Número 9: Venida y reino de Cristo (primera resurrección), Romanos 4, La cruz y Nuestro lugar ante Dios

Table of Contents

1. La salud de nuestra amada hermana Srta. Henrietta R. Ulrich
2. La venida y reino de nuestro Señor Jesucristo: La primera resurrección (Parte 9)
3. Romanos 4:9-25
4. La cruz
5. Nuestro lugar ante Dios
6. Notas misceláneas: Número 9

La salud de nuestra amada hermana Srta. Henrietta R. Ulrich

Cientos de los distribuidores de los “Mensajes del Amor de Dios” ya han escrito cartas de consolación y aliento a nuestra hermana o nos han escrito preguntándonos cómo sigue ella.
Queridos hermanos todos: no podemos contestarles individualmente, y por eso tomamos la libertad por medio de esta nota de contestarles juntamente y de avisar a todos nuestros colaboradores de que nuestra hermana ya tiene más de ochenta años de edad, y que ha estado en cama más de un año. No sufre, sino está muy débil de su cuerpo y tiene languidez de la mente. Dos amadas hermanas en la fe la cuidan con amor tierno y con mucha paciencia. Si no viene el Señor, pronto ella alcanzará Filipenses 1:23. Su muy amada hermana carnal y hermana en la fe, la señora K. L. de Kinsman, lo alcanzó el 23 de febrero de 1950.
Aprovechamos esta oportunidad para expresar nuestra grata apreciación personal por las cartas de aliento recibidas de muchos de nuestros hermanos en Cristo. Sentimos muchísimo que no podemos contestarles individualmente, pero pedimos esto: “Orad por nosotros” (2 Tesalonicenses 3:1), para que podamos perseverar en esta obra pequeña para la honra y gloria de nuestro Señor Jesucristo “hasta que venga”.
Jaime Hárrison Smith y Sra.

La venida y reino de nuestro Señor Jesucristo: La primera resurrección (Parte 9)

E. H. Chater
(continuado del número anterior)
Debemos ahora volver a algunos detalles conectados con esta verdad, que al principio parecerán presentar dificultades a algunos que no los hayan considerado; porque estamos muy propensos a venir a la palabra de Dios llenos de nuestros propios pensamientos, y así sin preparación para recibir lo que Él tiene que comunicarnos. Enseñados en la tradición, somos muy lentos para comprender la extensión de los pensamientos de Dios en cuanto a ésta y a otras verdades de la Escritura.
Ahora no solamente leemos de dos resurrecciones, enteramente distintas en tiempo, y abarcando a diferentes clases de personas, pero si pesamos cuidadosamente el pasaje que ya hemos estado meditando en conexión con otros, encontramos que la primera resurrección no tendrá lugar toda en un mismo tiempo. Esto es, que aquellos que tienen parte en ella son no solamente santos que mueren antes de la venida de Cristo por Su pueblo y que son levantados en ese momento, sino también aquellos que mueren entre ese evento y el comienzo de Su reino, estos últimos siendo levantados justo antes del reino.
Vamos a explicar esto más cabalmente. Ya hemos visto que cuando el Señor descienda en el aire por Sus santos todos serán removidos —los muertos resucitados, los vivos transformados—; “los que son de Cristo en Su venida” serán levantados (1 Corintios 15:23), y aquellos que no hayan dormido, sino que estén vivos y queden, todos serán transformados (1 Corintios 15:51). Pero después de que esto haya sucedido, y antes de la venida de Cristo a reinar, habrá pasado un corto, pero terrible, período de tribulación, sin paralelo en sus horrores en la historia del mundo (Mateo 24:21-22; Apocalipsis 3:10); durante ese tiempo la bestia y el falso profeta se manifestarán y la apostasía tendrá lugar, de cuyos detalles hablaremos más tarde.
