Salmo 121

En este precioso salmo tenemos las experiencias de un creyente el cual, estando en medio de pruebas y tribulaciones, encuentra en el Señor su ayuda y sus inagotables recursos. El primer versículo que es realmente una pregunta, dice: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro?”
Este temeroso hombre de Dios se encuentra enfrentado a pruebas, tribulaciones, y dificultades, dándose cuenta que no tiene ningún poder en sí mismo para afrontar tales circunstancias, y siente la necesidad de “ayuda.” El gran recurso de la debilidad, cuando se encuentra delante de la prueba es, muy a menudo, la confianza en sí mismo, la cual nos conduce a pensar que podemos afrontar la prueba con nuestras propias fuerzas y con nuestra propia sabiduría. No obstante, tenemos que aprender, y puede que sea como lo fue de antiguo, por el apóstol Pedro, por medio de amargas experiencias, que, ante las pruebas y tentaciones, no tenemos ningún poder en nosotros mismos. En cada paso que damos en ellas, necesitamos un ayudador que nos sustente en la prueba y que nos conduzca a través de ella.
Una vez comprendida por el salmista esta necesidad de ayuda, la cuestión es para él, “¿De dónde vendrá mi socorro?” Parece ser que él se encuentra rodeado de montes, que se muestran fuertes y poderosos, imponentes e inamovibles, como si los tales fuesen aparentemente lo único en el mundo firmemente establecidos en fortaleza, e inexpugnable a cualquier enemigo. Pero, ¿podemos confiar en cualquier criatura, o recursos humanos, para que nos ayuden? El profeta Jeremías nos dice: “Ciertamente vanidad son los collados, y el bullicio sobre los montes; ciertamente en Jehová nuestro Dios está la salvación de Israel” (Jer. 3:2323Truly in vain is salvation hoped for from the hills, and from the multitude of mountains: truly in the Lord our God is the salvation of Israel. (Jeremiah 3:23)). Una vez realizada por el salmista su necesidad de ayuda, y sabiendo que toda ayuda por parte del hombre es vana, el hombre temeroso de Dios huye de la criatura, y acude al Creador, y muy piadosamente asegura: “Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (v. 2).
El salmista no se extiende en argumentos sobre su conocimiento de la verdad cardinal que en Dios hay pronta ayuda, sino que simple y llanamente dice en su fe personal, “Mi socorro viene de Jehová.”
En el resto de los versículos de este salmo, el Espíritu de Dios responde ampliamente a esta fe simple, dándonos toda una exposición de Sus bendiciones para aquel quien acude al Señor para que le ayude. El principal pensamiento en estos versículos es el constante cuidado del Señor. El término “guardar” es la palabra característica de este salmo. Debemos notar que esta reconfortante y consoladora palabra aparece seis veces en los seis últimos versículos. A continuación entremos a considerar siete importantes promesas de bendición.
“No dará tu pie al resbaladero” (v. 3).
Lo primero que el alma aprende es que, buscando la ayuda del Señor, será guardada en medio de todos los peligros. Pueden venir días en que tenga que afrontar repentinos peligros, el fruto de los cuales sea alguna desolación; entonces, cuán bendito será escuchar la voz del Señor confortándonos, decir: “No tendrás temor de pavor repentino, ni de la ruina de los impíos cuando viniere, porque Jehová será tu confianza, y Él preservará tu pie de quedar preso” (Prov. 3:25-2625Be not afraid of sudden fear, neither of the desolation of the wicked, when it cometh. 26For the Lord shall be thy confidence, and shall keep thy foot from being taken. (Proverbs 3:25‑26)). Si apartamos nuestra mirada del Señor, y nos ocupamos en considerar la pasajera prosperidad del impío, es posible que tengamos que exclamar, como el hombre del Salmo 73:2: “En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos.” Por el contrario, si miramos al Señor, regocijándonos en Él, podremos exclamar con alegría, como hizo Ana siglos ha: “Mi corazón se regocija en Jehová. . . . Él guarda los pies de Sus santos . . . porque nadie será fuerte por su propia fuerza” (1º Sam. 2:1,9).
El camino que estamos atravesando puede que sea escabroso en algunos tramos, ya que el enemigo tratará de oponerse a nuestra marcha con sus insidias, artimañas y astucia; pueden abundar las tentaciones y aparecer dificultades — siendo todas éstas, pruebas que el Señor puede permitir—pero existe una cosa que Él no permitirá; Él no dejará que los pies de aquellos que confían en Él se salgan del camino que conduce a la gloria. Así, en el salmo siguiente, y en respuesta a lo dicho por el Señor: “No dará tu pie al resbaladero,” el alma temerosa de Dios puede responder con plena confianza: “Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas, oh Jerusalén” (Sal. 122:2). (La versión de 1977, como algunas otras, tienen: “Ahora ya se posasen nuestros pies dentro de tus puertas, oh Jerusalén.”) Las últimas palabras del Señor a Pedro fueron: “Sígueme tú” (Juan 21:22). Con estas palabras el Señor ha mostrado el camino a cada cristiano, y si con nuestra mira puesta en la Persona de Cristo, como siendo Él nuestra ayuda infalible, Le seguimos, ello nos introducirá dentro de las profundidades insondables de la gloria a donde Él mismo ha ido.
