La esperanza de la Iglesia, con observaciones prácticas y concluyentes

Revelation 22:6‑21
(Léase Apocalipsis 22:6-216And he said unto me, These sayings are faithful and true: and the Lord God of the holy prophets sent his angel to show unto his servants the things which must shortly be done. 7Behold, I come quickly: blessed is he that keepeth the sayings of the prophecy of this book. 8And I John saw these things, and heard them. And when I had heard and seen, I fell down to worship before the feet of the angel which showed me these things. 9Then saith he unto me, See thou do it not: for I am thy fellowservant, and of thy brethren the prophets, and of them which keep the sayings of this book: worship God. 10And he saith unto me, Seal not the sayings of the prophecy of this book: for the time is at hand. 11He that is unjust, let him be unjust still: and he which is filthy, let him be filthy still: and he that is righteous, let him be righteous still: and he that is holy, let him be holy still. 12And, behold, I come quickly; and my reward is with me, to give every man according as his work shall be. 13I am Alpha and Omega, the beginning and the end, the first and the last. 14Blessed are they that do his commandments, that they may have right to the tree of life, and may enter in through the gates into the city. 15For without are dogs, and sorcerers, and whoremongers, and murderers, and idolaters, and whosoever loveth and maketh a lie. 16I Jesus have sent mine angel to testify unto you these things in the churches. I am the root and the offspring of David, and the bright and morning star. 17And the Spirit and the bride say, Come. And let him that heareth say, Come. And let him that is athirst come. And whosoever will, let him take the water of life freely. 18For I testify unto every man that heareth the words of the prophecy of this book, If any man shall add unto these things, God shall add unto him the plagues that are written in this book: 19And if any man shall take away from the words of the book of this prophecy, God shall take away his part out of the book of life, and out of the holy city, and from the things which are written in this book. 20He which testifieth these things saith, Surely I come quickly. Amen. Even so, come, Lord Jesus. 21The grace of our Lord Jesus Christ be with you all. Amen. (Revelation 22:6‑21)).
Al aproximar a un fin, así como es necesario el hacerlo ahora, la indagación de la Escritura, que en estas ocasiones consecutivas hemos seguido, hay un sujeto que estoy ansioso de presentar delante de Uds. tan completamente como el tiempo lo permita. Es un sujeto estrechamente conectado con aquello que ha sido anunciado como el tema de nuestras meditaciones esta vez: en realidad, forma parte de ello. La resurrección de los santos al tiempo de la venida del Señor, como distinta de la resurrección de los malvados, es el sujeto al cual me refiero; y la venida del Señor es en sí misma “la esperanza de la Iglesia”.
La idea que los cristianos generalmente abrigan es esa de una resurrección sin distinción; los justos y los malvados, se supone, siendo resucitados al mismo instante, y ese instante siendo absolutamente al fin de los tiempos, después del milenio, a la conclusión del curso entero de las relaciones de Dios con esta tierra en que habitamos. Esta fue la idea que Marta, la hermana de Lázaro, tenía. Sola y triste a causa de la pérdida de su hermano, nuestro Señor para dar consuelo a su corazón, le dijo: “Tu hermano se levantará otra vez”. ¿Cuál fue su respuesta? “Sé que él se levantará otra vez en la resurrección en el último día”. La fe de Marta con respecto a la resurrección fue exactamente esa de la mayoría de los profesantes del cristianismo ahora —verdadera, sin duda, hasta donde va, pero no llegando a la bella plenitud de la verdad revelada en la Palabra de Dios con respecto a ella—. Va a haber, en realidad, una resurrección, y esa resurrección va a ser en el último día. Pero así como estábamos mostrando a Uds. de la Escritura, hace dos o tres semanas, “el día del juicio”, “el día del Señor”, y, ahora añadiría, “el día final”, cada uno de ellos expresa no un día literal, actual de veinticuatro horas, pero un período extendido. El “último día” comienza antes del “día del juicio” —“el día del Señor”— pero nos parece a nosotros que comprende el período completo desde el tiempo de la venida de Cristo a recibir a sus santos, hasta el tiempo “cuando él habrá entregado el reino a Dios, aun al Padre, cuando Él habrá subyugado todo gobierno, y toda autoridad y poder”. Así que la resurrección en el último día comprende la resurrección de los justos y de los malos: Pero esto de ninguna manera prueba que ellas se verifican al mismo instante; y veremos ahora mismo, del testimonio de la Escritura, ellas son no solamente distinguidas la una de la otra, pero al mismo tiempo separadas por un intervalo de mil años.
El primer pasaje al cual llamaría su atención es Lucas 14:14,14And thou shalt be blessed; for they cannot recompense thee: for thou shalt be recompensed at the resurrection of the just. (Luke 14:14) el cual simplemente distingue estas dos resurrecciones en respecto a su carácter. Nuestro Señor, habiendo exhortado a aquellos con quienes Él estaba sentado a la mesa, cuando ellos hicieron una fiesta, a llamar a los pobres, los mancos, los ciegos, procede a esforzar la exhortación de esta manera: “Y serás bienaventurado; porque no te pueden retribuir; mas te será recompensado en la resurrección de los justos”.
¿Podría alguno, no poseído previamente con la idea prevalente, tener la impresión de este pasaje de que la resurrección del justo y la del injusto, forman un solo evento, sin distinción? ¿No sería la impresión natural del pasaje, en una mente sin prejuicio, el que la resurrección de los justos es un evento enteramente distinto? “Mas te será recompensado en la resurrección de los justos”.
En Filipenses 3:10-11,10That I may know him, and the power of his resurrection, and the fellowship of his sufferings, being made conformable unto his death; 11If by any means I might attain unto the resurrection of the dead. (Philippians 3:10‑11) el apóstol representa como su esfuerzo especial —su esfuerzo ardiente y continuo— el conocer a Cristo y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, en conformidad a su muerte, “si en alguna manera”, dice él, “llegase a la resurrección de entre los muertos”. Pero si la única resurrección es una resurrección sin distinción, tanto de los justos como de los injustos —un acto simple del poder de Dios, aparte de toda cuestión de condición espiritual y de carácter— ¿cómo podría ser la solicitud de Pablo “en alguna manera llegar a la resurrección de entre los muertos”?
