La Esperanza Bienaventurada: Estudios sobre la Venida del Senor

Table of Contents

1. Nota Del Traductor
2. Prefacio
3. Capítulo 1
4. Capítulo 2
5. Capítulo 3
6. Capítulo 4
7. Capítulo 5
8. Capítulo 6
9. Capítulo 7
10. Capítulo 8
11. Capítulo 9
12. Capítulo 10
13. Capítulo 11
14. Capítulo 12

Nota Del Traductor

Edward Dennett, 1831-1914, era natural de la Isla de Wight, sur de Inglaterra. Convertido a Cristo en su juventud, se mantuvo en la comunión anglicana durante varios años, hasta que dejó dicha iglesia y se integró en una capilla bautista en Greenwich. Más tarde, habiendo entrado en contacto con hermanos que buscaban reunirse según la libertad del Espíritu para el culto y ministerio, se integró en una congregación reunida sencillamente al nombre del Señor.
El Sr. Dennett trabajó mucho en el ámbito del ministerio tanto oral como escrito, y visitó muchas partes de Inglaterra, Irlanda y Escocia, así como Noruega, Suecia y América. Muchos se beneficiaron de su capacidad para la enseñanza, de la que este pequeño volumen constituye un buen ejemplo.
«Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe.» (Hebreos 13:7.)

Prefacio

Estos estudios, que se publicaron originalmente en la revista The Christian Friend and Instructor, han sido objeto de revisión, y se reimprimen ahora con la ferviente oración de que su lectura, con la bendición del Señor, pueda servir para avivar la bienaventurada esperanza del regreso del Señor en los corazones de Su pueblo.
Blackheath, abril de 1879.

Capítulo 1

La Esperanza De La Iglesia
Nos proponemos, si lo permite el Señor, tratar en sucesivos estudios el tema de la venida del Señor, con los sucesos que la acompañan y la siguen. Como se está poniendo de manifiesto de manera creciente que estamos en medio de los tiempos peligrosos (2 Timoteo 3), le conviene al pueblo del Señor ocuparse más y más con la expectativa de Su regreso. Ya han pasado casi cincuenta años desde que surgió el clamor: «¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!» (Mateo 25:6). Hasta este momento la Iglesia había caído víctima de un profundo sueño, drogada por el opio de las influencias del mundo, de modo que la enseñanza del regreso del Señor a por Sus santos quedó sumida en el olvido, ignorada o negada. Pero cuando, mediante la acción del Espíritu de Dios, subió el clamor, miles y miles fueron sacudidos de su sueño, y, arreglando sus lámparas, salieron de nuevo al encuentro del Esposo. Durante un tiempo vivieron con la expectativa diaria de Su regreso, y esta expectativa operó de forma tan poderosa sobre sus corazones y sus vidas que los separó de todo — de todas aquellas asociaciones, de aquellos hábitos y de aquellas prácticas — , en suma, de todo aquello que no se comportase con Aquel a quien esperaban, y los mantuvo dispuestos para el servicio, y con sus lámparas encendidas, como aquellos que estaban esperando a su Señor (Lucas 12:35-36). Pero fue transcurriendo el tiempo, y en tanto que la doctrina de la Segunda Venida ha sido captada y enseñada por más y más multitudes, y en tanto que la verdad ha llegado a ser sin duda alguna el soporte y consuelo de muchas almas piadosas, se suscita la cuestión sin embargo de si muchos de los santos de Dios no han perdido su frescura y poder. Porque, ¿no resulta patente ante cualquier observador que la norma de separación está rebajándose más y más? ¿Que la mundanería está creciendo? ¿Que los santos están permitiéndose asociaciones de las que habían profesado separarse? ¿Que estamos en peligro de volver a caer dormidos, incluso con la doctrina de la esperanza brotando de nuestros labios?
Si las cosas son así — y de cierto es de común conocimiento — ha llegado el momento en que la verdad acerca de esta cuestión tiene que volver a ser presentada a los corazones y a las conciencias de los creyentes. Porque el Señor está cerca, y desea que Su pueblo esté en la atalaya, anhelando y esperando Su regreso con expectación. Es por tanto ya hora de despertar de nuestro sueño, sabiendo que ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos: «Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará» (Hebreos 10:37), y Él mismo ha dicho: «Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles» (Lucas 12:37).

