Número 34

Table of Contents

1. Carta del editor - Número 34 - Julio de 2018
2. El Príncipe de paz
3. El servicio al Señor
4. Nuevo nacimiento, vida eterna, dar vida, sellar y salvación: diferencias
5. Tu historia secreta
6. La mies es mucha: Israel

Carta del editor - Número 34 - Julio de 2018

D.E. Rule
Amados hermanos y hermanas en Cristo,
Hoy en la mañana, en un estudio bíblico, estuvimos leyendo los últimos versos del libro de Judas. Es un libro que describe los días en que vivimos. Empezando con las vidas individuales hasta la situación mundial donde reina el caos. Con la tendencia general de alejarse de Dios, la situación externa es como un barco en alta mar, sin velas, sin motor y sin timón.
Los que conocemos al Señor Jesucristo, el Príncipe de Paz, podemos tener paz en medio de la tempestad. No quiere decir que no seamos afectados por las dificultades o adversidades de la vida, pero podemos ser más que vencedores en medio de las circunstancias. Debemos reflejar que Dios es luz en medio de las tinieblas y dar testimonio de que hay una esperanza segura al tener a Jesucristo como Señor y Salvador.
En nosotros mismos no tenemos fuerza. A la vez, tenemos los recursos necesarios para poder caminar para la honra y gloria de Dios. “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Judas 20-21). Mediante la fe sabemos que tenemos toda la Deidad (la Trinidad) que obra a nuestro favor. ¡Somos privilegiados!
Como siempre, recomendamos que leas este número de Tu Juventud con tu Biblia abierta para comprobar todo con la fuente que juzga todas la demás cosas.
p.d. Perdóname por la demora de este número; pero entre otras cosas con una cirugía en la rodilla estamos atrasados.
Tu hermano por gracia,

El Príncipe de paz

D.E. Rule
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz (Isaías 9:6).
Ahora en el mundo reina la injusticia. Hay conflictos de diferente índole por todo lado. Parece que los tratados de paz en muchos casos se firman tan solo para ser rotos en seguida. Tal vez no hay lugar donde esto sea más evidente como en el caso del Medio Oriente. ¿Cuándo va a cambiar esto? Cuando venga el Príncipe de Paz, el Señor Jesucristo, para reinar sobre este mundo por mil años durante el milenio: va a reinar la justicia en vez de la injusticia.
No se puede tener una paz externa, duradera y verdadera, sino que hay una paz interna; y no hay como tener una verdadera paz interna, si no se tiene al Príncipe de Paz como Señor y Salvador. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:26-27). Cuando te arrepientas de tus pecados y creas en el Señor Jesucristo como tu Salvador, tendrás la salvación en Cristo y podrás estar en paz con Dios. Y con ello tendrás al Espíritu Santo morando dentro. Esto no quiere decir que muchas circunstancias vayan a cambiar completamente, pues persistirán bastantes dificultades en un mundo tan afectado por el pecado; pero uno puede tener paz en medio de las circunstancias, y esperar la venida del Señor Jesucristo, quien nos llevará en el arrebatamiento a la casa de Su Padre, e iremos al cielo donde ya no hay conflictos.
Cuando el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos fue visto exclusivamente por los creyentes. “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí” (1 Corintios 15:3-8).
Cuando Él ascendió al cielo solamente fue visto por los que tenían fe. A la vez les declaró que iban a verle con sus ojos físicos de nuevo: “Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:6-11).
Cuando el Señor Jesucristo vuelva al final de la tribulación para establecer Su reino visible en la tierra, será visto por todos, y establecerá un reino de paz como Príncipe de Paz: “E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mateo 24:29-30). “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén. Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Apocalipsis 1:7).
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).
Cuando estamos en paz con Dios, la paz de Dios puede darnos tranquilidad en todas las circunstancias de la vida hasta la venida de Señor.

El servicio al Señor

P. Froese
“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Hebreos 12:28).
Nosotros, los creyentes en el Señor Jesús, como “sacerdocio santo” (1 Pedro 2:5) adoramos, alabamos, y agradecemos a Dios. El servicio cristiano siempre tiene el segundo lugar luego de la adoración. En ocasiones, nos falta aprecio, devoción y amor a Dios e intentamos llenar este vacío con más servicio. Pero la primera cosa que Dios quiere de nosotros no es el servicio, sino nuestro corazón: “Dame, hijo mío, tu corazón” (Proverbios 23:26). Como notamos en la historia de las hermanas María y Marta: “María ... sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres” (Lucas 10:39-40). Primero debemos estar a los pies del Señor Jesús, apreciando Su ser y Sus palabras, como manifiesta el Señor: “sólo una cosa es necesaria ... la buena parte” (Lucas 10:42). Desde aquella posición de adoración y aprendizaje podemos avanzar para servirle debidamente con todo nuestro ser; y nuestro servicio será un trabajo de gozo y no simplemente “quehaceres”.
Como “real sacerdocio” (1 Pedro 2:9) servimos a Dios al servir a nuestros prójimos. Con nuestros “dones espirituales” (1 Corintios 12:1) servimos a Dios al ministrar a otros miembros del cuerpo de Cristo y al predicar a los inconversos para su salvación: “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12). El servicio cristiano involucra cada área de nuestras vidas y tiene que ver con cada situación de nuestro día a día: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).
El Señor dijo que “el que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará ... el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mateo 10:39,41-42). Así que el servicio al Señor involucra toda la existencia, desde perder nuestras vidas por causa de Él, hasta mostrar hospitalidad hacia Sus siervos, inclusive dar un vasito de agua fría a un discípulo pequeñito. Desde lo grande a lo pequeño, cada acontecimiento en nuestras vidas es una oportunidad para servir a nuestro Salvador.