En Juan 5 tenemos otro pasaje importante en el cual nuestro bendito Señor hace distinción entre la resurrección de los justos y la de los injustos. “No os maravilléis de esto: porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida: mas los que hicieron mal, a resurrección de condenación”.1
Aquí nuestro Señor habla de dos resurrecciones, distinguiéndolas por los orígenes de las cuales ellas proceden, y por los cuales ellas son caracterizadas así; en el un caso vida, en el otro juicio —“la resurrección de vida” y “la resurrección de juicio”—. Tal vez Ud. esté diciendo, “sí, pero ambas ocurren en una misma hora”. Yo anticipé esta objeción, cuando hice referencia a este pasaje; y ha sido tanto para refutar esta objeción que he pedido su atención a este pasaje, como también el mostrar a Uds. la prueba positiva que contiene de la doctrina que estamos considerando. “Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán”. De esto la gente infiere que todos se han de levantar juntos. Y esta sería una inferencia justa si la palabra “hora” significara un período literal de sesenta minutos. Pero si Uds. vuelven a mirar al versículo 25 de este capítulo, verán que la palabra es usada en un sentido diferente. Él ha estado hablando de dar vida a almas muertas —como aquél que oye y cree tiene vida eterna, y no ha de venir a juicio o condenación, sino ha pasado de muerte a vida—. Entonces él dice, “De cierto, os digo: Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán”. Vendrá hora, y ahora es. Había comenzado cuando nuestro Señor habló. Hay una “hora” en la cual el Hijo de Dios da vida a las almas muertas: los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán. ¿Cuánto ha durado esta “hora”? Había comenzado cuando el Señor Jesús habló así: ¡no ha terminado aún! Ya nosotros conocemos que esta “hora” de hacer vivir a las almas es de una duración de más de mil ochocientos años. Por lo tanto, cualquiera cosa que sea que la palabra “hora” signifique, la “hora” en la cual Cristo hará vivir los cuerpos muertos pudiera durar tanto como esta “hora” presente, en la cual Él está haciendo vivir almas muertas. El pasaje delante de nosotros no determina que largo el período sea. Enseña plenamente que hay una “resurrección de vida”, y una “resurrección de juicio”. Una “hora” se está llegando en la cual ambas ocurrirán. Leemos en el contexto inmediato de este pasaje de otra “hora”, la cual incuestionablemente ha durado por cerca de dos mil años. Cual sea el período actual que transcurre entre estas dos resurrecciones, tenemos que aprender en otro lugar en la Escritura; y en otro pasaje se nos dice claramente que es uno de mil años.
Es en Apocalipsis 20 donde aprendemos esto. Encontramos allí que la duración de la “hora” en que estas dos resurrecciones se verifican es mil años. La resurrección de vida es al principio: la resurrección de juicio es al fin. Casi no he hecho referencia a este pasaje en ninguno de los discursos anteriores: me he ocupado especialmente en las pruebas provistas en otros lugares. Frecuentemente se asegura con confianza que las doctrinas presentadas antes Uds. son, si no enteramente, por lo menos en su mayoría, basadas sobre alguna interpretación particular de Apocalipsis 20. A causa de esto, he deferido de propósito, cualquier nota de él excepto una mera mirada (véanse los discursos anteriores), hasta esta vez, para que puedan Uds. ver, mis hermanos, que las verdades que hemos estado considerando no descansan exclusivamente, o aun principalmente, sobre la evidencia de este capítulo. Él es en realidad una parte importante de la Palabra de Dios; y no permita Dios que nosotros lo menospreciaremos ese, o cualquiera otra porción de la Escritura. Pero si este capítulo no hubiera estado en la Biblia —si le hubiera agradado a Dios el no habernos comunicado la instrucción que él contiene— aun queda, así como lo hemos visto, prueba abundante por toda la extensión de la Palabra de Dios, de las grandes doctrinas a las cuales nuestra atención ha sido dirigida. Pero ahora paso a este pasaje. Uds. tendrán aun otros pasajes por los cuales demostrar que la resurrección de los santos es distinta de la de los malos; pero es aquí donde se nos dice cuán largo tiempo transcurre entre las dos.
“Y vi un ángel descender del cielo, que tenía la llave del abismo, y una grande cadena en su mano. Y prendió al dragón, aquella serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y le ató por mil años; y arrojólo al abismo, y le encerró, y selló sobre él, porque no engañe más a las naciones, hasta que mil años sean cumplidos: y después de esto, es necesario que sea desatado un poco de tiempo”.
La gente dice que este es un lenguaje figurativo; y así es al momento admitido que sí lo es. Sin duda la llave del abismo, y la gran cadena en la mano del ángel, y el prender de Satanás, y el poner de un sello sobre él, es todo figurativo. ¿Pero de qué son estas figuras? ¿Son ellas expresiones sin sentido, a causa de ser figurativas? ¿o es el significado necesariamente incierto y vago? ¿Qué nos enseñan todas ellas sino que Satanás será refrenado a la fuerza, y eso en su propio abismo por mil años? —de tal manera refrenado que no engañará más a las naciones, hasta que mil años sean cumplidos—. ¿Qué dificultad hay en entender la fuerza y el significado de figuras como estas?
“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fue dado juicio; y vi las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y que no habían adorado la bestia, ni a su imagen, y que no recibieron la señal en sus frentes, ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años. Esta es la primera resurrección”.
Hermanos, observen Uds. las últimas palabras: “Esta es la primera resurrección”. Pueden haber habido figuras en el pasaje; nadie lo duda. Pero cuando se place al Espíritu Santo el interpretar el lenguaje figurativo que ha empleado, cuando le place el decirnos lo que significa, ¿hemos de evadir la fuerza de todo lo que Él dice haciendo también figurativa su interpretación? “Esta es la primera resurrección”, es la explicación del Espíritu Santo de las figuras o símbolos, por las cuales había sido presentada.
“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección: la segunda muerte no tiene potestad en estos; antes serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años”.
Nada puede ser más evidente que lo que la simple, definitiva impresión de este lenguaje ha de ser sobre cualquier mente no preocupada con pensamientos de otra naturaleza. Se pretende evadir su significado claro y evidente diciendo que la resurrección de los mártires, la cual Juan vio, denota un avivamiento de los principios fundamentales por los cuales ellos sufrieron; que habiendo sufrido muerte por principios cristianos, el avivamiento y esparcimiento y ascendencia de estos principios es presentado por medio del símbolo de aquellos que han sido degollados, viviendo y reinando con Cristo por mil años. Tal es la interpretación popular de este pasaje. Pero falla a cada punto. Aquellos que han sido degollados son los que reinan. ¿Son principios o personas los que han sido degollados por el testimonio del Señor Jesús y por la Palabra de Dios? Otra vez: suponiendo que el reinado de principios pudiera ser presentado por la resurrección y reino de aquellos que habían sido mártires por su causa, ¿cómo podremos dar cuenta de su sacerdocio? “Serán sacerdotes de Dios y de Cristo”. Así como en algún lugar alguien ha dicho en sustancia, “Bien pueden Uds. hablar del reinado de principios; pero ¿pueden Uds. cambiar principios en sacerdotes?”. Otra vez: “Sobre los tales la segunda muerte no tiene potestad”. ¿Qué es la segunda muerte? En el versículo 14 esto es explicado el ser “el lago de fuego”. ¿Y podría haber tal cosa de la segunda muerte; el lago de fuego, teniendo potestad sobre principios cristianos? El lago de fuego es para el castigo de los malos; y es uno de los elementos en la bienaventuranza de aquellos que tienen parte en la primera resurrección, que “sobre los tales la segunda muerte no tiene potestad”. Además: la primera resurrección está tan ligada en este capítulo con lo que todos admiten que es una resurrección literal de los cuerpos muertos al fin de los mil años, que no se puede anular la una sin anular la otra. Cuando Juan ha visto la visión en el versículo 4, la cual es explicada a él en el versículo 5 el ser “la primera resurrección”, se nos dice de algunos quienes no tienen parte en ella. “Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años”. En los versículos que siguen tenemos una vista rápida de los eventos que ocurren cuando los mil años se han terminado: Satanás es soltado; las naciones son otra vez engañadas; fuego de Dios desciende del cielo y les destruye: el Demonio, que les había engañado es arrojado en un lago de fuego, donde la bestia y el profeta falso están, habiendo sido arrojados allí sin morir desde mil años antes. (Véase Apocalipsis 19:2020And the beast was taken, and with him the false prophet that wrought miracles before him, with which he deceived them that had received the mark of the beast, and them that worshipped his image. These both were cast alive into a lake of fire burning with brimstone. (Revelation 19:20)). ¿Y entonces qué se sigue?
