El Amor que No Me Dejará Escapar [Librito]

El Amor que No Me Dejará Escapar by Hamilton Smith
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The Love Which Will Not Let Me Go
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Spanish
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#9822
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Librito mediano a letras grandes
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18 pages
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Extracto: Cuán bendito es el haber encontrado en Cristo a un Amigo el cual nos ama con un amor que no nos dejará escapar, de acuerdo a lo que leemos: “Como había amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1).

Tal amor—el eterno amor de Cristo que nunca abandona—no puede estar satisfecho hasta que no ha despertado nuestro amor hacia Él, en respuesta a Su amor. La plena respuesta a Su amor se realizará solamente cuando hayamos entrado en el eterno hogar del amor. Con todo, mientras estamos en camino hacia el hogar, el amor que aprecia a Cristo en este lugar de Su rechazo, y en el día de Su repudio, le es muy dulce a Su corazón. Este lo podemos aprender seguramente, por el valor que el Señor da al amor de María, a la cual dejó que Le ungiese Sus pies con el tan costoso ungüento.

Es de mucho aliento, y bueno para nuestras almas, el aprender los caminos de la gracia del Señor para con Su pueblo, para despertar, mantener, y ahondar el amor en nuestros corazones. Es en estos caminos de gracia del Señor que queremos describir brevemente en el Nuevo Testamento unas narraciones de dos devotas mujeres.

El Despertar Del Amor
(Lucas 7:36-39,47)

En la gran escena que tiene lugar en la casa de Simón el Fariseo, vemos el despertar del amor para con el Salvador, en el corazón de una pecadora. El Señor, en la perfección de Sus caminos, convirtió en gracia con Su presencia la fiesta que el Fariseo le había preparado. Mientras estaban sentados a la mesa, una inesperada huésped, no invitada, entra en la casa, de la cual el Señor puede decir de ella que “amó mucho” (v. 47). ¿Cómo, podemos preguntarnos, fue despertado tal amor en su alma?

Aquí no se trata de cuál sea el carácter de la mujer. El Espíritu de Dios la describe como “una mujer de la ciudad, que era pecadora” (v. 37). Y además, su mala reputación era bien conocida, pues el mismo Simón estaba enterado de que era “pecadora” (v. 39). Ella era una pecadora y lo sabía. Además de eso, era una agobiada pecadora, y posiblemente había oído las maravillosas palabras del Señor: “Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar” (Mat. 11:28). Siendo así como debía ser, queda fuera de toda duda que ella vio en Cristo la gracia que podía bendecir aun a los indignos como ella. Así, impelida por su necesidad y guiada por Su gracia, con la simplicidad de la fe, ella entra en la casa del Fariseo y toma su posición a los pies de Jesús.

El Espíritu de Dios llama la atención a la exquisita escena que sigue con un “entonces”—o más bien escrito en otra versión: “He aquí” (v. 37). Él quiere atraer nuestra atención, y nos dirige a que la fijemos en el gran hecho—el encuentro entre el pecador encadenado por el infernal diablo, y el celestial Salvador enviado por Dios. Sin duda alguna, los espectadores quedaron estupefactos y sin habla, atónitos, mientras contemplaban la escena que se les ofrecía a sus ojos. Seguramente se preguntaban lo que iba a suceder. ¿Es que el Señor expondría Su carácter, condenaría sus pecados y arrojaría a aquella mujer pecadora de Su presencia santa? ¡Claro que no! El fariseo orgulloso pueda condenar a la pecadora, y hallar a sí mismo desenmascarado por el Salvador. El Señor no condenará nunca a un pecador confeso.

La sabiduría de Sus caminos es tan perfecta como la gracia de Su corazón. De momento, no se pronunció ninguna palabra. Los huéspedes permanecen callados y maravillados, y el Señor permanece silencioso en gracia, mientras la mujer permanece muda en dolor y contrición. Ningún ruido rompe el silencio, aparte de los sollozos de la pecadora. No obstante, si nada es dicho, mucho es lo que allí tiene lugar, porque el corazón de la pecadora fue quebrantado y tal corazón fue ganado. Ella estaba “detrás de Él a Sus pies, llorando  .  .  .  y besaba Sus pies” (v. 38). Las lágrimas hablan de un corazón que ha sido quebrantado, y los besos de un corazón que ha sido ganado.

¿Qué fue lo que quebrantó su corazón y lo que ganó al tal? ¿No fue que ella vio algo de la gracia y santidad del Salvador, y en la luz de Su gloria vio, como nunca antes la había visto, la grandiosidad de su pecado en su vida y corazón? Y aún más que esto, ella sintió que a pesar que ella era una pecadora llena de pecado, había un Salvador lleno de gracia para tal pecadora como ella. Ella se encontró a sí misma en la presencia de Aquel que conocía toda su infame vida, y que con todo la amaba, y esto ganó su corazón.

Cuán bueno será para cada uno de nosotros, si también hemos estado en Su presencia, cargados y desdichados por causa de nuestros pecados, y allí, descubrir que en El, hemos hallado a Uno que conoce lo peor de nosotros y todavía nos ama. Así, teniendo el amor de Cristo despertado en nuestras almas, podemos cantar:

He encontrado un Amigo, ¡oh que Amigo,
Quien me amó y que conozco!
Con cuerdas de amor me ha conducido,
Y ésto me ha unido a Él.

 

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