Al considerar el tema del servicio al Señor muchas veces pensamos que el servicio es algo que solo unas pocas personas pueden realizar. O puede ser que sí, sentimos que debemos estar sirviendo al Señor, pero no sabemos dónde o cómo empezar. Nos preguntamos: ¿cuándo voy a estar listo para servir? ¿Qué puedo hacer con lo poco que tengo?
Si en algún momento has tenido una de estas preguntas, sigue leyendo para aprender más sobre lo que la Biblia nos enseña acerca del servicio al Señor. Vamos a dividir nuestro tema en tres partes, los cuales son: (1) el llamamiento al servicio, (2) la práctica del servicio, y (3) el rendimiento de cuentas al fin del servicio.
El llamamiento
Aparte del Señor Jesús, quizá el más ferviente siervo de Dios de toda la Biblia es el apóstol Pablo. Él nos sirve por ejemplo de cómo es el llamado al servicio. En el día de su conversión, Pablo hizo dos preguntas: “¿Quién eres, Señor?” (Hechos 9:5) y: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6). Así que tan pronto como Pablo fue salvado, también fue llamado al servicio en aquel mismo día, cuando supo que Jesús es el Señor y que tenía un propósito al salvarle.
Como en el caso del apóstol Pablo, así debemos también actuar nosotros: Nuestro llamamiento al servicio es nuestro llamamiento a la salvación. Pablo escribió a Tito lo siguiente: “nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:13-14). Nuestro gran Dios, el Señor Jesucristo, tuvo que entregarse al sufrimiento y a la muerte para tener adoradores, siervos y obreros. ¿Estamos esperando o buscando otro motivo más para que nos entreguemos a Su servicio?
Igualmente, el apóstol Pedro dice: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Dios mismo nos llamó de las tinieblas del pecado y de la muerte, lo cual era nuestro estado por naturaleza, y nos salvó por su gracia. ¿Pero para qué? Para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó. Así que hemos sido salvados para servir. ¡No esperemos otro motivo, sino sirvamos “por amor del nombre de Él”! (3 Juan 7)
Sin embargo, debe llegar el momento en la vida de cada hijo de Dios en que tomamos la decisión de consagrarnos al Señor. Puede ser, y debe ser, que este acto de consagración o dedicación acontezca al momento de la conversión, como ha sido la experiencia de muchos que se han convertido en momentos de crisis. Pero a veces demoramos en darnos cuenta de que debemos estar concentrándonos en servir a Dios con todo nuestro ser. Es por eso que el apóstol Pablo escribe a los cristianos en Roma: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1).
Algunos de nosotros necesitamos una llamada de atención para darnos cuenta de que es nuestro deber ofrecernos como sacrificio, aun nuestros cuerpos, en el servicio al Señor. En Romanos 12:1, el apóstol Pablo dice que el sacrificio completo es nuestro “culto racional”. Hoy en día, muchos de nuestros hermanos y hermanas en Cristo están padeciendo persecuciones, e incluso muchas veces hasta la misma muerte, por amor a Cristo. ¿Acaso es racional padecer por Jesucristo? Sí, hermanos jóvenes, hemos sido llamados para presentarnos de forma incondicional —aun nuestros cuerpos— ante el altar para el servicio a Dios. “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).
Pero algunos van a preguntar: ¿qué debo hacer? ¿Dónde puedo trabajar para el Señor? ¿Qué trabajo tiene el Señor para alguien como yo? Como ya hemos dicho, a veces no nos damos cuenta inmediatamente que debemos servir al Señor desde el momento de nuestra conversión. No obstante, cuando llega el momento en que tomamos la decisión de presentarnos para Su servicio, Él tiene la capacidad para dirigirnos a exactamente lo que Él quiere que hagamos. Los detalles específicos se mostrarán cuando nos presentemos disponibles para el Señor. Si buscamos oportunidades para servirle, Él hará todo lo posible para que podamos desarrollar algún área de servicio que esté conforme a nuestro don espiritual y nuestra habilidad natural.
La práctica
La vida del creyente debe ser una vida de constante crecimiento y aprendizaje en las cosas de Dios. Las últimas palabras del apóstol Pedro registradas en la Biblia son: “creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18). Esta etapa de la práctica del servicio es de tiempo indefinido, pues nadie sabe cuánto tiempo tendrá para vivir para Cristo. ¡Ojalá que sea por lo menos por el resto de nuestras vidas, y que no dejemos el camino del servicio antes de entrar en la presencia de nuestro Señor!
Habrán distintas etapas en nuestro crecimiento espiritual, tanto como lo hay en el crecimiento físico de nuestros cuerpos. El apóstol Juan en su primera epístola habla de “hijitos ... padres ... [y] jóvenes” (1 Juan 2:12-13) quienes tienen distintas características según su nivel de crecimiento. Se puede ilustrar el proceso del crecimiento espiritual con la parábola del crecimiento de la semilla, en que aparece “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga” (Marcos 4:28). Debemos desarrollar nuestro servicio con persistencia, pero también con paciencia mientras que vamos aprendiendo cada día más. Si salimos fuera del orden debido de crecimiento, es muy probable el fracaso y caer “en la condenación del diablo”, que es el orgullo (1 Timoteo 3:6).
Es evidente que la calidad y cantidad de nuestro servicio será conforme a nuestro nivel de crecimiento y dedicación a Dios. Sin embargo, no debemos pensar que primero tenemos que asistir a un instituto bíblico para luego poder servir a Dios. Muchos de los siervos más útiles de Dios nunca se matricularon en un seminario. Además, en la Biblia nunca leemos que haya el requisito de tener un diploma religioso o ser ordenado por otros seres humanos para poder empezar nuestro servicio cristiano.