Capítulo 2

La Esperanza — ¿Presente O Diferida?
Ahora surge la cuestión de si la venida del Señor constituye una esperanza inmediata, o si hemos de esperar a que ocurran acontecimientos que la precedan. Esta es una cuestión vital; por ello será necesario ser muy cuidadosos al considerar la enseñanza de las Escrituras sobre esta cuestión.
Así, en términos generales podemos decir que aparecen tres palabras en relación con la Segunda Venida. La primera es parousia  — que significa sencillamente «venida», y que por ello se aplica a la venida personal de cualquier persona, así como a la de Cristo (véase 1 Co. 16:17; 2 Co. 7:6; 10:10; Fil. 1:26; 2:12 como ejemplo de su uso en la venida de personas). Se emplea unas dieciséis veces en relación con la venida de Cristo (Mt. 24:3, 27, 37, 39; 1 Co. 15:23; 1 Ts. 2:19; 3:13; 4:15; 5:23; 2 Ts. 2:1, 8-9; Stg. 5:7-8; 2 P. 1:16; 2 P. 3:4). El uso de esta palabra — por su mismo significado — es de tipo general; por ello, no indica por sí misma el carácter preciso del suceso con el que puede estar asociada. Se encuentra en el mismo sentido, como se ve por los pasajes anteriores, en Mateo 24 y 1 Tesalonicenses 4. Otra palabra es apokalupsis, y significa «revelación», y ésta se usa cuatro veces (1 Co. 1:7; 2 Ts. 1:7; 1 P. 1:7, 13; y podríamos añadir, quizá, 1 P. 4:13). Esta palabra tiene una aplicación fija — se refiere siempre a la revelación de nuestro Señor desde el cielo; esto es, a Su venida junto con Sus santos y en juicio sobre la tierra — como, por ejemplo, en 2 Ts. 1:7. La última palabra es epifaneia, que significa «aparición» o «manifestación», y se traduce «aparición», «manifestación» y «venida». Se usa una vez de la primera venida de nuestro Señor (2 Ti. 1:10), y otras cinco veces (si incluimos 2 Ts. 2:8, donde se usa junto con parousia) de Su futura aparición. Además, puede añadirse que cuando el Señor anuncia Su propia venida (como, por ejemplo, en Apocalipsis 22:7, 12, 20), emplea el común verbo erjomai  — «vengo».

Capítulo 3

El Arrebatamiento De Los Santos
Cuando el Señor regrese a recoger Su pueblo sucederán dos cosas — la resurrección de los muertos en Cristo y la transformación de los creyentes vivos; luego ambos a una serán arrebatados en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Esto se enseña con toda claridad en 1 Ts. 4:16-17. Nuestro mismo bendito Señor prefiguró esta verdad, más aún, la afirmó, aunque Su significado difícilmente se podría captar sin la luz adicional de las epístolas. De camino a Betania, después de la muerte de Lázaro, dijo a Marta: «Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees tú esto?» (Jn. 11:23-26, V.M.). Así, aquí tenemos las mismas dos clases: los que creyeron en Cristo, pero que morirían antes de Su regreso, estos vivirían; y en segundo lugar, aquellos que estarían vivos entonces, y que creyeron en Él, estos no morirían jamás — esto se corresponde exactamente con las dos clases que aparecen en 1 Tesalonicenses 4.
Sin embargo, para aclarar esta cuestión de la manera más llana, debemos primero exponer que sólo creyentes resucitarán de entre los muertos a la segunda venida de nuestro Señor. No hay ninguna doctrina más claramente enseñada en la Escritura, ni tan completamente descuidada o ignorada por la gran masa de profesos cristianos. El concepto dominante es que al final del mundo, al final del milenio, habrá una resurrección general de creyentes e incrédulos; que todos juntos serán convocados ante el trono del juicio, y que entonces se declarará el destino eterno de cada uno. Pero este concepto teológico, aunque se enseña y acepta de modo tan general, no sólo no tiene ningún fundamento en la palabra de Dios, sino que está diametralmente opuesto a su enseñanza. Esto se reconocerá si se presta atención a las pruebas que se van a presentar acerca de que nadie sino los creyentes serán levantados en la venida del Señor.