Mientras estas cosas estén sucediendo, el Espíritu de Dios habrá levantado un testimonio nuevo acerca de Jesús entre los judíos (los cristianos ya habiendo sido arrebatados), y temibles persecuciones resultarán. El efecto de esto se ve en Apocalipsis 6:9-11: “Y cuando él abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por la palabra de Dios, y por el testimonio que ellos tenían. Y clamaban en alta voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra? Y les fueron dadas sendas ropas blancas, y fuéles dicho que reposasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completaran sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos”.
Aquí se observará que hay dos clases de personas que sufren, mártires por causa de la verdad, en ese día. Los primeros se ven en la visión de almas sin cuerpo, las almas debajo del altar clamando al Señor por venganza sobre sus enemigos (un clamor que señalaría a su carácter judío, siendo los cristianos enseñados a bendecir a aquellos que los persiguen, etc.), y se les dice que descansen hasta que sus consiervos y sus hermanos (probablemente gentiles y judíos) fuesen muertos como ellos. Si comparamos estos versículos con la descripción de la primera resurrección en Apocalipsis 20:4 que ya hemos visto, encontraremos que estas dos clases de santos mártires son traídos otra vez, distintos de aquellos levantados y trasladados en la venida de Cristo en el aire. Todo está en el orden más perfecto.
Primero, “Vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fué dado el juicio”. Estos son santos celestiales correspondiendo con aquellos representados por los veinticuatro ancianos (capítulos 4, 5 etc.), glorificados a la venida de Cristo en el aire; aquí se ven en tronos milenarios, el juicio dado a ellos. “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo?” (1 Corintios 6:2).
(En Daniel los tronos se mencionan, pero sin ocuparse. La traducción correcta del pasaje es: “Estuve mirando hasta que los tronos fueron arreglados”, no “derribados”, “y el Anciano de grande edad se sentó” etc., aun cuando es perfectamente cierto, como otros versículos de la Escrituras demuestran, que muchos tronos serán derribados cuando Cristo tome el reino: Salmo 2; Isaías 24:21-23).
Segundo, “Vi las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios”, correspondiendo a la primera clase de mártires del quinto sello (Apocalipsis 6:9), casi siendo usadas las mismas palabras para ambos.
Tercero, “Y (aquellos, griego) que no habían adorado la bestia, ni a su imagen, y que no recibieron la señal en sus frentes, ni en sus manos”, correspondiendo a los consiervos y a los hermanos de Apocalipsis 6:11.
Ahora notemos, aquellos sobre el trono ya están en cuerpos glorificados —sentados, listos para juzgar—; pero las dos clases de mártires todavía se ven en la visión en el estado de almas sin cuerpo. “Vi las almas”, dice el profeta; pero al final del versículo leemos: “Vivieron y reinaron con Cristo mil años”. Todas las tres clases comparten de la bendición celestial durante el reino milenario; viven y reinan con Cristo. (Véase también el versículo 6). Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años. ESTA ES LA PRIMERA RESURRECCIÓN.
“Cristo”, entonces, es “las primicias” (1 Corintios 15:23); y “la primera resurrección” abarca no solamente a aquellos que estén dormidos cuando venga por los Suyos en el aire, sino también las dos clases de santos martirizados durante las temibles dificultades y la gran tribulación que tendrá lugar entre ese evento y Su manifestación en poder para reinar; todos los santos en efecto que van a la muerte desde Adam hasta el milenio. Estos mártires futuros cederán sus vidas, como muchos de los santos de la antigüedad, “para ganar mejor resurrección” (Hebreos 11:35). El resto de los muertos, esto es, aquellos que mueren en sus pecados, como ya hemos visto, permanecen en sus tumbas hasta el fin del reino milenario, el fin del mundo, cuando saldrán a la resurrección de juicio (Juan 5:29; Apocalipsis 20:5).
