Número 8: Venida y reino de Cristo (primera resurrección), Romanos 3 y 4, Paz con Dios, Aliento y más …
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La venida y reino de nuestro Señor Jesucristo: La primera resurrección (Parte 8)
E.H. Chater
(continuado del número anterior)
Al tratar de la venida de Cristo, cuando Sus santos vivientes serán transformados y arrebatados para encontrarle en el aire, hemos dado una ojeada parcialmente a la resurrección de los santos dormidos en Jesús. Los dos actos, el de levantar a los que duermen y transformar a los que viven, tomando lugar en el mismo momento, sería difícil tratar de este último sin referirse al primero. Pero se necesita otro periódico para explicar la manera en que sucederá la primera resurrección, como el hecho mismo es comprendido tan poco por los cristianos en general; por muchos aun es negado. Y de aquellos que se han inclinado al testimonio de la palabra de Dios en cuanto al hecho, muchos han fracasado en comprender esta verdad cabalmente, y las clases de personas que abarca.
Como el arrebatamiento de los santos, la primera resurrección no encuentra un lugar en la verdad revelada en el Antiguo Testamento; sería imposible recogerla de sus páginas, como se trata de ello solamente en el Nuevo. La teología por cientos de años pasados ha enseñado una resurrección general y un juicio general de todo el género humano, basándolo en ciertos pasajes de la Escritura, que yo creo en estas páginas podré claramente demostrar han sido grandemente mal entendidos. La palabra de Dios habla distintamente de los resurrecciones, y de varios juicios diferentes.
En Marcos 9:9-10, cuando el Señor descendió del monte de la transfiguración, encargó a Sus discípulos “que a nadie dijesen lo que habían visto, sino cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de los muertos. Y retuvieron la palabra en sí, altercando que sería aquello: Resucitar de los muertos”. Sabían de la resurrección y creían en ella, pero esta admirable comunicación de los mismos labios del Señor del levantamiento de los muertos era un sonido extraño en sus oídos. Nótese la fuerza de las palabras; no era sencillamente de la resurrección de la muerte de lo que Él habló, sino de (griego, “de entre”) los muertos, demostrando que cuando este admirable evento sucediera, otros muertos permanecerían en sus tumbas. Y la resurrección del Hijo del hombre es una muestra de lo que caracterizará la resurrección de Su pueblo.
El testimonio de la Escritura es abundante en cuanto al hecho de la resurrección de Cristo. Lucas, en Hechos 1:3, testifica que “después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios”. Pedro, en Hechos 2:32, declaró a los judíos en el día de Pentecostés: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos”. Y Pablo, en 1 Corintios 15, escribe: “Que Cristo fué muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos juntos; de los cuales muchos viven aún, y otros son muertos. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles, y el postrero de todos, como a un abortivo, me apareció a mí”. Esteban también lo vio de pie a la diestra de Dios (Hechos 7:56).
En Juan 5:28-29, el Señor dijo a Sus discípulos: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán Su voz (hablando de Sí mismo); y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron mal, a resurrección de condenación”.
Este versículo de la Escritura, entre otros, se ha creído que fuertemente favorece el pensamiento de un levantamiento simultáneo y general de la muerte; pero si lo examinamos cuidadosamente con el contexto, encontraremos que lo contrario es el caso. En el versículo 25 leemos: “Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios: y los que oyeren vivirán”. La hora de que se habla aquí en la que los muertos en pecado han oído la voz del Hijo de Dios, ya ha durado un período de mil novecientos años, y sigue en pie aún. Y ciertamente si esta primera hora es prolongada así, no hay dificultad en la segunda hora, la cual tiene referencia a la resurrección, que se tome como significando un período prolongado también. Y además, en vez de decir que todos los que están en su tumba saldrán a la resurrección general, el Señor claramente distingue entre los buenos y los malos, demostrando que los primeros vendrán a resurrección de vida, y los últimos a la resurrección de condenación —lo uno enteramente diferente de lo otro—. Veremos más allá cuanto tiempo habrá entre estas dos cosas.
