El Libro de Los Hechos

Table of Contents

1. Capítulo 1
2. Capítulo 2
3. Capítulo 3
4. Capítulo 4
5. Capítulo 5
6. Capítulo 6
7. Capítulo 7
8. Capítulo 8
9. Capítulo 9
10. Capítulo 10
11. Capítulo 11
12. Capítulo 12
13. Capítulo 13
14. Capítulo 14
15. Capítulo 15
16. Capítulo 16
17. Capítulo 17
18. Capítulo 18
19. Capítulo 19
20. Capítulo 20
21. Capítulo 21
22. Capítulo 22
23. Capítulo 23
24. Capítulo 24
25. Capítulo 25
26. Capítulo 26
27. Capítulo 27
28. Capítulo 28

Capítulo 1

El libro histórico de LOS HECHOS de los apóstoles (mejor dicho, del Espíritu Santo) empieza con la resurrección del Señor Jesús y termina con la encarcelación en Roma del apóstol enviado a los gentiles con el evangelio de la gracia de Dios, el cual fue rechazado entre los judíos en Roma tanto como los de Judea.
En este libro maravilloso se narra la fundación de la iglesia o asamblea cristiana en el mundo, y la transición del judaísmo a la cristiandad que se desarrollaba paulatinamente.
"En el primer tratado, oh Teófilo, he hablado de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que, habiendo dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que escogió, fue recibido arriba; a los cuales, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios" (vvss. 1 a 3).
"Lucas, el médico amado" (Col. 4:14), escribió su primer tratado (lo que se llama el Santo Evangelio según San Lucas) al muy buen Teófilo, y años después fue inspirado de nuevo por el Espíritu Santo a escribir el segundo. Teófilo (que quiere decir: "amador de Dios") conservó los dos documentos y más tarde fueron incorporados en el Nuevo Testamento por la voluntad y providencia soberana de Dios. ¡Jamás podremos bendecir suficientemente a nuestro Dios y Padre por habernos dado las Sagradas Escrituras que nos presentan a Cristo, su Hijo amado, y a la vez nos señalan el camino divino de un peregrino en este mundo de maldad! el camino trazado por Jesús mismo.
"Se presentó vivo con muchas pruebas indubitables." La resurrección de Jesús es un gran hecho. Hubo muchísimos testigos: Cefas (Simón Pedro), los demás apóstoles, más de quinientos hermanos juntos, Jacobo y Pablo. (Véase 1ª Cor. 15: 5 a 8, donde las mujeres no son mencionadas). Y con una o dos excepciones, todos los veintisiete libros inspirados del Nuevo Testamento hablan de la resurrección del Señor Jesús o de que El vive.
"Y estando juntos, les mandó que no se fuesen de Jerusalem, sino que esperasen la promesa del Padre, que oísteis, dijo, de mí. Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo no muchos días después de estos" (vvss. 4, 5).
"La promesa del Padre" se refiere a lo que tenemos escrito en Juan 14:16, 17: "Y ye rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: al Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros y será en vosotros," Y en el versículo 26: "Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho."
Con agua, "Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento" a los judíos que se arrepintieron, “confesando sus pecados" (Hch. 19: 4 y Mat. 3: 6); pero aquel bautismo con agua no impartió nada divino a su ser: fue una manifestación externa de un cambio de convicción. Pero según la promesa del Padre El iba a impartir a los creyentes en. el Señor Jesús al Espíritu Santo, el cual moraría con ellos para siempre, produciendo un resultado interno y permanente dentro de su ser más íntimo, y dando poder espiritual para testificar de Cristo: "cuando viniere el Consolador, el cual ye os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí" (Juan 15:26).
"Entonces los que se habían juntado le preguntaron, diciendo:: Señor, ¿restituirás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad; mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra" (vvss. 6 a 8).
Los discípulos judíos todavía no podian pensar en otra cosa sino la de la nación de Israel restaurada a su independencia como cabeza de las demás naciones bajo el cetro de Cristo, pero ignoraban, por supuesto, lo que Dios iba a hacer: impartir al Espíritu Santo a los creyentes y enviarles con el evangelio perdonador de la gracia de Dios, no solamente a los judíos, sino también a los samaritanos y aun hasta los gentiles, ¡ cosa jamás pensada por un judío!
Y es de notar que el Señor les mandó empezar con los más culpables, los de Jerusalem ¡ en donde El había sido crucificado!: "mas cuando el pecado creció, sobrepujó la gracia" (Romanos 5:20). También les mandó anunciar el evangelio "hasta lo último de la tierra", el cual nos ha alcanzado a nosotros, pecadores perdidos de los gentiles.
"¡Oh!"al hombre en su ruindad
Las nuevas proclamad,
Doquier queˆel pecador
Se halle-en su dolor;
Cristianos, anunciad
Que-el Padreˆen su bondad
Envió al Salvador."
"Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado; y una nube le recibió y le quitó de sus ojos. Y estando con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él iba, he aquí dos varones se pusieron junto a ellos en vestidos blancos; los cuales también les dijeron: Varones Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo" (vvss. 9-11).
No solamente hubo muchos testigos de la resurrección de Jesús, sino también de su ascensión. Ascendió en una nube; volverá así: "he aquí en las nubes del cielo como un hijo de hombre que venía... “(Dan. 7:13). "He aquí que viene con las nubes" (Apo. 1:7). Los dos ángeles en forma de hombre dijeron a los discípulos que ese "mismo Jesús" así vendría. Notemos bien que se trata de su regreso a la tierra para reinar, no del arrebatamiento de la iglesia, la cual no existía todavía. La revelación del rapto de ella no fue dada hasta que el Señor inspirase a Pablo a escribir a los tesalonicenses acerca de la manera de la venida del Señor Jesús para recoger a su amada iglesia:
"Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros,, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor" (1ª Tes. 4:16, 17). El Señor no va a pisar tierra, sino va a levantarnos en las nubes a su encuentro en el aire; tampoco va a meternos en la Jerusalem terrenal, sino en la casa del Padre celestial. Es muy importante distinguir entre el regreso del Hijo del hombre a la tierra para reinar entre su pueblo terrenal, y su venida solamente hasta el cielo atmosférico para arrebatar a sí mismo a su iglesia, el cuerpo entero de la congregación de los redimidos, muertos y vivos, y llevarlo a la casa del Padre en los cielos.
"Entonces se volvieron a Jerusalem del monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalem camino de un sábado. Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, y Juan y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, y Simón Zelotes, y Judas hermano de Jacobo. Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos" (vvss. 12-14).
Obedeciendo el mandato del Señor, los discípulos se quedaban en Jerusalem, y perseveraban en oración y ruego. Se menciona el nombre de "María la madre de Jesús" por última vez en la Biblia. María desapareció antes de que existiese la iglesia. Ni una sola vez se menciona su nombre en las catorce epístolas cristianas de Pablo (incluyendo Hebreos), el Apocalipsis y las tres de Juan, las dos de Pedro, y las de Judas y Santiago. ¿Por qué? Porque la doctrina cristiana trata no de un niño en los brazos de su madre, tampoco de un joven sumiso a sus padres terrenales, y tampoco de un hombre viviendo en la tierra, sino del Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados, resucitado para nuestra justificación; ascendido a la diestra de Dios Padre, ensalzado y glorificado en el lugar más alto de los cielos. "CRISTO ES EL TODO"(Col. 3:11)., Ante El desaparecen todos: Abraham, Moisés, Aarón, los profetas, David, Salomón, y aun María; todos desaparecen. "Alzando ellos sus ojos, a nadie vieron, sino a solo Jesús" (Mateo 17: 8).
"¡Ved al Corderoˆhoy coronado en luz!
¿Quién es más digno deˆhonra que Jesús?
Leˆes dadaˆa Cristo total potestad,
Ya entronizadoˆen suˆnalta majestad.
"El tronoˆEl llena,ˆel trono celestial,
Loˆencumbraˆel 'Justo,' de gloria eternal,
Del Padre objetoˆinefable deˆamor,
Temaˆeternal de santos en fulgor."
"Y en aquellos días, Pedro, levantándose en medio de los hermanos, dijo (y era la compañía junta como de ciento y veinte en número): Varones hermanos, convino que se cumpliese la Escritura, la cual dijo antes el Espíritu Santo por la boca de David, de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús; el cual era contado con nosotros, y tenía suerte en este ministerio. Este, pues, adquirió un campo del salario de su iniquidad, y colgándose, reventó por medio, y todas sus entrañas se derramaron. Y fue notorio a todos los moradores de Jerusalem; de tal manera que aquel campo es llamado en su propia lengua, Acéldama, que es, Campo de sangre. Porque está escrito en el libro de los salmos
Sea hecha desierta su habitación, Y no haya quien more en ella; y: Tome otro su obispado.
"Conviene, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entró y salió entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan, hasta el día que fue recibido arriba de entre nosotros, uno sea hecho testigo con nosotros de su resurrección. Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabas, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál escoges de estos dos, para que tome el oficio de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por transgresión, para irse a su lugar. Y les echaron suertes, y cayó la suerte sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles" (vvss. 15-26).
Los discípulos todavía no habían recibido al Espíritu Santo, pero el Señor en resurrección les había abierto "el sentido, para que entendiesen las Escrituras" (Lucas 24: 45). Pedro, por lo tanto, pudo entender el significado del salmo 69:25 y del 109: 8. Judas se fue a su lugar: la perdición, y era preciso que hubiera doce apóstoles (compárese Mateo 19: 28). De entre aquellos que habían estado con los apóstoles desde el principio del ministerio del Señor Jesús, éstos señalaron dos que eran elegibles, y luego oraron al Señor que escogiera al que le pluguiera en lugar de Judas; y les echaron suertes, conforme a lo que estaba escrito para los israelitas: "la suerte se echa en el seno; mas de Jehová es el juicio de ella" (Prov. 16:33). Matías fue escogido. Esa fue la última vez que la suerte fue echada para determinar cualquier negocio. ¿Por qué? Porque cuando el Espíritu Santo fue dado a los creyentes, ya poseían capacidad espiritual para discernir la voluntad del Señor no sólo según lo que estaba escrito en el Antiguo Testamento, sino también las revelaciones y escritos del Nuevo Testamento. Por ejemplo, en la carta enviada de Jerusalem a los "hermanos de los gentiles", leemos lo siguiente: "... ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros," etc. (Hechos 15:23, 28).
¡ Cuán grande y bendita es la diferencia entre la posición cristiana y la de cualquier creyente de los tiempos antiguos, sea Abraham, David o Juan Bautista! Ellos no tenían al Espíritu Santo; el cristiano, desde el momento en que ha creído ¿fue la sangre de Jesucristo fue derramada para la remisión de sus pecados, recibe al Espíritu Santo de Dios. (véase Efesios 1:13, 14, etc.). Cosas que reyes y hombres justos de antiguo no podían entender, el cristiano sí las entiende, "porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios" (1ª Cor. 2:10). Tampoco podían los santos de antiguo decir, "Abba, Padre," pero el cristiano es traído a gozar del mismo parentesco paterno como Jesús mismo: El clamó: "Abba, Padre" (Mar. 14: 36); y a nosotros está escrito: "No habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba Padre" (Romanos 8: 15, 16); "y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones, el cual dama: Abba, Padre" (Gál. 4: 6).

Capítulo 2

"Y como se cumplieron los días de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos; y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, el cual hinchió toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen" (vvss. 1-4).
Era el día cincuenteno después de la muerte de Jesús, el Salvador. Los "hermanos... como de ciento y veinte en número" estaban todos unánimes juntos, esperando "la promesa del Padre" conforme al mandato del Señor Jesús. De repente vino el Espíritu Santo de Dios, enviado por el Padre en el nombre del Hijo, enviado por el Hijo del Padre, y venido en su propio poder (Juan 14:26; 15:26 y 16:13), y manifestado por pruebas maravillosas e indubitables: 1*, su venida acompañada por un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, no una ola de gritos a voz en cuello que sale de una congregación emocionada; 2ª su venida demostrada por medio de las lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos (sin quemarlos); 3ª, su presencia manifestada por cuanto los discípulos galileos pudieron hablar en otras lenguas perfectamente entendidas por los oyentes de muchas naciones, no el hablar de voces o palabras no entendidas por nadie.
Es de notar que—una vez venido el Espíritu Santo—El ha morado en la iglesia en la tierra: "No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (11 Cor. 3:16). Es un error rogar a Dios que nos mande al Espíritu Santo; está aquí y mora, no solamente en la iglesia colectivamente, sino también en cada creyente personalmente desde el momento en que éste ha creído el evangelio de su salvación (véase Efe. 1:13).
Hubo una gran diferencia entre la manera en la cual el Espíritu Santo descendió sobre el Señor Jesús y la manera en la cual descendió sobre los discípulos: "descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma" (Luc. 3:22; véase también Mat. 3:16; Mar. 1:10 y Juan 1:32, 33). La "paloma" simboliza la pureza y la paz (véase Gén. 8:8-11); pero cuando el mismo Espíritu descendió sobre los discípulos, fue a manera de lenguas repartidas, como de fuego. En Heb. 12:29, leemos que "nuestro Dios es fuego consumidor." En nosotros hay y en los discípulos había en aquel entonces, "la carne," (en Jesús, ¡no!); por eso, nos parece, la venida del Espíritu Santo fue acompañada por lo que habla del juicio de Dios (el fuego) contra el principio del pecado, o sea la carne, en los discípulos; pero cuando el Espíritu de Dios venía sobre el Señor Jesús, Dios el Padre expresó su pleno agrado: "este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento."
Los discípulos no solamente recibieron al Espíritu Santo, sino también "fueron todos llenos del Espíritu Santo." Todo cristiano tiene al Espíritu Santo, o no es cristiano: "si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él" (Rom. 8:9); pero no todo cristiano está lleno del Espíritu. En Efesios 5:18, se nos exhorta: "no os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución; mas sed llenos del Espíritu." Si nuestro ser está librado de esclavitud a los deseos naturales, o sea carnales, entonces el Espíritu de Dios nos puede llenar de todo lo que es de El: "hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y canciones espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando gracias siempre de todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo" (Efe. 5:19, 20).
"Moraban entonces en Jerusalem judíos, varones religiosos, de todas las naciones debajo del cielo. Y hecho este estruendo, juntóse la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: He aquí ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en que somos nacidos? Partos y medos, y damitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea y en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Phrygia y Pamphylia, en Egipto y en las partes de Africa que está de la otra parte de arene, y romanos extranjeros, tanto judíos como convertidos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios" (vvss. 5-11). Es muy interesante contrastar este milagro de la gracia de Dios con aquel milagro del juicio de Dios en la antigüedad cuando era "toda la tierra de una lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que, como se partieron de oriente, hallaron una vega en la tierra de Shinar, y asentaron allí. Y dijeron los unos a los otros: Vaya, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y fuéles el ladrillo en lugar de piedra, y el betún en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuésemos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.
"Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un lenguaje; y han comenzado a obrar, y nada les retraerá ahora de lo que han pensado hacer. Ahora pues, descendamos, y confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel [confusión], porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra" (Gén. 11:1-9).
¡ Qué contraste con todo aquéllo fue lo que tuvo lugar en el día de Pentecostés! Para demostrar que era obra del Dios sapientísimo y todopoderoso-es decir, la presencia del Espíritu Santo para formar la iglesia por Su bautismo-Dios hizo lo contrario de lo que aconteció en "Babel", de modo que gentes de todas las naciones debajo del cielo entendieron las maravillas de Dios en sus propias y diversas lenguas.
"Y estaban todos atónitos y perplejos, diciendo los unos a los otros: ¿Qué quiere ser esto? Mas otros burlándose, decían: Que están llenos de mosto.
"Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó su voz, y hablóles diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalem, esto os sea notorio, y oír mis palabras. Porque éstos no están borrachos, como vosotros pensáis, siendo la hora tercia del día; mas esto es lo que fue dicho por el profeta Joel:
"Y será en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros viejos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán,
"Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo: el sol se volverá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo" (vvss. 12-21).
Simón Pedro, lleno del Espíritu Santo e inspirado por Dios, discernió que ese pasaje habló de un derramamiento del Espíritu Santo, sobre toda carne. Fue la cosa característica que tuvo lugar en el día de Pentecostés, y no la profecía completamente cumplida, pues ni en el día de Pentecostés ni hasta el día de hoy se han visto prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; tampoco se ha vuelto el sol en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, (no el primer día de la semana, el domingo, sino) el día del juicio de Dios que va a introducir el milenio (véase 1ª Tes. 5:2, 3), el reino del Hijo del hombre en la tierra. La profecía entera del profeta Joel tendrá su cumplimiento en un día ya cercano cuando el Señor habrá primeramente levantado a la iglesia,—la compañía entera de creyentes de esta era cristiana,—al cielo y la casa del Padre.
Es importante notar aquí que la manifestación milagrosa del habla en lenguas no fue un asunto de voces ininteligibles, sino de palabras claramente entendidas por gentes de diversas naciones a pesar de que los que hablaron eran galileos no educados. ("Viendo la constancia de Pedro y de Juan, sabido que eran hombres sin letras e ignorantes, se maravillaban" (Hch. 4:13).
Es importante notar también que este pasaje citado del profeta Joel no trata del orden de culto en la iglesia cristiana. Se dice que mujeres profetizarán; pero en la asamblea cristiana no se permite que la mujer hable (1 Cor. 14: 34). En los Hechos 21:8-10, leemos que "Felipe el evangelista... tenía cuatro hijas, doncellas, que profetizaban," pero no dice que profetizaban en la iglesia. Fue un varón, "un profeta llamado Agabo" que dijo, o profetizó públicamente acerca de San Pablo: "Así atarán los judíos en Jerusalem varón cuyo es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles."
Una mujer piadosa hallará bastante que hacer entre la hermandad sin salir de su debido lugar para ocupar el púlpito.
"Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado de Dios entre vosotros en maravillas y prodigios y señales, que Dios hizo por él en medio de vosotros, como también vosotros sabéis; a éste, entregado por determinado consejo y providencia de Dios, prendisteis y matasteis por manos de los inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible ser detenido de ella. Porque David dice de él:
Veía al Señor siempre delante de mí:
Porque está a mi diestra, no seré conmovido.
Por lo cual mi corazón se alegró, y gozóse mi
lengua;
Y aun mi carne descansará en esperanza:
Que no dejarás mi alma en el infierno,
Ni darás a tu Santo que vea corrupción.
Hicísteme notorios los caminos de la vida;
Me henchirás de gozo con tu presencia.
"Varones hermanos, se os puede libremente decir del patriarca David, que murió, y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Empero siendo profeta, y sabiendo que con juramento le había Dios jurado que del fruto de su lomo, cuanto a la carne, levantará al Cristo que se sentaría sobre su trono; viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el infierno, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos" (vvss. 22-32).
¡Qué hecho más maravilloso!, que Jesús fue "entregado por determinado consejo y providencia (o presciencia) de Dios," como el "cordero sin mancha y sin contaminación, ya ordenado de antes de la fundación del mundo" (1a Pedro 1:19, 20). Fue "la determinación eterna" de Dios Padre que su unigénito Hijo se hiciera hombre y muriera la "muerte de cruz" por nosotros los pecadores. ¡ Qué maravilla! (véase Efe. 3:11, Fil. 2:8).
"¡Oh quéˆamor!, Dios, el Padre,
A suˆHijo envió
Aˆeste mundo perdidoˆa salvar."
Pero ¡ qué hecho más malo!, que el hombre, dada la oportunidad, crucificase al Hijo de Dios venido en bondad perfecta y en amor infinito para sacar al hombre del abismo de maldad.
"Mas el hombre al 'Santo
De Dios' noˆasignó
Nada sinoˆen la cruz el penar."
No obstante, el omnisciente y todopoderoso Dios,-por decirlo así,-aprovechó el acto más malo que el hombre jamás hubiera podido concebir y llevar a cabo: la crucifixión del Hijo de Dios, para llevar a cabo Su determinación eterna de que el hombre fuese reconciliado y perdonado todos sus pecados. ¡ Qué maravilla! ¡Y más! Dios resucitó a su Hijo de entre los muertos; la gloria del Padre demandaba que aquel que murió bajo el peso judicial de Dios a causa de nuestros pecados, fuese suelto de los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que Cristo fuese detenido de ella.
Pedro, inspirado por Dios, citó del Salmo 16 los vvss. 8-11 que hablan proféticamente del hecho de que Cristo sería levantado de la tumba y que su cuerpo no vería corrupción; "el infierno" en este pasaje no quiere decir "el lago de fuego," el destino final de los pecadores no arrepentidos, sino el lugar o estado invisible de los espíritus cuyos cuerpos son muertos. Este sitio se llama (literalmente) "el hades." Tiene dos aspectos. El rico no arrepentido murió y "fue sepultado; y en el infierno (el hades) alzó sus ojos, estando en los tormentos, y vio a Abraham de lejos, y a Lázaro en su seno" (Lucas 16:22, 23). El rico estuvo en el lugar inferior, o bajo, del hades, del mundo invisible, y Lázaro en el lugar superior, o alto, del hades; el Señor Jesús también. (El dijo al ladrón arrepentido: "hoy estarás conmigo en el paraíso"—Luc. 23:43). Abraham, Lázaro y todos los santos de Dios que han muerto en cuanto al cuerpo mortal, aún están esperando la resurrección, pero la muerte no pudo detener el cuerpo de Jesús, que no vio corrupción, en la tumba, tampoco su espíritu en el hades, o lugar de espíritus desincorporados: ¡ Cristo resucitó!
"Desde la tumbaˆascendió,
Si, triunfante El resucitó!
Sobre todoˆel cetro Cristoˆha deˆempufiar,
Con sus santos para siempreˆha de reinar-
¡El triunfó! ¡sí,ˆEl triunfó!
Aleluya, El triunfó!"
"A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, levantado por la diestra de Dios, y recibiendo del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; empero él dice:
Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi diestra,
Hasta que ponga a tus enemigos
Por estrado de tus pies.
"Sepa pues ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo" (vvss. 3236).
El Espíritu Santo, testigo-El mismo-del hecho de que Cristo fue ensalzado a la diestra de Dios, vino al mundo, enviado por el Padre y por el Hijo, cumpliendo con la promesa que el Señor Jesús nos había dado (véase Juan 15:26), y manifestó su presencia en medio de los creyentes-ya incorporados en un solo cuerpo por el bautismo del mismo Espíritu-dándoles a hablar en lenguas perfectamente entendidas por los oyentes de muchas naciones. Y ¿cuál fue el testimonio del Espíritu Santo dado a los hombres? El mismo como David-hablando proféticamente en el Salmo 110:1,-dijo: que "el Señor" (Jehová) había dicho a su "Señor" (o sea amo, pues es una voz distinta de Jehová), es decir, a Cristo: "Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies." Entonces Pedro acusa a toda la casa de Israel de haber crucificado a Jesús y agrega que aquel que ellos habían crucificado, Dios había hecho-como hombre-Serien o sea el Jefe, y Cristo, o sea el Mesías. Qué contraste entre lo que hizo el hombre y lo que hizo Dios!
"Entonces oído esto, fueron compungidos de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Y Pedro les dice: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porqué para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación" (vv. 37-40).
Lo que los judíos habían oído de la boca de Pedro (inspirado de Dios, por supuesto), fue esta acusación grave: "Sepa pues ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo" (v. 36). El testimonio de Dios dado al hombre responsable, sea el judío o el pagano o el así llamado "cristiano", produce en él uno de los dos resultados definitivos: un corazón compungido, o sea el arrepentimiento; o un corazón endurecido o sea la rebelión contra Dios. Por lo menos, tres mil judíos se arrepintieron de su maldad de haber crucificado al Señor de la gloria, y a su Mesías Jesús, el Hijo de David según la carne e Hijo eterno de Dios; fueron compungidos de corazón y preguntaron: "z, qué haremos?"
Ahora bien, notemos cuidadosamente la respuesta de Pedro, la instrucción divinamente inspirada y particularmente apropiada en aquel momento para los judíos culpables por haber dado muerte al Señor Jesucristo: "Jesús...
Señor y Cristo." "Arrepentíos": tuvieron que arrepentirse de su mal hecho.
Actualmente, no hubo ni habrá jamás ninguna salvación para nadie, judío o gentil, aparte del arrepentimiento, aunque el arrepentimiento de por sí no salva; sin embargo, es de Dios (véase Rom. 2: 47). Pablo testificaba "a los judíos y a los gentiles arrepentimier to para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo"
(Hch. 20: 21). Luego Pedro les mandó bautizarse, cada uno, "en el nombre de Jesucristo." En los Hechos 8:16 leemos que los samaritanos "eran bautizados en el nombre de Jesús" (otras traducciones tienen, "del Señor Jesús"). En los Hechos 10:48 leemos que Pedro "les mandó bautizar en el nombre del Señor Jesús" a los gentiles que habían recibido ya al Espíritu Santo. Finalmente, en los Hechos 19: 3-5 leemos de ciertos creyentes que habían sido bautizados con "el bautismo de Juan," pero que no habían oído todavía el evangelio de la gracia de Dios acerca de la fe en nuestro Señor Jesucristo, muerto por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación. "Oído que hubieron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús." Pero, z no hav armonía entre estos pasajes debidamente entendidos, y el de Mateo 28: 19 dado a "los once discípulos": "por tanto, id, y doctrinad a todos los gentiles bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo"? Sí, la hay. La frase, "er. el nombre del Señor Jesús," equivale a decir, "con la facultad que el Señor Jesús otorga," y puesto que con la venida del Hijo de Dios al mundo,-sellado por el Espíritu Santo y revelador del Padre.-la bendita Deidad fue revelada, entonces el bautismo con agua se lleva a cabo en -el nombre de Dios, plenamente revelado en las tres Personas de la Trinidad, es decir, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Por lo tanto, nos parece que un cristiano, bautizando a una persona, tiene autorización divina para expresarlo así: "con la facultad que nuestro Señor Jesucristo nos otorga, Ud. es (o tú eres) bautizado (a) en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo."
Notemos cuidadosamente lo agregado por Pedro: "bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo." Pero ¡ cuán distinto todo eso de lo que sucedió cuando Pedro predicó el evangelio más tarde a los gentiles: a Jesús, "a éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en El creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre. Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón.... Entonces respondió Pedro: ¿Puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y les mandó bautizar en el nombre del Señor Jesús" (Hch. 10:43-48). Es bien claro que Dios no quiso dar el perdón de los pecados a los judíos culpables de la crucifixión de Su amado Hijo hasta que se hubiesen bautizado; e igualmente claro que a los gentiles, no sólo les dio el perdón de sus pecados, sino también el don del Espíritu Santo, antes de que fuesen bautizados con agua. Esto demuestra que el bautismo con agua no tiene nada que ver con la "remisión de pecados." "Sir, derramamiento de sangre no se hace remisión" (Heb. 9:22). Los judíos compungidos de corazón en el día de Pentecostés se apartaron de la nación culpable por medio del acto, visible a todos, del bautismo con agua, se manifestaron por ser ya aptos para recibir el perdón de sus pecados. Saulo de Tarso también se apartó de la nación culpable, se lavó públicamente de ese pecado grave de enemistad contra el Cristo de Dios: Ananías le dijo: "hermano Saulo,... ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre" (Hch. 22:13, 16). Saulo había sido perdonado de sus pecados delante de Dios tres días antes; ahora, bautizándose, se lavó ante la nación culpable de todos sus pecados contra Cristo y su pueblo. En cambio, con respecto a los gentiles odiados por los judíos, Dios quiso que Pedro y los "seis hermanos" que le acompañaron a la casa de Cornelio, el centurión romano, viesen con sus propios ojos y oyesen con sus propios oídos que El había perdonado a los gentiles también sus pecados, y les había dado su Santo Espíritu, sin previa obligación moral alguna de bautizarse con agua. Hay una armonía perfectísima entre todas las partes de las Sagradas Escrituras.
"Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare."
Cuán extensa la oferta divina del perdón de los pecados!: 1. "para vosotros," 2. "para vuestros hijos," y 3. "para todos los que están lejos." La oferta de salvación al carcelero de Filipos, hecha por Pablo y Silas, fue así: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y to casa" (Hch. 16: 31). Dios mismo es un Padre, y ha pensado en los anhelos ardientes (le sus hijos que son padres también. Por supuesto, la fe personal de un padre no basta para su hijo: éste también tendrá que arrepentirse de sus pecados y ejercer la fe personal en el Señor Jesucristo; sin embargo, la oferta de salvación dada a la cabeza de una familia abarca a todos en la casa, pero sólo por la ff el padre se la apropia para sí. Y Pedro probablemente no se dio cuenta de hasta adónde se extendería la promesa "para todos los que están lejos."
"Y con otras muchas palabras testificaba y exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación." No tenemos en las Sagradas Escrituras todo cuanto los apóstoles predicaron, sino solamente todo lo necesario para instruirnos de una manera cabal y comprensiva. En cuanto a la exhortación de Pedro, "sed salvos de esta perversa generación," notemos que él no dijo, "sed salvos de vuestros pecados," sino de "esta perversa generación," la nación culpable de los judíos que Dios iba a juzgar. La puerta de escape era bautizarse públicamente con agua en el nombre de Jesucristo, renunciando todo parentesco o conexión con los judíos: "así que, los que recibieron su palabra, fueron bautizados: y fueron añadidos a ellos aquel día como tres mil personas" (v. 41). Los judíos compungidos de corazón, habiéndose manifestado por sinceramente arrepentidos, fueron perdonados sus pecados, y no solamente eso, sino también fueron añadidos a la iglesia (no "a ellos," letra cursiva introducida por los traductores) ya formada por el poder del Espíritu Santo: por el Espíritu de Dios bautizados (o incorporados) en el un cuerpo de Cristo (véase 11 Corintios, cap. 12).
¡ Qué milagro sublime de la gracia perdonadora de Dios!: "Tres mil" personas perdonadas del pecado de haber crucificado al Señor de la gloria: "su sangre sea *obre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mateo 27:25). ¡ Qué contraste con aquel día funesto en el cual el pueblo de Israel fue castigado por haberse hecho y adorado un ídolo, un becerro de fundición, y por haberse despojado para vergüenza entre sus enemigos; cayeron del pueblo... como tres mil hombres! (léase Exodo 32:19-28).
¿Qué hacían esos nuevos miembros de la iglesia en compañía con los demás miembros bautizados en un solo cuerpo en aquel día? "Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones" (v. 42). Aquí tenemos el banquillo de tres patas del cristiano. La primera parte de este verso puede traducirse así: "perseveraban en la doctrina y comunión apostólicas." La verdadera comunión depende de la verdadera doctrina. El cristiano se sienta bien en su banquillo de tres patas: una es la doctrina y la comunión apostólicas; otra es el partimiento del pan, y la tercera es las oraciones; mas puede ser que un cristiano retenga la sana doctrina apostólica y goce de comunión con otros cristianos; pero si no persevera en el partimiento del pan, si no cumple con el ruego amante de su Señor: "haced esto en memoria de Mí," él ha dejado su primer amor; se ha cortado de su banquillo una pata. En la iglesia de Éfeso había mucho que el Señor encomendó, mucho; pero a ella escribió por la mano de Juan: "tengo contra ti que has dejado to primer amor" (Apo. 2:2-4). Puede ser también que un cristiano esté tan ocupado en muchas cosas, aun la obra del Señor, que se olvida de las oraciones y pierde poco a poco su sentido de dependencia en el Señor, arriesgando una caída espiritual: se ha cortado otra pata del banquillo. Y, finalmente, el cristiano que no persevera en la doctrina apostólica será llevado "por doquiera de todo viento de doctrina": se ha cortado la última pata; el banquillo está en el suelo.
Leamos ahora de los resultados maravillosos engendrados entre los cristianos primitivos: "y toda persona tenía temor; y muchas maravillas y seriales eran hechas por los apóstoles. Y todos los que creían estaban juntos; y tenían todas las cosas comunes; y vendían las posesiones, y las haciendas, y repartíanlas a todos, como cada uno había menester" (vv. 43-45). Esa fue una comunidad bendita; no había ningún espíritu de egoísmo. Esos judíos cenvertidos, ya no judíos, sino cristianos (véase 1ª Cor. 10:32), fueron perseguidos tenazmente. Al bautizarse en el nombre del menospreciado Jesús de Nazaret, muchos fueron echados de sus hogares, y despojados de sus posesiones. Leamos el mensaje dirigido a los tales en Hebreos 10:32-34: "traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sufristeis gran combate de aflicciones; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra parte hechos compañeros de los que estaban en tal estado. Porque de mis prisiones también os resentisteis conmigo, y el robo de vuestros bienes padecisteis con gozo, conociendo que tenéis en vosotros una mejor sustancia en los cielos, y que permanece". Entonces el amor de Cristo constreñía a los creyentes que tenían posesiones y haciendas, y ellos vendíanlas y repartíanlas a los que habían menester.
"Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y con sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo gracia con todo el pueblo" (vv. 46, 47). Cada día ellos daban testimonio de Jesucristo, el Salvador, en el templo en donde los judíos inconversos se encontraban, es decir, en los pórticos y atrios públicos; pero no celebraban el partimiento del pan públicamente entre la gente inconversa, sino en sus hogares (como se hacía más tarde también en varios hogares de siervos fieles del Señor; véase Rom. 16:5; 1ª Cor. 16:19; Col. 4:15 y Filmn. 2).
"Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos" (v. 47). Fue el Señor, no el hombre, quien añadía a la iglesia, al cuerpo de Cristo, los judíos que en aquella época habían de ser rescatados de la nación culpable antes de que Dios la juzgara por el rechazamiento de su amado Hijo. Actualmente, o éramos judíos o éramos gentiles, "por gracia" somos "salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparé para que anduviésemos en ellas" (Efe. 2:8-10). ¡Aun hasta nuestras buenas obras, Dios las ha preparado de antemano para que andemos en ellas!

Capítulo 3

"Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora de oración, la de nona. Y un hombre que era cojo desde el vientre de su madre, era traído; al cual ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo" (vv. 1, 2).
¡ Qué cuadro más triste!: un hombre judío cojo desde su nacimiento entre los judíos, el pueblo de Dios, al cual El había prometido toda suerte de bendición terrenal, inclusive la salud física con tal que le obedeciera (véase Deut. 28:1-13). Ese hombre era figura de la condición de los judíos mismos: espiritualmente enfermos y alejados de Jehová su Dios-rechazadores de Cristo, su Mesías.
"Este, como vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, rogaba que le diesen limosna. Y Pedro, con Juan, fijando los ojos en él, dijo: Mira a nosotros. Entonces él estuvo atento a ellos, esperando recibir de ellos algo. Y Pedro dijo: Ni tengo plata ni oro; mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó: y luego fueron afirmados sus pies y tobillos; y saltando, se puso en pie, y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios" (vv. 3-8).
Dios había permitido que ese hombre, que "era de más de cuarenta años" (cap. 4:22), fuese visto en su condición de "cojo" por todo el pueblo judío durante muchos años, quizá hasta veinticinco, para que todo el pueblo supiera que era él mismo que fue sanado milagrosamente, dando así una oportunidad para otro testimonio poderoso y eficaz dirigido por los apóstoles Pedro y Juan a miles de los judíos, a quienes Dios aún quería hacer misericordia, a pesar de que habían consentido en la crucifixión de su Mesías. 1 Cuán grande fue su amor para con su pueblo antiguo!
"Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y conocían que él era el que se sentaba a la limosna a la puerta del templo, la Hermosa: y fueron llenos de asombro y de espanto por lo que le había acontecido. Y teniendo a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón, atónitos" (vv. 9-11).
Así obró Dios para preparar los corazones de miles de testigos oculares, a fin de que estuviesen atentos al mensaje que Pedro ya estaba impulsado a pronunciar:
"Y viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? o ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su Hijo Jesús, al cual vosotros entregasteis, y negasteis delante de Pilato, juzgando él que había de ser suelto. Mas vosotros al Santo y al Justo negasteis, y pedisteis que se os diese un homicida; y matasteis al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos; de lo que nosotros somos testigos. Y en la fe de su nombre, a éste que vosotros veis y conocéis, ha confirmado su nombre: y la fe que por él es, ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros" (vv. 12-16).
De esa manera enfática Pedro les expuso cuán enorme era su culpa delante de Dios, para que se arrepintiesen. Luego les proclamó cuál era la actitud bondadosa de Dios, pese a la maldad de ellos y mayormente la de sus príncipes:
"Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros príncipes" (v. 17). ¿Fue por ignorancia? ¡ de ninguna manera, sino de propósito! "¡Crucifícale! ¡crucifícale!" Pero el apóstol Pedro, lleno del Espíritu Santo e inspirado de Dios en aquel momento, actuó según el intento de la oración perdonadora del Señor mismo cuando le crucificaron: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34). Jesús lo calificó como de un pecado cometido en ignorancia: "y si toda la congregación de Israel hubiere errado... ofrecerá un becerro por expiación" (léase el pasaje entero en Lev. 4:13-21). "Ya sabéis la. gracia de nuestro Señor Jesucristo" (2ª Cor. 8: 9). Por lo tanto Pedro, en el espíritu de su Maestro, les dijo que lo habían hecho "por ignorancia." Entonces prosiguió a advertirles cuál era el propósito de Dios-su Dios tan paciente y bondadoso-y cómo había cumplido e iba a cumplir con todo lo que estaba escrito en el Antiguo Testamento:
"Empero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer. Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor, y enviará a Jesucristo, que os fue antes anunciado: al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo. Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de vuestros hermanos, como ye; a él oiréis en todas las cosas que os hablare. Y será, que cualquiera alma que no oyere a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. Y todos los profetas desde Samuel y en adelante, todos los que han hablado, han anunciado estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios concertó con nuestros padres, diciendo a Abraham: Y en su simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, le envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad" (vv. 18-26).
En respuesta bendita a la oración del Señor Jesús "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", el Espíritu Santo ofreció-por la boca del apóstol Pedro-perdón a los judíos culpables de la crucifixión de su Mesías. Si ellos se hubieran arrepentido y convertido de su maldad, luego Dios habría enviado a Jesucristo del cielo para restaurarles el reino prometido según un sinnúmero de profecías en el Antiguo
Testamento. Una de esas profecías fue hablada por Moisés, quien había dicho a sus padres:
"Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como ye, to levantará Jehová to Dios: a él oiréis.... Y Jehová me dijo... Profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que ye le mandare. Mas será, que cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, ye le residenciaré" ["le pediré cuenta de ello"]. (Deut. 18:15-19). Jesús era aquel profeta.
Los israelitas eran la simiente-según la carne-de Abraham, al cual Dios había dado las promesas. Pero la promesa: "en to simiente serán benditas todas las familias de la tierra," no se refiere a los israelitas, sino a Cristo. Leamos Gálatas 3:16: "A Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y a to simiente, la cual es. Cristo."
La descendencia natural de Abraham (hemos oído muchachos defenderse religiosamente, diciendo: "Mi padre es un reverendo, un predicador") no tenía mérito ninguno delante de Dios como una base de aceptación; ésta viene de la fe, y solamente de la fe. Los judíos dijeron a Jesús: "Nuestro padre es Abraham. Díceres Jesús: Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais" (Juan 8:39). Se refirió a su estado-no natural, sino-espiritual.
"Dios, habiendo levantádo a su Hijo, le envió para que os bendijese." Este dicho se refiere, no a la resurrección de Jesús, como debe ser muy claro del contexto, sino al hecho de que Dios le levantó como el Salvador de su pueblo, como leemos en Mateo 1:21, "llamarás su nombre JE-SUS, porque él salvará a su pueblo [Israel] de sus pecados."