Pues la senda en que anduvo el Señor
Le condujo a Su Padre y Su Dios,
Y de allí — hoy sentado en honor —
Nos da fuerza a seguir de Él en pos.
“Ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel” (vv. 3-4).
En segundo lugar, aquel que con genuina fe acude al Señor comprueba que Su cuidado por nosotros es incesante. Un apóstol puede dormirse en el monte, delante de la gloria demasiado resplandeciente para el ojo humano, y también puede dormirse en el huerto de Getsemaní, en presencia del dolor demasiado profundo para que la criatura humana lo pueda soportar; pero Aquel quien es nuestro guardián nunca “se adormecerá ni dormirá.”
Un santo reincidente, como Jonás de antiguo, puede estar “dormido profundamente,” aunque el Señor esté trabajando, el viento arreciando, el mar bramando, el barco hundiéndose, y los hombres del mundo estén temblando, pero existe UNO, quien habiendo amado a los Suyos que estaban en el mundo, los ama hasta el fin, con un amor que nunca deja de cuidarlos por Sus propios medios en todas las tempestades de la vida.
Tú sigues siempre, ¡oh! Cristo en Tu bondad:
Aunque en Tu pueblo ves debilidad;
A tiempo, la palabra nos darás
De aliento que habla al corazón solaz.
“Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha” (v. 5).
En tercer lugar, acudiendo al Señor para que Él nos ayude, el alma tiene la seguridad que la ayuda del Señor está pronta para asistirnos. Un amigo a nuestra mano derecha es un amigo a nuestro lado, a quien podemos acudir en todo momento de necesidad. Es por ello que David podía decir: “A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido” (Sal. 16:8). El hombre malo, confiando en sí mismo, “dice en su corazón: No seré movido jamás,” para al fin caerá bajo el juicio de Dios: “Jehová se ha hecho conocer en el juicio que ejecutó; en la obra de Sus manos fue enlazado el malo” (Sal. 10:6; 9:16). El hombre piadoso, confiando en el Señor a su mano derecha, no solamente puede decir simplemente, “No seré conmovido,” sino más que esto, lo puede decir con toda la confianza, porque si el Señor ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré. . . . Podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Heb. 13:5-65Let your conversation be without covetousness; and be content with such things as ye have: for he hath said, I will never leave thee, nor forsake thee. 6So that we may boldly say, The Lord is my helper, and I will not fear what man shall do unto me. (Hebrews 13:5‑6)). Cuán bueno es poder comprobar que tenemos un Amigo a nuestro lado a quien podemos acudir — un tal Amigo con toda sabiduría para guiarnos en cualquier dificultad, con todo el poder para vencer toda la oposición, con toda Su simpatía en todas nuestras aflicciones y penas y con toda Su gracia en todas nuestras flaquezas y debilidades y con misericordia para suplirnos cualquier necesidad que tengamos.
La tempestad puede rugir a mi alrededor;
Mi corazón puede amedrentado estar,
Pero cercándome Dios con Su amor,
¿Podré yo desmayar?
“El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche” (v. 6).
En cuarto lugar, cuando el creyente acude al Señor en busca de ayuda, tiene la seguridad que será preservado de todo mal en todas sus circunstancias. Estando en un mundo de total oposición contra el cristiano, tendremos que afrontar continuamente muchos peligros, tanto durante el día como durante la noche. El Señor no dice en ningún momento al creyente, “Tú no tendrás que afrontar esos terrores como los demás,” pero sí que nos dice, “Si tú te refugias en Mí, y en Mí pones toda tu confianza; (mi Dios en quien confiaré),” entonces: “No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya” (Sal. 91:1-2,5-6).
“Jehová te guardará de todo mal; Él guardará tu alma” (v. 7).
En quinto lugar, el creyente que acude al Señor para que le ayude será guardado de todo mal. En este tiempo cuando el mundo, como en los días de Noé, está caracterizado por el aumento de corrupción y violencia, el mal puede tomar varias formas. Las Escrituras nos hablan de malos pensamientos, toda imaginación de mal, malas acciones, malas palabras y hacedores de mal. El cristiano, siendo bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, se encontrará, de manera especial, en oposición contra “huestes espirituales de maldad en las regiones celestes,” las cuales actúan entre bastidores. Con todo ello, con los ojos puestos en el Señor, el creyente podrá “en el poder de Su fuerza” resistir todos los ataques del enemigo “en el día malo” siendo así guardado “de todo mal” (Efe. 6:10-13).
