Número 13: Venida y reino de Cristo (2 Tesalonicenses), Romanos 5, La cena del Señor, La oración intercesora
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La venida y reino de nuestro Señor Jesucristo: La apostasía (Parte 13)
E.H. Chater
(continuado del número anterior)
Vamos a ver la segunda epístola a los Tesalonicenses, donde tenemos muchos detalles conectados con la apostasía —un pasaje al cual ya nos hemos referido al demostrar el traslado de los santos celestiales.
“Empero os rogamos, hermanos, cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestro recogimiento a Él, que no os mováis fácilmente de vuestro sentimiento, ni os conturbéis ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como nuestra, como que el día del Señor esté cerca” (o “presente”; griego). “No os engañe nadie en ninguna manera; porque no vendrá sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición” (el anticristo); “oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios, o que se adora; tanto que se asienta en el templo de Dios haciéndose parecer Dios” (2 Tesalonicenses 2:1-4).
No debemos mirar este evento como una fecha esperada por nosotros. Ya se están tomando forma los elementos de la apostasía, pero no madurarán hasta después del rapto.
El apóstol ruega a los santos tesalonicenses, que por la venida del Señor Jesucristo, y por el traslado a encontrarlo en el aire, que ellos no deben en ninguna manera ser perturbados y engañados por ningún hombre, en cuanto que el día del Señor, esto es, el día del juicio, había venido. Es importante distinguir entre los términos, “el día de Cristo”, y “el día del Señor”. El primero es empleado cuando es cuestión de la bendición acompañando el establecimiento del poder del Mesías, Cristo; el último cuando es cuestión de Su poder y juicio. Ambos abarcan el reino de mil años; porque Él gobernará en justicia, tanto así como juzgará a los vivos y los muertos, los primeros al principio, y los últimos al final.
Parece que aun una carta anónima se les había enviado a ellos con este fin, expresamente del apóstol y sus consiervos (versículo 2). Antes de eso, todos ellos se reunirían con Él, serían arrebatados para encontrarle en el aire; y también la apostasía vendría, y ese hombre de pecado, el hijo de perdición, sería revelado. Todos estos eventos deben suceder primero. Los judíos deberán irse a su propia tierra, reconstruir el templo de Dios y recibir al impío, el falso mesías, que vendría en su propio nombre (Juan 5:43), “cuyo advenimiento es según operación de la obra de Satán, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos, y con todo engaño de iniquidad en los que perecen; por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (versículos 9-10).
Satanás está cegando y engañando la mente y el corazón de los hombres ahora, para que la luz del evangelio de la gloria de Cristo no brille en su corazón para que sean salvos. En esta hora venidera de prueba Dios, tratando con juicios, enviará “operación de error, para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad” (versículos 11-12). Si los hombres no quieren tener a Cristo, deben tener al anticristo; si no se inclinan a la verdad de Dios, el engaño (u operación de mentira) será enviado y se inclinarán a la “mentira” del diablo.
Este hombre de pecado, habiéndose exaltado con engaño entre el pueblo terrenal de Dios, se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios, o que se adora; y se asienta en el templo de Dios en Jerusalén, demostrándose como ser Dios. Este será uno de los actos culminantes de impiedad perpetrados por este jefe artero del demonio sobre la tierra; el encabezamiento del terrible misterio de iniquidad, que traerá el juicio de Dios. “¿No os acordáis”, continúa el apóstol, “que cuando estaba todavía con vosotros, os decía esto? Y ahora vosotros sabéis lo que impide, para que a su tiempo se manifieste. Porque ya está obrando el misterio de iniquidad: solamente espera hasta que sea quitado de en medio el que ahora impide; y entonces será manifestado aquel inicuo, al cual el Señor matará con el Espíritu de Su boca, y destruirá con el resplandor de Su venida” (versículos 5-8).
