Maestro, ¿dónde moras?

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1. Maestro, ¿dónde moras? (Juan 1:29-39)

Maestro, ¿dónde moras? (Juan 1:29-39)

Consideraremos la cuestión, “Maestro, ¿dónde moras?”. De seguro, la cuestión más importante para el pecador es ésta: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”. Si el lector de estas palabras no es salvo todavía, este asunto debiera ser de la primordial importancia. Por otra parte, para el santo no hay ninguna cuestión más importante que ésta: “Maestro, ¿dónde moras?”. No, “¿Dónde está mi campo de trabajo u ocupación?”, por importante que fuera, sino “Maestro, ¿dónde moras? ¿En dónde hallas Tu contentamiento en esta tierra?”. No es una cuestión de obras y de actividades, sino de comunión.
Esta pregunta ocupaba a los dos discípulos de Juan Bautista, y es muy interesante notar cómo se promovía esta cuestión en sus corazones por medio de Juan mismo. Leemos en el versículo 29: “Ve Juan a Jesús que venía a él, y dice: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Tal fue el testimonio de Juan con respecto al Señor Jesús, es decir, la introducción de Jesús públicamente como el “Cordero de Dios”.
En el versículo 36 Juan hace la misma declaración, pero omite la referencia al pecado: no añade “quita el pecado del mundo”. (El asunto del pecado fue solucionado en el versículo 29). Era “el siguiente día ... ”. Había llegado otro día, el cual representaría otro período de tiempo. Juan no estaba predicando como en el versículo 29; al contrario leemos: “El siguiente día otra vez estaba Juan ... y miró a Jesús que andaba por allí”. ¡Bendita ocupación!, sólo mirar a Jesús. El día del versículo 29 se pasó para Juan. El asunto del pecado fue solucionado. Ahora él podía contemplar al Señor Jesús. “El siguiente día” había llegado ya para Juan. ¿Ha llegado este día para usted también, en el cual puede contemplar a Jesús? ¿Ha llenado Él su corazón y su mente hasta desplazar todas las cosas?
Considerando a Jesús mientras andaba evocó del corazón de Juan estas palabras tan preciosas que han conmovido a los corazones de muchos santos: “He aquí el Cordero de Dios”. Tal estado del alma era operante: se transmitía a otras personas. Los dos discípulos le oyeron, aunque no habló a ellos: le oyeron por casualidad. Él hablaba consigo, o meditaba audiblemente. Mas ¡qué efecto tuvo en ellos! Dejaron a Juan y siguieron a Jesús. Si Juan Le estimaba tanto, ellos también querían conocerlo más íntimamente. ¿La actitud de usted, su amor por Él, y su devoción a Él, jamás habrán influido a otras personas para que le sigan? ¿O habrá sido todo lo contrario?
Entonces, sí, entonces, se volvió Jesús. Su corazón fue conmovido. Él sabía que eran personas que le buscaban, y, volviéndose Jesús, les vio siguiéndole. Siempre estaba listo para satisfacer bondadosamente el deseo santo de ellos y en este caso lo hizo, preguntándoles: “¿Qué buscáis?”. La pregunta pudiera haber sido: “¿A quién buscáis?”, en vez de “¿Qué buscáis?”. Él sabía lo que estaba en sus corazones, pero no quería poner la palabra en sus bocas; más bien intentaba sacar los pensamientos de sus corazones y permitirles expresar sus deseos en sus propias palabras, lo cual hicieron cuando le preguntaron: “Maestro, ¿dónde moras?”. Así eso nos trae a nuestro tema: Su morada.
¡O qué pensamiento! Quizás usted haya considerado a menudo la cuestión de su vocación o servicio para el Señor y haya encontrado una respuesta, pero ¿jamás haya inquirido usted seriamente, “Señor, ¿dónde moras?”, y recibido la respuesta como aquellos discípulos?
