Contrastes entre la dispensación de la gracia de Dios y la dispensación de la ley

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C. H. Mackintosh
“Cuando salieres a la guerra contra tus enemigos, y vieres caballos y carros, un pueblo más grande que tú, no tengas temor de ellos, que Jehová tu Dios es contigo, el cual te sacó de tierra de Egipto. Y será que, cuando os acercareis para combatir, llegaráse el sacerdote, y hablará al pueblo, y les dirá: Oye, Israel, vosotros os juntáis hoy en batalla contra vuestros enemigos: no se ablande vuestro corazón, no temáis, no os azoréis, ni tampoco os desalentéis delante de ellos; que Jehová vuestro Dios anda con vosotros, para pelear contra vuestros enemigos, para salvaros” (Deuteronomio 20:1-41When thou goest out to battle against thine enemies, and seest horses, and chariots, and a people more than thou, be not afraid of them: for the Lord thy God is with thee, which brought thee up out of the land of Egypt. 2And it shall be, when ye are come nigh unto the battle, that the priest shall approach and speak unto the people, 3And shall say unto them, Hear, O Israel, ye approach this day unto battle against your enemies: let not your hearts faint, fear not, and do not tremble, neither be ye terrified because of them; 4For the Lord your God is he that goeth with you, to fight for you against your enemies, to save you. (Deuteronomy 20:1‑4)).
¡Qué maravilloso es pensar en el Señor como Hombre de guerra! ¡Pensar en Él luchando contra la gente! Algunos encuentran muy difícil comprender y duro someterse a la idea de cómo un Ser tan benévolo pudiera actuar en tal carácter. Pero la dificultad surge principalmente de no distinguir entre las diferentes dispensaciones. Era tan apropiado al carácter del Dios de Abraham, Isaac y Jacob el luchar contra Sus enemigos, como lo es con el carácter del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo el perdonarlos. Puesto que es el carácter revelado de Dios el que proporciona el modelo al cual Su pueblo ha de conformarse —la norma bajo la cual ha de obrar— era tan apropiado para Israel destrozar a sus enemigos, como lo es para nosotros amarlos, orar por ellos y hacerles bien.
Si se tuviera presente siempre este principio tan sencillo, serviría para eliminar una vasta cantidad de malentendidos y evitaría un gran número de discusiones no inteligentes. No cabe duda de que no hay razón que la Iglesia de Dios vaya a la guerra. Nadie puede leer el Nuevo Testamento con una mente libre de prejuicios sin ver esto. Se nos manda positivamente amar a nuestros enemigos, hacer bien a los que nos aborrecen y orar por los que nos tratan con desprecio. “Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán” (Mateo 26:5252Then said Jesus unto him, Put up again thy sword into his place: for all they that take the sword shall perish with the sword. (Matthew 26:52)). Y en otro Evangelio, “Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina: el vaso que el Padre Me ha dado, ¿no lo tengo de beber?” (Juan 18:1111Then said Jesus unto Peter, Put up thy sword into the sheath: the cup which my Father hath given me, shall I not drink it? (John 18:11)). Además, nuestro Señor dijo a Pilato, “Mi reino no es de este mundo: si de este mundo fuera Mi reino, MIS SERVIDORES PELEARÍAN” (Juan 18:3636Jesus answered, My kingdom is not of this world: if my kingdom were of this world, then would my servants fight, that I should not be delivered to the Jews: but now is my kingdom not from hence. (John 18:36)), —ya que sería perfectamente apropiado para ellos hacerlo—  ... “AHORA, pues, Mi reino no es de aquí” —y por lo tanto sería totalmente incompatible, enteramente incongruente, del todo erróneo que ellos luchasen.
Todo eso es tan sencillo que solamente necesitamos preguntar, “¿Cómo lees?”. Nuestro bendito Señor no peleaba; se sometía con paciencia y mansedumbre a toda suerte de abusos y malos tratos, y al hacerlo así nos dejó un ejemplo para que siguiéramos sus pisadas. Si podemos preguntarnos sinceramente, “¿Qué haría Jesús?”, se terminaría toda discusión sobre este punto, e igualmente sobre mil más. De nada sirve razonar, ni hay necesidad de ello. Si las palabras y los caminos de nuestro bendito Señor y la clara enseñanza de Su Espíritu por Sus santos apóstoles no son suficientes para nuestra guía, toda discusión es vana por completo.