Capítulo 4

El Tribunal De Cristo
«Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo», dice el apóstol (2 Co. 5:10). Y en esta declaración se incluyen, sin duda, tanto creyentes como incrédulos, aunque, como se verá en el curso de estos capítulos, interviene un largo período entre el juicio de las dos clases; porque no hay ningún fundamento en la palabra de Dios para la idea comúnmente admitida de que santos y pecadores vayan a comparecer simultáneamente ante el tribunal. Pero ahora estamos tratando ahora acerca de los creyentes, y su comparecencia ante el tribunal de Cristo tendrá lugar entre Su venida y Su manifestación. Arrebatados para salir al encuentro del Señor en el aire, como ya hemos visto en nuestro anterior capítulo, son entonces como Cristo, le verán como Él es (1 Jn. 3:2), y estarán con Él para siempre (1 Ts. 4:17). El lugar al que son trasladados, y en el que estarán con el Señor, es la casa del Padre. Esto lo conocemos por las palabras del mismo Señor: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a Mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Jn. 14:2-3). Allá será que el bendito Señor llevará a todos los Suyos, y, si podemos adaptar las palabras, los presentará sin mancha delante de Su gloria con gran alegría (Jud. 24); ¡y con qué abundante alegría se presentarán Él y los hijos que Dios le dio ante Su Padre y el Padre de ellos, y Su Dios y el Dios de ellos! ¡Y con qué gozo Dios mismo contemplará el fruto y la perfección de Sus propios consejos, cuando los redimidos queden todos hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos! (Ro. 8:29).
Entonces los santos habitarán en la casa del Padre durante el intervalo que va de la venida de Cristo a por Sus santos hasta Su regreso con Sus santos; y, como se ha hecho observar antes, es durante este tiempo que comparecerán ante el tribunal de Cristo. La prueba de esto la encontramos en Apocalipsis 19. Justo en vísperas de regresar con Cristo (vv. 11-14), Juan nos dice: «Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas (dikaiomata) de los santos» (vv. 6-8). Aquí, entonces, encontramos a los santos revestidos de sus justicias (no de la de Dios), es decir, del fruto de su caminar práctico, producido y obrado desde luego por el Espíritu Santo, pero, con todo, contado como de ellos en la maravillosa gracia de Dios; y por ello, debido a que el tribunal de Cristo para los creyentes trata acerca de las cosas que hicieron cuando estaban en el cuerpo, esto sólo puede ser el resultado de una resolución judicial. El atavío de la esposa del Cordero en su lino fino, limpio y brillante, seguirá por tanto a la comparecencia de los santos ante el tribunal de Cristo; y ambas cosas tienen lugar, como parece de este capítulo, como preparativos e inmediatamente antes de la aparición del Señor con Sus santos. Si no tuviésemos esta información, podríamos haber creído que el tribunal de Cristo habría seguido de cerca al arrebatamiento. Pero hay gracia en esta postergación. Los santos son arrebatados, y están con el Señor en la casa del Padre, y se les permite familiarizarse, y, si podemos usar esta palabra, acomodarse en la gloria en la que han sido introducidos, antes que se someta a examen la cuestión de lo que cada uno ha hecho mientras estaba en el cuerpo.