“Y vi un gran trono blanco, y al que estaba sentado sobre él, de delante del cual huyó la tierra y el cielo, y no fue hallado el lugar de ellos. Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar dio los muertos que estaban en él; y la muerte y el hades dieron los muertos que estaban en ellos: y fue hecho juicio de cada uno según sus obras”.
¿Es esto también figurativo, mis hermanos? Si así, entonces ¿dónde hay autoridad de la Escritura para la doctrina de la resurrección? Y si esto no es figurativo, ¿por qué se ha de relegar, como figurativa, la narrativa de “la primera resurrección” al principio del capítulo? Si se consiente, lo cual debe ser así, que la resurrección de la muerte de los malos, al fin del capítulo, es una resurrección literal y actual de cuerpos muertos, ¿sobre qué principio puede ser sostenido que la primera resurrección al principio del capítulo es figurativa, y denota el avivamiento de principios muertos o al punto de morir? ¿Qué dice la Santa Escritura? “Este es la primera resurrección”. “Pero el resto de los muertos no tornaron a vivir”, etc. El resto de los muertos ¿qué? —¿principios?— o ¿personas? De cierto “el resto” debe sostener alguna relación a aquellos de quienes son distinguidos. Si Ud. consigue unas tantas yardas de un tejido de género, y otra persona consigue “el resto”, ¡se quedará Ud. asombrado al oírle contender a alguno que lo que Ud. recibió fue lino, y que lo que el otro recibió fue lana! No: si es un avivamiento de principios lo que constituye la primera resurrección, “el resto de los muertos, que no tornarán a vivir hasta que se han cumplido los mil años”, debe ser principios también. Y si le espanta el usar tal frivolidad con la santa Palabra de Dios, si es cierto que los muertos que son resucitados y juzgados ante el gran trono blanco son personas y no principios; entonces es igualmente cierto que la primera resurrección es de personas. Si la primera resurrección es una de principios, entonces la segunda debe también de serlo. Si la segunda —aquella ante el gran trono blanco— es una resurrección de personas, la primera debe de ser lo mismo, una resurrección de personas. Nada puede ser más evidente y simple que esto.
Entonces este capítulo demuestra que hay un intervalo de por lo menos mil años entre “la resurrección de la vida” y “la resurrección del juicio”. “La hora se llega en la que todos los que están en el sepulcro oirán su voz, y se levantarán: los que han hecho bien a la resurrección de la vida; y los que han hecho mal, a la resurrección del juicio”. Esa “hora” dura mil años, y el “corto tiempo” que se sigue. La “hora” en la cual Cristo hace vivir las almas muertas ya ha durado más de mil ochocientos años. La “hora” en la cual Él ha de levantar los cuerpos muertos comienza con su venida a cambiar sus santos que viven y a levantar a los que están muertos. Se concluye con la resurrección de los malos, y su juicio ante el gran trono blanco —“la resurrección del juicio”—. Recomiendo este capítulo entero (Apocalipsis 20) a su investigación paciente, atenta y reverente, en su propio retiro delante de Dios.
Volvamos ahora a 1 Corintios 15. La resurrección es el sujeto aquí. Tenemos declaraciones que muestran su importancia profunda y fundamental. “Ahora, si Cristo es predicado que resucitó de los muertos, cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, Cristo tampoco resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana también es vuestra fe”. ¡De qué importancia tan solemne es entonces esta verdad de la resurrección! “Mas ahora, Cristo ha resucitado de los muertos, y es hecho primicias de los que durmieron”. ¿Han sido entonces las primicias recogidas en el granero? Y ¿no ha de seguirse la abundante y fecunda cosecha? De seguro que sí: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Mas cada uno en su orden: Cristo las primicias; luego” —¿quiénes?— “los que son de Cristo, a su venida”. Ni una palabra aquí de alguno que no esté en Cristo. Su resurrección —esto es, la de los malos— es en un principio distinto, y a otro tiempo; no al tiempo de su venida, pero, como lo hemos visto, mil años después. Ellos no son levantados como la cosecha de la cual la resurrección de Él fue las primicias. No: ellos son levantados por un acto de su poder infinito, a ser, por toda la eternidad, los monumentos del justo ejercicio de ese poder en arrojarlos en el lago de fuego, lo cual es la segunda muerte. Los dos eventos son tan distintos en carácter y principio como lo son en tiempo. Y la declaración aquí es la más precisa. Es una declaración del orden en el cual la resurrección tiene lugar. “Cada hombre en su propio orden: Cristo las primicias; después aquellos que son de Cristo a su venida”. Ni una palabra con respecto a aquellos que no lo son.
Pasen ahora, mis hermanos, a 1 Tesalonicenses 4. El apóstol está dando instrucciones explícitas a aquellos que han sido privados, por medio de la muerte, de amigos cristianos. “Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Él a los que durmieron en Jesús. Por lo cual, os decimos esto en palabra del Señor” —(tal es la autoridad por la cual él escribe; no hay expresión de opinión, de juicio espiritual, de parte del apóstol, aun cuando tal fuese de mucho peso; pero una clara revelación, la palabra del Señor)— “que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no seremos delanteros a los que están muertos”. Los creyentes Tesalonicenses tenían la esperanza del regreso del Señor, muy clara y distintamente así, delante de ellos. Ellos habían sido convertidos a Dios de los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar a Su Hijo del cielo. Sin embargo, algunos de sus hermanos habían muerto, esto es, habían partido; y los vivientes parecen haber sido llenados con pesar a causa de ellos, no fuese que ellos, los ausentes, a causa de su ausencia, hubieran de ser privados de participar en el gozo de los santos vivos en la venida del Señor. El apóstol les asegura que “nosotros que estamos vivos, y continuamos hasta la venida del Señor, no prevendremos” —esto es, no anticiparemos o iremos adelante de— “aquellos que están muertos”. Los santos vivientes no entrarán en el gozo completo de la venida del Señor ni un momento más pronto que aquellos partidos en la fe. “Porque el mismo Señor descenderá del cielo, con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero”. Así que lejos de ser pospuesto el gozo completo de los ausentes —lejos de ser nuestra entrada a la completa bienaventuranza y gloria antes de ellos— “los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor”. Su resurrección precede nuestra ascensión con ellos en las nubes a encontrar al Señor en el aire. “Por tanto, consolaos los unos a los otros en estas palabras”. Estas son, mis hermanos, las palabras suplidas por la pluma inspirada, con las cuales nos hemos de consolar los unos a los otros cuando estamos ante los sepulcros de nuestros amigos ausentes, que han sido puestos a dormir por el Señor Jesús; pues así las palabras lo significan literalmente. Pero ¿cuál es el consuelo generalmente administrado en tales ocasiones? Con toda bondad de espíritu puede que sea, y todo deseo de sanar el corazón quebrantado, los cristianos generalmente en tales ocasiones dicen exactamente lo opuesto de lo que somos aquí exhortados a decir los unos a los otros. Ellos dicen de los que han muerto, “¡Ah! ellos no volverán a Ud. pero Ud. irá ciertamente a ellos”.