Para servir al Señor apropiadamente, el siervo, especialmente el siervo joven, debe ejercer una actitud de obediencia. Nuestra primera responsabilidad es obedecer, sin cuestionar, a Dios y a Su palabra. El apóstol Pablo, al pensar del joven obrero Timoteo, mencionó: “la fe no fingida que hay en ti” (2 Timoteo 1:5). La fe no fingida es una fe que francamente acepta lo que Dios dice en Su palabra, y la pone en práctica, pues “la fe, si no tiene obras, es muerta” (Santiago 2:17). Debemos ser “hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22).
En segundo lugar, nos toca obedecer a nuestros padres: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres ... Honra a tu padre y a tu madre” (Efesios 6:1-2) y a nuestros mayores en la asamblea donde nos reunimos: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos” (Hebreos 13:17). Además, debemos respetar a las autoridades civiles: “Sométase toda persona a las autoridades superiores” (Romanos 13:1). Cuando nos sujetamos a la dirección de Dios por Su palabra, y a nuestros padres y hermanos mayores en el Señor, estaremos caminando por una senda de seguridad y bendición en la cual podemos servir apropiadamente al Señor. En ocasiones podemos pensar que serviremos mejor si hacemos las cosas según nuestro parecer en vez de hacerlas conforme a la palabra de Dios; pero tal actitud nunca debe ser la nuestra porque jamás seremos más sabios que Él. “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 Samuel 15:22).
Para ser más útil, el siervo de Dios debe desarrollar una vida de comunión personal con el Señor. Como hemos enfatizado, el servicio viene después de la adoración y la devoción personal al Señor, pues el servicio verdadero tiene como fuente al amor. También tenemos que vivir en comunión con nuestros hermanos: “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3), y puede ser que nuestra labor sea realizada junto con otros hermanos o hermanas. Sin embargo, no hay substituto para la comunión personal con el Señor, que tiene lugar al escuchar Su voz mediante la lectura y meditación de la Biblia, así como al hablar con Él en la oración. Cuando Pedro y Juan vieron al Señor después de Su resurrección, Pedro preguntó a Jesús acerca del futuro de Juan, y Jesús le reprendió: “¿qué a ti? Sígueme tú (Juan 21:22). Así que la vida del siervo de Dios se debe vivir al seguir personalmente al Señor, sin importarnos lo que hagan los demás.
Si se apartan otros de la senda,
¡Oh! sigue a Cristo, sí, sigue a Cristo;
Si acrecienta en torno la contienda,
¡Oh! sigue a Cristo, el Señor.
(#835, Himnario de los mensajes del amor de Dios, 7˚ed.)
Rendimiento de cuentas
La última fase de nuestro servicio será la evaluación que hará nuestro Maestro, y estará seguida con la presentación de los premios para cada uno conforme al servicio. Este acontecimiento tendrá lugar en lo que se llama “el tribunal de Cristo”, luego del rapto y antes del milenio. El propósito del tribunal de Cristo es “para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10). Cristo juzgará nuestras obras y nuestros motivos en aquel día, para que de una vez por todas desaparezca lo malo y sea premiado lo bueno. No juzgará nuestras personas en ese momento, pues cada creyente ya ha sido justificado en Él.
“ ... Aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor ... Y si sobre este fundamento [Cristo] alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:8,12-15).
Tal vez pensemos que no quedará nada de valor en nuestras vidas en aquel día. Es bueno tener en mente que es posible sufrir la pérdida de la recompensa si no servimos debidamente; sin embargo, hay un versículo de consuelo en el siguiente capítulo: “cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Corintios 4:5). Dios ve todo y conoce las intenciones de nuestros corazones, así que no dejará de premiar cualquier cosa, aunque sea pequeña e insignificante, que se haya hecho para Él y que sea de su agrado.
Hay varias parábolas en los evangelios que ilustran bien este asunto de premiar el servicio. La siguiente es la parábola de las diez minas o monedas:
“ ... Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas [monedas], y les dijo: Negociad entre tanto que vengo ... Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. Él le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades ... Vino otro, diciendo, Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo; porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste. Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré; ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los intereses?” (Lucas 19:12-13,15-17,20-23).
Por esta parábola vemos que Dios considera a cada uno de nosotros como sus siervos. Hay diez siervos y diez monedas: el número diez en la Biblia es el número de la responsabilidad del ser humano (por ejemplo, los diez mandamientos). Así que cada uno de nosotros es responsable ante Dios por cómo le servimos a Él, y Él nos premiará según nuestro servicio. En esta parábola, la diferencia entre el buen siervo y el mal siervo fue su concepto de Dios. Hermanos jóvenes, ¡podemos confiar completamente en la bondad de Dios! ¡Trabajemos sin reserva para Él! ¿Parece riesgoso invertir en el servicio de Dios? No importa, pues es nuestro “culto racional” perder todo lo que naturalmente nos gusta para que seamos agradables a nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.
El fin de la carrera
Como hemos mencionado antes, el Señor Jesús es el mejor ejemplo de un siervo de Dios, y el segundo ejemplo tal vez puede ser el apóstol Pablo. Pero es interesante notar tanto la correspondencia como la diferencia entre los dos en cuanto a cómo terminaron sus vidas de servicio. Jesús, antes de morir en la cruz, dijo a su Padre en Juan 17:4: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese”. Nuestro Señor es el único que alguna vez pudo decir de sí mismo que había acabado la obra. El apóstol Pablo, en sus últimas palabras a Timoteo, y en cuanto a cronología posiblemente sus últimas palabras en la Biblia, dice: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8).