Capítulo 5

La Cena De Las Bodas
Del Cordero
Hay otro acontecimiento en el cielo después de la sesión del tribunal de Cristo, y antes de Su regreso con Sus santos: la cena de las bodas del Cordero. Podemos citar de nuevo la Escritura en la que se hace referencia a la misma: «Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos. Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero» (Ap. 19:7-9). En esta escena celestial contemplamos la consumación de la redención, con respecto a la iglesia, en su presentación ante el Objeto de todas sus esperanzas y afectos, y en eterna unión con Él.
Sin embargo, será necesaria una breve introducción para captar el verdadero carácter de la escena que se nos presenta. De muchos pasajes de la Escritura inferimos que la iglesia no es sólo el cuerpo (Ef. 1:23, 5:30; Col. 1:18; 1 Co. 12:27, etc.)., sino también la novia de Cristo. Pablo habla así a los corintios: «Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo.» (2 Co. 11:2). Y también, al exponer los deberes de los maridos para con sus esposas, los hace valer sobre la base de que el matrimonio es un tipo de la unión de Cristo con la iglesia. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (Ef. 5:25-27). Y una vez más: «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia» (vv. 31-32). Aquí, el Espíritu de Dios nos retrotrae a la formación de Eva tomada de Adán, y su presentación a él y unión a él como su esposa, como tipo de la presentación de la iglesia a Cristo, el postrer Adán. Mientras Él estuvo aquí como hombre, se mantuvo en solitario; pero también sobre Él cayó un profundo sueño, el sueño de la muerte, según el propósito de Dios; y como fruto de Su trabajo, mediante el descenso del Espíritu Santo, se formó la iglesia — formada y unida a Él; de modo que, como dijo Adán de Eva: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn. 2:23), nosotros (los creyentes) podemos decir: «somos miembros de Su cuerpo, de Su carne y de Sus huesos» (Ef. 5:30).

Capítulo 6

La Restauración De Los Judíos
Es cosa ciertísima en la palabra de Dios que los judíos, hoy dispersados por todo el mundo, serán restaurados a su propia tierra; porque «El que esparció a Israel lo reunirá» (Jer. 31:10). El tiempo de su restauración no se revela, pero, por cuanto aparecen en la tierra poco después del arrebatamiento de los santos, es evidente que tendrá lugar alrededor de dicha ocasión, aunque sería imposible decir si antes o después de este suceso, pero probablemente después, porque en otro caso sería una señal visible de que el Señor está muy cerca.
Una breve referencia a los caminos de Dios en el gobierno de la tierra simplificará y facilitará en gran manera nuestra comprensión de esta cuestión. Del profeta Daniel aprendemos que, debido al fracaso total de Israel como depositario del poder de Dios sobre la tierra, el dominio fue transferido a los gentiles. Así, en la interpretación de la gran imagen que Nabucodonosor había visto en su sueño, Daniel dice: «Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad. Y dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, Él los ha entregado en tu mano, y te ha dado el dominio sobre todo; tú eres aquella cabeza de oro» (Dn. 2:37-38). A esto iban a seguir tres otros imperios: el de Medo-Persia, el de Grecia y el de Roma; y el último de estos, tras desaparecer por un tiempo, sería finalmente reavivado, pero manifestado en diez reinos, como queda simbolizado en los diez dedos de los pies en la imagen, todos los cuales estarían sin embargo unidos en una federación común bajo un jefe supremo (Dn. 2:31-43; 7; Ap. 13 y 17). Estos imperios llegan hasta el fin, pero el último quedará sustituido, más aún, destruido, por el reino de Cristo; porque «en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre» (Dn. 2:44; véase también Ap. 19:11-21 y cap. 20). Ahora bien, el período que abarca la totalidad de estas monarquías se designa como «los tiempos de los gentiles», durante los cuales, según las palabras de nuestro Señor, Jerusalén ha de ser «hollada por los gentiles» (Lc. 21:24). Así, la ausencia de los judíos de su propia tierra coincidirá, de manera aproximada, con este período. Pero los propósitos de Dios tocante a Su antiguo pueblo se cumplirán todavía, porque «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Ro. 11:29). Y por ello, cuando se dé la plenitud y el arrebatamiento de la iglesia, Dios comenzará de nuevo con Sus tratos con la nación.