(“Los que hicieron bien” no significa, por supuesto, que hay algunos buenos en sí mismos, porque “no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” [Romanos 3:12]; pero aquellos que, justificados por la fe en Cristo y en Su obra terminada, andan prácticamente en piedad como el resultado [1 Juan 3:7]).
En el Evangelio de Lucas (Lucas 14:13-14), donde el Señor estaba cenando en la casa de uno de los principales Fariseos, le dijo a él: “Mas cuando haces banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos, y serás bienaventurado ... mas te será recompensado en la resurrección de los justos”. Este dicho evidentemente señala la resurrección de los justos como un evento diferente del de los impíos o injustos. ¿Por qué ha de usar el Señor ese lenguaje si la resurrección de los justos e injustos se intentase que fuese indistintamente? ¿Y cómo podía llamársele la resurrección de los justos, si todos se levantasen juntamente para ser juzgados?
Mateo 27:52-53 también menciona un evento que tuvo lugar exactamente después de la muerte de Cristo. “Y abriéronse los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y salidos de los sepulcros, después de su resurrección, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos”. De lo que sucedió a esos santos después no tenemos ningún récord, y donde la Escritura calla, es bueno que nosotros también guardemos silencio; pero demuestra sin ninguna duda que una resurrección de ciertos santos de, o de entre los muertos, se ha efectuado. En esto, como en la resurrección de Cristo, tenemos otro ejemplo de lo que sucederá cuando el Señor venga.
El libro de Apocalipsis habla tan positiva y definitivamente en cuanto a esta importante verdad de “la primera resurrección”, que parece extraño que cualquiera que profesa inclinarse a la palabra de Dios pueda tener una sombra de duda acerca de ello. Citaré el pasaje entero que se refiere a esto.
“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fué dado juicio; y vi las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y que no habían adorado la bestia, ni a su imagen, y que no recibieron la señal en sus frentes, ni en sus manos, y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad en éstos; antes serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años” (Apocalipsis 20:4-6).
Uds. observarán que en estos versículos las palabras “la primera resurrección” ocurren dos veces; y el mismo hecho del uso de la “primera” implica que hay una “segunda”. Aquellos que tienen parte en esta resurrección son llamados “Bienaventurados y santos”. ¿Cómo podía el Espíritu de Dios usar ese lenguaje si se intentase que fueran todos los hombres? Nada podía ser más claro de que aquí se trata solamente de los santos —aquellos que, habiendo descubierto mientras estaban en la tierra su perdida condición, creyeron al testimonio de Dios concerniente a Su Hijo, fueron justificados, durmieron en su fe, y surgen, bienaventurados y santos, a la resurrección de vida—. “Mas los otros muertos”, como lo declara este versículo tan claramente, “no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años”.
Los justos, siendo levantados al principio de la resurrección, reinan con Cristo mil años, la duración de Su reino y gloria, de lo cual veremos más en otro periodiquito; el resto de los otros muertos —los injustos, los impíos— permanecen en sus tumbas hasta el fin de ese período, cuando serán levantados para el juicio, y serán traídos delante de Él que se sienta sobre el gran trono blanco, y arrojados al lago de fuego (Apocalipsis 20:11-15). “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección”.
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios)
Romanos 3:25-31, 4:1-8
C. Stanley
(continuado del número anterior)
“Al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en Su sangre, para manifestación de Su justicia, atento a haber pasado por alto, en Su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar Su justicia en este tiempo, para que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:25-26). Meditad en cada sentencia. ¿No es la justicia de Dios que Él sea justo? ¿Crees en Jesús —que Él ha glorificado así a Dios por Su sacrificio expiatorio— que ahora, en este tiempo, por medio de esa muerte, Él puede en justicia justificar a todos los que creen? ¿Se ha revelado de esta manera Dios a tu alma, como justo al considerarte a ti justo?
Como la justicia, por lo tanto, es enteramente de Dios, por medio de la redención que es en Cristo Jesús, “dónde pues está la jactancia?” ¿Está sobre el principio de obras que nosotros hayamos hecho? No, dicho pensamiento está excluido. “¿Por cuál ley? ¿de las obras? No, mas por la ley de la fe” (versículo 27). Porque hemos visto que la fe encuentra justicia en Dios. No puedo jactarme, entonces, de haber sido, o de ser justo en mí mismo, como se ha probado que somos culpables, y sabemos que es cierto, y, sobre el principio de las obras de la ley, podemos ser condenados solamente. La justificación no puede ser sobre esa causa, no importa cuánto luchemos para hacerlo así.