Este es nuestro deseo para cada uno de ustedes, hermanos y hermanas jóvenes: que lleguen al final de sus días habiendo peleado la buena batalla y guardado la fe. Es así que podremos decir, con el apóstol Pablo, que hemos “acabado la carrera”. Nuestro Señor Jesús ya ha vencido a la muerte, y nosotros con Él, ya vivimos más allá de ella. ¡La gloria nos es segura! “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58).

Nuevo nacimiento, vida eterna, dar vida, sellar y salvación: diferencias

A.C. Brown
[Este artículo fue escrito hace varias décadas en inglés pero la enseñanza es muy relevante y necesaria hoy en día].
Introducción
La iglesia en general ha perdido la capacidad de distinguir entre estas cosas que difieren. Además, los creyentes más privilegiados, quienes han recibido la enseñanza, casi han caído en un estado de despreocupación.
Debido a esta confusión, algunos dicen: “Es un error” o “es una sofistería” o “hay cosas más provechosas” o “hay que evitarlo porque solo puede provocar una lucha”; y por esto lo dejan de lado. Les parece que suena raro o demasiado profundo. Revisemos 1 Corintios 2:10: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”.
Para quienes están preocupados, el propósito de este escrito es ayudar, no provocar contención.
Por más de 50 años en el siglo XIX (1830-1880) los maestros más capacitados del remanente enseñaron las distinciones claramente. Algunos de sus escritos permanecen en nuestros días y son insuperables.
Aproximadamente en los años 1880, el primero en desviarse fue F.W.G. al guiar mal a una gran multitud de evangélicos mediante su sistema popular de equivalencia. Alguien escribió respecto a sus enseñanzas: “las distinciones delicadas de la escritura desaparecen. Hallamos que ‘nacer de nuevo’, ‘dar vida’, ‘vida eterna’, es usado por el autor indistintamente de una manera no definida ... como si fueran términos sinónimos”. “Las distinciones entre ‘vida eterna’, cual se usa en los Evangelios sinópticos y como se usa en el evangelio de Juan se ignoran” (W. J. Lowe, Londres, 1885).
Lo que caracteriza particularmente al Evangelio de Juan es la anticipación de las verdades especiales del cristianismo, tales como: La obra consumada de Cristo en la cruz, Su glorificación en las alturas, el Espíritu Santo dado por el Padre y el creyente que tiene vida eterna.
Nuevo nacimiento
¿Qué tiene que ver uno con su propio nacimiento natural? Seguramente nada. ¿Qué puede hacer él respecto a su nacimiento espiritual? La respuesta es la misma. Le compete exclusivamente a Dios: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él” (1 Juan 5:1). “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12-13).
Por lo tanto, el Espíritu Santo es el poder que utiliza la semilla, la palabra, para impartir una vida divina completamente nueva y distinta a las almas muertas. Tal es el lado positivo de esta verdad.
Pero también está el lado negativo: que la necesidad del nuevo nacimiento declara la inutilidad de la vida natural, e incluye la religiosidad carnal más cultivada. Salmo 39:5 manifiesta: “Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive”; Romanos 8:8 añade: “Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” y Juan 3:6 manifiesta de manera categórica: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”.
Nicodemo, el maestro de Israel, pasó por alto esta verdad de Ezequiel, capítulo 36, versos 24-26: “Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. El Señor se refiere a “cosas terrenales” cuando tienen que ver con las futuras bendiciones terrenales del reino.
Es el nuevo nacimiento lo que da vida divina a cada uno de la familia de la fe en todas las dispensaciones.
Pero “lo que es nacido del Espíritu” no es lo mismo que el Espíritu mismo que mora en el creyente. Lo uno es la nueva vida impartida por el Espíritu; pero lo otro es el Espíritu que ha hecho personalmente su morada en aquel a quien ha impartido vida. Y esto no fue cierto para los santos de la antigüedad antes de que se llevara a cabo la redención y el Señor fuese glorificado.
Será útil ver acerca de lo que el Señor habló en estos primeros once versículos de Juan 3, lo que llama “cosas terrenales”, en contraste con lo siguiente que llama “cosas celestiales”. Se basa en la obra consumada de la redención, el verso 14; Él introduce por primera vez la verdad gloriosa del amor celestial y la vida eterna del cristiano.
Vida eterna
Ante de esto, el término “vida eterna” (Salmo 133:3), “vida eterna” (Daniel 12:2), y “vida eterna” (en los primeros tres evangelios) invariablemente miran al futuro reino terrenal.
En el Evangelio de Juan obtenemos la revelación cristiana del término “vida eterna” relacionada con la obra de la redención ya completa, el Señor glorificado, el Espíritu Santo que mora en el cristiano, y en relación con el Padre.
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Esto no significa simplemente que tenemos una vida que dura para siempre. Tampoco se refiere particularmente a nuestro primer encuentro con el Salvador, como subrayan algunos evangelistas. Abarca no solo esto sino mucho más. Es la vida de Dios disfrutada en comunión con el Padre y el Hijo por el Espíritu Santo que mora en nosotros.
“Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20). Como se nota “Su Hijo Jesucristo” es “la vida eterna” y “ ... Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Juan 5:11). ¡No la tenemos fuera de él! (1 Juan 1:2; 5:11,13,20) Entraremos en ella a plenitud en la gloria: “en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos” (Tito 1:2), “para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:7), y “ ... esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Judas 21). Es la vida abundante y la libertad del cristiano: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:9-10) y está ampliado en Romanos 8. También somos miembros del cuerpo de Cristo desposado para ser su novia celestial. Todo esto es distintivo del cristianismo.