Daniel 12:2 ha presentado una dificultad para algunos: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”, etc. Si leen cuidadosamente el primer versículo podrán ver que no se trata aquí de una resurrección literal, sino que está hablando figuradamente de la restauración de los judíos, el rescate de algunos del tiempo de la dificultad —la gran tribulación— siendo el juicio la porción de otros. Nótese que las palabras “tu pueblo” ocurren dos veces (versículo 1). Esta no es la única Escritura donde se habla así de la restauración de Israel. En Ezequiel 37 se compara a huesos secos volviendo a la vida siendo sacados de sus tumbas, y puestos en su propia tierra (versículos 1-14). También en el Salmo 68:22: “Te haré volver de los profundos de la mar”.
“Mas dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muriere antes. Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, acaso de trigo, o de otro grano; mas Dios le da el cuerpo como quiso, y a cada simiente su propio cuerpo ... . Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, se levantará en incorrupción; se siembra en vergüenza, se levantará con gloria; se siembra en flaqueza, se levantará con potencia; se siembra cuerpo animal, resucitará espiritual cuerpo. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual” (1 Corintios 15: 35-44).
Para Dios todas las cosas son posibles, y Él, que por Su propio poder levantó de los muertos a nuestro Señor Jesús, ciertamente efectuará este acto poderoso y levantará a todos los Suyos que duermen para estar con Su Hijo en la gloria y ser como Él (1 Corintios 6:14). No importa por cuales medios o donde esté dormido el pueblo de Dios, ya sea que sus cuerpos vayan a la tumba o en lo profundo de la mar. “Sabemos que si la casa terrestre de nuestra habitación se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos” (2 Corintios 5:1).
Cuán bendito es para el cristiano, al estar de pie ante la tumba abierta y ver descender a ella un féretro conteniendo los restos corruptibles de algún amado que ha dormido en Cristo, poder ver más allá de esta escena de tristeza y muerte, y saber que el que ha partido está “ausente del cuerpo y presente con el Señor”. Saber también que en cualquier momento el sonido bienvenido de la voz del Maestro podrá escucharse en el aire, cuando todo santo que duerme y que vive será arrebatado, en un momento transformado a Su bendita imagen; para estar así “para siempre con el Señor”. “Entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo” (1 Corintios 15:54-57).
Cuán precioso es tener como objeto de nuestros corazones en la gloria de Dios a ese Bendito que podía decir: “Yo soy la resurrección y la vida”, que pudo llorar como uno que siente simpatía en la tumba de Lázaro, pero que podía desplegar el gran poder de Dios (porque Él era y es el Hijo de Dios), en levantarle de los muertos.
Una secta judía, llamada los Saduceos, en los días de Cristo sobre la tierra, negaba la resurrección enteramente. La respuesta de nuestro Señor a una pregunta hecha por ellos es digna de notarse al considerar este asunto. Les dijo: “Los hijos de este siglo se casan, y son dados en casamiento: mas los que fueren tenidos dignos de aquel siglo y de la resurrección de los muertos, no se casan, ni son dados en casamiento: porque no pueden ya más morir: porque son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, cuando son hijos de la resurrección. Y que los muertos hayan de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, mas de vivos: porque todos viven a Él” (Lucas 20:34-38).
Pablo también, al escribir a Timoteo, le amonesta: “Mas evita profanas y vanas parlerías; porque muy adelante irán en la impiedad. Y la palabra de ellos carcomerá como gangrena: de los cuales es Himeneo y Fileto; que se han descaminado de la verdad, diciendo que la resurrección es ya hecha, y trastornan la fe de algunos” (2 Timoteo 2:16-18).
No puedo cerrar este tema admirable sin preguntarte, mi querido lector: si la muerte te sorprendiera este día, ¿estás listo para ir? ¿Estarías entre aquellos que se levantarían en la primera y gloriosa resurrección? ¿o estás aún en tus pecados, todavía bajo el juicio de Dios? Si estás llamado de esta escena en la última condición, tu porción será levantarte en la resurrección de juicio, y ser arrojado al lago de fuego. Hay solamente una manera de rescate de tal condenación, y esa es por medio de la fe en el Hijo de Dios, quien fue juzgado en la cruz como el que llevó el pecado (2 Corintios 5:21).