Si se nos preguntara, “¿Qué enseña el Espíritu Santo sobre este gran punto práctico?”, óiganse Sus palabras preciosas, claras y directas: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos; antes dad lugar a la ira; porque escrito está: Mía es la venganza: Yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber: que haciendo esto, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal” (Romanos 12:19-2119Dearly beloved, avenge not yourselves, but rather give place unto wrath: for it is written, Vengeance is mine; I will repay, saith the Lord. 20Therefore if thine enemy hunger, feed him; if he thirst, give him drink: for in so doing thou shalt heap coals of fire on his head. 21Be not overcome of evil, but overcome evil with good. (Romans 12:19‑21)).
Esta es la ética hermosa de la Iglesia de Dios, los principios de aquel reino celestial al cual pertenecen todos los verdaderos cristianos. ¿Hubieran sido apropiados con el Israel de la antigüedad? Ciertamente que no. ¡Imaginad a Josué tratando con los Cananeos según los principios de Romanos 12! Hubiera sido una contradicción tan flagrante como si nosotros actuáramos en conformidad al principio de Deuteronomio 20. ¿Cómo es esto, pues? Sencillamente porque, en los tiempos de Josué, Dios estaba juzgando con justicia, mientras que ahora está actuando en gracia ilimitada. En esto estriba la diferencia. El principio de la acción divina es el gran regulador moral para el pueblo de Dios en todos los tiempos. Si esto fuera entendido, no habría dificultad y toda discusión terminaría.
Empero si alguien se siente impelido a preguntar, “¿Y qué del mundo? ¿Cómo podría seguir bajo el principio de la gracia? ¿Podría actuar conforme a la doctrina de Romanos 12:2020Therefore if thine enemy hunger, feed him; if he thirst, give him drink: for in so doing thou shalt heap coals of fire on his head. (Romans 12:20)?”. Ni por un solo momento. La idea es sencillamente absurda. Intentar mezclar los principios de la gracia con la ley de las naciones, o infundir el espíritu del Nuevo Testamento dentro de la estructura de la economía política, precipitaría de manera instantánea a la civilización en una confusión desesperada. Y aquí es precisamente donde muchas personas bien intencionadas y sumamente excelentes están erradas. Quieren obligar a las naciones del mundo a adoptar un principio que resultaría destructivo para su existencia nacional. Aún no ha llegado el tiempo en que las naciones convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces, y en que no se instruirán más para la guerra. Este bendito tiempo vendrá, gracias a Dios, cuando la tierra llena de gemidos sea inundada con el conocimiento del Señor, tal como las aguas cubren el mar. Pero procurar hacer que las naciones, ahora, actúen de acuerdo con principios pacíficos sería impulsarles a que dejen de existir; en una palabra, es una labor del todo falta de inteligencia y esperanza. No puede ser. No somos llamados para componer el mundo, más bien para transitar por él cual peregrinos y advenedizos. Jesús no vino para poner orden al mundo. Él vino a buscar y salvar lo que se había perdido; y testificó del mundo que sus hechos eran malos. En breve Él vendrá para enderezar las cosas. Él tomará Su gran poder y reinará. Los reinos de este mundo, con toda seguridad, serán los reinos de nuestro Señor y de Su Cristo. Cogerá de Su reino todos los escándalos, y los que hacen iniquidad. Bendito sea Dios, todo esto es cierto, pero tenemos que aguardar su tiempo. No puede ser de utilidad para nosotros, por nuestras erróneas tentativas, tratar de lograr un estado de cosas acerca del cual todas las Escrituras demuestran que únicamente puede ser introducido por la presencia personal y el reino de nuestro amado y adorable Señor y Salvador Jesucristo.
[Traducido de “Notes on Deuteronomy” (“Notas sobre el libro de Deuteronomio”), por C. H. Mackintosh, alrededor de 1860].