Dar vida
Este término se usa en varias maneras diferentes. En el Antiguo Testamento se utiliza por catorce ocasiones, aparece once veces en el Salmo 119 con el sentido de vivificar o avivar (dar energía por la Palabra y el Espíritu de Dios) al santo piadoso. En el Nuevo Testamento también se usa varias veces, pero como el acto de dar vida a partir de la muerte. Siempre es la prerrogativa de Dios: “Dios ... el cual da vida a los muertos” (Romanos 4:17); “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (Juan 5:21); “El Espíritu es el que da vida” (Juan 6:63). Se usa en cuanto a la resurrección: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romano 8:11). “Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45). “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu” (1 Pedro 3:18).
Se utiliza en una manera especial para asociarnos con Cristo en la resurrección: “os dio vida juntamente con él” (Colosenses 2:13). “Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22), y para identificarnos con Cristo en los lugares celestiales: “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo ... y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:5-6).
El Espíritu Santo vivifica (da vida) las almas muertas, pero sella a los creyentes que están vivos.
Sellar (Señalar)
En el río Jordán el Espíritu Santo descendió en forma de paloma sobre el bendito Hijo de Dios, señalándolo a Él: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él” (Mateo 3:16) y le ungió: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret” (Hechos 10:38).
“Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Juan 7:39). “Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hechos 2:33).
A nosotros corresponde: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:13-14). Y “ ... fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones” (2 Corintios 1:21-22).
El sello nos marca como Suyos. La unción nos da entendimiento, el carácter, la guía y poder de Cristo. Las arras nos dan seguridad en cuanto a nuestra herencia futura.
“Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9). “No es de él” significa que el tal no tiene el carácter de Cristo.
Salvación
“La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9); es exclusiva y completamente solo del Señor. La “salvación eterna” del alma es la liberación del justo juicio de Dios del pecador y sus pecados. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11). “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).
“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31). “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe” (Efesios 2:8). “Quien nos salvó ... ” (2 Timoteo 1:9).
Cornelio, el gentil, como Job, el gentil, tenía la vida divina igual que todos los santos del Antiguo Testamento. “Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre ... Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:1-2,34-35). Pero no fue “salvo”, sino hasta cuando creyó en el evangelio que trajo Pedro como se registra en los siguientes versículos: “él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa” (Hechos 11:14).
Conclusión
Para resumir en breve estas cinco verdades:
Dar vida es el impartir vida a las almas muertas según la prerrogativa soberana de Dios.
El nuevo nacimiento comienza con el hecho de dar vida y tiene que ver con la nueva naturaleza en contraste con la naturaleza caída de Adán.
(La regeneración, como se muestra en Tito 3:5, va más allá del nuevo nacimiento. Es pasar de nuestra condición anterior a una esfera de vida completamente nueva en el Cristo resucitado. Ve Colosenses 1:13, 2 Corintios 5:17-18).
Salvación: Mi alma se salva cuando creo en el evangelio que Cristo tomó mi lugar de culpabilidad, murió por mis pecados y fue resucitado para mi justificación.
Ser sellado por el Espíritu Santo que mora en la vida tiene lugar tan pronto como el alma cree en el evangelio para su salvación.
Vida eterna es la vida divina en una relación que se disfruta por el poder del Espíritu Santo, ya que se basa en la redención consumada y la glorificación del amado Hijo de Dios.
Para terminar, una ilustración de algunas de estas verdades puede ayudarnos. Supongamos que un hombre muerto yace en un sofá. Ahora se colocan varios quintales de arena sobre su pecho. ¿Puede sentir? Así, alguien que está muerto en sus pecados no siente la carga de ellos. Pero si volviese a la vida se va a sentir desdichado e impotente en su inútil lucha para tratar de deshacerse de aquel gran peso y quizá clamará en busca de ayuda; tal es la persona en Romanos 7; tiene vida, pero no liberación o el Espíritu Santo. No es sino hasta que un hombre fuerte viene y le quita el peso que logra dar un suspiro de alivio y entonces agradece al que le liberó. Ahora puede levantarse y caminar como un hombre recién librado. Así es como Cristo nos ha hecho libres a los cristianos.
Apéndice: El viejo hombre y la vieja naturaleza
Aunque íntimamente relacionadas, las Escrituras distinguen una diferencia real entre el viejo hombre y la vieja naturaleza. Se hace referencia a “nuestro viejo hombre” solo tres veces y en tiempo pasado, como si hubiese sido tratado de una vez por todas en la cruz, cuando Cristo fue hecho pecado por nosotros, quienes por naturaleza éramos hijos de ira lo mismo que los demás. Como se menciona en Romanos 6:6: “nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él ... ”. Efesios 4:22 declara: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre ... ”. Finalmente, Colosenses 3:9 dice: “ ... habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos”. Hay otros pasajes que también se refieren a eso, tal como Colosenses 2:11: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano ... en la circuncisión de Cristo”, pues “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Los israelitas fueron circuncidados, pero luego de que cruzaron el río Jordán, en Gilgal.
¿Qué hay respecto a nuestra vieja naturaleza? Se mantiene en nosotros intacta mientras estamos en este mundo. Por ello necesitamos retornar de manera constante a Gilgal, por así decirlo, para estar en la misma presencia de Dios en una oración sincera de auto búsqueda y un profundo juicio hacia nosotros mismos, para darnos cuenta de nuestra absoluta necesidad de fortaleza en el Señor y en el poder de su fuerza. (Efesios 6:10). A esto añadimos: “ ... no teniendo ninguna confianza en la carne” (Filipenses 3:3 y Colosenses 3:5), pues “la carne para nada aprovecha” (Juan 6:63).
Por lo tanto, el cristiano tiene dos naturalezas distintas: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6) también Romanos 8:8 amplia: “y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. En Gálatas 5:16-17 notamos que se oponen mutuamente: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”. Toma en cuenta que la nueva naturaleza depende completamente del poder del Espíritu Santo.

Tu historia secreta

A.A.E.
En Mateo 6:6 leemos: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”.