Capítulo 4

"Y hablando ellos al pueblo, sobrevinieron los sacerdotes, y el magistrado del templo,- y los saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de los muertos." (vv. 1, 2).
En el capítulo 5:17, leemos que "el príncipe de los sacerdotes, y todos los que estaban con él" eran de "la secta de los saduceos." En el capítulo 23:8 leemos que "los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu". Eran los "modernistas" de aquel entonces. Se opusieron al Señor Jesús, y al testimonio de todos sus apóstoles, siendo enemigos orgullosos y tenaces de la verdad. ¡ Qué estado más triste de los judíos: teniendo por gran pontífice a un apóstata!
"Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente; porque era ya tarde. Mas muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y fue el número de los varones como cinco mil" (vv. 3, 4).
Aunque los judíos estaban sujetos al poder del imperio de Roma, sin embargo las autoridades romanas dejaban que los judíos se gobernaran entre sí. Pilato no quería enjuiciar a Jesús, diciendo a los príncipes de los sacerdotes: "Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo en El crimen" (Juan 19:6). Los mismos sacerdotes echaron mano a los apóstoles del Señor Jesús y los metieron en la cárcel como si fueran criminales. Pero el diablo no podía estorbar la obra de Dios: de los que habían oído la palabra predicada por Pedro, ¡"cre-yeron ... .como cinco mil" varones!
"Y aconteció al día siguiente, que se juntabéis hecho 'vosotros esto? Entonces Pedro, lleno ancianos, y los escribas; y Anás, príncipe de los sacerdotes, y Caifás, y Juan y Alejandro, y todos los que eran del linaje sacerdotal; y haciéndolos presentar en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? Entonces Pedro, Peno del Espíritu Santo, les dijo: Príncipes del pueblo, y ancianos de Israel: pues que somos hoy demandados acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, al que vosotros crucificasteis y Dios le resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza de ángulo. Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (vv. 5-12).
A la pregunta crítica hecha por los líderes de los judíos, llenos de orgullo, celo y su importancia propia, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dio respuesta directa, advirtiéndoles que fue por el nombre de Jesucristo del pueblo despreciado de Nazaret, al cual ellos habían crucificado, que el hombre cojo había sido sanado; además, que no había salvación alguna sino solamente por el nombre glorioso de Jesús.
"Entonces viendo la constancia de Pedro y de Juan, sabido que eran hombres sin letras e ignorantes, se maravillaban; y les conocían que habían estado con Jesús. Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba con ellos, no podían decir nada en contra. Mas les mandaron que se saliesen fuera del concilio; y conferían entre si, diciendo: ¿Qué hemos de hacer a estos hombres? porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalem, y no lo podemos negar. Todavía, porque no se divulgue más por el pueblo, amenacémoslos que no hablen de aquí adelante a hombre alguno en este nombre. Y llamándolos, lea intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Entonces Pedro y Juan, respondiendo, les dijeron: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Ellos entonces los despacharon amenazándolos, no hallando ningún modo de castigarlos, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios de lo que había sido hecho. Porque el hombre en quien había sido hecho este milagro de sanidad, era de más de cuarenta años" (vv. 13-22).
El secreto del verdadero poder espiritual es muy sencillo: vivir constantemente en comunión con, o sea en la compañía de, Jesús.
"Dulce comunión la que gozo ya
En los brazos de mi Salvador.
¡Qué gran bendición en su paz me da!
Oh! ye siento-en mí su tierno-amor."
Pedro y Juan eran hombres sin letras e ignorantes, pero habían estado con Jesús. Nos acordamos del dicho de un hermano ya finado: "Dios puede usar a un hombre educado a pesar de su educación; también puede usar a un hombre ignorante a pesar de su ignorancia."
Los líderes de los judíos no quisieron arrepentirse; más bien-con los ojos abiertos-querían tapar el testimonio del Señor Jesús; pero la respuesta inspirada de Pedro y Juan fue decisiva: "no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído." Los saduceos tuvieron que despacharlos, sin castigarles, pues tenían miedo del pueblo común que glorificaba a Dios por cuanto que el cojo de más de cuarenta años de edad fue sanado.
"Y sueltos, vinieron a los suyos, y contaron todo lo que los príncipes de los sacerdotes y los ancianos les habían dicho. Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay; que por boca de David, to siervo, dijiste: ¿Por qué han bramado las gentes, y los pueblos han pensado cosas vanas? Asistieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo. Porque verdaderamente se juntaron en esta ciudad contra to santo Hiio Jesús, al cual ungiste, Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y los pueblos de Israel. para hacer lo que to mano y to consejo habían antes determinado que había de ser hecho. Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y da a tus siervos que con toda confianza hablen to palabra; que extiendas to mano a que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el nombre de to santo Hijo Jesús. Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza" (vv. 23-31).
"Sueltos" de una cárcel, sueltos de los trabajos cotidianos, o sueltos de otras ataduras, ¡ qué privilegio precioso para los creyentes en el Señor Jesús es allegarse a los suyos, a los que son también de Cristo!, sea para dar gracias a Dios, para orar, o para edificarse sobre su santísima fe.
Los apóstoles contaron a los suyos todo lo sucedido. Luego (y ésta es la primera oración de la era cristiana anotada en la Biblia), alzaron unánimes la voz a Dios, reconociéndole como el gran Creador y citando del Salmo 2 lo que había tenido su cumplimiento en el rechazamiento del Cristo de Dios de parte de los grandes de este mundo. Reconocieron también que Dios estaba muy por encima de las actuaciones de los hombres, haciendo que todas contribuyesen a la consumación de Sus consejos eternos, como se nos declara Prov. 21:30: "No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo, contra Jehová;" y también 2ª Cor. 13:8: "Porque ninguna cosa podemos contra la verdad, sino por la verdad."
Es de notar que los cristianos-desde el principio de la formación de la iglesia-no rogaron al Señor que destruyese a los enemigos de ellos, como le pidieron a Jehová los israelitas. Sólo le rogaron que tomara en cuenta las amenazas de sus enemigos, y que les diera fuerzas para poder dar testimonio fiel y que lo confirmara por medio de milagros, para que la gente se diera cuenta de que el Dios vivo y verdadero era el Dios de los cristianos, y creyera al evangelio de su gracia.
Sanidades físicas, milagros de varias índoles y prodigios acompañaban el testimonio primitivo de los cristianos, confirmando el evangelio de Dios, una cosa enteramente nueva en el mundo. Pero una vez establecido el testimonio, las vidas mismas de los creyentes confirmaban la proclamación de la verdad santa de Dios; entonces sanidades y milagros eran innecesarios. Si las vidas de los cristianos profesantes ("letras... sabidas y leídas de todos los hombres"- 2ª Cor. 3:2) no hubieran acreditado
el evangelio, ni sinnúmero de milagros lo habría confirmado.
Las manifestaciones del Espíritu de Dios en ciertas prácticas contadas en el libro de los Hechos eran transicionales en su carácter. Cuando llegamos a las epístolas de Pablo escritas a las iglesias en siete lugares, iglesias ya establecidas en su testimonio público, él no les habló de sanidades y milagros y prodigios, excepto en 13 Cor. capítulos 12 a 14, en donde también regulaba el uso de las "lenguas" e intimó que cesarían. En sus epístolas posteriores escritas a los efesios, filipenses y colosenses, no hizo mención alguna de sanidades y milagros, tampoco a los romanos, gálatas y tesalonicenses; más bien en Romanos 8: 23 leemos que "todas las criaturas gimen a una, y... nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos." Pablo no sanó a su consiervo fiel, Timoteo, más bien le recetó un medicamento (11 Tim. 5:23); tampoco sanó a su consiervo Trófimo, más bien le dejó en Mileto enfermo (2ª Tim. 4:20). La meta de la vida cristiana, según
Dios, en primer lugar es la prosperidad espiritual y no el bienestar físico. "Amado, ye deseo que tú seas prosperado en todas cosas, y que tengas salud, así como to alma está en prosperidad" (3ª Juan 2).
No negamos que Dios es soberano y que puede obrar milagrosamente para confirmar su testimonio por dondequiera, pero no olvidemos que "según operación de Satanás"... puede haber "grande potencia, y señales, y milagros mentirosos" (2ª Tes. 2:9). "Por sus frutos los conoceréis." Los que son de Satanás no llevan buen fruto con santidad.
Al terminar de orar los creyentes en Jerusalem, Dios sí contestó de manera milagrosa: "el lugar" (no los creyentes, notemos) "tembló"; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, 'y hablaron la palabra de Dios con confianza." Aquellos creyentes ya habían recibido al Espíritu Santo, el cual moraba en cada uno de ellos. El que no tiene al Espíritu Santo no es cristiano verdadero. "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él" (Rom. 8:9). Pero ser lleno del Espíritu Santo es otra cosa: "no os embriaguéis de vino. en lo cual hay disolución; mas sed llenos de Espíritu" (Efe. 5:18). Otro ha escrito: "... el Espíritu debe apoderarse de nuestros afectos. pensamientos e inteligencia de tal modo que El sea su única fuente conforme a su energía propia y poderosa y a la exclusión de todo lo demás."
"Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes. Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos. Que ninguno necesitado había entre ellos: porque todos los que poseían heredades o casas, vendiéndolas, traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y era repartido a cada uno según que había menester" (vv. 32-35).
¡ He aquí una verdadera comunión, jamás conocida antes en el mundo mezquino, mucho menos en el día de hoy! La oración del Señor Jesús fue contestada: "no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y ye en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo cera que tú me enviaste" (Juan 17: 20, 21).
El Espíritu Santo no era contristado: los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; no había ningún espíritu egoísta entre los creyentes, y los que poseían bienes los pusieron a los pies de los apóstoles para repartir a los necesitados. (Véase Prov. 11:24-25). No cabe duda de que muchos de los judíos que confesaron a Cristo como su Salvador padecieron el robo de sus bienes, y con gozo (véase Heb. 10:34); pero precisaban de socorro material.
"Entonces José, que fue llamado de los apóstoles por sobrenombre, Bernabé, (que es interpretado, Hijo de consolación) levita, natural de Cipro, como tuviese una heredad, la vendió, y trajo el precio, y púsolo a los pies de los apóstoles" (4:36-37).
"Bernabé... Hijo de consolación." ¡Cuánto precisa la iglesia de Dios de tales siervos del Señor! Ese hermano, compadeciéndose de los creyentes necesitados entre los judíos, vendió "una heredad" y entregó el precio íntegro a los apóstoles para que se repartiera entre los pobres. "Bernabé" no era uno de los doce apóstoles escogidos por el Señor Jesús en "los días de Su carne;" fue escogido después (Véase Hechos 13: 2 y 14: 4 y 14): "los apóstoles Bernabé y Pablo." Bernabé había sido fiel en lo material, y el Señor le encomendó lo espiritual. Un creyente egoísta nunca es espiritual.

Capítulo 5

"Mas un varón llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una posesión, y defraudó del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo una parte, púsola a loa pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás to corazón a que mintieses al Espíritu Santo, y defraudases del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en to posesión? ¿Por qué pusiste esto en to corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Entonces Ananías, oyendo estas palabras, cayó y espiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los mancebos, le tomaron, y sacándolo, sepultáronlo. Y pasado espacio como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime: ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué os concertasteis para tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a to marido, y te sacarán. Y luego cayó a los pies de él, y espiró: y entrados los mancebos, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino un gran temor en toda la iglesia, y en todos los que oyeron estas cosas" (vv. 1-11).
Dice el pasaje: "un varón llamado Ananías," no "un creyente cristiano," pues no se supone que uno de los redimidos del Señor haga tal cosa. Hay algo parecido en este pasaje: "si alguno llamándose hermano fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con el tal ni aún comáis" (lª Cor. 5:11). El pasaje no dice: "si algún hermano," no, porque no se considera que un redimido del Señor fuere tal persona.
Ananías y su mujer no estaban obligados a entregar a los apóstoles el precio entero de su heredad, ni aun parte de él; estaba en su potestad. Pero ellos, pretendiendo que entregaban ihtegramente el precio, retuvieron para sí una parte, siendo su manera de obrar codiciosa y mentirosa. Dios les quitó la vida, mostrando en tal caso un testimonio solemne a todos de Su santidad. En el huerto de Edén Satanás habló la primera mentira a Eva: "No moriréis" (Gén. 3:4). En la iglesia Satanás hizo que Ananías mintiese, el primer pecado señalado en ella.
Otra cosa solemne vemos aquí: el Señor Jesús, resucitado, dijo a sus discípulos: "Tomad el Espíritu Santo: a los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuvieseis, serán retenidos" (Juan 20:22, 23). Pedro estaba lleno del Espíritu Santo, y tenía discernimiento divino. A la pareja, Ananías y Safira, les retuvo su pecado, es decir: no tuvieron la oportunidad de arrepentirse y ser perdonados; el pecado quedó con ellos; era "pecado de muerte" (1ª Juan 5:16).
Probablemente Ananías y Safira eran cristianos, pero a causa de su pecado les fue quitada la vida en este mundo; e igual y solemnemente a los corintios por sus costumbres relajadas, "por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros; y muchos duermen" (es decir, "muchos son muertos"-1ª Cor. 11: 30). Dios les quitó la vida en este mundo, porque daban no sólo mal testimonio a sus hermanos en la fe, sino también a los inconversos.
Debe ser claro a todo cristiano inteligente que la remisión, o la detención de pecados por los apóstoles, no se trataba de perdón judicial, o no, delante de Dios, sino del gobierno dentro de la iglesia en el mundo.
El perdón judicial de pecado es otorgado por Dios, y sólo por El. "¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?" (Lucas 5: 21). El único "Mediador entre Dios y los hombres" es "Jesucristo hombre; el cual se dio a sí mismo en precio de rescate por todos" ( Tim. 2:5, 6). Jesús dio satisfacción a Dios por todos nuestros pecados. "La paga del pecado" era "la muerte" y Cristo recibió la paga que el pecador había merecido. El pecador es justificado "gratuitamente por Su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús, al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia... para que El sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Roan. 3:24-26).
Aunque no hay ningunos apóstoles ahora, no obstante-con la Palabra de Dios y la guía del Espíritu Santo-, los cristianos tienen todo lo necesario para poder mantener la honra y la gloria del Señor Jesús en medio de la iglesia, sea en ejercer una disciplina santa o buscar la restauración de un hermano caído. (Comp. 1ª Cor. 5:11-13 y 2ª Cor. 2:7-10).
"Y por las manos de los apóstoles eran hechos milagros y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. Y de los otros ninguno osaba juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente" (vv. 12, 13).
Con respecto a los "muchos milagros y prodigios" hechos por los apóstoles, en Hebreos 2:3, 4 se hace referencia a ellos: "¿Cómo escaparemos nosotros, si tuviéremos en poco una salud tan grande? La cual, habiendo comenzado a ser publicada por el Señor, ha sido confirmada hasta nosotros por los que oyeron; testificando juntamente con ellos Dios, con seriales y milagros, y diversas maravillas, y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad."
El Señor dio el testimonio y lo confirmó por medio de los milagros para establecer de una vez la cristiandad en el inundo. Tan poderoso fue el testimonio y tan santo que los inconversos no osaban juntarse con los cristianos, como si se hubieran dicho a sí mismos: "Ese ambiente santo nos infunde temor; no nos conviene." Pero hoy en día los pecadores religiosos se meten sin temor alguno dentro de cualquier congregación de cristianos y pretenden que son "ovejas" del Señor cuando en realidad algunos de ellos son "lobos rapaces."
"Y los que creían en el Señor se aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que echaban los enfermos por las calles, y los ponían en camas y en lechos, para que viniendo Pedro, a lo menos su sombra tocase a alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas concurría multitud a Jerusalem, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; los cuales todos eran curados" (vv. 14-16).
Jesús había dicho a sus apóstoles: "De cierto, de cierto os digo: El que en Mí cree, las obras que ye hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque ye voy al Padre" (Juan 14:12). ¡Qué! ¿los apóstoles hacer obras mayores que las que el Hijo de Dios había hecho? ¿Cómo? Porque El envió al Espíritu Santo, del cual había ya dicho: "El me glorificará" (Juan 16:14). Siendo Cristo glorificado a la diestra del Padre en el cielo, el Espíritu vino al mundo para glorificarle aquí, a fin de que los pecadores se convenciesen y llegasen al "arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo" (Hch. 20: 21). Por lo tanto fueron hechos milagros y prodigios mayores que los que Jesús había hecho en los días de su carne, siendo la meta de lo cual que El fuese glorificado más y más.
"Entonces levantándose el príncipe de los sacerdotes, y todos los que estaban con él, que es la secta de los saduceos, se llenaron de celo; y echaron mano a los apóstoles, y pusiéronlos en la cárcel pública" (vv. 17-18).
En el líder religioso mismo de los judíos, ¡ Satán tenía su instrumento para oponerse a la obra del Señor! Un hombre religioso sin Cristo es una fiera. Lleno de orgullo y celo, además ciego y opuesto tenazmente al evangelio de la gracia soberana de Dios, cuando tiene la oportunidad usa de violencia contra los siervos del Señor. Pero mientras que Satán y sus agentes estaban proponiendo una cosa, Dios estaba disponiendo otra:
"Mas el ángel del Señor, abriendo de noche las puertas de la cárcel, y sacándolos, dijo: Id, y estando en el templo, hablad al pueblo todas las palabras de esta vida. Y oído que hubieron esto, entraron de mañana en el templo, y enseñaban" (vv. 19-21). Dios quiso que el evangelio de su gracia, las palabras de la vida eterna, fuesen anunciadas a todos, y cuidó de sus siervos fieles.
"Entre tanto, viniendo el príncipe de los sacerdotes, y los que eran con él, convocaron el concilio, y a todos los ancianos de los hijos de Israel, y enviaron a la cárcel para que fuesen traídos. Mas como llegaron los ministros, y no los hallaron en la cárcel, volvieron, y dieron aviso, diciendo: Por cierto, la cárcel hemos hallado cerrada con toda seguridad, y los guardas que estaban delante de las puertas; mas cuando abrimos, a nadie hallamos dentro. Y cuando oyeron estas palabras el pontífice y el magistrado del templo y loa príncipes de los sacerdotes, dudaban en qué vendría a parar aquello" (vv. 21-24). ¡Qué evidencia más manifiesta del ánimo opuesto a Dios de Darte de los líderes religiosos de los judíos! ¡Qué sorpresa más grande: el saber ellos que la cárcel estaba vacía! "Dudaban en qué vendría a parar aquello." No conocían a Dios.
"Pero viniendo uno, dioles esta noticia: He aquí, los varones que echasteis en la cárcel, están en el templo, y enseñan al pueblo. Entonces fue el magistrado con los ministros, y trájolos sin violencia; porque temían del pueblo ser apedreados. Y como los trajeron, los presentaron en el concilio: y el príncipe de los sacerdotes les preguntó, diciendo: ¿No os denunciamos estrechamente, que no enseriaseis en este nombre? Y he aquí, habéis llenado a Jerusalem de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de este hombre" (vv. 25-28).
El príncipe de los sacerdotes, cegado, no vio en la liberación de los apóstoles de la cárcel la mano del Dios todopoderoso de Israel. Lleno de orgullo y de celo, les preguntó a los apóstoles por qué habían desafiado su mandamiento que no enseñasen en el nombre de Jesús. Luego, les acusó falsamente de haber querido echar sobre él y sus secuaces la sangre de Jesús, cuando la verdad del caso era todo al contrario: ellos habían gritado: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mateo 27: 25).
"Y respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen" (vv. 29-32).
Cuando cualquier autoridad-abusando de su autoridad-quiere que el cristiano haga lo que no agrada a Dios, entonces ha excedido los límites de su autoridad como otorgada por Dios. En tal caso el cristiano debe obedecer a Dios antes que a los hombres. Así le dijeron los apóstoles al sumo sacerdote. Además, le dieron a saber que Aquel que los judíos habían matado, Dios había ensalzado a lo sumo, que el perdón de sus pecados fue ofrecido una vez más a Israel, y que ellos, los apóstoles, eran testigos de estas cosas; el Espíritu Santo también.
"Ellos, oyendo esto, regañaban, y consultaban matarlos. Entonces levantándose en el concilio un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerable a todo el pueblo, mandó que sacasen fuera un poco a los apóstoles. Y les dijo: Varones israelitas, mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que habéis de hacer. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien; al que se agregó un número de hombres como cuatrocientos: el cual fue matado; y todos los que le creyeron fueron dispersos, y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el galileo en los días del empadronamiento, y llevó mucho pueblo tras sí. Pereció también aquél; y todos los que consintieron con él, fueron derramados. Y ahora os digo: Dejaos [o apartaos] de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá: mas si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo a Dios." (vv. 33-39).
Dios había anticipado todo lo ocurrido y tenía-¡ bendito sea su Nombre!-su instrumento en medio del concilio de los judíos: e Gamaliel, un fariseo, pero muy respetado entre el pueblo. Dios le impulsó a ponerse en pie y dar su consejo sabio: "si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo a Dios."
"Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotados, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y soltáronlos. Y ellos partieron de delante del concilio, gozosos de que fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo" (vv. 40-42).
Así el Señor cuidó providencialmente de sus apóstoles y no fueron muertos por los saduceos, los "modernistas" de aquel entonces. Pero ellos fueron azotados; luego partieron gozosos de que fuesen acordados la honra de padecer por el Nombre, el Nombre del Señor Jesús, el Nombre que es sobre todo nombre (véase Fil. 2: 5- 11). No obedecían a los saduceos, sino seguían diariamente enseñando y predicando públicamente en el templo y también por las casas, ensalzando al Señor Jesucristo.

Capítulo 6

"En aquellos días, creciendo el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que sus viudas eran menospreciadas en el ministerio cotidiano" (v. 1).
La palabra "griegos" aquí indica judíos nacidos en Grecia, pero en el capítulo 11, el v. 20, la palabra "griegos" indica nacionales de la raza griega. No hay ningunos convertidos mencionados entre los griegos mismos hasta que lleguemos a este pasaje: "Y de ellos había unos varones ciprios y cirenenses, los cuales como entraron en Antioquía, hablaron a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús." "Y los que habían sido esparcidos por causa de la tribulación que sobrevino en tiempo de Esteban, anduvieron hasta Fenicia, y Cipro, y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos."
Así que las murmuraciones tuvieron lugar entre judíos nacidos en Grecia y judíos nacidos en Judea; y fueron los de Grecia quienes se quejaron de que sus viudas no recibían trato equitativo en el ministerio cotidiano, es decir: en el repartimiento de comida y otras cosas necesarias.
"Así que, los doce convocaron la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, y sirvamos a las mesas. Buscad pues, hermanos, siete varones de vosotros de buen testimonio, llenos de Espíritu Santo, y de sabiduría, los cuales pongamos en esta obra. Y nosotros persistiremos en la oración, y en el ministerio de la palabra. Y plugo el parecer a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, y a Felipe, y a Prócoro, y a Nicanor, y a Timón, y a Parmenas, y a Nicolás, prosélito de Antioquía: a estos presentaron delante de los apóstoles, los cuales orando les pusieron las manos encima" (vv. 2-6).
El ministerio de la palabra de Dios era la cosa de primordial importancia; por lo tanto los apóstoles no quisieron dejarlo para servir mesas, siendo esto, hablando propiamente, el encargo de los diáconos, o siervos. Dos apóstoles dejaron enteramente al juicio espiritual de los creyentes a quiénes escogieran, pero insistieron que fuesen (1) varones de buen testimonio, (2) llenos de Espíritu Santo, y (3) llenos de sabiduría.
Es de notar aquí que cuando ya no hubiera ningunos apóstoles que pusieran los diáconos, entonces las instrucciones dadas por Pablo a Timoteo servirían para poder discernir a cuáles hermanos en una iglesia local de cristianos fuesen capacitados para la obra del diácono. "Los diáconos asimismo, deben ser honestos, no bilingües, no dados a mucho vino, no amadores de torpes ganancias; que tengan el misterio de la fe con limpia conciencia. Y éstos también sean antes probados; y así ministren, si fueren sin crimen. Las mujeres asimismo, honestas, no detractoras, templadas, fieles en todo. Los diáconos sean maridos de una mujer, que gobiernen bien sus hijos y sus casas. Porque los que bien ministraren, ganan para sí buen grado, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús" (1 Tim. 3:8-13).
Los nombres de los siete varones elegidos por la multitud nos dan a saber cómo la gracia de Dios obraba tan eficazmente en aquel entonces, pues son nombres de origen griego, no de origen israelita: Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás; no: Jacob, Judá, Levi, Simeón, etc. Fueron los griegos quienes murmuraron, y los diáconos fueron escogidos de entre ellos.
"Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalem: también una gran multitud de los sacerdotes obedecía a la fe" (v. 7). Cuando Dios está obrando, muy pronto el diablo se opone a la obra divina. Veremos lo que iba a suceder:
"Empero Esteban, lleno de gracia y de potencia, hada prodigios y milagros grandes en el pueblo. Levantáronse entonces unos de la sinagoga que se llama de los libertinos, y cireneos, y alejandrinos, y de los de Cilicia, y de Asia, disputando con Esteban. Mas no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba" (vv. 8-10). El Señor Jesús había instruido a sus discípulos así: "Poned pues en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder: porque ye os daré boca y sabiduría, a la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se os opondrán" (Luc. 21:14, 15).
De paso, notemos aquí que los creyentes eligieron a Esteban un diácono, pero él tenía don de evangelista directamente de Cristo, la Cabeza de la Iglesia, y lo ejercía para la gloria 'de su Señor.
Ya que el diablo nada pudo en contra del testimonio fiel de Esteban, hizo que fuese acusado falsamente de palabras blasfemas: "entonces sobornaron a unos que dijesen que le habían oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y Dios. Y conmovieron al pueblo, y a los ancianos, y a los escribas; y arremetiendo le arrebataron, y le trajeron al concilio. Y pusieron testigos falsos, que dijesen: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y la ley: porque le hemos oído decir, que este Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y mudará las ordenanzas que nos dio Moisés. Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de sin ángel' (vv. 11-15).
Anteriormente, "los príncipes de los sacerdotes, y los ancianos, y todo el consejo, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte" (Matt. 26:59). Ahora, seguían el mismo procedimiento contra Esteban, el testigo fiel de Jesús. El hombre religioso que tiene potestad, pero no tiene a Cristo en su corazón, es un juguete del diablo.
Aunque los creyentes eran ya muy numerosos, no se levantaron armados para rescatar a Esteban. Todos ellos-llenos del amor de Dios derramado en sus corazones por el Espíritu Santo-obedecieron a la palabra del Señor: "No resistáis al mal.... Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos" (Matt. 5:39, 44-45).
El Señor sostenía a su siervo de modo maravilloso y sus enemigos "vieron su rostro como el rostro de un ángel." "Se sostuvo como viendo al Invisible" (Heb. 11:27).

Capítulo 7

"El príncipe de los sacerdotes dijo entonces [a Esteban]: ¿Es esto así? Y él dijo: Varones hermanos y padres, oíd: El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Charán, y le dijo: Sal de to tierra y de to parentela, y ven a la tierra que te mostraré. Entonces salió de la tierra de los Caldeos, y habitó en Charán: y de allí, muerto su padre, le traspasó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora; y no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie: mas le prometió que se la daría en posesión, y a su simiente después de él, no teniendo hijo" (vv. 1-5).
Esteban, acusado por "testigos falsos" (cap. 6:13), estaba delante del concilio de los judíos. El empezó su discurso con Dios: habló del "Dios de la gloria," el Dios que no es solamente glorioso en sí mismo, sino es el Autor de la gloria, como también lo es "de la vida" (Hch. 3:15), Abraham, el padre de la raza judía, fue llamado por el Dios de la gloria que se le apareció en una tierra lejana llena de ídolos, pues Josué dijo a los hijos de Israel:
"Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente de esotra parte del río, es a saber, Tharé, padre de Abraham y de Nachor; y servían a dioses extraños" (Josué 24:2). Abraham no era hombre mejor que los demás, pero Dios se compadeció de él y se le apareció a él. El corazón de Abraham fue conquistado: dejó luego los ídolos "para servir al Dios vivo y verdadero" (como lo hicieron los tesalonicenses milenios después-véase 1a Tes. 1:9, 10).
El llamamiento supremo apartó a Abraham de su "tierra," su "parentela" y la casa de su "padre" (Gén. 12:1). Apartarse uno de su pueblo es difícil; de su parentela, aun más difícil; pero apartarse uno de la casa paterna es lo más difícil de todo. Pero el Dios de la gloria llamó a Abraham, y él le obedeció.
"¡Alma mía! Dios te llama,
¡Oh, no dejes deˆacudir!
Con su poderosa mano
El camino talla deˆabrir.

El ha roto la cadena,
Ya deˆEgipto salvo estás;
Libertado de la pena,
Con to Dios caminarás."
"Y hablóle Dios así: Que su simiente sería extranjera en tierra ajena, y que los reducirían a servidumbre y maltratarían, por cuatrocientos años. Mas ye juzgaré, dijo Dios, la nación a la cual serán siervos: y después de esto saldrán y me servirán en este lugar. Y diole el pacto de la circuncisión: y así Abraham engendró a Isaac, y le circuncidó al octavo día; e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas. Y los patriarcas, movidos de envidia, vendieron a José para Egipto; mas Dios era con él, y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia
y sabiduría en la presencia de Faraón, rey de Egipto, el cual le puso por gobernador sobre Egipto, y sobre toda su casa" (vv. 6-10). En el Libro de Génesis capítulo 37 se nota de la envidia en los corazones de los padres de la nación de Israel, prototipos de los judíos que mataron al verdadero "José," al Señor Jesucristo. Notemos también cómo Dios obró maravillosamente e hizo que José fuese ensalzado a lo sumo en Egipto por Faraón, "puesto por señor de todo Egipto."
"Vino entonces hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y grande tribulación; y nuestros padres no hallaban alimentos. Y como oyese. Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez, y en la segunda, José fue conocido por sus hermanos, y fue sabido de Faraón el linaje de José. Y enviando José, hizo venir a su padre Jacob, y a toda su parentela, en número de setenta y cinco personas." (vv. 11-14).
En los capítulos 42 a 44 del Libro de Génesis se hace referencia a los tratos de José con sus hermanos para traerlos al arrepentimiento.
"Así descendió Jacob a Egipto, donde murió él y nuestros padres; los cuales fueron trasladados a Sichem, y puestos en el sepulcro que compró Abraham a precio de dinero de los hijos de Hemor de Sichem" (vv. 15, 16). Esteban no notó nada que era de "fe" en Jacob y sus hijos en Egipto, y lo único notado en Hebreos cap. 11 es que "por fe Jacob, muriéndose, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró estribando sobre la punta de su bordón" (v. 21). ¡Qué lástima que un creyente llegara al fin de su vida antes de hacer algo que Dios reconozca como procedente de fe!
"José.... dio mandamiento acerca de sus huesos" (v. 22), porque sabía que Dios iba a sacar su pueblo de Egipto y quería que sus huesos estuvieran enterrados en la tierra prometida.
De paso, notemos que hay una contradicción en el texto de Cipriano de Valera, y en otros, cosa que los incrédulos han atacado, procurando demostrar que la Biblia no es la palabra de Dios. Ahora bien, el texto original de la Biblia, sea el hebreo y el arameo del Antiguo Testamento, o sea el griego del Nuevo Testamento, era divinamente inspirado, era absolutamente perfecto, hasta todas las "jotas" y las "tildes" (véase Matt. 5:18; Juan 10: 35; 2ª Tim. 3:16).
"Abraham" no compró el sepulcro en Sichem, sino la cueva en Macpela enfrente de Mamre, de Ephrón el heteo (véase Gén. 23:14-20). Jacob compró una "parte del campo... de mano de los hijos de Hamor, padre de Sichem" (Gén. 33:19). Jacob fue enterrado en la cueva de Macpela (véase Gén. 50:13); pero "enterraron en Sichem los huesos de José que los hijos de Israel habían traído de Egipto, en la parte del campo que Jacob compró de los hijos de Hemor padre de Sichem" (Josué 24:32).
Ahora bien, suprimiendo el nombre "Abraham" (que probablemente algún copista errado insertó), no se presenta ninguna contradicción, leyendo el pasaje con un poco de aclaración así: "así descendió Jacob a Egipto, donde murió él [y fue sepultado por José en la cueva de Macpela]. Más tarde murieron sus descendientes, los padres de Israel, y fueron trasladados a Sichem [donde fue enterrado José]; y puestos en el sepulcro que [Jacob] compró a precio de dinero de los hijos de Hamor de Sichem."
"Mas corno se acercaba el tiempo de la promesa, la cual Dios había jurado a Abraham, el pueblo creció y multiplicóse en Egipto, hasta que se levantó otro rey en Egipto que no conocía a José. Este usando de astucia con nuestro linaje, maltrató a nuestros padres, a fin de que pusiesen a peligro de muerte sus niños, para que cesase la generación. En aquel tiempo nació Moisés, y fue agradable a Dios: y fue criado tres meses en casa de su padre Mas siendo puesto al peligro la hila de Faraón le tomé v le crió como a hijo suyo" (vv. 17-21).
Nadie Puede estorbar o deshacer los propósitos de Dios; la hija misma del Faraón que quiso matar a todos los niños de los hebreos, rescató a Moisés y I lo crió como hijo Propio!
"Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus dichos y hechos. Y cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino voluntad de visitar a sus hermanos los hijos de Israel. Y como vio a uno que era injuriado, defendióle, e hiriendo al egipcio, vengó al injuriado. Pero él pensaba que sus hermanos entendían que Dios les había de dar salud por su mano; mas ellos no lo habían entendido. Y al día siguiente, riñendo ellos, se les mostró, y los ponía en paz, elidiendo: Varones, hermanos sois, ¿por qué os injuriáis los unos a los otros? Entonces el que injuriaba a su prójimo, le rempujó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio? A esta palabra Moisés huyó, y se hizo extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos" (vv. 22-29).
El Señor Jesús era "poderoso en [1] obra y en [2] palabra" (Luke 24:19). Moisés "era poderoso en sus [1] dichos y [2] hechos." Para cumplir con el propósito que Jehová tenía pendiente, "toda la sabiduría de los egipcios" que Moisés poseía no tendría ningún valor. Así, el Señor permitió que Moisés tuviera que huir del palacio del Faraón de Egipto, y vivir en el desierto durante cuarenta años más, aprendiendo lecciones necesarias en la escuela de Dios. Sin embargo, Esteban señaló a los del concilio que el hombre escogido por Dios para ser el libertador del pueblo de Israel en aquel entonces fue rechazado por los del mismo pueblo, igualmente como Cristo fue rechazado por los judíos.
"Y cumplidos cuarenta años, un ángel le apareció en el desierto del monte Siria, en fuego de llama de una zarza. Entonces Moisés mirando, se maravilló de la visión: y llegándose para considerar, fue hecha a él voz del Señor:
"Ye soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Más Moisés, temeroso, no osaba mirar. Y le dijo el Señor: Quita los zapatos de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. He visto, he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído el gemido de ellos, y he descendido para librarlos. Ahora pues, ven, te enviaré a Egipto" (vv. 30-34).
Moisés, durante los primeros cuarenta años de su vida, aprendió en el palacio real de Faraón a ser alguien; pero Dios dispuso que pasara los cuarenta años subsiguientes en el desierto aprendiendo a no ser nada. No somos nada y es una lección saludable que tenemos que aprender. "Cristo es el todo": "sin Mí nada podéis hacer" (Col. 3:11; John 15:5).
La zarza ardiendo en fuego, y no consumida, nos hace pensar de la nación de Israel y de las pruebas terribles por las cuales ha tenido que pasar, y aún tendrá que pasar; pero así como la zarza no fue consumida, tampoco será destruido Israel: "todo Israel será salvo [no toda persona, sino todas las doce tribus], como está escrito: Vendrá de Sión el Libertador, que quitará de Jacob la impiedad" (Rom. 11:26).
El Señor le dijo a Moisés que era "el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob." ¿Quién jamás hubiera pensado que la doctrina de la resurrección de los muertos estuviera escondida en ese dicho? Pero muchos siglos después, el Señor Jesús dijo: "que los muertos hayan de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, mas de vivos: porque todos viven a él" (Luke 20:37, 38).
El Señor se compadeció de su pueblo en Egipto, y le dijo a Moisés: "he descendido para librarlos." Esto nos hace pensar de cómo el Señor Jesús descendió del cielo para salvarnos a nosotros-los pecadores de los gentiles-de nuestra miseria y pecado: "Ye soy el pan de vida... es el pan que desciende del cielo, para que el que de él comiere, no muera. Ye soy el pan vivo que he descendido del cielo: si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre" (John 6:48-51).
"A este Moisés, al cual habían rehusado, diciendo: ¿Quién te ha puesto por príncipe y juez?, a éste envió Dios por príncipe y redentor con la mano del ángel que le apareció en la zarza. Este los sacó, habiendo hecho prodigios y milagros en la tierra de Egipto, y en el mar Bermejo, y en el desierto por cuarenta años" (vv. 35, 36). El redentor de Israel en Egipto, Moisés, fue rehusado por los israelitas; asimismo el Mesías de Israel, Jesucristo, fue rehusado por los judíos. Este era el punto principal en el discurso de Esteban, hacia el cual clímax él iba desarrollando la historia vergonzosa de Israel.
"Este es el Moisés, el cual dijo a loa hijos de Israel: Profeta os levantará el Señor Dios vuestro de vuestros hermanos, como ye; a él oiréis. Este es aquél que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sina, y con nuestros padres; y recibió las palabras de vida para darnos, al cual nuestros padres no quisieron obedecer; antes le desecharon, y se apartaron de corazón a Egipto, diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros porque a este Moisés, que nos sacó de tierra de Egipto, no sabemos qué le ha acontecido. Y entonces hicieron un becerro, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y en las obras de sus manos se holgaron. Y Dios se apartó, y los entregó que sirviesen el ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas:
"¿Me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, casa de Israel? Antes, trajisteis el tabernáculo de Moloch, y la estrella de vuestro dios Remphan: figuras que os hicisteis para adorarlas: os transportaré pues, más allá de Babilonia" (vv. 37-43).
Esteban les dio a recordar que sus antecedentes en la marcha hacia Canaán se apartaron a Egipto de corazón e hicieron un becerro de oro que adoraron; además llevaban consigo por el desierto los ídolos de las naciones paganas de alrededor. Esa acusación fue escrita en el profeta Amós (5: 25-27) cuando el Señor anunció que iba a transportar su pueblo cautivo fuera de la tierra prometida.
"Tuvieron nuestros padres el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado Dios, hablando a Moisés que lo hiciese según la forma que había visto. El cual recibido, metieron también nuestros padres con Josué en la posesión de los gentiles, que Dios echó de la presencia de nuestros padres, hasta los días de David; el cual halló gracia delante de Dios, y pidió hallar tabernáculo para el Dios de Jacob. Mas Salomón le edificó casa. Si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano; como el profeta dice:
"El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿o cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi maco todas estas cosas?" (vv. 44-50).
Esteban proseguía su discurso, hablando del lugar de adoración que había entre los hijos de Israel, primeramente el tabernáculo en el desierto, y después el templo magnífico construido por Salomón; subrayando el hecho de que el Dios altísimo no moraba en "templos hechos de mano," como había escrito el profeta Isaías (véase cap. 66:1, 2).
"Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo: como vuestros padres, así también vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? y mataron a los que anunciaron la venida del Justo, del cual vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores; que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis. Y oyendo estas cosas, regañaban de sus corazones, y crujían los dientes contra él" (vv. 51-54).
Esteban, fortalecido del Espíritu Santo, culminó su discurso con este resumen corto de la enemistad de los judíos contra Jehová su Dios, la que obró primeramente en los padres cuando mataron a los profetas, y que llegó a su colma de iniquidad cuando los hijos mataron al Mesías de Israel. Ni entre los padres ni los hijos hubo arrepentimiento.
"Mas él [Esteban], estando lleno de Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios" (vv. 55, 56). A Esteban, cerca del martirio, le fue dado el privilegio de ver los cielos abiertos para que mirara a Jesús, el hombre glorificado a la diestra de Dios, y diera testimonio ocular al hecho majestuoso.
Mencionamos de paso, que en el Nuevo Testamento leemos no menos de cuatro veces de los cielos abiertos, y siempre es el objeto Jesús el Hijo de Dios: dos veces en la tierra y dos veces en el cielo. Primeramente, cuando se sometió al bautismo: "Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y he aquí una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento" (Matt. 3:16,17). En segundo lugar cronológico, en esta ocasión del martirio de Esteban; en tercer lugar, "vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él, era llamado Fiel y Verdadero, el cual con justicia juzga y pelea" (Apo. 19:11). No cabe duda a quién se refiere: ¡ al "Rey de reyes y Señor de señores" que va a descender del cielo para juzgar al mundo! Luego la cuarta vez que leemos de los cielos abiertos: "De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre" (Juan 1: 51). En las ocasiones del bautismo de Jesús, del martirio de Esteban y de la salida del Señor Jesús del cielo como el gran Vencedor del mal, los cielos se abrieron momentáneamente; pero cuando el "Hijo del hombre," Jesús, esté reinando con los ángeles sirviéndole, los cielos permanecerán abiertos, nos parece. Habrá una comunión bendita e íntima entre los cielos y la tierra, entre la nueva Jerusalem, morada celestial de la Iglesia, y el mundo bajo los pies de Cristo. "Y te desposaré conmigo en fe... y será que en aquel tiempo responderé, dice Jehová, ye responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra" (Oxeas 2:20, 21).
"Entonces dando grandes voces, se taparon sus oídos, arremetieron unánimes contra él; y echándolo fuera de la ciudad, le apedreaban: y los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un mancebo que se llamaba Saulo. Y apedrearon a Esteban, invocando él y diciendo: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les imputes este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió" (vv. 57-60).
Así murió el primer mártir de la Iglesia del cual tenemos mención en las Escrituras. ¡ Qué muerte más gloriosa, la de Esteban, dando testimonio ocular de Cristo, su Señor, ensalzado a lo sumo y glorificado a la diestra de Dios! Y ¡ qué propósito más benigno abrigaba el Señor en aquel momento, mientras lo miraba todo y se fijó en el "mancebo que se llamaba Saulo," enemigo número uno de los cristianos y-sin saberlo-de su Señor, al cual El iba a revelarse y perdonarle sus pecados!
Notemos que Esteban oró: "Señor Jesús, recibe mi espíritu." Iba a "estar con Cristo, lo cual es mucho mejor" (Fil. 1:23). Luego, al pedir perdón por sus asesinos, "durmió." El dormir se refiere solamente al cuerpo del creyente, nunca al espíritu: "Lázaro nuestro amigo duerme" (John 11:11).
El Señor Jesús, crucificado, oró así: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23: 34). Esteban oró, con el mismo espíritu perdonador: "Señor, no les imputes este pecado." Todos los tratos de los cristianos para con sus enemigos-y con sus hermanos también-deben de ser hechos en el mismo espíritu. ¿no es verdad?
"¿Quién puede tal amor contar?
El grande amor del Salvador
¿Quién lo podrá contar?"