Pero hoy en día ¿tiene Él (que era un Extranjero y un Peregrino en Su misma creación, Él que dijo: “El Hijo del Hombre no tiene donde recueste su cabeza”) una morada aquí? Si es verdad, entonces nosotros, como los dos discípulos de Juan, quisiéramos saber dónde está tal lugar. Así preguntamos: “Maestro, ¿dónde moras? ¿en qué lugar? y ¿cómo se llama el lugar?”. Muchos santos, que están confusos hoy en día, hacen tales preguntas. ¿Podemos hallar respuesta para estas preguntas? Nuestro bondadoso Señor tiene la respuesta para cada corazón recto que busca la luz.
La contestación es muy sencilla, de pocas palabras, y tal vez no agrada a algunos de nosotros. La hallamos en estas tres palabras: “Venid y ved”. Esta respuesta tal vez parece algo incompleta y brusca, pero ¡cuán llena de significado, cuán sugestiva! El Señor ciertamente moraba en una habitación, en una casa o un hogar, y Él hubiera podido darles la localidad geográfica exacta, de modo que ellos hubiesen podido tener el exacto conocimiento del lugar. Entonces hubieran podido andar directamente al lugar aun antes que Él llegara —y dirigir a otros allí—. El Señor dio a Ananías la dirección de Saulo bien claro. Le contó el nombre de la calle que se llamaba “La Derecha”, y que la casa era de Judas. Él avisó a Cornelio donde él pudiera hallar a Pedro. Sin duda, hay un significado espiritual en todo esto y una lección para nosotros.
Si Él les hubiera dado la dirección en palabras precisas ellos habrían hallado la casa, pero no habrían conocido “Su morada” (es decir, espiritualmente). No, pues tuvieron que acompañarle para ver el lugar. “Venid y ved”. Este conocimiento divino que Jesús les dio no es para la mente y el intelecto humano, tampoco para el hombre natural, sino para la fe y para el que desea comunión con Él. “Venid y ved”: conocedlo por la fe en el corazón, luego experimentalmente. Creo que esto es lo que el Señor Jesús quiso decir.
Los discípulos estaban humildes y sencillos para venir, y no fueron desilusionados, porque ellos “vieron donde moraba”. ¿Y dónde estaba? No se da la dirección; todavía permanece un lugar desconocido (es decir, espiritualmente) y ha sido un lugar desconocido por casi dos mil años. Su pueblo perdió el conocimiento de este lugar cuando ellos se desviaron del apóstol Pablo (2 Timoteo 1:15). [No quiere decir que ellos rechazaron a Pablo personalmente, sino que rechazaron las enseñanzas del apóstol. A Pablo fue dada la comisión especial de instruir a los santos con respecto a Cristo la Cabeza de Su Iglesia y el Centro de todo (Colosenses 1:18)].
¡Cuán pocos hoy en día conocen “Su morada”! ¿La conoce, querido hermano? ¿Jamás ha pensado usted seriamente en ella? En cuanto a la Iglesia profesante, Jesús está fuera y llama, mas no tiene morada allí (Apocalipsis 3:20).
Habiendo hallado el lugar, entonces ellos “ ... se quedaron con Él aquel día”. Nótese que no se dice que ellos quedaron en aquel lugar, sino, “con Él”. Es la Persona, no el lugar, ni aun los Hermanos. Su llegada fue tan importante que el Espíritu la notó. Fue la hora de las diez de la mañana. (Véase Juan 1:39; compárese Juan 19:14 con Marcos 15:25).
Ya que hay tantos queridos santos todavía esparcidos y en confusión entre todas las divisiones y los nombres, si nuestro ademán de afecto hacia nuestro Señor y Salvador fuese real como en el caso de los discípulos, ¿no se despertaría en sus corazones el mismo deseo de compañerismo para con Él, que ellos mismos también preguntaren: “Maestro, ¿dónde moras?” Dado tal caso, ¿cómo contestaríamos? ¿Podemos decir, “Venid con nosotros a este o a aquel lugar”? En vista de nuestro fracaso, condición débil y baja, y nuestra falta de amor y de espiritualidad, no tenemos mucho que decir a modo de recomendación.