Además de esto, en un mundo en el cual no sabemos lo que cada día traerá, cuán bendito es saber que para uno que acude al Señor para que le ayude, puede decir: “No tendrá temor de malas noticias; su corazón está firme, confiado en Jehová” (Sal. 112:7). El apóstol Pablo nos advierte que estamos viviendo en un tiempo en el cual “los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados” (2ª Tim. 3:13). También el apóstol encontró en sus días a esos hombres que le causaron “muchos males,” pero confiando en el Señor, pudo decir: “El Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para Su reino celestial” (2ª Tim. 4:14,18).
Nadie podrá estorbar nuestra senda;
Más que vencedores seremos en luz,
Si ponemos en Ti nuestra mira,
Cual sea el peligro, ¡bendito Jesús!
“Jehová guardará tu salida y tu entrada” (v. 8).
En sexto lugar, el alma que acude al Señor en busca de ayuda puede contar con la infalible asistencia del Señor en todas las circunstancias. “Salida” y “entrada” no hablan de las cambiantes circunstancias que caracterizan a un mundo inquieto y sin sosiego. En los días del Señor en este mundo, Él pudo decir a Sus discípulos: “Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer” (Mar. 6:31). El Señor, en Su compasión y cuidado, nos dará siempre tiempos de descanso “aparte” del presente agitado y bullicioso mundo; pero debemos saber que mientras estemos aquí abajo, nuestro descanso sólo será por un tiempo — “descansad un poco” son las palabras del Señor, las cuales indican que debemos entrar de nuevo en actividad. En cuanto al descanso eterno, debemos esperar sobre lo que nos dice la Palabra de Dios: “Queda un reposo para el pueblo de Dios.” Y de aquellos que han entrado en ese reposo, leemos: “Nunca más saldrá de allí” (Heb. 4:99There remaineth therefore a rest to the people of God. (Hebrews 4:9); Apoc. 3:12). En el entretanto, y en medio de todo el tumulto de esta vida presente, llena de penas y sinsabores, para aquel que acude al Señor en busca de ayuda, puede contar sobre el Señor, quien le guardará en todas las circunstancias de esta presente amarga vida.
Por dondequiera que el Señor me guía
No hay nada que me hará retroceder,
Pues mi Pastor me apacienta siempre,
Y es para mí “el todo” hoy cual ayer;
Despierto está Su ojo omnipresente,
Su vista nunca ofuscada está;
Ya mi sendero el Salvador conoce,
Y yo andaré con Él doquier que va.
“Desde ahora y para siempre” (v. 8).
Finalmente aprendemos que el que acude al Señor en busca de ayuda tiene la seguridad que será guardado a través de todo el tiempo, para siempre, en este mundo. Sin ninguna duda que el salmista en este salmo tenía en mente el Reino del Milenio; pero el cristiano puede hacer una más amplia aplicación a estas palabras, mientras tiene ante sí una feliz y dichosa eternidad para ser disfrutada para siempre jamás con Cristo, y en semejanza de Cristo, en la casa del Padre a donde el Señor ha ido a preparar un lugar para Su pueblo celestial. El Señor puede decir de Sus ovejas: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano” (Juan 10:28). En el evangelio de Lucas tenemos la preciosa figura del Buen Pastor salvando a una de Sus ovejas perdidas, a quien la busca y “la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso,” y la lleva a casa (Luc. 15:5). Nada menos que Su casa es el hogar de Sus ovejas. Nosotros nos podemos extraviar, pero Él encuentra a Sus ovejas, las ayuda con Su fortaleza en este deambular por el tiempo, y al final Él conducirá a todas sus errantes ovejas al hogar celestial para “ESTAR SIEMPRE CON EL SEÑOR.”
Es de esta manera que aprendemos en este precioso salmo que confiando en el SEÑOR, y acudiendo a Él para que nos ayude, realizaremos que:
Él nos guardará de todo peligro;
Su cuidado de nosotros será incesante;
Su ayuda está pronto para socorrernos;
Él nos guardará en todas las ocasiones y circunstancias;
Él nos guardará de todo mal;
Él nos guardará en cada momento;
Él nos guardará en todo tiempo, para siempre jamás.
A mi alma guarda junto a Tu seno,
Y si Te huyese, infiel, mi buen Pastor,
Hazme oír Tu llamamiento tierno,
Volviendo presto a Ti, mi Protector.
¿Estás atravesando pruebas, tribulaciones o dificultades que tan solo te hacen notar que no tienes poder en ti mismo para afrontarlas y sintiendo la urgente necesidad de ayuda? Entonces disfruta esta meditación sobre el Salmo 121, en la cual se nos enseña a levantar nuestros ojos a Aquel que es nuestra ayuda.