El Salmo 63:4-6 dice: “Así te bendeciré en mi vida; En tu nombre alzaré mis manos. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, Y con labios de júbilo te alabará mi boca, Cuando me acuerde de ti en mi lecho, Cuando medite en ti en las vigilias de la noche”.
En el Salmo 143:5 nos anima: “Me acordé de los días antiguos; Meditaba en todas tus obras; Reflexionaba en las obras de tus manos”.
Y en Josué 1:8 nos insta: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien”.
La importancia de tener una historia secreta con Dios ha sido enfatizada con frecuencia por muchos siervos del Señor. Sin tal historia no hay progreso en el alma. Un hombre inconverso no tiene una historia secreta con Dios, aparte del hecho que Dios puede haber hablado con él en secreto, en varias formas, y él puede haber resistido la voz de Dios que le está hablando a su conciencia.
Por otra parte, cada creyente verdadero ha tenido los inicios de una historia secreta con Dios: en un grado mayor o menor, al pasar por problemas en su alma ha aprendido a conocer al Señor Jesús como su Salvador personal, como se presenta en el evangelio de Dios a nuestro Señor Jesucristo. Pero, para muchos, la continuación de tal historia secreta es interferida por la acción del enemigo.
Por ejemplo, Éfeso, la asamblea más brillante y mejor instruida, dejó su primer amor. El brillo del afecto nupcial de la asamblea hacia Cristo había perdido su calidez; y, como la asamblea está constituida por individuos, podemos concluir que el afecto interno hacia Cristo había menguado completamente en la congregación. El amor a primera vista es una cosa interna y secreta, pero provoca una expresión externa.
Para cualquiera que se ha desviado del camino y ha sido atraído al mundo en una forma o más en sus múltiples facetas, yo diría: ¿No es una razón, para su desviación exterior del camino que conduce a Cristo, el que haya descuidado su relación secreta con Dios y con Cristo? Pues la oración se convirtió en algo menos frecuente y más formal, y tal vez la ha dejado por completo. ¿Tendría deseo de orar en secreto respecto a su búsqueda de placer mundano? Entonces ha dejado de buscar la dirección divina en sus quehaceres diarios. El camino para la restauración y de regreso a Dios está abierto para todos, porque Dios se deleita en la restauración de los santos que han perdido su camino, al igual que lo hace cuando rescata a los pecadores perdidos.
Quiero notar tres características de la historia secreta, que son: oración secreta, meditación secreta y alabanza secreta; y, señalar algunos de los resultados que aparecen en público.
El Señor dio instrucciones definitivas en cuanto a la oración secreta: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mateo 6:6). Es evidente que es un asunto personal, y vale notar que al Padre se lo menciona como “tu Padre”, una relación muy individual. En el evangelio de Mateo la oración que el Señor enseñó a sus discípulos empieza así: “Padre nuestro que estás en los cielos”; pero en Lucas 11:2 dice sencillamente: “Padre”.
Esto y otras diferencias entre los dos versículos muestran evidencia de que el Señor no concibió que las oraciones debían ser usadas como una fórmula. Pero en la Escritura citada es aún más individual: “tu Padre”, y es notable que el Señor use la expresión tu Padre que “está en secreto” y que “ve en lo secreto”. Esto parecería indicar que el Padre está dispuesto a darle una audiencia privada a todo aquel que desea hablar con Él en secreto. Hay millones de creyentes en la faz de la tierra que tienen la práctica de orar, y si ellos lo desean cada uno puede tener una audiencia privada. Nuestras oraciones privadas serían un indicativo de nuestra historia secreta con Dios.
Por ejemplo: ¿Acerca de qué oramos? ¿Oramos solamente respecto a nuestras preocupaciones u oramos acerca de las intereses de Dios en la tierra? ¿Están las respuestas a las oraciones que hemos recibido confinadas a solicitudes de cosas materiales? ¿Oramos en cuanto a las Escrituras que hemos leído y lo que oímos o leemos en la forma de ministerio?
Nos dijo “entra en tu aposento”. Algunas madres muy ocupadas pueden encontrar que es difícil cerrar la puerta frente a las muchas demandas de su tiempo y la atención que se requiere hacia una familia creciente. ¡Pero debemos encontrar tiempo para cerrar la puerta! Tal vez sea más difícil cerrar la puerta a otro tipo de intrusos. En ocasiones, hay pensamientos dispersos y tontos que surgen en el momento en que estamos en la oración secreta; pero debemos aprender a concentrarnos, y rehusarnos a permitirles que tengan lugar cuando estamos disfrutando de una audiencia secreta con el Padre.
El término “vuestro Padre” en esta relación, apenas nos acerca a la verdad dada a conocer especialmente en el Evangelio de Juan, donde Cristo revela el nombre del Padre a sus discípulos: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). Pero estaría más de acuerdo con el carácter de Dios como un Padre que hace que salga el Sol sobre buenos y malos, y que conoce todas las necesidades de Sus criaturas y en particular de Su pueblo; pero que desea ser consultado personalmente en oración acerca de todo.
Si eres cabeza de un hogar, la oración en secreto te va a dirigir a la oración familiar; y esto te va a llevar a la oración pública en las reuniones colectivas de los santos. Si la voz de un hermano nunca se escucha en la reunión de oración, ¿podemos conjeturar en muchas ocasiones que existe falta de oración en secreto? La oración en secreto nos brinda más comodidad para hablar con Dios, y esto nos da libertad para participar en la oración en público.
Entonces, ¿cuál será el resultado de la oración en secreto? “Y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mateo 6:4). Esto no significa necesariamente que vaya a darle una respuesta pública a su oración. De hecho, algunos manuscritos buenos omiten las palabras “en público” de los versículos 4, 6 y 18 de este capítulo.