Capítulo 8

"Y Saulo consentía en su muerte. Y en aquel día se hizo una grande persecución en la iglesia que estaba en Jerusalem; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Y llevaron a enterrar a Esteban varones piadosos, e hicieron gran llanto sobre él. Entonces Saulo asolaba la iglesia, entrando por las casas; y trayendo hombres y mujeres, les entregaba en la cárcel" (vv 1 al 3).
El mancebo Saulo cuidaba de los vestidos de los que mataron a Esteban (véase cap. 7:58). Luego asolaba la iglesia, no teniendo piedad ni siquiera de las mujeres cristianas. El hombre religioso sin Cristo a veces es una fiera.
Es de notar que los apóstoles no fueron esparcidos. ¿Por qué? Porque Dios no quiso que partiesen de Jerusalem hasta que hubiese sido resuelta la cuestión seria de imponer a los gentiles la ley de Moisés, o no (veremos el asunto al meditar sobre el capítulo 15).
Notemos también que eran los apóstoles mismos los que habían sido comisionados por el Señor Jesús así: "Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura" (Mar. 16:15). Ya eran comisionados, pero no partieron de Jerusalem. El Señor tiene su propósito, pero a la vez tiene su tiempo para la ejecución de ello.
Así fue también con Saulo de Tarso: recibió-luego que el Señor le perdonó y le salvó-su comisión de predicar el evangelio de la gracia de Dios a nosotros los gentiles (véase Hch. 26: 16 al 18); pero pasaron años antes de que Saulo (ya llamado Pablo), en compañía de Bernabé, fuese enviado por el Espíritu Santo en su primera recorrida de evangelización (véase Hch. 13:1 al 4). Hubo un tiempo largo de preparación en la escuela de Dios, inclusive tres años en la soledad de los desiertos de Arabia, (véase Gál. 1:17) durante el cual no cabe duda de que el Espíritu Santo enseñaba a Saulo que su Biblia (el Antiguo Testamento en aquel entona ces, pues el Nuevo aún no había sido escrito) hablaba de la Persona bendita de Cristo, el Hijo de Dios, desde el principio hasta el fin, de manera que, al volver "de nuevo a Damasco," "predicaba a Cristo, diciendo que éste era el Hijo de Dios... y confundía a los judíos que moraban en Damasco, afirmando que éste es el Cristo" (Hch. 9:20, 22). Después estuvo por tiempo indeterminado en retiro (por decirlo así) en Tarso, su pueblo natal, en donde permanecía hasta que Bernabé le buscó y le llevó a Antioquía donde "conversaron todo un arrío allí con la iglesia, y enseñaron a mucha gente" (Hch. 11:26, 26).
Los jóvenes cristianos hacen bien en meditar sobre todo ello. ¡ Cuántos jóvenes enérgicos y llenos de amor a Cristo, han creído que el Señor les ha llamado a la predicación del evangelio y al ministerio de la palabra de. Dios, pero en vez de esperar el debido tiempo que el Señor Jesús les hubiera señalado para entrar en Su servicio públicamente, se han arrojado-mal preparados- al combate contra las huestes de Satán y han hecho "naufragio en la fe!"
No le faltan nunca al joven cristiano oportunidades para testificar por Cristo entre sus familiares inconversos y sus compañeros de trabajo, u otros alumnos en su colegio; y oportunidades para repartir tratados e invitar a la gente a reuniones evangélicas; también oportunidades para consolar los corazones de los enfermos con leer un capítulo de la Biblia o cantarles unos himnos.
Y a la vez es de suma importancia que el joven busque la compañía de los ancianos para aprender más de la palabra de Dios. Timoteo aprendía así las verdades divinas en la compañía del apóstol Pablo ("sabiendo-dijo éste-"de quién has aprendido"—2ª Tim 3:14), estando con él en el ambiente de las asambleas, iglesias locales. El Señor Jesús prepara a cada uno de sus siervos (con tal que los hombres no trastornen el orden divino con sus sistemas formales y secos de educación religiosa), conforme a Su propósito particular para cada siervo. Por lo común, el ambiente en que adquirimos inteligencia en las cosas del Señor, y experiencia cristiana que es también imprescindible, es la asamblea local de cristianos en donde nos congregamos con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, donde El es reconocido como la Cabeza o el Jefe, donde el Espíritu Santo está libre para dirigir a los creyentes en el ejercicio de sus diversos dones, y donde la santidad que conviene a la casa de Dios es mantenida sin tacha mediante medidas de disciplina que sean necesarias.
Una cosa más: ni siquiera los apóstoles Bernabé y Pablo partieron a su misión sin que tuviesen las diestras de comunión de su asamblea. "Entonces habiendo ayunado y orado, y puesto las manos encima de ellos, despidiéronlos" (o: los dejaron ir-Hch. 13:3). Un hermano llamado de una manera especial a la obra del Señor fuera tendrá las diestras de comunión de sus hermanos que le han conocido durante bastante tiempo y han discernido la obra del Señor en él.
"Mas los que fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra" (v. 4). El Señor Jesús tomó provecho de todo. La persecución levantada por el diablo hizo que los que de otro modo hubieran permanecido en Jerusalem, se esparcieran por todas partes, anunciando las buenas nuevas de salvación ¡ hasta predicar el evangelio a sus antiguos enemigos, los samaritanos!: "entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo, y las gentes escuchaban atentamente unánimes las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad" (vv. 5 al 8).
Cuando Felipe (el único siervo del Señor llamado "el evangelista" en el Nuevo Testamento -véase Hch. 21: 8), impulsado por el amor de Cristo, bajó a predicar a Cristo en Samaria, ¡ el cambio fue maravilloso! ¡ He aquí lo que él encontró: la obra del diablo: espíritus inmundos, paralíticos y cojos! y, grande tristeza; pero cuando la gracia de Dios había obrado, ¡ he aquí todos fueron sanados, y había gran gozo!
"Paz divinaˆhay en mi alma hoy,
Porque Cristo me salvó:
Las cadenas rotas ya están,
Jesús me libertó.
"Grande gozo, cuán hermoso!,
Paso todoˆel tiempo bien feliz;
Porque veo de Cristo la sonriente faz,
Grande gozo sientoˆen mí."
"Y había un hombre llamado Simón, el cual había sido antes mágico en aquella ciudad, y había engañado la gente de Samaria, diciéndose ser algún grande, al cual oían todos atentamente desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es la gran virtud de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas los había embelesado mucho tiempo. Mas cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. El mismo Simón creyó también entonces, y bautizándose, se llegó a Felipe; y viendo los milagros y grandes maravillas que se hacían, estaba atónito" (vv. 9 al 13).
¡ He aquí un profesante falso! La Escritura no nos dice que Simón el mágico se arrepintió de sus pecados, mucho menos que creyó en el Señor Jesucristo. El creyó con su mente, no con su corazón; creyó en lo que vio con sus propios ojos, anduvo por vista y no por fe. El nos hace pensar en los "muchos" que "creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía, mas el mismo Jesús no se confiaba a sí mismo de ellos" (John 2:23, 24). Se convencieron en sus mentes por medio de los milagros que vieron con sus ojos, pero no se arrepintieron.
Simón el mágico, atrevido, se llegó a Felipe sin temor, como si fuera un colaborador en la obra del Señor; y parece que Felipe, tan ocupado en el evangelio y tan feliz al ver tantas personas convertidas y bautizadas, no discernía que Simón era falso. ¿ Qué sucedió, entonces?
"Y los apóstoles que estaban en Jerusalem, habiendo oído que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan; los cuales venidos, oraron por ellos, para que recibiesen el Espíritu Santo; (porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, mas solamente eran bautizados en el nombre de Jesús). Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo" (vv. 14 al 17).
Vemos aquí una cosa muy importante, es decir, cómo el Señor empezó a obrar para "guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Efe. 4: 3), para que no hubiera "desavenencia en el cuerpo" (11 Cor. 12: 25); pues los judíos no se trataban con los samaritanos (véase John 4:9), y la cosa más cierta de todas habría sido que entre los samaritanos se formase una iglesia samaritana independiente de las iglesias entre los judíos. Pero el Señor, previendo todo aquéllo, no dio al Espíritu Santo a los creyentes samaritanos, aunque habían sido bautizados, hasta que hubiesen llegado los apóstoles de Jerusalem y luego-viendo la gracia de Dios-hubiesen expresado las diestras de comunión con los samaritanos, manifestando públicamente en que Pedro y Juan oraron por ellos y les impusieron las manos. Entonces el Señor les dio al Espíritu Santo y fueron incorporados en el mismo cuerpo de Cristo, "porque por un Espíritu somos todos bautizados (o sea: incorporados) en un cuerpo, ora judíos o griegos, ora siervos o libres; y todos hemos bebido de un mismo Espíritu" (11 Cor. 12:13). Desde luego, en aquel entonces no había sino una sola iglesia en donde no había ni judío ni samaritano, sino miembros solamente del cuerpo de Cristo.
Notemos también que la imposición de las manos de los apóstoles no era el medio por el cual los samaritanos recibieron al Espíritu Santo; no era más que la expresión de sus diestras de comunión. Fue Dios quien les impartió al Espíritu Santo, "el cual también nos dio su Espíritu Santo" (1ª Tes. 4:8).
"Y como vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí esta potestad, que a cualquiera que pusiere las manos encima, reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: To dinero perezca contigo, que piensas que el don de Dios se gane por dinero. No tienes tú parte ni suerte en este negocio; porque to corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete pues de esta to maldad, y ruega a Dios, si quizás te será perdonado el pensamiento de to corazón. Porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, que ninguna cosa de estas que habéis dicho, venga sobre mí. Y ellos, habiendo testificado y hablado la palabra de Dios, se volvieron a Jerusalem, y en muchas tierras de los samaritanos anunciaron el evangelio" (vv. 18 al 25).
"Empero el ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el mediodía, al camino que desciende de Jerusalem a Gaza, el cual es desierto. Entonces él se levantó, y fue" (vv. 26, 27).
Cuando Jehová mandó a Jonás que fuese a Nínive, Jonás le desobedeció, pagó su pasaje en un navío que zarpó a la dirección opuesta, y fue tragado por el gran pez (véase Jonás, capítulo 1).
Pero Felipe obedeció luego el mandato del Señor en seguida, aunque fuese enviado al "desierto," dejando atrás una numerosa congregación de recién convertidos en Samaria, el fruto de su trabajo de amor en el evangelio. "Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros" (1ª Sam. 15: 22).
"Y he aquí un etíope, eunuco, gobernador de Candace, reina de los etíopes, el cual era puesto sobre todos sus tesoros, y había venido a adorar a Jerusalem, se volvía sentado en su carro, y leyendo el profeta Isaías" (vv. 27, 28).
Ese hombre, temeroso de Dios y teniendo hambre espiritual, se volvía de Jerusalem hambriento todavía, pues no había oído nada acerca de Cristo; sin embargo llevaba consigo un tesoro, el libro del profeta Isaías, quien escribió de "las aflicciones que habían de venir a Cristo, y las glorias después de ellas" (1ª Ped. 1:11).
"Y el Espíritu dijo a Felipe: Llégate, y júntate a este carro. Y acudiendo Felipe, le oyó que leía el profeta Isaías, y dijo: Mas ¿entiendes lo que lees? Y él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese, y se ~Istmo con él" (vv. 29 al 31).
Felipe vino del norte, el eunuco del este; dieron el uno con el otro en el cruce. Si Felipe hubiera demorado cinco minutos en obedecer el mandato del Señor, habría perdido el encuentro del eunuco.
"Si,ˆobedecer, siempreˆen Cristo confiar,
El divino camino-es para con gozoˆandar."
Felipe no sólo encontró al etíope, sino también le encontró leyendo en el profeta Isaías el pasaje sublime que habla de las aflicciones de Cristo. "... y el lugar de la Escritura que leía, era este: 'Como oveja a la muerte fue llevado; y como cordero mudo delante del que le trasquila, así no abrió su boca: en su humillación su juicio fue quitado: mas su generación, ¿quién la contará? Porque es quitada de la tierra su vida'. Y respondiendo el eunuco a Felipe, dijo: Ruégote, ¿de quién el profeta dice esto? ¿de sí, o de otro alguno? Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús" (vv. 32 al 35).
Creemos que nunca tuvo Felipe "el evangelista" mayor gozo que cuando explicó al etíope cómo la profecía del profeta Isaías tuvo su cumplimiento al pie de la letra en Jesús, el Cordero de Dios. El Espíritu no sólo mandó a Felipe que se juntara al carro, sino también hizo obra mayor: había ya preparado el corazón del eunuco para que entendiese el pasaje y se convirtiese. "Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que ye sea bautizado? Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y bautizólo" (vv. 36 al 38).
El corazón del eunuco se conmovió al darse cuenta de que los sufrimientos de Cristo fueron a favor de él. El creyó al evangelio. Luego-por decirlo así-se dijo a sí mismo: "le quitaron a mi Salvador Jesús la vida en este mundo. Desde luego, quiero identificarme también con El en su muerte."
"¿O no sabéis que todos los que somos bautizados en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte.? Porque somos sepultados juntamente con El a muerte por el bautismo; para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida" (Rom. 6:3,4).
"Y como subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y no le vio más el eunuco, y se fue por su camino gozoso" (v. 33). Este versículo implica mucho. "Subieron del agua." El eunuco fue sumergido, no rociado. Felipe ya consumó su servicio en el "desierto," y fue arrebatado-una cosa extraordinaria-por el Espíritu a otra parte y otro servicio. El eunuco, el cual volvió de Jerusalem vacío, se fue del desierto "gozoso," porque ya había conocido al Señor Jesucristo. Ya no precisaba de Felipe; tenía a Cristo.
"Felipe empero se halló en Azoto: y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea" (v. 40). De Gaza a Azoto era una distancia como de 30 kilómetros, pero la distancia no es nada para el Espíritu del Señor. Pablo fue "arrebatado hasta el tercer cielo" (2ª Cor. 12:2). Felipe-al hallarse en
Azoto-era todavía "el evangelista," y de allí predicaba el evangelio en todas las ciudades hasta Cesarea. Muchos años después, "Felipe el evangelista" (Hch. 21:8), casado y con cuatro hijas, todavía servía al Señor en esa ciudad de Cesarea. Allí el evangelista que fue arrebatado recibió en su casa al apóstol que también fue arrebatado; con el paso del tiempo los dos murieron, pero muy pronto viene el día cuando juntamente con los demás cristianos ambos serán arrebatados en las nubes al encuentro del Señor en los aires (véase 11 Tes. 4:17).

Capítulo 9

"Y Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al príncipe de los sacerdotes, y demandó de él letras para Damasco a las sinagogas, para que si hallase algunos hombres o mujeres de esta secta, los trajese presos a Jerusalem. Y yendo por el camino, aconteció que llegando cerca de Damasco, súbitamente le cercó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él dijo: Ye soy Jesús a quien tú persigues: dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga? Y el Señor le dice: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que te conviene hacer" (vv. 1 al 6).
¡ He aquí el buen Salvador y el peor de todos los pecadores! ¡ El Señor Jesucristo y Saulo de Tarso! Sobre lo sucedido tenemos un comentario inspirado en las palabras mismas de Saulo (Pablo) escrito muchos años después:
"Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales ye soy el primero". Dijo también que había "sido blasfemo y perseguidor e injuriador," pero que de parte del Señor fue "recibido a misericordia" por su gracia abundante "con la fe y amor que es en Cristo Jesús" (13 Tim. 1:13 al 15).
El resplandor de luz del cielo que le cercó no fue un aumento de la luz del sol, tampoco de otra fuente de luz creada, más bien fue ¡ la claridad de la luz increada de la gloria del Señor mismo!, una "luz del cielo, que sobrepujaba el resplandor del sol" (Hch. 26:13). Dijo Pablo más tarde: "¿no he visto a Jesús el Señor nuestro?" (11 Cor. 9:1).
Otra cosa maravillosa se presentó en las cinco palabras que Jesús dirigió a Saulo: "Saulo, ¿por qué ME persigues?" Saulo había de entender que Cristo y los pobres cristianos perseguidos por él formaban ¡ un solo cuerpo! Antes de que "Saulo, que también es Pablo" (Hch. 13:9), recibiera "por revelación de Jesucristo" la verdad-la doctrina-de Cristo y la iglesia como formando un solo cuerpo, ella fue expresada a Saulo por el Señor de la gloria en cinco palabras: "Saulo, ¿por qué ME persigues?" Léanse Efe. 1:22, 23; Col. 1:18.
"Y los hombres que iban con Saulo, se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas no viendo a nadie" (v. 7). Leamos aquí también Hch. 22:9, que dice: "no oyeron la voz del que hablaba conmigo." A los escépticos e infieles les gusta afirmar que hay aquí un error en la Biblia, pero no hay ningún error sino solamente lo que está arraigado en sus propias cabezas incrédulas. La voz griega, phones, quiere decir un sonido o una voz. El contexto determina cuál de los dos sentidos. Saulo oyó y entendió la voz-lo dicho por el Señor. Los demás hombres oyeron el sonido de la voz, pero no lo entendieron: "no oyeron la voz DEL QUE HABLABA CONMIGO;" no hablaba con ellos. No hay ninguna contradicción, ni aquí ni en otra parte alguna de la. PALABRA INSPIRADA, DEL DIOS VIVO Y VERDADERO.
"Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie-' así que? llevándole por la mano, metiéronle en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió, ni bebió" (vv. 8, 9).
No cabe duda de que un cambio tremendo e indecible tuvo lugar en el corazón y la mente de Saulo: durante los tres días sin ver repasaba su vida de celo religioso pero de 'enemistad implacable contra Jesús y sus miembros preciosos en la tierra-los pobres cristianos-y estaba tan avergonzado, confundido y humillado a causa de su gran maldad, luego tan maravillado y asombrado de la gracia abundante de Jesús-ya su SEÑOR-que no pudo pensar en comida o bebida, ni desearlas, Oraba.
"Había entonces un discípulo en Damasco llamado Ananías, al cual el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor. Y el Señor le dijo; Levántate, y ve a la calle que se llama la Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso: porque he aquí, él ora; y ha visto en visión un varón llamado Ananías, que entra y le pone la mano encima, para que reciba la vista." (vv. 10 al 12).
El Señor que lo sabe todo y lo dirige todo, siempre tiene a la mano su instrumento escogido para cualquier propósito de su gracia soberana: había en Damasco un discípulo humilde que andaba, evidentemente, en dulce e íntima comunión con su Señor, pues no estaba sorprendido cuando le apareció el Señor en visión; lo que sí le sorprendió fue el mandato del Señor: "entonces Anudas respondió: Señor, he oído a muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalem: y aun aquí tiene facultad de los príncipes de los sacerdotes de prender todos los que invocan to nombre" (vv. 13, 14). Ananías, en su sencillez, creía que el Señor no estaba al tanto de la situación y que era su deber informarle sobre el propósito de Saulo, pero Jesús con mucha gracia le respondió: "Ve; porque instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque ye le mostraré cuánto le sea menester que padezca por mi nombre" (vv. 15, 16).
Así el Señor Jesús convirtió a su enemigo más acérrimo en el instrumento de su gracia más bendita, haciéndole "ministro" de la iglesia, "ministro" del misterio del Cristo, y "ministro" de la dispensación de la gracia de Dios, un ministerio que incluyó a los gentiles juntamente con los creyentes judíos como "herederos, e incorporados, y consortes de su promesa en Cristo por el evangelio" (Col. 1:24; Efe. 3:1 al 7).
"Ananías entonces fue, y entró en la casa, y poniéndole las manos encima, dijo: Saulo hermano, el Señor Jesús, que te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno de Espíritu Santo. Y luego le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al punto la vista: y levantándose fue bautizado. Y como comió, fue confortado" (vv. 17 al 19).
Aquel caso fue muy especial en todo aspecto, hasta lo que está escrito más adelante en los Hechos del bautismo de Saulo de Tarso:
"Ahora pues, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre" (cap. 22:16). Saulo fue perdonado por el Señor Jesús tres días antes; sus pecados ya fueron lavados delante de Dios y para siempre: "nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades" (Heb. 10:17). Además, Saulo fue comisionado enseguida por el Señor Jesús. (Léase Hch. 26:15 al 18). Pero hay otro aspecto del asunto que tomar en cuenta: delante de los hombres Saulo todavía no gozaba de buen testimonio; era bien conocido exactamente tal como Ananías le había descrito al replicar al dicho del Señor: un hombre que había hecho mucho mal a los pobres cristianos entre los judíos. Ahora bien, bautizándose Saulo, se identificó con el Señor y su causa, poniéndose a la vez al lado de los cristianos que antes había perseguido. Así Saulo lavó sus propios pecados delante de los hombres; delante de Dios todos le habían sido perdonados anteriormente.
Entonces los que quieren sacar de esta Escritura la doctrina de la salvación del alma mediante el bautismo con agua no tienen ninguna base para su doctrina falsa que actualmente menosprecia la obra de 'Cristo, quien nos lavó con su sangre preciosa -no con agua- de todo pecado.
"Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco, Y luego en las sinagogas predicaba a Cristo, diciendo que éste era el Hijo de Dios. Y todos los que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalem a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos a los príncipes de los sacerdotes? Empero Saulo mucho más se esforzaba, y confundía a los judíos que moraban en Damasco, afirmandó que éste es el Cristo" (vv. 19 al 22).
¿Cómo pudo Saulo confundir a los judíos? ¿con narrar a I gente su conversión milagrosa? No lo creemos. Entonces, ¿ cómo? ¿ No fue de la misma manera por la cual Apolos "convencía públicamente a los judíos"? Sí, pues él mostró "por las Escrituras que Jesús era el Cristo" (Hch. 18:28). Pero, ¿de qué modo poseía Saulo un conocimiento tal de la 'persona del Hijo de Dios como fue revelado en el Antiguo Testamento? Vamos a leer en Gálatas, cap. uno: "mas cuando plugo a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre„ y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que le predicase entre los gentiles, luego no conferí con carne y sangre; ni fui a Jerusalem a los que eran apóstoles antes que ye; sino que me fui a la Arabia, y volví de nuevo a Damasco. 'Después, pasados tres años, fui a Jerusalem
(vv, 15 al 18). La cosa más natural para Saulo hubiera sido volver de Damasco a Jerusalem y juntarse con los apóstoles y demás hermanos, pero, dirigido por el Señor se retiró al desierto de la Arabia, donde durante un promedio de tres años estuvo a solas leyendo y estudiando el. Antiguo Testamento a la luz del Espíritu Santo que ya moraba en él y le enseñaba todo lo que las Escrituras decían acerca del Hijo de Dios, el gran Mesías de Israel y el Salvador también de los gentiles. Después, vuelto a Damasco, ya conocía bien el Antiguo Testamento y pudo confundir a los que se oponían a la verdad acerca de la persona de Cristo, el Hijo de Dios.
"Y como pasaron muchos días, los judíos hicieron entre sí consejo de matarle; mas las asechanzas de ellos fueron entendidas de Saulo. Y ellos guardaban las puertas de día y de noche para matarle. Entonces los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro en una espuerta" (vv. 23 al 25).
Saulo-que antes había perseguido a los cristianos cruelmente-ahora era perseguido por sus compatriotas, los judíos incrédulos: "todo lo que el hombre sembrare, eso también segará" (Gál. 6: 7). Pero no sólo los judíos, sino también los gentiles en Damasco, procuraban matarle, pues los judíos siempre incitaban a los gentiles a que persiguiesen a los apóstoles del Señor Jesucristo. Leamos 24 Cor. 11:32, 33: "en Damasco, el gobernador de la provincia del rey Aretas guardaba la ciudad de los damascenos para prenderme; y fui descolgado del muro en un serón por una ventana, y escapé de sus manos."
"Y como vino a Jerusalem, tentaba de juntarse con los discípulos; mas todos tenían miedo de él, no creyendo que era discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y contóles cómo había visto al Señor en el camino, y que le había hablado, y cómo en Damasco había hablado confiadamente en el nombre de Jesús. Y entraba y salía con ellos en Jerusalem; y hablaba confiadamente en el nombre del Señor" (vv. 26 al 29).
Vemos aquí que todo creyente que no era conocido antes, al irse a una iglesia o sea asamblea cristiana a otra, precisa de una recomendación personal de parte de otros, sea por palabra fiel o por carta. Apolos, un gran orador y hombre muy dotado, no fue de Efeso a Acaya, sin que llevase consigo una carta de recomendación. Febe, una diaconisa, o sierva de la iglesia de Cencreas, llevaba consigo una carta de recomendación incorporada en la epístola de Pablo escrita a los creyentes en Roma (véase Hch. 18:27 y Rom. 16:1,2). Saulo no pudo meterse entre los creyentes en Jerusalem sin que tuviese testimonio fidedigno de su fe y práctica.
"Disputaba con los griegos; mas ellos procuraban matarle. Lo cual, como los hermanos entendieron, le acompañaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso" (vv. 29, 30).
La voz "griego" aquí, tanto como en los Hechos 6:1, se refiere no a los gentiles de aquella raza, sino a los judíos nacidos en una parte de Grecia y llamados "Helenistas." Habla en Jerusalem un número de ellos, hombres y mujeres, que habían vuelto a su propia tierra de la Palestina.
Saulo dio testimonio fiel a su Señor, no sólo en Damasco, sino también en Jerusalem y despertó la enemistad contra el nombre de Jesús. Sus hermanos en la fe le amaban mucho y cuidaban de él, enviándole según la prudencia que Dios les dio, a su pueblo natal de Tarso. Así el gran Apóstol de los gentiles, comisionado personalmente por el Señor Jesús mismo, no sólo tuvo un tiempo de retiro en la Arabia, sino también otro tiempo de retiro en Tarso, en donde no cabe duda de que él dio el evangelio a sus padres y hermanos y conciudadanos, conforme a la palabra del Señor: "vete a to casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y como ha tenido Misericordia de ti" (Mar. 5:19). De todo eso, discernimos que es la voluntad del Señor enviar a su mies trabajadores bien preparados. Saulo (o sea Pablo) tuvo mucha preparación antes de ser enviado por el Espíritu Santo (véase los Hechos 13:1 al 4).
"Las iglesias entonces tenían paz por toda Judea y Galilea y Samaria, y eran edificadas, andando en el temor del Señor; y con consuelo del Espíritu Santo eran multiplicadas" (v. 31).
Una vez convertida y domada aquella fiera religiosa, Saulo de Tarso, las asambleas cristianas en medio de los judíos, galileos y samaritanos (1) "tenían paz", (2) "eran edificados", (3) "andando en el temor del Señor;" y (4) "con consuelo del Espíritu Santo" (5) "eran multiplicadas".
"Y aconteció que Pedro, anclándolos a todos, vino también a los santos que habitaban en Lydda. Y habló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, que era paralítico. Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y hazte to cama. Y luego se levantó. Y viéronle todos los que habitaban en Lydda y en Sarona, los cuales se convirtieron al Señor" (vv. 32 al 35).
Mientras el Señor Jesús iba preparando a Saulo para su ministerio a la Iglesia, desde Hch. 9:32 al 11: 18 tenemos escrita la historia del ministerio del apóstol Pedro fuera de Jerusalem -la ciudad incrédula que había rechazado todo el testimonio de Dios acerca de su amado Hijo Jesús, hasta taparse loa oídos y apedrear a Esteban, testigo ocular de Cristo en la gloria celestial (véase Hch. 7:56 al 60).
El ministerio de Pedro fue por el poder del Espíritu Santo. Jesús había dicho a los doce apóstoles: "de cierto, de cierto os digo: El que en Mí cree, las obras que ye hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque ye voy al Padre" (Juan 14:12). Podían hacer las obras mayores por la razón sencilla de que el Espíritu Santo fue enviado por el Padre y por el Hijo (véase Juan 14:26 y 15:26).
Pedro, por lo tanto, como instrumento de Dios y por el poder del Espíritu Santo-no por ningún poder que él tuviera-pudo sanar a Eneas, un paralítico. Viendo el milagro, todos los que habitaban en Lydda y en Samaria se convirtieron al Señor. Esa fue una obra admirable y sin precedentes: ¡ dos poblaciones enteras se convirtieron al Señor!
Los milagros hechos en aquel entonces del principio del testimonio cristiano en el mundo judaico o pagano, fueron hechos con el propósito divino de dar certidumbre a todos de que era una obra del Dios vivo y verdadero, el Dios también de "Abraham, de Isaac y Jacobo," progenitores de la raza israelita, como está escrito en 1ª Cor. 14:22: "por señal son, no a los fieles, sino a los infieles" (o sean incrédulos).
Hoy en día hay muchos que se llaman cristianos y siervos de Dios y pretenden hacer milagros y obras de sanidad entre los creyentes, pero no hay ni un solo pasaje en las epístolas cristianas donde se nos dice que algún apóstol sanó a un creyente. Al contrario, Pablo no sanó a su compañero querido de trabajo en el evangelio, Timoteo, más bien le recetó una medicina (véase 1ª Tim. 5:23); tampoco sanó a Trófimo, sino le dejó en Mileto "enfermo" (2ª Tim. 4: 20). Es verdad que "la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará," pero esto no quiere decir que el Señor tiene que hacer un milagro manifiesto; se puede usar de medios medicinales recetados por "Lucas, el médico amado" (Col. 4:14) u otro doctor, como lo hizo el profeta Isaías cuando recetó una "masa de higos" para poner en la llaga del rey Ezequías (Isa. 38:21).
Las sanidades eran efectuadas en los inconversos, como hemos dicho, para testimonio eficaz.
Al hombre siempre le gusta ver o experimentar un gran milagro, pero no quiere que su alma sea ejercitada en la presencia de Dios en cuanto a sus pecados, lo cual es el objeto primordial de los tratos de Dios para con los hombres y para con sus propios hijos, ¿verdad?
"Entonces en Joppe había una discípula llamada Tabita, que si lo declaras, quiere decir Dorcas. Esta era llena de buenas obras y de limosnas que hacía. Y aconteció en aquellos días que enfermando, murió; a la cual, después de lavada, pusieron en una sala. Y como Lydda estaba cerca de Joppe, los discípulos, oyendo que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres, rogándole: No te detengas en venir hasta nosotros. Pedro entonces levantándose, fue con ellos; y llegado que hubo, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas. Entonces echados fuera todos, Pedro puesto de rodillas, oró; y vuelto al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y viendo a Pedro, incorporase. Y el le dio la mano, y levantóla: entonces llamando a los santos y las viudas, la presentó viva. Esto fue notorio por toda Joppe; y creyeron muchos en el Señor. Y aconteció que se quedó muchos días en Joppe en casa de un cierto Simón, curtidor" (vv. 36 al 43).
Aun más maravilloso que la curación milagrosa de Eneas fue el resucitar de Dorcas. Ella fue la séptima persona resucitada y mencionada en la Biblia (en los Hch. cap. 20 se hace mención de la octava persona, Euticho, el cual es la última persona mencionada. El número ocho es el número de la resurrección, pues el Señor resucitó de los muertos el primer día de la semana, o sea el octavo día).
Pedro oyó el lloro de las viudas y vio el cuerpo frío de Dorcas, pero ¿qué podía hacer? En la presencia de la Muerte, se dio cuenta que no era nada y sin poder alguno para rescatar la víctima. Tuvo que echar fuera a todos para poder estar á solas con Dios en la oración. Entonces, recibiendo en su espíritu la respuesta, con toda confianza dijo a la muerta: "Tabita, levántate." En seguida ella se incorporó.
¿ Cuál fue el bendito resultado? "Creyeron muchos en el Señor."

Capítulo 10

"Y había un varón en Cesarea llamado Cornelio, centurión de la compañía que se llamaba la Italiana, pío y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre.
"Este vio en visión manifiestamente, como a la hora nona del día, que un ángel de Dios entraba á él, y le decía: Cornelio. Y él, puestos en él los ojos, espantado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y díjole: Tus oraciones y tus limosnas han subido en memoria a la presencia de Dios" (vv. 1 al 4).
No cabe duda alguna de que Dios ya había obrado en el corazón de Cornelio con toda su casa, pero les faltaba el conocimiento del evangelio de nuestro Señor Jesucristo y la remisión de pecados por fe en su nombre; es decir, de la salvación en su sentido cabal.
"Envía pues ahora hombres a Joppe, y haz venir a un Simón, que tiene por sobrenombre Pedro. Este posa en casa de un Simón, curtidor, que tiene su casa junto a la mar: él te dirá lo que te conviene hacer" (vv. 5, 6). Y el ángel le dijo también lo que está escrito en el capítulo próximo: "el cual te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda to casa" (11:14). Esto nos da a saber que les faltaba la salvación a Cornelio y toda su casa.
"E ido el ángel que hablaba con Cornelio, llamó dos de sus criados, y un devoto soldado de loa que le asistían; a los cuales, después de habérselo contado todo, los envió a Joppe. Y al día siguiente, yendo ellos su camino, y llegando cerca de la ciudad, Pedro subió a la azotea a orar, cerca de la hora de sexta; y aconteció que le vino una grande hambre, y quiso comer; pero mientras disponían, sobrevínole un éxtasis; y vio el cielo abierto, y que descendía un vaso, como un gran lienzo, que atado de los cuatro cabos era bajado a la tierra; en el cual había de todos los animales cuadrúpedos de la tierra, y reptiles, y aves del cielo. Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come. Entonces Pedro dijo: Señor, no; porque ninguna cosa común e inmunda he comido jamás. Y volvió la voz hacia él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Y esto fue hecho por tres veces; y el vaso volvió a ser recogido en el cielo" (vv. 7 al 16).
Cuando el Señor quiso hacer saber a su siervo Simón Pedro su voluntad, siendo Pedro todavía un judío bien cerrado de entendimiento y no preparado de ninguna manera para llevar las Suenas nuevas de la salvación a los gentiles, El dispuso que Pedro viera una visión portentosa y fenomenal, y le mandó comer de los diversos animales que había dentro del gran lienzo. Cuando Pedro contradijo al Señor (no fue la primera vez), Jesús le replicó: "lo que Dios limpió, no lo llames tú común." El significado espiritual de la visión es muy claro al cristiano entendido en el propósito de Dios: El iba a llamar a los gentiles con un llamamiento celestial: "el vaso volvió a ser recogido en el cielo."
"¿Quién esto concibió,
Oh! Dios?, queˆen plena bendición
Con to bien amado Hijo, la iglesia
¡Morase siempreˆen to mansión!

"Sóloˆera to pensar,
Sí,ˆel tuyo sólo pudo ser,
El fruto divino de tuˆainor y ciencia
Que propioˆes de to buen placer."
"Y estando Pedro dudando dentro de sí qué sería la visión que había visto, he aquí, los hombres que habían sido enviados por Cornelio, que, preguntando por la casa de Simón, llegaron a la puerta. Y llamando, preguntaron si 'un Simón que tenía por sobrenombre Pedro, posaba allí." (vv. 17, 18), Providencialmente el Señor hizo que los siervos de Cornelio llegasen a donde Pedro exactamente cuando él acababa de ver la visión y oir la voz del Señor.
"Y estando Pedro pensando en la visión le dijo el Espíritu: He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende, y no dudes ir con ellos; porque ye los he enviado" (vv. 19, 20).
Fue un ángel quien habló a Cornelio; pero el Espíritu Santo, quien mora en todo creyente en el Señor Jesucristo, le habló a Pedro. Es muy interesante notar también en este pasaje que el mandato de Cornelio dado a sus tres siervos era del Espíritu Santo (sin saberlo Cornelio), pues El le dijo a Pedro: "ye los he enviado." Cuando Dios quiere, El controla los pensamientos, sí, aun más produce u origina, los pensamientos de los hombres, por ejemplo: una noche "se le fue el sueño al rey" Assuero de Persia, y eso condujo directamente a la salvación de la destrucción total de todo el pueblo
judío esparcido por el vasto imperio de Assuero (léase Esther. cap. 6 y adelante).
"Entonces Pedro, descendiendo a los hombres que eran enviados por Cornelio, dijo: He aquí, ye soy el que buscáis; .cuál es la causa por la que habéis venido? Y ellos dijeron: Cornelio, el centurión, varón justo y temeroso de Dios, y que tiene testimonio de toda la nación de los judíos, ha recibido respuesta por un santo ángel, de hacerte venir a su casa, y oir de ti palabras. Entonces metiéndolos dentro los hospedó. Y al día siguiente. levantándose se fue con ellos; y le acompañaron algunos de los hermanos de Joppe" (vv, 21 al 23).
El Espíritu Santo lo dirigió todo de manera que Pedro no podía resistir, mucho menos dudar de la soberana voluntad de Dios. Pedro fue acompañado también por testigos: "seis hermanos" (cap. 11:12) de la asamblea de Joppe-la más cercana a Cesarea (un principio importante en el establecimiento de nuevas asambleas o iglesias cristianas locales poniendo la mesa del Señor hasta el día de hoy, pues conviene que haya diestras de comunión en todo ello).
"Y al otro día entraron en Cesarea. Y Cornelio los estaba esperando, habiendo llamado a sus parientes y los amigos más familiares. Y como Pedro entró, salió Cornelio a recibirle; y derribándose a sus pies, adoró. Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate; yo mismo también soy hombre. Y hablando con él, entró y halló a muchos que se habían juntado" (vv. 24 al 27).
Cornelio tenía presente el conjunto de sus familiares y de muchos amigos para que todos oyesen las buenas nuevas de la boca de Pedro. Pero cometió un error muy grande: se derribó ante los pies de Pedro y le adoró. Pedro no quiso aceptar la adoración, ni siquiera por un segundo, de los hombres (pero ¿qué de aquel que se llama el sucesor de Pedro?), y en seguida le hizo a Cornelio ponerse de pie otra vez.
"Y les dijo: Vosotros sabéis que es abominable a un varón judío juntarse o allegarse a extranjeros; mas me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo; por lo cual, llamado, he venido sin dudar. Así que pregunto:
"¿Por qué causa me habéis hecho venir? Entonces Cornelio dijo: Cuatro días ha que a esta hora ye estaba ayuno; y a la hora de nona estando orando en mi casa, he aquí un varón se puso delante de mí en vestido resplandeciente, y dijo: Cornelio, to oración es oída, y tus limosnas han venido en memoria en la presencia de Dios. Envía pues a Joppe, y haz venir a un Simón, que tiene por sobrenombre Pedro; éste posa en casa de Simón, el curtidor, junto a la mar; el cual venido, te hablará. Así que, luego envié a ti; y tú has hecho bien en venir. Ahora pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oir todo lo que Dios te ha mandado" (vv. 28 al 33)
Pedro, habiéndose ya sometido a la voluntad del Señor, hizo una muy buena confesión ante los gentiles en la casa de Cornelio, diciéndoles humildemente que había sido equivocado y que Dios le había mostrado que no debiese llamar a nadie común o inmundo. Luego le preguntó a Cornelio la razón por qué de su llamado tan urgente. Cornelio, entonces, dio un resumen de la entrevista con él de parte del ángel glorioso de Dios y terminó de hablar con estas palabras sinceras: "ahora pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oir todo lo que Dios te ha mandado." Ese hombre de los gentiles reconoció que estaban en la presencia de Dios y no de Pedro. Tal actitud piadosa debe ser la de toda persona humilde que quiere saber la voluntad de Dios, ¿verdad?
"Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: Por verdad hallo que Dios no hace acepción de per-zonas; sino que de cualquiera nación que le teme y obra justicia, se agrada. Envió palabra Dios a los hijos de Israel, anunciando la paz por Jesucristo; éste es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo que fue divulgado por toda Judea; comenzando desde Galilea después del, bautismo que Juan predicó, cuanto a Jesús de Nazaret; cómo le ungió Dios de Espíritu Santo y de potencia; el cual anduvo haciendo bienes, y sanando a todos los oprimidos del diablo; porque Dios era con él. Y nosotros somos testigos de todas las cosas que hizo en la tierra de Judea, y en Jerusalem; al cual mataron colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que apareciese manifiesto, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios antes había ordenado, es a saber, a nosotros que comimos y bebimos con él, después que resucitó de los muertos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos" (vv. 34 al 42).
Es por demás comentar sobre el sermón de Pedro, inspirado por el Espíritu Santo. Fue un resumen conciso, pero a la vez comprensivo acerca de Jesús. Terminado éste, Pedro luego anunció las buenas nuevas de salvación, el perdón de pecados:
"A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre" (v. 43). No cabe duda de que Cornelio, siendo amigo de los judíos, sabía algo del Dios vivo y verdadero, pero no sabía lo que los judíos no querían saber, es decir: que Jesús era el Mesías de Israel, el Cordero de Dios y el sacrificio por el pecado y el que había de resucitar de entre los muertos. Oyendo ahora Cornelio y sus parientes y amigos piadosos de 'que todos los profetas daban testimonio de Jesús y de la salvación por fe en su nombre, con sus corazones—ya preparados por Dios—creyeron el mensaje de Dios predicado por Pedro, y... ¿qué sucedió?:
"Estando aún hablando Pedro estas palabra:, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón. Y se espantaron los fieles que eran de la circuncisión, que habían venido con Pedro, de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios" (vv. 44 al 46).
Cornelio y sus parientes y amigos que oyeron el sermón recibieron al Espíritu Santo, no porque hablaban en lenguas después, sino porque hablan creído el testimonio de Dios acerca de su Hijo amado Jesucristo, y acerca de la remisión, o sea el perdón de pecados por su Nombre. Leamos Efesios 1: 13 y 14: "en el cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salud; en el cual también desde que creísteis [no desde que hablasteis en lenguas], fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia, para la redención de la posesión adquirida para alabanza de su gloria."
A propósito, hay un pasaje en 21 Corintios 1:21, 22: "El que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios; el cual también nos ha sellado, y dado la prenda del Espíritu en nuestros corazones." Hay las tres cosas: (1) la unción del Espíritu; (2) el sello del Espíritu; y. (3) la prenda, o sea las arras, del Espíritu.
"Mas vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas... la unción que vosotros habéis recibido de él, mora en vosotros, y no tenéis necesidad que ninguno os enseñe; mas como la unción misma os enseña de todas cosas, y es verdadera, y no es mentira, así como os ha enseñado, perseveraréis en El" (11 de Juan 2:20, 27). El Señor Jesús prometió que el Espíritu Santo, el Consolador, nos guiará "a toda verdad" (Juan 16:13).
Nos parece que lo que el Espíritu Santo sella es la fe en la virtud de la sangre de Jesús. Otro ha escrito así: "si examinamos de cerca las afirmaciones y los hechos de las Escrituras, hallaremos, creo, con respecto a los detalles, que es la fe en la obra de Jesús para la remisión de pecados que es sellada." Cuando Cornelio y su compañía creyeron así, fueron sellados luego por el Espíritu Santo. (Comp. Lev. 14:14-18).
No poseemos todavía nuestra herencia celestial, pero tenemos sí las arras, o sea la prenda, de ella, poseyendo al Espíritu Santo de la promesa. Para los israelitas, el racimo de uvas de Escol fue la prenda o las arras de su herencia terrenal en Canaán (véase Núm. 13:24, 25).
Luego Cornelio y sus amigos, a lo menos algunos, hablaron en lenguas, no ininteligibles o desconocidas por los oyentes, sino en lenguas entendidas. "Magnificaban a Dios" y su habla fue entendida, No es así hoy en día: nadie entiende lo que se habla en lenguas en algunas sectas, más bien es una "Babel" de "confusión" (véase Gén. 11:9). Lenguas fueron dadas al principio de la era cristiana para establecer el testimonio al Dios verdadero y omnipotente, pero una vez establecido no hay ninguna necesidad de hablar en lenguas, ya que las Sagradas Escrituras existen del Nuevo Testamento. Dice 1ª Cor. 13:8: "cesarán las lenguas." Cesaron. No son mencionadas entre los dones permanentes de la iglesia según Efesios 4:11, 12.
"Entonces respondió Pedro,: ¿Puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y les mandó bautizar en el nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días" (vv...47, 48).
En el día de Pentecostés; los judíos—para mostrarse rectos y sinceros—tuvieron que bautizarse antes de que recibiesen al Espíritu Santo (comp. Hch. 2:38). Los gentiles recibieron al Espíritu Santo primero fueron bautizados en agua después. En este caso lo fue por la autoridad apostólica de Pedro: "les mandó bautizar... " Nadie tiene esa autoridad hoy en día: el creyente de su propio ejercicio pide su bautismo, ¿verdad? Pero, sean judíos o gentiles convertidos, ambos tomaron terreno cristiano en este mundo, apartados ya externalmente, del terreno judaico y del terreno pagano por el bautismo. Las Escrituras reconocen tres clases de gente en el mundo: "sed sin ofensa a judíos, y a gentiles, y a la iglesia de Dios" (1ª Cor. 10:32).

