Juzgarse A Si Mismo [Librito]

Juzgarse A Si Mismo by Henry Edward Hayhoe
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English:
Self-Judgment
Language:
Spanish
BTP#:
#3369
Cover:
Librito
Pages:
16 pages
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Ojalá que nosotros vivamos de tal manera en el gozo de la comunión que el primer paso que interrumpa esta dulce comunión pueda ser descubierto y juzgado "hasta que El venga."

Extracto: “De oídas Te había oído; mas AHORA mis ojos Te ven. Por lo tanto me aborrezco” Job 12:5-6.

“Que si nos examinásemos a nosotros mismos, cierto no seríamos juzgados” 1 Corintios 11:31.

Es un dicho común que la preservación propia (el instinto de conservación) es “la primera ley de la naturaleza”, y sin ninguna duda, la naturaleza sí insta al “yo” a preservarse a sí mismo en toda condición y circunstancia. Naturalmente que el hombre se interesa por sí mismo antes de interesarse por cualquier otro objeto, y ya sea que esté en conexión con su vida, sus posesiones, su caso, o su carácter, el “yo” tiene el primer lugar en sus pensamientos y afectos. Aun la ley de Dios reconoce esto cabalmente, porque (al dirigirse al hombre como lo hace en su estado no regenerado, 1 Timoteo 1:9-10) dice: “Amarás a tu prójimo como A TI MISMO”. Mayor amor que éste, no exige Dios del hombre a su prójimo.

Ahora, como el “yo” es un ser egoísta y celoso, la justificación es su primer impulso cuando la acusación o la convicción se trae en contra suya. Naturalmente, si puede evitarlo, el “yo” nunca condenará, sino que siempre justificará al “yo”; y así el juzgarse a sí mismo es una obra, no de la naturaleza, ni de la disposición, sino de la compulsión y del constreñimiento.

El juzgarse a sí mismo, sin embargo, yace en la misma base del cristianismo en el alma individual y es la condición inseparable de andar en comunión con Dios.

Yo creo que podemos decir que el juzgarse a sí mismo es un efecto de la conciencia de un hombre (pecador o santo) que es traído a la presencia de un ideal más elevado de justicia de lo que hasta aquí ha percibido; porque aun cuando el juzgarse a sí mismo es un acto espontáneo de la conciencia del hombre, como distinto de que su ser sea juzgado por otro, sin embargo el “yo” no puede juzgar al “yo” aparte de un ideal, y ese ideal o medida debe estar fuera de sí mismo, y para ser de algún valor para el alma en vía de comparación, debe estar también enteramente sobre él. El verdadero juzgarse a sí mismo por lo tanto es siempre en la presencia de Dios y de Su revelación o Palabra, porque aquí nada más se encuentra un ideal perfecto e inmutable. Ningún juicio del “yo” por algún otro ideal más bajo puede servir ya sea para despertar la conciencia o para elevar la condición del alma.

En verdad podremos decir que el examen del “yo” o el juzgarse a sí mismo por otro ideal más bajo que el divino debe siempre participar de la justificación propia y terminar en ella. Así, por ejemplo, si la conciencia intranquila o la falta de satisfacción del alma comienza una comparación de su presente con una condición pasada, cualquiera que sea el descubrimiento en cuanto a avance, o a declinación, no puede aprovechar o elevar al alma sobre su propia experiencia ya sea presente o pasada. Por lo tanto, encontramos en el caso de Job que su recuerdo de lo que él había sido en el pasado no le dio ningún poder en el tiempo presente. Job 29-30, etc. Él se estaba midiendo a sí mismo por sí mismo, y aun cuando estaba bastante descontento con su estado presente; sin embargo, se jactaba de su condición pasada, y probó ser después de todo “justo ante sus mismos ojos” (Job 32:1). Pero no bien hubo percibido la justicia y la gloria de Dios cuando el “yo” en el hombre es juzgado y aborrecido.