Aquí se revela claramente el hecho de que hay un poder que reprime el diluvio creciente de impiedad, pero que en cierto momento este poder cesará de impedir. El misterio de la iniquidad ya había empezado a obrar en los días del apóstol, y ha continuado en fases variadas desde entonces; las cosas ahora se ponen peor y peor; pero hay uno que reprime que se derrame este mal terrible. No dudo que el Uno del cual se habla es el Espíritu de Dios, que reprime el mal tanto por medio de los poderes que hay que, aun cuando son ordenados de Dios (Romanos 13:1-2), eventualmente caerán bajo el poder de Satán, y también como una Persona divina morando en la Iglesia de Dios. Este último cesará en el arrebatamiento de los santos; el primero, yo juzgo, probablemente continuará un corto período, probablemente hasta que el gran dragón Satán sea arrojado a la tierra, consecuente a su derrota por Miguel el arcángel, en la guerra del cielo (Apocalipsis 12:7-10).
Habiendo perdido su lugar en lo alto como acusador de los hermanos, oponiéndose a la intercesión de Cristo en su favor, el diablo entonces descenderá, teniendo grande ira, ejercitará su poder sobre la tierra, dando energía tanto al Imperio romano, encabezado por la bestia; y también al anticristo o falso profeta. Siendo quitado el poder de sujeción y el mal no siendo ya reprimido, Satán traerá las cosas a una crisis. El impío será revelado, mostrando su verdadero carácter, la obra maestra de Satán, engañando de una manera tan terrible, que si fuera posible, engañaría aun a los escogidos (Mateo 24:24). Estos continúan por algún tiempo y luego recibirán presto juicio de la mano del Señor (Apocalipsis 19:20).
En el dragón, la bestia y el falso profeta tenemos una clase de anti-trinidad satánica.
El dragón le da su poder, su trono y gran autoridad a la bestia; y le fue dada boca que hablaba grandes cosas y blasfemias: y le fue dada potencia de obrar cuarenta y dos meses; esto es la última media semana de Daniel (Apocalipsis 13:1-10). El término “bestia” (o bestia salvaje) se aplica tanto al Imperio romano como también a su cabeza, al que maneja su poder. Este individuo corresponde con el pequeño cuerno de Daniel 7:8-11,20,25, donde leemos otra vez de una boca hablando grandes palabras en contra del Altísimo. Bajo este terrible ser va a haber diez reyes, a la cabeza de los diez reinos, dentro del territorio del imperio, y los cuales van a recibir poder como reyes una hora, o al mismo tiempo con la bestia (Apocalipsis 17:12). Estos tienen una mente, y darán su fuerza y poder a la bestia. Va a ser la cabeza de la apostasía de los gentiles, un rey de reyes y señor de señores falso.
En alianza con la primera bestia va a haber otra, vista en Apocalipsis 13, como teniendo dos cuernos como un cordero, pero hablando como un dragón. Este es el anticristo, el falso mesías, una mímica del verdadero cordero de Dios, combinando, en su misma persona, poder en el pueblo de Israel (siendo aceptado como su príncipe por la multitud de los judíos), la cabeza de una apostasía judaica (Apocalipsis 13:11-17) y también ejercitando todo el poder de la primera bestia antes de él. Siendo el líder principal de la apostasía del cristianismo, él niega al Padre y al Hijo (1 Juan 2:22). Los hombres en ese día van a estar tan engañados que van a adorar al dragón, que le da a la bestia el poder; y también a la bestia, diciendo: “¿Quién es como la bestia?” etc.; y también al anticristo, que se sienta en el templo de Dios, haciéndose parecer Dios (2 Tesalonicenses 2-4).
En adición a esto el impío conduce a los hombres a que hagan homenaje a la bestia; y “le fué dado que diese espíritu a la imagen de la bestia, para que la imagen de la bestia hable; y hará que cuales quiera que no adoraren la imagen de la bestia sean muertos. Y hacía que a todos, a los pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se pusiese una marca en su mano derecha, o en sus frentes: y que ninguno pudiese comprar o vender, sino que tuviera la señal, o el nombre de la bestia o el número de su nombre” (Apocalipsis 13:14-17).