Habrá, sin embargo, sin duda un aumento de intimidad secreta con el Padre, y esto se mostrará como un resultado visible en el presente y recibirá una recompensa en el futuro. La oración nos guiará al poder de Dios: “Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas” (Isaías 40:31). Tendremos fuerzas para afrontar las dificultades de cada día, fuerzas para resistir la tentación, fuerzas para seguir al Señor en un país del enemigo, fuerzas para perseverar en el testimonio. Tenemos que recordar que estamos en la tierra del enemigo y que él tiene una experiencia de seis mil años en decepcionar y engañar a los hombres.
Somos, sin embargo, guerreros comparativamente inexpertos, en el ejercicio del recurso de la oración, tanto de forma privada como pública; pero será nuestra única seguridad contra un enemigo tan experimentado y astuto. En Hechos 4, cuando los discípulos habían orado: “ ... hablaban con denuedo la palabra de Dios y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” (Hechos 4:31,33).
Si vemos a un hermano que predica el evangelio o ministra la Palabra con poder espiritual, podemos estar seguros de que su ministerio ha sido precedido por la oración en secreto de su parte, y probablemente también por las oraciones de otros que ruegan ante el Padre por él. El poder otorgado es parte del premio prometido a aquel que ora en secreto.
Paso sobre el pensamiento de meditación secreta. En el Salmo 143:5 leemos: “Me acordé de los días antiguos; Meditaba en todas tus obras; Reflexionaba en las obras de tus manos”. Aquí tenemos un campo amplio para la meditación y la reflexión: “todas tus obras” y “las obras de tus manos”. Si dirigimos nuestra mirada hacia arriba a los cielos y vemos las obras de Sus manos en el universo material y meditamos al respecto, ¡cuánto se van a llenar nuestras almas con el sentido de la sabiduría y del poder de Aquel que creó el sol, la luna y las estrellas y que mantiene a cada uno en su propia orbita! ¡Cuán pequeños nos sentimos al meditar en estas obras de su poder; y sin embargo cómo somos animados al pensar que todo este poder y sabiduría están disponibles para nosotros cuando los necesitemos al pasar por la tierra del enemigo! Pero hay una obra de otro tipo que provee material fructífero para la meditación.
Al pensar de sus obras en el Mar Rojo cuando Él quebrantó el poder del tirano y condujo a Su pueblo seguro por el mar a un lugar donde estuvieron fuera del alcance del enemigo. Piensa respecto a Su obra cuando secó el Jordán y guio a Su pueblo hacia la tierra prometida. Considera Su poder desplegado en la destrucción de Jericó, el que había estorbado su avance.
Si meditamos hoy en estas cosas y su realización en un manera espiritual, nuestras almas se van a establecer en la verdad de la redención por un lado, y ser animadas para acceder a nuestra porción en los lugares celestiales en Cristo por el otro lado.
A Josué se le dijo: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8). En el Salmo 1 encontramos alguien que lo hizo. Esto fue preeminentemente visto en el Señor mismo, pero en alguna medida en aquellos que siguen sus pasos. ¡Ahora que tenemos la totalidad de las Escrituras inspiradas, cuánto ha aumentado el vasto campo para la meditación! Pero todos podemos encaminar nuestros corazones para ver si meditamos en las Escrituras tanto como lo hizo David, como se evidencia en el Salmo 119 y en otros salmos.
Así como necesitamos encontrar tiempo para la oración, también necesitamos hacerlo para la meditación privada. La oración es tanto pública como privada; la meditación es principalmente privada, pero tiene resultados notorios en público. A Timoteo se le dijo: “Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos” (1 Timoteo 4:15). Aparte de la cuestión del don, si vemos a un hermano que es útil en los estudios bíblicos y al ministrar la Palabra, podemos concluir con seguridad que medita. Pero leer las Escrituras y ministrar no es suficiente; pues debemos aprender a enfocarnos en la meditación, así como en la oración; y, el resultado público será de provecho, como se ve en los casos de Timoteo, David y Josué, y a este último se le prometió: “y todo te saldrá bien”.
En el Salmo 63:4-6 leemos: “Así te bendeciré en mi vida ... Y con labios de júbilo te alabará mi boca, Cuando me acuerde de ti en mi lecho, Cuando medite en ti en las vigilias de la noche”. Aquí hallamos una meditación superior. Hemos hablado de meditar en Sus obras y en Su ley; ahora el salmista medita en Jehová mismo. Meditar en la creación, la redención, la salvación y la liberación es muy provechoso; pero aquí podemos meditar en el Creador, el Redentor, el Salvador, y el Libertador.
El Salmista hace esto durante las vigilias de la noche. La quietud es necesaria para tan grandes pensamientos. Es maravilloso ver el rastro que hallamos en los Salmos sobre el notable conocimiento de Dios que tuvieron los escritores. David experimentó el cuidado gracias a la bondad de Dios en su vida, la que estuvo llena de dificultades y además fue acosado por sus enemigos diariamente. Por la noche tan solo meditó en Dios, a quien él había aprendido a conocer en tantos aspectos.
Lo que David entonces escribió fue el producto de sus oraciones y meditaciones para animar y consolar a los millones del pueblo de Dios que le han sucedido. El resultado de sus meditaciones en secreto no fue solamente para su propio provecho, sino para beneficio de generaciones de santos en todas las dispensaciones, incluyendo a los que tendrán parte en las bendiciones del milenio en la tierra. David pudo meditar en Dios a tal punto que Dios estuvo satisfecho en revelarse a Sí mismo cuanto lo hizo a él en ese tiempo.
Ahora tenemos una revelación más completa, pues el Hijo unigénito ha declarado a Dios y revelado el nombre del Padre. También conocemos al Espíritu Santo (Juan 14:17). Entonces está disponible para nosotros una esfera incluso más amplia para la meditación en relación a los Seres divinos cual fue expuesta a la luz en el cristianismo, y las consecuencias para nosotros deben ser aún mayores que para David.
