, encontró a los discípulos a quienes-nos parece-Apolos había instruido y bautizado; pero hablando Pablo con ellos, vio que les faltaba algo y preguntándoles, descubrió que no sabían que hubiera Espíritu Santo, mucho menos le habían recibido. Entonces Pablo se dio cuenta que todavía no eran cristianos, sino solamente discípulos de Juan Bautista, esperando a un Mesías vivo y no sabiendo nada todavía acerca del Salvador muerto por los pecadores y resucitado para su justificación. Apolos no pudo enseñar lo que él mismo todavía no había comprendido.
"Y dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, es a saber, en Jesús el Cristo. Oído que hubieron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús" (vv. 4-5).

Capítulo 20

"Y después que cesó el alboroto, llamando Pablo a los discípulos, habiéndoles exhortado y abrazado, se despidió y partió para ir a Macedonia. Y andado que hubo aquellas partes, y exhortándoles con abundancia de palabra, vino a Grecia" (vv. 1, 2).
Pablo había predicado el evangelio en Macedonia (véanse los capítulos 16 y 17) y varias asambleas locales fueron formadas. El volvió a visitarlas y la exhortación caracterizó su ministerio. Les aconsejó con abundancia de palabra. Nosotros los cristianos precisamos de mucha exhortación.
"Y después de haber estado allí tres meses, y habiendo de navegar a Siria, le fueron puestas asechanzas por los judíos; y así tomó consejo de volverse por Macedonia. Y le acompañaron hasta Asia Sopater bereense, y los tesalonicenses, Aristarco y Segundo; y Gayo de Derbe, y Timoteo; y de Asia, Tychico y Trófimo. Estos yendo delante, nos esperaron en Troas" (vv. 3-5).

Capítulo 21

"Y habiendo partido de ellos, navegamos y vinimos camino derecho a Coas, y al día siguiente a Rhodas, y de allí a Pátara" (v. 1).
"Vinimos camino derecho." I Cuán importante es que el cristiano vaya por camino derecho, no por el torcido. "Tus ojos miren lo recto, y tus párpados en derechura delante de ti. Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean ordenados. No te apartes a diestra, ni a siniestra; aparta to pie del mal" (Prov. 4:25-27).
"Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos, y partimos" (v. 2).

Capítulo 22

"Ye de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, mas criado en esta ciudad a loa piel de Gamaliel, enseñado conforme a la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois hoy. Que he perseguido este camino hasta la muerte, prendiendo y entre.; gando en cárceles hombres y mujeres, como también el príncipe de los sacerdotes me es testigo, y todos los ancianos; de loa cuales también tomando letras a loa hermanos, iba a Damasco para traer presos a Jerusalem aun a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados" (vv. 3-5).
Pablo les dio a saber quién era, y contaba un resumen de cómo un hombre religioso perseguía "este camino", quiere decir, "el evangelio de Dios"... acerca de su Hijo... el Señor Jesucristo" (Rom. 1:1-4). Tan grande fue su celo, que perseguía a los discípulos del Señor "hasta la muerte," ora fuesen hombres, ora fuesen mujeres. No le bastó hacerlo en Judea, sino iba a Damasco, de Siria, para llevarles de allí presos a Jerusalem.
"Mas aconteció que yendo ye, y llegando cerca de Damasco, como a medio día, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí en el suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, ¿por qué me persigues? Ye entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Ye soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues. Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; mas no oyeron la voz del que hablaba conmigo. Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí te será dicho todo lo que te está señalado hacer. Y como ye no viese por causa de la claridad de la luz, llevado de la mano por loa que estaban conmigo, vine a Damasco" (vv. 6-11).