Otra vez, el examen del “yo” por medio de la comparación con otros puede solamente traer los mismos resultados imperfectos; porque aun cuando por una parte el “yo” en mí pueda en un grado ser reprendido, y juzgado de algunas maneras por el tono más elevado y carácter de vida en otro, hay la tendencia de decir en el corazón: “No soy tan malo después de todo. Aun cuando él me sobrepuja en esto, yo sobresalgo en eso, y nuestras pruebas y tentaciones no son iguales”; y así el “yo”, ya sea en mí o en mi hermano, es excusado y justificado. Pablo hace un resumen de todas ellas en 2 Corintios 10:12, diciendo de aquellos que “se miden a sí mismos por sí mismos”, que no son juiciosos. Esta, sin embargo, es la tendencia del corazón natural, y de una religión humana. La excelencia humana, en lugar de la divina, es establecida como el modelo. “Los santos”, así llamados, son los ejemplos delante del alma, como en ellos se podrá encontrar una justicia que se puede alcanzar por la naturaleza humana, y las flaquezas ofreciendo una excusa por los fracasos de la carne.

Pero cuán diferente y perfecta es la obra del juzgarse a sí mismo cuando se produce por un ideal divino e inmutable, esto es, por la conciencia del hombre, un pecador, siendo traído a la presencia de Dios —el Dios santo.

Génesis 3, Éxodo 20, Isaías 6 y Lucas 5 son casos bien conocidos de lo que se efectúa cuando se ve a Dios en Su santidad, y el “yo” es juzgado en su estado pecaminoso ante Él. “Tuve miedo”; “no hable Dios con nosotros”; “¡Ay de mí!”; “Apártate de mí”, son las diferentes expresiones, diciendo la misma cosa; que la conciencia se ha traído a la presencia de una justicia que no había percibido antes. Y en el caso de un pecador no reconciliado con Dios, o de la carne no juzgada en ninguno, ya sea santo o pecador, el sentimiento de esta justicia es insoportable, y la conciencia procura escapar de su presencia. Y esta obra todavía sigue sucediendo cuando las almas y las conciencias de los hombres son traídas a un contacto con la justicia de Dios revelada en el evangelio de Cristo. Romanos 1:17. Un pecador se prueba ser un pecador por este mismo evangelio, benigno y bendito como lo es el mensaje (2 Corintios 5:14; 1 Timoteo 1:15). Y si, por una parte, la gracia de Dios, cuando se aprende en la cruz de Cristo, trae paz y salvación al corazón quebrantado y convencido, por otra parte es la justicia firme del juicio de Dios por el pecado en la persona de Su Hijo, lo que quebranta y convence al corazón, y lo dirige a este ÚNICO y SOLO camino de salvación.

Pero más bien es del juzgarse a sí mismo del creyente de lo cual deseamos hablar y dar énfasis al tal en la conciencia de nuestros lectores. Hemos dicho que es la condición inseparable de andar en comunión con Dios; y ésta es la pregunta que es tan importante para el alma de todo cristiano.

Dios ha traído a Su pueblo a Sí Mismo. No es solamente la salvación de la muerte y el juicio lo que hemos obtenido por nuestro Señor Jesucristo sino que somos traídos “a Dios” (1 Pedro 3:18). Este ha sido siempre el propósito de Dios en la redención, para que los hombres puedan tener comunión con Él, y andar con Él. Él trajo a Israel a Sí Mismo (Éxodo 19:4); pero ellos Le rechazaron.

En esa nación se hizo la prueba y se probó que el hombre no regenerado, no importa cuán favorecido, no podía tener comunión con Dios. Los poderosos milagros y señales por medio de los cuales Su presencia con ellos y favor hacia ellos estuvo en evidencia, nunca tocaron sus corazones, ni ganaron sus afectos. Ninguna simple exhibición de la gracia o del poder de Dios puede alterar al hombre, o darle poder en sí mismo. “Lo que es nacido de la carne, carne es”. Para que el hombre pueda tener compañerismo y comunión con Dios “debe nacer otra vez” (Juan 3), y “por medio de la redención que es en Cristo Jesús” Dios ha mostrado cómo Su propósito es ahora cumplido. En la muerte de Cristo aprendemos cómo el pecado del creyente, y los pecados, son juzgados, perdonados y hechos a un lado (Romanos 8:3; 1 Pedro 2:24; Efesios 1:7; Hebreos 9:26) ; el “viejo hombre juntamente fué crucificado con Él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho” (Romanos 6:6). Véase también Colosenses 2:11. En la resurrección de Cristo es declarado el camino en el cual Él llega a ser el Espíritu vivificador, y así imparte al creyente una vida nueva, una naturaleza divina, bajo cuyo poder él puede y tiene comunión con Dios el Padre, y con Su Hijo Jesucristo, el Señor (véase Juan 5:26; 1 Corintios 15:45; Efesios 1:19-20; 2:5-6; 1 Juan 1:3).

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