El Huerto del Señor [Librito]

El Huerto del Señor by Hamilton Smith
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English:
The Garden of the Lord
Language:
Spanish
Author:
BTP#:
#9679
Cover:
Librito mediano a letras grandes
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No deberíamos aprender aquello que Cristo en Su amor angela encontrar en el corazón de quienes componemos Su amada espos a? Meditemos, por un momento, sobre este huerto, con su fuente, sus frutos, sus especias y sus aguas vivas, que describen lo que el Señor quisiera hallar en nuestros corazo nes.

Extracto:

“Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía; fuente cerrada, fuente sellada. Tus renuevos son paraíso de granados, con frutos suaves, de flores de alheña y nardos; nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso; mirra y áloes con todas las principales especias aromáticas. Fuente de huertos, pozo de aguas vivas, que corren del Líbano. Levántate, Aquilón, y ven, Austro; soplad en mi huerto, despréndanse sus aromas. Venga mi amado a su huerto, y coma de su dulce fruta. Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía; he recogido mi mirra y mis aromas; he comido mi panal y mi miel, mi vino y mi leche he bebido. Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados” (Cant. 4:12-5:1).

Con estas palabras escogidas del Cantar de los Cantares, el Esposo compara a Su esposa a un huerto de delicias. Probablemente todos los creyentes, con corazones abiertos para entender las Escrituras, estarán de acuerdo que, en el Esposo, o en el “Amado” del Cantar de los Cantares, tenemos una hermosa figura de Cristo. La mayoría concederán también que, en la interpretación del Cantar, la esposa presenta al pueblo terrenal de Cristo.

Además de esto, si debemos descubrir en ese huerto las excelencias que Cristo encuentra en Su esposa celestial, ¿no debemos al mismo tiempo aprender lo que el amor de Cristo espera encontrar en el corazón de aquellos quienes componen la esposa? Podemos, pues, por un poco de tiempo meditar sobre este huerto, con su fuente, sus frutos, sus especias, y sus aguas vivas, como describiendo lo que el Señor quisiera que nuestros corazones fuesen para Él.

En primer lugar, notemos que el Esposo siempre habla del huerto como “Mi huerto,” a la vez que la esposa se deleita en asumir que dicho huerto es “Su huerto.” “Levántate, Aquilón, y ven Austro; soplad en mi huerto,” dice el Esposo. A lo que replica la esposa: “Venga mi amado a su huerto, y coma de su dulce fruta” (v. 16). En respuesta, el Esposo dice: “Yo vine a mi huerto” (cap. 5:1). La aplicación es clara—el Señor pide nuestros corazones para Sí mismo. Dice el predicador en Prov. 23:26“Dame, hijo mío, tu corazón.” Mientras que un apóstol nos exhorta, diciendo: “Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones” (1ª Ped. 3:15). Y de nuevo otro apóstol ora ante el Padre del Señor Jesucristo para que “habite Cristo por la fe en vuestros corazones” —nuestros corazones (Efes. 3:17).

No es solamente nuestro tiempo, nuestros medios, nuestros cerebros, y nuestro activo servicio lo que el Señor desea de nosotros; sino que en primer lugar y por encima de todas las cosas, Él pide nuestros afectos. Podemos dar todos nuestros bienes a los pobres, y nuestros cuerpos para ser quemados; pero si no tenemos amor, de nada aprovecha. El Señor continúa diciéndonos: “Dame, hijo mío, tu corazón.”

¡Cuán solemne la exhortación del Señor a la iglesia de Éfeso: “Has dejado tu primer amor” (Apoc. 2:4). Fue una grave palabra la cual significaba que no importa cuántas excelencias podían poseer los creyentes a los cuales les era dirigida dicha palabra, habían cesado de ser el huerto del Señor. Como alguien dijo: “La esposa puede cuidar con esmero de su casa, y cumplir todos sus deberes, de tal manera que no queda nada por hacer por lo cual su marido no puede encontrar falta alguna; pero si se ha desvanecido su amor por él, ¿podrán todos sus servicios satisfacerle, si su amor por ella es el mismo que al principio?” (J. N. Darby).

Y sobre todas estas cosas, el Señor nos pide nuestros íntegros afectos de nuestro corazón. El huerto debe ser Su huerto. Además, si el Señor pide que nuestros corazones sean un huerto para Su deleite, los tales deben tener las trazas del huerto que está de acuerdo a Sus pensamientos.