La justificación, entonces, debe ser sobre otro principio. “Así que, concluimos ser el hombre justificado por la fe, sin las obras de la ley” (versículo 28). ¿Qué otra cosa podría concluir la Escritura, ya que todos somos culpables, y la justificación no es lo que nosotros somos para Dios, sino lo que Él es para nosotros, expuesto en Cristo? No se confundan estas dos cosas. Deje que su salvación sea enteramente sobre el principio de la fe —lo que Dios es para ti.
Ser justificados por la fe es lo que Dios es para nosotros por medio de Cristo. Las obras de la ley están sobre el principio de lo que nosotros somos para Dios. ¡Gracia admirable! Somos justificados por lo uno, sin lo otro. Y en esto la doctrina de “no hay diferencia” es cabalmente sostenida. La misma justicia de Dios para todos, judíos o gentiles, está sobre el principio de la fe, y por los medios de la fe.
Aquellos que sostienen que todavía estamos bajo la ley, la hacen nula, porque maldice a aquellos que están bajo ella, porque no la guardan. Aquellos que una vez estaban bajo la ley tuvieron que ser redimidos de su maldición por la muerte de Jesús. Así que, si la escritura nos pusiera debajo de ella otra vez, entonces Jesús necesitaría morir otra vez para redimirnos de su maldición. (Véase Gálatas 3:10-13; 4:4-5). “¿Luego deshacemos la ley por la fe? En ninguna manera; antes establecemos la ley” (versículo 31). Jesús revelado al ojo de la fe, llevando la maldición de la ley quebrantada para aquellos que estaban bajo ella —si esto no establece los reclamos de la ley de Dios, ¿qué otra cosa podría hacerlo?— Pero si nosotros fuésemos puestos bajo ella otra vez, entonces sus reclamos tendrían que establecerse otra vez, o si no, sería nula.
Romanos 4
Debemos tener en cuenta que no estamos aquí en el tema de la justicia ante los hombres. Sobre ese tema, tendremos que ir a la epístola de Santiago. Allí veremos la cuestión de la justificación desde un punto de vista enteramente diferente. Un hombre no es justificado ante sus prójimos por la fe, sino por obras, probando lo genuino de su fe. (Véase Santiago 2:18-26).
Ahora se podría justamente hacer la pregunta, si la raza humana entera ha sido hallada culpable ante Dios —los judíos y los gentiles— ¿sobre cuál principio podría ser justificado cualquiera? Claramente, sobre el principio de la ley, esa que condena al culpable, nadie podría ser justificado, y dos de los casos más admirables se citan en prueba. Nada menos que Abraham, el mismo padre de los judíos; y David, el dulce salmista de Israel. El primero fue justificado cuatrocientos treinta años antes de que la ley fuese dada; el otro, como quinientos años después, y eso cuando hubo merecido su maldición por medio de su temible transgresión.