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios)

Romanos 4:9-25

C. Stanley
(continuado del número anterior)
Tal es la eficacia de ese único sacrificio, el valor de la sangre de Jesús, que limpia de todo pecado. No hay necesidad de más sacrificio por los pecados —ya no hay—; y Dios ya no se acuerda de sus pecados que una vez han sido purgados (Hebreos 10; 1 Juan 1:7).
Así, en cuanto al imputar la culpa, o los pecados, a los justificados, son considerados justos, tan justos como si nunca hubiesen pecado y nunca pecarán. En cuanto a su estado delante de Dios, el pecado no le es imputado siquiera al hombre justificado: de esta manera es verdadera y continuamente bendecido. Tal amor y justicia, tal salvación eternal como ésta, ¿harán al que disfruta de la bendición descuidado de modo que dijese: “Vamos, pues, a continuar en el pecado para que la gracia abunde”? Veremos con relación a eso, más allá. Pero ¿no es ésta la misma verdad revelada aquí? Era enteramente imposible para Dios haber justificado al impío de esta manera, sobre el principio de la ley, pero la expiación, por la sangre del Hijo eterno de Dios, explica la justicia de Dios en no imputar de esa manera los pecados de aquel que cree.
Podrá, sin embargo, preguntarse justamente, ¿se aplica esa expiación tanto a los pecados pasados como a los futuros? Eso es exactamente lo que la Escritura enseña, y, extraño como pueda parecer, el conocimiento de este mismo hecho se nos hace saber a nosotros para que no pequemos. “Hijitos míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, Jesucristo el justo; y Él es la propiciación por nuestros penados” (1 Juan 2:1-2). Y en otro lugar, hablando de los creyentes: “El cual mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). Y otra vez: “Habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por Sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). ¡Oh, gracia admirable! ¡gracia gratuita! “Bienaventurado el varón al cual el Señor no imputó pecado”. No puede, ni tampoco en justicia lo hará, de pedirnos cuenta de ellos. Veremos esto explicado más cabalmente al proseguir.
Lector, ¿crees tú realmente lo que Dios dice? Sí, la pregunta es ésta: al leer estas páginas de las riquezas de Su gracia ¿creemos lo que Dios dice? Recuerden que todavía estamos solamente en el terreno de entrada, en el mismo principio del evangelio de Dios. ¿Viene entonces esta bendición sobre aquellos que están bajo la ley solamente, esto es, los circuncidados, o también sobre los incircuncisos? Bueno, fue un hecho innegable, que los judíos de Roma no pudieron negar, que la fe le fue atribuida como justicia a Abraham cuando era incircunciso mucho antes de que la ley fuera dada. ¡Qué argumento tan dominante, entonces, que debe ser todo de gracia y ni siquiera de la ley! Y notemos, recibió la señal de la circuncisión, un sello de la justicia de la fe que él tenía, siendo incircunciso. Esto es, la circuncisión era una señal de su separación para Dios: él fue la primera persona, el padre de ella; pero notemos, no tenía nada que ver con justificarle. Fue considerado justo primero, enteramente aparte de todas las obras o la circuncisión. ¿No es así con cada creyente? Su separación para Dios y una vida santa, son una señal de que él ha sido considerado justo primeramente, aparte de la ley o las obras. Pero Dios le llama y le justifica cuando no es piadoso aún. Esto es, es allí donde Dios empieza con el hombre. ¿Ha empezado de esa manera contigo, o estás procurando ser justificado por las obras cuando llegues a ser pío?
Ahora otro principio de gran importancia es extraído. La PROMESA explícitamente dependía de Dios, y ésta le fue dada a Abraham mucho antes de la ley; por lo tanto no podía ser por la ley, sino por medio de la justicia de la fe. El pacto del Sinaí fue en contraste directo con la promesa: allí la bendición dependía de la obediencia del hombre, y él fracasó enteramente en guardar el pacto. El hombre podía fracasar bajo el pacto, y así perder todo reclamo por causa de las obras; y sí fracasó. Pero Dios no podía fracasar; por lo tanto, la promesa todavía está segura y en pie para todos los que creen. “Por tanto es por la fe, para que sea por gracia; para que la promesa sea firme a toda simiente” (versículo 16).