Capítulo 7

La Apostasía Y El Anticristo
Durante el intervalo entre el arrebatamiento de los santos y la manifestación de Cristo, la tierra será el escenario de algunos de los sucesos más terribles que jamás hayan sucedido a lo largo de su historia. Entre estos habrá la apostasía — el público rechazo de toda profesión de cristianismo, con la negación tanto del Padre como del Hijo (1 Jn. 2:22), y la manifestación del hombre de pecado, el hijo de perdición, también conocido como el anticristo. Pablo nos ha dejado una instrucción sumamente clara y precisa acerca de estas cuestiones. Unos falsos maestros habían intentado sacudir la esperanza de los creyentes en Tesalónica proclamando que el día del Señor ya había sobrevenido. Es con el propósito de confrontar este error que escribió: «Ahora, por a la venida de nuestro Señor Jesucristo y nuestra reunión con Él, os rogamos, hermanos, que no seáis movidos fácilmente de vuestro modo de pensar ni seáis alarmados, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, como que ya hubiera llegado el día del Señor. No dejéis que nadie os engañe en manera alguna; porque ese día no viene sin que venga primero la apostasía, y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o que es objeto de culto; de modo que se siente en el templo de Dios, pretendiendo que él es Dios» (2 Ts. 2:1-4, trad. del Gr.). Por ello, somos claramente advertidos de que «la apostasía» y el hombre de pecado serán vistos en el intervalo entre el arrebatamiento de los santos y el Día del Señor. Porque el apóstol fundamenta su exhortación a estos creyentes sobre la venida de nuestro Señor Jesucristo, y de nuestra reunión con Él. Como otro ha explicado este pasaje: «Su reunión con Cristo en el aire era una demostración de la imposibilidad de que el Día del Señor ya hubiera llegado. Además, con respecto a esto último él presenta dos consideraciones: primero, que aquel día no podía haber llegado ya, porque los cristianos no estaban todavía reunidos con su Señor, y ellos debían volver con Él; en segundo lugar, el hombre de pecado que tenía que ser juzgado en tal ocasión todavía no se había manifestado, de modo que el juicio no podía caer todavía».
Sobre esta base el apóstol pasa a exponer que hasta que la Iglesia sea arrebatada no se puede alcanzar esta consumación y materialización de la maldad. «Y ahora vosotros sabéis lo que impide, para que á su tiempo se manifieste. Porque ya está obrando el misterio de iniquidad: solamente espera hasta que sea quitado de en medio el que ahora impide; y entonces será manifestado aquel inicuo» (vv. 6-8). Así, bajo la luz de este y otros pasajes, podemos seguir un poco el tema de «la apostasía» y del hombre de pecado.

Capítulo 8

La Gran Tribulación
También, en relación con el dominio del anticristo, habrá otro suceso de importancia trascendental. Ya aparecen anuncios de esto esparcidos por los profetas, así como por diversos pasajes de las escrituras del Nuevo Testamento. Generalmente, se designa como la gran tribulación, pero si examinamos este tema con atención se verá que se trata sólo de un rasgo de este terrible tiempo de prueba por el que tendrán que pasar los habitantes de la tierra en aquel período. De hecho, habrá un tiempo de angustia sin precedentes, tanto para judíos como para gentiles. En este capítulo nos proponemos reunir alguna de la información que la Escritura nos proporciona acerca de esta cuestión, así como mostrar quiénes son los santos que tendrán que pasar por este horno ardiente.
1. El tiempo de angustia para los judíos. Jeremías se refiere específicamente a esto, y para comprenderlo con claridad citaremos el pasaje con su contexto: «Así habló Jehová Dios de Israel, diciendo: Escríbete en un libro todas las palabras que te he hablado. Porque he aquí que vienen días, dice Jehová, en que haré volver a los cautivos de mi pueblo Israel y Judá, ha dicho Jehová, y los traeré a la tierra que di a sus padres, y la disfrutarán. Éstas, pues, son las palabras que habló Jehová acerca de Israel y de Judá. Porque así ha dicho Jehová: Hemos oído voz de temblor; de espanto, y no de paz. Inquirid ahora, y mirad si el varón da a luz; porque he visto que todo hombre tenía las manos sobre sus lomos, como mujer que está de parto, y se han vuelto pálidos todos los rostros. ¡Ah, cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado. En aquel día, dice Jehová de los ejércitos, yo quebraré su yugo de tu cuello, y romperé tus coyundas, y extranjeros no lo volverán más a poner en servidumbre, sino que servirán a Jehová su Dios y a David su rey, a quien yo les levantaré» (Jer. 30:2-9). Hay tres cosas evidentes que se desprenden de este pasaje. Primero, que Israel (como hemos visto en un capítulo anterior) será todavía restaurado a su propia tierra; que después de esto — o después de la restauración de muchos — habrá un tiempo de angustia sin precedentes; y tercero, que luego tendrán su final liberación y bendición. La relación de estos tres acontecimientos fija el período de la tribulación que padecerán, y expone que ello tendrá lugar después de su regreso a la tierra y antes de la aparición del Señor.