Unos van a ser tan atrevidos en su maldad que van a recibir la marca en sus frentes, voluntaria y abiertamente declarando a la bestia; otros que la reciben en su mano derecha, que puede ser más secretamente, pueden enseñar de qué lado son si es necesario. A aquellos que rehúsan la marca, etc., y no van a arrodillarse y adorar a la imagen de la bestia se les prohibirá comprar o vender, y por lo tanto pasarán por sufrimientos terribles, muchos siendo matados.
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios)
Romanos 5:6-11
C. Stanley
(continuado del número anterior)
“Porque Cristo, CUANDO éramos flacos, a Su tiempo murió por los impíos”. ¿Se han inclinado nuestros corazones a este hecho? No solamente éramos culpables, sino que no teníamos fuerza, éramos flacos para mejor decirlo. Cuando estábamos en ese mismo estado, un amor infinito nos fue desplegado, “a Su tiempo Cristo murió por los impíos”. No había ningunos otros medios posibles para que Dios justificara al impío sino por medio de que Su Hijo muriese por los impíos. Sí, es en esto mismo que el amor de Dios brilla hacia nosotros. “Mas Dios encarece Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. ¿Estaba esto sobre el principio de que mientras más amemos a Dios, más nos amará Él? ¿Puede haber una manifestación más grande de Su amor que “Cristo murió por nosotros”? ¡Imposible! Pero esto era cuando éramos aún pecadores.
Oh, hagamos una pausa y meditemos sobre el amor de Dios hacia nosotros. Sí, no en nuestro amor a Dios primero. No que nosotros amásemos a Dios, sino que Él nos amó así. Mientras más tome esto posesión de nuestra alma, más le amaremos a Él.
Dice Ud., Todo esto podrá ser cierto en cuanto al pasado; pero ¿no podremos fracasar en el futuro, y entonces no cesará Dios de amarnos? Habiendo conocido el amor de Dios ¿no seremos dejados al fin a la ira eterna? Vamos a escuchar la respuesta del Espíritu Santo a esta solemne pregunta. Si Dios ha encarecido así Su amor hacia nosotros que cuando éramos pecadores, Cristo murió por nosotros, “mucho más, ahora justificados en Su sangre, seremos salvos de la ira”. Notemos, siendo justificados en Su sangre, es siempre inmutablemente lo mismo; no es habiendo sido justificados una vez por Su sangre, necesitamos serlo de nuevo, pero, siendo justificados, esto vale para siempre. Su sangre es siempre lo mismo delante de Dios, habiendo hecho expiación por todos nuestros pecados. Por lo tanto siempre somos justificados por Su sangre. No hay cambio. Entonces, no solamente lo somos, sino “por Él SEREMOS salvos de la ira”. ¡Oh, gracia preciosa e infinita!
Y hay algo más todavía: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con DIOS por la muerte de Su HIJO, MUCHO MAS, estando reconciliados seremos salvos por Su vida”. ¡Oh, qué cuidado tiene nuestro Padre de convencernos de Su amor eterno e inmutable! Pensemos nada más: la obra entera expiatoria de reconciliarnos a Dios fue hecha por la muerte de Su Hijo. Dios fue glorificado; nuestros pecados, todos nuestros pecados, fueron trasladados a Cristo, y llevados por Él, ¡cuando éramos enemigos! Y ahora somos justificados de todas las cosas, redimidos para Dios, hechos hijos Suyos. El que nos reconcilió por Su muerte vive para servir, para lavar nuestros pies, para salvar hasta lo último por medio de Su sacerdocio y abogacía, en caso de que nosotros fracasásemos. “MUCHO MÁS, estando reconciliados, seremos salvos por Su vida”. Ahora, esta certidumbre en cuanto al futuro quita todo obstáculo para que el corazón se pueda regocijar cabalmente en Dios. No solamente tenemos esta certidumbre de ser salvos hasta el fin por Su vida, “mas aun nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por el cual hemos ahora recibido la reconciliación”.