Capítulo 11

"Y oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Y como Pedro subió a Jerusalem, contendían contra él los que eran de la circuncisión, diciendo: ¿Por qué has entrado a hombres incircuncisos, y has comido con ellos?" (vv. 1 al 3).
Ya hemos leído en el capítulo 10 cómo el Señor hizo que Pedro, forzosamente, se diera cuenta que Dios quiso llamar y salvar a los gentiles; además, Pedro y no menos de otros seis judíos fueron hechos testigos oculares de que Dios había dado al Espíritu Santo a los gentiles que creyeron el evangelio de la gracia de Dios, y todo ello sin que fuesen bautizados en agua (Hch. 10:28, 43-47).
Pero los creyentes en Jerusalem-tal como Pedro antes-todavía y tenazmente creían que era una infracción grave de la ley de Moisés el comer con los gentiles. Por lo tanto, cuando llegó Pedro de la casa de Cornelio, el centurión romano, "los que eran de la circuncisión contendían contra él."
"Entonces comenzando Pedro, les declaró por orden lo pasado, diciendo: Estaba ye en la ciudad de Joppe orando, y vi en rapto de entendimiento una visión: un vaso, como un gran lienzo, que descendía, que por los cuatro cabos era abajado del cielo, y venía hasta mí, en el cual como puse los ojos, consideré y vi animales terrestres de cuatro pies, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. Y dije: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca. Entonces la voz me respondió del cielo segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Y esto fue hecho por tres veces: y volvió todo a ser tomado arriba en el cielo.
"Y he aquí, luego sobrevinieron tres hombres a la casa donde ye estaba, enviados a mí de Cesarea. Y el. Espíritu' me dijo que fuese con ellos sin dudar. Y vinieron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón, el cual nos contó cómo había visto un ángel en su casa, que se paró, y le dijo: Envía a Joppe, y haz venir a un Simón que tiene por sobrenombre Pedro; el cual te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda to casa.
"Y como comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordó del dicho del Señor, como dijo: Juan ciertamente bautizó en agua; más vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo. Así que, si Dios les dio el mismo don también como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era ye que pudiese estorbar a Dios?" (vv. 4 al 17).
Cuando Dios está obrando, la verdad se manifiesta tan claramente como la luz del sol. El testimonio claro de Pedro, respaldado por el testimonio ocular de seis acompañantes, fue incontrovertible y convincente: Dios había obrado.
"Entonces, oídas estas cosas, callaron ["los que eran de la circuncisión"], y glorificaron a Dios, diciendo: De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida" (v. 18). Así que, Dios hizo que los judíos creyentes en Jerusalem-el centro religioso lleno de sus tradiciones y prejuicios apilados durante trece siglos-reconociesen que El mismo había recibido a los gentiles igualmente como a ellos, "que de ambos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación" (Efe. 2:14).
Apropiadamente, entonces, a todo eso, hemos de leer seguidamente de cómo el evangelio se extendía a los gentiles y cómo iglesias fueron forma das:
"Y los que habían sido esparcidos por causa de la tribulación que sobrevino en tiempo de Esteban, anduvieron hasta Fenicia, y Cipro, y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos" (v. 19). Aquellos hermanos todavía tenían sus mentes cerradas;, sin embargo Dios, quien es soberano y ama a los pecadores, aprovechó su predicación para ganar almas; pero el propósito divino era dar el evangelio a todo ser humano (conforme a la gran comisión dada por el Señor Jesucristo después de su resurrección: "Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura"- Mar. 15:15); así que, entre los que fueron esparcidos de Jerusalem había naturales de otros países: "había unos varones ciprios y cirenenses, los cuales como entraron en Antioquía, hablaron a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor era con ellos: y creyendo, gran número se convirtió al Señor" (vv. 20, 21). Cornelio y su círculo familiar fueron "las primicias" entre los gentiles convertidos, pero en Antioquía, lejos de Palestina y Jerusalem, un gran número de griegos se convirtieron, una obra de Dios tan sorprendente que "llegó la fama de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalem: y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía." (v. 22). ¡He aquí el cambio de actitud de los judíos creyentes! Más bien que contender algunos con los esparcidos que ya se habían acercado a los gentiles, al contrario envió (dice ahora, "la iglesia que estaba en Jerusalem") un hermano y apóstol que tenía el don de "pastor" para ver cómo se encontraban los creyentes de entre los gentiles. Ya la gracia de Dios estaba obrando eficazmente en Jerusalem.
"El cual [es decir, Bernabé], como llegó, y vio la gracia de Dios, regocijóse; y exhortó a todos a que permaneciesen en el propósito del corazón en el Señor. Porque era varón bueno, y lleno de Espíritu Santo y de fe: y mucha compañía fue agregada al Señor" (vv. 23, 24). Conforme al conocimiento perfecto y al amor fervoroso de Cristo, la cabeza de la iglesia, tras el "evangelista" que trajo las buenas nuevas de salvación a Antioquía, vino el. "pastor," Bernabé, para animar la gray del Señor. (comp. 1 Cor. 14:3). Bernabé en tiempo pasado, supo bien lo que la ley de Moisés obraba: "ira" (Rom. 4:15); ahora en Antioquía vio lo que la gracia de Dios había obrado: "la paz." Se regocijó. Luego "exhortó a todos a que permaneciesen en el propósito del corazón en el Señor." Bernabé discernió que la necesidad apremiante de los nuevos creyentes era tener, y perseverar en el propósito del corazón en el Señor. Tal pro pósito abrigado en el corazón del creyente es como el timón de la embarcación; es como las aletas del pez que nada contra la corriente. El cristiano se ve en la urgente necesidad de dirigirse bien derecho por en medio de la mar de la vida; y para no perder su línea, a menudo tiene que irse también contra la corriente de este mundo puesto en maldad, mediante la energía del Espíritu Santo que mora en él.
Mucha bendición espiritual resultó de la visita de Bernabé en Antioquía; pero él discernía otra cosa, algo que le faltaba a la joven iglesia: un maestro que enseriara la palabra de Dios. Dándose cuenta Bernabé de esa necesidad espiritual, se puso a pensar en Saulo que se hallaba en su pueblo natal, Tarso, (a donde fue cuando los helenistas incrédulos en Jerusalem querrían matarle-véase Hch. 9:29). "Partió Bernabé a Tarso a buscar a Saulo; y hallado, le trajo a Antioquía. Y conversaron todo un año allí con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y los discípulos fueron llamados cristianos primeramente en Antioquía" (vv. 25, 26). Bernabé era varón bueno; no abrigaba ningún espíritu de envidia o celo. Vio la necesidad espiritual en Antioquía que él solo no podía satisfacer. Trajo a Saulo. Tras el "evangelista" vino el "pastor;" ahora tras el "pastor" viene el "doctor," o "maestro." Fue la persecución la que envió al "evangelista" a Antioquía; fue la iglesia de Jerusalem que envió a Bernabé, el "pastor" a Antioquía; y fue Bernabé quien trajo a Saulo, el "doctor," a Antioquía; pero sobre todo fue Cristo, la cabeza de la iglesia, quien los envió a todos, conforme a la palabra: "El mismo dio... evangelistas... pastores y doctores" (Efe. 4:11). Durante un año entero, Bernabé y Saulo servían al Señor en la iglesia en Antioquía. Allí la iglesia asumió su carácter normal como presentando a Cristo, su Señor, en el mundo; y allí "los discípulos fueron llamados 'cristianos' primeramente." "Cristianos": es decir, "los que son de Cristo." ¡ Qué testimonio." ¡ Qué testimonio tan eficaz dieron en aquel entonces! Notemos que los apóstoles Bernabé y Saulo no se enseñoreaban del rebaño en Antioquía a la manera de los grandes religiosos de hoy día, sino "conversaron" o "se reunían" con la iglesia en Antioquía; es decir: al lado de los demás creyentes de una manera humilde como lo hacía su Señor aquí durante los días de su carne y de acuerdo con lo %que Pedro más tarde escribió: "de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la gray" (1 Ped. 5:2, 3). Y Bernabé y Saulo eran "apóstoles" (Hch. 14:14).
Luego llegaron "profetas": "y en aquellos días descendieron de Jerusalem profetas a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por [el] Espíritu, que había de haber una grande hambre en toda la tierra habitada: la cual hubo en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar subsidio a los hermanos que habitaban en Judea, lo cual asimismo hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo" (vv. 27 al 30).
Ya hemos visto cómo el Señor Jesús, la cabeza de la Iglesia, lo había hecho todo, enviando sucesivamente y siempre a tiempo, a la asamblea nueva en Antioquía, "evangelistas," un pastor (Bernabé) y un doctor (Saulo), siendo los dos también "apóstoles". En este último pasaje transcrito, vemos cómo el Señor envió "profetas," y uno de ellos que tenía una profecía acerca del porvenir, advirtió acerca de "una grande hambre" que se aproximaba, para que la iglesia supiese de ella de antemano y fuese ejercitada de corazón. Notemos que en 'aquel entonces, cuando la palabra inspirada y escrita de Dios no existía todavía completa, había la palabra inspirada hablada por los apóstoles y los profetas, ambos dados por Cristo, el Señor de la iglesia, tanto como lo fueron los evangelistas, pastores y doctores: "dio... apóstoles... profetas... evangelistas... pastores y doctores" (Efe. 4:11). Murieron los apóstoles, también los profetas de la iglesia primitiva, pero los tenemos a todos en los escritos inspirados del Nuevo Testamento y su enseñanza es todo suficiente (véase 2 Tim. 3:16,17). El Señor sigue dando evangelistas, pastores y doctores, conforme a la necesidad espiritual de los suyos en todo lugar. Bendito sea El!
Es de señalar también en este pasaje que los discípulos en Antioquía, sabiendo del hambre que sobrevino por todas partes, fueron ejercitados de corazón, y determinaron dar de sus bienes materiales, "cada uno conforme a lo que tenía," (no un diezmo exigente del que tenía poco, y otro diezmo proporcionalmente escaso del que tenía mucho). "Porque si primero hay la voluntad pronta, será acepta por lo que tiene, no por lo que no tiene" (2 Cor. 8:12). Así que, los hermanos de entre los gentiles en Antioquía ayudaron a sus hermanos entre los judíos en Judea, conforme a lo que está escrito: "porque les pareció bueno, y son deudores a ellos: porque si los gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos servirles en los carnales" (Rom. 15:27). De esa manera práctica los creyentes judíos en Judea podían darse cuenta de la realidad de la verdad preciosa del "un cuerpo de Cristo," del cual los gentiles, ya no calificados "gentiles," tanto como ellos los judíos, ya no calificados "judíos," fueron divinamente constituidos "miembros en parte."
La iglesia en Antioquía envió un "subsidio a los hermanos que habitaban en Judea... a los ancianos," el debido método de comunicar en lo material. Lo envió "por mano de Bernabé y de Saulo." El Espíritu' sólo nos da a saber el hecho, pero no hace ningún comentario. Llevar ayuda material no era la obra de un apóstol, sino de los diáconos. (Comp. Rom. 6:2). Mientras Bernabé y Pablo estaban ausentes innecesariamente en Judea, de donde el Señor le había instruido a Pablo salir y no volver (véase Hch. 22: 17, 18), la iglesia en Antioquía carecía de un valioso ministerio. Otros hermanos de buen testimonio en Antioquía (comp. 1 Tim. 3:8-13), podrían haber cumplido con ese encargo de lo material.
En resumen tenemos en este capítulo, v. 19 al fin, la formación, el cuidado espiritual y el ejercicio en lo material, de una iglesia primitiva. Hemos visto cómo el Señor Jesús, la cabeza de la Iglesia, proveyó de evangelistas, pastor, doctor, apóstol y profeta, hasta los que hicieron también el servicio de diáconos para la iglesia local. ¿Por qué no dependemos hoy en día también de Cristo, nuestra cabeza?

Capítulo 12

"Y en el mismo tiempo el rey Herodes echó mano a maltratar algunos de la iglesia. Y mató a cuchillo a Jacobo, hermano de Juan" (vv. 1, 2).
Jesús había predicho el martirio de Jacobo. Cuando él y su hermano Juan pidieron sentarse uno a la diestra y el otro a la siniestra de Jesús en su reinado venidero, El les replicó: "¿Podéis beber del vaso que ye bebo, o ser bautizados del bautismo de que ye soy bautizado? Y ellos dijeron: Podemos. Y Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que ye bebo, beberéis; y del bautismo de que ye soy bautizado, seréis bautizados" (Mar. 10: 37-39). Jesús se refirió a su muerte en la cruz, hablando de sí mismo, y del asesinato de Jacobo también.
"Y viendo [Herodes] que había agradado a los judíos, pasó adelante para prender también a Pedro. Eran entonces los días de los ázimos. Y habiéndole preso, púsole en la cárcel, entregándole a cuatro cuaterniones de soldados que le guardasen; queriendo sacarle al pueblo después de la Pascua." (vv. 3, 4). Así lo concibió el rey Herodes, pero Dios tuvo otro propósito: quiso salvar a Pedro:
"Así que, Pedro era guardado en la cárcel; y la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. Y cuando Herodes le había de sacar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, preso con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta, que guardaban la cárcel." (vv. 5, 6).
Observemos que Pedro, sabiendo que al día siguiente Herodes iba a matarle, ¡ estaba bien dormido, fruto de una mente tranquila! "Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en Ti persevera; porque en Ti se ha confiado" (Isaías 26:3).
¡ Qué respuesta a sus oraciones!
"Y he aquí el ángel del Señor sobrevino, y una luz resplandeció en la cárcel; e hiriendo a Pedro en el lado, le despertó, diciendo: Levántate prestamente. Y las cadenas se le cayeron de las manos. Y le dijo el ángel: Cíñete, y átate tus sandalias. Y lo hizo así. Y le dijo: Rodéate to ropa, y sígueme. Y saliendo, le seguía; y no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, mas pensaba que veía visión. Y como pasaron la primera y la segunda guardia, vinieron a la puerta de hierro que va 'a la ciudad, la cual se les abrió de suyo: y salidos, pasaron una calle; y luego el ángel se apartó de él" (vv. 7-10). Los ángeles de Dios son seres maravillosos: está escrito en el Salmo 103: 20 que son "poderosos en fortaleza, que ejecutan su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto". Poseen también una inteligencia que supera infinitamente la del hombre. Entre muchos otros deberes, el Señor les ha dado un encargo muy especial: cuidar de sus redimidos: "¿No son todos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de salud?" (Heb. 1:14). Y luego que su servicio no se necesita, se van: "entonces Pedro, volviendo en sí dijo: Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes, y de todo el pueblo de loa judíos que me esperaba" (v. 11).
El testimonio fiel de Jacobo fue cumplido y sellado con su sangre; pero el de Pedro no se había terminado aún; tendría que apacentar el rebaño del Señor (entre los judíos mayormente) conforme a su mandato: "Apacienta mis ovejas" (John 21:17). Por lo tanto el Señor mandó su ángel y rescató a Pedro, el cual se dio cuenta de todo ello después de que el ángel se apartó de él dejándole en un lugar seguro.
"Y habiendo considerado esto, llegó a casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban juntos orando. Y tocando Pedro a la puerta del patio, salió una muchacha, para escuchar, llamada Rhode, la cual como conoció la voz de Pedro, de gozo no abrió el postigo, sino corriendo adentro, dio nueva de que Pedro estaba al postigo" (vvss. 12-14). Pedro sabía bien a dónde dirigirse: a sus hermanos en Cristo. Rhode era una cristiana fiel: aunque no era más que una joven, sin embargo asistía a la reunión de oración. Era muy solícita también, pues mientras los demás creyentes oyeron el toque de Pedro en el postigo, y no reaccionaron, ella fue a quién' llamaba. Ya que asistía regularmente a las reuniones, conoció en seguida la voz de Pedro; pero casi se extasió de gozo y no le abrió la puerta, sino i corrió adentro para dar la nueva!
"Y ellos le dijeron: Estás loca. Mas ella afirmaba que así era. Entonces ellos decían: Su ángel es" (v. 15). Sus fervientes oraciones para Pedro terminaron en incredulidad. i Cuán incrédulos somos todos!
"Mas Pedro perseveraba en llamar: y cuando abrieron, viéronle, y se espantaron. Mas él haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Y dijo: Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos. Y salió, y partió a otro lugar" (vv. 16:17). Pedro les contó cómo (no el ángel, sino) el Señor le había librado de la cárcel, reconociendo la bondad y misericordia del Señor Jesús. Luego partió a otro lugar como medida de seguridad, pues aunque su rescate fue milagroso, sin embargo exponerse otra vez en la ciudad hubiera sido tentar a Dios.
Pero las palabras "partió a otro lugar" tienen un sentido espiritual, pues el Señor estaba para enviar a Pablo y a Bernabé a los gentiles, ya que los judíos habían rechazado el evangelio del Señor Jesús. Pedro desapareció.
"Luego que fue de día, hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué se había hecho de Pedro. Mas Herodes, como le buscó y no le halló, hecha inquisición de los guardas, los mandó llevar" [es decir: ajusticiar] (vvss. 18, 19). No cabe duda de que los 16 guardas romanos no dieron buen trato al preso 'cristiano, Pedro, como tampoco dieron buen trato 'a Jesús. Quizás se burlaban de él. Pero de todas maneras tuvieron que pagar la cuenta: Herodes los mató. Pero ¿qué de él y su 'crueldad? Veámoslo en el siguiente pasaje:
"Después descendiendo de Judea a Cesarea, se quedó allí. Y Herodes estaba enojado contra los de Tiro y los de Sidón: mas ellos vinieron concordes a él, y sobornado Blasto, que era el camarero del rey, pedían paz; porque las tierras de ellos eran abastecidas por las del rey. Y un día señalado, Herodes vestido de ropa real, se sentó en el tribunal, y arengóles. Y el pueblo aclamaba: Voz de Dios, y no de hombre. Y luego el ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y espiró comido de gusanos" (vv. 19-23). Dios había soportado con mucha mansedumbre aquel vaso de ira preparado para muerte (véase Rom. 9:22), no ajusticiándole por haber matado a Jacobo; pero cuando Herodes aceptó el homenaje que sólo a Dios pertenece, fue ajusticiado, comido de gusanos.
"Mas la palabra del Señor crecía y era multiplicada" (v. 24). Los gusanos se multiplicaron y acabaron con el malvado Herodes, enemigo de los cristianos; pero por otro lado la Palabra viva y eficaz de Dios se multiplicó' en bendioión sobremanera grande.
"Y, Bernabé y Saulo volvieron de Jerusalem cumplido su servicio, tomando también consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos." (12:25). Como notamos en el estudio anterior, Bernabé y Pablo, dos apóstoles; hicieron el servicio de un par de diáconos enviados por la asamblea de Antioquía cuando había hambre entre los hermanos de Judea, a los cuales llevaron ayuda en lo material, prueba de amor cristiano de parte de los hermanos de entre los gentiles hacia sus hermanos de entre los judíos. Volviendo a Antioquía, traían consigo a Juan Marcos, "el sobrino de Bernabé" (Col. 4:10). El llamamiento del Señor a su servicio no tiene en cuenta el parentesco natural qué haya entre cristianos; así fue en este caso, como veremos.

Capítulo 13

"Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y doctores: Bernabé, y Simón el que se llamaba Niger, y Lucio (Cireneo, y Manahén, que había sido criado con Herodes el tetrarca, y Saulo" (13:1). El Señor Jesús cual cabeza ensalzada de la Iglesia, es el que da dones para la edificación de ella, como hemos leído en Efe. 4:11: "dio unos, ciertamen te apóstoles; y otros, profetas... “En la iglesia local no había en aquel principio tal cosa como un solo hombre ejerciendo todo el ministerio de la palabra de Dios, predicando el evangelio, apacentando la gray y enseñando la doctrina, en una palabra uno que se enseñoreaba de la congregación. ¿Por qué no? Porque no era, ni tampoco es ahora, la voluntad del Señor. Vemos en Antioquía no menos de cinco varones dotados como profetas y doctores. Servían al Señor en una armonía perfecta, seguramente previniéndose "con honra los unos a los otros" (Rom. 12:10). Ejercían su ministerio "decentemente y con orden... y por turno;" y no había "disensión" (1ª Cor. 14:26-33).
"Ministrando pues éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado. Entonces habiendo ayunado' y orado, y puesto las manos encima de ellos, despidiéronlos. Y ellos, enviados así por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia: y de allí navegaron a Cipro" (vv. 2-4).
La palabra "ministrar" se traduce igualmente bien, "servir." Los cinco varones nombrados, al servir a sus hermanos con el ministerio de la Palabra, servían al Señor Jesús. El es nuestro amo, nuestro jefe, nuestro todo.
Los cinco mientras servían al Señor en el ministerio de la Palabra, ayunaban. Estaban tan llenos del Espíritu Santo que no sentían apetito para los alimentos naturales: el apetito espiritual lo superaba al apetito natural. Ayunar sólo por ayunar no es más que un rito y muy a menudo llega a ser una cosa de jactancia. No tiene valor alguno delante del Señor (véase Matt. 6:16-18); pero desistir de los apetitos naturales, tales como el comer, beber, entrar en relaciones maritales (véase 1ª Cor. 7:5), para ocuparse en lo espiritual bajo la influencia apremiante del Espíritu Santo, esto sí tiene la aprobación del Señor y es el ayunar conforme a su voluntad y para su gloria, ¿no es verdad?
El ayunar de los cinco siervos de Dios precedió un evento de mucha importancia: el Espíritu Santo llamó a Bernabé y a Saulo para una obra especial. Convino que el ayuno precediera tal anuncio y aparentemente al servicio del Señor. No sabemos cómo el Espíritu Santo habló: audiblemente, o produciendo unánimemente una convicción en los corazones de los cinco, y posiblemente de todos en la asamblea, o por medio de una combinación de convicciones y de circunstancias.; no importa. Basta que sepamos que El sí habló. Hemos visto, y veremos, en este Libro de los Hechos cómo el Espíritu comunicó su mente de diversas maneras.
Convencidos, pues, los hermanos de Antioquía, se dieron un tiempo de ayuno y de oración para asegurarse bien de que era la voluntad del Señor, y entonces les dieron a Bernabé y a Saulo expresamente las diestras de comunión, imponiendo sus manos encima de ellos. Notemos que no les enviaron a la obra, no; sino los despidieron (o, como otra traducción dice: "los dejaron ir").
Sí, es de recalcar que no fueron enviados por la asamblea, o por grupos de líderes eclesiásticos, o concilio, mucho menos por un solo jerarca, sino "por el Espíritu Santo."
A dónde fueron? No a Tarso, en donde no cabe duda de que Saulo había evangelizado mucho en su estadía larga en su pueblo natal, sino a la isla de Cipro, la patria de Bernabé (Véase Hch. 4:36).
"Y llegados a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las 'sinagogas de los judíos: y tenían también a Juan [Marcos] en el ministerio [o como "auxiliador"]. Y habiendo atravesado toda la isla hasta Papho hallaron un hombre mago, falso profeta, judío, llamado Bar- jesús; el cual estaba con el procónsul Sergio Paulo, varón prudente. Este, llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oir la palabra de Dios. Mas les resistía Elimas el encantador (que así se interpreta su nombre), procurando apartar de la fe al procónsul. Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, poniendo en él los ojos, dijo: Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿no cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora pues, he aquí la mano del Señor es contra ti, y serás ciego, que no veas el sol por tiempo. Y luego cayeron en él obscuridad y tinieblas; y andando alrededor, buscaba quién lo condujese por la mano. Entonces el procónsul, viendo lo que había sido hecho, creyó, maravillado de la doctrina del Señor" (vv. 5-12).
Tan pronto como Dios empieza una obra de su gracia, el diablo aparece para estorbarla. Bernabé y Pablo dieron con el agente tenaz del diablo, un judío apóstata llamado Barjesús (es decir, "hijo de Jesús"), el cual se manifestó como hijo del diablo cuando quería apartar de la fe cristiana al procónsul romano, un gentil que deseaba oir la palabra de Dios.
De paso, observemos que no conviene que los cristianos llamen a todo inconverso "un hijo del diablo." Es verdad que en nuestro estado de inconversos, nosotros éramos "hijos de desobediencia" e "hijos de ira, también como los demás" (Efe. 2:2, 3). Pero el Señor Jesús durante el tiempo de su ministerio de la Palabra de Dios aquí en la tierra no llamó ni siquiera a los fariseos hijos del diablo hasta que se hubiesen manifestado como terminantemente opuestos a la verdad de Su Persona, el Hijo de Dios, hasta querían matarle. Entonces tuvo que denunciarles: "vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir" (Jn. 8:44). Querían matarle.
Volviendo a nuestro tema en el libro de los Hechos, es de notar que en el primer pasaje que trata de la oposición del diablo a la obra para la cual el Espíritu Santo llamó a Bernabé y a Saulo, éste dejó de ser llamado "Saulo;" desde allí había de ser llamado "Pablo." "Saulo" era el nombre real del primer rey de los israelitas, y Saulo se enorgullecía en sus días de inconverso por ser ese su nombre: "de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos" (Fil. 3:5). Pero ya que el Señor le había perdonado tan grande pecado, humillándose sentía que era "menos que el más pequeño de todos los santos" (Efe. 3:8), y posiblemente el nombre "Paulo" implica algo del sentido de pequeñez.
Pero lo imprescindible con el siervo del Señor es que sea poseído del Espíritu Santo, "lleno del Espíritu Santo," y Pablo lo era. Discerniendo que Elimas (o Barjesús) resistía el testimonio de Dios acerca de su Hijo, le reprendió con palabras tan fuertes como las que el. Señor Jesús empleó cuando reprendió a los escribas y fariseos (véase Mat. 23:13-35). Luego le advirtió que la mano del Señor seria contra él y que iba a ser cegado; y así fue.
Barjesús, o sea Elimas, es un tipo del judío apóstata que ha resistido el evangelio desde el principio hasta el día de hoy; y todavía está ciego, y con el velo de, la incredulidad sobre su corazón (véase 2 Cor. 3:14, 15). Pero no será para siempre; viene el día cuando el judío se arrepentirá: "Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalem, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán llanto sobre él como llanto sobre unigénito, afligiéndose sobre él como quien se aflige sobre primogénito" (Zacarías 12:10).
El diablo fue vencido; Barjesús castigado; y el gobernador romano, Sergio Paulo, salvado-maravillado de la verdad acerca de Cristo el Señor.
"Y partidos de Papho, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Pamphylia; entonces Juan, apartándose de ellos, se volvió a Jerusalem" (v. 13). Juan Marcos no tuvo el llamamiento del Señor a la obra. El Espíritu Santo había mandado apartar a Bernabé y a Saulo para, la obra a la cual les había llamado; no a Juan Marcos, el cual acompañaba a su tío, Bernabé. Volvió atrás. "Ninguno que poniendo su mano al arado mira atrás, es apto para el reino de Dios" (Luc. 9:62).
Pablo, no Bernabé, había demostrado que tenía valor para oponerse al agente del diablo. "Maldito el que detuviere su cuchillo de la sangre" (Jere. 48:10). Pablo (hablando figuradamente) no io detuvo cuando se presentó Bar-jesús. La cristiandad se caracteriza por la gracia; sin embargo "la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha" (in. 1:17) y es imprescindible, por amor de la verdad, resistir valientemente los ataques del diablo contra el testimonio del Señor.
"Siervos de Jesús, hombres de verdad,
Guardas del deber, somos, sí;
Libres de maldad, ricos en bondad„
Que seamos fieles en la lid."
Desde aquel tiempo, Pablo siempre es mencionado en primer lugar y el grupo se identifica como "Pablo y sus compañeros."
"Y ellos pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia, y entrando en la sinagoga un día de sábado, sentáronse. Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los príncipes de la sinagoga enviaron ti ellos, diciendo: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad." (vv. 14, 15).
El Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, les había mandado a sus apóstoles que predicasen el evangelio "en todas las naciones, comenzando de Jerusalem" (Luc. 24:47). Es decir, Jesús mandó comenzar con los más culpables, los que le dieron muerte. Y Pablo dijo: "no me avergüenzo del evangelio; porque es potencia de Dios para salud a todo aquel que cree; al judío primeramente y también al griego" (Rom. 1:16). Así que, los apóstoles seguían ese orden y anunciaban el evangelio primeramente a los judíos, luego a los gentiles.
"Y ellos [los apóstoles Pablo y Bernabé] pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia, y entrando en la sinagoga un día de sábado, sentáronse. Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los príncipes de la sinagoga enviaron a ellos, diciendo: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad" (vv. 14, 15).
El evangelio "es potencia de Dios para salud de todo aquel que cree; al judío primeramente y también al griego" (Rom. 1:16). Así que los apóstoles fueron primeramente a los judíos, los más privilegiados y ¡ay! los más ciegos, dándoles la oportunidad de arrepentirse y ser salvos; luego fueron a los gentiles. En la sinagoga de los judíos, se daba la lectura de la ley y de los profetas, de modo que el judío tenía cierto conocimiento de Dios que el pobre griego no tenía. Cuando Pablo y Apolos predicaban a los judíos, apelaron constantemente al Antiguo Testamento, "mostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo" (Hch. 18:28).
"Entonces Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano, dice: Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oíd: El Dios del pueblo de Israel escogió a nuestros padres, y ensalzó al pueblo, siendo ellos extranjeros en la tierra de Egipto, y con brazo levantado los sacó de ella. Y por tiempo como de cuarenta años soportó sus costumbres en el desierto; y destruyendo siete naciones en la tierra de Canaán, les repartió por suerte la tierra de ellas. Y después, como por cuatrocientos años, dioles jueces hasta el profeta Samuel. Y entonces demandaron rey; y les dio Dios a Seúl, hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. Y quitado aquél, levantóles por rey a David, al que dio también testimonio, diciendo: He hallado a David, hijo de Jessé, varón conforme a mi corazón, el cual hará todo lo que ye quiero" (vv. 16-22).
Pablo, antes de presentar a Jesús "por Salvador a Israel," dio un resumen muy corto de la historia del pueblo de Israel, desde los días de su esclavitud en Egipto hasta el tiempo de David, rey escogido por Dios de la tribu de Judá, del cual según la carne vino Cristo, "el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén" (Rom. 9:5).
Seguidamente Pablo introdujo a la bendita persona de Jesús, el Mesías de Israel: "de la simiente de éste [David], Dios, conforme a la promesa, levantó a Jesús por Salvador a Israel; predicando Juan delante de la faz de su venida el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel. Mas como Juan cumpliese su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy ye El; mas he aquí, viene tras mí uno, cuyo calzado de los pies no soy digno de desatar. Varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros temen a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salud. Porque los que habitaban en Jerusalem, y sus príncipes, no conociendo a éste, y las voces de los profetas que se leen todos los sábados, condenándole, las cumplieron. Y sin hallar en El causa de muerte, pidieron a Adato que le matasen. Y habiendo cumplido todas las cosas que de El estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro" (vv. 23-29).
Pablo-, otra vez con pocas palabras repletas de significado-, describió la presentación de Cristo a su pueblo terrenal y el rechazamiento de Cristo por el mismo pueblo. Pero en contraste con el colmo de su maldad-la crucifixión de su Mesías-,
"Dios le levantó de los muertos" (v. 30). ¡Hecho maravilloso! ¡ Poder irresistible! ¡ Amor infinito! ¡ El diablo derrotado! ¡ La muerte anulada! ¡La salvación consumada!
"Cristo resucité!;
Su gran trabajo consumó;
Tornó a vivir el Fiador triunfante,
Quien a la Muerte desarmó."
"Y El fue visto por muchos días de los que habían subido juntamente con El de Galilea a Jerusalem, los cuales son sus testigos al pueblo. Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa que fue hecha a los padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús, como también en el salmo segundo está escrito: Mi hijo eres tú, ye te he engendrado hoy. Y que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción, así lo dijo: Os daré las misericordias fieles de David. Por eso dice también en otro lugar: No permitirán que to Santo vea corrupción. Porque a la verdad David, habiendo servido en su edad a la voluntad de Dios, durmió, y fue juntado con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel que Dios levantó, no vio corrupción" (vv. 31-37).
No ha habido nunca un hecho mejor atestiguado que el de la resurrección de Cristo: "Cristo fue muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y... fue sepultado, ... resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y... apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos juntos; de los cuales muchos viven aún.... Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles. Y el postrero de todos... me apareció a mí" (1ª Cor. 15:3-8).
Dios cumplió la promesa que había hecho a los padres de Israel. Notemos la referida cita del Salmo segundo:: "Mi hijo eres tú, ye te he engendrado hoy." "Hoy" se refiere al día de su humanidad, no al principio de su existencia. Dios Padre envió a su Hijo al mundo; éste era el Hijo en la deidad antes de que viniese al mundo. Juan 17: 5 lo demuestra: "Padre glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese." El que era Hijo en la deidad, al nacer como hombre en este mundo era Hijo de Dios y a la vez el Hijo del hombre.
En contraste con todos los demás hombres que murieron y sus cuerpos se pudrieron, Cristo no vio corrupción; su cuerpo humano era incorruptible; y al tercer día El resucitó en un cuerpo de carne y huesos, pero sin sangre (véase Luc. 24:39).
"Séaos pues notorio, varones hermanos, que por éste os es anunciada remisión de pecados; y de todo lo que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en éste es justificado todo aquel que creyere" (vv. 38, 39).
"La ley por Moisés fue dada; mas la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha" (John 1:17). Por Jesucristo, entonces, fue anunciada la remisión de pecados a todo aquel que creyere; por la ley de Moisés nadie podía ser justificado.
Pero juntamente con el anuncio de las buenas nuevas de la remisión de pecados por la fe en el Señor Jesucristo, va la advertencia solemne de las consecuencias fatales de la incredulidad. No es una parte del evangelio, no; pero es preciso que el pecador sepa que no puede menospreciar la oferta bondadosa del Dios soberano sin que se acarree juicio a sí mismo. Por lo tanto, Pablo agregó estas palabras: "Mirad, pues, que no venga sobre vosotros lo que está dicho de los profetas: Mirad, oh menospreciadores, y entonteceos, y desvaneceos; porque ye obro una obra en vuestros días, obra que no creeréis, si alguien os la contare" (vv. 40, 41).
"Y saliendo ellos de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron que el sábado siguiente les hablasen estas palabras. Y despedida la congregación, muchos de los judíos y de los religiosos prosélitos siguieron a Pablo y a Bernabé, los cuales hablándoles les persuadían que permaneciesen en la gracia de Dios." (vv. 42, 43).
Nos parece que tenemos en este pasaje una instrucción apropiada para la conducta de reuniones evangélicas. Dice así: "despedida la congregación." Entre ella, como casi siempre ocurre en reuniones públicas (o sea abiertas al público), había un número de menospreciadores y oponentes del evangelio. Ahora bien, después de la predicación pública del evangelio, ¿no conviene-si es posible-despedir la congregación, y dejar ir a los que no quieren aceptar a Cristo, para luego poder hablar particularmente con los que tuviesen interés? "Despedida la congregación," Pablo y Bernabé aprovecharon la oportunidad de hablar personalmente con los que manifestaron interés en el mensaje de la salvación, y "les persuadían que permaneciesen en la gracia de Dios." Con todoeso, a menos que la persuación sea la del Espíritu Santo obrando persuasión sea la del Espíritu Santo obrando eficazmente en el corazón y la conciencia del pecador, no es de Dios. El persuadir a la gente, pública o individualmente, a la fuerza humana de predicadores elocuentes, no es de Dios. Pablo escribió a los corintios así: "Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de Poder" (1ª Cor. 2:4).
Mientras estamos escribiendo sobre este asunto, haremos mención de otra costumbre muy parecida y que es muy común entre los cristianos evangélicos. Es el forzar u obligar una confesión pública de parte del oyente interesado. Es del todo la verdad "que si confesares con to boca al Señor Jesús, y creyeres en su corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Rom. 10: 9); pero todo esto brota espontáneamente del corazón agradecido del pecador consciente de haber sido perdonado por Dios: "de la abundancia del corazón habla la boca." "Creí, por lo cual también hablé." (Matt. 12:34; 2 Cor. 4:13). Pero nos referimos a costumbres tales como lo que sucedió en cierto lugar en donde hicimos una visita: dos humildes mujeres muy pobres fueron conducidas al fondo de un salón evangélico lleno de gente, estando presentes algunos burlones, jóvenes de ambos sexos. Los dirigentes las hicieron arrodillarse delante de todos. Las pobres-nunca antes hicieron tal cosa en un especiáculo delante de los hombres-tuvieron que repetir palabras de una confesión de fe preparada y hablada por otra persona; mientras permanecían arrodilladas más de "dos o tres" tomaron la palabra; y hasta tuvieron que besar las mujeres cada una la Biblia. Tales procedimientos no los encontramos mencionados, mucho menos ordenados en el Nuevo Testamento. Cuando el Señor Jesús sanó al enfermo, le dijo: "Toma to lecho y anda" (John 5:11). No le dijo: "Toma to lecho y habla." Donde hay vida en Cristo, habrá fruto: "por sus frutos los conoceréis" (Matt. 7:20),
"Y el sábado siguiente se juntó casi toda la ciudad a oir la palabra de Dios. Mas loa judíos, visto el gentío, Ilenáronse de celo, y se oponían a lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando. Entonces Pablo y Bernabé, usando de libertad, dijeron: A vosotros a la verdad era menester que se os hablase la palabra de Dios; mas pues que la desecháis, y os juzgáis indignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, para que seas salud hasta lo postrero de la tierra. Y los gentiles oyendo esto, fueron gozosos, y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna" (vv. 44-48).
Lo que sucedió en Jerusalem iba a suceder por todas partes: los judíos rechazaron a Cristo: "mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y a nosotros nos han perseguido, y no agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres; prohibiéndonos hablar a los gentiles, a fin de que se salven, para henchir la medida de sus pecados siempre: pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo" (1ª Tes. 2:15-16).
Pablo y Bernabé, llenos del Espíritu Santo y conociendo muy bien las Escrituras del Antiguo Testamento (las únicas que había en aquel entonces), supieron qué hacer, pues encontraron en el libro de Isaías la profecía acerca de Cristo que dice: "Poco es que tú me seas siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures los asolamientos de Israel: también te dí por luz de las gentes, para que seas mí salud hasta lo postrero de la tierra" (Isa. 49:6). De ahí-dándose cuenta de la situación-se convencieron que era la voluntad del Señor que fuesen a los gentiles con el evangelio de la gracia perdonadora de Dios. Para los apóstoles, la profecía llegó a ser un mandamiento del Señor Jesús. Así es que el cristiano, andando en comunión con su Señor, puede encontrar en cualquier pasaje de la Biblia la instrucción o la dirección que necesita en ciertas circunstancias. La entiende espiritualmente. "Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra" (2ª Tim. 3:16, 17).
Todos los gentiles que estaban ordenados para vida eterna creyeron. Hay un pasaje parecido en Juan 15:16: "No me elegisteis vosotros a Mí, mas Ye os elegí a vosotros;" y otro en Efesios 1:4: "según nos escogió en El antes de la fundación del mundo." Tan malo es el hombre que si no hubiera sido por la gracia soberana y eficaz de Dios, ninguno se habría acercado para recibir al Señor Jesucristo, como su Salvador personal.
"Y la palabra del Señor era sembrada por toda aquella provincia. Mas los judíos concitaron mujeres pías y honestas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los echaron de sus términos. Ellos entonces sacudiendo en ellos el polvo de sus pies, vinieron a Iconio. Y los discípulos estaban llenos de gozo, y del Espíritu Santo" (vv. 49-52).
En forma de perseguidor apareció "el diablo, cual león rugiente" (1ª Ped. 1:8), pero la palabra salvadora del Señor Jesús ya había sido sembrada por todas partes de la provincia. Los judíos, incansables en su oposición contra el evangelio, lograron incitar a los mejores ciudadanos contra los apóstoles. Más tarde en otra ciudad, Tesalónica, emplearon "algunos ociosos, malos hombres" (Hch. 17: 5), con el mismo propósito diabólico. Pero lo único que lograron fue hacer más extensa y más rápida la divulgación del evangelio, porque los apóstoles, echados de una región, llegaban a otra para evangelizarla. Y los nuevos creyentes se llenaron de gozo y del Espíritu Santo. El orden normal para el cristiano sería el ser lleno del Espíritu Santo y de gozo, pero todos sabemos que cuando conocemos a Cristo como nuestro Salvador y son perdonados nuestros pecados, el gozo que nos llena primeramente supera a todo, Con el paso de los años debemos ser llenos del Espíritu Santo y también de gozo, un gozo más profundo.

Capítulo 14

"Y aconteció en Iconio, que entrados juntamente en la sinagoga de los judíos, hablaron de tal manera, que creyó una grande multitud de judíos, y asimismo de griegas. Mas los judíos que fueron incrédulos, incitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. Con todo eso se detuvieron allí mucho tiempo, confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, dando que señales y milagros fuesen hechos por las manos de ellos. Mas el vulgo de la ciudad estaba dividido; y unos eran con los judíos, y otros con los apóstoles. Y haciendo ímpetu los judíos y los gentiles juntamente con sus príncipes, para afrentarlos y apedrearlos, habiéndolo entendido, huyeren a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y por toda la tierra alrededor. Y allí predicaban el evangelio" (vv. 1-7).
Habiendo sido echados los apóstoles Pablo y Bernabé de la ciudad de Antioquía de Pisidia, empezaron luego a predicar las buenas nuevas de Dios a los habitantes de la ciudad de Iconio. Lo único que el diablo como león rugiente efectuó por su maldad fue adelantar la obra del Señor, pues los apóstoles, echados de un lugar, se pusieron a predicar luego en otro.
"La palabra del Señor i predicad! ¡ predicad!
Con anhelo y oración ¡predicad!
Ante el mundo burlador
Sed testigos de su amor:
El poder del Salvador
¡ Predicad!"
En Iconio una gran multitud de judíos se convirtió y también de griegos. Pero dondequiera que Dios esté obrando, pronto viene el diablo maquinando o rugiendo para procurar deshacer la obra divina. En Iconio los judíos incrédulos que siempre vivían sin mantener contactos con los gentiles, sin embargo supieron incitarles contra los hermanos; pero eso no les importaba a los apóstoles: seguían firmes, confiados en el Señor, que les permitió hacer prodigios, señales para convencer a las gentes todas que el evangelio era del verdadero Dios. Cumplido, entonces, el testimonio del Señor en Iconio, el Señor permitió que los judíos, juntamente con los gentiles y sus líderes, hiciesen un complot para matar a los apóstoles; y éstos huyeron a Listra y Derbe, ciudades de otra región: Licaonia. Allí y por todos los alrededores predicaban el evangelio.
"Y un hombre de Listra, impotente de los pies, estaba sentado, cojo desde el vientre de su madre, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo; el cual, como puso loe ojos en él, y vio que tenía fe para ser sano, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y saltó, y anduvo" (vv. 8-10).
Aquel pagano escuchó las buenas nuevas de Dios, y se convenció que El era el Dios vivo y verdadero. Tenía fe-la cual es "don do Dios" (Efe. 2:8)-en el Omnipotente, y Pablo, discerniéndolo, le mandó hacer uso de sus pies que eran malogrados. "Saltó y anduvo" (sin jamás haberlo aprendido).
En contraste marcado, a Timoteo, su hijo en la fe que sufría del estómago y de continuas enfermedades, y a Trófimo, otro compañero de milicia, Pablo no les sanó (véase 1ª Tim. 5:23 y 2ª Tim. 4:20). ¿Por qué? ¿Porque les faltaba a Timoteo y a Trófimo la fe? No, más bien que Pablo vio preciso que cada uno de ellos tuviese "un aguijón para la carne" para que no se enaltecieran. (Comp. 2 Cor. 12:7). En aquel caso del impotente de Listra el milagro hecho públicamente era para confirmación del evangelio a los inconversos; en estos últimos casos era la mano correctiva del Señor sobre sus siervos.
"Entonces las gentes, visto lo que Pablo había hecho, alzaron la voz, diciendo en lengua licaónica: Dioses semejantes a hombres han descendido a nosotros. Y a Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque era el que llevaba la palabra. Y el sacerdote de Júpiter, que estaba delante de la ciudad de ellos, trayendo toros y guirnaldas delante de las puertas, quería con el pueblo sacrificar. Y como lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rotas sus ropas, se lanzaron al gentío, dando voces, y diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, y la mar, y todo lo que está en ellos; el cual en las edades pasadas ha dejado a todas las gentes andar en sus
caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, hinchiendo de mantenimiento y de alegría nuestros corazones. Y diciendo estas cosas, apenas apaciguaron el pueblo, para que no les ofreciesen sacrificio" (vv. 11-18).
De parte de los apóstoles su fidelidad a Dios fue probada cuando el sacerdote pagano de Júpiter-un dios falso-quería con el pueblo ofrecer sacrificio a ellos como dioses descendidos del cielo. Pablo y Bernabé se presentaron enérgicamente-rotas sus ropas-a los paganos, y les reprendieron, anunciándoles a la vez que se convirtiesen al Dios vivo y verdadero, el gran Creador del cielo, la tierra, el mar y todo lo que había en ellos; El mismo qué les daba lluvias del cielo y tiempos fructíferos, hinchiendo de mantenimiento y de alegría sus corazones, cosas que dioses falsos nunca habían hecho, ya que no eran absolutamente nada. Apenas pudieron detener al sacerdote y el pueblo. No quedaban contentos de haber sido frustrados, nos parece.
"Entonces sobrevinieron unos judíos de Antioquía y de 'cardo, que persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le sacaron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. Mas rodeándole los discípulos, se levantó y entró en la ciudad; y un día después, partió con Bernabé a Derbe" (vv. 19, 20).
Desde lejos vinieron los judíos incrédulos, enemigos de Jesús el Señor y determinados a matar a Pablo, su siervo. De qué manera persuadieron a los paganos no se nos da a saber; pero ellos, probablemente, se hallaban irritados porque los apóstoles no aceptaron su amistad idólatra, y con corazones pérfidos ellos dieron oídos a las mentiras de los judíos y luego apedrearon a su benefactor, Pablo.
La Escritura guarda silencio, pero se cree que fue en ese tiempo cuando Pablo fue "arrebatado hasta el tercer cielo" (2a Cor. 12:2). Es casi increíble que un hombre apedreado y dejado por muerto, ¡ se levantara luego y anduviera por la ciudad; y al día siguiente marchara con Bernabé a otra ciudad! Pablo fue reanimado de una manera sobrenatural (comp. Fil. 3:10).
"Y como hubieron anunciado el evangelio a aquella ciudad, y enseñado a muchos, volvieron a Listra, y a Iconio, y a Antioquía, confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y que es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios." (vv. 21, 22).
"Ninguna cosa podemos contra la verdad, sino por la verdad" (24 Cor. 13: 8). Toda la oposición que Satanás levantó contra el evangelio, sólo resultó en la propagación de las buenas nuevas por muchas regiones. Ya había asambleas cristianas en varios lugares, pero precisaban de ayuda espiritual. Así que los apóstoles, no obstante el mal trato que habían recibido, volvieron por el mismo camino que habían andado, visitando a los nuevos creyentes en Cristo en la capacidad de "pastores," y ayudándoles con la palabra de "edificación, exhortación y consolación."
"Y habiéndoles constituido ancianos en cada una de las iglesias, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en el cual habían creído" (v. 23).
Desde el principio ha habido la necesidad de orden, de gobierno, en las iglesias, o asambleas, locales. En aquel entonces los apóstoles ejercitaban su autoridad apostólica en medio de las asambleas que eran el fruto de su labor en el evangelio: escogieron ancianos, u obispos. Ya que todos los creyentes no eran sino solamente "niños en Cristo," es evidente que la voz "anciano" no se refería a gran desarrollo espiritual, sino de cierta madurez de parte de padres de familia (véase 1ª Tim. 3:4, 5). Para apacentar el rebaño del Señor, para gobernar bien, se precisa de padres de familia que sepan gobernar bien en sus propias casas. Notemos también que la Escritura habla siempre de una pluralidad de "ancianos" u "obispos," nunca de uno solo; además, que no son ancianos sino solamente en sus respectivas asambleas, no en varias, mucho menos con un obispado que abarca hasta países enteros.
Y, como ya hemos observado, no tenemos desde los días de los apóstoles y sus delegados nadie que escoja anciano u obispo; m bien tenemos por escrito en 1ª Tim. 3:1-7 y Tito 1:5-9 los requisitos de los tales. Por lo tanto, los que tienen lo imprescindible debemos respetar y dar gracias a Dios por ellos. Los tesalonicenses eran "niños en Cristo," pero Pablo les exhorto así: "os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima por amor de su obra. Tened paz los unos con los otros" (1ª Tes. 5:12, 13).
Sigamos: "y pasando por Pisidia vinieron a Pamphylia. Y habiendo predicado la palabra en Perge, descendieron a Atalia; y de allí navegaron a Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían acabado." (vv. 24-26).
No se da a saber si una asamblea fue formada en Perge, o no; sólo se nos dice que los apóstoles predicaron la palabra, dejando los resultados con el Señor. (Fue desde Perge que Juan Marcos volvió atrás -Hch. 18:18).
Volvieron a su propia asamblea local, Antioquía (al norte de Jerusalem unos 500 kilómetros). Habían sido encomendados a la gracia de Dios (Hch. 13:3) por sus hermanos de Antioquía, no por los apóstoles en Jerusalem. Es muy importante sujetarnos al hecho de que cada creyente debe de tener una identificación local. La palabra de Dios condena el espíritu de independencia tan prevaleciente hoy en día. Aun los apóstoles Pablo y Bernabé tenían su identificación local en la asamblea de Antioquía.
"Y habiendo llegado, y reunido la iglesia, relataron cuán grandes cosas había Dios hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Y se quedaron allí mucho tiempo con los discípulos" (vv. 27-28).
Era muy apropiado que los hermanos que les habían dado las diestras de comunión para su misión, oyesen de los labios de los apóstoles, no lo que ellos habían hecho, sino lo que Dios había hecho con ellos. ¡ A El sea siempre toda la gloria! Después se quedaron mucho tiempo en Antioquía. Nuestro Señor no es "hombre duro" que siempre está exigiendo demasiado de sus siervos, no. Dejó que Pablo y Bernabé se restablecieran en el seno de su propia asamblea y, a la vez, servirle en medio de ella, pues siempre hay necesidades espirituales en cualquier asamblea de cristianos.