Al leer esta hermosa descripción del huerto del Señor, notaremos cinco remarcables facetas las cuales manifiestan en figura lo que el Señor desea que sean nuestros corazones para Él. En primer lugar, el huerto del Señor es un huerto cerrado. En segundo lugar, es un huerto regado con su “fuente cerrada,” su “fuente sellada.” En tercer lugar es un huerto fructífero—un “paraíso de granados, con frutos suaves.” En cuarto lugar es un huerto fragante, con “árboles de incienso  .  .  .  con todas las principales especias aromáticas.” Y en quinto y último lugar, es un huerto refrigerante del cual fluyen “aguas vivas,” y la fragancia que sus especias exhalan, se extiende alrededor del mundo.

El Huerto Cerrado

Si nuestro corazón debe ser guardado como un huerto para el deleite del Señor, tiene que ser como un “huerto cerrado.” Esto nos habla de un corazón separado del mundo, preservado del mal, y apartado para el Señor.

Podemos decir con toda certeza que en la última oración del Señor vemos que el deseo de Su corazón es que Su pueblo sea como un “huerto cerrado.” Le oímos dirigirse al Padre, diciéndole que los Suyos son un pueblo separado, por lo cual podía decir: “No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo.” Y también Él desea que sean un pueblo preservado del mal, pues Él ora diciendo: “Que los guardes del mal.” Y sobre todas las cosas, el Señor ora para que sean un pueblo santificado, pidiendo al Padre: “Santifícalos en Tu verdad” (Juan 17:14-17).

También el predicador nos exhorta a mantener nuestros corazones como un “huerto cerrado,” cuando él dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón” (Prov. 4:23). Así mismo haremos bien en atender las palabras del propio Señor: “Estén ceñidos vuestros lomos” (Luc. 12:35). A menos que ciñamos la verdad a nuestros afectos y pensamientos, cuán rápidamente nuestras mentes serán extraviadas por los pensamientos de este mundo, y cesará entonces el corazón de ser un “huerto cerrado.”

De nuevo, el apóstol Santiago desea que nuestros corazones sean preservados del mal, cuando nos advierte: “Pero si tenéis celos amargos, y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis a la verdad  .  .  .  porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Stgo. 3:14-16). Nunca ha surgido ninguna escena de confusión y celos en medio del pueblo de Dios que no tenga su raíz escondida en las envidias y contiendas del corazón. Podemos estar seguros que el corazón que mantiene amargura, envidia y contienda, nunca será un huerto para el Señor.

Cuán necesario es, pues, mantener nuestros corazones apartados del mundo y preservados del mal. No obstante, el rechazo del mundo y la carne no serán suficientes para hacer que nuestro corazón sea un “huerto cerrado.” El Señor desea que nuestros corazones sean santificados, o separados para Su placer, estando éstos ocupados con la verdad y todo lo que está de acuerdo con Cristo. Vemos como el apóstol Pablo expone a los Filipenses lo que es un “huerto cerrado”—un corazón santificado para el Señor, cuando les dice: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre: si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Fil. 4:8).

Si tenemos el corazón lleno de cuidados y estamos malhumorados a causa de daños y sinrazones, y lleno de amargura hacia aquellos que han podido obrar mal para con nosotros; si estamos ocupados con malas imaginaciones, pensamientos maliciosos, y sentimientos de venganza hacia cualquier hermano, será totalmente cierto que nuestros corazones no serán un huerto para el Señor.

Si queremos tener nuestros corazones libres de las cosas que los contaminan y los convierten en estériles lugares deshabitados, ahogando el huerto con hierbajos, atendamos a las instrucciones del apóstol, cuando nos dice: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Fil. 4:6). Habiendo derramado nuestros corazones delante del Señor, como lo hiciera Ana de antiguo (1º Sam. 1:918), y descargando nuestras mentes de todo cuidado, penas y pruebas que presionan nuestros espíritus, descubriremos que “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:7). Siendo así liberados de todo cuanto puede interponerse entre nuestras almas y Dios, nuestros corazones serán libres para “en esto pensad” (Fil. 4:8)—en estas cosas santas y puras las cuales deben caracterizar a aquellos cuyos corazones son un “huerto cerrado.”

 

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