Esto termina la cuestión entera en cuanto a nuestros pecados. Dios es absolutamente justo en la manera en que Él los ha quitado por la muerte de Su Hijo. Han sido puestos en el Substituto expiatorio, en amor infinito hacia nosotros, cuando éramos enemigos, sin fuerza. El que una vez los llevó en Su propio cuerpo ha sido levantado de los muertos para nuestra justificación. Somos justificados, y tenemos paz con Dios. El amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado. El amor de Dios y la justicia de Dios se revelan y se despliegan al reconciliarnos a Sí mismo por la muerte de Su Hijo. Nuestro rescate práctico y futuro y salvación de la ira son absolutamente ciertos. Hemos recibido en nuestras almas el efecto cabal de todo esto en cuanto a nuestros pecados. Y, ¡oh, privilegio admirable! ¡en cuanto a todos nuestros pecados, tenemos ahora un gozo completo en Dios! La salvación es enteramente de Dios, y le conocemos, de tal manera que podamos tener gozo en Dios, de acuerdo con todo lo que Él es. No necesitamos decir que esto no podría ser por medio de la ley. Si la ley aun pudiese haber justificado de los pecados pasados —lo cual era imposible— ¿quién podría estar en pie en su propia responsabilidad en cuanto al futuro, y tener gozo en Dios? No, es todo por medio de nuestro Señor Jesucristo, desde el principio hasta el fin. Tengamos cuidado de no dejar pasar esta gracia perfecta, de permitir ni siquiera una poca de confianza en la carne. Es Cristo en el futuro como Cristo en el pasado.
Este versículo 11, entonces, cierra el asunto de los pecados. La cuestión del pecado vendrá ante nosotros dentro de poco, si el Señor lo quiere. Quiera el Espíritu Santo profundizar en todas nuestras almas un sentimiento de la gracia infinita de nuestro Dios, para que continuamente nos gocemos en Él.
(para continuarse, Dios mediante)
La cena del Señor
E. Dennett
Mi Querido——:
No debe de olvidarse que es posible estar en la mesa del Señor y con todo faltar completamente en participar en la cena del Señor. Así los Corintios estaban reunidos al nombre de Cristo; se reunían semana tras semana en la mesa del Señor, pero San Pablo, escribiendo a ellos, dice, “Cuando, pues, os juntáis en uno, esto no es comer la cena del Señor” (1 Corintios 11:20). Habían caído en tal desorden, por egoísmo y olvido del significado de la cena, que habían vuelto esta solemne ocasión en una fiesta. Por lo tanto, lo que comían era lo suyo, y no la cena del Señor; porque habían disociado el pan y el vino de toda conexión con el cuerpo y la sangre de Cristo. Por esto la solemne amonestación, “Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo” (versículo 22). De este lugar, el apóstol sigue explicando el verdadero carácter de la cena, y nos dice que ha recibido una especial comunicación concerniente a ella del Señor. Es muy importante tomar nota de esto, porque, como el apóstol recibió esto en conexión con su ministerio concerniente al cuerpo de Cristo (Colosenses 1:24-25) y como ésta es la final comunicación del tema, es a esta escritura más bien que a los evangelios (que, sin embargo, relatan la institución de la cena en la noche pascual) que vemos para la explicación de su significado.
¿Y quién no podría menos de estar interesado con la maravillosa gracia que hay en las primeras palabras de este relato: “Que el Señor Jesús la noche que fué entregado, tomó pan”, etc. (versículo 23)? ¡Qué contraste entre el corazón del hombre y él de Cristo! Iba a ser traicionado por uno de sus discípulos; “tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en memoria de mí” (versículo 23-24).