Capítulo 15

"Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Que si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos" (v. 1).
El diablo nunca deja la obra de Dios en paz. Había en la asamblea en Antioquía un "gran número" de creyentes que eran griegos más bien que judíos (cap. 11:20, 21). Llegaron de Jerusalem, la fortaleza religiosa del judaísmo, algunos (no son llamados "hermanos") que querían sujetar a los gentiles (convertidos a Dios) a la circuncisión, (para la institución de la cual véase Génesis, Cap. 17:10-14). El imponer ese rito a los cristianos para la salvación hubiera sido negar la eficacia de la obra redentora de Cristo, a la cual no se puede añadir nada, pues era una obra consumadamente cabal y perfecta, haciendo apto y santo al pecador para entrar en la presencia de Dios.
"Así que, suscitada una disensión y contienda no pequeña a Pablo y a Bernabé contra ellos, determinaron que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalem, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, sobre esta cuestión" (v. 2).
No fue posible tapar las bocas de los enemigos de la verdad en Antioquía, y Dios lo permitió así, para que fuese necesario resolver la grave dificultad en Jerusalem, de donde salieron los maestros con su mala doctrina, y en donde todavía se encontraban los apóstoles que no fueron esparcidos por la persecución (véase Hch. 8:1).
"Ellos, pues, habiendo sido acompañados de la iglesia, pasaron por la Fenicia y Samaria, contando la conversión de los Gentiles; y daban gran gozo a todos los hermanos" (v. 3).
Notemos que en el camino los apóstoles no preocupaban las mentes de los creyentes con la dificultad que apesadumbraba sus espíritus, sino con las nuevas alegres de la conversión de los paganos: "como adoloridos, mas siempre gozosos" (21 Cor. 6:10).
"Y llegados a Jerusalem, fueron recibidos de la iglesia y de los apóstoles y de los ancianos; y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos" (v. 4).
Notemos el orden aquí: "fueron recibidos (1) de la iglesia, (2) de los apóstoles y (3) de los ancianos." La iglesia, la asamblea cristiana en cada lugar, es la que recibe como facultada por el Señor según su palabra: "porque donde están dos o tres congregados en Mi nombre, allí estoy en medio de ellos" (Mateo 18:20).
"Mas algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron, diciendo: Que es menester circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés." (v. 5).
Los agentes de Satanás no demoraron en levantar oposición a la verdad del evangelio. Así era preciso que se tratase luego de la cuestión planteada.
"Y se juntaron los apóstoles y los ancianos para conocer de este negocio" (v. 6).
Cuando se presentan dificultades, especialmente en casos graves, no conviene que las mujeres y los jóvenes en la fe intervengan en la discusión, más bien es el deber de los ancianos de la asamblea, y en el caso de Jerusalem, por supuesto de los apóstoles también.
"Y habiendo habido grande contienda, levantándose Pedro, les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo también como a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos yugo, que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes por la gracia del Señor Jesús creemos que seremos salvos, como también ellos" (vv. 7-11).
Los que se oponen a la verdad siempre hacen contienda con sus argumentos falsos. Cuando los fariseos dejaron de hablar, entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, pudo dar una exposición terminante acerca de la ley y de la gracia. Dios había dado al Santo Espíritu a los gentiles convertidos tanto como a los judíos convertidos, purificando sus corazones, no con ritos y ceremonias de la ley de Moisés, sino con la fe. Entonces, ¿para qué procurar imponer la ley como una carga para los gentiles cuando ellos-los judíos-no habían podido llevarla? Más bien-concluyó Pedro-serían ellos, los judíos, salvos de la misma manera que los gentiles: por la gracia del Señor Jesús.
"Entonces toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes maravillas y señales Dios había hecho por ellos entre los gentiles" (v. 12).
A la declaración del apóstol Pedro fue añadido el testimonio confirmatorio y admirable de dos apóstoles más: Pablo y Bernabé.
"Y después que hubieron callado, Jacobo respondió, diciendo: Varones hermanos, oídme: Simón [es decir, Pedro] ha contado cómo Dios primero visitó a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre; y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: después de esto volveré y restauraré la habitación de David, que estaba caída; y repararé sus ruinas, y la volveré a levantar: para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es llamado mi nombre, dice el Señor, que hace todas estas cosas. Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras" (vv. 13-18).
Jacobo apeló a las Escrituras del Antiguo Testamento para mostrar que Dios desde el siglo había propuesto tomar de los gentiles, o sea de los que no son judíos, un pueblo para su nombre, citando del profeta Amós (cap. 9: 11, 12) el testimonio de ello.
Ante los testimonios fieles y claros de Pedro, Pablo, Bernabé y Jacobo, respaldados por las Sagradas Escrituras', las bocas de los fariseos judaizantes fueron cerradas. Entonce ya era tiempo para expresar un juicio espiritual concluyente y Jacobo pudo darlo "Por lo cual ye juzgo, que los que do los gentiles se convierten a Dios, no han de ser inquietados; sino escribirles que se aparten de les contaminaciones de los ídolos, y de fornicación, y de ahogado, y de sangre. Porque Moisés desde los tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien le predique en las sinagogas, donde es leído cada sábado" (vv. 19-21).
Esos pecados y prácticas malas caracterizaban a los gentiles. Era necesario abstenerse de ellos, no por cuanto la ley de Moisés los prohibía, sino porque eran contrarios a la voluntad, del Dios vivo y verdadero desde el principio. El hacer y adorar ídolos es negar que hay un solo Dios viviente. El fornicar es negar que Dios les hizo al hombre y a la mujer "una sola carne" (Gén. 2: 24). El comer "de sangre y de ahogado," es negar que la vida pertenece a Dios, derecho a la cual vida el hombre perdió cuando pecó: "empero carne con su vida, que es si sangre, no comeréis" (Gén. 9: 4). Así que estos principios de la palabra y la voluntad de Dios fueron asentados siglos antes de que la ley de Moisés fuese impuesta a los israelitas. Conviene, por lo tanto, que todo cristiano los respete en su vida diaria.
"Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir varones de ellos, y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barrabas, y a Silas, varones principales entre los hermanos; y escribir por mano de ellos: Loe apóstoles y los ancianos y los hermanos de loe gentiles que están en Antioquía, y Siria, y en Cilicia, salud: Por cuanto hemos oído qua algunos que han salido de nosotros, os han inquietado con palabras, trastornando vuestras almas, mandando circuncidaros y guardar la ley, a los cuales no mandamos; nos ha parecido, congregados en uno, elegir varones, y enviarlos a vosotros con nuestros amados Bernabé y Pablo, hombres que han expuesto sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Así que, enviamos a Judas y a Sitas, los cuales también por palabra os harán saber lo mismo. Que ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de cosas sacrificadas a ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación; de Ras cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien" (vv. 22-29).
Vemos que la decisión o sea la conclusión era de toda la iglesia tanto como de los apóstoles y los ancianos; no era de unos líderes, mucho menos de un solo guía, que se enseñoreaban de la iglesia y no le daban a ella ninguna voz en los negocios del Señor.
La carta comunicando su decisión también fue escrita en nombre de "los apóstoles y los ancianos y los hermanos."
Los de Jerusalem reconocieron que los que habían inquietado a los hermanos entre los gentiles salieron de Jerusalem, pero les aclararon que la iglesia misma no les había enviado.
De Pablo y Bernabé escribieron que eran "amados" y que eran "hombres que han expuesto sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo," lo que les caracterizaba en medio de los judíos incrédulos y los paganos.
Enviaron con los apóstoles dos varones principales, Judas y Silas, para que el mensaje por escrito fuese respaldado por la palabra de los enviados.
Les advirtieron a los creyentes entre los gentiles que sólo habían de abstenerse de ciertas "cosas necesarias" prohibidas siglos antes de que fuese impuesta la ley de Moisés a los israelitas.
"Ellos entonces enviados, descendieron a Antioquía; y juntando la multitud, dieron la carta. La cual, como leyeron, fueron gozosos de la consolación. Judas también y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabra" (vv. 30-32).
Así la verdad triunfó, el diablo quedó derrotado y los creyentes fueron consolados y edificados en su santísima fe. Judas y Silas, siendo dotados como "profetas" por el Señor Jesús, la cabeza de la Iglesia, de su propia iniciativa se quedaban con la asamblea de Antioquía y ministraban la palabra para "edificación, exhortación y consolación." No dependían de Jerusalem para eso.
"Y pasando allí algún tiempo, fueron enviados de los hermanos a los apóstoles en paz. Mas a Silas pareció bien el quedarse allí." (vv. 33, 34).
Silas, habiendo cumplido con el encargo de la asamblea de Jerusalem juntamente con Judas, se sentía dirigido del Espíritu Santo a quedarse en la asamblea de Antioquía.
"Y Pablo y Bernabé se estaban en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos. Y después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en las cuales hemos anunciado la palabra del Señor, cómo están. Y Bernabé quería que to-mazan consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; mas a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Pamphylia, y no había ido con ellos a la obra. Y hubo tal contención entre ellos, que se apartaron el uno del otro; y Bernabé tomando a Marcos, navegó a Cipro." (vv. 35-39).
Pablo, con corazón de "pastor," sugirió a Bernabé que volviesen a visitar a los hermanos por dondequiera que habían predicado el evangelio. Pero Bernabé quería que tomasen consigo a Juan. Pablo no quiso porque Juan Marcos se había vuelto atrás a la casa de su madre, María, en Jerusalem (Hch. 12:12 y 13:13), abandonando a los apóstoles en su primer viaje misionero. Luego se apartaron los dos apóstoles. Qué triste! Aunque sea un apóstol, el hombre permanece hombre. Bernabé y Juan Marcos se fueron, sin las diestras de comunión de sus hermanos en Cristo. Navegaron a Cipro, el país natal de Bernabé, siendo Juan Marcos su sobrino (Hch. 4:36 y Col. 4:10).
"Y Pablo escogiendo a Silas, partió encomendado de los hermanos a la gracia del Señor. Y anduvo la Siria y la Cilicia, confirmando a las iglesias" (vv. 40, 41).
El Señor había previsto el propósito equivocado de Bernabé y le proveyó a Pablo un compañero de milicia en Silas. El partió con Silas, y con las diestras de comunión de los hermanos de Antioquía. Visitaron en orden consecutivo las iglesias, confirmando a los discípulos, una necesidad espiritual muy apremiante de nuevos creyentes.

Capítulo 16

"Después llegó a Derbe, y a Listra: y he aquí, estaba allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía fiel, mas de padre griego. De éste daban buen testimonio los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Este quiso Pablo que fuese con él" (vv. 1-3).
Pablo era soltero sin descendencia, pero como cristiano era padre y tenía muchísimos hijos espirituales. Entre todos ellos no había otro tan querido como Timoteo, el cual se convirtió, nos parece, cuando Pablo y Bernabé fueron por primera vez a "Listra y Derbe ... ..y allí predicaban el evangelio" (Hch. 14:6, 7).
"Mucho tiempo" había pasado cuando Pablo, acompañado por Silas, "partió" de su propia asamblea de Antioquía, "encomendado de los hermanos a la gracia del Señor" (Hch. 15:40). Llegado nuevamente a Derbe y a Listra, encontró a Timoteo, un joven que de manera manifiesta había crecido "en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2ª Ped. 3:18), pues de él "daban buen testimonio los hermanos que estaban en Listra y en lconio."
"Este quiso Pablo que fuese con él." Pablo tenía discernimiento espiritual tanto como autoridad apostólica. Por lo tanto no escogió al joven Timoteo por compañero en la obra del Señor sin que éste tuviera buen testimonio de los hermanos del lugar. Este es un principio claramente sentado en el Nuevo Testamento. Aun los apóstoles Pablo y Bernabé no fueron enviados "por el Espíritu" sin que tuviesen las "diestras de compañía" de los hermanos de su propia asamblea (véase Hch. 13:3, 4 y 15:40). ¡ Cuánto más imprescindible es, entonces, que un hermano joven tenga recomendación de los hermanos que le conocen!
44... y tomándole' le circuncidé por causa de los judíos que estaban en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego" (v. 3).
Eunice, la madre de Timoteo, era judía. Cuando se casó con un griego no era cristiana; pero desobedeció la ley de Moisés (véase Deut. 7:3 y Esdras 9:10-12). Se convirtió a Cristo, y también su madre, la abuela de Timoteo, llamada Loida, las dos antes de que Timoteo mismo se convirtiese (véase 2ª Tim. 1:5).
Ahora bien, notemos el comentario: "por causa de los judíos... porque todos sabían que su padre era griego." Según las conciencias de los judíos, el matrimonio entre los padres de Timoteo no era conforme a la ley y por lo tanto Timoteo fue considerado por ellos como inmundo también.
Fue un matrimonio anormal y el padre de Timoteo probablemente era todavía un hombre inconverso. Timoteo tenía edad suficiente y era convertido, de modo que Pablo no se metió en un asunto familiar privado cuando tomó (con previo entendimiento, se cree, de éste) a Timoteo y "le circuncidó por causa de los judíos." Que una mujer judía tuviese un hijo varón que no fuese circuncidado era algo que los sentimientos de los judíos no podían aceptar. Pablo (más o menos según él escribió más tarde, "Heme hecho a los judíos como judío, por ganar a los judíos"—1ª Cor. 9:20), para disipar los prejuicios de los judíos, hizo con Timoteo conforme al estado normal del hijo de una israelita.
Es de notar este hecho porque lo tetemos narrado en los Hechos inmediatamente después del capítulo XV que nos cuenta cómo fue decretado por "los apóstoles y los ancianos y los hermanos" en Jerusalem que los gentiles no fuesen sujetos a los ritos de Moisés (Cap. 15:22-29).
¡De la Ley libres! ¡ dichaˆindecible!
Cristo sufrió su pena terrible;
Su maldición del todoˆEl llevó,
"Por graciaˆasí ya nos salvó.
"Y como pasaban por las ciudades, lea daban que guardasen los decretos que habían sido determinados por los apóstoles y los ancianos que estaban en. Jerusalem. Así que las iglesias eran confirmadas en fe, y eran aumentadas en número cada día" (vv. 4, 5).
Como ya hemos visto en nuestro estudio del Cap. XV, lo determinado por los apóstoles y los ancianos era que los que se habían convertido a Dios entre los gentiles no fuesen sujetos a la ley de Moisés, sino que se apartasen "de las contaminaciones de los ídolos, y de fornicación, y de ahogado, y de sangre" (v. 20).
Todas esas cosas eran siempre contrarias a la voluntad de Dios desde el principio, aun antes de que fuese dada a los israelitas la ley de Moisés.
Ya resuelta esa cuestión para la gloria de Dios' y la paz entre los creyentes, fue motivo de mucha bendición entre las iglesias que eran confirmadas en fe, y aumentadas en número cada día.
"Y pasando a Phrygia y la provincia de Calada, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia. Y como vinieron a Misia, tentaron de ir a Bithynia; mas el Espíritu no les dejó. Y pasando a Misia, descendieron a Troas" (vv. 6-8). Veremos más tarde cómo Pablo pasó tres años en la provincia de Asia, dando testimonio a todos. El Señor tiene su tiempo para todo: Llegaron el apóstol y su compañía a Troas a la orilla de la mar sin encontrar puerta abierta para el evangelio. ¿Qué hacer? ¡No podían hacer nada: puertas cerradas por detrás y la mar por delante! Entonces el Señor manifestó su voluntad:
"Y fue mostrada a Pablo de noche una visión: Un varón macedonio se puso delante, rogándole, y diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos. Y como vio la visión, luego procuramos partir a Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio" (vv. 9, 10).
El Señor quiso que el evangelio fuese predicado en Europa, y así hizo que Pablo en aquel entonces dejara el Cercano Oriente, guiándole mediante una visión maravillosa. En aquel momento, nos parece que el historiador inspirado, Lucas, se juntó con Pablo, Silas y Timoteo: "y como vio la visión, luego procuramos partir... "
"Partidos pues de Troas, vinimos camino derecho a Samotracia, v el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la parte de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días" (vv. 11, 12).
"Vinimos camino derecho." Amigos cristianos, qué bueno es andar "camino derecho" en pos del Señor Jesús!, no deambulando de acá para allá, como "el hombre de doblado ánimo que es inconstante en todos sus caminos" (Stgo. 1:8).
Al arribar a Filipos, Pablo y su compañía estuvieron allá algunos días. No se menciona ninguna actividad de parte de ellos. A nuestro parecer eso indica que estaban esperando que el Señor les guiara. No llegaron tras previo anuncio como tampoco //lucha propaganda acerca de una gran campaña evangélica y noticias en cuanto al gran personaje, ¡"San Pablo"! Ellos sabían lo que debemos saber, que es el Señor quien quiere dirigir su obra, y que todo sale maravillosamente cuando los hombres no meten las manos en Sus negocios.
"Y un día de sábado salimos de la puerta junto al río, donde solía ser la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían juntado. Entonces una mujer llamada Lidia, que vendía púrpura en la ciudad de Tiatira, temerosa de Dios, estaba oyendo; el corazón de la cual abrió el Señor para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó. diciendo: Si habéis juzgado que ye sea fiel al Señor, entrad en mi cara, y posad: y constríñanos" (vv. 18-15).
No se hace ninguna mención de una "sinagoga de los judíos" en Filipos, a la cual Pablo siempre entraba para anunciar el evangelio; pero había una reunión de mujeres fuera de la ciudad donde se acostumbraba hacer la oración. Allí la obra evangélica tuvo su principio en Macedonia. Lidia no era idólatra; era una mujer temerosa de Dios, y escuchaba lo dicho por Pablo. El Señor le abrió el corazón y ella creyó el evangelio. Se bautizó luego con su familia. Habiéndose ya vestido de Cristo, habiéndole confesado como su SEÑOR, les rogó a Pablo y sus compañeros de milicia, Silas, Ti-moteo y Lucas, que aceptaran la hospitalidad de su casa, y les constriñó. Cuán seguidamente se manifiesta el buen fruto de la nueva naturaleza en un hijo fiel de Dios!
"Y aconteció, que yendo nosotros a la oración, una muchacha que tenía espíritu pitónico, nos salió al encuentro, la cual daba grande ganancia a sus amos adivinando. Esta, siguiendo a Pablo y a nosotros, daba voces, diciendo: Estos hombres son siervos del Dios Alto, los cuales os anuncian el camino de salud. Y esto hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en la misma hora. Y viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, al magistrado; y presentándolos a los magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad, y predican ritos, los cuales no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos" (vv. 16-21).
Tan pronto como Dios empieza a obrar, Satanás se opone a ello. El Señor había abierto el corazón de Lidia. Se convirtió. "Fue bautizada, y su familia" (v. 15). Un testimonio cristiano, débil pero verdadero, ya estaba surgiendo en la ciudad de Filipos. Para resistirlo, "la serpiente" usó de "astucia": había una esclava de ciertos hombres que estaba poseída de un demonio (de un "espíritu pitónico," vale decir: de "hechicero"). Ella persistía en seguir a Pablo y sus compañeros, dando testimonio; no al Señor Jesucristo, el Salvador de los pecadores, sino a los "siervos," que "os anuncian el camino de salud." Al oído carnal esa afirmación sonaba bien, pero al oído espiritual del apóstol Pablo, ¡ no!, pues él discernió que Satanás se proponía anular el poder del testimonio verdadero acerca del Señor Jesucristo por medio del testimonio engañoso de un espíritu pitónico, tratando de ligar así el testimonio verdadero y santo del Señor con otro testimonio falso e inmundo, a fin de que el evangelio perdiese su poder divino en las conciencias de la gente de Filipos.
Pablo no actuó precipitadamente. No cabe duda de que él estaba orando sin cesar "por muchos días." Por fin, convencido de que tenía la mente del Señor, maridó salir de la muchacha al espíritu pitónico; y éste salió de inmediato.
Entonces los amos de la esclava-viendo que ella ya no podía adivinar-prendieron a Pablo y a Silas y los llevaron ante los magistrados, acusándoles falsamente. La muchacha había dicho de ellos: "estos hombres son siervos del Dios Alto"; pero sus amos dijeron: "estos hombree, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad." El diablo, vencido como "serpiente astuta," se tornó en "león rugiente." Si no puede corromper el testimonio del Señor, entonces procurará destruirlo.
"Y agolpóse el pueblo contra ellos: y los magistrados rompiéndoles sus ropas, les mandaron azotar con varas. Y después que los hubieron herido de muchos azotes, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con diligencia; el cual, recibido este mandamiento, los metió en la cárcel de más adentro; y les apretó loa pies en el cepo" (vv. 22-24).
Acabando su carrera, muchos años después Pablo escribió a su amado hijo en la fe, Timoteo, así: "Tú has comprendido mi doctrina, instrucción, intento, fe, largura de ánimo, caridad, paciencia, persecuciones, aflicciones, cuales me sobrevinieron en Antioquía, en lconio, en Listra, cuales persecuciones he sufrido; y de todas me ha librado el Señor. Y también, todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución" (2ª Tim. 3:10-12).
Pablo y Silas vivían píamente y no quisieron ser ligados de ninguna manera con la obra satánica en Filipos; por eso padecieron cruel persecución: con las espaldas sangrando por los azotes, los siervos fieles del Señor fueron metidos en el calabozo y sus pies apretados en el cepo. ¿Qué hicieron unas horas después?
"Mas a media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los que estaban presos los oían" (v. 25). Su actitud nos hace pensar en una estrofa de un himno cristiano:
"Pobres, nos eres suprema ganancia,
Y, despreciados, sonrisa de-amor;
Presos en grillos, el cepo-o la celda,
Libres deˆespfritu,ˆalzámoste loor.
Vida-en nos Túˆeres ya, premio-en la gloria allá,
En muerte nuestra victoria,"; oh; Señor!;
Pues Tú nos haces más que vencedores,
¡ Cristo Jesús, Señor, fiel Protector!"
¿Cómo contestó el Señor sus oraciones, agradado de sus alabanzas? "Entonces fue hecho de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se movían; y luego todas las puertas se abrieron, y las prisiones de todos se soltaron. Y despertando el carcelero, como vio abiertas las puertas de la cárcel, sacando la espada se quería matar, pensando que los presos se habían huido" (vv. 26, 27).
Lo sucedido nos hace pensar en la proclama triunfante del Señor Jesús después de su resurrección: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra" (Matt. 28:18). ¡Se produjo un gran terremoto; se abrieron todas las puertas; se soltaron todas las cadenas de los presos!; Una obra de Dios sin precedente!
¿ Cuál fue, entonces, la actitud de los siervos del Señor? "Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal; que todos estamos aquí. El entonces pidiendo luz, entró dentro, y temblando, derribóse a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos fuera, les dice: Señores,
¿qué es menester que ye haga para ser salvo?" (vv. 28-30).
El carcelero romano, encargado de guardar celosamente a los presos, estaba desesperado al ver las puertas de la cárcel abiertas (pues si se escapaba un preso de una cárcel romana, el guardián pagaba con su propia vida), entonces sacó su espada para suicidarse. Pablo, imbuido del espíritu perdonador de su Señor, no obstante haber padecido con Silas mucho mal del carcelero, le gritó: "no te hagas ningún mal." Hubo un sacudimiento de la conciencia del carcelero. Luego pidió luz. (El pecador convencido de su pecado precisa de luz; la luz de la palabra salvadora de Dios). Temblaba, probablemente por primera vez en su vida de carcelero. Se humilló, y eso delante de sus presos, los siervos del Señor, a quienes los sacó del calabozo. Reconoció que ellos tenían la palabra de salvación, y si bien estaban libres, él todavía era el preso del diablo y clamó para ser salvo. Sin embargo hizo la pregunta en la forma habitual del hombre que no se da cuenta que está completamente perdido y que no puede, ni podrá, de ninguna manera hacer algo por sus propios medios para recibir la salvación de su alma: "¿qué es menester que ye haga para ser salvo?"
Llegó enseguida a su oído la palabra divinamente inspirada: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y to casa. Y le hablaron la palabra del Señor y a todos los que estaban en su casa. Y tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó los azotes; y se bautizó luego él, y todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa: y se gozó de que con toda su casa había creído en Dios" (vv. 31-34).
El Señor había sacudido al carcelero profundamente en su ser, y se convirtió en seguida, oyendo que la salvación viene de la fe no fingida en el Señor Jesucristo. Quiso también que todos los de su casa (la familia, los siervos, todos) oyesen la palabra del Señor. Eso sucedió más o menos a la; una de la madrugada! Luego el carcelero-ya un hijo de Dios-con corazón tierno se compadeció de Pablo y Silas y "les lavó los azotes." Había dejado de "hacer lo malo," y estaba aprendiendo "a hacer bien" (Isa. 1:16,17). Entendió también cuál era la debida posición cristiana (no sabemos si él tenia conocimiento en Filipos del bautismo de Lidia y su familia): no demoró en ponerse el uniforme de un soldado de Cristo a sí mismo y a todos los de su casa: "se bautizó luego él, y todos loa suyos." De Cristo estaban vestidos (Gál. 8:27).
Lidia, inmediatamente después de bautizarse con su familia, invitó a los siervos del Señor que aceptasen la hospitalidad de su hogar; e igualmente lo hizo el carcelero: "y llevándolos a su casa (no haciendo caso del mandamiento de los magistrados que los guardase con diligencia en la cárcel), les puso mesa." Físicamente Pablo y Silas habían sufrido mucho y probablemente no habían comido nada en casi veinticuatro horas. El carcelero perseguidor se había convertido en médico compasivo. Luego por primera vez su hogar se llenó del verdadero gozo.
"Y como fue de día, los magistrados enviaron los alguaciles, diciendo: Deja ir a aquellos hombres. Y el carcelero hizo saber estas palabras a Pablo: Los magistrados han enviado a decir que seáis sueltos: así que ahora salid, e id en paz. Entonces Pablo les dijo: Azotados públicamente sin ser condenados, siendo hombres romanos, nos echaron en la cárcel; y ¿ ahora nos echan encubiertamente? No, de cierto, sino vengan ellos y sáquennos. Y los alguaciles volvieron a decir a los magistrados estas palabras: y tuvieron miedo, oído que eran romanos. Y viniendo, les rogaron; y sacándolos, les pidieron que se salieran de la ciudad. Entonces salidos de la cárcel entraron en casa de Lidia y habiendo visto a los hermanos, los consolaron, y se salieron" (vv. 35-40).
El siervo del Señor, aunque sea menospreciado por los hombres (inclusive los de alta categoría), está consciente de cierta dignidad conferida del Señor. Pablo, en este caso, y más tarde ante el "tribuno," ante "Félix" y ante el rey "Agripa," (Hch. 22:25-28; 24:10-21 y 24-25; 26:1-19), estaba consciente de su estado favorecido delante de Dios.
Los siervos del Señor, no deseados por los magistrados humillados de la ciudad, "sueltos, vinieron a los suyos" (Hch. 4:23); fueron a la casa de Lidia, en donde los primeros creyentes en Filipos se reunían No cabe duda de que durante los "muchos días" que transcurrieron entre el bautismo de Lidia y el encarcelamiento de Pablo y Silas, hubo otras personas que oyeron el evangelio y lo creyeron; (y cuando Pablo fue encarcelado en Roma muchos años después, escribió a sus amados hermanos en Filipos.)
Pablo y Silas, aunque fueron heridos de los muchos azotes, sin embargo-en vez de recibir consolación-hablaron palabras de consuelo a los hermanos, y se despidieron.

Capítulo 17

"Y pasando [Pablo, Silas y Timoteo,] por Amphípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde estaba la sinagoga de los judíos. Y Pablo, como acostumbraba, entró a ellos, y por tres sábados disputó con ellos de las Escrituras, declarando y proponiendo, que convenía que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, el cual ye os anuncio, decía él, éste era el Cristo. Y algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas; y de los griegos religiosos grande multitud, y mujeres nobles no pocas" (vv. 1-4).
Despreciados por "los magistrados" de la ciudad de Filipos, Pablo y sus compañeros camiron resueltamente a otra ciudad llamada Tesalónica, y él entró luego en la sinagoga de los judíos para anunciarles (como fue su costumbre) la persona de Cristo, su muerte expiatoria y su resurrección gloriosa, y que Jesús el Hijo
s) Dios era el Mesías. Durante sólo tres sábados tuvo la oportunidad de predicarles las buenas nuevas de Dios. El resultado fue maravilloso: algunos de los judíos creyeron; además, una grande multitud de gentiles [griegos] religiosos que no habían conocido al verdadero Dios, y no pocas de las mujeres nobles. Fue una obra bendita de la gracia soberana de Dios.
"Entonces los judíos que eran incrédulos, teniendo celos, tomaron consigo a algunos ociosos, malos hombres, y juntando compañía, alborotaron la ciudad; y acometiendo a la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo" (v. 5).
Satanás [el "adversario"] no carece de recursos: en Filipos él había aprovechado la codicia frustrada de los dueños de la esclava para incitar a los gentiles contra los siervos de Dios (véase el cap. 16:16-24); pero en Tesalónica él encendió la enemistad de los judíos contra Cristo, y tuvo por instrumentos "a algunos ociosos, malos hombres", como anteriormente a las "mujeres pías y honestas, y a los principales de la ciudad" de Antioquía (Hch. 13:50).
Pablo y Silas no se encontraban en la casa de Jasón, entonces, "no hallándolos, trajeron a Jasón y a algunos hermanos a los gobernadores de la ciudad, dando voces: Estos que alborotan el mundo, también han venido acá; a los cuales Jasón ha recibido; y todos estos hacen contra los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús. Y alborotaron al pueblo y a los gobernadores de la ciudad, oyendo estas cosas. Mas recibida satisfacción de Jasón y de los demás, los soltaron" (vv. 6-9). Dios es soberano: El permitió que los magistrados injustos de Filipos echasen a Pablo y a Silas en la cárcel, porque, por decirlo así, se encontraba allí aquel "varón macedonia" al cual Pablo había visto en una visión, y que le dijo: "Pasa a Macedonia, y ayúdanos"-el ¡ carcelero mismo! (Léase la historia, Hch. 16:9-34). Después, en Tesalónica, el Señor dispuso las mentes de los magistrados para que no diesen oídos a las acusaciones falsas de los judíos; por tanto Jasón y los demás hermanos fueron librados.
"Entonces los hermanos, luego de noche, enviaron a Pablo y a Silas a Berea; los cuales habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y fueron éstos más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos; y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres" (vv. 10-12).
Pablo era un "apóstol" y Silas un "profeta" (Hch. 15: 32), pero no se independizaban de "los hermanos" (niños en Cristo aún) en Tesalónica, los cuales, llenos de amor y dándose cuenta del peligro inminente al cual los siervos del Señor estaban expuestos, decidieron enviar a Pablo y a Silas a otro lugar, a Berea. El Señor dispuso sus mentes así; posiblemente Pablo, un soldado valiente, hubiera tenido denuedo para seguir anunciando el evangelio a pesar de la oposición (véase 1ª Tes. 2:2). Entonces los siervos del Señor aceptaron la resolución de los hermanos jóvenes en la fe, y se fueron a Berea.
Allí hubo gran bendición, porque los judíos recibieron la palabra (de Dios) con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras, si las cosas habladas por Pablo y Silas eran conformes. ¿ No vemos aquí un principio de mucha importancia? La Palabra inspirada de Dios escrita, (las Sagradas Escrituras) es el árbitro único. Aunque Pablo era un apóstol y Silas un profeta, no obstante todo cuanto decían fue comprobado por las Escrituras. Por tanto-dada por verdadera su predicación-el resultado fue que muchos creyeron, incluyendo mujeres griegas de alta categoría y no pocos hombres.
"Mas como entendieron los judíos de Tesalónica que también en Berea era anunciada la palabra de Dios por Pablo, fueron, y también allí tumultuaron al pueblo. Empero luego los hermanos enviaron a Pablo que fuese como a la mar; y Silas y Timoteo se quedaron allí" (vv. 13, 14).
La enemistad acérrima del hombre religioso contra el evangelio de la gracia de Dios no se aplaca. ¿Por qué? Precisamente porque el veredicto divino es que el hombre, sea judío o pagano, sea religioso o ateo, se halla culpable ante Dios: "todos están debajo de pecado." El hombre es totalmente perdido. No puede de ninguna manera salvarse el alma. Es tan malo que nada menos que "la gracia de Dios" valdrá para su rescate. El orgullo del hombre no quiere aceptar ésta. Léase, por favor, Romanos 3:9 al 20, la sentencia de Dios; y léase también 14 Tes. 2:14-16 en relación a la actitud hostil del hombre religioso, hoy en día igual como ayer.
Pablo, comisionado de una manera especial por el Señor Jesús como "ministro" del evangelio (véase Efe. 3:6, 7), era el objeto de ataque principal de los judíos; así en Berea tanto como en Tesalónica los hermanos en Cristo creyeron prudente enviar a Pablo fuera del peligro. Pero Silas y Timoteo, fieles siervos de Cristo también, se quedaron con los creyentes jóvenes para ayudarles.
"Y los que habían tomado a cargo a Pablo, le llevaron hasta Atenas; y tomando encargo para Silas y Timoteo, que viniesen a él lo más presto que pudiesen, partieron. Y esperándolos Pablo en Atenas, su espíritu se deshacía en él viendo la ciudad dada a idolatría. Así que, disputaba en la sinagoga con los judíos y religiosos; y en la plaza cada día con los que le ocia, crían. Y algunos filósofos de loa Epicúreos y de los Estóicos, disputaban con él; y unos decían: ¿Qué quiere decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses: porque les predicaba a Jesús y la resurrección. Y tomándoles, le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber qué sea esta nueva doctrina que dices? Porque pones en nuestros oídos unas nuevas cosas: queremos pues saber qué quiere ser esto. (Entonces todos los atenienses y los huéspedes extranjeros, en ninguna otra cosa entendían, sino o en decir o en oír alguna cosa nueva.)" (vvss. 15-21).
Atenas, la capital de los griegos, era en aquel entonces el centro filosófico del mundo: los orgullosos griegos buscaban "sabiduría," sin embargo estaban entregados a la idolatría, mostrándose opuestos a la razón y llevados cautivos a voluntad del diablo (véase 1ª Cor. 1: 22 y 2ª Tim. 2: 26).
Mientras Pablo esperaba la llegada de Silas y Timoteo, él "disputaba en la sinagoga con los judíos," que siempre pedían "señales." Entre esos judíos de Atenas, la Escritura no menciona ninguna bendición; posiblemente porque estaban corrompidos por la idolatría reinante.
Pronto algunos de los filósofos epicúreos y estóicos le atacaron. La filosofía epicúrea era "gozarse de la vida a lo máximo;" está bien descrita por San Pablo en estas palabras: "comamos y bebamos que mañana moriremos". "No erréis," agrega Pablo, "las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres" (1ª Cor. 15:32, 33). Pero la filosofía estóica tomó otro punto de vista: la mejor forma de vida era abstenerse de todo lo lujoso y lo que gratifica al hombre, alcanzando así cierto mérito (según ellos). En Colosenses 2:21, 22, Pablo menciona algo parecido: "No manejes, ni gustes, ni aun toques, (las cuales cosas son todas para destrucción en el uso mismo), en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres." Contra todos los conceptos filosóficos, él nos amonesta así: "Mirad que ninguno os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo: porque en EL HABITA TODA LA PLENITUD DE LA DIVINIDAD CORPORALMENTE" (Col. 2:8,9). Lo tenemos todo en Cristo y no es posible que haya más fuera de EL.
Otros se burlaban de Pablo, llamándole un "palabrero"; y otros creían que era un pregonero de demonios extraños, porque les anunciaba las buenas nuevas de Jesús y de la resurrección, pensando insensatamente ellos I que Jesús era uno de tantos dioses y la resurrección otro! Luego le trajeron al Areópago (el tribunal supremo de Atenas). Estando ellos siempre ocupados en curiosear, querían saber de la "nueva doctrina."
"Estando pues Pablo en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo os veo como más supersticiosos [otra traducción dice: "entregados a la adoración de demonios"]; porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Aquel pues, que vosotros honráis sin conocerle, a éste os anuncio ye. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, éste, como sea Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos, ni es honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues él da a todos vida, y respiración, y todas las cosas; y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros: porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje de éste somos también" (vvss. 22-28).
Pablo aprovechó de la oportunidad y tuvo denuedo en su Dios para inmediatamente reprender a los atenienses por su idolatría. Luego les llamó la atención a la única cosa verdadera en toda la ciudad: ellos no conocían a Dios, como el altar a El dedicado lo demostraba: AL DIOS NO CONOCIDO. Entonces, les anunció a aquel Dios vivo y verdadero, el gran Creador de los cielos y de la tierra, el que no era necesitado de nada, al contrario, el que sostenía todo y a todos los seres; el que también había hecho todo el linaje de los hombres de una sola sangre y había prefijado los términos de-sus moradores y el orden de los tiempos; en una palabra el que lo dirigía y controlaba todo; y, finalmente, que siendo El omnipresente, no estaba lejos de nadie, pues actualmente "en él vivimos, y nos movemos, y somos." Entonces, para condenación de ellos, por su propia boca, él citó de uno de sus propios poetas, "porque linaje de éste somos también." Esta cita y otra del criterio de un cretense (Tito 1:12), son los únicos testimonios de paganos empleados por un siervo de Dios, ambos con el mismo propósito, el de pronunciar su condenación de su propia boca ("de to boca te juzgo").
Pablo proseguía con su tesis: "siendo pues linaje de Dios, no hemos de estimar la Divinidad ser semejante a oro, o a plata, o a piedra, escultura de artificio o de imaginación de hombres. Empero Dios, habiendo disimulado los tiempos de esta ignorancia, ahora denuncia a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan: por cuanto ha establecido un día, en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al cual determinó; dando fe a todos con haberle levantado de los muertos" (vvss. 29-31).
¡ Cómo reprendió Pablo la necedad de los sabios atenienses, haciendo figuras con sus propias manos de cualquier materia física, y luego rindiendo honra y adoración a los tales como si fueran seres divinos! "Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro pies, y de serpientes" (Rom. 1:22, 23).
Entonces Pablo advirtió a los atenienses que Dios no iba a tolerar más ese pecado enorme que le deshonraba tanto, por cuanto El había establecido un día de juicio y había escogido al juez, a su Hijo Jesucristo, al cual había levantado de entre los muertos, dando a saber así a todos que el juicio sería llevado a cabo por aquel varón glorioso, el hombre en resurrección.
"Y así como oyeron de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Te oiremos acerca de esto otra vez. Y así Pablo se salió de en medio de ellos. Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales también fue Dionisio el del Areópago, y una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos" (vvss. 32-34).
El hombre natural, siempre sabio en su propia opinión, rechaza lo sobrenatural y no acepta el hecho bien comprobado de la resurrección de Cristo, tampoco que habrá una resurrección de todos los seres humanos:-los creyentes o sea hombres de fe, a la resurrección de vida, pero los incrédulos a la resurrección de condenación (véase Juan 5:28, 29).
Pablo dio fielmente su testimonio y se salió de entre ellos. Los que le dijeron: "Te oiremos... otra vez", perdieron la oportunidad: "he aquí ahora el día de salud" (2ª Cor. 6:2).
"Mas algunos creyeron." El testimonio del Dios vivo y verdadero y de su Hijo, Jesucristo resucitado de entre los muertos, fue recibido por ff de parte de un juez de la ciudad, Dionisio el del Areópago, de una mujer cuyo nombre también fue escrito en el libro de Dios, y de parte de otros. Se juntaron con Pablo. No cabe duda de que una asamblea cristiana fue formada en Atenas, pero no es mencionada en las Escrituras. La ciudad céntrica de la filosofía humana no merecía tal honra. "Porque, mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne... El que se gloría, gloríese en el Señor" (1ª Cor. 1: 26, 31).