Capítulo 9

La Manifestación De Cristo
La diferencia entre la venida del Señor y Su manifestación es que en el primer caso Él viene a recoger a Sus santos, y en el segundo acude con Sus santos. De modo que el reino está siempre conectado con Su manifestación, por cuanto es entonces que Él asumirá Su poder, y «dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra» (Sal. 72:8). Este suceso será completamente inesperado. Sumidos en un profundo sueño, y sordos a toda advertencia, el mundo, bajo el poderoso engaño que ha sido enviado sobre él, habrá creído una mentira, la falsedad satánica, y habrá puesto su confianza en la obra maestra de Satanás, el anticristo. Los hombres finalmente habrán encontrado su felicidad olvidando a Dios, y por ello, «como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mt. 24:38-39). Sí, tan repentino será, con un estallido de horror sobre un mundo atónito y descuidado, que «como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en Su día» (Lc. 17:24).
Pero, a fin de obtener una perspectiva más inteligente de este maravilloso acontecimiento, es aconsejable obtener una idea general del estado de cosas que subsistirá entonces. Hacia el final de la tribulación, descrita en el capítulo anterior, habrá una coalición de potencias hostiles contra los judíos. La misma se describe en uno de los Salmos: «Contra Tu pueblo han consultado astuta y secretamente, Y han entrado en consejo contra Tus protegidos. Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que no sean nación, Y no haya más memoria del nombre de Israel» (Ps. 83:3-4). Los principales actores de esta confederación parecen ser los asirios, que aparecen mencionados a menudo por Isaías (véase Is. 10:24; 14:25, etc.), o también el rey del norte, o el cuerno pequeño de Daniel 8, la primera «bestia», es decir, la cabeza del Imperio Romano redivivo, y el falso profeta — el anticristo (Ap. 13, 19). Zacarías se refiere a esto cuando clama en nombre del Señor: «He aquí yo pongo a Jerusalén por copa que hará temblar a todos los pueblos de alrededor contra Judá, en el sitio contra Jerusalén. Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados, bien que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella» (Zac. 12:2-3). Es Satanás, como siempre, quien inspira los corazones de estos enemigos de Israel, pero el Señor los usa para castigar a la nación apóstata, y por ello mismo Zacarías también dice: «He aquí, el día de Jehová viene, y en medio de ti serán repartidos tus despojos. Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén» (Zac. 14:1-2). En Apocalipsis encontramos otros actores principales en escena, aunque la hostilidad de ellos se describe en este último libro como contra el Cordero y contra Sus santos, y por ello mismo podemos suponer que tenemos un desarrollo subsiguiente de los planes de ellos, ocasionado por la manifestación de Cristo. Juan dice: «Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra Su ejército» (Ap. 19:19).