El pan es el símbolo del cuerpo de Cristo que fué entregado por los Suyos —entregado a la muerte por ellos, por nosotros, por todos los creyentes— en la cruz; y cuando lo comemos, nos debemos de acordar de Él. Más atención a la palabra “recordar” nos salvaría de muchos errores. Nos acordamos de algo que ha pasado: es decir, lo traemos a la mente. Cuando comemos el pan en la mesa del Señor, recordamos que el Señor fue una vez muerto; nos acordamos de Él en esa condición —la condición de la muerte— dentro de la cual fue, cuando llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, cuando Él llevó toda la ira que nos pertenecía a nosotros, y así glorificó a Dios con respecto a nuestros pecados. Por lo tanto, no es como Cristo es ahora, sino como Cristo era entonces, al cual recordamos al partir el pan.
La copa tiene también el mismo significado. “Asimismo tomó la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre: haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de Mí. Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga” (versículos 25-26). El vino entonces del cual participamos es un emblema de la sangre de Cristo; y éste en sí habla también de la muerte, porque no podemos pensar en la sangre, como aparte del cuerpo, sin pensar en la muerte. En verdad, el verso 26 subraya la verdad que tanto como al comer el pan así como beber la copa, enseñamos o anunciamos o proclamamos, la muerte del Señor. No podemos insistir demasiado encarecidamente en esto, que en la cena del Señor vemos hacia atrás a un Cristo muerto; que la tomamos para recordar el hecho que una vez estuvo muerto —muerto en la cruz y muerto en el sepulcro— porque no solamente llevó nuestros pecados, sino que fue hecho pecado —al que no conoció pecado— para que nosotros fuésemos hechas justicia de Dios en Él.
Fíjese bien que no es aun que se está muriendo, sino un Cristo muerto —no un Cristo moribundo, una repetición continua de Su sacrificio, como muchos erróneamente enseñan— sino un Cristo muerto; “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).
Este entonces debe ser el único pensamiento ante nuestras almas en la cena del Señor. ¡Qué sencillez, pero qué ideado a tocar nuestros corazones en adoración delante de Él, como, sentados alrededor de Su mesa, conmemoramos así Su muerte! Porque “el apóstol nos enseña, si es un Cristo muerto, quien es Él que murió. Imposible es hallar dos palabras, cuyo conjunto tenga un significado tan profundo, la muerte del Señor. ¡Cuántas cosas contiene eso de que Él que era llamado el Señor había muerto! ¡Qué amor! ¡qué propósitos! ¡qué eficacia! ¡qué resultados! El Señor se dio a sí mismo por nosotros. Nosotros celebramos Su muerte”.
Y nótese, es “hasta que venga”. Por eso, mientras miramos atrás recordamos de Su venida en gloria cuando venga a recogernos para Él, el fruto ciertamente de Su trabajo y muerte; y así nunca olvidaremos que nuestra completa redención, siendo “hechos conformes a la imagen de Su Hijo”, es el resultado de la muerte de Cristo. Porque las dos cosas, la cruz y la gloria, son ligadas indisolublemente juntas aquí.