¡Hermanos, la Palabra de Dios ante nosotros declara que ellos volverán! En ninguna parte de la Palabra de Dios se afirma que Uds. irán a ellos. Puede que lo hagan así; pues es posible que cualquiera de nosotros durmamos, así como los que han pasado adelante de nosotros lo han hecho ya. El estar “ausente del cuerpo” es el estar “presente con el Señor”; y el apóstol habla de “haber deseado el partir, y estar con Cristo, que es mucho mejor”. Podemos pasar a este estado fuera del cuerpo, y estar en el paraíso con el Señor. Puede ser así; pero no es seguro con respecto a ninguno de nosotros, que lo sea así. “Nosotros los que vivimos y quedamos”, fue el lenguaje del apóstol en su día; y después del transcurso de mil ochocientos años, ¿hemos nosotros de decir con certeza que no estaremos vivos y que no quedaremos hasta entonces? ¡No lo permita Dios! El Salvador había dicho, “Si voy y preparo un lugar para vosotros, volveré otra vez y os recibiré a mí mismo”, dejando el tiempo de su vuelta en completa incertidumbre. El apóstol, tomando esa palabra en fe, se considera a sí mismo entre aquellos que viven y quedan hasta la venida del Señor. Si fue el gozo de su corazón el considerarse así, ¿dónde están nuestros corazones, hermanos, si preferimos pensar en quedarnos aquí hasta la muerte, que estar entre aquellos que viven y quedan hasta la vuelta del Señor?
Me he detenido en este pasaje, a causa de ser tan profundamente interesante e importante —él ocupa un lugar tan central con respecto a este sujeto, no solamente de la resurrección, pero también de la esperanza de la Iglesia—. ¿Cuál es la esperanza de la Iglesia? Es la venida del Señor Jesucristo a levantar sus santos que han muerto y a cambiar los que viven; es la esperanza de ser así todos levantados juntos a encontrar al Señor en el aire, y así de estar para siempre con el Señor. Digo a cambiar sus santos vivientes como también a levantar los que duermen; y para mayor instrucción en esto, refirámonos otra vez a 1 Corintios 15. “He aquí, os muestro un misterio: Todos ciertamente no dormiremos; mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta: porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción; y nosotros seremos transformados” (versículos 51-52). Los hombres tienen la presunción de decir que nosotros todos dormiremos. ¡Cuán frecuentemente oímos la expresión, “Todos tenemos que pagar la deuda de la naturaleza”! “Hay muchas cosas inciertas”, lo oirán Uds. decir: “pero una cosa es cierta: todos tenemos que morir”. No hay nada más común que el oír tales afirmaciones como estas. En apoyo de ellas la Escritura misma es mal citada. “Está establecido a los hombres que mueran una vez”, dice el apóstol en Hebreos 9:2727And as it is appointed unto men once to die, but after this the judgment: (Hebrews 9:27). Pero cuantos citan el pasaje como si hubiera sido escrito, ¡“Está establecido a todos los hombres que mueran una vez”! No solamente es esto una añadidura al texto, pero también una contradicción al contexto. “De la manera que está establecido a los hombres que mueran una vez, y después el juicio; así también Cristo fue ofrecido una vez para sobrellevar los pecados de muchos; y la segunda vez aparecerá sin pecado a los que le esperan para la salvación”. Lejos de ser señalado a todos los hombres el morir, el pasaje habla de una clase de personas que no morirán. A aquellos que le esperan, Cristo aparecerá. Y ellos no morirán. “He aquí, os muestro un misterio: Todos ciertamente no dormiremos; mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta: porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción; y nosotros seremos transformados”. El apóstol se titula a sí mismo y a otros “mayordomos de los misterios de Dios”, y dice, “Es requerido en mayordomos que un hombre sea encontrado fiel”. ¡Ay! ¡qué cuenta algunos de nosotros tenemos que dar de nuestra mayordomía en este respecto! ¡Qué infieles mayordomos hemos sido! Aun en respecto a este misterio aquí desarrollado —“He aquí, os muestro un misterio”— ¡cuán pequeño lugar ha ocupado en nuestra estimación y en nuestras ministraciones! Cada palabra usada por el Espíritu Santo en revelarlo es preciosa. Hay una dulzura, por ejemplo, en esta palabra —“en un momento, en un abrir de ojo”— la cual no puede ser expresada de una manera adecuada. Si fuera posible que ocurriese un intervalo entre la venida de Cristo y el cambio que hemos de sobrellevar; si fuéramos dejados en cuerpos sin cambio, aun por el intervalo más corto, en la presencia de la gloria en que Cristo aparecerá —¿quién hay entre nosotros que, lo mismo que Juan, no caería a sus pies como muerto?— Pero no hay tan intervalo. “En un momento, en un abrir de ojo”. Nada tan rápido como el parpadear del ojo; y es así que seremos cambiados a la venida del Señor. Un momento aquí en nuestros cuerpos de sangre y carne, en estos tabernáculos de tierra —un momento aquí, digo, al momento siguiente en la gloria—. Como se nos dice otra vez en Filipenses 3:20-21: “Mas nuestra vivienda es en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria, por la operación con la cual puede también sujetar a sí todas las cosas”. ¡Que el prospecto de este cambio esté siempre ante nuestros ojos!