En cuanto a Abraham, si alguno pudiese ser justificado por las obras, ciertamente seria él; y si estuviese ante los hombres, como en Santiago, tenía de que gloriarse, “mas no para con Dios”. Es todavía la pregunta solemne del hombre ante Dios. Bueno, ¿qué dice la Escritura acerca de este hombre, antes de que la ley fuese dada a ninguno, ni aun a él? “Creyó Abraham a Dios, y le fué atribuido a justicia”. Esta es la respuesta y el principio de la Escritura de cómo un hombre puede ser justificado sin las obras de la ley. Abraham creyó a Dios, su fe le fue atribuido a justicia. Mucho depende del verdadero significado de la palabra traducida “atribuido” y “contado” en este capítulo, la misma palabra en el original. Significa considerado como, o contado así; no es la palabra que se usa para significar sencillamente atribuido, o puesto en la cuenta de una persona; esa palabra se halla solamente dos veces en el Nuevo Testamento, traducida en Romanos 5:13: “pero no se imputa pecado no habiendo ley”. No se pone en la cuenta de una persona como transgresión de ley, cuando no se ha dado ninguna ley que pudiera ser transgredida así. Está más cabal y correctamente traducida en Filemón 18: “Si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta”, impútalo a mí. Vamos a ilustrar las dos palabras. Decimos, Dicha persona ha pagado en un banco 500 libras esterlinas a la cuenta de otro; se le atribuye a su cuenta. En el otro caso, un noble se casa con una mujer pobre, ¿Se le considera a ella pobre después de eso? Ella no tiene ni un centavo de sí mismo, pero se le considera tan rica como su esposo, se le considera así judicialmente. Abraham creyó a Dios, y le fue atribuido a justicia. Esto también podrá verse confirmada en Abel. “Por la fe Abel ofreció a Dios mayor sacrificio que Caín, por la cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio a sus presentes” (Hebreos 11:4). En ambos casos el principio de la fe es el mismo. Abel creyó a Dios y trajo el sacrificio. Abraham creyó a Dios. Ambos fueron contados como justos.
Y esto no es sobre el principio de las obras, no por causa de lo que Abraham o Abel fuesen para Dios, sino que Dios les atribuyó la fe a ellos como justicia. “Mas al que no obra, pero cree en aquél que justifica al impío, la fe le es contada por justicia” (versículo 5).
Me encontré con a un anciano el otro día, con el cabello tan blanco como la nieve, y le dije: “Ud. ha profesado ser cristiano, más o menos, por muchos años, y aun todavía no sabe Ud. que tiene vida eterna, no está seguro de que está justificado, y si Ud. muriera, no tiene Ud. la certidumbre de que partiría para estar con Cristo”. El rostro del pobre anciano se entristeció y dijo: “Todo eso es cierto”. “Permítame decirle la razón de esto. Ud. nunca ha vista hasta ahorita el punto de partida de Dios. Ha estado procurando todos estos años, más o menos, ser piadoso, creyendo que Dios justifica a los piadosos. Nunca ha creído todavía que Dios justifica a los impíos; en esto se encuentra el punto de comienzo. La piedad vendrá después. ‘Mas al que no obra, pero cree en aquél que justifica al impío, la fe le es contada por justicia’”.
“Yo nunca vi eso antes”, dijo el anciano. Te preguntamos, lector, solemnemente: “¿Has visto esto verdaderamente y creído que Dios justifica al impío? Tal vez hayas procurado por mucho tiempo tomar el lugar de un hombre piadoso delante de Dios por medio de las ordenanzas de los hombres, y de las así llamadas buenas obras, procurando mucho falsificar esta Escritura. Sí, a menudo se necesita una larga vida de fracaso para traer a un alma a este verdadero lugar de principio de la gracia. Ciertamente debe ser sobre un principio diferente de la ley que Dios pueda justificar a los impíos. Al que no obra, pero cree.
Ahora vamos a ver la explicación inspirada de David sobre esta cuestión. “Como también David dice ser bienaventurado el hombre al cual Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón al cual el Señor no imputó pecado”; o, “al cual el Señor no imputará el pecado siquiera”. No es que sean considerados justos porque nunca hayan pecado, porque todos han pecado; pero cuyos pecados han sido cubiertos, cuyas iniquidades han sido perdonadas. No es, sin embargo, que sus pecados pasados solamente han sido cubiertos por la muerte expiatoria de Cristo, pero hay esta declaración además de gracia infinita, y en una justicia perfecta: “El Señor no imputará el pecado siquiera”. Esto es en verdad maravilloso, pero en armonía perfecta con toda la Escritura.