Capítulo 10

El Reino De Cristo
En la presente dispensación, la gracia reina por la justicia (Ro. 5:21); en el estado eterno, la justicia morará (2 P. 3:13); pero en el reinado milenario, la justicia reinará. Esta será ciertamente su característica según las palabras del profeta: «He aquí que para justicia reinará un rey» (Is. 32:1), o en las del salmista: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; Cetro de justicia es el cetro de tu reino» (Is. 45:6). De hecho, hay dos tipos en las Escrituras de Cristo como rey: David y Salomón. David lo representa en figura como Rey de justicia, y Salomón como Príncipe de paz. Estos dos aparecen combinados en Melquisedec, rey de Salem, «cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz» (He. 7:2). Estos dos aspectos, según se verá, son los rasgos distintivos del dominio de Cristo, el primero anterior, y de hecho el que produce el otro: «Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre» (Is. 32:17).
Por ello, será cosa evidente para el lector que de Cristo no puede decirse en ningún sentido que sea Rey de la Iglesia. Con respecto a la Iglesia mantiene una relación más estrecha, la de Cabeza; porque los creyentes ahora están unidos a Él por el Espíritu de Dios, y son por consiguiente miembros de Su cuerpo. Cierto, Él es Rey «en cuanto a Su título, aunque actualmente es un Rey rechazado; y es cierto que el creyente no reconoce más autoridad que la de Él; pero es una confusión de dispensaciones asegurar que Cristo reina ahora como Rey. Lo hará; pero no será así hasta que venga públicamente en la manera descrita en el anterior capítulo. En nuestro tiempo presente está sentado a la diestra de Dios, y allí seguirá sentado hasta que Sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies. Entonces aparecerá y procederá a suprimir toda autoridad y todo poder. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies (1 Co. 15:24-25). Este es el reino — el reino tal como ha sido explicado — que va a ser considerado en este capítulo. El reino de los cielos ya existe ahora (Mt. 13), lo mismo que el reino de Dios (Jn. 3); y de los creyentes se dice que han sido trasladados al reino del amado Hijo de Dios (Col. 1:13), pero el reino de Cristo como Rey está limitado al milenio. Así, se le dijo a María acerca de Él, que «el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc. 1:32). Es evidente que esta promesa nunca ha sido todavía cumplida, porque cuando Él fue presentado a los judíos como su Mesías no le quisieron recibir, y finalmente afirmaron: «No tenemos más rey que César» (Jn. 19:15). Pero cada una de las palabras de Dios se cumplirá, y por tanto Él ha de ser también el Rey de Israel, y no sólo de Israel, porque como Hijo del Hombre hereda glorias aún más extendidas: «todos los dominios le servirán y obedecerán» (Dn. 7:27). Israel será el centro de este dominio universal, y será por medio de esta nación que Él gobernará las naciones sobre la tierra.

Capítulo 11

La Nueva Jerusalén
Hasta ahora sólo hemos tratado, en el capítulo anterior, de las características terrenales del milenio. Ahora será necesario, así, considerar también su aspecto celestial, tal como nos es presentado en la Nueva Jerusalén. Si el lector pasa a Apocalipsis 19, observará que desde el versículo once de este capítulo hasta el versículo ocho del capítulo 21 tenemos una serie de acontecimientos consecutivos. Comienzan con la salida del cielo del Señor Jesús, seguido por los ejércitos celestiales, en juicio; y luego tenemos, como ya hemos visto, la destrucción de la «bestia», del falso profeta y de sus ejércitos, el encadenamiento de Satanás, los mil años, la suelta de Satanás, etc., el gran trono blanco, y el estado eterno (el cual se considerará en el próximo capítulo). Inmediatamente después de esto somos llevados, en el versículo noveno, a una descripción de la Nueva Jerusalén, que llega hasta el capítulo 22; y en este pasaje de la Escritura tenemos el carácter de la ciudad durante el milenio, y su relación, de hecho, con la tierra milenaria.
Juan dice: «Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero. Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios» (Ap. 21:9-11). Lo primero que llama la atención del lector es el estudiado contraste entre este pasaje y el de Apocalipsis 17: «Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas» (v. 1). Así, en el capítulo 17 tenemos la descripción de Babilonia, y en Apocalipsis 21 la de la Nueva Jerusalén. Babilonia es la ciudad del hombre, y la segunda es la ciudad de Dios; la primera es la expresión de lo que el hombre es, y la otra lo es de la perfección de los pensamientos de Dios, revestida de la gloria de Dios. Que el lector pondere cuidadosamente el contraste, y aprenda las lecciones divinas que nos imparte. Es preciso hacer otra observación: la Nueva Jerusalén es «la desposada, la esposa del Cordero». Esto determina su carácter. Se trata de la Iglesia que Cristo ya se ha presentado «a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (Ef. 5:27), hermosa con Su propia belleza, y teniendo la gloria de Dios. También se debe observar su posición. Tanto en el versículo dos como en el diez se la ve descendiendo del cielo, de Dios; pero una comparación de ambos pasajes expone el lugar que la ciudad ocupa a lo largo de los mil años. En el versículo diez se ve descendiendo del cielo, de Dios; pero después de una declaración similar en el segundo versículo, Juan oye esta proclamación: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres», lo que expone que la ciudad había descendido y reposado sobre la nueva tierra. Así, la inferencia, que está abundantemente apoyada por otros pasajes de la Escritura, es que en el versículo diez la ciudad desciende hacia la tierra milenaria, pero que reposa sobre ella, por encima de la Jerusalén terrenal. Situada, por así decirlo, sobre la ciudad terrenal, será un objeto visible de luz y gloria; esto quizá sirva para explicar el lenguaje con el que el profeta se dirige a Jerusalén: «El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria» (Is. 60:19).