Capítulo 18

"Pasadas estas cosas, Pablo partió de Atenas, y vino a Corinto. Y hallando a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, que hacía poco que había venido de Italia, y a Priscila su mujer, (porque Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma) se vino a ellos; y porque era de su oficio, posó con ellos, y trabajaba; porque el oficio de ellos era hacer tiendas" (vv. 1-3).
Hemos ya notado que en Atenas, el centro griego filosófico, sólo "algunos creyeron" a la Palabra de Dios, y también que la Escritura no hace mención de una asamblea formada en esa ciudad intelectualmente orgullosa.
El siervo del Señor, Pablo, la dejó y se vino a Corinto, el centro comercial de Grecia, una ciudad próspera pero moralmente depravada; "mas cuando el pecado creció, sobrepujó la gracia" (Rom. 5:20). Vamos a ver lo que el Señor hizo en Corinto por medio de Pablo.
Halló una pareja de judíos expulsados de Roma por el emperador, Claudio César (reinó A.D. 54-65). Ellos eran fabricantes de tiendas (o carpas) como él mismo. Fue su gozo alojar a Pablo, recibiendo en cambio de él las grandísimas bendiciones del evangelio de la gracia de Dios que él les comunicó.
Hay una cosa importante que notar aquí: cuando sea posible, conviene que el siervo de Cristo trabaje en algún oficio para ganar su propio pan más bien que depender de los recursos de la iglesia, u otros, para ello. Es verdad que el Señor dijo: "el obrero digno es de su alimento" (Matt. 10:10), y que San Pablo mismo escribió (más tarde) a los mismos corintios: "así también ordené el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio" (1ª Cor. 9:14). Pero debemos tomar en cuenta que esa "potestad en el evangelio" (1ª Cor. 9:18) fue otorgada a los apóstoles u otros siervos enviados por el Señor, los cuales trabajaban sin cesar, andaban de ciudad en ciudad con el mensaje bendito, pero solemne, de Dios. Vivían incómodamente: sin "oro, ni plata, ni cobre" en las "bolsas; ni alforja para el camino, ni dos ropas de vestir, ni zapatos, ni bordón" (véase Mateo 10:9, 10). Pero en el día de hoy no es justo citar las susodichas Escrituras para procurar justificar al que predica un sermón o dos cada semana, siempre en el mismo sitio y al mismo grupo de personas que ya han oído el evangelio, y vive de un pingüe sueldo, trabajando muy poco en la viña del Señor.
Pablo, aunque tenía potestad en el evangelio de no trabajar para ganar su pan cotidiano, no quiso recibir ayuda cuando le era posible hacer tiendas, para dar buen ejemplo a todos los creyentes. Esa actitud le dio mucho peso moral. Escribió a los recién convertidos en Cristo de Tesalónica: "hermanos, os acordáis de nuestro trabajo y fatiga; que trabajando de noche y de día por no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios... y que procuréis tener quietud, y hacer vuestros negocios, y obréis de vuestras manos de la manera que os hemos mandado; a fin de que andéis honestamente para con los estragos, y no necesitéis de nada.... Porque vosotros mismos sabéis de qué manera debéis imitarnos: porque no anduvimos desordenadamente entre vosotros, ni comimos el pan de ninguno de balde; antes, obrando con trabajo y fatiga de noche y de día, por no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos potestad, sino por claros en nosotros un dechado, para que nos imitaseis. Porque aún estando con vosotros, os denunciábamos esto: Que si alguno no quisiere trabajar, tampoco coma" (1ª Tes. 2:9; 4:11, 12; 2ª 3:7-10).
Por otro lado, hoy en día en muchas naciones se prohibe al extranjero trabajar por ganancia monetaria, siendo la razón que no hay suficiente trabajo para los naturales. Entonces los siervos del Señor tienen que contar con ayuda recibida del exterior de un tal país, o depender de lo que el Señor les provea dentro de él. De todas maneras, "Jehová proveerá."
En resumen, los creyentes, y los inconversos también, reconocen como fiel obrero del Señor a uno que trabaja concienzuda y diligentemente.
"Y disputaba en la sinagoga todos los sábados, y persuadía a judíos y a griegos. Y cuando Sitas y Timoteo vinieron de Macedonia, Pablo estaba constreñido por la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo. Mas contradiciendo y blasfemando ellos, les dijo, sacudiendo sus vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza; ye, limpio; desde ahora me iré a los gentiles" (vv. 4-6).
Pablo aprovechaba el día de sábado, cuando los judíos solían congregarse en la sinagoga para la lectura de porciones del Antiguo Testamento, para hablarles de Cristo, su Mesías. Algunos griegos, también, asistían porque sabían que el Dios verdadero no era un ídolo griego hecho de madera, yeso o metal. Llegados Silas y Timoteo, Pablo-fortalecido en el espíritu-testificó positivamente a los judíos que Jesús era el Cristo. Ellos-como siempre-contradijeron y blasfemaron. Pablo los dejó, diciéndoles: "desde ahora me iré a los gentiles."
"Y partiendo de allí, entró en casa de uno llamado Justo, temeroso de Dios, la casa del cual estaba junto a la sinagoga" (v. 7). Evidentemente Justo era uno de los gentiles que temían a Dios. Pablo fue convidado a su casa, y posiblemente vivía con él más bien que con Aquila y Priscila. Estando la casa junto a la sinagoga, había una gran oportunidad para hablar a cualquier individuo entre los judíos que tuviese ejercicio de corazón acerca de la verdad.
Hay un principio que observar en este versículo: conviene que los creyentes cristianos vivan cerca de su lugar de reunión, no lejos de él, para hacer fácil la asistencia a todas las reuniones, regulares o especiales. Se sabe que algunos hermanos en Cristo que se han trasladado a sitios aislados (quizás por motivo de ganar más dinero o estar con parientes) se han enfermado espiritualmente, tal como el carbón encendido que es apartado de los demás, se apaga.
"Y Crispo, el prepósito de la sinagoga, creyó al Señor con toda su casa; y muchos de los corintios oyendo creían, y eran bautizados" (v. 8).
A pesar de la actitud incrédula de los judíos, la gracia de Dios triunfó, manifestándose en la conversión del líder principal de la sinagoga, (1ª Cor. 1:14), y triunfó más y más en la conversión de muchos de los corintios depravados (1ª Cor. 6: 9-11).
"Entonces el Señor dijo de noche en visión a Pablo: No temas, sino habla, y no calles: porque Ye estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque Ye tengo mucho pueblo en esta ciudad. Y se detuvo allí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios" (vv. 9-11). ¡ Cuán bondadoso del Señor el fortalecer el corazón de su siervo, en medio de la idolatría y corrupción moral reinantes en Corinto, apareciéndole en una visión y hablándole así: "Ye estoy contigo... " "Tengo mucho pueblo en esta ciudad." "Mas cuando el pecado creció, sobrepujó la gracia" (Rom. 5:20).
"Y siendo Calión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y le llevaron al tribunal, diciendo: Que éste persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley" (vv. 12, 13).
Contra este ataque de los judíos implacables, el Señor de antemano había fortalecido a su siervo Pablo, hablándole "de noche en visión... No temas, sino habla, y no calles: porque ye estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal" (vv. 9, 10). Así que-cuando acusaron a Pablo ante la autoridad romana-el Señor de antemano también había dispuesto el corazón de Galión (comp. Prov. 21:1) de la manera siguiente: "y comenzando Pablo a abrir la boca, Galión dijo a los judíos: Si fuera algún agravio o algún crimen enorme, oh judíos, conforme a derecho ye os tolerara; mas si son cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros; porque ye no quiero ser juez de estas cosas. Y los echó del tribunal" (vv. 14-16).
El Señor-en cuyas manos están todas las cosas-no iba a permitir que Satanás estorbara Su obra en Corinto: pues tenía "mucho pueblo" en ella.
"Entonces todos los griegos tomando a Sóstenes, prepósito de la sinagoga, le herían delante del tribunal; y a Galión nada se le daba de ello" (v. 17).
"Crispo," el gobernador que anteriormente presidía la sinagoga, se había convertido (v. 8), y-por supuesto-fue echado fuera por los judíos incrédulos. "Sóstenes," que tomó su puesto, encabezó (así nos parece) el ataque contra Pablo, y I pagó caro por su odio! Sin embargo, ese castigo le obró para bien, pues i Sóstenes mismo se convirtió! Lo sabemos, porque cuando Pablo escribió más tarde su primera epístola a los corintios, le asoció consigo como "Sóstenes el hermano" (1:1). No se nos da a saber de qué manera Sóstenes fue salvado, pero nos podemos imaginar que Pablo se acercaría luego al Sóstenes herido por los griegos y le hablaría al corazón de cómo su Mesías "herido fue" por sus "rebeliones," y "molido" por sus "pecados" (Isa. 53:5).
"Mas Pablo habiéndose detenido aún allí muchos días, después se despidió de los hermanos, y navegó a Siria, y con él Priscila y Aquila, habiéndose trasquilado la cabeza en Cencreas, porque tenía voto" (v. 18).
En Corinto, Pablo "se detuvo un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios" (v. 11). Despidiéndose de ellos, le acompañaron "Priscila y Aquila," sus muy amados consiervos.
Hay otro incidente que notar aquí: Pablo-aunque era el apóstol del Señor enviado a los gentiles-no obstante tenía costumbres religiosas judaicas, pues se trasquiló la cabeza, porque tenía voto. Eso no tenía nada que ver con la doctrina y la práctica cristianas, sino que era una reliquia del judaísmo, de la cual Pablo no se había podido despojar; pero más tarde sí rechazó completamente todo lo que era del judaísmo. Se cree que fue el que escribió la epístola a los hebreos, la cual demuestra muy claramente los contrastes marcados entre "las cosas viejas" que "pasaron" y las "cosas celestiales" de la cristiandad.
Conviene, pues, que los creyentes bien establecidos en la verdad no impongan su "regla" a los recién convertidos, considerando que por muchos años aun el apóstol a los gentiles no podía zafarse de las costumbres religiosas practicadas desde la niñez. ¡ Cuánta paciencia ejerce el Señor Jesús con cada uno de nosotros!
"Y llegó a Efeso, y los dejó allí; y él entrando en la sinagoga, disputó con los judíos, los cuales le rogaban que se quedase con ellos por más tiempo; mas no accedió, sino que se despidió de ellos, diciendo: Es menester que en todo caso tenga la fiesta que viene, en Jerusalem; mas otra vez volveré a vosotros, queriendo Dios. Y partió de Efeso" (vv. 19-21).
Aproximadamente dos años antes, no había puerta abierta para el evangelio en Efeso (Asia, véase Hch. 16: 6); pero Pablo-llegado a Efeso por primera vez-encontró la puerta abierta, pero no la aprovechó, quedándose con los judíos sólo por un corto tiempo-a pesar de sus ruegos-, partiendo luego a Jerusalem (muy judío todavía) para cumplir con algún rito o celebrar alguna fiesta religiosa. Repetimos: 1 cuánta paciencia ejerce el Señor Jesús con cada uno de nosotros!
"Y habiendo arribado a Cesares subió a Jerusalem; y después de saludar a la iglesia, descendió a Antioquía. Y habiendo estado allí algún tiempo, partió, andando por orden la provincia de Galacia, y la Phrygia, confirmando a todos los discípulos" (vv. 22, 23).
No es de maravillar que el Espíritu no nos ha dado ningunos detalles acerca de su visita corta en Jerusalem (a la cual el Señor le mandó no volver, véase Hch. 22:18-21), salvo que saludó a la iglesia (la única cosa preciosa al corazón de Cristo en la ciudad religiosa). Luego volvió a su propia asamblea de Antioquía en donde se quedó con los hermanos por algún tiempo. Después inició otro viaje, volviendo a ver a los discípulos en la provincia de Galacia, y la Phrygia, esta vez no principalmente para predicar el evangelio, sino para confirmar en la fe a todos los discípulos, los cuales (a lo menos los de Galacia) le recibieron "al principio... como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús" (Gál. 4:13, 14), pero más tarde fueron inquietados por los "de la circuncisión" (Gál. 2:12). Notemos también que Pablo andaba por orden, visitando a todas las iglesias, no solamente a las que le dieran más satisfacción o menos tristeza. El no era solamente un evangelista, sino a la vez un pastor fiel y maestro hábil y diligente.
"Llegó entonces a Efeso un judío, llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este era instruido en el camino del Señor; y ferviente de espíritu, hablaba y enseñaba diligentemente las cosas que son del Señor, enseñado solamente en el bautismo de Juan" (vv. 24, 25).
Pablo, habiendo partido de Efeso (en donde tenía una puerta abierta,) con motivo de celebrar una fiesta religiosa en Jerusalem, fue sustituido por Apolos (al cual el Señor había preparado de antemano sin que Pablo lo supiera), un creyente de Alejandría, Egipto, que tenía muchas virtudes y era muy fiel al Señor según la luz que había recibido aunque no toda la verdad, pues estaba enseñado solamente en el bautismo de Juan. Pero el que anda en la luz que tiene va a recibir más luz: "si to ojo fuere simple, también todo to cuerpo será resplandeciente" (Luc. 11: 34).
"Y comenzó a hablar confiadamente en la sinagoga: al cual como oyeron Priscila y Aquila, le tomaron, y le declararon más particularmente el camino de Dios" (v. 26).
Vemos aquí cómo en la multiforme sabiduría y providencia de Dios, no sólo llegó Apolos a Efeso, sino ya habían llegado Priscila y Aquila, bien instruidos por Pablo en las verdades esencialmente cristianas, verdades que Apolos todavía ignoraba. Luego Priscila y Aquila, dándose cuenta de la ignorancia de Apolos, le tomaron aparte y le expusieron más claramente el camino de Dios, q.d., la doctrina cristiana. Aquel hombre tan dotado aceptó humildemente la instrucción de la cual precisaba mucho, de la boca de dos hacedores de tiendas (carpas):
"Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos exhortados, escribieron a los discípulos que le recibiesen [o mejor traducido: "los hermanos escribieron, exhortando a los discípulos a que le recibiesen"]; y venido él, aprovechó mucho por la gracia a los que habían creído; porque con gran vehemencia convencía públicamente a los judíos, mostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo" (vv. 27, 28).
Apolos no era como lo son muchos en el día de hoy, obreros independientes, que no hacen caso de la exhortación: "sujetados los unos a los otros en el temor de Dios" (Efe. 5:21); o de la otra sumamente importante: "revestíos de humildad" (1ª Ped. 5:5). Así que, cuando él estaba dispuesto a pasar a Acaya, llevó consigo una carta de recomendación firmada por dos o tres hermanos de los fieles en Efeso que ya le conocían bien y podían dar buen testimonio de él y de su obra. Llegado a Acaya, ayudó mucho a los que anteriormente habían oído y creído el evangelio predicado por Pablo. "Ye planté; Apolos regó: mas Dios ha dado el crecimiento" (lª Cor. 8: 6).
"La palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos" (Heb. 4:12). Con sólo ella Apolos "con gran vehemencia convencía públicamente a los judíos, mostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo."

Capítulo 19

"Y aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, andadas las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando ciertos discípulos, díjoles: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis? Y ellos le dijeron: Antes ni aun hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué pues sois bautizados? Y ellos dijeron: En el bautismo de Juan" (vv. 1-3).
En la ocasión de su primera, y corta, visita a Efeso, Pablo había prometido a los simpatizantes entre los judíos de la ciudad, que él, queriendo Dios, volvería a verlos. Mientras tanto llegó Apolos en la providencia de Dios y "enseñaba diligentemente las cosas que son del Señor, enseñado solamente en el bautismo de Juan" (cap. 18:25). Después Apolos-dejando Efeso-fue a Corinto. Cuando Pablo llegó a aquella ciudad, encontró a los discípulos a quienes-nos parece-Apolos había instruido y bautizado; pero hablando Pablo con ellos, vio que les faltaba algo y preguntándoles, descubrió que no sabían que hubiera Espíritu Santo, mucho menos le habían recibido. Entonces Pablo se dio cuenta que todavía no eran cristianos, sino solamente discípulos de Juan Bautista, esperando a un Mesías vivo y no sabiendo nada todavía acerca del Salvador muerto por los pecadores y resucitado para su justificación. Apolos no pudo enseñar lo que él mismo todavía no había comprendido.
"Y dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, es a saber, en Jesús el Cristo. Oído que hubieron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús" (vv. 4-5).
El bautismo de Juan era con miras a un Mesías que había de venir, que iba a reinar en la tierra; el bautismo cristiano es con miras a un Salvador ya venido que fue muerto y sepultado en la tierra, pero que fue resucitado y hecho por Dios "Señor y Cristo" en el cielo. Así que el bautismo cristiano se hace "en el nombre del SEÑOR JESUS," es decir, con la autoridad que EL, como JEFE, nos otorga a los ya bautizados, para hacerlo, como EL mismo nos mandó: "bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mateo 28:19), vale decir en el Nombre de la Trinidad ya revelada, lo que caracteriza a la cristiandad.
No está por demás hacer hincapié aquí sobre el hecho de que el bautismo con agua es un cambio de posición en la tierra, no en el cielo. Muchos se bautizan, profesando así ser cristianos, pero no son nacidos de Dios; por ejemplo: "Simón" el mago (Hch. 8:9-24); los "falsos apóstoles", los "falsos hermanos" (2 Cor. 11:12-15, 26; los "falsos doctores" (2 Ped. 2:1); los "anticristos" (1 Juan 2:18, 19); y "algunos hombres" que entraron "encubiertamente" (Judas 4). Todos aquellos hombres se bautizaron, pues de otra manera no hubieran podido mezclarse entre los verdaderos cristianos. Sólo "conoce el Señor a loa que son suyos" (2 Tim. 2:19).
"Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. Y eran en todos como unos doce hombres" (vv. 6, 7).
Este era el último de los cuatro grupos de creyentes que recibieron al Espíritu Santo y así fueron incorporados, "bautizados en un cuerpo" (1 Cor. 12:13): los judíos (Hch. 2:38-41); los samaritanos (Hch. 8:12, 14-17); los gentiles (Hch. 10:44-47); y los del "bautismo de Juan". Los judíos recibieron al Espíritu Santo después de bautizarse con agua; los samaritanos después de bautizarse; los gentiles antes de bautizarse; y los de nuestro capítulo 19 después de bautizarse. Los judíos lo recibieron sin la imposición de las manos de los apóstoles; también los gentiles; pero los samaritanos y los de Juan con la imposición de las manos de ellos. Siendo los judíos y los samaritanos enemigos entre sí, Dios se retardó en dar al Espíritu Santo a los samaritanos hasta que llegasen dos apóstoles de Jerusalem, Pedro y Juan, y les impusieron las manos. Y en Efeso, estando Pablo solo sin otros apóstoles consigo, nos parece que el Señor le acreditó de una manera especial, impartiendo al Espíritu Santo a los nuevos creyentes de entre los judíos con la imposición de las manos de Pablo. Esos dos eran casos especiales. Una vez formada "la iglesia, la cual es su cuerpo" (Efe. 1:23), no se menciona más en los Hechos, mucho menos en todas las 21 epístolas cristianas, que la recepción del Espíritu Santo fue dada con la imposición de las manos de los apóstoles, u otras personas cualesquiera. Es claro que fue una operación iniciativa para establecer positiva e incontrovertiblemente el testimonio cristiano. Los que pretenden hoy en día impartir al Espíritu Santo con la imposición de sus manos han sido engañados, o son "falsos apóstoles."
"Y entrando él dentro de la sinagoga, hablaba libremente por espacio de tres meses, disputando y persuadiendo del reino de Dios. Mas endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el' Camino delante de la multitud, apartándose Pablo de ellos separó a los discípulos, disputando cada día en la escuela de un cierto Tyranno. Y esto fue por espacio de dos años; de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús" (vv. 8-10).
Vemos aquí la sabiduría que el Señor dio a Pablo, pues él, después de'haber dado testimonio amplio del evangelio, viendo la oposición creciente de los maldicientes, para no estorbar la edificación de los nuevos creyentes se retiró de la sinagoga y consiguió un salón amplio para ellos en la escuela particular de un griego llamado Tyranno (no sabemos si él se convirtió). Predicaba la verdad "por espacio de dos años," y su mensaje fue tan divulgado que TODOS los que moraban en la provincia de Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús.
"Y hacía Dios singulares maravillas por manos de Pablo: de tal manera que aun se llevaban sobre los enfermos los sudarios y los pañuelos de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los malos espíritus salían de ellos" (vv. 11, 12).
Cómo ya hemos sugerido arriba, Dios invistió a Pablo, apóstol y solo en medio de los paganos,
de poderes especiales. Eso fue al principio para establecer el testimonio de Cristo con poder, pero en las epístolas cristianas no se hace mención más de tales milagros. Lo que convence a las gentes es la vida y el andar recto del cristiano.
"Y algunos de los judíos, exorcistas vagabundos, tentaron a invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: Os conjuro por Jesús, el que Pablo predica. Y había siete hijos de un tal Sceva, judío, príncipe de los sacerdotes, que hacían esto. Y respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; mas vosotros ¿quiénes sois? Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando en ellos, y enseñoreando-se de ellos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos. Y esto fue notorio á todos, así judíos como griegos, los que habitaban en Efeso: y cayó temor sobre todos ellos, y era ensalzado el nombre del Señor Jesús" (vv. 13 al 17).
Fíjense hasta dónde había caído el pueblo antiguo de Dios: ¡ siete hijos del príncipe de los sacerdotes practicando el exorcismo!, pero los inconversos no pueden invocar el nombre del Señor Jesús, pues "nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por Espíritu Santo" (1ª Cor. 12:3). El demonio en el hombre conocía a Jesús (igualmente como en los días cuando El estuvo aquí en el mundo: "Ye te conozco quién eres, el Santo de Dios"-Luc. 4:34); sabía también quién era Pablo y no pudo nada contra ese siervo del Señor. Pero una persona poseída de un demonio tiene poder sobrenatural: así, el hombre saltó encima de los siete hijos de Sceva, desnudándolos e hiriéndolos; y esto fue a todos notorio, y como resultado "era ensalzado el nombre del Señor Jesús." ¡ El diablo no había pensado en eso!
"Y muchos de los que habían creído, venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. Asimismo muchos de los que habían practicado vanas artes, trajeron los libros, y los quemaron delante de todos; y echada la cuenta del precio de ellos, hallaron ser cincuenta mil denarios. Así crecía poderosamente la palabra del Señor, y prevalecía" (vv. 18-20).
¡ Hay poder en el nombre del Señor Jesús!: santo poder. El diablo es un enemigo derrotado.
"Y acabadas estas cosas, se propuso Pablo en [su] espíritu partir a Jerusalem, después de andada Macedonia y Acaya, diciendo: Después que hubiere estado allá, me será menester ver también Roma" (v. 21).
No fue en el Espíritu de Dios que Pablo se propuso ir a Jerusalem, sino en su propio espíritu, pues el Señor le había mandado hacía muchos años no ir a Jerusalem y cuando él emprendió el viaje por última vez, el Espíritu de Dios le amonestaba repetidas veces (véase Hch. 20:23; 21:4, 11). (Algunos de los manuscritos griegos del N. T. tienen el pronombre posesivo: "su" espíritu). Pablo no se daba cuenta que su desobediencia (ocasionada por su inmenso amor para su propio pueblo judío) le haría llegar a Roma en cadenas de César, el emperador.
"Y enviando a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto, él se estuvo por algún tiempo en Asia. Entonces hubo un alboroto no pequeño acerca del Camino [el verdadero testimonio cristiano]. Porque un platero llamado Demetrio, el cual hacía de plata templecillos de Diana, daba a los artífices no poca ganancia; a los cuales, reunidos con los oficiales de semejante oficio, dijo: Varones, sabéis que de este oficio tenemos ganancia; y veis y oís que este Pablo, no solamente en Efeso, sino a muchas gentes de casi toda el Asia, ha apartado con persuación, diciendo, que no son dioses los que se hacen con las manos. Y no solamente hay peligro de que este negocio se nos vuelva en reproche, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada, y comience a ser destruida su majestad, la cual honra toda el Asia y el mundo. Oídas estas cosas, llenáronse de ira, y dieron alarido, diciendo: ¡Grande es Diana de los Efesios!"
Notemos que ellos vocearon: "Grande es Diana de los Efesios." No del Asia, mucho menos de todo el mundo, sino la diosa propiamente de ellos: enorgulleciéndose de su ídolo.
"Y la ciudad se llenó de confusión, y unánimes se arrojaron al teatro, arrebatando a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de Pablo. Y queriendo Pablo salir al pueblo, los discípulos no le dejaron. También algunos de los principales de Asia, que eran amigos, enviaron a él rogando que no se presentase en el teatro" (vv. 29-31).
Pablo, siempre presto a proclamar el testimonio del solo Dios vivo y verdadero, como lo hizo en Atenas, y motivado también tal vez por amor a sus compañeros Gayo y Aristarco arrebatados por los paganos iracundos, quería entrar al teatro, pero los discípulos no se lo permitieron. También había entre los magistrados honorarios algunos que respetaban a Pablo y eran sus amigos; ellos le aconsejaron que no se presentase en el teatro, sabiendo muy ciertamente que él se encontraría entre enemigos enfurecidos.
"Y otros gritaban otra cosa; porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían juntado. Y sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Entonces Alejandro, pedido silencio con la mano, quería dar razón al pueblo. Mas como conocieron que era judío, fue hecha una voz de todos, que gritaron casi por dos horas: ¡Grande 28 Diana de los Efesios" (vv. 32-34).
¡Pobres idólatras! Son juguetes del diablo que hasta hoy sabe dominarlos por medio de sus pasiones, concupiscencias y la opinión popular. La historia secular revela la inmoralidad depravada del templo de Diana.
"Entonces el escribano, apaciguado que hubo la gente, dijo: Varones efesios ¿y quién hay de los hombres que no sepa que la ciudad de los efesios es honradora de la grande diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter? Así que, pues esto no puede ser contradicho, conviene que os apacigüéis, y que nada hagáis temerariamente; pues habéis traído a estos hombres, sin ser sacrílegos ni blasfemadores de vuestra diosa. Que si Demetrio y los que están con él tienen negocio con alguno, audiencias se hacen, y procónsules hay; acúsense los unos a los otros. Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea se puede decidir. Porque peligro hay de que seamos argüidos de sedición por hoy, no habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso. Y habiendo dicho esto despidió la concurrencia" (vv. 3540).
Dios siempre está sobre las cosas y dispone todo conforme a su voluntad. El usó a "Gamaliel" para frustrar el intento de los sacerdotes de dar muerte a los apóstoles (véase Hechos 5:29-42). Y en Efeso usó al escribano para apaciguar la ira de los idólatras (siendo él mismo ¡ un idólatra también!), y salvar las vidas de los siervos del Señor.

Capítulo 20

"Y después que cesó el alboroto, llamando Pablo a los discípulos, habiéndoles exhortado y abrazado, se despidió y partió para ir a Macedonia. Y andado que hubo aquellas partes, y exhortándoles con abundancia de palabra, vino a Grecia" (vv. 1, 2).
Pablo había predicado el evangelio en Macedonia (véanse los capítulos 16 y 17) y varias asambleas locales fueron formadas. El volvió a visitarlas y la exhortación caracterizó su ministerio. Les aconsejó con abundancia de palabra. Nosotros los cristianos precisamos de mucha exhortación.
"Y después de haber estado allí tres meses, y habiendo de navegar a Siria, le fueron puestas asechanzas por los judíos; y así tomó consejo de volverse por Macedonia. Y le acompañaron hasta Asia Sopater bereense, y los tesalonicenses, Aristarco y Segundo; y Gayo de Derbe, y Timoteo; y de Asia, Tychico y Trófimo. Estos yendo delante, nos esperaron en Troas" (vv. 3-5).
Pablo, sabedor del propósito maligno de los implacables judíos incrédulos, decidió volver por Macedonia. Siete hermanos de tres naciones le acompañaron hasta Asia. Parece que siempre tenía compañeros ("compañeros de nuestra milicia" -Flmn. 2), creyentes valientes atraídos a él, dispuestos a luchar y compartir con él en sus sufrimientos como siervo del Señor. "Aristarco" (Col. 4:10) y "Timoteo" (Heb. 13:23) habían estado con él en la prisión.
"Y nosotros, pasados los días de los panes sin levadura, navegamos de Filipos y vinimos a ellos a Troas en cinco días, donde estuvimos siete días. Y el día primero de la semana, juntos los discípulos a partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de partir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la media noche. Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban juntos" (vv. 6-8).
¿Por qué dice que Pablo y su compañía estuvieron siete días en Troas? Nos parece que arribaron el lunes y que querían estar con los hermanos para el partimiento del pan el domingo, el día dominical. El propósito de la reunión fue para recordar al Señor en su muerte: "todas las veces que comiereis este pan, Y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga" (1ª Cor. 11: 26). Pablo aprovechó la ocasión para enseñarles la palabra de Dios, pero el propósito primordial de la reunión era partir el pan en memoria del Señor Jesús: "haced esto en memoria de Mí" (Luc. 22:19). Las "muchas lámparas"' nos hacen pensar que "Dios es luz, y en El no hay ningunas tinieblas" (1, John 1:5). Había plenitud de luz en el lugar de Su presencia.
"Y un mancebo llamado Euticho que estaba sentado en la ventana, tomado de un sueño profundo, como Pablo disputaba largamente, postrado del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue alzado muerto" (v. 9). Euticho es un tipo de la iglesia primitiva que se cansó de oir la doctrina sana de Pablo, pues antes de que él muriese "todos los [de la provincia] de Asia" le abandonaron (2ª Tim. 1:15). Cuando la Iglesia no continuó en la doctrina de Pablo (ministro a la iglesia, Col. 1:25), poco a poco se hundía en las tinieblas de opiniones de hombres, hasta que en los SIGLOS OSCUROS la verdadera iglesia quedó, al parecer, muerta.
Por supuesto, la ocasión de esta visita de Pablo en Troas fue extraordinaria, pues él hablaba -hora tras hora hasta media loche. Por lo común, las mentes de los seres humanos no pueden prestar buena atención más de una hora, dentro de la cual "dos o tres" hermanos pueden dar mensajes apropiados para "edificación, exhortación y consolación" (la Cor. 14:3, 29).
"Entonces descendió Pablo, y derribóse sobre él, y abrazándole, dijo: No os alborotéis, que su alma está en él. Después subiendo, y partiendo el pan, y gustando [otras traducciones tienen, "comiendo"], habló largamente hasta el alba, y así partió. Y llevaron al mozo vivo, y fueron consolados no poco" (vv. 10-12).
Entre las resurrecciones, la de Euticho es la octava, y la última, narrada en la Biblia. ("Ocho" es el número de la resurrección. ¿Puede el lector encontrar en su Biblia los relatos de las demás siete personas, tres en el Antiguo Testamento y cuatro en el Nuevo?)
Expositores del libro de los Hechos consideran que la expresión, "partiendo el pan, y comiendo," no se refiere a la cena del Señor, (pues si hubiera sido así, la Escritura habría dicho, "partiendo ellos el pan"); más bien que Pablo, después de haber predicado desde el atardecer hasta la media noche, tenía hambre y comió. ¡ Luego, seguía hablando hasta el alba! Con su corazón ensanchado, él comunicó muchas cosas a sus amados hermanos.
Notemos que en "el día primero de la semana," se juntaban "los discípulos a partir el pan." Se reunieron para ese propósito, no para oir una predicación de Pablo hasta la media noche, y después tomar la cena del Señor. Esta debe tener el primer lugar en los afectos de los redimidos, ¿verdad? Notemos el orden en 1ª Corintios: el capítulo 10 habla de la mesa del Señor; el capítulo 11 de la cena del Señor; después en el capítulo 12 expone los dones espirituales; en el capítulo 13 el espíritu de amor por el cual deben ser ejercitados; y, finalmente, en el capítulo 14 las instrucciones acerca del ejercicio de los dones para los fines de edificación, exhortación y consolación. ¿ Conviene postergar la cena del Señor hasta después de una predicación? ¿ Quién tiene el primer lugar, el Señor Jesús, nuestro Salvador, a quien recordamos en su muerte, o el conjunto de creyentes?
Hablando otra vez de Eutichȏ como un tipo de la Iglesia, ésta quedó en las tinieblas más o menos mil años. Casi toda luz celestial fue apagada. En los días de Lutero y de los demás Reformadores, el Señor les abrió los ojos a la gran verdad de que, delante de Dios, el hombre es "justificado por la fe," fe en el Señor Jesucristo, muerto por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación (véase Rom. 4:25; 5:1; lª Cor. 15:3, 4). Hubo un gran avivamiento del Espíritu Santo, y millares se convirtieron a Dios.
Pero no fue hasta el Siglo Diecinueve que, por decirlo así, "el abrazo del apóstol Pablo resucitó a la Iglesia." Por todas partes del mundo, los cristianos qüe leían sus Biblias tuvieron "los ojos" de su "entendimiento" (o "corazón," según otra traducción) abiertos. Descubrieron las preciosas verdades dadas a la Iglesia por el Señor Jesús mediante los escritos inspirados del apóstol Pablo, verdades sepultadas durante más de un milenio en los escombros eclesiásticos de los hombres religiosos, verdades tales como:
1. La venida del Señor para arrebatar a su amada iglesia de este mundo, "los que son de Cristo en su venida" (1ª Cor. 15: 23), y en la manera descrita en 1ª Tes. 4:16-18, una verdad que ni el reformador, Martín Lutero, conoció.
2. La verdad de la presencia del Señor Jesús en medio de aun dos o tres que son reunidos a su Nombre, no en nombre de varón célebre religioso, o de una doctrina, o de una nación (véase Mateo 18:20).
3. La verdad de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo y la Esposa de Cristo (véase 1ª Cor. cap. 12; Efesios capa. 1 y 5; Colosenses, cap. 1).
4. La verdad de la presencia del Espíritu en la Iglesia, y su facultad soberana de dirigir la adoración y el ministerio de ella (véase Cor. capa. 12 y 14).
5. La distinción enfática entre el pueblo terrenal, Israel, y lo que la Escritura (mayormente el Antiguo Testamento), enseña acerca de El; y el puebla celestial, la Iglesia y lo que el Nuevo Testamento enseña acerca de ella; también lo que tipifica la Iglesia en las figuras y tipos escondidos en el Antiguo Testamento, pero revelados en el Nuevo. Israel fue, y será, el pueblo terrenal; la Iglesia es, y será siempre, el pueblo celestial, "participantes de la vocación celestial" (Heb. 3:1).
Todas éstas, y otras verdades desconocidas durante muchos siglos, fueron recobradas. En una palabra, el "abrazo" de la doctrina del apóstol Pablo restauró vida a la Iglesia: hubo un gran movimiento por todo el mundo.
Pablo habló largamente hasta el alba. Quiera Dios que los creyentes, cada uno de nosotros, no se canse de escudriñar la doctrina de Pablo, y lo que es más importante, ponerla por obra.
"Y nosotros subiendo en el navío, navegamos
Assón, para recibir de allí a Pablo; pues así había determinado que debía él ir por tierra" (v. 13).
Entre los puertos de Troas y Assón hay una península. Pablo, en vez de rodearla en el navío, prefirió atravesarla a pie y solo, según parece. El Espíritu no hace comentario alguno sobre esto. Tal vez (pues ofrecemos sólo un pensamiento) Pablo, después de una semana de actividad intensa en Troas (véase vv. 6 al 11), sintió la urgente necesidad de comunión personal con su Señor, de oir por la ff Su voz y de hablar con El. Es imprescindible que el siervo del Señor no sea absorbido por tantísima actividades cristianas (todas buenas, por supuesto, en su lugar) que pierda contacto eficaz con su dueño, el Señor. ¿No es verdad?
"Y como se juntó con nosotros en Assón, tomándole vinimos a Mitilene. Y navegando de allí, al día siguiente llegamos delante de Chío, y al otro día tomamos puerto en Samo; y habiendo reposado en Trogilio, al día siguiente llegamos a Mileto. Porque Pablo se había propuesto pasar adelante de Efeso, por no detenerse en Asia; porque se apresuraba por hacer el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalem" (vv. 14 al 16).
Ya hemos notado que Pablo se había propuesto en SU espíritu (no en el Espíritu Santo) ir a Jerusalem (comp. Hch. 19: 21). Así vemos cómo él tenazmente seguía su propósito. En vez de hacer otra, y última, visita en Efeso, bien cerca de Mileto, leemos que él "hizo llamar a los ancianos de la iglesia [local en Efeso]. Y cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros sabéis cómo, desde el primer día que entré en Asia, he estado con vosotros por todo el tiempo, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y tentaciones que me han venido por las asechanzas de los judíos: cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaras y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a los judíos y a los gentiles arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo" (vv. 17 al 21).
En este pasaje hay varias cosas que notar:
1. Pablo no llamó a un solo anciano que lo dirigía todo en la iglesia en Efeso, no, sino una pluralidad de ancianos (Pedro también escribió a una pluralidad de ancianos-1ª Ped. 5:1 al 4). La noción que un solo hombre está puesto por Cristo, la Cabeza de la iglesia, para dirigirlo todo en una iglesia cristiana, no tiene base alguna en las epístolas cristianas de Pablo, Pedro, Santiago, Juan y Judas.
2. Pablo, por la gracia que le fue dada, pudo decirles que había servido al Señor con toda humildad, muchas lágrimas y tentaciones. Aunque la inmensa mayoría de los creyentes no pueden decir que sirven al Señor "con muchas lágrimas y tentaciones," sin embargo todos pueden servirle "con toda humildad," ¿no es cierto?
3. Pablo era fiel: no les anunciaba temas favoritos de él, o solamente cosas que les agradaran, sino todo lo que les fuese provechoso "para (a) enseñar, para (b) redargüir, para (c) corregir, para (d) instituir en justicia" (2ª Tim. 3:16).
4. Pablo no se hallaba predicando un sermón cada semana en cierto local, sino estaba pronto para enseñar (a) "públicamente y (b) por las casas." La palabra "públicamente" abarca mucho: calles, parques, playas, bosques, plazas, edificios, hospitales, cárceles, etc. Pero de igual importancia es la enseñanza cristiana dada "por las casas." En los hogares de los creyentes y aún de los simpatizantes, el siervo del Señor, si es llamado a ello, puede compenetrarse de los ejercicios espirituales de los ocupantes y luego dar la palabra oportuna. 5. Desde luego, que las predicaciones de Pablo abarcaban dos temas imprescindibles tanto para los judíos como para los gentiles: (a) "arrepentimiento para con Dios" y (b) "la fe en nuestro Señor Jesucristo." El arrepentimiento es el juzgarse a sí mismo en la presencia de Dios de acuerdo con la Palabra de Dios. El arrepentimiento, sin embargo, no salva; pero no hay salvación sin el arrepentimiento. Un fuerte nadador se burla del salvavidas; pero si de repente es atacado de calambres y hecho indefenso, grita: "¡Sálvame!" Por otra parte, la ff en el Señor Jesucristo, la única persona que nos puede salvar, es la mano (podemos decir) que agarra el salvavidas. "En ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hch. 4:12).
"Y ahora, he aquí, ligado ye en espíritu, voy a Jerusalem; sin saber lo que allá me ha de acontecer; mas que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que prisiones y tribulaciones me esperan. Mas de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios" (vv. 22 al 24).
Como ya hemos mencionado en el capitulo anterior, Pablo estaba obsesionado con la idea de ir a Jerusalem; así estaba ligado en su propio espíritu, mientras el Espíritu Santo le dio testimonio de las prisiones y tribulaciones que le esperaban en el camino que él proseguía; pero a causa de su obsesión nos parece que él se había olvidado de su gran comisión y de la advertencia que el Señor le había dado hacía muchos años: "Date prisa, y sal prestamente fuera de Jerusalem; porque no recibirán to testimonio de mí Ve, porque ye te tengo que enviar lejos a loa gentiles" (Hch. 22:18, 21). Sin embargo, el motivo de Pablo era puro: sólo quería cumplir con su ministerio y dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios; por lo tanto el Señor no le reprendió.
En principio, tal vez nosotros hemos pasado la misma experiencia. Hemos estado poseídos de otra obsesión, y creído que debiéramos hacer esto o aquello, cuando tal vez el Señor quería que quedásemos en el sitio en donde estábamos, sirviéndole humildemente allí.
"Nunca esperes el momento de una grande acción Ni que pueda lejos ir to luz;
De la vida a los pequeños actos da atención, Brilla en el sitio donde estés."
"Y ahora, he aquí, ye sé que ninguno de todos vosotros, por quien he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro. Por tanto, ye os protesto el día de hoy, que ye soy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido de anunciaron todo el consejo de Dios. Por tanto mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual ganó por su sangre" (vv. 25 al 28).
De qué manera supo Pablo que no le verían más, no lo sabemos; lo importante es que las Escrituras nos dan todo lo provechoso, pero no son escritas para satisfacer la curiosidad humana o darnos datos sin provecho.
Así que Pablo, sabiendo que iba a despedirse de los ancianos de la iglesia de Efeso por última vez en este mundo, les declaró que era limpio de la sangre de todos, porque les había anunciado fielmente todo el consejo de Dios, había descargado su responsabilidad. A su vez Pablo les exhortó así:
1. "Por tanto mirad por vosotros." El diablo los había de atacar, juntamente con el rebaño. Por lo tanto los ancianos tendrían que andar en comunión con el Señor, "con toda humildad y mansedumbre, con paciencia soportando los unos a los otros en amor; solícitos a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Efe. 4:2, 3). Primeramente viene el cuidado personal, cada uno de sí mismo, como Pablo le exhortó a Timoteo: "ten cuidado de ti mismo"; luego de la sana doctrina: ten cuidado "de la doctrina" (1ª Tim. 4:16).
2. Después viene el cuidado de "todo el rebaño, en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos." El rebaño del Señor (los creyentes) precisa siempre de buen alimento espiritual, tanto los corderitos como los mayores. Para este propósito el gran Pastor ha puesto "obispos" en Su rebaño. Desgraciadamente la palabra "obispo" (que debía haber sido traducida "sobreveedor") ha perdido su sentido correcto a causa de la corrupción eclesiástica del cristianismo, que titula "obispo" a una persona que se enseñorea no sólo de un redil, sino de muchas congregaciones, e inclusive hasta de todas en un país entero; pero la verdad sencilla de la palabra de Dios es que hay una pluralidad de "obispos" (o sean "ancianos", pues las dos palabras describen las mismas personas, véase Tito 1:5 al 9), en una iglesia local, como había en Efeso. Notemos también que la palabra dice: "el rebaño, en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos," no "el rebaño, sobre el cual... os ha puesto por obispos." No, amados hermanos, el mejor obispo es el que es más humilde, estimándose-inferior el uno a los otros (comp. Fil. 2:3).
3. "para apacentar la iglesia del Señor." Los obispos (ancianos) deben pensar bien en que el rebaño es propiedad del Señor, del gran Pastor, y empeñar abnegadamente su responsabilidad de cuidarlo y alimentarlo.
4. "la cual ganó con su sangre." Qué gran precio pagó Cristo para redimirnos!
"Soy redimido, mas sin oro;
Soy comprado sin caudal;
Mas por la sangre que dio Cristo,
De su amor prueba eternal."
"Porque ye sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces,
que no perdonarán al ganado; y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas, para llevar discípulos tras sí" (vv. 29, 30).
Pablo habló proféticamente, pues lo que predijo sucedió no sólo en Efeso, sino ha tenido su cumplimiento trágico en el seno de la Iglesia durante todos los siglos. En la época larga llamada "la edad del oscurantismo," los lobos rapaces casi destruyeron la Iglesia, esparciendo las ovejas y los corderitos del rebaño del Señor. "Lobos rapaces" se refiere a los hombres inconversos. Pero Satanás ha logrado también esparcir las ovejas de otra manera triste: se ha aprovechado de la mala conducta de líderes cristianos. Notemos Io siguiente:
1. "de vosotros mismos se levantarán hombres"; aunque no cabe duda de que eran verdaderos creyentes, sin embargo el apóstol Pablo no los llamó "hermanos," sino "hombres," porque su obra era la del enemigo; dijo también que ellos se levantarían, quiere decir, se ensalzarían más que portarse humildemente en medio del rebaño; luego hablarían no la verdad pura, sino la verdad torcida un poco (o mucho) fuera del contexto y sentido correcto; y finalmente, el motivo oculto de su actuación sería manifestado: "para llevar discípulos tras sí." I Cuántas veces esa profecía ha tenido su triste cumplimiento, siendo mil sectas el resultado! Conviene que cada uno mire por sí mismo: "ten cuidado de ti mismo."
Con respecto a éstas, leamos 1ª Cor. 11:19: "porque preciso es que haya entre vosotros aun herejías, para que los que son probados se manifiesten entre vosotros." Un "hereje" no es necesariamente un hombre que tenga doctrina falsa; es, esencialmente, un hombre voluntarioso que insiste en seguir su propia voluntad y tiene la personalidad, determinación, persuasión y energía para poder influir en otros creyentes y llevárselos tras sí. Ahora bien, los que "son probados" son los humildes del rebaño que no siguen a tales hombres.
"Por tanto, velad, acordándoos que por tres años de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno" (v. 31).
"Por tanto, velad"; y a los tesalonicenses Pablo escribió: "Orad sin cesar" (1ª Tes. 5:17). Nuestro Señor Jesús nos exhortó: "Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está presto, mas la carne enferma" (Matt. 26:41). Si no vivimos dependiendo del Señor en todo momento, estamos en peligro de caer.
¡ Cuánto amor y solicitud tuvo el apóstol Pablo para con los redimidos del Señor especialmente los que él mismo había ganado para Cristo! ¡Sus amonestaciones fieles fueron acompañadas de lágrimas! Hoy en día ¿dónde se ven las lágrimas corriendo por las mejillas de los que se llaman ministros de Cristo?
"Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia: el cual es poderoso para sobreedificar, y daros heredad con todos los santificados" (v. 32).
Pablo, el apóstol enviado por el Señor Jesús "a los gentiles" (Hch. 22:21), NO encomendó a sus hermanos cristianos a ningún sucesor, sino "a Dios, y la palabra de su gracia." Son todo suficientes: Dios, y la palabra de su gracia. Su palabra Dios nos dio por escrito en las Sagradas Escrituras, por no haber ya sucesión de apóstoles, pues ni aun el apóstol Pedro señaló un sucesor. El fue enviado por el Señor a los judíos (comp. Gál. 2:9; 1ª Ped. 1:1). Cuando él se dio cuenta que pronto tendría que dejar su tabernáculo (q.d., su cuerpo), escribió su "segunda carta" a los esparcidos entre los judíos y les exhortó a que tuviesen memoria de lo que les había enseñado fielmente (véase 29 Ped. 1:12, 15; 3:1, 2, 18); y lo que enseñaba tenemos por escrito en sus dos epístolas.
Nuestro Dios es todopoderoso (Gén. 17:1) y todosuficiente (Fil. 4:19). Por lo tanto, no tenemos ninguna necesidad de una así llamada "sucesión apostólica". La Palabra de Dios nos puede sobreedificar. Fue cumplida por los apóstoles, siendo Pablo el que recibió del Señor "por revelación" las verdades preciosísimas acerca de la Iglesia como la esposa y el cuerpo de Cristo (Efe. 3:3; Col. 1:25).
Nadie puede robarnos la heredad. Somos "herederos de Dios, y coherederos de Cristo" (Rom. 8:17). ¡ Qué maravilla de la gracia de Dios! Como exclamó Arma: "El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso ensalza del estiércol, para asentarlo con los príncipes; y hace que tengan por heredad asiento de honra" (19 Sam. 2:8).
"La plata, o el oro, o el vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos me han servido" (vv. 33, 34).
El Señor Jesús dijo: "el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; como el Hijo del hombre [Cristo mismo] no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Matt. 20:27, 28).
A la luz de esto, ¿conviene que el cristiano sincero quiera tener el "primado" (Col. 1:18).? ¡No!, más bien procuremos servir a nuestros hermanos.
La codicia es un pecado que carcome "como gangrena" el alma. Fue prohibida por el décimo mandamiento de la ley de Dios (véase Exo 20:17). Se le exhorta al cristiano en 1ª Tim. 6:6-10 de esta manera: "grande granjería es la piedad con contentamiento. Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y con qué cubrirnos, seamos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse, caen en tentación y lazo, y en muchas codicias locas y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y muerte. Porque el amor del dinero es la raíz [no la única] de todos los males; el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores."
"En todo os he enseñado que, trabajando así, es necesario sobrellevar a los enfermos [los débiles], y tener presente las palabras del Señor Jesús, el cual dijo: Más bienaventurada cosa es dar que recibir" (v. 35).
Pablo no estaba abogando para un programa de "Seguridad Social," sino que hizo hincapié sobre el deber cristiano de sobrellevar o socorrer entre la humanidad a los débiles, los que están incapacitados para ayudarse a sí mismos; no los que pueden, pero no quieren, trabajar, pues de los tales Pablo escribió: "que si alguien no quisiere trabajar, tampoco coma" (2ª Tes. 3:10).
Pablo reforzó su exhortación, citando lo dicho por el Señor Jesús mismo: "Más bienaventurada cosa es dar que recibir." Todo el que considera el bien de su prójimo ha probado que el dicho del Señor es verdad: "Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida, y rebosando darán en vuestro seno" (Lucas 6:38). No se nos dice: "en vuestra bolsa," sino en "vuestro seno." El Señor recompensa al dador alegre ahora mismo con darle gozo en su corazón; y más tarde ante el tribunal de Cristo le dará galardón cumplido.
"Y como hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró con todos ellos. Entonces hubo un gran lloro de todos; y echándose en el cuello de Pablo, le besaban, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, que no habían de ver más su rostro. Y le acompañaron al navío" (vv. 36-38).
Conviene siempre que los cristianos se despidan los unos de los otros con la oración, pero no necesariamente con "gran lloro." Notemos que los ancianos de Efeso no lloraron-mas Pablo sí-cuando éste les dijo que entre ellos mismos se levantarían hombres hablando cosas perversas, para llevar discípulos tras sí. Su debilidad espiritual se mostró, porque amaban fraternalmente más a Pablo antes que apreciar y guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Así es hasta el día de hoy: los vínculos fraternos entre hermanos son muy dulces y fuertes; y cuando uno, tal vez, se desvíe del camino de la verdad, otros están dispuestos a seguirle y a formar una división, más bien que retener "la cabeza", Cristo, (Col. 2:19) para no romper "la unidad del Espíritu" (Efe. 4:3).