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios)
La vida con Cristo
G.V. Wigram
¡Qué bendición tan inconmensurable es que nuestra vida es una vida con Cristo en Dios! Yo a menudo me pregunto a mí mismo si realmente lo creo. Por otra parte yo sé que es un hecho indiscutible, y sin embargo pregunto: “¿Cómo es que si la tengo pueda yo vivir tan abajo como si mi vida estuviese aquí abajo?” Y además, “si tengo una vida natural que me trae hacia abajo a cosas tan bajas, ¿cómo puedo yo ocuparme con cosas tan elevadas?” Realmente el creer que soy uno con Cristo haría que miles de cuidados cayeran de mis hombros. En la mañana uno despierta comprendiéndolo con asombro, pero ¿por qué no puede uno obrar todo el día con la comprensión de ello ante Dios? Uno se levanta diciendo: Es un hecho que Él es mi vida y lo voy a practicar dejando ver en todo lo que hago que la vida de Cristo es mi vida; y sin embargo, quizás antes de que uno salga del cuarto algo viene entre medio de tal manera que uno cesa de verificar el hecho de ello en el alma.
¡Ah! ese pensamiento, “soy uno con Cristo”, es el gran poder en la mente, dando al corazón un calor vivo. El realizar de que uno tiene una vida con Él que está allá arriba —el Nazareno— tornaría una niebla de Londres en la luz brillante de la gloria en la cual Él está allá arriba.
Si la vida de Cristo está fluyendo por nosotros, el agua de la Roca que da vuelta a la rueda, al fluir al corazón, nos llenaría de gozo; y si es así, no podríamos contenerla, debe desbordarse para afuera.
Si me ocupo de mi cuerpo quebrantado y dolorido, estoy olvidando que soy uno con Cristo arriba. Este cuerpo sirve mucho para ser un faro, pero no hemos de estar viendo a las pequeñas pruebas acá abajo. Puedo decir a todo lo que este mundo pueda ofrecer: “Yo tengo esto que Ud. no tiene; estoy en Cristo, y todo lo que Él tiene me pertenece a mí”. Tan pronto como Ud. pueda comprender este lado de la vida con Cristo, la muerte de Cristo cubre todo aquí.
Somos levantados de la escena en que todo se centraliza al derredor del hombre a aquello en lo cual todo es la expresión de Dios.
Es el Cristo Mismo quien es nuestra vida —somos relacionados al Cristo de Dios de la manera más vital, teniendo una vida con El; cuando El aparezca, apareceremos con Él, y todo lo que caracteriza Su manifestación en la gloria, nos caracterizará a nosotros.
Paz con Dios
E. Dennett
Mi querido [hermano]:
Se queja Ud. de que no ha arreglado la “cuestión de la paz”, y que por lo tanto está haciendo muy poco progreso con la verdad, o en el conocimiento del Señor. La queja, siento mucho saberlo, no es una poco común; pero surge de un conocimiento imperfecto del evangelio, y de confundir dos cosas diferentes. Espero, por lo tanto, con la bendición del Señor, poder ayudarle, si considera cuidadosamente lo que voy a escribir.
Su caso me recuerda exactamente de otro que tuve ante mí recientemente. “¿Tiene Ud. paz con Dios?” pregunté. La respuesta fue: “No siempre”. En ambos casos la confusión está entre la paz hecha y el disfrutar de la paz. Esto es, cuando Ud. está feliz en el Señor, dice: “Ahora tengo paz”; pero cuando por el fracaso o la prueba está desalentado y triste, cree Ud. que ya se le acabó la paz. Para afrontar este estado de la mente, le pediré que considere atentamente cuáles son los fundamentos de la paz con Dios. Es una inmensa ganancia para el alma cuando se percibe claramente que éstos no yacen dentro sino fuera; porque entonces también se verá que nuestras experiencias no tienen nada que ver con la cuestión. Luego vea conmigo Romanos 5:1. Allí leemos: “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”; y si examinamos la conexión de este versículo de la Escritura, luego comprenderemos cual es la fuente de la paz de que habla. La conexión es ésta: Después de que el apóstol ha explicado la manera en que Abraham fue justificado delante de Dios, él prosigue: “Y no solamente por él fué escrito que le haya sido imputado; sino también por nosotros, a quienes será imputado, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fué entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación. Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios” (Romanos 4:23-25; 5:1).