Sin embargo, hay respuesta que es segura. Podemos dar la respuesta de Felipe cuando Natanael le preguntó, en incredulidad, y casi con ironía: “¿De Nazaret puede haber algo de bueno?”. El pobre Felipe no supo qué decir. (Así también nos sentimos muchas veces). No dijo, Sí, tampoco, No. Él adoptó el mismo lenguaje del Señor, y repitió la respuesta que Él le había dado: “Venid y ved”, mostrando su gracia y sabiduría. Esta contestación es veraz. Ella no nos ensalza: no dice lo que somos o pretendemos ser. No dice nada de nosotros, y pone la responsabilidad sobre aquellos que buscan la luz e instrucción.
Sin embargo, quizás alguien pregunte: “¿Cómo puedo conocer Su morada? ¿Cuáles son las características que la señalan?”. Sin duda, hay varias características, pero es muy claro que basta un solo versículo de los labios del Señor. Todos lo sabemos de memoria, “ ... donde están dos o tres congregados en Mi Nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mateo 18:20). Además, no se da énfasis primordialmente al lugar, sino a la Persona, o, más correctamente, al Nombre, que representa la Persona, y todo lo que significa esta Persona.
Él nos ha dado su Nombre durante el tiempo de Su ausencia, hasta que estemos con el Señor. Mientras tanto, Su morada se encuentra “donde están dos o tres congregados en Mi Nombre”. “Donde” señala el lugar. Se podría decir, “dondequiera”.
Es verdad que dondequiera que hay dos o tres congregados eso es un lugar fijo geográfico; sea un cuarto, un salón, o al aire libre. Sin embargo, no es el cuarto o el edificio que es Su morada, sino las personas, es decir, los santos verdaderos que son congregados allí. El edificio no tiene significado como tuvo en la dispensación anterior. No se dice: “ ... donde están dos o tres congregados en Mi Nombré, allí estoy en medio del lugar”, sino, “en medio de ellos”. “Si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano” (Hechos 7:48). Ni está “ ... en este monte ni en Jerusalem” (Juan 4:21).
“En medio” indica proximidad también, e igualdad en la proximidad a Él. En Su morada todos están cerca por igual —¡realidad preciosa! aunque todos no son iguales en disfrutarla.
Cada verdadero creyente tiene el Espíritu Santo morando personalmente en sí mismo (1 Corintios 6:19). Todos los santos, como el cuerpo de Cristo, son colectivamente la “morada de Dios en Espíritu”, e incondicionalmente, no importa cuál sea su afiliación o su nombre (Efesios 2:22). Pero tal no es el caso en Mateo 18:20. Aquí tenemos una condición definida en palabras claras, “Donde están dos o tres congregados en Mi Nombre, allí estoy en medio de ellos”. No dice el Señor, “Allí estará presente el Espíritu Santo”, aunque es la verdad, sino, “Allí estoy (Yo) en medio de ellos”. Además cuando leemos “en Mi Nombre”, quiere decir que Él es nuestra única autoridad y nuestro único centro. Claro, el hecho de agregar la frase, “En mi Nombre”, (como ostenta la mayoría de las sectas), no quiere decir que ellas se reúnen “a Su Nombre”. Cuando nos reunimos a Su Nombre solamente, y obramos en conformidad con Su Palabra, sólo así podemos tener Su sanción y aprobación. Esto quiere decir nada menos que reconocer una sola autoridad y una sola Cabeza, también reconocer un solo centro y una sola comunión, porque Él tiene una sola mesa, la cual, como el altar de Israel (1 Corintios 10:18) es la expresión de la comunión.
Sería posible decir mucho más con respecto a estas palabras solemnes y a la vez preciosas, pero basta decir al terminar: “Venid y ved”. Donde todo otro nombre, bueno tanto como malo, es rechazado, y solamente Su Nombre es reconocido, no sólo para salvación, sino también para autoridad y para centro; solamente allí, pues, usted habrá hallado “Su Morada”.