Capítulo 21

"Y habiendo partido de ellos, navegamos y vinimos camino derecho a Coas, y al día siguiente a Rhodas, y de allí a Pátara" (v. 1).
"Vinimos camino derecho." I Cuán importante es que el cristiano vaya por camino derecho, no por el torcido. "Tus ojos miren lo recto, y tus párpados en derechura delante de ti. Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean ordenados. No te apartes a diestra, ni a siniestra; aparta to pie del mal" (Prov. 4:25-27).
"Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos, y partimos" (v. 2).
El Señor había enviado a Pablo a los gentiles, pero éste tomó la dirección a Jerusalem, llevando consigo a sus compañeros de milicia, a pesar de las amonestaciones del Espíritu Santo de que no fuese allí. Pero halló un barco que le llevara hacia Jerusalem. Así fue con Jonás: el Señor le había enviado al este, a Nínive; pero Jonás "halló un navío que partía para Tarsis" (Jonás 1:3), al oeste, y entró en él.
Se nota aquí un principio importante: las circunstancias favorables para nuestros propósitos no son por sí indicaciones de que estemos en afinidad con la voluntad del Señor. "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Jere. 17:9). Se refiere al corazón del religioso tanto como al del impío. El cristiano debe estar siempre dependiendo del Señor, "orando por el Espíritu Santo" (Judas 20), siendo guiado según la Palabra de Dios y la voluntad de Dios, y no según sus propias ideas e ilusiones.
"Y como avistamos a Cipro, dejándola a mano izquierda, navegamos a Siria, y vinimos a Tiro; porque el barco había de descargar allí su carga. Y nos quedamos allí siete días, hallados los discípulos, los cuales decían a Pablo, por Espíritu, que no subiese a Jerusalem. Y cumplidos aquellos días, salimos acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la ribera, oramos. Y abrazándonos los unos a lo sotros, subimos al barco, y ellos se volvieron a sus casas" (vv. 3-6).
Al pasar por Cipro, probablemente Pablo se acordó de su primer "compañero de milicia," el apóstol Bernabé, que le dejó por apreciar más la compañía de su sobrino, Juan Marcos, con quien se fue a Cipro, donde había nacido (véase Hch. 15: 36-39). Hay un refrán común que dice: "la sangre es más espesa que el agua," dando a entender que estamos muy propensos a ser influenciados en nuestro juicio espiritual por causa de los parientes.
En aquel entonces no era difícil encontrarse con los cristianos en un lugar extranjero. El mundo conocía a los seguidores de Cristo, a los cuales llamaban "cristianos" (Hch. 11:26). Su luz brillaba. No había ningunas divisiones o sectas, sino una sola iglesia cristiana que testificaba de Cristo su Señor.
¡ Qué gozo tuvo el apóstol y su compañía al encontrar discípulos en Tiro! El evangelio, sin apóstol, se había extendido hasta este puerto en Siria de los gentiles. Ellos aprovecharon bien el tiempo de la descarga del navío para tener comunión mutua con los discípulos, quienes fielmente advirtieron a Pablo a que no subiese a Jerusalem. ¡ Se multiplicaban las exhortaciones, pero él, decidido en su propósito, no las escuchó! Pero el amor de los unos por los otros no se enfrió, y al partir Pablo y sus compañeros, fueron acompañados por todos los discípulos (tal vez no muchos), sus mujeres y sus hijos. Oraron juntamente en la ribera del mar, se abrazaron y se despidieron.
"Y nosotros, cumplida la navegación, vinimos de Tiro a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día" (v. 7).
¡ Cuán rápidamente los creyentes se encontraron los unos a los otros en aquel entonces! Limitados Pablo y sus compañeros de viaje a un solo día (caso que hasta el día de hoy se presenta a veces entre los obreros del Señor), buscaron a los creyentes de Tolemaida y se quedaron con ellos.
"Y otro dia, partidos Pablo y los que con él estábamos, vinimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, el cual era uno de los siete [diáconos, Hch. 6: 5], posamos con él" (v. 8).
Felipe fue escogido por la multitud como un diácono que sirviera en los quehaceres cotidianos; pero el Señor, la cabeza de la iglesia, le había dotado como "evangelista" Efe. 4:7-11). Así que leemos en Hch. cap. 8, de cómo Felipe evangelizó a los samaritanos (vv. 5-12). Después fue enviado a dar el evangelio al etíope, eunuco (vv. 26-39). Este se fue por su camino gozoso, y Felipe, arrebatado por el Espíritu del Señor, "se halló en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea" (v. 40). Muchos años después se hallaba nuevamente, en Cesarea, y recibió a Pablo y a sus compañeros en su casa. Felipe es el único en todo el Nuevo Testamento llamado, "el evangelista." El había seguido fiel y perseverante anunciando las buenas nuevas.
"¡ Trabajad! j trabajad! pues no-en vanoˆal (Señor
Aún servía en su campo doˆhay mucha labor; Uno puede sembrar, otro ha de segar,
Val fin todos con Cristo se han de gozar."
"Y éste tenía cuatro hijas, doncellas, que profetizaban" (v. 9). No sabemos cuántos hijos tenía Felipe, pero había cuatro solteras en su familia que no solamente eran creyentes, sino también "profetizaban." Eran señoritas apartadas de "las cosas que están en el mundo" (1ª Juan 2:15). Amaban al Señor y eran muy espirituales. Tenían discernimiento espiritual y podían profetizar, es decir, sabían hablar la palabra en sazón. El testimonio paterno y espiritual de Felipe en su hogar y el de su esposa-fueron bendecidos por Dios para la salvación y la santificación de sus hijas. Pero no predicaban públicamente, sino particularmente, porque el ministerio público de la palabra de Dios no es encomendado a la mujer.
Hay otros lugares para el ministerio de la mujer y es un ministerio muy necesario, el cual el varón no puede, ni debe usurpar. Característicamente, el ministerio del varón es público, el de la mujer privado. La práctica demasiado común entre mujeres cristianas de rebelarse contra el orden divino, dio lugar al mandamiento del Señor escrito en 1ª Corintios 14:34, 35:
"Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley dice. Y si quieren aprender alguna cosa, pregunten en casa a sus maridos; porque deshonesta cosa es hablar una mujer en la congregación".
Las cuatro hijas de Felipe ni siquiera hicieron uso de la palabra para amonestar a Pablo, huésped en la casa de su padre: "y parando nosotros allí por muchos días, descendió de Judea un profeta, llamado Agabo; y venido a nosotros, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalem al varón cuyo es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles" (vv. 10, 11).
Desde Judea el mismo Dios mandó a un profeta-Agabo-para hacer saber gráfica-mente a Pablo lo que le iba a suceder en Jerusalem." "Lo cual como oímos, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalem" (v. 12). Pero toda exhortación fue en vano. "Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y afligiéndome el corazón? porque ye no sólo estoy presto a ser atado, mas aun
a morir en Jerusalem por el nombre del Señor Jesús. Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor" (vv. 13, 14).
El gran afecto que Pablo tuvo por sus "hermanos... mis parientes según la carne" (Rom. 9:3) lo llevó fuera del camino que el Señor le había señalado "Ye te tengo que enviar lejos a los gentiles" (Hch. 22: 21).
"Y después de estos días, apercibidos, subimos a Jerusalem. Y vinieron también con nosotros de Cesaren algunos de los discípulos, trayendo consigo a un Mnasón, Cyprio, discípulo antiguo, con el cual posásemos" (vv. 15, 16).
Pablo se había quedado "muchos días" en Cesarea; y el amor engendrado en los corazones de algunos de los discípulos les hizo acompañarle hasta Jerusalem, a pesar de la profecía de Agabo de que "prisiones" le esperaban.
Habían de posar con un discípulo antiguo, Mnasón, un cyprio, que tenía casa en Jerusalem. En casi toda asamblea cristiana, no importa cuán pequeña sea, hay a lo menos una familia "siguiendo la hospitalidad" (Rom. 12:13). Nadie puede estimar la bendición que resulta de ello. Nombradas en la Biblia hay muchas: las casas de Abraham y Sara, de Aquila y Priscila, de Estéfanas, de Filemón y Apphia, y otras.
(véase Gén. cap. 18; Rom. 16:3-5; 1ª Cor. 16:15; Filemón 2). Es un "trabajo de amor" (1ª Tes. 1:3). Cierta vez un siervo del Señor muy conocido, llegó a una gran ciudad capital. Se presentaron varias hermanas en Cristo, damas de alta categoría, queriendo tener al maestro muy dotado por huésped en casa; pero él les dio las gracias a todas, y preguntó: "¿Quién es el hermano que suele alojar a cualquier siervo del Señor?" Luego fue llevado a esa su casa humilde.
"Y cuando llegamos a Jerusalem, los hermanos nos recibieron de buena voluntad. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y todos los ancianos se juntaron; a los cuales, como loa hubo saludado, contó por menudo lo que Dios había hecho entre los Gentiles por su ministerio" (vv. 17-19).
En Jerusalem-igualmente como en su propia asamblea de Antioquía-Pablo relató lo que DIOS HABIA HECHO, no lo que Pablo había hecho. (comp. Hch. 14:27). El servía "al Señor con toda humildad" (Hch. 20:19). Bien hacemos en seguir su ejemplo: "Sed imitadores de mí como ye de Cristo" (1ª Cor. 11:1).
"Y ellos como lo oyeron, glorificaron a Dios, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celadores de la ley: mas fueron informados acerca de ti, que enseñas a apartarse de Moisés a todos los judíos que están entre loa gentiles, diciéndoles que no han de circuncidar a los hijos, ni andar según la costumbre. ¿Qué hay pues? La multitud se reunirá de cierto: porque oirán que has venido. Haz pues esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen voto sobre sí: tomando a éstos contigo, purifícate con ellos, y gasta con ellos, para que rasuren sus cabezas, y todos entiendan que no hay nada de lo que fueron informados acerca de ti; sino que tú también andas guardando la ley.
"Empero cuanto a los que de los gentiles han creído, nosotros hemos escrito haberse acordado que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo que fuere sacrificado a los ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación.
"Entonces Pablo tomó consigo aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, hasta ser ofrecida ofrenda por cada uno de ellos" (vv. 20-26).
El Espíritu Santo ya había advertido a Pablo repetidas veces a que no fuese a Jerusalem, por lo que fue obligado a someterse a las ceremonias y ritos judaicos (de los cuales los creyentes en el Señor Jesús en Jerusalem no se habían librado todavía por falta de entendimiento espiritual), l hasta purificarse y hasta que fuese ofrecida ofrenda (por el pecado) por él! El Espíritu no hace ningún comentario, sólo nos da, históricamente, a saber los resultados del paso que Pablo tomó en falso.
Podemos aprender una lección saludable de todo eso: si desobedecemos en un punto la guía del Espíritu Santo que mora en nosotros los hijos de Dios, perdemos luego su dirección de todo y nos encontramos como un barco sin timón a no ser que la gracia de Dios intervenga.
¿Cómo era posible que Pablo, purificado con la fe su corazón, perdonado ya todos sus pecados, y una vez firme en la libertad con que Cristo nos hizo libres, volviese otra vez a las ordenanzas de la ley mosaica? Hay que tomar en cuenta que él era completamente hebreo y que sólo el gran amor para con su pueblo según la carne le hizo errar.
"Y cuando estaban para acabarse los siete días, unos judíos de Asia, como le vieron en el templo, alborotaron todo el pueblo y le echaron mano, dando voces: Varones Israelitas, ayudad: Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, y la ley, y este lugar; y además de esto ha metido gentiles en el templo, y ha contaminado este lugar santo. Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, efesio, al cual pensaban que Pablo había metido en el templo. Así que, toda la ciudad se alborotó, y agolpóse el pueblo; y tomando a Pablo, hiciéronle salir fuera del templo, y luego las puertas fueron cerradas" (vv. 27-30).
Pablo, el apóstol de la vocación celestial, dejó a su compañero cristiano Trófimo en la ciudad, y se hizo otra vez participante de la vocación terrenal, entrando en el templo ya abandonado por su Señor. De allí fue sacado a la fuerza, y LUEGO LAS PUERTAS FUERON CERRADAS. No volvió nunca a entrar en el templo judaico.
¿Le amaba menos el Señor Jesús? De ninguna manera! Es el motivo que da valor al acto. El Señor conocía el corazón de Pablo y su extraordinario amor para el mismo pueblo de Israel que el Señor desde siglos antes había amado y había procurado ganar, pero en vano. "Me volvieron la cerviz, y no el rostro" (Jere. 2: 27).
"Y procurando ellos matarle [a Pablo], fue dado aviso al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalem estaba alborotada; el cual tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos. Y ellos como vieron al tribuno y a los soldados, cesaron de herir a Pablo" (vv. 31, 32).
No sabemos quién fue el mensajero que llevó el aviso oportuno al tribuno, pero entendemos que fue enviado por el Señor, el cual le perdonó a Pablo la vida cuando él comenzó a sufrir las consecuencias de no haber escuchado las numerosas amonestaciones del Espíritu Santo de que no fuese a Jerusalem. Cuán misericordioso es el Señor! ¿No lo hemos probado, cada uno de nosotros, sus redimidos?
"Entonces llegando el tribuno, le prendió, y le mandó atar con dos cadenas; y preguntó quién era, y qué había hecho. Y entre la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, le mandó llevar a la fortaleza. Y como llegó a las gradas, aconteció que fue llevado de los soldados a causa de la violencia del pueblo; porque multitud de pueblo venía detrás, gritando: Mátale." (vv. 33-36).
Esos judíos eran de la misma generación de gente que clamaban a Pilato: "¡Crucifícale! ¡crucifícale!" insistiendo a que matase a su Mesías, Jesucristo.
"Y como comenzaron a meter a Pablo en la fortaleza, dice al tribuno: ¿Me será lícito hablarte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel egipcio que levantaste una sedición antes de estos días, y sacaste al desierto cuatro mil salteadores?
"Entonces dijo Pablo: Ye de cierto soy hombre judío, ciudadano de Tarso, ciudad no oscura de Cilicia; empero ruégote que me permitas que hable al pueblo. Y como él se lo permitió, Pablo, estando en pie en las gradas, hizo serial con la mano al pueblo. Y hecho grande silencio, habló en lengua hebrea, diciendo: Varones hermanos y padres, oíd la razón que ahora os doy. (Y como oyeron que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio)" (cap. 21:37-40 y 22:1, 2).
Pablo, al contestar al tribuno, le hizo saber que él era ciudadano de Tarso, ciudad libre reconocida por el gobierno romano, cuyos habitantes en su mayoría eran ciudadanos romanos por nacimiento. Luego le rogó que se le permitiera hablar al pueblo, queriendo Pablo aprovechar cualquier oportunidad para hablarles de su Mesías y Salvador, Jesucristo. El tribuno, sin duda muy impresionado por el dicho de Pablo, le dio permiso y Pablo se dirigió a ellos en su propia lengua hebrea, por lo que guardaron más silencio.

Capítulo 22

"Ye de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, mas criado en esta ciudad a loa piel de Gamaliel, enseñado conforme a la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois hoy. Que he perseguido este camino hasta la muerte, prendiendo y entre.; gando en cárceles hombres y mujeres, como también el príncipe de los sacerdotes me es testigo, y todos los ancianos; de loa cuales también tomando letras a loa hermanos, iba a Damasco para traer presos a Jerusalem aun a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados" (vv. 3-5).
Pablo les dio a saber quién era, y contaba un resumen de cómo un hombre religioso perseguía "este camino", quiere decir, "el evangelio de Dios"... acerca de su Hijo... el Señor Jesucristo" (Rom. 1:1-4). Tan grande fue su celo, que perseguía a los discípulos del Señor "hasta la muerte," ora fuesen hombres, ora fuesen mujeres. No le bastó hacerlo en Judea, sino iba a Damasco, de Siria, para llevarles de allí presos a Jerusalem.
"Mas aconteció que yendo ye, y llegando cerca de Damasco, como a medio día, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí en el suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, ¿por qué me persigues? Ye entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Ye soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues. Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; mas no oyeron la voz del que hablaba conmigo. Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí te será dicho todo lo que te está señalado hacer. Y como ye no viese por causa de la claridad de la luz, llevado de la mano por loa que estaban conmigo, vine a Damasco" (vv. 6-11).
¡ He aquí el encuentro del fanático religioso cuyo corazón estaba lleno de homicidio, y del misericordioso Salvador cuyo corazón estaba lleno de amor! Jesús no reprochó lo malo de Saulo de Tarso, sino que lo venció con el bien en sí mismo. ¡ Precioso Salvador! y hasta el Siglo XX tú sigues haciéndolo igual con nosotros, los pecadores empedernidos.
"Entonces un Ananías, varón pío conforme a la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban, viniendo a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y ye en aquella hora le miré. Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha predestinado para que conocieses su voluntad, y vieses a aquel Justo, y oyeses la voz de su boca. Porque has de ser testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora pues, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautizate, y lava tus pecados, invocando su nombre" (vv. 12-16).
Pablo, contando a los judíos iracundos la historia de su conversión milagrosa mediante la aparición del Señor Jesús, hizo mención de Ananías, un varón pío de buen testimonio entre todos los judíos en Damasco, y les dijo cómo Ananías le había confirmado la comisión divina de evangelizar "a todos los hombres" que le fue dada por Cristo mismo (comp. Hch. 26:15-18).
Pablo agregó también cómo Ananías le había exhortado: "¿Por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre." Ahora bien, consideremos esa circunstancia. No tenemos en ella una fórmula universal de bautismo cristiano, sino un caso excepcional. Saulo de Tarso era públicamente conocido como enemigo implacable de Cristo, y perseguidor feroz del pueblo cristiano. Entonces era necesario que su arrepentimiento y cambio de posición y de actitud en este mundo, fuesen declarados. ¿Cómo se llevaría a cabo efectivamente eso? En el caso de Saulo de Tarso, por el bautismo con agua: él se lavó de sus pecados delante de los hombres (no ante Dios, pues ya habían sido perdonados todos sus pecados cuando el Señor se le apareció). El acto de bautizarse, y de confesar así públicamente el nombre de Jesucristo, era una renuncia terminante de su carrera de oposición tenaz y violenta contra Cristo y su pueblo. De esa manera decisiva, él se lavó de sus pecados.
El bautismo en agua jamás lavó, o lava, a persona alguna de la impureza de sus pecados delante de Dios. ¡Jamás! "Sin derramamiento de sangre no se hace remisión" (Heb. 9:22). Somos "rescatados... con la sangre preciosa de Cristo" (1ª Ped. 1:18, 19), no con agua. "La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1ª Juan 1:17), no de unos cuantos, sino de todos.
"¿Qué me puede dar perdón?
¡Sólo de Jesús la sangre!
¿Y un nuevo corazón?
¡Sólo de Jesús la sangre!"
"Y me aconteció, vuelto a Jerusalem, que orando en el templo, fui arrebatado fuera de mí, y le vi que me decía: Date prisa, y sal prestamente fuera de Jerusalem; porque no recibirán to testimonio de mí. Y ye dije: Señor, ellos saben que ye encerraba en cárcel, y hería por las sinagogas a loa que creían en Ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban to testigo, ye también estaba presente, y consentía a su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban" (vv. 17-20).
Pablo tenía aún vivo en su memoria de lo que había hecho en su celo religioso, de cuantos cristianos había encarcelado y consentido a su muerte, inclusive la de Esteban (léase Hch. 7:51-60). Se había arrepentido profundamente de todo eso. Ahora se acordó de que-siendo arrebatado fuera de sí-el Señor Jesús le mandó salir de Jerusalem, por cuanto los judíos no recibirían su testimonio de El. Entonces ¿ por qué estaba Pablo otra vez en el templo en Jerusalem? Porque no había obedecido las amonestaciones del Espíritu Santo.
"Y me dijo [el Señor]: Ve, porque ye te tengo que enviar lejos a los gentiles. Y le oyeron hasta esta palabra: entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a un tal hombre, porque no conviene que viva" (vv. 21-22).
Los judíos orgullosos y celosos de su religión no podían soportar el hecho de que su Dios también fuese anunciado como el Dios Salvador de los gentiles. "No agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres; prohibiéndonos hablar a los gentiles, a fin de que se salven, para henchir la medida de sus pecados siempre: pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo" (1ª Tes. 2:15, 16).
"Y dando ellos voces, y arrojando sus ropas y echando polvo al aire, mandó el tribuno que le llevasen a la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él. Y como le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un hombre romano sin ser condenado? Y como el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? porque este hombre es romano. Y viniendo el tribuno, le dijo: Dime, ¿eres tú romano? Y él dijo: Sí. Y respondió el tribuno: Ye con grande suma alcancé esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero ye lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le habían de atormentar; y aun el tribuno también tuvo temor, entendido que era romano, por haberle atado" (vv. 23-29).
Con la crueldad característica de un militar, el tribuno mandó examinar a Pablo con latigazos, pero éste aprovechó su ciudadanía romana para preguntar al centurión si ese proceder era lícito, siendo Pablo romano. Llegando luego el tribuno, interrogó a Pablo y descubrió que éste era de mayor dignidad que el soldado, por ser romano de nacimiento, mientras el soldado, tal vez un mercenario al principio, había pagado gran precio para alcanzar la ciudadanía. Se dice que Tarso, donde Pablo nació, era una ciudad que había ayudado a los romanos en sus guerras de conquista. Entonces el emperador otorgó ciudadanía romana a todas las familias de Tarso de Cilicia, una provincia lejos de Italia.
¡ Qué bueno es saber que nuestro Dios lo sabe todo y lo aprovecha para cumplir con sus propósitos! Fue por "edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada" (Luc. 2:1), y ese edicto hizo que José y María fuesen a Bethlehem, porque la Escritura había dicho proféticamente que Cristo nacería en Bethlehem (léase Miqueas 5: 2; Matt. 2:4-6). Y el edicto del emperador romano hizo que Pablo naciese ciudadano romano, una circunstancia de la cual el Señor se aprovechó en beneficio de su fiel siervo, Pablo.

Capítulo 23

"Y al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por qué era acusado de los judíos, le soltó de las prisiones, y mandó venir a los príncipes de los sacerdotes, y a todo su concilio; y sacando a Pablo, le presentó delante de ellos. Entonces Pablo, poniendo los ojos en el concilio, dice: Varones hermanos, ye con toda buena conciencia he conversado delante de Dios hasta el día de hoy. El príncipe de los sacerdotes, Ananías, mandó entonces a los que estaban delante de él, que le hiriesen en la boca. Entonces Pablo le dijo: Herirte ha Dios, pared blanqueada: ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir? Y loa que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios maldices? Y Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: Al príncipe de to pueblo no maldecirás" (22:30 al 23:5).
Al principio del servicio de Pablo como apóstol, está escrito que estaba "lleno del Espíritu Santo" (Hch. 13:9); pero ahora ¡ pobre de Pablo! Ante el concilio de los judíos él empieza a testificar, no de Cristo, sino de sí mismo. Luego maldijo al sumo sacerdote, diciéndole: "Herirte ha Dios, pared blanqueada." Después, reprendido, tuvo que confesar: "no sabía, hermanos."
Todo eso fue el resultado de no haber escuchado las amonestaciones del Espíritu Santo a que no fuese a Jerusalem (léase Hch. 21:11-14). El Señor Jesús nunca tuvo que confesar: "No lo sabía."
"Entonces Pablo, sabiendo que la una parte era de saduceos, y la otra de fariseos, clamó en el concilio: Varones hermanos, ye soy fariseo, hijo de fariseo: de la esperanza y de la resurrección de loa muertos soy ye juzgado" (v. 6). Un paso errado conduce a otro: Pablo, en vez de declarar la verdad conforme a la doctrina celestial que le fue dada por revelación-que ya no era judío sino cristiano-se declaró "fariseo, hijo de fariseo." Nos parece que eso fue con motivo de salvarse de la situación, pues él mismo escribió posteriormente: "No hay griego ni judío... mas Cristo es el todo, y en todos" (Col. 3:11).
"Y como hubo dicho esto, fue hecha disensión entre los fariseos y loa saduceos; y la multitud fue dividida. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, fi espíritu; más loa fariseos confiesan ambas cosas. Y levantóse un gran clamor: y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían diciendo: "Ningún mal hallamos en este hombre; que si espíritu le ha hablado, o ángel, no resistamos a Dios. Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado de ellos mandó venir soldados, y arrebatarle de en medio de ellos, y llevarle a la fortaleza" (vv. 7-10).
Tenemos todavía en el cristianismo a los "saduceos," es decir, los modernistas que no creen que Cristo resucitó de los muertos; y los "fariseos," los ortodoxos (sean católicos o protestantes) que aceptan que "hay resurrección... ángel... pero, confiados en su propia justicia, no se arrepienten de sus pecados ni aceptan al Señor Jesucristo como su Salvador (comp. Luc. 18:9-14).
La confesión de fe de un verdadero cristiano debe ser ésta: "Pertenezco a Cristo. El murió por mí, un pecador perdido, y resucitó para mi justificación. El es mi todo, 'el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mi' " (Gál. 2:20); más bien que ampararse con un título, o denominación, diciendo: "soy católico," o "soy protestante," o "soy judío." Otra vez Pablo fue llevado a la fortaleza, preso bajo el poder del imperio romano. En la segunda noche que él se hallaba en cadenas, el gran amor de su Salvador cariñoso le fue manifestado, después de que él había fracasado en su testimonio: "y la noche siguiente, presentándosele el Señor, le dijo: Confía, Pablo; que como has testificado de mí en Jerusalem, así es menester testifiques también en Roma" (v. 11). ¡ Cuán bondadoso es el Señor, aparecerse a Pablo en ese momento y darle un mensaje tan alentador! ¡ Cuán conmovedor al corazón de éste cuando su ánimo estaba decaído! ¡ Y cuán consolador para nosotros-creyentes del siglo XX-, reconocer que el mismo Señor de Pablo es nuestro Señor también, y sabe hacernos sentir el calor de su grande amor aun cuando nosotros mismos hayamos fracasado, posiblemente en más alto grado que Pablo!
"Y venido el día, algunos de los judíos se juntaron, e hicieron voto bajo maldición, diciendo que ni comerían ni beberían hasta que hubiesen muerto a Pablo. Y eran más de cuarenta loa que habían hecho esta conjuración; loa cuales se fueron a los príncipes de loa sacerdotes y a loa ancianos, y dijeron: Nosotros hemos hecho voto debajo de maldición, que no hemos de gustar nada hasta que hayamos muerto a Pablo. Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le saque mañana a vosotros como que queréis entender de él alguna cosa más cierta; y nosotros, antes que él llegue, estaremos aparejados para matarle" (vv. 12-15). Aquí podemos aplicar el refrán común: "El hombre propone, mas Dios dispone."
"Entonces un hijo de la hermana de Pablo, oyendo las asechanzas, fue, y entró en la fortaleza, y dio aviso a Pablo" (v. 16).
"No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo, contra Jehová" (Prov. 21:30). El Señor constriñó a "Gamaliel" que diese su consejo para salvar las vidas de los apóstoles (véase Hch. 5:29-42). En otra ocasión, para salvar a Pablo y sus compañeros, lo mismo con el "escribano" de la ciudad de Efeso (véase Hch. 19:28-40). Ahora utiliza al sobrino de Pablo, que había oído del complot para matar a su tío. Veremos lo que sucedió. "Y Pablo, llamando a uno de los centuriones, dice: Lleva a este mancebo al tribuno, porque tiene cierto aviso que darle. El entonces tomándole, le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo, llamándome, me rogó que trajese a ti este mancebo, que tiene algo que hablarte. Y el tribuno, tomándole de la mano y retirándose aparte, le preguntó: ¿Qué es lo que tienes que decirme? Y él dijo: Los judíos han concertado rogarte que mañana saques a Pablo al concilio, como que han de inquirir de él alguna cosa más cierta. Mas tú no les creas; porque más de cuarenta de ellos le acechan, los cuales han hecho voto debajo de maldición, de no comer ni beber hasta que le hayan muerto; y ahora están apercibidos esperando to promesa" (vv. 17-21).
"Y llamados dos centuriones, (el tribuno) mandó que apercibiesen, para la hora tercia de la noche doscientos soldados, que fuesen hasta Cesarea, y setenta de a caballo, y doscientos lanceros; y que aparejasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Fa: el Presidente" (vv. 23, 24).
El tribuno-sabiendo que Pablo era ciudadano romano y que su vida estaba en peligro-tomó toda precaución para. que no fuese asesinado por los 40 judíos (véase v. 21). Le mandó al gobernador de la provincia, Félix, tratándole muy humanitariamente. "Y escribió una carta en estos términos:
"Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, aprehendido de los judíos, y que iban ellos a matar, libré ye acudiendo con la tropa, habiendo entendido que era romano. Y queriendo saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos; y hallé que le acusaban de cuestiones de la ley de ellos, y que ningún crimen tenía digno de muerte o de prisión. Mas siéndome dado aviso de asechanzas que le habían aparejado los judíos, luego al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tienen contra él. Pásalo bien" (vv. 25-30).
Claudio Lisias escribió una mentira al gobernador Félix: dijo: "a este hombre... libré ye acudiendo con la tropa, habiendo entendido que era romano". La verdad fue que el tribuno le había preguntado a Pablo: "¿No eres tú aquel egipcio...?" (cap. 21:38). Mas para llenarse de mérito ante Félix le escribió la mentira, "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Jere. 17: 9).
"Y los soldados, tomando a Pablo como les era mandado, lleváronle de noche a Antipatris. Y al día siguiente, dejando a los de a caballo que fuesen con él, se volvieron a la fortaleza. Y como llegaron a Cesarea, y dieron la carta al gobernador, presentaron también a Pablo delante de él. Y el gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia otra; y entendiendo que de Cilicia, te oiré, dijo, cuando vinieren tus acusadores. Y mandó que le guardasen en el pretorio de Herodes." (vv. 31-35).
Así Pablo empezó el largo viaje que iba a terminar en Roma. Pronto comparecería ante "reyes," conforme a la profecía dada a Ananías, el discípulo en Damasco (cap. 9:15).

Capítulo 24

"Y cinco días después descendió el sumo sacerdote Ananías, con algunos de loa ancianos, y un cierto Tértulo, orador; y parecieron delante del gobernador contra Pablo. Y citado que fué, Tértulo comenzó a acusar, diciendo: Como por causa tuya vivamos en grande paz, y muchas cosas sean bien gobernadas en el pueblo por to prudencia, siempre y en todo lugar lo recibimos con todo nacimiento de gracias, oh excelentísimo Félix" (cap. 24:1-3).
Tértulo, si era judío, habló mentira también, pues los judíos odiaban a los romanos, sus opresores. Tal vez era un abogado romano contratado por el Sanhedrín. Usó de lisonja.
"Empero por no molestarte más largamente, ruégote que nos oigas brevemente conforme a to equidad. Porque hemos hallado que coste hombre es pestilencial, y levantador de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y príncipe de la secta de los nazarenos; el cual también tentó a violar el templo; y prendiéndole, le quisimos juzgar conforme a nuestra ley; mas interviniendo el tribuno Lisias, con grande violencia le quitó de nuestras manos, mandándole a sus acusadores que viniesen a ti; del cual tú mismo juzgando, podrán entender todas estas cosas de que le acusamos. Y contendían también los judíos, diciendo ser así estas cosas" (vv. 4-9).
Este discurso de Tértulo estaba lleno de falsedades y acabó con una queja injusta dirigida a Félix, el gobernador, contra su siervo, el tribuno Lisias ("No acuses al siervo ante su señor"-Prov. 30:10). Luego Félix cortó el habla a Tértulo, al sumo sacerdote Ananías, y a los demás judíos, e hizo señal a Pablo que hablase:
"Entonces Pablo, haciéndole el gobernador señal que hablase, respondió: Porque sé que muchos años ha eres gobernador de esta nación, con buen ánimo satisfaré por mí" (v. 10). Pablo reconoció a Félix en su posición, pero no hizo uso de la lisonja. "Porque tú puedes entender que no hace más de doce días, que subí a adorar a Jerusalem; y ni me hallaron en el templo disputando con ninguno, ni haciendo concurso de multitud, ni en sinagogas, ni en la ciudad; ni te pueden probar las cosas de que ahora me asusan.
"Esto empero te confieso, que conforme a aquel Camino, que llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas; teniendo esperanza en Dios que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos, la cual también ellos esperan." (vv. 11-15).
"Aquel Camino" se refiere al testimonio de nuestro Señor Jesucristo establecido ya en el mundo. Está escrito siete veces en los Hechos, aunque no sea traducido con las mismas palabras españolas. Léanse los siguientes pasajes: 41.., para que si hallase algunos hombres o mujeres de esta secta" ("de este camino", literalmente, Hch. 9:2); "le declararon más particularmente el camino de Dios" (Hch. 18:26); "mas endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino" (Hch. 19:9); "hubo un alboroto no pequeño acerca del Camino" (Hch. 19:23); "que he perseguido este camino" (Hch. 22:4); y en nuestro capítulo 24, los versículos 14 y 22 ("esta secta").
Por supuesto los judíos con sus acusaciones falsas no podían hacer uso de las Sagradas Escrituras; pero Pablo se apoyaba en la Palabra de Dios: "creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas" Dio a saber que tenía "esperanza en Dios"-una esperanza que los mismos fariseos profesaban tener-de que los muertos resucitarían, "así justos como injustos.:"
El anuncio de la resurrección toca la conciencia. "Y por esto, procuro ye tener siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres" (v. 16). Los que no procuran mantener "la fe y buena conciencia" hacen "naufragio en la fe" (1ª Tim. 1:19). Los que vuelven atrás, "escuchando a espíritus de error y a doctrinas de demonios... hablarán mentira, teniendo cauterizada la conciencia" (1ª Tim. 4:1, 2). A los incrédulos "nada es limpio; antes su alma y conciencia están contaminadas" (Tito 1:15). ¡Cuán importante es siempre procurar mantener "buena conciencia" sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres!
"Mas pasados muchos años, vine a hacer limosnas a mi nación, y ofrendas, cuando me hallaron purificado en el templo (no con multitud ni con alboroto) unos judíos de Asia; los cuales debieron comparecer delante de ti, y acusarme, si contra mí tenían algo. O digan estos mismos si hallaron en mí alguna cosa mal hecha, cuando ye estuve en el concilio, si no sea que, estando entre ellos prorrumpí en alta voz: Acerca de la resurrección de los muertos soy hoy juzgado de vosotros" (vv. 17-21).
Delante del gobernador romano, Félix, Pablo habiendo ya afirmado su esperanza en Dios de que había de haber "resurrección de los muertos, así de justos como de injustos", y que procuraba "tener siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres", terminó su defensa con el párrafo que acabamos de leer.
"Entonces Félix, oídas estas cosas, estando bien informado de esta secta I literalmente. "de este camino"], les puso dilación, diciendo: Cuando descendiere el tribuno Lisias acabaré de conocer de vuestro negocio. Y mandó al centurión que Pablo fuese guardado, y aliviado de las prisiones; y que no vedase a ninguno de sus familiares servirle, o venir a él" (vv. 22, 23).
Félix, un político sabio, puso fin a la entrevista, pues no ignoraba el testimonio de los cristianos, "el camino", que es Cristo mismo (véase Juan 14: 6), y sabía también, conforme a la carta escrita por el tribuno Lisias que Pablo no era culpable. Y ¿cuándo descendió el tribuno?; Nunca, porque Félix no le llamó! Pablo, no obstante estar preso, obtuvo cierta libertad y el privilegio de ser atendido por sus familiares. Así el Señor movió el corazón del gobernador que usara de misericordia con Pablo, "Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová: a todo lo que quiere lo inclina" (Prov. 21:1).
"Y algunos días después, viniendo Félix con Drusila, su mujer, la cual era judía, llamó a Pablo, y oyó de él la fe que es en Jesucristo. Y disertando él de la justicia, y de la continencia, y del juicio venidero, espantado Félix, respondió: Ahora vete; mas en teniendo oportunidad te llamaré: esperando también con esto, que de parte de Pablo le serían dados dineros, porque [para que] le soltase; por lo cual, haciéndole venir muchas veces, hablaba con él" (vv. 24-26).
El Señor Jesús, profetizando de la venida del Espíritu Santo, dijo: "Cuando él viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio" (John 16:8). Así Pablo, dirigido por el Espíritu Santo, tocó la conciencia de Félix. ¡Fíjense, un prisionero de Roma, pero siervo del Señor, dirigiéndose así al gobernador! ¡Qué triste!, parece que ni Félix, ni su esposa judía, se arrepintieron; por el contrario la codicia dominó al gobernador.
"Mas al cabo de dos años recibió Félix por sucesor a Porcio Festo: y queriendo Félix ganar la gracia de los judíos, dejó preso a Pablo" (v. 27). Vivía en yugo matrimonial con su mujer judía y a la vez tenía que mantener amistad con los turbulentos judíos a los cuales gobernaba. Por causa de todo ello, "dejó preso a Pablo".

Capítulo 25

"Fasto pues, entrado en la provincia, tres días después subió de Cesarea a Jerusalem. Y vinieron a él los príncipes de los sacerdotes y los principales de los judíos contra Pablo; y le rogaron, pidiendo gracia contra él, que le hiciese traer a Jerusalem, poniendo ellos asechanzas para matarle en el camino" (vv. 1-3).
Sin "arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo", el hombre religioso es una fiera. Los corazones de los judíos rebosaban de homicidio y engaño.
"Mas Festo respondió, que Pablo estaba guardado en Cesarea, y que él mismo partiría presto. Los que de vosotros pueden, dijo, desciendan juntamente; y si hay algún crimen en este varón, acúsenle. Y deteniéndose entre ellos no más de ocho o diez días, venido a Cesarea, el siguiente día se sentó en el tribunal, y mandó que Pablo fuese traído. El cual venido, le rodearon loa judíos que habían venido de Jerusalem, poniendo contra Pablo muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar" (vv. 4-7).
Los judíos además de abrigar homicidio en sus corazones, tenían labios mentirosos.
"Alegando él [Pablo] por su parte: Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he pecado en nada. Mas Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondiendo a Pablo, dijo: ¿Quieres subir a Jerusalem, y allá ser juzgado de estas cosas delante de mí? Y Pablo dijo: Ante el tribunal de César estoy, donde conviene que sea juzgado. A loa judíos no he hecho injuria ninguna, como tú sabes muy bien. Porque si alguna injuria, o cosa alguna digna de muerte he hecho, no rehuso morir; mas si nada hay de las cosas de que éstos me acusan, nadie puede darme a ellos. A César apelo. Entonces Festo, habiendo hablado con el consejo, respondió: ¿A César has apelado? a César irás" (vv. 8-12).
Porcio Festo era del mismo carácter que Félix, un político sin conciencia más pronto a sacrificar al inocente que perjudicar sus relaciones con los judíos, sus súbditos. Pablo le dijo francamente que él mismo, Festo sabía muy bien que él no había hecho ninguna injuria. Finalmente, conforme a su derecho, siendo ciudadano romano de nacimiento, apeló al mismo emperador, César; y Festo aceptó.
¡ Cuán grande el contraste entre el siervo humilde del Señor Jesús, y los hombres de alta categoría de este mundo "puesto en maldad" (1ª John 5:19)!
"Y pasados algunos días, el rey Agripa y Bernice vinieron a Cesare& a saludar a Festo. Y como estuvieron allí muchos días, Festo declaró la causa de Pablo al rey, diciendo: Un hombre ha sido dejado preso por Félix, sobre el cual, cuando fui a Jerusalem, vinieron a mí los príncipes de los sacerdotes y los ancianos de los Judíos, pidiendo condenación contra él; a loa cuales respondí, no ser costumbre de los romanos dar alguno a la muerte antes que el que es acusado tenga presente sus acusadores, y haya lugar de defenderse de la acusación. Así que, habiendo venido ellos juntos acá, sin ninguna dilación, al día siguiente, sentado en el tribunal, mandé traer al hombre; y estando presentes los acusadores, ningún cargo produjeron de loa que ye sospechaba; solamente tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su superstición, y de un cierto Jesús, difunto, el cual Pablo afirmaba que estaba vivo. Y ye, dudando en cuestión semejante, dije, si quería ir a Jerusalem, y allá ser juzgado de estas cosas. Mas apelando a ser guardado al conocimiento de Augusto, mandé que le guardasen hasta que le enviara a César" (vv. 13-21).
Cuando el Señor Jesús informó a Ananías acerca de Saulo de Tarso, le dijo: "instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel" (Hch. 9: 15). La palabra profética del Señor va a cumplirse: Pablo va a testificar de Cristo ante el rey Agripa:
"Entonces Agripa dijo a Festo: Ye también quisiera oir a ese hombre. Y él dijo: Mañana le oirás. Y al otro día, viniendo Agripa y Bernice con mucho aparato, y entrando en la audiencia con los tribunos y principales hombres de la ciudad, por mandato de Festo, fue traído Pablo. Entonces Festo dijo: Rey Agripa, y todos los varones que estáis aquí juntos con nosotros: veis a éste, por el cual toda la multitud de los judíos me ha demandado en Jerusalem y aquí, dando voces que no conviene que viva más; mas ye, hallando que ninguna cosa digna de muerte ha hecho, y él mismo apelando a Augusto, he determinado enviarle; del cual no tengo cosa cierta que escriba al señor; por lo que le he sacado a vosotros, y mayormente a ti, oh rey Agripa, para que hecha información, tenga ye qué escribir. Porque fuera de razón me parece enviar un preso, y no informar de las causas" (vv. 22-27).
Festo, tal como Lisias, el tribuno, (comp. Hch. 21:37,38 con 23:27) no dijo la pura verdad. El no hizo saber al rey Agripa que la única razón por qué Pablo apeló a César fue que él, Festo, "queriendo congraciarse con los judíos, respondiendo a Pablo, dijo: ¿Quieres subir a Jerusalem...?" (Hch. 25:9). Ahora dijo al rey Agripa:"ninguna cosa digna de muerte ha hecho." ¿ Por qué, entonces, no le había soltado? ¡ Hipócrita! Pero la mano del Señor estaba en todo ello, porque quiso que Pablo testificara ante el emperador mismo, para mayor difusión del "evangelio de Dios... acerca de su Hijo... (el cual fue declarado Hijo de Dios con potencia, según el espíritu de santidad, por la resurrección de los muertos) de Jesucristo, Señor nuestro" (Rom. 1:1-4).
Pues ¿qué sucedío en Roma? "...las cosas que me han sucedido, han redundado más en provecho del evangelio;... de manera que mis prisiones han sido célebres en Cristo en todo el pretorio.... Todos los santos os saludan, y mayormente los que son de casa de César" (Fil. 1:12, 13; 4:22). El evangelio llegó, hasta el palacio del emperador mismo y varios se convirtieron!