Es muy claro de este versículo que el fundamento entero de la paz con Dios yace en la obra de Cristo. En efecto, habiendo sido puesto el fundamento de esta manera, Dios declara que todo aquel que cree Su testimonio concerniente a Él, cree que Él en gracia ha venido y ha hecho provisión completa para la salvación del pecador, cree así en Dios, es justificado, y siendo justificado tiene —entra en la posesión de— la paz que ha sido hecha por la muerte de Cristo. Pero se notará que dice que Cristo fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación (Romanos 4:25). Esto es, la resurrección de Cristo es la prueba perdurable de la terminación de Su obra, la evidencia de que los pecados por los cuales Él murió, y bajo los cuales Él descendió a la muerte, son quitados para siempre —el testimonio de que todo reclamo que Dios tenía de nosotros ha sido cabalmente afrontado y satisfecho—. Porque si Él fue entregado por nuestros delitos, y ha dejado la tumba, y ha sido resucitado de la muerte, los delitos por los cuales Él descendió a la muerte han de haberse quitado, o Él sería todavía un prisionero en la tumba. Por lo tanto, la resurrección de Cristo es la clara y enfática expresión de la satisfacción de Dios con la expiación que fue hecha en la cruz.
Es así abundantemente evidente, como se dijo antes, que el único fundamento de la paz con Dios yace en la muerte de Cristo. Esto es repetido muchas veces en la Escritura. Así es que se nos dice que somos “justificados por Su sangre” (Romanos 5:9); y otra vez, “pacificando por la sangre de Su cruz” (Colosenses 1:20). Es, por lo tanto, Cristo el que hace la paz con Dios, y Él la ha hecho por el sacrificio de Su muerte —la muerte que vindicó todo reclamo que Dios tenía sobre el pecador, llenó cada uno de los justos requisitos de Dios para con el hombre, le glorificó a Él en cada atributo de Su carácter—; así es que Dios ahora podía rogar al pecador a que se reconciliase con Él (2 Corintios 5:20).
Habiendo explicado esto, resulta que la pregunta importante para el alma es, ¿Creo yo en el testimonio de Dios concerniente a Su Hijo, y acerca de la obra que Él ha efectuado? Si hay alguna dificultad en contestar a esta pregunta, entonces no se puede hacer más progreso en el tiempo actual. Una prueba, muy sencilla, sin embargo, ayudará a producir la verdad. ¿En qué descansa Ud. para ser acepto ante Dios? ¿En su misma persona, sus actos, o sus propios méritos o merecimientos? Si es así, Ud. no puede estar descansando en la obra de Cristo. Pero si Ud. reconoce que por naturaleza está arruinado y perdido, y confiesa que no tiene ninguna esperanza aparte de Cristo y en lo que Él ha hecho, entonces puede decir con humildad: “Por la gracia de Dios yo creo en el Señor Jesucristo”.
Suponiendo ahora que Ud. puede adoptar este lenguaje entonces puedo decirle que ha “hecho” la paz con Dios, que nada le puede privar de ella —ningún cambio, ninguna variedad de experiencia— porque es su posesión inmutable e inalienable. La Escritura dice: “Justificados, pues por la fe” (y Ud. dice que sí cree), “tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Todo creyente —y el momento en que él cree— es justificado, absuelto de todo cargo de culpa, y es hecho justicia de Dios en Cristo (2 Corintios 5:21); y siendo justificado, tiene paz —no paz en sí mismo, nótese, sino paz por medio de nuestro Señor Jesucristo—; esto es la paz que ahora le pertenece a él, es la paz con Dios que Cristo ha hecho por Su sacrificio expiatorio. Y como es la paz que Él ha hecho, estando de esta manera fuera de nosotros mismos, no puede ser alterada, y no puede fluctuar; es tan estable y duradera como el trono de Dios; porque, como hemos visto, es una paz que Cristo ha hecho por medio de la cruz; y lo que Él ha hecho de esa manera no puede ser deshecho nunca, y por lo tanto, es una paz eterna. Y esta paz perdurable, establecida y eterna es la porción de todo creyente.