De la abundancia del corazón habla la boca, y cuanto más provechosas serían muchas de nuestras conversaciones si meditásemos más, y compartiésemos los resultados con otros. A veces los jóvenes pasan una noche juntos. Puedo hacer la pregunta: ¿De qué se habla en tales ocasiones? ¿Quizá se reduce a una noche social respetable pero mundana, o hablan de sus experiencias en su ejercicio como resultado de la meditación?
En el mismo pasaje que cita el Salmo 63 observamos otro resultado de la meditación secreta, y es la alabanza secreta. Cuando David meditó acerca de Jehová durante las vigilias de la noche entonces tuvo lugar la alabanza.
¿Cuánto conocemos sobre esto? Probablemente la mayoría de nosotros conocemos aún menos que cualquiera sobre la alabanza, la oración o la meditación. ¿Con que frecuencia incrustamos nuestro agradecimiento en las oraciones y súplicas como nos dice Filipenses 4:6? Pablo y Silas, a la medianoche estaban orando y también cantaban alabanzas a Dios, mientras se hallaban injustamente en la cárcel (Hechos 16:25). Esto fue semiprivado, pero tuvo un resultado público: los reos les escucharon. ¿Y no va a acontecer así con nosotros?
¿No es así que el cultivar un espíritu agradecido que encuentra su primera instancia de expresión en la alabanza privada, luego en la alabanza pública, le guiará a un testimonio más brillante hacia otros? El creyente refunfuñón que se queja de las condiciones de su trabajo y muestra un espíritu de descontento en su ambiente no es un buen testimonio para sus semejantes. “Dad gracias en todo” (1 Tesalonicenses 5:18) es el resultado de la oración y la meditación, mediante lo cual crecemos en el conocimiento de Dios. Si hemos estado bendiciendo a Dios durante las vigilias de la noche, ¿vamos a estar maldiciendo a los hombres cuando llega la luz del día? Bendecir a Dios y maldecir a los hombres con los mismos labios es moralmente incongruente, como lo señala Santiago. Cultivar un espíritu de alabanza cambia incluso el rostro de un hombre, mientras que un espíritu de descontento se muestra a sí mismo en el rostro.
Entonces ya aprendimos a orar más en secreto para que el poder de Dios se pueda evidenciar, meditar en secreto para que sea provechoso y se pueda sentir el efecto, o alabar más en secreto para que el buen testimonio puede ser una consecuencia.

La mies es mucha: Israel

D.E. Rule
“Jesús... dijo a Sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a Su mies” (Mateo 9:35,37-38).
No hay otro país en el mundo con la población y tamaño de Israel que esté tanto en las noticias. En el futuro, va a ser el eje de los eventos principales durante la tribulación. Su historia es inigualable. Más de un millón de judíos murieron de diferentes maneras cuando tuvo lugar el conflicto entre el imperio Romano y Judea en el año 70 d. C. “Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado”. Atacada por Tito de Roma, el futuro emperador del imperio Romano, el templo y mucha parte de la ciudad fue destruida. “Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. Mas ¡ay de las que estén encinta, y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan” (Lucas 21:20-24). Aquellos que sobrevivieron fueron esparcidos. Israel había rechazado en su mayoría al Mesías en su incredulidad; pues deseaban la victoria sobre su enemigo en vez del cambio en sus corazones con arrepentimiento.
El milagro es que en el año 1948, hace 70 años, Israel fue conformado como país de nuevo. “Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera. Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo es que se secó en seguida la higuera?” (Mateo 21:19-20). La higuera es figura de Israel. Es una planta que debe tener fruto en varios estados durante todo el tiempo. Israel no estaba produciendo fruto para Dios. “De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca” (Mateo 24:32). Aunque la gran mayoría de los judíos que han emigrado a Israel en este tiempo han ido en incredulidad, pues todavía no reconocen al Mesías; sin embargo, las hojas de la higuera han brotado de nuevo.
Israel tiene una población de aproximadamente 7,5 millones de habitantes, de los cuales un 75% son judíos y un 20% son árabes, la mayoría de los cuales son musulmanes. Muchos de los judíos no son practicantes del judaísmo, aunque también hay bastantes ortodoxos que tratan de guardar la ley del Antiguo Testamento. El porcentaje de aquellos que creen el evangelio es muy bajo.
Es un país que ha prosperado económicamente a pesar de las amenazas permanentes de sus vecinos que son musulmanes y en muchos casos niegan su derechos a existir. Son los mejores en el mundo en cuanto a la utilización del agua para la agricultura y hacer florecer el desierto; están muy avanzados en las ciencias. Sin embargo, hay un problema que no tiene solución con los palestinos y que no va a ser resulto hasta que Cristo, el Mesías vuelva y reine desde Jerusalén.
En el futuro todas las tribus, incluyendo las diez tribus perdidas, van a ser identificadas y van a emigrar a Israel. “Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país” (Ezequiel 36:24). Los que entren a la tierra ya no van a ingresar en incredulidad sino en fe: Van a formar parte de pueblo terrenal del Dios eterno.
Una cosa que podemos hacer ahora es orar por Israel: “Pedid por la paz de Jerusalén; Sean prosperados los que te aman. Sea la paz dentro de tus muros, Y el descanso dentro de tus palacios. Por amor de mis hermanos y mis compañeros Diré yo: La paz sea contigo. Por amor a la casa de Jehová nuestro Dios Buscaré tu bien” (Salmo 122:6-9). Aunque sabemos lo que va a pasar en el futuro, debemos orar por aquellos que ya están en Jerusalén y el resto de Israel.