Capítulo 26

"Entonces Agripa dijo a Pablo: Se te permite hablar por ti mismo. Pablo entonces, extendiendo la mano, comenzó a responder por sí, diciendo: Acerca de todas las cosas de que soy acusado por los judíos, oh rey Agripa, me tengo por dichoso de que haya hoy de defenderme delante de ti: mayormente sabiendo tú todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos: por lo cual te ruego que me oigas con paciencia. (vv. 1-3)
"Mi vida pues desde la mocedad, la cual desde el principio fue en mi nación, en Jerusalem, todos los judíos la saben, los cuales tienen ya conocido que ye desde el principio, si quieren testificarlo, conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión he vivido fariseo" (vv. 4, 5).
"Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado en juicio; a la cual promesa nuestras doce tribus, sirviendo constantemente de día y de noche, esperan que han de llegar. Por la cual esperanza, oh rey Agripa, soy acusado de loa judíos. ¡Qué! ¿Júzgase cosa increíble entre vosotros que Dios resucite los muertos?" (vv. 6-8).
Pablo, sostenido en espíritu por su bendito Señor Jesús, pudo dirigirse con calma al rey Agripa, reconocer la competencia de éste como autoridad, y darle un resumen corto de su vida inconversa. Luego fue directamente al centro de la cuestión: ¡ la resurrección. Dios resucita los muertos! Entonces continuó su discurso, hablando de su encuentro inesperado con el Señor:
"Ye ciertamente había pensado deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret: lo cual también hice en Jerusalem, y ye encerré en cárceles a muchos de los santos, recibida potestad de los príncipes de los sacerdotes; y cuando eran matados, ye dí mi voto. Y muchas veces, castigándolos por todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extrañas. En lo cual ocupado, yendo a Damasco con potestad y comisión de los príncipes de los sacerdotes, en mitad del día, oh rey, vi en el camino una luz del cielo, que sobrepujaba el resplandor del sol, la cual me rodeó y a los que iban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebraica: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra los aguijones. Ye entonces dije: ¿Quién eres, Señor?" (vv. 9-15).
Saulo, detenido por fin de su carrera enloquecida de enemistad contra Jesús y Sus santos, súbitamente vio la gloria increada del Señor Jesús que sobrepujaba la gloria creada del sol, cayó al suelo y oyó la pregunta directa dirigida a él mismo. Se dio cuenta en un instante que Dios le hablaba, le reconoció como el "Señor," pero quería asegurarse de su identificación. Luego recibió la revelación más extraordinaria de su vida:
"Ye soy Jesús, ¡a quien tú persigues!" (v. 15). En un instante Saulo quedó sorprendido sobremanera, humillado, confundido y rendido. Aquel Jesús, a quien él perseguía en las personas de sus santos, ¡ era el Señor de gloria!
"Mas levántate, y ponte sobre tus pies; porque para este te he aparecido para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que apareceré a ti, librándote del pueblo y de los gentiles, a los cuales ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la ff que es en Mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados" (vv. 16-18).
He aquí la gran comisión que el Señor confió al "primero" de los pecadores. ("Palabra fiel, y digna de ser recibida de todos; que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales ye soy el primero" -1a. Tim. 1:15). Fue enviado a los gentiles (comp. también Hch. 22:21), para que (1) les abrieran los ojos, (2) se convertieran de las tinieblas a la luz, y (3) de la potestad de Satanás a Dios; (4) recibieran, por fe en El, la remisión de pecados y (5) suerte (o sea herencia) entre los santificados.
¡ Qué golpe dirigido (aunque indirectamente, por Pablo a todos, el rey, su esposa, Festo y las demás autoridades de la ciudad presentes! ¡ Todos tildados de haber estado ciegos, en las tinieblas y bajo la potestad de Satanás!
"Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial; antes anuncié primeramen te a los que están en Damasco, y Jerusalem, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento. Por causa de esto los judíos, tomándome en el templo, tentaron matarme. Mas ayudado del auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de venir: que Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles" (vv. 19-23).
Pablo siempre testificaba "a los judíos y a los gentiles arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo" (Hch. 20:21); y en su defensa ante el rey Agripa hizo lo mismo. Desde luego ese rey y los demás oyentes fueron hechos responsables ante Dios por haber oído la predicación del evangelio. ¿ Veremos uno o más de ellos cuando venga Cristo para arrebatar del mundo y de los sepulcros a los suyos?
Tan pronto que Pablo hablara de la resurrección de Cristo en particular y la de los muertos en general, Festo le interrumpió:
"Y diciendo él (Pablo) estas cosas en su defensa, Festo a gran voz dijo: Estás loco, Pablo: las muchas letras te vuelven loco. Mas él dijo: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de templanza. Pues el rey sabe estas cosas, delante del cual también hablo confiadamente. Pues no pienso que ignora nada de esto; pues no ha sido esto hecho en algún rincón. ¿Crees, rey Agripa, a los profetas? Ye sé que crees" (vv. 24-27).
Sin duda, Pablo sabía bastante de las relaciones del rey Agripa con los judíos antes de que llegase a ser rey de un sector del imperio romano. Sabía que él no ignoraba lo sucedido a Jesús, y que tenía algún conocimiento del mensaje profético acerca de su muerte y resurrección. De otra manera, no hubiera podido dirigirse tan directa y francamente al rey: "¿Crees, rey Agripa, a los profetas? Ye sé que crees." Pablo aquí no es el vencido, sino el vencedor; no el preso, sino el hombre librado por Cristo, no atemorizado en la presencia de la corte romana, sino plenamente inspirado por el Espíritu Santo y redarguyendo la conciencia del rey mismo, pues él estaba turbado:
"Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano" (v. 28). Nótese que el escritor inspirado no escribió "el rey Agripa," sino sólo, "Agripa dijo a Pablo... " Ante los ojos de su Creador, Agripa no era sino solamente un "hombre." ("Dejaos del hombre, cuyo hálito está en su nariz; porque 2, de qué es él estimado?"—Isa. 2:22). La respuesta de Agripa indica una conciencia turbada, pero no manifesta que se había arrepentido. En cambio Pablo se afirma en su convicción:
"Y Pablo dijo: ¡Pluguiese a Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, mas también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual ye soy, excepto estas prisiones!" (v. 29). El con énfasis, hizo saber a Agripa y a los demás presentes, que él era el hombre feliz y ellos los infelices. Esa fue su última palabra. ¡Una buena confesión en verdad!
"Y como hubo dicho estas cosas, se levantó el rey, y el presidente, y Bernice, y los que se habían sentado con ellos; y como se retiraron aparte, hablaban los unos a los otros, diciendo: Ninguna cosa digna ni de muerte ni de prisión, hace este hombre. Y Agripa dijo a Festo: Podía este hombre ser suelto, si no hubiera apelado a César" (v. 30-32).
Cuando el Señor envió a Ananías a hablar con Saulo de Tarso, le dijo: "Ve: porque instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes... " (Hch. 9:15).
El próximo al cual Pablo ha de dar testimonio de Cristo (después de Agripa) será el propio emperador del imperio más poderoso de la historia humana, César de Roma.

Capítulo 27

"Mas como fue determinado que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión, llamado Julio, de la compañía Augusta. Así que, embarcándonos en una nave adrumentina, partimos, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica, para navegar junto a los lugares de Asia" (vv. 1, 2).
Pablo había apelado a César y a él se encaminaba. Lucas (el historiador) "el médico amado" estaba con él (pues escribe, "embarcándonos"), también "Aristarco, macedonio de Tesalónica." Ambos no estaban obligados a acompañar a Pablo, pues no eran presos. Su amor para con su amado hermano Pablo les motivó a identificarse con el siervo fiel del Señor en cadenas, aceptando cualquier circunstancia que se presentase.
Hoy en día "Pablo", simbólicamente, aún está llevado cautivo por los hombres: quiere decir que la "doctrina" que el Señor, la cabeza de la Iglesia, dio a Pablo por "revelación" (Efe. 3:3) está siendo rechazada por el cristianismo. Los jerarcas religiosos no quieren reconocer a Cristo como "la Cabeza": ellos quieren "tener el primado" (3ª John 9). Tampoco se someten a la guía del Espíritu Santo, el cual no tiene voz en sus concilios ni en sus directivas. De la "vocación celestial" (Heb. 3:1) no quieren saber nada: "sienten lo terreno" (Fil. 3:19). ¡Cuán pocos están decididos a acompañar a Pablo el preso!
"Y otro día llegamos a Sidón; y Julio, tratando a Pablo con humanidad, permitióle que fuese a los amigos, para ser de ellos asistido" (v. 3).
¡Imagínense un preso que había de ser llevado a César, el gran emperador, teniendo libertad para tomar refrigerio espiritual con sus "hermanos en Cristo" en el puerto de Sidón! El Señor había inclinado el corazón del centurión Julio de manera maravillosa, pues un soldado romano encargado de la custodia de un preso si se le escapaba, pagaba la negligencia con su propia vida (comp. Hch. 16:27).
"Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos bajo de Cipro, porque los vientos eran contrarios" (v. 4). El capitán de la nave se había propuesto "navegar junto a los lugares de Asia," es decir, navegar costeando, tocando tal vez varios puertos; pero los vientos contrarios le obligaron a cambiar de rumbo y escapar de la fuerza de los vientos "bajo de Cipro," una isla grande en medio del Mar Mediterráneo. A veces en nuestro viaje de la vida tenemos que abandonar ciertos propósitos a causa de los vientos contrarios.
"Y habiendo pasado la mar de Cilicia y Pamphylia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. Y hallando allí el centurión una nave alejandrina que navegaba a Italia, nos puso en ella. Y navegando muchos días despacio, y habiendo apenas llegado delante de Gnido, no dejándonos el viento, navegamos bajo de Creta, junto a Salmón. Y costeándola difícilmente, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea" (vv. 5-8).
A pesar de todas las dificultades y los vientos contrarios, la nave pudo llegar a "Buenos Puertos." En los primeros días de los apóstoles, a pesar de la oposición de Satanás y de "hombres importunos y malos," la "nave evangelista" seguía su ruta.
Ahora, para comentar sobre el viaje desde "Buenos Puertos" hasta la isla de "Melita," vamos a aprovechar
la mayor parte de un folleto llamado EL VIAJE DE PABLO DESDE LOS BUENOS PUERTOS A MELITA, Y SUS LECCIONES, escrito sobre el significado espiritual de esta travesía, pues el autor expresa la verdad doctrinal cristiana en buena forma.
"La primera parte del viaje desde Cesarea a los Buenos Puertos (vv. 1-7) es descrita en pocas palabras, mas en la segunda etapa desde los Buenos Puertos hasta la llegada a Melita (cap. 27:9-44), se escribe con tantos detalles que nos brinda profunda instrucción. Podemos considerar la nave como una figura del testimonio cristiano, la gente a bordo como la de los cristianos, y a Pablo mismo como representando la verdad llamada la `doctrina de Pablo' acerca de la Iglesia (comp. 2a Tim. 3:10), la cual comprende todo lo que es propiamente cristiano. Cuando decimos 'propiamente cristiano,' significamos esa porción de la verdad como distintiva y peculiar a esta era de la Iglesia y que nos relaciona con el cielo y con Cristo la Cabeza allí de la Iglesia.
"Los de a bordo de la nave decidieron zarpar de los Buenos Puertos-no conforme al consejo de Pablo, sino de los otros. Los 'Buenos Puertos' nos hablan del principio-de la unidad feliz evidenciada en los `buenos' tiempos de la historia de la iglesia primitiva. Todo marchaba bien mientras los cristianos andaban en la verdad, y en el temor del Señor (como Hch. 9:31); pero tal posición nunca es agradable a la carne, y sólo se puede mantener si andamos con Dios. El 'tiempo' lo pone todo a prueba; así leemos: 'Y pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, porque ya era pasado el ayuno, Pablo (les) amonestaba' (v. 9).
Siempre es comparativamente fácil entrar en el camino de la fe, pero la carne nunca puede continuar en él. `La navegación' dirigida por la sabiduría humana es siempre 'peligrosa'; por lo tanto precisamos de la Palabra de Dios para guiarnos. Debemos tener nuestras conciencias guiadas por las Escrituras en todo tiempo, pues sólo de tal manera podemos reclamar Su promesa, 'Andarás por to camino confiadamente, y to pie no tropezará' (Prov. 3:23).
"Hay algo muy triste en las palabras, 'ya era pasado el ayuno.' Aquella devoción primitiva, aquel 'ayuno y oración' que caracterizaba a la iglesia al principio (comp. Hch. 13:3) se pasó. Uno se acuerda del comentario de otro: 'No hay ningún sustituto para la comunión con el Señor.' Cuando no hay la reposada comunión con Dios y el esperar en su presencia, estemos seguros de que la turbación nos acecha. ¡Ojalá estas cosas ejerciten cada uno de nuestros corazones, a fin de que andemos en el poder del Espíritu de Dios, mas bien que en los caminos de la prudencia humana."
"Pablo amonestaba, diciéndoles: Varones, veo que con trabajo y mucho daño, no sólo de la cargazón y de la nave, mas aun de nuestras personas, habrá de ser la navegación" (v. 10).
Pablo se vio obligado a advertirles, pues, divinamente inspirado, discernió el peligro inminente. Esto nos hace recordar su amonestación dada a los ancianos de la iglesia en Efeso: "Porque ye sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al ganado; y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas, para llevar discípulos tras sí" (Hch. 20:29, 30). ¿Nos damos cuenta, queridos santos de Dios, que si abandonamos la doctrina de Pablo, si rehusamos andar en la verdad, la cual Dios entregó a la iglesia por medio de él, entonces vamos a naufragar como esa nave? Hay muchos cristianos que leen los cuatro Evangelios y el libro de los Salmos, pero que no estudian las epístolas de Pablo que contienen las instrucciones necesarias para la iglesia. Acordémonos de la exhortación, "Retén la forma de las sanas palabras que de mí oiste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús" (2a Tim. 1:13). No sólo hemos' de retener estas cosas como doctrinas-lo cual es muy necesario- sino también "en la fe y amor"; porque la verdad que conocemos debe manifestar su poder en nuestras vidas para gloria del Señor.
"Mas el centurión creía más al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía" (v. 11). A pesar de la prevención oportuna de Pablo, los encargados de la nave llevaron las cosas conforme a su antojo y rechazaron a Pablo, como aquellos de Asia ("me han sido contrarios todos los que son en Asia, de los cuales son Figello y Hermógenes"-2 a Tim 1:15). ¡Cuán verídico fue eso después de la muerte de los apóstoles, y aun en gran medida antes de su muerte!
"Y no habiendo puerto cómodo para invernar, muchos acordaron pasar aún de allí, por si pudiesen arribar a Fenice e invernar allí, que es un puerto de Creta que mira al nordeste y sudeste" (v. 12).
El lugar "Buenos Puertos" no fue considerado "cómodo" (es decir, espacioso y conveniente). Leemos que "muchos acordaron pasar aún de allí." Por analogía, no se puede esperar nunca que la verdad de Dios sea bastante "cómoda" para la muchedumbre. Si escudriñamos las Escrituras, veremos claramente que la mayoría jamás ha escogido el camino de la obediencia. ¿No es verdad que sólo unos cuantos en todo tiempo quieren obedecer? Cuidémonos de no seguir a la muchedumbre, antes con un ojo sincero hagamos de Cristo el Objeto de nuestros corazones, y de su Palabra la guía para nuestros pies. En tal camino gozaremos de dulce paz, aunque la compañía sea pequeña.
Por algún tiempo después de haber dado su palabra de amonestación, Pablo quedó sin hablar. La historia de la Iglesia nos muestra que "la doctrina de Pablo" y el llamamiento celestial de la iglesia fueron perdidos por muchos siglos después de la muerte del apóstol. Pero Pablo aún estaba a bordo, y así las preciosas verdades de las cuales hemos hablado, quedaban ignoradas en la Biblia por muchísimos años, no entendidas y no puestas por obra.
"Y soplando el austro, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, alzando velas, iban cerca de la costa de Creta" (v. 13).
Mientras tanto, la nave zarpó y con rumbo a Fenice-un puerto espacioso y conveniente-¡el centro del comercio! Tal es el gusto de muchos cristianos: una iglesia "a lo Fenice," una iglesia mundana. Y, extrañamente, el austro soplaba suavemente. Parece que Dios les daba lo que habían deseado. ¿No oimos a muchos cristianos (mientras andan en caminos de desobediencia) hablar del "austro que sopla," de la bendición que reciben? Tal vez parece así, como en aquel entonces cuando la iglesia primitiva se deslizaba hacia el mundo, pero (como ya hemos mencionado) el tiempo pone las cosas a prueba, y así fue en nuestro narración. Era su propio propósito lo que ellos pensaban haber obtenido. Preguntémonos a nosotros mismos, ¿queremos nuestros propios planes y propósitos, o los de Dios? ¿Sabemos que tenemos la verdad porque tenemos la Palabra de Dios para lo que intentemos, o en realidad estamos siguiendo solamente nuestras propias ideas y suponemos que tenemos la razón? ¡Qué bueno poder decir! "Así ha dicho el Señor," y andar en el camino que El nos ha señalado.
¡Oh cuánto significan esas palabras, "alzando velas"! ¡Qué día más triste en la historia de la iglesia primitiva cuando ellos dejaron "Buenos Puertos" para llegar a "Fenice"! Notemos también cómo "iban cerca de la costa de Creta." No toda la verdad es abandonada de golpe. Los cristianos dirán que casi no hay ninguna diferencia entre una companñía y otra, pero preguntemos: ¿Han alzado velas? Sea un metro, sea un kilómetro, se está alejando. Geográficamente, Fenice no está lejos de los Buenos Puertos, y a menudo parece sólo un paso de la asamblea cristiana al mundo, pero ¡qué peligroso es tal paso!, como aquel viaje cargado de peligros. Pero no arribaron a "Fenice", porque el Señor ama tanto a los suyos que no les permite estar cómodos en este pobre mundo.
"Mas no mucho después dio en ella un viento repentino, que se llama Euroclidón. Y siendo arrebatada la s nave, y no pudiendo resistir contra el viento, la dejamos y éramos llevados. Y habiendo corrido a sotavento de una pequeña isla que se llama Clauda, apenas pudimos ganar el esquife: el cual tomado, usaban de remedios, ciñendo la nave; y teniendo temor de que diesen en la Sirte, abajadas las velas, eran así llevados. Mas siendo atormentados de una vehemente tempestad, al siguiente día alijaron; y al tercer día nosotros con nuestras manos arrojamos los aparejos de la nave" (vv. 14-19).
El austro que soplaba suavemente no duró mucho tiempo, y luego ¡qué cambio repentino! Sobrevino un tempestuoso viento llamado "Euroclidón." (v. 14). Tal es la situación cuando damos oídos al consejo de los hombres y dejamos de lado la verdad divina, para procurar cumplir con nuestros propios propósitos. La nave no pudo "resistir contra el viento." (v. 15). Similarmente la historia sagrada nos muestra que una tras otras malas doctrinas fueron introducidas en la iglesia primitiva, y los cristianos que eligieron permanecer en la "casa grande" juntamente con los "vasos... para deshonra" (2ª Tim. 2:20, 21), muy pronto se encontraron sin poder para hacer nada para escapar: "eran así llevados." (v. 17). Aun los hombres piadosos en aquellos años después de la muerte de los apóstoles, no pudieron enmendar el daño ya hecho.
¿No hay en todo ello un aviso para nosotros hoy en día? Si permitimos entrar un poco de lo malo, sólo será una cuestión de tiempo para que la nave esté tan dañada que no será posible repararla (comp. 1ª Cor. 5:6).
Como ya hemos dicho, las tentativas para reparar la nave fueron inútiles, y en vez de mejorar la situación, las cosas iban de mal en peor: "al día siguiente alijaron." Arrojaron de la nave las cosas consideradas secundarias. En estos días peligrosos vigilemos a los que quieren que tiremos fuera las cosas "no esenciales" (según ellos), que incluyen las cosas que conciernen a la gloria de Cristo, y su obra de redención consumada (la cual siempre es atacada por doctrinas malas); y la verdad de la iglesia, tan preciosa al corazón de Cristo quien "amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella" (Efe. 5:25). No es de maravillar, entonces, que después de aliviar la carga, al día siguiente arrojaron también "los aparejos" (v. 19), o sea los mismos instrumentos necesarios para el debido control de la nave fueron tirados al mar. Así vemos el curso del abandono de la verdad divina. Es una cosa gradual que comienza cuando zarpamos de "Buenos Puertos." Que el Señor nos haga apreciar la verdad, y que así procuremos andar en el camino de la obediencia a la Palabra de Dios, cueste lo que cuesto. (arreglado de G.H.H.)
"Y no pareciendo sol ni estrellas por muchos días, y viniendo una tempestad no pequeña, ya era perdida toda la esperanza de nuestra salud" (v. 20).
Este versículo figura los "Siglos Oscuros" en su pleno sentido. El llamamiento celestial de la iglesia fue perdido, porque no parecieron "sol ni estrellas por muchos días." Sólo Dios pudo levantar de nuevo un testimonio de acuerdo con su mente en medio de tantas tinieblas.
"Entonces Pablo, habiendo ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Fuera de cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no partir de Creta, y evitar este inconveniente y daño. Mas ahora os amonesto que tengáis buen ánimo; porque ninguna pérdida habrá de persona de vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios del cual ye soy, y al cual sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha dado todos los que navegan contigo. Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque ye confío en Dios que será así como me ha dicho; si bien es menester que demos en una isla" (vv. 21-26).
Pablo, cuyo consejo fue rechazado (véase v. 10), después de un silencio largo, habló otra vez. El cristianismo no habría llegado al estado confuso en el cual se halla si hubiera obedecido y puesto por obra la doctrina de San Pablo expuesta en sus epístolas divinamente inspiradas, como está escrito: "la iglesia, de la cual soy hecho ministro" (Col. 1:74, 25).
Dios reveló a este siervo fiel lo que iba a suceder en aquel entonces. Igualmente el siervo fiel del Señor hoy en día sabe lo que va a suceder en este mundo, por cuanto tiene el Espíritu de Dios y la Palabra de Dios, la Biblia, mientras los hijos de este presente siglo malo permanecen en las tinieblas.
¡Qué bueno poder afirmar con Pablo: "Ye confío en Dios que será así como me ha dicho"!
"Y venida la décimacuarta noche, y siendo llevados por el mar Adriático, los marineros a la media noche sospecharon que estaban cerca de alguna tierra; y echando la sonda, hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo a echar la sonda, hallaron quince brazas." (vv. 27, 28).
"A la media noche fue oído un clamor: He aquí, el esposo viene, salid a recibirle" (Matt. 25:6).
Cierto escritor ha dicho: "los marineros opinaban que se acercaban a 'alguna tierra.' ¡Y nosotros estamos acercándonos a nuestra patria celestial! Echemos la sonda y hallaremos que este evento bienaventurado ocurrirá pronto: 'veinte braza... luego quince brazas.' Sí, oiremos pronto su bendita voz, y veremos su rostro glorioso; que seamos, por lo tanto, como hombres que esperan a su Señor.
"Mientras los marineros anhelaban que se hiciese de día, no estaban desocupados, pues el pasaje siguiente indica que había mucha actividad a bordo; también Pablo, cuyo consejo fue menospreciado antes, habló otra vez." El Señor nos ha dicho: "Negociad entre tanto que vengo" (Luc. 19:13). "No fueron desanimados más por el viento y las olas, porque confiaron en Dios.
"Las primeras medidas tomadas después de haber sabido que se hallaban cerca de 'alguna tierra,' son muy instructivas. 'Habiendo temor de dar en lugares escabrosos, echando cuatro anclas de la popa, deseaban que se hiciese de día' (v. 29). Aquí vemos figurada la debida actitud de los que procuran-en un día de confusión y tinieblas-mantener un testimonio de acuerdo con la mente de Dios. Hay temor de dar en lugares escabrosos: hay humildad y una convicción de su posición indefensa. Esperan en el Señor y depositan su confianza sólo en El. El Espíritu de Dios obra en poder, juntando las almas a Cristo-el Anda. Otra cosa que notar es el ansia que se haga de día. Esta figura es la esperanza bienaventurada de su venida. ¡Qué lugar más bendito, conscientes de flaqueza, pero con Cristo solo como el Anda!
"Entonces procurando los marineros huir de la nave, echado que hubieron el esquife a la mar, aparentando como que querían largar las anclas de proa, Pablo dijo al centurión y a los soldados; Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podéis salvaros. Entonces los soldados cortaron los cabos del esquife, y dejáronlo perder" (vv. 30-32).
"Esa tentativa habla de la actitud independiente y voluntariosa de aquellos que dejan el testimonio colectivo establecido por Dios, para formar grupos cismáticos. El espíritu independiente no es de Dios.
Somos `todos miembros los unos de los otros' (Rom. 12:5). Para la cena del Señor un solo pan en la mesa habla del `un cuerpo' de Cristo compuesto de todos los verdaderos hijos de Dios (véase lª Cor. 10:17). El Señor Jesús oró por la unidad en el testimonio según Juan 17:21: "para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mi, y ye en ti, que también ellos sean en' nosotros una cosa: para que el mundo cera que tú me enviaste.' Esa unidad se realizó en el día de Pentecostés cuando 'estaban todos unánimes juntos' (Hch. 2:1), pero muy pronto todo fracasó en las manos de los hombres. Pero ¿son alterados por el fracaso del hombre los pensamientos de Cristo acerca de su Iglesia la cual El amó, y se entregó a Sí mismo por ella? ¡Nunca! 'Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos' (Heb. 13:8).
"Oportunamente Pablo amonestó: `Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podéis salvaros.' Esa advertencia estorbó el propósito malévolo de los marineros. Nos podemos preguntar si estamos dispuestos a abandonar nuestros propósitos cuando la Palabra de Dios nos hace ver que estamos equivocados. Cuán beneficioso sería si estuviésemos dispuestos a obedecer a las Escrituras en todo, y a todo tiempo... A menudo el orgullo nos influye y rehusamos obedecer a la Palabra de Dios cuando revela nuestro mal camino. Es ve dad que "Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes" (1ª Ped. 5:5).
"Y como comenzó a ser de día, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo: Este es el décimo cuarto día que esperáis y permanecéis ayunos, no comiendo nada" (v. 33).
"Pablo animó a todos a que comiesen. Con la verdad celestial de la Iglesia recobrada en estos postrimeros días, cuán abundante abastecimiento de `comida' espiritual ha sido provisto para los creyentes en el Señor Jesús, de modo que aquellos a bordo de la nave tipifican a todos los verdaderos miembros del cuerpo de Cristo, a todos los hijos de Dios por fe en El.
Esa comida no era nada nueva. Estaba a bordo durante todo el viaje, pero a pesar de esa abundancia ellos habían permanecido ayunos. Asimismo la verdad que Dios nos ha entregado no es nueva, sino la que fue revelada en los días de los apóstoles y escrita en la bendita palabra indeleble de Dios." (arreglado de G.H.H.).
"Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud; que ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá" (v. 34).
Es para nuestra salud espiritual que comamos de este rico manjar: la Palabra de Dios. Es la comida imprescindible que nutre el alma. Y la promesa, "ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá," nos afirma esto la seguridad eterna del creyente en el Señor Jesús, el gran Pastor, que dice: "Ye les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Juan 10:28).
"Y habiendo dicho esto, tomando el pan, hizo gracias a Dios en presencia de todos, y partiendo, comenzó a comer" (v. 35).
Hemos leído en los versículos anteriores (vv. 34, 35) que había abundancia de pan en la nave en la cual Pablo fue llevado cautivo hacia Roma, pero que nadie lo había aprovechado durante una quincena. Entonces Pablo les exhortó a que comiesen del pan para su salud. Sacando de todo ello una enseñanza espiritual, conviene que comamos del rico manjar de la Palabra de Dios, la que, por nosotros, está lista a la mano en la Biblia, la comida imprescindible que nutre el alma.
De este versículo entresacamos otra enseñanza espiritual: el acto de Pablo, partiendo el pan después de haber dado gracias, señala el hecho de que hubo un movimiento poderoso del Espíritu de Dios al principio del Siglo XIX, y por todas partes del mundo-después de tantos siglos de falta de cumplimiento de la palabra del Señor: "Haced esto en memoria de Mí"-cuando los creyentes en el Señor Jesucristo, comenzaron a partir el pan sencillamente como miembros del "cuerpo de Cristo," congregados solamente en su Nombre (véase Matt. 18:20).
"Entonces todos teniendo ya mejor ánimo, comieron ellos también. Y éramos todas las personas en la nave doscientas setenta y seis" (vv. 36, 37).
Todos los que estaban en el barco participaban con el apóstol Pablo. El partimiento del pan no es el acto de un solo individuo, sino el de la iglesia. Para que los cristianos sepan que el partimiento del pan, instituido por el Señor Jesús antes de que la iglesia existiera, es un privilegio conferido en ella, El dio a Pablo una revelación especial:
"Ye recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en memoria de Mí. Asimismo tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre: haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de Mí. Porque todas las veces que comiereis este pan o bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga" ( 1ª Cor. 11:23-26). Este pasaje refuta terminantemente falsa de que la cena del Señor no es para Su iglesia.
"Y satisfechos de comida, aliviaban la nave, echando el grano a la mar" (v. 38). Este versículo no presenta el cuadro de lo que está sucediendo hoy en día en la profesión cristiana. El movimiento modernista pregona: "Estamos hartos del Evangelio de Redención con la sangre de Cristo; no lo queremos. No precisamos de un Libro inspirado de Dios. Vamos a arrojar todo eso en la mar del olvido. Somos ricos, y estamos enriquecidos, y no tenemos necesidad de ninguna cosa." (comp. Apo. 3:17).
"Y como se hizo de día, no conocían la tierra: mas veían un golfo que tenía orilla, al cual acordaron echar, si pudiesen, la nave." (v. 39),
Los marineros no consultaban con Pablo, el cual tenía la mente de Dios, sino obraron voluntariosamente. "No conocían la tierra": es decir, no tenían discernimiento. El cristiano que no consulta su Biblia va a perder su discernimiento espiritual. "Mas veían un golfo que tenía orilla." El cristiano espiritual no mira cual meta algo visible: "por fe andamos, no por vista" (2ª Cor. 5:7). "Al cual acordaron echar, si pudiesen, la nave." "Si" expresa incertidumbre. Pero no hay nada incierto acerca de la destinación del creyente en el Señor Jesús: "Nuestra vivienda es en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo" (Fil. 3:20).
¿Era necesario arriesgarse al naufragio en el golfo que tenía orilla? No. Con cuatro anclas echadas, podían capear la tempestad hasta que cesara; tenían suficiente comida y habían satisfecho su hambre. ¿Para qué, entonces, seguir voluntariosamente con su propósito? Realmente, era un proceder necio de una acción independiente.
¿Y adónde están los líderes prominentes del cristianismo moderno dirigiendo la nave del testimonio cristiano? "Cortando pues las anclas," las doctrinas fundamentales de la fe, "las dejaron en la mar," las han rechazado; "largando también las ataduras de los gobernalles," el control por medio del timón, la guía del Espíritu Santo dejada de lado; "y alzada la vela mayor al viento," un movimiento ecuménico, una apariencia de grande actividad religiosa; "íbanse a la orilla," orillándose al naufragio. (véase v. 40).
"Mas dando en un lugar de dos aguas, hicieron encallar la nave; y la proa, hincada, estaba sin moverse,
y la popa se abría con la fuerza de la mar" (v. 41). "Las dos aguas", convirgiendo en el lugar donde la nave encalló, y atacándola con todas sus fuerzas, nos hacen pensar en los dos medios que el diablo está aprovechando para deshacer el testimonio cristiano: uno es el racionalismo, o sea el modernismo; y el otro es el ritualismo religioso que sustituye "obras" por la obra redentora y cabal de Cristo, el Hijo de Dios.
"Entonces el acuerdo de los soldados era que matasen los presos, porque ninguno se fugase nadando" (v. 42). Tras el acuerdo de ellos estaba el propósito maligno del diablo: la destrucción de un testigo fiel del Señor, Pablo.
"Mas el centurión, queriendo salvar a Pablo, estorbó este acuerdo, y mandó que los que pudiesen nadar, se echasen los primeros, y saliesen a tierra, y los demás, parte en tablas, parte en cosas de la nave. Y así aconteció que todos se salvaron saliendo a tierra" (vv. 43, 44). El Señor puso en el corazón del centurión romano el querer salvar a Pablo y él lo guardó de muerte. Aunque el diablo ha querido estorbar la lectura de las Epístolas de Pablo, con la verdadera doctrina de la Iglesia, su constitución, su práctica y su finalidad, Dios, en su soberanía supremo, las ha conservado íntegras para la instrucción de los creyentes en Cristo Jesús.
"Todos se salvaron." Aunque la nave se deshizo, nadie de a bordo pereció. Aunque el cristianismo naufrague como testigo para el Señor, no obstante El no va a dejar perder el alma ni siquiera de una de sus ovejas por las cuales puso su vida. "Ye les doy vida eterna y no perecerán para siempre" (John 10:28). Escogidos "en El antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de El en amor" (Efe. 1:4).

Capítulo 28

"Y cuando escapamos, entonces supimos que la isla se llamaba Melita. Y los bárbaros nos mostraron no poca humanidad; porque, encendido un fuego, nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que venía, y del frío. Entonces habiendo Pablo recogido algunos sarmientos, y puéstolos en el fuego, una víbora, huyendo del calor, le acometió a la mano. Y como los bárbaros vieron la víbora colgando de su mano, decían los unos a 'os otros: Ciertamente este hombre es homicida, a quien, escapado de la mar, la justicia no deje vivir. Mas él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún mal padeció. Empero ellos estaban esperando cuándo se había de hinchar, o caer muerto de repente; mar habiendo esperado mucho, y viendo que ningún mal le venía, mudados, decían que era un dios" (vv. 1-6).
El Señor Jesús, desde el cielo, reveló al apóstol Pablo (y a ningún otro) las verdades celestiales características de la iglesia a fin de que él, mediante sus enseñanzas verbales y escritos inspirados, las comunicara a los cristianos de aquel entonces y hasta que venga el Señor para arrebatar a la iglesia al cielo, poniendo fin a esta dispensación de la gracia de Dios. El diablo siempre procuraba matar a Pablo: en Jerusalem los judíos le atacaron (Hch. 21:30, 31); en el viaje hacia Roma los soldados intentaron matarle (Hch. 27:42, 43); y en la isla de Melita una víbora (figura de saña diabólica) le acometió. Pero el Señor siempre protegía a su siervo, conforme a su promesa fiel (véase Hch. 23:11). Y cuando Pablo no sufrió ningún mal, el Señor aprovechó el incidente, permitiendo que los bárbaros viesen la potencia de Dios manifestado en Pablo. Luego, en vez de ser una víctima de la serpiente, fue muy respetado por todos.
"En aquellos lugares había heredades del principal de la isla, llamado Publio, el cual nos recibió y hospedó tres días humanamente. Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebres y de disentería: al cual Pablo entró, y después de haber orado, le puso las manos encima, y le sanó. Y esto hecho, también los otros que en la isla tenían enfermedades, llegaban, y eran sanados; los cuales también nos honraron con muchos obsequios; y cuando partimos, nos cargaron de las cosas necesarias" (vv. 7-10).
Pablo, después de haber orado, usó su don de sanidad para curar al padre de Publio y a otros tantos enfermos, acreditando así las buenas nuevas de Dios que anunciaba por dondequiera. Aunque no está escrito que Pablo predicó el evangelio en Melita (o aun durante el viaje marítimo), podemos estar seguros de que él no callaba.
"Así que, pasados tres meses, navegamos en una nave alejandrina que había invernado en la isla, la cual tenía por enseña a Cásior y Pólux. Y llegados a Siracusa, estuvimos allí tres días. De allí, costeando alrededor, vinimos a Regio; y otro día después, soplando el austro, vinimos al segundo día a Puteolos: donde habiendo hallado hermanos, nos rogaron que quedásemos con ellos siete días; y luego vinimos a Roma; de donde, oyendo de nosotros los hermanos, nos salieron a recibir hasta la plaza de Appio, y Las Tres Tabernas; a los cuales como Pablo vio, dio gracias a Dios, y tomó aliento. Y como llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto de los ejércitos, mas a Pablo fue permitido estar por sí, con un soldado que le guardase" (vv. 11-16).
Se terminó el viaje marítimo cuando arribaron a Puteolos. Al desembarcar Pablo y sus compañeros encontraron un grupo de hermanos en Cristo. Ellos rogaron que los viajantes se quedasen con ellos una semana. ¡Qué maravilla! Parece que el centurión accedió a su deseo, aunque su deber era llevar a los presos sin demora innecesaria a la jurisdicción del emperador. (léase Prov. 21:1).
Hacía tiempo que Pablo les había escrito su epístola a los hermanos en Roma. Ahora, al ver algunos de ellos, "tomó aliento." ¡Qué gran consuelo!
"Y como llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto de los ejércitos, mas a Pablo fue permitido estar por sí, con un soldado que le guardase.
"Y aconteció que tres días después, Pablo convocó a los principales de los judíos; a los cuales, luego que estuvieron juntos, les dijo; ye, varones, hermanos, no habiendo hecho nada contra el pueblo, ni contra los ritos de la patria, he sido entregado preso desde Jerusalem en manos de los romanos; los cuales, habiéndome examinado, me querían soltar, por no haber en mi ninguna causa de muerte. Mas contradiciendo los judíos, fui forzado a apelar a César; no que tenga de qué acusar a mi nación. Así que, por esta causa, os he llamado para veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel estoy rodeado de esta cadena" (vv. 16-20).
"La esperanze de Israel" es el Señor Jesucristo, su gran Mesías; así fue escrito de El en el Antiguo Testamento: "¡Oh Jehová, esperanza de Israel! todos los que te dejan, serán avergonzados; y los que de Mí se apartan, serán escritos en el polvo; porque dejaron la vena de aguas vivas, a Jehová" (Jere. 17:13). Jehová del Antiguo Testamento es Jesús del Nuevo.
"Llamarás su nombre JESUS, porque El salvará a su pueblo de sus pecados" (Matt. 1:21). ¿El pueblo de quién? ¡Israel el pueblo de Jehová!
Desde la conversión de Saulo de Tarso, hasta su llegada a Roma, su predicación de Cristo, que es el Hijo de Dios, fue contradicha por los judíos, los cuales, además, procuraron matarle.
Ahora, ¿cuál fue la actitud de los judíos vueltos a Roma algunos años después del edicto del emperador Claudio, que los había echado fuera de Roma?
"Entonces ellos le dijeron: Nosotros ni hemos recibido cartas tocante a ti de Judea, ni ha venido alguno de los hermanos que haya denunciado o hablado algún mal de ti. Mas querríamos oir de ti lo que sientes; porque de esta secta notorio nos es que en todos lugares es contradicha. Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales declaraba y testificaba el reino de Dios, persuadiéndoles lo concerniente a Jesús, por la ley de Moisés y por los profetas, desde la mañana hasta la tarde. Y algunos asentían a lo que se decía, mas algunos no creían" (vv. 21-24).
Cuando el Señor Jesús, ya resucitado de entre los muertos, reprendio la insensatez de los dos discípulos en el camino hacia Emmaus, El, "comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarables en todas las Escrituras lo que de él decían" (Luc. 24:27). Y Pablo habló en la misma forma a los judíos en Roma, pero ellos eran inconversos, no discípulos, y sólo una parte de ellos recibieron la palabra con fe.
"Y como fueron entre sí discordes, se fueron, diciendo Pablo esta palabra: Bien ha hablado el Espíritu Santo por el profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y de los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos taparon, porque no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y ye los sane. Séaos pues notorio que a los gentiles es enviada esta salud de Dios; y ellos oirán. Y habiendo dicho esto, los judíos salieron, teniendo entre sí gran, contienda" (vv. 25-29).
Cuando los pobres judíos oyeron que Dios iba a bendecir a los gentiles en vez de ellos, no quisieron oir más, y se fueron. Así terminó su triste historia de incredulidad escrita en el libro de los Hechos, la de una oposición tenaz a la gracia de Dios.
"Pablo empero, quedó dos años enteros en su casa de alquiler, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando lo que es del Señor Jesucristo con toda libertad, sin impedimento" (vv. 30, 31).
Pablo estaba impedido de moverse libremente, pero seguía predicando el reino de Dios y lo tocante del Señor Jesucristo, a pesar de la cadena de César; y les animaba a los creyentes en Roma: "muchos de los hermanos en el Señor, tomando ánimo con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor" (Fil. 1:14). Sentía pena también, puesto que algunos predicaban a "Cristo por envidia y porfía" (Fil. 1:15). Pero dijo: "¡Qué pues? Que no obstante, en todas maneras, o por pretexto, o por verdad, es anunciado Cristo; y en esto me huelgo, y aun me holgaré" (Fil. 1:18).
Durante su prisión en una casa alquilada, él escribió las siguientes epístolas: Efesios, Filipenses,
Colosenses, Filemón y Hebreos (ésta es anónima, pero su contenido revela quién fue el autor). Cuánto bien resultó del encarcelamiento de Pablo para la Iglesia del Señor!
De dos ó tres pasajes en estas epístolas, deducimos que Pablo fue libertado después de haber aparecido la primera vez ante Nerón: "fui librado de la boca del león" (2ª Tim. 4:/ü). Léanse Fil. 1:23-26; Filemón 22; Heb. 13:23.
Así se cumplió la palabra profética del Señor Jesús: "instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque ye le mostraré cuánto le sea menester que padezca por mi nombre" (Hch. 9:15, 16).
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