William Kelly
No hay otro medio por el cual pueda el cristiano mostrar en cuán alto grado se halla él por encima del mundo, sino cuando en nada busca éste la justificación del mundo. Si perteneciéramos al mundo, todos debiéramos presentarnos como voluntarios. Si fuera el mundo nuestro hogar, un hombre sería llamado a combatir por él; mas para el cristiano este mundo no es el escenario de sus intereses, ¿entonces por qué el luchar por aquello que no le pertenece? Si el cristiano lucha, salvo en su propio combate espiritual, aquél se halla fuera de su lugar. Es el deber de los hombres, como hombres, rechazar el mal; y si el Señor usa al mundo para abatir los desórdenes y lograr la paz, el cristiano bien puede mirar hacia lo alto y dar gracias por ello, pues es una inmensa misericordia. Pero la verdad que el creyente ha de retener firmemente en su propia alma es ésta, que “no son del mundo”. ¿Hasta qué punto no son ellos del mundo? “No son del mundo, como tampoco YO soy del mundo” (Juan 17:1616They are not of the world, even as I am not of the world. (John 17:16)). Allí donde el Señor repite estas palabras maravillosas, habla con respecto a irse al cielo, como si Él ya no estuviera en esta tierra. Así, con el espíritu de uno que está aparte del mundo, Él exclama, “No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo”. Un poquito antes, había declarado: “Y ya no estoy en el mundo”. Su ascensión al cielo es lo que otorga su carácter al cristiano y a la Iglesia. El cristiano no es meramente un creyente, sino uno que ha sido llamado para gozarse en Cristo glorificado en el cielo. Y como Cristo, nuestra Cabeza, se encuentra ausente del mundo, así también el cristiano debe estar en espíritu situado muy por encima del mundo, y debe mostrar la fortaleza y superioridad de su fe sobre sus meros sentimientos naturales. Nada hace que un hombre aparezca como superlativamente necio como en no procurar sacar ventajas en este mundo. Los cristianos no quieren ser nulidades; son aptos, carnalmente, para desear que su influencia sea notada, pero el Señor nos libra de ello.
[Traducido de “Lectures on the Gospel of Matthew” (“Conferencias sobre el Evangelio de Mateo”), 1868, por William Kelly].