Lo que Ud. quiere decir, entonces, al quejarse que no tiene una paz fija, es sencillamente que Ud. no disfruta de una paz establecida, que su experiencia fluctúa. Podría, por lo tanto, ser igual inquirir como ha de disfrutar el creyente de una paz constante en su alma. La respuesta es muy sencilla. Es por la fe. Si yo creo en el testimonio de Dios de que la paz es mía por la fe en el Señor Jesús, entraré inmediatamente a disfrutar de ella. Esto se puede simplificar por una ilustración. Supongamos que le traen noticias de que por el testamento de un pariente suyo que ha muerto Ud. llega a ser el poseedor de una propiedad grande. El efecto de esto en su mente dependerá enteramente en el hecho de que si Ud. cree o no en lo que ha oído. Si Ud. duda la verdad de las nuevas, no habrá ninguna respuesta a ello; pero, si, por otra parte, es debidamente atestado, y Ud. implícitamente la recibe, dirá Ud. luego: “La propiedad es mía”. Así es también acerca de la paz con Dios. Si Ud. cree el testimonio de Dios que la paz se ha hecho por la sangre de Cristo, ningún sentimiento desalentador, ninguna convicción de lo indigno, ninguna circunstancia siquiera, podrá perturbar su seguridad en este punto, porque Ud. verá que depende enteramente de lo que otro ha hecho. Lo que se necesita para disfrutar de una paz establecida, es descansar resueltamente en la palabra de Dios.
La causa de mucha de esta incertidumbre sobre este tema surge principalmente de ver hacia adentro en lugar de ver afuera a Cristo —ver adentro para descubrir algo que dé confianza de que hay una verdadera obra de gracia que ha empezado en el alma— en vez de ver afuera para percibir que el único fundamento sobre el cual un alma puede descansar delante de Dios es la preciosa sangre de Cristo. La consecuencia es que, percibiendo la corrupción, lo malo de la carne, el alma empieza a dudar si después de todo no ha sido engañada. Satán de esta manera enredando el alma, la llena de dudas y temores, con la esperanza de producir falta de confianza en Dios, si no desesperación completa. Los medios efectivos de frustrar sus asaltos en esta dirección es apelar a la palabra escrita. En respuesta a todas sus sugestiones malas, debemos responder, como lo hizo nuestro bendito Señor cuando fue tentado: “Escrito está”, y luego pronto encontraríamos que nada podría perturbar de que disfrutásemos de esa paz con Dios que ha sido hecha por la preciosa sangre de Cristo, y que llegó a ser nuestra tan pronto como creímos.
Esta pregunta fundamental habiendo sido arreglada, ahora libre de preocupación de sí mismo, Ud. tendrá una mente y alma cómodas para la meditación sobre la verdad como es revelada en las Escrituras. Como un niño recién nacido, Ud. va a desear la leche sincera de la Palabra para que crezca por ella (1 Pedro 2:2); y, además, si Ud. estudia la Palabra en la presencia del Señor, será guiado por ella en una comunión siempre más íntima con el Señor, y al trazar sus infinitas perfecciones y glorias que nos son desplegadas y percibidas por el Espíritu de Dios, su afecto será atraído con un fervor siempre creciente, y su corazón, ahora satisfecho, rebosará en adoración a los pies del Señor y así su queja será transformada en un canto de adoración.
Afectuosamente en Cristo, E. D.
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Nota del Editor en 2025: Este artículo Paz con Dios está disponible como un tratado con el mismo título en la biblioteca virtual de Verdades Bíblicas: BTP# 30044.
Aliento para uno que está pasando por circunstancias difíciles
(Léase Job 3; Jeremías 20:14-18; Mateo 11:25-30, en conexión)
El Espíritu de Dios en los versículos de la Escritura arriba expuestos nos ha proporcionado un contraste muy sorprendente y edificante.
“Job abrió su boca, y maldijo su día”. Suspiraba por un descanso, pero lo buscaba en medio de las sombras de la muerte, y en las tinieblas de la tumba. ¡Descanso lúgubre!
En el profeta Jeremías vemos la misma cosa. Ambos de estos amados y honrados santos de Dios, cuando estaban abrumados por una presión exterior, perdieron por un momento esa condición bien equilibrada del alma que la fe genuina siempre imparte.