Capítulo 23

"Y al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por qué era acusado de los judíos, le soltó de las prisiones, y mandó venir a los príncipes de los sacerdotes, y a todo su concilio; y sacando a Pablo, le presentó delante de ellos. Entonces Pablo, poniendo los ojos en el concilio, dice: Varones hermanos, ye con toda buena conciencia he conversado delante de Dios hasta el día de hoy. El príncipe de los sacerdotes, Ananías, mandó entonces a los que estaban delante de él, que le hiriesen en la boca. Entonces Pablo le dijo: Herirte ha Dios, pared blanqueada: ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir? Y loa que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios maldices? Y Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: Al príncipe de to pueblo no maldecirás" (22:30 al 23:5).
Al principio del servicio de Pablo como apóstol, está escrito que estaba "lleno del Espíritu Santo" (Hch. 13:9); pero ahora ¡ pobre de Pablo! Ante el concilio de los judíos él empieza a testificar, no de Cristo, sino de sí mismo. Luego maldijo al sumo sacerdote, diciéndole: "Herirte ha Dios, pared blanqueada." Después, reprendido, tuvo que confesar: "no sabía, hermanos."
Todo eso fue el resultado de no haber escuchado las amonestaciones del Espíritu Santo a que no fuese a Jerusalem (léase Hch. 21:11-14). El Señor Jesús nunca tuvo que confesar: "No lo sabía."

Capítulo 24

"Y cinco días después descendió el sumo sacerdote Ananías, con algunos de loa ancianos, y un cierto Tértulo, orador; y parecieron delante del gobernador contra Pablo. Y citado que fué, Tértulo comenzó a acusar, diciendo: Como por causa tuya vivamos en grande paz, y muchas cosas sean bien gobernadas en el pueblo por to prudencia, siempre y en todo lugar lo recibimos con todo nacimiento de gracias, oh excelentísimo Félix" (cap. 24:1-3).
Tértulo, si era judío, habló mentira también, pues los judíos odiaban a los romanos, sus opresores. Tal vez era un abogado romano contratado por el Sanhedrín. Usó de lisonja.
"Empero por no molestarte más largamente, ruégote que nos oigas brevemente conforme a to equidad. Porque hemos hallado que coste hombre es pestilencial, y levantador de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y príncipe de la secta de los nazarenos; el cual también tentó a violar el templo; y prendiéndole, le quisimos juzgar conforme a nuestra ley; mas interviniendo el tribuno Lisias, con grande violencia le quitó de nuestras manos, mandándole a sus acusadores que viniesen a ti; del cual tú mismo juzgando, podrán entender todas estas cosas de que le acusamos. Y contendían también los judíos, diciendo ser así estas cosas" (vv. 4-9).

Capítulo 25

"Fasto pues, entrado en la provincia, tres días después subió de Cesarea a Jerusalem. Y vinieron a él los príncipes de los sacerdotes y los principales de los judíos contra Pablo; y le rogaron, pidiendo gracia contra él, que le hiciese traer a Jerusalem, poniendo ellos asechanzas para matarle en el camino" (vv. 1-3).
Sin "arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo", el hombre religioso es una fiera. Los corazones de los judíos rebosaban de homicidio y engaño.
"Mas Festo respondió, que Pablo estaba guardado en Cesarea, y que él mismo partiría presto. Los que de vosotros pueden, dijo, desciendan juntamente; y si hay algún crimen en este varón, acúsenle. Y deteniéndose entre ellos no más de ocho o diez días, venido a Cesarea, el siguiente día se sentó en el tribunal, y mandó que Pablo fuese traído. El cual venido, le rodearon loa judíos que habían venido de Jerusalem, poniendo contra Pablo muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar" (vv. 4-7).

Capítulo 26

"Entonces Agripa dijo a Pablo: Se te permite hablar por ti mismo. Pablo entonces, extendiendo la mano, comenzó a responder por sí, diciendo: Acerca de todas las cosas de que soy acusado por los judíos, oh rey Agripa, me tengo por dichoso de que haya hoy de defenderme delante de ti: mayormente sabiendo tú todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos: por lo cual te ruego que me oigas con paciencia. (vv. 1-3)
"Mi vida pues desde la mocedad, la cual desde el principio fue en mi nación, en Jerusalem, todos los judíos la saben, los cuales tienen ya conocido que ye desde el principio, si quieren testificarlo, conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión he vivido fariseo" (vv. 4, 5).
"Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado en juicio; a la cual promesa nuestras doce tribus, sirviendo constantemente de día y de noche, esperan que han de llegar. Por la cual esperanza, oh rey Agripa, soy acusado de loa judíos. ¡Qué! ¿Júzgase cosa increíble entre vosotros que Dios resucite los muertos?" (vv. 6-8).