Hay una conexión interesante del pasaje que hemos estado considerando en 1 Corintios 15, con uno en el Antiguo Testamento. “Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria” (1 Corintios 15:53-5453For this corruptible must put on incorruption, and this mortal must put on immortality. 54So when this corruptible shall have put on incorruption, and this mortal shall have put on immortality, then shall be brought to pass the saying that is written, Death is swallowed up in victory. (1 Corinthians 15:53‑54)). ¿Dónde está escrito este dicho? Solamente en otro lugar de la Escritura. En Isaías 25:8,8He will swallow up death in victory; and the Lord God will wipe away tears from off all faces; and the rebuke of his people shall he take away from off all the earth: for the Lord hath spoken it. (Isaiah 25:8) encontrará Ud. el pasaje que el apóstol cita: “Él absorberá la muerte en victoria”. Pero la conexión en que estas palabras se hallan en Isaías 25, liga el tópico que estamos considerando con aquellos que hemos considerado anteriormente; y esto, además, muestra de la manera más clara, que la resurrección de los santos es al principio, no al fin, del milenio. Al fin de Isaías 24, después de predecir los juicios terribles que caerán sobre este mundo perverso, el profeta dice, “Entonces la luna será confundida, y el sol avergonzado, cuando Jehová de los ejércitos reinare en el Monte de Sion, y en Jerusalén, y delante de sus ancianos en gloria”. ¿Qué es esto sino el reino milenario de Cristo, el centro terrenal del cual vimos anteriormente ser Sion y Jerusalén? En el versículo 6 del próximo capítulo leemos, “Y en esta montaña” —El Monte de Sion, pues no ha habido ninguna otra montaña a la cual se haya hecho referencia— “Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos convite de engordados, de gruesos tuétanos, de purificados líquidos: y deshará en este monte la máscara de la cobertura con que están cubiertos todos los pueblos, y la cubierta que está extendida sobre todas las gentes. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará el Señor toda lágrima de todos los rostros, y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra: porque Jehová lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: He aquí éste es nuestro Dios; le hemos esperado, y nos salvará. Este es Jehová a quien hemos esperado: nos gozaremos, y nos alegraremos en su salud” (Isaías 25:6-96And in this mountain shall the Lord of hosts make unto all people a feast of fat things, a feast of wines on the lees, of fat things full of marrow, of wines on the lees well refined. 7And he will destroy in this mountain the face of the covering cast over all people, and the vail that is spread over all nations. 8He will swallow up death in victory; and the Lord God will wipe away tears from off all faces; and the rebuke of his people shall he take away from off all the earth: for the Lord hath spoken it. 9And it shall be said in that day, Lo, this is our God; we have waited for him, and he will save us: this is the Lord; we have waited for him, we will be glad and rejoice in his salvation. (Isaiah 25:6‑9)). Es aquí, hermanos, en el medio de esta magnífica predicción de la introducción de la completa bienaventuranza de la tierra bajo el reino de Cristo —Israel restaurado, las naciones felices, la cubierta destruida, el velo removido, lágrimas enjugadas de todos los ojos, la ignominia de Israel removida de sobre toda la tierra— en el medio de esta predicción, digo, tenemos las palabras citadas por el apóstol. ¿En qué tiempo será que esta profecía de Isaías será cumplida? Óigase lo que el apóstol dice: “Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Mas cada uno en su orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida ... Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria” (1 Corintios 15:22-23,53-5422For as in Adam all die, even so in Christ shall all be made alive. 23But every man in his own order: Christ the firstfruits; afterward they that are Christ's at his coming. (1 Corinthians 15:22‑23)
53For this corruptible must put on incorruption, and this mortal must put on immortality. 54So when this corruptible shall have put on incorruption, and this mortal shall have put on immortality, then shall be brought to pass the saying that is written, Death is swallowed up in victory. (1 Corinthians 15:53‑54)
).
Una comparación de estos pasajes demuestra completamente que la venida del Señor, la resurrección de los santos, el libramiento de Israel, y la introducción de la bienaventuranza del milenio, todos ocurren al mismo tiempo, poco más o menos. Estos dos pasajes agrupan juntos todos estos eventos gloriosos al principio del reino de Cristo. No es que ellos todos ocurren al mismo instante, casi ni aun se necesita el decirlo. Pero es bastante claro que ellos todos tienen lugar poco más o menos al fin de la presente y al principio de la entrante dispensación.
Habría yo de notar aquí, sin embargo, una dificultad que puede ocurrírsele a algunos. Puede que sea preguntado, ¿Si la muerte es sorbida en victoria al principio del milenio, cómo es que en este capítulo se nos dice que el último enemigo que será destruido es la muerte? ¿y cómo es que encontramos en Apocalipsis 20:14,14And death and hell were cast into the lake of fire. This is the second death. (Revelation 20:14) que al cerrarse del milenio, y no antes, “la muerte y el infierno2 serán arrojados en el lago de fuego”? Hermanos, el sorber la muerte con victoria no es necesariamente la destrucción de la muerte. Un enemigo de largo tiempo triunfante puede haber echado la garra a los propios súbditos de algún poderoso príncipe; él puede ser devorado en victoria por los ejércitos triunfantes de ese príncipe, y todos sus cautivos ser puestos en libertad; cada súbdito del príncipe que ha estado en cautiverio a él puede ser soltado; y sin embargo la vida del tirano puede ser ahorrada, —sí, él puede ser ahorrado para obrar la parte de un carcelero a los enemigos del príncipe—. Así es exactamente en el caso ante nosotros. La muerte ha tenido en su garra los cuerpos del amado pueblo de Dios. A la venida del Señor, el Príncipe de vida, ella será obligada a entregar cada cautiva. Ni un sólo de todos los cuerpos del pueblo de Dios será dejado en la garra del destruidor cruel. Ella tendrá que rendir su presa; tendrá que entregar todo. Ya ha sido obligada a entregar Aquél quien una vez entró —voluntariamente entró— a sus oscuros dominios. El Señor Jesucristo fue una vez por un corto tiempo un ocupante de la tumba. Fue entonces que en realidad Él venció la muerte. “Que por medio de la muerte Él destruyera aquél que tenía el poder de la muerte” (véase Hebreos 2:1414Forasmuch then as the children are partakers of flesh and blood, he also himself likewise took part of the same; that through death he might destroy him that had the power of death, that is, the devil; (Hebrews 2:14)) fue el objeto por el cual Él había tomado parte de carne y de sangre; y Su resurrección probó que el poder de la muerte había sido conquistado, —¡el título de la muerte quitado!—. Uno más poderoso que aquél que tenía el poder de la muerte se había sujetado voluntariamente a Sí mismo a la muerte, en propiciación; y habiendo en Su muerte quitado el pecado por el sacrificio de Sí mismo, salió, quebrando toda barrera, y llevando la cautividad en cautiverio. No solamente era imposible que Él mismo fuese retenido por la muerte, pero Su muerte expiatoria quitó el título de la muerte sobre los santos. Él “abolió la muerte”; y habiendo “despojado los principados y las potestades, sacólos a la vergüenza en público, triunfando sobre ellos en Sí mismo”. La fe conoce esto ahora, y se regocija en esta perfecta victoria de Cristo sobre la muerte. Cierto que por propósitos sabios y de bondad aún se le permite a la muerte el retener en su poder los cuerpos de aquellos que han sido puestos a dormir (el sueño de la muerte),3 por el Señor Jesús; pero es solamente durante la ausencia del Señor Jesús que la muerte tiene este poder permitido. Y tal es el efecto de la victoria de Cristo sobre la muerte, que aun ahora, mientras que los creyentes mueren, la muerte es una ganancia para el creyente. “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. Pero cuando el Señor Jesús venga, los cuerpos de todos Sus santos serán librados de toda traza del poder de la muerte. Entonces la muerte será en realidad sorbida con victoria. Cuando todos los santos resucitados y glorificados se unirán en cantar, “¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? Gracias sean a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”; ¡de seguro que entonces la muerte es sorbida con victoria! Sin embargo, no es aún destruida. Es, por decirlo así, durante mil años más el carcelero de aquellos infelices que han vivido y muerto en pecado. “Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que fueren cumplidos mil años”. Mientras que aquellos que son pronunciados benditos y santos, como teniendo parte en la primera resurrección, viven y reinan con Cristo, por mil años, sobre un mundo renovado y feliz, las generaciones de los malvados que han muerto, por decirlo así, quedan bajo el custodio de la muerte hasta el fin de ese bendito período. Entonces ellos también serán levantados en la resurrección del juicio, y la muerte misma será destruida. Pero Uds. ven, hermanos, que distinto esto es del sorbo de la muerte con victoria. Uno es el principio de los mil años del reino de Cristo; el otro es a la conclusión, cuando Él “entregará el reino a Dios, el Padre, cuando habrá quitado todo imperio, y toda potencia y potestad. Porque es menester que Él reine, hasta poner a todos Sus enemigos debajo de Sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte” (1 Corintios 15:24-2624Then cometh the end, when he shall have delivered up the kingdom to God, even the Father; when he shall have put down all rule and all authority and power. 25For he must reign, till he hath put all enemies under his feet. 26The last enemy that shall be destroyed is death. (1 Corinthians 15:24‑26)).