Así Abraham creyó a la promesa de Dios, porque Dios no podía fallar. “Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza: antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo. Por lo cual también le fué atribuido a justicia” (versículos 20-22). “No consideró su cuerpo”, etc. Ahora, una confianza como ésta en un pacto de obras hubiese sido confianza en sí mismo, lo cual no hubiera sido fe, sino presunción. Su fe tiene una confianza sin límites en Dios solamente, en la promesa de Dios. Por lo tanto, la fe fue considerada como justicia. Él, Abraham, fue justificado por la fe, y considerado justo delante de Dios. Esto fue escrito después de Abraham, aun para nosotros. Porque tan bendito como fue para Abraham creer la promesa de Dios, hay algo aún más bendito: “También para nosotros, a quienes será imputado, esto es, a los que creemos o (estamos creyendo) en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestros delitos y resucitado para nuestra justificación” (versículos 24-25). Abraham creyó a la promesa de Dios. Nosotros creemos estos hechos de Dios: la promesa es cumplida. De esta manera somos contados como justos ante Dios.
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios)

La cruz

G. V. Wigram
Veo en la cruz el poder que suple todo para mí. Si me vuelvo a la cruz diciendo: “¡Cuán enteramente diferente soy yo a ese Cristo que murió allí!”, la respuesta es: Porque Ud. es así es la causa de que él muriera allí. ¿No fue la muerte de Cristo la expresión perfecta de la santidad de Dios? Todos los atributos perfectos de Dios brillan por la cruz de Cristo. Si Satán había puesto al hombre en una posición en la cual era imposible para que Dios le bendijese, y todo estaba destruido en conexión con el primer Adam, fue solamente para que todo cayese en las manos del postrer Adam. Todo fue efectuado en la cruz.
¡Ah! esa cruz es un lugar bajo, una cosa que extrae todo el orgullo del hombre. ¿Nunca ha sabido lo que es ser traído a la puerta de la muerte por el conflicto? Yo he sabido lo que es —pasando semana tras semana sin cerrar los ojos—, sencillamente porque quería yo hacer algo, y Cristo ya lo había hecho todo. Recibí la paz en esa cruz, diciéndome Dios: “Mi Hijo llevó todos tus pecados en Su cuerpo en el madero”. ¡Qué pensamiento! que el Salvador Ungido, hace mil novecientos años, sufriese todo por mí, y que era únicamente mi obstinada voluntad propia, deseando hacer algo, lo que me impedía obtener la paz en Él. No fue el sufrimiento que el mundo le dio, ni los clavos, la lanza —sino algo mucho más profundo—; la ira de Dios Él tuvo que sufrir, clavado en esa cruz, cuando exclamó: “Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has desamparado?”. No se puede encontrar la cruz misma sobre la tierra ahora, pero el registro de ella está en el cielo. Dios la recuerda constantemente, por la presencia del Cordero que fue inmolado, a Su diestra.
Iremos al cielo con los rostros radiantes de gloria, capaces de ver hacia arriba, por causa de la cruz. ¡Quiera Dios que nunca encontremos nada en este mundo digno de pensar y de gloriarnos, ninguna cosa en que nuestras almas puedan descansar, excepto esa cruz!
El punto de vista más terrible en que se puede ver la religión del mundo, es, en lo que se conecta a sí misma con la cruz. ¿Se podrían tomar los sistemas eclesiásticos y poner la cruz allí y decir que toda la concupiscencia del ojo y de la carne y del mundo que están en ellos armonizan con la cruz?

Nuestro lugar ante Dios

E. Dennett
Querido————:
Estoy con un poco de cuidado que al saber que Ud. tiene paz con Dios vaya a estar satisfecho y a despreocuparse, pensando que ésta es toda la bendición que Dios le ha provisto en Cristo. Muchos caen en esta trampa, y por lo tanto nunca comprenden el lugar al cual han sido traídos.
