Tal vez has escuchado a alguien decir algo como: “Todos los Sánchez son así porque su padre siempre hacía tal y cual cosa”. La familia recibe tal calificación a causa de quien es cabeza de ella, por lo que sus acciones pueden acarrear serias consecuencias para todos sus miembros. Aunque sea algo tan sencillo como aceptar un trabajo en otra ciudad, lo cual implica que todos deben mudarse a ese sitio. En el pasaje mencionado se habla de quienes son cabezas de dos familias muy distintas: Adán y nuestro Señor Jesucristo; seguramente luego de leerlo te darás cuenta de que lo que allí se considera es mucho más trascendente que mudarse de un lugar a otro, pues tiene que ver con la vida y la muerte.
¿Cómo es posible que Dios pueda dar la justificación de vida a todos por la fe, si solo el Señor Jesucristo ha actuado con perfección? En Romanos 5:12, Él nos recuerda algo muy triste que es parte de la respuesta: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. Adán, cabeza de la familia que incluye a todos los seres humanos, desobedeció a Dios en el huerto del Edén y comió del fruto del árbol prohibido; como consecuencia la muerte entró en el mundo y alcanzó a todos los que estaban bajo su responsabilidad; por eso en la actualidad no existe siquiera una sola persona que tenga más de 160 años de vida, ya que todos han muerto por causa del pecado. Ahora bien, cabe mencionar que Dios señala de manera explícita que todos son responsables personalmente cuando dice: “por cuanto todos pecaron”. Por lo cual nadie puede excusarse ni echarle la culpa al otro.
Pero si un hombre desobediente pudo traer tanta destrucción sobre miles de millones de personas, es indiscutible que la bendición que Dios nos ofrece, por medio de un solo Hombre obediente: Cristo Jesús, es justa: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Romanos 5:17). El pecado trajo consigo la muerte, la cual ha vencido a muchísimos; pero Dios, por medio de Jesucristo, ha declarado justos a todos los que confían en Él, quienes ya tienen una vida que no está sujeta a la muerte. Es probable que el cuerpo de un creyente muera; pero el Señor lo resucitará en Su venida y la muerte no tendrá la victoria final, sino la vida. Y toda esta bendición la recibimos tan solo como una dádiva de Dios, pues no la merecemos, tan solo la recibimos como un regalo de la abundancia de Su gracia. Él es justo al permitir que sea de esta manera porque Cristo obedeció hasta la muerte y Su justicia se ofrece gratuitamente al pecador que se arrepiente.
Muchos intentan “salir aprobados” mediante su propia obediencia a algún tipo de ley o código moral; sin embargo, la ley tan solo sirve para mostrar la total deficiencia e incapacidad del hombre para cumplir sus exigencias, pues como leemos en Romanos 5:20: “la ley se introdujo para que el pecado abundase”. Exigir algo que no se puede cumplir solo resalta nuestra incapacidad, por lo que para recibir la justificación para vida eterna descansamos completamente en la gracia, el favor inmerecido de Dios: “para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Romanos 5:21). Puede ser que alguien no se sienta justo y con vida eterna; pero gracias a Dios que en Su Palabra hallamos la roca firme sobre la cual basamos nuestra fe y no es según nuestros sentimientos, pues ella nos dice que recibimos “la justicia para vida eterna” como una dádiva de Dios mismo.