Ahora, el bendito Maestro está ante nosotros en Mateo 11 en glorioso contraste. Ese capítulo registra un número de circunstancias que parecen estar enteramente en contra Suya. La prisión de Herodes parece haber sacudido la confianza del Bautista. Los hombres de aquella generación habían rehusado el testimonio doble de la justicia y de la gracia, en el ministerio de Juan y de Cristo Mismo. Corazin, Bethsaida y Capernaum habían permanecido impenitentes a la vista de sus “poderosos milagros”. ¿Qué, pues, sucedió entonces? ¿Usó el Maestro el lenguaje de Sus siervos, Job y Jeremías? Ya lo creo que no. Su voluntad perfecta armonizaba perfectamente con la de Su Padre; y por lo tanto, “En aquel tiempo (cuando todo parecía estar en contra Suya) Jesús contestó y dijo: Te alabo, Padre ... pues que así agradó en Tus ojos”. Fue aquí en donde Jesús encontró Su descanso. Y aquí es donde Él invita a “todos los que estáis trabajados y cargados” a “encontrar descanso”. Él no nos señala la tumba como nuestro lugar de descanso; sino que benignamente se inclina y nos invita a compartir del yugo con Él —a beber de Su “manso y humilde” espíritu— para llevar una voluntad subyugada para afrontar las dispensaciones más oscuras y las circunstancias más duras, y con un “Te alabo, Padre” y un “pues que así”. Este es “descanso” divino. Es descanso en la vida, y no en la muerte —descanso en Cristo, y no en la tumba.
Lector, ¿te hallas a veces dispuesto a desear la tumba como un alivio de la presión? Si es así, mira las referencias de las Escrituras arriba mencionadas. Piensa en ellas, ora sobre ellas, y procura buscar tu descanso donde Jesús encontró el Suyo, no teniendo voluntad propia.
A menudo pensamos que un cambio de circunstancias nos haría más felices. Nos imaginamos, si esta prueba fuese quitada, y esa deficiencia arreglada, estaríamos muy bien. Recordemos, al ser tentados en pensar así, que lo que necesitamos no es un cambio de circunstancias, sino la victoria sobre el yo. Quiera el buen Señor siempre esta victoria, y entonces disfrutaremos de paz.
Notas misceláneas: Número 8
Extracto: No hay nada prácticamente más importante para el trabajo y servicio de cada día que nuestra espera del Hijo de Dios del cielo. El momento en que estoy esperando al Hijo de Dios del cielo, Dios está obrando en mi vida con un objeto, y ese objeto es el deber de alabar, honorar y glorificar a la aparición de Jesucristo.
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Extracto: Nuestro siempre benigno Dios puede darnos claridad y decisión en cuanto a todas las cosas. Si Él no la da, nadie más puede. Si Él la da, nadie más necesita hacerlo.
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Extracto: Cuando nos encontremos en compañía de aquellos que se ocupan en la impía práctica de hablar en contra del pueblo del Señor, si no podemos tener éxito en cambiar el curso de la conversación, levantémonos y salgamos del lugar, dando así testimonio en contra de aquello que es tan desagradable para Cristo. Nunca nos sentemos a escuchar a un difamador. Podemos estar seguros de que está haciendo la obra del diablo y que está infligiendo un daño positivo a tres partidos diferentes, a saber, a sí mismo, a su oyente y al objeto de sus observaciones de censura.
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Extracto: Estamos inclinados a hacer algo que Dios no quiere que hagamos siquiera; a ir a algún lugar donde Dios no quiere que vayamos. Oramos sobre el asunto, y no obtenemos ninguna respuesta. Oramos una y otra vez y no conseguimos una respuesta. ¿Cómo es esto? El hecho es sencillamente que Dios quiere que estemos quietos, que nos detengamos, que permanezcamos exactamente dónde estamos. Por lo tanto, en vez de quebrarnos la cabeza y de angustiar nuestra alma sobre lo que debemos hacer, no hagamos nada sino sencillamente esperar en Dios.
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Extracto: Si estoy caminando con Dios por el desierto, estaré satisfecho con el alimento que Él provee, y ese es Cristo.
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Extracto: Es nuestro feliz y sagrado deber someternos a la Escritura, inclinarnos absoluta e implícitamente a su autoridad divina.