Capítulo 27

"Mas como fue determinado que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión, llamado Julio, de la compañía Augusta. Así que, embarcándonos en una nave adrumentina, partimos, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica, para navegar junto a los lugares de Asia" (vv. 1, 2).
Pablo había apelado a César y a él se encaminaba. Lucas (el historiador) "el médico amado" estaba con él (pues escribe, "embarcándonos"), también "Aristarco, macedonio de Tesalónica." Ambos no estaban obligados a acompañar a Pablo, pues no eran presos. Su amor para con su amado hermano Pablo les motivó a identificarse con el siervo fiel del Señor en cadenas, aceptando cualquier circunstancia que se presentase.
Hoy en día "Pablo", simbólicamente, aún está llevado cautivo por los hombres: quiere decir que la "doctrina" que el Señor, la cabeza de la Iglesia, dio a Pablo por "revelación" (Efe. 3:3) está siendo rechazada por el cristianismo. Los jerarcas religiosos no quieren reconocer a Cristo como "la Cabeza": ellos quieren "tener el primado" (3ª John 9). Tampoco se someten a la guía del Espíritu Santo, el cual no tiene voz en sus concilios ni en sus directivas. De la "vocación celestial" (Heb. 3:1) no quieren saber nada: "sienten lo terreno" (Fil. 3:19). ¡Cuán pocos están decididos a acompañar a Pablo el preso!

Capítulo 28

"Y cuando escapamos, entonces supimos que la isla se llamaba Melita. Y los bárbaros nos mostraron no poca humanidad; porque, encendido un fuego, nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que venía, y del frío. Entonces habiendo Pablo recogido algunos sarmientos, y puéstolos en el fuego, una víbora, huyendo del calor, le acometió a la mano. Y como los bárbaros vieron la víbora colgando de su mano, decían los unos a 'os otros: Ciertamente este hombre es homicida, a quien, escapado de la mar, la justicia no deje vivir. Mas él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún mal padeció. Empero ellos estaban esperando cuándo se había de hinchar, o caer muerto de repente; mar habiendo esperado mucho, y viendo que ningún mal le venía, mudados, decían que era un dios" (vv. 1-6).
El Señor Jesús, desde el cielo, reveló al apóstol Pablo (y a ningún otro) las verdades celestiales características de la iglesia a fin de que él, mediante sus enseñanzas verbales y escritos inspirados, las comunicara a los cristianos de aquel entonces y hasta que venga el Señor para arrebatar a la iglesia al cielo, poniendo fin a esta dispensación de la gracia de Dios. El diablo siempre procuraba matar a Pablo: en Jerusalem los judíos le atacaron (Hch. 21:30, 31); en el viaje hacia Roma los soldados intentaron matarle (Hch. 27:42, 43); y en la isla de Melita una víbora (figura de saña diabólica) le acometió. Pero el Señor siempre protegía a su siervo, conforme a su promesa fiel (véase Hch. 23:11). Y cuando Pablo no sufrió ningún mal, el Señor aprovechó el incidente, permitiendo que los bárbaros viesen la potencia de Dios manifestado en Pablo. Luego, en vez de ser una víctima de la serpiente, fue muy respetado por todos.
"En aquellos lugares había heredades del principal de la isla, llamado Publio, el cual nos recibió y hospedó tres días humanamente. Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebres y de disentería: al cual Pablo entró, y después de haber orado, le puso las manos encima, y le sanó. Y esto hecho, también los otros que en la isla tenían enfermedades, llegaban, y eran sanados; los cuales también nos honraron con muchos obsequios; y cuando partimos, nos cargaron de las cosas necesarias" (vv. 7-10).