Tal es el significado de la cena; y como Ud. puede percibir, el apóstol nos da amonestaciones muy solemnes de no olvidar su importancia. “De manera que cualquiera que comiere este pan y esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto pruébese cada uno a sí mismo, y coma así de aquel pan y beba de aquella copa. Porque el que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor” (versículos 27-29). No es una pregunta de si somos nosotros dignos de participar de la Cena del Señor; pero lo que el apóstol depreca es “participar en una manera indigna. Cada cristiano, sólo que algún pecado lo hubiera excluido, era digno de participar, porque era cristiano. Pero un cristiano puede tomarla sin juzgarse a sí mismo, o apreciando como debe, lo que la cena trae a su mente, y lo que Cristo ha conectado con ella. Él no discernía el cuerpo de Cristo; y no discernía, no juzgaba, el mal en sí mismo”. Y si así comía y bebía, juicio comería para sí; es decir, traería disciplina sobre sí mismo; porque el Señor juzga a los Suyos, los castiga, para que no sean condenados con el mundo (versículo 32). Así había castigado a los Corintios por sus modos descuidados, algunos con flaqueza, algunos con enfermedades, y algunos aun con muerte física. De aquí la necesidad de examinarnos a nosotros mismos acerca de la manera en la cual participemos de la Cena del Señor, y a juzgar todo lo que no esté de acuerdo con la presencia del Señor; “que si nos examinásemos a nosotros mismos, cierto no seríamos juzgados” (versículo 31); es decir, si nos juzgamos a nosotros mismos, no seremos castigados del Señor.
Por todo lo que se ha dicho es evidente que no estamos aptos para la mesa del Señor hasta que la cuestión de nuestra relación con Dios esté arreglada, hasta que, en una sola palabra, tengamos paz con Dios. Porque si yo estoy ocupado con mí mismo, con mi estado de alma, con dudas, ansiedades o miedos, no puedo estar ocupado con la muerte de Cristo.
Mucho mal se ha hecho en traer demasiado pronto a las almas a la mesa; porque, al venir antes de tener paz con Dios, ven hacia la mesa como un medio de gracia; y porque se trae delante de ellos la muerte del Señor, se ponen tristes y miserables, no conociendo el valor de esa muerte para ellos mismos. Hasta que hay paz en la conciencia por medio de la sangre, el alma no está libre, para decir lo menos, no está en sosiego para contemplar la muerte de Cristo.
Otra vez. Cuando estamos en la mesa, no es para ocuparnos con los beneficios que hemos recibido por medio de la muerte de Cristo. Es más bien entrar, por el poder del Espíritu, a los pensamientos de Dios concernientes a la muerte de Su querido Hijo. Porque estamos allí como adoradores, y como tales adentro del velo rasgado, y allí estamos absortos con el hecho que Dios mismo fue glorificado en la muerte de Cristo; y como en comunión con Dios mismo, pensamos en lo que Cristo era para Él, como Él nunca fue más preciosa para Dios que en ese momento terrible cuando fue hecho pecado, que fue para la gloria de Dios que sufrió todo, fue obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz, entonces con corazones rebozando podemos por medio del Espíritu expresar nuestra adoración y alabanza. ¡Maravilloso pensamiento, que se nos permite contemplar con Dios a Su Cristo traído hasta el polvo de la muerte, con todas las olas y ondas de Dios pasando sobre Él! Y al contemplar no podemos menos que decir, “al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con Su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y para Su Padre, a Él sea gloria e imperio para siempre jamás. Amén” (Apocalipsis 1:5-6).
Estamos pues en la mesa como dando, no como recibiendo, pero ciertamente recibimos cuando estamos allí de acuerdo con la voluntad de Dios. Pero el objeto de nuestra reunión es el de adorar, rendir homenaje de nuestro corazón a Dios, porque hemos sido redimidos por medio de la muerte de su Hijo. ¿Y quién podría describir la bienaventuranza del privilegio de enseñar de esta manera la muerte del Señor? Reunidos alrededor de Él, con los emblemas conmovedores de Su cuerpo y sangre delante de nuestros ojos, así reclamando el cariño de nuestros corazones, Su amor —que las muchas aguas no pueden ahogar, ni los diluvios apagar— penetra y toma posesión de nuestras almas, y nos constriñe a estar en voluntaria adoración a sus pies, y nos hace desear por el tiempo cuando lo veamos cara a cara, y contemplando su gloria, estemos con Él, y le adoremos por las edades de la eternidad.
Orando para que Ud. aprenda más y más del significado de Su muerte y de la cena,
Créamelo, querido——,
Suyo cariñosamente en Cristo, E. Dennett.