Permítame, entonces, que le recuerde que, tan grande como lo es esta bendición de la cual Ud. ya disfruta, es infinitamente menos de los pensamientos y deseos que Dios tiene para Ud. Podré hacer esto más sencillo, si dirijo su atención a su fundamento. El fundamento de todo yace en la cruz de Cristo; porque fue allí donde Él llenó por nosotros todo reclamo de la santidad de Dios, y glorificó cabalmente a Dios en todo atributo de Su carácter. Es a esto a lo cual Él mismo se refirió cuando dijo: “Te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que Me diste que hiciese” (Juan 17:4). Y es sobre esta base, como habiendo establecido un reclamo en Dios, que Él ora: “Y ahora pues, Padre, glorifícame cerca de Ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). Por lo tanto, podrá ver que la valuación de la obra de Cristo se ve en el lugar que Él le ha proporcionado a Su propia diestra. Podremos aun decir más: que nada menos que esto hubiera sido una respuesta adecuada al reclamo que Cristo tenía por medio de Su obra terminada establecida en Dios. Y ciertamente nada menos hubiera satisfecho el corazón de Dios; porque ¿quién podría imaginarse Su gozo en intervenir para levantar a Cristo de los muertos, poniéndolo a Su propia diestra, y dándole “un nombre que es sobre todo nombre: para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, a la gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11)? Entonces observe con mucho cuidado estas tres cosas: primero, que el lugar ahora ocupado por Cristo en la gloria es el fruto de Su obra redentora; segundo, que Él lo ocupa como Hombre; y tercero, por lo tanto, que Él está allí a favor de los Suyos. La consecuencia es que Dios debe traernos al mismo lugar; que a la gloria de Dios le interesa conceder a los creyentes el mismo lugar de aceptación ante Él; sí, que Su corazón se deleita también en reconocer así la obra y el valor de Su Hijo amado. Por lo tanto, cada creyente está delante de Dios según la eficacia de la obra de Cristo, y en toda la aceptabilidad de Su Persona, y así disfruta de una posición de acercamiento perfecto, y es el objeto de complacencia perfecta de Dios; porque es traído, aun ahora, al hogar a Dios en Cristo Jesús.
Ahora le podré conducir a unas cuantas referencias bíblicas que comprobarán abundantemente las declaraciones arriba mencionadas. El verso exactamente en seguida de ese que ocupó nuestra atención en la última carta hará mucho para esto. “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”; y luego el apóstol prosigue: “Por el cual también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1-2). Así es que no solamente es la paz con Dios lo que tenemos al creer, sino que también tenemos acceso por medio de Cristo a esta gracia en la cual estamos; verbigracia, somos traídos al favor completo de Dios —a la luz del sol sin nubes de Su presencia, y allí podemos regocijarnos— estando todo establecido y seguro, con la esperanza de la gloria de Dios. Es tan perfecto y tan inalienable el lugar al cual somos traídos por la fe en Cristo —por la fe en Él que levantó a Jesús nuestro Señor de los muertos— que, a pesar de las pruebas, las dificultades y los peligros del camino del desierto, podemos regocijarnos en la esperanza —en el prospecto seguro y cierto— de la gloria de Dios. Podrá haber, como el apóstol sigue diciéndonos, tribulaciones; pero si es así, podemos también gloriarnos aun en éstas, sabiendo que la tribulación obra paciencia; y la paciencia, experiencia; y la experiencia, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado” —ese amor que Dios probó y encareció hacia nosotros, que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros—. Habiendo también, cuando éramos aún enemigos, sido reconciliados a Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más tenemos derecho de llegar a la conclusión que seremos salvos —salvos completamente, incluyendo la redención del cuerpo (Romanos 8:23)— por Su vida, la vida del Salvador resucitado a la diestra