Pásase ahora a Romanos 8:16-25,16The Spirit itself beareth witness with our spirit, that we are the children of God: 17And if children, then heirs; heirs of God, and joint-heirs with Christ; if so be that we suffer with him, that we may be also glorified together. 18For I reckon that the sufferings of this present time are not worthy to be compared with the glory which shall be revealed in us. 19For the earnest expectation of the creature waiteth for the manifestation of the sons of God. 20For the creature was made subject to vanity, not willingly, but by reason of him who hath subjected the same in hope, 21Because the creature itself also shall be delivered from the bondage of corruption into the glorious liberty of the children of God. 22For we know that the whole creation groaneth and travaileth in pain together until now. 23And not only they, but ourselves also, which have the firstfruits of the Spirit, even we ourselves groan within ourselves, waiting for the adoption, to wit, the redemption of our body. 24For we are saved by hope: but hope that is seen is not hope: for what a man seeth, why doth he yet hope for? 25But if we hope for that we see not, then do we with patience wait for it. (Romans 8:16‑25) un pasaje que, en sus conexiones con varios en el Antiguo Testamento, como también de por sí, esparce mucha luz en el sujeto que estamos considerando. “Porque el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, que somos hijos de Dios”. Este es el gozo actual de los creyentes: somos los hijos de Dios.
“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos de Cristo: si empero padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados. Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada” (Romanos 8:17-1817And if children, then heirs; heirs of God, and joint-heirs with Christ; if so be that we suffer with him, that we may be also glorified together. 18For I reckon that the sufferings of this present time are not worthy to be compared with the glory which shall be revealed in us. (Romans 8:17‑18)). Obsérvese, hermanos, que es una gloria que ha de ser revelada, una gloria que será revelada, también, en nosotros. Es además una gloria de la cual participamos con Cristo, glorificados juntamente. La gloria está, en los pensamientos de la mayoría de los cristianos, conectada con el estado de separación —esto es, el estado de los espíritus aparte del cuerpo—. Por lo tanto, ellos hablan de los santos yéndose directamente a la gloria cuando mueren. No se puede encontrar falta en esto, si fuese simplemente expresivo de la felicidad inmediata de los santos con Cristo, al partir del cuerpo. Pero no es estrictamente correcto y de acuerdo con las Escrituras el hablar así de la gloria. La gloria es una cosa manifiesta. La gloria de que se habla aquí es una gloria que será revelada, y revelada en nosotros. ¿Cuándo será esto? No hasta que lo corruptible se haya revestido de incorrupción, y lo mortal de inmortalidad. Con respecto a aquellos que han muerto, se dice de sus cuerpos “Sembrados en debilidad, levantados en poder; sembrados en deshonra, levantados en gloria”. Así que cuando estos cuerpos de humillación, cambiados o levantados por nuestro Señor Jesucristo, “sean hechos semejantes a Su cuerpo glorioso”, entonces seremos glorificados juntamente con Él. “Porque el continuo anhelar de las criaturas espera por la manifestación de los hijos de Dios”. Nosotros somos ahora hijos de Dios; y la fe conoce esto, y se regocija en ello. Pero ¿dónde está la manifestación de ello? No hablo ahora de su manifestación moralmente, por la diferencia en espíritu y carácter entre los hijos de Dios y los hombres del mundo. Débil e imperfecto como esto es, hay ahí alguna diferencia perceptible, en cuanto a carácter y conducta, entre los cristianos y el mundo. Pero, con respecto a nuestra condición exteriormente, ¿no estamos sujetos a toda enfermedad de cuerpo, y a los males de la vida, de la misma manera que nuestros semejantes alrededor de nosotros? Sí; ¿y además no tenemos una vida de dolor peculiar a nosotros mismos, el dolor que nos acomete a causa de ser hijos de Dios, dolor al cual éramos extraños antes de haber venido a ser los hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús? ¿Y es así como los hijos de Dios son manifestados? No: la “manifestación de los hijos de Dios” no ha tenido aún lugar. ¿Cuándo llegará su período? (Véase 1 Juan 3:1-21Behold, what manner of love the Father hath bestowed upon us, that we should be called the sons of God: therefore the world knoweth us not, because it knew him not. 2Beloved, now are we the sons of God, and it doth not yet appear what we shall be: but we know that, when he shall appear, we shall be like him; for we shall see him as he is. (1 John 3:1‑2)): “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él”. Tan lejos así están los hijos de Dios de ser manifestados ahora. “Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él apareciere, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es”.
Cuando Él apareciere, seremos semejantes a Él”. La manifestación de los hijos de Dios será al tiempo de la aparición de Cristo. Así como leemos en Colosenses 3:4,4When Christ, who is our life, shall appear, then shall ye also appear with him in glory. (Colossians 3:4) “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria”. Es por esto por lo que la ardiente expectación de la criatura (o creación) aguarda. “Pues la criatura ha sido hecha sujeta a vanidad no voluntariamente, pero a causa de aquél que ha sujetado la misma, en esperanza que la criatura misma también será rescatada de la servidumbre de corrupción a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y está de parto hasta ahora. Y no solamente ellos, pero nosotros también, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos dentro de nosotros, aguardando por la adopción, es a saber, la redención del cuerpo”. Aquí encontramos que el pecado —la caída— ha afectado no solamente a nosotros, pero a la creación entera, de la cual el hombre, en inocencia, fue hecho señor. La creación fue hecha en sujeción a la vanidad. Ella está de parto hasta ahora. ¡Cuán cierto! ¡Qué mundo de dolor y desengaño y miseria es este! Tiene en realidad sus vistas brillantes; pero las tales son traidoras y engañosas. Sálgase en una noche de verano; asciéndase algún lugar alto y obsérvese el panorama desplegado en quietud y hermosura: ¡Cuán fácil el olvidar en el medio de la serenidad de tal escena, que es un mundo de muerte y tinieblas que contemplamos! Si a tal momento uno pudiera realizar que pasiones tan violentas, que corazones tan adoloridos, que espíritus quebrantados se esconden de la vista dentro de aquellas moradas que parecen ser las habitaciones del contento y la paz; aún más, si pudiésemos traer a la mente, con respecto a la creación irracional misma, dilusiva a nuestro alrededor, la miseria que el pecado, nuestro pecado, ha impuesto sobre sus varias tribus, aprenderíamos que con toda la hermosura que aún se apega a las ruinas de la creación de Dios, sin embargo ella está arruinada. La potestad del usurpador se extiende sobre ella, y así como ha sido dicho, ella gime y está de parto. ¿Dónde está la tribu —dónde el