La preservación del "soldado de Jesucristo"
“Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para corroborar a los que tienen corazón perfecto para con Él” (2 Crónicas 16:9).
“Bueno es Jehová para fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en Él confían” (Nahum 1:7).
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto no temeremos” (Salmo 46:1-2).
“Porque Tú has sido mi refugio, y torre de fortaleza delante del enemigo” (Salmo 61:3).
“Torre fuerte es el nombre de Jehová: a Él correrá el justo, y será levantado” (Proverbios 18:10).
“Jehová es mi roca, y mi fortaleza, y mi libertador; Dios de mi roca, en Él confiaré: mi escudo, y el cuerno de mi salud, mi fortaleza, y mi refugio; mi Salvador, que me librarás de violencia” (2 Samuel 22:2-3).
“Y alegrarse han todos los que en Ti confían; para siempre darán voces de júbilo, porque Tú los defiendes” (Salmo 5:11).
“Por las palabras de Tus labios yo me he guardado de las vías del destructor ... Guárdame como lo negro de la niñeta del ojo, escóndeme con las sombras de Tus alas” (Salmo 17:4,8).
“Con Sus plumas te cubrirá, y debajo de Sus alas estarás seguro ... Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra: mas a ti no llegará ... Porque tú has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada ... Pues que a Sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán” (Salmo 91:4-12).
Oración intercesora (Parte 2)
La intercesión es el resultado natural del amor genuino espiritual. La oración que no ha sido inspirada por el amor está muerta y es una mera forma, mientras que el amor que no excita fervientes intercesiones no es genuino. Nunca ha sido, no puede ser, que el ardiente amor cristiano no constriña al amoroso corazón a interceder por el amado. Y ningún don por más grande que sea puede ser concedido por algún humano a otro como las oraciones cristianas a su favor.
Pero, mientras que el verdadero amor obtiene una intercesión hecha de corazón, la verdadera intercesión va a intensificar y a aumentar el amor. Casi no hay ningún otro hecho en la vida cristiana del cual yo me sienta más seguro que de éste, sencillamente por mi experiencia semejante. Nada hace que el amor sea tan ardiente y tierno para cualquiera como la oración sincera por él. Cuan adecuadamente hermoso, entonces, es el mandamiento de nuestro Señor a nosotros, de orar por todos los que nos hacen mal (Mateo 5:44). Una breve y sola elevación del corazón, en oración verdadera por aquel que nos hace mal, hará que todo sentimiento de agravio sea imposible; mas aun derramará por el corazón un torrente de sentimientos dulces, santos y amorosos.
La intercesión vale poco, si no es ardiente. Donde la fe y el amor se ejerciten vigorosamente, será ardiente. Debe ser AGONIZANTE. Colosenses 4:12, griego, un esfuerzo; Colosenses 2:1, conflicto; Romanos 15:30, una lucha, como Jacob en Peniel. Véase la intercesión de Moisés por Israel en Éxodo 32. En vez de consentir (como lo hubiese hecho un hombre egoísta) que Dios destruyera a la nación por su gran pecado, mientras que Él hubiera cumplido sus promesas a Abraham, por medio de Moisés, y sus descendientes, Moisés se arrojó sobre su rostro en gran aflicción a la mera sugestión, y realmente dijo, “Si no les has de perdonar sino destruirlos, entonces destrúyeme a mí con ellos” (versículo 32). fue una palabra de osadía; pero ¡oh, pensad en el amor indecible que lo incitó! y pensad, también, de la palabra aun más temeraria en Romanos 9:3. Nada, nada sino el espíritu de Jesús que mora dentro puede excitar, o mantener a su propio nivel el espíritu de intercesión genuina.
