En la Escritura, esperanza no es usada de la misma manera que en el lenguaje de hoy. Usamos la palabra hoy en día para referirnos a algo que nos gustaría que sucediera, pero no tenemos garantía de que eso sucederá. En la Biblia, la esperanza es una certeza aplazada; tiene una expectativa segura conectada con ella.
En Romanos 5:2, Pablo habla de “la esperanza de la gloria de Dios,” que tiene que ver con la futura glorificación del creyente en la venida del Señor (el Arrebatamiento). Es algo que el creyente espera con certeza. Definitivamente acontecerá—aunque no sabemos cuándo. Este fin glorioso de estar con y de ser como Cristo es la esperanza del cristiano. Cuando primeramente creímos en el evangelio y recibimos al Señor Jesucristo como nuestro Salvador, fuimos colocados en esperanza de nuestra glorificación final. Pablo se refiere a esto en Romanos 8:24, afirmando que “en esperanza somos [hemos sido] salvos” (traducción J. N. Darby). Esto significa que cuando inicialmente confiamos en Cristo como nuestro Salvador, fue con el propósito de obtener este último aspecto de redención. Así, cuando fuimos “salvos,” fue “en esperanza” de la realidad completa y final que se avecina.
Conocer el glorioso futuro que nos espera nos sostiene en el camino, porque lo que esperamos es firme y seguro. En esperanza fuimos salvos, y en su poder vivimos. Eso nos da “paciencia” para esperarlo (Romanos 8:25). Ha sido dicho que la fe y la esperanza son buenos compañeros de viaje para el cristiano en su camino por el desierto en este mundo, y esto es verdad. Pero en la venida del Señor (el Arrebatamiento), nos separaremos de esos compañeros y entraremos en el cielo con el Señor, donde solo el amor quedará. No necesitaremos de fe y esperanza allí.