clima— dónde la vista en toda la faz de la tierra, que no contribuye a este gemido universal? La creación, una vez feliz y hermosa, pero ahora dañada y arruinada, gime y está de parto hasta ahora. ¿Ha de ser siempre así? ¿No se han de callar esos ayes? ¿No han de cesar los gemidos? ¡Oh, sí! la creación se aguarda —no inteligentemente, por supuesto, pero, por medio de una atrevida forma de lenguaje, es representada aquí como esperando— por aquella época que haya de traer su liberación. Y cuál es esa época? La manifestación de los hijos de Dios. Cristo es el heredero de todas las cosas. Fue por Él y para Él que todas las cosas fueron hechas; pero, con respecto a esta tierra, Satanás ha usurpado Su lugar. Por medio de la insensatez y pecado del hombre en ser engañado por Satanás, este ha sido afortunado; y en la insondable sabiduría de los consejos de Dios, ello ha sido permitido así. Satanás ha usurpado el puesto del heredero propio; y Satanás es un asesino, y su reino está marcado desde el principio hasta el fin con miseria y muerte. El dios, el príncipe de este mundo, es un asesino desde el principio, y no quedó en la verdad. ¿Qué podríamos esperar de su reino sino un gemido universal? Y así es. Pero él ha de ser abajado de su trono. Su título, el cual él tiene solamente a causa del pecado del hombre, por el justo juicio de Dios, ha sido ya anulado por el sacrificio de propiciación del Hijo unigénito de Dios. Aquél que, por el derecho de creación y por los consejos de Dios, es el heredero de todas las cosas, se bajó a la muerte. Para que Él tomase la herencia y la llenase con bendición para la criatura, y alabanza y adoración al Dios altísimo, poseedor del cielo y la tierra: para poder hacer esto, no solamente en compatibilidad con la gloria divina, pero también en la más completa manifestación de esa gloria que fuese posible, donde Satanás y el pecado habían alcanzado sus más funestos triunfos —Él se bajó hasta el polvo de la muerte—. “Por cuanto se agradó que en Él habitase toda la plenitud, y por Él reconciliar todas las cosas a sí, habiendo hecho paz por la sangre de su cruz, tanto lo que está en la tierra como lo que está en los cielos” (Colosenses 1:19-2019For it pleased the Father that in him should all fulness dwell; 20And, having made peace through the blood of his cross, by him to reconcile all things unto himself; by him, I say, whether they be things in earth, or things in heaven. (Colossians 1:19‑20)). ¿Dónde está Él ahora? A la diestra de Dios, coronado con gloria y honra. Dentro de un tiempo Él volverá, y coronado con Sus muchas diademas, como el Hijo de David, Hijo de Abraham, Caudillo de los gentiles, Hijo del hombre, Hijo de Dios, reinará sobre toda la creación que el pecado ha dañado —que Satanás ha destruido—. Entonces la creación será librada. ¿Pero por qué no ha Él venido aún? La razón es que hay aquellos que son coherederos con Él, los cuales han de reinar con Él en Su venida; y este es el período durante el cual ellos son escogidos. Por el evangelio de la gracia de Dios, y por el poder vivificante del Espíritu Santo, aquellos que han de formar el cuerpo, la iglesia de Cristo —los “muchos hijos” quienes Él está “trayendo a la gloria”— son recogidos. Cuando esta obra ha sido completada, entonces Él vendrá. La primera cosa a su venida, como lo hemos visto, es levantar Sus santos muertos y cambiar a los vivientes; el juntar alrededor de Sí en gloria sus coherederos —aquellos que han de participar de Su gloria por toda la eternidad—. Esta será la manifestación de los hijos de Dios; y entonces la creación será libertada: entonces cesarán los lamentos, el gemido. El gemido de la creación se habrá aumentado hacia el fin. El último sonido de ese gemido será el más fuerte de todos; pero será callado, y pasará en silencio, no más a ser oído, hasta que al fin de los mil años, el usurpador vil siendo otra vez puesto en libertad a hacer su trabajo de malicia, él tendrá suceso hasta cierto punto, y por un corto tiempo. Pero en realidad será un corto tiempo. El juicio final y universal tendrá lugar al momento. Todo lo malo encontrará su morada eterna en el lago de fuego, lo cual es la segunda muerte; y en el nuevo cielo y la nueva tierra, que entonces Dios creará, el tabernáculo de Dios será con el hombre; y Él será el todo en todos.
Nada puede ser más claro, hermanos (hablando otra vez de Romanos 8), que la manifestación de los hijos de Dios es lo que introduce el libramiento de la creación. Cuando el momento para ello se llega, Israel será restituido, los gentiles serán hechos felices, y toda la humanidad será bendita bajo el reino de Cristo y sus santos en la gloria, además la creación misma será libertada. No se dé un indicio mejor de la significación de esta expresión en Romanos 8 que lo que encontramos una y otra vez en el Antiguo Testamento; como por ejemplo en Isaías 11:6-9: “Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro, y el león, y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán; sus crías se echarán juntas; y el león, como el buey, comerá paja. A el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco. No harán mal, ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como cubren la mar las aguas”. ¿No será entonces libertada la creación cuando aun las tribus de bestias salvajes habrán cesado de devorarse las unas a las otras, y cuando las más salvajes y venenosas serán las inocentes compañeras de juego del niño pequeño? “¡Un niñito los conducirá!” Habrá una expresión, y solamente una, al libramiento de la creación. En Isaías 65:25,25The wolf and the lamb shall feed together, and the lion shall eat straw like the bullock: and dust shall be the serpent's meat. They shall not hurt nor destroy in all my holy mountain, saith the Lord. (Isaiah 65:25) después de una descripción magnífica de bendición milenaria, y de la longevidad de los habitantes de la tierra milenaria, encontramos que, aun cuando toda la creación alrededor es librada y hecha feliz, la maldición reposa sobre aquella tribu de la cual Satanás escogió su instrumento para engañar la madre de nuestra raza. “El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey, y a la serpiente el polvo será su comida: no afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová”. “¡La gloriosa libertad de los hijos de Dios!” La gente habla ahora de gloriosa libertad. Y es en realidad maravillosa, bendita libertad, a la cual somos ahora introducidos por medio de la gracia. Pero el pasaje ante nosotros es literalmente, “La libertad de la gloria de los hijos de Dios”. Es la libertad de gracia en la cual nosotros creyentes estamos al presente. Seremos manifestados como los hijos de Dios por medio de la gloria que será revelada en nosotros cuando Cristo haya de aparecer y nosotros hayamos de aparecer con Él en gloria. Es a la libertad de esta gloria, la libertad que esta gloria de Cristo y sus santos impartirá al mundo sobre la cual nosotros reinaremos —la libertad de la gloria de los hijos de Dios— a la cual la creación misma será libertada. ¡Cuán bienaventurado, no solamente el ser salvados nosotros mismos, pero el ser hechos el medio e instrumento de solaz y libertad a esta ahora gimiente, angustiada creación!