de Dios. Y no solamente eso, sino que también nos gozamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual ya hemos recibido ahora la reconciliación (Romanos 5:3-11). Así que tenemos como nuestra porción actual el amor de Dios derramado en nuestros corazones; nos gozamos en Él, ocupamos delante de Él un lugar de favor perfecto, y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Pero todavía esto no es todo. En esta misma epístola se nos enseña, no solamente que nuestra culpa es quitada para siempre, tan pronto como creemos en Cristo, que somos justificados, etc., pero también se nos enseña que somos traídos por la muerte y la resurrección de Cristo a un lugar nuevo enteramente —un lugar fuera de la carne, porque estamos “en Cristo” delante de Dios—. La sección siguiente de esta epístola, comenzando en Romanos 5:12, y terminando con el capítulo 8, trata de este tema. Podrá ver que, primeramente, todo es trazado ya sea a Adam o a Cristo, las dos cabezas, el primer hombre Adam, y el segundo hombre Cristo (Romanos 5:12-21). La consecuencia es, que cada uno es visto en Adam o en Cristo, y casi no necesito decir, que estemos en Adam o en Cristo, depende si somos o no creyentes. Si por la gracia somos creyentes, estamos en Cristo. Siendo esto así, hay ciertos resultados benditos que indicaré brevemente, dejando a su propia disposición el seguir el tema.
La primera cosa que el apóstol nos recuerda es, que el mismo terreno en que estamos —el terreno tomado en nuestro bautismo— demuestra que profesamos estar muertos con Cristo; y esto, como se ve en Colosenses 3:3, es cierto de todos los creyentes ante Dios. Si lee Ud. cuidadosamente Romanos 6, verá inmediatamente que el apóstol insta nuestra responsabilidad sobre este fundamento. Por tanto mi yo ha sido quitado de la vista de Dios, tanto como mis pecados; de otra manera, el apóstol no podría decir, como lo dice: “Así también vosotros, pensad que de cierto estáis muertos al pecado, mas vivos a Dios en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:11).
En el capítulo siguiente él enseña que nosotros “estamos muertos a la ley por el cuerpo de Cristo”, etc., y esto prepara el camino, después de una discusión del efecto de la aplicación de la ley a uno que está vivificado por él Espíritu de Dios, trayendo así a la luz la presencia constante del pecado en la naturaleza y la completa contrariedad entre la nueva naturaleza y la vieja (Romanos 7:12-25), como una declaración completa de la verdad al creyente. “Ahora pues”, prosigue diciendo, “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1), tan completo es el rescate, tanto como el perdón, que tenemos en Cristo. Y además nos dice: “Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:9). Él así demuestra que el creyente no está en la carne, ni siquiera en el primer hombre Adam, sino que está ante Dios en un lugar que es caracterizado como estando en el Espíritu; esto es, el Espíritu, y no la carne, caracteriza su existencia ante Dios, porque en la muerte de Cristo, la naturaleza mala del creyente también fue juzgada; porque “Dios enviando a Su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3).
Luego, después de señalar más consecuencias benditas de tener el Espíritu morando dentro, declara que “a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados”, ya que “a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”. Él luego hace la pregunta: “Si Dios es por nosotros ¿quién contra nosotros?”, y contesta recordándonos que Dios, al entregar a Su Hijo a la muerte por todos nosotros, nos ha dado prueba de que Él nos dará gratuitamente todas las cosas. Esto le conduce a la conclusión triunfante que nadie puede acusar a los escogidos de Dios; ya que Dios mismo los ha justificado, nadie los puede condenar; que como Cristo ha muerto, y ha resucitado de nuevo, y está a la diestra de Dios para hacer intercesión por nosotros, nada puede separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús nuestro Señor (Romanos 8:31-39).