Debe notarse que a éste, el mayor y más eficaz de todos los ministerios, cada santo es llamado por igual. Mucha gracia se necesita para ello, para buscar y OBTENER, por medio de la oración incesante; pero ningún DON especial es requerido. El hombre de dotaciones más débiles es tan capaz de desempeñar este ministerio SUPER-ANGÉLICO como el santo de más dotes de la Iglesia. Por lo tanto, vemos a Pablo continuamente pidiendo las oraciones de los demás; porque él sentía su necesidad de ellas; y él sabía que el hermano o hermana más humilde, podría AYUDARLE MUCHO. Vamos a sentir que nuestra necesidad es aun más grande; y estemos agradecidos a todos los que nos proporcionan esto que es lo mejor de toda ayuda. Y, más que todo, que cada uno de nosotros comprenda que a él le ha sido encomendado, hasta cierto punto, el bienestar de todo ser humano, especialmente de cada santo; y que somos positivamente deudores a todos, hasta cierto punto, lo cual es admirable que podamos olvidar tan cabalmente (Romanos 1:14).
(para continuarse, Dios mediante)
Notas misceláneas: Número 13
Extracto: ¿Es el pensamiento de la venida del Señor tu delicia diaria? ¿Tiene esto influencia en los diez mil detalles de tu vida diaria? ¿O estás caminando de tal manera con el mundo que el mismo pensamiento de Su venida te llena de vergüenza?
Lector, ¿está su alma redimida?
“ ... Sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra vana conversación, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata; sino con la SANGRE PRECIOSA DE CRISTO” (1 Pedro 1:18). “ ... y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22). “Y vinieron los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando vinieron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas; empero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. Y el que lo vió, da testimonio, y su testimonio es verdadero: y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis” (Juan 19:32-35). “Este es Jesucristo, que vino por agua y sangre. No por agua solamente, sino por agua y sangre ... El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo: el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso; porque no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado de Su Hijo. Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 Juan 5:6,10-12).
Si yo gano el mundo
Si yo gano el mundo y pierdo a Cristo,
¿Qué provecho para mí será?
Si en traje mundanal me visto,
¿Cuál premio el mundo me dará?
Si tuviera aquí sin fin de bienes
Y ganare fama sin igual,
Tú, oh mundo vil, ¿qué premio tienes
Que igualará vida inmortal?
¡Sin Jesús cuán triste vive el alma!
¡Cuán vacío el corazón sin Él!
El que torna tempestad en calma
Y desierto seco en un vergel.
Sin Jesús hay sólo noche obscura,
Y la vida es triste soledad;
¿Qué sería morar en la negrura
Y sin Él por toda eternidad?
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Extracto: El corazón que deja de retener un sentimiento agradecido de la bondad de Dios, prestamente llegará a “oscurecerse”.
Él salva, Él guarda, Él satisface
“Ciertamente puedo decir que Él salva, porque Él me ha salvado, tan indigno como soy. Él guarda, y me ha guardado por Su gracia donde quiera que Él me ha colocado ... Él satisface, ¡cuán cierto! Nada de este mundo malo actual puede satisfacer el alma y darle paz. Pero gracias a Dios, yo tengo paz con Él por medio de nuestro Señor Jesucristo.
“Algunas veces el camino es duro y me siento como si fuera solo, ¡pero no! No estoy solo; siento la presencia consciente de mi Salvador siempre cerca de mí. ¡Sí! A menudo le he faltado a Él, pero Él nunca me ha faltado a mí”.
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Extracto: Debemos hacer a Cristo el objeto superior que nuestra alma busca, de otra manera nuestra vida espiritual inevitablemente declinará.
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Extracto: Sea que el hombre caído obtenga un privilegio o una ley, una bendición o una maldición, todo es lo mismo. Su naturaleza es mala —no puede ni descansar en Dios ni trabajar por Él—. Si Dios trabaja y proporciona un descanso para él, el hombre no lo guardará; y si Dios le dice que trabaje, él no lo hará. Así es el hombre; no tiene corazón para Dios.