“Porque en esperanza somos salvos”; lo cual significa que no hemos entrado todavía en el gozo de todo lo que se implica en ser “salvos”. Tenemos la salvación de nuestras almas ahora: la recibimos por fe. Tenemos el perdón de pecados, el Espíritu Santo habita en nosotros y somos las primicias del Espíritu. Somos ahora los hijos de Dios; pero somos salvos en esperanza, así como también en posesión actual. No tenemos toda la salvación ahora. Nuestros cuerpos son aún mortales: estamos aún en el medio de un mundo donde la maldición existe, donde el usurpador ejercita potestad, y donde un gemido resuena. Pero en esperanza somos salvos de todo esto. En esperanza tenemos la adopción, es a saber, la redención de nuestros cuerpos, nuestra manifestación como los hijos de Dios, y el libramiento de toda la creación a la libertad de la gloria que será entonces revelada en nosotros. “Mas la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, a qué esperarlo? Empero si lo que no vemos esperamos, por paciencia esperamos”. Bien podremos pedir con el apóstol, “El Señor dirija nuestros corazones en el amor de Dios, y en la paciencia de Cristo”.
Sí, es Cristo —Cristo mismo— quien es nuestra esperanza. Así leemos en 1 Timoteo 1:1: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la ordenación de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo, NUESTRA ESPERANZA”. Él es nuestra esperanza. Es su venida la cual es presentada como tal por todo el Nuevo Testamento. Como creyentes individuales, nuestra esperanza no es muerte, o el estado de felicidad que la sigue, real y bienaventurado aun cuando ello es; pero la venida de nuestro Señor Jesucristo a sorber la muerte con victoria, y sobrevestirnos de nuestra morada que es del cielo, que la mortalidad sea absorbida por la vida. Como asociados el uno con el otro y con nuestra Cabeza, miembros de Cristo, y miembros el uno del otro, nuestra esperanza no es la restauración de la Iglesia aquí abajo, a pureza y unión y poder, y la conversión del mundo por medio de sus esfuerzos, pero la venida del Señor Jesucristo mismo. Ningún límite puede, en realidad, ser puesto a lo que nuestro misericordioso Dios haría en gracia restaurante a una fracción que realmente, humildemente y con sinceridad le buscase; pero la esperanza de la Iglesia nunca debía de haber sido otra cosa que la venida del Señor Jesucristo; y tal sería ciertamente la esperanza de una tal fracción, cuyos corazones preguntasen por las sendas antiguas, con el deseo de andar en ellas. Con respecto al mundo que se ha separado de su lealtad a Dios, y consumado su iniquidad por la crucifixión de su verdadero Señor; el juicio debe de ser ejecutado. Pero de seguro es una parte del bienaventurado prospecto que nuestro Dios ha puesto ante nosotros, que cuando la tierra ha sido purgada por medio de juicios, participaremos de las glorias de nuestra Cabeza y Esposo cuando Él haya venido a ser el centro de bendición a una creación renovada y libertada: Todas las cosas, en el cielo y en la tierra, recogidas juntamente en uno, esto es en Él. Viviremos y reinaremos con Él. Con frecuencia recuerdo del dicho de uno que ahora duerme en el Señor Jesús, y quien fue muy tardo en recibir las verdades sobre las cuales hemos estado meditando, pero quien al fin las recibió, no como la palabra del hombre, pero, como ellas son en verdad, la Palabra de Dios. “Solía yo mirar en anticipación”, decía él, “a la muerte, y a la felicidad con el Señor después de la muerte. Pero nunca me dio completo alivio a mi corazón. Cargado y oprimido con la condición de la Iglesia, y las angustias de un pobre mundo pecador y moribundo, supe que yo lo escaparía todo al tiempo de la muerte: pero eso no me aliviaba enteramente; pues ello dejaba la confusión y pecado y angustia sin tocar, aun cuando ello me daba la esperanza de un escape personal. Pero ahora”, decía él, “puedo mirar con anticipación a la venida del Señor Jesús, es no solamente que yo haya de escapar de esta escena de tinieblas, pero que la escena misma será cambiada. La Iglesia entera en gloria con el Señor Jesús, Israel restituido, las naciones felices, la creación libertada, todos en el cielo y en la tierra exhibiendo y proclamando la gloria de aquél cuya sangre será el título reconocido y la seguridad establecida de la felicidad universal que su reino esparce, ¡Oh, este es un prospecto sobre el cual el corazón puede reposar en un deleite siempre vivo y que aumente!”. Así es en realidad. Pero mientras que el corazón así ensanchándose con el prospecto, se pasa más allá de los pensamientos de sí mismo, y se regocija en gran manera en la anticipación de una Iglesia glorificada, un mundo feliz y una creación restituida, ¿qué es lo que es el centro mismo del gozo y esperanza de la Iglesia, en su mirar por el momento cuando la venida de Cristo ha de traer todo esto? Es Él mismo, su venida, la melodía de su voz, la hermosura de su rostro, el gozo de estar para siempre con el Señor —es esto lo que es la esencia de nuestra esperanza—. ¡Oh, que estuviéramos despiertos para realizar esto! ¿Qué es lo que Él mismo ha dicho al fin del volumen entero de inspiración? Cuando ese volumen ha dicho su historia maravillosa desde el principio del Génesis hasta el fin de Apocalipsis —su historia de la apostasía profunda del hombre en cada posición en la cual Dios lo ha colocado en responsabilidad a sí mismo, y su historia de la rica e inagotable gracia de Dios, y de los designios de esa gracia que serán cumplidas en Cristo; cuando el volumen entero ha dicho su rica, su variada, su maravillosa historia— ¿quién es que habla una palabra del más profundo gozo y consolación a la Iglesia? Es el Señor Jesús. ¿Y cuáles son las palabras que Él deja a tener su profunda, permanente e indeleble impresión sobre nuestros corazones? Oídlas: “El que da testimonio de estas cosas dice, Ciertamente vengo en breve”. Estas son sus últimas palabras; y el Espíritu en la Iglesia las toma y responde, “Amén, sea así. Ven, Señor Jesús”. ¡Oh, que fuera este el lenguaje de nuestros corazones! Si fuera así ¡cuán separados del mundo seríamos! ¡Cuán tranquilos bajo sus aflicciones! ¡cuán superiores a sus halagos! ¡Cómo miraríamos con desdén sobre sus vanas escenas, ansiosos realmente en cuanto a las fatuas multitudes extraviadas por ellas en el camino a la muerte, pero nuestros corazones llenos con el recuerdo de aquellas dulces palabras que el Señor Jesús nos ha dejado como su testimonio final, para que habitase en toda su confianza y poder sobre nuestros espíritus! “El que da testimonio de estas cosas dice, Ciertamente vengo en breve”. Amados, ¿no es cierto que Él presenta todo su corazón en esta expresión? “Ciertamente”, dice Él, “Ciertamente vengo en breve”. Oh! que hubiera siquiera alguna respuesta adecuada de nuestra parte, a los afectos de nuestro Señor y Esposo! Pueda el Espíritu dentro de nosotros y en todos los creyentes responder, y eso en la plenitud de la vida y afecto divino, “Amén, sea así. Ven, Señor Jesús”.
 
1. O “de juicio”, pues eso es lo que en realidad es. Hay solamente una y la idéntica palabra en el original para significar “juicio” en el versículo 22; “condenación” en el versículo 24; “juicio” en el versículo 27; y “condenación” en el versículo 29, de este capítulo. Es simplemente “juicio” en cada caso.
2. O, mejor dicho, “el hades”.
3. El sueño lleva la idea de descanso.