Ahora, sería un equívoco fatal que Ud. descansase en el capítulo cinco si ha de conocer la plenitud de la gracia de Dios, y el carácter admirable de Su salvación; porque, a menos que vayamos al capítulo ocho, nunca sabemos lo que es cierto para nosotros y de nosotros delante de Dios —el rescate completo y perfecto que cada creyente tiene, aun cuando sea ignorante de ello, en Cristo—. Y es de suma importancia que Ud. vea que estas bendiciones que han sido indicadas no están conectadas de ninguna manera con la adquisición. Todo lo que he señalado es la porción (ya sea que lo sepa o no) de cada uno que exclama “Abba, Padre”, de todo niño en Cristo.
Pero aun ahora hay mucho más, más allá; y si Ud. se vuelve conmigo al libro de Efesios, le indicaré en unas cuantas palabras —porque no deseo prolongar esta carta— el carácter completo del lugar del creyente ante Dios. Veamos, primero, las expresiones admirables en el primer capítulo. “Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo: según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él en amor; habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a Sí mismo, según el puro afecto de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:3-6). Veamos cada una de las sentencias que he destacado, y verá cuan perfecto es nuestro lugar ante Dios. Porque Él nos ha bendecido con toda bendición espiritual, etc., es Su propósito que nosotros seamos santos y sin mancha delante de Él en amor; y Él nos ha hecho aceptos en el Amado. En el capítulo siguiente tenemos los pasos por los cuales hemos sido traídos a lugares celestiales. “Dios, que es rico en misericordia, por Su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dió vida juntamente con Cristo; (por gracia sois salvos); y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús” etc. (Efesios 2:4-6). Aquí se nos considera como habiendo estado muertos en pecados; a Cristo se le ve en esta epístola como habiendo descendido a esa condición —muerto, por decirlo así, en el lugar del pecador—; Dios siendo rico en misericordia, y actuando de Su mismo corazón de amor, vino en gracia, y nos vivificó juntamente con Cristo, y luego Él nos levantó y nos hizo sentar juntos en Cristo en los lugares celestiales; así que Él nos ha traído a Su misma presencia; y por lo tanto, nuestro lugar actual —nuestro lugar ahora, aun mientras estamos en el cuerpo— son los lugares celestiales en Cristo Jesús. Nada menos de esto expresa la plenitud de Su gracia, o satisface el mismo corazón Suyo.
Hay un versículo más de la Escritura que deseo traer ante Ud., y habré terminado. “Como Él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Como Cristo es a la diestra de Dios —la delicia y el gozo del corazón de Dios— allí en toda la perfección de Su Persona, y en todo el dulce sabor de Su sacrificio, así somos nosotros en este mundo; porque no estamos en nosotros mismos sino en Cristo, y por tanto, estamos investidos con toda Su misma aceptación y fragancia delante de Dios.
Quiera el Señor darnos una comprensión más clara del lugar al cual, en Su indecible gracia, somos traídos en Cristo Jesús.
Créamelo, estimado————,
Suyo en el afecto de Cristo,
E. D.

Notas misceláneas: Número 9

Extracto: El creyente es rescatado, completamente, de la observancia de los “días y los meses, y tiempos y años”. La asociación con un Cristo resucitado le ha quitado enteramente de esas observancias supersticiosas.
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Extracto: Es bueno que el evangelista tenga en la mente, en cada oportunidad nueva de levantarse a predicar, que aquellos a quienes él predica están realmente ignorantes del evangelio, y por lo tanto, debe predicar como si fuese la primera vez que su audiencia ha escuchado el mensaje y la primera vez que él lo ha expuesto.
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Extracto: Una vez que el corazón pierde su frescura en la vida divina, cuando las cosas celestiales empiezan a perder su sabor, cuando el primer amor declina, cuando Cristo cesa de ser una porción que satisface y que es enteramente preciosa para el alma, cuando la palabra de Dios y la oración pierden su encanto, y llegan a ser pesadas, insípidas y mecánicas; entonces el ojo vaga hacia atrás al mundo, el corazón sigue al ojo y los pies siguen al corazón.
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Extracto: La vida nueva en el creyente puede ser únicamente alimentada y sustentada por Cristo.