Capítulo 12

El Gran Trono Blanco Y El
Estado Eterno
El milenio concluye la larga serie de dispensaciones terrenales. Los tratos de Dios con la tierra, sean en gracia, misericordia o juicio, quedan ahora concluidos; por ello, la tierra y el cielo huyen de delante de Aquel que se ha sentado en el gran trono blanco (Ap. 20:11). El juicio final se celebra entre el final del milenio y el comienzo del estado eterno; pero antes de esto tiene lugar un importante acontecimiento, que en el pasaje acabado de citar se trata de forma muy sumaria, pero que es de gran magnitud e importancia: se trata de la destrucción de la tierra y del cielo por fuego. Pedro describe así este suceso: «Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas». Y añade: « ... esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual [o más bien, con ocasión del cual, V.M.] los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!» (2 P. 3:10, 12). El día del Señor, se debe observar, cubre todo el período de los mil años. Viene como ladrón, al ser introducido por la manifestación del Señor; y a su conclusión tiene lugar la destrucción de la tierra y el cielo con fuego. Por esto Pedro dice «en el cual», porque queda incluido en el día del Señor, aunque como conclusión del mismo. Es el mismo suceso que aparece indicado en Apocalipsis por estas palabras: « ... de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos», limitándose sólo al hecho, sin explicar el medio de la desaparición de la una y del otro; pero, como vemos por Pedro, el fuego es el instrumento escogido por Dios para la destrucción de esta escena presente. Luego sigue la escena del gran trono blanco; el juicio final, así tiene lugar después que se desvanezcan la tierra y el cielo. El carácter de este juicio demanda un examen más detallado.
Primero, entonces, pasemos a considerar al Juez. De la versión Reina-Valera parece que Dios mismo sea el Juez: «Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios» (Ap. 20:12). Sin embargo, es bien sabido que el peso de la evidencia del texto original es que en lugar de «de pie ante Dios» debería decir «de pie ante el trono»; también está muy claro por otros pasajes de la Escritura que el Señor Jesús es quien lo ocupa, Aquel que se sentará en el gran trono blanco. Él mismo lo declaró: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre», añadiendo a esto: «Porque como el Padre tiene vida en Sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en Sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre» (Jn. 5:22-27). Con esto concuerdan también las palabras de Pablo cuando dice que toda rodilla se doblará, y que toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:10-11). Así, Aquel que vino una vez a esta tierra, pero que fue rechazado y crucificado, es Aquel que se sentará en juicio sobre aquellos que le rechazaron como Salvador y Señor; porque el Padre quiere que todos honren al Hijo así como le honran a Él. Así, al ocupar este trono de juicio, Dios vindica públicamente a Cristo en presencia de los hombres y de los ángeles, y lo presenta como digno de honra y homenaje universal; de modo que ahora todas las rodillas que rehusaron doblarse ante Él en el día de la gracia tienen que hacerlo finalmente reconociendo Su autoridad y supremacía. Como Aquel que se sienta en el gran trono blanco, ha pasado a ser el Juez que decidirá el destino eterno de todos Sus enemigos.